Temprano por la mañana, Sayuri Mayugorô revisó por última vez el paquete de tela que contenía la muda de ropa y la caja bento con las bolas de arroz onigiri que llevaría a su hijo Goro. Lo cerró con un nudo, y se quedó mirándolo mientras pensaba sus siguientes pasos.

Se sentía cansada. La angustia le había impedido dormir la noche anterior, así que en cuanto su esposo fue al taller de zapatería, temprano por la mañana, ella terminó lo más rápido que pudo sus tareas matutinas y preparó las cosas para salir en secreto.

¿Qué estaba pasando con Goro? ¿Por qué tenían que estar pasando estos apuros en un lugar tan remoto y perdido entre las montañas? Esas preguntas punzaban en la mente de Sayuri sin pausa. Tomó el paquete y se puso de pie, abrazándolo, como si fuera un niño pequeño, y cerró los ojos, aferrándose a él. A su mente vinieron imágenes de su niñez en Edo, en aquella época cuando su vida era feliz y simple. Una punzada adicional de dolor y melancolía le cruzó el pecho.

Cuando conoció a su esposo y se casó, ella siempre soñó con enseñar a sus hijos a leer y escribir. Pero sus sueños fueron truncados con sus hijos mayores. Nunca pudo darles esa enseñanza. Su primer hijo estaba en pañales cuando tuvieron que luchar para sobrevivir a la tragedia del gran incendio de Edo de la era Meiwa, que obligó a su naciente familia a abandonar la ciudad para nunca volver. Estuvieron así varios años cambiando de una ciudad a otra sin encontrar un lugar donde sentar cabeza, hasta que su esposo encontró un trabajo de artesano en la ciudad de Minamisoma, al norte de Edo. Y cuando parecía que las cosas iban a mejorar, apenas si lograron sobrevivir a la gran hambruna de Tenmei. La familia logró sobrevivir esta vez escapando hacia el sur, donde finalmente encontraron cobijo en la zona de Hida, al llegar al remoto pueblo de Itomori. Era un pueblo perdido entre las montañas, pero que les había dado algo de prosperidad y tranquilidad a la familia. Recién ahí ella pudo dedicar tiempo a educar a sus hijos, en especial a Goro, el menor de sus hijos varones.

Sayuri soñaba con que Goro fuera un hombre cabal e instruido, como lo eran los miembros de su familia paterna en Edo. Y hasta el día de hoy su hijo había respondido a sus esfuerzos y expectativas. Hasta la noche anterior, cuando le informaron que su hijo había sido atrapado como un delincuente.

Para coronar sus angustias, la respuesta de su esposo la dejó aún más preocupada.

Ella había criado a Goro en forma distinta a sus hermanos mayores. Que el muchacho supiera leer y escribir hizo que sus hermanos se resintieran y lo consideraran un engreído. Además, Goro no había desarrollado una actitud favorable por el trabajo manual de la familia, lo que hacía que tuviera permanentes choques con su padre. Y ahora este incidente parecía ser la gota que había rebalsado el vaso.

Cuando los dos sirvientes del santuario Miyamizu se presentaron la noche anterior para hablar con su esposo, diciéndoles que habían capturado a Goro como un delincuente, la frustración y el desprecio que escuchó en la voz de su esposo por Goro le hizo temblar. ¿Lo desheredaría? ¿Yamazaki iba a expulsarlo de la familia?

Pero había una interrogante que le dolía en su corazón más que cualquier otra cosa: ¿Cuál era la razón por la que el hijo que ella adoraba estaba haciendo todo eso? ¿Es que se había vuelto loco? ¿En qué se había equivocado ella como madre para que su hijo se transformara de la noche a la mañana en un rufián?

Abrió los ojos, y se secó las lágrimas que se dio cuenta caían por sus mejillas. Respirando profundo, se limpió la cara con un pañuelo, se recompuso su cabello y se preparó para salir sigilosamente de la casa.

Cuando se asomó fuera de la puerta quedó cegada por el brillo del exterior. La mañana era luminosa, pero muchas nubes grises cubrían casi todo el cielo. Sus ojos se adaptaron justo cuando vio a Sumi, su hija menor, acercándose en forma furtiva y mirando en todas direcciones mientras llegaba al lado de ella.

—Padre está en el taller. Le dije todo lo que me dijiste, mamá: que vamos al mercado y que teníamos que hacer muchas compras. Ah, y que nos íbamos a demorar.

—Sabía que podías hacerlo —dijo Sayuri sin poder ocultar el orgullo en su voz por su hija más pequeña—. ¿Sospechó algo?

—No creo, pero se veía más malhumorado de lo normal.

—Toma, lleva el paquete y sale por detrás de la casa sin que te vea tu padre o tu hermano. Yo voy a salir por el frente. Espérame en el camino donde ya no se ve la casa.

—Sí, mamá.

Sumi tomó el pequeño fardo, y dando una última mirada a su alrededor, caminó de bajada hacia el lago hasta el fondo del terreno, dando la vuelta detrás de los baños, donde había una huella que subía por entre los árboles por detrás del grupo de casas de la familia, hasta llegar al camino.

Sayuri siguió a su hija con la mirada hasta que desapareció detrás del baño. «Se está transformando en una bella mujer» pensó Sayuri. Con apenas 15 años, Sumi se estaba acercando rápidamente a la edad en que podría estar lista para el matrimonio ¿La había criado bien? ¿O cómo Goro, ella podría estar al borde de una tragedia?

Sayuri sacudió la cabeza intentando quitarse esos pensamientos negativos que la atosigaban una y otra vez. No, no podía dejarse arrastrar por la especulación. Iría a rogar a los sirvientes del santuario que le dejaran ver a su hijo, y entonces ella hablaría con él. Sabía que su hijo no era un delincuente. Su corazón de madre le decía que eso no podía ser cierto.


§

El amanecer había llegado al santuario Miyamizu en un estado de falsa tranquilidad. Los sirvientes varones del santuario realizaban sus labores habituales: algunos atendían a los pocos fieles que visitaban temprano el santuario, otros limpiaban los patios. Solo un par de sacerdotisas Miko jóvenes estaban a la vista.

A esa misma hora, la mayoría de las mujeres del santuario estaban frenéticamente activas en la residencia del sumo sacerdote Hiroshi Miyamizu, fuera de la vista de los visitantes, ayudando a Kyomi Miyamizu, quién estaba luchando por dar a luz.

Hiroshi había estado toda la noche sin dormir junto a su esposa. La señora Narumi y el resto de mujeres del santuario habían estado también toda la noche en vela asistiendo el parto. Pero a pesar de todos los esfuerzos, el bebé no lograba nacer.

En un momento donde los dolores y contracciones de Kyomi tuvieron una pausa, la señora Narumi tomó del brazo a Hiroshi y lo llevó con ella fuera de la habitación, para hablar con él sin que Kyomi los escuchara.

—Kaisho, creo que las cosas están cada vez peor —indicó la señora Narumi en forma reservada, sin poder ocultar la preocupación en su voz.

—¿Qué es lo que ocurre ahora?

—El bebé se niega a girar y así no puede bajar. Lo malo es que, si no nace pronto, el bebé y la señora Kyomi están en peligro.

—Ellos podrían…

—Ella puede morir. Y con ella, también el bebé.

Hiroshi apretó los puños y sintió como un gruñido de impotencia subía por su garganta, y apenas lo pudo detener.

—Por favor, ayude y salve a Kyomi y al bebé. Se lo ruego, Narumi-san.

—Yo y las muchachas estamos haciendo todo lo que podemos. Pero el estado de su esposa está empeorando. Las próximas horas decidirán todo.

Hiroshi, se volvió un segundo, mirando a los edificios del santuario. El pabellón de oración estaba al fondo de su vista.

Un fuerte gemido desde dentro de la habitación interrumpió sus pensamientos, pero afianzaron la idea que nacía en su mente. Le dolía alejarse de su esposa en este instante, pero como hombre no podía hacer nada más aquí. Sin embargo, él era el sumo sacerdote del santuario Miyamizu, y había cosas que solo él en esa posición podía hacer.

—Narumi-san, iré al pabellón de oración. Haré una ceremonia de recuperación para Kyomi. Por favor, avise que nadie me interrumpa por ninguna razón, excepto si es que hay novedades con ella.

—Así lo hare, Hiroshi-sama.

Hiroshi salió de su residencia y se encaminó primero al pabellón de la biblioteca, donde encontró a Keitaro. Se lo llevó de inmediato al pabellón de oración, donde juntos comenzaron la ceremonia de sanación por su esposa, a puerta cerrada.

El corazón de Hiroshi estaba puesto en una sola cosa: sabía que solo los dioses pueden cambiar la realidad, y Musubi era el protector de los Miyamizu. Ellos tenían un pacto con Shitori-no-Kami, y su Dios no los podía abandonarlos en este instante. No ahora.


§

Sayuri y Sumi subieron con temor las escaleras del santuario Miyamizu, con incertidumbre de cómo serían recibidas. Cuando llegaron a la explanada principal del santuario, vieron a pocas personas que deambulaban, desperdigadas entre los edificios. Era aún muy temprano por la mañana.

Sin saber con quién hablar, Sayuri tomó la mano de su hija y se acercó a un anciano que vestía el atuendo de los sirvientes del santuario. El hombre vigilaba con un rostro apacible el devenir de la gente, con sus manos atrás, como una estatua viva. Cuando las mujeres ya estaban a unos pocos metros de él, el anciano les sonrió en forma amistosa.

—Buenos días, señora y señorita ¿Es su primera visita al santuario?

—Buenos días. Soy Mayugorô Sayuri. Soy la madre de Mayugorô Goro. Unos sirvientes del santuario visitaron mi casa anoche y me dijeron que ustedes lo tienen aquí ¡Le ruego que por favor me deje verlo!

Sayuri y Sumi hicieron una profunda reverencia, y se quedaron inclinadas ante el anciano.

El anciano abrió los ojos con sorpresa ante lo inesperado de la situación.

—Vaya, vaya. Mi nombre es Ishida Koba, soy el encargado del santuario, pero me temo que ustedes vienen en un mal momento, Sayuri-san. Yo no puedo autorizarlas para ver al muchacho…

Las mujeres se incorporaron y miraron compungidas al anciano.

—Pero… entonces, por favor llévenos ante el sumo sacerdote…

—Él tampoco puede atenderlas en este instante —la interrumpió el señor Koba, moviendo la mano con vehemencia—. Él está en una ceremonia que no se puede detener y tengo órdenes de no interrumpirlo por nada.

—Pero… ¿con quién podemos hablar? ¿Está la esposa de sumo sacerdote? Ella es madre como yo ¿verdad? Ella sabrá lo que una madre tiene que hacer por un hijo. ¡Por favor déjeme hablar al menos con ella! Ishida-san, ¡por favor!

La mujer y su hija volvieron a inclinarse ante el anciano, y se quedaron en esa posición inmóviles, en completa sumisión.

El señor Koba no supo qué responderles. Sabía que Kyomi Miyamizu estaba en ese preciso momento luchando por tener un bebé, que los dos sacerdotes Miyamizu estaban encerrados en el pabellón de oración. No había nadie que pudiera autorizar tal visita, pero la idea de despedir a las mujeres, con la cara de angustia que tenían, le apretó la garganta.

Entonces se dio cuenta que sí había una persona que podría decidir eso, aunque sabía que el sumo sacerdote probablemente le regañaría más tarde. Pero su sentimiento de compasión fue más fuerte que el miedo al regaño de su líder.

—Mire, voy a consultar su solicitud con alguien —dijo el señor Koba acercándose a Sayuri, e indicándole con la mano que se pusiera de pie nuevamente—. Por favor esperen aquí hasta que regrese.

—¡Gracias, Ishida-san, gracias! Lo esperaremos… ¡Gracias!

El señor Koba se puso en caminó hacia la casa del sumo sacerdote. Al fondo del patio se encontró con uno de sus hijos, al que envió al frente para que cubriera su tarea de vigilante, mientras que él iba en busca de la única persona que quedaba disponible: Hanako Miyamizu. Como heredera del clan, solo ella podría autorizar que la madre de ese chico pudiera verlo.

Cuando ya casi llegaba a la casa del sumo sacerdote, el señor Koba cayó en cuenta que lo que acababa de pensar tenía un grave problema: si Hanako estaba involucrada de forma sentimental con ese chico ¿era sensato pedirle a ella tomar esa decisión?

Se detuvo indeciso intentando aclarar sus ideas. Luego de debatir consigo mismo por un rato, decidió dejarlo en las manos de ella; él solo era un anciano, y nadie podía negarle el derecho de ser compasivo.

Entró a la residencia del sumo sacerdote por el pasillo lateral que llevaba a las habitaciones. Apenas dar algunos pasos escuchó fuertes gemidos de dolor que venían desde el fondo de la casa; supo de inmediato que el momento no podía ser más inoportuno. Pero vio que afuera de la sala, sentada en el pasillo y abrazando sus piernas, estaba Kaori Miyamizu. La niña estaba llorando en silencio.

El señor Koba se acercó a ella incómodo, pero agradeciendo encontrarla. Que ella estuviera ahí le facilitaría la tarea.

La niña levantó la cabeza cuando lo vio acercarse. Se paró de un salto y abrazó al anciano, comenzando a llorar amargamente, hablando entre sollozos.

—K-Koba-san ¿Mi madre… va a estar bien? ¿Va… va a estar bien?

El señor Koba no supo cómo reaccionar por un segundo ante lo inesperado del abrazo, pero luego se lo devolvió, acariciando la cabeza a la niña para tranquilizarla.

—Kao-chan, si mi esposa y las demás mujeres han estado ayudando a su madre, todo debe estar bien, tiene que tener paciencia.

—¡Pero, pero no me dejan entrar! Dicen que soy muy niña…

Un nuevo gemido de Kyomi, más fuerte que el anterior hizo que ambos miraran hacia la habitación.

Kaori se quedó callada por un segundo, casi sin aire. La niña iba a estallar en llanto nuevamente, por lo que el señor Koba se separó de ella y la tomó por los hombros intentando que lo mirara solo a él.

—Kaori-san ¡Kaori-san! Escúcheme, tiene que ser fuerte en este instante. Recuerde todo lo que le han enseñado sus padres. Usted es valiente, así que tenga esperanza, que todo va a salir bien ¿me entiende?

La niña quedó mirando al anciano, y solo atinó a asentir con la cabeza. El anciano continuó.

—Pero… ahora tengo que pedirle que haga algo por mí. ¿Sabe dónde está su hermana?

—E-ella está adentro, ayudando a mi madre.

—¿Podría por favor llamarla? Necesito hablar con ella.

—¿Tengo que…? ¿Puedo entrar?

—Solo por un segundo. Solo llámela por mí ¿quiere? Yo no puedo siquiera asomarme en este instante.

La niña asintió. Se limpió la cara lo mejor que pudo, y se detuvo un segundo ante la puerta, indecisa. Luego de tomar una gran bocanada de aire, deslizó la puerta hasta poder mirar adentro y metió la cabeza.

—Hana-chan, ¡Hana-chan! Koba-san te necesita acá afuera…

—¿Qué? Voy enseguida —se escuchó desde dentro de la habitación.

La niña cerró la puerta, con los ojos abiertos, en shock. Lo poco que había visto adentro la había dejado pálida. Miró de nuevo al anciano, y ella solo atinó a caminar hacia él y abrazarlo, apegándose a él, pero incapaz de hacer o decir nada más.

El señor Koba se sintió culpable por lo mal que ahora estaba la niña, pero el daño ya estaba hecho. Se limitó a seguir acariciándole la cabeza para consolarla durante los largos segundos que pasaron hasta que la puerta volvió a deslizarse. Por ella salió Hanako.

La chica estaba despeinada y ojerosa, con los ojos enrojecidos e hinchados. Su cara mostraba claras señas de agotamiento. Había estado en vela toda la noche junto a su madre. Miró al señor Koba y a Kaori, y se acercó ellos.

Kaori la escuchó venir, y saltó ahora a los brazos de su hermana, desperada.

—¡Hanako! ¿Qué le pasa a mamá? ¿Se va a poner bien?

—Shhh, tranquila, hermanita, tranquila. Mamá va a estar bien, tiene que estar bien —los ojos de Hanako comenzaron a llenarse de lágrimas, pero luchó por contenerse y mostrarse fuerte para su hermana.

—Hanako-sama —interrumpió el Señor Koba—, lamento tener que importunarla en este momento, pero necesito consultar algo con usted.

—¿Qué sucede? —lo miró intrigada Hanako.

—Ni su padre, su tío y obviamente su madre están disponibles en este instante, para poder consultarles algo importante. Y usted, como heredera del clan, es la única persona disponible…

La mirada de Hanako se volvió aún más extrañada.

—¿Pasa algo con el santuario?

—No. Es decir, sí. La madre de Mayugorô Goro se acaba de presentar en el santuario, y solicita autorización para verlo. Usted… ¿Usted la autoriza a ver a su hijo?

Hanako abrió los ojos y quedó boquiabierta. Luego bajó la vista y se sonrojó como un tomate, sin poder responder.

—Hanako-sama ¿Qué debo responderle? —insistió el señor Koba.

—¿E-ella está aquí? —respondió en forma preocupada Hanako, mirando al final del pasillo, pensando que tal vez la madre de Goro estaba a unos pocos metros de ellos.

—Ella vino con una niña que debe ser su hija, y pidió hablar con su padre y con su madre. Tuve que decirle que no era posible, y… solo queda usted. Las dejé esperando en el patio principal, cerca de la escalera del santuario ¿Quiere usted que la llame para que hable con ella?

—¡No! Yo… ¡Yo no puedo!

Kaori se separó de su hermana para mirarla, extrañada. Hanako no pudo responder a la mirada de su hermana más que poniéndose aún más nerviosa.

—Es que…, Koba-san, yo no puedo, ¿cómo podría mirarlas a la cara y decirles que… decirles que…?

El señor Koba se dio cuenta que su intuición anterior era fatídicamente correcta: Hanako Miyamizu no podría tomar una decisión imparcial respecto del muchacho. Pero no necesitaba exponer a la hija del sumo sacerdote a un cara a cara con la madre de muchacho. Así que la interrumpió, intentando calmarla y así resolver de una vez el tema.

—Hanako-sama, no es necesario que usted hable con ella, pero dígame ¿cuál es su decisión? Ella está esperando su respuesta en a la entrada del santuario. Si usted la autoriza, dejaré que ellas visiten al muchacho, eso es todo.

El corazón de Hanako le dolió. Se dio cuenta que la noche la tensión de ver a su madre sufriendo y la incertidumbre por su salud le habían impedido siquiera detenerse a pensar en Goro. Pero ahora la precaria situación del hombre que ella amaba volvió de golpe a su consciencia, y la culpabilidad que sintió la sobrecogió.

Hanako quería ir a ver a su amado, quería ser ella la que lo visitara, pero ella no podía; las órdenes su padre y el estado de salud de su madre la ataban a esa habitación. Gruesas lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas sin que pudiera contenerlas por más tiempo.

—Dígales que… que las autorizo, por favor Koba-san, dígales que las autorizo, y… y que lo lamento, que lo lamento mucho.

Un nuevo gemido de dolor de Kyomi desde la habitación contigua interrumpió la conversación. Hanako se limpió rápidamente las lágrimas de la cara, e intentó recomponerse. Puso una mano sobre la cabeza de su hermana, e intentó mostrarse lo mejor que pudo como una hermana mayor segura de sí misma.

—Kaori, tienes que ser fuerte. Prométeme que vas a ser fuerte ¿está bien? Espera acá afuera, yo te iré avisando cómo sigue mamá.

—¡Hermana…! —imploró Kaori, intentó aferrarse a Hanako.

Pero Hanako tenía que volver, así que con la mayor suavidad que pudo se separó de su hermana.

—Koba-san, gracias por consultarme. Después cuénteme como resultó la visita de la familia de… de ese muchacho, y por favor cuénteme más tarde como sigue el estado de salud de Goro.

—Así lo haré, Hanako-sama. Kaori-sama, con su permiso.

El señor Koba se dio media vuelta y comenzó a caminar a paso lento de regreso a donde había dejado a las mujeres Mayugorô.

Hanako abrió la puerta y desapareció de nuevo en la habitación de sus padres, dejando a Kaori nuevamente sola en el pasillo.

Kaori cayó de rodillas, y solo atino a poner sus manos frente a su cara, en posición de oración.

—Musubi, por favor ayuda a mi madre. Por favor ayúdala…


§

La mente de Goro estaba fatigada. La entrevista con los sacerdotes del santuario lo había dejado mentalmente exhausto. Se sentía culpable por haber delatado su relación con Hanako. ¿Por qué él era tan débil? ¿Merecía él estar con una mujer como Hanako? Tal pregunta lo persiguió durante toda la noche.

En algún punto de la noche el dolor detrás de su cabeza comenzó a aumentar. Sentía su cuerpo muy caliente, y la habitación muy fría. Intentó cubrirse con una manta vieja que le dejó el guardia que lo acompañaba. Pero sus temblores no se detenían. Con sus dientes castañeando, intentó dormir, pero su mente febril solo traía imágenes inconexas, y pesadillas angustiantes.

En algunos sueños veía como Hanako era arrancada de sus brazos por gente vestida con las ropas del santuario, siendo golpeada por todos ellos sin que él pudiera detenerlos; en otros sueños él veía primero al padre de Hanako, humillándolo: "eres nada, eres indigno de mi hija". De pronto la cara del hombre cambiaba a la de su propio padre: "Eres una vergüenza para la familia". Todo se volvía oscuro, mientras que sentía que manos lo apuntaban, insultándolo, menospreciándolo por su osadía de querer estar con una mujer como Hanako…

A ratos despertaba, para volver a temblar con frío, volviendo a caer en esos sueños. Una y otra vez.

De pronto se dio cuenta de que toda la habitación a su alrededor giraba y daba vueltas sin control. Cerró los ojos, pero la sensación de mareo no lo abandonó.

Cuando sentía que iba ya no iba a soportar tanto giro, una repentina sensación de paz y falta de movimiento alivió su malestar. Sintió su cuerpo liviano, y la sensación de estar acostado contra el duro y frío suelo desaparecieron. Abrió los ojos para descubrir que estaba de nuevo en aquel extraño paraje de rocas. Y el dragón de rocas, con sus encendidos ojos rojos lo observaba fijamente.

La sorpresa lo dejó inmóvil. Después de unos segundos quiso moverse, pero su cuerpo no respondió. Solo podía ver al dragón, hasta que esos ojos rojos ocuparon toda su mente. Y entonces, lo volvió a escuchar dentro de su cabeza, con una voz ronca y gutural.

—ERES… ¿TÚ ERES… ENEMIGO DE LOS MIYAMIZU?

Su propia voz sonó insegura, pero no supo si era su propia voz o bien eran sus pensamientos los que de alguna manera alcanzaban al dragón.

—Ellos no son mis enemigos, yo amo a su hija…

—PUEDO… LEERTE… ELLOS… TE ODIAN… ELLOS… ¡TE DESPRECIAN!

Goro quiso llorar. El recuerdo de los sacerdotes del santuario diciéndole que no era digno de ella volvió a su memoria como una bofetada. Quiso responder algo… pero la angustia le impidió articular nada. Miró sus manos. Él era solo un aprendiz de artesano. No era de una familia noble asociada al señor feudal como los Miyamizu; tampoco era alguien asociado al Bakufu. Era un don nadie…

—HAHAHA… ERES… UN INSECTO… PARA ELLOS. ELLOS TE DESPRECIAN. ELLOS SIEMPRE TE DESPRECIARÁN, TAL COMO LO HICIERON… CONMIGO.

Goro sintió como la rabia comenzó a inundarlo. Era verdad. Era despreciado, y la mujer que amaba era la única que lo valoraba. Solo ella.

—LA PERDERÁS. LOS MIYAMIZU… TE SEPARARÁN DE ELLA. ERES… NADIE PARA ELLOS. ERES… NADA.

—¡No! —protestó Goro—. Ella me quiere. ¡Yo la amo! Vamos a conseguirlo…

—HAHAHA… ILUSO… NO TIENES… PODER. NO TIENES… OPORTUNIDAD…

La impotencia comenzó a carcomer a Goro. Ese dragón estaba burlándose de él. Ahondando en su dolor. La rabia en él solo aumentó.

—¡Nosotros lo vamos a lograr! ¡No podrán separarnos!

—ERES… INÚTIL… ELLOS YA TE ATRAPARON. ELLOS YA… TE DESECHARON. ESCORIA… PARA ELLOS ERES… ESCORIA. PERO… YO… PUEDO DARTE… PODER.

La mente de Goro se detuvo ¿Quién era este dragón? ¿Podía ayudarlo?

—HAHAHA. ERES TAN SIMPLE. NO SABES… DE LO QUE… SOY CAPAZ. ¿QUIERES TENERLA? ¿QUIERES SACAR… DEL CAMINO A ESOS QUE… TE DESPRECIAN? YO TENGO… ESE PODER…

—¿Cómo? ¡Dime cómo puedo lograrlo!

—ÚNETE A MÍ… DÉJAME… AYUDARTE… SI ME ACEPTAS… YO QUITARÉ A ESOS HOMBRES… DE TU CAMINO. Y ELLA SERA TUYA… SOLO SERÁ TUYA… NADIE PODRÁ… OPONERSE. ¡NADIE PODRÁ… ENFRENTAR NUESTRO PODER!

—¿Podremos estar juntos? ¿Podré estar con Hanako?

—¿ESA MUJER… ES TODO LO QUE… QUIERES? ¿NO PIDES MÁS… A UN DIOS?

De pronto Goro sintió un miedo glacial. El miedo a estar hablando con un dragón había quedado en segundo plano, pero, ¿quién era este dragón? ¿Qué era este dragón?

A pesar que no sentía su propio cuerpo, sintió que algo en el tiritaba y se encogía ante la presencia de ese ser. Después de unos segundos, la pregunta de Goro reflejó un miedo que nunca había sentido antes. Bajó la vista en forma reverencial, sin poder mirar al dragón.

—¿Eres…? ¿Tú eres un Dios?

—HAHAHA… YO SOY DIOS… YO SOY… EL DIOS DE LOS CIELOS… YO SOY BELLO Y PODEROSO. TODOS ME ADMIRAN… SOY EL DIOS… QUE TODOS DEBEN TEMER… PERO… LOS MIYAMIZU… SE BURLARON… DE MÍ… ME MENOSPRECIARON… IGUAL QUE A TI… PERO MI TIEMPO VUELVE… ÚNETE… A MÍ… Y OBTENGAMOS… LO QUE ES NUESTRO.

—Entonces… si eres un Dios… ¿Me puedes hacer poderoso?

—TE DARÉ PODER… EL PODER… DE ACABAR… CON QUIENES SE TE OPONEN… EL PODER… DE OBTENER… LO QUE QUIERES…

—Yo quiero… ese poder. ¡Quiero estar con ella!

—BIEN… HUMANO… CUANDO TE BUSQUE… TE DARÉ PODER… Y AMBOS OBTENDREMOS… LO QUE QUEREMOS… TENDREMOS… LO QUE QUEREMOS… AME-NO-KAGASEO VENCERÁ… AL FINAL… YO SOY PODER… YO TE DARÉ… PODER…

Goro solo podía ver esos ojos rojos en su mente. Poder… poder, él necesitaba poder.

La imagen y la voz del dragón se desvanecieron en oscuridad, hasta que otra voz comenzó a llegar a su consciencia… junto con una sensación de frío y dolor.

—¿Goro?... ¡Goro! ¡Hijo, por favor, despierta! ¡Goro!

La voz de una mujer invadió su consciencia. Conocía esa voz. Sentía sus ojos pesados, pero de pronto sintió que podía volver a moverse.

Con dificultad pudo abrir sus ojos. Y ahí estaba ella: su madre lo tomaba por los hombros, remeciéndolo con suavidad, con lágrimas en sus ojos. Detrás de ella, por sobre los hombros de su madre vio a su pequeña hermana, Sumi, mirándolo con el miedo y preocupación pintadas en su cara.

Por unos segundo no supo dónde estaba ¿Por qué ella estaba llorando? ¿Por qué lo miraban así? Quiso incorporarse, pero sintió que sus manos estaban atadas. Intentó mirarlas y entonces una habitación desconocida lo recibió. Entonces la memoria de dónde estaba vino a su mente como un mazazo que lo quebró. Y se puso a llorar como un niño pequeño.

—Ma-madre, yo… perdóname… yo no… quería que esto… pasara ¡Perdóname! Yo no quería… yo… no quería que me vieras… así.

Goro siguió sollozando, temblando. El frío que sentía lo hizo volver a estremecerse.

Sayuri se percató de eso, y atinó a tocar las mejillas del muchacho y se dio cuenta de que estaban ardiendo. Con miedo volvió a tocarlo en el cuello, y en el pecho. Caliente. Su hijo ardía en fiebre. Se dio vuelta indignada y habló a alguien que estaba a espaldas de ella.

—¡Ishida-san! ¿Qué le hicieron a mi hijo? ¿Por qué está ardiendo en fiebre?

—Lo lamento, yo no sabía que su hijo estaba así —respondió un anciano que estaba cerca de la puerta. Se giró hacia el guardia que estaba a su lado—. Koichi ¿Por qué no avisaste de esto?

—Yo tampoco lo sabía, Koba-san —respondió el guardia compungido—. Las mujeres no han venido a revisarlo durante la noche, y yo no sabía que estaba así… yo solo vigilé que nada raro pasara…

—¡Por favor ayúdenlo! —clamó Sayuri desesperada—. Ishida-san, ayude por favor a mi hijo ¿Pueden traer paños y agua fresca? ¡Hay que bajarle la fiebre!

—Koichi, ¿puedes traer lo que pide la señora? —respondió el aludido, mirando al guardia.

—Sí, Koba-san. Iré a buscar agua y algunos paños.

El hombre desapareció en la puerta, al tiempo que el anciano suspiraba con cansancio.

—Lamento mucho esta situación. Usted no sabe el complicado momento que está pasando este santuario.

—¿Por qué mi hijo tiene vendada la cabeza?

—Anoche fue sorprendido deambulando por el santuario, cuando una de las doncellas del santuario estaba perdida. Pensamos que él era un delincuente, y él se intentó escabullir como si fuera uno, sin dar explicaciones. Así que lo perseguimos y lo acorralamos. Entonces se resistió, y uno de mis hombres le dio un golpe en la cabeza. No era nuestra intención herirlo. Nuestras mujeres lo curaron y trataron su herida. Pero no sabíamos que tenía fiebre.

—Goro, ¿por qué? —dijo angustiada la mujer, volviéndose a su hijo.

—¿Usted no sabe por qué él vino al santuario anoche? —preguntó el señor Koba a la madre.

—No, no lo sé…

—Creo que entonces usted y él tienen una conversación pendiente. Saldré afuera para que pueda hablar a solas con su hijo, llámeme si me necesita.

El señor Koba hizo una pequeña reverencia, salió de la sala y cerró la puerta tras él.

La mujer se volvió a su hijo con más angustia que antes. La duda la carcomía.

—Hijo ¿qué está pasando? ¿Qué hacías aquí anoche?

Goro se encogió en otro estremecimiento. No podía mirar a su madre, y solo pudo sollozar, avergonzado.

—¿Goro? —insistió su madre.

Entonces una voz inesperada vino detrás de ella.

—Hermano, ¿viniste por esa mujer? —dijo Sumi, con una voz ronca, con un dejo de resentimiento.

Sayuri se volvió sorprendida para mirar a su hija.

—¿De qué mujer estás hablando?

—Yo… he visto a Goro frecuentando a una mujer del santuario. Solía quedarse hablando a escondidas con una de ellas. Lo vi varias veces cuando iba a comprar cosas al mercado.

Sayuri quedó helada. Se giró de nuevo hacia su hijo, quien solo atino a mirarla, avergonzado.

—¿Es… eso verdad? Goro, soy tu madre ¡Dime la verdad! ¿Viniste acá por una mujer?

—Mamá… yo… sí, vine por una chica. Perdóname, no quería tener que preocuparte… pero nos queremos… ella me quiere…

—¡Por qué nunca me lo dijeron! Sumi, ¡tendrías que habérmelo dicho!

—Yo… —la chica miró el suelo, avergonzada—. Mi hermano me pidió que no te lo contara…

—¡Goro! ¿Cómo pudiste hacer que tu hermana se involucrara en algo así? ¿Y quién es esa chica? ¿La conozco?

Goro llevó sus manos a la cara, intentando cubrirla. Se sentía como desnudo y, especial, humillado ante las preguntas de su propia madre. No quería pasar de nuevo por ese interrogatorio.

—N-no. No creo...

—¿Quién es? ¡Goro, contesta!

—Ella es… Miyamizu Hanako.

Sayuri se llevó las manos a la boca y dejó salir un jadeo por la sorpresa.

—¿…Miyamizu? ¿Esa es…? ¿Ella es la hija del sumo sacerdote?

Goro solo pudo responder moviendo levemente la cabeza, en forma afirmativa.

—¡Hijo!... ¿Cómo…? ¿Te das cuenta que te podrían haber matado en este lugar? Si tu padre se entera que…

De pronto las palabras del señor Koba vinieron a la cabeza de Sayuri: "…una de las doncellas estaba perdida…". Sayuri quedó congelada por la sorpresa y por el miedo que le produjo la revelación.

—…Goro, anoche ¿te viste con esa chica? ¿Le hiciste algo?

—No, mamá, yo la amo, jamás le haría daño…

—Hijo, ¿le hiciste algo a la hija del sumo sacerdote? ¡Dime la verdad!

—¡No, mamá! Yo solo quiero estar con ella, pero jamás la he deshonrado.

—Sumi, ¡sal de la habitación y espera afuera! —ordenó Sayuri repentinamente a su hija.

—¿Qué? Pero mamá…

—Sumi, ¡Por favor! Necesito hablar a solas con tu hermano.

La niña respondió con un bufido de desaprobación, pero obedeció, saliendo a regañadientes.

—No te alejes demasiado, pero espérame afuera, Sumi.

—Sí, mamá —respondió la niña, desanimada, saliendo de la habitación.

Cuando la niña se fue, Sayuri miró al chico con pena. Una lágrima comenzó a caer por su mejilla.

—Hijo… ¿No entiendes lo que estás haciendo?

—Entiendo que nos queremos, mamá.

—¡Ella es la hija del sumo sacerdote! ¡Los Miyamizu controlan estas tierras, y responden ante el Daimyo! Por esto que estás haciendo, ¡nos podrían echar de esta tierra, o algo peor!

—Mamá, yo amo a Hanako, y ella me ama ¿No puedes al menos tú apoyarme? ¿Por qué todos quieren separarnos?

—Hijo, yo…

Sayuri miró al techo de la habitación, intentando controlar las lágrimas que querían desbocarse. Respiró hondo, hasta que se rehízo. Entonces le habló con un tono grave, con la vista perdida en antiguos recuerdos.

—Goro, yo… yo vengo de una familia que una vez fue poderosa. Tuve tíos que incluso trabajaban para el Bakufu de Edo. Pero la familia cayó en desgracia. Desde entonces he tenido que vivir escapando de esa vergüenza. Y por eso sé cómo funciona el poder, Goro. Ahora solo somos… una familia de artesanos. Somos la familia Mayugorô. Tienes que sentirte orgulloso de tu familia, pero… para los poderosos, solo somos sirvientes, somos inferiores a ellos. Tú no puedes entrometerte con ellos ¡No podemos!

—Mamá, ¿y qué hay de lo que sentimos? ¿De lo que ella siente por mí? ¡De lo que yo siento por ella! ¿Acaso eso no importa?

Sayuri miró a su hijo con tristeza. Un nudo se formó en su garganta. Quería tanto la felicidad de su hijo, pero él acababa de elegir una felicidad que no estaba a su alcance. Verlo sufrir le dolía el corazón, y le dolió el doble el tener que ser la mensajera de una realidad que lo iba a destrozar aún más.

—Goro… hijo… ustedes son jóvenes, y no lo entienden, pero… el que ustedes se quieran no cambia nada. No cambia que ella no puede ser para ti. Ella no puede ser tu mujer. Y si su familia se opone, no hay nada que tú, ni tu padre, ni yo podamos hacer ¡Entiéndelo, hijo! Ellos podrían hacer que nos expulsen de esta tierra. Y todo lo que hemos conseguido se perdería ¿Quieres ser la afrenta y la vergüenza de la familia?

Goro miró a su madre y al escuchar sus palabras, sintió que su mundo se fue a negro. Lágrimas de impotencia comenzaron a salir. El dolor de su cabeza pasó a un segundo plano cuando su pecho comenzó a doler. Se sentía traicionado y solo.

La puerta de la habitación se abrió. Sayuri se volvió intentando secar sus lágrimas y disimular su dolor. Vio al guardia que el señor Koba envió, trayendo unos paños que asomaban en un tiesto, que aparentemente traía agua. El hombre se acercó y lo dejó a lado de ella.

—Disculpe por la demora. Le dejo esto aquí —y se retiró.

Sayuri hizo una reverencia dándole las gracias al hombre, y de inmediato tomó los paños para mojarlos y ponerlos a su hijo.

—Goro, lo siento, lo siento tanto. Pero ahora lo importante es tu fiebre. Después habrá tiempo para que entiendas. Con el tiempo entenderás…

Pero Goro ya no escuchaba. Solo lloraba en silencio; nadie lo valoraba. Ni su propia madre. Nadie. Era un inútil sin ningún poder para influir en su propio destino.

Poder. Él necesitaba poder. La imagen de unos ojos rojos que lo miraban, que le ofrecían poder llenaron su consciencia. Sí, el Dios dragón tenía razón. Él necesitaba poder. Si lo obtenía, todos lo respetarían. Su familia, y en especial la familia Miyamizu. Todos. Y entonces nada impediría que él pudiera estar con Hanako. Nadie podría oponerse a su amor, cuando obtuviera el poder que el Dios dragón le había prometido.