Disclaimer: Algunos personajes de la historia no me pertenecen, son propiedad del Mundo de Harry Potter y su creadora, J.K. Rowling, los de más, son de mi creatividad, incluyendo la trama.
T/H, AU, y OoC
1.-
A media mañana ya me había acostumbrado y, para la tarde, estaba más que lista para seguir atendiendo mesas sin que me temblara las manos, creyendo que en cualquier momento se me caería la bandeja con los platos.
—Hrmione, hazme un favor y atiende al hombre de la mesa 4. —pidió Roberto, en un susurro, cuando pasó a mi lado, justo cuando yo estaba dejando una orden en otra mesa. Él siguió de largo, hacia la puerta que dirigía a la cocina y supuse que debía ir al baño, por eso su afán. Después giré mi rostro a la mesa que me había indicado...
En ella se encontraba un hombre ya sentado. No podía ver del todo su rostro porque llevaba un libro en las manos, pero ya por eso comenzaba a caerme bien.
Caminé risueña hacia la mesa, a la vez que sacaba el bolígrafo y la libreta para anotar la orden. A medida que me fui acercando, pude ver la portada del libro con el nombre. No lo cocía, se llamaba Obsesión.
—Buenas tardes. —dije, llamando su atención. Él bajó el libro y mi sonrisa se ensachó al ver su rostro, cubierto de vello, perfectamente cuidado, algo que siempre me había gustado en los hombres y que, a este, le quedaba de más de bien.
Sin embargo, él no sonrió... Tampoco es que tuviera que hacerlo, pero compuso una mueca despectiva en cuanto me miró.
—Qué bien: la distraída que casi me mete en un problema por no fijarse cuando va a cruzar la calle.
—¿Perdón? —le dije, no entendiendo al principio su comentario, luego, el recuerdo del frenazo del auto que casi me atropella el día anterior, hizo eco en mi cabeza, lo que causó que comenzara a molestarme por la insinuación. "Y yo que creía que se había saltado la luz por una emergencia" me dije mentalmente, como una autoreprimenda—. El semáforo ya estaba en rojo y, una de dos, o
eres daltónico o el distraído eres tú. —dije, de manera incisiva sin pensar en las consecuencias de mis palabras. Él solo sonrió de medio lado, colocando el libro sobre la mesa.
—Disculpe —hizo un movimiento de mano, alzando la vista por encima de mí, llamando al alguien. Mis ojos se salieron de órbitas cuando me di cuenta que era a Dominguez a quien llamaba.
—¿Algún problema, señor? —dijo mi jefe en cuanto se acercó. Yo ya estaba temblando y el corazón me latía a mil, intuyendo que, este tipo, de quien por una vez sentí empatia, podía acabar mi esfuerzo de mantener una mentira, el primer paso que daba para conseguir lo que quería en la vida...
Y así fue
—Me parece que debería elegir mejor a sus empleadas. —dijo mi verdugo y yo abrí la boca por impulso para defenderme, pero las palabras no atinaron a salir porque Dominguez habló.
—Cómo así, señor, no comprendo. —dijo mi jefe, pidiendo una explicación.
—Pasa que esta... —hizo una pausa y me miró de pies a cabeza, evaluándome, y yo crucé instintivamente la mano sobre mi estómago, no porque me sintiera desnuda, era más bien por lo gastado de mis Jeans y las mangas todas estiradas de mi blusa—... señorita —dijo al fin, pero, lejos de denotar respeto, pareció ser un insulto— me acaba de insultar.
—¡Eso no es cierto! —dije, esta vez las palabras saliendo de mi boca, en un tono bastante elevado, lo que llamó la atención de los demás clientes. Las lágrimas ya se salían de mis ojos, pero yo las limpié con brusquedad.
—Yo no miento —continuó el tipo, señalandome con sus ojos burlones, sabiendo y saboreando el daño que me estaba haciendo—. ¿O vas a decir ahora que no me acabas de decir que estoy mal de los ojos y que, aparte, soy un retrasado?
—Yo no... —suspiré, incrédula, de ver cómo él había distorsionado todo para acusarme, así que me descrucé de brazos y lo enfrenté—. Yo no he dicho eso, lo que yo dije fue que podía ser daltónico y... —me callé, bajando un poco la voz, porque lo siguiente que le había dicho era que él era un distraído. Así como sonaban las dos palabras, y si no le daba todo el contexto a Dominguez de como había iniciado todo para que yo le dijera esto al cliente, entonces él no entendería y perdería mi empleo—. Lo que pasó fue que... —comencé a decir, dirigiéndome ahora hacia mi jefe, pero él se frotó la cara con cansancio y no me dejó continuar.
—Hermione, no quiero tener problemas. Pensé que eras una muchacha buena que necesitaba el trabajo.
—¡Y lo soy! —no pude evitar gritar, llorando aún más. El imbécil se rio de mí y eso me hizo cabrear más—. ¡¿De qué te ríes, idiota?!
—Hermione, será mejor que salgas del local. Estás causando malestar a los demás comensales. —dijo Dominguez.
—¿Qué sucede? —preguntó Roberto de repente, volviendo del baño.
—Nada, nada, Roberto. Atiende al señor que Hermione,ya no trabajará más con nosotros.
Roberto me miró apenado y yo me tragué el dolor en mi pecho, sacándome el delantar que me habían proporcionado para dejarlo en la mesa del estúpido y me dispuse a buscar mis cosas para salir del restaurante.
