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—Maldito idiota, insufrible, incapaz de pensar en las necesidades de los demás. —dije, toda rabiosa mientras pateaba una piedra en el camino cuando salí del restaurante.

¿Ahora qué se supone haría? Porque no podía volver a la escuela por lo del permiso, tampoco podía quedarme en casa porque mi madre podía regresar de improvisto y darse cuenta que no estaba asistiendo al colegio, además de que en tres semanas acabaría el curso y se suponía yo ya tenía un empleo qué comenzar.

"Ni modo" me dije, mientras apretaba los puños, pensando en buscar otro trabajo, cuando de repente me cayó un balde de agua fría...

No era un balde, era el agua del charco que se encontraba en la carretera, y que un carro había pasado por encima de él, no dándose cuenta, por lo que me empapó completa.

—Sí que eres una distraída —yo alcé vista (la había bajado, incrédula, al verme mojada, que no noté que el auto se había detenido después, mostrando una cabeza fuera de la ventanilla), y cuando supe de quien se trataba, concluí que no había sido un accidente, el idiota del restaurante me había echado el agua sucia encima, a propósito—. Por cierto, lindas tetas.

—¿Qué? —dije yo, creyendo no haber oído lo que dijo y tampoco comprendiendo, pero me di cuenta rápido que se refería a que mis senos se marcaban ahora en la blusa húmeda, sobre todo mis pezones, por el frío.

—Eres un sádico. —le dije. Lejos de sentirme asustada, lo que estaba era molesta por la humillación y me cubrí con las manos para retomar mi camino, cruzando la calle a la otra acera, para no pasarle al lado del carro. Él se puso en marcha, sin embargo, moviéndose muy despacio para andar más cerca de mí. Yo no le hice caso y seguí caminando.

—Sí quieres te llevo. —dijo. Yo bufé, rodando los ojos.

—Sí, como no. Porque soy lo suficientemente estúpida para montarme en el carro de un desconocido. ¿Qué tal si me violas? —puntualicé, sin dejar de caminar. Él también se movía en el carro, a un ritmo correspondiente a mis pasos.

—Está haciendo frío —dijo, como si eso me haría cambiar de opinón. —. Además, yo no tengo necesidad de eso, suelo pagar por el servicio, no obligo a nadie. —esto, sin embargo, me hizo detener en seco, mi cerebro, en cambio, se quedó en blanco, pero no porque no pensara en nada, si no por lo que implicaban aquellas palabras.

El idiota del restaurante obviamente no adivinó mi reacción y frenó en seco unos pasos más adelante de donde yo me detuve, aunque, después, echó hacia atrás, hasta detenerse a mi altura.

Tampoco se esperó que yo estirara la mano y abriera la puerta de su carro para deslizarme adentro de él, sentándome en el copiloto.

—¿Y cuánto pagas? —dije, sin ningún miramiento ni titubeo. Después de todo, era algo a lo que le estaba dando vuelta hacia mucho tiempo, y no cabía duda de que esta era mi oportunidad, al menos, yo haría de todo para que lo fuera y no desaprovecharla.

Él se me quedó mirando un momento, evaluando mi pregunta y, después, rio en son de burla.

—Lo siento, no hago esa clase de trato con un niñas... distraídas. —dijo, y yo alcé una ceja, entendiendo perfectamente a qué se refería con esto, que yo era alguien inmadura y sin experiencia, algo que podía debatir.

Me cuadré en mi asiento y lo miré, llevando una de mis manos hacia su entre pierna, muy segura de lo que hacía.

—¡Hey! —dijo él, saltando en su propio asiento, retirando mi mano en el proceso.

—¿Quién es el niño ahora? —le dije, burlándome. Pero mis ojos notaron que mi caricia surgió efecto, y eso, me hizo dar cuenta de lo que en realidad estaba sucediendo... y eso me gusto, por lo mismo, porque esto era real y no una escena de un libro.

—¡Mierda! —dijo él, haciendo que saliera de una parte de mi cerebro en la que me había abstraído, sacudiendo mi cabeza, y no entendiendo su maldición—. ¿En serio quieres hacer esto? —preguntó luego de un momento, y yo no me esperé su pregunta, menos ver la reacción en su rostro, como si dudara de preguntármelo, como si le importara que yo le respondiera que sí por lo que implicaba, y no como el estúpido de hace un rato que hizo que me botaran del mi primer trabajo. Sin embargo, me obligué a no analizar mucho sobre esto, y decidí responderle antes de que se retractara.

—Sí. —dije, manteniendo todavía mi seguridad.

Él me miró, luego vio hacia al techo, se mordió una uña, y finalmente, concluyó.

—Bien, en ese caso, necesitaré que firmes un contrato.

Yo fruncí las cejas.

—¿Un contrato? —dije.

—Sí. —contestó él.

—¿Por lo de los límites y eso? ¿Te gusta el sado?

Mi comentario le generó una carcacajada.

—No hablo de ese tipo de contratos... ¿Cómo te llamas? ¿Hermione, no?

—Sí. —respondí.

—Bien, Hermione, yo soy Dedal.

—¿Cómo el sombrerito que se usa para la costura? —pregunté como una niña de cinco años.

—Piensas mucho —me dijo, sin responder mi pregunta y continuó—. Solo quiero asegurarme que cumplas con todas las cositas que me gustan durante el tiempo en el que estarás a mi servicio.

Yo volví a poner cara de interrogante.

—¿Tiempo? Creí que solo sería una vez y ya.

—Conmigo no es así —dijo—. Me gusta degustar bien lo que voy a consumir -dependiendo de lo que voy a consumir-, asegurándome de no desperdiciar nada. — dijo y no me sorprendió, al recordar que él era lector como yo, así que sabía hacer buen uso de las palabras. Así que asentí y él agregó—. También quiero que me des una constancia de que eres mayor.

La reacción en mi rostro debió reflejar que no cumplía ese requisito porque él cambió su semblante a uno serio.

—¡Maldita sea! —dijo—. Bájate del carro.

—¿Qué? —o sea, bueno, era menor, pero sentía que estaba exagerando con su reacción.

—Que te bajes del carro. —dijo, llevando sus manos al volante con cara hacia el frente. Seguía molesto.

Yo me mordí el labio, pensando sin ceder.

—En un mes cumpliré 18 —dije, pero no funcionó, más bien él soltó un suspiro... quizás estaba molesto porque era mucho tiempo. Pero tenía que intentarlo, pensando, que sí él lo meditaba, yo podía ofrecerle hacer el contrato de una vez y, pasado el mes, comenzaríamos su validez. Claro que debía buscar un trabajo mientras tanto y después dejarlo. Con el dinero que ganara por ser la puta Dedal, podría mudarme y además tendría ya experiencia para buscar otros clientes.

Pero todo eso no eran más que sueños en la burbuja fantasiosa que era mi cabeza.

Me di vuelta y abrí la puerta del carro, pero no llegué a salir.

—¿Ya has besado antes? —preguntó, yo seguía de espalda pero el corazón me empezó a latir a mil por hora. Su pregunta podía significar muchas cosas, que depende de lo que yo respondiera podía marcar una diferencia. Significaba que no estaba reaccio a firmar un contrato conmigo. Pero yo no sabía si decir la verdad o mentir. No sabía cuál de las dos era la respuesta correcta para que él no cambiara de opinión de nuevo.

—Si-ií... —dije, y maldije porque no salió tan seguro como hubiera esperado.

Y, de repente, Dedal estaba detrás de mí, tan cerca que tomó la mano que yo todavía tenía en la puerta y la cerró. Me instó a girarme de cara a él y posó su boca encima de la mía mientras me miraba.

Mis labios actuaron como autómata, seguiendo su movimiento, que era una secuencia de alternaciones, de cortos besos, donde él succionaba mi lengua y cerraba los ojos, para después abrirlos, repitiendo todo el proceso muchas veces, porque cada beso, no hacía más que el carro se llenara de nuestros gemidos, y de unos pequeños ruidos que me excitaban de una manera inexplicable, porque tampoco era algo que hubiera leído antes.

—Eres una puta... —susurró él con voz ronca, adentrado su lengua en mi boca y yo hice lo propio y se la succioné, porque de esto sí que había tomado nota de las novelas... Pero Dedal se separó muy rápido para mi gusto.

Se recompuso en su asiento, sin mirarme. Sin embargo sabía que le había gustado porque su bulto era más acentuado que hace un rato.

No tardó en largar un sonoro suspiro y abrir los ojos de nuevo. Su cara se mostraba... neutra, y eso no me decía nada de si había llegado a una solución.

Se inclinó hacia adelante y abrió uno de los compartimientos del tablero del auto, para sacar su cartera y extraer de ella un par de billetes y extendermelos.

—Es tu pago —dijo y yo los tomé sin demora, porque no iba hacerme la ofendida ya que, después de todo, él había obtenido algo de mí, que merecía ser pagado—. Haremos esto... ¿Hermione? —preguntó otra vezy yo asentí—. Te pagaré por situaciones como esta, sin llegar a tener coito —puntualizó—, hasta que puedas tener la edad permitida, ¿te parece?

Yo volví asentir más que contenta, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Pero no quiero que me mientas, que te consigas un noviecito durante este tiempo, y le des lo que yo quiero de ti.

Yo hice un esfuerzo monumental por no rodar los ojos, pensado y llegando a la conclusión muy cliché de que esto fuera lo que lo hizo volver a su posición inicial, el hecho que yo aun no hubiera perdido la virginidad.

—Por supuesto que no, no he metido la pata antes, menos ahora que me pagarás por eso.—le dije, estando segura de nuevo y esto pareció darle confianza.

—Eso espero —aún así, dijo, tomando su actitud sería otra vez, en tanto encendía el carro—. ¿A dónde te llevo? —preguntó y yo le indiqué el camino a mi casa.