Capítulo 31: Matar el ideal

"The fool strikes. The wise man smiles, and watches and learns. Then strikes."
(El tonto golpea. El sabio sonríe, y observa y aprendes. Luego golpea."

Joe Abercrombie.


Luego de aquel desafortunado enfrentamiento entre la comunidad de hombres lobos y las fuerzas de seguridad del Ministerio, los eventos se sucedieron de forma tan veloz que Harry prácticamente no tuvo tiempo para procesarlos. De haberlo hecho, habría detectado el peligroso patrón que empezaba a perfilarse como una flecha en su dirección. De haberlo visto, talvez podría haber detenido el caos que vino después.

Pero en medio de descontrol, cuando la prioridad era apagar el incendio y apaciguar los ánimos agitados de las personas que se congregaban en el Atrio del Ministerio de Magia pidiendo explicaciones, no pudo verlo.

Para cuando finalmente cayó en cuenta de lo que estaba sucediendo, era demasiado tarde.

Les tomó toda la madrugada apagar los incendios y reestablecer el orden en el Hospital de San Mungo y en sus alrededores. El ataque los había tomado desprevenidos, con pocas unidades custodiando un edificio que históricamente siempre había sido considerado zona de bandera blanca. Al momento del ataque, la mayoría de los Aurores (así como gran parte de los oficiales del ERIC) se encontraban trabajando en Dartmoor, conteniendo a los hombres lobos que habían invadido el pueblo muggle más cercano, o bien llevando adelante los traslados hacia Azkaban de aquellos a quienes habían capturado.

Solo tres magos habían sido trasladados desde Dartmoor a San Mungo para recibir atención médica, escoltados por una cuadrilla de aurores. Pero en medio del golpe sorpresa, dos de ellos habían logrado escapar y al tercero lo habían encontrado muerto en su cama.

Y si bien el conteo final de aquel enfrentamiento dio como único muerto a dicho prisionero, éste se sumaba a los fallecidos en Dartmoor. Eran cifras que Zafira Avery estaba explotando en su discurso en el Atrio, asegurándose de que toda la comunidad mágica las escuchara. Era civiles muertos en un enfrentamiento con fuerzas del gobierno. Era un verdadero escándalo.

Habían logrado capturar a dos de los encapuchados que habían asaltado San Mungo, y ambos se habían identificado orgullosamente como miembros de la Rebelión de los Magos. Pero Harry encontró poco consuelo en ello. Irónicamente, no era la Rebelión de los Magos quien había quedado mal parada frente a la comunidad por atacar un hospital. Había sido la imagen del Ministerio de Magia la que se había visto afectada de forma más negativa, impactando principalmente sobre los Aurores. El discurso oficial de los hombres lobos involucrados en el conflicto de Dartmoor negaba el uso de cualquier tipo de violencia en su movilización para recuperar sus tierras originarias, argumentando que las fuerzas del ministerio habían reprimido sin ningún justificativo. La muerte del brujo que se encontraba bajo custodia en San Mungo tampoco dejaba muy bien parada a las fuerzas de seguridad.

El sol aún no había terminado de iluminar el cielo inglés que Zafira Avery ya estaba colocada en una tarima frente al Atrio, vociferando su demasiado familiar discurso contra el gobierno, acusándolos de represión violenta, de no garantizar la seguridad de sus prisioneros, y hasta dejaba escapar entre líneas la sutil sugerencia de que era posible que los propios Aurores se hubiesen aprovechado del caos general para eliminar a uno de los prisioneros antes de que pudiese escapar.

Inmerso en ese contexto huracanado que prometía explotarles en la cara en cualquier momento, Harry y Ron habían sido citados en el séptimo piso del Ministerio con extrema urgencia.

Respiró profundamente antes de entrar al auditorio que habitualmente era utilizado por el Wizengamot para llevar adelante juicios importantes. En esta ocasión, en lugar del jurado oficial, era el propio Cavenger quien dirigía la reunión. A su derecha se encontraba sentado el Primer Ministro Shacklebolt, quien apenas cruzó una rápida y turbia mirada de preocupación con Harry. A su izquierda, aguardando con los brazos cruzados sobre el pecho, esperaba una mujer entrada en años y de aspecto inclemente. Llevaba el cabello blanco peinado de manera escrupulosa y gruesas gafas de lectura que colgaban en la punta de su afilada nariz encuadrando una mirada decidida. Su nombre era Sabrina Young, principal coordinadora del sector de Asuntos Internos del Ministerio de Magia, y su presencia allí no auguraba nada bueno.

No le sorprendió encontrarse con que Godwin Bradshaw estaba también en la sala y lucía más animado de lo que Harry nunca antes lo había visto. Una sonrisa sádica tensaba su boca en una expresión de puro deleite. Era como un niño a quien le habían adelantado su cumpleaños.

Había más personas dentro de la sala, principalmente miembros del departamento de legales y de asuntos internos. Pero la atención de Potter se detuvo en las cuatro personas que se encontraban sentadas en el centro del auditorio, muy por debajo de las gradas, en un claro intento de exponerlos de manera vergonzosa.

No era fácil amedrentar a Megara Fishback. La aurora llevaba mucho tiempo lidiando con los gigantescos egos que existían dentro de la política, y más tiempo peleando en la primera línea de combate, donde las decisiones se tomaban en fracciones de segundos, pero las consecuencias podían ser eternas. La aurora se mantenía rígida en la silla, la espalda apoyada y las manos descansando sobre los reposabrazos como si se tratase de un trono.

No era el caso de ninguno de los otros tres que la acompañaban. Su discípulo, Rama Dallas, lucía nervioso y enfermo, como si estuviese a punto de vomitar. Demasiado joven como para tener que atravesar por todo aquello. Junto a su mentora, él había sido uno de los primeros en llegar a Dartmoor para contener el avance de los licántropos. Quentin Clearwater, su nuevo compañero desde que Drake Mufson había fallecido, tenía una expresión de furia salvaje, la indignación de todo aquello encrespándole las facciones. Fabius Tibalt, el único integrante del ERIC presente, era también el único que se mostraba genuinamente avergonzado, como si todo el honor que le quedaba se hubiese esfumado en el momento en que lo habían citado allí para disciplinarlo.

—Auror Potter… Auror Weasley, gracias por acompañarnos con tan corto aviso—les dio la bienvenida en un tono formal Linus Cavenger, y sin dedicarles mucha más atención, hizo un gesto para que ocuparan los asientos libres que había junto al ministro.

Harry obedeció, expectante. Sabía que su participación en todo aquello era una mera formalidad. El destino de Megara y su equipo ya no se encontraba en sus manos. Pero como jefe del sector que se hallaba bajo revisión disciplinaria era su deber estar allí. Y aún si no lo hubiese sido, habría ido de todas formas. Era lo mínimo que podía hacer por sus aurores.

—Ahora que estamos todos, podemos dar inicio a la sesión —anunció Linus, dirigiéndose a todos y a nadie en particular. Su secretaria comenzó a tomar notas de inmediato, dando así inicio formal a la audiencia disciplinaria.

Sabrina Young se aclaró la garganta, tomando así la palabra.

—Aurora Fishback, quisiera repasar con usted lo sucedido en Dartmoor —comenzó la mujer en un tono que intentaba sonar imparcial, sin conseguirlo. Harry notó el reproche en aquellas palabras, y por la expresión agria en el rostro de Megara, ella también se había percatado.

—Voy a necesitar que sea un poco más específica —respondió con descaro Megara. La mujer frunció el ceño y se acomodó los anteojos sobre el puente de la nariz.

—Usted era la Aurora a cargo de la guardia nocturna. Quisiéramos escuchar una explicación sobre los eventos que llevaron a esta… catástrofe —le recriminó sin disimulo.

Una risa baja y sin humor escapó de la boca de Megara. Harry la conocía lo suficiente como para entrever la exasperación en ella.

—Todo lo sucedido está escrito en ese informe que tiene frente a usted, señora Young. Ustedes ya saben lo que sucedió. No están aquí para eso —dijo Megara, una larga exhalación acompañando sus palabras. Lucía cansada, y Harry pensó que de seguro no había descansado en toda la noche.

—¿Y para qué cree que estamos aquí si no es para aclarar la situación? —la instó a explicarse la señora Young. Megara levantó la mirada y sus ojos chispearon con una llama desafiante.

—Están buscando culpables —los acusó.

Un murmullo recorrió el estrado, y Harry meneó la cabeza de forma casi imperceptible, rezando porque Megara lo notase y comprendiese que debía contener su afilada lengua. Pero la aurora no lo estaba mirando. Toda su feroz atención estaba puesta en Young.

Sabrina abrió la carpeta frente a ella y pasó velozmente varias hojas, leyendo por encima lo que fuese que estaba escrito en el informe.

—En su informe usted dice que respondió a un llamado de la Red de Vigilancia que le indicó la presencia de... "una actividad anormal" en la zona de Dartmoor —continuó Young, ignorando el cotilleo entre sus compañeros y la actitud petulante de Megara.

—Así es —confirmó Fishback.

—¿Había alguna señal de peligro inminente? —insistió Young, mirando de reojo y con poca gana lo que Megara había escrito en el informe.

—El grupo se estaba movilizando a gran velocidad hacia un poblado completamente muggle… —empezó a explicar Megara.

—Pero aún no se había concretado ningún acto de violencia, o de magia siquiera, contra dicho poblado cuando activaron la señal de alerta y solicitaron refuerzos hacia la zona, ¿verdad? —la interrumpió astutamente la mujer. Megara entornó los ojos y sus manos se cerraron con fuerza sobre los soportes de la silla.

—No, pero… —intentó justificarse.

—¿Reconoce entonces que actuó de manera negligente, precipitándose contra una minoría inocente que no representaba ningún peligro real hasta ese momento? —disparó con malicia Young.

—¿No representaba ningún peligro real? ¡Iban armados hasta la garganta! ¡Los magos que los acompañaban tienen antecedentes penales de violencia contra muggles y utilización de magia en zonas no autorizadas! —gruñó Megara entre dientes apretados.

—Pero ustedes no tenían forma de saber eso cuando decidieron iniciar un ataque contra ellos —retrucó la mujer.

—¿Habría preferido que esperáramos hasta que asesinaran a todos los habitantes del poblado? ¿Habría sido eso un motivo suficiente para intervenir? —bramó Megara, levantándose de su asiento y dando un paso hacia el estrado.

—¡Aurora Fishback, siéntese ahora mismo! —intervino Linus, elevando la voz lo suficiente como para que Megara escuchase la peligrosa advertencia con que vibraba. Reticente, y sin despegar la mirada de la señora Young, Fishback volvió a tomar asiento.

—Ya vez, Sabrina. Es como te vengo advirtiendo desde hace meses… El cuartel de Aurores hace uso de la Red de Vigilancia a su antojo, sin atenerse a ningún tipo de restricción legal o moral —chasqueó por lo bajo Bradshaw, dirigiéndose a la señora Young y llamándola por su nombre de pila.

Las palabras de Bradshaw suscitaron una nueva ola de comentarios enfrentados entre los presentes.

—Yo también estaba allí —masculló la voz insegura de Tibalt, que apenas se oyó entre el murmullo generalizado. Se aclaró la garganta, atrayendo la atención hacia él, enderezándose en su silla para mostrarse más seguro—. Yo también estaba allí, en la Sala de Vigilancia… Y no soy auror —aclaró.

Un silencio opresivo cayó sobre la sala. Sabrina Young contempló con expresión indescifrable al oficial Tibalt, sus ojos atravesándolo por encima del borde de sus anteojos. Bradshaw había enrojecido a causa de la ira, un tic nervioso apareciendo en el extremo de uno de sus ojos. No era el único desencajado: junto a Megara, Quentin Clearwater observaba a Tibalt como si le hubiese brotado una segunda cabeza del cuello.

—Su intención de apoyar a su compañera Fishback es un claro ejemplo del trabajo en equipo que esperamos entre los aurores y el ERIC, oficial Tibalt —lo felicitó finalmente Sabrina, en un tono extrañamente maternal, como si estuviese aclarándole un error a su hijo pequeño—. Pero lamentablemente, en esta situación concreta, me temo que la aurora Fishback cometió un grave, grave, error…

—Yo también estuve de acuerdo con la decisión que tomó la aurora Fishback. Soy tan culpable como ella —insistió Tibalt.

—Fabius, cállate —graznó Megara por lo bajo, tirando del borde su camisa para intentar arrastrarlo de regreso a su silla.

—Yo le expresé a la aurora Fishback mis temores relacionados con la comunidad de licántropos que se estaba movilizando y mis sospechas de que podían ocasionar problemas en los asentamientos muggles cercanos —continuó asumiendo la culpa Tibalt, a pesar de que ahora Megara le lanzaba evidentes miradas de advertencia.

—Pero usted no fue quien dio la orden final, ¿verdad, oficial Tibalt? —retrucó repentinamente Sabrina, releyendo una vez más su copia del informe. Había algo en su voz, en la forma en que pronunció aquella pregunta que a Harry no le gustó. Era como si supiese que había encontrado el punto débil que le permitiría para ganar el partido.

Tibalt se enderezó en toda su estatura, orgulloso y con la frente en alto. Era significativamente más alto que Megara, pero hasta entonces, se había mostrado pequeño frente a la figura segura que era Fishback. Su presencia se hizo notar de forma repentina dentro de la sala.

Lo habían acorralado con esa pregunta, y él lo sabía. Demoró en responder, buscando ayuda en los ojos de Megara, negándose a dar la confirmación que efectivamente terminaría por sentenciarla. Pero ella se limitó a sonreírle con un gesto desganado y a menear la cabeza. No tenía sentido mentir.

—¿Quién dio la orden de activar el protocolo de ataque, oficial Tibalt? —volvió a preguntar la inquisidora, esta vez con más saña.

—Fui yo —confesó finalmente Megara, sacando a Tibalt de apuros al ver que seguía sin ser capaz de responder y traicionarla—. Ellos sólo obedecieron mis órdenes. Todo lo sucedido, ha sido mi culpa.

—¿Qué? ¡No! ¡No fue así! —estalló Quentin, levantándose también de su butaca, ignorando por completo la múltiples varitas mágicas que les apuntaban a todos ellos en ese momento. En esos breves segundos el ambiente se había caldeado, tensándose como una cuerda, amenazando con cortarse en cualquier instante.

—Siéntanse, los dos —masculló Megara en un hilo de voz que no dejaba mucho lugar a la discusión. Reticentes, ambos obedecieron.

—Van a castigarte —susurró Quentin, indignado.

—Y si siguen haciendo este escándalo, también los suspenderán a ustedes —criticó con dureza ella, entre dientes apretados para que sus palabras fuesen casi inaudibles—. Estoy intentando reducir el daño colateral.

—No hiciste nada malo —se quejó Rama Dallas. Megara le dedicó una sonrisa torcida cargada de cinismo, y volvió su atención de regreso hacia el jurado.

—Asumo toda la responsabilidad de lo sucedido en la noche de Dartmoor contra la comunidad de hombres lobos, así como las posibles consecuencias que nuestro conflicto pudiese arrastrar también sobre el Hospital San Mungo —informó Megara con un gesto estoico. Sabrina apenas sonrió.

—¿Se declara culpable de los cargos de negligencia y abuso de poder contra minorías inocentes?

—Sí —la palabra dejó un sabor amargo en la boca de la aurora y despertó una renovada ola de murmullos en la sala.

—Entonces no me deja otra alternativa que sugerir que el departamento de Asuntos internos realice un examen exhaustivo de su expediente como aurora. Mientras tanto, queda usted suspendida de sus tareas habituales. Tiene prohibido usar la insignia de Auror. Deberá entregar su placa, su varita de repuesto y su uniforme antes de abandonar el Ministerio —dictaminó de inmediato Young en un tono oficial y neutro que desentonaba con el brillo satisfactorio de su mirada. —Nos comunicaremos con usted cuando tengamos listo el informe. Hasta entonces… Lo mejor será que no pise el Ministerio de Magia, aurora Fishback.

Harry suspiró con impotencia mientras contemplaba como Megara Fishback entregaba su insignia y su varita reglamentaria a la gente de Asuntos Internos.

—Fue bueno mientras duró, muchacho —le dijo Megara a Quentin, guiñándole un ojo en un intento por aparentar tranquilidad, pero la voz le tembló, traicionándola. Clearwater abrió la boca pero nada salió de sus labios.

Los oficiales de Asuntos Internos escoltaron a Megara hacia el exterior del recinto. Lentamente, la gente comenzaba a movilizarse, abandonando las gradas, comentando la reciente y sorpresiva decisión por lo bajo. Harry podía sentir las miradas sobre él, como si estuviesen esperando su reacción.

—Has perdido, Potter —le susurró la voz de Bradshaw, rebosante de maliciosa satisfacción. La voz de Hermione resonó en el fondo de la cabeza de Harry, advirtiéndole que mantuviese la compostura.

—Lo único que has logrado es exponernos aún más a una guerra, Bradshaw —le retrucó Potter, poniéndose también de pie e intentando abrirse paso hacia la salida. Pero el ego de Godwin se encontraba en alza después del dictamen, y se interpuso en su camino, acentuando su desagradable sonrisa.

—Lo único que he hecho es exponerte a ti y a tus inútiles aurores —insistió en el tema Bradshaw. Harry apretó los dientes, los músculos de su mandíbula tensándose de manera dolorosa. Bradshaw dio un paso hacia él, envalentonado—. Y esto es sólo el comienzo. No voy a detenerme hasta desmantelar tu preciado Cuartel —lo amenazó por lo bajo, de forma que solo Potter pudiese escucharlo. Varios de los funcionarios se habían detenido a mirar la interacción con curiosidad. Era de público conocimiento que el vínculo entre el jefe de Aurores y el jefe del departamento de Catástrofes y Accidentes Mágicos estaba muy lejos de ser amena.

—Buena suerte con eso —se burló sarcásticamente Harry, e intentó una vez más pasar junto a Bradshaw. El hombrecillo dio un paso en la misma dirección, volviendo a bloquearlo.

—Te crees intocable, ¿eh? —fue el turno de mofarse de Bradshaw. Algo extraño centelló en su mirada, como si conociese algo que Harry ignoraba.

—Hazte a un lado, Bradshaw —le advirtió Harry, quien empezaba a perder la paciencia. Godwin chasqueó la lengua de manera exagerada, meneando la cabeza.

—Con las elecciones tan cerca, es una terrible coincidencia, ¿no crees? Después del apoyo que Shacklebolt te ha brindado siempre… Este fracaso tuyo podría costarle el puesto de Ministro —volvió a chasquear la lengua, en fingida decepción, el resentimiento retorciéndole la forzada sonrisa. Harry entornó la mirada, la magia erizándole los pelos de los brazos.

—Muévete —gruñó con voz grave.

En cualquier otra circunstancia, Bradshaw seguramente habría notado el poder crudo que emanaba de Harry, reconociendo el inminente peligro, pero en ese instante su sentido común estaba obstruido por una falsa sensación de importancia y seguridad. O talvez, simplemente quería llevar a Harry al límite. Fuese cual fuese el motivo, el jefe de Catástrofes no se movió. Exasperado, Harry lo hizo a un lado con un empujón, abriéndose finalmente un camino hacia la salida.

—Al menos Kingsley sigue vivo… Es más de lo que pueden decir el resto de tus mentores, ¿no? —le susurró Godwin en cuanto pasó junto a él.

Fue más de lo que Harry pudo tolerar. Movido por el instinto más que por la razón, le asestó un puñetazo en el rostro. Su mano impactó con un crujido desagradable contra el pómulo de Bradshaw, la inercia del golpe impulsando al presumido hombrecillo contra los bancos, haciéndolo perder el equilibrio y caer al suelo.

El estruendo producido por el golpe y la posterior caída de Bradshaw terminó de atraer todas las miradas hacia ellos. Un par de funcionarios se acercaron para ayudar a Godwin a ponerse de pie, y con una puntada de horror, Harry notó que el rostro del hombre se encontraba cubierto de sangre, un profundo corte en su pómulo y una nariz rota siendo la principal fuente.

Desorientado a causa del impacto, Godwin tardó unos segundos en recuperar la estabilidad y dimensionar lo que había sucedido. Pero en cuanto lo hizo, su reacción no se hizo esperar.

—¡Eres un salvaje! ¡Estás completamente fuera de control, Potter! —chilló a todo volumen, la voz empastada a causa de la sangre.

Una mano se cerró sobre el hombro de Harry, fuerte como una garra, obligándolo a reaccionar mientras tiraba de él para que se pusiese en movimiento, arrastrándolo fuera del recinto y lejos de los gritos incesantes de Godwin.

Harry se dejó arrastrar por Ron todo el camino hasta el Cuartel de Aurores y al interior de la oficina que compartían. Su mejor amigo cerró la puerta detrás de ellos y lo empujó sin delicadeza contra una de las sillas.

—¿En qué estabas pensando, colega? —suspiró Ron, mirándolo como si temiera que Harry hubiese perdido la cabeza.

—No estaba pensando, Ron —confesó Harry, pasándose una mano por los cabellos oscuros.

—¡No me digas! —dijo sarcásticamente Ron—. ¿Te das cuenta que le has dado la excusa perfecta para que presente una denuncia en tu contra?

—¡Mierda, ya lo sé! —se enfureció Harry con él, a pesar de que no tenía la culpa.

Ron no tuvo tiempo de retrucarle. Alguien golpeó con vehemente insistencia a la puerta, interrumpiéndolos. Linus Cavenger no esperó a que respondieran para abrirla, introduciéndose a la oficina como si se tratase de la suya. Su gélida mirada atravesó la habitación hasta dar con Harry, una expresión de pocos amigos impregnando los músculos serios de su rostro.

—Auror Weasley, si es tan amable de dejarme un rato a solas con el auror Potter, se lo agradecería profundamente —pronunció en un tono sorprendentemente formal y neutro el jefe de Seguridad, sin dar lugar a la negativa.

Linus Cavenger se mantuvo en expectante silencio durante varios segundos, su mirada de halcón analizando a Harry que continuaba sentado en la silla donde lo había depositado Ron. Potter se forzó a controlar su lengua, manteniendo la boca cerrada a pesar de que su sangre estaba todavía caliente por la discusión con Bradshaw y la sentencia contra Megara Fishback.

—Vengo de tener un breve cruce de palabras con el señor Bradshaw —comentó Linus con suavidad, mientras tomaba una de las sillas que había en la oficina y la colocaba para quedar sentado frente a Harry. Se acomodó de forma tal que los codos quedaron reposando sobre sus rodillas, ambas manos unidas en el centro a la altura de su rostro. —Creo que no es necesario que le explique la delicada situación en la que se encuentra en este momento, auror Potter —agregó en un tono práctico y formal.

—¿Bradshaw ha pedido mi suspensión? —intentó adivinar Harry. Linus lo observó con la cabeza levemente inclinada hacia un costado, sopesándolo.

—Pidió su remoción del cargo de jefe de Aurores.

Harry sintió un sabor amargo trepar por su garganta, agriándole la boca. A pesar de sus sospechas de que Linus Cavenger trabajaba para la Rebelión de los Magos, Harry no terminaba de descifrar al abogado y las intenciones detrás de sus actos. No tenía evidencias para acusarlo de colaborar con el Mago de Oz, pero tampoco tenía dudas. Y eso era lo que volvía cada una de sus jugadas impredecibles.

—¿Y usted que le ha dicho? —preguntó Harry, levantando el mentón en un gesto orgulloso. La comisura de los labios de Linus temblaron.

—No voy a mentirte, Potter. Estos meses han sido una vergüenza para el cuartel de aurores, y tu comportamiento de hoy no hace más que confirmar la opinión que tengo de ti.

—Algo me dice que no es una buena opinión, señor —resopló Harry por lo bajo. Linus frunció el entrecejo.

—Eres impulsivo, no respetas las figuras de autoridad, y tienes una tendencia a perder el control con demasiada facilidad para alguien que ocupa un cargo de liderazgo —enumeró Cavenger con desapegada practicidad—. Si por mi fuese, te habría echado de mi departamento en cuanto tomé el control después de Granger.

—Pero no lo hizo —lo interrumpió Harry. Un atisbo de sonrisa asomó en los labios rígidos de Linus.

—Eres El Elegido, Potter. No puedo simplemente despedirte, sin razones —reconoció Cavenger.

—Pues ahora parece como si tuviera razones de sobra, ¿no es así? —Harry se atrevió a provocarlo, incorporándose de su silla. Linus lo observó de pies a cabeza varias veces antes de imitarlo y levantarse.

—Por algún motivo que no termino de comprender, la gente aún te apoya más de lo que te mereces. Removerte de tu cargo me traería más problemas que soluciones —blanqueó el abogado, encogiéndose de hombros desinteresadamente.

—¿A qué ha venido, entonces?

—He logrado tranquilizar a Godwin, e incluso está dispuesto a retirar su denuncia contra ti —le comunicó Linus.

—¿Qué es lo que quiere a cambio? —preguntó Harry asertivo. Los ojos de Cavenger relampaguearon.

—Quiere que le pidas disculpas de forma pública por lo que sucedió hoy…

—Por supuesto —gruñó Harry por lo bajo.

—… Y quiere que hagas una declaración expresando tu apoyo para su campaña electoral —agregó Linus, ignorando el comentario de Harry.

Por un momento, Potter creyó que había escuchado mal. Pero la extraña sonrisa de Linus, una mezcla de neutralidad y astucia, le hizo caer en cuenta de que había escuchado correctamente.

—¿Godwin Bradshaw se presentará para las próximas elecciones? —logró articular la pregunta tras el impacto inicial.

—Como candidato para Ministro de Magia, junto al Partido por el Cambio, nada menos —confirmó Linus. Una risa amarga y sin humor escapó entre los labios de Harry.

—Bradshaw nunca tendrá mi apoyo político. Él lo sabe… Y usted también —dijo Potter, con firmeza.

Linus Cavenger se removió los anteojos para limpiarlos con el borde de su túnica antes de volver a colocárselos con innecesaria lentitud, para hablar.

—Kingsley Shackebolt no estará aquí por siempre, señor Potter. Y cuando él ya no esté… Bueno, solo decirle que va a necesitar nuevos vínculos dentro del ministerio si quiere quedarse aquí —Linus pronunció la advertencia con una sutileza tan controlada que Harry tardó unos momentos en comprender la amenaza implícita. —Coordinaré un nuevo encuentro entre usted y el señor Bradshaw para que puedan limar las asperezas. Y esta vez, señor Potter, intente mostrarse arrepentido… o al menos, no golpearlo. —le advirtió con un dejo despectivo, mirándolo desde arriba como si Harry fuese un bruto con quien le era imposible razonar.

Le dio la espalda sin esperar su respuesta, y Harry se mordió la lengua para evitar decir algo innecesariamente provocador. A veces, las peleas políticas internas podían resultar más desafiantes que una cacería de Horrocruxes.


A la mañana siguiente, cuando Harry llegó a su oficina, una nota de Linus Cavenger prolijamente plegada lo aguardaba sobre su escritorio. Tal como le había anunciado el día anterior, el jefe del departamento de Seguridad Mágica había concretado una cita con Bradshaw en la que esperaba que Harry se disculpara por el incidente sucedido en el tribunal.

Le habría gustado tener tiempo para conversar con Ron antes de encarar a Godwin ya que contaba con que su amigo lo ayudase a controlar su mal genio. La situación ya era lo suficientemente compleja tanto para él y como para el cuartel de aurores como para sumar a Bradshaw una vez más a la ecuación. Pero ese día Ron se encontraba ocupado trabajando fuera del Ministerio, puntualmente lidiando con las revueltas que la Marea Roja estaba ocasionando en sitios neurálgicos del Londrés mágico.

Había poca gente en el tercer piso, un tanto inusual teniendo en cuenta que el Ministerio de Magia se encontraba agitado como un avispero estos días, con Asuntos Internos llevando adelante todo tipo de investigaciones y los distintos departamentos atacándose unos a otros para desligarse de cualquier responsabilidad.

—Buenos días, Betanie —saludó Harry al llegar frente al escritorio de la secretaria de Godwin Bradshaw. La muchacha jadeó, saltando en su silla, la presencia de Harry tomándola por sorpresa.

—Señor Potter… —balbuceó nerviosa, desviando la mirada hacia los papeles que tenía sobre el escritorio y de regreso hacia él, incapaz de fijar la mirada mucho tiempo.

—Tengo entendido que tengo una cita con el señor Bradshaw hoy por la mañana —intentó ayudarla Potter al ver que la pobre chica revolvía los papeles sin dar con nada.

—Oh, sí, sí… —coincidió ella con voz temblorosa, mientras encontraba finalmente un agenda entre las diferentes pertenencias que había sobre su mesa—. Es la única reunión agendada en el día de hoy —confirmó, sus ojos finalmente fijándose en él. Tragó saliva con dificultad—. Lo está esperando adentro —indicó, señalando hacia la puerta de la oficina principal del jefe del departamento con una mano temblorosa.

—Gracias, Betanie —se despidió Harry, intentando sonreírle de manera afable, esperando reducir así el nivel de nerviosismo de la muchacha. Pero solo consiguió que la chica se sonrojara y bajara nuevamente la mirada, avergonzada.

Golpeó a la puerta de la oficina y aguardó. No obtuvo respuesta de inmediato. Irritado y convencido de que Bradshaw lo estaba haciendo a propósito para molestarlo, Harry volvió a golpear a la puerta. Una vez más, nadie le respondió desde el interior, pero la puerta se abrió permitiéndole el ingreso.

Harry la cerró detrás de él una vez que estuvo adentro de la oficina. Se trataba de una sala oval, en donde el escritorio principal ocupaba el centro, y detrás del cual se alzaba una inmensa e imponente silla, como si se tratase de un trono, pero la misma se encontraba rotada, dándole la espalda a la entrada por la que había ingresado Harry. Apenas se llegaba a distinguir la coronilla de la cabeza de Bradshaw que sobresalía por encima del respaldo.

Harry se aclaró la garganta, haciendo notar su presencia. No llegaba a ver completamente a Bradshaw sentado en su impresionante silla, pero alcanzaba a distinguir los dedos de sus manos apoyadas sobre los reposabrazos. Volvió a carraspear, esta vez más fuerte. Pero Bradshaw siguió ignorándolo, manteniendo su silla rotada de espaldas.

—Bradshaw, soy Potter… He venido a conversar —se anunció Harry aunque sabía que no era necesario. Godwin sabía perfectamente que Harry tenía una cita con él ese día y a esa hora.

Un escalofriante silencio fue toda la respuesta que obtuvo, erizándole los pelos de la nuca y alertando todos sus sentidos. Se trataba de una quietud tan densa que resultaba perturbadora, como un vacío que absorbía el aire del lugar. Incluso lo poco de Bradshaw que Harry era capaz de divisar lucía extrañamente estático. Sus manos ni siquiera se habían movido cuando Harry habló. Su cabeza había permanecido rígida en la misma posición, ni una mínima señal de reconocimiento.

Algo estaba mal.

Con cuidado, Harry se llevó la mano sigilosamente hacia la cintura donde tenía aferrada su infalible varita y caminó con pasos lentos y apagados hacia la butaca de Bradshaw, intentando hacer el menor ruido posible.

—¿Bradshaw? —volvió a llamarlo cuando estuvo a tan solo unos escasos metros de la silla. Una vez más, no obtuvo respuesta.

Tomó la silla por el respaldo obligándolo a girar y a enfrentarlo cara a cara.

Con una puntada de terror, como un espantoso deja-vù, Harry reconoció la expresión en el rostro de Godwin.

Era una expresión fría y rígida. Una mirada mezcla de sorpresa e incomprensión. Esos labios abiertos a mitad de un grito que nunca llegaría a soltar. La opacidad en sus ojos y la palidez de su piel terminaban por delatarlo.

Godwin Bradshaw estaba muerto.

Tan pronto como Harry cayó en cuenta de ello, una sirena se activó, resonando no solo dentro de la oficina sino en todo el edificio. Harry conocía esa señal. Era una alarma de alerta, que anunciaba un nivel elevado peligro dentro de los límites del Ministerio de Magia. Activaba un protocolo de máxima seguridad, que tenían reservado para muy contadas situaciones. Una alarma que llevaba muchos años sin sonar en el Ministerio de Magia. Una que reservaban para un grupo de maldiciones muy específicas…

La puerta de la oficina de Bradshaw se abrió de sopetón, propulsada por un hechizo explosivo. Harry desenfundó su varita en un acto reflejo de defensa, convencido de que se encontraría cara a cara con sus enemigos.

En cambio, el auror Athos Goodwich, acompañado por su Discípula, y otros dos aurores más aparecieron en el marco de la puerta destruida.

—¿Señor Potter…? —exclamó Athos, completamente confundido al reconocer a Harry en el interior del salón. Los otros aurores también vacilaron.

—¡No bajen sus varitas! —gritó una voz proveniente de la retaguardia, mientras se abría paso hacia el frente. Linus Cavenger clavó su mirada de halcón en él—. ¡Se encuentra armado! ¡No bajen sus defensas! —les advirtió nuevamente.

—¿Qué crees que estás haciendo, Linus? —lo increpó Harry, intentando dar un paso hacia él. Pero se encontró con que Cavenger no había llegado solo. Lo acompañaban varios miembros del ERIC, y éstos no dudaron en apuntarle directamente al pecho en cuando Harry amagó con acercarse.

El movimiento de Harry pareció sacar del estupor también a los aurores, quienes alzaron una vez sus varitas hacia él.

—Baje el arma, Auror Potter —le advirtió Linus, determinante.

Harry cayó en cuenta de que todavía tenía la varita en su mano. Su experiencia como auror y un rápido análisis de la situación le permitió entender lo que estaba sucediendo.

—Esto es un error… —intentó explicarse Potter.

—¡No nos obligue a disparar, señor Potter! —gritó la voz del oficial Reech, uno de los principales coordinadores del ERIC.

—Señor Potter, baje la varita, por favor —le rogó Athos, mortificado por tener que siquiera pedírselo.

Harry bajó con lentitud la varita hasta colocarla en el suelo. Apenas sus dedos la soltaron, su varita salió disparada hacia los dedos del oficial Reech.

—Conténgalo—ordenó Linus, haciendo un gesto imperativo con la manos hacia los aurores.

—Lo siento, Harry —se disculpó Athos, e inmediatamente unas fuertes caderas se enredaron en torno a las manos y los pies de Harry, inmovilizándolos.

Harry observó impotente cómo un nuevo personaje aparecía en escena. No sabía quién era, pero por su uniforme lo reconoció como uno de los sanadores del equipo forense.

El sanador se inclinó junto al cuerpo de Bradshaw, constatando lo que era evidente a los ojos: la ausencia de vida. Susurró algo a oído de Linus, y éste asintió con un movimiento protocolar de cabeza. Sus fríos ojos se clavaron en Harry.

—Señor Potter, queda usted bajo arresto por el asesinato de Godwin Bradshaw —anunció en un tono profesional y desapasionado.

—¿QUÉ? —llegó a decir Harry. Los aurores, que habían comenzado a acercarse para llevárselo, se detuvieron en seco, una mezcla de respeto y miedo extendiéndose entre ellos.

—Le recuerdo que todo lo que diga puede y será usado en su contra durante un juicio —le advirtió Cavenger, y a pesar de que su tono se mantuvo inmutable, Harry reconoció esa mínima, prácticamente imperceptible, curvatura triunfante de las comisuras de sus labios. —Llévenselo —habló una vez más hacia los aurores con un tono despectivo.

Harry sintió que dos personas lo tomaban de los hombros y tiraban de él hacia atrás, arrastrándolo con dificultad a causa de las cadenas que todavía se entrelazaban en sus muñecas y tobillos.

Lanzó una última mirada hacia el cuerpo de Godwin Bradshaw, el cual se encontraba intacto, sin señales de heridas o lesiones… A excepción de una pequeña quemadura en tela de su pechera, allí donde la Maldición Asesina había golpeado, robándole la vida.


Lo trasladaron a los calabozos del propio Ministerio de Magia, ubicados en las profundidades del mismo. Eran habitaciones pequeñas, sin ventanas ni escapatoria, con paredes empapadas por cientos de años de hechizos protectores y magia poderosa. Era donde habían encerrado a los mortifagos capturados durante la postguerra antes de los juicios y de ser trasladados a Azkaban.

Harry había escoltado a cientos de criminales hasta esas celdas. Ahora, él era uno de ellos.

Se dejó caer sobre una de las sillas, apoyando las manos encadenadas sobre la mesa frente a él. Intentó repasar mentalmente los eventos que lo habían llevado hasta allí, buscando comprender lo que estaba sucediendo. Aún no podía explicar cómo, pero estaba convencido de que la Rebelión se encontraba detrás de todo aquello.

La puerta de la celda se abrió horas más tarde y Athos Goodwich ingresó junto a su discípula Natalie Adler. Sus ojos se detuvieron unos instantes en las heridas que las cadenas estaban causándole a nivel de las muñecas e inmediatamente desvió la mirada, incómodo. Harry conocía a Athos desde que éste había ingresado a Camelot. Lo había visto crecer dentro del cuartel de Aurores, encontrando su verdadera vocación en el sector de Homicidios.

—Señor Potter —comenzó a hablar Athos, tras ocupar el asiento frente a él. Su discípula permaneció de pie detrás de él, tomando notas. —¿Sabe por qué lo hemos detenido? —le preguntó, con sincera duda.

—Porque creen que maté a Godwin Bradshaw —respondió Harry sin rodeos. Athos arqueó las cejas.

—¿Lo hizo, señor? —su voz vaciló con la incertidumbre. El hecho de que uno de sus propios hombres dudara de aquello hirió a Harry profundamente.

—No —fue su tajante respuesta—. Ya estaba muerto cuando llegué.

—¿Había alguien más en la oficina con ustedes? —inquirió Athos.

—No —suspiró Harry, e intentó llevarse una mano hacia los cabellos sin éxito, las cadenas restringiéndole los movimientos—. Debe de haberse ido antes de que yo llegara.

—Usted era la única persona que tenía una reunión programada con el señor Bradshaw durante esta mañana —dijo Athos de manera sugestiva.

—Dudo que su asesino sacara un turno para visitarlo —respondió Harry irritado. Natalie Adler rió por lo bajo detrás de ellos. Athos le dedicó una mirada de advertencia, y la muchacha bajó de inmediato la atención de regreso al cuaderno de notas, fingiendo estar haciendo anotaciones sobre la entrevista.

—La secretaria del señor Bradshaw dice que nadie entró a la oficina antes de usted, a excepción del propio Godwin —refutó con gentileza el detective Goodwich, su atención regresando hacia Harry, sus ojos observándolo analíticamente, aguardando su reacción. Bradshaw era un hábil interrogador. Sabía leer el lenguaje corporal y guiar la conversación de forma cautelosa. Pero Harry no era un criminal.

—Alguien debe de haberlo hecho —insistió Harry.

—Pero usted dijo que no había nadie más en la oficina cuando ingresó —repitió Athos, frunciendo levemente el entrecejo, un gesto de sospecha empezando a asomar en su amable rostro.

—No, no vi a nadie más —confirmó nuevamente Harry.

—¿Cómo explica entonces que la alarma contra Maldiciones Imperdonables no se activase hasta después de que usted ingresara a la oficina? —fue la siguiente pregunta que le hizo Athos. Harry se había hecho la misma pregunta mentalmente.

—No puedo explicarlo —dijo con absoluta sinceridad.

—La alarma se activa de forma automática cuando alguien realiza una maldición imperdonable…

—¡Ya sé cómo mierda funciona la alarma, Athos! —estalló Harry, golpeando la mesa con ambas manos, provocando que Natalie se sobresaltara y dejara caer su cuaderno y que Athos retrocediera en su asiento. —Alguien alteró la alarma para que sonara más tarde —fue la única explicación que encontró Harry.

El escepticismo de Athos era evidente. Pero no era eso lo que más inquietó a Harry, sino la expresión de profunda decepción que podía leerse debajo.

—Señor Potter… —suspiró Athos, humedeciéndose los labios resecos—. Tenemos testigos que afirman que usted y Bradshaw tuvieron un altercado en el día de ayer…

—Por Merlín —masculló Harry por lo bajo, dejando caer la cabeza hacia atrás.

—Han declarado que usted golpeó a Bradshaw y que éste expresó su preocupación respecto a vuestro comportamiento —continuó Athos.

—Y hoy fui a su oficina a disculparme, no a matarlo —argumentó Harry.

—Y sin embargo, Bradshaw está muerto, y usted tiene motivos de sobra para haberlo matado, señor Potter —blanqueó con dureza Athos.

Un extraños silencio se extendió entre ellos, la desconfianza y la duda rompiendo cualquier tipo de vínculo que Harry pudiese tener con el detective.

—Quiero a mi abogado —dijo Harry, cruzándose de brazos y dándole a entender que no iba a continuar hablando.


A pesar de que Harry solicitó que lo contactarán con su abogado, Dean Thomas no apareció a visitarlo hasta el día siguiente. Y cuando finalmente lo hizo, fue acompañado de Hermione Granger. Harry no sabía si sentirse aliviado por la presencia de su mejor amiga, o aún más preocupado. Si Dean había considerado prudente llevarla con él, entonces Harry se encontraba en una situación mucho más grave de lo que había previsto. Pero en un parpadeo, Hermione había atravesado la habitación y lo había envuelto en un cálido abrazo. La preocupación inicial fue reemplazada de inmediato por una sobrecogedora sensación de calidez.

Dean carraspeó, aclarándose la garganta, y Hermione finalmente soltó a Harry, un suave rubor avergonzado trepando por sus mejillas.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Granger, sus ojos empapados de consternación mientras lo recorrían veloces, inspeccionando cualquier señal de daño en él.

—Estoy bien —le aseguró Harry, aunque eso no era del todo verdad.

Dean movió la sillas hasta colocarlas frente a frente, y con un gesto silencioso lo invitó a que tomara asiento. Depositó el maletín a un costado, y se inclinó levemente hacia delante, aproximándose a él de manera confidente, como si estuviese a punto de susurrarle un secreto.

—Necesito hacerte unas preguntas, Harry. Y necesito que respondas con absoluta sinceridad —comenzó Thomas, sus ojos reposando pesadamente sobre él—. Podemos tener esta conversación a solas, si lo prefieres —agregó, lanzando una mirada de soslayo en dirección a Hermione. No era su viejo compañero del colegio quien hablaba en ese momento, sino el abogado profesional que estaba a cargo de un posible homicidio.

—Hermione puede quedarse —aseguró Harry. Notó por el rabillo del ojo que su amiga esbozaba una tenue sonrisa, agradecida por el voto de confianza.

—Bien —aceptó el abogado, entrecruzando los dedos de sus manos por encima de sus rodillas. —¿Lo hiciste? —fue lo primero que le preguntó Dean, sin preámbulos.

—¡No! —se indignó Harry.

—Pues alguien se ha esforzado mucho por hacer parecer que sí —retrucó Thomas.

—Pero yo no maté a Bradshaw —repitió una vez más Potter. Dean entornó los ojos, como si quisiera mirar más allá de él, atravesándolo. Después de lo que se sintió una eternidad, asintió.

—Si tú no fuiste, ¿quién lo mató? —preguntó expeditivamente el abogado. Harry se mordió el labio.

—Tienes una sospecha —interrumpió Hermione, reconociendo la expresión de Harry. Dean le lanzó una mirada de advertencia, y ella volvió a sonrojarse. Era evidente que Dean había accedido a que lo acompañara con la condición de que lo dejara a él llevar adelante el interrogatorio. Y era evidente que Hermione estaba encontrando aquello extremadamente difícil de cumplir.

—Le he dado cientos de vueltas en mi cabeza… Y es la única explicación que he encontrado —reconoció Harry. Se había pasado la noche entera en vela, intentando deshilvanar aquel enredo en el que se había sumergido. Aún le faltaban algunas piezas, pero la imagen empezaba a cobrar sentido en su mente.

—Te escucho —accedió Thomas, extrayendo del maletín un cuaderno y una pluma para tomar notas.

—Fue Linus Cavenger —dictaminó Potter.

La mano de Dean que sostenía la pluma se quedó congelada a mitad del reglón. Durante varios segundos, el abogado no se movió. Apenas se limitó a levantar los ojos del anotador para volver a enfocarlos en Harry, esperando que tuviese algo más para decir que justificase su declaración.

—Hace tiempo que sospecho que Cavenger trabaja para el Mago de Oz, y esto termina de confirmarlo. Él fue quien coordinó mi reunión con Godwin Bradshaw. Fue él quien me citó en ese preciso momento, en ese lugar. Es el jefe del departamento de Seguridad, por lo que es la única persona que podría haber alterado el sensor de Maldiciones Imperdonables sin que nadie se enterase para que se disparara en el momento en que lo hizo. Y también estuvo entre los primeros en llegar al despacho para arrestarme —Harry hablaba atolondradamente, intentando escupir toda la información que tenía dentro de su cabeza para convencerlos.

Dean se reclinó hacia atrás en la silla, sus facciones curvándose en un gesto indescifrable pero poco alentador.

—No me crees —Harry comenzó a desesperarse. Thomas chasqueó la lengua.

—Claro que te creo, Harry —le aseguró el abogado—. Pero eso no importa, porque no tenemos cómo demostrarlo. Todo lo que me has dicho es… circunstancial. No tenemos ninguna evidencia de que Linus estuviese allí…

—¡Mierda, Dean! ¡Lo que tienen contra mí también es circunstancial! —se quejó Harry.

—No, no lo es —lo contradijo con gentileza Thomas—. Tienen una testigo que asegura que fuiste la única persona en entrar ese día en la oficina… Y tu largo historial de enfrentamientos con Bradshaw es motivo suficiente para sospechar que finalmente perdiste los estribos y lo mataste, Harry.

—Pues eso es fácil de demostrar. Tienen mi varita: pueden escanearla y comprobar que no utilicé ninguna maldición asesina —siguió enfureciéndose Potter. Notó que Hermione se removía incómoda en el rincón donde se encontraba. Frente a él, Dean se frotó la frente con una mano, como si estuviese armándose de coraje para decirle algo.

—Ya han examinado tu varita. Saben que no fue la que disparó la maldición —le informó Dean en un tono que no resultaba demasiado alentador.

—Pero… —adivinó Harry. Dean hizo una pausa, seleccionando cuidadosamente cómo continuar.

—Piensan que desarmaste a Bradshaw y usaste su propia varita para matarlo. La encontraron tirada junto al cadáver…

—Tiene que ser una puta broma —resopló Harry con amargura, llevándose las manos a la nuca y reclinando la cabeza entre las rodillas.

—Cavenger ha armado un caso muy sólido en tu contra, Harry —la voz de Dean tembló, presa de una inseguridad que no era habitual en él. Era miedo. Su abogado estaba asustado.

—¿Cavenger está llevando adelante el caso? —preguntó Potter, intentando no cundir al pánico que lentamente comenzaba a desplegarse dentro de la habitación como un veneno.

—Así es. Y está haciendo todo lo posible para proceder con el juicio lo más pronto posible —habló Hermione, apremiante. Lucía impaciente, y a pesar de que Dean volvió a lanzarle una de sus significativas miradas, esta vez la mujer no se amedrentó—. Está asustando al Wizengamot, argumentando que eres un prisionero de muy alto perfil, demasiado peligroso para tenerte aquí por mucho tiempo… Quiere mandarte a Azkaban, Harry. Está pidiendo una cadena perpetua —le advirtió su amiga.

Inesperadamente, Harry sintió el impulso amargo de reírse. Toda la situación era completamente absurda, y sin embargo, hasta el más pequeño de sus detalles había sido planificado con absoluta precisión. Era el plan de una persona inteligente, pero sobre todo, de alguien que conocía y entendía a Harry. El Mago de Oz había tenido la paciencia necesaria y la habilidad suficiente para llevarlo hasta allí. Y demasiado ocupado en contener las distracciones que le habían puesto en el camino, Harry no lo había visto venir.

—Dean, ¿puedes evitarlo? —le preguntó Harry. Dean lo estaba observando como si temiera que hubiese perdido la cabeza. Potter empezaba a entender a su padrino Sirius.

—¿La cadena perpetua? —preguntó el abogado.

—Azkaban —corrigió Harry. La mirada de pena que le dedicó su amigo fue toda la respuesta que necesitó.

—Ningún jurado creerá tu versión, Harry —intentó explicarle con paciencia—. Creo que nuestra mejor estrategia es intentar reducir la condena a la mínima cantidad de años posibles… Podemos apelar a tu historial pasado como héroe de guerra para ello… Pero no creo que podamos ganar este juicio, colega. Lo siento —le explicó Dean.

—Entiendo. Has hecho un gran trabajo, Dean —dijo Harry, extendiendo una mano para reposarla sobre su hombro, un gesto de agradecimiento y también de liberación—. Ahora necesito que te vayas de aquí.

—¿Qué? —exclamó en absoluta confusión Dean, mirando alternativamente a Harry y a Hermione.

—Será mejor que tomes distancia de mi a partir de aquí, colega —repitió Harry. Dean meneó la cabeza.

—No, Harry, creo que no estás entiendo lo que intento decirte…

—Lo he entendido a la perfección —le aseguró él—. Estás despedido, Dean —aclaró Harry, hablando con una inusual calma que solo consiguió alarmar más a Thomas.

El abogado abrió la boca para volver a quejarse pero Harry fijó su mirada esmeralda en él con más intensidad que nunca antes, intentando expresarle sin palabras lo que verdaderamente quería decirle. Si Dean Thomas estaba en lo cierto (y Harry no dudaba que fuese así), no iba a poder librarse de forma legal de todo aquello. Era mejor no involucrarlo en lo que sucedería a continuación.

Dean tragó saliva con dificultad, quedándose sin palabras por primera vez. Harry tenía el presentimiento de que Thomas olfateaba la inminencia de un plan suicida por su parte. Después de todo, conocía a Harry desde que tenían once años.

Se puso de pie, y Harry lo imitó. Permanecieron así, uno frente al otro, durante varios latidos, hasta que finalmente Dean dio un paso hacia él y lo abrazó con fuerza.

—Ten cuidado, Harry —le dijo al oído. Tomó su maletín y antes de salir de la celda, le lanzó una rápida mirada por encima del hombro. Un destello de esperanza curvó sus labios en una última sonrisa—. Si alguien puede encontrar una forma para salir de todo esto, eres tú —vaticinó con fe ciega.

Harry y Hermione quedaron a solas.

—Vas a perder el juicio —habló Hermione, como si estuviese retomando una conversación previa. Harry torció una sonrisa de lado.

—Gracias.

—Te enviarán a Azkaban, arruinarán definitivamente tu reputación y con ella la campaña electoral de Kingsley… Con ambos fuera, tendrán el camino libre para tomar el control del Ministerio —continuó deduciendo de forma fatídica Hermione, empezando a pasearse nerviosamente por la sala.

—Dos pájaros con un solo tiro —masculló él.

—No puedes ir a Azkaban —insistió Granger, deteniendo bruscamente su caminata.

—¿No te gusta como destino para mis próximas vacaciones? —se atrevió a bromear Harry.

—¡Hablo en serio, Harry! ¡Planean matarte allí! —estalló ella, sus ojos humedeciéndose.

—Ya lo sé, Hermione —le concedió Harry, suspirando mientras volvía a dejarse caer en la silla.

Lo había deducido desde el momento en que la palabra Azkaban había surgido. ¿Por qué matarlo y arriesgarse en convertirlo en un mártir para la causa, cuando podían convertirlo en un criminal y enviarlo a la cárcel? Una vez allí, deshacerse de él sería extremadamente fácil. Prácticamente todos los prisioneros de Azkaban odiaban a Harry. Era sólo cuestión de días hasta que alguno encontrase la oportunidad para matarlo.

Harry terminaría sus días como un delincuente más, repudiado y odiado, muerto en un trágico incidente entre reclusos. Todos sus buenos actos quedarían opacados por el veredicto de asesino. Todo aquello por lo que siempre había luchado quedaría manchado con la deshonra de aquel crimen. Su historia y su legado reducido a cenizas.

No bastaba con matar al hombre. Había que matar el ideal. El Mago de Oz lo sabía. Siempre lo había sabido. Había movido sus piezas de forma estratégica para acorralarlo, dejándolo sin salida.

Pero Harry no había llegado hasta allí simplemente gracias a la suerte. Él era un sobreviviente. Y no estaba dispuesto a dar por perdida aquella partida. No todavía.

—Tienes un plan —comprendió Hermione, leyéndole las intenciones.

—Tal vez sea mejor que tú también tomes distancia de mí, Hermione —sugirió Harry, y a pesar de que Hermione no tenía con ella su varita, se preparó como para recibir una maldición de su parte.

—Déjate de estupideces, Harry —chasqueó la lengua ella, ubicándose en la silla donde minutos atrás se había sentado Dean y cruzándose de brazos.

—No creo que clasifique como un plan —corrigió Harry con una sonrisa tímida.

—Rara vez lo hacen —señaló Granger.

—Probablemente termine mal —insistió Potter. Ella revoleó los ojos.

—Probablemente —coincidió Hermione.

Harry sonrió agradecido al ver que los labios de su amiga se tensaban disimuladamente en las esquinas, curvándose también hacia arriba. Era un alivio saber que, incluso en esos momentos, cuando el mundo entero dudaba de él, había personas con las que podía seguir contando de forma incondicional.


Para los que empezaban a preocuparse si yo seguía con vida, ya he regresado jaja.

Me ha tomado mucho tiempo escribir esto porque es una escena muy importante para la historia. Había escrito una versión inicial pero al releerla no terminó por convencerme así que decidí volver a empezar. Terminó demorándome mucho más de lo planeado.

¡Pero aquí lo tienen! Para los que están en el grupo de Telegram... Ha llegado finalmente el crimen que les había adelantado :)

No tengo mucho para comentar del capítulo porque creo que habla por sí solo. Pero sí estoy esperando ansiosa sus comentarios al respecto.

Gracias por la paciencia y por seguir leyendo a pesar de los retrasos y dificultades.

Con cariño,

G.