La muerte dice la verdad
—¿Chōji?
Shikamaru nunca se había considerado especialmente ágil respecto a sus capacidades físicas, pero quedarse pasmado, sin ser capaz de pensar en una solución factible, estaba completamente fuera de la norma.
Él siempre tenía un plan, una respuesta, pero a medida que su mejor amigo se acercaba con los ojos bien abiertos y pasos lentos, la sensación de pánico no aminoraba, y eso era extraño, considerando que él era el cadáver reanimado.
¿Qué le iba a decir? ¿Que era el hermano gemelo perdido de Shikamaru? ¿Era eso más creíble que decir que era un muerto viviente?
Ino tampoco decía nada, la miró de soslayo y se le figuró como un cervatillo asustado, pasmado en plena carretera viendo el auto que la iba a arrollar sin hacer nada al respecto.
Por su parte, Chōji finalmente lo alcanzó, y lo estrechó fuertemente contra su cuerpo, gimoteando su nombre. Shikamaru levantó los brazos torpemente, apenas tocando al chico.
—Chōji —susurró —… escucha, yo...
—Sé que estás muerto —le dijo, separándose un poco, limpiándose la nariz con la manga del blazer del uniforme —. Lo sé, pero es que pensé que algún enfermo se había robado el cuerpo...
Ino se estremeció, y ese movimiento rompió la parálisis que la había sobrecogido.
—¡Espera un momento! —exclamó —¿Y no te parece para nada raro que ande caminando por aquí?
El chico se giró hacia ella con una expresión indescifrable y también la abrazó, levantándola con facilidad.
—Hay mucho de lo que tenemos que hablar, pero hay que darnos prisa, los cuerpos del invernadero están hinchándose.
Ino tenía muchas preguntas, y francamente, se encontraba profundamente ofendida por el hecho de que Chōji no estuviera histérico, no se hubiera desmayado, no hubiera llamado a la policía apenas vio lo que estaba en el invernadero, de hecho, parecía saber lo que ocurría, incluso mejor que ellos, y de alguna manera eso encendía su instinto violento, aunque no le pegaría por demostrar que era maduro y competente.
Apenas abrieron la puerta del invernadero, el aire fétido concentrado los golpeo con fuerza, aun así, solo Ino sintió las arcadas, y precisamente por eso, aguantó las ganas de vomitar, no quería ser la única que lo hiciera.
Los cuerpos que habían dejado ahí, ahí seguían, pero no en las mismas condiciones. Ino estaba segura de haber visto algo así en alguna película serie B, porque el hombre mayor que ya tenía el vientre prominente, ahora lo tenía más, y no solo eso, su palidez había sido reemplazada por un tono entre rojo y púrpura, su cuello se había hinchado al punto de no dejar ver la división entre su cabeza y el torso, marcando sus venas, incluso sus extremidades no podían relajarse como antes, estaban tensas hasta las puntas de los dedos.
—Eso es normal —dijo Shikamaru acercándose un poco.
—¡¿Cómo va a ser normal?! —chilló Ino.
El chico se llevó una mano al mentón.
—Están entrando en estado de putrefacción, llevan fuera de la morgue desde ayer. El calor del invernadero no ayudó.
Ino frunció el ceño, completamente asqueada por lo que veía, cuando la idea de que reventaran como globos la horrorizó de sobremanera. Sacó el libro del bolso y hojeó rápidamente, buscando algún título o algo que fuera clave para detener esa locura.
—La vieja tiene razón —dijo Shikamaru que seguía revisando los cuerpos que, salvo por las evidentes variantes, estaban en las mismas condiciones.
—¿Qué vieja? —preguntó Chōji.
Shikamaru respiró profundo, sintiendo algo raro en su pecho, tenía rato que no respiraba y aunque debería ser normal, había resultado sumamente extraño, como si pudiera sentir la forma en la que cada uno de sus tejidos se movía. Decidió que atendería eso después, y le contó brevemente lo que habían hecho y descubierto por la mañana.
—Yo tengo más tiempo muerto, pero no tengo signos de descomposición.
Ino gruñó.
—No me emociona más que sean zombis "normales".
Ya había dado dos vueltas al libro, pero no saltaba nada a la vista. Como si Shikamaru entendiera su problema, se lo quitó, revisando y encontrando casi a la primera lo que buscaban.
—Toma, es esto.
La chica leyó el pasaje, y había más claridad en un tutorial para desarmar y armar una computadora en cinco minutos que en eso.
—¿Conectar con la esencia trascendental de la conciencia? ¿Qué es eso?
Shikamaru se encogió de hombros.
—¿El alma?
Las cejas de Ino no podían estar más juntas. Su madre hablaba de eso a menudo, pero no estaba tan segura de qué tan fiable era ese referente, considerando que bajo los preceptos cristianos que defendía, estipulaban que los muertos vivientes formaban parte del Apocalipsis.
Cerró los ojos y trató de pensar en algo que pudiera ser lo mismo, pero menos pretencioso.
—Creo que me sirve su nombre —dijo, completamente convencida, a lo que sus compañeros la miraron expectantes —, bueno… es que sí, Shikamaru es especial, pero hay algo que hago con él que no he hecho con ellos: llamarlo por su nombre.
Los dos muchachos intercambiaron miradas. No entendían la lógica de Ino, pero tampoco era como si pudieran contradecirla, así que fueron de vuelta a la casa, al infalible buscador, aunque eso resultó mucho más fácil que buscar el Manual práctico del reanimador novato. Literalmente ocupaba las primeras páginas de noticias.
El hombre maduro, calvo, del abdomen prominente era un oficinista que había colapsado en la estación de tren, por su gafete le habían identificado, pero aún no localizaban a algún familiar.
La muchacha menudita con la garganta cortada había sido asesinada por su novio, que seguía prófugo y sus padres habían duplicado la recompensa para encontrarlo al estar convencidos de que él era responsable de alguna manera de la desaparición del cuerpo.
El hombre casi encorvado resultaba ser una celebridad, un asesor financiero que había salido antes en las noticias por hacer un fraude y antes de que lo arrestaran se había tragado todo lo que encontró en su botiquín con una botella de whiskey.
—Oye —dijo Ino mirando la última fotografía —, estos iban en nuestra escuela.
Los dos chicos se inclinaron al frente.
—Y me llamaste loca cuando te conté de la maldición del antiguo edificio de la escuela.
—¡Pero es que eso no tiene nada que ver!
—¡¿Cómo es que no tiene nada que ver?! ¡Todo lo que está pasando es de locos! ¿Y dudas de una maldición?
Shikamaru sacudió enérgicamente la cabeza. Necesitaba un límite para la locura que podía suceder en una sola vida.
—De cualquier forma, no importa — le dijo, garabateando los nombres al reverso de una de las muchas hojas que habían impreso por la mañana y fue de vuelta al invernadero.
Se aclaró la garganta, aunque era ridículo querer llamar su atención de esa manera, como si interrumpiera una charla imaginaria.
—Homura Himuri… ¿san?
¿Cuál era el tratamiento adecuado para dirigirse a un muerto?, se preguntaba Shikamaru.
Sin embargo, la chica delgadita se adelantó al grupo.
Tanto Ino como él contuvieron el aliento.
—La verdad no pensé que funcionaría —reconoció Shikamaru.
Rápidamente empezó a considerar la situación y corrió a buscar uno de los botes para composta que estaban en el trastero de atrás
—Entra ahí —le ordenó, sin embargo, todos los cuerpos se movieron a la vez.
—¡Alto! —exclamó empezando a desesperarse.
—Creo que hay que llamarle por su nombre —dijo Ino —. Himuri-san, por favor entra al compostero.
Obedientemente lo hizo, incluso encogiéndose.
—Ahora, ¿le echamos tierra?
—No —respondió Shikamaru revisando el libro —. Hay que cubrirla de sal y limadura de hierro.
—¿De dónde vamos a sacar eso? —preguntó Ino apretando los dientes, aunque ya intuía la respuesta. Shikamaru le quitó el teléfono, entró a la aplicación de venta en línea e hizo un pedido.
—¡Mi mamá nos va a matar cuando llegue su estado cuenta!
—Seguro lo entenderá. Es entrega inmediata, así que tenemos como una hora. Vamos a meterlos en los botes y en la noche vemos en donde los dejamos.
—Claro, con nuestras huellas en todos lados.
Shikamaru resopló.
—Hay que limpiarlos. Solo experimentaremos con uno, si funciona, esperaremos a la noche para que se muevan, así no los tocamos.
Con los guantes de jardinería, limpiaron los botes. Justo acaban cuando llamaron a la puerta, era el repartidor que traía la sal.
—¿Te ayudo a meterlos? —preguntó el chico con cierta coquetería.
—¡No te preocupes! —respondió con espanto.
Seguro la puerta rota era lo menos llamativo que iba a encontrar. Lo despidió con prisa y cuando se aseguró de que se fue, llamó a Chōji para que le ayudara a meter todo. Shikamaru se puso la capucha de la sudadera para ayudarles.
—¿Sucede algo? —preguntó Chōji al ver que su amigo no se movía.
—¿No notas que estoy llevando yo solo tres sacos?
Chōji inclinó la cabeza, no parecía siquiera estar esforzándose. Entonces, con algo de trabajo le arrojó el cuarto saco. Por un momento perdió el equilibrio, pero fue solo por el impulso.
—¿Aguantará el quinto? —preguntó Ino esbozando una sonrisa. Como si se lo hubiera pedido, Chōji la ayudó a levantar el quinto saco, y como no lo podían poner con cuidado, empezaron a balancearlo para arrojarlo.
—Si hacen eso me voy a caer —se quejó Shikamaru, sin embargo, no se movió, también tenía curiosidad.
Arrojaron el saco, Shikamaru se movió para atrás, tratando de equilibrar porque tal como lo dijo, el golpe le hizo tambalear. No son algo de trabajo consiguió recobrar la postura.
—¿Puedes caminar? —preguntó Ino.
—Si, pero no veo nada.
—Vamos.
Rodearon la casa para evitar los escalones, pero ya en el invernadero, incapaz de completar una sentadilla para bajar con cuidado los sacos, Shikamaru acabó en el piso, con los sacos encima.
—¡Quema! ¡Quema!
Rápidamente Ino y Chōji corrieron hacia él. Al menos uno se había roto y la sal lo había cubierto por completo.
—¡Mierda! ¡Arde!
Entonces Ino corrió por la manguera y lo bañó por completo hasta que dejó de quejarse.
—Te quedó roja la piel —dijo palpándolo.
Le ayudó a quitarse la sudadera y el pantalón mojado, dejándolo en interiores. Las zonas que tenía cubiertas estaban bien, pero las manos y la cara tenían una tonalidad roja, como una quemadura solar.
—¿Tus ojos están bien?
—Sí, los cerré a tiempo.
—maldición, creo que aun tengo sal en el pelo.
Sin mayor delicadeza, Ino le puso la manguera directamente en la cabeza, sacudiéndole el pelo con brusquedad.
—¡No soy un perro! —se quejó, pero Ino no quedó satisfecha hasta que dejo de sentir los granos de sal entre su pelo.
—Bueno la sal sirve —concluyó Ino —… pero…
Miró detrás de si a los otros cuerpos.
—¿También les va a doler?
Shikamaru, mojado y casi desnudo, negó con la cabeza.
—Tenemos que intentarlo.
Fueron al bote de composta donde seguía la chica encogida. Chōji arrojó la primera palada de sal, ya que ninguno se animaba. La chica no hizo ruido ni se movió, y eso lo animó a arrojar una segunda.
—Llegó el hierro —dijo Shikamaru cuando escuchó el timbre.
De acuerdo con el libro, era una parte de limadura de hierro por cada doce de sal, y así lo hicieron, descubriendo que el cálculo de Shikamaru era correcto y cada uno de los cuerpos iba a ocupar casi un saco de sal.
—Me alegra que no sufra —dijo Ino suspirando.
—Toma, léele esto.
Le entregó el libro, señalándole el pasaje.
—Homura Himuri-san, con la sal purifico tu cuerpo, con el hierro te libero de lo que te ata, con mi voz te ordeno, descansa en paz.
Los tres quedaron en silencio, y perfectamente escucharon un suspiro que no venia de ningún lugar en particular.
—¿Funcionó?
Como Shikamaru no podía tocar la sal, Ino se acercó, desenterrando un poco la cabeza. Ya no tenía resistencia, al parecer se había puesto lívida.
—Pues, parece que sí.
Los tres respiraron con alivio.
—Bien. No tarda en anochecer, cada uno va a cargar su bote y los llevaremos al bosque —dijo Shikamaru—. Hay que preparar algo de parafernalia, algunas velas y esas cosas. Con suerte una estudiante de preparatoria nunca pasa por sus cabezas como sospechosa.
—Vamos adentro entonces, veré si hay ropa que te quede —dijo Ino, luego se giró violentamente a Chōji, señalándolo con el índice —, cuando regresemos, nos vas a contar todo lo que sabes.
El chico asintió.
Ino empezó a descartar la ropa. Dudaba que su percepción de la masculinidad se viera afectada por ir de rosa o violeta, pero era más alto y nada le quedaba.
—¿Y el pantalón de deportes de la escuela? Del que te quejas porque no deja lucir tus piernas.
No pudo evitar ponerse roja, y rebuscó al fondo. Normalmente la clase de deportes la podía tomar con la pantalonera corta, pero debía ponerse el pantalón largo para las excursiones.
Se lo pasó junto con la camiseta mas grande que tenía. En ella el diseño era holgado, a él le quedaba mejor, y aunque no le importaba si era o no de chica, enarcó una ceja al ver la leyenda que cruzaba el pecho con brillantina: I´m THAT bitch.
—No me siento empoderado.
Ino no pudo evitar reírse. Y le arrojó la sudadera que hacía conjunto.
Tal como lo habían decidido, cada uno de los cuerpos cargo con su propio bote de composta, pero solo los dos muchachos pudieron llevar su propio saco de sal, ni el oficinista ni el asesor financiero fueron capaces de levantarlo.
—Y habíamos descubierto eso —dijo Ino —, solo pueden hacer cosas en sus posibilidades normales.
Shikamaru se llevó el bote de la chica y los dos sacos de sal que faltaban, mientras que Chōji cargaba con la limadura de hierro e Ino con las velas y unos cuencos que encontró en el trastero.
Con cuidado, trazaron lo mejor que pudieron un pentagrama, aprovechando que eran cinco. Pusieron velas, y las encendieron mientras acababan con el resto, para que se fueran consumiendo.
—Tanaka Tatsumi-san —empezó, y el asesor financiero siguió sus indicaciones.
Shikamaru ya no se acercó una vez que los sacos de sal se abrieron, así que los otros dos debieron hacer todo el trabajo.
Uno por uno, los cuerpos pasaron por el proceso, y aun cuando todo en su generalidad era estresante y macabro, Ino empezó a emocionarse de que por fin la pesadilla acababa.
Llegaron al último de los chicos, al que le faltaba una parte de la cabeza, aunque su rostro era perfectamente visible.
—Shimura Sai-san—llamó, y el muchacho adelantó dos pasos. Estaba oscuro, las velas realmente no iluminaban mucho, pero aun así se dio cuenta de que, en cuanto pronunció su nombre, parpadeó. Además, notó algo de lo que hasta el momento ni siquiera Shikamaru se había percatado; él no estaba hinchado.
Contrariada, se inclinó al frente, olisqueando.
Tampoco olía particularmente mal, de hecho, estaba convencida de que lo que alcanzaba a percibir, era por estar con los otros.
—¿Pasa algo? —preguntó Chōji.
—Creo que…
Sacudió la cabeza, era imposible.
—Shimura Sai-san, entra en el bote.
El cuerpo del hico hizo un movimiento, pero se detuvo.
—No creo que sea buena idea.
Paralizados, Ino, Shikamaru y Chōji, sintieron el irrefrenable impulso de gritar.
—¿Acaba de hablar? —preguntó Shikamaru.
Pero la única respuesta fue el gemino de Ino, que ya lo venía presintiendo.
Comentarios y aclaraciones:
Bueno, cada que tengo que darle apellido a Sai le doy el de Danzo.
¡Gracias por leer!
