— 4 —
"Lola, aquí no estoy haciendo nada útil. Me voy a comisaría. Tú vete a casa con Sarita," dijo Paco al cabo de media hora, incapaz de estarse quieto en la cama del hospital.
"Pero ¿cómo te vas a ir del hospital tan pronto? Que acabas de sufrir un accidente, Paco, ¡por Dios!"
"No pasa nada ¿ves? Me han puesto esta bota pa' andar, pero si te que'as más tranquila, ya me llevan estos dos en esa silla de rue'as, y arreglao," dijo Paco, haciéndole un gesto a Mariano para que se acercase con la silla que estaba en un rincón de la habitación, mientras se incorporaba en la cama para bajarse, todavía enganchado a los goteros.
"Pero ¿estáis todos locos o qué? Que no, que tú no te vas de aquí, Paco. Vuelve a la cama, por favor te lo pido, no seas cabezón," dijo Lola, empujando a Mariano y a la silla de ruedas a un lado.
"Lola, escúchame: han secuestrao a tu padre por mi culpa, y no me voy a que'ar aquí en la cama sin hacer ná'. No puedo. ¡No puedo!"
"¡Pero si no ha sido culpa tuya, Paco, que ha sido un accidente! ¡Que no podías hacer nada!"
"Me da igual. Yo era su escolta hoy, y le' fallao. No me obligues a que'arme aquí contemplando la pared sin hacer ná', por favor. Que se me llevan los demonios."
"Pero, ¿qué es lo que vas a hacer tú exactamente en comisaría, alma de cántaro, si está todo el mundo buscándole, y tú no puedes ni dar dos pasos? Y además todo tieso, con el collarín ese, que no puedes ni mirar hacia un lado."
"Pues no lo sé, Lola, pero por lo menos tener el gesto, ¿sabes? El gesto. El gesto de que estoy haciendo tó' lo posible por don Lorenzo. Por favor, vete a casa con la niña. Te llamaré en cuanto sepamos algo."
Tras un tira y afloja, Lola por fin accedió al alta voluntaria de Paco, ayudándole a vestirse con ropa limpia, ya que la que llevaba se la habían destrozado las enfermeras con unas tijeras al ingresar en urgencias. Luego, entre los tres le acomodaron en la silla.
"Cuidádmelo bien, ¿eh?" le dijo a Mariano y a Lucas. "Y entre todos, encontrad a mi padre de una pieza, por favor."
"Descuida, Lola. Ese carnicero de pacotilla no sabe con quién s'a metío," dijo Mariano, empujando la silla hacia la salida. "S'a metío con el equipo de remo de la comisaría de San Antonio, ahí es ná'. ¡Y la' cagao!"
"Adiós, cariño," dijo Paco, besando la mano de Lola al pasar hacia la puerta.
"Toma, no te olvides el móvil, que me lo dieron las enfermeras," dijo Lola, cogiendo una cesta de la mesilla. "Y la placa, y la pistola, y todos los trastos que llevabas en los bolsillos, con tu pañuelo y todo."
"Gracias, mi vida. No os preocupéis por ná', de verdad," dijo tomando la cesta, que puso sobre sus piernas. "Que esto se va a solucioná."
—
El carnicero llegó a su destino bien entrada la tarde. Era una finca apartada en un pequeño pueblo de Soria, en lo alto de una colina, y que era la excepción a la regla de toda esa comarca, porque de carambola tenía una excelente cobertura de móvil y conexión a internet.
"Está todo listo para empezar, cuando quieras," dijo el tipo que le esperaba en la puerta para darle las llaves.
"Ya te puedes largar pues."
"¿Puedo verle?"
"Sí, claro. Aquí lo tengo."
El carnicero abrió el maletero. Don Lorenzo parpadeó, molesto por la luz que le irritaba las retinas tras tanto rato encerrado en ese hueco oscuro, y se cubrió el rostro con las manos esposadas.
"¡Pero mira quién está aquí! Si es el comisario Castro en persona, ni más ni menos…"
Don Lorenzo bajó las manos lentamente para mirar al segundo hombre, entrecerrando los ojos como en profunda concentración, pero no le reconoció.
"¿Quién coño eres tú? ¿Otro tarado que mandé al trullo hace quince años?"
"Anda, mira qué gracioso nos ha salido el madero..." Ese hombre también le estiró de la corbata para incorporarle, antes de soltarle una tremenda colleja con la otra mano que casi le proyecta fuera del coche. "¿De verdad no te acuerdas de mí?"
"¿Te crees que me dan las neuronas para acordarme de tanto cabrón y tanto capullo con los que me cruzo a diario?" contestó el comisario entre dientes cuando se recuperó un poco del golpe, incapaz de contenerse. El carnicero le sacó del maletero entonces, cerró la tapa, y mirando al otro hombre, sacudió la cabeza, como si no mereciese la pena. Así que el perdonavidas le pegó solo un empujón al comisario; uno bastante suave, o se habría ido al suelo, mareado como estaba.
"¡Anda, tira, pa'lante, hijo de puta, que si no, a la siguiente hostia te desnuco!"
"Pues de ti no me acuerdo, pero ¿sabes de quién sí que me acuerdo, y además muy bien?" dijo don Lorenzo, ya lanzado de cabeza a la autodestrucción mientras el carnicero le cogía de un codo para guiarle hacia a la casa. "¿Sabes de quién?"
"¿De quién, a ver? ¿De quién te acuerdas, listo?"
Don Lorenzo se paró para darse la vuelta y mirar a ese gilipollas, que había picado el anzuelo como ninguno de sus hombres hacía ya en la comisaría. Entonces, con la actitud suicida del que ya lo ha dado todo por perdido, y le importa todo una mierda, le espetó:
"¡De tu puta madre en bicicleta, so mamón!"
El puñetazo que recibió en toda la cara le dejó seco otra vez, tirado en el suelo de espaldas.
"Me lo voy a pasar de puta madre con este capullo, oye," dijo el carnicero, cargando con don Lorenzo al hombro hasta la casa como el que lleva un saco de patatas. "El cabrón va a dar mucho juego. Y tú, pírate ya, venga."
Una vez en la casa, el carnicero bajó a don Lorenzo a la bodega, donde le dejó sentado en una silla, con las manos esposadas detrás del respaldo, y la cabeza colgando hacia delante, todavía inconsciente. Entonces, enchufó un par de focos que le iluminaron directamente, reajustó una cámara que había montada en un trípode, para obtener un buen plano del comisario, y tras darle al REC, enchufó un portátil conectado a un montón de cables y dispositivos.
—
Pues igual tenía razón Lola, porque a ver qué porras hago yo aquí, pensó Paco, aparcado con la silla en su despacho, sin saber qué hacer, mientras los demás iban y venían por la comisaría. Nada útil, seguro.
Aunque Lucas y Mariano tampoco estaban haciendo nada de provecho, pues estaban allí plantados con él, viéndolas venir. Hasta que Silvia apareció en la puerta, llamándoles aparte.
"Perdona Paco, me los llevo un momento."
Los dos le siguieron fuera, justo cuando el resto de la pandilla basura entró al despacho a saludarle.
"Señor inspector, que alegría que al final pudieron sacarle de ese coche de una pieza," dijo Rita con su habitual sonrisa. "Madre mía, ¡lo que le he rezao yo hoy a la Virgen del Camino Seco, no lo sabe nadie!"
"Le veo muy bien, ¿eh?, inspector," dijo Kike, dándole una palmadita en el hombro. "Yo pensaba que iba a estar mucho peor."
"Poco se ha hecho para lo que podía haber sido," dijo Curtis muy serio, con los brazos en jarra.
"Eso, que podía haber perdido la pierna y todo," dijo Povedilla. "Pero que menos mal que no, y que en dos días ya estará usted corriendo otra vez por ahí, echándole carreras al subinspector Fernández, ¿eh?"
"Sí, pero esta vez le ganará sin dopaje, y sin cambiarle las zapatillas," se cachondeó Aitor, riendo. "¿Cómo lo lleva, inspector?"
"No os preocupéis, que estoy bien," dijo Paco, intentando mirar hacia la puerta para ver qué les estaba diciendo Silvia a los subinspectores, pero como no podía girar la cabeza, tuvo que girar la silla entera, levantando las ruedas mientras se echaba hacia atrás, en un alarde de pericia que no poseía, y casi la vuelca.
"Con cuidao, inspector, con cuidao, a ver si se nos va a caer usted," dijo Povedilla, sujetando del manillar a tiempo para impedir que se venciese hacia atrás.
"¡Dejadme, leches, que no estoy inválido!" protestó Paco, que no paró quieto hasta que estuvo orientado hacia la puerta.
Lucas y Mariano miraban el móvil que les mostraba Silvia, muy preocupados.
"¡La madre que lo parió!" dijo Lucas entonces, más cabreado que nunca, llevándose una mano a la cabeza con cara de volao, como si estuviera a punto de emprenderla a tiros con todo el mundo, como un adolescente desquiciado en un instituto de Estados Unidos.
Mariano, a su vez, parecía estar en estado de shock, sin palabras, con la boca abierta, mirando a la pantalla como si no pudiera quitarle ojo, hasta que levantó la vista para mirar a Paco.
"Paco tiene que ver esto, pero es que no le va a gustar nada."
"¿El qué?" voceó Paco desde el despacho, atento a sus palabras.
"Es que no sé ni si deberías verlo, Paco, que no estás en las mejores condiciones, de verdad," dijo Silvia, acercándose tras dejar el móvil en manos de Mariano, que no lo soltaba, como si tuviera los dedos agarrotados. "A mí me está costando mucho asimilarlo."
"Pero ¿qué pasa?"
"¡Pues pasa que el muy hijo de puta ha colgado un video online!" dijo Lucas, siempre menos comedido que el resto. "¡En directo!"
"¿Un video de qué?" dijo Paco, avanzando con la silla hasta Mariano para intentar cogerle el móvil, pero este lo apartó.
"Que no, Paco, que yo creo que es mejor que no lo veas."
"¡Trae pa' cá', leche'!"
Le arrebató el móvil de Silvia a Mariano para quedarse con la misma cara de pasmao que él mirando la pantalla. E inevitablemente, tiró de pañuelo para cubrirse la boca, a tope de angustia y estrés.
"Pero, ¿qué es esto? ¿Qué hace ahí don Lorenzo?"
El comisario aparecía en un plano medio, sentado en una silla con las manos atadas a la espalda. Parecía inconsciente, con la cabeza colgando hacia delante, pero vivo. Y entero, de momento, aunque cubierto de cortes y moratones, con una brecha sangrando a un lado de la cabeza, en el mismo lado que le había rozado la bala la sien, con sangre seca que le había llegado hasta a la chaqueta. También lucía un gran hematoma en el pómulo, con un ojo hinchado. Y Paco sabía que eso no se lo había hecho en el accidente. Eso más bien parecía la secuela de un puñetazo de los gordos, como los que arreaba Mike Tyson.
"Ese vídeo lleva ya emitiendo online veinte minutos," dijo Silvia. "Y no podemos localizar su origen. La señal salta de servidor en servidor, de país en país, con múltiples IP's. El que sea que ha montado esta emisión, se ha cubierto muy bien las espaldas."
"¡Ay, madre!" dijo Mariano entonces, tapándose la boca como hacía Paco, pero sin el pañuelo. "¡Creo que le va a hacer la del talibán!"
"¿El qué?"
"¡Que le va a cortar la cabeza en directo para que lo vea todo el mundo, Paco, o lo cortará en pedacitos y se lo comerá luego como el Animal Lecter ese, vete tú a saber, que este tío es muy friki!"
"¡Cállate la boca, Mariano! ¡Que eso no ayuda, coño!" dijo Lucas, dándole una colleja.
"¡Ay, Dios mío, que le va cortar en trocitos, empezando por los huevos!" dijo Paco, limpiándose las lágrimas con el pañuelo. "¡Que eso es algo mu' revirao, y encima lo va a ver to'l mundo mundial en directo, para más inri!"
"Silvia, ni caso, de verdad," dijo Lucas, fulminando con la mirada a Paco y a Mariano. "Tu padre está bien, un poco magullado pero bien, y le vamos a encontrar. Tú sigue intentando localizar el origen de la emisión, que aunque salte la señal a Japón, en coche no se han podido ir más allá de un radio de 400 kilómetros. 500, si me apuras, si el cabrón le ha pisao como Alonso."
"Vale, pero necesito mi móvil," dijo ella, recuperándolo de las crispadas manos de Paco. "Vosotros id a la Sala Briefing, y monitorizáis la emisión desde allí. Ahora mismo te mando un email con el enlace, y lo enchufáis con el portátil al monitor. Grabadlo todo, y mirad a ver si veis algún detalle en la imagen que nos pueda ayudar a saber dónde está. Lo que sea. Nos vale cualquier cosa."
"Vale. Tú, Povedilla, encárgate de la logística," ordenó Lucas. "Ve enchufando ese portátil a la pantalla más grande que encuentres. ¡Vamos!"
"¡A la orden, subinspector!" dijo Povedilla con un saludo militar, mano a la sien.
—
"Gonzalo, la llave inglesa que había en el maletero tiene huellas de mi padre y de el carnicero. Definitivamente, era él. Aunque eso… ya lo sabíamos," dijo Silvia cuando Montoya entró en su laboratorio.
"Si por lo menos hubiese llevado el móvil encima, para localizarle… Tenías razón, su teléfono estaba todavía en su coche, conectado a un cargador. Aquí lo tienes, junto con sus cosas," dijo Montoya, dándole el móvil y la bolsa que llevaba el comisario en el maletero. "Tiene la pantalla un poco cascada, pero aún funciona."
"¿Has averiguado algo más? ¿Tenemos alguna pista?"
"No, todavía no, lo siento. Pero las cadenas de televisión han accedido a solicitar la colaboración ciudadana con la policía. Dentro de nada, le estará buscando todo el país." Montoya hizo una pausa para mirar la pantalla del portátil que Silvia tenía en la mesa. "¿Cómo va?"
"Todavía no se ha despertado. El secuestrador parece que no tiene ninguna prisa, porque sabe que no podemos localizarle por su IP. Debe de estar esperando a tener más gente conectada a la emisión, antes de empezar a hacer... lo que sea que va a hacer."
Silvia parecía muy entera, pero cuando volvió a mirar a la pantalla, de repente no pudo más y se echó a llorar.
"¡Tengo miedo, Gonzalo! ¡No sé qué le va a hacer ese psicópata a mi padre, pero no va a ser nada bueno!"
Montoya la cogió entre sus brazos para consolarla, dándole un beso en la cabeza.
"Tranquila, Silvia, tranquila. Le vamos a encontrar, ¿vale?"
"¡Pero si no tenemos ni idea de dónde está!"
"Alguien habrá visto algo, y llamará. De verdad, en cuanto salga en la tele, alguien le reconocerá, y nos pondrá sobre la pista. Van a hacer una emisión especial a las 7 en todas las cadenas, y luego saldrá otra vez en el telediario de las 9. Ya verás."
"Ojalá tengas razón, y lleguemos a tiempo."
"Eh, mira, se está moviendo. ¡Se está despertando!"
Todavía abrazados, los dos miraron a la pantalla del portátil, sin saber si a eso se le podría considerar una buena noticia, o solo era el inicio de algo muchísimo peor.
—
"¡Mamá! ¡Mamá!" gritó Sara, corriendo hacia el sofá donde Lola veía la tele. Llevaba una tablet en la mano. "¡Tienes que ver esto! ¡Es el abuelo!"
"¿El abuelo? ¿Cómo que el abuelo?"
"¡Sí, mira!"
Sara se sentó a su lado y colocó la tablet delante, entre las dos.
"¿Pero qué hace tu abuelo ahí sentao? ¿Dónde está?"
"No lo sé. Me ha pasado este enlace un amigo del insti. Es un video que lleva ya media hora emitiéndose en directo en la web."
"Pero, ¿para qué? Bueno, por lo menos, así sabemos que está vivo, pero qué mala pinta tiene después del accidente, pobrecito mío, aún peor que tu padre. ¡Mira que moratón se ha hecho en la cara, y esa brecha en la cabeza!"
"¡Llama a papá, a ver qué sabe!"
"Sí, voy," dijo Lola, bajando primero el volumen de la tele con el mando, antes de coger el móvil.
—
