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"Paco, ¿qué está pasando? ¿Dónde estáis?" preguntó Silvia cuando oyó los primeros disparos y el exabrupto de su cuñado, pero él no contestó mientras continuaron los tiros, y mucho menos cuando poco después se oyeron además los alarmantes ruidos del accidente, con los golpes que dio el coche rebotando contra la valla y el asfalto. Hasta que se hizo el silencio. "¡PACO!"

"¿Qué ha pasado?" preguntó Montoya.

"¡He oído tiros, y creo que han tenido un accidente!" dijo Silvia, muy alterada, insistiendo de nuevo para no obtener respuesta. "¡Paco! ¡Papá!"

"¿Sabes dónde están?"

"No exactamente, pero no pueden estar muy lejos: volvían a la comisaría desde la casa de mi padre. Y el móvil de Paco todavía da señal. ¡Hay que localizarlo!"

"Daré aviso a todas las unidades de tráfico y vigilancia. Alguien informará de ese accidente en seguida, seguro. Pero mientras tanto, encárgate tú de la localización GPS del móvil por si fuera más rápido. ¡Vamos!"

"Paco," murmuró don Lorenzo débilmente, "Paco, ¿estás bien?"

El comisario estaba muy aturdido y desorientado, cabeza abajo en el interior del coche. Le zumbaban los oídos, le dolía la cabeza por los golpes y por el disparo que había recibido en la sien, y también por la hostia que le había dado el airbag en toda la cara al inflarse, pero sobre todo le dolía el hombro derecho, que probablemente tenía roto o dislocado, y también le costaba respirar.

Aunque no estaban diseñados para que los ocupantes de un vehículo fuesen agachados en vez de sentados en posición erguida en el momento de un accidente, los airbags habían amortiguado la mayor parte de los impactos sin causar demasiados daños colaterales, pero no había ninguna bolsa que cubriese el techo, donde ahora descansaba su cabeza, con el cuello torcido. Con un gruñido, don Lorenzo dio gracias a Dios por no habérselo roto.

Con mano temblorosa, apartó la bolsa desinflada que le impedía ver a su yerno. Paco estaba vivo, y consciente, pero lo mismo que él, no tenía muy buena pinta. Además de las múltiples contusiones, los dos estaban cubiertos de cristales y de pequeños cortes.

"No, no estoy bien," refunfuñó Paco con la cara desencajada y bastante roja, con las venas de la frente hinchadas, gruñendo con una extraña e intensa mueca de concentración, casi como si estuviese estreñido y haciendo un gran esfuerzo intestinal en un trono de Roca. También estaba cabeza abajo, rodeado de bolsas de airbag desinfladas, pero miraba hacia arriba, hacia sus pies, con gran preocupación.

"¿Qué tienes?"

Tras un par de intentos, don Lorenzo acertó a desabrocharse el cinturón de seguridad. Deslizándose del asiento, intentó darse la vuelta para ayudar a Paco, pero no tuvo mucho tiempo para evaluar la situación, porque justo entonces, alguien abrió la puerta del conductor de un brusco tirón.

Cuando vio a el carnicero, don Lorenzo tanteó el techo desesperadamente, buscando la pistola que había dejado caer antes, ignorando el dolor en su mano herida y ensangrentada, pero no la encontró a tiempo. Antes de que pudiese hacer nada más, el preso fugado le arrastró sin ningún miramiento fuera del vehículo.

"¡Paco!" llamó el comisario débilmente, con la esperanza de que pudiese hacer algo por ayudarle, aunque no sabía muy bien qué cojones iba a hacer su yerno para impedir su secuestro, si estaba igual de aturdido que él o incluso más.

"¡No te resistas, cabrón! ¡Te vienes conmigo!"

¡Para resistirme estoy, hijo de puta! pensó don Lorenzo amargamente, a punto de desmayarse cuando el criminal le estiró del brazo lesionado mientras le arrastraba hasta su coche. En su maltrecho estado, lo único que podía hacer era patalear y clavar los talones en el asfalto, en un gesto de resistencia totalmente inútil, como la pataleta de un niño que no quiere ir al colegio.

"¡Paaacooo!" volvió a llamar, en un último, lamentable y patético intento de conseguir ayuda.

Cuando el carnicero lo levantó en vilo y lo arrojó al maletero como a un fardo, una negra oscuridad le envolvió incluso antes de que cerrara la puerta, porque perdió el sentido al golpearse la cabeza contra una caja de herramientas.

Pues claro que no estoy bien, don Lorenzo. Claro que no, coño, pensó Paco cuando su suegro le hizo esa estúpida pregunta. Se acababan de dar la superhostia tras ser tiroteados, le dolía todo el cuerpo, y por si fuera poco, cuando el coche se estrelló contra la barrera por el lado del pasajero, su pie derecho había quedado atrapado por la carrocería deformada y no podía sacarlo. Angustiado por la situación, pensó que si no se daban prisa en salir del coche, para acabar de rematarla algún conductor despistado podría llevárselos por delante, ahí parados como estaban en medio de la M-30, y ―Dios no lo quisiera―, el coche hasta podría explotar, como en las películas. Y además, por encima de todo, el psicópata ese podría hacerles cualquier cosa, ya que estaban totalmente a su merced.

Mientras luchaba por liberar la pierna, que le dolía un huevo y parte del otro, el carnicero abrió la puerta y arrastró a su suegro fuera del coche como si fuera un pelele.

"¡Paco!"

Los débiles gritos con los que don Lorenzo le llamó pidiendo ayuda, fueron tan patéticos o más que los que emitió aquella vez cuando le dejaron inmovilizado en los bajos de la comisaría, drogado con metadona y con una crisis hiperglucémica. Y una vez más, no hizo nada por ayudarle. No porque no quisiera, al menos esta vez, sino porque no podía. Aun así, por intentar hacer algo, echó mano a su cartuchera para coger su pistola, pero era una acción absurda, porque no podría disparar. Apuntando desde una posición normal, en el mejor de los casos tendría una alta probabilidad de herir a su suegro, pero ahora, cabeza abajo, y tan mareado, era un imposible. Si disparaba, seguramente le volaría la sesera, aunque solo fuese por la ley de Murphy.

"¡Don Lorenzo!" le llamó a su vez débilmente, bajando el arma, viendo con impotencia como su suegro intentaba resistirse, clavando los pies en la carretera como si fueran las zarpas de un animal salvaje desesperado. Uno que era arrastrado por un cazador para su despiece.

Mierda. ¡Que el tarao ese se lo lleva, coño! ¡Que se lo lleva! ¡Y yo sin hacer ná'!

El carnicero metió al comisario en el maletero de su coche y salió pitando. Todo había pasado en un abrir y cerrar de ojos, y nadie más que Paco había visto nada, porque contra todo pronóstico y por una vez en la puta vida, la M-30 estaba desierta a esa hora.

Otros dos coches llegaron entonces. Uno pasó zumbando por la izquierda, casi rozándole, y se paró delante, en el arcén, pero el otro conductor, con el nerviosismo de encontrarse un coche volcado en medio de la carretera, pegó un frenazo.

"¡Noooo!" gritó Paco cuando vio cómo ese coche patinaba y se le venía encima.

El conductor reaccionó con un volantazo, tratando de escurrirse entre la mediana y el coche siniestrado, como había hecho el primero, pero calculó mal la distancia y acabó golpeando la parte lateral trasera, haciendo girar el coche del comisario (y a Paco) como una peonza.

"¡Paco! Paco, ¿me oyes?" dijo una voz conocida, y muy insistente. Paco estaba saliendo de la apacible nube negra en la que había estado flotando durante casi dos horas, irritado por el ruido de las radiales que le taladraba todos los sentidos. "Está volviendo en sí."

A regañadientes, abrió los ojos para encontrarse todavía en el coche, todavía cabeza abajo, aunque ahora ya no estaba solo. Estaba rodeado de gente. Los del Samur, los bomberos, la policía, la guardia civil, y la madre que parió a Panete. Estaban todos. Hasta los de Telecinco, Antena 3, la 1 y TeleMadrid, que no perdían detalle para el telediario de la tarde.

Paco miró hacia la voz. O lo intentó, pero no pudo porque le habían inmovilizado el cuello con un collarín rígido. Entonces, un hombre metió la cabeza dentro del coche para colocarse en su campo visual directo. Era Montoya.

"Tranquilo. Tranquilo, Paco. Con calma," dijo, dándole unas palmaditas en el pecho.

Paco llevaba puesta una vía en cada brazo. Y milagrosamente, se sentía superbién. No le dolía nada de nada. ¡Vivan las drogas!

"Que paren… ese ruido…infernal," acertó a mascullar con voz de borracho. El chirrido de la sierra cortando metal le estaba dando una dentera horrorosa.

"Son los bomberos, Paco. Llevan un buen rato intentando sacarte de aquí de una pieza," dijo otra voz que también reconoció. Era Silvia, hablando desde el otro lado del coche.

"Pues es bien fácil: … que me corten la pierna… y la cosan luego… como hacen con los de'os que… que s'amputa la gente… leche."

El del Samur, a su lado, hizo un gesto con la mano, rotando el dedo índice sobre su sien, como si estuviera loco.

"Eso es la medicación. Que disocia que no veas."

"Paco, escucha, por favor, céntrate: ¿dónde está mi padre?"

Paco se tomó unos segundos para recordar. ¿Qué había pasado? Ah, sí.

"Se… lo llevó."

"¿Quién? ¿El carnicero?"

"Sí."

"¿Estaba vivo cuando se lo llevó?" preguntó Montoya a bocajarro. "¿No le descuartizó?"

Joder, un poquito más de tacto igual le vendría bien a este muchacho, y más estando Silvia delante... razonó Paco a pesar de su nebulosa de sedantes.

"Sí. Vivo… Le sacó del coche… y le metió en… en el maletero… de un Opel… Corsa…"

"¿De qué color?"

"Azul, creo…"

"¿Qué tono de azul?" insistió Silvia, siempre más detallista.

"Pues azul, mujer, azul… Azul… normal,"

"¿Pero cómo era exactamente? ¿Claro? ¿Oscuro?"

"Ni claro, ni oscuro… Azul de toa la ví'a…vamos…"

"Un Opel Corsa azul. ¡Era un Opel Corsa azul!" informó Montoya por el walkie. "¿No sabrás la matrícula?"

"No, nunca la ví."

En ese momento sonó una tonadilla de pasodoble.

"Es tu móvil, Paco," dijo Silvia. "Espera a ver si lo alcanzo."

Silvia alargó el brazo para tantear por el techo, hasta que lo encontró.

"Contesta tú."

"¿Hola?... No, no quiero ninguna tele, ni cambiar de compañía, gracias," dijo Silvia colgando el móvil, metiéndoselo a Paco en el bolsillo. "De Orange."

"Joder, qué pesaos," dijo el del Samur. "Entre esos y los de las eléctricas…"

"Bueno, esto ya está," dijo el bombero de la radial, desconectándola. Todo el mundo agradeció el silencio que siguió a esas palabras, especialmente Paco. "A ver si ahora sale."

"Espera un momento, que le meto otro chute," dijo el del Samur, abriendo uno de los goteros a tope.

"Silvia," llamó Paco, tomando su mano con los ojos llorosos. "Lo siento mucho… Le he fallado a tu padre… Lo siento… Perdóname."

"No es culpa tuya, Paco. Pero tranquilo: le vamos a encontrar. Vivo," remarcó. Luego le apretó la mano. "Venga, aguanta ahora, que ya te sacan."

Los bomberos arrancaron las dos últimas piezas del amasijo de hierros que habían cortado. Pero a pesar de todos los analgésicos y de la sedación de caballo que llevaba, cuando retiraron la pieza que tenía incrustada en la pierna, Paco no pudo evitar pegar un grito, desmayándose otra vez.

Don Lorenzo se despertó en la oscuridad del maletero. Si esa mañana en su despacho había pensado que le dolía la cabeza cuando se tomó el ibuprofeno, fue porque entonces no tenía ni puta idea de lo que significaba la palabra "dolor". Ahora sí que lo sabía, ahora que parecía que tuviese a un gnomo a su lado dándole martillazos sin parar, con saña.

Entre lo que se movía el coche, dando curvas cerradas a izquierda y derecha, que le zarandeaban de lado a lado, y con semejante dolor de cabeza, no tardó en vomitar. Pero tampoco tuvo que compartir por mucho tiempo ese reducido espacio con la caja de herramientas y con los restos de café y los sobaos a medio digerir, porque poco después el carnicero paró el coche en seco, y abrió la puerta del maletero.

"¡Venga, levanta!" dijo tras darle un par de tortas para espabilarlo, estirándole de la corbata, que estaba milagrosamente limpia de vómito. "¡Joder, tío, que asco!"

"¡Vete a la mierda!" le espetó don Lorenzo sin perder la dignidad a pesar de lo mareado que estaba, intentando coger una llave inglesa de la caja mientras el tipo le meneaba con menos miramientos que a una maleta en la sección de carga del aeropuerto.

"Calla, bocazas," replicó el psicópata, quitándole la llave inglesa y soltándole otro guantazo que le quitó las ganas de resistirse. Luego le dio un repaso,hurgando en los bolsillos de su chaqueta hasta que encontró las esposas reglamentarias y las llaves. "A ver si así te estás más quietecito."

En un abrir y cerrar de ojos, don Lorenzo se encontró otra vez en marcha, esposado dentro de otro maletero, esta vez un poco más grande, y también bastante más limpio, sin los restos de vómito. Todo un lujo, si no fuera por lo apretadas que le había puesto las esposas ese mamón. Aunque podría ser peor: podría llevar las manos esposadas a la espalda en vez de delante, y el hombro le dolería todavía más.

Y es que, ya lo dice el refrán: el que no se consuela, es porque no quiere.

"Han encontrado un Opel Corsa azul en un polígono en Colmenar," dijo Montoya, de vuelta en la comisaría.

"Pero ¿cuándo han llegado hasta allí? ¿Y cómo?" dijo Silvia, muy contrariada. "¡Es imposible! ¡Si había controles por todas partes!"

"No lo sé, pero han encontrado restos de sangre y de vómito en el maletero. Están haciendo una redada por toda la zona, buscando en cada rincón."

"Vamos, quiero ver ese coche, y quiero tomar muestras personalmente. Si no es de la científica, que nadie toque nada hasta que llegue yo."

"Hay que ampliar el radio de los controles. Espera que doy las órdenes, y voy contigo."

Durante el viaje, Silvia trató de conservar la calma. Había sangre en el maletero, sí, pero ¿cuánta? Tuvo que hacer un gran esfuerzo para apartar todo tipo de imágenes mentales de su padre descuartizado en pedacitos, porque no ayudaba nada a su ansiedad. Pero, dada la fama de el carnicero, pensar algo así era inevitable. Y lo mismo debía de estar pensando su hermana, llamándole otra vez al móvil.

"Dime, Lola….. Sí, han encontrado el coche, voy para allá….. No, no lo sé aún….. No, no pienses eso, por favor, que aún no sabemos nada. Ya conoces a papá, estará bien….. Y ¿cómo está Paco?... ¿Ya está en planta? Eso es buena señal, si no le habrían dejado en la UCI….. No, tranquila. Quédate con él, y no te preocupes de nada más, por favor….. Sí, te llamo."

Cuando llegaron pudo al fin respirar tranquila. Había restos de sangre, sí, pero no tanta. La mayor parte estaba cerca de una pesada caja de herramientas metálica que tenía la tapa medio abierta.

"Se debió de dar un golpe en la cabeza contra esta caja. Hay restos de pelo aquí," dijo, entrando en "modo profesional", recogiendo una muestra de la esquina de la caja.

"Sí, esto es su vómito, seguro," dijo Montoya, examinando el contenido del pequeño charco con un boli. "Esto son los restos del café, y esto deben de ser los sobaos que se tomó esta mañana."

Mientras Silvia seguía recogiendo muestras y tomando huellas, entre otras cosas de una llave inglesa que encontró fuera de la caja, sonó el móvil de Montoya.

"Sí, inspector Gutiérrez. Tenemos el coche….. Sí, era él. Falta hacer las pruebas de ADN, pero estamos bastante seguros….. No, no hemos visto nada útil en las cámaras de la M-30..… Sí, hay que ampliar la búsqueda, pero ha cambiado de coche….. ¿Todo el mundo? ¿Prioridad uno? Genial."

"No pasa nada, cariño, estoy bien," dijo Paco cuando le trasladaron a la habitación, donde le esperaba su esposa Lola ansiosa perdida. En cuanto lo vio, Lola corrió a darle un beso de bienvenida, y luego le tomó de la mano, acariciándole la magullada frente. Estaba hecho un cromo, luciendo varios moratones, la nariz hinchada y unos cuantos cortes, algunos con puntos de aproximación, y todavía llevaba el collarín rígido, que le impedía mover la cabeza.

"¡Ay, por favor! ¡Pero mírate cómo estás, amor mío! ¿Te duele mucho?"

"No te preocupes, que no ha sido pa' tanto como pensaban. Me han puesto el collarín este porque me ha dao un latigaso en el cuello, pero que no me lo he roto ni na', tranquila. Y lo de la pierna, pues era na' más que un hierrillo que tenía atravesaó, pero que no me ha tocado el hueso ni na'. Que está tó bien, vaya. Unos puntos, y pa' casa."

"Ay, Paco, mi vida, pero ¿cómo te lo puedes tomar tan bien, después de estar tanto rato ahí atrapado en ese coche?"

"Ni me' enterao con tanta anestesia, de verdad, que los del Samur saben hacer muy bien su trabajo."

"Y mi padre… ¿Dónde estará el pobre? ¿Dónde se lo habrá llevado ese miserable?"

"No te preocupes, Lola, cariño, que le vamos a encontrar en menos que canta un gallo. Que seguro que Montoya tiene a todos los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado buscándole."

En ese momento, llegaron Lucas y Mariano con Sara.

"¡Papá!" dijo Sara, corriendo a su lado. "Papá, ¿cómo estás?"

"Menudo susto que nos has dao, macho," dijo Mariano, suspirando aliviado. "Que ya creíamos que no te iban a sacar de ese coche nunca, que te ibas a fusionar con la carrocería y a quedar como un trasformao de esos, o como un cibor."

"Sí, claro, Mariano," dijo Lucas. "El Bumblebee de San Antonio iba a ser Paco, no te jode."

"Estoy bien, no os preocupéis por mí," dijo Paco, tomando la mano de Sara para besarla. "De lo que hay que preocuparse es de encontrar a don Lorenzo."

Notas de Autor – como empecé a escribir esta historia al empezar la Temporada 4, voy a dejar a los personajes en ese momento, más o menos. O sea, que Sara no está con Lucas, ni es policía todavía.

(Acabo de ver la temporada 5, y contando). Ahora se está volviendo todo mucho más serio y turbio, y ya hasta parecen policías de verdad en vez de retrasados, pero a mí me gustaba más el humor tonto de las primeras temporadas, que se sigue colando en la trama de vez en cuando. Por ejemplo, ayer mismo, viendo cómo Paco olisqueaba las bragas sucias de Lola para pasmo de Aitor, casi me meo, jajajaja.