Capítulo 32: Donde la luz no te encontrará

It's my own design.
It's my own remorse.

Help me to decide.
Help me make the most
Of freedom and of pleasure.
Nothing ever lasts forever.

Everybody wants to rule the world.

There's a room where the light won't find you
Holding hands while the walls come tumbling down
When they do I'll be right behind you.

So glad we've almost made it
So sad they had to fade it

Everybody wants to rule the world.

(Es mi propio diseño,
Es mi propio remordimiento.

Ayúdame a decidir,
Ayúdame a aprovechar lo máximo
De la libertad y del placer.
Nada nunca dura para siempre.

Todos quieren gobernar el mundo.

Hay una habitación donde la luz no te encontrará.
Tomados de las manos mientras las paredes se derrumban.
Cuando suceda, estaré justo detrás de ti.

Tan feliz de que casi lo conseguimos,
Tan triste que tuvimos que dejarlo desvanecer.

Todos quieren gobernar el mundo.)

Everybody wants to rule the world – Lorde


—Esto es ridículo. ¿Cuánto tiempo más van a tenernos aquí? —se quejó Jasper por tercera vez en lo que iba de los últimos diez minutos, derrumbándose con descuidada elegancia sobre la silla junto a ella.

Zaira no podía culparlo. Lo que todos creían que sería una charla informativa para el cuartel de Aurores se había prolongado inexplicablemente en varias horas de espera, encerrados detrás de las puertas de la sala de conferencias del primer piso del Ministerio de Magia, un salón que contaba con un sistema de seguridad de máximo nivel, ya que era el mismo lugar donde el propio Ministro daba sus conferencias y reuniones.

Conforme pasaba el tiempo, las sospechas de Levington crecían de manera exponencial. No podía ser una coincidencia. Y no era la única que lo pensaba. Había escuchado a sus compañeros comentar de forma discreta, casi precavida, la inusual situación que se había dado el día anterior, temprano en la mañana, cuando la Alarma de Maldiciones Imperdonables se había activado inexplicablemente dentro del Ministerio de Magia.

Solo unos pocos aurores habían estado presentes, y quienes habían respondido a la señal de alerta eran en su mayoría miembros de la subdivisión de Asesinatos y Crímenes Violentos. Vaya casualidad que ninguno de ellos se encontraba presente entre ellos para responder las dudas. De hecho, nadie los había vuelto a ver desde entonces. Se habían esfumando, indetectables e incomunicados con el resto de sus colegas. Aquello fue lo primero que llamó la atención de Zaira, pero a pesar de ello, decidió esperar y quedarse, aunque eso implicara tener que escuchar las constantes quejas de su discípulo Yaxley que estaba convencido de que todo esto olía a podrido.

Se habían esparcido rumores sobre el motivo que había activado la alarma, pero cada teoría resultaba más inverosímil que la anterior. No había declaraciones oficiales sobre el tema. De hecho, nadie había hablado con ellos aún, salvo para convocarlos en aquel salón con carácter urgente y luego dejarlos allí olvidados. No habían tenido visitas de los Sabuesos, ni de Legales, ni siquiera desde Misterios, todos departamentos que uno esperaría ver en el caso de que una Maldición Imperdonable se hubiese utilizado.

Cuando las primeras dos horas se cumplieron sin ninguna novedad desde el exterior, algunos de aurores empezaron a expresarse abiertamente indignados, Quentin Clearwater entre ellos. Habían intentado abandonar el salón, solo para descubrir que las puertas se encontraban selladas. Los habían encerrado. Esa fue la segunda señal de que algo andaba muy, muy mal.

—¿Qué crees que está pasando allí afuera? —preguntó Jasper, chasqueando la lengua irritado, inclinándose en la silla para pronunciar la pregunta de forma que solo ella pudiese escucharla. Su aire jocoso y socarrón había sido reemplazado por las primeras señales de genuina preocupación.

—Nada bueno —masculló Zaira—. Si verdaderamente la Alarma de Maldiciones Imperdonables ha sido activada, eso significa que alguien ha cometido un crimen grave dentro de las instalaciones del Ministerio de Magia… Muy posiblemente un asesinato. La respuesta lógica habría sido convocarnos para poner en marcha un protocolo de seguridad con carácter urgente en torno al edificio y asegurar al sospechoso.

—En cambio, nos han aislado por completo —comprendió Jasper, sus ojos oscuros entornándose en un gesto de desconfianza, mientras analizaba nuevamente a sus compañeros.

—Nadie ha venido a hablar con nosotros, lo que me ha pensar que aquellos que deberían hacerlo… No pueden —siguió razonando Levington. Sus ojos ambarinos buscaron a Jasper, atravesándolo con la intensidad de su pensamiento. —Algo ha pasado con Harry.

—Y no quieren que estorbemos mientras lo resuelven —la siguió Jasper, torciendo una sonrisa suspicaz—. Debemos salir de aquí y averiguar qué mierda está pasando —decretó, reincorporándose una vez más de la silla.

Pero antes de que Jasper pudiese exponer el plan descabellado e improvisado que estaba maquinando para salir de ese apuro (con dudoso éxito), la puerta de la sala de conferencias finalmente se abrió.

La tercera mala señal fue la llegada de Agamenon Axton. El director de Camelot entró por la misma puerta que, segundos atrás, había estado sellada. Se encontraba escoltado por quien alguna vez había sido uno de sus discípulos y ahora era su compañero y mano derecha: Polux Keene, que a su vez cargaba con un largo rollo de pergamino. Detrás de ellos, armados como si estuviesen a punto de enfrentarse a un peligro impredecible, había al menos unos diez hombres de ERIC.

Agamenon avanzó con paso estoico, ignorando los cientos de ojos puestos en él, miradas intrigadas y enfadadas por partes iguales.

—Buenos días, colegas —se presentó al llegar al atril, su voz gruesa y fuerte extendiéndose con la velocidad del viento por la habitación, llegando con absoluta claridad a todos—. Ante todo, en nombre del Departamento de Seguridad Mágica les pido disculpas por este inusual protocolo en el que nos encontramos operando. Pero es que las situaciones inusuales e imprevistas requieren de respuestas similares —se justificó manteniendo una postura orgullosa y la frente en alto, pidiendo perdón sin pedir perdón.

—¿Qué está pasando, Axton? —gritó uno de los aurores desde el fondo del auditorio.

—El Jefe Cavenger me ha enviado a que les explique la delicada situación en que nos encontramos en este momento… —quiso empezar a hablar Agamenon, pero no logró terminar su frase.

—¿Dónde está Harry Potter? ¡Él es nuestro jefe! ¡Él debería hablar con nosotros! —las palabras brotaron de una muchacha joven que no podía llevar más de tres años en las fuerzas. Como muchos de los más jóvenes, ella también idolatraba a Harry.

Agamenon respiró profundo manteniendo la cabeza en alto mientras más preguntas y acusaciones surgían entre los aurores. Les permitió escupir una pregunta detrás de la otra, sin responder ninguna, hasta que finalmente, su mirada intimidante y su silencio impenetrable lograron recuperar gradualmente el silencio. Recién allí abrió el legajo que cargaba consigo y se dispuso a leerlo en voz alta:

—En la mañana de ayer, el Sistema de Alertas de Maldiciones Imperdonables detectó la utilización de una Maldición Asesina dentro de este edificio. Puntualmente, en la tercera planta, dentro de la oficina del jefe del departamento. Cuando la unidad de respuesta que se encontraba disponible acudió a la escena, se encontraron con que el jefe Godwin Bradshaw estaba muerto, víctima efectiva de una maldición imperdonable… Y al auror Harry Potter como único mago presente en la escena —reveló de forma protocolar. El resto de la información se vio interrumpida por una secuencia incoherente de gritos que surgían de todas partes, silbidos y aullidos de desapruebo, y varios que lanzaron algunas chispas de colores por sobre las cabezas de los presentes.

Zaira se mantuvo en su asiento, aguardando. Un cosquilleo molesto en la nuca le decía que eso no era todo. Eso era solo el principio… Y posiblemente una versión muy suavizada de la historia real. Todavía quedaba más mierda para escarbar.

—Dada la conducta errática del Auror Potter en el último tiempo, combinado a varios encuentros violentos previos que hubo entre éste y Bradshaw, así como evidencia rotunda que la fiscalía asegura tener contra él, el departamento de Seguridad Mágica ha decidido detener al Harry James Potter bajo el cargo de homicidio —siguió hablando como si el salón no hubiese reaccionado con enojo e incredulidad a la primera parte.

Las voces de los presentes se elevaron más y más, esta vez en claros gritos de desacuerdo. Algunos volvieron a intentar acercarse a las puertas, solo para encontrarse con que los oficiales del ERIC les bloqueaban el paso. Zaira vio como muchos comenzaba a desenfundar sus varitas, preparándose para pelear si era necesario.

GGGGGOOOOOONNNNNNGGGGG

Un sonido ensordecedor invadió el salón obligándolos a cubrirse las orejas con ambas manos. Era penetrante e increíblemente molesto, hasta el punto en que podía resultar doloroso.

Polux Keene no bajó su varita hasta que todos se hubiesen callado y tranquilizado. Recién entonces detuvo aquel sonido infernal. Había logrado contener los gritos de enojo y las quejas. Pero todavía persistía en el ambiente una energía peligrosa, como una fuerza burbujeante que pugnaba por salir, amenazando con estallar tarde o temprano.

—Debido a la delicadeza y la urgencia que supone este caso para el Ministerio y para nuestro departamento en particular, Linus Cavenger ha conseguido reunir al Wizengamot para llevar adelante el juicio del señor Potter esta misma tarde.

—¿Una tarde? ¿Eso es todo el tiempo que estos hijos de puta van a darle para prepararse? —susurró por lo bajo Jasper, su sarcasmo inalterable.

—Entiendo que esto puede resultar un conflicto de intereses para muchos de ustedes. Harry Potter ha sido nuestro líder durante muchos años, y para varios aquí, un ejemplo a seguir y una fuente de inspiración. Aquellos que no se sientan capaces de cumplir con su deber de forma objetiva, dejando a un lado los sentimientos y la creencias pasadas, voy a pedirles que abandonen el perímetro del Ministerio de Magia hasta que el jurado emita su veredicto —siguió hablando Agamenon, en un tono tan impersonal que parecía que nunca hubiese conocido a Harry. Era como si nunca hubiesen compartido reuniones de Camelot. Los cientos de entrenamientos en los que ambos habían participado, los cumpleaños de Ron Weasley en el Caldero Chorreante, las misiones suicidas por todo el continente (y también fuera de éste)… Harry se había convertido, de un día para el otro, en un desconocido. Peor aún, en un criminal.

—El resto de ustedes que permanezcan activos durante este período, se les asignarán nuevas misiones para que desempeñen durante las próximas semanas. Podrán leerlas en esta notificación oficial —agregó Polux, mientras colgaba el largo pergamino en una de las paredes, para que cada uno pudiese leer su nombre, seguido de una columna con las nuevas tareas que debía cumplir.

—¿Vigilancia de la Plataforma 9 ¾? —Jasper leyó su nombre y el de Zaira—. ¿En esta época del año? No hay trenes siquiera. ¿Para qué necesitas a…. —volvió a chequear en la lista la cantidad de personas asignadas a la misma tarea—… vaya, tres aurores para vigilar un andén vacío.

—Un andén que conecta directamente con el colegio mágico más importante de nuestro país, y con el pueblo que, debo recordarte, fue atacado recientemente —justificó pobremente Polux,

—Solo quieres sacarnos de aquí mientras dure el juicio —rechinó Yaxley.

—¿Y de qué ayuda podrías servir tú aquí, Yaxley? —se burló, lanzándole una mirada de maliciosa satisfacción que lo recorrió de arriba abajo.

—¿Quiénes vigilarán los pasillos y la sala de Wizengamot durante el juicio? —insistió Jasper, mientras Zaira seguía observando con expresión crítica la lista, donde apenas si figuraban unos pocos nombres de Aurores asignados a la protección del Ministerio.

—El jefe Cavenger ha considerado más seguro usar fuerzas que no estén tan cercanas al sospechoso ya que podría comprometer la integridad del juicio. El Oficial Reech comandará al ERIC que vigilará al prisionero desde el traslado de su celda hasta el Tribunal, y luego a Azkaban —explicó Polux orgulloso de poder hacer alarde del conocimiento interno con el que contaba.

—¿Azkaban? —aquello resonó en Zaira, sacándola del estupor en el que se encontraba, releyendo una y otra vez una lista de tareas absurdas.

—Es lo que están pidiendo como condena —confirmó Polux, su expresión socarrona trastabillando, dejando entrever un poco de su humanidad. Nadie que conociera a Harry podía desearle Azkaban.

—Vamos —dijo Zaira, tomando a Jasper por el hombro y arrastrándolo hacia la salida del salón.

Ahora que el discurso había sido entregado, que Harry había sido presentado frente a su gente como un asesino cruel y sin moral, ahora que los aurores se encontraban dispersos y sin un líder a quien seguir, ya no representaban una amenaza, al menos no una que requiriera mantenernos encerrados. Las puerta se habían vuelto a abrir, y lentamente, confundidos y todavía enojados, muchos de ellos aceptaban las actividades que les habían sido asignadas sin saber qué otro camino tomar.

Zaira conocía otros caminos. Harry Potter había sido su mentor. Él le había enseñado que, incluso cuando parece no haber ningún otro camino, siempre hay algo. Solo tenía que encontrarlo antes de que fuese demasiado tarde…

—Espera aquí afuera —le ordenó a Jasper antes de introducirse en lo que tan solo un día atrás había sido la oficina de Harry, pero donde ahora estaba segura que se encontraría nada menos que a Agamenon.

—¿Qué haces aquí, Zaira? —le preguntó el hombre, frunciendo levemente el entrecejo, como un padre cansado de lidiar con sus hijos problemáticos.

—Lo mismo me pregunto yo —retrucó ella, dando un paso más hacia él, manteniéndose de pie frente al escritorio en el que se había acomodado. —¿Qué mierda estás haciendo, Agamenon?

—Mi trabajo —fue la respuesta escueta.

—Tu trabajo es supervisar Camelot. Ése es el trabajo que te asignó el Jefe de este departamento —lo contradijo Zaira, sin pelos en la lengua.

—El jefe de este departamento se encuentra actualmente encerrado en una celda de máxima seguridad, acusado de asesinato —le recordó él, innecesariamente, empezando a molestarse.

—¿Y qué me dices de Ron? ¿También lo has sacado del camino para quedarte con su puesto? —la acusación fue una cachetada violenta para Agamenon, y una fríamente calculada por Zaira. El vínculo entre Agamenon y Ron era tan cercano como el de la propia Zaira con Harry. La relación de mentor y discípulo era una conexión muy especial, difícil de romper o traicionar. La simple sugerencia de que Agamenon fuese capaz de traicionar de esa forma a su mentor era motivo suficiente para desatar un duelo.

—Linus Cavenger quería despedir a Ron. Estuvo cerca de acusarlo de cómplice en el asesinato de Bradshaw. El único motivo por el cual no lo ha hecho aún es porque Ron no estaba aquí el día que Harry mató a Bradshaw —la ofensa en la voz de Agamenon era palpable—. Él y su discípulo Knight están ahora en Camelot, a salvo… por el momento. Pero Cavenger no confía en que Ron pueda llevar adelante este operativo de manera objetiva… Y francamente, yo coincido.

—Harry no mató a Bradshaw —afirmó Zaira. Agamenon alzó una ceja.

—Le corresponde al Wizengamot decidir eso —fue la respuesta fría de su colega.

—Nuestro trabajo es proteger a las personas inocentes —insistió ella, buscando un aliado. Agamenon golpeó la mesa frente a él con un puño, perdiendo la paciencia.

—¿Y qué te hace pensar que él es inocente, Zaira? —siseó entre dientes apretados.

—Lo conozco. Él no sería capaz de hacer algo así —se mantuvo firme en su postura. Axton soltó una risita sarcástica y buscó una carpeta dentro de un archivero clasificado.

—Así que lo conoces, ¿eh? Sabes lo que es capaz —masculló mientras abría el documento y sacaba unas fotos para esparcirlas sobre la mesa.

Eran las imágenes de la oficina de Bradshaw, sacadas cuando el cadáver llevaba pocas horas muerto, pero su piel ya se había vuelto fría y opaca, y sus ojos comenzaban a esmerilarse. Se conservaba, sin embargo, la expresión de desconcierto, una mezcla de sorpresa y terror, posiblemente al comprender lo que le sucedería a continuación.

—Bradshaw no opuso resistencia. Su atacante lo desarmó como quien le roba un caramelo a un niño. Lo mató de forma rápida, mirándolo directamente a los ojos, para que supiera quién era, usando la propia varita de Bradshaw para hacerlo. Magia negra como la que requiere una Maldición Asesina… No todos pueden hacerlo exitosamente, menos con una varita que no les pertenece. Fue alguien habilidoso, alguien entrenado, alguien que sabía que una reunión tan temprano en la mañana le garantizaría estar a solas con Bradshaw… ¿Se te ocurre alguien que sea particularmente reconocido por sus habilidades en relación a Maldiciones Imperdonables, sus hechizos de Desarme y que tenga un historial de poder utilizar prácticamente sin resistencia varitas que tuvieron otros dueños previos? —explicó Agamenon con cuidadoso detalle.

—¿Te estás escuchando? ¿Por qué habría de matarlo? ¿Qué gana Harry con eso? —a los ojos de Zaira, nada de eso tenía sentido.

—Bradshaw se estaba acercando mucho a Camelot —puntualizó Agamenon, dando en la tecla. Algo brilló en la mirada de Axton—. Tal vez Harry quiso ponerle un punto final al tema.

—¡Por Morgana, Agamenon! ¡Hablas como si no conocieras a Harry!

—Pues no, Zaira, no lo conozco. Y empiezo a creer que Bradshaw tenía razón en lo que decía: Harry maneja el cuartel de Aurores a su placer. Lleva operaciones secretas que no se encuentran registradas en ningún lado, y sobre las cuales es imposible obtener cualquier tipo de información. Dispone de los aurores a su gusto y placer —hizo una pausa, tomando aire y frotándose el rostro para calmarse. Estaba respirando de forma acelerada y tenía la cara abotagada—. Lo que intento decir es que… Harry lleva meses, posiblemente años, planificando algo a nuestras espaldas. ¿Y si Bradshaw tenía razón? ¿Y si verdaderamente el poder se le ha subido a la cabeza?

Zaira no lo dudó. Su mano surcó el aire que los separaba como una flecha y se estampó contra la mejilla de Agamenon, tomándolo por sorpresa y aturdiéndolo durante unos segundos.

—Estás enceguecida por tu cariño hacia él. Se te olvida que no le debemos nuestra fidelidad a Potter. Como Aurores, se la debemos al pueblo mágico, a protegerlo del peligro —la corrigió él.

—Y a ti se te olvida que estás hablando del Elegido. De la persona que estuvo dispuesta a sacrificarse para salvar el mundo mágico cuando era solo un niño —le recordó Zaira.

—Todos los Magos Oscuros empezaron como niños prodigios —fue la hábil respuesta de Axton.

Los ojos de Zaira se abrieron inmensos, sin poder creer lo que estaba escuchando. No había motivos para continuar esa conversación a partir de allí. Zaira le dio la espalda, encarando a la puerta.

—Tienes prohibido acercarte al Tribunal, Levington —le dijo Agamenon—. Vete a casa. Es una orden.

Jasper la esperaba fuera de la oficina con una mirada de desconcierto teñida con cierta admiración. Por lo visto, la puerta de la oficina no era lo suficientemente gruesa como para impedir que Yaxley escuchara el duro cruce de palabras que habían tenido con Axton.

—No estamos yéndonos a casa, ¿verdad?—le preguntó, mientras se alejaban a paso vivo.

—No —confirmó Zaira, ondulando entre las filas de cubículos donde acostumbraban trabajar los aurores para llegar hasta el suyo. A pesar de que la situación estaba lejos de ser la ideal, Levington notó que Jasper estaba sonriendo.

Aunque la mayoría de los aurores seguían en la sala de conferencias del primer piso siendo reasignados a nuevas y ridículas tareas, al llegar a su escritorio Zaira comprobó que alguien la estaba esperando.

Una joven vestida con el uniforme gris del departamento de Legales. Se encontraba encogida dentro del cubículo, ubicada en un punto estratégico que ocultaba su presencia hasta que uno no entraba al mismo. El nerviosismo que destilaba su postura le anticipó a Zaira que, fuese el motivo que fuese por el cual estaba allí, no iba en carácter oficial.

—Esta es una zona restringida —fue la reacción inmediata de Jasper, la desconfianza crepitando en sus ojos. La mano del joven aprendiz reposaba estratégicamente cerca del soporte que sostenía su varita aferrada a la cintura.

—Tengo un mensaje para la aurora Levington —tartamudeó la chica e introdujo de inmediato una mano en el bolsillo de su túnica.

La respuesta tanto de Zaira como Jasper fue instintiva. Ambos desenfundaron sus varitas en un parpadeo y la chica detuvo su movimiento a mitad de camino, el terror empalideciendo su rostro.

—Es una nota de Hermione Granger —tragó saliva la muchacha, sus ojos alterando entre las varitas.

—Hermione Granger ya no trabaja en el Ministerio —Zaira señaló lo evidente.

—No… No lo hace —reconoció la chica, y su mirada adquirió una expresión significativa—. Pero está aquí por el juicio.

Podía ser una trampa. Algún tipo de estrategia por parte de la Rebelión. Después de todo, era de público conocimiento que Zaira había sido la aprendiz de Harry. Y ella acababa de desafiar abiertamente a Agamenon Axton, proclamando sin disimulo su apoyo al Elegido. Todo podía ser parte de un mismo complot. La chica incluso llevaba puesto la túnica del departamento de Legales, territorio de Linus Cavenger.

Pero había algo en la mirada de la muchacha que le decía lo contrario. Era la mirada de una idealista. Los ojos de alguien que todavía contemplaba el mundo con una dosis de inocencia. La expresión de una persona que todavía tenía esperanzas.

Había algo en esa joven que le recordaba a la propia Hermione Granger.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó inesperadamente Zaira.

—Li-Lizzy —respondió la muchacha, desorientada.

—Bien, Lizzy… Quiero que saques esa nota muy despacio —le pidió Levington.

—¿Qué? —exclamó Jasper, lanzándole una rápida mirada de reojo como si quisiera comprobar que, en efecto, seguía siendo ella. Resopló resignado, volviendo su atención hacia Lizzy. Zaira creyó escucharlo mascullar por lo bajo algo sobre "más le vale no tener una varita allí adentro".

Lizzy asintió, retirando con extrema suavidad la mano del bolsillo, revelando que efectivamente era una nota y no una varita. Jasper torció la cabeza hacia su mentora, esperando una señal. Un gesto casi imperceptible de asentimiento por parte de Zaira bastó para que Yaxley entendiera la orden.

—No hagas nada estúpido, ¿quieres? —Jasper le advirtió Jasper a Lizzy en su tono desdeñoso, mientras se acercaba para tomar la nota. La jovencita no se atrevió siquiera a responder.

Zaira sentía todo su cuerpo en tensión mientras observaba a Jasper acercarse con extrema cautela. A pesar de las intimidantes palabras del rubio, ella lo conocía lo suficiente como para saber que no era capaz de lastimar a un civil. Lo había notado por primera vez durante una simulación en Camelot, cuando tanto él como su compañero Hamilton Knight habían estado muy cerca de estallar en mil pedazos después de que Jasper se negara a abandonar a la muggle que tenía una bomba atada al cuerpo. Lo había confirmado durante la misión en el Ministerio muggle, cuando ella misma había recibido un disparo porque él se había paralizado ante un muggle adolescente poseído por la Rebelión.

Era esa humanidad lo que había inclinado la balanza para que Zaira lo eligiera como su discípulo. Y era posiblemente también su mayor debilidad, y lo que terminaría matándolo algún día si no era cuidadoso.

Pero Lizzy no tenía una bomba pegada al cuerpo, ni una pistola escondida entre los pliegues de su túnica. Jasper recogió la nota sin ningún peligro para su vida, y regresó sobre sus pasos sin darle la espalda, hasta llegar de nuevo junto a Zaira.

Era un trozo de papel con bordes irregulares, como si lo hubiesen arrancado de la esquina de un anotador. Estaba plegado de forma desprolija, apresurada. Al desplegarlo, Zaira se encontró con que contenía solo dos palabras. La caligrafía era, sin embargo, la de Hermione. Un tanto más descuidada que la que acostumbraba a usar, pero tranquilamente eso podía atribuírsele a que lo había escrito en un apuro.

—¿Lo has leído? —le preguntó Zaira, levantando el trozo de papel en dirección a Lizzy.

—¡No! —respondió Lizzy, sonrojándose avergonzada por la acusación. Jasper curvó una ceja en una expresión de descreimiento.

—Tú ahora trabajas para Linus Cavenger. Al entregarnos esta nota te estás exponiendo a ser acusada como cómplice —disparó Levington de manera certera. Ante la acusación, la chica de legales levantó el mentón en un gesto orgulloso, cruzándose de brazos con testarudez.

—Tuve el honor de trabajar con la señora Granger durante cuatro años. En ese tiempo, tuvo muchas oportunidades de abusar de ese poder a su favor, pero nunca lo hizo. Si ella dice que el auror Potter es inocente, entonces yo le creo —respondió Lizzy, mostrándose por primera vez firme ante los aurores.

Zaira bajó su varita, y unos segundos después, un poco más dubitativo, lo siguió Jasper.

—¿Dónde están? —le preguntó Levington.

—Han encerrado al auror Potter en el calabozo principal. Ha despedido a su abogado, y ahora se encuentra solo con la señora Granger —respondió expeditivamente—. El juicio comenzará en breve. El abogado Cavenger ha convencido al Wizengamot de que es mejor no esperar… Creo que teme lo que el auror Potter pueda hacer.

—Hace bien —coincidió Zaira, mientras el trozo de papel que Lizzy le había entregado se consumía en una llamarada, eliminando así toda la evidencia del mensaje. —Creo que es hora de que vuelvas a tu puesto, Lizzy —sugirió Zaira, indicándole con la cabeza hacia la salida del gabinete.

—Buena suerte, aurora Levington —se despidió Lizzy, una última mirada esperanzada hacia la mano donde tan solo unos segundos atrás había estado la nota de Hermione, como un náufrago que observa una botella alejarse en la marea con un mensaje desesperado de auxilio.

No estaba errada. Lo que estaban a punto de intentar era una verdadera locura. Las probabilidades de éxito eran casi imposibles.

Zaira comenzó a revolver entre los cajones de su gabinete, recolectando todo lo que encontraba que pudiese serle útil en aquella hazaña. Bombas de humo para dispersión, una varita de repuesto…

—¿Piensas decirme lo que decía la nota o esperas que desarrolle poderes psíquicos? —preguntó Jasper con brazos cruzados mientras la observaba moverse de un lado al otro.

—Jasper —suspiró Levington, deteniendo su frenética búsqueda para mirarlo con gravedad—. Si decides acompañarme… Existe la posibilidad de que no salgamos vivos de aquí. Y si por algún milagro lo conseguimos… Te convertirás en un prófugo de la ley. No podrás volver aquí, ni completar tu formación como auror. No habrá vuelta atrás —la predicción reposó pesadamente entre ellos, sofocante e inminente.

—Míralo de esta forma, Zaira. Por fin podré hacerle honor a mi apellido —bromeó Yaxley, guiñándole un ojo despreocupadamente mientras tomaba de encima de la mesa unas cápsulas somníferas y se las metía en uno de los bolsillos de su chaqueta de auror. —Mi foto en pancartas con el encabezado de "Buscado": El sueño de todo niño Yaxley.

A pesar del aire juguetón, casi irreverente, que usaba su discípulo, había determinación en sus ojos oscuros. Zaira sonrió y asintió con un gesto silencioso, conmovida por el gesto. Podía ser egoísta de su parte, pero se alegraba de no tener que enfrentarse a aquello sola.

—¿Qué tal te fue en las clases de Camuflaje de la academia? —le preguntó Zaira, cambiando de tema para disimular la emoción que la había abordado.

—Me defiendo —respondió su discípulo, encogiéndose de hombros.

—¿Puedes transformar tu uniforme en algo similar al del ERIC? —propuso ella.

Jasper chasqueó la lengua, como si el desafío que Zaira le estaba planteando fuera demasiado sencillo. De inmediato puso manos a la obra, el color escarlata del uniforme de aurores virando gradualmente hacia el púrpura, la letras de su insignia modificándose para leer las siglas del ERIC.

—Entonces… ¿vas a decirme o no lo que decía esa nota? —insistió Jasper, una vez que terminaron de alterar sus vestimentas.

Operación dragón —respondió Levington, al tiempo que encaraban para los elevadores. Una mueca torcida se perfiló en los labios de la aurora.

—¿Eso es todo? —se sorprendió él, sin poder esconder la decepción. Ella asintió con la cabeza. —Jamás escuché hablar de ese protocolo —reconoció Jasper, frunciendo el entrecejo con sospecha. Solo consiguió que la sonrisa ladeada de Zaira se acentuara.

—Y no lo escucharás tampoco, porque no existe —le respondió con aires misteriosos. Jasper abrió la boca, pero su confusión era tal que no logró articular ninguna palabra al primer intento.

—Por favor, dime que todo esto no te ha perturbado la cabeza, Zaira —rogó él.

Zaira rió por lo bajo mientras uno de los ascensores abría sus puertas, y mostró su placa a los empleados en su interior con un gesto apremiante, instándolos a bajar. Una vez que estuvieron solos en el interior, giró a mirarlo. Sus ojos ambarinos brillaban con una energía pícara, casi infantil.

—Era un código interno con el que Harry y Ron solían bromear en la época en que yo fui su discípula —explicó velozmente—. Lo usaban cuando las cosas no salían como lo habían planeado y… necesitaban improvisar sobre la marcha.

Zaira había conocido a Harry muchos años después de la Segunda Guerra Mágica, pero las hazañas que él y el famoso Trío Dorado había llevado adelante durante esa época aún resonaban por todos los rincones del mundo mágico. La anécdota del día en que habían escapado de Gringotts montados en la espalda de un dragón era una de las favoritas de Zaira, una que Ron nunca se cansaba de relatar y que siempre conseguía arrancar un bufido irritado de Hermione. Al principio, Harry y Ron habían usado el término "operación dragón" para molestar a Hermione cada vez que tenían alguna misión potencialmente mortal de la que lograban escapar de forma milagrosa. Pero a medida que fueron pasando los años, se volvió un código entre ellos, y entre los discípulos que trabajaban con ellos. Cuando alguno escuchaba esas dos palabras, sabía que lo que sucedería a continuación sería negligente, peligroso e improvisado. También sabían que era absolutamente necesario.

—De acuerdo… ¿cuál es el plan? —Jasper no se oía convencido, y el ascensor estaba descendiendo muy rápido hasta el octavo piso.

—Sacar a Harry de aquí —respondió Zaira escuetamente.

—¿Cómo? —la voz de Yaxley vibraba con un leve dejo de aprehensión.

—Como sea —dijo ella, encogiéndose de hombros. Jasper se pasó una mano por los cabellos rubios, peinándolos hacia atrás.

—Me cago en Merlín, te has vuelto loca —masculló por lo bajo mientras tomaba dimensión de la situación.

—Aún estás a tiempo de dar marcha atrás —le recordó ella, pero esta vez sus palabras eran más una provocación que otra cosa. Jasper tragó saliva, encuadrando los hombros y peinándose el cabello rubio hacia atrás.

—¿Y tener que soportar a Knight acusándome de cobarde por el resto de mi vida? —dijo con una sonrisa gatuna.

El ascensor se detuvo en el Departamento de Misterios. Zaira contuvo inconscientemente la respiración mientras las puertas se abrían.

Los empleados del Ministerio no acostumbraban a bajar al octavo piso. Había algo escalofriante en ese lugar que hacía que la mayoría de las personas quisieran mantenerse lejos. Era el mismo motivo por el cual los calabozos habían sido instalados al final del pasillo, descendiendo el desnivel que llevaba hacia los tribunales, alejados de todo y de todos.

Ese día, sin embargo, el pasillo no se encontraba desértico como era habitual. Tal como Agamenon le había adelantado, Linus Cavenger había desplegado por toda la planta a los oficiales del ERIC para vigilar.

Era otra de las astutas jugadas del abogado. No podía confiar en los aurores para vigilar a su propio jefe, a quien muchos idolatraban y la mayoría de los cuales le eran fieles. Así que los había encerrado en la sala de conferencias del primer piso con un pretexto cualquiera, y había traído a Agamenon Axton desde Camelot para contenerlos hasta que terminara el juicio. Cuanto más rápido sucediera todo, menor era el tiempo que tenían para reaccionar, y aún menos oportunidades para rebelarse. Mientras tanto, podía disponer a su gusto y antojo del ERIC, una fuerza que él mismo había ayudado a crear, y a la cual le había otorgado de forma gradual más poder e importancia. Con el jefe del ERIC asesinado, y Harry siendo juzgado por el crimen, no era difícil adivinar hacia dónde se inclinaría la lealtad de sus miembros.

—¡Ey! —exclamó uno de los oficiales en cuanto los vio avanzar por el pasillo.

Zaira se apresuró a hacerle un gesto con la mano a Jasper, indicándole que se contuviera. Había notado por el rabillo del ojo que la mano de su compañero se había acercado peligrosamente hacia su varita.

—¿Qué hacen aquí abajo?

—Cambio de turno —respondió de manera autómata Zaira, intentando sonar casual.

El oficial entornó los ojos, inspeccionándolos en mayor detalle. Luego, cometió el error de bajar la mirada hacia su reloj de muñeca, para comprobar si era el horario de cambio. La varita de Zaira se deslizó desde el sujetador que tenía amarrado en el antebrazo hacia su mano, pero antes de que tuviera la oportunidad de disparar, una nueva voz intervino.

—¡Ya era hora de que mandaran reemplazos! ¡Allí abajo hay compañeros que llevan más de diez horas en sus puestos! —intervino el oficial Tibalt, parándose con los brazos cruzados sobre el pecho entre ellos y el otro oficial, una expresión de fingida indignación que bien podría haber convencido a Zaira.

—Lamento la demora… Las cosas están un poco agitadas allá arriba —respondió Zaira, conteniendo la sonrisa que pugnaba por curvarle los labios.

—¿Crees que esto ha sido un paraíso? ¡Estamos en el puto piso de los Inefables, cariño! —resopló el otro oficial, indignado con la respuesta.

—Yo me encargo de escoltarlos hasta sus puestos, Willie —se apresuró a continuar Tibalt, poniendo los ojos en blanco como si compartiese su indignación.

—Te están haciendo pagar por todo ese embrollo en Dartmoor, ¿eh, Fabius? Lidiar con novatos… ptss… —volvió a chistar, lanzándole una última mirada a Zaira y a Jasper antes de darse la vuelta y regresar a su puesto.

—Gracias —le susurró Zaira al girar en la siguiente esquina.

—Tienes que salir de aquí, Zaira —la interrumpió Tibalt, con una expresión de desencajado terror—. ¿Tienes idea de lo que puede pasarte si alguien te reconoce aquí abajo?

—¿Deshonra? ¿Azkaban? ¿Muerte? —adivinó sarcásticamente Jasper. Fabius le lanzó una furibunda mirada de evidente desaprobación.

—Necesito llegar hasta donde tienen a Harry —le pidió Zaira. Los ojos de Tibalt se abrieron enormes.

—Oh, no, no… —empezó a decir, meneando fervientemente la cabeza.

—Por favor, Fabius. Ayúdame —le pidió ella con ojos suplicantes.

—Nunca llegarás hasta él, Zaira. El corredor está lleno de gente del ERIC… No puedes sacarlo de allí —intentó hacerla entrar en razón.

—Pero en algún momento tendrán que sacarlo para trasladarlo hasta el Tribunal del Wizengamot —perseveró Zaira. Fabius suspiró, la desesperación empezando a desbordarlo.

—Aún si llegaras hasta él… Serían ustedes tres contra todo el ERIC —Tibalt siguió resaltando los muchos puntos débiles de su plan.

—Cuatro: Granger está con él —agregó Jasper con un movimiento grácil de su mano, un gesto casual que no concordaba con la tensión del ambiente.

—Cinco si tú nos ayudas —presionó su última carta Zaira, sus ojos amarillos atravesando a Fabius Tibalt.

—Nunca lograremos salir del Ministerio —masculló Tibalt, pero debajo de su negativa, Zaira reconoció un destello de luz, una chispa de esperanza. A otro idealista, como Lizzy. Otra persona a quien Harry había inspirado, sin siquiera saberlo o proponérselo.

—Si llegamos al Atrio, Jasper, tú y yo podemos Aparecernos fuera de aquí y llevarlos con nosotros —le recordó Levington. Era una de las ventajas de ser Auror, un beneficio que gracias a la ley de Vigilancia promulgada por Bradshaw se había extendido también al ERIC. Estaban autorizados a aparecerse dentro del Ministerio de Magia, incluso si el sistema de alarma se activaba.

—Pero la gente creerá que es culpable… Solo los culpables escapan de la justicia, Zaira —vaciló Fabius, una pizca de duda asomando en sus ojos.

—¿Y qué pasa cuando la justicia deja de ser justa? —lo desafió Jasper, arqueando una ceja provocadora que hizo sonrojar a Tibalt con vergüenza—. Esto no es un juicio. Es una ejecución.

Hubo una breve pausa durante la cual Tibalt se debatió internamente sobre qué camino tomar. Era un hombre respetuoso de las leyes y de la autoridad. Había llegado hasta allí recorriendo un camino limpio y justo, a base de trabajo duro. Pero el mundo en el que creía lentamente se estaba desmoronando, y era el momento de tomar una decisión sobre dónde quería estar parado cuando todo se fuera al demonio.

—No tenemos mucho tiempo —dictaminó finalmente. Zaira cruzó una mirada de satisfacción con Jasper y ambos sonrieron.

Descendieron por el camino que llevaba hasta los calabozos de mayor seguridad. A la distancia, Zaira llegó a divisar la última puerta. Del otro lado, casi podía sentir la presencia de su mentor y amigo. Pero entre ellos se interponían una decena de oficiales del ERIC armados.

Fabius avanzó de forma confiada, sin titubear, como si no estuviese a punto de traicionar a su propio servicio.

—Sus reemplazos han llegado —les informó a los dos oficiales más próximos a ellos, señalando con el pulgar a Zaira y a Jasper.

—Todavía falta una hora para nuestro reemplazo —respondió uno de los oficiales, sin parpadear ni moverse.

—Pues estos dos han llegado antes, pero si prefieres puedes esperar hasta el siguiente turno… dentro de ocho horas —lo amenazó Tibalt. Aquello consiguió alterar al hombre, quien perdió la postura altanera para contemplar con evidente desconcierto a su compañero, sin saber qué hacer.

—El capitán Reech nos dio la orden de no abandonar nuestros puestos hasta que él mismo nos indicara lo contrario —argumentó el otro, en un tono menos soberbio que su compañero. Era evidente que no deseaba quedarse allí otras ocho horas, pero tampoco quería desobedecer una orden directa de su superior.

—¿Y quién te crees que nos ha enviado, colega? ¿Harry Potter? —exclamó Jasper, poniendo los ojos en blanco con impaciencia. El oficial respondió soltando una carcajada nerviosa y rascándose la nuca incómodo. Yaxley tenía un talento para incomodar a la gente, y sobre todo para hacerlos quedar en ridículo.

—¿Tienen la autorización firmada por Reech? —quiso asegurarse el primer oficial.

—Si, claro —afirmó Zaira, metiendo una mano en el bolsillo de su chaqueta mientras la varita se deslizaba una vez más entre sus dedos. Le bastó una mirada de reojo con Jasper para que comprendiera lo que iba a hacer.

Confundus —susurraron al unísono los aurores, sus hechizos impactando silenciosamente sobre los oficiales del ERIC, sus miradas volviéndose vidriosas y sus expresiones vacías.

—¿Qué hacen? —se espantó Fabius.

—¿Habrías preferido que los aturdiéramos? —fue la respuesta de Jasper.

Mientras ambos discutían por lo bajo, intentando no atraer la atención de otras personas en el pasillo, Zaira se acercó a los oficiales y les susurró instrucciones para que se marcharan a sus casas y no regresaran hasta el día siguiente. Ella y Jasper ocuparon sus lugares respectivos de vigilancia. Delegaron a un todavía impactado Tibalt la tarea de despejar el camino hacia los ascensores para cuando recibiera la señal de salida.

—¿Cómo sabré cuál es la señal? —se preocupó Fabius.

—La reconocerás —le prometió Zaira.

Efectivamente, no les sobraba el tiempo. Mientras observaban a Tibalt regresar sobre sus propios pasos, una comitiva de personas vestidas con las túnicas del Wizengamot dobló por el pasillo para introducirse en la sala de tribunal.

Zaira bajó la cabeza, ocultando su rostro cuando Linus Cavenger y Prometeus Reech, jefe del ERIC y, transitoriamente, a cargo del Departamento de Accidentes y Catástrofes Mágicas, pasaron frente a ellos. Caminaron por delante de Zaira y Jasper sin dedicarles siquiera una mirada de reojo, su atención enfocada en la puerta al final del corredor, detrás de la cual se encontraba su principal objetivo.

—¡Oficiales! ¡En guardia! —ordenó Reech, al llegar frente a la puerta.

Todos los miembros del ERIC se enderezaron aún más en sus puestos y extrajeron las varitas de sus fundas. Zaira y Jasper los imitaron. Con un sutil movimiento de su propia varita, el abogado Cavenger abrió la puerta. No se dignó siquiera a entrar a la sala. Permaneció en el marco, observando con sobrio desdén mientras Reech aseguraba las cadenas que sujetaban las muñecas del prisionero y lo escoltaba hacia el exterior.

Así, sin más preámbulos, Zaira volvió a ver a su mentor. Supo el momento exacto en que Harry la reconoció entre los oficiales que montaban guardia a los laterales del pasillo porque sus miradas se encontraron y los ojos verdes de Potter centellaron con una energía que contrastaba con su aspecto maltrecho. Duró tal solo un instante, pero Zaira podría haber jurado que los labios de Potter temblaron, amenazando con curvarse, el gesto quedando apenas oculto debajo de la incipiente barba que empezaba a cubrirle el rostro.

—No sabía que acostumbraras a escoltar a los acusados, Linus —remarcó filosamente Hermione, arreglándose de alguna forma para que sus palabras mantuvieran un tono civilizado.

—Criminales excepcionales ameritan tratos excepcionales —fue la respuesta fría y condescendiente de Linus. Pero Hermione había logrado su objetivo: ahora la mirada de Cavenger estaba puesta en ella, distrayéndolo de la presencia de intrusos entre sus filas, mientras avanzaban hacia el tribunal.

—Una lechuza me ha susurrado que tu abogado te ha abandonado, Potter —se burló por lo bajo Reech, mientras lo empujaba con más violencia de la necesaria por el pasillo—. Te estás quedando solo, ¿eh?

—Por suerte todavía te tengo a ti para pasar un buen rato, Reech —murmuró Harry por lo bajo, aunque en un tono que Prometeus escuchó sin problemas.

Aquello fue provocación suficiente para que el capitán del ERIC empujara una vez más a Potter. Solo que esta vez, Harry trastabilló y se tambaleó en el exacto momento en que pasaba por donde se encontraba Zaira, cayendo intencionalmente contra ella.

La interacción duró tan solo unos segundos, pero fue tiempo suficiente para que Zaira le deslizara una varita de repuesto entre los pliegues de la ropa de Harry, y también suficiente para que Linus enfocara sus ojos en ella por primera vez. Sus pupilas se dilataron con alarma al reconocerla.

—¡Aurores! —gritó Cavenger, apuntándola.

Todo sucedió en lo que dura un parpadeo. Harry giró sobre sus talones, golpeando a Prometeus Reech con el codo en el rostro, un crujido anunciando que su nariz se había fracturado. Zaira sacudió la muñeca, su hechizo impactando contra Linus y propulsándolo contra dos de los oficiales del ERIC más cercanos, derribándolos en una maraña de cuerpos. Jasper le arrojó una varita a Hermione y, sin detenerse a comprobar si efectivamente había sido un lanzamiento certero, se giró para ponerse de espaldas con Zaira, como habían practicado incontables veces en el campo de entrenamiento, cubriéndose mutuamente las retaguardias y conteniendo los ataques del resto del ERIC mientras Granger se proponía liberar las cadenas que mantenían a Harry restringido e incapacitado para realizar magia.

Los oficiales del ERIC habían mejorado mucho desde la última vez que Zaira los había visto en combate real, durante el ataque de la Rebelión a Hogsmeade y al callejón Diagon. Su tiempo de reacción fue mucho más veloz del que Levington había previsto. Pronto, se encontraron rodeados, ella y Jasper a duras penas logrando contener los hechizos que lanzaban. El pasillo era estrecho y esquivar los ataques se volvía cada vez más complicado. Jasper siseó cuando uno de los hechizos pasó rozándole el rostro, provocándole un corte poco profundo en uno de sus pómulos.

—¡Hermione! ¡Nos vendría bien un poco de ayuda! —le gritó Zaira por sobre el hombro, mientras desviaba un haz de luz roja direccionándolo hacia otro de los oficiales en un intento por derribarlo. Solo consiguió destruir uno de los cuadros que colgaba en la pared.

—¡Ya casi! —jadeó Granger, mientras se debatía con los grilletes, el extremo de su lengua asomando por entre sus labios en un gesto de absoluta concentración, su mano haciendo pequeños y precisos movimientos con su varita.

—¿Qué crees que haces, idiota? ¡Dispara a matar! —gritó Reech indignado hacia el oficial que estaba más próximo a él por lanzar un hechizo de desarme. Tenía la mirada desencajada, y la sangre que le caía de la nariz solo contribuía a darle un aspecto todavía más salvaje.

Un clic y un pequeño gritito victorioso fue la señal de que Hermione había completado su parte con éxito. La liberación de Harry tuvo un efecto instantáneo sobre los oficiales del ERIC. Una breve vacilación, mezclada con una buena cuota de miedo, invadió a la mayoría de quienes los rodeaban.

Esa era su mejor oportunidad para salir de ahí. Tomó una de las bombas de humo que había en su despacho y la arrojó al suelo hacia donde se encontraban la mayoría del ERIC. En medio del desconcierto, Jasper y Harry aprovecharon para derribar a los que obstruían el paso hacia los ascensores.

—¡Que no escapen! —les ordenó Cavenger, pero ya era demasiado tarde. Diez oficiales del ERIC y un abogado no eran fuerza suficiente para contener al tres aurores altamente cualificados y a la bruja más brillante de su generación.

—Jasper, las bombas explosivas —le gritó Zaira a su discípulo, mientras los cuatro corrían a toda velocidad hacia los ascensores.

Yaxley hurgó en uno de los bolsillos de la pechera y extrajo dos esferas rojas. Las tocó con la varita, haciéndolas titilar, y sin detenerse a calcular, las arrojó por encima de su hombro hacia atrás.

Al torcer en la siguiente esquina, la explosión sacudió el suelo y las paredes, y una oleada de polvo y escombros inundó el aire, obstruyéndoles parcialmente la visión. Tosiendo y con los ojos ardiéndoles, continuar avanzando.

—¡¿Qué fue eso?! —gritó Tibalt, al verlos aparecer entre el humo, aunque sus ojos estaban fijos a sus espaldas con preocupación.

—La señal —respondió Zaira, tirando de la tela de su manga para arrastrarlo con ella hacia delante—. ¿Cómo hiciste para despejar el camino? —le preguntó, curiosa. No había señales del oficial que los había interceptado al bajar del ascensor, ni de nadie más.

—Convencí a Willie de que lo necesitaban a él y a su compañero en el tercer piso —respondió Fabius, sorprendido de que hubiese sido tan sencillo. Zaira frunció el ceño. No podía señalar qué era, pero algo no terminaba de cerrarle.

Al doblar en la última esquina y trepar los escalones hacia los ascensores Levington comprendió que, efectivamente, había sido demasiado sencillo para ser real.

El oficial Willie no se había tragado la excusa de Tibalt, y en lugar de ir al tercer piso donde estaban las oficinas del ERIC, había frenado en el segundo nivel, para buscar al único auror al que podía recurrir. Agamenon Axton se encontraba de pie en medio del pasillo, bloqueándoles el camino hacia los ascensores, aguardándolos con la varita lista en su mano izquierda.

Zaira dio un paso al frente, su varita elevándose para quedar al nivel del pecho de Agamenon, y éste respondió imitándola. Zaira había perdido la cuenta de la cantidad de veces que ella y Agamenon se habían batido a duelo. Pero nunca había sido fuera del campo de entrenamiento. Nunca peleando en bandos contrarios. Nunca así.

Zaira habría disparado de no ser porque Harry extendió una de sus manos para tomarla por la muñeca, conteniéndola.

—Agamenon, no quieres hacer esto —le dijo Harry, con una sorprendente tranquilidad, como si no estuvieran corriendo contra el reloj.

—Entréguense y no habrá necesidad de hacerlo —fue la respuesta testaruda de Axton. Una sonrisa débil cruzó el rostro de Harry.

—Lo siento, no puedo hacer eso —le respondió Potter—. Pero no quiero pelear contigo. Y tengo el presentimiento de que tú tampoco quieres —agregó, entornando la mirada. Agamenon pestañó con pesadez, como si el peso de aquella decisión fuese abrumadora.

—Esto destruirá al cuartel de Aurores, Harry. Perderemos toda la credibilidad y confianza que nos queda… Perderemos Camelot —exhaló Axton, y su mano tembló, descendiendo unos centímetros, la duda abriéndose paso hacia él.

—Lo sé —reconoció Potter. A sus espaldas, comenzaban a escucharse las voces y los esfuerzos del ERIC por abrirse paso a través de los escombros que las bombas habían generado. —Pero necesito que confíes en mí una vez más, Agamenon —le rogó Harry, dando un pequeño paso hacia él.

Los segundos se prolongaron angustiosamente mientras que Zaira y el resto aguardaban la reacción de Axton. Podía oír cómo Cavenger y los oficiales se acercaban. El tiempo se agotaba, y con él, la esperanza de escapar.

Con un suspiro derrotado, Agamenon bajó la varita y se hizo a un lado. Harry le dedicó una inclinación de cabeza agradecida, y el grupo avanzó a paso rápido hacia los ascensores.

—Entiendes que tendré que activar el sistema de alarmas y tendré que perseguirte en cuanto las puertas del ascensor se cierren, ¿verdad? —le dijo Axton en un tono demasiado alegre para la compleja posición en que todo aquello lo dejaba. Harry sonrió.

—No espero menos de ti —le dijo Potter.

—Le pondrán precio a tu cabeza —agregó Agamenon, mientras las puertas del ascensor empezaban a cerrarse.

—No será mi primera vez —se encogió de hombros Harry. Zaira creyó escuchar una carcajada del otro lado de las puertas antes de perder de vista por completo a Agamenon.

Solo un piso separaba el departamento de Misterios del Atrio y de la libertad. Pero las puertas apenas se habían abierto cuando la alarma comenzó a resonar en el edificio, alertando de la fuga.

—¡Rápido! —los apremió Hermione, abriéndose paso entre la gente que inundaba el Atrio para atravesarlo hasta el otro lado de la fuente, a donde estaban las chimeneas y la zona de Aparición autorizada.

No tardaron en atraer la atención del resto de la gente que pasaba por allí. Iban cubiertos de polvo y escombros, sus ropas rasgadas y chamuscadas, corriendo cuando la mayoría de las personas se habían paralizado al escuchar la sirena. Y Harry Potter iba con ellos.

—¡Alto o dispararemos! —gritó la voz de Prometeus Reech a sus espaldas.

El primer instinto de todos ellos fue seguir corriendo, incluso cuando los oficiales del ERIC dispararon sus primeros hechizos de advertencia. Los gritos de los civiles se mezclaron con los chasquidos de los hechizos y las explosiones de las columnas al ser impactadas. Pero antes de que lograran refugiarse detrás de la fuente, sin embargo, su camino se vio interceptado nada menos que por sus propios compañeros aurores.

Habían respondido a la alarma que Agamenon había accionado. Era un grupo selecto de aurores, solo unos seis de ellos, todos pertenecientes al círculo de mayor confianza de Axton, los pocos a quienes les habían ordenado permanecer en el edificio durante el juicio de Harry. Lo únicos que obedecerían las órdenes del Ministerio sin cuestionarlas, incluso si eso significaba enfrentarse a quien hasta días atrás había sido su líder.

—No hay salida, señor Potter —intentó negociar con él Polux Keene, a la cabeza del grupo.

—Muchacho, eres un excelente auror… Pero estás a punto de hacer el ridículo —le respondió Harry.

—No se preocupe, señor Potter. Es algo a lo que está acostumbrado —comentó Jasper, aprovechando el momento para saldar cuentas pendientes que le quedaban con Keene de su tiempo en Camelot. Polux entrecerró los ojos y apretó sus dedos contra la madera de su varita, el comentario atravesándolo más de lo que quería reconocer.

—Están rodeados —remarcó Polux, levantando el mentón de manera arrogante.

—Sí… eso es un problema que estamos viendo cómo resolver —sopesó Harry, sus ojos desviándose tan solo una fracción de segundo hacia la cúpula de cristal que se levantaba sobre la fuente, una boca de luz hacia el exterior.

Tanto Zaira como Hermione siguieron el gesto, leyendo el mensaje subliminal. Los oficiales del ERIC estaban cada vez más cerca, y solo los aurores de Polux se interponían entre ellos y la zona de aparición. Eran pocos metros, y podían recorrerlos en el lapso de escasos segundos si lograban abrir una brecha. Pero debían moverse de forma rápida y coordinada.

—Quédate cerca de mí —le susurró Zaira a Tibalt, mientras cuadraba los hombros, preparándose. Escuchó al oficial del ERIC tragar pesadamente y por el rabillo del ojo vio que asentía con nerviosismo.

—Señor Potter, es la última advertencia, suelte la varita y levante las… —le advirtió Polux, pero no llegó a completar la frase.

Harry alzó su varita hacia la cúpula haciéndola estallar en cientos de cristales diminutos, que cayeron sobre las cabezas de ellos y de sus enemigos como una lluvia filosa. Hermione apuntó hacia la fuente, el agua dentro de la misma arremolinándose y saliendo disparada fuera de la misma, creando inmensas olas que se entremezclaron con los cristales, un tsunami resplandeciente que arrastró a tres de los aurores antes de que comprendieran lo que estaba sucediendo. Zaira se limitó a concentrar toda su energía en fabricar un escudo lo suficientemente resistente para protegerlos, tarea que era más compleja de lo que aparentaba teniendo en cuenta que la explosión de Harry también impactaba sobre ellos.

Jasper disparó contra Polux sin vacilar. La explosión, el remolino de agua, los gritos y la confusión hicieron que éste no supiera hacia dónde dirigir su atención con mayor urgencia, y a duras penas logró esquivar el golpe de Jasper.

Las órdenes del capitán Reech hacia sus oficiales apenas se oían debajo del clamor del agua de la fuente y el remolino brillante de cristales. En la desesperación de la fuga, el ERIC disparaba hacia todas las direcciones, sus hechizos causando estragos en el Atrio.

Pero habían abierto una brecha entre los aurores, y en medio del caos que ellos mismos habían causado, lograron avanzar hacia la zona de aparición mientras la esfera de protección de Zaira se resquebrajaba y las maldiciones comenzaban a alcanzarlos.

Sintió una puntada en la pantorrilla, señal de que uno de los ataques del ERIC la había alcanzado. Aún así, no se detuvo. Un dolor quemante se extendía desde su pierna hacia el resto de su cuerpo con cada paso que daba, pero Zaira lo ignoró, concentrándose en el objetivo.

En cuanto cruzó la zona de aparición, rompió el escudo, estiró una de sus manos hacia Harry y la otra hacia Fabius para que la tomara.

Pero Fabius Tibalt no estaba allí.

Con una rápida mirada por sobre su hombro, comprobó que el oficial del ERIC había sido derribado en el camino. Su cuerpo se encontraba a pocos metros de ellos, pero bien podrían haber sido kilómetros. Zaira no tenía forma de alcanzarlo.

Con una puntada de dolor, cerró su mano alrededor del brazo de Harry, desapareciéndose, dejando a Tibalt detrás, incosncierte y rodeado de enemigos.


La cúpula del Torreón del Norte se elevaba múltiples niveles del suelo, una estructura esférica e imponente en la cima de aquella suave montaña, un punto de vigilancia estratégico, y además cumplía una segunda función aún más importante para la Rebelión de los Magos: un centro de operaciones clandestino y alejado de toda civilización. Si Molly se había refugiado en aquel lugar no porque quisiera disfrutar de la vista, sino porque era el único lugar donde sentía que podía respirar, aunque fuese solo una ilusión de libertad.

Los rayos de una nueva mañana asomaban en el horizonte, arrancando tonos anaranjados de las piedras de la construcción. Cualquier persona que lo hubiese visto lo habría encontrado un edificio hermoso, con su piedra clara y su torre elevada recortada contra un bosque de tupidos pinos verdes y oscuros. Molly solo podía verlo como lo que verdaderamente era: una prisión. Una ilegal. Y en la que todavía no terminaba de comprender qué papel ocupaba ella.

Respiró profundo, intentando calmar su mente acelerada y pensar en frío. Se había intentado comunicar con Draco a través de la moneda que Harry le había entregado, pero no había tenido ninguna respuesta. Al principio, Molly creyó que Malfoy estaba esperando a que cediera la agitación que había causado el ataque a San Mungo. Pero pronto se hizo evidente que algo mucho más terrible estaba sucediendo. Algo que Molly no se había visto venir, pero que ponía todo su plan en jaque. Y ella no era buena lidiando con situaciones fuera de su control.

La noticia de la muerte de Bradshaw, con Harry Potter como principal sospechoso llegó a los periódicos al mismo tiempo que su sorprendente fuga del Ministerio. El ministerio, especialmente Linus Cavenger, se las había arreglado para mantener la historia oculta con la intención de revelar la noticia después del juicio, cuando Harry fuese encontrado culpable.

Pero el escape de Potter había perturbado sus planes, obligándolos a recalcular con velocidad y astucia. Así, habían aprovechado el giro inesperado de eventos para reforzar el mensaje inicial: Harry Potter, un brujo poderoso y peligroso, se había fugado para escapar de la condena por asesinar a sangre fría a uno de sus compañeros. Y no estaba solo. Lo acompañaba una fanática defensora de los derechos muggles, una mujer a quien habían confiado en algún punto la dirección del departamento de Seguridad Mágica y que había demostrado no estar a la altura de la situación cuando ocurrieron los catastróficos ataques en dos lugares estratégicos del Londres Mágico. Y por supuesto, lo seguían su aurora más fiel, enceguecida por la figura ficticia que se ha creado con los años alrededor de Potter, y su perturbado aprendiz, descendiente de una poderosa familia de magos a la cual la Segunda Guerra Mágica había destruido.

La noticia continuaba durante largas horas donde se dedicaba a destruir y deshonrar de todas las formas posibles tanto a Harry Potter como a Hermione Granger, Zaira Levington y Jasper Yaxley, las cuatro personas identificadas en la fuga. Hurgaban en cada rincón, buscando todos los trapos sucios que pudiesen encontrar para sacarlos al aire. Para convertirlos en algo mucho peor que prófugos: la escoria de la sociedad. Lentamente, los despojarían de todos sus logros. Todas sus virtudes quedaban en el olvido para ser reemplazas con mentiras de asesinatos, crímenes y codicia personal. Volvían a salir a luz todos los errores que el Departamento de Seguridad, y específicamente el cuartel de Aurores, habían cometido durante los últimos años. La lista era espeluznante, capaz de arrancar pesadillas de sus lectores: secuestros de alumnos dentro del perímetro de Hogwarts, ataques de dementores en zonas urbanas, enfrentamientos entre civiles y fuerzas mágicas en Hogsmeade y el Callejón Diagon, muertes de magos a manos de muggles, nuevas regulaciones por parte del Ministro muggle sobre la población mágica, represión contra las minorías licántropos... La lista continuaba, tergiversando todo lo que había sucedido en los últimos años. La estrategia de la Rebelión para desprestigiar al gobierno finalmente rendía sus frutos.

No se detendrían hasta convertir al héroe en villano. Al más amado en más odiado. Lo arrastrarían hasta los infiernos, y una vez ahí, lo traerían de regreso para que la propia gente lo haga sufrir.

Y con ellos, caía también el último bastión de resistencia dentro del Ministerio contra el avance de la Rebelión: el cuartel de Aurores. Sin Harry para detenerlos, con Ron bajo inspección por presunta participación en el asesinato, el departamento estaba ahora en manos de Linus Cavenger para que hiciera con él lo que quisiera.

Molly cerró la mano sobre la moneda de oro con tanta fuerza que los bordes se le clavaron en la piel. Necesitaba una respuesta por parte de Draco. Necesitaba saber cómo se suponía que debía proceder. En ninguno de los escenarios que Molly se había planteado al infiltrarse en la Rebelión había barajado la posibilidad de que Harry no estuviese ahí para guiarla y ayudarla. Pero sin importar que tan fuerte presionara la moneda, ningún mensaje llegaba del otro lado.

Estaba sola.

—Te he estado buscando —la voz de Gwen le llegó traída por el fuerte viento que soplaba allí arriba, sobresaltándola.

—No soy yo la que desaparece sin decir a dónde ni a qué —retrucó Molly, sin girar a mirarla, con las manos apoyadas sobre el alféizar de la torre, una de ellas todavía cerrada sobre la moneda de oro.

—Sabes que no puedo compartirte esa información. Es…—comenzó a decir Gwen, en ese tono práctico que por momentos la irritaba.

—Sí, lo sé. Confidencial —la interrumpió de mal modo. Ese día no estaba de humor para los juegos de palabras de Rosier.

Tenía sus sospechas de a dónde iba Rosier cuando desaparecía durante horas. Había un sector dentro del Torreón que Molly no tenía permitido acceder. Una parte de ella deseaba introducirse en aquel lúgubre sótano y conocer la verdad oculta; pero su otra parte, la más sensata, se alegraba de mantenerse lo más lejos posible de ese horripilante lugar.

No estaba segura de lo que sucedía en esos calabozos, pero no era nada bueno. Incluso con la magia custodiando el sitio y las gruesas paredes de piedra que intentaban aislar el subsuelo, algunas noches Molly podía escuchar los gritos desesperados de quien quiera que estuviese allí atrapado. Esa misma mañana, había visto como Lancelot Wence, con la ayuda de otro hombre, cargaba varias bolsas negras en la parte trasera de un carruaje, lo suficientemente grandes como para contener un cuerpo en su interior. Ambos vestían unos delantales empapados en mugre y manchas de cosas que Molly no quería ni pensar lo que podían ser.

Creía tener una idea bastante acertada del papel que cumplía Lancelot Wence dentro de aquel Torreón, pero no estaba segura de querer saber cuál era el rol de Gwen en todo aquello.

El recuerdo de la fiesta en lo de Frederick Ponce todavía estaba fresco en su memoria. Gwen Rosier le había dado de beber una poción para facilitar el interrogatorio bajo los golpes inclementes de Lancelot Wence. Los Jóvenes de la Rebelión habían desarrollado una sistemática efectiva para obtener lo que querían. Y por más que Molly quisiera hacer la vista gorda cuando se trataba de Rosier, su participación era innegable.

Hubo un silencio más largo de lo socialmente aceptado, tanto que por un instante Molly pensó que Gweneth se había marchando, dejándola a solas de nuevo. Pero entre el silbido del viento logró reconocer sus pasos de tacón delicado y el aroma a flores blancas que siempre la acompañaba, acercándose hacia ella.

Por el rabillo de su ojo reconoció el aristocrático y suave perfil del rostro de Rosier mientras se recostaba sobre el balcón de manera despreocupada junto a ella, como si estuviese admirando también el amanecer.

—¿Por qué me buscabas? —Molly no pudo resistirse a preguntarle, el silencio entre ellas demasiado opresivo como para no romperlo.

—Nunca tuve la oportunidad de agradecerte como corresponde por lo que hiciste por mi —confesó Rosier.

—No sé de qué hablas —fingió ignorancia Molly, aunque sus mejillas la traicionaron, coloreándose.

—Volviste a entrar a San Mungo, aún sabiendo que eso podía significar que te atraparan —enumeró Rosier, su voz suave e imperturbable como siempre. Y sin embargo, ahora la miraba a los ojos, con un brillo cálido que no se condecía con su rostro de hielo.

—¿Qué era tan importante de esos papeles que ameritara exponer tu vida a semejante riesgo, Gwen? —le preguntó Molly, resoplando con exasperación. Estaba cansada de hablar en acertijos, de juegos de astucia e intenciones ocultas.

—Esa investigación es mi vida, Molly. Son años de trabajo intentando descifrar cómo funciona la magia… Por qué algunos humanos son capaces de canalizarla y otros no… —clavó sus ojos amarillos en ella con intención—. Esta investigación podría ayudarnos a evitar que la magia se extinga.

—¿Evitar nuestra extinción? Gwen, nos estamos matando entre nosotros mismos —se rió con amargura Molly—. La psicópata de tu amiga Jolie mató a uno de los nuestros. ¡De los nuestros, Gwen! Lo asfixió con una almohada, como si no fuese nada más que un estorbo en su plan.

—Ya veo… Estas enojada con Jolie —razonó friamente Gwen. Molly tubo que hacer un esfuerzo por no soltar un grito histérico, perdiendo absolutamente la paciencia.

—¿Es que no has escuchado lo que acabo de decirte? —se indignó. Pero la expresión imperturbable de Rosier la hizo caer en cuenta de la verdad. —Tú ya lo sabías.

—¿Sobre la pérdida que sufrimos? Sí… una desgracia —suspiró en un tono suave.

—No fue una pérdida. ¡Jolie lo mató a sangre fría! —estalló Molly furiosa.

—Estoy segura de que tuvo sus motivos para hacerlo —defendió con cautela Rosier. Molly frunció aún más el entrecejo.

—¿Y estás de acuerdo con eso? —Molly no pudo ocultar el horror y la decepción de su voz. Gwen suspiró y se llevó una mano a la frente, frotándose con suavidad los párpados antes de responder.

—¿Qué alternativa tenía, Molly? —exhaló la respuesta, y por la expresión en su rostro, ya se esperaba un contrataque de Weasley.

—No sé, ¿qué tal… NO MATARLO? —estalló finalmente Weasley. Gwen se cruzó de brazos en un gesto metódico, casi oficial, como si estuviese negociando una transacción importante con un comprador muy reticente.

—El prisionero del que hablas se encontraba demasiado herido como para poder sacarlo de allí. Dejarlo con vida suponía un riesgo a futuro si llegaban a interrogarlo. Podría haber revelado nombres, lugares, planes… Jolie tuvo que poner todo eso en la balanza y tomar una decisión rápida —le explicó con una voz imperturbable, casi cruel—. ¿Es una decisión a fácil? No, pero es necesaria. Y todos los que estamos aquí entendemos que trabajamos para algo más grande que nosotros mismos.

Hizo una pausa, acercándose más a Molly, hasta que quedaron a una distancia tan cercana que llegaba a verle las pestañas claras que le cubrían sus ojos ambarinos fríos.

—¿Para el bien común? —susurró Molly, sus palabras formando volutas de vapor que golpearon contra las mejillas de Gwen.

—¿Es eso tan malo? ¿Buscar una nueva sociedad, querer un mundo mejor para el futuro de nuestra gente? —le retrucó Gwen, ladeando la cabeza para mirarla con una expresión curiosa, como si no terminara de descifrarla. —¿No es eso lo que tú quieres también, Molly? ¿No es esa la razón por la que estás aquí?

En el fondo, ¿no estaban todos buscando un mundo mejor? ¿Haciendo lo que creían necesario para alcanzarlo? ¿No era ese el motivo por el que Molly se había infiltrado? ¿La razón por la que estaba utilizando a la mujer frente a ella? Molly no respondió, atragantada con los sentimientos que las palabras de Rosier le habían generado y no sabía cómo manejar. Gwen estaba demasiado cerca, sus ojos fijos en ella, sus labios apenas curvados en una mueca que no llegaba a ser una sonrisa sino más bien una provocación.

—Éste el precio de la victoria. Tienes que estar dispuesto a hacer sacrificios para ganar, Molly —dijo Gwen, desviando la mirada de nuevo hacia el amanecer, que para entonces había adquirido una gama de colores amarillos y rojos que se entremezclaban en el cielo como las lenguas de un incendio.

Rosier se dio la vuelta, alejándose del balcón de piedra, pero antes de irse, apoyó una mano sobre el hombro de Molly, un contacto superficial, casi como el rozar de una pluma, pero suficiente para erizarle el vello de la nuca y hacerla estremecerse.

—Lamento lo que ha sucedido con tu tío Potter —le dijo, y extrañamente, Molly le creyó.

—¿Tú sabías que esto sucedería? ¿Qué le tenderían una trampa?—le preguntó Weasley, esperanzada de que Gwen pudiese darle más información. En cambio, la sanadora le dedicó una ceja escéptica.

—Lo siento, Molly. No soy tan importante como crees. Esas decisiones se toman en niveles muy superiores al nuestro —reconoció encogiéndose de hombros.

—Lo están inculpando —insistió Molly.

—Probablemente —reconoció Gwen.

—Es inocente —dijo Molly, frunciendo el entrecejo.

—Y también es el principal obstáculo para lograr la abolición del Secreto Mágico —le recordó Rosier.

—Dime, Gwen… ¿Dónde trazamos el límite entre lo que está bien y lo que está mal, entonces? —le preguntó la ex aurora, mientras guardaba lentamente la moneda en su bolsillo, resignándose a que no recibiría ninguna llamada por un tiempo.

—Donde la guerra nos los permita —fue la respuesta sincera de Gwen, antes de dejarla sola junto a un amanecer rojo.


Recorrió la habitación con paso vivo, de una esquina a la otra, sosteniendo un diminuto frasco alternativamente de una mano a otra. No se animaba a mirarlo directamente durante mucho tiempo, porque no creía tener las fuerzas para resistirse.

Era como transitar su peor pesadilla, con el detalle de que no podía despertar. No se trataba de uno de sus sueños. Esto era la vida real.

Era su familia. Todos ellos en peligro.

Su madre seguía en San Mungo, recuperándose muy lentamente. Lily podía imaginarse a los Detectives y a los Aurores que intentarían acorralarla para interrogarla sobre Harry y su procedencia.

No serían los únicos. James la había interceptado en la sala común de Gryffindor, antes de bajar a desayunar, para advertirle de que era posible que los medios de comunicación, y peor aún, las fuerzas de seguridad intentaran ponerse en contacto con ellos para sacarles información sobre su padre.

—No les digas nada de nada, Lily. ¿Me entiendes? —se quiso asegurar un James mucho más serio y preocupado de la que Lily estaba acostumbraba a lidiar.

El director Longbottom había prohibido la presencia de la prensa dentro del territorio de Hogwarts pero eso no impedía que se acumularan en la entrada, colgándose de las estatuas de cerdo alados e intentando conseguir una foto, una declaración o cualquier primicia por insignificante que pudiera parecerles. Albus simplemente había desaparecido. Se había esfumado, sin decirle a ninguno de sus amigos dónde se había ido, lidiando con todo aquello en aislamiento.

Pero Lily no tenía la entereza de James, ni la mentalidad de Albus. Ella no sabía cómo lidiar con todo aquello.

No quería hacerlo. No quería recaer. Había avanzado muchísimo durante sus últimas sesiones con Amadeus Relish, y ya rara vez las pesadillas de visiones pasadas (o futuras) le entorpecían el sueño, impidiéndole descansar.

Pero todo el frágil equilibrio que había logrado juntar se tambaleaba, amenazando con quebrarse, cada vez que Lily miraba el último frasco que tenía. El que su propio hermano Albus le había dejado como una muestra de su confianza hacia ella.

Albus creía que Lily podía contenerse. Creía que ella podía superar la adicción y enfrentar sus poderes sin necesidad de usar sustancias que alteraran sus sentidos.

Se equivocaba. La noticia de que su padre había cometido un asesinato y se había fugado del Ministerio dejando detrás de él un completo desastre fue todo lo que Lily necesitó para retroceder todo lo que había aprendido en los últimos meses, sumergiéndose de nuevo en las inseguridades y los temores pasados.

No podía pesar con claridad, y las imágenes dentro de su mente flluian en todas las direcciones, descontroladas y sin sentido, mezclándose con recuerdos del pasado, momentos del presente y eventos que aún no habían sucedido.

Lily se tiró sobre la cama, escondiendo la cabeza debajo de la almohada, en un intento desesperado por sofocar las voces que se entremezclaban en su cabeza y a las que no conseguía darles sentido.

Intentó resistirse. Durante horas, se quedó escondida en la pequeña habitación, oculta debajo de la manta de su cama, observando ese último frasco de poción para dormir, ansiándolo más que nada en el mundo. Aguantó hasta que los segundos se le volvieron una tortura insoportable. Hasta que ya no pudo aguantar más.

Necesitaba saber. Necesitaba ver. Y para eso, necesitaba calmar la tormenta dentro de su cabeza.

Destapó el frasco y se bebió la poción de un tirón, su garganta moviéndose en rápidas degluciones, ansiosa por sentir los efectos en su cuerpo.

Pero pasaron los segundos, y luego los minutos… Y las voces seguían dentro de su cabeza, y cada vez que cerraba los ojos cientos de imágenes inconexas se entre mezclaban, como chispazos de luz, como espiar a través de una perilla sin ser capaz de ver toda la imagen detrás de la puerta.

—¡Me cago en ti, Albus! —gritó finalmente Lily, arrojando el frasco contra el suelo y haciéndolo estallar en mil pedazos. Sus gritos, inicialmente en forma de insultos hacia su hermano, rápidamente mutaron hacia simples y rústicos sonidos de frustración e ira contenida.

—¿Qué está pasando? —entró Nina en la habitación, y su rostro empalideció al ver el sector de la habitación que le pertenecía a Lily.

La joven pelirroja había vaciado por completo su baúl, desparramando por todo el sitio su ropa. Iba descalza, y varios cristales del frasco que ella misma había roto se le habían incrustado en la planta del pie, dejando manchas rojas sobre el piso con cada paso frenético que daba.

—Estás herida… Necesitas ir a la enfermería —propuso Nina, intentando acercarse. Pero Lily rechazó el gesto, empujando su mano a un lado.

—No me toques —escupió con enfado, sus ojos encendiéndose con renovado enojo.

—Solo intento ayudarte, Lily —trató de explicarle Nina, pero se mantuvo a una distancia prudente, como si temiera su reacción si se acercaba demasiado. Como si creyera que Lily finalmente había perdido la poca cordura que le quedaba. Aquello solo la hizo enfurecer. No necesitaba su ayuda, y menos aún su lástima.

—Ya has ayudado suficiente —resopló con sarcasmo Lily, mientras manoteaba el par de zapatillas más cercano e intentaba calzárselos. Las manos se le sacudían, dificultándole la tarea. Sentía que su cabeza iba a explotar en cualquier instante.

—Dime qué está pasando, Lily. Soy tu amiga —volvió a insistir en el tema Nina. Lily se presionó el puente de la nariz, aquella conversación alimentando su cefalea.

—Maldigo el día que te conocí —masculló la pelirroja, volviendo a enfocar su mirada hacia Nina, una expresión desagradable torciendo sus facciones.

Las palabras surtieron efecto. Nina dejó de hablar de inmediato, sobresaltada por la inesperada crueldad. Pero ahora que la caja de Pandora estaba abierta, Lily no podía contener el resto de lo que tenía para decirle.

—Me acerqué sólo porque sentí lástima por ti. Estabas completamente sola y dabas una imagen patética —sus palabras cortaron como navajas y Lily pudo ver el dolor del golpe reflejado en la mirada violeta de Nina—. Ojalá nunca te hubiese conocido, Nina.

Soltó las palabras con veneno, tóxicas y profundas, destinadas a lastimar. El estupor de Nina le dio tiempo para terminar de salir de la habitación, confiada en que esta vez, Raven no la seguiría.

Todo esto era culpa de Nina. Lily la había considerado su amiga, la había incluido en su grupo, le había dado un sentido de pertenencia, un lugar donde sentirse segura. Y Nina se lo había devuelto apuñalándola por la espalda. Había destruido todas sus pociones sin miramientos. Sin siquiera preguntarle por qué las necesitaba tanto. Había obedecido las órdenes de Albus como un soldado fiel, sin cuestionamientos.

Albus. Tendría que haber sabido que no podía confiar en él. Por supuesto que ese vial era una estúpida prueba por parte del manipulador de su hermano. Todo con Albus era así, parte de un plan mayor, una trampa dentro de otra trampa, un movimiento fríamente calculado. No le había dado esa botella como un voto de confianza, sino todo lo contrario. Se lo había dado porque no creía que Lily fuese capaz de resistir a la tentación. Siempre subestimándola. Todos ellos.

No podía confiar en nadie. Su propio hermano se había asegurado de eso. Había vuelto en su contra a sus amigos. Le había prometido que la ayudaría a controlar las visiones, pero solo había hecho las cosas peores. Ahora Lily estaba sola y sin pociones a su alcance.

Se llevó las manos a la sien, abrumada. Con cada parpadeo, una secuencia de imágenes, remolinos de colores y movimientos, relampagueaba frente a ella.

No, no estaba sola. Aún le quedaba una persona en quien podía confiar. Alguien que podía ayudarla.

Con pasos tambaleantes, empujando a los alumnos que se atravesaban en su camino sin siquiera disculparse, Lily se abrió paso hacia el único lugar donde podía encontrar ayuda.

Le tomó hasta el último resto de autocontrol llegar a la biblioteca e identificar la mesa más alejada de todas, donde Amadeus Relish religiosamente se sentaba a leer por las tardes. Ese día, sin embargo, el muchacho con enormes gafas no se encontraba oculto detrás de una pila de libros. Su mesa aguardaba despejada, y él le devolvía la mirada. La estaba esperando.

Lily había experimentado una montaña rusa de emociones a lo largo de ese día. Pero aquella era la primera vez en todo el día que sentía alivio.

No estaba sola. Amadeus la estaba esperando.

—No puedo controlarlo, Amadeus —jadeó Lily, en cuanto estuvieron a solas en la habitación donde solían llevar adelante los entrenamientos. El sonido de su voz se escuchó rasposo, como si tuviera la garganta repleta de arena. —Voy a volverme loca…

—¿Visiones? —intentó comprender Amadeus en un tono tan sereno que Lily sintió el impulso de sacudirlo.

—¡No lo sé! —gritó Lily, aferrándose los cabellos con violencia, traccionando de ellos con la infantil esperanza de que así podría sacar todo aquello de su cabeza—. ¡No puedo distinguir qué es real y que no!

—Todo es real, Lily —le recordó él.

—¡No quiero escuchar tu mierda filosófica, Amadeus! —volvió a rugir la pelirroja, fuera de sí. Las mejillas de Amadeus se sonrojaron y desvió la mirada hacia sus pies. —Lo siento —se disculpó Lily, aunque su voz continuaba impregnada de desesperación—. Lo siento… No quise… Necesito tu ayuda —le rogó. Sus ojos implorantes buscaron contacto con la mirada oscura de Amadeus—. Por favor —suplicó, y antes de que chico pudiera poner distancia entre ellos, se estiró para tomarlo de las manos.

La respiración de Amadeus se entrecortó, la cercanía y el contacto físico con Lily tomándolo dejándolo paralizado, como siempre hacía. Sus ojos negros, aterrados e inmensos detrás de sus gafas, se movían alternativamente entre sus manos entrelazadas y el rostro de Lily.

—En mi bolso —masculló Amadeus en un hilo de voz—. Hay un frasco en mi bolso —se aclaró la garganta sin éxito.

Lily le soltó las manos, lanzándose hacia la mochila sin importarle la humillación que aquello podía suponer. Estaba demasiado sumergida en su propio sufrimiento como para notar que Relish seguía estático en el sitio donde ella lo había dejado, sus manos extendidas frente a él como si no le pertenecieran a su cuerpo.

Los dedos de Lily hurgaron veloces entre los libros y las plumas hasta dar con el frasco de cristal en el interior del bolso. Una exhalación, entremezclada con un inexplicable acceso de risa, escapó de sus labios.

Bebió la poción sin regularse, engullendo hasta la última gota, y esta vez, la sensación placentera se extendió por todo su cuerpo como una embriagadora calidez, sosegando su mente y apaciguando las imágenes. El silencio dentro de su cabeza fue un bendito alivio, una paz que no era real pero sí bienvenida.

Se había olvidado la inexplicable sensación de vacío que la invadía cuando bebía la poción para dormir. Después de tanto tiempo sin consumir, los párpados se sintieron pesados y los músculos exageradamente relajados, pero Lily habría aceptado cualquier efecto adverso con tal de no sentirse como se sentía. Amadeus la atajó cuando sus piernas cediendo bajo su peso, evitando así que impactara contra el suelo.

Un curioso y ridículo pensamiento atravesó la mente de Lily: aquello era lo más cerca que jamás hubiese estado de él, los brazos del muchacho acunándola contra su pecho. Amadeus olía a papiro y tinta fresca, y había algo reconfortante en ello que no podía explicar. Pero incluso ese pensamiento duró poco en su mente, difuminándose y escapándose de ella. Lily no se resistió, sino todo lo contrario.

El vacío era una alternativa mucho mejor al mundo real.


En primer lugar, decir que he leído todos sus reviews, y gracias gracias gracias por seguir comentando y acompañando esta historia. Haré un esfuerzo por responder las dudas que van surgiendo en el próximo capítulo, aunque muchas de las preguntas encontrarán sus propias respuestas en este capítulo.

Dividido en tres partes, con tres puntos de vista femeninos y radicales, desde tres lugares centrales para esta historia: El Ministerio de Magia, La Rebelión y Hogwarts.

*Zaira: ¿No pensaban que iba a dejar que Harry fuera a Azkaban, verdad? Creo que esa parte se la vieron venir prácticamente todos: Harry iba a intentar escapar, incluso si eso implicaba convertirse en la persona más buscada... No es como si no estuviera acostumbrado. Resaltar aquí la importancia del impacto que todo esto ha tenido sobre la organización de las fuerzas dentro del Ministerio: un cuartel de aurores que ha perdido completamente su autoridad en materia de seguridad, y un equipo ERIC que ha asumido el rol en su lugar, desviando así claramente la dominancia dentro del gobierno a favor de la Rebelión. Por supuesto que aún queda mucho por decir en este aspecto... Pero eso lo veremos en el próximo capítulo.

*Molly: nos había quedado pendiente saber qué había sido de ella después de que su identidad quedara expuesta durante el ataque de San Mungo. Gwen me permite experimentar un poco con las contradicciones de la guerra, y del ser humano en sí... ¿Qué es bueno y qué es malo? ¿Dónde están los límites? ¿Y dónde está parada Molly en todo esto? Y se deslizan algunas cosas importantes en este segmento sobre el Torreón y lo que está sucediendo allí... A ver qué creen ustedes.

*Lily: en algún punto, creo que todos también estaban esperando que esto sucediera. Desde el momento en que Albus le da ese frasco falso supimos que eso no podía terminar bien... Me gusta escribir desde este POV porque de los tres hermanos Potter, Lily es la más fragil pero también la más humana. Es quien siente todo con mayor intensidad, y eso es lo que la vuelve una bomba que puede estallar en cualquier instante.

Hay otras cosas que quisiera comentar, pero no quiero extenderme más de lo necesario, así que espero a leer sus comentarios, teorías y preguntas, en cambio.

Saludos,

G.