— 5 —
En la sala de briefings, Paco y sus hombres no perdían detalle de la emisión, ahora en pantalla grande, ya que Povedilla había conectado el portátil a un televisor de 55 pulgadas.
Don Lorenzo seguía sentado en la silla, todavía inconsciente. Aún no habían visto al secuestrador en pantalla, pero todos se afanaban escudriñando la imagen en busca de alguna pista que les ayudara a averiguar su paradero.
"¿Qué tal una bodega en Asturias?" sugirió Curtis.
"¿Por qué en Asturias?"
"Yo que sé, Kike… Pues porque eso de ahí parece una botella de sidra, mismamente."
"Anda que ya te vale, Curtis. ¡Como si solo en Asturias bebieran sidra! Es como si ves una botella de horchata, y enseguida extrapolas a Valencia, siendo que la venden en todos los Mercadonas."
"Pues yo creo que bien podría ser un secadero de jamones en Teruel," dijo Mariano. "Ahí hay algo colgando, que podrían ser longanizas. Y eso de ahí detrás de don Lorenzo, parece un gancho."
"Gancho el que habría que meterte a ti, Mariano, pero con este," dijo Lucas, enseñándole su puño. "¡Eso es una lámpara, joder! De diseño, pero una lámpara."
"Eso no es una puta lámpara, Lucas. Eso es un puñetero gancho. Y bien grande, además. Que casi parece el de una grúa."
"¡Mirad, que se mueve! ¡Que don Lorenzo se ha despertao!" señaló Povedilla entonces, interrumpiendo la discusión.
Todos se callaron, arremolinándose frente a la tele, alrededor de la silla de ruedas de Paco, que ocupaba la posición central, justo en frente, no perdiendo detalle. Don Lorenzo empezó a mover la cabeza lentamente mientras emitía un suave gemido tan lastimero que apelaba a la compasión. Verle así, tan indefenso y roto, provocó un sentimiento colectivo de congoja e indignación en la sala, estremeciendo los corazones de todos los presentes, ya que era casi como oír llorar a un bebé desvalido que estuviese fuera del alcance de cualquier ayuda. Y justo entonces, sonó una tonadilla de pasodoble.
"¿Lola?... Sí, sí mi vida, lo estamos viendo….. Ya se despierta, sí….. No, no sabemos dónde está. Silvia está en ello, tratando de localizar desde dónde están emitiendo el vídeo….. No, cariño, no lo sé, pero estamos tós' en la comisaría analizando la imagen, a ver si encontramos alguna pista… Sí, tú mira también, con la niña, y si encontráis algo, nos lo dices… Si, es como uno de esos juegos de "escena del crimen", sí… Ah, sí, otra cosa: vamo' a pedí' la colaboración ciudadana en el telediario….. Sí, póntelo… El que quieras, cariño. El de Piqueras mismo, que es el que más te gusta."
"Bueno, bueno, señor comisario… Ya era hora de irnos despertando, ¿no, dormilón?" dijo el carnicero, por fin visible en la imagen, mientras se acercaba a don Lorenzo.
"Perdona, mi vida. Te cuelgo ahora, que tengo que ver lo que le dice ese desgracio a tu padre."
Don Lorenzo levantó la cabeza y miró alrededor, parpadeando aturdido, como si estuviera intentando recordar qué había pasado y dónde estaba.
"¿Podrías darme… un poco de agua, por favor?" pidió entre jadeos, carraspeando con voz seca y entrecortada.
"Sí, claro, como no."
El carnicero desapareció de la imagen un momento, para regresar al poco con un vaso.
"Marchando un vasito de agua para el señor comisario," dijo con retintín, acercándole el vaso, pero cuando don Lorenzo abrió la boca, en vez de dejarle beber, se lo retiró para luego lanzarle el agua a la cara. "A ver, gilipollas, ¿qué te crees que soy? ¿Tu camarero particular? ¡Venga, a ver si nos vamos espabilando ya, que tienes a toda la audiencia esperando, coño!"
"¡Ay, por favor! Pero ¿cómo le puede negar un vasico de agua al pobre don Lorenzo? Hay que ser un desalmao para negarle agua al sediento," dijo Rita mientras el comisario sacudía la cabeza, tosiendo varias veces. "Eso es de ser muy malo de dentro."
"¡Un hijo de la gran puta, eso es lo que es, ese malnacido! Si estuviese yo ahí, le iba a… le iba a…" dijo Lucas, dándose tal puñetazo a sí mismo en la otra mano, que casi se la rompe.
"Si es que el pobre hombre tiene que estar muy mal tras el accidente, muy mal," dijo Paco, tirando de pañuelo otra vez, como todos frustrado hasta la médula con la impotencia de no poder ayudarle, y más al recordar con qué desesperación le había llamado su suegro mientras ese tarado lo arrastraba hacia el otro coche. "Y luego ha estao metío en un maletero vete a saber cuánto rato, y encima vomitando, que me lo ha dicho Silvia. Tó' deshidratao estará, como una pasa, que a mí los del Samur me han puesto goteros a tutiplén, pero seguro que a él ese impresentable no le ha dao ni una triste aspirina, con el guarrazo que le ha metido el airbag en toa la cara, y esa brecha que lleva. Y para colmo, dentro de na' le toca la inyección de insulina, que le va a volver a dar un jamacuco como la otra vez, por Dios, con la glucosa por las nubes… ¡Venga, dale el agua ya, so desgraciao!"
Cuando acabó de toser, Don Lorenzo levantó la cabeza. Por su expresión, era obvio que la rabia le consumía, y que no se iba a quedar callado.
"Siempre has sido un hijo de puta. No podía esperar menos de ti."
El carnicero le metió entonces dos tortazos: uno de la cara, y seguidamente, otro del revés, sin perder comba.
"¡Me cagüen tó' lo que se menea!" dijo Paco, amenazando la pantalla con el puño cerrado, estrujando el pañuelo entre sus dedos. "¡Si te pillo, te mato, animal! ¡A mi suegro no lo toques!"
"No veas lo mucho que he deseado tener este momento de intimidad contigo, Lorenzo. Quince años me ha llevao, pero aquí estamos, por fin." El carnicero le acarició suavemente la cabeza como el que acaricia a un perro fiel, mientras miraba hacia la cámara con una sonrisa de hiena. "¿No te gusta? Aquí, nosotros dos solitos, en la intimidad, sin que nadie nos moleste…"
"¡Tu puta madre sí que no molesta!" le cortó don Lorenzo, apartando la cabeza de esa mano lo más lejos que pudo, con una expresión de asco infinito.
Ese comentario le valió un puñetazo que le reventó la nariz.
"¡Toma qué hostia se ha llevao!" dijo Aitor con las manos en la cabeza mientras todos en la comisaría soltaban algún tipo de improperio hacia el maltratador, fruto de la impotencia, la frustración y la rabia que sentían al ver sangrar al comisario, siendo "¡hijo de puta!" uno de los insultos más populares.
"Claro, es que insultando a un psicópata secuestrador que tiene la sartén por el mango, y en una situación tan comprometida como la que está, pues poco me parece que don Lorenzo se lleve, como mínimo, un puñetazo en su santa nariz," dijo Povedilla, alzando el dedo índice. "¡Como mínimo!"
"Bueno, aunque esto de la intimidad, es un decir," continuó el carnicero, mirando hacia la cámara como si se estuviese dirigiendo específicamente al grupo de policías de la comisaría de San Antonio, que casi se lo tomaron como un mensaje personal.
Don Lorenzo parpadeó otra vez mientras jadeaba, aturdido como estaba por los golpes y el dolor. Entonces reparó en el trípode, y miró directo a cámara.
"¿Pero estás grabando esto?"
"Claro, no me voy a perder detalle. Ni yo, ni nadie."
"¿Para qué? ¿Para pajearte luego, pedazo de anormal?"
El siguiente puñetazo le tiró al suelo con silla y todo. En comisaría, todo el mundo se volvió loco a la vez, con un griterío de insultos dirigidos a el carnicero, poniéndole de vuelta y media, y profiriendo un sinfín de amenazas vanas. Otros cinco agentes más se sumaron al clamor de los hombres de Paco en la sala de briefings. Conforme pasaba el tiempo, más y más policías se iban acumulando allí, todos cautivados por lo que sucedía en la pantalla, y encendidísimos de rabia al ver como ese criminal se ensañaba con su comisario de esa manera.
El carnicero se agachó para volver a incorporar a su víctima, pero como don Lorenzo estaba todavía esposado a la silla, enganchado al respaldo, le tuvo que abrir las esposas primero y recolocar la silla en su sitio antes de alzarle del suelo y dejarle caer sobre el asiento a peso muerto.
Milagrosamente, tras ese gancho a la mandíbula, y tras golpearse la cabeza contra el suelo, don Lorenzo no había perdido el sentido por completo otra vez, pero tras tanto mamporro, le llevó un buen rato volver a despejarse y coordinar un poco. Mientras se recuperaba, el carnicero volvió a esposarle las manos a la espalda, por detrás del respaldo. El gruñido de dolor que soltó cuando le estiró del hombro derecho no pareció preocuparle lo más mínimo, aunque algo debió de pasarle por su defectuosa cabeza, y de refilón por su insensible corazón, ya que utilizó la corbata de su víctima para limpiarle un poco la sangre que le chorreaba de la nariz, y dejarle un poco más presentable.
Tras escupir un poco de sangre a un lado, don Lorenzo volvió a mirar a la cámara, de frente y muy serio, con la expresión fatalista del soldado que sabe que no va a salir con vida de una batalla.
"Paco, si en algún momento llegas a ver esto, quiero que sepas que no ha sido culpa tuya."
Paco tiró de pañuelo una vez más, cubriéndose la boca angustiado, con la lágrima floja, mientras Lucas y Mariano, también conmovidos, le mostraban su apoyo incondicional, uno a cada lado de la silla, posando una fraternal mano sobre cada uno de sus hombros.
"¡Qué grande!" dijo Mariano, emocionado, y también a punto de llorar.
"Dile a todos que les quiero, especialmente a mi familia, y también a mis hombres. Y dile a Lola que…"
El carnicero se puso en medio entonces, bloqueando el ángulo de la cámara con el culo.
"¿Qué te crees que es esto? ¿El Diario de Patricia? ¡Cállate ya, joder!"
"¡Vete a tomar por culo! ¡Me callaré cuando me salga de los cojones, anormal! ¡Y quítate de en medio!"
El carnicero le soltó entonces tres puñetazos seguidos, dos al vientre y uno a la cara, que finalmente dejaron al comisario sin habla y casi sin respiración, y otra vez con la cabeza colgando, semiinconsciente.
"No me extraña que don Lorenzo dijera una vez que iba a tener que tirar un tabique para que le entraran sus cojones, porque los tiene cuadraos," dijo Kike, alucinando pepinillos, igual que el resto. El empeño del comisario de antagonizar a su secuestrador cada vez que abría la boca les resultaba algo totalmente incomprensible, pero a la vez, digno de admiración. Algo que entraba en el terreno de lo épico.
"Y forraos de titanio," añadió Curtis. "Más duros que el acero."
"Los del caballo de Espartero parecerían canicas a su lado. ¡Putas canicas!" remarcó a su vez Lucas. "Solo hace falta ver cómo le trolea a ese tío mientras le mete de hostias, cuando tiene todas las de perder… ¡Don Lorenzo es el puto amo!"
"Pues se podía callar la boquita un poco, que yo creo que antagonizar a un psicópata que te tiene secuestrao Dios sabe dónde, no pué' traerle a uno na' bueno," dijo Paco, con la boca todavía cubierta por el pañuelo, presa de una profunda angustia, un gran sentimiento de culpa y desesperación, y al borde de un ataque de ansiedad de los buenos. Si seguía así, en nada iba a necesitar otra vez la bolsa del Burger King para dejar de hiperventilar, y también la compañía de su psiquiatra Félix Montejo.
"Es que no lo puede evitar, el pobre," intervino Mariano, secándose una lágrima extraviada. "¡Que es que tu suegro es como un Miura de los de antes, Paco, que siempre entra al trapo, coño! Que se obceca el hombre, se obceca, y lo ve todo rojo… Que es su modus operandi, de toda la vida: se ofusca en la contrariedad, y con sus santísimos cojones, entra ahí al insulto sin conocimiento y sin mesura alguna. Que la ira le puede, Paco, que ya sabes que insulta hasta a los de la INTERPOL y a los capos de la mafia, y que a veces se le va tanto la pinza que insultaría hasta a María Santísima."
"No, eso no. Mi don Lorenzo no, que es to' un señor," dijo Rita muy seria, negando con la cabeza antes de santiguarse. "A todas las mujeres en general, y a la Virgen en particular, y más a la del Camino Seco, don Lorenzo les muestra respeto. Siempre. Mucho respeto."
"Claro. El comisario insulta… pues no sé, a los mamarrachos, a los anormales de carrito… A esa gentuza, vaya. A la Virgen no, eso nunca," dijo Povedilla, ajustándose otra vez las gafas. "Ni a nada sagrao, ¿eh? Que don Lorenzo nunca ha defecao en el buen nombre del Altísimo, ni en sus peores crisis de incontinencia verbal blasfema,"
"Pues yo no sé si no le he oído alguna vez soltar un me cagüen el copón bendito," dijo Curtis, encogiéndose de hombros. "Creo que sí, pero igual me equivoco."
"¿Os habéis fijao?" dijo Kike tras reflexionar un momento. "Creo que el comisario piensa que solo le están grabando en video, sin más, y que nos está dejando un mensaje para la posteridad. No debe de saber que le está viendo todo el mundo en directo, online, o nos diría algo más. A ver si se da cuenta pronto, y nos dice dónde está."
"Eso si es que lo sabe, porque si ese cabrón le llevaba encerrado en el maletero, como dijo Paco, poco habrá visto del viaje," dijo Lucas.
El carnicero volvió a desparecer de escena para volver al poco rato con otro vaso de agua. Agua que volvió a arrojarle a don Lorenzo a la cara para despejarlo.
"Ya estamos… ¡Que no le tires el agua a la cara, anormal!" dijo Aitor. "¡Que le des de beber, que no es tan difícil, coño!"
"Yo no puedo seguir viendo esto, no puedo," dijo Paco, desesperado, rodando la silla hacia atrás, pero no pudo avanzar gran cosa al estar tan rodeado de gente.
"Paco, tranquilo, venga," dijo Mariano, masajeándole los hombros. "Que tu suegro está bien, que seguro que le está troleando a ese cabrón como hacía el Stallone en Rocky IV, haciendo que el ruso ese enorme rubio le metiera de hostias para cansarlo, y luego contraatacar. Que seguro que esto es una estrategia rara que tiene don Lorenzo. Tú ten fe."
"¡Pero qué estrategia ni qué puñetas, Mariano, que lo está machacando! ¡Que a este paso no va a llegar vivo ni al segundo asalto! ¡Que lo has dicho tú mismo hace un momento, leche', que mi suegro se comporta como un puto Miura encenegao en dar cornadas verbales a tó' lo que se menea, sin importarle un pijo las consecuencias!"
Montoya irrumpió entonces en la Sala Briefing, seguido de Silvia.
"Poned la tele, que van a dar el anuncio de colaboración ciudadana. Y luego atentos, que empezarán las llamadas y habrá que filtrarlas."
—
"¡Pero mamá, que esto no puede estar pasándole al abuelo!" dijo Sara, llorando a moco tendido. "¡Que ese asqueroso lo está machacando, y encima, lo está viendo todo el mundo online, como si fuera una snuff movie!"
Las dos se abrazaron, llorando juntas, compartiendo la desesperación.
"Y lo mal que lo estará pasando tu padre, echándose la culpa de todo, que le va a dar un ataque de ansiedad otra vez."
"¡Pero si el abuelo ha dicho que no ha sido culpa suya!"
"Pues por eso mismo lo ha dicho, Sara, porque conoce tan bien a tu padre. Por eso mismo, para que lo oyera de su boca."
"¡Mira, que sale en la tele ahora!"
Lola se volvió para mirar. La tele estaba todavía encendida, pero sin volumen desde que había llamado a Paco. Y ahora, de repente, en el programa de la tarde salía una foto de su padre en uniforme, en primer plano.
"¡Sube el volumen!"
Sara dejó la tablet en el sofá y se apresuró a manejar el mando.
"…pímos la emisión para informar a la audiencia de un secuestro, ya que la Jefatura Superior de Policía ha apelado a la colaboración ciudadana en este caso tan especial. La víctima, de 61 años, es el comisario don Lorenzo Castro, que está al cargo de la madrileña comisaría de San Antonio. Tras un accidente sucedido en la M-30 este mediodía, el comisario Castro ha sido secuestrado por un peligroso preso fugado durante un traslado a la Prisión de Máxima Seguridad del Puerto de Santa María, en Cádiz."
Las imágenes del accidente se sucedían en pantalla. En una de las tomas, se podía ver claramente a Paco, cabeza abajo, rodeado de bomberos y sanitarios del Samur.
"¡Ay, por favor, pero si están sacando a tu padre también, cuando estaba ahí atrapado!"
"En el accidente también resultó herido el inspector Francisco Miranda, subordinado y yerno del comisario Castro, y que afortunadamente, ya está fuera de peligro."
A continuación, la pantalla mostró varias fotos del asesino, de frente y de perfil.
"Por favor, quédense bien con esta cara, la del preso fugado," continuó la presentadora. "Se trata de Luis Arrabal, apodado el carnicero, condenado a prisión permanente hace quince años por asesinar a siete policías y descuartizar a dos de ellos."
"Desde luego, si la cara es el espejo del alma, vaya pinta de malo que tiene ese desgraciado," dijo Lola. Sara le dio la razón.
"Mucho. Da miedo."
"Si le han visto hoy conduciendo un coche, en una gasolinera, en un peaje de autopista, o en cualquier otro sitio, o tienen alguna pista de su posible paradero y de el del comisario Castro, por favor, llamen al 051, la línea especial que ha habilitado la policía para manejar estas colaboraciones ciudadanas."
"Pues se les van a colapsar las líneas en cero coma, como la gente empiece a llamar con chorradas," dijo Lola mientras se limpiaba las lágrimas. En la tele aparecían los teléfonos y vías de contacto y las instrucciones pertinentes, con más fotos de don Lorenzo y de el carnicero. "Que la peña a veces se pone muy tonta con esto de los quince minutos de fama, mintiendo para hacerse la interesante, que ya me los veo a muchos en el bar, en la peluquería, y en la cola del supermercado, todos y todas diciendo: "pues yo he visto al tío ese". Yo creo que esto a la policía se les va a ir de las manos. Pero que ojalá funcione, oye. Ojalá."
Lola volvió a mirar la tablet. Su pobre padre todavía estaba recuperándose de tanto golpe, pero por lo menos, mientras estaba semiinconsciente, no se estaba llevando ninguno más.
Si es que ya lo dice el refrán: "El que no se consuela, es porque no quiere."
"Como muchos de ustedes ya sabrán," continuó la presentadora entonces, "en estos momentos circula por la web un vídeo en directo, con imágenes muy perturbadoras de la tortura a la que está siendo sometido el comisario Castro ahora mismo, en tiempo real. Por este motivo, resulta crucial encontrarle cuanto antes. Desde que empezó su emisión, el vídeo se ha convertido rápidamente en viral, alcanzando el status de Trending Topic número uno a nivel mundial en menos de media hora. A continuación, les mostraremos algunos de los momentos más crudos de la grabación, pero advertimos que son imágenes que pueden herir la sensibilidad del espectador."
Dicho esto, y sin dar tiempo a que ningún alma sensible apagase el televisor, todas las cadenas ofrecieron un resumen de los momentos más destacados de la tortura, sin ningún pudor, incluyendo todos los insultos de don Lorenzo a su secuestrador, y todos los golpes.
"No me lo puedo creer…" dijo Lola, cabreadísima. "¡Cómo han podido caer tan bajo!"
"¡Y ahora van y continúan con el vídeo en vivo!" dijo Sara, comparando las imágenes de la tablet y la tele. Las dos mostraban lo mismo: a su abuelo inmóvil en la silla, con la cabeza echada hacia adelante, semiinconsciente.
"Cualquier cosa para tener audiencia… ¡Buitres, que sois unos buitres desalmados!"
—
