Ayami y las hermanas Miyamizu llegaron corriendo al pequeño salto de agua que estaba al fondo del santuario y que marcaba el límite con el monte.

Las tres mujeres se detuvieron un momento intentando recuperar el aliento, mientras miraban en todas direcciones sin tener claro que camino seguir.

—Y ahora ¿qué hacemos? —preguntó Kaori ansiosa, mirando a las mayores.

Hanako estaba acomodando a su hermano recién nacido entre las telas del onbuhimo, y se volvió hacia el santuario, que estaba colina abajo del lugar en dónde estaban ahora.

Desde ese punto de vista más elevado, Hanako vio con horror como la oscuridad del anochecer era iluminada por el fuego que ya rodeaba por tres partes al santuario. Las primeras construcciones más cercanas a las escaleras estaban ya en llamas. Entre el humo y el aire caliente que recibían en la cara por el viento que no cesaba de soplar, Hanako escuchó los gritos desesperados de los sirvientes intentando salvar todo lo que podían de los edificios del santuario. Solo veía sus siluetas iluminadas contra las llamas que los rodeaban.

Kaori miró a su hermana, y al ver su cara de shock, también miró hacia atrás, y la angustia la invadió de inmediato.

—Papá va a salvar a mamá, ¿verdad? —preguntó Kaori compungida, mirando a su hermana.

Hanako tenía la garganta tan apretada que no podía responder. Sus deseos de llorar eran tan intensos que comenzó a gruñir de la desesperación e impotencia.

—Hanako-sama, debemos ser fuertes ahora —dijo Ayami, con los ojos llorosos, pero aun conservando algo de temple—. Su padre nos dijo que bajáramos por el curso de agua de la cascada para ponernos a salvo. Es mejor que lo obedezcamos.

—¿Pero porque mejor no lo esperamos a él y a mamá acá, Ayami-san? —pidió Kaori.

Hanako salió del trance de furia cuando el pequeño Toshiki comenzó a llorar nuevamente. Ella comenzó a moverse con pequeños saltitos para tranquilizarlo acunándolo con sus brazos. Mientras lo hacía, las palabras de su madre volvieron a su cabeza: "Salva a tu hermana y a tu hermano".

—No, Kao-chan. Tenemos que salir de aquí como nos pidió mamá y como nos dijo papá —respondió con resolución Hanako—. Sé que ellos van a estar a salvo. Papá sabe lo que hace.

—Entonces bajemos por el curso de agua —dijo Ayami.

El riachuelo era de poca profundidad, de no más de un metro en los lugares más profundos, y bajaba encerrado en una quebrada sin demasiada inclinación. Una densa masa de árboles poblaba las paredes de la quebrada, ensombreciendo el lecho del río.

Ayami intentó ver el camino a través del curso sin éxito. La densa capa de árboles que rodeaban la quebrada apenas si dejaban pasar la luz.

A su lado se paró Hanako, intentando hacer lo mismo.

—Está demasiado oscuro, no logro ver nada por ahí —se quejó Hanako.

—Yo tampoco, pero tenemos que hacerlo. Vamos a lograrlo —replicó Ayami, intentando dar seguridad a las niñas.

Ayami entró al riachuelo. El agua estaba muy fría, pero no se detuvo hasta que el agua le llegó sobre las rodillas. Estiró una mano para ayudar a Kaori a entrar al cauce.

—Venga, Kaori-sama, yo le ayudaré, tenemos que avanzar con cuidado para no resbalar en las piedras.

La niña entro al agua y apenas dio un par de pasos dentro del río, cuando algo llamó su atención por el rabillo de su ojo.

—Miren, ¡se está iluminando! —dijo sorprendida Kaori, apuntando hacia los árboles de la quebrada que estaban aguas abajo.

Hanako y Ayami miraron en la dirección que apuntaba Kaori, y vieron como el túnel de árboles que antes era una bóveda totalmente negra, ahora permitía distinguir la silueta de oscuros árboles gracias a una claridad que comenzaba a aumentar al fondo de la quebrada.

—¿Es el fuego? —preguntó con temor Hanako.

—¡No puede ser! —gritó Ayami cuando el brillo se transformó en luz de llamas que comenzaron a incendiar los árboles a unos cien metros del lugar donde se encontraban.

A la distancia las tres pudieron ver como brillantes bólidos de fuego iban saltando de árbol en árbol, incendiándolos.

—¡El fuego viene hacia acá, ya no podemos bajar por ahí! —gritó Hanako, aterrada—. ¡Vamos a quedar atrapadas!

—¡Hay que volver! —chilló Kaori.

—¡No! El santuario está rodeado de fuego, no podemos volver atrás, tenemos que buscar otro camino —gritó Ayami.

La mujer se giró mirando en todas direcciones.

—¡Subamos por las rocas de la cascada! ¡Tenemos que subir por la cascada!

Kaori y Hanako se volvieron y contemplaron la mole de escarpadas rocas de unos doce metros de altura que estaba a sus espaldas.

—¿Tenemos que escalar? —preguntó con incredulidad Hanako.

—¡No tenemos otra opción, si seguimos esperando aquí, el fuego nos va a alcanzar! ¡Vamos, muévanse! —ordenó Ayami empujando a las chicas.

Las mujeres cruzaron el lecho de agua hasta la otra orilla y llegaron a un grupo de rocas que eran grandes como toneles, apiladas por el tiempo y la erosión con una inclinación tal que, con algo de esfuerzo, permitía encontrar algún punto de apoyo para subir.

—Venga, suba, pise ahí —indicó Ayami a Kaori para que iniciara el ascenso.

Kaori comenzó a subir a la roca, intentando afirmarse con piernas y manos lo mejor que podía, pero al subir a no más de un metro y medio de altura, se detuvo paralizada.

—No puedo, no puedo, ¡tengo miedo de caer!

—Usted puede, Kaori-sama, usted puede hacerlo —intentó animarla Ayami desde abajo.

—¡No! ¡No puedo, no puedo!

Ayami desesperada comenzó a subir pasando por el lado de Kaori, buscando puntos de apoyo más fáciles. Cuando subió lo suficiente, le tendió una mano a Kaori desde más arriba.

—Venga, fíjese dónde pongo los pies y manos y sígame.

—¡No puedo! —siguió quejándose Kaori con miedo en la voz.

—¡Tú puedes hacerlo, Kaori! —gritó Hanako aún desde la base de rocas, mirando el poco avance de su hermana, nerviosa y dispuesta a afirmarla si la niña resbalaba—. ¡Vamos, hazlo, Kaori!

Kaori, llorando de miedo, estiró la mano y fue asida por Ayami, quién la jaló hasta un punto de apoyo más alto donde la niña pudo pararse más segura.

—Bien, siga así Kaori-sama, no mire hacia abajo y sígame donde yo vaya pisando—gritó Ayami.

Ayami y Kaori siguieron avanzando y lograron subir al menos a unos cinco metros desde la base del salto de agua.

Hanako sintió alivio que su hermana estaba avanzando ya con más seguridad y ella misma se dispuso a comenzar la escalada. Se dio cuenta que con el bebé Toshiki en su pecho era mucho más difícil subir porque no podría apretarse contra las rocas sin aplastarlo. Comenzó a mirar por donde tendría que hacerlo cuando escuchó un grito desesperado desde más arriba.

—Hanako-sama ¡suba de inmediato! ¡El fuego está avanzando hacia usted! —gritó Ayami.

Hanako se volvió, y vio como el fuego incendiaba árboles en la quebrada a menos de treinta metros de ella. Pero la sorpresa se transformó en terror cuando se dio cuenta que los bólidos de fuego que iban de un árbol a otro y que ella pensaba eran arrastrados por el fuerte viento, en realidad actuaban como si fueran animales, como monos de montaña hechos de fuego, saltando de árbol a árbol.

—¡El fuego está vivo! —gritó con terror Hanako.

—¡Suba ahora! ¡Hanako-sama, comience a subir ya! —gritó desesperada Ayami desde las rocas.

Pero el miedo paralizó a Hanako. Vio como los monos de fuego parecían haberlas escuchado, y dejaron de seguir la dirección del viento, comenzando a avanzar directo hacia donde estaba ella.

—¡Hanako-sama! ¡El fuego está corriendo hacia usted! ¡Salga de ahí! ¡Corra, corra! —gritó Ayami al ver desde la altura como una docena de brillantes seres de fuego se iban abriendo paso de árbol en árbol directamente hacia Hanako.

—Hermana, ¡Corre, corre! —gritó Kaori desesperada al ver a Hanako en peligro.

—Ayami-san ¡Salve a Kaori, escapen de aquí, aléjense se aquí! —gritó Hanako por última vez, sin más tiempo para comenzar a subir antes de que los seres de fuego la alcanzaran.

Sin saber dónde más ir, Hanako corrió hacia el santuario, cruzando de regreso el río, buscando rodear la cascada desde el bosque que nacía a la izquierda de la base de ella. Por ese lado el terreno del bosque subía menos escarpado que la pared de rocas, pero era una carrera desesperada contra los monos de fuego que ya estaban a menos de diez metros de ella, y el fuego que seguía avanzando por el viento que soplaba desde el santuario, arrastrando humo y fuego por el bosque. Hanako solo podía rogar por no ser atrapada por ninguno de los dos.

—¡Hanako-sama, corra! —gritó por última vez Ayami, viendo como Hanako se alejaba de ellas.

Sin ya poder hacer ninguna otra cosa más por Hanako, Ayami decidió obedecer la última orden de Hanako, y salvar a Kaori a toda costa.

—¡Vamos Kaori-sama, sigamos subiendo o esas cosas nos van a alcanzar!

—¡Pero… mi hermana…! ¡Se fue! —dijo Kaori mirando envarada como Hanako desaparecía dando la vuelta a la pared de rocas, seguida de cerca por los brillantes seres de fuego.

—¡Kaori-sama, obedezca lo que dijo su hermana! ¡Siga subiendo, ahora! ¡Ahora!

Kaori apenas si podía ver las rocas tanto por la oscuridad y las lágrimas de miedo y desesperación que llenaban sus ojos, pero el pánico por el fuego que las estaba cercando fue más fuerte. Comenzó a subir hacia donde estaba Ayami, que la tomó y la jaló hasta otra roca más alta, continuando su escape desesperado.

—Hanako… Hanako… Hanako… —era lo único que Kaori podía repetir en voz baja, entre gimoteos, como si fuera un mantra de protección. La niña entró en una especie de trance: afirmarse, tomarse de la roca y subir, escalando por el puro instinto de supervivencia.


§

Goro Mayugorô estaba sentado de rodillas frente a lo que una vez habían sido el edificio de los baños de su casa. Su vista estaba fija en los restos en llamas del edificio, pero él era incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo; ver morir a su madre y a su hermana, sepultadas por el fuego, lo había quebrado por el dolor, y su mente había sucumbido ante la impotencia y el shock.

Goro estaba tan ausente que no se dio cuenta cuando su padre se estaba acercando a él, gritando con la voz quebrada.

—¡Sayuri! ¡Sumi! ¿Dónde están?... ¡Sayuri!...

Yamazaki vio a su hijo, y comenzó a caminar hacia él a tropezones.

—¡Goro! Estás aquí… estás aquí…

Al escuchar su nombre, Goro giró lentamente la cabeza, casi como un reflejo. Recién entonces vio a su padre acercándose a él.

Yamazaki tenía la ropa hecha jirones, mostrando quemaduras en las manos y brazos. Su cara estaba hinchada por el calor. Entre sus brazos abrazaba algunas herramientas del taller, y unos pocos pares de zapatos zori y getas rescatados a la carrera.

—Goro… ¡estas vivo! —exclamó con la voz quebrada.

El hombre soltó las cosas que traía y dio los últimos pasos hasta caer de rodillas al lado de su hijo. Puso sus brazos sobre los hombros de Goro y comenzó a hablar entre gimoteos.

—…lo perdimos… todo… el taller… la casa… ya no están… nosotros… lo perdimos todo…

Yamazaki intentó recomponerse. Levantó la cabeza y con muecas de dolor intentó limpiarse la cara refregando su cara contra las mangas del maltrecho kimono. Luego comenzó a mirar en todas direcciones, buscando con la vista a su familia.

—¡Sayuri!... ¡Sumi! —continuó gritando el hombre, con desesperación, poniéndose de pie con dificultad.

Goro lo siguió observando embobado. Poco a poco su mente comenzó a volver en sí. La espesa niebla del shock comenzó a disiparse y recuperó la consciencia lo suficiente para darse cuenta de dónde estaba y qué era lo que había pasado.

Una punzada de dolor perforó nuevamente el pecho del muchacho, al recordar la razón por la que su madre y su hermana estaban muertas, y comenzó a llorar sin control.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó Yamazaki, volviéndose alarmado hacia Goro.

—Ellas… ellas…

Si poder parar de llorar, Goro apenas pudo apuntar con la mano a los restos humeantes de los baños.

Yamazaki miró con incredulidad la mano de Goro, y luego siguió con la vista hacia donde apuntaba. Todo lo que vio fueron las llamas y el humo que aún salían de los restos del techo desplomado y consumido.

—No… ¡no! —gritó Yamazaki, agachándose hacia Goro y tomándolo por kimono desde el cuello, y tirando de él para que lo mirara—. ¿Qué quieres decir? ¿Dónde está tu madre?

—Ella… ella quiso salvar a Sumi… y yo no pude… detenerla ¡Yo no pude! ¡Y… ella entró! ¡Ella entró ahí!... ¡No pude! ¡No pude detenerla!

Yamazaki lo miró con horror, y lo soltó de golpe, cayendo sentado hacia atrás. Y su vista se volvió a la pira de fuego.

—AAAAhhhhhhhh ¡SAYURIIIIIII! ¡NOOOOOOOoooo! ¡AAAahh-haaa-haaa! ¡AAAaahh! —gritó desgarradoramente el hombre, tomándose la cabeza y gritando sin control—. ¡SAYUUURIIIII! ¡SUMIIII!

Goro sintió que no podían respirar. Lo habían perdido todo, su hogar, su sustento diario, su familia… ahora estaba realmente solo. Su madre y su hermana, las mujeres que lo amaban, habían muerto por culpa de su propio egoísmo; su ambición por tener poder había sido el cebo que había condenado a su familia. Él tampoco tenía nada. Solo le quedaba…

Hanako.

La imagen de la chica apareció en su mente como un relámpago. Su cara. Su sonrisa. La ternura con la que ella lo miraba… Hanako Miyamizu era lo único que aún tenía en este mundo.

Entonces la admonición del dragón le pareció tan estúpidamente obvia que le hizo rechinar los dientes: "Te daré poder para acabar con los que se te oponen".

El Dios dragón lo había engañado, y había explotado su miedo para utilizarlo como una herramienta, como un simple juguete para descargar su odio contra Itomori y contra los Miyamizu.

Contra los Miyamizu.

Goro levantó la vista y vio como el fuego subía por la montaña, siendo empujado por el viento, en dirección al santuario Miyamizu, donde tenía que estar Hanako.

Si el dragón cumplía su venganza, él lo perdería todo. Tenía que salvar a Hanako. Tenía que encontrarla y salvarla de la furia del dragón.

Goro se puso de pie con la fuerza que nacía de la desesperación. Comenzó caminar montaña arriba, dejando solo a su padre que seguía gritando y llorando, desolado, frente a los restos de su casa en llamas.

Goro solo podía pensar que tenía que salvar a Hanako. Y esa sola idea fue impulsándolo, paso a paso, hacia el santuario Miyamizu. Tenía que encontrarla. Tenía que salvar a Hanako del fuego de la venganza de Ame-no-Kagaseo, un fuego que él mismo había provocado.


§

Jisuke Kusakabe y su grupo estaban muy nerviosos. La noche ya había caído y el viento seguía soplando con notoria intensidad.

Habían avanzado la última hora intentando aguzar sus sentidos al máximo, con tal de detectar cualquier peligro de fuego. Pero, aunque no habían olido humo, aún no se sentían seguros.

—Jisuke-sama, creo que deberíamos acampar allá, donde comienza esa arboleda —dijo Masao, apuntando a un pequeño recodo del camino donde una pequeña loma cubierta de árboles encerraba al camino.

—Sí, es buena idea, Masao-san —respondió el líder—. Además, los animales están cansados.

—Todos estamos cansados —replicó Masao.

—Es verdad, todos debemos descansar —aceptó Jisuke. Se giró hacia el hombre que guiaba al buey—. Tetsuo-san, lleva la carreta bajo ese árbol, no quiero que quede expuesta a la vista.

En cuanto llegaron al lugar los hombres desmontaron y llevaron a los caballos y al buey a un rincón con alto pasto, y los amarraron a un árbol cercano para que comieran y descansaran. Luego comenzaron a descargar desde la carreta las cosas necesarias para montar el campamento.

—¿Vamos a dormir a la intemperie? —preguntó preocupada Kiyo, que no se había movido desde arriba de la carreta, mirando con preocupación el suelo alrededor, como si alguna fiera fuera a saltar de entre el pasto en cualquier momento.

—Bienvenida a la vida del viajero, hermanita —respondió con algo de sorna Jisuke—. Para eso trajimos las mantas que cargaste ¿te acuerdas?

—Pero… ¿no íbamos a ir a ese… santuario? —preguntó decepcionada la chica.

—Sí, pero aún no llegamos. Tal vez estemos muy cerca del lugar, pero mientras Takeda-sama no regrese, no nos arriesgaremos a seguir avanzando. Podríamos quedar atrapados por el incendio. ¿O prefieres que sigamos?

—¡No, no! —respondió asustada la chica—. Mejor quedémonos aquí, entonces…

—Entonces ayuda a montar el campamento. ¿Tetsuo-san?

—¿Sí, jefe?

—¿Por qué no vas con Kiyo-chan a buscar algo de agua y leña? Creo que se escucha algún manantial cerca —dijo Jisuke, apuntando a la arboleda cercana.

—Sí, señor. Kiyo-sama, venga conmigo.

La chica bajó reluctante del carro, y ambos se adentraron entre los árboles, llevando una olla de cobre para traer agua.

Después de poco rato Kiyo y Tetsuo volvieron del bosque. Los miedos originales de la chica parecían haberse desvanecido.

—¡Hermano! Hay un precioso estanque alimentado por un río que cae por unas rocas. Eso es lo que se escucha. Está apenas a un minuto de aquí, podría hasta tomar un baño si el agua no es fría.

—Créeme que debe ser muy fría, pero ahora es mejor que nos calentemos y comamos algo. Lleven el agua a Masao-san —ordenó Jisuke.

Masao había buscado algunas piedras y había preparado un pequeño hogar para hacer una fogata, que ya estaba prendida con algunas pocas ramas. Tetsuo acomodó la leña que había traído del bosque, y pusieron la olla a calentar para preparar un estofado con las verduras que habían traído con ellos.

Una hora más tarde ya habían terminado de cenar, y se agruparon en torno al fuego con sus frazadas, dispuestos a pasar la noche. Todos miraban el fuego en silencio, tan cansados por el viaje, que ninguno reparó en el repentino silencio que de pronto los envolvió: el viento, que había estado soplando en forma constante, se había detenido de forma tan repentina como se había iniciado.

—Jisuke-sama, ¿cuál es el plan para mañana? —preguntó Masao.

—Espero que lleguemos al santuario —respondió Jisuke, sin dejar de mirar el fuego—. Le entregaremos la carta del Daimyo al sumo sacerdote. Espero que sean buenas noticias para él, y así él se interese en comprar algunas de las mercancías que trajimos.

—O puede que su familia se interese. Las telas que trajimos son muy atractivas para las damas —dijo Masao, recordando el contenido del cargamento.

—Es verdad, deberemos hablar con las mujeres del santuario. Ahí espero que puedas ayudar tú, Kiyo. Debes convencerlas de lo bueno de nuestras telas.

—¿Eh, yo? —dijo sorprendida la chica.

—Sí, esas son cosas de mujeres, y no dudo de tus gustos.

—Está bien, yo lo haré —dijo ilusionada Kiyo, pensando en conocer a las sacerdotisas de las que tanto había escuchado.

—Y les pediremos alojamiento por un par de días —continuó Jisuke—. Podemos usar el santuario como base para contactar a los agricultores o terratenientes más acaudalados, para ofrecerles nuestros productos a ellos también.

—¿Pero estarán bien en el santuario? Digo, por el fuego. —pensó la chica, recordando como se veía el fuego desde la distancia.

—Espero que lo estén, o nuestro viaje habrá sido en vano. Lo importante es que al menos nosotros estamos… ¿eh? —Jisuke se puso de pie, oteando alrededor—. ¡El viento se detuvo!

Masao y Tetsuo también se pusieron de pie, mirando asombrados alrededor.

—No me había percatado —dijo finalmente Masao—. Supongo que esto es algo bueno, el fuego ya no se esparcirá tan rápido.

—Pero el viento podría reaparecer y cambiar de dirección —dijo Jisuke con algo de preocupación—. Creo que es mejor que hagamos guardia esta noche. No sería bueno que el fuego o el viento vengan en nuestra dirección y nos sorprendan durmiendo. Kiyo, tú harás la primera guardia.

—¿Eh? ¿Por qué yo? —protestó la chica.

—Porque tú has venido cómodamente sentada todo el viaje, el resto de nosotros necesita descansar. Después yo te relevaré, a media noche cuando… —Jisuke miró el cielo, y llevó una mano delante de su cara, cerrando un ojo y calculando. Luego apuntó con un dedo a la arboleda—. Mira, cuando la luna esté tocando la punta de esos árboles, me despiertas. Y despiértanos de inmediato si hueles humo, o si reaparece el viento.

—Está bien —dijo de mala gana la chica.

Los hombres conversaron un poco más de algunos temas de viaje a los que Kiyo no puso demasiada atención, y al poco rato se acomodaron y se quedaron profundamente dormidos.

Kiyo se acomodó sentada con la manta sobre sus hombros, mirando el fuego. Un rato después se tuvo que parar para colocar algunos de los trozos de leña para avivar el fuego.

—Esta no es vida para una dama —se dijo a sí misma reflexivamente Kiyo—. Quiero que lleguemos pronto a ese santuario.


§

Hanako estaba agotada. Había corrido por entre el bosque por largo tiempo hasta que logró dejar atrás a los extraños monos de fuego, pero la oscuridad del bosque la había hecho extraviarse. Solo veía a la distancia fuego a más de unos cien metros de ella, pero estaba desorientada y no sabía hacia donde escapar. La visibilidad era además reducida por el humo arrastrado por el viento que la hacía toser cada vez que gruesas capas de humo la envolvían.

Su hermano Toshiki aún estaba entre las telas del onbuhimo que lo mantenía acunado en el pecho de su hermana. Había estado llorando mientras ella corría alejándose de la cascada, pero se tranquilizó cuando ella se detuvo.

Hanako no podía parar de jadear, buscando aire. Se sentía sofocada por el tóxico humo. Preocupada por su hermano recién nacido, ella lo había cubierto con la manta al máximo, intentando dejar una cámara de aire limpio que permitiera respirar al bebé sin que el humo del exterior le llegara. Pero ella estaba totalmente desprotegida.

Intentando reorientarse, de pronto sintió calor a sus espaldas. Se giró y vio con alarma que el fuego había avanzado a menos de treinta metros de ella. El viento estaba moviendo el fuego por su lado derecho y por su espalda, amenazando con encerrarla contra el farallón de rocas.

—No, no, no… Musubi… ¡ayúdame! —rogó, volviendo a acomodar a su hermano, que volvió a ponerse a llorar cuando ella comenzó de nuevo a correr.

—Shh, shh, Toshiki-kun, ya vamos a salir… ya vamos a salir —intentó tranquilizarlo, mirándolo un segundo por entre la manta, y luego volviendo a cubrirlo y comenzando a caminar para alejarse del fuego.

Pero en cuanto su hermano se puso a llorar, sintió un extraño crepitar a su derecha. Se volvió y con temor vio como varios monos de fuego habían comenzado nuevamente a correr hacia ella, saltando de árbol en árbol, incendiándolos al instante. Se dio cuenta que eran guiados por el llanto del bebé.

—Shhh, Toshiki-kun, ¡no llores, no llores! —rogó inútilmente Hanako, comenzando a correr lo más rápido que podía, intentando avanzar por el inhóspito terreno sin tropezarse ni caer en la oscuridad.

Pero su carrera pronto se comenzó a complicar. El terreno comenzó a encerrarse en una pequeña quebrada que no era tan empinada, y el fuego y el humo llevados por el viento iban avanzando rápidamente hacia ella, encerrándola.

Hanako no tenía como subir por las paredes de la ladera, y si el fuego le cerraba el paso por delante del camino, sería su fin.

La chica comenzó a correr lo más rápido que podía hasta que sintió que el viento caliente la comenzó a alcanzar. El humo era denso y se sintió rodeada por un calor como no había sentido hasta ahora.

En pánico intentó seguir corriendo por entre ese aire ardiente, aguantando la respiración, pero estaba demasiado agitada y a los pocos segundos se sofocó, hasta que por reflejo no tuvo opción más que exhalar todo el aire de sus pulmones, y luego por reflejo tomó una fuerte bocanada de aquel aire caliente y ponzoñoso que la rodeaba. En cuando inspiró, sintió como si su garganta ardiera. El calor del aire era tal que sintió como si el propio fuego ardiera en su pecho.

Hanako intentó taparse la nariz con el brazo, pero el calor era tal que aun así en cada respiración su pecho ardía.

Sin parar de correr y toser, el denso y caliente humo la iba sofocando, sintiendo con cada inspiración como su garganta y pulmones eran invadidos por ese aire caliente y seco que la quemaba por dentro.

«No lo voy a lograr… no lo voy a lograr» comenzó a pensar en pánico, cuando llegó al final de la hondonada del terreno. Había un árbol con muchas raíces en la parte superior que podía usar para subir, afirmándose de ellas. Con un esfuerzo movido por la desesperación, logró escalar y salió a una zona de árboles plana.

Al asomarse vio como el bosque era menos denso, con árboles separados unos cinco metros entre ellos. Y a unos treinta metros, al fondo se veía un pastizal a campo abierto.

Pero los árboles de ese claro ya estaban en llamas barridas por el insistente viento. Ya no tenía más escapatoria que correr a través de las llamas.

Hanako puso la manta sobre su nariz y boca, tomó una dolorosa inspiración, aguantó la respiración y se puso a correr con toda la energía que le quedaba, intentando pasar por entre los árboles en llamas en el menor tiempo posible. Pero a mitad de camino iba totalmente sofocada, y no tuvo más remedio que respirar para evitar caer desmayada.

El aire que entró a sus pulmones estaba tan caliente que sintió como si su pecho fuera fuego líquido. Punzadas de dolor en su garganta casi le quitaron la respiración, y sintió como su vista se nubló por el dolor. Pero tenía que correr, y con todas sus fuerzas lo siguió haciendo, hasta que segundos después logró salir a campo abierto, a un pastizal oscuro solo iluminado por el fuego del bosque en llamas que había quedado sus espaldas.

Con dificultad logró seguir corriendo otros treinta metros, jadeando e intentando tomar el aire fresco, finalmente libre de humo y del intenso calor. Pero cada respiración que lograba hacer era como una cuchillada en su pecho. El aire fresco no lograba calmar el dolor de su garganta y pulmones, y cada inspiración parecía traer menos aire para ella.

Y de pronto, el viento que la rodeaba se detuvo. Fue como si lo que impulsaba a ese viento se hubiera agotado de golpe.

El repentino silencio que lo siguió fue roto nada más que por el crepitar del bosque en llamas que había quedado a sus espaldas.

Hanako ya no pudo aguantar más. Se detuvo y sintió su cuerpo desfallecer. Logró apoyar una rodilla en el suelo. Afirmó al bebé Toshiki con un brazo, mientras que caía primero de rodillas y luego con la otra mano se afirmó en el suelo, con su brazo temblando y apenas sosteniéndola para no caer de bruces.

Hanako sintió que iba a colapsar, y su consciencia comenzó a oscilar. «No puedo caer, tengo que salvar a mi hermano. Tengo que salvar a mi hermano» pensaba.

Se puso de pie con enorme dificultad y comenzó a caminar dando tumbos. Al dolor que sentía en su pecho por cada jadeo con que lograba llevar algo de aire fresco a sus pulmones se le sumó una sensación de ahogo que no cesaba a pesar de respirar lo más profundo que podía.

La sofocación iba ganando paso, y sentía que poco a poco su consciencia iba nublándose. Hanako siguió caminando movida únicamente por la determinación de la promesa que hizo a su madre. «Tengo que salvar a mi hermano» pensó una y otra vez. Esa sola idea era lo único que la mantenía de pie.

Después caminar por un tiempo indeterminado, escuchó agua que corría a algunas decenas de metros delante de ella. La garganta le ardía de tal manera que la idea de beber un sorbo la comenzó a enloquecer. Comenzó a avanzar hacia el sonido del agua dando pasos erráticos, hasta llegar a una pequeña arboleda del otro lado del pastizal.

Entre árboles delgados y jóvenes encontró una pequeña caída de agua que formaba un estanque de no más de dos a tres metros de diámetro. Hanako vio una roca iluminada por la luna que estaba al lado del agua. Casi tropezando logró llegar a ella y sentarse. Alcanzó con una mano el agua del estanque, y se llevó unos sorbos a la boca. El alivio de la sed fue tan intenso como el dolor que sintió cuando el agua pasaba por su garganta.

Entonces se dio cuenta que la oscuridad a su alrededor comenzó a aumentar. Con el último hilo de su consciencia alcanzó a mover su cuerpo lo suficiente para apoyarse en la roca sin dejarse caer al estanque, y la oscuridad la terminó de absorber.


§

Después de alcanzar la parte alta de la cascada por donde habían escalado, Ayami y Kaori comenzaron a correr para alejarse lo más que podían del fuego. Llegaron a un punto en donde salieron de la zona de árboles, pero ambas siguieron corriendo sin mirar atrás, en un estado de trance, sin pensar en nada más que alejarse.

Siguieron caminado por un largo rato sin saber en qué dirección avanzaban. La luz de la luna que no era suficiente para ayudarlas a orientarse. Solo cuando llegaron a un promontorio rocoso que les bloqueó el camino, el cansancio las hizo detenerse.

Al volver a mirar atrás, se dieron cuenta que estaban tan lejos que ya no había siquiera rastro de la luz del fuego. Solo una lejana columna de humo apenas iluminada por la luna mostraba el lugar de donde habían partido.

Entonces, las dos mujeres se quebraron. Kaori se acercó a Ayami y la abrazó entre sollozos.

—Quiero ver a mamá y a papá. Quiero estar con Hanako ¿dónde están? ¿Dónde están?

—Kaori-sama, no lo sé —respondió Ayami entre lágrimas.

—¡Tenemos que volver! ¡Tenemos que encontrarlos!

—No, Kaori-sama, tenemos que esperar, ya no podemos seguir caminando así, es peligroso que sigamos caminando de noche —intentó razonar Ayami.

—¡Nooo! ¡Quiero verlos! ¡Quiero estar con ellos! —respondió entre sollozos la niña.

El frío de la noche comenzó a hacer mella en Ayami. Se dio cuenta que ambas tenían sus kimonos mojados casi hasta los muslos a causa de haber cruzado el riachuelo. Miró alrededor, sin saber qué hacer. Deseó tener una fogata donde calentarse, pero ella no sabía cómo hacer fuego.

Ayami miró a la niña que seguía llorando desconsolada. Sin saber qué más hacer, tomó a Kaori por los hombros.

—Kaori-sama… ¡Kaori-sama, escúcheme! Sus padres y su hermana me encomendaron ponerla a salvo, y ahora ya estamos lejos del fuego, pero tenemos que buscar refugio para pasar la noche. En la mañana volveremos con su familia ¿está bien?

Kaori solo pudo responder con la cabeza, sin poder parar de llorar.

—Bien, entonces ayúdeme a buscar un lugar…

Ayami tomó a la niña de la mano, y comenzó a dar algunos pasos alrededor del promontorio de rocas. Con la luz de la luna podían ver lo suficiente como para reconocer su forma. Descubrieron una gran roca de varios metros de alto que tenía un ahuecamiento natural no demasiado grande, pero del tamaño suficiente como para que ambas pudieran acomodarse dentro de él.

Ayami buscó una rama entre los arbustos cercanos y se proveyó de una varilla. Luego se acercó al hueco en la roca, tanteando y golpeando con la varilla al oscuro interior para asegurase que no había nada peligroso ahí. Después de ver que no ocurría nada, se convenció que era un lugar seguro.

—Kaori-sama, venga conmigo, nos cobijaremos ahí ¿tiene su manta?

La niña la miró confundida por unos segundos, y luego se miró el cuerpo como si la manta mágicamente fuera aparecer de él.

—Yo… creo… que la perdí. Perdóname, Ayami-san, ¡no fue mi culpa!

—Ya, tranquila, no importa, compartiremos la mía —respondió Ayami acariciando la cabeza de la niña, para tranquilizarla—. Nos pondremos muy cerca para darnos calor ¿está bien?

La niña asintió y ambas entraron con precaución al agujero, tanteando temerosamente con la mano.

El agujero en la roca estaba seco y solo se sentía arena y piedrecillas en él. Ambas se acomodaron sobre la manta y Ayami luego cubrió a ambas con la parte sobrante, mientras que ella abrazaba a la niña para darle calor.

—Tengo miedo, Ayami-san —dijo Kaori acurrucándose en la mujer—. ¿Qué va a pasar ahora?

—Ahora vamos a descansar. Dormiremos y recuperaremos fuerzas. Mañana encontraremos a sus padres y a su hermana. Ellos van a estar muy felices de verla, estoy segura de eso.

—Tengo hambre.

—Yo… también —reconoció Ayami, compungida—. Pero no trajimos nada… tendremos que aguantar, seamos fuerte, Kaori-sama.

La niña se acomodó un poco más, abrazando la cintura de la Ayami, cerrando los ojos mientras sus hipos se iban reduciendo en la medida en que el cansancio y el sueño iban haciéndola caer rendida.

Pero Ayami no pudo conciliar el sueño de inmediato. ¿Dónde estaba su hermana Amane? ¿Estaría bien? No la había visto desde la tarde cuando fue a la habitación de Kyomi-sama. Cerró los ojos y comenzó a cantar la oración de protección que había aprendido del santuario, pensando en ella, hasta que poco a poco, el sueño también la venció.


§

Kiyo había estado despierta de guardia por un largo tiempo. Se levantó varias veces a colocar más leña al fuego, y en cada ocasión volvía a acomodarse bajo la manta, pero con el paso del tiempo el calor del fuego la comenzó a relajar. Primero comenzó a cabecear, y luego no pudo aguantar más, quedándose dormida sentada frente al fuego.

En algún momento despertó sobresaltada, sintiendo que había escuchado algo, pero no sabía qué. Miró alrededor, sin ver nada anormal. Los hombres seguían durmiendo, y Tetsuo roncaba como si durmiera en una cómoda cama.

El fuego estaba casi solo en brazas, así que se dio cuenta que había pasado un largo rato. De mala gana se paró a poner más madera en la fogata.

Kiyo miró a la luna y se dio cuenta que ya estaba llegando a los árboles tal como su hermano le había dicho. Lo iba despertar, cuando sintió el apremio de ir al baño. Por un instante se debatió en qué hacer, y se dio cuenta que le avergonzaba la idea de tener que hacer sus necesidades a la vista de su hermano o sus compañeros de viaje. Después pensarlo un momento, decidió que era mejor alejarse entre los árboles. Así podría abrir su ropa y aliviarse fuera de la vista de todos. Recordó que un poco más arriba estaba el pequeño estanque, por lo que incluso podría tener algo de privacidad y además agua fresca si necesitaba asearse.

En silencio, comenzó a alejarse de la fogata, y con la ayuda de la luna repitió los pasos que había dado al anochecer cuando montaron el campamento. Casi llegando al estanque encontró algunos arbustos tras los cuales se acomodó e hizo sus necesidades, siempre aguzando sus sentidos, temerosa de que algún zorro o alguna bestia del monte pudiera sorprenderla.

Al terminar salió de detrás del arbusto, se arregló la ropa, y se acercó al arrollo que desaguaba el estanque y lavó sus manos. Terminó y comenzó a volver al campamento, pero no alcanzó a dar un par de pasos cuando, a sus espaldas, de la nada escuchó un ruido como el quejido de un bebé.

Kiyo sintió como todos los pelos se le erizaron y sintió un frío de terror correr por su espalda. Se sintió paralizada, incapaz de moverse.

Un segundo quejido un poco más intenso le indicó que no era su imaginación. Luchando contra la parálisis del miedo, se fue girando lentamente hasta que, al terminar de volverse, vio una figura blanquecina tirada sobre las rocas, inmóvil. Y de pronto un débil llanto de un bebé comenzó a salir de ella.

Kiyo gritó y salió corriendo de vuelta al campamento a todo lo que daban sus piernas.

—¡Jisuke, Jisuke! ¡Auxilio!... ¡Un yōkai! ¡Un yōkai!

Los hombres durmiendo alrededor del fuego despertaron sobresaltados por los gritos. Jisuke se paró de un salto mirando alrededor, y quedó sorprendido al no ver a Kiyo.

—¡Kiyo!, ¿Dónde estás? —gritó desesperado Jisuke mirando en todas direcciones.

Jisuke aún no lograba entender qué ocurría cuando la chica salió corriendo de entre los árboles y saltó a sus brazos, aterrada, para luego colocarse a sus espaldas buscando su protección, y apuntando con una mano acusadora hacia la arboleda.

—¡Ha-hay un yōkai en el bosque! ¡Lo vi, yo lo vi! —gritó Kiyo desde atrás de Jisuke.

—¿Pero de dónde vienes, Kiyo? ¿Qué estabas haciendo allá? —preguntó Jisuke molesto, intentando entender qué estaba pasando.

—Y-yo fui a… necesitaba ir al baño, y me alejé un poco, y vi a esa… cosa… lloraba como un bebé, ¡es un yōkai!

Masao y Tetsuo se pararon al lado de Jisuke, sin entender bien qué estaba pasando.

—¿Será alguna bestia salvaje? —preguntó preocupado Tetsuo.

—A lo mejor deberíamos revisar, no vaya a ser algún animal que ataque a los caballos —sugirió Masao.

—Tienes razón, revisa primero que estén bien —pidió Jisuke.

Masao desapareció por un rato y volvió con cara de inquietud.

—Los animales están inquietos, pero bien. No sé si por algo más o por todos los gritos… de su hermana —explicó Masao con algo de incomodidad.

—¿Estás segura que viste algo, Kiyo? ¿No estarías dormida o sonámbula? —preguntó Jisuke a su hermana con dudas acerca de su cordura.

—¡Claro que no estoy loca! ¡Sé lo que vi y escuché!

—¿Y dices que escuchaste llorar a un bebé? Es que eso es raro… a ver, shhh, silencio todos.

Los cuatro se quedaron petrificados en el lugar, intentando mantener completo silencio, y aguzando el oído.

Para su sorpresa, a la distancia, un débil y lejano llanto de un infante se dejó escuchar por un segundo.

—¿¡Escucharon eso!? —preguntó alarmado Jisuke, dando un paso hacia atrás.

—Sí, yo también lo escuché —respondió atemorizado Masao—. ¿Q-Qué hacemos, Jisuke-sama?

—Tenemos que… que averiguar qué pasa. Vamos, somos tres hombres adultos, ¡no podemos orinarnos los pantalones como si fuéramos unos mocosos! Masao, trae la lámpara de aceite de la carreta —ordenó Jisuke.

Masao fue a buscar la lámpara, luego se acercó al fuego, la prendió y se puso al lado de Jisuke.

—Deberíamos llevar algo para defendernos, ¿verdad? —sugirió Masao.

—Espera, llevemos la azada —sugirió Jisuke.

Jisuke fue a buscar entre las cosas del campamento, hasta dar con una azada que estaba amarrada al costado del carro. Después de forcejear un momento con los nudos, la sacó y llegó de vuelta donde el grupo.

—Masao-san, tú lleva la azada y yo llevaré la lámpara. Tetsuo-san, tú quédate aquí con Kiyo y protégela. Nosotros iremos a revisar.

—He-hermano, ten cuidado, ¡por favor! —pidió atemorizada Kiyo.

Los dos hombres desaparecieron por entre los árboles. Tetsuo se devolvió hasta ponerse detrás de la fogata, y Kiyo atemorizada se puso detrás del hombre, escondiéndose y apenas asomándose por sobre su hombro para ver hacia el bosque.

Paso un rato en completo silencio, en donde Tetsuo y Kiyo se quedaron en una espera que se les hizo eterna. Y entonces ambos saltaron del susto cuando escucharon un fuerte grito de Jisuke a la distancia.

—¡Kiyo-chan!, ¡Tetsuo-san!... ¡Vengan de inmediato!

—¿E-están bien? —gritó de regreso Tetsuo con las manos como bocinas.

—¡Vengan ahora ya, necesitamos su ayuda! —gritó de regreso Jisuke.

Tetsuo y Kiyo se miraron, y ambos asintieron tragando saliva. El hombre comenzó a caminar delante, y la mujer detrás, sin saber qué hacer.

Guiándose por la luz de la lámpara de Masao, la chica y el conductor de la carreta fueron acercándose hacia Jisuke. Y ahora escucharon el claro llanto de un bebé.

Con más temor que nunca siguieron avanzando y al dar una vuelta en torno a unos tupidos arbustos vieron que Masao cargaba un bulto en los brazos, y Jisuke estaba intentando levantar a una mujer desmayada en sus brazos.

—Tetsuo-san, ¡Es una mujer y está herida, ayúdame, pronto! —dijo Jisuke cuando los vio llegar.

Después de un par de segundos de estupor, Tetsuo se acercó y entre ambos tomaron a la mujer entre sus hombros.

Kiyo, avergonzada, se acercó a Masao.

—¿E-Es un bebé de verdad? —preguntó la chica.

—Sí, es una criatura que parece casi recién nacida, por favor ayúdeme a cargarla, Kiyo-sama —pidió Masao, entregándole el bebé a la chica.

—Kiyo, lleva tú al bebé, Masao-san, alúmbranos el camino, y volvamos rápido al campamento —ordenó Jisuke.

Los cuatro comenzaron a volver sobre sus pasos, llevando a la chica desconocida, totalmente inconsciente.

Cuando llegaron al campamento, el bebé se puso a quejarse y llorar débilmente.

—¿Qué hago ahora? —dijo nerviosa Kiyo, moviéndose sin saber qué hacer.

—Revisa al bebé, puede que tenga frío, o esté herido —ordenó Jisuke, que estaba dejando cuidadosamente a la mujer que cargaba sobre una de las mantas.

—Venga conmigo, Kiyo-sama, la ayudaré con el bebé —sugirió Masao.

—¿Tú sabes de bebés, Masao-san? —preguntó con incredulidad la chica.

—Sí, hace poco con mi esposa tuvimos una niña… aunque… —el hombre no pudo evitar que las palabras se le atoraran en la garganta.

—Oh, no… no es necesario, Masao-san —lo interrumpió Kiyo, al recordar que la hija de Masao, un bebé de no más de seis meses, había muerto recientemente.

—Está bien, gracias —replicó el hombre. Le hizo señas para que le entregara el bebé—. Démelo y por favor traiga la lámpara y una frazada.

La chica obedeció, y pusieron al bebé sobre la carreta. Ambos se dedicaron a examinar al bebé, mientras Jisuke y Tetsuo intentaban reanimar a la mujer.

—Señora, señora ¿nos escucha? Señora… —insistía Tetsuo, intentando mover suavemente a la mujer por los hombros.

—Creo que no está reaccionando, y está respirando con dificultad —observó Jisuke—. Mira, sus ropas están llenas de hollín, y huele a humo

—¿Es una víctima del incendio? —preguntó Tetsuo parándose y mirando sorprendido a Jisuke.

—No tengo otra explicación… además, fíjate en sus ropas.

Tetsuo miró a la mujer sin entender. Jisuke entonces se agachó e intentó aflojar el manto claro que llevaba la mujer inconsciente, abriendo y dejando al descubierto la ropa que llevaba bajo él.

—¡Es una sirvienta Miko! —exclamó Tetsuo al ver la ropa que llevaba la chica—. ¿Cómo pudo llegar hasta acá? Se supone que aún estamos lejos del santuario.

—Lo único que se me ocurre es que el fuego llegó al santuario y esta chica escapó con su hijo, tal vez corriendo a través del bosque. Por eso está tan herida.

—Pero hay algo raro —dijo Tetsuo.

—¿Qué cosa? —preguntó Jisuke.

—Se ve muy joven para ser madre de un bebé tan pequeño.

—Mhh, es cierto.

Jisuke se puso de pie y fue a buscar un trozo de tela al carro, lo mojó y lo trajo hasta donde la mujer, comenzando a limpiar suavemente su rostro, que estaba sucio y ennegrecido por tizne del humo.

Al limpiar la cara de la chica, ambos hombres quedaron asombrados de su belleza. Y se dieron cuenta que era apenas una adolescente.

—Tal vez ella es la hermana de la criatura —concluyo Jisuke.

—¿Y quiénes serán sus padres?

—Deben ser gente del santuario, pero tendremos que averiguarlo mañana.

La chica comenzó a toser, estremeciéndose y frunciendo la cara con dolor. Estaba comenzando a recuperar la consciencia.

—Señorita ¿se encuentra bien? ¿Me escucha? —preguntó Jisuke, levantando a la joven hasta dejarla semisentada y apoyada en su brazo.

La chica abrió débilmente los ojos, e intentó decir unas palabras apenas perceptibles, pero la tos impidió que pudiera decir nada.

—Tetsuo, tráeme algo de agua para darle de beber —ordenó Jisuke a Tetsuo.

El hombre trajo un cuenco a Jisuke, y este lo puso sobre los labios de la joven.

—Tome, es agua, beba un poco, con cuidado.

La chica bebió un poco de agua, pero cerró los ojos y se quejó de dolor al tragar.

—Tranquila, ya va a pasar, ya va a pasar —intentó calmarla Jisuke, sin saber qué más decirle—. Está en un lugar seguro, tenemos al bebé, lo están revisando.

La chica abrió los ojos y con debilidad levantó uno de sus brazos y tomó fuertemente la ropa de Jisuke, intentando hablar, pero la voz no le salía.

Jisuke acercó su oído a la cara de la chica, para intentar entenderle.

—S-sál-ve-lo… por… fa-vor… sál-ve a…mi…herma-no… —fue lo único que pudo decir la chica, antes de perder la fuerza y volver a desvanecerse.

Jisuke se dio cuenta que el brazo de la chica perdió fuerza, y se desesperó.

—No, no, ¡señorita! No me deje, oiga…

Pero la chica no respondía.

—¿Sigue viva? —preguntó atemorizado Tetsuo.

Jisuke puso su mano sobre las narices de la chica, y pudo sentir que seguía respirando con debilidad.

—Está respirando, pero está muy débil —respondió Jisuke.

—¿Y qué le dijo, Jisuke-sama?

—Que… salváramos al bebé. A su hermano.

Jisuke acomodó la frazada bajo la chica para improvisar una almohada bajo la cabeza de la chica, y la dejó recostada.

—Masao-san, Kiyo-chan, ¿cómo está la criatura? —preguntó Jisuke.

—Estaba sucio, lo limpiamos y lo estamos abrigando. Parece que está bien, pero debe estar deshidratado. Hay que darle leche —sugirió Masao.

—¿Y de dónde vamos a sacar leche en medio de la nada? —se quejó amargamente Jisuke.

—¿La madre no puede darle pecho? —preguntó Kiyo.

—Ella es su hermana. Recuperó la consciencia por unos segundos y me pidió que salvara a su hermanito. Como no es la madre, no puede darle de mamar —respondió con amargura Jisuke, sin saber qué hacer.

—Debemos darle algo. Aunque sean algunas gotas de agua para que no se deshidrate, o el bebé morirá —recomendó Masao.

—Está bien, háganlo —aceptó Jisuke.

Masao con el bebé en brazos busco un paño limpio y lo mojó en agua, y luego fue dejando caer pequeñas gotas sobre la boca del bebé, el cual comenzó a reaccionar, tragándolas agradecido, y quejándose en forma ansiosa por más.

—¡Miren, tiene sed! Yo tenía razón, pobre criatura —exclamó Masao—. Pero además debe tener hambre. Necesita leche; debemos llevar a este bebé al pueblo en cuanto podamos, y encontrar a su madre, Jisuke-sama.

—Lo haremos por la mañana. Ahora, necesito que cuidemos a esta chica y al bebé, para llevarlos de vuelta con su familia. Descansaremos por turnos. Kiyo, ahora vete a dormir, yo haré guardia un rato y vigilaré a la herida y al bebé, el resto acomódense y sigan durmiendo.

—No, Jisuke-sama, yo veré al bebé. Por favor usted vea a la chica —respondió Masao.

—Está bien, yo entonces estaré pendiente de ella —dijo Jisuke, encogiéndose de hombros y apuntando a la chica desmayada.

—Pero ¿qué le pasa a la chica Miko? —preguntó Kiyo acercándose a la muchacha que estaba recostada en el piso.

—Debe estar intoxicada por el humo —explicó Tetsuo—. Cuando la encontramos tenía al bebé cubierto con una frazada, y por eso el bebé está mejor que ella, pero ella tenía mucho tizne en la cara y en la ropa. Parece que no pudo protegerse del humo y del aire caliente del fuego.

—Yo he visto a personas así, en ese estado —dijo Masao.

—¿En serio? ¿Dónde las viste? —preguntó con interés Kiyo.

—Cuando era un adolescente vi un incendio en unas casas cerca de donde yo vivía. Varias personas habían quedado atrapadas dentro de las casas, pero lograron rescatarlas vivas porque los vecinos rompieron las paredes. Pero cuando los sacaron tampoco respondían demasiado y estaban inconscientes, así como esta chica.

—¿Y qué les pasó? —preguntó Kiyo.

—Varias de esas personas no tenían quemaduras visibles, pero habían respirado mucho humo y el aire ardiente… y se habían quemado por dentro…

Masao se quedó callado, mirando a la chica, sin decir más palabras.

—Y… ¿qué les pasó? —volvió a preguntar Kiyo, preocupada.

Masao miró a Kiyo, y luego a los otros dos hombres. Suspiró y miró con tristeza a la muchacha inconsciente.

—Ellos no lograron sobrevivir. Murieron antes del siguiente anochecer.

Los cuatro miraron a la sacerdotisa Miko con preocupación.

—Espero que los dioses de Itomori que esta Miko sirve en su santuario se apiaden de ella y le permitan vivir —dijo Jisuke—. Esta chica me pidió que salvara a su hermano, pero no quiero que ella muera. Hagamos todo lo posible para que ambos vivan.