Disclaimer: Ni One Piece ni sus personajes me corresponden, puesto que pertenecen a Eiichiro Oda; todo lo demás me pertenece.
Esta historia está hecha sin fines lucrativos.
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4.- La revolución de la cautela.
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Nami volvió a sumergir la pluma en el tintero. Había vuelvo a quedarse absorta, perdida en sus pensamientos, y casi había dejado caer una gota de tinta en mitad del mapa en el que había invertido más de dieciséis horas de trabajo. Habría sido un auténtico disgusto, a parte de un total despropósito, sino hubiera caído en la cuenta casi en el último instante.
Sacudió la cabeza con disgusto. La frecuencia de sus pesadillas parecía haber disminuido, pero en cambio su mente se perdía en las nubes de manera alarmante.
Su oído se agudizó después de que las primeras gotas contra la ventana de su habitación empezaran a resonar. Había intuido la deriva del clima aquella misma mañana, después de percibir el sutil cambio en el olor del rocío sobre la hierba de cubierta. La temperatura había aumentado ligeramente, y el cielo encapotado de nubarrones le había permitido detectar una mayor carga y presión en el ambiente.
Después de comer se había asegurado de avisar a los demás con antelación, sobre todo a Franky como a Jinbe; el primero para que asegurara la estructura de la nave y al segundo para prevenirle con antelación. Los dos habían garantizado que estarían atentos y preparados para cuando llegase el momento.
Ella se había asegurado de dar una cabezada por la tarde, con el fin de llegar fresca a la noche, cuando, según sus cálculos, se desataría finalmente la tormenta. Evitó una sonrisilla satisfecha ante la exactitud de su predicción. Una tormenta no era algo que tomarse a la ligera bajo ningún concepto.
Aun con la lluvia empezando a repicar, se levantó presta de su escritorio. Siquiera era medianoche. Tras ponerse el chubasquero, salió de la habituación con dirección a cubierta. Era perfectamente consciente de que podía dejar en las capaces manos del timonel una situación como aquella, pero le gustaba estar presente por cualquier imprevisto que pudiese surgir. Además, ella era la navegante ¿no?
Cuando terminó de subir el último escalón, y tras un vistazo rápido en derredor, contempló como varios de sus compañeros de tripulación ya se encontraban en cubierta y llevaban también puestos chubasqueros de distintos colores. Nami contuvo una sonrisa, pero dio un paso al frente y alzó la voz.
—¡Chicos! —gritó, ganándose la atención de todos aún sobre el fuerte viento que comenzaba a aullar— ¡atentos todos! —advirtió— ¡llevo días esperando a que se desate esta tormenta! ¡vamos a tener un buen espectáculo, así que estad preparados! ¡calculo que aún tenemos unos veinte minutos antes de que se desate, pero estamos en el epicentro de la misma!
Había estado sopesando las posibilidades durante días, e internamente había deseado que bien se adelantara o bien se atrasara, pero finalmente les iba a golpear de pleno. Parecía que había esperado al momento exacto para que se desatara la tormenta perfecta. Notaba tal carga en el ambiente que el vello de la nuca lo tenia erizado por completo.
Chopper y Ussop se cuadraron, cuales soldados de infantería. —¡A sus órdenes, madame! —aseguraron ambos.
Nami les sonrió en respuesta, intentando calmar el nudo de nervios que sentía en la boca del estómago. Una tormenta era siempre un fenómeno imprevisible y, por lo tanto, era capaz de provocar situaciones incontrolables. Localizó a Zoro cerca del costado de babor, y a Sanji en el de estribor. Franky llevaba su cinto de herramientas y Robin, junto con Brook se mantenían en zonas céntricas. Frunció el ceño, sin poder distinguir el perfil de su capitán.
Automáticamente su mirada se desvió a la cabeza del león, reconociendo tanto su espalda como su sombrero de paja. Parecía inmune a la lluvia que había empezado a caer fuerte sobre ellos. Vislumbró con gravedad como el oleaje empezaría a transformarse en uno que empezaría a empujarles de manera más violenta.
—¡Luffy —gritó, atónita porque él continuase allí sentado cruzado de brazos, como si estuviese retando a la misma tormenta—, sal de ahí ahora mismo! —un potente haz de luz se materializó, muy cerca de donde estaba situado el barco. Un potente crujido se dejó escuchar, suscitando un jadeo fascinando por parte de Chopper.
Nami contuvo un improperio. Mierda. Se estaba desatando con rapidez. Miro su brújula triple de orientación. Había intentado evitar que estuviesen en el núcleo por todos los medios, pero esa tormenta parecía tener vida propia. —¡Zeus!
Una nube, de aspecto esponjoso y que portaba una graciosa gorrita, se empezó a materializar tras salir de su Sorcery ClimaTact. Después de un ligero bostezo, miró a su dueña desde las alturas, a poca distancia.
—¿Si, Nami? —preguntó, entornando sus ojitos que la miraban de manera amorosa.
Nami miró a la nube con aplomo. —Se está desatando una tormenta eléctrica. Sé que agostaste tus reservas la última vez —recordando como la nube prácticamente lo había dado todo contra Hera y Ulti—, y que tampoco son mis weather egg, pero asegúrate de comer hasta hartarte —aseguró, cerrando el puño con energía.
La nubecita alzó los mofletes, feliz de la vida. —¡Sí, Nami! —y salió despedido hacia arriba, tarareando.
—¡Procura hacerte cargo de los rayos que más cerca estén de nosotros, Zeus! —gritó en el último momento— ¡no hagas que tenga que dejarte de pasto para los tiburones! —advirtió con sorna.
La nubecita soltó un gritito ahogado. —¡S-sí! Lo haré, Nami, ¡descuida! ¡nada de pasto para tiburones! —aseguró acelerando, hasta perderse de vista.
Tras otro vistazo rápido en derredor, sintió como el oleaje empezaba a zarandearlos cada vez con más ímpetu. Volvió a mirar la cabeza del león. El idiota de Luffy continuaba allí sentado. Furiosa y empapada, se dirigió rauda hasta la cabeza. Aquella noche se había recogido el cabello en una coleta alta, pero aun con la gabardina y la capucha por encima, ya tenía el flequillo empapado y pegado a la frente. Toda ella estaba calada y con el viento rebotándole entre los mismos huesos a esas alturas.
—¿¡Qué estás haciendo!? —chilló desatada tras alcanzar la proa, lo más cerca posible de la cabeza del león. Contempló con angustia como una ola impactó contra un lateral del barco, empujándola hacia un lado, levantando el agua contra ellos y empapando la más que mojada cubierta.
Pero él no la respondió. La joven de cabellos anaranjados se mordió el interior de las mejillas por la impotencia y se contuvo de gritarle que era usuario de fruta y, por lo tanto, vulnerable al agua de mar, porque, aunque él fuese perfectamente consciente, parecía que en aquellos momentos le daba absolutamente lo mismo. Pero ¿¡en qué demonios estaba pensando ese idiota!? Apenas pudo reprimir las ganas de agarrar sus gomosos labios en su puño y sacar de allí a ese inconsciente.
Sin pensarlo dos veces, se subió a la baranda de proa, dispuesta a alcanzar en el espolón la cabeza del Sunny, aun en mitad de una tormenta eléctrica y con el oleaje dando bandazos contra el banco.
La navegante no lo supo, pero Sanji, tras ver hasta donde ella se estaba subiendo, y preocupado por su seguridad tras otra sacudida por el fuerte oleaje, había dado un paso al frente, con el fin de hacerla desistir. No alcanzó a dar dos pasos, cuando Zoro paró al cocinero en el sitio, haciéndole renunciar en silenciosa advertencia.
Nami se agarró como pudo y se asomó, con casi más de la mitad del cuerpo asomado por la borda. —¡Luffy, maldita sea, SAL DE AHÍ! —ordenó desaforada y con los regueros de agua corriendo por su cara por la fuerte lluvia.
Luffy pareció por fin reaccionar. Giró lentamente la cabeza hasta mirarla. Él también estaba empapado, pero parecía no hacer ni caso al agua de mar que continuaba cayéndoles a ambos a causa del fuerte oleaje. Clavo sus ojos ónice sobre ella con velada intensidad. —Sigo esperando —musitó con rotundidad.
Nami perdió el aliento durante unos segundos. Notó cómo su estómago se revolvió con intensidad, y el pulso empezaba a rebotarle desaforado contra las costillas, al punto de hacerle daño. —¿Qué...? —su voz tembló en un susurro, sin poder evitarlo.
Por un momento, continuó sosteniéndole la mirada, empapada e incrédula al mismo tiempo. El continuaba mirándola, desafiante, y se obligó a agitar la cabeza con fuerza, para ignorar con vehemencia el doble sentido que parecían haber tenido sus palabras.
Frunció el ceño, colérica con él, y estuvo a punto de ponerle los dientes de tiburón. —Que estas espe-… —repitió, sin terminar siquiera y casi rugió por la exasperación—. ¡tenemos una tormenta eléctrica encima, Luffy! —vociferó.
El continúo mirándola feroz. —¿Y?
—¡No puedo concentrarme si estás aquí sentado! ¡es muy peligroso, podrías caer! —arguyó con desespero, intentando que él entendiera de una vez por todas.
—No caeré —declaró, impertérrito y apenas sin pestañear.
Un tercer vaivén azotó el barco, provocando que la navegante tuviese que agarrarse con fuerza de la barandilla para evitar caer. Volvió a mirar al joven de cabellos negros con desesperación. No era capaz de dilucidar qué pretendía o qué estaba pasando por la cabeza de su capitán. Él ni siquiera parecía haberse inmutado. ¿Cuál era el punto de todo aquello? ¿buscaba también imponer su voluntad sobre el clima? ¿de que demonios iba todo eso? ¿¡y porque sentía su mirada como si estuviera perforándola!? Oía de fondo como todos los demás se movían, replegando velas, asegurando cuerdas de amarre e incluso como Jinbe ejercía fuerza contra la madera del timón, demostrando sus exquisitas dotes de experiencia en manejo y control.
—¡No puedo controlar la situación si sigues haciendo el ganso! —refutó con rabia.
Él arqueó una ceja. Parecía como si no estuviese cayéndoles encima un aguacero. —¿Eres tonta? Es una tormenta —razonó, como si la lógica fuese aplastante—. Por supuesto que no puedes controlarla.
—No me llames tonta ¡idiota! —vociferó enfadada a más no poder.
Otro potente haz de luz se materializó, junto con su inevitable estruendo posterior. Nami volteó a mirar a un lado, asustada. Ese había caído peligrosamente cerca. Si les caía de pleno, estarían fritos. Ordenó con presteza a Jinbe con la voz a pleno grito que virara, intentando que se desviaran, aunque fuera ligeramente, de la dirección. Habían asegurado las velas mayores y Ussop y Chopper, junto a Robin y Brook, aseguraban cada pocos minutos las cuerdas y sujeciones de amarre.
Nami volvió a mirar a su capitán, que continuaba mirándola con gravedad. Tras un gruñido furioso, y en un impulso irracional, la navegante se impulsó con los brazos y pasó una pierna por encima de la baranda de madera, seguida de la otra. Aun agarrada con las manos y de espaldas, se deslizó por un pequeño saliente con el fin de acercarse todo lo posible a la cabeza del león, con la intención de enganchar su estúpida camisa con su puño y llevarlo, aunque fuera a rastras, de vuelta hasta la seguridad de cubierta.
—¡Maldita sea Luffy, juro por lo mas sagrado que, como te ponga las manos encima, TE ACORDARAS DE ÉSTA!
Él capitán con poderes de goma esbozó una sonrisa feroz llena de dientes, ante el desafío de su navegante. —¿Quieres cogerme? ¿estás segura? —ladeó la cabeza— ¿yo creía que eres de las que piensan antes dos, tres y setecientas veces?
Nami, apunto de alcanzar la cabeza del león, levantó la vista del embravecido mar hasta el chico. —¡Y TÚ ERES DE LOS QUE JODIDAMENTE NO PIENSAN!
Tras un fuerte ruido, giró el torso para mirar hacia atrás. Cuando quiso gritarle a Sanji que uno de los amarres de las velas mayores se había soltado, otro bandazo sacudió el barco, levantando una ola de magnitudes colosales, golpeando de pleno.
De la fuerza salió despedida hacia atrás, soltándose inevitablemente de la baranda de madera. Sus pies dejaron de tocar el pequeño saliente de madera por el cual había estado deslizándose, para caer por la borda directa al agua.
Sintió de fondo como alguien la llamaba, pero el impacto contra el agua nunca llegó. Había cerrado fuertemente los ojos en un gesto involuntario, esperando una caída que no llegó a darse. Hasta que cayó en la cuenta de que un brazo gomoso se había enrollado con habilidad sobre su cintura y había tirado con fuerza de ella, separándola de las aguas justo antes de impactar.
Soltó un jadeo asustado, cuando fue consciente de que su cuerpo estaba sentado de nuevo sobre superficie dura y refugiado contra otro.
—Ya está. Ya me tienes —susurraron contra el oído de Nami.
Ella alzó instantáneamente la cabeza y encontró los ojos negros de Luffy clavados sobre ella. Durante un instante, tuvo la sensación de que la tormenta a su alrededor se había aplacado, y consideró seriamente el haber sido víctima de una especie de alucinación. Sacudió levemente la cabeza y se pasó inconscientemente los dedos por la frente, intentando en vano despejar su embotado cerebro.
—¿Estás bien? —le preguntó en un murmullo.
Nami solo atinó a parpadear, aun impactada. Asintió levemente. Por reflejo, había agarrado su camisa roja en su puño. Después de que un nuevo bandeo sacudiese el barco y les cayese encima empapándoles de pleno, fue cuando pareció que su capitán tuvo suficiente. Aun con el brazo en su cintura, Luffy se uso del otro para agarrarse al mástil central y sacarlos a ambos de la cabeza del león, justo antes de que otra ola impactara con fuerza y toda el agua cayese sobre el castillo de proa.
Nami sencillamente parecía haberse quedado sin habla.
Una vez en seguridad de cubierta, Nami quiso levantar la cabeza para volver a mirarle, pero el aura de Sanji se encendió en llamas y se acercó con el fin de patear al capitán hasta que se hartara. —¿¡Qué demonios crees que haces, capitán mierdoso!? ¡por tu culpa mi querida Nami-swan ha caído por la borda! —arremetió, para lanzarse a perseguirle, mientras Luffy echaba a correr intentando deshacerse de él.
Luffy esquivó las ansias asesinas del cocinero como pudo. —¡Estaba intentando hacerla entender! —se defendió de manera lastimera.
—¿¡Y no podía ser en otro momento, cerebro de goma!? —el rubio empuñó uno de sus cuchillos especiales, recién adquiridos en Wano y afilado al punto de cortar con solo mirarlo—. Además ¿¡cómo osas creer que eres apto como para hacer entender nada a mi Nami-swan!? ¡vuelve aquí!
Nami volvió a parpadear, aun sin ser consciente del todo de lo que acaba de ocurrir. Otro cimbreo la despertó de su ensoñación, haciéndola consciente de dónde se encontraba. —¡Sanji! —gritó, acordándose de inmediato— ¡una de las sujeciones del foque* se ha soltado a causa de la intensidad del oleaje, hay que asegurarla!
Volvió a mirar a las nubes con determinación.
Y agitó su cabeza con fuerza, intentando despejar su mente de cualquier pensamiento innecesario en aquel instante.
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Cerró la puerta del armario de golpe, incapaz de contenerse. Miró el reloj de su escritorio. Aun no daban las tres de la mañana. Reprimió un gruñido. Le ardían las venas ante el recuerdo del innecesario episodio que tanto ella como su capitán habían protagonizado en mitad de la tormenta.
Se había obligado a sí misma a apartar todo aquello y centrarse primero en la labor que, como navegante, debía atender. Sin embargo, no había hecho otra cosa que poner un pie en su cuarto, cuando la furia la invadió de nuevo.
Después de una rápida ducha y un más que deseado cambio de ropa, la chica aun sentía la agitación en todos los huesos del cuerpo.
Maldito él, no una, sino un millón de veces. ¿En qué demonios había estado pensado, ¿eh? El muy inconsciente… las palabras que había creído oír resonaron con fuerza en su cabeza, mediante un eco titánico. 'Ya está; ya me tienes'. Nami bufó de nuevo y cerró la otra puerta del armario de un golpetazo, sintiendo como la sangre empezaba a correrle frenética junto a un ligero picor en las mejillas. Tras calzarse unos pantalones largos de pijama y una sencilla camiseta de tirantes, se anudó los cabellos en una ligera trenza para dormir.
Y sin querer saber nada de nadie más, se metió bajo las cobijas de su confortable cama.
Habían trabajado sin descanso bajo la tormenta durante casi tres horas. Cuando parecía que finalmente había empezado a disminuir de intensidad, la mayoría habían acudido por fin a tomar un merecido descanso, por pequeño que fuese. Franky se había ofrecido a hacer un pequeño relevo a Jinbe, y así también tener la oportunidad de revisar posibles daños en la estructura. Nami oyó de fondo como la lluvia seguía repicando contra su ventanal. Si bien era cierto que había pasado lo peor de la tormenta, seguía lloviendo con intensidad. Se dio la vuelta, buscando acomodarse en el colchón.
Inevitablemente, su cerebro aun demasiado despierto empezó a divagar. El último rato que había compartido con su capitán había sido en la guardia nocturna hacía apenas unos días. Recordaba haberse quedado dormida, siendo víctima del agotamiento, tanto físico como emocional, que había estado arrastrando. Luffy había conseguido llevarla a un punto en el que, sencillamente, se había descompuesto. Cuando había despertado, no había encontrado a Luffy por ninguna parte y, lo mas curioso de todo, es que, después de mucho, mucho tiempo, tampoco recordaba haber tenido pesadillas.
Se había levantado extrañada y con el corazón encogido en un puño. Era cierto que no había tenido el valor suficiente como para soltarle los pensamientos que tenía agolpados en su cabeza. Y, sobre todo, en ningún momento había querido hacerle daño. Se había preparado mentalmente para su posible rechazo la próxima vez que se encontraran, pero, contra todo pronóstico, solo se había tropezado con que su capitán había seguido comportándose como hasta aquel momento. Ni más, ni menos. Se había sentido enormemente contrariada. La noche anterior parecía haber estado angustiado por que ella hablara con él de lo que fuese que estuviera ocurriéndole, y al día siguiente había sido como si ambos se hubiesen quedado estancados, cual ballena varada.
Suspiró lentamente y volvió a darse la vuelta. Cerró los ojos y se acomodó bajo las mantas. Sentía frío en las piernas, a pesar de que no hacía frío en su habitación y de que tenía una manta de más sobre las cobijas. Se giró, quedando boca arriba y miró al techo de la habitación. La lluvia seguía repiqueteando contra su ventana y, aunque fuese con menor intensidad que hacía un rato, los vientos aullaban de manera menos enérgica. Frunció gravemente el ceño, sintiendo como el oleaje golpeaba contra la madera del mascarón de proa. A aquellas horas, podían escucharse perfectamente los crujidos de la madera que durante el bullicio del día pasaban más desapercibidos.
Su amotinado cerebro volvió a evocar el recuerdo de apenas unas horas, en el que el cuerpo de su capitán había cobijado el suyo propio. Juraría que él había murmurado.
Irremediablemente pateó las cobijas y las mantas, quitándoselas de encima, y quedó sentada como impulsada por la fuerza de un resorte. Se levantó y, sin pensarlo detenidamente, enganchó una chaqueta gris larga de punto, colgada del perchero de pie. Tras enfundarse en ella, abrió la puerta y sin molestarse siquiera en cerrarla, se lanzó al pasillo. Aun descalza, caminó, presa de una agitación que no recordaba haber sentido con anterioridad. El pulso empezó a rebotarle contra las costillas. Podía recorrer ese maldito barco en plena oscuridad sin temer golpearse contra nada, producto de las muchas veces que lo había recorrido en sus largas noches de insomnio. Por algún motivo que no alcanzaba a comprender del todo, el enojo y el coraje le burbujeaban en los sentidos, haciéndola especialmente consciente de su alrededor.
Zoro tenía razón: era una bruja del clima desatada, y quien osara en aquellos instantes a cruzarse en su camino, moriría irremediablemente bajo su cólera.
Cuando localizó la ansiada puerta que buscaba, alzó el puño, con intención de aporrearla si fuese necesario. Y cuando quiso descargar los golpes contra ella, se encontró con que justo acababan de abrir esa misma puerta, dejándola con la determinación en la boca.
Porque su capitán, vestido con unas sencillas bermudas oscuras y con el pecho al descubierto, se había adelantado, abriendo la puerta y dejándola a ella con la boca medio abierta por la estupefacción.
Nami no pudo evitar un jadeo desconcertado. —¿Qué haces? —cuestionó, aun mirando la puerta con incredulidad.
El usuario de la nika-nika arqueó una ceja, mirando a su navegante como si le hubiese crecido una segunda cabeza. Miró a su alrededor, como asegurándose. —Esta es mi habitación.
La navegante sintió como sus mejillas se sonrojaban con crueldad. Hizo caso omiso a su respuesta y planteó nuevamente la pregunta. —¿Cómo sabías que estaba aquí? Ni siquiera he tenido tiempo de tocar la puerta —insistió.
El chico se encogió de hombros. —Lo he visto. —comentó con sencillez.
Nami parpadeó un par de veces. Los motivos que la habían llevado hasta allí empezaban a difuminarse. —¿Que lo has visto? —repitió de nuevo, con los engranajes de su cabeza girando a toda velocidad.
El chico volvió a asentir, como si fuera lo más normal del mundo, y se hizo a un lado para dejarla pasar. —¿Qué haces aquí? —por alguna extraña circunstancia, parecía no haberse acostado— ¿es que no puedes dormir?
Nami entró en la habitación como una exhalación. En cualquier otra circunstancia la pregunta de su capitán le hubiese incitado una ternura que le habría cosquilleado en el corazón, pero no era ni el momento ni la circunstancia. Fue cuando cayó en la cuenta de que el joven estaba desnudo de cintura para arriba y los abdominales se le marcaban deliciosamente sobre la piel. Volvió a sentir como se le acaloraban las mejillas y se obligó a mirar a cualquier parte que no fuese el cuerpo su capitán. Además, esos mismos brazos que la habían sostenido contra su cuerpo hacía no más de unas horas, desprendían un agradable calorcito. Era absurdo, porque Luffy la había sostenido en muchas ocasiones anteriores y no habían provocado tal desbarajuste en ella, convirtiéndola en un amasijo de nervios inquietos. Era absurdo, pero así era.
Luffy cerró la puerta tras ella, y por algún motivo que no supo comprender, a Nami empezó a sobrevenirle la gravedad de la situación en la que acababa de zambullirse de pleno. En mitad de la noche, con su capitán entre cuatro paredes y la escasez de ropa acentuando el ambiente. No había sido de sus ideas mas inteligentes. Haciendo acopio de todo el aplomo que pudo, se cruzó de brazos y se lanzó a mirarlo con toda la entereza que fue capaz de reunir.
Su capitán no le había quitado la vista de encima. Y tampoco parecía haberle pasado desapercibido el escaneo que ella le había hecho inconscientemente.
—Has puesto en peligro la seguridad en mitad de una tormenta, Luffy. —defendió con firmeza—. Te advertí en más de una ocasión que salieras de allí, y no me hiciste caso.
Luffy frunció el ceño. Como era costumbre en él, no se amedrentó. —Yo no he puesto en peligro nada —se defendió—, eres tú la que pensó que lo estaba haciendo. Yo no te pedí que vinieras ¡viniste tú por tu cuenta! —exclamó.
Nami lo miró con la boca abierta, como si justo hubiera recibido una bofetada. —¡Por supuesto que lo hice! —reclamó, sin podérselo creer—. Soy la navegante, es mi cargo ¡mi cometido! ¡en qué pensabas, maldito inconsciente! ¡no vuelvas a entrometerte así en mi responsabilidad!
Luffy boqueó. —¡Entrome- —intentó repetir la misma palabra, fallando graciosamente en el intento—, lo que sea! ¡No puedes darme ordenes, tonta, el capitán soy yo! —se cruzó también de brazos, provocando que se le marcasen las delineadas fibras de los músculos.
Nami hizo un gesto exasperado de levantar los brazos, para volverlos a dejar caer. —¡Como si eres del rey del mundo, idiota! ¡me importa un pimiento quien seas, siempre y cuando no estorbes!
Luffy acercó más su rostro contra el de ella. —¡No me llames idiota, tonta! —bramó enfadado— ¡te repito que no iba a caerme, pero tú sí que lo hacías! ¡Te crees muy lista, pero solo eres una tonta asustada!
Nami enganchó sus gomosos labios en su puño. —¿¡Asustada!? —chocó su frente contra la de él, provocando un cómico sonido y como si justo hubiese apretado un juguete de caucho— ¿de qué demonios hablas, ¿¡cerebro de goma!? ¡no dices más que tonte-!
Calló de improviso. Un momento. La joven de cabellos anaranjados sintió como si su alrededor hubiese perdido presión de repente. —¿Qué has dicho? —cuestionó en un murmullo.
Él la miró curioso, aun con sus labios aprisionados dentro de su puño. —Me sobo efes uba don-
Nami le soltó los labios de repente y le continúo mirando, con la estupefacción enroscándosele en todas las líneas del rostro. —No, eso no —corrigió—. Antes de eso. —Luffy continuó mirándola en silencio, sin articular palabra—. Has dicho que yo sí que lo hacía. —Nami paseó su mirada sobre él, como divagando. —¿Sabías que yo caería? —preguntó, volviendo a mirarle directamente y pasmada por completo.
Luffy desvió su mirada de ella y se rascó la cabeza, en un gesto inquieto. —Hum… —musitó. —No es tan así… —divagó—, pero si —asintió—, podría decirse que sí.
Ella le miró en un hito. —Luffy… —susurró— ¿has visto que yo caería? —el pecho de Nami tembló.
Él se limitó a asentir, aun sin mirarla de vuelta. —No estaba seguro de cómo se daría, pero sí. Así que me quedé lo más cerca que pude.
Nami siguió mirándole con ojos alocados. —¿Solo me viste a mi caer? —preguntó en un murmullo.
Él por fin la miró de vuelta. Y asintió con sencillez. —Hum. —se encogió de hombros—. No iba a dejar que cayeras… tonta. —argumentó, como si el mero hecho de pensar lo contrario fuese una auténtica locura.
Ella abrió la boca un par de veces, hasta que consiguió articular la frase. Parecía tener la boca entumecida. —¿No existe la posibilidad de que yo cayera solo porque fui a buscarte? ¿únicamente porque tú seguías allí sentado?
Él le sostuvo la mirada durante unos segundos. Y negó lentamente con la cabeza. Él no había estado cerca cuando ella caía, de modo que había controlado la zona en la medida de lo posible.
Nami lo miró, sintiendo el corazón galoparle a mil por hora. Estaba diciendo que le había llevado la contraria, y se había quedado sobre la cabeza del león en mitad de una tormenta eléctrica, de magnitudes colosales, porque por algún bizarro motivo ¿¡la había visto caer!? La realización le mareó y por un momento le fallaron las piernas. Como si alguien le hubiese dado el chivatazo, Luffy alcanzó a sostenerla de los brazos contra él.
Nami alzó la cabeza y lo miró, aun con sus manos sosteniéndola. —¿Qué demonios estás haciéndome? —susurró desesperada.
Luffy abrió y cerró la boca un par de veces. —No lo sé. —reconoció, con la sencillez que solo él sabía transmitir—. Supongo que… —ladeó levemente la cabeza, en un gesto habitual en él— ¿lo mismo que tú a mí?
Ella dejó escapar un jadeo asustado. Y no pudo evitar lanzarse sobre él para abrazarlo, resguardando su cabeza contra su cuello. Durante unos minutos, ninguno de los dos dijo nada. Tras un tiempo que considero prudencial, Luffy se apartó lo mínimo para poder verla la cara. Sabía que ella había llorado, porque había sentido la humedad en el cuello. No soportaba que ella llorase y la había encontrado haciéndolo muy a menudo últimamente. Y tampoco estaba seguro del motivo por el cual lo había hecho, al menos, en aquel momento.
—¿Estas mejor? —preguntó. Con Nami siempre era mejor asegurarse; sabía que era capaz de engañar especialmente bien cuando quería.
Ella asintió con suavidad. Luffy contempló como varios mechones de su cabello se habían escapado de su trenza y sus ojos aun se encontraban brillantes y llorosos. Y juraría que en ese mismo instante había empezado a escuchar un murmullo de tambores, como si estuvieran acompasándose con su propio pulso.
Se terminó de separar y la agarró de una muñeca, sin darle tiempo a la chica siquiera de replicar o preguntar. —Ven Nami, tengo sueño, vámonos a dormir —anunció, con la misma ligereza que la brisa del mar.
El rostro de ella se había encendido como una estufa. —¿¡Qué!? —exclamó, parándose en el mismo sitio.
Él se volvió para mirarla, extrañado. —Que nos vayamos a dormir. Tengo sue-
A ella parecía estar a punto de darle una arritmia. —¡Sé lo que has dicho, idiota! —respondió sofocada.
El joven de goma enarcó una ceja. —¿Entonces por qué preguntas?
Ella se pasó una mano por el rostro, exasperada. Abrió la boca, pero no articuló palabra. Volvió a intentarlo. —¿Por qué dormiría contigo?
El continúo mirándola, sin pestañear. —¿Y por qué no? —él no podía encontrar un solo motivo, la verdad.
Nami no pudo evitar soltarle un capón. Solo consiguió que a él le rebotase levemente la cabeza. —El invitar a alguien a dormir puede implicar otras connotaciones ¡pedazo de animal!
Luffy entornó los ojos. —¿Qué otra cosa quieres hacer que no sea dormir? Te he dicho de dormir, no que te acuestes conmigo. —soltó con naturalidad, como quien habla del tiempo tan bueno que hace.
La navegante estuvo a punto de sufrir una combustión espontanea. ¿¡Desde cuando su loco capitán era conocedor de los asuntos de cama!? ¿Como? ¿Por qué? ¿¡CON QUIEN!? Sintió un golpecito en la frente y no pudo evitar que un pequeño quejido escapase de su boca. Él se había hecho uso de su dedo corazón y pulgar para darle un suave toque. —Casi puedo oír tu cerebro funcionando a toda velocidad, Nami, —anunció, como si el asunto tuviera gracia y solo él pudiese vérsela—, así que para de pensar cosas raras —pidió con simpleza—. Además, él había compartido camarote con Sanji. Él había oído cosas.
Nami prácticamente se había quedado sin habla. —Oh. —no estaba segura en aquel momento si quería saber más, o si prefería mantenerse en la dulce ignorancia.
Luffy prácticamente la había sentado sobre su cama, puesto que ella había parecía haber sido reducida a la voluntad de un robot y, tras apagar las velas que habían mantenido encendida su estancia, se zambulló en la cama. Inconscientemente Nami se había apartado hasta uno de los bordes, resguardándose a una distancia más que prudencial. Se giró, quedando de lado frente a él.
Aun en la oscuridad de la habitación, se sonrojó con profundidad. Sin lugar a dudas, aquella era la situación más extrañamente erótica y tentadora en la que jamás se había visto metida. Y con su capitán. Aquel hecho casi volvió a marearla. De repente, se acordó, rompiendo el encanto del momento y suspiró, sin poder evitarlo.
—Luffy —le llamó en un susurró. Por favor, ¿podría venir alguien a decirla por qué demonios había consentido dormir con él en su misma cama? ¿en su misma habitación? Ah si, estaba loca por ese hombre. Casi lo había olvidado.
Él se había girado también, quedando de lado frente a ella. Aun en la penumbra de la habitación, podía distinguir perfectamente su rostro, después de que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. —Que.
Nami no pudo evitar un escalofrío. Y reunió todo el coraje que fue capaz. —Yo… —dudó por un segundo—, llevo un tiempo con pesadillas —musitó apocada—. Así que, es posible que te despier-
Él la interrumpió con un profundo suspiro, como si hubiera estado reteniéndolo durante días. —Ya lo sé.
Nami dejó escapar el aire de golpe. Se incorporó con rapidez hasta estar sentada. Continúo mirándole, al punto de casi escapársele los ojos de las órbitas. Demonios, pero ¿¡cuántas veces iba a dejarle en menos de una hora aquella noche sin palabras!?
—¿Lo sabes? —cuestionó sin aliento— ¿cómo que lo sabes? —continuó, sin permitirle siquiera dejarle responder la primera vez.
El la imitó, volviéndose a incorporar hasta quedar también sentado. Ella casi se había puesto de rodillas sobre la cama, como si estuviera a punto de abalanzarse contra él para zarandearle buscando respuestas. Mentiría como un bellaco si dijese que la idea de que ella se sentase sobre él, no le resultaba especialmente provocadora. Agradeció que estuvieran a oscuras, por el calorcito que empezó a treparle por las mejillas. Ella parecía haber olvidado que solo vestía una sencilla camiseta de tirantes y un pantalón de pijama. Eso, sumado a la trenza que a esas alturas estaba medio deshecha, la había otorgado una imagen más que deseable, y que parecía estar cociéndole a él a fuego lento. Gruñó, obligándose a reconducir todo aquello hacia otro lado, y casi se sintió molesto con ella por colocarle inconscientemente al borde del precipicio.
—¿Es que hoy es la noche de preguntar? —ni loco pensaba ponérselo fácil, después de haberse tirado semanas y semanas esperando por ella. Él podía ser denso y despistado, pero no estúpido. Al menos, no tan estúpido. Volvió a dejarse caer de espaldas sobre el colchón—. Duérmete. —propuso, dejando sus ojos cerrarse, para que el sueño finalmente viniese a buscarlo.
Sin embargo, no pudo evitar abrir los ojos de golpe cuando sintió una suave presión sobre él. Con razón su navegante tenía el apodo que tenía. Era sigilosa y hábil como un gato. Él era usuario de haki, por dios, y ni corta ni perezosa se había sentado sobre él, con las rodillas a sus costados, y no parecía estar dispuesta a quedarse con la curiosidad. Al menos, no en aquel momento.
Luffy quiso mirarla con gravedad. Ella no parecía estar entendiendo nada de nada, para no variar. Ella definitivamente no debía hacer eso. Él no podía garantizar que no se movería del sitio donde ellos se habían encontrado hasta aquel momento. No quería que ella se asustara de nuevo y volviera a meterse en su caparazón. Él tenía que-
—¿¡Cómo que me duerma!? —intentó llamar su atención zarandeándole de los hombros.
Aun cuando lo regañaba resultaba arrebatadora. Al menos, cuando el enfado no superaba los limites críticos. Toda ella parecía hipnotizarlo. Como si fuera una sirena de esas de las que Ussop hablaba en ocasiones cuando divagaba con sus historias de media tarde. Oh mierda. Ella definitivamente era muy muy tonta. Y él empezaba a necesitar desesperadamente que ella se quitara de encima, porque se había sentado sobre él, y si, él era de goma, pero también un chico y-
—¡Venga ya, vamos Luffy, habla! —se quejó ella entre susurros, sin parar de zarandearlo.
Preso de un arrebato, volvió a incorporarse con rapidez hasta quedar sentado, consiguiendo que su cuerpo se acoplara contra el de ella. Ella perdió el habla de golpe, después de que su mirada encontrase la suya aun con la habitación a oscuras. Nami tragó fuerte. Tras caer en la cuenta de la posición tan íntima en la que se encontraban quiso apartarse, pero intuyendo que haría justamente eso, Luffy se había adelantado y le había sujetado de las muñecas, impidiendo que ella se bajara de él.
Ella volvió a tirar, intentando recuperar sus brazos, pero él no la dejó. Él tenía su pecho aplastado contra el de ella. Él no era paciente. Él había hecho lo que había podido. Él necesitaba que ella entendiera. Él no permitiría que ella le dejase apartado por segunda vez, y si ella no estaba dispuesta, él estaría preparado aun si no hiciese falta.
Casi escuchó como el pulso de ella empezaba a rebotarle frenético, encandilando el suyo propio. Hizo un esfuerzo sobrehumano por resistir una expresión de júbilo. Su cuerpo estaba cantándole a voz en grito lo que parecía que ella no era capaz de reconocer. Contempló como los mechones de la ya casi deshecha trenza le otorgaba un aire mas que apetecible. Toda ella le resultaba codiciable. Él era egoísta. Ella lo sabía, y si no, debía haberlo sabido.
—¿Qué quieres, Nami?
Él le había preguntado con voz baja. Ella le miró a los ojos de vuelta, con la boca seca. Él volvía a mirarla con aquellos ojos profundos, como si quisiera atravesarla. Tembló con anticipación. Sin poder evitarlo, desvió sus ojos para mirarle de manera ávida. No podía evitarlo. Era como si él estuviera llamándola a gritos, como si su cuerpo no obedeciera sus ordenes y finalmente estuviese haciendo lo que le daba la gana. Ella no podía controlarlo. Sintió un escalofrío; pero no porque tuviera frío, sino por la intensidad que estaba sintiendo en aquel instante. Como si su vida se hubiese reducido hasta ese punto. Él le había soltado las muñecas cuando había estado seguro de que ella no huiría de nuevo, y sus manos habían descendido hasta reposarlas sobre sus caderas, inmóviles. Fascinada, estuvo a punto de ordenarle que la acariciara. Donde a él le apeteciera. Sin ser consciente del todo, paseo la punta de sus dedos sobre sus suaves labios. Tuvo la impresión de que el tembló, y sintió sus dedos clavárseles con fuerza en las caderas, como si se estuviera conteniendo. Como si algo le atara y le impidiera moverse libremente. Nami frunció el ceño ante la reflexión. Él era la persona mas libre que hubiese conocido jamás. Él no podía estar retenido de ninguna de las maneras y bajo ninguna circunstancia. Él amaba su libertad, al igual que el mar.
Miró su boca, hipnotizada del todo. Él lo había conseguido. Ella acababa de perder la cabeza. Le acarició con la punta de los dedos la cicatriz bajo su ojo, y recorrió después la mandíbula con suavidad. Él seguía mirándola, permitiéndola finalmente vislumbrar sus ojos velados y hambrientos.
Él pareció contener con todas sus fuerzas un grito de júbilo, al ver que su rostro bajaba por fin hasta el suyo y cerraba suavemente los ojos.
Él casi contuvo la respiración.
Hasta que le besó.
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N/A: ¡por fiii~n! ¡yujuuu~!
