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"¡Ahí está el pueblo!" dijo Montoya cuando vio la señalización: CASTRO.
Silvia condujo por las escasas calles sin encontrar la finca, hasta que al final del pueblo llegó a una pista que subía entre los pinos. Al final de esa empinada cuesta, en lo más alto, llegaron a una propiedad aislada que tenía dos coches aparcados frente a un viejo caserón: un C3 verde y un Mondeo gris. La verja exterior estaba abierta, así que Silvia metió el coche hasta la cocina, parando en seco al lado de la puerta principal.
"Quedaos fuera y asegurad la zona. Que no se nos escape," ordenó Montoya a los otros dos agentes cuando se encaminó con Silvia hacia la casa. "Además, el helicóptero debe estar al llegar. Podría parar en ese campo de allí, que está despejado."
Como llevaban un rato sin conexión a internet, y no habían visto las imágenes del tiroteo, Silvia no sabía que su padre había recibido un nuevo disparo, ni estaba preparada para la siniestra escena que se encontró al bajar a la bodega: un hombre muerto al pie de las escaleras, y un poco más allá, a su padre forcejeando con el carnicero, aplastado por su peso.
"¡Papá! ¡Papá!"
Silvia corrió a ayudar a su padre. Tras empujar el cuerpo inerte del psicópata, y comprobar que estaba muerto, vio que su padre parecía incapaz de respirar, y que le miraba con cara de pánico mientras boqueaba como un besugo. Las marcas de estrangulamiento que tenía en el cuello no presagiaban nada bueno, pero aun así, ella intentó ayudarle con el boca a boca, aunque, como se temía, se topó con una gran resistencia que casi no le dejaba insuflar nada de aire a los pulmones.
"¡Gonzalo, ayúdame! Se está ahogando. Necesito un boli," pidió mientras le arrancaba el cuchillo de la espalda a el carnicero. Usar un boli podría parecer un topicazo de las películas, pero realmente no tenía nada mejor a mano, y su padre no podía esperar a la llegada de la ambulancia aérea y a un tubo de traqueotomía en condiciones. Por no poder, ni siquiera podía esperar a tener desinfectado ese cuchillo.
"¡No llevo ninguno!" dijo Montoya tras rebuscar en sus bolsillos.
"¡Mira en su chaqueta! ¡Mi padre siempre lleva un par!" contestó ella mientras limpiaba apresuradamente el cuchillo con un trozo del mantel. "¡Y tráela para taparle, que está hipotérmico!"
Mientras Montoya buscaba la chaqueta, Silvia intentó tranquilizar a su padre, que ya se estaba poniendo morado, con un tinte azulado en los labios, a pesar de lo pálido que estaba.
"Por favor, estate quieto ahora, no te muevas. Solo será un momento, y no te va a doler más que todo lo que ya llevas encima."
Mientras Montoya preparaba el boli, le echó la cabeza hacia atrás, y con decisión le hizo una pequeña incisión vertical en el cuello, sobre la tráquea, que casi ni sangró debido a la hipotensión y porque ya casi no le quedaba más sangre que derramar. Acto seguido, le introdujo el canuto de metal entre dos anillos traqueales.
Los estertores y silbidos que produjo don Lorenzo cuando finamente pudo tomar algo de aire a través del boli, coincidieron con los ruidos del rotor y las aspas del helicóptero, que por fin había llegado.
"Tranquilo, papá, ya está," dijo Silvia, tapándole con la chaqueta, aliviada al ver como esa coloración azulada se iba diluyendo conforme sus pulmones se llenaban de aire una y otra vez. "Respira despacio. Despacio, así. Ya está aquí el helicóptero. En seguida te llevamos al hospital, tranquilo."
Cuando le cogió la muñeca para tomarle el pulso, que estaba disparado pero muy débil, su padre le agarró del brazo, abriendo la boca para decir algo, pero no podía articular palabra.
"No intentes hablar, que no vas a poder, que ese animal te ha aplastado la garganta. Concéntrate en respirar, anda," le dijo suavemente, apretándole la mano mientras reprimía las lágrimas. Un par de minutos más, y le habrían encontrado muerto. Aunque, mirándole a la magullada cara, con esa nariz rota, el pómulo y el ojo hinchados, esa brecha abierta en la sien, el sinfín de cortes y moratones que lucía, y lo pálido que estaba con tanta herida sangrante, era un milagro que aún estuviese vivo.
Entonces, como si entrase en sincronía con ese lúgubre pensamiento, su padre dejó de apretarle la mano, y cerrando los ojos, se quedó quieto, apagándose como una vela.
"No, papá, no te duermas. Despierta."
Silvia acompañó sus palabras con leves toquecitos en su machacada cara, para espabilarlo, pero él no reaccionó. Entonces, al comprobar su pulso otra vez, no lo encontró. Y para acabar de empeorarlo todo, su padre también dejó de respirar a través del boli.
"¡No! ¡No me hagas esto ahora!"
Silvia le retiró el cabestrillo, le abrió la camisa, y comenzó a aplicar compresiones torácicas de reanimación cardiopulmonar al ritmo de Staying Alive de los Bee Gees.
Ah-Ah-Ah-Ah… staying-alive, staying-alive… Ah-Ah-Ah-Ah…
"¡Gonzalo, ayúdame con las respiraciones! ¡Sopla por el boli cuando yo te lo diga!"
Coincidiendo con la llegada del personal médico y de los GEOS, Montoya sopló un par de veces por el boli, siguiendo las instrucciones de su compañera.
"¡Está en parada!" gritó Silvia a los tres sanitarios que se acercaban al trote, portando un montón de bolsas, mochilas, y una camilla.
Mientras los sanitarios colocaban rápidamente una vía intravenosa y los electrodos del desfibrilador, Silvia siguió con las compresiones de RCP. Los GEOS, en segundo plano, parecían un poco contrariados por el poco trabajo que les había dejado por hacer el aguerrido comisario, y solo por sentirse útiles, arrastraron el cuerpo de el carnicero unos metros más allá para dejar más espacio a los sanitarios alrededor de su paciente.
"Todavía no, aún está fibrilando," dijo el médico cuando el monitor registró un caótico y débil ritmo cardiaco. "Carga a 200."
"Cargando a 200," dijo el técnico, apretando los botones del desfibrilador.
"Todos fuera en 3. Tres… dos… uno… ¡Fuera!"
La primera descarga no funcionó. Ni la segunda. Pero al tercer intento, el corazón de don Lorenzo volvió a latir con un ritmo más o menos regular.
"¡Tiene pulso!" anunció Silvia. "Ha perdido mucha sangre. Necesitará una transfusión antes del traslado."
"Tranquila, nosotros nos encargamos. Prepara una unidad de universal," ordenó el médico a la enfermera mientras buscaba el tubo de traqueotomía que sustituiría al boli. "Pero antes guarda muestras para la analítica de base."
"Es A+. Y diabético, pero no se ha inyectado insulina desde esta mañana, así que tendrá la glucosa por las nubes," informó Silvia. "Y también tiene asma, aunque normalmente no necesita el inhalador. Y toma medicación para angina de pecho. Y a veces, viagra. Y diazepam. Y se toma ibuprofeno y paracetamol como si fueran caramelos. Y vete a saber qué más le mete a ese cóctel, con lo cabezón que es, que este hombre siempre va por libre. Y además, creo que…"
"Tranquila, Silvia," interrumpió Montoya, para evitar que entrase en un bucle interminable de explicaciones balbuceantes. "Está en buenas manos."
Silvia se retiró entonces y les dejó trabajar, refugiándose un momento en los brazos de su ex. Luego, miró hacia la cámara que todavía estaba grabando la escena desde el suelo.
"Gonzalo, apaga esa maldita cámara, por favor."
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Cuando Montoya apagó la cámara, cortando la emisión en directo, un lamento colectivo se pudo oír a lo largo y ancho del mundo, incluyendo la comisaría de San Antonio.
"¡Nooo!" se quejó Curtis. "¡Pero no lo apagues aún, Montoya, coño!"
"Vaya, pues se acabó lo que se daba," dijo Kike al cabo de unos segundos sin imagen, apagando la tele. "Nos quedamos sin reality."
"No lo vamos a ver, pero lo importante es que el comisario de esta sale, ¿eh?" dijo Povedilla.
"Claro que sí. Por sus santos cojones que sale," dijo Lucas, llamando a Silvia otra vez.
Hasta ese momento, habían observado angustiados la lucha final de don Lorenzo con el carnicero, y luego, en absoluto silencio, con el alma en vilo, los dramáticos esfuerzos de Silvia por salvarle la vida a su padre cuando no podía respirar, y cuando le aplicaron descargas con el desfibrilador. Y ahora que parecía que todo iba a ir bien, se iban a quedar con las ganas de ver qué más pasaba.
"Silvia, ¿cómo está?"
"Pues, ¿cómo va a estar? Mal. Está mal. Muy mal."
"Mal, pero… ¿bien?"
"Mal pero mal, Lucas. El tarado ese le ha hundido la garganta, ha entrado en parada cardiorrespiratoria, y necesita una transfusión inmediatamente antes de poder trasladarle. Y vete a saber el daño que ha hecho esa última bala en el abdomen."
"No te preocupes, que tu padre sale de esta. Vaya que si sale. En un par de días estará otra vez en comisaría poniéndonos firmes a todos, ya verás."
"Perdona, te dejo, que me llama Lola," dijo Silvia apresuradamente antes de colgar.
"Povedilla, anda, ayúdame a recoger a la bella durmiente," dijo Lucas tras guardar el móvil, volviéndose hacia Mariano, que aún estaba narcotizado en el suelo, ignorado por todos, mientras que Paco, todavía dormido en la silla de ruedas, era atendido por su psiquiatra.
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Silvia acompañó a su padre en el helicóptero. Durante el traslado, su corazón intentó pararse un par de veces más, pero las dos veces lograron volver a reanimarle.
La bala del informático le había perforado el estómago, causándole una peritonitis. El hombro se lo había fracturado durante el accidente, y después, el balazo y el gancho solo habían empeorado las cosas, pero la reconstrucción había sido satisfactoria. Durante las primeras 48 horas, lo más preocupante fue el estado en el que había quedado su garganta, con la vía respiratoria colapsada, y la extensa pérdida de sangre que le habían provocado las heridas, sobre todo las cuchilladas, necesitando varias transfusiones para seguir adelante.
Tras varios días sedado en la UCI, don Lorenzo se despertó de repente una tarde, todavía conectado a un sinfín de tubos, vías, cables, monitores, y a un respirador. Estaba muy desorientado, y no recordaba nada, ni siquiera por qué estaba allí.
Qué cojones… ¿Qué estoy haciendo en un hospital? ¿Al final me dio un ataque al corazón, con tantos disgustos que me dan todos?
Era el único paciente en esa unidad de vigilancia, y en ese momento estaba solo, pero alguien había dejado un llamador cerca de su mano. Agobiado por la situación en general, y por el respirador en particular, lo cogió y apretó el botón insistentemente.
"Hombre, don Lorenzo, por fin vuelve usted a la vida," dijo la enfermera que acudió a comprobar la llamada. "Avisaré al médico. Y a su hija, que está abajo, tomándose un café. Que para un momento que sale la pobre, va usted y se nos despierta. Ni que lo hubiera hecho a idea."
Don Lorenzo intentó decir algo, pero solo dejó escapar una especie de gruñido. La enfermera comprobó los monitores y luego desconectó el respirador, dejando el tubo de la traqueotomía libre, pero eso no ayudó gran cosa. Don Lorenzo solo acertaba a gruñir un ininteligible: ¿qué ha pasado?
"No intente hablar todavía. Le va a llevar un tiempo acostumbrarse mientras lleve ese tubo."
Cuando la enfermera se fue, intentó recordar. Primero rememoró el accidente con Paco, y pensó que esa era la razón de encontrarse en la UCI, y no su corazón, ya que llevaba el brazo derecho inmovilizado y le molestaba casi todo el cuerpo, con una clase de dolor persistente e insidioso que ningún analgésico podría llegar a controlar del todo, pero luego, de entre las lagunas de su mente, emergieron también los recuerdos del secuestro y la tortura. Entonces, le quedó claro: ¿cómo no iba a estar en un hospital, después lo que le había hecho ese hijo de puta? Gracias tenía que dar al cielo de estar vivo y conectado a tanta maquinita, y no bajo tierra.
"¡Papá! ¿Cómo estás?" dijo Lola, irrumpiendo al poco en la habitación, agobiándole con tanto beso y tanta atención desbordada, que le sobresaturaba. "Menos mal que por fin te despiertas, que estábamos todos preocupadísimos por si te habían quedado secuelas. ¿Estás bien? ¿Puedes hablar?"
Don Lorenzo gruñó y luego negó con la cabeza.
"Pero, ¿te acuerdas de quién eres, y eso, y de todo lo que te ha pasado?"
Mientras asentía con la cabeza, tratando de tranquilizarla, llegó el médico, un niñato que le habló con el mismo tono condescendiente que usaría la gallina Caponata con un niño en Barrio Sésamo.
"Muy bien, don Lorenzo, así me gusta, que ya iba siendo hora de dejar de hacer el remolón y despertarse."
Mira qué bien, me ha tocado lo mejor del cuadro médico: un graciosito imberbe que aún ni tiene los cojones negros, pensó el comisario, torciendo el gesto.
Como no podía hablar, no le pudo soltar ningún improperio, y simplemente le dejó hacer. Tras un exhaustivo examen, que incluyó destellos de una irritante linternita en los ojos para comprobar su reflejo pupilar, el joven médico le empezó a menear el tubo de la traqueotomía, satisfecho con el resultado de la exploración.
"Como veo que respira muy bien, voy a retirarle el tubo, a ver si la inflamación de la garganta ha mejorado tanto como para que pueda volver a respirar normalmente. No se preocupe, que siempre lo podemos volver a meter si hace falta."
La desagradable sensación de sacarle ese tubo de la tráquea casi le dio arcadas, pero a cambio, pudo respirar libremente. Y hablar, o por lo menos, intentarlo, porque casi no se le entendía, entre lo seca que tenía la garganta, y lo hinchada que estaba todavía su nariz rota.
Con breves monosílabos, contestó como pudo a todas las preguntas del médico, que a su vez le explicó cómo le habían arreglado la fractura del hombro, cómo le estaban tratando la peritonitis provocada por el disparo al estómago, y cuántas costillas rotas le habían infiltrado para que no estuviese pasando una agonía cada vez que tomaba aire.
"Bueno, pues contra todo pronóstico, le veo muy bien, ¿eh?" dijo el médico tras colocarle unos puntos de aproximación sobre la incisión de la tráquea, y un pequeño apósito cubriendo el defecto. "Parece que la hipoxia y el politraumatismo craneal no le han causado daños cerebrales cognitivos ni tampoco motores, y ya puede respirar casi con normalidad, con una buena saturación de oxígeno, así que en un rato le trasladaremos a planta. Así podrá recibir visitas, que tiene a un montón de gente ya en lista de espera, que ahora es usted tan famoso que va a tener que tirar de agenda para dar audiencia, como el Papa."
"Lola," dijo el comisario con una voz muy cascada y áspera cuando el graciosito del médico les dejó solos, "¿cómo está Paco?"
"Bien, bien, él está muy bien, no te preocupes," dijo Lola, ofreciéndole un vaso de agua. "Anda, bebe un poco, que debes de llevar esa garganta más seca que la mojama."
Con su ojo bueno, ya que el otro estaba todavía hinchadísimo y de un morado casi negro, al igual que su nariz, Don Lorenzo miró el vaso con aprehensión, con el recuerdo de las veces que le había tirado el agua a la cara el carnicero demasiado presente.
"Tranquilo, papá, bebe sin miedo, que yo no te lo voy a tirar a la cara como hizo ese desgraciado," dijo Lola, como si le leyera la mente.
"¿Lo viste?"
"Sí papá, lo vi. Yo, y todo el planeta. Anda, bebe."
Pasando por alto esa coletilla de "y todo el planeta", don Lorenzo tomó unos cuantos tragos, que le sentaron de maravilla, y luego habló con la voz un poco menos ronca, aunque todavía muy nasal.
"Y, ¿cómo está Silvia?"
"Pues cómo va a estar, la pobre, si te vio morir varias veces, que por lo visto se te paraba el corazón cada dos por tres de camino al hospital… Hace un rato la he mandado para casa a descansar, a la fuerza, que casi no se ha movido de tu lado en cuatro días. Ya sabes cómo es, que si hay agujas y bisturís de por medio, ella tiene que estar en el ajo, supervisándolo todo."
"¿Y la niña?"
"Pues preocupadísima está también, como todos…" Lola le cogió la mano izquierda otra vez, con cuidado de no interferir con la vía del gotero. "¡Ay, papá qué susto nos has dado! No te lo puedes ni imaginar. Ha sido un infierno verte así."
"Ese cabrón me las hizo pasar bien putas. Pensé que no iba a salir de allí con vida," confesó él, apretando levemente esa mano, con afecto. "Y que no os iba a volver a ver a ninguna de las tres."
"Fue horrible ver lo que te hacía."
"Pero, ¿lo viste… todo?"
"Sí, todo."
"¿Hasta cuando me dejó en pelotas, y luego me dio fustazos en el culo?"
"Sí, sí, lo vimos todo. El vídeo estaba colgado online, en directo."
"O sea, que todo el mundo mundial ha visto mis santísimos cojones."
Abochornado a la vez que inmensamente cabreado, Don Lorenzo se ruborizó entonces hasta las orejas, soltándole la mano a Lola para echarse la suya a la cara, sobre los ojos, con su agobiado subconsciente tratando de esconderse del mundo.
"Pero tú no te avergüences de nada, ¿eh? Que tú has quedao como un héroe. Pero un héroe a nivel global, no solo en España. Tanto, que te piensan dar un montón de medallas y condecoraciones al valor y todo, incluyendo la Cruz de San Fernando, que me han dicho que es lo más de lo más."
"¿La Laureada de San Fernando? Pero si esa condecoración militar no se la han dado a nadie en un porrón de años, hija, no seas ridícula. ¿Cómo me la van a dar a mí por esta tontería?"
"Pues yo que sé, papá. Será que les estaba cogiendo polvo en la vitrina, y se la quieren dar al primero que pasa, si te parece..."
"Yo no he hecho nada para merecerla. Solo he librado al mundo de dos indeseables."
"¿Cómo que no has hecho nada? No te quites mérito, no, que tú le has mostrado al mundo unas pelotas, como… como… como las del caballo de Espartero, eso. Pero inflamadas, además. Como dos sandías, vamos."
"¡Pero no me recuerdes más veces como le he mostrado al mundo las pelotas, haz el favor, hija, no hurgues más en la llaga!" vociferó don Lorenzo, deseoso de cambiar el tópico de la conversación, pero es que siempre volvía a lo mismo. "Manda huevos, la Cruz de San Fernando… Pero ¿están tontos o qué? ¿Desde cuándo se dan medallas al valor por… por airear el morenete en directo?"
"Escucha, a mí no te me pongas tonto con la modestia, ¿eh? Pero, ¿cómo no te van a dar la medallita esa, después de todo lo que has pasado? Es que, si no te la dan a ti, con el campanazo que has dao con todo esto, ¿a quién se la van a dar? ¿A Perico de los palotes?"
"Pero, ¿qué dices? ¿Qué campanazo ni qué niño muerto?"
"Pues sí, papá, campanazo, y bien grande, que lo tuyo está dando para llenar telediarios, tertulias chabacanas, y venga de programas especiales, analizando todo lo que hiciste, pero al detalle. Es que no se cansan del tema, los condenaos. Y están todos los medios venga a acosarnos, pidiendo una exclusiva."
"Pues diles que se vayan a tomar por…" empezó don Lorenzo, pero de tanto hablar se atascó a mitad de frase, tosiendo con la garganta otra vez seca, y muy irritada. Lola le dio más agua y acabó la frase por él.
"Por donde amargan los pepinos, ya. Sí, eso les he dicho, más o menos. Pero insisten mucho, y ahora que te has despertado, se pondrán incluso más pesados."
"No pienso hablar con nadie," refunfuñó cuando acabó de beber.
"Como quieras, Pitufo gruñón. Pero yo sí," dijo Lola, sacando el móvil. "Voy a llamar a Paco, y a la niña, que sepan que te has despertado. A Silvia ya se lo diré más tarde, que tiene que dormir un poco la pobre. Y tú, descansa también, y no fuerces la garganta más, que estás hablando mucho. Que te has despertado de un parlanchín..."
Cuando se dio la vuelta, ya marcando el número de Paco, su padre le cogió de la manga.
"Espera, no te vayas aún. Tengo hambre."
"Claro, pobrecito mío, si llevas cinco días sin comer, solo con la sonda esa… Ahora mismo le digo a la enfermera que te traiga algo," dijo Lola, encaminándose a la puerta con el teléfono en la oreja. "Paco, ya se ha despertado… Sí, está bien. Está fantástico…"
¿Fantástico? pensó don Lorenzo entonces, recostándose en la almohada. ¡Joder, hija, esa sí que es una nueva acepción de la palabra, si lo que estoy es hecho una mierda!
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