Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a Karen Marie Moning y los personajes son de Mizuki e Igarashi, con excepción de algunos nombres que yo agregué por motivos de adaptación.
La historia está clasificada como M ya que puede haber algunas escenas no aptas para todo público.
Capítulo 4
Para ser una mujer no propensa a la violencia, Candy se quedó estupefacta por su deseo de patear a Anthony Andley. No para rebanarlo y cortarlo en pedacitos verbalmente, lo cual habría sido la cosa más madura para hacer, sino golpearlo, tal vez hasta morderlo la siguiente vez que la tocara. Su mente pasó a un período sabático prolongado e instantáneo, con solo mirarlo. Nunca había conocido a un hombre tan irremediablemente chovinista. Anthony provocaba lo peor en ella, arrastrándola a un nivel tan básico y primitivo como el suyo. Quería lanzarse hacia él y golpearlo. Se estaba comportando como si, porque la había encontrado encima de él, fuera su dueño. Obviamente, los señores escoceses no habían cambiado mucho a lo largo de los siglos.
No se le había escapado su proclamación de que era un auténtico —laird—; más bien, había elegido ignorarlo. Él parecía esperar una reverencia o un desmayo virginal, y ella no complacería su vanidad. Parecía que siglos de sumisión a los ingleses no habían enseñado a los escoceses nada sobre la sumisión. Probablemente era uno de esos aristócratas estirados que luchaban por restaurar la independencia de Escocia para poder pavonearse con su kilt, sus atuendos y sus insignias como si de un pequeño rey se tratara. Prefería incluso la manera arcaica de hablar de siglos pasados.
Y definitivamente era un mujeriego. Con mucha labia, sexy y demasiado "mano larga". Probablemente tonto como una caja de piedras, no obstante, porque toda esa fuerza física no podría dejar lugar para albergar demasiado cerebro.
—Tengo que regresar a la posada ahora— le informó ella.
—No hay necesidad para que busques refugio en una taberna común y corriente. Estarás generosamente alojada en mis dominios. Me ocuparé de tus necesidades—. Posesivamente,
Anthony ahuecó su mano en la nuca de Candy, enredando los dedos en su cabellera—. Me gusta la forma en que llevas el pelo. Es inusual, pero lo encuentro muy... sensual.
Temblando de coraje, Candy se apartó el flequillo de los ojos. —Aclaremos algo, Andley. No voy a ir a casa contigo. No me voy a acostar contigo y no perderé ni un momento más discutiendo contigo.
—Prometo no burlarme de ti cuando cambies de idea, muchacha.
—Oooh. Al contrario de lo que tú pudieras pensar, la arrogancia no funciona como afrodisíaco para mí—. Era sólo una pequeña mentira. La arrogancia por sí sola no lo hacía, pero este hombre arrogante en particular era como una una paleta de caramelo ambulante, y estaba segura de que prender sus labios en cualquier parte de él satisfaría el implacable deseo oral con el que había estado luchando durante diez días, siete horas y cuarenta y tres minutos, no es que ella estuviera contando.
—Afro-di-sia-co— repitió Anthony lentamente, con el ceño fruncido.
Se quedó en silencio un momento y luego dijo: —Ah, griego: Afrodita y akos. ¿Te refieres a una poción de amor?
—Algo así—. ¿Cómo podría no saber esa palabra? se preguntó, mirándolo con recelo. ¿Y por qué dividir la palabra en sus partes griegas?
Cuando Anthony sonrió arrogantemente, ella bajó la mirada y fingió una repentina fascinación por sus cutículas. El hombre era demasiado sexy para su propio bien. Y estaba parado demasiado cerca.
Anthony deslizó sus manos en su cabello y tiró suavemente, obligándola a mirarlo. Sus ojos de zafiro relampagueaban intensamente. —Dime que no sientes el calor y la excitación entre nosotros. Dime que no me deseas, Candy White—. Su mirada la desafió a mentir.
Consternada, se dio cuenta de que Anthony podía sentir cuánto lo deseaba, del mismo modo que ella podía sentir que él quería estar sobre ella, así que hizo lo que el manejo de reclamaciones de seguros le había enseñado a hacer mejor: negar, negar, negar.
—No te deseo—, se burló ella ligeramente. Sí claro. La tensión sexual entre ellos casi calificaba como una quinta fuerza de la naturaleza.
Anthony inclinó la cabeza. Una ceja perfecta se levantó y su mirada era divertida, como si de alguna manera estuviera al tanto de su debate interno. Una comisura de su boca se alzó en una leve sonrisa. —Cuando finalmente digas la verdad, será tan dulce, inglesita, que me endurecerá como una piedra, simplemente escuchar las palabras abandonar tus labios.
Ella consideró imprudente señalar que él ya lo estaba. Cuando enterró sus manos en su cabello, había rozado esa parte de su anatomía contra ella. Candy se escandalizó al darse cuenta de que en realidad estaba pensando en tener sexo impulsivo con él, mientras trataba de decidir qué era lo peor que podría pasar si hacía lo que hacían muchas personas que conocía: simplemente meterse en la cama con un extraño. ¡Dios!, era tan tentador. Quería experimentar la pasión, y cuando él la miró de la forma en que la estaba mirando en ese momento, sintió que una epifanía podría estar a un beso caliente y resbaladizo de distancia.
Pero Anthony era obstinado, demasiado atractivo para la tranquilidad de cualquiera, una variable extremadamente impredecible en una ecuación de por sí arriesgada y ella sabía lo que esas variables podían hacer: crear caos. El nervioso revoloteo de mariposas en su estómago y el deseo que sentía eran sensaciones demasiado nuevas para actuar en consecuencia sin una cuidadosa consideración.
Aunque quería cambiar su vida y estaba decidida a perder su virginidad, estaba empezando a darse cuenta de que no era tan fácil cambiar sus costumbres como había pensado. Pensar en tener sexo con un virtual desconocido era muy diferente a realmente zambullirse directamente de lleno en el calor, la desnudez y la crudeza del mismo. Especialmente cuando ese desconocido era tan hombre, un poco extraño y muy imponente. Sus recién descubiertos sentimientos de deseo la asustaban. La intensidad de la reacción de su cuerpo ante Anthony la asustaba.
Quizás podría hacerlo con él el último día de su viaje, pensó Candy. Ciertamente él estaba dispuesto. Podría tener lo que sabía que sería sexo trepidante, luego volar de regreso a casa y no tener que volver a verlo nunca más. Había comprado condones antes de salir de Estados Unidos y los guardaba a buen recaudo en su mochila...
¡Cielos! ¿Era contagiosa la locura? ¿Qué demonios estaba pensando?
Una enérgica sacudida de cabeza le devolvió la cordura.
—Sigamos— dijo Anthony.
Me gustaría, pero eres demasiado peligroso, pensó con un suspiro.
Como Anthony se dirigía colina abajo en dirección general a la posada, ella lo siguió. —No tienes que tomar mi mano— protestó la joven—. No voy a salir corriendo.
Sus ojos se entrecerraron con silenciosa diversión mientras la liberaba. —Disfruto sosteniendo tu mano. Pero puedes caminar a mi lado— le informó.
—No caminaría en ningún otro sitio— murmuró. Si caminaba detrás, alimentaría su ego, aunque ella lograría observar su increíble cuerpo, inadvertidamente. Si caminaba delante, ella se sentiría miserable al sentir la mirada de él fija sobre ella. A su lado estaba el único lugar tolerable.
Anthony daba largas zancadas, su paso natural demasiado largo para ella la obligaba a trotar, pero ella se negó a quejarse. Cuanto más rápido caminara él, más rápidamente podría ella rodearse de la seguridad de la repleta aldea. Nunca había soñado que estaría tan agradecida de ver un autobús lleno de personas mayores en su vida.
Ocupada planeando su cortés pero apresurada retirada de su presencia, no se dio cuenta de que Anthony se había detenido hasta que estuvo bastante lejos detrás de ella. Ella se volvió e hizo un gesto de impaciencia, pero sus ojos estaban fijos en el pueblo de abajo.
—Vamos— gritó ella. Anthony no pareció escucharla. Ella lo llamó de nuevo, agitando los brazos para llamar su atención, pero él permaneció inmóvil, con la mirada fija en la vista.
Bien, decidió, este es un buen momento para partir y tengo ventaja. Echó a correr cuesta abajo por la ladera inclinada. Estiró las piernas, como si corriera para salvar su vida, y de pronto se sintió tonta. Si el hombre realmente hubiera planeado hacerle daño, podría haberlo hecho hace mucho tiempo. Aún así, no podía evitar la sensación de que estaba dejando algo increíblemente peligroso detrás de ella en la ladera (mucho más que un hombre común y corriente) y era más prudente que se alejara ahora.
Candy corrió durante varios segundos antes de que el misil la alcanzara por detrás. Ella tropezó y aterrizó sobre su estómago en un mullido huerto de vezas púrpuras silvestres, y quedó atrapada debajo de su cuerpo. Anthony le estiró los brazos por sobre la cabeza y la presionó contra el suelo. —Te dije que no huyeras de mí— dijo con voz ronca. —¿Qué palabra es la que encuentras difícil de entender?
—Pues bien, tú dejaste de moverte— discutió Candy. —Te llamé. Y ay, maldita sea, ahora me duele todo el cuerpo—. Cuando Anthony no respondió, y solo levantó ligeramente su cuerpo del de ella para que ella pudiera respirar, Candy se dio cuenta de un cambio sutil en él. Su corazón latía con fuerza contra su espalda, su respiración era superficial y sus manos temblaban sobre las de ella.
—¿Q-qué pasa?— preguntó ella débilmente. ¿Qué horror podría hacer temblar unas manos tan fuertes?
Anthony señaló un coche que desaparecía por el sinuoso camino debajo de ellos. —En nombre de todo lo sagrado ¿Qué es eso?
Candy entrecerró los ojos. —Parece un VW, pero no puedo estar segura desde esta distancia. El sol me está dando en los ojos.
—¿Un qué?
—Volkswagen.
—¿Un... qué vaguen?
—Volkswagen. Un coche—. ¿El hombre se estaba quedando sordo?
—¿Y eso?
Su mejilla rozó su sien mientras ella giraba la cabeza para mirar hacia donde él señalaba. —¿Qué?— Ella miró fijamente en la dirección que le indicaba. Parecía estar señalando la posada. —¿La posada?
—No, esa cosa brillante con colores como nunca antes había visto. ¿Y qué pasa con todos esos árboles sin hojas? ¿Qué les ha pasado a los árboles? ¿Y por qué han atado cuerdas entre ellos? ¿Crees que huirán si no están atados? ¡Nunca había visto robles tan avergonzados!
Candy miró el letrero de neón sobre la posada y los postes telefónicos en cauteloso silencio.
—¿Y bien, muchacha?— Respiró profundamente varias veces y luego dijo con voz vacilante: —Nada de esto estuvo aquí antes. No he visto ninguna rareza así. Parece que la mitad de los clanes de Escocia se han asentado en el lago de Brodie, y estoy bastante seguro de que él no aprobaría todo esto. Es un hombre muy reservado—. Anthony se apartó de ella y le dio la vuelta, luego la levantó para que estuviera de rodillas frente a él. Anthony la tomó por los hombros y la sacudió. —¿Qué es un coche? ¿Qué propósito tiene?
—Oh, por el amor de Dios, ¡tú sabes lo que es un automóvil! Deja de fingir. Has sido bastante convincente como lord, pero no juegues más conmigo—. Candy lo fulminó con la mirada, pero bajo su ira, Anthony la estaba asustando. Tenía la expresión más desconcertada en su rostro, y a ella le pareció vislumbrar un atisbo de miedo en sus brillantes ojos.
—¿Qué es un coche?— repitió Anthony suavemente.
Candy empezó a hacer un comentario cáustico y luego vaciló. Quizás estaba enfermo. Quizás esta situación fuera infinitamente más peligrosa de lo que pensaba. —Es una máquina alimentada por... eh... batería y gas—. De repente decidió seguirle la corriente y darle una respuesta breve. —La gente viaja en ellos.
Silenciosamente, sus labios formaron las palabras batería y gas.
Se quedó muy quieto por un momento y luego preguntó: —¿Inglesa?
—Candy— corrigió ella.
—¿Eres realmente inglesa?
—No. Soy americana.
—Americana. Ya veo… bueno, no del todo, pero… ¿Candy?
—¿Qué?— Sus preguntas estaban empezando a asustarla.
—¿En qué siglo me encuentro?
El aliento se quedó atrapado en su garganta. Se masajeó las sienes, asaltada por un repentino dolor de cabeza. Se dio cuenta de que un hombre que rezumaba un atractivo sexual tan crudo tenía que tener defectos fatales. Ella no tenía idea de qué decirle. ¿Cómo se respondía a semejante pregunta? ¿Se atrevería a levantarse y simplemente alejarse, o él la atacaría de nuevo?
—Dije, ¿qué siglo es este?— repitió suavemente Anthony.
—El veintiuno— dijo cerrando los ojos. ¿Estaba jugando a algún juego? Las letras mayúsculas en negritas del titular de periódico florecían en el interior de sus párpados, desplazando todo pensamiento racional:
UNA UNIVERSITARIA QUE ABANDONÓ SUS ESTUDIOS, HIJA DE UNA PAREJA DE FÍSICOS DE RECONOCIMIENTO MUNDIAL, FUE SECUESTRADA POR UN PACIENTE MENTAL ESCAPADO. SUBTITULADO: DEBERÍA HABER ESCUCHADO A SUS PADRES Y HABER PERMANECIDO EN EL LABORATORIO.
Anthony guardó silencio y, cuando ella abrió los ojos, él escudriñaba con la mirada el pueblo: los barcos en el lago, los edificios, los coches, las luces brillantes y los carteles, los ciclistas en las calles. Ladeó la cabeza, escuchando el sonido de las bocinas, el zumbido de las motocicletas y, desde algún café, el bajo rítmico del rock and roll. Se frotó la mandíbula con mirada cautelosa. Al cabo de un rato asintió, como si hubiera resuelto un debate interno que había estado teniendo. —¡Cristo!—, medio susurró, con las aristocráticas fosas nasales dilatadas como un animal acorralado. —¡No he perdido una simple luna! ¡He perdido siglos!
¿Una simple luna? ¿Siglos? Candy se pellizcó el labio inferior entre el índice y el pulgar, absorta.
Luego Anthony volvió a mirarla, miró su camisa, su mochila, su cabello, sus pantalones cortos y, finalmente, sus botas de montaña. Él sacó su pie de debajo de ella, lo sostuvo en sus manos y lo estudió durante un largo momento antes de levantar sus ojos hacia los de ella nuevamente. Sus cejas perfectas se arquearon.
—¿Le pones nombre a tus medias?
—¿Qué?
Pasó el dedo por las palabras Polo Sport cosidas en el puño de lana gruesa de su calcetín. Entonces su mirada se fijó en la pequeña lengüeta de sus botas de montaña: Timberland. Antes de que ella pudiera formular una respuesta, Anthony dijo: —Dame tu bolsa.
Candy suspiró y comenzó a entregársela, pero primero abrió la cremallera de la bolsa principal, no estaba de humor para entrar en una discusión sobre cremalleras. Considerando el de sus pantalones cortos, si Anthony realmente no sabía cómo funcionaban, ella no tenía prisa por enseñarle. Las mujeres deberían coser candados en las cremalleras con él a su alrededor.
Anthony tomó la mochila y vació todo el contenido en el suelo. Cuando cayó el teléfono móvil, Candy se enfureció momentáneamente consigo misma por haberlo olvidado, hasta que recordó que de todas formas no funcionaría en Escocia. Mientras él lo extraía de la confusión de sus pertenencias, ella se dio cuenta de que no funcionaría... nunca más. La carcasa de plástico había quedado aplastada en una de sus muchas caídas y se rompió en pedazos en sus manos. Anthony miró con fascinación la diminuta tecnología del interior.
Revisó sus cosméticos, abrió una polvera y se miró en el pequeño espejo. Sus barras de proteína fueron arrojadas a un lado junto con la caja de condones (gracias a Dios), y cuando vio su cepillo de dientes, su mirada desconcertada pasó de su largo y espeso cabello al pequeño cepillo y de nuevo a su cabello. Una ceja se arqueó en expresión de duda. Cogió el último número de Cosmopolitan, miró la fotografía de la modelo semidesnuda en la portada y luego la hojeó rápidamente, contemplando las fotografías de colores brillantes. Pasó los dedos por las páginas como si estuviera atónito. —Y Vincent piensa que sus tomos iluminados son encantadores—, murmuró. Cuando empezó a revisar sus bragas de colores brillantes, ella ya había tenido suficiente. Cerró el puño sobre la tanga de seda color lima que Anthony estaba examinando y sacudió firmemente la cabeza.
Pero cuando Anthony la miró, se dio cuenta de que, por primera vez desde que se conocieron, la seducción no estaba en su mente. Su deseo de huir fue abruptamente vencido por la expresión de angustia en su rostro, y ya no estaba tan segura de que estuviera jugando con ella. Si lo hacía, era un actor consumado.
Tomando la revista de sus manos, le señaló la fecha en la esquina. Sus ojos se abrieron todavía más —¿Qué siglo pensaste que era?— preguntó, disgustada consigo misma por comportarse como una tonta alrededor de un hombre hermoso. No estaba en sus cabales, no tenía ninguna cualidad redentora, pero la atraía como una polilla suicida hacia una llama, ¿y qué si esa llama convertía sus alas en cenizas?
—El dieciséis, respondió huecamente.
Sonaba tan angustiado que ella lo tocó, rozando con los dedos su mandíbula cincelada, demorándose más de lo que era prudente.
—Andley, necesitas ayuda—, lo tranquilizó. —Y te encontraremos ayuda.
Anthony cerró su mano sobre la de ella, volvió la cabeza y le besó la palma. —Tienes mi gratitud. Me complace que acudieras tan rápidamente en mi auxilio.
Ella retiró la mano rápidamente. —Ven conmigo al pueblo y te llevaré a un médico. Probablemente te caíste y tuviste una conmoción cerebral—, dijo Candy, esperando que fuera verdad. La alternativa era que había estado vagando por ahí, sólo Dios sabía cuánto tiempo, pensando que era algún señor medieval, y ella simplemente no podía reconciliar al hombre poderoso y arrogante con un esquizofrénico paranoico delirante. Ella no quería que Anthony estuviera enfermo. Ella quería que él fuera tal como parecía ser: competente, fuerte y saludable. Parecía imposible que un caso psiquiátrico pudiera ser así. . . imponente, regio.
—No—, dijo en voz baja, su mirada se desvió hacia la fecha de la revista nuevamente. —No vamos a ir a tu aldea, sino a Ban Drochaid—, dijo finalmente. —Y no tenemos mucho tiempo. Será un viaje duro, pero te atenderé con delicadeza cuando lleguemos. Y veré que seas generosamente recompensada por cuanto has hecho por mi.
Oh, Dios, quería llevarla a su castillo. Realmente esto ya era demasiado. —No voy a ir contigo a esas piedras—, dijo con la mayor calma que pudo dadas las circunstancias. —Déjame llevarte a un médico. Confía en mí.
—Confía en mí—, dijo, mientras la levantaba a su lado. —Te necesito, Candy. Necesito tu ayuda.
—Y estoy tratando de dártela…
—Pero no entiendes.
—¡Sé que estás enfermo!
Sacudió su cabeza rubia y, a la luz del atardecer, sus ojos azules eran claros, serenos e inteligentes. Allí no acechaba ningún rayo de locura, sólo preocupación y determinación. —No. Me siento bien y no estoy mentalmente afectado como piensas. Simplemente tendrás que comprobarlo por ti misma.
—No voy a ir contigo—, dijo ella con firmeza. Tengo otras cosas que hacer.
—Debes renunciar a ellas. Con el tiempo, entenderás que el clan Andley tiene prioridad. Por última vez, te pregunto: ¿Vendrás conmigo por tu propia voluntad?
—Ni cuando se hiele el infierno, bárbaro.
Cuando Anthony le rodeó la muñeca con la mano, Candy se dio cuenta de que mientras discutían, él había retirado una especie de cadena de algún lugar de su cuerpo. Cuando cerró los eslabones de metal alrededor de su muñeca y la ató a él, ella abrió la boca para gritar, pero Anthony le tapó la boca con una mano poderosa.
—Entonces vendrás conmigo únicamente por mi propia voluntad. Que así sea.
Guest 1 y 2: Gracias por continuar leyendo esta historia me complace que la están disfrutando y les agrada.
Mayely Leon: Como ves aún no se había dado cuenta de que desde que se durmió hasta que despertó habían pasado muchos siglos.
Cla1969: Louisa è un personaggio che farà la sua parte nella storia, come vedrete, ci voleva un personaggio per mettere tutto in movimento, ma non anticipiamo, lo vedremo più avanti. Candy in questa storia è una scienziata, quindi le ci vorrà un po' di tempo per accettare la magica situazione in cui si ritrova immersa.
GeoMtzR: Super irreverente para él pero como dice Anthony si quieres andar así, lejos de mi quejarme, el taco de ojo está bueno, ya empezó a darse cuenta de que efectivamente está donde él cree pero no está cuando él lo suponía. Ahora hay que ver como Candy se va adaptando primero a entender que no está loco y luego a explicarle que está en el futuro y que hay muchas cosas que desconoce.
Gracias a quienes leen de manera anónima sin comentar, espero que disfruten la historia.
