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"¿Ves esto, madero? Te acuerdas de lo que te dije, ¿verdad?"

Todavía resintiéndose del último fustazo, Don Lorenzo miró el cuchillo mientras jadeaba, e instintivamente torció el gesto y apretó las piernas. Pero en seguida se dio cuenta de su error, e intentó relajarse y mostrar una máscara de indiferencia en vez de una expresión de puro pánico.

"Pues sí, ha llegado el momento: ¡te voy a cortar los huevos! Y luego, te los vas a comer, cabrón. Como las criadillas de cerdo, pero crudos."

Lamentablemente, en esa situación, el estoicismo y el autocontrol no le iban a ayudar gran cosa. Y total, sus palabras no iban a hacer ninguna diferencia, ya que a ese mamón le daban igual ocho que ochenta, así que decidió darse la satisfacción de seguir insultándole hasta el final. ¿Por qué no?

"Mira, mamarracho, déjate de preliminares y mamandurrias: si vas a hacerlo, hazlo ya, a ver si así me desangro pronto y acabamos con esta mierda de show que te has montao. ¡Que si me dieras cancha, soplapollas, acabarías con este puto gancho metido en el culo! ¡Pedazo de cabrón!" le espetó, rabiando entre dientes, agarrando el gancho como si fuese a sacárselo, pero el desvarío le duró muy poco cuando el dolor se le multiplicó por diez, y lo volvió a soltar.

"¿Sí? De verdad que tienes un piquito de oro, Lorenzo, y unos huevazos como para hacer seis tortillas. Vamos a por ellos, pues."

Cuando el psicópata avanzó cuchillo en mano, luciendo una sádica sonrisa, don Lorenzo supo que era el momento de ir a por todas. Ignorando el dolor en el hombro y en sus costillas rotas, tomó aire, y cuando ese tarado se acercó lo suficiente para echar mano a sus santísimos, se impulsó hacia adelante para atraparle la cabeza con las rodillas. Confundido por la inesperada acción, el carnicero no reaccionó a tiempo para librarse de esa presa, y al poco gritó enloquecido por el dolor cuando el comisario le hundió los pulgares en los ojos, apretando con la poca fuerza que le quedaba, y algo más que sacó de la furia y la desesperación.

La verdad es que, en ese momento, y teniendo el sacrosanto ciruelo de su víctima a escasa distancia de sus dientes, el psicópata se lo podría haber arrancado de un mordisco, pero se aturulló con el dolor, y solo acertó a atacarle con el cuchillo, clavándoselo primero en el culo, luego en la cadera, y finalmente en el muslo, donde lo dejó insertado.

"Mira, mamarracho, déjate de preliminares y mamandurrias: si vas a hacerlo, hazlo ya, a ver si así me desangro pronto y acabamos con esta mierda de show que te has montao. ¡Que si me dieras cancha, soplapollas, acabarías con este puto gancho metido en el culo! ¡Pedazo de cabrón!"

"Qué grande que es tu suegro, Paco," dijo Mariano, apretándole un hombro, muy emocionado. "Y qué huevazos tiene."

"¿Sí? De verdad que tienes un piquito de oro, Lorenzo, y unos huevazos como para hacer seis tortillas. Vamos a por ellos, pues."

"Claro que sí, hombre. Seis, o dieciséis," sentenció Curtis. "¡Es que tiene narices la cosa, que el pedazo de capullo le admira y todo!"

Paco emitió un agudo gruñido de pánico cuando el carnicero avanzó con el cuchillo.

"¡Toma ya!" dijo Aitor cuando el comisario le encajó la cabeza en las rodillas. "¡Que se le ha vuelto!"

"¡Eso, a hundirle los ojos, pero hasta la nuca! ¡Sí, señor!" dijo Curtis, jaleando entusiasmado. "¡Así se hace, don Lorenzo!"

"¿Dónde está esa papelera?" dijo Mariano cuando Paco volvió a tener arcadas. Povedilla volvió a pasársela rápidamente al inspector, pero al ver cómo brotaba sangre de las cuencas del tipejo y con qué desesperación gritaba, Mariano se la arrebató para vomitar él primero.

Por un momento, mientras Paco y Mariano se alternaban con la papelera, los demás contuvieron la respiración y contemplaron alucinados la lucha desigual que se desarrollaba en la pantalla, viendo a esos dos hombres gritar a pleno pulmón. Don Lorenzo se desgañitaba, chillando como un guerrero escocés enardecido por William Wallace, dándolo todo para acabar con su agresor, sacando fuerza de donde ya no la había, mientras el carnicero se defendía como podía, dando cuchilladas a ciegas, clavándole esa afilada hoja una y otra vez.

Al cabo de unos interminables segundos, don Lorenzo aflojó su presa y volvió a quedarse colgando flácidamente, con la cabeza gacha, desfallecido y exhausto. Al fin libre, pero totalmente ciego, el carnicero logró alejarse unos pasos, todavía gritando. Dando un traspiés, se llevó el trípode por delante, volcando la cámara, para poco después desplomarse en el suelo.

Tras esa horripilante escena, y ahora desde el más absoluto silencio, la cámara continuó grabando desde el suelo, ladeada, apuntando directamente a los santísimos cojones de don Lorenzo, pero esta vez desde abajo.

"Oye, pues va a ser que igual no hacía falta tirar ese tabique," dijo Kike, inclinando la cabeza a la izquierda para mirar detenidamente la pantalla. "Tampoco era para tanto. Talla normal, en la media, y siendo generoso."

"¡Ya está bien de mirarle las vergüenzas a don Lorenzo! ¡Un poco de respeto, por favor!" dijo Rita, plantándose delante de la tele.

"¡Pero si le está viendo las pelotas todo el mundo mundial, Rita, que es Trending Topic!" dijo Lucas.

"¡Pues me da igual! ¡En esta comisaría va a haber censura!" insistió Rita, empujándoles para alejarles de la tele. "¡Marranos! ¡Más que marranos!"

"¡Miren, que se está moviendo!" dijo Félix. "¡Que no se ha desmayado del todo!"

Todos intentaron ver lo que hacía el comisario, pero Rita continuaba obstruyendo la pantalla.

"Aparta un momento, Rita, leches. Déjanos ver qué pasa," dijo Curtis. Cuando la empujaron a un lado, todos ladearon la cabeza para ver mejor, ya que la imagen estaba girada 90 grados.

"Girad la tele, que esto de mirar de lao es muy incómodo," dijo Lucas.

Kike y Curtis giraron la tele 90 grados en el sentido de las agujas del reloj, a tiempo de ver cómo, con mano temblorosa, don Lorenzo se iba sacando lentamente el cuchillo de la pierna mientras soltaba un gruñido de dolor desesperado que erizaría el vello del más pintado. Todos los que le estaban viendo en la comisaría torcieron el gesto en una mueca de pura grima, pero no fueron los únicos: todo el puto planeta estaba pendiente de ese cuchillo, ladeando la cabeza y luciendo una mueca similar ante sus pantallas, sintiendo la misma mezcla de asco, repulsión, y encandilamiento, cautivados y horrorizados a partes iguales por la heroica gesta, incapaces de mirar para otro lado.

"¡Ay, por favor! ¡Madre mía, madre mía, que se lo saque ya!" dijo Rita con las manos entrelazadas, implorando al cielo. ¡Virgen del Camino Seco, ayúdale en este trance!"

Entre el tufo a vomitina que le llegaba, y la aprensión que le causaba la imagen, Povedilla no pudo aguantar más y alargó la mano para coger la papelera, pero Mariano no la soltaba.

"Subinspector, por favor, ¡suelte esa papelera!"

"Jodeeeer… ¿Pero esa puta cabra le va a encontrar de una vez o qué?" dijo Mariano cuando acabó de echar la pota, limpiándose la boca con la manga. Entonces, Povedilla descargó también lo suyo en la papelera, que estaba ya casi a rebosar con tanto contenido estomacal.

"¡Pero miradle, que se ha sacado el cuchillo él solo, como si fuera Rambo! ¡Y mientras está colgando del gancho!" dijo Lucas, flipando cuando por fin lo tuvo fuera. "¡Que tu suegro es un puto crack, Paco! ¡El puto amo!"

"¡Ole sus san-tí-si-mos co-jo-nes, sí señor!" dijo Curtis, aplaudiendo apasionadamente.

En ese momento sonó una tonadilla de pasodoble. Paco miró hacia su bolsillo, pero estaba demasiado sedado como para cogerlo y contestar de forma coherente.

"Có…ge…lo tú," dijo mirando a Lucas, con voz de borracho. Lucas lo cogió y miró la pantalla de llamada. Era Lola.

"Joder. Es Lola otra vez. Y, ¿qué le digo? ¿Qué le puedo decir? ¡Dios, qué marrón!"

"¿Pues qué le vas a decir, joder?" dijo Aitor. "Lo que ha dicho Mariano antes: que le está buscando to' cristo, hasta la puta cabra de la legión, y que no se preocupe, que le van a encontrar. Que están a punto ya."

Lucas asintió y descolgó el teléfono, hablando de espaldas a la pantalla.

"Hola, Lola….. Sí. Sí, lo estamos viendo….. Es que ahora no puede ponerse…. Sí….. Sí. Tienen que estar a punto de encontrarle….. No te preocupes, que no pueden tardar mucho, ya….. Sí. Un puñetero héroe, eso es lo que es tu padre. Sí….. Unos huevazos como los del caballo de Espartero…"

"¡Coño, que ahora va a cortar la cuerda con el cuchillo!" dijo Curtis. "¡Este hombre es la repolla!"

"Es que yo lo flipo con el comisario," dijo Aitor. "¡Es como un Action Man geriátrico!"

"Cuidao… Cuidao… Despacio… Así…" recomendó Félix apretando los puños, como si pudiera oírle. "Cuidao… Con cuidao…"

Cuando don Lorenzo acabó de cortar la cuerda, se precipitó al suelo a plomo, y como sus debilitadas piernas no pudieron amortiguar el porrazo y sostenerle, se acabó estampando de morros, golpeándose el hombro herido.

"¡Ualaaaa, que leche se ha dao!" dijo Kike, silbando. "Lo que le faltaba al pobre, incrustarse el gancho aún más adentro."

"¿Qué?" dijo Lucas, dándose la vuelta para mirar.

"Pues ya no se mueve. ¡Que se ha quedao seco otra vez!" dijo Curtis cruzando los brazos, sacudiendo la cabeza. Entonces, le dio un palmetazo de frustración a la tele y casi la tira, si no fuese por Kike, que la sujetó a tiempo. "¡Cagüen la puta, con lo bien que iba!"

"No, no te preocupes, Lola, que ya está," continuó Lucas. "Se ha descolgao. Ahora mismo se despierta otra vez, nos llama y nos dice dónde está….. Sí, claro….. Venga, dejemos la línea libre, no sea que os llame a Paco o a ti y comunique…. Ánimo. Un abrazo, y otro para Sara."

Arrebatándosela a Povedilla, Paco volvió a sumergirse en los abismos nauseantes de la papelera, nuevamente víctima de unas incontrolables e improductivas arcadas mientras recordaba que eso era imposible, porque el móvil de su suegro se había quedado en los restos del coche, conectado al cargador.

"Bueno, por lo menos ya no le está viendo las pelotas medio mundo," dijo Kike, contemplando la cara inconsciente de don Lorenzo, ahora casi en primer plano, ya que se había caído justo delante de la cámara, dándole otra toña, y la había girado otra vez.

"Siempre hay que ver el lado bueno de las cosas," dijo Rita. "Y el que no se consuela, es porque no quiere."

"¡Me cagüen su puta madre!" dijo el perdonavidas que había ayudado a el carnicero con la logística de la finca en Soria. Estaba en el sofá de su casa, deleitándose con el vídeo de la tortura, a punto de ver cómo su socio emasculaba al comisario Castro, y en vez de eso, lo que vio fue como el puto madero casi le arranca los ojos a su compañero, como un cuervo desquiciado. "¡Joder!"

Sin perder tiempo, cogió su pistola, el móvil y las llaves del coche, y salió pitando por la puerta.

"No tenemos nada más," dijo Silvia cuando llegaron al punto de la N-110 donde la cámara de velocidad había captado la matrícula del Mondeo gris. "Ninguna otra cámara le ha registrado. No encuentro nada."

"¿Hacia dónde vamos entonces?"

"¡No lo sé!" le gritó sin querer debido a la ansiedad y la frustración. "Para ahí delante, en ese restaurante."

Tras presenciar la lucha entre su padre y el psicópata hacia casi media hora, estaba muy alterada, pensando en la cantidad de sangre que debía de estar perdiendo tras todas esas cuchilladas, por no hablar de la que ya había perdido con la herida del hombro, de la cabeza, y cuando le rompió la nariz.

"No vamos a llegar a tiempo," dijo entonces, echándose a llorar mientras contemplaba la machacada cara inconsciente de su padre en la pantalla del móvil, que lucía llena de cortes y moratones causados por los numerosos golpes que se había llevado ese día, tanto en el accidente como a manos de ese desalmado.

Montoya la miró compasivo, luchando con sus propias lágrimas. Le gustaría mentirle, y decirle que no, que claro que le iban a encontrar, pero estaba hablando con Silvia, la inspectora médica forense, y no con Lola, y eso no iba a colar. Aun así, lo intentó, tomando suavemente su cabeza para apoyarla en su hombro y consolarla mientras lloraba.

"Ya verás como todo sale bien."

"¡Si no se despierta pronto y se tapona esas heridas, se va a desangrar!"

"Mira, parece que te ha oído. Se está despertando."

Silvia levantó la cabeza del hombro de Montoya para mirar la pantalla, que enfocó borrosa a través de las lágrimas. Se las enjuagó, y entonces vio que su compañero tenía razón: su padre se estaba despertando, emitiendo un gruñido de dolor que encogía el alma, tal y como había hecho antes.

"Vamos, papá. Levántate. Por favor."

Como si le escuchara, el comisario hizo un esfuerzo colosal, arrastrándose lentamente hacia una mesa, usando solo su brazo izquierdo y su pierna derecha para impulsarse, hasta que llegó cerca de una de las patas. Una vez allí, se dio la vuelta y se incorporó lentamente para acabar sentado con la espalda apoyada en la pata de la mesa, jadeando sin aliento.

"Es como contemplar el renacer del Ave Fénix," dijo Montoya cuando el comisario empezó a tirar del gancho para arrancárselo del hombro. Tras esas palabras, se quedó embobado mirando la pantalla con la boca abierta. No se lo podía creer.

"Sí," dijo Silvia, sonriendo a través de las lágrimas cuando se lo logró sacar. "Mi padre es incombustible."