Cinco viajeros subían lentamente un estrecho camino que serpenteaba por las montañas de Hida, casi invisibles entre los bosques que cubrían la ladera.

Tres de ellos iban montados a caballo; dos de los jinetes encabezaban la comitiva: un samurái de edad madura y cabeza rapada cabalgando con sus dos espadas al cinto. A su lado viajaba un hombre cercano a los 30 años vistiendo un traje de viaje elegante y un amplio sombrero para protegerlo del sol y la lluvia. Detrás de ellos iba un carro de dos ruedas tirado por un buey, guiado por el tercer miembro del grupo. Sobre el carro, cubierto con lonas que protegía algunas mercancías de la lluvia y el sol, viajaba sentada una chica joven de unos 20 años, vestida con ropa gruesas y de buena calidad. Cerraba la comitiva el tercer jinete de unos 35 años, caminando detrás del carro. Vestía ropas más modestas que el otro jinete civil o la mujer, pero de todas formas sus ropas mostraban un cierto grado de estatus.

La chica miraba aburrida el interminable paisaje de árboles. Después de un largo rato de silencio volvió a preguntar a jinete civil que estaba delante de ella.

—¿Cuánto falta, hermano? Papá dijo que este sería un viaje corto.

El jinete se limitó a dar un sonoro suspiro para manifestar su descontento con la insistente pregunta.

—Kiyo, ya te dije que este no es un simple paseo por el día…

—Pero papá dijo que…

El jinete detuvo su caballo en forma brusca, y lo giró sorprendiendo a todo el grupo, para quedar mirando de frente a la chica.

—¡Kiyo! ¡Este es un-viaje-de-negocios! Si papá accedió a que vinieras con nosotros es porque debes comenzar a ver cómo funcionan los negocios de la familia. Esto no es un viaje para pasear ¿Lo entiendes?

Todo el grupo se quedó mirando a la chica, esperando su respuesta. Ella se envaró, sonrojarse y haciendo un puchero. Respondió entre dientes.

—Está bien, no volveré a preguntar, Jisuke-kun…

La cara de la chica estaba tan roja que al final todos los hombres estallaron en risa.

El samurái no pudo disimular una mirada de desprecio a la malcriada chica. Miró al hermano de la chica y le habló en forma autoritaria.

—Kusakabe-san, mi padre siempre decía que el lugar de las mujeres es su casa. No creo que nada bueno salga de traer mujeres a un viaje como este. ¿Por qué no la despide y la envía de regreso a su casa en Takayama?

Jisuke se sorprendió con lo perentoria de la sugerencia. Quedó descompuesto por un par de segundos, pero al final retomó la compostura, bajo la vista, y habló educadamente al samurái.

—Takeda-sama, agradezco su sugerencia, y agradezco al Daimyo que lo haya enviado a Ud., para proteger nuestra comitiva. Pero le pido que por favor consienta la solicitud de mi padre de que Kiyo nos acompañe en este viaje.

El samurái miró al líder del grupo, luego a su hermana, y a los otros dos empleados, sopesando las palabras de Jisuke Kusakabe. Con algo de mala gana, se encogió de hombros y respondió sin demasiado ánimo.

—Mi señor me pidió que lo acompañara a usted a causa de la carta que el Daimyo le encomendó y que usted debe entregar al Santuario de Itomori…

El samurái giró el caballo y se quedó mirando a los otros tres viajeros por un par de segundos.

—...pero ustedes están aprovechando este viaje para transportar mercancías y dedicarse a sus negocios; eso está fuera de lo que me pidieron. Yo me hago responsable de cuidar de usted y de su vida como portador de esa carta, pero no me haré responsable del contenido de ese carro ni tampoco por la seguridad de su familia. Esta zona no es demasiado peligrosa, pero si aparecen maleantes en el camino, lo que les pase a ellos caerá sobre su cabeza.

Jisuke bajo la vista y agachó la cabeza pronunciadamente, pero habló con voz firme y segura.

—Lo entiendo, Takeda-sama. Gracias por su protección.

El samurái miró satisfecho la sumisión del mercader, giró su caballo, y retomó el avance por el camino.

Jisuke mantuvo la cabeza gacha por un pequeño lapso, luego se incorporó y miró a su hermana, hablándole en un tono más bajo, pero de profundo reproche.

—Ahora ármate de paciencia, Kiyo, disfruta el paisaje y no vuelvas a importunar a la comitiva.

—Sí, hermano —respondió la chica, azorada por el derrotero que había tomado su impaciencia.

Jisuke miró a los otros dos hombres, que habían estado todo el rato en silencio, observando la escena.

—Masao, Tetsuo, sigamos, si nos apresuramos podremos llegar antes del anochecer a Itomori —ordenó con firmeza Jisuke a sus dos subalternos, que de inmediato asintieron y se pusieron en marcha—. Quiero que lleguemos al Santuario Miyamizu este mismo día. No me haría feliz tener que acampar en el camino.

Los hombres comenzaron a caminar para dar alcance al caballo del samurái, que ya les llevaba unos treinta metros de distancia y que continuaba caminando tranquilamente por el camino, sin mirar hacia atrás.

El tercer jinete adelantó al carro y se acercó a Jisuke, hablándole de forma velada.

—Jisuke-sama, no estoy de acuerdo que ese Samurái nos trate así, pero necesitamos su protección. ¿Está seguro de que quiere que continuemos? Si hacen un alto por algunas horas, podría tomar a Kiyo-sama a caballo de vuelta a su hogar, y luego los podría alcanzar…

—No, Masao, debemos obedecer las órdenes de Padre. Él ordeno que ella venga y así lo haremos.

Jisuke se inclinó hacia el jinete, pero mirando disimuladamente hacia atrás, a su hermana, que después del incidente iba apesadumbrada, mirando sus pies.

—Además creo que ella necesita conocer la vida que tenemos que llevar. Siempre ha recibido todo en casa como una princesa, mientras que los hombres de la familia Kusakabe tenemos que rompernos la espalda para hacer negocios y llevar dinero para la familia. Si el viaje es duro, será una lección que le servirá para toda la vida.

—Así se hará entonces, Jisuke-sama —respondió Masao, con respeto, y giró su caballo para volver a la posición trasera de escolta, volviendo a otear el camino entre los árboles, en busca de cualquier amenaza.

Jisuke siguió caminando delante del carro, a la velocidad del buey. Al mirar adelante vio que Kaneda-san se había detenido en el camino, esperándolos, con cara de impaciencia. No pudo dejar de sentir impotencia de ser menospreciado por ser un comerciante. Los samuráis los miraban con desprecio, como si fueran un lastre para la sociedad; los campesinos y artesanos no se quedaban atrás, pues siempre trataban con su familia con desconfianza, como si ellos los fueran a estafar en cualquier momento. No, ellos eran una familia honorable y esforzada. Merecían mucho más respeto, pensó Jisuke. Apuró su caballo para alcanzar al samurái y ponerse a su altura.

El único sonido que hubo por largo rato fueron las pisadas de los caballos, el rechinar de las ruedas del carro, y el cantar de pájaros entre los árboles que observaban pasar la silenciosa comitiva.


§

Ya cerca del mediodía el humo del incienso llenaba el pabellón de oración del Santuario Miyamizu. Hiroshi y Keitaro Miyamizu llevaban horas en una larga ceremonia a puerta cerrada, elevando plegarias a Shitori-no-Kami, pidiendo a su Dios por la protección y salud del bebé por nacer y por la vida de su madre, Kyomi.

Hiroshi, vistiendo el traje blanco y el sombrero negro Shinto tradicional, recitaba con ojos cerrados e inclinado hacia adelante la plegaria de sanación, de rodillas frente al altar de incienso, sosteniendo entre sus manos la paleta de madera Shaku. Cada vez que terminaba, hacía dos profundas reverencias, se incorporaba, al tiempo que Keitaro, vestido de forma similar y sentado a su izquierda, tocaba el tambor ritual. Luego Hiroshi volvía al lado de Keitaro, tomando la flauta, mientras Keitaro se ponía de pie y tomaba la vara con las tiras de papel blanco y realizaba la danza ritual para atraer la atención del Dios. Luego se sentaba y tomaba la hoja con la oración de sanación, leyéndola en letanía mientras ahora Hiroshi tocaba el tambor…

Ambos habían estado repitiendo la ceremonia una y otra vez, incansables. Pero después de terminar la quinta repetición, los hombres se miraron, y sin más palabras se detuvieron para descansar.

Aunque estaba descansando, la mente de Hiroshi seguía rogando por la vida de su esposa y del bebé por nacer. La angustia de la espera no lo abandonaba. Sus pensamientos solo fueron interrumpidos cuando Keitaro le habló después de un largo rato de silencio.

—Hermano, creo que ya hicimos aquí todo lo que podíamos. Es hora de que salgamos. Ya está pasando la hora del almuerzo. Deberíamos comer algo e ir a ver a tu mujer.

—Sí, creo que tienes razón.

Hiroshi se puso pesadamente de pie, y comenzó a ordenar el salón de oración, llevando el tambor, la flauta, y otros de los utensilios que habían utilizado a lugar donde los almacenaban, en las paredes del salón. Keitaro recolectó las hojas de papel de arroz con las plegarias que habían estado recitando toda la mañana, para regresarlas a la sala de biblioteca del santuario.

—Ella se va a poner bien ¿verdad? —dijo de pronto Hiroshi, de pie inmóvil frente al tambor que acababa de dejar contra la pared, con la vista perdida en el horizonte de sus propios pensamientos.

—Lo va a estar. Debemos confiar en Shitori-no-Kami. Él ve más lejos que el aquí y el ahora, sus hilos llegan a todo lugar. ¡Nada ocurre sin que él lo sepa! Hiroshi, debemos confiar. Debemos confiar.

—Yo…

El sonido de pasos fuera de la puerta detuvo las palabras de Hiroshi, quien miró ansioso en esa dirección. Sintió como un frío glacial lo envolvió a causa de un repentino nerviosismo.

La sombra de la silueta de una mujer se dibujó en el claro papel de la puerta, que al deslizarse dejo ver a una de las doncellas Miko del santuario. Ella entró rápidamente dando unos pocos pasos al interior, y se arrodilló en una reverencia ante los sacerdotes.

—Kaisho, el bebé nació. Es un niño.

Hiroshi quedó boquiabierto, sintiendo que el frío que acababa de sentir comenzaba a ser reemplazado por el calor del alivio. Comenzó a reír de felicidad, al tiempo que Keitaro lo alcanzaba y le daba primero un puñetazo en el hombro, y luego lo abrazó, también riendo.

—Es un niño, ¡es un niño! ¡Ahora soy padre de un niño! —finalmente atinó a decir entre risas Hiroshi, anonadado.

—Te lo dije, Hiroshi, todo va a salir bien, hermano.

Pero de pronto Hiroshi cayó en cuenta que la doncella seguía arrodillada, con la cabeza gacha, sin atreverse mirarlos, con la cara compungida. La risa se le borró de la cara de golpe.

Keitaro miró el cambio de expresión de Hiroshi extrañado, y luego también se volvió hacia la doncella, buscando una explicación.

—Hana-chan, ¿salió todo bien? ¿Cómo está Kyomi? —inquirió Hiroshi sin poder disimular el miedo en su voz.

La joven levantó por un segundo la vista, pero luego volvió a mirar al suelo, sin atreverse a terminar de dar las noticias.

—Hana, ¿Cómo está Kyomi? ¿Ella está…? Hana, ¡dime que sucede!

—Mi señor, ella está viva, pero está muy débil. Perdió muchísima sangre teniendo al bebé, yo pensé que ella… que ella…

—¿Ella está consciente?

La chica asintió, débilmente.

—Narumi-san dijo que apenas lo había logrado. Si hubiera pasado un poco más de tiempo, o si ella hubiera perdido más sangre ella hubiera… muerto. Pero lo logró, Kaisho. ¡Ella lo logró! —la chica levantó la cabeza. Lágrimas caían de su cara, mostrando el miedo y la angustia que había sentido asistiendo a su señora—. Narumi-san me pidió que le avisara y que necesita que usted vaya a verla de inmediato.

Hiroshi sintió que la alegría que había sentido se abrumaba por el miedo que ahora sentía por la salud de Kyomi. La mano de Keitaro moviendo su hombro lo hizo reaccionar.

—Vamos, Hiroshi, ve de inmediato a verla. Yo me encargo de terminar de arreglar todo aquí.

Hiroshi miró a su cuñado y con pequeño movimiento de cabeza se despidió y salió caminando a toda la velocidad que le daban sus piernas, pero intentando mantener la compostura al ir vestido con su traje ceremonial Shinto, aunque en su interior quería correr como un crío para alcanzar lo antes posible el edificio donde su esposa y su nuevo hijo esperaban.

«Kyomi, por favor no me dejes, tienes que resistir, tienes que resistir» era la letanía que invadió su mente a cada paso.

En menos de dos minutos Hiroshi llegó resoplando a la habitación donde estaba Kyomi. Abrió la puerta de golpe, y se encontró de frente con una sorprendida empleada que justo iba hacia la puerta, llevando varios paños mojados y ensangrentados en una cesta.

—¡Kaisho! —gritó la mujer ante la brusca aparición del sumo sacerdote. Pero rápidamente ella hizo una pequeña reverencia, agachando la cabeza y retirándose hacia el lado para darle el paso.

Hiroshi quedó envarado mirando las ensangrentadas telas, hasta que un grito de Kaori lo sacó de su ensimismamiento.

—¡Papá!

Miró en la dirección del grito. Vio a Kaori corriendo hacia él, con los brazos abiertos para abrazarlo. La niña casi chocó con él saltando a sus brazos, riendo.

—¡Papá, ahora tengo un hermanito! ¡Es precioso! ¡Ven, ven a verlo, ven a verlo!

Desde el fondo de la habitación lo observaba Kyomi, tendida sobre cojines contra la pared, y tapada con un futón, rodeada por la señora Narumi y Hanako.

Hanako tenía en sus brazos un pequeño bulto de telas que emitió un sonoro quejido de bebé, y una pequeñísima mano asomó por entre la tela.

Hiroshi sintió algo de alivio al ver que su esposa estaba mejor de lo que él esperaba. Pero al estar más cerca se dio cuenta que Kyomi estaba extremadamente pálida. Sus ojos estaban hundidos y cercados por profundas ojeras. Sus labios, siempre rozados, ahora tenían un tinte violáceo.

—Querido, ahora tienes un hijo varón —dijo con voz débil Kyomi.

—Me acabas de hacer el hombre más feliz del mundo, mi vida —dijo Hiroshi, llegando a su lado y tomando la mano que débilmente levantó Kyomi. Sintió que estaba muy fría.

Hiroshi se agachó hacia ella y le dio un beso en su frente, y le ordenó el cabello.

—Pensé que no lo lograría… —dijo Kyomi, compungida—. Fue más difícil que con las niñas.

—Lo importante es que lo lograste, y estás con nosotros. Eso es lo importante —dijo Hiroshi acariciando la mejilla de su esposa.

La señora Narumi se acercó por el otro lado a Kyomi, y le tomó la otra mano, acariciándosela.

—Mi señora, ahora debe descansar. Iré a buscar sopa de miso para usted. Debe tomar mucho líquido para recuperar fuerzas y energía.

La vieja mujer se paró y salió en dirección a la cocina, dejando únicamente a la familia Miyamizu en la habitación.

—Estaba muy asustado por ti, querida; estuvimos orando por ti toda la mañana. Creo que Musubi oyó nuestras plegarias.

—Sí, querido, te escuchó. Siempre te escucha.

—Papá, ¿quieres conocer al bebé? —dijo Hanako, acercándose al lado de Hiroshi.

—Sí, ¡claro que quiero!

Hiroshi se sentó y estiró los brazos a su hija, quien depositó con cuidado el pequeño bulto de tela que sostenía en sus brazos. Ahí estaba un bebé rosado, con los ojos aún entrecerrados, algo adormilado.

—Es precioso. Hola hijo, soy tu padre, vas a estar a mi cuidado por mucho tiempo, vas a ser un sacerdote Miyamizu como tu padre ¿verdad, bebé?

—Y yo puedo enseñarle a danzar, tal como me enseño mamá —dijo Kaori, palmoteando con alegría.

—Solo las doncellas danzan, Kaori. A él le enseñaré a tocar el tambor y las flautas, para que tú dances —dijo Hiroshi con una sonrisa.

—¿Qué nombre le pondremos, querido? —dijo Kyomi, con una sonrisa cansada.

Hiroshi miró al niño. El bebé estaba tranquilo, a pesar de las largas horas de lucha por nacer que había enfrentado.

—Eres un bebé fuerte, fuerte como un gran árbol. Luchaste por nacer hasta que lo lograste. Creo que debemos llamarte Toshiki.

—¿Y qué significa, papá? —dijo Kaori con ojos llenos de curiosidad.

Hiroshi acomodó al bebé en el brazo izquierdo, para liberar su mano derecha, y le hizo un gesto a Kaori para que se acercara.

—Estira tu mano.

La niña obedeció y puso sus palmas hacia arriba.

—Este kanji es "Toshi" —dijo mientras escribía con su dedo índice como un pincel imaginario sobre la palma de Kaori— y significa fuerte. Y "ki" como árbol, y…

—Sí, sí papá ese lo conozco, mira.

La niña tomó la mano derecha de Hiroshi y puso su palma hacia arriba, y luego escribió con su dedo tal como lo había hecho su padre.

—Así y… así ¿verdad?

—Creo que lo hiciste bien, Kaori. Eso es ki, árbol.

—Miyamizu Toshiki. Creo que es un gran nombre, querido, me gusta —dijo débilmente Kyomi—. Siento que ese nombre será muy importante. Y este niño será muy importante también.

El bebé en brazos de Hiroshi de pronto comenzó a moverse y agitarse, y rompió en llanto.

—Shhh, ya, tranquilo —intentó calmarlo Hiroshi—. Tranquilo, Toshiki.

Pero el bebé siguió llorando en forma cada vez más estridente.

—Querido, creo que debe tener hambre, es mejor que le de pecho.

—¿Tienes fuerzas para eso?

—No lo sé, pero soy la única que puede.

Kyomi intentó levantarse para sentarse más en los cojines, pero un rictus de dolor surcó su cara, y después de dos intentos, no pudo siquiera moverse más que unos pocos centímetros.

—Espera, ¡no hagas fuerza! —recriminó Hiroshi a su esposa, mientras aún sostenía al bebé en brazos—. Kaori, ven y toma a tu hermano por un segundo.

La niña estiró los brazos y con cuidado tomó al bebé de brazos de su padre.

—Eso, cuidado, no lo vayas a dejar caer.

Luego Hiroshi se puso de pie y se acercó a su esposa poniéndose al lado de ella para ayudarla.

—Cuidado, querida, te voy a tomar por debajo de tu brazo para levantarte un poco. Hanako, cuando la levante, acomoda los almohadones para que ella esté más cómoda.

Con algo de esfuerzo Hiroshi levantó a su mujer, la que no pudo evitar dar un fuerte quejido de dolor al ser levantada. Hanako acomodó los cojines tal como su padre le había indicado, y su madre quedó mucho más sentada.

—Así está mejor —dijo finalmente Kyomi, algo agitada y con la voz un poco quebrada—. Kaori, dame al bebé.

El bebé seguía llorando, pero en cuanto Kyomi lo puso en su pecho, el bebé comenzó a buscar con ansia su pezón, y comenzó a succionar con avidez, tranquilizándose. Kaori y Hanako quedaron prendadas mirando la escena, como hipnotizadas por el espectáculo.

Hiroshi decidió que era mejor dejarla un rato a solas, pero se dio cuenta que, si ella además estaba dando leche al bebé, eso iba a deshidratar a su esposa aún más. Se puso de pie.

—Cariño, iré a buscar a Narumi-san para apurar la sopa que te prometió. Tienes que recuperar fuerzas para además dar de comer al bebé Toshiki. Niñas, cuiden de su madre mientras vuelvo, y luego no me moveré de aquí.

—No puedes hacer eso, querido —dijo Kyomi, con voz triste.

—¿Qué? ¿No quieres que esté contigo?

—Es lo que más quiero, pero, ahora que tienes un hijo, creo que con mayor razón debes devolver al hijo de los artesanos a su familia, tal como prometiste…

—Kyomi, eso ahora es secundario, yo-

—¡Querido! —dijo Kyomi, poniendo toda la fuerza que tenía en su voz—. Sé que lo que pasó anoche con ese chico es difícil, pero nada ocurre al azar. El que nuestra hija haya conocido a Mayugorô-san es algo que estaba destinado a ocurrir, y nosotros ahora tenemos que cumplir el papel que los dioses nos han asignado.

—¿Desti-nado? —repitió Hiroshi con temor en su voz—. ¿Acaso tú… soñaste algo?

—No, yo… no lo vi. Pero sé algo… que él sea un Mayugorô significa que vienen cosas que están destinadas a ocurrir, y es un destino que debemos enfrentar juntos. Lo he sabido por mucho tiempo. Ahora, solo podemos confiar en Musubi.

—Entonces con ese muchacho, Mayugorô Goro. ¿Qué debemos hacer con él…?

El escuchar esa conversación acerca de su amado hizo palidecer a Hanako. Dio un par de pasos, retrocediendo. La vorágine de los últimos acontecimientos con su madre la habían hecho olvidar el tema, pero Goro aún estaba encerrado en el santuario. Ella sintió que tenía que hacer algo.

—Papá… déjame verlo —rogó Hanako con la voz quebrándose.

—Hanako, no es el momento de tales solicitudes, tú solo quédate con tu madre —respondió Hiroshi con dureza.

—Papá, ¡por favor! Te prometo que cuidaré a mamá, pero necesito verlo. ¡Necesito saber que está bien!

—No, Hanako. Entiende, tomarás compromiso con el hijo de una familia honorable. No puedes perder más tu tiempo con ese muchacho ni manchar tu honra con un hijo de artesanos.

Hanako sintió su pecho doler. El haber estado toda la noche en vela ayudando a su madre le pasó la cuenta. Ya no tenía energía para luchar con su padre. Solo cayó de rodillas, sollozando.

—No es justo… ¡no es justo! No es… justo…

Hiroshi solo suspiro, y miró con tristeza a su hija. Le dolía tener que verla sufrir así.

—Iré por esa sopa ahora. Cuiden de su madre.

Mientras se iba de la habitación, siguió escuchando el lamento de Hanako que repetía "no es justo" una y otra vez. Aunque ya lejos de la habitación dejó de oírla. La frase "no es justo" siguió acosando a su mente. ¿Qué era lo justo? ¿Qué tendría que hacer con ese chico?


§

—¡Hiroshi-sama! ¿Qué hace usted aquí? —preguntó con sorpresa la señora Narumi cuando vio entrar a Hiroshi en la cocina comunitaria.

—Kyomi está dando leche al bebé, y creo que necesita recuperar líquidos cuanto antes. Vine a ver cómo va esa sopa miso.

—Estábamos terminándola. Demoré en conseguir un poco de carne roja y tofu. Ella necesita recuperarse de toda la sangre que perdió.

—¿Se va a poner bien?

La cara de la señora Narumi se ensombreció por un segundo. Respiró profundo, y miró a Hiroshi directo a los ojos, intentando elegir con cuidado sus palabras.

—Lo que pasó anoche y esta mañana fue muy difícil. He visto varias mujeres que perdieron la vida dando a luz a un bebé que venía en la posición cambiada… Kyomi-sama tuvo suerte en que finalmente el bebé entró en posición, pero el proceso fue muy duro. Está agotada, y para colmo después de que saliera el bebé, siguió perdiendo mucha sangre, por largo rato. Pudimos parar el sangrado, pero eso la debilitó aún más…

—¿Pero ella se va a poner bien? —insistió Hiroshi, preocupado.

—Si logra soportar los próximos dos días sin debilitarse más y sin presentar fiebre, se recuperará. Pero he visto a mujeres en situaciones parecidas que no… que no tuvieron la fuerza para continuar y…

La señora Narumi no pudo seguir mirando a Hiroshi a la cara.

—Está bien, lo entiendo. Gracias por ayudarla. Que tengamos al bebé con nosotros se lo debemos a su ayuda.

—Es lo menos que podría hacer, Hiroshi-sama. Mi familia ha estado junto a los Miyamizu por generaciones. Y me siento feliz de poder ver a una nueva generación venir al mundo.

—Y ahora además tenemos a un varón Miyamizu. Se llamará Toshiki. Miyamizu Toshiki.

—Oh, que hermoso nombre. ¿Toshiki como "persona destacada" y "brillante"?

—No, Toshiki como "fuerte" y "árbol".

—Ah, ya veo. Ese niño realmente tuvo fuerza para nacer. Creo que es un nombre que le hará honor a su familia.

—Pero ahora me interesa que el niño tenga una madre, así que la sopa…

—Sí, sí, Hiroshi-sama, disculpe.

La señora Narumi se giró y dio dos palmadas, llamando la atención de otras dos mujeres que estaban trabajando en la cocina.

—¿Está la carne ya cocida?

—Sí, Narumi-san, la estoy colocando en la sopa.

—Bien, gracias, pásenmela de inmediato.

La señora Narumi se acercó a las mujeres y comenzó a preparar una bandeja para llevar.

—Ah, hay otra cosa, Narumi-san… —dijo algo incómodo Hiroshi por tener que interrumpirla—. Necesito que preparen al muchacho Mayugorô para llevarlo de vuelta a la casa de su familia. Kyomi me pidió que lo hiciera hoy, y quiero darle en el gusto y terminar ese problema.

—Oh, respecto de eso…

—¿Qué? ¿Pasó algo?

—Bueno, hace un rato hable con mi esposo, y me dijo que vino la madre del chico y una de sus hermanas a verlo…

—¿Qué? ¿Por qué nadie me avisó?

—Bueno… yo no lo supe porque estaba con Kyomi-sama, y usted dio órdenes de no ser interrumpido en el salón de oración, así que… mi esposo consultó con su hija, con Hanako-san, y ella autorizó que su familia lo viera.

—Agh, ¡esa muchacha me va a matar! —rezongó Hiroshi cerrando los ojos y tomándose el puente de la nariz intentando respirar profundo y controlarse—. ¿Y está ella con él aún?

—Eh, no, me dijeron que volvió a su casa, pero dejó a la hermana del chico con él, cuidándolo. Desde algún momento en la madrugada el chico ha estado con fiebre. Puede que la herida no esté mejorando bien. Hace un rato le mandamos comida y agua.

—No puede ser, lo último que necesitamos es que ese chico ahora se enferme y se nos muera en nuestras manos. Con mayor razón es mejor que lo llevemos hoy mismo de vuelta a su casa. Por favor dígale a Koba-san que lo prepare para llevarlo esta tarde. Y que me acompañe él y uno de sus hijos. Creo que con ellos y Keitaro podemos hacernos cargo; que todos los demás en el santuario sigan con sus tareas habituales, pero también cuidando de Kyomi.

—Sí, Hiroshi-sama, se hará como usted ordena.


§

Pasadas las tres de la tarde, Hiroshi y Keitaro encabezaban un pequeño grupo caminando por el centro de la explanada del templo. Detrás de ellos iba caminando Goro Mayugorô, apoyándose en su hermana Sumi para caminar. Lo seguían de cerca el señor Koba y su hijo Jiro.

La luz de dos horas antes del anochecer ya casi no calentaba el ambiente, y el viento fresco del atardecer afectaba a Goro, quien aún estaba afiebrado, por lo que caminaba cubriéndose con una manta sin poder dejar evitar tiritar a cada paso, lo que hacía que su hermana lo mirara con preocupación creciente.

Ya casi llegaban a la escalera del templo que descendían hacia el pueblo de Itomori, cuando un grito los hizo detenerse.

—¡Goro! ¡Goro!

Las seis personas se dieron vuelta para ver como Hanako corría detrás de ellos.

—Hanako, ¡vuelve de inmediato con tu madre! —ordenó con voz airada Hiroshi.

Pero la chica no escuchaba razones, siguió acercándose, intentando llegar hasta Goro, pero fue interceptada por Jiro y el señor Koba, quienes las sujetaron y detuvieron su avance. Hanako comenzó a luchar por zafarse de ellos, sin éxito.

—¡No! ¡Déjenme! Debo verlo ¡Goro!...

Hiroshi se devolvió y encaró a su hija, molesto, pero a la vez dolido por la situación.

—Hanako, no hagas esto más difícil. Ya hablé ayer contigo y con este muchacho. Y di mi palabra que lo llevaríamos a su casa hoy. Ahora debes volver con tu madre.

—¡No! ¡Debo ir con él!

—¡Obedece, Hanako! Ahora esto está en mis manos. Debes confiar en que yo tomaré la mejor decisión por ti y por el clan Miyamizu.

—¡Tú no lo entiendes, padre! ¡Él es la persona que yo amo!

La declaración cayó como un balde de agua fría, dejando a todos los presentes congelados por la sorpresa. Por varios segundos solos los jadeos descontrolados de Hanako fueron lo único que se escuchó en el lugar.

De pronto, detrás de Hiroshi, Goro se acercó sin que nadie se percatara, hablando con una voz algo quebrada por la debilidad.

—Hanako, tranquila, yo arreglaré todo…

La sorpresa de su intervención sobresaltó a Jiro, que soltó a Hanako y le dio una bofetada a Goro con el dorso de la mano, arrojándolo al piso, al tiempo que tanto Sumi como Hanako gritaban del miedo y la sorpresa.

—Cállate, escoria ¿Cómo te atreves…

—¡Alto, Jiro, déjalo! —ordenó Hiroshi, tomando Jiro por el hombro, para evitar que lo siguiera golpeando.

Jiro se envaró ante la orden, pero se detuvo y bajó la cabeza algo confundido.

—S-sí, como ordene, Hiroshi-sama.

Sumi saltó sobre su hermano para protegerlo, cubriéndolo mientras se ponía a llorar de miedo, mientras que Hanako siguió luchando por llegar donde Goro, siendo a duras penas contenida por el señor Koba.

—Ya basta, ¡Tranquilos todos! —gritó en forma perentoria Keitaro, poniéndose al lado de Hiroshi, lo que silenció por un segundo el lugar.

—Jiro-san, Koba-san —continuó—, por favor lleven a Hanako de regreso a sus habitaciones, los esperaremos aquí.

Los gritos de protesta de Hanako se fueron apagando a medida que la alejaban a la fuerza del lugar, siendo reemplazados por el llanto de Sumi, quien intentaba reponer a Goro, que había quedado algo aturdido por el golpe.

Keitaro se acercó al muchacho y primero tuvo que calmar a la niña. Cuando lo logró le hizo una seña a Hiroshi, y entre ambos llevaron a Goro a la escalinata de uno de los altares que estaba a unos pocos metros, donde lo sentaron apoyado contra el pilar de madera de la baranda, mientras que esperaban que el señor Koba y Jiro regresaran.

Goro comenzó a recuperar la consciencia, murmurando débilmente palabras inconexas.

—yo… poder… Miyamizu…; si yo… tengo… poder…

Keitaro se acercó al chico para intentar escuchar lo que decía. Después de unos segundos, se incorporó moviendo negativamente la cabeza.

—Hiroshi, debemos llevar a este chico con su familia lo antes posible. Creo que está delirando.

—¡Es por su culpa! —grito Sumi, quien estaba abrazada a su hermano, sollozando —. ¡Él es un buen chico, y ustedes lo están trastornando y casi lo matan!

—Nada de esto hubiera pasado si él no hubiera venido al santuario anoche como un delincuente… pero eso no lo discutiré contigo, niña —contesto Hiroshi—. Pronto llegaremos a tu casa, para que tu familia se haga cargo de él.

Siguieron esperando por un largo rato. Goro comenzó a recuperar más la consciencia hasta que dejó de murmurar, quedando algo confundido al encontrarse sentado y con Sumi abrazada a él. Entonces apareció el señor Koba, seguido por Jiro que venía cabizbajo y avergonzado.

—Hiroshi-sama, perdone nuestra demora. Su hija estaba muy descontrolada, y no había nadie en su casa que la vigilara y controlara, así que tuve que ir a buscar a alguien más, pero ya está todo bajo control. Su hija quedó con su esposa, y dejé a uno de los empleados vigilando que no salga de nuevo.

—Entiendo, gracias Koba-san, mejor sigamos de inmediato. Oye, chico ¿puedes caminar ahora? —dijo Hiroshi dirigiéndose a Goro.

Goro levantó la cabeza en forma lenta. En sus ojos aún se veía algo de confusión, mezcla del golpe y la fiebre.

—¿Acaso me golpearán de nuevo… si no lo hago?

—Eso no debió ocurrir —intervino el señor Koba—. Ya hablé con mi hijo, y lo aleccioné por esa acción tan fuera de lugar. Jiro, discúlpate con Mayugorô-san.

El aludido dio un par de pasos, pero demoró en responder. Después de unos segundos de vacilación, habló con voz grave.

—No… no debí golpearte de esa forma. Te pido que me disculpes.

Goro lo miró con ojos vidriosos, y solo logró dar un resoplido como respuesta.

—Bien, esto no nos llevará a ninguna parte. Vamos, pongamos en marcha como sea. Koba-san, Jiro-san, ayúdenlo a ponerse de pie y caminar —ordenó Keitaro.

Los dos hombres se acercaron, con Sumi mirándolos con miedo, pero la lograron apartar suavemente, tomando a Goro por los hombros, y poniéndolo entre ellos dos para ayudarlo a caminar.

El grupo siguió su camino lentamente, Bajaron con dificultad las escaleras, y luego tomaron el camino en dirección hacia la zona de artesanos, donde estaba el taller de zapatos de los Mayugorô, a unos mil metros de la entrada al santuario.

El extraño grupo llamaba la atención de los escasos transeúntes que andaban por la zona, en especial al ver a los sumos sacerdotes escoltando a un chico en un notorio mal estado. Todos bajaban la vista ante la presencia de los Miyamizu, pero los sacerdotes no pudieron dejar de notar que a su paso iban dejando cuchicheos.

—Creo que deberíamos haber venido vestidos de forma menos vistosa, hermano —dijo Keitaro a Hiroshi, en un susurro.

—Es mejor que terminemos esto como sea. Y nosotros no somos delincuentes para tener que ocultarnos.

—Está bien, solo espero que esto no se siga saliendo de control.

Cuando ya faltaban pocos metros para llegar al taller, uno de empleados de Mayugorô que hablaba en la calle con un cliente divisó al grupo. Desde lejos el grupo vio como el empleado despedía apuradamente al cliente, y entraba dando voces al taller. Hiroshi y Keitaro se miraron con preocupación.

Cuando llegaron a la entrada del taller, se encontraron con un grupo de tres hombres que salieron de él: el empleado que los había visto, el hermano mayor de Goro y su padre. El último miró al grupo de recién llegados por un segundo, antes de inclinarse ante los sacerdotes. El empleado y el hijo lo siguieron.

—Mi nombre es Mayugorô Yamazaki. Es un honor tener la presencia de personas tan importantes como ustedes en mi taller, sumos sacerdotes del santuario Miyamizu.

—Yo soy Miyamizu Hiroshi, sumo sacerdote del santuario. Y este es mi hermano, Miyamizu Keitaro. Lamento tener que visitarlo en estas condiciones y por un motivo tan incómodo, pero tal como mis hombres le dijeron anoche, traigo a su hijo ante usted. Y tenemos que hablar de este bochornoso asunto y solucionarlo.

Yamazaki se incorporó y quedó mirando a su hijo, quien estaba mirando al suelo, aún sujetado entre los brazos del señor Koba y Jiro, sin atreverse a mirar a su padre. Su padre le habló en forma golpeada, mostrando una virulencia que sorprendió a los recién llegados.

—¡Goro! ¿Acaso esta es la forma de llegar a tu casa, trayéndonos deshonra y vergüenza a la familia? ¡Párate como un hombre, y mírame a la cara!

El señor Koba se miró con Jiro, y con un pequeño gesto de cabeza se dieron a entender que debían soltar al muchacho. Goro de pronto volvió a sentir todo el peso de su cuerpo sobre sus piernas y trastabilló un par de pasos antes de quedar frente a su padre.

—Padre… yo… yo no quería que esto ocurriera.

—¿Acaso no sabes que el santuario de Miyamizu es un lugar que tiene autoridad sobre todo Itomori? ¿Cómo te atreviste a ir anoche a ese lugar de esa forma?

—¿Usted sabe por qué él fue allá, Yamazaki-san? —inquirió Keitaro.

—No lo tengo del todo claro. Mi esposa hoy fue sin mi autorización a ver a este muchacho, aunque me trajo algunas noticias. ¡Y tú, Sumi, tendremos una conversación más tarde!

La niña, que se había mantenido detrás del grupo de recién llegados intentando pasar desapercibida, recibió la interpelación con una exhalación de miedo. Al levantar la vista, vio a su madre más atrás de su padre, fuera de la vista. Sin pensarlo, corrió alrededor de ambos grupos hasta llegar donde su madre y abrazarla, poniéndose a llorar.

Yamazaki, vio a su hija hacer la maniobra, hasta ver que su esposa había estado detrás sin que él se hubiera percatado. Emitió un chasquido de desagrado.

—Estas mujeres a veces dan problemas. Creen que pueden tomar decisiones sin el permiso de su marido. Pero eso lo arreglaré yo más tarde…

Keitaro y Hiroshi solo atinaron a darse una disimulada mirada de preocupación.

—…pero mis señores, yo sé que ustedes son las máximas autoridades de este pueblo. Nosotros somos simples artesanos, que llegamos hace algunos años a Itomori buscando ganarnos la vida honradamente. Sé que quieren conversar conmigo, pero quisiera pedirles que primero me dejen hablar en privado con Goro. Quiero saber de sus propios labios lo que sea que tenga que decirme, antes de hablar con ustedes.

—Está bien, creo que es lo justo. Esperaremos aquí a su regreso —indicó Keitaro, con una venia.

—Oh, pero no sería cortes dejarlos esperando en la calle. Perdonen sus excelencias lo pequeño de nuestra casa, pero por favor esperen adentro. Kansaki-san, lleva a los invitados a mi casa —ordenó Yamazaki, dándole la orden al empleado del taller.

—Si, Mayugorô-san —respondió el empleado, haciéndole un gesto a los sacerdotes—. Por aquí, señores.

—Koba-san, Jiro-san, espérennos acá afuera, por favor —indicó Keitaro a sus hombres.

—Como ordene, Keitaro-sama.

Los sumos sacerdotes siguieron al empleado, entrando al local por una estrecha entrada entre todo tipo de sandalias que estaba expuestas a la vista para atraer la atención de los clientes.

—Y tú, ayúdame a llevar a tu hermano atrás, a los baños —indicó Yamazaki a su hijo mayor.

Entre ambos tomaron a Goro por los brazos, y caminaron rodeando al edificio del taller, encaminándose a los baños de la casa, que estaban detrás del taller y de la casa, cerca de la rivera del lago.


§

—Este lugar es mucho más pequeño de lo que esperaba —dijo Keitaro, que estaba sentado junto a Hiroshi en un par de cojines, en la sala principal de la casa de los Mayugorô.

La estancia no tenía más de diez tatamis de espacio, y estaba rodeada por algunos viejos muebles, y una mesa central.

—La vida de los artesanos debe ser difícil —respondió reflexivamente, Hiroshi.

Una puerta al lado de ellos se deslizó, y una mujer apareció. Ellos la reconocieron como la esposa de Yamazaki Mayugorô, que habían divisado detrás de él algunos minutos atrás.

La mujer arrodilló frente a ellos y se inclinó para saludarlos.

—Bienvenidos a nuestro hogar. Mi nombre es Mayugorô Sayuri. Les pido disculpas por la demora de mi esposo. Les serviré té mientras lo esperan.

La mujer se puso de pie, salió un segundo de la sala, y regresó de inmediato trayendo en una bandeja una charola con agua caliente, y algunas tazas de porcelana para té.

La mujer sirvió con diligencia el té, bajo la atenta mirada de los Miyamizu.

—Sayuri-san, estuvo usted esta mañana en nuestro santuario ¿verdad? —inquirió Hiroshi.

—Sí, fui a ver a mi hijo, y el anciano que los acompaña fue muy amable conmigo y con mi hija, y consiguió que pudiéramos verlo.

—¿Koba-san la dejó entrar? —preguntó con curiosidad Keitaro, mirando a Hiroshi —. No lo sabía.

—Koba-san preguntó a Hanako. Ella las autorizó —dijo Hiroshi dando un sorbo a su té.

—Oh…, no sabía nada de eso.

—Fue cuando estábamos haciendo la ceremonia en la mañana; Koba-san cumplió con no molestarnos —comentó Hiroshi encogiéndose de hombros.

—Ya veo…

Hiroshi dejó la taza de té frente a él, carraspeó, y miró directamente a la mujer. Quería tantear terreno con la familia del chico, y así intentar ahorrar tiempo.

—Sayuri-san, lamento que no podamos haberla atendido personalmente esta mañana, pero había una ceremonia que solo Keitaro-san y yo podíamos realizar, en forma urgente. Pero entonces usted habló con su hijo. ¿él le dijo por qué fue al santuario anoche?

La madre de Goro esquivo la vista, sintiéndose avergonzada.

—Sí. Me lo dijo. Yo no lo podía creer. Aún no puedo…

—Entonces usted sabe que él fue a ver a mi hija.

—Sí, pero… pero ¡él me juró que no le ha hecho nada a su hija! Sé que él es joven e imprudente. Pero no es un delincuente ni un mentiroso. ¡Les pido que le crean, por favor!

Sayuri estaba tan nerviosa que tiritaba. Sabía que los hombres frente a ella eran los más poderosos e influyentes de todo Itomori, y una palabra negativa de ellos ante el Daimyo podía significar la completa destrucción de su familia.

—¿Y qué piensa usted de esto, Sayuri-san? —insistió Hiroshi.

La mujer los miró tímidamente. Sintió temor de que sus palabras pudieran condenar a su familia. Pero amaba a su hijo y quería su felicidad. Por varios segundos el debate interno apretó su pecho, hasta que no pudo soportar y simplemente se dejó llevar.

—Quiero que mi hijo pueda tener una vida plena. Que pueda ser feliz, libre de tener que pasar hambre, libre de tener que vagar de pueblo en pueblo buscando un lugar donde radicar su cabeza, como tanto nos costó a nosotros. Y quiero que pueda formar una familia feliz, con una mujer que él ame y que ella lo ame y honre a él de la misma manera. Pero… yo sé que ustedes son una familia poderosa en Itomori. Controlan la tierra y representan al Daimyo aquí. Sé que a sus ojos nosotros los Mayugorô no somos dignos, somos simples artesanos. Y eso… me entristece. Me entristece por mi hijo.

Un incómodo silencio siguió a esa declaración. Sayuri bajó la vista, algo avergonzada, sintiendo que se había excedido ante ellos.

—Creo… entender sus palabras bien, Sayuri-san —intervino Hiroshi, hablando en forma pensativa—. Mi propia hija ha actuado desafiándome desde hace un tiempo. Pensé que era simple rebeldía, pero recién ayer descubrí que la razón era… sus sentimientos… por su hijo. La familia Miyamizu tiene planes para ella, pero ahora esos planes se oponen a los sentimientos de mi propia hija. Yo podría ceder, pero las cosas no son tan simples. Quien tome en matrimonio a Hanako no será un simple esposo formando una simple familia, sin importar cuánto se amen. Ese hombre tendrá responsabilidades con la gente de Itomori, con el Daimyo, con el Bakufu y, lo principal es que tal hombre tendrá un compromiso de por vida con el Dios de nuestro santuario, para servirlo como un sacerdote Miyamizu. Todo eso va mucho más allá que solo formar una simple familia…

Sayuri levantó la vista y miró a Hiroshi con los ojos muy abiertos, asombrada, sin entender a qué quería llegar el sumo sacerdote.

Hiroshi se quedó sin palabras. Miró a Keitaro, intentando buscar inspiración, pero él entendió que le pedía ayuda, así que retomó el hilo de los pensamientos de su cuñado.

—Lo que mi hermano quiere decir es que él comprende lo fuerte de los sentimientos que tienen su hijo y mi sobrina. Pero no podemos como familia y como clan simplemente consentir esa relación, si es que alguien como su hijo no está preparado para transformarse en un Miyamizu, y algún día ser un líder del santuario, y de todo Itomori; ¿Acaso está su hijo preparado para asumir un papel así?

Hiroshi quedó sorprendido con lo directo que podía ser Keitaro, así que miró a Sayuri esperando la respuesta a esa pregunta que él no había sido capaz de articular.

Sayuri quedó boquiabierta. Lo que esos hombres le preguntaban no era una condena para su hijo, sino una oportunidad que podía hacer la diferencia entre la felicidad o la desdicha de Goro para el resto de su vida. Tragó saliva intentando disimular su sorpresa.

—Él… Goro es un chico valiente, y muy honorable. Anoche nos dejó perturbados saber que había sido… capturado como un delincuente. Él no es así, y no podía entenderlo. Hoy, cuando hablé con él, pude entender la razón. Y sé que él es tenaz, es capaz de grandes cosas. Y a diferencia de mis hijos mayores, a él y a su hermana Sumi les he podido enseñar cosas que a sus hermanos mayores no. Goro sabe leer y escribir.

—¿Él sabe…? ¿Usted le enseñó? —preguntó con asombro Hiroshi que no esperaba tal nivel de educación en una familia de artesanos.

—Cuando yo era niña, viví y crecí en Edo. Mi familia paterna tenía buenas conexiones con… con… con algunas familias poderosas de Edo. Y mi padre pudo pagar tutores para que nos enseñaran a mí y a mis hermanos a leer y escribir, y muchas otras cosas. Por eso yo pude transmitirles ese conocimiento a mis hijos menores.

—¿Entonces su familia era cercana a la corte imperial?

Sayuri se dio cuenta que había hablado de más; no quería que revelaran sus conexiones con la familia Tanuma, caída en desgracia desde hacía ya más de veinte años.

—Yo… mi familia servía en la corte, sí… pero… pero eso acabó. Después del incendio de Edo conocí a mi esposo, y desde entonces ya no tengo contacto con mi familia en Edo. Ahora mi esposo Yamazaki, mis hijos y mi familia en Itomori es todo lo que tengo en la vida.

—Oh, ya veo…

Sayuri sintió que se había librado de un tremendo peligro. Pero lo importante era ahora su hijo, Goro. Así que retomó el hilo.

—Pero saber leer y escribir no ha sido solo bendiciones para Goro. Eso también le ha traído problemas con la familia. Le ha despertado otros intereses, una visión más amplia del mundo; pero mi esposo resiente que Goro no esté únicamente interesado en aprender el negocio de la familia. A Yamasaki le molesta que Goro este pendiente de otras cosas. En parte es mi culpa. Yo lo instruí y le enseñé a ver cosas más allá, tal como en alguna época yo aprendí siendo una niña en Edo…

Sayuri miró a los hombres, y sintió que un nudo se formaba en su garganta.

—…pero, pero ahora soy parte de una simple familia de artesanos. Sé que Goro sería capaz de grandes cosas, pero hay puertas que él no puede abrir solo, desde su posición. Y ustedes lo han maltratado, y lo han traído herido y humillado. Aún si ustedes… quisieran… darle una oportunidad, no sé si él querrá aceptarla, excepto por… porque ama a su hija.

Sayuri se inclinó ante los sacerdotes con una profunda reverencia.

—Mis señores, mi hijo es alguien honrado y honorable. También es alguien muy educado, por sobre lo que ustedes encontrarán en todo Itomori. Por favor les pido que perdonen su trasgresión y sus errores de juventud. Y estoy segura que lo que él siente por su hija es algo genuino y puro. Les pido que por favor lo tengan en consideración…

La conversación se interrumpió cuando una puerta lateral se deslizó. Yamazaki Mayugorô estaba de regreso. Se le veía algo agitado y molesto, pero hizo una reverencia cortés y se sentó rápidamente al lado de su esposa.

—Mis más sinceras disculpas por la demora, mis señores.

—No tiene que preocuparse, su esposa ha sido muy amable y nos ha atendido muy bien —respondió Keitaro—. Y durante la espera hemos podido entender mejor lo que sucede con su hijo.

—Me alegra escuchar eso. Bueno, yo hablé con mi hijo, y ahora sé de sus propios labios la causa de que haya importunado a sus señorías, de manera tan grosera. Pero ya tomé cartas en el asunto, y le puedo asegurar que tal actitud y desobediencia de mi hijo no se volverá a repetir…

Yamazaki hizo una profunda reverencia ante los sacerdotes, apoyando las manos en el suelo, y llevando su frente hasta casi tocar el suelo.

—…así que ya he aleccionado a mi hijo, y le prometo que él ya nunca más se acercará a su familia.

Hiroshi y Keitaro abrieron los ojos de sorpresa, no solo por las palabras de Yamazaki, sino que además ambos vieron que la mano derecha del hombre estaba torpemente vendada, de forma apresurada, cubriendo los nudillos, con sangre fresca asomando entre los hilos de la tela.

—Mayugorô-san… ¿qué le dijo a su hijo? ¿Y… qué le hizo? —preguntó con voz preocupada Hiroshi.

—Lo que un padre debe hacer con un hijo rebelde, que acaba de trasgredir las reglas de las autoridades del lugar. Sus hombres me lo dejaron claro anoche: ustedes lo capturaron como un delincuente. Me dijo que había ido a ver a su hija, pero él sabe que eso es una ofensa grave. Así que lo traté como se debe castigar a un delincuente. Tiene mi palabra de que él dejará en paz a su hija.

Sayuri exhaló un ahogado grito de sorpresa al entender que su esposo acababa de golpear al ya maltrecho Goro.

—Cariño, ¡Qué le hiciste a Goro!

—Lo que debí haber hecho hace mucho tiempo con ese muchacho insensato, mujer. En vez de dedicarse a ser un buen artesano, se ha estado llenando la cabeza con nubes. Es hora que siente cabeza y deje de perder el tiempo. El taller será su única preocupación desde ahora, hasta que aprenda la lección.

—¡Yamazaki! —jadeo su esposa, desconcertada. Pero Sayuri no pudo hablar más; lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Sayuri. Quería ir corriendo a ver a su hijo, pero no podía dejar el lugar sin ofender a sus importantes invitados, o peor, hacer enojar a su esposo.

Hiroshi y Keitaro se revolvieron incómodos. La situación de Goro Mayugorô parecía estar entrando a un oscuro a un callejón sin salida. Hiroshi estaba comenzando a vislumbrar que tal vez la felicidad y el futuro de su hija podría ir de la mano con ese muchacho, pero el devenir de los acontecimientos podía estar cerrando tal puerta para siempre.

—Mayugorô-san, creo que hay algo que usted no ha tomado en cuenta. Goro-kun le dijo que él tiene sentimientos por mi hija Hanako, ¿verdad?

—Oh, sí, eso dijo. Y lamento mucho tal insensatez de parte de mi hijo, mi señor.

—Pues, tal vez eso no sea una insensatez, Mayugorô-san, porque…

Un sonido fuerte interrumpió las palabras de Hiroshi. Un aullido de viento se dejó sentir incluso dentro de la habitación cerrada. Las puertas se agitaron por unos segundos, sobresaltando a los cuatro en la habitación, y el techo de la casa emitió un extraño crujido.

—¿Un terremoto? —preguntó alarmado Keitaro.

—No, eso parece… ¿eso fue el viento? —preguntó Hiroshi, mirando al dueño de casa.

—Sí, es el viento, pero recién el cielo estaba espejado y en calma —respondió extrañado Yamazaki—. Es raro que haya un viento así de fuerte sin una tormenta.

—Bueno, entonces…

Una segunda ráfaga de viento aún más fuerte que la anterior hizo que el techo ahora diera un crujido aún más intenso que el primero. Todos comenzaron a mirar hacia el techo y alrededor con preocupación.

—Tal vez debamos volver al santuario, Hiroshi —dijo Keitaro con algo de preocupación.

—Narumi-san y sus hijos pueden encargarse de cerrar todo si es necesario, pero ahora necesitamos terminar lo que vinimos a hacer aquí.

Hiroshi enderezó su espalda en una postura que le confirió una fuerte aura de autoridad, y se quedó mirando a Yamazaki Mayugorô con severidad.

—Mayugorô-san. Yo no soy quién para intervenir en su relación de padre con su hijo Goro. Pero tengo que dejar algo claro: su hijo y mi hija establecieron una relación sentimental a nuestras espaldas, y como padre tengo que velar por el bien y la felicidad de mi hija. Y eso implica que tengo que hablar seriamente del futuro de su hijo.

Yamazaki se encogió ante el porte de sacerdote, pero quedó totalmente desconcertado por sus palabras.


§

Goro Mayugorô yacía tirado en el piso de los baños de su casa. El frío suelo hacía que su cuerpo se contrajera inconscientemente por la fiebre que había comenzado abrazar su cuerpo. Pero él casi no sentía nada; tampoco sentía el salado gusto a la sangre que manaba de su nariz y chorreaba desde su boca. Nada de eso se permeaba su consciencia, aturdida producto de los golpes que había recibido.

Su mente estaba confundida, vagando entre recuerdos e imágenes inconexas. El miedo que había sentido, y el dolor se difuminaba ahora en una extraña sensación de ausencia.

De pronto volvió a sentir su cuerpo liviano, como flotando, y su mente de aclaró de golpe, solo para ver oscuridad. Y en esa oscuridad, dos ojos rojos ya conocidos lo observaron de forma altiva.

Cuando su vista se aclaró, Goro se encontró de nuevo en ese extraño mundo del Dios dragón. La gutural voz que llegaba entre resoplidos golpeó nuevamente su consciencia.

—FU-FU-FU, QUE MISERABLE CRIATURA… ERES. FU-FU-FU. YO PUEDO LEERTE, Y VEO QUE… NI TU PROPIA SANGRE… TE RESPETA.

—Yo… yo estaba…

La claridad mental le permitió recordar lo último que había sucedido.

Su hermano lo había llevado al baño, y lo había sentado en un rincón aplicándole paños mojados para tratar la fiebre, hasta que su padre había llegado y envió a su hermano de vuelta al taller. Su padre había preguntado lo que había sucedido con él, y cuando le dijo la verdad de la forma más sincera que pudo, su padre lo insultó tratándolo de un inútil presuntuoso. Él quiso ponerse de pie y protestar, diciéndole a su padre cuánto él amaba a Hanako, pero el primer golpe de su padre lo tomó por sorpresa. Los siguientes golpes, con su padre diciéndole que la olvidara porque él jamás volvería a estar con ella fueron destrozando su corazón, su orgullo y su autoestima. Vagamente sintió su cuerpo en algún momento llegar al suelo, y de pronto estaba frente al dragón.

Lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.

—TÚ… ERES… DESPRECIADO POR TODOS. JAMÁS TENDRÁS A ESA… MUJER, A MENOS QUE… MUESTRES QUE ERES… DIGNO DE ELLA.

—¿Cómo? ¿Cómo podría…?

—YO TENGO… PODER. ¡ÚNETE A MÍ! TE DARÉ PODER… PARA ACABAR CON LOS QUE… SE OPONEN A TI.

Entre lágrimas, solo pudo ver aquellos ojos rojos.

—¿Y podré ganar… y estar con Hanako?

—UNETE A MÍ… Y TODOS AQUELLOS… QUE TE HAN DESPRECIADO… DESAPARECERAN… Y ESA MUJER… SERÁ TUYA… NADIE PODRÁ… OPONERSE… NINGÚN MIYAMIZU JAMAS VOLVERÁ… A OPONERSE.

—Sí, quiero eso. Dime ¿Qué debo hacer? ¿Cómo puedo tener ese poder?

—DEBES ACEPTARME… COMO TU DIOS… Y DARME… TU CUERPO Y TU MENTE… PARA RECIBIR… MI PODER.

—Lo haré. Dame ese poder, ¡el poder para estar con ella!

Goro cerró los ojos, y sus pensamientos solo estuvieron en unirse al Dios dragón, él único que confiaba en él, el único que lo apoyaba.

—AHHH, ERES… VENGANZA… TU NOMBRE SERÁ… RECORDADO… AME-NO-KAGASEO SERÁ… ENALTECIDO… Y VENGADO… A TRAVÉS DE TI… MI PODER… FLUIRÁ… A TRAVÉS DE TI…

Goro sintió que la oscuridad se llenaba de una tibieza y luego un calor que nunca antes había sentido. Su consciencia comenzó a oscilar, y sintió que de pronto su mente ya no era su mente. En su mente ya no era solo él, había alguien más. Había algo más. Y una risa ronca, que le costó reconocer como su propia voz, fue lo último que escuchó antes de que su consciencia se adormeciera, eclipsada por esa presencia que inundó su mente.


§

Sumi Mayugorô se había escabullido a un rincón de la casa después de que su madre fuera a atender a los sacerdotes que habían traído a su hermano. Estuvo llorando en silencio por el miedo de la amenaza de su padre.

Cuando sintió los pasos de su padre por fuera de la habitación, se encogió de miedo, como un ratón intentando desaparecer de la vista de un gato hambriento. Pero su padre pasó de largo en dirección a los baños. Recordó que su hermano estaba ahí. Lo había estado cuidando todo el día, y le dolía ver a Goro débil, delirante y febril.

Sumi había crecido admirando a su hermano mayor. Le gustaba cuando él la cuidaba. Ahora sentía que tenía que devolverle la mano, y quería que él también la viera de la misma forma que ella lo veía a él.

Cuando sintió pasar a su padre de regreso en dirección a la sala principal de la casa, decidió que era el momento de salir de su escondite e ir a ver a Goro.

Se asomó al exterior con extrema precaución, por la puerta más alejada del salón principal. Nadie estaba a la vista. La luz del atardecer hacía que las sombras ya estuvieran alargadas, pero el pasillo de la casa estaba a contraluz, lo que le permitió moverse con más sigilo aún.

Caminó en silencio lo más rápido que pudo, y en pocos segundos llegó hasta los baños. Abrió un centímetro la puerta, con cuidado. No quería que fuera sorprendida por alguien más adentro que la pudiera atrapar y llevar donde su padre. No había nadie, excepto…

Lo que vio le heló el corazón.

Goro estaba tirado en medio del piso del baño, con la cara contra el piso, y con sangre brotando de su cara formando una poza en el suelo.

La impresión fue tan fuerte que olvidó toda prudencia. Sumi dio un grito de sorpresa y angustia, y se lanzó adentro de la sala del baño, girando a su hermano boca arriba e intentando reanimarlo.

El chico no respondió en lo absoluto. Respiraba, pero estaba inconsciente, con su cuerpo temblando sin control.

—Goro, ¡Goro! Respóndeme ¡Goro! ¿Qué te pasó? ¡Hermano!

Desesperada, Sumi miró a su alrededor y vio algunos trapos de tela mojados, tirados cerca de Goro. Corrió a tomarlos, y los enjuagó en una cubeta con agua fría que encontró cerca. Luego los llevó donde Goro, y comenzó a limpiarle la cara, intentando detener el sangrado.

—¡Goro! Por favor vuelve, soy yo, soy Sumi. ¡Por favor despierta!

Sumi sintió que de pronto sus cuidados estaban dando efecto. Goro comenzó a moverse levemente, y sus ojos comenzaron a moverse en todas direcciones bajo los párpados cerrados. Su boca intentaba balbucear algo.

La chica se quedó en silencio, y acercó su oído a la cara de Goro, intentando escuchar qué decía, pero la voz del muchacho era apenas audible; Sumi creyó captar trazos de algunas palabras ininteligibles, excepto por dos que sí pudo entender: "dame poder".

Sumi supuso que su hermano estaba delirando. «Debe ser la fiebre», pensó, así que tomó el segundo paño y se comenzó a aplicar en la frente para intentar bajar la fiebre.

De pronto, el cuerpo de Goro comenzó a convulsionar como ella nunca lo había visto hacerlo. Sumi tomó la cabeza de Goro, intentando que no se azotara contra el suelo, pero los brazos y piernas se sacudieron sin control, hasta que las convulsiones cesaron de golpe, de forma tan repentina como se habían iniciado.

—¿Goro? ¿Estás bien? ¿Me escuchas? —preguntó Sumi con timidez, sin saber que hacer ahora que todo había vuelto tan de golpe a la calma.

Entonces Goro abrió lentamente los ojos, primero sin que parecieran estar enfocando nada, hasta que comenzó a pestañar, lentamente, como retomando la consciencia de donde estaba.

—¡Goro! Estoy aquí, hermano, soy yo, Sumi ¿Cómo te sientes?

Pero Goro solo se limitó a mirarla con extrañeza por un par de segundos, y sin previo aviso se sentó en el suelo como si lo hubiera alzado una cuerda invisible.

—¡Hey! Hermano, espera, no te levantes así, ¡te vas a sentir mal!

Goro giró lentamente la cabeza, mirándola, y le habló a Sumi con una voz que ella no pudo reconocer. Gutural, grave y con un desprecio mortal.

—Aléjate de mí… asquerosa criatura.

Las inesperadas y crueles palabras sorprendieron a Sumi que cayó sentada hacia atrás de la sorpresa y el miedo.

—G-Goro ¿qué te ocurre? ¿Por qué me tratas así?

Goro se puso de pie con algo de dificultad, y se quedó mirando por un segundo sus propias manos. Luego se las llevó a la cara y a la cabeza, palpándola. Un leve rictus de dolor surcó su cara cuando tocó tanto sus heridas recién recibidas, como el golpe en la parte de atrás de la cabeza que había recibido la noche anterior.

—Qué seres tan débiles y… patéticos —dijo Goro con esa misma extraña voz gutural.

—Hermano, me estás asustando… por favor deja de jugar… no es divertido —rogó con voz temblorosa Sumi, aún sentada en el suelo, mirando a su hermano hacia arriba.

Pero Goro la ignoró completamente.

—Algo de poder… me ayudará a corregir… este débil cuerpo.

Las manos de Goro volvieron a la cara, y se quedó en una extraña postura estática por varios segundos. Una luz rojiza comenzó a aflorar entre la piel de las palmas y la cara, que hizo gritar de miedo a Sumi, cuando vio que las heridas, hematomas y la inflamación de la cara de su hermano se absorbieron y desaparecieron de su cara en cosa de unos segundos, sin dejar ningún rastro.

—Goro ¿qué hiciste? ¿Goro?

Goro miró a la muchacha con una cara totalmente sana, irguiéndose en una postura desafiante. La repentina actitud que mostró era como como si no estuviera enfermo ni herido en lo absoluto.

—Ahora podré rendir cuentas… con este pueblo… y con los miserables… Miyamizu.

Sumi no podía entender qué estaba ocurriendo. El odio en esa extraña voz de su hermano le causó escalofríos.

—¿Qu-Quién eres tú? ¿Goro? Por favor… no juegues…

Sumi se puso de pie lentamente, pero encogida, sin saber si acercarse a su hermano o huir.

Goro la miró en forma altiva. Una risa con un tono animal salió de su boca, y luego miró a Sumi, divertido al ver la cara de miedo de la chica.

—Tu Goro… ya no está más… aquí…

—¡Qu-Quién eres! ¿Qué quieres de mi hermano? ¿Dónde está mi hermano?

Goro la miró con desprecio por un par de segundos, sin intenciones de responderle. Luego miró la puerta. Comenzó a caminar hacia ella, primero con movimientos algo torpes, pero a los pocos pasos comenzó a caminar en forma fluida.

Sumi quedó paralizada, sin saber que hacer. Una idea la asaltó con violencia: lo que fuera que estaba dentro del cuerpo de Goro, estaba a punto de irse, y si lo hacía, ¡tal vez nunca más volvería a ver, ni a recuperar a su hermano! El terror la invadió, y la desesperación venció al miedo. Sin pensarlo avanzó a zancadas hacia su hermano y lo abrazó apretándose contra la espalda del chico con toda la fuerza que pudo, cerrando los ojos mientras intentaba detenerlo.

—Goro, soy yo, soy Sumi, vuelve conmigo, no dejes que eso te lleve ¡Vuelve conmigo! ¡Hermano, vuelve!...

Goro levantó los brazos, extrañado, observando las pequeñas manos que lo abrazaban por su estómago. Intentó avanzar un par de pasos más, sin éxito. Entonces una de las manos de Goro tomó la muñeca de Sumi, y la apretó haciendo gritar a la chica del repentino dolor. Las manos de ella se soltaron, y Goro tiró del brazo de la chica, arrastrándola y luego levantándola en el aire frente de él.

Sumi gritó y pataleó intentando zafarse el fuerte apriete de la mano de Goro que la alzaba, con sus pies apenas tocando el piso.

—¡Suéltame, animal! ¡Auxilio!... Agggh ¡Suéltame!

Pero Goro no la soltó. Acercó a la chica colgando hacia él hasta que sus caras quedaron frente a frente.

Sumi sintió pavor. Miró a su hermano a los ojos, y vio que sus ojos oscuros ya no lo eran. Refulgían con una luz rojiza. Eran los ojos de un demonio. El miedo la hizo sentir que se iba a desmayar.

—Cobarde criatura… ¿te atreves a llamar… animal… a tu Dios?

Los ojos de Sumi comenzaron a llenarse de lágrimas. En pánico, apenas si pudo susurrar «ayúdenme, ayúdenme», sin poder de dejar de mirar los rojos ojos del demonio que ya no era su hermano.

El monstruo tomó una bocanada de aire, y habló con la voz más cargada de furia que Sumi nunca escuchó, y que jamás volvería a escuchar.

—YO SOY AME-NO-KAGASEO, ETERNO DIOS DE LOS CIELOS Y DE LA DESTRUCCIÓN. ¡YO SOY LA VENGANZA DE ITOMORI!

El brazo de Goro se balanceó, y arrojó a Sumi hacia un costado como si fuera una muñeca de trapo. El cuerpo de la chica dio de lleno contra el muro y azotó su cabeza contra la pared, rebotando luego cayendo al suelo, inconsciente.

Ame-no-Kagaseo salió de la habitación de los baños sin volverse a mirar atrás. Caminó una decena de pasos en el exterior, y miró hacia el sol que ya estaba a punto de ponerse contra las montañas que rodeaban Itomori.

—Este lugar… maldito… debe volver… a sus cenizas.

El Dios miró a su alrededor, buscando. Una visión más allá de lo humano oteaba en todas direcciones, hasta que su atención se fijó en una construcción que estaba a un kilómetro y medio de distancia, en diagonal, montaña arriba: el santuario Miyamizu.

—¡Ya no podrán… esconderse más… de mi furia, insectos Miyamizu!

Ame-no-Kagaseo miró hacia el lago, que estaba a algunas decenas de metros de los baños. Caminó hacia el lago y se internó en él hasta quedar con el agua hasta las rodillas. Luego se giró en dirección hacia el santuario, con los brazos abiertos.

—¡El poder de los cielos… que lleve la destrucción hacía ti!

La atmosfera se comenzó a agitar, y un repentino viento comenzó a moverse primero a ras del agua, hasta ir aumentando hasta transformarse en un potente chorro de viento que soplaba desde el lago en línea recta en dirección al templo de Miyamizu. Nubes de polvo se levantaron por las repentinas ráfagas de viento, sumadas a miles de hojas secas de otoño que comenzaron a volar con fuerza por el aire.

Cuando la velocidad y fuerza del viento alcanzó un nivel potente, Ame-no-Kagaseo caminó de regreso hacía los baños de los Mayugorô. Observó con regocijo lo que buscaba. Pilas de madera seca se apilaban contra el muro, cerca de donde estaba una cocina de hierro y ladrillo para calentar el agua.

Ame-no-Kagaseo se acercó a la madera y la estudio por unos segundos. Luego puso sus manos frente a su cara, observando las yemas de los dedos.

—Durante cientos de años… me han tenido atrapado… pero he juntado fuerzas… para este momento. Para que mi furia… sea completa. Para que mi venganza… consuma a los Miyamizu.

El Dios llevó las manos a la madera, tocándola con la punta de los dedos. Cerró los ojos, y chispas rojas comenzaron a salir de sus yemas, como pequeñas orugas rojas y brillantes. Al tocar la madera, comenzaron a crecer hasta parecer insectos reptando por entre la madera, dejando un camino de fuego en todas las direcciones en que se movían.

Más y más de esos insectos de fuego fueron saliendo de sus dedos, avanzado e incendiando todo a su paso, hasta llegar a los bordes de la pared y saltar como grillos, siendo arrastrados por el viento, hasta alcanzar los árboles cercanos que comenzaron a arder mientras los insectos de fuego seguían creciendo y reptando hacia las ramas superiores, para alcanzar el viento y saltar al siguiente árbol.

En menos de un minuto, el muro del salón de baños de los Mayugorô que daba hacia el lago estaba completamente en llamas, junto con los árboles y todo el material combustible que estaba cerca de él, avivado por el viento que iba transportando más y más seres fuego en dirección hacia el santuario Miyamizu.

Ame-no-Kagaseo retrocedió una decena de metros en dirección hacia el lago, y se dio vuelta para observar su obra: con ojos rojos relucientes de júbilo observó como las llamas comenzaban a avanzar ya por el techo del baño, y saltando de árbol en árbol.

Una carcajada gutural salió de su garganta.

—Ha-ha-ha. Despreciables humanos. Creyeron que su poder… me atraparía… para siempre. Solo mi poder… es para siempre…. Y cuando ustedes desaparezcan… yo seré… libre.

Gritos desesperados a la distancia comenzaron a escucharse. Una campana de madera comenzó a golpear con insistencia, alertando y haciendo eco de los gritos de "¡Fuego!".

Pero Ame-no-Kagaseo ya casi no podía escuchar. Había ocupado lo último de la energía que había acumulado por siglos para producir ese fuego de venganza que iba creciendo y subiendo por los árboles y la montaña, cabalgando sobre el viento, en dirección hacia el santuario Miyamizu.

—Mi… venganza… caerá sobre… ustedes.

Y sin tener ya más energía, Ame-no-Kagaseo no pudo seguir controlando el cuerpo ni la mente de Goro, que se desplomó al suelo, inconsciente.