Nota: He tomado como referencia para la apariencia de San Marino al escribir esto del diseño de Vikkyx en DeviantArt


Alemania llegó al aeropuerto de Arlanda a las diez. Una vez hubo salido del avión, miró la hora en su reloj de pulsera y buscó la salida, con la intención de coger un taxi. Estaba a punto de echar a andar cuando oyó su nombre, o eso creía él; miró a su alrededor, pero no vio a nadie que lo estuviera llamando, tan sólo unos pocos lo reconocieron y se lo quedaron mirando o le tomaron fotos con el móvil. Ya que no encontraba a quien lo llamaba, pensó que no eran más que imaginaciones suyas y comenzó a caminar.

— ¡Alemania!

Al ver que se iba, Italia corrió a su encuentro.

— ¡Ey, Alemania!—lo primero que hizo fue abrazarlo, dándole palmadas afectuosas en la espalda.

— ¡Italia!—Alemania se detuvo—. No esperaba encontrarte.

— Hemos aterrizado hace apenas un cuarto de hora. Estamos alquilando un coche.

— Hola, Alemania. ¿Cómo va todo?—al parecer, San Marino iba con ellos; se acercó también a estrecharle la mano.

Romano también se aproximó con unos cuantos papeles y el equipaje en las manos y, al contrario que sus compañeros, lanzó una mirada no muy amigable a Alemania.

— Ah. Eres tú. Supongo que te nos acoplarás—murmuró.

— No quisiera molestar...—dijo Alemania, frunciendo el ceño.

— ¡No nos molestas! ¡En absoluto!—respondió Veneciano, y San Marino mostró con entusiasmo su asentimiento—. Me alegro mucho de poder verte antes del festival. Es una locura, con tantas entrevistas, ensayos, el show..., hasta que no se acaba, no tienes apenas tiempo de estar con nadie.

— ¡Venga, estoy cansado, quiero llegar ya al hotel!—protestó Romano igual que un niño.

— Me dijiste que te alojabas en el Hotel Master, ¿no?—preguntó Veneciano a Alemania—. Nosotros también tenemos hecha la reserva allí.

— Sí, qué coincidencia. Ni que hubiera hecho un millón de llamadas y espiado tus redes sociales para averiguar dónde ibas a estar...—murmuró Romano, echando a andar sin esperar a nadie.

Veneciano sacudió la mano para quitarle importancia y rió, aunque Alemania estaba seguro de que Romano no decía más que la verdad.

— Ya apenas nos vemos, siempre tan ocupados con esto y con lo otro, y las pandemias, y los incendios y...Así que tenemos que aprovechar ocasiones como ésta—dijo Italia.

— Da gracias a que la EBU se sacara de la manga eso del Big Five. De no ser por el pase automático, Alemania no estaría aquí—dijo Romano.

— ¡No seas malo, Romano! Tu canción me gusta un montón, Alemania. ¡La tengo en mi lista de reproducción!

— En casa la pone en bucle. La Convención de Ginebra debería considerarlo una forma de tortura—volvió a murmurar Romano.

— ¡A mí también me gusta!—dijo San Marino a Alemania.

— Me alegro de que os guste—le respondió a él y a Veneciano—. Prusia no opina igual. Cree que voy a ser el hazmerreír de Europa.

Romano sonrió sin discreción alguna.

— No puedes gustarle a todo el mundo—dijo San Marino.

— Tú no escuches a nadie. Si a ti te gusta, entonces es perfecta para ti—sonrió Veneciano.

— Cierto—Alemania le devolvió una pequeña sonrisa.

— Urgh, si vais a enrollaros, hacedlo en la habitación del macho patatas, ¿de acuerdo?, no en la nuestra—Romano puso los ojos en blanco.

San Marino rió y Veneciano chasqueó la lengua y dijo de forma juguetona: "Oh, chiudi il becco!". Alemania, por otra parte, se sonrojó un poco.


Liechtenstein fue la primera en entrar a la habitación.

— ¡Mira, hermano! ¡Nos han dejado toallas con forma de cisne sobre la cama!

Suiza no compartía su entusiasmo, aunque le divertía ver el suyo. Liechtenstein fue hacia la ventana y la abrió para echar un vistazo al exterior. Había una bonita vista del Riddarholmskyrkan desde allí. Después de eso, fue al baño.

— ¡Hidromasaje! ¡Eso te vendrá bien!

— ¿Por qué lo dijo?—preguntó él, dejando la maleta sobre la cama para abrirla y empezar a desempacar.

— Porque pareces muy tenso—Liechtenstein lo miró desde el marco de la puerta—. ¿Estás nervioso?

— ¡Claro que no! ¡Llevo participando desde que se creó el concurso! No soy ningún novato.

— ¿Entonces?

Suiza se quedó callado, dejando lo que estaba haciendo. Liechtenstein se acercó a él.

— Quizás hablar de ello te ayude a sentir mejor.

Suiza vaciló. Podía engañar a todo el mundo, pero no a Liechtenstein. Ella sabía cómo leerlo igual que si fuera un libro abierto. Además, era tan inocente y buena...Ella no iba a burlarse, regañarle o usar lo que oyera en su contra. Suiza se sentía seguro compartiendo asuntos personales con ella.

— ...¿Tú crees que mi canción es buena?—preguntó.

— Pues claro que sí—a Liechtenstein parecía sorprenderle la pregunta.

— Sé sincera.

— Estoy siéndolo.

— Y...¿Qué piensas de las de los demás?

— Los de las demás también son buenas. Me encantan la de Checa, Israel y Noruega. Pero tú eres el primero de mi lista.

— Sólo dices eso porque estamos unidos. Ellos me dan mil vueltas.

— Pero tú te has clasificado. Eso quiere decir que eres lo suficientemente bueno para estar en la final.

— Eso no quiere decir nada. Hay muchas canciones buenas que no lo han conseguido. Hay mucha política y paja.

Liechtenstein pestañeó, atónita.

— No sabía que fueras tan inseguro.

— Bueno...A nadie le gusta hacer el ridículo delante de toda Europa. Habrá mucha gente mirando y tú ya sabes que a mí me gusta hacer las cosas lo mejor que pudo. Esta canción que he escrito...Quizás debiera haber dejado que lo hiciera un profesional.

— Te irá genial. Has estado practicando desde que se terminó la última edición. Eres muy buen cantante y tu canción es muy bonita. Aunque no ganes, estoy seguro de que la gente se acordará de ella.

Se sentó sobre la cama, lo miró y, balanceando las piernas, comenzó a cantar:

Ne partez pas sans moi / Laissez-moi vous suivre

Eso consiguió lo que algunos creían imposible: hacer sonreír a Suiza.

— Es difícil competir contra canciones tan espectaculares...Me sentí como un paleto durante las semifinales...—murmuró.

— Pero tu canción viene del corazón. ¿No es eso lo que cuenta? Compartir lo que tienes dentro—dijo Liechtenstein.

— ...Sí.

Ahora que lo había soltado, Suiza se enfocó exclusivamente en sacar las cosas de la maleta. Liechtenstein lo ayudó.


— Ah. Eres tú, Francia. Ya estaba notando que el cerebro se me salía por la oreja, debí haber imaginado que era tu turno de ensayar.

Francia frunció el ceño al encontrarse a Inglaterra entre bastidores después de su ensayo. Sin embargo, pronto una sonrisa se apoderó de su cara.

— Ah, hola, Inglaterra, ¿cómo estás hoy? Oh, ¿dónde están mis modales? Por favor, permíteme que te presente a mi compañero de este año...Pierre, ¿puedes venir un momento?

Un hombre dejó a un lado su equipo para unirse a Francia. Las cejas pobladas de Inglaterra se arrugaron. Conocía a ese tipo. Había oído rumores de que estaría en el festival. Pero no podía ser...

— Oh, aunque estoy seguro de que lo conoces por su segundo nombre: David. David, este es mi viejo amigo Reino Unido, aunque le llamamos Inglaterra.

— Es un placer conocerlo, señor Inglaterra—el hombre estrechó la mano de Inglaterra, la cual estaba tan tiesa que era como presentarse a un cadáver—. Creo haberle visto en un concierto en Manchester hace algunos años...Cuando me dijeron que había estado allí, me sentí muy honrado.

Oh, sí, no se equivocaba: era David Guetta. Tenía que serlo, viendo la cara arrogante que traía Francia.

— El gusto es mío, señor Guetta. Debo...decirle...uhm...que admiro su trabajo—dijo Inglaterra, casi entre susurros, un poco como si no quisiera que Francia supiera cuánto disfrutaba con su música, porque eso habría sido una victoria para él...

— Vaya, gracias. Es un verdadero honor.

— Sí...Francia, ¿puedes venir un momento? Si no le importa, señor Guetta...

El músico expresó con un gesto con la cabeza que no. Inglaterra agarró del brazo a Francia y bajó las escaleras con él.

— ¡Has tenido las pelotas de traer al puñetero David Guetta al festival!—gruñó Inglaterra.

— ¿Qué pasa? No estoy haciendo nada que vaya contra las reglas. Podemos traer a los colaboradores que queramos, y a mí me gusta su música, quería probar algo más electrónico este año—Francia se cruzó de brazos, aún sonriendo.

— Lo que estás haciendo tiene nombre; se llama parasitismo, y es patético.

— Pues mírate, estás rojo de envidia—rió Francia.

Oh, sí, podía notarlo, e Inglaterra lo odiaba; saber que estaba sonrojado le hizo ponerse aún más rojo.

— Pues...¡Lástima que ni siquiera su música puede ocultar el hecho de que tu idioma suena como un perro masticando plástico!—farfullando, Inglaterra subió las escaleras para hacer uso del escenario.

— Me muero de ganas por ver qué traes—sonrió Francia, sin descruzar los brazos.

— ¡Quédate y verás!

Francia, tras dudarlo unos segundos, decidió hacerlo. Nada le impedía quedarse a mirar.

Se unió al resto del equipo que se aseguraba de que la puesta en escena estuviera bien coordinada, que la música sonara correctamente, que él se movía bien con el traje que llevaría durante el espectáculo, y miró.

Un hombre hizo un gesto a Inglaterra para que empezara y así lo hizo.

Francia no hizo nada por ocultar sus risitas burlonas cuando Inglaterra comenzó a cantar. Una canción lenta, que no tenía nada de especial.

Pero entonces algo ocurrió, Inglaterra abrió los brazos y...y...

Y mucho más ocurrió, pero el cerebro de Francia apenas pudo procesarlo. Y en cuanto recuperó el sentido, retrocedió y salió corriendo del estadio.

Inglaterra lo vio por el rabillo del ojo y su sonrisa se ensanchó.

— ¡Ah! ¡Francia! ¡Estás aquí! Te he estado buscando por todas partes—Guetta corrió a su encuentro—. ¿Estás bien? Te veo pálido.

No, no estaba bien...Lo que Inglaterra había hecho...Eso no eran efectos especiales...

¡Mierda! ¡Inglaterra era el mayor rival en esta edición! Tenía que superarlo como fuera...

— David, ¿qué tal si practicamos un poco más?

— ¿Más? Bueno, la verdad es que estoy un poco cansado y no me vendría mal descansar.

— No seas vago, amigo mío, ¡ya tendrás tiempo de descansar cuando hayamos actuado!


Bielorrusia frunció el entrecejo, no contenta con el aspecto que tenía el pelo de Rusia. Se lamió los dedos y usó la saliva para domar algunos pelitos rebeldes.

— Por favor, hermanita, aquí no—Rusia la apartó con suavidad.

— Te toca hablar ahora, y se te van a saltar al cuello como una jauría de lobos. Quiero que tengas tu mejor aspecto—respondió Bielorrusia.

Rusia sabía que era inútil discutir con ella, así que dejó que hiciera lo que quisiera. Siempre y cuando no le viniera con eso de...

— Deberíamos casarnos, ¿no crees?

Eso mismo.

— No necesitas la aprobación de esa gente. Ni siquiera sé por qué te expones a sus comentarios. Ya tienes mi amor, siempre lo tendrás. Eso debería bas...

La interrumpió la tos de Rusia. Lo que empezó como una pequeña tos degeneró en un ataque que duró medio minuto. Cuando parecía remitir, Rusia volvió a toser, Bielorrusia lo vio tomando aire desesperadamente, sólo para volver a toser. Podía oír cómo los pulmones de su hermano sonaban como un motor roto, cómo se afanaba por respirar.

— ¿Te encuentras bien, hermano?—lo miró con preocupación.

— Sí, no es nada...—Rusia se aclaró la garganta y se enjugó unas pocas lágrimas—. No quiero la aprobación de nadie. No me importa lo que todas esas cucarachas piensen. He venido a pasar un buen rato, porque me gusta cantar. Y si puedo aplastarlos, mejor. Ya sé que siempre te tendré a ti, no lo he olvidado, pero momentos como estos tienen los días contados.

— ¿De veras crees que mi amor tiene fecha de caducidad?—Bielorrusia parecía ofendida.

— No es eso. Ya sé que me quieres.

— ¿Entonces?

— Pero ¿durante cuánto tiempo podremos disfrutar de ratos como éstos? El amor no tiene fecha de caducidad, pero todo lo demás sí. Incluso nosotros mismos. Me muero por ver a Ucrania y decirle...

— Olvídate de ella. Ella ya ha demostrado que no quiere estar contigo.

— Lo sé, pero deberíamos estarlo. Somos hermanos, ¿no? ¿No es más fuerte la sangre que todas estas disputas?

— Ella no piensa lo mismo.

Quizás tenga yo algo que ver con que esté enfadada. Pero quiero que las cosas vuelvan a ser como antes. Cuando los tres nos veíamos aquí, en el festival, y nos lo pasábamos bien juntos. Quisiera volver atrás en el tiempo y disfrutar de la misma forma que antes porque...En fin...

Rusia volvió los ojos hacia Bielorrusia y ella quedó confundida al ver su sonrisa distante y melancólica.

— Puede que este sea mi último Eurovisión.

— ¿Por qué?—Bielorrusia conocía a su hermano. Sabía perfectamente cuán melodramático podía ser. Cuán a menudo reflexionaba sobre el lado feo de la vida: el sufrimiento, la brevedad de la vida, la hipocresía. Era un filósofo de la muerte y la decadencia. Uno tan sólo tenía que leer su literatura para ver que esas eran las cosas que le interesaban.

Rusia dudó acerca de si compartir lo que estaba pensando o no. Se le ocurrió una respuesta, pero ella no llegó a oírla, porque tuvo que reprimir otra tos.

— Señor Rusia, si ya está listo...—los interrumpió un miembro del personal.

— Te veré por ahí—sonrió Rusia a su hermana y entró a la habitación, donde la prensa esperaba.

Bielorrusia siguió mirando en su dirección después de que cerraran las puertas y se quedó ahí pensando, nada más que pensando.

Rusia debía de pensarse que era idiota. Esa no era la tos de uno que se atraganta con su propia saliva...Sus pulmones estaban dañados. Ella ya lo había visto antes, porque era muy vieja y había pasado por muchas pandemias y visto muchas enfermedades. Los intentos desesperados por respirar. ¿Estaba enfermo Rusia? Bueno, que ella supiera, no estaba pasando por el mejor momento económicamente hablando...Y...Lo que le había dicho...Sobre ver a Ucrania durante el concurso, para estar con ella...'Puede que este sea mi último Eurovisión'...

Con eso, se sintió como si le hubieran echado agua congelada encima, porque, para ella, sólo había una conclusión posible.

Rusia se estaba muriendo.

— ¿Señorita? ¿Está usted bien?—su consternación era tal que un joven asistente la sostuvo entre sus brazos y llamó a los de seguridad, para que le trajeran asistencia médica.

Rusia, ajeno a todo, se aseguró de tener el móvil en silencio para no interrumpir la entrevista. Había una notificación de su amigo Misha.

[Te apoyo al 100%. Eurovisión ya no mola. Ya todo es política y maricas]

Rusia sonrió y devolvió el teléfono al bolsillo antes de sonreír a la entrevistadora.


Prusia llevó a Estocolmo a las seis de la tarde y se quedó en un hostal pequeño y discreto, no muy lejos del lujoso hotel donde se encontraba su hermano.

Nadie sabía que estaba allí, ni siquiera Alemania. Él creía que vería el festival desde casa. Eso le había hecho creer. Habría desaprobado su presencia porque 'se lo tomaba demasiado en serio y molestaba a todo el mundo'. Con todo, Prusia seguía queriendo ayudarlo. Lo necesitaba, aunque él insistiera en que no.

Su hermano era el decimoctavo en actuar. Para esas alturas la gente comenzaba a cansarse, la mayoría ya tenía sus favoritos, y no prestarían atención a no ser que fuera bueno; y, Prusia se temía, él no lo era. De hecho, era horrible.

No dejaría que el mundo entero se mofara de Alemania, porque sería como reírse también de él.

Sacó su cuaderno, repleto de notas tomadas durante el visionado de las semifinales.

Australia, por ejemplo, era un rival peligroso porque tenía unos efectos visuales hipnóticos, aunque no era de los favoritos. Los favoritos ese año eran Grecia, Israel y Macedonia. Pasaron a la final sin problema. Grecia mezclaba pop con ritmos más tradicionales, y Prusia había observado cómo las chicas del auditorio se derretían con sus partes musitadas. Israel tenía una voz que podría haber roto los cristales del estadio, y hacía un cambio de vestido en directo que la convertía en una diosa. Macedonia traía una canción que no le sorprendería escuchar en la radio después de Eurovisión. Los tres eran fantásticos de verdad, y no era la crítica de uno o dos críticos untados.

Grecia sería el cuarto en cantar; Macedonia, la undécima, e Israel, la décimo-segunda.

Eran una amenaza que había que neutralizar.

De hecho, había que hacer algo con todos los demás. Aunque algunos eran realmente tontos, sin pies ni cabeza, exagerados, hacían sangrar los oídos, Alemania era tan malo que cualquiera podría superarlo.

Agarró un folio doblado que guardaba dentro del cuaderno. Un mapa del estadio, con todas las salidas, todos los camerinos, cada rincón y pasillo en detalle. Había sobornado a un trabajador para conseguirlo.

Allí, sentado sobre la cama cuyas sábanas el gerente no había lavado, comenzó a trazar un plan.