Capítulo 33: Fiel
In a world on fire, smoke is high, sun is low.
Where did it go? Nobody knows, oh
In a world on fire.
In a world on fire nothing ever as it seems
Even your dreams, bathe in gasoline, oh
In a world on fire.
If you close your eyes and you pick a side
Will you follow blindly into the darkness?
If you close your eyes and you pick a side
Will you find yourself broken and heartless?
In a world on fire, in a world on fire.
(En un mundo en llamas, el humo llega alto, el sol está bajo.
¿A dónde se fue? Nadie lo sabe, oh
En un mundo en llamas.
En un mundo en llamas, nada es lo que parece,
Incluso tus sueños, bañados en gasolina, oh
En un mundo en llamas.
Si cierras los ojos y eliges un lado,
¿Lo seguirás ciegamente hacia la oscuridad?
Si cierras los ojos y eliges un lado,
¿Te vas a encontrar a ti mismo roto y sin corazón?
En un mundo en llamas, en un mundo en llamas.)
World on Fire, Klergy.
Cayó sobre el césped impactando con ambas rodillas, jadeante y mareado. Parpadeó varias veces contra la luz, intentando enfocar su visión. Pero le bastaba escuchar la quietud a su alrededor para saber que habían logrado escapar con éxito del Ministerio de Magia. El estruendo de cristales rotos, explosiones y gritos había sido reemplazado por el suave canto de los grillos. Una brisa fresca barrió su cabello negro, enfriándole el sudor de la frente y haciéndolo estremecer.
Era consciente de que algún día su suerte finalmente se agotaría. Algún día, no lograría escapar. Pero ese día aún no había llegado, y Harry se las había arreglado para burlar a la muerte una vez más.
—¿Dónde estamos? —preguntó, reincorporándose y usando una mano como protección de la luz sobre sus ojos.
—A cinco kilómetros de Wiltshire —respondió Zaira con voz entrecortada. Intentó dar un paso hacia él, pero una de sus piernas cedió, arrancándole una exclamación de dolor.
—Déjame ver —Harry se apresuró a su lado, pero para entonces Zaira ya se había enderezado, endureciendo su rostro y escondiendo cualquier signo de dolencia.
—Debemos movernos. No es seguro estar al descubierto —señaló Levigton, sus ojos ambarinos atravesándolo con apremio.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Harry, lanzando una mirada rápida a su alrededor. Estaban solos en el medio de un prado de hierba crecida que les llegaba casi a las rodillas. A la distancia, Harry creyó reconocer un camino, y un poco más lejos, un poblado pequeño.
—Jasper y Hermione no pueden estar muy lejos —aseguró Zaira, y empezó a caminar, sus pasos inestables mientras se mordía el labio para no gritar de nuevo.
—¿Tibalt? —inquirió él mientras la alcanzaba. Zaira le lanzó una mirada sombría y meneó la cabeza.
Una opresión extraña se asentó en su estómago, como si una fuerza invisible estuviese tirando desde sus entrañas hacia el suelo. Harry se obligó a ignorarla, avanzando entre los matorrales, tratando de no pensar en el joven oficial del ERIC que había arriesgado su vida para ayudarlo a escapar.
Llegaron hasta el camino y bajaron para rodear una colina. Harry reconoció el trayecto sin dificultades: era el que llevaba hacia la Mansión Malfoy. Un suspiro de alivio escapó de la garganta de Potter al reconocer las figuras de Hermione y Jasper aguardándolos en la siguiente bifurcación.
—¿Sólo ustedes dos? —comprendió Yaxley al verlos llegar.
—Derribaron a Tibalt antes de alcanzar la zona de aparición —explicó brevemente Levington.
—¿Crees que está…? —intentó formular la pregunta Jasper.
—No lo sé —interrumpió Zaira con más brusquedad de la habitual. Cerró los ojos, una expresión de agonía torciéndole los rasgos mientras tomaba aire—. No tiene sentido pensar en eso ahora. No hay nada que podamos hacer por él —agregó jadeante, con una fría practicidad que dejó pasmado a Jasper durante unos segundos.
Zaira no era la única que había resultado herida, aunque sí la que parecía tener las lesiones de mayor gravedad. Jasper tenía un corte en el rostro y su túnica estaba chamuscada en varios sitios, evidenciando zonas de piel quemada, pero nada demasiado profundo. Hermione tenía una mano apretada contra su cuero cabelludo, intentando contener la sangre que goteaba de la misma y apelmazaba su cabello ensortijado, pero la herida también aparentaba ser superficial. Harry sentía su propio cuerpo adolorido y golpeado, la piel en sus muñecas donde las cadenas lo habían sujetado ardiendo en carne viva. Pero había recibido golpes peores, heridas más graves que esas a lo largo de su vida. No era nada que no pudiera tolerar.
Jasper enroscó uno de sus brazos en torno a la cintura de Zaira y la ayudó a caminar. Al principio, la aurora mostró cierta resistencia, intentando valerse por sí sola. Pero al poco tiempo se hizo evidente que la maldición que había recibido en la pierna era más grave de lo que ella estaba dispuesta a reconocer. No le quedó más alternativa que aceptar la ayuda de su discípulo.
A Zaira nunca le había gustado dejar gente atrás. Eran decisiones que nadie quería tomar, pero que en ocasiones se volvían inevitables. Aunque intentara aparentar lo contrario, Harry sabía que ella no era indiferente a lo que le había sucedido a Tibalt. Ninguno de ellos lo era.
Hermione sacudió la varita mágica, invocando a su Patronus. La nutria plateada bailoteó alrededor de ella mientras le susurraba un mensaje, y luego salió disparada en la dirección a la Mansión Malfoy.
Para cuando llegaron a la antigua casona, Draco Malfoy los aguardaba en la entrada, acompañado por los pocos habitantes permanentes de la misma: los hermanos Fox, Dominique, Philipe y Katya.
Para entonces, Zaira ya no podía caminar. Harry la había tomado por el lado opuesto a Jasper, y entre ambos se las habían arreglado para cargarla por los escalones de la entrada e introducirla en la Enfermería.
Hermione se puso a trabajar de inmediato. Rasgó con una tijera lo que quedaba del pantalón de Zaira exponiendo la pierna lesionada. El sitio donde la maldición la había impactado resaltaba con un color purpúreo anormal, el efecto dañino extendiéndose como las raíces de un árbol por debajo de la piel, avanzando por su rodilla hasta el muslo.
—Voy a llamar a Vicky —exclamó Dominique con ojos inmensos, espantados.
—No —la detuvo de inmediato Harry, tomándola del brazo para evitar que saliera corriendo—. Cierren todas las comunicaciones de la Mansión. Nadie entra ni sale de aquí —decretó. Dominique vaciló, sus ojos desviándose sin que pudiera evitarlo hacia la espantosa herida de Zaira, mientras Hermione revolvía entre los cajones del botiquín buscando algo para controlarla. —¡Ahora! —le dijo Harry apremiante, haciéndola sobresaltar. La pelirroja salió disparada con Philipe y Felicity siguiéndola.
La aurora Levington temblaba sobre el colchón, el cuerpo bañado en un sudor enfermizo, sus manos enroscadas en las sábanas conteniendo el dolor. Las raíces de la maldición ondulaban sobre la pierna, moviéndose sin prisa pero sin pausa hacia el resto del cuerpo.
—Es una maldición parasitaria —reconoció Potter, examinando la herida más de cerca—. Hay que extraerla antes de que llegue a su pecho, o infectará el corazón —explicó dirigiendo una mirada significativa a Hermione. Se miraron durante unos segundos, ambos sabiendo que debían hacer algo y rápido.
—Voy a necesitar que la sostengan —informó Hermione, mientras tomaba unas pinzas quirúrgicas y extendía su varita de forma temblorosa en dirección a la pierna de Zaira.
Jasper empalideció e instintivamente dio un paso hacia atrás, la idea de tener que sostener a la fuerza a su mentora mientras le realizaban un procedimiento que prometía ser agonizante demasiado para él.
Rick dio un paso al frente, colocando una de sus enormes manos sobre el hombro delgado de Jasper, tranquilizándolo.
—Yo lo haré —se ofreció Fox, haciendo a Yaxley a un lado con un movimiento gentil. El muchacho rubio tragó saliva y retrocedió, aliviado y agradecido.
Sin decir nada, Katya se colocó en el lado contrario de la camilla. Con una elegante suavidad, colocó una de sus manos sobre el pecho de Zaira y la otra sobre su frente húmeda. Cerró los ojos y comenzó a susurrar palabras en un idioma que Harry no conocía, pero que sonaban hermosas, como una canción de cuna susurrada en medio de la noche para adormecer a un niño asustado. Los tatuajes que decoraban sus manos y sus dedos se encendieron, brillando contra su piel mortecina. Zaira dejó de temblar, la tensión en su cuerpo cediendo gradualmente, sus ojos entonándose hasta cerrarse.
Katya abrió los ojos. Había un brillo extraño en ellos. Bastó una mirada hacia Rick para que éste colocara sus propias manos en torno a las muñecas de Zaira, sujetándola contra la cama.
—Hazlo ahora —le indicó Katya a Hermione, sus manos todavía brillando sobre el cuerpo de Zaira, adormeciéndola con su extraña magia.
Hermione tomó aire y sacudió su varita en un movimiento seco. La piel que cubría la pantorrilla de Zaira se abrió como si la hubiesen cortado con una navaja. Levington se sacudió, un breve gemido escapando de sus labios. Rick cerró con más fuerza sus manos sobre ella, restringiendo sus movimientos. Jasper dio otro paso hacia atrás aunque sus ojos seguían fijos en la operación. Harry también contemplaba la escena a prudente distancia, conteniendo el aliento, deseando que aquello funcionase. No podía perder a Zaira. Solo Draco Malfoy se mantenía a la distancia, cerca de la puerta de la enfermería, con una expresión seria y los brazos cruzados sobre el pecho. Desde que habían llegado no había emitido una palabra.
La mano de Hermione temblaba muchísimo mientras se acercaba con la pinza a la herida, dispuesta a extraer lo que fuese que esa maldición había implantado dentro de Zaira. Pero en cuanto las tenazas se cerraron en torno a la lesión, Zaira soltó un grito de pura agonía que succionó todo el aire de la habitación, paralizándolos.
Las manos de Katya volvieron a iluminarse, esta vez prologándose por los tatuajes de sus brazos, su cántico volviéndose más acelerado e intenso. Rick tuvo que inclinar todo su peso sobre Zaira para evitar que se moviera mientras Hermione hurgaba entre su carne, jalando para extraer las raíces venenosas. Jasper ya no pudo tolerarlo. La sangre, los gritos y la magia de Katya crepitando en el ambiente fue demasiado para él, y finalmente le dio la espalda a la escena, apoyándose con una mano sobre la pared para no perder el conocimiento mientras que un vómito bilioso avanzaba por su garganta. Harry se obligó a mirar. Aquello era su responsabilidad. Era lo mínimo que podía hacer.
Con un último esfuerzo, jadeante y agotada, Hermione terminó de extraer la maldición de la pierna de Zaira. Tenía las manos y toda su ropa manchadas con la sangre de Zaira, y arrojó la pinza contra el suelo asqueada, como si no pudiera creer lo que sus propias manos habían hecho. Levington dejó de sacudirse y Rick se atrevió a soltarla. Pero Katya permaneció unos minutos más junto a su cama, todavía susurrando en su extraña lengua, convirtiendo lentamente los gritos en gemidos ahogados, hasta que por fin Zaira sucumbió a un sueño profundo.
Para cuando terminó su trabajo, Katya lucía más pálida y agotada de lo normal. El brillo escarlata en su mirada se había apagado para ser reemplazado por profundas ojeras negras, como si llevara semanas sin dormir. Los tatuajes se oscurecieron gradualmente, recuperando su pigmentación negra normal.
Rick se apresuró a su lado, como si temiera que ella fuese a desmayarse. Pero Katya lo alejó con un gesto despreocupado de su mano y una tenue sonrisa, apuntando en su lugar en la dirección a donde Jasper se encontraba, encogido y vomitando.
—Ven, vamos a tomar un poco de aire fresco, Jas —sugirió Rick, tomándolo de los hombros para guiarlo hacia la salida—. Ustedes los sangre pura tienen un estómago muy sensible —bromeó con fingida ligereza. Harry escuchó que Jasper soltaba una risilla por lo bajo antes de abandonar la enfermería.
—Le has salvado la vida, Hermione —la felicitó Harry.
—Podría haberla matado —masculló Hermione, observándose sus propias manos empapadas en escarlata.
—Yo me quedaré con ella —se ofreció Katya—. Puedes ir a cambiarte tranquila. No despertará por varias horas —le aseguró la híbrida.
—Gr-gracias —aceptó Hermione, mientras intentaba limpiarse las manos de manera infructuosa sobre su propia ropa, solo consiguiendo esparcir las manchas aún más.
—Ahora que nadie se está muriendo, ¿crees que sea un buen momento para que me expliques qué mierda está pasando? —susurró Draco al oído de Harry.
Potter le indicó con un gesto de mano que lo siguiera. Abandonaron la Enfermería para avanzar por el pasillo que conducía hacia el despacho principal. Harry se dejó caer sobre una de las butacas y se retiró los anteojos para poder frotarse el rostro con la otra mano.
—Hemos perdido el cuartel de aurores —confesó el voz alta aquello que lo carcomía por dentro. Draco se quedó mirándolo perplejo durante varios segundos.
—Cuando dices "hemos perdido"… —quiso asegurarse Malfoy.
—La Rebelión ha matado a Bradshaw y me ha inculpado de su muerte —explicó Harry. Un silbido, como un siseo agudo, escapó de la boca de Draco.
—Sí, supongo que estás jodido, Potter —comentó mientras servía dos copas de whisky y le extendía una. Harry la aceptó, bebiéndola de su sorbo y apoyando el vaso con excesiva fuerza sobre la mesa de café frente a él.
—El cuartel de Aurores era nuestro último eslabón dentro del Ministerio. Sin eso… —Harry no se atrevió a terminar la frase.
—Kingsley no durará mucho tiempo más en el gobierno —dedujo de todas formas Draco.
—No lo vi venir, Draco. Sabía que el Mago intentaría hacerse con el Ministerio de alguna forma, pero siempre pensé que intentaría matarme —confesó Potter, sus palabras impregnadas de remordimiento.
—Tú sí que tienes grandes expectativas para ti mismo —chasqueó Draco, haciendo una movimiento desdeñoso con la mano en su dirección. Harry le dedicó una mirada fulminante—. Si hay algo que has demostrado a lo largo de tu existencia, es que eres muy difícil de matar, Potter —señaló el rubio.
—Debemos reorganizarnos —propuso Harry de inmediato, poniéndose de pie como propulsado por un resorte—. Identificar a aquellos en quienes todavía podemos confiar dentro del Ministerio y reclutarlos —insistió, paseándose por la habitación.
—Potter… —lo llamó Draco, pero Harry ya no estaba prestándole atención. En cambio, su mente estaba acelerada pensando los siguientes movimientos. La adrenalina de la fuga todavía palpitaba en sus venas, propulsada por la situación cercana a la muerte que acaba de experimentar su antigua discípula y amiga.
—Debemos esperar unos días a que se calme la marea —aclaró Harry como si fuese obvio—. Pero aún queda gente dentro del cuartel de aurores en quienes podemos confiar. Ron puede encargarse de hablar con ellos, armar una resistencia…
—La Rebelión tiene a Weasley —lo interrumpió Draco, esta vez elevando su voz para asegurarse de que Harry lo escuchara.
Potter detuvo su frenética marcha de inmediato, sus ojos verdes enfocándose con brusquedad en Draco. Incluso desarmado, sucio y cansado, Harry resultaba intimidante, y Malfoy tuvo que recurrir a toda su entereza para no encogerse y retroceder.
—He intentado comunicarme con él desde que Dean Thomas nos avisó de que te tenían detenido —explicó Draco, visiblemente incómodo por tener que darle esa información—. Pero lo detuvieron prácticamente al mismo tiempo que a ti. Lo tienen en Camelot desde entonces, incomunicado.
—¿Qué hay de Dean? ¿Él no ha podido contactarlo tampoco? —insistió Harry en el tema.
—Creo que técnicamente no lo han arrestado, así que no ha solicitado de un abogado aún —explicó Draco.
—¡Mierda! —maldijo Harry, pateando una de las butacas para descargar su enojo.
—Potter… Si Weasley llega a hablar… —se atrevió a sugerir Malfoy.
—Ron nunca nos traicionaría —gruñó Harry en un tono peligrosamente grave.
—No voluntariamente. Pero podrían obligarlo a hablar —presionó en el tema el rubio. Harry negó con la cabeza.
—Es un Auror. Está entrenado para resistir interrogatorios —se mantuvo firme en su postura Harry—. Y esta casa está protegida por el encantamiento Fidelius.
—La casa, sí. Pero no las personas. ¿No crees que deberíamos empezar a pensar qué hacer en caso de que Weasley se quiebre y empiece a escupir nombres? —dijo con desapegada practicidad Draco. Harry le dedicó una mirada incrédula y levemente indignada.
—¡No van a quebrar a Ron! —le gritó y esta vez Draco sí se encogió contra su propia voluntad—. Ron moriría antes de entregar a alguien a de la Orden.
—De acuerdo —aceptó Draco, aunque no parecía convencido.
Harry volvió a desmoronarse en la butaca, encerrando la cabeza entre las manos, inclinándose entre sus rodillas, abrumado. Aquello complicaba todo.
—La Rebelión estará esperando que me contacte con el resto de la Orden —Potter susurró por entre sus dedos, resignado—. Intentar advertirlos ahora sería exponerlos como cómplices. Tendremos que confiar que cada uno sabrá qué hacer si… Si llegan a quebrar a Ron —reconoció finalmente con una pesada exhalación.
—No pueden venir aquí —señaló Draco—. Puede que el encantamiento Fidelius evite que localicen la mansión, pero no prevendrá de que rastreen la zona y nos rodeen. Esta no puede continuar siendo la base de operaciones de la Orden del Fénix, al menos durante un tiempo —decretó. Harry asintió con desgano.
—Pondremos hechizos anti-aparición y bloquearemos el perímetro. Dominique y Philipe deben de haber sellado todas las comunicaciones ya, así que no tendrán forma de enviar usar la red flú o enviar mensajes —dijo Harry con una expresión vacía—. Tú no puedes quedarte, Draco.
—¿Qué? —se sorprendió Malfoy, las palabras de Potter sintiéndose fuera de contexto para él.
—La Rebelión no sospecha de ti. Y voy a necesitar a alguien afuera que se encargue de las operaciones en curso —explicó, una sonrisa débil y sin humor dibujándose en su rostro—. Además, tu hijo te necesita.
Draco se sentó en la butaca frente a él, su mirada gris encontrándose con el verde de los ojos de Potter. Durante años, Harry se había acostumbrado a ver un frío odio en esa mirada. Era sorprendente lo que los años y las guerras podían cambiar las miradas de las personas.
—Me aseguraré de que tus hijos estén a salvo. Los de Weasley también —le prometió Draco.
Harry sintió que las palabras se le atoraban en la garganta y que los ojos le escocían. Sus hijos…
—Hay algo más —se aclaró la garganta Malfoy, desviando finalmente los ojos y rompiendo el momento de extraña intimidad entre ellos—. Molly me ha escrito ya en varias ocasiones desde el ataque de San Mungo.
—¿Le has respondido algo? —se alarmó Harry.
—No todavía —respondió Draco.
—Mejor así. No es seguro —confirmó Harry—. Menos ahora. Si la Rebelión tiene alguna duda sobre Molly, estarán más pendientes que nunca de ella ahora que me he fugado.
—¿Qué quieres que haga? —esperó las indicaciones.
—Nada. Ella también tendrá que arreglarse sola por un tiempo.
Era una respuesta fría teniendo en cuenta que estaban hablando de una de sus sobrinas. Pero Harry no podía permitirse pensar en Molly de esa forma. Ahora, ella era una infiltrada en filas enemigas, y su papel en esta guerra interna se volvía más relevante que nunca antes. Solo podía confiar en que ella encontraría la forma de sobrevivir, igual que todos ellos.
La cabellera rubia de Scorpius Malfoy contrastaba con el verde del césped mientras avanzaba por el campo de quidditch para llegar hasta las gradas donde se encontraba Albus. Marchaba a paso tranquilo pero con decisión, como quien sabe qué rumbo debe tomar. Albus lo observó acercarse sin romper el silencio, ni siquiera cuando llegó a su lado y ocupó el asiento junto a él.
Durante varios minutos, ambos contemplaron la puesta del sol desde la altura, la brisa de la primavera sintiéndose reconfortante contra sus rostros, la quietud del exterior un contraste irreal con la agitación que envolvía el castillo.
—Tienes a todos preocupados, buscándote —comentó de forma casual Scorpius, como si estuviese retomando una conversación previa.
—Sí… —masculló Albus, sus ojos todavía puestos en la distancia, sus pensamientos perdidos—. ¿Cómo supiste que estaba aquí?
—Siempre vienes aquí cuando quieres pensar a solas —se encogió de hombros Malfoy.
—Creía que tú y yo ya no hablábamos —le recordó Albus, lanzándole una sutil mirada de reojo. Scorpius chasqueó la lengua, reclinándose hacia atrás en la grada.
—Supongo que tener a un padre acusado de asesinato está por encima de un estúpido partido de quidditch —razonó el rubio, su voz vibrando con sarcástica picardía.
Una sonrisa amenazó con decorar el rostro taciturno de Potter. Duró tan solo unos segundos, la realidad golpeándolo con dureza de nuevo.
—Sin tu padre para frenarlo, el Mago tomará el control del Ministerio —Scorpius expresó en voz alta lo que Albus llevaba horas rumiando en su soledad. Podía sentir la mirada expectante de su amigo sobre él, aguardando su respuesta.
Albus se limitó a inhalar profundamente, tomándose unos segundos para responder.
—Sí —reconoció monosilábicamente.
—Intentarán hacerse con el control de Hogwarts también —presionó Malfoy, recayendo en la vieja costumbre que él y Albus compartían de teorizar en voz alta.
—Seguramente —volvió a concederle con absoluta calma Albus. Era una conclusión que él también había sacado, pero que hasta ese momento no había tenido oportunidad de compartir.
—Tenías razón, Al. Todo este tiempo, cuando insistías con la Hermandad y la guerra… —balbuceó Malfoy, debatiéndose con las palabras correctas, mostrándose inesperadamente vulnerable.
Por primera vez se miraron a la cara. Albus podía leer la culpa y el arrepentimiento en la mirada de su mejor amigo. Durante meses había imaginado el momento en que Scorpius finalmente entraría en razón y volvería a su lado. Pero la victoria tenía un sabor amargo en su boca, si es que siquiera podía considerarlo un triunfo. Habría preferido estar equivocado. Porque la alternativa implicaba un futuro mucho más escalofriante e incierto.
—Ya —dijo Albus, haciendo un gesto con la mano como si desechara todo aquello, intentando dejarlo así atrás—. Puede que mi padre ya no esté en el Ministerio… Pero nosotros todavía estamos aquí —agregó, su mirada volviendo a desviarse hacia el castillo, recortado entre las montañas—. Si los Hijos quieren hacerse con el control del colegio, primero tendrán que pasar por nosotros.
—Necesitaremos más gente —empezó a planificar Scorpius, ese brillo característico en su rostro que indicaba que de que su cerebro ya estaba planificando algo.
—Reclutaremos más gente. La que sea necesaria —le concedió Albus—. Aún nos queda un año más aquí.
—Al… No creo que esta guerra se resuelva en un año —señaló Malfoy.
—Entonces entrenaremos a los más jóvenes para que resistan cuando ya no estemos —la voz de Albus ardía con un fuego renovado, con la promesa de una nueva batalla que pelear y la posibilidad de inclinar, aunque fuese tan solo unos milímetros, la balanza a su favor.
Scorpius asintió, complacido con las palabras. Repentinamente, Albus sintió una oleada de cariño hacia Malfoy. Su sola presencia allí era un instante de calma en medio de la tormenta, un punto de firmeza durante un terremoto, un hombro sobre el cual apoyarse cuando todo el mundo a su alrededor parecía desvanecerse. Inquebrantable a su lado. Sin importar las peleas, las palabras dichas, los sentimientos heridos.
Cuando todo parecía fallar, Scorpius estaba allí para él.
—¿Qué? —Malfoy interrumpió sus pensamientos, percatándose de la forma extraña en que Albus lo estaba contemplando.
—No te das una idea de lo importante que eres para mí, Scor —confesó de manera inesperada Potter. Las mejillas de Malfoy se tiñeron levemente, una risa nerviosa filtrándose entre sus labios.
—Deberíamos volver al castillo… El director Longbottom mandó a buscarte hace horas —masculló visiblemente incómodo por la crudeza con que Albus le había expresado su afecto.
Potter asintió, incorporándose por fin para regresar al castillo. Sin importar lo que lo esperara allí, sabía que podría hacerle frente con Scorpius a su lado.
La oficina del director de Hogwarts estaba llamativamente silenciosa teniendo en cuenta que en su interior había un número considerable de personas. A James no le gustaban los silencios prolongados, menos cuando involucraban a personas desconocidas en quienes no confiaba.
Su mirada se desvió sin poder evitarlo hacia el auror que estaba sentado frente a Neville bebiendo parsimoniosamente de su taza de té, intentando disimular la tensión que flotaba en el ambiente. Su rostro le resultaba conocido, sin duda se lo habría cruzado alguna vez en el Ministerio cuando de niño acompañaba a su padre al trabajo. O en alguna de las interminables ceremonias y eventos a los que su familia se veía obligada a asistir. O talvez lo había visto en su propia casa de Valle, visitando en alguna ocasión para consultar sobre un caso. No tenía aspecto de ser una mala persona. De hecho, de no haber sido porque llevaba puesto el uniforme característico de los aurores, James jamás habría adivinado que era uno. Era delgado y tenía un aspecto enfermizo, como si recién se hubiese recuperado de un caso severo de viruela de dragón. Definitivamente no tenía el estado físico de quien trabaja en el campo de batalla, aunque sí varias cicatrices. Y llevaba un bastón para asistirse al caminar, su andar demasiado inestable como para poder movilizarse por sus medios.
No se podía decir lo mismo de la oficial del ERIC que lo acompañaba. Alta e intranquila, la mujer no había tomado asiento en ningún momento. En cambio, se había paseado por la oficina examinando con analítico detalle cada rincón, identificando cualquier posible vía de escape que pudiera existir oculta, asomándose por la ventana para escanear los alrededores de la torre, adelantándose a cualquier posible amenaza externa. Tenía la actitud de un ave de presa, reactiva y pendiente de cualquier señal que pudiese suponer un peligro o una oportunidad.
La puerta del despacho de Neville se abrió cortando el sofocante silencio y su hermano Albus entró. Un suspiro de alivio escapó inconscientemente de los labios de James al verlo. Le había costado mantener la calma y esperar allí mientras su hermano estaba desaparecido, sin nadie que pudiese localizarlo. En otra época, James no se habría inmutado por aquello, después de todo, Albus siempre había sido del tipo solitario y taciturno. Pero la situación actual estaba demasiado tensa, y se un Potter se había vuelto como una diana en la espalda de todos ellos.
Rose fue la primera en reaccionar, incorporándose de su silla para abalanzarse contra su primo, envolviéndolo en un abrazo reconfortante. La mayor de los Weasley había tenido que mostrarse fuerte por su hermano Hugo, a quien la noticia de que su madre se encontraba prófuga de la ley lo había impactado notablemente. Sus ojos todavía estaban enrojecidos, señal de que había estado llorando, y Rose no se había despegado de su lado desde que había llegado a la oficina, en una actitud por demás protectora que podía resultar un tanto absurda para quien lo contemplara desde afuera, ya Hugo le sacaba más de una cabeza en altura.
La gran sorpresa del día había sido Lily. Habían tardado bastante en localizarla también, y James había empezado a preocuparse de que la estabilidad emocional de su pequeña hermana finalmente hubiese llegado a su punto de quiebre.
La vida no había sido fácil para la menor de los Potter durante los últimos años, y recientemente, James había notado que estaba más sola de lo habitual. Rara vez se la veía en compañía de Nina o haciendo sociales en la sala común de Gryffindor. En cambio, se había refugiado en los libros, pasando horas en la biblioteca. Varias veces James había tenido la intención de sentarse a conversar con ella, pero nunca había encontrado el momento adecuado para hacerlo. Después de todo, ellos nunca habían sido de esos hermanos que son mejores amigos. Su vínculo siempre se había basado en jugarse bromas y molestarse mutuamente.
Pero en algún punto incluso eso se había diluido, dejando en su lugar una relación cordial y en cierta forma impersonal. James se repetía varias explicaciones para justificar el distanciamiento con su hermana: se llevaban muchos años, estaban en etapas diferentes, Lily ya era una adolescente que difícilmente querría compartir sus secretos con su hermano mayor, y él estaba ocupado con demasiadas cosas…
Todas las excusas se desmoronaron como un castillo de naipes la mañana en que la noticia de que su padre estaba siendo acusado de asesinato llegó a Hogwarts. En la confusión y el frenesí que siguió, James solo podía pensar en una cosa: tenía que encontrar a sus hermanos.
Así fue cómo descubrió la dolorosa realidad: no sabía dónde estaban. Sin el Mapa del Merodeador, no sabía cómo encontrarlos. No los conocía lo suficiente como para predecir a dónde podrían acudir en una situación como esa. Había creído conocer quiénes eran sus mejores amigos, sus personas de confianza, pero se había equivocado: Lily se había peleado con Nina y con Hugo antes de la Navidad, y Albus no se hablaba con Scorpius desde el último partido de Quidditch.
La desesperación lo había invadido. Los Caballeros habían intentado ayudarlo, todos sumergidos en la búsqueda de los hermanos Potter mientras James se veía arrastrado hacia la oficina del director Longbottom.
Pero Lily había llegado por su cuenta y entera a los pocos minutos. A diferencia de Hugo, no había señales de que hubiese estado llorando. No parecía nerviosa, ni preocupada. Estaba tranquila, el temblor nervioso que se había vuelto algo natural en ella desde que las visiones se habían despertado había desaparecido. Su calma era inquietante, y lejos de apaciguar la desesperación de James, la alimentó aún más. No era normal. Nada de todo aquello era normal.
No había tenido tiempo de hablar con su hermana. No había tiempo de procesar lo que estaba pasando ni de pensar qué debía hacer a continuación. No había podido comunicarse con nadie de su familia. Porque las fuerzas del Ministerio se habían aparecido en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, buscándolos.
La desconfianza en el rostro de Albus se hizo palpable en cuanto identificó a los dos individuos vestidos con túnicas oficiales del Ministerio de Magia. Sus ojos verdes buscaron a James, y el destello de su enojo brilló en ellos.
—¿Qué es esto? —dijo Albus, dando un paso más hacia el interior de la sala, sus palabras vibrando con pura cólera.
—Parece ser que estos adorables oficiales han venido a asegurarse de que no tenemos a nuestros padres escondidos en algún lugar del colegio —soltó James con descarado sarcasmo. Pero al mismo tiempo se acercó Albus y le colocó una mano en el hombro, pidiéndole silenciosamente mesura. Estaban caminando sobre arenas movedizas. No podían permitirse exabruptos.
—Hemos venido a asegurarnos de que ustedes se encuentran a salvo —corrigió el auror, intentando esbozar una sonrisa amistosa.
—Estamos en Hogwarts. Claro que estamos a salvo —retrucó Rose, ofendida.
—Sus padres podrían intentar contactarse con ustedes… Talvez ya lo han hecho, incluso —presionó en el tema la oficial del ERIC, sus ojos de águila clavándose en Albus, quien era el que más se había demorado a aparecer.
—¿Y por qué habríamos de decirles si fuese así? —la desafió Albus, siseando las palabras entre dientes apretados. James ajustó con más fuerza su mano sobre su hombro, aunque sabía que era inútil. No había forma de contener a alguien como Albus.
El auror suspiró agobiado, dejando la taza de té que Neville le había servido a un lado, y poniéndose de pie con lentitud. Se ayudó con el bastón para acercarse hacia ellos, intentando acortar la distancia que los separaba y generar un ambiente más confidente.
—Esto debe de ser muy difícil para ustedes —razonó el auror, sus ojos mirando alternativamente a cada uno de ellos, deteniéndose unos segundos más en Hugo, el más frágil de los cinco—. Pero tienen que entender que nosotros no somos los malos aquí. No queremos hacerle daño a sus padres.
—No, claro. Sólo quieren mandarlos a Azkaban —masculló Albus por lo bajo.
—Tú eres Albus, ¿verdad? —se dirigió hacia él, mirándolo directamente a los ojos—. Sólo queremos que tu padre tenga un juicio justo, como todos los ciudadanos merecen.
Hablaba como si lo conociera, en un tono fraternal que podría haber engañado a cualquier otro chico. Pero no a su hermano Albus. Él había pasado sus últimos seis años en Slytherin. Estaba por encima de manipulaciones tan básicas. Albus se limitó a cruzarse de brazos, dando a entender que no le sacarían una palabra más.
—¿Creen que los están ayudando haciendo esto? —se burló de repente la mujer del ERIC—. Mientras nosotros conversamos, el Ministerio está desplegando todas sus fuerzas para rastrear a vuestros padres. Todas las fronteras han sido bloqueadas. Tenemos ojos en todas las ciudades, mágicas y no mágicas. ¿Qué creen que sucederá cuando los encontremos? —escupió sin contemplaciones.
Por el rabillo del ojos, James vio que Lily se estremecía. Hugo tragó con dificultad, la angustia empezando a formarse en su garganta. Incluso Rose empalideció. Y a pesar de que Albus se mantenía firme frente al auror, James pudo ver la vacilación en sus ojos.
Una fría incertidumbre comenzaba a trepar por la espalda de James, entumeciéndole el cuerpo. Pero había crecido escuchando las historias de su padre, del héroe que contra todo pronóstico había derrotado a uno de los más terribles magos oscuros de la historia. Se negaba a creer que éste sería el final. Si alguien podía librarse de todo aquello, ese era Harry Potter. Tenía que creerlo.
—Buena suerte encontrándolo, oficiales —le respondió James, su voz sonando más segura de lo que realmente se sentía. Y sus palabras instilaron coraje en el resto de los jóvenes.
Neville se aclaró la garganta, atrayendo la atención de los presentes. Una sonrisa orgullosa titilaba en su rostro.
—Ha sido un día largo. Creo que va siendo hora de que los alumnos regresen a sus respectivas salas comunes —informó el director, lanzando una mirada significativa hacia ellos. Rose comprendió la indirecta, poniéndose de pie y empujando a Hugo con ella para que la imitara.
—Aún no hemos terminado —gruñó la oficial del ERIC.
—Me temo que sí han terminado, oficial Douglas —respondió de forma tajante Neville—. ¿Debo recordarle que no tienen permitido llevar adelante interrogatorios a menores de edad sin la presencia de sus tutores? —le recordó de forma condescendiente.
—No todos son menores —intervino inesperadamente el auror. Habló en un tono suave, casi inaudible, y una expresión tortuosa enmarcó su rostro al decirlo, como si se odiara a sí mismo por estar sugiriéndolo—. James Potter es, técnicamente, mayor de edad.
James torció la atención hacia Neville, pero el director no tenía cómo refutar aquello. Técnicamente, y aunque todavía estaba en Hogwarts, James había cumplido los diecisiete años, edad donde los magos eran considerados mayores.
—Puedes negarte a declarar, James —le recordó Longbottom.
—También podemos llevarlo con nosotros al Ministerio y detenerlo durante 24 horas —comentó de forma sugestiva Douglas.
—¿Bajo qué cargo? —se enojó Neville.
—Profesor Longbottom, sólo queremos conversar con el señor Potter —se interpuso una vez más el auror, calmando los ánimos.
—Son niños, Athos —le recordó Neville en un tono de claro reproche, usando por primera vez el nombre propio del auror. El auror Athos Goodwich tuvo al menos la decencia de sonrojarse, avergonzado.
—Serán solo unos minutos y luego nos iremos —le prometió.
—Llamaré a Dean… No les digas nada —le susurró Longbottom antes de abandonar el despacho, llevándose consigo a sus hermanos y primos.
—¿Quieres tomar asiento, James? —le ofreció la silla junto a él Athos.
—Están perdiendo el tiempo —le respondió él, mientras que ocupaba el lugar indicado, intentando mostrarse lo más relajado posible—. No sé dónde está mi padre. Y aunque lo supiera, no se los diría.
—Es comprensible. Después de todo, es tu padre —razonó Athos, al tiempo que servía una nueva taza de té para cada uno. Sus palabras descolocaron levemente a James, quien intentó disimular su sorpresa bebiendo de la taza—. Imagino que lo admiras mucho. Todo esto debe de ser muy difícil para ti —agregó el auror.
—No es a mí a quien están cazando —respondió veloz James. Athos arqueó las cejas.
—Y sin embargo, tú eres quien debe cargar con la responsabilidad que implica todo esto —argumentó el auror, mirándolo con evidente curiosidad, como si fuese obvio a lo que se refería—. De seguro has caído en cuenta de ello, ¿no?
James no quería reconocer que no tenía idea de lo que estaba hablando el hombre frente a él. Su silencio fue respuesta más que suficiente para que la oficial Douglas soltara una carcajada desdeñosa. Pero Athos levantó una mano en su dirección, indicándole que guardara silencio, y la mujer revoleó los ojos, pero se contuvo de hacer cualquier comentario.
—Tengo entendido que tu madre se encuentra incapacitada en San Mungo —comentó Athos usando un tono extremadamente delicado.
—Se está recuperando de una maldición —la defendió de inmediato James.
—¿Cuánto lleva ya? ¿Un año? —le preguntó Athos, fingiendo no conocer verdaderamente la respuesta—. Es mucho tiempo para estar recuperándose.
—¿Cuál es su punto? —lo cortó en seco James.
—Su punto es que tú y tus hermanos se han quedado sin padres, muchacho. Y esta vez no hay ningún amigo de tus padres para ayudarte —espetó sin delicadeza Douglas. Las palabras hirieron a James más de lo que podría haber previsto. Hizo un esfuerzo por mantenerse inmutable.
—No estamos solos —se mantuvo firme, aunque la voz le salió más ronca de lo que habría deseado.
—Aun así, hacerte cargo de dos adolescentes cuando tú todavía estás en la escuela… Eso no puede ser fácil para ti —insistió Athos y una expresión de pena decoró su rostro.
James desvió la mirada. No había tenido tiempo para pensar en eso. El hecho de ser mayor de edad lo convertía en el tutor legal de sus hermanos más pequeños. Pero él no estaba listo para hacerse cargo de la familia, y la realidad lo golpeó como un puñetazo en el estómago, cortándole la respiración.
Lo cierto era que, aunque odiase reconocerlo, estaban bastante solos. Su madre estaba lejos de recuperarse por completo como para poder hacerse cargo de la familia. Su padre estaba desaparecido y era mejor que se mantuviera así por un tiempo. Sus tíos Luna y Rolf estaban muertos. En cualquier otra circunstancia, sin duda sus tíos Hermione y Ron habrían asumido la responsabilidad que todo ello implicaba, dejando el rol de tutor como un cargo simbólico para James. Pero Hermione estaba fugitiva, y no habían tenido noticias de Ron desde la captura de Harry…
—Mi tío Ron —masculló James, cayendo en cuenta de ello. No iba a dejar que lo quiebren tan fácil—. ¿Qué han hecho con él? —exigió saber, levantando la mirada alternativamente hacia ambos.
—Puedo asegurarte que el auror Weasley se encuentra a salvo —le prometió Athos.
—¿Y por qué no se ha comunicado todavía con sus hijos? —fue el turno de presionar a James. Notó que la pregunta incomodaba al auror, quien tartamudeó buscando una respuesta políticamente correcta.
—El auror Weasley se encuentra recluido en Camelot —intervino la oficial Douglas.
—Quieres decir que lo tienen prisionero —la acusó James. La mujer sonrió con sorna.
—Tenerlo prisionero implicaría que ha cometido un crimen que amerita encarcelarlo, ¿no? —tergiversó sus palabras con malicia.
—No, el auror Ronald Weasley no es nuestro prisionero—se apresuró a corregirla Athos, intentando recuperar el diálogo cordial que habían sostenido hasta entonces. —Él esta… colaborando con nosotros —explicó de forma poca precisa.
—¿Colaborando? —repitió James, sin poder creer lo que estaba escuchado.
—Algo parecido a lo que esperábamos obtener de ti —blanqueó la oficial Douglas, desgastada por la conversación estancada.
—Mi tío Ron jamás los ayudará a encontrarlos —dijo con fe ciega James. Pero algo en la mirada de Douglas lo hizo dudar.
—Tu tío Ron comprende mucho mejor que tú la situación complicada en la que se encuentra su familia. Entiende que deberán hacerse algunos compromisos para garantizar la seguridad de la mayoría. Me atrevería a decir que estamos progresando en las negociaciones con él —le dijo Douglas, destruyendo el último pilar de esperanza de James.
—Tú también puede ayudarnos, James. Podemos hacer todo esto mucho más simple para ti. No tendrás que preocuparte por cuidar de tus hermanos. Podrás centrarte en tus planes a futuro… Tengo entendido que quieres jugar quidditch profesional —sugirió Athos.
—¿Qué? ¿Cómo es que sabe…? —James no estaba seguro que era lo que le preocupaba más: que supieran sobre sus planes fuera de Hogwarts, o que estuviesen usando a su familia como instrumento de manipulación.
—No eres difícil de rastrear, muchacho —resopló Douglas—. Tienes un contrato esperándote en el Puddlemere, ¿verdad? Aunque veo muy poco compatible una carrera de quidditch profesional con la crianza de dos hermanos más pequeños… Podrían quitarte la tenencia, incluso. Y quién sabe a dónde van a parar Albus y Lily con una historia familiar tan… tortuosa.
—No van a sacarme a mis hermanos —aseguró James en un tono animal, su instinto protector abriéndose paso.
—Solo tienes que ayudarnos un poco James, y nosotros te ayudaremos a cambio —le prometió Douglas, guiñándole un ojo tramposo. Athos suspiró, cerrando los ojos momentáneamente, pero entregándole el mando a la mujer del ERIC sin resistencia. —Dime lo que sabes: Lugares que conozcas donde tu padre acostumbra a ocultarse, alguna base de operaciones oculta, una casa segura, nombres de contactos de personas que crees que podrían ayudarlo a mantenerse oculto, gente que podrías estar involucrada en esta fuga… Todo lo que sepas, por más insignificante que pueda parecerte, nosotros podemos encontrarle valor.
James respiró hondo, cerrando los ojos unos segundos, intentando bloquear su mente de los estímulos constantes que estaban disparándole los dos oficiales del Ministerio.
De una cosa estaba seguro: estaban desesperados. Había acudido a él, uno de los hijos del principal criminal, todavía un estudiante en Hogwarts, para sacar información. Y eso solo podía significar dos cosas: la primera, que no tenían idea de dónde encontrar a Harry Potter. La segunda: que Ronald Weasley no estaba colaborando una mierda con ellos.
Estaban moviéndose a ciegas, buscando entre los círculos más cercanos de Harry Potter y Hermione Granger a personas a quienes pudiesen intimidar y asustar lo suficiente como para arrancarle un trozo de información, algo sobre lo cual comenzar un búsqueda.
Aquella revelación provocó un incontrolable acceso de risa que fue incapaz de contener incluso tapándose la boca con la mano.
—¿Has estado escuchando lo que te hemos dicho? —se exasperó la oficial Douglas.
—Ss-sí.. ppff… perfectamente —intentó responder James pero sin conseguir dejar de reírse.
—¿Y qué te resulta tan gracioso, entonces? —la mujer estaba ahora peligrosamente cerca, su nariz aguileña a escasos centímetro de él
—Nunca van a encontrarlos —James volvió a estallar en carcajadas.
La oficial Douglas amenazó con sacar su varita, su rostro encrespado. Fue el auror Athos quien detuvo su movimiento, empujándola hacia atrás mientras le dedicaba una clara mirada de reproche.
—¡Este hijo de puta sabe algo, Goodwich! —Douglas se sacudió enfurecida, intentando librarse de Athos para poder llegar hasta James.
—Estas no son las formas de llevar adelante una investigación, Douglas —le recordó con admirable paciencia Athos.
—Que se metan las formas por el culo —intentó avanzar una vez más. Esta vez, fue Athos quien sacó la varita, apuntando a su compañera directamente a la cara.
—Nosotros las respetamos —dictaminó el auror. Douglas maldijo entre dientes, pero no volvió a intentar avanzar.
—Auror Goodwich… ¿quiere explicarme lo que está pasando aquí? —intervino una nueva voz, una que James conocía y agradecía.
—Abogado Thomas —lo recibió Athos con una inclinación respetuosa de su cabeza. Sus ojos se desviaron momentáneamente hacia la oficial Douglas, a modo de advertencia.
—¿Es mi sensación o vuestra compañera estaba a punto a agredir mágicamente a mi cliente? —Dean fue directo al conflicto, sin suavizarlo. Athos tragó saliva nervioso, pasándose una mano por sobre los labios resecos.
—Fue un momento de confusión que no volverá a repetirse —prometió Athos, con un gesto de disculpa hacia James.
—Ya lo creo. Mi cliente ha accedido a contestar vuestras preguntas de buena fe y sin ninguna obligación legal, así que creo que vuestra conducta es motivo suficiente para dar por finalizada esta conversación —decretó Thomas, hablando en un tono tan serio y veloz que era muy difícil seguir lo que decía, menos aún contradecirlo.
—Aún tenemos preguntas para hacerle —lanzó sin embargo Douglas. Dean le dedicó una mirada ladeada, una de sus cejas alzándose incrédula.
—Pueden enviármelas por escrito a mi estudio. El señor Potter responderá solo aquellas que considere adecuado, y nada más —le dijo en un tono cortante que no dio lugar a retrucos.
Acto seguido, Dean Thomas le dio un empujón a James en la espalda para que se moviera. Ambos salieron del despacho dejando atrás a una enfurecida oficial de ERIC y a un decepcionado auror.
—Tienen a Ron —fue lo primero que dijo James en cuanto la puerta se cerró a su espalda.
—Camina y no hables —le ordenó Dean, manteniendo la mirada hacia el frente.
Lo guió por pasillos que James se conocía de memoria, hasta llegar a una de las paredes que más veces había visitado en sus siete años en Hogwarts. La puerta de la Sala de Menesteres se manifestó frente a ellos a los pocos segundos.
—¿Tú también sabías de la Sala..? —se sorprendió Potter. Dean resopló, una sonrisa pícara en sus labios.
—Ustedes las nuevas generaciones creen que son los creadores de todo —comentó mientras dejaba su maletín sobre una de las mesas.
—Entonces… Tú eres el abogado de mis padres…
—Era —lo interrumpió Dean.
—¿Perdón? —James no pudo esconder su confusión.
—Tu padre me despidió el día que lo encarcelaron —explicó con un además de su mano, como si aquello fuera algo sin importancia.
—¿Es que perdió la cabeza? ¿Cómo va a despedir a su abogado justo antes de un juicio como ese? —James empezaba a enfurecerse con su padre y con las decisiones aparentemente equivocadas que había tomado.
—Era un juicio perdido. Nunca lo podría haber salvado de Azkaban —reconoció Dean, encogiéndose de hombros derrotado.
—No lo sabes… —quiso alentarlo Potter.
—Oh, pero sí lo sé. Y tu padre también lo sabía. Comprendió que yo ya no podía serle útil a él… pero todavía quedaba otra gente que me necesitaría cuando él hiciera lo que planeaba hacer —explicó de forma simplificada el abogado Thomas.
—Sabía que vendrían a por nosotros —comprendió James, un nudo extraño formándose en su pecho. Dean asintió.
—Quería que estuviesen bien protegidos si eso sucedía —y mientras decía esto, el abogado hurgó dentro del maletín para extraer un documento oficial que extendió a James.
A mi querido león,
Si estas leyendo esto, es que las cosas no han salido como me hubiese gustado.
Pero no te preocupes, no estás solo. Hay mucha gente que te ayudará. No es seguro dar nombres, pero puedes empezar por confiar en el hombre que te ha entregado esta carta.
Se vienen tiempos muy difíciles. Cuando las cosas se pongan feas, habrá pocos lugares donde estar a salvo. Hogwarts es uno de ellos.
El Valle también es seguro por el momento. Quédate allí. NO busques otro refugio. Cuida de la casa en mi ausencia, y a cambio, la casa cuidará de ti. Eres el nuevo señor de la familia. Eso tiene sus beneficios. Aprovéchalo. Y respétalo.
No intentes hacer nada estúpido o valiente, para eso estoy yo.
Concéntrate en ti mismo. Sigue con tu vida: eso es algo que no se verán venir. Acepta el puesto en el Puddlemere (Merlín sabe que necesitamos jugadores frescos para ganar el próximo torneo).
Cuida de la manada. Talvez me tome un tiempo, pero tienes mi palabra de que volveré con ustedes.
Rayo
—He estado con tu madre, también —continuó hablando Dean, al ver que James parecía congelado con la carta en sus manos, su mirada perdida entre las letras desprolijas de la escritura que no podía ser de otra personas que no fuese su padre—. He conseguido evitar que la interroguen dada su delicada situación de salud… Pero en algún momento tendremos que emitir una declaración —le advirtió.
—No sé dónde está mi padre —respondió James de forma casi autómata, mientras plegaba la carta y la guardaba.
—No, pero sabes lugares donde podría llegar a estar. Y sabes información importante que podría comprometer el funcionamiento de la Orden del Fénix. —dijo Dean con presteza. La última frase atrajo la atención de James nuevamente—. No pesaste que toda la organización dependía exclusivamente de Harry, ¿verdad? —se rió de él Dean.
—No… pensaba que dependía principalmente de mi tía Hermione —se animó a bromear. Dean soltó una carcajada sincera que relajó un poco el ambiente sombrío.
—De hecho, fue Hermione quien desarrolló el plan de contención para casos como estos —reconoció Thomas—. Lo primero: debemos tener mucho cuidado con lo que declaramos frente al Ministerio, porque hurgarán cada detalle buscando un desliz.
—Nada de hablar con la prensa sin tener algo armado antes. Entendido —aceptó James.
—Corre también para tus hermanos —le advirtió. James aceptó con la cabeza.
—Ni una palabra sobre la Orden del Fénix, sobre sus integrantes… Nada que pueda estar remotamente conectado con nosotros —repitió fervientemente Thomas.
—Lo he entendido —James revoleó los ojos.
—Nada de comunicaciones —continuó el abogado—. Y creo que no es necesario que te diga que hay un lugar puntual al cual no puedes acercarte bajo ningún motivo.
—Pero… —quiso argumentar James.
—No es seguro. Van a estar vigilándote. Cada lugar a donde vayas, cada persona a la que frecuentes… Ellos estarán mirándote, esperando a que cometas un error que los guíe a tu padre. ¿Lo entiendes? —Dean le hablaba en un tono sereno pero firme. La crudeza de sus palabras estaban a tono con la gravedad de la situación.
—¿Qué se supone que haga, entonces? —frunció el ceño James. Quería ayudar a su padre. Quería ser útil para la Orden del Fénix.
—Haz lo que dice tu carta —remarcó el abogado, palmeándole el hombro de forma fraternal.
—Dean…—se apresuró a hablar antes de que el hombre desapareciera de su vista—. Gracias.
—Agradéceme cuando encuentre la forma de demostrar la inocencia de tu padre —fue la respuesta que obtuvo.
James volvió a leer la nota varias veces, desgranando cada frase. A su lado, Louis se mantenía tumbado en la cama con la cabeza apoyada sobre su abdomen, escuchándolo leer. Lorcan colgaba desde la cama de arriba con la cabeza hacia abajo y los cabellos castaños claros tapándole prácticamente todo el rostro. Alex se había sentado en un cojín en el suelo, a los pies de la cama, con las piernas cruzadas una sobre otra y una expresión pensativa mientras hacía girar su varita entre los dedos con aire ausente.
—"A mi querido león"… —repitió Alex el inicio de la carta—. ¿Es una especie de código?
—Eso creo. Así es como mi madre me llamaba de pequeño… Adquirió nuevo significado cuando mi patronus adoptó la forma de... bueno, de un león —explicó James, una sonrisa nostálgica iluminando brevemente su rostro—. Mi padre debía de temer que interceptaran la carta antes de que Dean pudiese entregármela.
Louis le arrebató la carta de las manos para leerla él mismo. James no opuso resistencia. La había leído tantas veces que prácticamente se la había memorizado.
—Dice que no te preocupes, que hay mucha gente que te ayudará… ¿Se refiere a nuestra familia? ¡Oh! ¿Crees que tiene un ejército ahí afuera? —preguntó Louis emocionado, aunque era más la esperanza que la realidad lo que lo impulsaba.
—Creo que se refiere a la Orden del Fénix —barajó James.
—O talvez simplemente hay gente buena que todavía cree que Harry es inocente y podría ayudarte —Alex arrojó otra opción. James se encogió de hombros.
—Cuando las cosas se pongan feas, habrá pocos lugares donde estar a salvo… Esta frase me pone los pelos de punta, colega —continuó comentando Louis.
—Se refiere a que ya no podemos confiar en el Ministerio. Ahora que la Rebelión tiene el poder, no queda ningún sitio es seguro —explicó prácticamente Lorcan—. Excepto Hogwarts. El colegio sigue siendo el mejor lugar donde estar… Es donde nuestros hermanos deben estar cuando explote la guerra —agregó, saltando desde la cama de arriba para caer con un ruido seco frente a ellos, adquiriendo una expresión mucho más seria de la que acostumbraba a lucir.
—¿Y qué hay de… ya sabes… el otro lugar…? —intentó hablar en código Louis refiriéndose a la Mansión Malfoy. James negó con la cabeza.
—No es seguro. Lo mejor será que nos quedemos en el Valle de Godric —recomendó James.
—¿Cuida a la casa en mi ausencia y la casa cuidará de ti? Que pensamiento filosófico, ¿no? —leyó Alex cuando Louis le pasó la carta para que pudiese examinarla de cerca.
—En realidad, es un consejo bastante práctico. Las casas de los magos, después de mucho tiempo de convivir con la magia de sus habitantes, bueno… empiezan a cobrar vida propia. Como este castillo —explicó Louis de manera simple, como si estuviese dando un curso rápido en arquitectura mágica—. Son capaces de reconocer a sus dueños: Si los dueños han llevado cosas buenas a esa vivienda, la casa les retribuirá de igual forma, ayudándolos en los momentos de necesidad.
—¿Y qué sucede si los dueños han llenado la casa de cosas terribles durante siglos y siglos? —preguntó Alex de repente.
—Esas casas pueden ser una tortura para vivir… Es más difícil desarraigar el mal que influir magia blanca dentro de ellas —chasqueó Louis.
—Sabemos mucho del tema —reconoció Lorcan, alzando las cejas asombrado.
—Sí… Me pasé varios veranos acompañando a mi padre en su trabajo de campo, rompiendo maldiciones de casas y tumbas —explicó Weasley encogiéndose de hombros como si no fuese la gran cosa—. En general, las empresas como Gringotts se interesan solo por rescatar los tesoros escondidos. Les da igual si la casa se recupera o se derrumba después de una intervención…
—¿Crees que esas casas pueden salvarse? —inquirió Alex, interesado.
—Me gusta pensar que todo puede salvarse… Es sin duda la opción menos destructiva, ¿no creen? —razonó el pelirrojo.
—Podrías dedicarte eso, Lou —sugirió James, quien había recuperado nuevamente la carta y volvía a releerla, como si temiera haberse perdido de algún mensaje oculto. —Te sorprendería la cantidad de familias sangre puras cuyas casas son trampas mortales para sus propios habitantes.
—La mía, por ejemplo —barajó Alex. Todos giraron a mirarlo.
—¿La has… visitado? —Lorcan fue el primero en hablar. El resto no terminaba de salir de su asombro.
Hacía ya tiempo que Alexander Domich se había cambiado su apellido para reclamar su legítima herencia. El apellido Lestrange todavía se escuchaba entraño entre ellos, sobre todo proveniente del único hijo de muggles del grupo.
Junto con el apellido había llegado una importante herencia monetaria y social. Alex se había tenido que enfrentar a los prejuicios más variados que pudiese imaginarse. Lo habían intentado reclutar para la Rebelión basándose en que ahora era "uno de los suyos", solo por portar un apellido sangre pura. Y lo habían discriminado y marginado bajo la misma excusa. Demasiado sangre sucia para algunos, demasiado rico para otros. Un usurpador, un cazafortunas, un niño maldito, un pobre muchacho al que tenerle pena, o incluso odio. Algo tan simple como un apellido había convertido a enemigos en potenciales aliados y a supuestos amigos en desconocidos.
Solo una cosa había permanecido inalterada en su vida: los Caballeros de la Mesa Redonda. Pero incluso con ellos, Alex podía mostrarse sorprendentemente reservado.
—Llegué hasta la puerta. Intentó morderme en cuanto apoyé la mano sobre el picaporte —explicó Alex, abatido.
—¿Qué te parece si durante el verano te ayudo a limpiarla? —le propuso Louis, e increíblemente, lucía emocionado con la perspectiva de pasarse sus vacaciones luchando contra una casa embrujada y repleta de magia negra—. Ustedes también pueden ayudar, eh.
—Me encantaría, pero esta carta me dice expresamente que no haga cosas estúpidas durante la ausencia de mis padres —se excusó James.
—Tu vida es una completa estupidez, Jamie —se mofó de él Lorcan, lanzándole uno de los cojines y golpeándolo en el rostro.
—Ya, ¿cuál es tu excusa? —desvió la atención hacia Scamander.
—Es posible que no me encuentre aquí —confesó Lorcan, sus mejillas coloreándose un poco. Todos se enderezaron para mirarlo. Las risas que habían flotado en el aire se apagaron de golpe—. Llevo pensándolo hace un tiempo… Desde que fallecieron mis padres, de hecho —comentó, rascándose la nuca con un movimiento nervioso, mientras ganaba tiempo para pensar sus siguientes palabras—. Quiero llevar a la revista de mi madre al siguiente nivel. Durante la segunda guerra mágica, El Quisquilloso fue uno de los pocos periódicos que continuó informando sobre lo que verdaderamente estaba pasando en el país. Y ahora estamos ante otra guerra, y mi madre ya no está aquí para cubrirla… Pero estoy yo.
—¿Quieres… quieres ser corresponsal de guerra? —James encontró muy difícil formular la pregunta, las palabras atravesándose en su garganta mientras las pronunciaba.
—Hay gente que muere todo el tiempo en esta guerra, James. Gente como mis padres. Quiero registrar lo que nadie más se atreve. Quiero escribir sobre lo que muchos no se animan siquiera a hablar —explicó Lorcan, y su voz resonó con un fuego que James nunca antes le había escuchado.
—¿Qué hay de Lysander? —se atrevió a preguntarle Louis. La culpa surcó el rostro de Lorcan por un instante, disipándose mientras éste sacudía su cabeza alejando esos pensamientos.
—Estará aquí en Hogwarts. Estará a salvo —se autoconvenció el mayor de los Scamander.
—¿Y él que piensa de todo esto? —Alex hizo la pregunta que los otros no se animaron a hacer.
—No lo sé. Aún no se lo he dicho —confesó Lorcan.
De todas las caras que Ron imaginó apareciendo por la puerta de la habitación donde lo tenían encerrado, Owen Tennesse no era una de ellas.
Diez años habían pasado desde la Masacre de Rusia, la misión no autorizada que Ron, Harry y Scarlet Raven habían llevado adelante para rescatar a Varick. Owen Tennesse había presentado la renuncia poco tiempo después, su reputación como auror arruinada después de que se corriera la voz de que tanto él como el jefe de aquella época le habían negado ayuda al esposo de Scarlet, quien en aquel entonces colaboraba como informante para el Departamento de Seguridad inglés. Había sido un gigantesco escándalo, quedando expuesta a flor de piel la discriminación y los prejuicios que incluso años después de la caída de Voldemort todavía persistían dentro del Ministerio. Aquel evento había desencadenado una reestructuración de todo el departamento, llevando a Harry al puesto de Jefe de Aurores.
Ron había perdido el rastro de Tennesse desde aquel entonces. Una década más tarde, aprovechando las aguas revueltas, asl astuto soldado volvía a escena. Y para sorpresa de Weasley, lo hacía vistiendo una túnica de Auror. En Camelot. Con la Rebelión.
—Lamento haberte hecho esperar tanto, Ronald —fue lo primero que dijo Tennesse, aunque su expresión no mostraba el menor remordimiento.
—No sé qué mierda haces aquí, Owen, pero no tienes ninguna autoridad para retenerme —soltó Ron, encaminándose hacia la puerta que Tennesse había dejado intencionalmente abierta.
—Puedo arrestarte si lo prefieres —sugirió Tennesse, arqueando las cejas, casi provocándolo para que le diera un motivo para hacerlo.
Golpeteó con dos dedos sobre la placa que colgaba de su chaqueta. Una insignia de Auror con su nombre grabada en ella. No era una insignia común y corriente. Era la insignia que tan solo unos días atrás le había pertenecido a Harry Potter como Jefe del cuartel de Aurores. Ron rió por lo bajo, meneando la cabeza.
—Qué momento más conveniente para volver al cuartel —masculló Weasley sarcásticamente.
—No te das una idea —coincidió Tennesse, sonriendo—. Ahora, me gustaría tener una conversación civilizada contigo sin necesidad de esposarte. ¿Crees que puedes hacer eso, Ronald?
—No tengo nada que conversar contigo, Owen —fue la respuesta inmediata de Ron.
—¿No quieres hablar sobre la seguridad de tu esposa? —Tennesse disparó el primer golpe bajo. Ron quedó momentáneamente paralizado, incapaz de abandonar la habitación. La sonrisa del viejo auror se acentuó.
—¿Qué le has hecho? —su voz escapó rasposa de su garganta, como si estuviese tragando arena.
—¿Nosotros? Nada… Aún. Pero es una cuestión de tiempo: me temo que su condición como prófuga y cómplice de asesinato no la favorece demasiado —soltó Tennesse como si nada, y aguardó a que las palabras impactaran sobre Ron.
Le tomó unos segundos procesar lo que estaba escuchando. La última vez que había hablado con Hermione había sido después de que Dean Thomas los alertara de que Harry se encontraba preso bajo el cargo de asesinato. Hermione había partido hacia el Ministerio de inmediato, para ayudar al abogado con la defensa. Ron había permanecido en Camelot bajo recomendación de su antiguo discípulo Agamenon. Las intenciones iniciales de Linus Cavenger habían sido acusar a Ron de cómplice en el crimen de Bradshaw, pero al falta de evidencia, la abundancia de testigos que situaban a Weasley en Camelot durante el asesinato, así como la insistencia de Axton lo había hecho recapacitar. En cambio, había solicitado que Ronald no abandonara el castillo bajo ninguna circunstancia hasta que el juicio concluyese.
Y ahí había permanecido todo ese tiempo, encerrado en un lugar que era como un segundo hogar para él, incomunicado del resto del mundo, aguardando a que alguien le informara qué era lo que estaba pasando allí afuera.
Las noticias habían llegado finalmente, pero no eran exactamente lo que él se había imaginado. Eran traídas por un mensajero en quien Ronald no confiaba, y su menaje estaba claramente destinado a desestabilizarlo.
—Dime dónde está Potter, y tienes mi palabra de que nada malo le sucederá a Hermione —le dijo Tennesse en un tono cómplice, casi un susurro al oído, una oferta demasiado tentadora.
Pero Tennesse se había descuidado y había revelado más de lo necesario. Ron dedujo rápidamente que si estaban hablando allí con él, era porque no tenían otra forma de encontrarlos. Harry y Hermione se encontraban lo suficientemente bien escondidos como para que el Ministerio no supiera por dónde empezar a buscarlos. No era la situación ideal, pero tampoco era una de peligro inminente.
—Podrían estar en cualquier lado, Owen —respondió Ron, encogiéndose de hombros. Owen frunció el ceño.
—Potter es un auror. Debe de tener casas seguras en donde refugiarse. Y tú sabes dónde están —insistió Tennesse.
—Existe un registro encriptado para las casas seguras del cuartel de aurores —le recordó Ron.
—¡Estoy hablando de las guaridas que no figuran en los registros, Weasley! —empezó a perder la paciencia.
—Me temo que no puedo ayudarte.
No era una mentira, técnicamente. Ron creía saber a dónde se habían refugiado Harry y Hermione. Pero incluso si quisiera revelar la ubicación, no le habría sido posible. Solo el Guardián Secreto podía dar esa información.
La puerta de la habitación volvió a abrirse, y esta vez, fue el rostro esperado de Linus Cavenger el que entró. Tennesse se enderezó de inmediato, saludándolo con un movimiento rígido de su cabeza.
—¿Algún progreso, auror Tennesse? —preguntó Linus con una tranquilidad inquietante. Owen resopló.
—Me temo que el auror Weasley se niega a colaborar con la investigación —respondió. Linus entornó los ojos, clavándolos como navajas sobre Ron.
—Una pena —dijo Cavenger en un tono apático—. ¿Qué me dice del Veritaserum? —preguntó como si Ron no los estuviese escuchando. Tennesse negó con la cabeza.
—No funcionará. Sabe cómo burlarlo —descartó Owen. Era cierto. Ron había aprendido muy tempranamente en su carrera como auror cómo burlar los efectos del Veritaserum. Era una habilidad que intentaban cosechar en todos los aspirantes a aurores, pero que no siempre era alcanzada con éxito.
—De acuerdo —chasqueó la lengua Linus, decepcionado—. Colócale el Rastreador y déjalo ir —agregó despectivamente.
Tennesse sacó su varita y Ron retrocedió instintivamente, tomando distancia de ellos.
—No voy a colocarme un Rastreador —les advirtió Ron.
—Es eso o Azkaban, señor Weasley —le advirtió Linus, imperturbable.
—No tienes nada para enviarme a Azkaban —se indignó Weasley.
—Conspirar contra el Ministerio de Magia es un cargo más que suficiente —respondió con simpleza.
—Ningún Wizengamot se creerá eso. No tienes pruebas —aseguró Ron.
—Una amistad de más de treinta años con Harry Potter es todas las pruebas que necesito —fue la respuesta cortante de Cavenger—. Me temo que como sociedad no podemos permitirnos dejarlo en libertad sin tomar precauciones, señor Weasley. Usted supone un peligro para la integridad de nuestra comunidad, sobre todo si tenemos en cuenta la destrucción que la fuga de su amigo y su esposa ha provocado.
—Kingsley no lo permitirá —las palabras de Weasley salieron desafiantes de su boca. Pero lejos de intimidarse, Linus esbozó una sonrisa maliciosa que le erizó los cabellos de la nuca.
—¿No te has enterado aún? —formuló le pregunta de manera retórica, prolongando la espera—. Kingsley Shacklebolt no es más ministro de magia. El Comité de Jefes ha solicitado su remoción inmediata del cargo.
El agua golpeó contra su rostro, despertándolo con dureza. Tenía la ropa empapada y todo su cuerpo tiritaba de frío. Podía sentir una puntada de dolor en la espalda, entre los omóplatos, allí donde el maleficio lo había impactado para derribarlo. Los recuerdos de la fuga eran imágenes borrosas en su mente.
Pero no era la única parte de su cuerpo que se quejaba. Tenía la mandíbula inflamada, allí donde lo habían golpeado varias veces, y le costaba enfocar la mirada a causa del hematoma que empezaba a formarse en torno a uno de sus ojos. El sabor metálico de su propia sangre se escurría por su boca, bajando por su garganta cada vez que intentaba tragar saliva. Tenía las manos aferradas al respaldo de la silla y las sogas estaban tan ajustadas que empezaban a hundirse en su piel. Había recibido varios puñetazos en el abdomen y le costaba respirar profundo.
Y el frío. Ciclar entre la conciencia y la inconciencia. Perder el conocimiento sumergido en un espiral de agonía sólo para despertar y descubrir que seguía en el mismo lugar. Era una pesadilla.
—¿Dónde está Harry Potter? —volvió a preguntarle el oficial del ERIC frente a él, inclinándose sobre su rostro para susurrarle las palabras al oído.
—Ya se los dije… No lo sé —balbuceó Fabius Tibalt, desesperado.
El oficial levantó la cabeza para mirar hacia donde se encontraba observándolo su superior. Prometeus Reech hizo un gesto de asentimiento, indicándole que continuara. El oficial del ERIC volvió a golpear a Tibalt en el estómago, arrancándole un gemido ahogado y obligándolo a curvarse sobre su propio cuerpo para mitigar el daño.
—¿Dónde está Harry Potter? —se repitió.
Tibalt simplemente gimoteó, sacudiéndose contra las sogas, luchando por un poco de aire. El oficial volvió a asestarle otro golpe, esta vez en rostro. La cabeza de Tibalt se torció hacia el lado contrario, oscilando sobre su cuello como un péndulo.
—Señor… Tal vez deberíamos dejarlo descansar. Llevamos horas así —se atrevió a sugerir el oficial al ver que su último golpe había dejado completamente desorientado a Tibalt.
—Puede descansar cuando responda a nuestras preguntas —fueron las crueles palabras de Reech.
—No creo que sobreviva mucho más si seguimos así, señor —insistió el oficial, susurrando las palabras como si fuese un secreto que nadie más podía escuchar. Pero no había nadie más allí aparte de ellos, nadie que pudiese apiadarse de él.
—¿Sobrevivir? —repitió Reech, alzando las cejas como si no comprendiera la palabra—. El oficial Fabius Tibalt falleció durante la fuga como consecuencia del fuego cruzado entre los criminales y las fuerzas del Ministerio —aclaró lanzándole una mirada significativa. El oficial del ERIC tragó saliva, comprendiendo el mensaje.
—No, no… Por favor —suplicó Fabius, al ver que éste se preparaba para darle un nuevo golpe.
Un salpicado de muchos lugares y muchas personas, ¿eh?
*Harry: consideré necesario cerrar su fuga con su POV, y dimensionar un poco las consecuencias que ha tenido. Si, Harry sigue libre y, más importante, sigue vivo... Pero la Orden del Fénix pagará muy caro esto. Se han quedado sin gente dentro del Ministerio, y como nos enteramos más tarde, Kingsley ha sido destituido de su puesto. La Rebelión está impartiendo su propia ley ahora, y lo que es peor, Harry está muy limitado en lo que puede hacer... No puede contactar al resto de la Orden del Fénix, y no es seguro que ninguno de ellos visite tampoco la Mansión Malfoy (como vimos en el POV de Ron, la Cavenger ha previsto que Harry intentará comunicarse con su gente de confianza). Hasta que las aguas se calmen, Harry está aislado del resto... Y cada uno tendrá que arreglárselas por su cuenta. Esto creo que responde un poco las dudas de algunos reviews sobre a dónde iría Harry, y si podría seguir operando desde la clandestinidad... Bueno, será difícil. En su lugar, vemos que sin Ron y Hermione para actuar como su mano derecha, Harry ha delegado la responsabilidad a nada menos que... Draco.
*Albus: los que estan en el chat de Telegram ya sabían que este capítulo tendría un POV de él. Ya llevábamos bastante sin tener un capítulo con Albus como protagonista, y fue una decisión intencional: desde que comenzó este libro hemos visto al personaje obsesionarse con la guerra, al punto de comprometer varias de sus amistades más cercanas. Llegamos a este momento de la historia con un Albus aislado, solitario... hasta que finalmente, sucede lo que él venía esperando que sucediera. Me pareció necesario que hubiese varios capítulos leyendo otros puntos de vista sobre el tema, y "cocinando" la historia para llegar hasta aquí. Porque ahora el personaje no solo tiene motivos para ser como es, sino que además, tiene la aceptación de su mejor amigo. Y aunque por momentos Albus puede parecer egoista y que nada le importa más que él mismo, aquí vemos que eso no es cierto. Él es consciente de que no puede hacer esto solo. Necesita ayuda. Y más importante, necesita a esa gente en la que confiar.
*James: me gustó escribir este POV porque muestra un poco la evolución del personaje y ese momento de quiebre en que se deja de ser un niño para convertirse en un adulto. En su caso, es un cambio forzado por la guerra, pero él acepta el desafío con mucha entereza, teniendo en cuenta que no deja de ser un crío de 17 años, y que siempre ha llevado una vida un tanto despreocupada. Y para los que me venían preguntando sobre el futuro de los Caballeros de la Mesa Redonda: bueno, aquí teneis un vistazo de lo que será. Era dificil responder esta pregunta antes de llegar a este capítulo, porque el futuro de todos ellos está muy condicionado por la guerra. James quiere jugar al quidditch, pero ahora debe hacerse cargo también de sus hermanos. Lorcan, a raíz de la muerte de sus padres, va a hacerse cargo del Quisquilloso y quiere viajar al continente a cubrir la guerra. Louis va a aprovechar su habilidad y su experiencia junto a su padre para purgar la casa que ha heredado Alex. Y Alex es talvez quien tiene un futuro más incierto, dado que ser un Lestrange le complica las cosas.
*Ron: muchos me preguntaron por él. Se especuló mucho en el grupo de Telegram y en los reviews sobre si él se haría cargo del cuartel de Aurores en ausencia de Harry. La respuesta es: no. Linus Cavenger jamás permitiría que Ron siguiese en el Ministerio, sería muy estúpido de su parte. En cambio, ha traído de regreso a un viejo auror que talvez algunos recuerden y otros no tanto: Owen Tennesse. Para quienes quieran repasar quién es este personaje, les recuerdo que era el subjefe en la época en que secuestraron al esposo de Scarlet, y fue quien opuso más resistencia a llevar adelante una misión de rescate.
*Tibalt: lo siento. Realmente, no tengo más que decir que eso. Es una escena cruel, pero es el único final que podía darle (aunque no sea el que se merece). Lamentablemente, era el riesgo que corrían todos en la fuga.
Espero que lo hayan disfrutado, y espero sus comentarios. Estoy atrasada con las respuestas a vuestros reviews, pero créanme que leo todos, y la mayoría de sus dudas se van respondiendo en estos últimos capítulos. Pero haré mi mayor esfuerzo para poder escribir respuestas en la siguiente actualización. Si no lo he hecho aquí, es porque no quería demorarme demasiado en actualizar (responder los reviews uno por uno toma mucho más tiempo del que se imaginan jaja)
Saludos,
G.
