Una profunda sensación de oscuridad y vacío ocupaba la mente de Goro Mayugorô. Era una sensación diferente que no podía explicar. Sentía como si su cuerpo cayera con suavidad, flotando liviano como un pétalo de sakura.

De pronto sintió que primero sus manos, y luego su cuerpo, se posaban sobre una superficie pedregosa, dura y fría. Al abrir lo que sentía eran sus ojos, vio con asombro que sus manos estaban apoyadas en un suelo de rocas y nieve sucia, oscuro y lúgubre.

Goro se incorporó, sintiendo su cuerpo demasiado liviano. Casi incorpóreo. Se quedó sentado, pasmado ante el extraño paisaje. Era un paisaje de rocas y hielo nocturno con un cielo totalmente negro, pero al mismo tiempo tan encendido de estrellas como jamás nunca había visto, que se movían al unísono rápidamente por el cielo, como en una coreografía. Se quedó por segundos asombrado mirando ese cielo, que no parecía real.

De pronto, a su derecha y por sobre el horizonte rocoso asomó una estrella mucho más grande y luminosa, tan brillante como nunca había visto una antes. Su luz era cegadora, creando un potente contraste de luces y sombras en el paisaje de rocas. Sin embargo, el cielo siguió totalmente negro a pesar del fulgor de esa estrella. Intentó mirarla, pero su brilló lo cegó.

Mientras tapaba su vista con una mano, un extraño resoplido detrás de él lo alarmó. Se giró y vio una extraña formación de rocas de unos dos metros de altura, apiladas en forma desordenada, como si fueran los restos quebrados de la escultura de un animal legendario, resquebrajados por el tiempo. Cientos de delgados hilos delgados como telarañas que brillaban bajo la luz de la potente estrella parecían atar los restos de la estatua al suelo.

Par su sorpresa, de pronto las rocas más cercanas a él se movieron. Lo que parecía ser una cabeza, conectada por un largo cuello al gran bulto de rocas comenzó a despegarse con dificultad del suelo, luchando contra los hilos. Dos puntos de luz rojos como ojos en un par de profundas cuencas oscuras aparecieron, mirándolo fijo.

Goro no pudo contener su temor, y cayó hacia atrás al intentar retroceder, atemorizado y sorprendido. Quiso hablar, pero la voz no salió de su garganta. Con sorpresa vio como toda la escultura comenzó a colorearse de un tono rojo que brillaba entre medio de rocas oscuras del tamaño de una palma que cubrían la escultura. Entonces Goro se dio cuenta que lo que él veía como rocas en realidad eran escamas. Y con la luz rojiza, la forma de la escultura se reveló en forma pavorosa. Ese ser de rocas era un dragón.

Tras un gran esfuerzo el animal logró levantar su cuello casi un metro sobre el suelo, siempre mirándolo con sus intensos ojos rojos, y volvió a resoplar.

Goro sintió que el sonido del resoplido parecía venir directo desde el interior de su propia su cabeza, sin que mediaran sus oídos. Lo que escuchaba era una mezcla de gruñidos, resoplidos y palabras que lo alcanzaban directamente en su consciencia.

—Grhhh-fsssss…TÚ.., fsss... ERES…. VENGANZA… fssss.

De pronto, el dragón, el terreno y todo lo que veía a su alrededor desaparecieron bajo sus pies a una velocidad vertiginosa, como si su cuerpo estuviera siendo jalado por una cuerda atada a su espalda a una velocidad impensable, dejando a sus pies primero una gran roca blanca gigantesca, que luego de un par de segundos se redujo a apenas un guijarro para finalmente desaparecer como un punto, dejando solo un cielo negro totalmente estrellado en todas direcciones, como si todo lo que viera y existiera fuera un cielo profundamente negro y encendido de estrellas. Por varios segundos no pudo sino admirar ese extraño cielo hasta que de pronto todo volvió a ser oscuridad. Y luego vino el dolor: un intenso dolor en su cabeza que lo sacudió a través de la oscuridad.

Goro abrió los ojos con una mueca de agonía. Un intenso dolor en la parte trasera derecha de su cabeza hizo que exhalara un profundo quejido que lo dejó jadeando. La voz de una mujer a su lado lo intentó contener.

—Shh, tranquilo, tranquilo, vas a estar bien, no te muevas.

Goro se dio cuenta que estaba tendido sobre su costado en un futón, mirando contra una pared de madera. La voz que le había hablado le era desconocida. La voz era de una mujer mayor, detrás de él. Intentó girarse, pero una mano lo retuvo con suavidad empujando su hombro derecho, al mismo tiempo que sentía que un paño empapado en agua tocaba tibia en su cabeza.

—¡No te muevas! Estás en el santuario Miyamizu, y recibiste un fuerte golpe en la cabeza. Sangraste bastante, así que necesito terminar de limpiar tu herida y vendarte. Quédate quieto.

Lo perentoria de la orden y el dolor que volvió a sentir cuando el paño mojado volvió a tocar su cabeza lo inmovilizaron. Apretó los dientes e intentó aguantar. Mientras lo hacía, imágenes de sus últimos recuerdos invadieron su memoria. Él estaba escapando de los celadores del santuario cuando quedó acorralado contra la montaña detrás del santuario, a lado de una cascada. Estaba comenzando a escalar las rocas de la ladera de piedras cuando uno de los celadores lo alcanzó y lo lanzó al suelo jalándolo de su ropa. Iba a ponerse de pie cuando sintió pasos detrás de él de un segundo celador. Intentó girarse cuando sintió un golpe en su cabeza y todo se había ido a negro.

Lo habían atrapado. Justo lo que Hanako le había pedido que evitar, porque…

Una segunda imagen de un recuerdo, como un sueño, que él veía desde el suelo, vino a su mente. Era Hanako llorando y gritando rodeada de personas. La imagen le quitó la respiración ¿Había sido eso un sueño o realmente ocurrió?

Intentó mover sus manos, pero de pronto se dio cuenta que estaba atado. Lo mismo sus pies.

—Oye, muchacho, quieto, ya casi termino, no te muevas —insistió la mujer.

Goro intentó hablar, pero la voz se le atragantó. Sintió la boca seca. Cuando logró controlar su garganta, escuchó su propia voz grave y débil al punto de desconocerla.

—Ha-Hanako… ¿ella está… bien?

—Sí, ella está bien. Eres tú quien está en mayores problemas ahora. Mejor guarda silencio. Ven, voy a ayudarte a sentarte ahora, pero despacio.

Sintió como la mujer se acercó hasta casi poner sus rodillas en su espalda, tomándolo con una mano en el cuello, y otra bajo su brazo derecho, ayudándolo a incorporarse y a girarse.

—Ven, despacio, siéntate lentamente.

Al levantarse sintió por unos segundos como si su cabeza diera vueltas y fuera a estallar. Tuvo que cerrar los ojos.

La mujer tomo una tela y comenzó a secarle el cuello y la cabeza.

—Mi nombre es Ishida Narumi. Recibiste un golpe y un gran corte en la cabeza, detrás de tu oreja. Perdiste bastante sangre, pero el corte no es profundo. Ya limpié la herida y ahora voy a vendarte.

Goro abrió los ojos y miró a la mujer. Era una mujer mayor que él había visto acompañando a Hanako en el mercado en muchas ocasiones. Vestía ropas grises, de servicio, como las mucamas del santuario, pero eran de muy buena calidad. Supuso que ella debía ser una autoridad dentro de las criadas del santuario.

La mujer comenzó a enrollar una tela alrededor de su cabeza, apretando un paño contra la herida.

—Gr-gracias por ayudarme, Ishida-san.

—Es lo menos que puedo hacer por ti. Fue uno de mis hijos el que te golpeó. Te pido disculpas por eso, pero ellos pensaban que eras un rufián que había venido a robar al santuario. Y además la hija del sumo sacerdote estaba desaparecida, por lo que todos estaban muy nerviosos. Creo que tú sabes algo al respecto… ¿verdad?

—Yo…

Goro giró la cabeza para mirar a la mujer un segundo, pero ella le tomó la cabeza y se la bajó como a un crío.

—No te muevas, que todavía no termino el vendaje.

Un tirón a la tela hizo doler la herida a Goro, que no tuvo más remedio que acatar con un quejido.

—Lo… lo siento, creo que no puedo responder su pregunta.

La mujer sonrió apenada mientras movía la cabeza.

—En este instante el padre de Hanako debe estar hablando con ella y ya debe saberlo todo. Y sospecho que pronto vendrá a hablar contigo. Te recomiendo que seas honesto y le digas todo lo que sabes, por tu propio bien. Y también por el de ella.

La mujer comenzó a anudar la punta dos puntas de la tela hasta que sintió que ya estaba firme.

—¡Bien! Terminé contigo, muchacho. Tienes los labios pálidos y secos ¿tienes sed?

La idea de beber hizo que Goro fuera de golpe consciente de la sed que sentía, y que incluso se agudizara.

—S-sí, siento mucha sed.

La mujer se puso de pie, caminó a una mesa cercana donde había varios cuencos de madera. Volvió con uno y lo hundió en una cubeta de madera con agua que estaba cerca de donde estaba Goro, y luego se acercó a él poniendo el cuenco en sus labios. Goro bebió con avidez.

—¡Hey! Lento, lento, no vayas a atorarte. Mandaré que te traigan algo de sopa y comida. Ahora quédate sentado, puedes apoyarte en el muro o si quieres puedes recostarte. Pero no puedo desatarte, muchacho, lo lamento. Ordenaron que estes vigilado todo el tiempo, así que no hagas nada estúpido en mi ausencia ¿entiendes?

—Sí, está bien.

La mujer recogió varios paños ensangrentados, los puso en una jofaina y se los llevó junto con una lampara de aceite que estaba en el suelo al lado de la cubeta. A la salida de la habitación la mujer intercambió algunas palabras con un hombre joven, quien luego entró, se acercó a la mesa y se sentó en un cojín, a unos tres metros de Goro, dejando una porra a su lado. Miró al prisionero con desprecio.

—Oye tú, te voy a estar vigilando. Nos has dado demasiado que hacer esta noche, así que no abuses de nuestra hospitalidad.

Goro miró al hombre. No supo si había sido uno de sus perseguidores, pero prefirió mantenerse en silencio. Retrocedió su cuerpo algunos centímetros hasta apoyarse contra la pared de madera, y cerró los ojos intentando descansar, mientras sentía como la herida en su cabeza latía. Al cerrar los ojos, la oscuridad le recordó una extraña visión que sintió haber tenido al despertar. Intentó recordar los detalles, pero el recuerdo se desdibujaba como un lejano sueño en su cabeza… ¿Había visto a un… animal de piedra?


§

—Hanako, por última vez, necesito que me digas qué tipo de relación tienes con ese muchacho.

Hiroshi Miyamizu estaba parado de brazos cruzados y con el ceño fruncido mientras miraba a su hija, que estaba arrodillada con la cabeza gacha, en medio de la sala de tatami. La chica solo miraba el suelo sollozando, sin mostrar intenciones de responder. Después de varios segundos de un incómodo silencio, su voz quebrada por las lágrimas sonó lastimera.

—Ya te lo… dije…; nosotros n-nos queremos, quiero estar con Goro.

—¿Y él te ha hecho algo? ¿Te ha deshonrado?

—¡No! Él no me ha hecho nada, eres-eres tú quien tiene esas ideas ¿acaso es lo único que te importa? ¿Solo te importa que deje de ser una mercancía valiosa del santuario?

—¡Tú! ¿Cómo te atreves…? —Hiroshi dio un paso hacia su hija, con su cara enrojecida de cólera, pero tuvo que morderse los labios para controlar su ira. Después de unos segundos, se dio vuelta hacia la puerta de la sala, donde estaba sentada su esposa Kyomi observándolos preocupada.

—No puedo seguir esta charla. Creo que iré a hablar con ese muchacho, a ver si él coopera más que mi propia hija.

—Cariño, creo que debes calmarte, necesitamos entender a Hanako —intervino Kyomi, mirando con tristeza a su hija.

Hiroshi se volvió para mirar a su hija, quien apretaba sus manos contra su pecho, tiritando. Dejó escapar un resoplido de frustración. Miró de nuevo a su esposa, con una mirada cansada.

—Es mejor que tú intentes entenderte con ella, yo necesito salir a tomar aire. Ella no entiende lo que está en juego.

Hiroshi caminó con pasos cansados hasta la puerta hasta llegar al lado de su esposa. Acarició la mejilla de Kyomi, quien tomó la mano de su esposo contra su cara.

—Cariño, recuerda que ella aún no ha sido iniciada. No puede entenderlo aún.

Hiroshi se sintió derrotado. Su esposa tenía razón. Si solo Hanako entendiera…; se volvió por última vez hacia su hija

—Hanako, no puedes dejar esta habitación hasta que yo te lo diga, ¿entendiste? ¬—y se fue.

La chica siguió mirando el suelo, tiritando por una mezcla de miedo por Goro, por ellos, y por la rabia de que su padre no pudiera aceptar su relación con él ¿Por qué tenía que ser ella la que llevara la carga de ser la heredera del clan?

—A veces quisiera dejar este santuario atrás, y realmente poder ser libre… —dijo la chica en voz baja, sin darse cuenta que había verbalizado sus pensamientos.

Kyomi la miró con profunda tristeza. Recordó su propia juventud, y sabía cómo se sentía ella. Era un peso que muchos de sus ancestros habían sentido.

—¿En serio piensas eso? ¿Crees que pertenecer al clan Miyamizu, y ser su heredera es una carga que no puedes soportar?

—Mamá, he vivido toda mi vida en este santuario, y te he visto día tras día servir al templo, y sé que eres feliz haciéndolo. Pero tú tienes a papá, y se quieren. ¿Por qué yo no puedo tener la oportunidad de ser feliz también con la persona que quiero?

Kyomi se acomodó en la silla que la soportaba, puso sus manos por debajo de su vientre, intentando balancear el peso del bebé. Sentía las piernas hinchadas, y quería descansar, pero no podía dejar a su hija sola en un momento de crisis como este.

—Hanako, muchas de las mujeres Miyamizu hemos querido ser felices con alguien que a veces no ha estado a nuestro alcance, o que conocimos en sueños y no pudimos retener; y muchas de nosotras hemos tenido que aceptar ser parte de algo que es más grande que nosotras mismas. Tú eres parte de esa historia, y debes aceptar tu papel en ella.

—Pero el santuario estaría perfecto sin mí. Incluso Kaori disfruta de todo lo que tú haces más que yo.

—No es tan simple, Hanako. Hay cosas que tú no sabes aún…

—¿Qué cosas? ¿Acaso no he aprendido todos los rituales y danzas del Santuario para hacer feliz a papá?

—Está bien y me alegra que sepas esas cosas, pero lo que no sabes es… la razón de porqué todo esto es importante.

Hanako levantó su cabeza y miró extrañada a su madre. Desde su más tierna infancia ella había sido una doncella del santuario, y había aprendido cada ritual, cada oración, cada danza, y cada tipo de diseño de las cuerdas kumihimo que usaban en los rituales y vendían a los fieles, poniendo atención en aprender cada detalle. Desde siempre sintió la presión de ser la hija mayor. La hija modelo. Pero la pregunta de por qué todo eso era importante nunca se le había pasado por su cabeza.

—Acaso… ¿no es porque es la tradición del santuario?

—Sí, eso es verdad. Cada cosa que has aprendido ha sido realizada una y otra vez durante decenas de generaciones. Nuestros antepasados nos han legado esa responsabilidad, pero ¿no crees que hubo un tiempo en el pasado donde no había un Miyamizu para hacer esas cosas? Alguien tuvo que crear cada uno de esos rituales, cada una de esas danzas y cada una de esas cuerdas por una buena razón.

Hanako abrió los ojos sorprendida. Era la primera vez que escuchaba hablar a su madre de esto.

—¿Y tú… sabes cuál es esa razón?

—Es un secreto. Un secreto que solo los iniciados, los herederos del clan Miyamizu pueden recibir. Yo lo recibí, y… tú lo deberías hacer pronto. Porque hay una razón detrás de cada danza y de cada ritual. Cuando servimos a Shitori-no-Kami, hay una razón que se remonta al pasado remoto, a un tiempo cuando el lago de Itomori aún no existía…

—¿Cómo…? ¿Acaso el lago no ha existido siempre, tal como el cielo y las montañas?

—Sé que es difícil de creer y entender, Mi madre me reveló que, hace más de mil años, este era un valle con vegas, sin un lago. La gente vivía aquí, sembraba arroz y vivía feliz, pero servía a otro dios. A un gran y temible dios dragón del cielo. Ya había un templo que adoraba a ese dios. En esa época los primeros Miyamizu llegaron al valle desde lejos. Éramos artesanos, y trabajábamos las cuerdas y los hilos, y honrábamos a Musubi. Con el tiempo, la gente comenzó a conocer de Musubi a través de nosotros, y la gente comenzó a acudir a él; el pueblo comenzó a honrar a Shitori-no-Kami y abandonó el culto al antiguo dios dragón, Ame-no-Kagaseo. Y eso hizo lo hizo enojar.

—Pero entonces ¿los dioses crearon el lago?

Kyomi hizo una mueca de color. Sintió su vientre algo duro, y no encontraba cómo acomodarse en la silla. Después de un par de intentos, logro encontrar una posición más cómoda. Entonces continuó:

—El dios dragón estalló en cólera al ver que la gente de Itomori ya no lo servía. Y decidió destruirnos a todos. Pero entonces Shitori-no-Kami se apiadó de nosotros. Musubi, estábamos unidos a él. Y él se comunicó en sueños con nuestros antepasados Miyamizu y les dio una profecía: cuando el dragón de dos cabezas apareciera en el cielo, todos tenían que alejarse del valle, alejarse de Itomori, porque ese sería el día de la furia del dragón. La familia Miyamizu creyó en Shitori-no-Kami, y cuando vieron aparecer al dios dragón en el cielo, lograron convencer a la mitad de la gente del valle de ir y refugiarse en las montañas.

—¿Los dragones son reales?

—No sé si haya otros dragones, pero Ame-no-Kagaseo es real. Y él es un dios orgulloso y celoso. Que la gente no lo adorara lo enfureció. Envió fuego desde el cielo para castigar a Itomori, y ese fuego destruyo el valle hasta dejar un agujero que se transformó en el lago. Mucha gente murió aquel día.

Hanako estaba boquiabierta. Era primera vez que escuchaba esta historia. Le pareció una fantasía, pero, la seriedad con la que se la contaba su madre no dejaba espacio a dudas.

—¿E-entonces, e-ese otro dios nos odia?

—Sí. El rencor de Ame-no-Kagaseo con Shitori-no-Kami y con la gente de Itomori es eterno. Incluso todos sus seguidores, que estaban honrándolo en el valle, sucumbieron. Si nos salvamos ese día fue gracias a la ayuda de Musubi. Por eso los Miyamizu hicimos un pacto con Shitori-no-Kami, y nos consagramos a servirlo para siempre, como precio por su protección. Y entonces Musubi reveló en sueños a nuestros antepasados rituales y danzas secretos que permitieron sellar a Ame-no-Kagaseo en el cielo, para que no pudiera volver a causar daños a los hombres en la tierra.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

—Es lo estoy haciendo ahora. Hanako, eres la heredera del clan, y debes comenzar a saberlo. Tienes que entender que desde hace más de mil años los sobrevivientes de Itomori se unieron al clan Miyamizu para cumplir nuestro pacto. Por eso construyeron este santuario y hemos mantenido el culto a Shitori-no-Kami desde entonces. Todo esto es para recordar cosas que hemos transmitido de madres a hijas por generaciones. Ya nadie en Itomori recuerda todo esto, solo nosotros. Y tú la debes trasmitir este conocimiento a tus hijos o hijas que hereden esta responsabilidad del clan.

—¿Ese es el secreto?

—Sí… pero aún te falta para ser iniciada, hay muchas cosas que debes aprender que nunca has escuchado. ¿Recuerdas que tu tío tiene una llave siempre en su cuello? Hay documentos antiguos que hemos mantenido guardados, que cuentan esta historia, y enseñan esos rituales secretos. Ahora que ya casi eres adulta, estás a un paso de poder recibir esa herencia.

—¡Pero yo no quiero esta responsabilidad! ¿Por qué tenemos que estar atadas a este santuario por algo que ocurrió… hace más de mil años?

Kyomi suspiró; ya había hablado más de la cuenta, más de lo que nunca su madre le había contado a ella antes de ser iniciada en los secretos del clan. Pero sintió que no podía retener a su hija a menos que ella entendiera su papel. Miró a su hija con seriedad, y marcó cada una de sus palabras con la solemnidad del peso de su secreto.

—Te puedo contar algo y espero que con esto entiendas por qué tú eres parte de esta historia. Shitori-no-Kami nos legó otra profecía. Una que dice que Ame-no-Kagaseo volverá a visitar Itomori en el futuro, y a menos que el clan Miyamizu esté ahí para hacer los rituales de protección que Shitori-no-Kami nos legó, el dios dragón cumplirá su promesa y lo destruirá todo y a todos.

Hanako de pronto comenzó a sentir una opresión sobre sus hombros que no conocía. El peso de ser la heredera del clan era agobiante, tener que cargar la responsabilidad del clan era algo que no quería. Pero esto que estaba escuchando era algo inesperado. Ahora ¿ella cargaba con la responsabilidad de la vida de todos en Itomori?

—¿Estamos condenados a estar atados a este santuario?

—Ese es el pacto que nuestros ancestros hicieron con Shitori-no-Kami con tal de obtener su bendición y su protección, Hanako. Nuestra sangre está bendecida por Shitori-no-Kami.

Kyomi puso sus manos alrededor de su vientre, cada vez más duro. Intentó masajearlo con sus manos a los costados, pensando en el bebé que estaba dentro de ella. Sonrió por un instante al pensar en él, pero luego una sombra cruzó su mente.

—Hace muchas generaciones el clan Miyamizu era más numeroso y más poderoso; ahora cada día somos menos, nuestro santuario pierde poder e influencia, y si esto continua, desapareceremos. Por eso tu padre está buscando que puedas casarte con alguien poderoso que pueda fortalecer al clan, y así podamos nuevamente crecer, sobrevivir, y traspasar este conocimiento a las nuevas generaciones del clan Miyamizu. Si tú abandonas al clan, y el clan se debilita y muere, todo el esfuerzo de más de mil años habrá sido en vano, y condenarás a Itomori a su muerte en manos del dios dragón ¿Estás dispuesta a llevar esa carga?

De pronto en la mente de Hanako muchas de las danzas que hacía con ese sonajero con forma de dragón parecieron cobrar un sentido que desconocía. Y el kushikami sake que preparaban y ofrecían a Musubi ¿No era un simple ritual? ¿Era un pacto con su dios? Se sintió mal. Saber ahora esto la hacía sentir al mismo tiempo agobiada y culpable. Su felicidad con Goro estaba en el camino de un pacto del que nunca había sabido, y del que ahora era heredera inevitable ¿Por qué los dioses tenían que ser tan crueles con ella?

—Pero… pero… ¿no hay forma de que yo, y… Goro, podamos… podamos ser familia, y que sea él quien haga crecer a nuestro clan?

—No lo sé, hija. Tu padre y yo hemos estado buscando lo mejor para ti y para el clan, y esto que has hecho, y lo que descubrimos esta noche, ha trastocado todos los planes. Y tú sabes que tu padre es terco, y no dará su brazo a torcer con facilidad.

—Pero… si él… accediera ¿podríamos, nosotros…?

—Ese chico es el hijo de un artesano ¿verdad?

—Sí, de los zapateros Mayugorô.

Una sombra de miedo cruzó la cara de Kyomi cuando escuchó ese nombre. Pero ella no quería distraerse por sus propias aprehensiones. Ella quería hacer que su hija pudiera comprender.

—¿Y sus padres permitirán que él abandone para siempre a su familia, que abandone su tradición, que lo abandone todo, y que se transforme en un Miyamizu? ¿Estaría él dispuesto a hacerlo por ti? Nuestro clan necesita hombres y mujeres dedicados a servir al santuario, de por vida ¿Está él dispuesto a tomar ese camino?

Hanako abrió la boca para responder, pero dudó. Una vez Goro y ella habían hablado de cómo sería escapar juntos, alejarse de Itomori e irse a Kyoto, y rehacer su vida allá. Era como un juego y un sueño, pero no una realidad. Si ahora ella le pidiera eso a Goro, quedarse en Itomori para siempre, pero como un Miyamizu…; quiso creer que él diría que sí, pero algo en ella sabía que la respuesta no era simple.

—Yo… yo, no lo sé.

—Ya veo. Si tú crees que lo amas, y crees que él te ama, esa sería la prueba de que su amor por ti es real. Suponiendo que tu padre estuviera de acuerdo, claro. Recuerda que ya enviamos cartas al Daimyo para afianzar tu compromiso con un nieto principal de la familia Matsudaira. Eso no será simple de resolver, aún si tu padre acepta lo que dices.

Hanako miró sus manos, y se dio cuenta que estaba temblando de nuevo. Sintió miedo, un miedo desconocido y visceral por el futuro. Sintió que no tenía ningún control sobre su vida, y que su destino estaba en manos ajenas.

—Mamá… ¿me… ayudarás? ¿Me ayudarías a… ser feliz?

—Eso quiero, hija, pero yo…

Kyomi sintió como el aire de sus pulmones se congeló cuando su vientre se endureció de golpe, al punto de hacerla jadear. No pudo mantenerse sentada más tiempo, y decidió caminar un poco. Se puso de pie con cuidado y dio un par de pasos hacia su hija, cuando sintió que un líquido tibio comenzaba a correr por sus muslos. Miró asustada hacia abajo, y vio como una posa de agua comenzaba a formarse alrededor de sus pies, sin saber cómo reaccionar.

Hanako observó a su madre frente a ella, observando como palidecía al mirar el suelo. Siguió su mirada y cuando vio el charco de agua que se formaba en torno a su madre no entendió qué ocurría. Pensó que se estaba orinando, pero ¿por qué?

—¿Mamá? ¿Te sientes bien? ¿Qué te pasa?

Kyomi de pronto volvió a sus sentidos, al tiempo que una contracción más fuerte que todas las anteriores le hizo chillar de la sorpresa.

—Hanako, busca a Narumi-san. Dile que el bebé viene, que rompí aguas.

—¿Qué? ¿El bebé?

—¡Hanako! ¡Por favor! ¡Llámala ahora!


§

Después del incidente, Keitaro Miyamizu fue al salón de documentos del santuario. Aunque parecía que el rufián no era un verdadero ladrón, la sola idea de estar equivocado y que ese muchacho o alguien más hubiera irrumpido en los archivos y robado algo le revolvía el estómago.

Revisó los libros de oraciones y algunos de historia que eran los más usados y que solían estar más al alcance de la mano, y después de un par de minutos vio que nada faltaba o estaba fuera de lugar. Pero Keitaro sabía que esos no eran los documentos más valiosos ni los más importantes.

Se encaminó a la sala trasera, mucho más pequeña que la anterior, que contaba con una mesa de escritura, y un baúl con cerradura de metal que estaba apoyado contra la pared.

Revisó el baúl y se veía intacto. Con algo de nerviosismo sacó una pequeña llave anudada alrededor de su cuello. Operó la cerradura que cedió con un pequeño clic, y abrió el baúl. Acercó la lampara que había dejado sobre la mesa, e inspeccionó con la otra mano una serie de libros y documentos que estaban cuidadosamente ordenados en el pequeño espacio. Con alivio pudo comprobar que estaba todo en orden.

Volvió a cerrar con llave el baúl, e iba saliendo de la sala cuando se encontró con Hiroshi, que iba entrando al salón de documentos.

—Sabía que te iba a encontrar acá.

—No es ninguna sorpresa que este sea el lugar donde siempre estoy, hermano —respondió Keitaro con una sonrisa algo cansada.

—Bueno, como maestro de oraciones y curador de la biblioteca del santuario, sin duda que le has dedicado mucho tiempo a este lugar.

Hiroshi tomó uno de los libros que estaban cerca de él. Era uno de oraciones. Después de dar un vistazo a algunas páginas, dejó el libro de vuelta donde lo había tomado.

—Pero es claro que no vengo a hablar contigo de libros ¿Qué piensas de lo que pasó recién?

Keitaro miró alrededor, y vio un par de cojines que estaban cerca de la mesa. Se los indicó a su hermano mientras se encaminaba a ellos y se sentó pesadamente. Espero a que Hiroshi también se sentara.

—Creo que tienes un gran problema. Sé que Hana-chan ha estado actuando muy rebelde el último tiempo, pero no esperaba que estuviera buscando un romance con alguien de fuera del santuario, y menos sin tu consentimiento.

—Desde hace rato que ella me había estado desafiando, pero no sabía que lo estuviera llevando tan lejos. Y ahora no es solo mi problema, sino de todo el santuario.

—¿Lo dices por el compromiso?

—¿Y por qué más lo sería? —Hiroshi se llevó las manos a la sien. Quería descansar, y la noche aún no terminaba de darle preocupaciones—. Si esto se llega a saber fuera del santuario, el compromiso de Hanako puede arruinarse. Y con ello también nuestras esperanzas de que el clan Miyamizu pueda volver a ser un clan fuerte como antes.

—Cuando tú pediste la mano de Kyomi lo hiciste pensando en la conveniencia del santuario y del clan ¿o no?

Hiroshi miró a Keitaro algo disgustado. Sintió que no le gustaba la dirección que la conversación estaba tomando.

—No es lo mismo. Además, en ese entonces yo no entendía bien que significaba estar a cargo del santuario.

—Y qué edad tenías ¿veinte?

—Veintiuno.

—Y si mi padre no te hubiera dado su bendición, dime: si él hubiera considerado que tú no eras lo mejor para el santuario y para mi hermana ¿lo hubieras aceptado, así como así?

—Espera, ¿a qué quieres llegar?

Keitaro se quedó un rato en silencio, pensando sus próximas palabras.

—¿Crees que Hana-chan va a aceptar, así como así, lo que quieres hacer? Es tu hija, ¿lo recuerdas?

—No, no la compares conmigo. Mi situación y la de ella son totalmente diferentes. Yo tenía la preparación y los lazos para ser quien soy ahora, y tenía todas las habilidades para tomar este papel en favor del clan. En cambio, ese muchacho que atrapamos recién ¿quién es? Es un hijo de artesano que probablemente no sabe leer ni siquiera su nombre ¿Crees que alguien como él podría ser un digno sucesor, alguien digno de estar con la heredera del clan?

—Eso lo tengo que conceder. Si ese chico tiene alguna oportunidad, la tiene bastante difícil. Pero ¿sabes por qué recordé todo esto?

—La verdad, eso me lo estoy preguntando hace rato.

—Musubi.

Hiroshi palideció al escuchar ese nombre. Quedó mirando a Keitaro, sin saber qué decir. Al final Keitaro rompió el silencio.

—Lo que está pasando hoy me parece demasiado raro y sorprendente. Y que la heredera del clan haya tomado esas decisiones sin que nos hayamos dado cuenta puede ser un gran error de ella, pero ¿acaso no servimos a Musubi, al dios de los lazos? ¿Y qué lazo podría ser más fuerte que el que tu hija está mostrando en este instante por ese muchacho? Tal vez esto es algo que Shitori-no-Kami nos puso en el camino, por alguna razón que en este instante no podemos comprender.

Hiroshi solo pudo suspirar. Las palabras de Keitaro le hicieron estar aún más preocupado.

—Si esto es algo que es la voluntad de Shitori-no-Kami, no podremos hacer nada al respecto. Pero ¿cómo podemos saber si lo es? ¿Y si nos equivocamos? Tengo miedo, Keitaro. Hay demasiado en juego, nuestro futuro está en juego, y esto me tiene descompuesto…

Hiroshi se puso lentamente de pie e hizo un gesto a Keitaro para seguirlo.

—Narumi-san me dijo que el chico despertó. Acompáñame por favor, necesito hablar con él.

—Interrogarlo, querrás decir.

—Lo que sea necesario. El futuro de mi hija y del clan está en juego. Vamos.

Keitaro se puso de pie y comenzó a apagar las lámparas de aceite del salón. Hiroshi le ayudó con algunas, hasta que terminaron y salieron del salón, encaminándose a las bodegas que estaban en la parte trasera del santuario.

La noche ya había avanzado y el aire era muy frio, así que ambos hombres caminaron en silencio hacia la bodega. Al doblar la esquina del edificio vieron una lámpara asomando en las escaleras del santuario, y dos figuras detrás de ellas que caminaron hacia ellos, hasta reunírseles.

—Hiroshi-sama, estamos de vuelta.

—Oh, justo a tiempo ¿Qué paso con la familia Mayugorô, Jiro?

—Pudimos encontrar al padre del intruso y hablar con él. Le explicamos que lo sorprendimos merodeando el santuario y que se dio a la fuga cuando lo detectamos, por lo que lo capturamos pensando que era un delincuente.

—¿Le dijeron que estaba herido?

—Sí, se lo dijimos. Pero creo que estaba tan molesto con el chico que no le prestó atención a eso.

Hiroshi y Keitaro intercambiaron miradas de extrañeza. Hiroshi se quedó pensando en lo que eso significaba, pero Keitaro simplemente quiso saberlo de sus hombres.

—Y entonces, ¿qué les dijo?

—Dijo que el muchacho estaba deshonrando a su familia con lo que estaba haciendo. Que ese no era el hijo que él había criado.

—¿Y qué hacemos entonces con él? —dijo Keitaro, mirando a Hiroshi.

—Lo que ya habíamos dicho. Jiro, ¿le dijeron que yo se lo llevaré personalmente ante él, mañana?

—Sí. Dijo que los esperará. Se veía muy avergonzado.

—Ya veo. Creo que esto son malas noticias para el muchacho, pero no le diremos nada al respecto. Que él se entienda con su familia mañana. Jiro, ¿les dijo algo más?

—No. Nos pidió disculpas en nombre de su familia, y nos despidió. Otro de los hijos estaba presente, uno mayor que ese chico, pero parece que se mordió la lengua. Lo vi ofuscado, pero no sé si con lo que hizo su hermano, o con lo que dijo su padre. Pero no dijo nada.

—Entiendo…

—Kaisho, hay algo más —dijo el segundo emisario.

—¿Sí?

—Cuando salimos de su casa y veníamos de vuelta, nos alcanzó la madre del chico. Estaba muy afectada y llorando. También nos pidió perdón, y nos preguntó por el estado del chico. Le dijimos que estaba vivo, que tenía una herida en la cabeza, pero que lo trataríamos. Supongo que sigue vivo ¿verdad?

—Sí, está vivo, en custodia. Tu madre ya lo curó.

—¡Qué alivio…!

—¿Por qué?

—Es que… yo fui el que lo golpeó en la cabeza. Me sentí mal frente a su madre, Kaisho. No quiero ser un asesino.

—No lo eres, Masaru. Estabas haciendo tu trabajo defendiendo al santuario, y a tus hermanos cuando lo estaban capturando. Si no lo hubieras hecho tú, en el fragor de la pelea ese mismo chico te podría haber herido a ti o a tus hermanos, y tal vez estaríamos lamentando algo distinto.

—Sí, es verdad. Gracias, Kaisho, mañana haré una ofrenda a Musubi por la recuperación de ese chico.

—Está bien. Vayan a su casa ahora.

El grupo se disgregó. El sumo sacerdote y su segundo al mando continuaron caminando hacia la bodega. Cuando llegaron, abrieron la puerta y sobresaltaron al guardia, que estaba cabeceando sentado a la pequeña mesa central de la habitación. Al fondo, contra el muro y sentado en un futón, vieron al prisionero acostado de lado, con manos y pies atados.

—Koishi, ¿todo en orden? —inquirió Hiroshi con firmeza en la voz.

—Oh, perdón, sumo sacerdote, todo ha estado demasiado tranquilo aquí. Todo en orden —el guardia se giró hacia el prisionero haciendo un gesto despectivo—. El prisionero se durmió hace un rato.

—Gracias, Koishi. Por favor déjanos a solas con él por un rato.

—De inmediato, Kaisho.

—Ve a buscar algo de abrigo si te quedas afuera, está muy helado, aunque mejor ve a hablar con Koba-san, tal vez deban hacer relevos esta noche —recomendó Keitaro, con un gesto de la cabeza indicando hacia afuera de la habitación.

—Tiene razón, Keitaro-sama, iré de inmediato. Sumo sacerdote, con su permiso.

El guardia hizo un rápido gesto de cabeza y salió de la habitación.

La conversación había despertado a Goro. Al ver a los dos hombres a la entrada, intentó incorporarse con rapidez, pero una fuerte punzada de dolor en la cabeza lo hizo quejarse y frenar su movimiento. Luego de un par de segundos logró terminar de sentarse, al tiempo que los dos recién llegados lo rodearon, sentándose frente a él a un metro y medio de distancia.

—Soy Hiroshi Miyamizu, sumo sacerdote del Santuario Miyamizu, y él es Keitaro Miyamizu, jefe de oraciones y encargado de la biblioteca del santuario. Necesitamos respuestas y necesito que seas absolutamente honesto con nosotros. Para comenzar, dinos quién eres, porqué viniste al santuario y porqué te comportaste esta noche como un delincuente.

Goro miró a ambos hombres y se sonrojó de vergüenza. Sabía que el sumo sacerdote era el padre de Hanako, y aunque sabía que llegaría el día que tendría que tener una conversación con él, las circunstancias en que se estaba dando, con él atado como un delincuente hirieron su orgullo ya maltrecho.

—Yo… mi nombre es Goro Mayugorô. Soy el quinto hijo de Yamazaki Mayugorô. Somos artesanos y fabricamos zapatos para todo Itomori.

Goro sintió su boca y garganta repentinamente muy seca, y sintió ganas de toser. No pudo aguantar el impulso, y lo terminó haciendo, lo que le trajo un tremendo dolor en la parte de atrás de la cabeza.

Keitaro miró alrededor y vio un cuenco cerca del futón, y un cubo con agua. Se puso de pie, sacó agua del del cubo y se lo ofreció a Goro, quien respondió con un avergonzado "gracias", bebiendo con un poco de ansiedad.

—Bien, ya sabemos quién eres. Pero ¿Por qué viniste de noche al templo, y porqué escapaste de los celadores como un delincuente? —continuó Hiroshi.

Goro miró a ambos hombres a los ojos por un segundo, y luego no pudo mantener su mirada. Se miró las rodillas y se quedó en silencio.

—Muchacho, más te vale que nos respondas.

Después de unos segundos de vacilación, la voz de Goro salió ahogada. Quería proteger a Hanako a toda costa, aún si él tenía que pagar un alto precio por ello.

—Yo… no puedo responder a eso.

Hiroshi suspiró. Imaginaba que el chico no iba a cooperar, pero se sentía cansado. Se puso de pie y comenzó a pasearse por la habitación, pensando en cómo lograr que el chico dijera toda la verdad. Cuando habló, lo hizo sin dejar de pasearse frente a Goro.

—Lo que sucedió esta noche en el santuario es grave. Hubo una doncella Miko del santuario que estuvo desaparecida largo rato. De hecho, los celadores estaban activos buscándola por todo el santuario y los alrededores. Y entonces fuiste descubierto y atrapado. Temo que esa doncella haya podido ser deshonrada. ¿Sabes qué le ocurrirá a esa chica si ese es el caso?

Goro abrió los ojos inconscientemente. ¿De qué estaba hablando el padre de Hanako? Él no había hecho nada que la deshonrara, pero él desconocía las leyes y costumbres del santuario. La idea de que pudieran castigar severamente a su amada le hizo hervir la sangre. Intentó calmarse, pero sintió como su corazón de disparó, y con cada latido sintió como si la cabeza fuera a reventar, pero su temor era tan grande que el dolor pasó a segundo plano.

—Yo… yo no lo sé, pero… pero… yo no le hecho nada a nadie, l-la chica no merece ningún castigo, ella no ha hecho nada malo ¡Tienen que creerme!

—¿Y tú como sabes eso? —inquirió Keitaro, quien miró de reojo a Hiroshi, quién le devolvió un guiño de que siguiera el juego—. Una doncella mancillada ya no sirve para el santuario, es una ofensa a los dioses, así que debería ser sacrificada para aplacarlos lo antes posible, para evitar que una maldición caiga sobre nosotros.

Por un segundo Goro pudo visualizar la escena de Hanako siendo asesinada por estos sacerdotes, y la escena en su mente derrumbó toda la compostura y el disimulo que había intentaba mantener.

—¡No! No le hagan nada a Hanako, ella es inocente ¡se los juro! Si tienen que castigar a alguien, háganlo conmigo, pero déjenla fuera a ella, ¡por favor! ¡Por favor! ¡Por favor…!

Goro simplemente no pudo seguir, comenzó a sollozar sin poder controlarse. Cayó sobre sus manos y puso su cabeza en el suelo, postrándose, apenas siendo de musitar "por favor" entre sollozos.

Hiroshi se sintió culpable de manipular al muchacho de forma algo sucia, pero necesitaban quebrarlo para que cooperara con ellos. Se acercó al chico y se puso en cuclillas frente a él, hablándole con calma.

—Así que conoces a mi hija Hanako. Si es que ella realmente te importa, entonces vas a responder todo lo que te preguntemos, o de lo contrario, tus mentiras recaerán sobre ella. ¿De dónde la conoces y qué relación tienes con ella?

Goro se sentía destrozado. Todo su intento por proteger a Hanako había fracasado, y ahora todas sus defensas mentales estaba hechas añicos. Siguió sollozando mientras se incorporó, pero sin mirar a Hiroshi a la cara.

—Y-yo… nosotros, nos conocimos hace dos años; nos comenzamos a ver en la fuente, los días de mercado.

—¿Qué relación tienes con mi hija?

Goro sintió esa pregunta como la última estocada. Ya no tenía como ocultarlo. Cerró los ojos unos segundos, para intentar buscar una fortaleza que casi ya no tenía, y luego luchando contra su temor levantó la vista y miró a Hiroshi.

—Yo amo a su hija. Y ella también me ama, nos amamos y queremos estar juntos…

Hiroshi, aunque ya sabía la respuesta, no pudo evitar que un impulso de ira recorriera su pecho al escuchar a Goro. Su hija le había ocultado esta relación todo este tiempo, por años, poniendo en peligro la continuidad y el bienestar del clan. Y este muchacho le acaba de confesar un amor que para Hiroshi era un error. Un error que arruinaba los planes por los que había luchado por años. Sintió ganas de abofetearlo. Para contenerse, se puso de pie y comenzó a caminar frente al chico, intentando serenarse.

Keitaro vio la cara desfigurada de Hiroshi, y decidió tomar el control de la conversación mientras él se calmaba.

—¿Te das cuenta de que estás hablando de la hija del sumo sacerdote? Ella es la heredera del clan Miyamizu, y está destinada a ser la cabeza del clan, y de contraer matrimonio con alguien que sea capaz de ser un líder y sumo sacerdote del santuario. No puede ser cualquiera, tiene que ser alguien capaz y preparado. ¿Crees que tú puedes ocupar ese lugar? ¿Siquiera sabes leer y escribir?

—¿Usted cree que no lo sé? —respondió Goro con amargura—. Nosotros hemos hablado de eso muchas veces. Y ella me dijo que ustedes me menospreciarían por ser el hijo de un artesano, y no alguien con dinero o poder ¡Y ustedes ni siquiera me conocen!

—No, no te conocemos —continuó Keitaro—. Y por eso te lo vuelvo a preguntar. ¿Crees que podrías ser alguien digno de ser el esposo de Hanako Miyamizu, heredera del clan Miyamizu? No basta que la ames, no basta que seas un buen artesano o que puedas darle una buena vida. El esposo de Hanako tendrá que ser un Miyamizu, alguien que dedique su vida a ella y a este santuario, no puede ser alguien que siga con una vida normal trabajando la tierra o con sus manos en cualquier otra cosa ¿Eres un hombre capaz de abandonarlo todo por ella, a tu familia y a tu profesión, con tal de dedicar tu vida a servir a Musubi y a su santuario?

Goro sintió como el padre de Hanako se detuvo frente a él. Sin mirarlo, sintió como la mirada del padre de Hanako lo perforaba. Miró sus manos, aún atadas, pensando lo que el otro sacerdote le había preguntado. ¿Estaba él dispuesto a abandonarlo todo, y dar la espalda a su familia, por Hanako?

Pensó en ella. Pensó como hacía unas semanas habían fantaseado con irse de Itomori, dejando todo atrás, escapando juntos a Kyoto, comenzando una vida juntos lejos de las obligaciones de sus familias. Sí, él estaba dispuesto a dejarlo todo atrás. Pero sabía que Hanako odiaba sentirse una esclava del santuario y de su familia, y sabía que ella lo que más anhelaba era liberarse de las ataduras de la tradición de su familia. Si respondía que no, era perderla para siempre, pero si respondía que sí ¿no era acaso traicionarla, venderla con tal de comprar una felicidad juntos en una vida que ella no quería? Sintió que el pecho le dolía.

—Yo estaba… No, yo estoy dispuesto a todo por ella. Podría dejar a mi familia, mi nombre y mi orgullo por ella. Pero no sé si ella quiera eso, si eso significa quedarse en Itomori y en este lugar…

—Eso es algo que el clan Miyamizu debe resolver, no tú—respondió con voz ronca Hiroshi—. Yo…

El ruido de pasos acercándose a la carrera hacia la bodega lo interrumpió. Los gritos de una mujer llamando "Kaisho, kaisho" en forma nerviosa lo pusieron en alarma. Hiroshi miró un segundo a Keitaro, y luego se abalanzó a la puerta, abriéndola con violencia y asomándose. Alcanzó a ver a una de las doncellas corriendo hacia él con cara de alivio al encontrarlo.

—Su-sumo sacerdote, su esposa…

—¿Qué ocurre? ¿Qué le pasa a Kyomi? —respondió Hiroshi poniéndose pálido. Sintió como su boca del estómago se apretaba.

—¡Es el bebé, ella rompió aguas, pero algo anda mal! ¡Narumi-san me pidió que lo buscara y lo lleve con ella de inmediato!