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"¡A ver, que va a llamar!" dijo Lucas, voceando asomado al hall para que le oyeran todos en comisaría. "¡Que alguien coja la llamada directamente desde la unidad de rastreo! ¡No perdamos tiempo en transferirla, que no le queda batería!"

"¡Yo quiero hablar con él!" pidió Paco desde la sala briefing, todavía bajo los efectos del sedante.

"Venga, Paco, no jodas, que ahora mismo suenas como un yonqui ansioso," dijo Lucas. "No le vamos a dar ese disgusto al pobre, que bastante tiene con lo suyo. Mejor que no te oiga así. Quédate aquí con todos, que ya voy yo."

Cuando la llamada entró, en seguida procedieron a su rastreo.

"Soy el comisario Castro."

"Sí, comisario, estábamos esperando su llamada," dijo el agente encargado de localizarla. "Tardaremos un minuto en rastrearla, puede que menos. No cuelgue, por favor."

"Ya, ya, no cuelgo, pero la batería…"

"Don Lorenzo, ¿cómo está?" preguntó Lucas, metiéndose en la conversación.

"Bien, hijo, bien," volvió a mentir otra vez, pero ahora de una forma claramente sarcástica. "¿Cómo voy a estar? Pues de puta madre, como de vacaciones en un balneario."

"Aguante, que en seguida le encontramos."

"Dime, ¿cómo está Paco? ¿Qué le pasaba en la pierna?"

"Se le quedó atrapada en un trozo de metal tras el accidente, y tardaron en sacarle del coche dos horas. Pero no se preocupe, que está bien."

En un monitor que reproducía el vídeo, vieron como don Lorenzo miraba otra vez la pantalla del móvil, y parecía cagarse mentalmente en la madre de alguien indeterminado.

"Daos prisa. Queda solo un 1% de batería."

"¡Tiene que encontrar un cargador!"

"Lo que tengo que encontrar, Luquitas, es a tu puta madre en patinete," le soltó entre dientes, incapaz de contenerse, porque era insultantemente obvio que tenía que conseguir un cargador. Hizo un amago de levantarse, pero no logró separar su lacerado culo del suelo ni diez centímetros. "¡Ya me gustaría ir a buscar un puñetero cargador, pero es que no me puedo levantar, cojones!"

"20 segundos," dijo el agente mientras el programa rastreador acotaba la procedencia de la señal a una extensa superficie al norte de Madrid. "Esto va rápido."

"¿No hay nada más encima de esa mesa?"

Don Lorenzo se quedó pensativo un momento.

"¿Cómo sabes tú lo de la mesa?"

"Pues porque le estamos viendo en un vídeo online."

"¡Mierda, lo hemos perdido!" interrumpió el agente.

"¡Don Lorenzo!" llamó Lucas, pero no obtuvo respuesta. La línea estaba muerta. "Joder."

"¡Lucas! ¡Lucas!" oyeron gritar a don Lorenzo en la pantalla, sacudiendo otra vez el teléfono. "¡Joder! ¡Mierda de móvil inteligente de los cojones! ¡Esto en un Nokia no pasaría!"

"El área de búsqueda ha quedado reducida a unos 150 kilómetros cuadrados, aquí, en la provincia de Soria," dijo el agente, señalando al mapa en la pantalla. "Pero dentro de esa área, puede estar en cualquier parte. Lo siento. Si ese móvil tuviese GPS, quizá hubiésemos podido localizar su ubicación, pero ahora que se ha quedado sin batería, imposible."

"Deme las coordenadas."

Con los números en la pantalla, Lucas llamó a Silvia para comunicárselas.

"Silvia, le hemos perdido. Se ha quedado sin batería, y no hemos podido localizar la llamada. Pero hemos reducido el área de búsqueda a unos 150 kilómetros cuadrados. Ya sé que parece mucho, pero es lo que hay. No ha dado tiempo a más."

"Pásame las coordenadas, y pásaselas también al inspector Gutiérrez de la central, que está al mando de la búsqueda, coordinando todas las acciones."

"Vale. Está en un radio de unos 7 kilómetros, con el punto central en la posición 41.298888 grados, y -3.101944. ¿Lo tienes? El pueblo más cercano es Peralejo de los Escuderos, en Soria, que tiene pinta de estar abandonado. Es un área muy despoblada."

Silvia tardó unos segundos en introducir los datos en su portátil.

"Sí, ya lo tengo localizado en el mapa."

"¿Dónde estáis?"

"Siguiendo a un sospechoso, Tomás Requena. Es un informático que detuvo mi padre en el caso "Merlín" hace 10 años. Se acaba de desviar por la comarcal SO-135, y puede que nos haya descubierto ya, porque ha acelerado bastante al tomar el desvío. Se dirige directamente hacia el área de búsqueda, no hay duda."

"¿Qué podemos hacer nosotros ahora?"

"Rastread un mapa de relieve de la zona, y con la vista del satélite, buscad una finca aislada que esté en lo alto de una colina. Díselo también a Gutiérrez, y que vaya mandando para allá una ambulancia y más efectivos, si es posible en helicóptero. Y por favor, daos prisa."

¿Algo más en la mesa? Pero qué cojones… pensó don Lorenzo, muy extrañado.

"¿Cómo sabes tú lo de la mesa?"

"Pues porque le estamos vi…"

El teléfono quedó entonces en silencio, con la batería agotada.

"¡Lucas! ¡Lucas!" Don Lorenzo sacudió otra vez el teléfono, como si fuese a servir de algo. "¡Joder! ¡Mierda de móvil inteligente de los cojones! ¡Esto en un Nokia no pasaría!"

Cagándose en todo lo cagable, frustradísimo porque había estado tan cerca de conseguir ayuda, se contuvo para no tirar el móvil a cascarla, y en vez de eso lo dejó a un lado, junto a la vacía botella de plástico. Entonces, echó otro vistazo alrededor.

Necesitaba un cargador, sí, pero esa amplia, sucia, y oscura bodega estaba llena de trastos viejos y mierda por todas partes. Trastos que alguien había apartado a los lados para dejar un espacio vacío alrededor de la silla en la que había estado sentado al principio, antes de que el psicópata le colgara del gancho. Los focos que le habían apuntado a la cara todavía estaban alumbrando ese espacio.

Un poco más allá, al otro lado de la bodega, vio otra pequeña mesa a la que llegaban un montón de cables, y sobre la que había monitores, ordenadores, y otros aparatos con parpadeantes lucecitas. Cuando estaba en la silla, sus ojos quedaban bastante cegados por los focos, y no había visto esa mesa porque quedaba en un área de sombra detrás de las luces. Aunque sí había visto la cámara que estaba delante de la mesa, en un trípode. Esa cámara que ahora estaba en el suelo, apuntando hacia él, probablemente todavía grabando y conectada por cables a los aparatos que había en la mesa.

Hijo de su puta madre bastarda y sifilítica... ¡Ese cabrón no me ha estado grabando en vídeo para la posteridad, sino que lo ha compartido todo online!

Y por eso Lucas sabía lo de la mesa. Y por eso ni Silvia ni Lucas habían insistido mucho en averiguar cómo estaba, porque ya lo sabían. De hecho, Silvia ni le había preguntado por su estado, lo que resultaba bastante extraño, dado su patológico y morboso interés por evaluar los daños corporales ajenos, y por las heridas de toda índole.

Mierda. Eso significa que me ha estado viendo en pelotas todo el mundo. ¡Coño!

Cabrearse todavía más de lo que estaba con la humillación no le iba a servir de nada más que para abrirle una úlcera. Lo que tenía que hacer ahora era calmarse, y volver a conectar con comisaría de alguna manera, para que pudieran localizarle. Entonces, sopesó lo que le costaría llegar hasta esos ordenadores, y volvió a suspirar.

Mucho. Le iba a costar mucho. Y ahora, con los vendajes tan apretados, se movería incluso con más dificultad que antes, y aún más despacio. Y como hándicap, tendría además que sortear el cuerpo de el carnicero, que estaba tirado allí en medio de la bodega como una ballena varada.

Tras un momento de reflexión, llegó a la conclusión de que, si Silvia y Montoya estaban ya de camino, siguiendo al anormal ese del informático, igual no le haría falta pasar ese mal trago solo para volver a contactar con sus hombres en comisaría. Pero entonces, recordando las palabras de su hija, se dio cuenta del peligro que corría.

"Llama a comisaría, date prisa, porque si le perdemos, Requena va a llegar allí antes que nosotros."

Mierda. Joder. Coño.

Desde donde estaba sentado veía las escaleras de acceso a la bodega, casi enfrente de su posición. Si se desplazaba hasta la otra mesa, y ese hijo de puta aparecía por allí para rematarle, estaría en desventaja, porque le pillaría de espaldas o reptando por el suelo. A mala gana, cogió la pistola y comprobó el cargador. Quedaban solo dos balas. Claro, porque el inútil de el carnicero había gastado un montón de balas tontamente disparando al coche, más la que había usado para perforarle el hombro, y luego no había recargado. Lo mismo que no había recargado ese móvil. Y es que hacía falta ser muy inútil para planear un secuestro a un policía, y luego actuar así, con esa dejadez, cojones. Definitivamente, a ese anormal le faltaba un hervor.

Nada. Su mejor baza era quedarse donde estaba. Si no pasaba nada en las siguientes dos horas, entonces se volvería a plantear la odisea de arrastrase hasta la otra mesa. Pero mientras tanto… ni de coña. Mejor seguir descansando, y conservar la poca energía que le quedaba, por si acaso aparecía ese capullo antes que Silvia.

Volvió a montar el cargador, quitó el seguro a la pistola, comprobando que quedaba lista para usar, y la dejó otra vez en el suelo, a su lado. Luego, con un poco de disimulo, demasiado consciente de la cámara que le estaba grabando, se reajustó el cabestrillo, cubriéndose la mano derecha por completo, y guardó el cuchillo escondido dentro, fuera de la vista, por si acaso lo necesitaba. Y entonces, se armó de paciencia, y conservando esa posición erguida contra la pata de la mesa, esperó.

"Vaya. Se ha quedado sin batería," dijo Kike.

"Pues a ver si encuentra un cargador," dijo Curtis.

"No sé, yo no le veo muy católico para emprender una búsqueda así a lo loco por ese sótano tan grande, ¿eh? Que vete tú a saber dónde está ese cargador," dijo Povedilla, ajustándose las gafas otra vez. "Ya que ha llegado hasta allí, hasta esa mesa, casi mejor que se espere allí tranquilito a que lleguen los inspectores Castro y Montoya a rescatarle."

"Sí, claro: ahora que ha llegao hasta allí, que se quede ahí sentao sin hacer nada más, a verlas venir," dijo Rita, moviendo la cabeza, decepcionada. "Es que tú siempre tan derrotista, José Luis. Tú siempre al mínimo esfuerzo."

"Pero mujer, que no es eso. Que yo lo digo porque con todo el esfuerzo que ha hecho ya don Lorenzo, no le conviene forzarse más, sino descansar. Además, es que, con los inspectores de camino, tampoco va a hacer mucha diferencia si nos llama otra vez o no, digo yo."

Todos se pusieron a discutir sobre lo que debería hacer don Lorenzo, y en eso estaban cuando volvió Lucas a la sala briefing.

"Pues se ha quedado sin batería, pero hemos acotado un poco la zona de búsqueda a un área despoblada de Soria. O sea, que ni Asturias, ni Valencia, ni Japón: Soria."

"Pues bien bonita que es. Y cerquita que está, además," dijo Rita.

"¡Venga, chicos, manos a la obra, que tenemos que encontrar una finca apartada que esté en lo alto de una colina!" les animó Lucas dando palmas, antes de darles todas las instrucciones, coordenadas y demás.

Mientras todos se ponían a trabajar otra vez con los ordenadores a buscar en los mapas de Google, Paco se quedó observando a su suegro en la pantalla grande del televisor.

"Pero, ¿qué hace ahora jugando con la pistola en vez de buscar un cargador? ¿Es que no ha tenido bastante acción? ¡Lo de este hombre es vicio ya, leche'!"

"Tranquilo, ya sabes cómo es don Lorenzo," dijo Lucas. "Con esos huevazos que tiene debe de estar tomando precauciones, por si acaso el tío ese que están siguiendo Silvia y Montoya llega a la finca antes que ellos, seguro."

"Venga Paco, que ya está, que ya le vamos a encontrar, y esta pesadilla se habrá acabado," dijo Mariano. "Alegra esa cara."

"¡Me alegraré cuando esté a salvo de verdad!"

"Bueno, pues mientras tanto, para que te sientas mejor, te llevo hasta un ordenador, y buscas la finca esa tú también, venga," dijo Mariano, empujando la silla hasta un monitor.

Tras enfilar la SO-135, el informático aceleró por esa carreterucha, en la que no había manera de disimular que le estaban siguiendo. Así que al final, el coche K que iba delante ancló la luz azul giratoria al techo y activó las sirenas, convirtiendo el seguimiento de incógnito en una persecución oficial.

"Mierda. Ahora se ha metido por un camino de tierra," dijo Montoya, tomando también el desvío, derrapando un poco al dar esa curva tan cerrada. Era de noche y los otros dos coches delante de él estaban levantando tal polvareda que disminuía mucho su visibilidad, casi como una espesa niebla.

"¡No les pierdas, por lo que más quieras!" dijo Silvia, abandonando la búsqueda en el portátil, porque habían entrado en un área donde la cobertura era tan mala, que no había forma de transmitir datos a una velocidad aceptable. Y además, con tanto bandazo, tanto bache, y tanta curva, era un imposible concentrarse en la pantalla.

"Seguimos al sospechoso por una pista no asfaltada," informó Hernández por radio a la central. "Esta zona está plagada de vías secundarias y caminos sin marcar, y podríamos perderlo. ¿Dónde está ese dron?"

"Está a punto de alcanzarles," respondió Gutiérrez.

Siguieron persiguiendo al informático por esos caminos de cabras como si estuviesen participando en un rally, hasta que, en una curva cerrada, el primer coche K perdió el control y acabó estrellándose contra un árbol. Montoya, que les seguía de cerca, intentó frenar y esquivarles, pero acabó estampándose contra su parte trasera, que sobresalía en el camino como un inesperado obstáculo.

Apartando el airbag de su cara, Silvia llegó a ver como las luces traseras del coche del sospechoso desaparecían del camino más adelante, detrás de un recodo. El accidente había sido bastante aparatoso, pero estaban bien. Y tenían que seguir con la persecución.

Montoya accionó la llave para volver a arrancar, pero no lo logró.

"¡Trata de arrancarlo, Gonzalo, por Dios!"

Los dos se miraron un momento, y luego sacudieron la cabeza. Eso había sonado demasiado parecido al grito del copiloto de Carlos Sainz en el mundial de Rallys de 1998, pero esta vez, no era el típico chascarrillo recurrente, y menos aún, en esa situación.

Montoya probó varias veces más, pero no lograba volver a poner el motor en marcha, aunque la llave daba contacto y la radio todavía funcionaba. Entonces se bajó del coche, lo mismo que Silvia.

"¡No podemos dejarle ir!" gritó ella, dándole un golpe al techo con la frustración. Solo le faltó añadir también el " me cago en su puta madre!" de Luis Moya.

"¡Ya lo sé! Mira a ver cómo están esos agentes mientras intento que arranque."

Silvia comprobó el otro coche. Los agentes estaban bien, solo un poco magullados por el impacto de los airbags, y también víctimas de un latigazo cervical al ser golpeados por detrás, pero su coche había quedado inutilizado, y tampoco arrancaba. Su radio ni siquiera funcionaba.

"Mirad: el dron," dijo Silvia, señalando al aparato que por fin les había alcanzado. El dron quedó un momento estacionario por encima de sus cabezas, pero Silvia hizo señas para que siguiera adelante con la persecución. "¡Venga! ¡Seguid! ¡No le perdáis!"

"Informen de la situación," pidió Gutiérrez por radio cuando el dron se alejó. "¿Qué ha pasado?"

"Hemos tenido un accidente," dijo Montoya. "Los dos coches K se han visto afectados. Estoy intentando arrancar el nuestro para seguir con la persecución, pero de momento no ha habido suerte."

"Continuaremos el seguimiento con el dron. Un helicóptero con más efectivos se dirige hacia allí también, aunque todavía no sabemos la localización exacta del comisario Castro."

"Hay que seguir intentándolo, Gonzalo," dijo Silvia. "Ayúdame."

Entre los dos empujaron el coche hacia atrás, apartándolo del otro vehículo. El capó estaba deformado, pero tras un forcejeo, consiguieron levantar la tapa. Contra todo pronóstico, el motor no parecía muy afectado por el impacto, así que Montoya empezó a tocar pitos aquí y allá, como si supiera algo de mecánica.

"¿Lo puedes arreglar?"

"Yo qué sé. No soy mecánico, Silvia," dijo todo estresado mientras abría una tapa y casi se quema la mano. "Puede que se haya soltado algo en el motor de arranque, o al saltar los airbags se haya cortado la inyección, o haya que resetear la centralita. Vete a saber."

Poco después, oyeron unos cuantos tiros. Silvia sacó su pistola y se alejó un poco del coche, en dirección al ruido.

"¿Qué ha sido eso?"

"¡Hemos perdido el dron!" informó Gutiérrez por radio. "¡Ese hijo de puta lo ha derribado!"

"Mierda," musitó Silvia antes de volver atrás. "¡Ahora sí que sí, Gonzalo! ¡Trata de arrancarlo! ¡Trata de arrancarlo, por Dios!"

Notas de autor: pues ya acabé de ver las primeras 9 temporadas, y me alegro de haber empezado a escribir esta historia cuando lo hice, en la temporada 4, porque al final, con tanta muerte de personajes, y tanto cambio de parejas, mejor me quedé con ellos como estaban al principio.

Por las similitudes con mi historia, me hizo gracia ver el capítulo 10 de la temporada 8 "vengo con tres heridas" en el que había un tipo que tenía secuestrado a otro y amenazaba con matarle en directo en un video online si los policías no demostraban su valía. (Cuando le pega un tiro en el hombro, si le llega a colgar también de un gancho y luego le pone música, me da algo, por premonitoria, jaja). Y me gustó ver que, con el grado de violencia sanguinolenta de las últimas temporadas, en especial con la boda de Silvia, igual esta historia no hubiese desentonado mucho como un capítulo real de la serie entonces, aunque hubiera chirriado bastante en las primeras temporadas, que eran mucho más ligeras. Después de todo, si es creíble operarse a una misma para sacarse una bala, tumbada en un charco de tu propia sangre, pues entonces también lo es que don Lorenzo se convierta en un Rambo geriátrico, claro que sí.

Muchas gracias a todos los lectores, y sobre todo a los que dejan comentarios, aunque son un poco escasos. (¡Venga, si habéis llegado hasta aquí, animaos, cojones, y decidme algo! ¡No seáis unos anormales de carrito!)