Jaehaerys II

Desperté con los primeros rayos del sol filtrándose por las altas ventanas de los aposentos que una vez fueron de Maegor. La luz matutina iluminaba las intrincadas decoraciones valyrias de dragones y escamas en las paredes, un recordatorio constante del legado que ahora reposaba sobre mis hombros. Me tomé un momento para admirar la artesanía, las figuras de dragones casi parecían cobrar vida bajo la suave luz dorada.

Me levanté, estirando los músculos aún adormilados, y llamé a uno de los sirvientes que esperaba discretamente cerca. "Prepara un baño. Asegúrate de que el agua esté bien caliente," le ordené, mi voz calmada pero firme.

Mientras el sirviente se apresuraba a cumplir con mi pedido, caminé hacia el gran balcón de mi habitación. El fresco aire de la mañana de Desembarco del Rey me saludó, un recordatorio palpable de que el reinado que comenzaba era mío para moldear.

Cuando el baño estuvo listo, me sumergí en el agua caliente, dejando que el calor se infiltrara en mis músculos y aliviara la tensión acumulada. Cerré los ojos, permitiéndome unos momentos de serena contemplación. Pensé en las decisiones que tendría que tomar, en las responsabilidades que debía asumir. La sesión de la corte de hoy no sería solo un formalismo; sería una declaración de mis intenciones de gobernar con justicia y sabiduría.

Después del baño, mientras los sirvientes me ayudaban a vestirme con las finas telas que correspondían a un rey, di otra orden. "Informa a Lord Rogar y a Lady Alyssa que convoquen una sesión de la corte. Hoy comunicaremos los acuerdos de ayer y estableceremos las bases de nuestro reinado," instruí mientras ajustaban la última hebra de mi túnica.

Una vez vestido, me dirigí hacia donde reposaba Fuegoscuro, la legendaria espada de acero valyrio que había sido de Aegon el Conquistador. Al sostenerla, sentí un profundo respeto por el peso de la historia en mis manos. La hoja negra, adornada con grabados de dragones, parecía susurrar historias de batallas antiguas y victorias legendarias.

Me equipé con Fuegoscuro y me miré en el espejo. El reflejo mostraba a un joven rey listo para enfrentar los desafíos que aguardaban. Con una última mirada de aprobación a mi apariencia, salí de los aposentos y me dirigí hacia donde sabía que encontraría a Alysanne.

Al llegar a sus aposentos, no llamé suavemente como solía hacerlo; en cambio, anuncié mi presencia con autoridad. "Alysanne, es crucial que me acompañes a la sesión de la corte," le dije cuando abrió la puerta. Su serenidad habitual me ofrecía un firme apoyo.

Juntos, comenzamos nuestro camino hacia la sala del trono. Con cada paso, sentía la magnitud de lo que estábamos por enfrentar, pero también la certeza de que, juntos, fortaleceríamos el dominio de la Casa Targaryen. Una era definida por nuestra firme gobernabilidad y el poder indiscutible de nuestra dinastía, asegurando que lideramos con la autoridad que naturalmente emana de nuestra sangre Valyria y nuestro linaje como Señores Dragón.

Al llegar a la sala del trono, los heraldos anunciaron nuestra presencia con un tono solemne y reverente. "Su Alteza, Jaehaerys de la Casa Targaryen, el Primero de su Nombre, Rey de los Ándalos y los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señor de los Siete Reinos y Protector del Reino, acompañado por Su Alteza, la Princesa Alysanne," resonó su voz por el gran salón, lleno de cortesanos, nobles y funcionarios que se habían reunido para escuchar las declaraciones del día.

Sentándome en el elevado Trono de Hierro, comencé mi anuncio con firmeza. "Señores y señoras, mi ascenso como rey ha sido respaldado plenamente por mi hermana Rhaena, asegurando así la unidad dentro de nuestra casa en este momento crítico. Con su apoyo, hemos decidido que su hija Aerea será nombrada mi presunta heredera hasta que tenga un hijo propio. Este acuerdo responde a la necesidad de una transición suave y aceptada por todos, ya que una joven reina enfrentaría desafíos considerables dada la situación actual del reino."

Continué, consciente de las miradas atentas de los presentes. "Además, he designado a mi madre, Lady Alyssa, como Regente, y a Lord Rogar Baratheon como Mano del Rey y Protector del reino. Ellos me asistirán con su sabiduría y fortaleza mientras trabajamos juntos para restaurar la estabilidad y el honor de los Siete Reinos."

Con los nombramientos establecidos y la línea de sucesión asegurada, dirigí mi atención hacia los más controvertidos aspectos de mi gobierno inicial. "Respecto a los que permanecieron leales al usurpador Maegor, aquellos cuyas manos están manchadas por su régimen de terror, hoy marcamos el inicio de una nueva era." Mi voz resonó firme y clara, cada palabra cargada de firme resolución. "No se realizarán juicios ni torturas, no caerán ejecuciones bajo mi mandato," declaré, enfrentando directamente las expectativas arraigadas en la corte. "Debe quedar claro para todo el reino que no soy mi tío. No permitiré que mi reinado comience con la misma sangre que ha ensombrecido nuestro pasado

A pesar de la sorpresa generalizada, mi declaración pareció resonar con una fuerza inesperada. "Algunos me jurasteis lealtad al comienzo de mi reinado, otros más tarde. Que vengan ahora los que quedan," invité, extendiendo un perdón general.

Lord Rogar Baratheon y Lord Velaryon apoyaron mi decisión casi de inmediato, y pronto, la mayoría de los presentes siguieron su ejemplo. Solo mi hermana Rhaena mostró reticencia.

Finalmente, mi madre expresó su apoyo, aunque estaba claramente dividida por su deseo personal de venganza. "Apoyaré tu decisión, Jaehaerys," dijo finalmente, su voz resonando con una mezcla de resignación y orgullo maternal.

"Antes de traerlos ante mí, aseguraos de que reciban agua, comida y que sean limpiados," instruí con voz firme, cada palabra reforzada por la autoridad de mi cargo. "Luego, conducid a los prisioneros de siete en siete hasta el salón del trono."

Los guardias asintieron, moviéndose con rapidez para cumplir mi mandato.

Mientras los prisioneros eran conducidos hacia el Trono de Hierro, observé sus semblantes tensos pero esperanzados ante la posibilidad de clemencia. El salón del trono, un vasto A medida que cada grupo de señores y caballeros llegaba ante mí, les miraba fijamente, esperando que sus ojos reflejaran su futura lealtad. "Renuncien a cualquier lealtad previa a Maegor y juren fidelidad a su nuevo rey," ordenaba con voz resonante.

Uno tras otro, los hombres se arrodillaban solemnemente. "Juro servir a Su Alteza, Jaehaerys Targaryen, y defender los Siete Reinos con mi vida," pronunciaban con reverencia.

"Con este juramento, os otorgo el indulto," respondía mientras les extendía la mano en señal de paz. "Vuestros títulos y tierras os serán restituidos. Pero recordad, vuestra lealtad será probada." Con un gesto hacia mis guardias, añadía, "Cada uno de vosotros enviará a un hijo, o en su defecto una hija, a la corte como garantía de esta lealtad."

Los señores Towers, Darklyn y Staunton, visiblemente tensos, asentían, sabiendo que además debían ceder parte de sus tierras. Otros, aliviados por conservar su estatus, optaban por ofrecer oro como muestra de su compromiso.

Sin embargo, la atmósfera se tornaba sombría cuando llegaba el momento de tratar con aquellos cuya crueldad era demasiado grave para ser perdonada. "A los verdugos de Maegor, carceleros y confesores que colaboraron en los horrores contra mi familia, especialmente en el tormento y asesinato de mi hermano Viserys, no se os otorgará clemencia," declaraba con voz implacable.

Al entregar las sentencias, mis guardias llevaban las cabezas y manos cortadas a mi madre, quien, aunque con el rostro marcado por el dolor de los recuerdos, asentía en silencio. "Es justo, aunque doloroso," murmuraba ella, aceptando el sombrío deber de recibir tales trofeos.

Entre los condenados, ser Maladon Moore se defendía con vehemencia. "¡Soy inocente de la muerte de la reina Ceryse!" protestaba. "Sí, facilité los crímenes de Tyanna, pero nunca aprobé el asesinato."

"Vuestras acciones pasadas os condenan," sentenciaba, escuchando sus súplicas pero decidido en mi juicio.

Los infames Siete de Maegor fueron tratados con igual severidad. "A aquellos que cambiaron de bando en el último momento, no os permitiré permanecer en mi corte," proclamaba. "No aceptaré traidores."

Ante la petición de Alysanne, su voz suave pero firme, ofrecíamos una última oportunidad. "Podéis redimir vuestros errores en la Guardia de la Noche," decía. Cuatro aceptaron y se dirigieron al Muro, junto con ser Jon Tollett y ser Symond Crayne, todos buscando redención en el frío norte.

Ser Harrold Langward, desafiante, pedía un juicio por combate. "Acepto tu desafío," anunciaba, dispuesto a enfrentarlo yo mismo, pero mi madre, siempre protectora, intervenía. "Jaehaerys, no. Ser Gyles Morrigen luchará en tu lugar."

El duelo entre Ser Gyles y Ser Harrold era breve pero decisivo. Al ganar, me volví hacia Ser Gyles y, ante la corte reunida, declaré con voz clara y autoritaria: "Por tu valentía y lealtad, te nombro Lord Comandante de la Guardia Real de Jaehaerys Targaryen. Que tu espada sirva para proteger los Siete Reinos y la casa de tu rey."

Este reconocimiento formal elevaba a Ser Gyles Morrigen no solo en rango sino también en honor, solidificando su lugar en la historia de nuestra dinastía.

Con un gesto de mi mano, di señal a los heraldos, quienes comenzaron a tocar sus trompetas, marcando el fin oficial de la reunión. Luego, con paso decidido y la cabeza alta, me retiré del Trono de Hierro, seguido de cerca por Alysanne, dejando atrás el murmullo creciente de una corte llena de esperanza y especulaciones sobre el futuro.