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Por fin se había librado de esos dos coches de policía. Pero ahora no tenía ni puta idea de dónde estaba exactamente, y allí, en medio de la nada, sin señal, el navegador no funcionaba.
Al llegar a un desvío en el camino, se paró y salió fuera del coche, estirando el brazo con el móvil en alto a ver si lograba algo de cobertura. Entonces vio acercarse a un dron enorme que le venía siguiendo. Cuando le alcanzó, el aparato se quedó estático unos metros por encima de su cabeza, zumbando como un amenazador mosquito gigante.
Hijos de puta, pensó el informático mientras echaba mano a su pistola.
Ir a por el comisario en vez de salir por patas había sido una malísima idea. Hiciese lo que hiciese ahora, la había cagado, y todo por ayudar al gilipollas de el carnicero. Si le estaban siguiendo, era porque la policía ya sabía que él era su cómplice, y eso de ir hasta la finca para matar al cabrón de Castro y evitar que le identificase, ya no le iba a servir de nada más que para desahogarse y luego ir de cabeza a prisión hasta que peinara canas. Aunque, si tenía un poco de suerte, si se cargaba ese jodido dron igual todavía podría llegar hasta esa finca, despachar al madero, y pirarse antes de que le pillaran.
Sin pensárselo más, se lio a tiros disparando al cacharro ese, que acabó estrellándose contra unos matorrales. Luego volvió al coche y tiró por el camino de la derecha. Y ni tan mal, porque al poco llegó a una carretera, que reconoció. Solo un par de kilómetros más adelante estaba el poblacho de mierda ese. Solo era cuestión de entrar, pegarle un tiro entre ceja y ceja al comisario, y largarse de allí echando hostias.
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Paco y sus hombres escudriñaban las pantallas, buscando una finca en esos 150 kilómetros cuadrados, una que estuviera apartada y en lo alto de una colina. Paco se afanaba en especial, ampliando la vista de satélite de Google Maps, pero no encontraba nada. Al final, redujo el zoom y volvió a una imagen más amplia de la zona, en vista estándar. Y entonces lo vio.
"Mariano, aquí hay un pueblo que se llama Castro."
"¿Qué me quieres decir?"
"Gutiérrez le dijo a Lucas que el segundo coche que usó ese degenerao era alquilao, y que había usao el nombre de mi suegro, Lorenzo Castro, con un carné falso. Aunque esto ya sería rizar el rizo."
"Pues sí. Manda huevos si ese tarado se ha llevado a don Lorenzo a un pueblo llamado Castro. Son ganas de tocar los cojones."
"Solo hay cuatro casuchas en ese pueblo," dijo Lucas, acercándose por detrás para unirse a su conversación, señalando a la pantalla. "¿Hay alguna en lo alto de una colina?"
"Sí, esta," dijo Povedilla, que trabajaba con otro portátil al lado de Paco, al cabo de un rato de escudriñar la misma vista del satélite. "Comparando con el mapa de relieve, está mucho más alta que el resto, y un poco apartada."
Lucas marcó el número de Silvia, pero no obtuvo respuesta, solo un mensaje: este dispositivo se encuentra apagado o fuera de cobertura.
"Silvia no contesta."
"Ya sigo intentándolo yo. Tú llama otra vez al Gutiérrez ese, y que mande para allá a los GEOS, al Equipo A, y hasta al sargento Gorila si hace falta," dijo Paco, mirando otra vez hacia la tele. Su suegro parecía nervioso, y había vuelto a coger la pistola. "¡Pero cagando leches!"
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"Es que no tenemos ni una miserable rayita," dijo Silvia, subiéndose al techo del coche con la mano en alto para hacer de antena, pero esa acción no le sirvió de nada, porque estaban en el limbo de la cobertura.
"Puede que sea algo del motor de arranque, que se ha quedado trabado," dijo Montoya, todavía trasteando bajo el capó. Entonces rebuscó en el maletero hasta que encontró una barra de palanca. "Intenta arrancar mientras le doy unos golpes, a ver si se suelta lo que sea."
Silvia se sentó al volante, y accionó el contacto varias veces mientras Montoya aporreaba con la barra alguna misteriosa parte del motor. Y al quinto intento, como de milagro, el coche arrancó.
"¡Ya está! ¡Vamos, todos al coche, subid!"
Los otros dos agentes ouparon los asientos traseros. Montoya cerró el capó y subió al coche con la barra todavía en la mano, y aún no había siquiera cerrado la puerta cuando Silvia emprendió la marcha.
"No sabía que controlabas tanto de mecánica, Gonzalo."
"Ya ves, soy una caja de sorpresas."
Al poco, sonó el móvil de Silvia.
"Cógelo tú," dijo ella, concentrada en seguir el camino, temiendo que en un descuido podría acabar con una rueda en la acequia.
"Montoya, ¿estás con Silvia?" dijo Paco cuando él contestó, activando el manos libres.
"Sí, estoy aquí," dijo ella. "Estamos persiguiendo al sospechoso por un camino de cabras, pero le hemos perdido. Esto está plagado de caminos y carreteras secundarias."
"Tenéis que ir a un pueblo que se llama Castro. Está por ahí cerca, en el área de búsqueda."
"¿Qué? Repite eso. La cobertura es malísima, te oímos fatal."
"¡Castro, Silvia! ¡Hay un pueblo que se llama Castro! Y tiene una finca apartada. Tiene que estar ahí. Búscalo, que tenéis que estar muy cerca."
"¡Paco, casi no puedo oírte! ¿Qué dices de mi padre?"
"¡No, tu padre no, el pueblo! ¡Castro!"
"¿Un pueblo?"
Silvia y Montoya se miraron, extrañados. Montoya volvió a enchufar el portátil. No había cobertura para enviar datos, pero todavía tenía el mapa de la zona abierto. Entonces lo vio: Castro.
"¡Sí, ya lo he visto!" dijo Montoya. "Tienes razón: hay un pueblo que se llama Castro, y tal y como lo ha planeado todo al detalle este psicópata, tiene que estar ahí. No puede ser una coincidencia."
Entonces volvieron a entrar en otro agujero negro de la cobertura, y la llamada se cortó.
"¿Paco? ¡Paco!" gritó Montoya. "Mierda, le hemos perdido."
Al poco llegaron a un desvío, y Silvia detuvo el coche, sin saber qué ramal tomar, izquierda o derecha.
"¿Hacia dónde?"
"No lo sé, Silvia."
Los cuatro se bajaron del coche otra vez para inspeccionar el terreno, usando las linternas.
"Creo que cogió el de la derecha," dijo Montoya apuntando a lo que parecían huellas de neumáticos de coche, y no de tractor, como en el otro camino. "Aunque también hay pisadas. Y mira, ahí hay una hélice del dron. Se debió de parar aquí a derribarlo."
"Vamos pues. El de la derecha. No perdamos más tiempo," dijo Silvia, volviendo al coche.
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Mientras esperaba, hecho polvo y respirando con bastante dificultad, don Lorenzo se esforzó para no deslizarse otra vez hacia la acogedora bruma de la inconsciencia, pero un par de veces cabeceó, a punto de quedarse tieso, agotado como estaba. Pero cuando le pareció escuchar el motor de un coche, todos sus sentidos volvieron a la vida, en alerta máxima, y más todavía cuando oyó el abrir y cerrar de la puerta de entrada, y el inequívoco sonido de pasos sobre su cabeza, en el piso de arriba.
Deseando fervientemente que el intruso fuese Silvia, o Montoya, la brillante pareja de inspectores que él consideraba los Mulder y Scully de San Antonio, alargó la mano izquierda para coger la pistola, por si acaso. Pero ese deseo, al igual que el de ganar la lotería, no se manifestó: la persona que bajó la escalera y apareció en la bodega no fue su hija, ni su ex, sino el capullo ese del informático, que al igual que él, también empuñaba una pistola.
"¡Quieto! ¡Tira el arma!" gritó don Lorenzo, apuntándole con mano temblorosa, demasiado consciente de que su puntería se iba a ver bastante afectada esta vez, no solo por su maltrecho estado, sino porque normalmente usaba las dos manos juntas para disparar, y solo en algún caso aislado la mano derecha, pero casi nunca la izquierda. Era tarde para lamentarse, pero quizás debería haber practicado más con la zurda en la sala de tiro, como hacía Lucas, el pistolero cowboy, que podía disparar con ambas manos con destreza, y que más que Lucas debería llamarse Lucky Luke.
El informático, riendo, en vez de tirar su pistola, le apuntó con ella.
"¿En serio? Pero mírate, si estás ya medio muerto. Poco miedo das, Lorenzo."
"¡Tira el arma!" insistió el comisario, con un chillido que recordaba al de un crío con una pataleta, uno que sabía que no se iba a salir con la suya.
"¡Tírala tú, capullo!"
Los enloquecidos ojos del informático le dijeron que no merecía la pena discutir, y a su vez, la fría determinación en las pupilas del comisario, le comunicó a ese tarado que don Lorenzo no estaba para tonterías ni para echar pulsos psicológicos. Entonces, sin una palabra más, los dos dispararon al mismo tiempo.
El estallido conjunto de ambas detonaciones resonó como un ominoso eco en la bodega, solamente roto por los gritos de dolor que soltaron ambos hombres cuando las balas impactaron en sus cuerpos.
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El estruendo de los tiros no solo resonó en la bodega, sino también en comisaría, donde todos habían vuelto a mirar la pantalla tras la llegada del informático a la casa, con el corazón en un puño al ver como el maltrecho comisario era encañonado una vez más. Todos pegaron un respingo, sobresaltados por los disparos, antes de estallar en un colectivo "¡hijo de puta!"
Al ver otra mancha de sangre extenderse sobre la camisa de su suegro, esta vez en el abdomen, Paco dejó caer el teléfono, que todavía sostenía tras perder la conexión con Silvia y Montoya.
"¡No! ¡Nooo!" gritó, maniobrando la silla de ruedas para acercarse más a la pantalla, justo a tiempo de ver como el segundo tiro de su suegro le reventaba el pecho al intruso.
"Tranquilo, inspector, que ese cabrón le ha dado, sí, pero su suegro ya se está taponando la herida, mire," dijo Curtis. "Que don Lorenzo va a salir de esta, joder. Que puede con todo lo que le echen."
"¡Pero si ya no le debe de quedar ni gota de sangre al pobre! ¡Ahora sí que me lo han matao!" se lamentó Paco, otra vez lloriqueando en pleno ataque de ansiedad y taquicardia, a pesar de los tranquilizantes. "¡Ay, Dios, que ese asqueroso lo ha rematao! ¡Que le ha volao las tripas!"
"Tranquilo, Paco, tranquilo," dijo su psiquiatra, pero Mariano fue más allá que meras palabras, y tiró de flus-flus, rociándole la cara. "Pero ¿qué hace, insensato?"
"Pero ¿estás tonto, Mariano?" dijo Lucas, sosteniendo a Paco, que se escurrió de la silla hacia un lado, perdiendo el sentido. "¿Por qué cojones narcotizas a Paco?"
"¡Para que no sufra! ¡Que le va a dar un jamacuco con tanto estrés!"
"Ya te vale. Yo sí que te daba pal estrés, y pal es cuatro. ¡Dame eso, coño, que hoy me tienes hasta las pelotas!" Lucas le arrebató el bote de spray lleno de cloroformo para acto seguido echarle una buena chufletada a la cara. "Hala, ahí tienes otra película, so capullo: La bella durmiente," añadió cuando Mariano se deslizó al suelo, también narcotizado. "O El silencio de los cerdos."
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La bala de don Lorenzo solo hirió el brazo derecho del informático, pero ese anormal tuvo mejor puntería y le perforó el estómago con la suya. Antes de que se le cayera, el informático tomó la pistola con la otra mano y volvió a apuntarle con ella, pero don Lorenzo no desperdició su última bala, e ignorando su herida, disparó una segunda vez, acertándole de lleno en el pecho.
Herido de muerte, Tomás Requena cayó de espaldas al pie de las escaleras, enviando un último e inútil disparo al techo. Jadeando en agonía, don Lorenzo soltó la pistola y agarró uno de los pedazos sobrantes del mantel para intentar taponar su nueva herida, que dejaba escapar a borbotones las últimas reservas de su preciada sangre. Poco a poco se fue deslizando hasta el suelo, donde quedó tumbado de espaldas, ya en las últimas.
Joder. Coño. Mierda, volvió a pensar amargamente. Silvia, ¿dónde cojones estáis?
Entonces, lo tuvo claro. Si ese anormal había llegado hasta la casa antes que ellos, era porque les había dado esquinazo. Y ahora no le quedaban más cojones que desplazarse al otro lado de la bodega, hasta los ordenadores, para intentar contactar con sus hombres. Eso, o dejarse morir lentamente, allí mismo, donde estaba, porque no le iban a encontrar a tiempo.
Apretando los dientes, ignorando el dolor, comenzó a desplazarse de espaldas, impulsándose con la pierna derecha, un método que era sorprendentemente más rápido y efectivo que hacerlo arrastrándose sobre su abdomen, como había hecho antes. De esa manera, pronto había avanzado casi cuatro metros. Pero entonces, su cabeza chocó con algo, que identificó como la pierna de el carnicero. Se había olvidado de que su cuerpo estaba tirado allí en medio.
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"¡Es que lo de este hombre no me lo puedo creer! En cualquier momento se le van a salir las tripas, pero ahí está, arrastrándose por el suelo como si fuera Rambo haciendo maniobras," dijo Kike cuando le vio avanzar de espaldas, y a buen ritmo.
"Joder… ¡qué coño Rambo, Kike, esto ya es nivel Chuck Norris!" dijo Curtis. "¡El putísimo amo!"
"Oye, que para mí que el carnicero se está moviendo," dijo Povedilla, quitándose y poniéndose las gafas, por si fuera un efecto óptico. "Sí, sí, mirad, que se mueve, ¡que no está muerto!"
"Hostias, es verdad," dijo Aitor. "¡Y don Lorenzo va hacia él!"
"¡Pare, don Lorenzo, por favor!" gritó Rita al ver como el asesino se incorporaba, quedando sentado en medio de la bodega. "¡Virgen del Camino Seco, que no se acerque más a ese animal!"
"Madre mía, qué mal yu-yu…" dijo Lucas, llevándose una mano a la frente. "Pues igual tenía razón Mariano con lo de narcotizar a Paco, porque si no, estaría a punto de darle un parraque al pobre."
Pero don Lorenzo, ajeno al nuevo peligro, siguió avanzando directo hacia el carnicero, hasta que su cabeza chocó con su pierna.
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El carnicero, totalmente ciego, pero todavía vivo, se había despertado con el estruendo de los disparos. Al notar ese toque en la pierna, tanteó con la mano la cara del comisario, que se llevó el mayor susto de su vida.
¡Joder! ¡No puede ser! ¡Este cabrón está vivo! ¡Mierda, mierda, mierda!
"¿Quién es? ¿Eres tú, Lorenzo?" dijo el psicópata, pero don Lorenzo no contestó, intentando retroceder lo más rápidamente posible, y en silencio. Pero no lo consiguió, porque al carnicero le bastó con hundir la manaza en su hombro derecho para que soltase tal aullido de dolor, que confirmó su identidad. "¡Hijo de puta! ¡Me has dejado ciego!"
El carnicero se dio la vuelta sobre sus rodillas para montarse a horcajadas sobre su víctima, y luego le tanteó hasta que encontró su cuello, que rodeó con las dos manos y apretó sin piedad, intentando hundirle la nuez.
A punto de la asfixia, tanto por la presión en su garganta como por el peso del hijo de puta sobre sus maltrechas costillas, don Lorenzo mantuvo la suficiente sangre fría como para rebuscar dentro del cabestrillo y sacar el cuchillo, que utilizó para apuñalar a ese cabrón en el costado varias veces seguidas, destrozando su hígado como un filete en una picadora, hasta que el psicópata le soltó el cuello y colapsó encima de él, en shock. Y por si acaso no era bastante con provocarle una hemorragia hepática mortal, acabó hundiéndole el maldito cuchillo en la espalda.
Pero entonces, ya con el cuello libre, cuando don Lorenzo intentó respirar, vio que no era posible, aplastado por el peso muerto de ese desgraciado. Boqueando como un pez fuera del agua, intentó apartarlo, empujándole con su mano libre, pero no tenía la suficiente fuerza para hacerlo.
La ironía era abrumadora: toda esa epopeya de sufrimiento insano que había soportado ese día había sido en vano, porque iba a acabar ahogado, aplastado por ese anormal.
Cuando estaba a punto de rendirse, ya cerrando los ojos, oyó la casi angelical voz de su hija, aunque no sabía si era real, o solo era el delirio final antes de morir, un engaño del cerebro provocado por la privación de oxígeno.
"¡Papá! ¡Papá!"
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