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Tras la visita de Gutiérrez, don Lorenzo llamó a su hija Lola, y poco después, enfiló directo hacia su yerno, que estaba cuchicheando en el pasillo con Mariano y Lucas, todavía hablando del potencial, aunque altamente improbable, ataque PEM liderado por la empleada de la limpieza.
"Paco, ha ocurrido algo, y esta noche necesito quedarme a dormir en tu casa."
"¿Ah, sí? ¿Y eso? ¿Qué ha pasao?"
"Ya he avisado a Lola. Si no te importa, ¿puedes acompañarme a mi casa primero, a recoger unas cosas?"
"Sí, claro, don Lorenzo. Pero, ¿qué ha pasao?"
"Ahora te lo cuento, junto con Montoya. Le esperaremos en mi despacho. Debe de estar al caer, con unos sobaos de esos que tanto te gustan," dijo con el tono del que promete caramelos a un niño, tomándole del hombro para guiarle hacia su despacho.
Paco le miró ojiplático, como si no pudiese asimilar tanta amabilidad por su parte, y tras volver la vista atrás brevemente, hacia sus también sorprendidos compañeros, se dejó guiar sin oponer resistencia.
"¿Para mí? Hombre, muchas gracias, don Lorenzo. Unos sobaítos nunca vienen mal."
"No, idiota, son para mí. A ver si comiendo algo se me pasa la acidez de estómago que me han provocado vuestras chorradas."
"Ah, sí, los famosos sobaos anti-acidez, claro, claro… Muy buenos están, sí. Y ni engordan, ni ná, y además son estupendos para la diabetes. Mano de santo. A su hija le va a encantar la idea."
"Anda, cállate, hazme el favor," dijo don Lorenzo, pinzando el hombro de Paco hasta que le arrancó un leve quejido. "Si no se lo cuentas a Lola, igual hasta te doy uno."
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"Hola, Silvia," dijo Lola, llamando a su hermana por teléfono, interrumpiendo los análisis que ésta estaba haciendo en el laboratorio de la unidad científica de la comisaría de San Antonio. "Oye, me ha llamado papá, y estaba muy raro. Me ha preguntado si podía quedarse a dormir en mi casa esta noche, pero no me ha dicho el porqué, ni me ha dado más detalles. ¿Tú sabes por qué quiere venir? ¿Ha pasado algo?"
"Pues no tengo ni idea," dijo Silvia, alejándose unos pasos del microscopio. "A mí no me ha dicho nada, pero no le he visto en toda la mañana. ¿Qué quieres decir con eso de que estaba raro?"
"Se le notaba… pues no sé, nervioso. Y me ha dado muy mala espina. Ese no va a venir en visita social, desde luego. Algo grave le pasa. ¿Puedes hablar con él, por favor?"
"Tranquila. Voy a ver si le saco algo, no te preocupes. Ya sabes que a mí no me puede ocultar nada por mucho tiempo. Siempre me acabo enterando, y más si es algo relacionado con el trabajo."
"Muchas gracias, Silvia. Ya me dirás qué averiguas. Hasta luego."
Silvia dejó el móvil en la encimera y se dirigió al microscopio, vacilando unos segundos. Entonces, picada por la curiosidad, lo apagó, se metió el móvil al bolsillo de su bata blanca de laboratorio, y fue en busca de su padre.
Esas muestras podrían esperar. Lola no.
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"Entonces, ¿no me va a contar qué pasó con ese hombre, ni por qué se la tiene jurá?" preguntó Paco mientras se comía un sobao sentado en el asiento de pasajero del coche de su suegro, llenándoselo todo de migas, de camino a su casa. Pero ese día don Lorenzo no le echó la bronca por las migas ni por ser tan cerdo, obviamente preocupado por temas mucho más importantes.
"Pues no, Paco. Eso es información confidencial," dijo don Lorenzo, tomando la rampa de la M-30 a toda velocidad, manejando el volante con la mano izquierda mientras sacaba el teléfono de su bolsillo con la derecha. "Anda, enchúfame el móvil al cargador, hazme el favor, que me estoy quedando sin batería."
"Pues una cosita le voy a decir…" dijo Paco mientras enchufaba el cargador a la toma del mechero, dejando caer el móvil descuidadamente en el hueco del portabotellas. "¿Se acuerda usted de la vez que le dimos metadona, en vez de su insulina?"
"Sí, claro que me acuerdo, Paco. ¡Joder, cómo no me voy a acordar, si casi me matáis! ¡Que a veces parece que no juntéis ni media neurona entre los tres, coño!"
"Pero lo hicimos desde el cariño y la preocupación, ¿eh? Que si a usted no le pudiera el maldito orgullo, y nos lo comunicara cada vez que tuviese una enfermedad nueva, o cuando le diese otro brote de hemorroides, o de asma, o de lo que sea, o cuando tenga un policía infiltrao en una banda terrorista, o cualquier otra movida de esas suyas, pues estaríamos sobre aviso de qué va la película, y no pasarían esas cosas. Fue todo por culpa de la falta de comunicación. Eso es lo que pasó: falta de comunicación. Y no quiero que la historia se repita otra vez porque usted no me aporte todos los datos."
"Claro, ahora encima voy a tener yo la culpa de vuestro retraso mental, no te jode... ¿Eres imbécil?"
"Mire usted: me acojo a la quinta enmienda."
"Paco, que estamos en España, no en una puta película de Hollywood. ¿Qué quinta enmienda ni qué cojones?"
"Yo lo decía por aquello de no contestar para no incriminarme, y eso…"
"¿No contestar a qué? ¿A la pregunta retórica de si eres imbécil? Porque es bien sabido que, si no eres más tonto, es porque te sales del ranking, pedazo de anormal."
Paco se tomó unos segundos para contestar lentamente, y de manera muy seria, herido por el continuo abuso verbal de su suegro.
"Mire, don Lorenzo, vale que yo le sirva a veces para descargar su ira, como una especie de toma de tierra de su mala hostia, pero no me insulte usted tanto, por favor, que… que tengo mi corazoncito."
Don Lorenzo le miró de soslayo, torciendo el gesto.
"¿Corazoncito? La madre que te parió, Paco..."
El comisario continuó conduciendo en silencio un rato, mirando al frente, hasta que al final volvió a dirigirle la palabra a su yerno para disculparse. O algo así.
"Lo siento Paco, tienes razón. Con que te diga una sola vez al día que eres imbécil, es más que suficiente. Tampoco hay que meter el dedo en la llaga… Perdóname, es que estoy un poco nervioso."
"¿Sí? ¿Por esto de la amenaza? Porque yo le encuentro a usted muy poco afectao, la verdad. En comparación, creo que le temblaría más el pulso al Sargento de Hierro."
"A ver, Paco, no voy a admitir que tengo miedo, pero sí que siento…" Don Lorenzo hizo una pausa para aflojarse el nudo de la corbata y el cuello de la camisa, mientras buscaba la palabra adecuada, "… una cierta inquietud."
"¿Inquietud? Pues yo creo que en su lugar estaría más que acojonao."
"A ver cómo te lo explico… No sé, no es miedo, es más como un desasosiego incómodo. Como la sensación de que algo malo va a ocurrir. Algo que no me va a gustar, en absoluto. Y ya sabes que últimamente me siento, viejo. Y cansado. Muy cansado. Vamos, que no estoy ya para hostias de estas, de amenazas ni pollas. Hace quince años desayunaba desafíos, pero ahora lo que quiero es jubilarme en paz, sin nadie que me toque los cojones, y sin nadie que amenace con cortármelos. ¿Es acaso mucho pedir?"
"¿Pero de verdad no me va a decir lo que pasó?"
"¡Que no, Paco, no seas pesado, que es confidencial! Y es que además, lo que pasó no es relevante, ni te importa una mierda. Con que sepas que hay por ahí un psicópata demente que probablemente aparezca uno de estos días para tomarse la revancha conmigo, es más que suficiente."
"Vale, pues no me lo diga si no quiere. Pero esté tranquilo, que hoy me tiene a mí vigilando, y no le va a pasar ná'. Y mañana ya tendrá asignada la escolta de protección oficial, y nada de lo que preocuparse."
"Es que esa es otra. ¿A quién le puede apetecer tener a cuatro tíos día y noche pegados al culo? Que Gutiérrez no me va a poner un escolta ni dos, sino cuatro. Cuatro agentes, Paco. ¡Cuatro! Las 24 horas. La madre que lo parió."
"Sí, parece mucho, sí."
"Sospecho que Gutiérrez sabe algo más," farfulló entonces don Lorenzo, hablando casi para sí mismo. "Y no me lo ha querido decir."
"¿Como qué?"
"¡No lo sé, Paco! ¡Si no, no me lo tendría que estar preguntando, cojones! ¿Eres…?"
Don Lorenzo se contuvo a tiempo antes de volver a colar la palabra "imbécil" en la conversación. Justo entonces llegaron a su casa, y aparcó en doble fila delante de su portal.
"Ahora me esperas aquí un momento, mientras cojo las cuatro cosas que necesito, y nos vamos."
"Pero, ¿cómo que le espere aquí? No señor, yo voy con usted. Yo hoy estoy de guardia, y soy su sombra," dijo Paco con todo el aplomo del que disponía, que tampoco era mucho, sacando su pistola. "Que no sabemos si ese hijoputa va a estar ya esperándole con otros cinco matones para darle lo suyo y lo de su primo."
"Tranquilo, Paco, que se escapó anoche en Cádiz, en un traslado nocturno, y aún no ha tenido tiempo de llegar hasta aquí y preparar una emboscada. Además, ese cabrón siempre ha trabajado solo, y se ha pasado la mayor parte de los últimos quince años en una celda de aislamiento. Créeme, no tiene una banda. Ni criminal, ni de rock and roll, que aunque está de pabellón psiquiátrico, no es Loquillo."
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"Gonzalo, has visto a mi padre?" le pregunto Silvia a su ex, porque no le encontraba por ninguna parte, y no quería llamarle por teléfono para que no le diera largas. Prefería abordarle en persona, cara a cara.
"Sí. Pero se acaba de ir con el inspector Miranda."
"¿Tú sabes lo que está pasando? Porque mi hermana está muy preocupada, que le ha dicho que iba a ir a dormir a su casa esta noche, así, de repente, y no le ha dicho por qué."
Montoya le contó entonces todo lo que sabía, y cómo el comisario se había ido a casa a recoger unas cosas, escoltado por Paco.
"¿Pero es que a este hombre se le va la pinza o qué? Primero rechaza la escolta, y ¿luego quiere irse a casa de mi hermana a ponerla en peligro a ella y a Sara? ¿Por qué no se va a un hotel, o a un piso franco?"
"Es que tanto el comisario como el inspector Gutiérrez han estimado que, si algo iba a pasar, no sería antes de mañana, cuando empezará el operativo y la vigilancia. No es que hayan tomado esta decisión tan a la ligera," dijo Montoya, defendiendo a su jefe como un pelota.
"¿Y qué pasa si ese psicópata se ha puesto las pilas y le ataca hoy? ¡Es que no me lo puedo creer!" dijo entonces Silvia, muy cabreada, sacando el móvil del bolsillo de la bata. "Parece que a mi padre le puede la testosterona, con lo hinchados que dice que tiene siempre los cojones, y ya se cree que es el Llanero Solitario. Qué falta de consideración, de verdad. ¡Me va a oír!"
El móvil sonó y sonó, con el tono de llamada, pero nadie contestó.
"¡Y encima, va y me filtra! Anda, llámale tú con el tuyo, a ver si te lo coge a ti."
Montoya hizo otra llamada desde su móvil, pero tampoco obtuvo respuesta.
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El móvil de don Lorenzo sonó un buen rato dentro del coche, todavía conectado al cargador, mientras Paco y él se encontraban en su casa. Cuando volvieron, don Lorenzo dejó en el maletero la bolsa de deporte donde había metido apresuradamente sus cosas, puso en marcha el motor, y sin prestarle ninguna atención al teléfono, condujo calle abajo.
"Bueno, pues ya está. Así no me tienes que dejar ningún pijama."
"Hombre, que si era por pijamas, ya le dejaba yo uno limpio, sin migas ni ná. O pa' una noche, también podía haber dormío en gayumbos, ¿no?"
"Hablando de migas: ya me estás aspirando el coche en cuanto lleguemos. Que eres peor que un crío en el recreo. Mira cómo me has puesto todo, hecho un asco."
Mientras seguían discutiendo sobre nimiedades, como solo ellos dos podían hacerlo, ninguno se dio cuenta de que les seguía un coche.
Al llegar a la M-30, don Lorenzo ocupó el carril de la derecha, y ahora que ya no tenía tanta prisa como antes por llegar a su destino, condujo un poco por debajo del límite de velocidad. Solo entonces le extrañó llevar otro coche pegado detrás, que no parecía dispuesto a adelantarle. Entonces, sonó el móvil de Paco.
"Es Silvia."
"No lo cojas, que me querrá hacer el tercer grado," dijo don Lorenzo, todavía mirando al coche de atrás por el retrovisor. "Qué pesada que es a veces esta hija mía. ¡Peor que un perro con un hueso!"
"Pero, ¿cómo no se lo voy a coger? Que luego me va a caer el marrón a mí en casa, hombre. Que se unen las dos contra mí, y es un imposible."
"Ya lo sé, ya. Qué me vas a contar."
"Hola, Silvia," dijo Paco al descolgar, intentando usar un tono casual. "Sí, está aquí conmigo….. Sí….. No, no pasa nada…... Vamos de vuelta a comisaría. En seguida estamos allí….. No, que te lo cuente él….. ¡A mí no me metas!"
"Hala, ¿qué haces, tontolaba?" dijo don Lorenzo. Paco le miró mosqueado, pero no se refería a él. Su suegro estaba hablando con el espejo retrovisor. "¡Pasa ya, no te quedes ahí detrás sin guardar la distancia de seguridad, cojones!"
Don Lorenzo bajó la ventanilla y sacó la mano izquierda para hacerle un gesto al otro conductor, pero cuando el coche que le seguía aceleró y se puso a su lado, casi le da un ataque cuando vio quién iba al volante.
"¡Me cagüen su puta madre! ¡Es él!
"¿Quién?" contestó Paco, mientras escuchaba el rapapolvo de Silvia.
"¡El carnicero, leches! ¿Quién va a ser?"
El fugado les sonreía mostrando una dentadura casi perfecta.
"Hay que joderse…¡a ese cabrón le han arreglado los piños con nuestros impuestos!"
"¿Qué hacemos?"
"Detenerle, claro," dijo don Lorenzo como si fuera la única opción, echando mano a su pistola. "Sujeta el volante."
Paco sujetó el volante con la mano izquierda mientras sostenía el móvil en la derecha.
"¡Ahora mismo no puedo discutir eso, Silvia! Tenemos un…"
Para cuando el comisario fue a apuntar con su pistola, el preso escapado ya le estaba apuntando a su vez con la suya, y abrió fuego antes de que don Lorenzo pudiera articular palabra. La primera bala le rozó la sien, y la segunda le dio en la mano, haciéndole perder la pistola.
"¡Joder!" gritó Paco con el susto, que le hizo involuntariamente soltar el teléfono también.
Suegro y yerno se agacharon como pudieron mientras las balas silbaban por encima de sus cabezas, acribillando los cristales y todo el interior.
Don Lorenzo aceleró para intentar huir, cogiendo otra vez el volante con una mano, desde abajo, pero al no ver muy bien por dónde iba, perdió el control y acabó estrellándose contra la barrera de contención. El coche rebotó, hizo un trompo, girando más de 360 grados, y luego dio un par de vueltas de campana para acabar deslizándose por el asfalto del revés, levantando chispas con las barras del techo, hasta que se quedó parado en medio de los dos carriles de la autovía, echando humo y con las ruedas todavía dando vueltas.
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