HETALIA BELONGS TO HIDEKAZ HIMARUYA


1914


Nadie se había visto nunca en una situación como esta, una guerra a una escala tan grande, con una tecnología tan refinada. Las primeras embestidas de la guerra que iba a terminar con todas las guerras demostraron que ninguna nación estaba preparada para algo así. Iba a ser agotador, barbárico, carísimo. Por eso las naciones comenzaron a buscar maneras de estimular a sus tropas, de darles fuerza.

El arma secreta no era una pistola, ni un tanque, sino que venía en una jeringuilla.

Cocaína.

Había habido experimentos muy prometedores durante las décadas anteriores. El físico Robert Christison publicó en el British Medical Journal los efectos que había observado en su propio cuerpo. Charles Gazeu había recomendado su uso militar. El doctor Theodore Ashcenbrandt llevó a cabo experimentos con la armada alemana, incluso Sigmund Freud había escrito artículos entusiastas sobre ello. América la usaba frecuentemente para el dolor bucal y las alergias. La sustancia parecía milagrosa. Calmaba el dolor, daba fuerza y resistencia, permitía reducir costes al reducir el apetito, también...

El interés se tradujo en demanda, y ahí fue donde intervino la Nederlandsche Cocaïne Fabric, para proveer a ambos bandos. Habría sido de estúpidos no haber sacado partido de la situación: Holanda era neutral y sus fábricas se encontraban próximas a los campos de batalla. Él quería dinero y los contendientes, ganar la guerra. Todo el mundo quedaba contento, ¿no?


Alemania hizo una pausa y suspiró antes de ponerse el casco. La Luftstreitkräfte estaba a punto de despegar rumbo a Francia. Los pilotos apenas tenían tiempo para descansar, pero la guerra no se ganaba durmiendo. Con todo lo que estaba pasando, no habría dormido ni aunque lo intentara, y aun así estaba tan cansado que tenía que ir por ahí arrastrándose a sí mismo...

Uno de sus hombres se acercó. Su nombre, no lo sabía con certeza, pero creía recordar que era Richter.

Le ofreció una jeringuilla con un líquido blanco, listo para usar.

— Va a ser un viaje largo. Todos necesitamos tener los ojos bien abiertos—dijo.

Alemania dudó, pero terminó aceptando su ofrecimiento. Los doctores, después de todo, lo usaban, y un doctor no administraría a sus hombres algo dañino.

Si lo hacía bien, pensó, esta guerra debería acabarse pronto.


Las naciones tenían huesos, carne y apariencia humana, aunque no lo fueran. Si los acribillaban, aplastaban, quemaban vivos, si pisaban una mina, eso no los mataría.

Pero aun así sus huesos quedaban reducidos a polvo, su sangre se derramaba, su piel se freía y su cuerpo volaba en pedazos. Aun así tenían que soportar el dolor sin el dulce alivio de la muerte.

¿Qué hacía él tan lejos de casa? ¿A qué había venido a Europa? ¿Qué tenía que ver la muerte del Archiduque con él? Todo eso estaba en la mente de Australia, al verse enredado en una cerca alambrada con púas que le rajaban la piel y le convertían en un blanco fácil para los francotiradores...

No podían sacarlo de ahí, al menos no tan rápido como él deseaba. Las Potencias Centrales seguían disparándolos. Tan sólo podían ayudarlo a lidiar con el dolor, dándole una buena dosis, antes de que llegara el momento en que por fin pudieran cortar el alambre y llevarlo con el doctor...


Habían comercializado una mezcla de nuez de kola y hojas de coca en formato pastilla. Lo llamaban La Marcha Forzada. «Disolver una en la boca cada hora bajo presión mental continua o excesivo esfuerzo físico.» La mayor parte del tiempo Inglaterra no tenía ni tiempo ni paciencia para leer los prospectos y se limitaba a llevarse varias pastillas a la boca como si fueran caramelos. A su alrededor, sus soldados esperaban la llagada de cartas y paquetes de sus familias y amigos porque en Harrods y en Savory & Moore vendían paquetitos de morfina, cocaína y sus respectivas jeringuillas como regalo para los que tenían a seres queridos en el frente.


Nueva Zelanda había visto a muchos jovencitos como ese, pero su nombre fue el que se le quedó en la memoria para el resto de sus días. Se llamaba Happy Johnson. Aún era un niño. Como muchos, se había apresurado a alistarse porque su generación desencantada por fin tenía algo por lo que luchar, por una causa en mayúsculas, una vía de escape de una vida cómoda y vacía.

Pero muy pronto se encontraban con que la guerra era de todo menos romántica.

La última vez que Nueva Zelanda lo vio, a Happy le estaba gritando un superior. Le tocaba saltar al campo de batalla junto con los otros, pero él se negaba a moverse. Las trincheras no eran lugares seguros, pero era mejor que lo que les aguardaba fuera de ellas. Lloraba de miedo. Igual que muchos, jóvenes y mayores, llamaba a su mamá. Incluso se lo hizo encima. Los veteranos y Nueva Zelanda lo habían calado desde el mismo momento en que lo vieron, a él y a los de su clase, pero en ese momento era cristalino como el agua: no era más que un niño que había jugado a ser adulto.

La única alternativa que tenía Happy era acabar siendo ejecutado por deserción, así que Nueva Zelanda trató de echarle una mano. Dio instrucciones personalmente al doctor para que le diera un chute rápido, para aliviar su angustia. Y con eso Happy pudo por fin salir dando tumbos de la trinchera.

Apenas cinco pasos más tarde, sus pedacitos salpicaban todo el entorno.

Eso había ocurrido varios días antes, pero Nueva Zelanda aún lo veía. Cerraba los ojos y veía a Happy Johnson reventar una y otra y otra y otra vez.

Sin consultar esta vez al doctor, buscó la jeringuilla, para hacer que Happy se fuera...


Hubo un instante de relajación, una calma breve, así que los franceses la aprovecharon. Leyeron cartas de casa y libros que habían conseguido llevar consigo. Fumaron y charlaron unos con otros. Algunos comieron tanto como sus superiores les permitieron. Otros se pusieron a escribir.

Eso fue lo que Francia intentaba hacer, pero el cuaderno permaneció en blanco sobre su regazo. Quería que el mundo supiera lo que pasaba allí, pero ¿cómo expresar lo que sentía, lo que estaba viendo? Tan sólo intentarlo le dolía, le resquebrajaba.

Debía andarse con cuidado. La última vez que hicieron una pausa para comer, Hungría y su tropa apareció y tuvieron que dejar atrás cadáveres de compañeros con las bocas llenas de comida, con cartas y lápices en las manos, aún en la postura en la que habían tratado de echar una cabezadita. Uno tenía que estar listo para echar a correr o luchar en cualquier momento, y eso no ayudaba al proceso creativo.

Era una agonía tener que pasar por eso de nuevo, intentar traducir lo que guardaba dentro en palabras, así que al final decidió no continuar y se fue a por lo que le hacía sentir un poco mejor.


Se sentía como si ya no poseyera un cuerpo y se hubiera convertido en una mera entidad flotante. Sin conciencia..., porque pensar era lo peor que uno podía hacer en ese lugar. No, si uno quería sobrevivir, debía deshacerse de su cerebro.

El chute le libraba de ello, del peso de la conciencia, de la mente racional, de los pensamientos desagradables...

Alemania fue primero, enmascarado; en sus manos portaba el arma terrible. Casi fue corriendo hacia la trinchera enemiga con el entusiasmo de un niño que lleva tiempo queriendo probar su juguete nuevo.

Cuando apretó el gatillo y el lanzallamas frió al hijo de alguien, él sonreía de oreja a oreja.


El dolor nunca se iba...

El miedo y el tormento siempre se cernían sobre sus cabezas...

No querían preguntarse a sí mismos cuántos de los hombres que luchaban a su lado, por ellos, verían la luz de otro día, abrazarían a sus familias, se casarían con la chica que les esperaba en casa...Su gente, las células de su cuerpo...

Las dudas, los remordimientos, la idea de darle la espalda a todo y volver a casa...

La necesidad de seguir aunque el cuerpo estuviera colapsando. De dar una imagen de valor, determinación y triunfo para la propaganda...

Pero había demasiada demanda y hubo momentos en que no había cocaína para todos. Debía ser administrada a quienes la necesitaban de veras, a los que más padecían. Las naciones podían aguantarlo, eso les dijeron los peces gordos. Y tuvieron que encarar todo aquello sin aquel alivio. Su gente masacrada en sus narices, cada partícula de su cuerpo aullando de dolor, el agotamiento...

Pero lo necesito, grita Australia, quien apenas se puede mover sin ella.

Nueva Zelanda se tapa los oídos y cierra los ojos, pero sigue oyendo la explosión y viendo las extremidades de Happy esparcidas por todas partes...

Alemania se enfrenta a sus propios generales; él sólo quiere matar, matar, matarlos a todos, para poder volver a casa.

Es culpa suya, dice Francia en un instante de lucidez durante la fiebre. Es una cáscara vacía, la sombra de sí mismo, su estado es tan deplorable que sus propios hombres, famélicos y llenos de piojos, lo miran con preocupación. El enemigo le ha tentado con esa droga diabólica. Sí, es culpa suya. Ellos le obligaron a él y a su tropa que la tomara. Fueron ellos.

Inglaterra nunca ha sido así. Tienen que apartarlo durante algún tiempo, encerrarlo como si fuera un animal rabioso. Da órdenes imprudentes, que sólo pueden acabar en desastre. No escucha ningún consejo bienintencionado, incluso ordena que aquellos que se atreven a cuestionarle a él, la nación, sean ejecutados al instante.

Canadá ya había denunciado lo fácil que era conseguir drogas en esos tiempos, cuán a la ligera se estaban usando. A nadie le gustaba ver en qué se habían convertido las naciones. La cocaína les daba una falsa sensación de control y tranquilidad. En realidad, los inutilizaba, los hacía agresivos. Algunos soldados habían matado a sus propios compañeros. Los políticos debatieron largo y tendido, los periodistas hicieron su trabajo exagerando las cosas. El asunto no sólo concernía a los contendientes, sino también a las naciones que observaban la guerra con atención, como América. Los enemigos estaban usando ese polvo diabólico para traer la anarquía a un ejército glorioso, subyugarlos. Otras sustancias, como la heroína, la morfina, el opio o la codeína también estaban bajo la lupa. No podían dejar que las naciones se destruyeran a sí mismas de esa manera.

Dos años después del estallido de la guerra, el uso de la cocaína se restringió a receta médica y bajo un control severo, incluso entre civiles. América dejó de usarla tan a menudo como medicamento. Aun así, muchos europeos, fascinados por sus efectos, comenzaron a tomarlas en esas noches bohemias.

Y sin embargo el dolor seguía sin desaparecer...


FIN


Las drogas siguieron usándose de forma intensiva en la siguiente guerra mundial. Aunque la cocaína ya no era tan popular, el Tercer Reich confió esta vez mucho en las anfetaminas. Lo que fuera con tal de mantener a las tropas despiertas, sin miedo y sin dolor.