Capítulo 35: Estas pasiones violentas
Maybe I'm foolish,
Maybe I'm blind,
Thinking I can see through this,
And see what's behind.
Got no way to prove it
So maybe I'm blind.
But I'm only human after all,
I'm only human after all
Don't put your blame on me.
Take a look in the mirror
And what do you see?
Do you see it clearer
Or are you deceived
In what you believe?
'Cause I'm only human after all,
You're only human after all
Don't put the blame on me.
(Puede que sea un ingenuo,
puede que esté ciego,
pensando que puedo ver a través de esto,
y ver lo que hay detrás.
No tengo manera de demostrarlo,
así que tal vez esté ciego.
Pero solo soy humano, después de todo,
solo soy humano, después de todo,
no me eches a mí tu culpa.
Mira en el espejo,
y ¿qué ves?
¿Lo ves con claridad,
o te ha engañado
eso en lo que crees?
Porque solo soy humano, después de todo,
tú solo eres humano, después de todo.
No me eches a mí la culpa.)
Rag n Bone Man - Human
Si Rick había encontrado la mansión solitaria previamente, aquello no se comparaba con silencio que engullía la vivienda ahora que nadie podía entrar o salir de ella.
Harry había sido terminante en ese aspecto, resaltando la fundamental importancia que radicaba en que la Rebelión no diera con la Mansión Malfoy ni pudiera vincularla de forma alguna a la Orden del Fénix. Eso significaba cero comunicaciones con el exterior… Y por supuesto, no más viajes sobre dragones por los cielos de Londres.
Pira se mostraba igual de inquieta que él, bufando y escupiendo bocanadas de humo para demostrar su descontento. Pero no había nada que Rick pudiese hacer para remediarlo. Tanto él como su dragón estaban atascados en la mansión.
La perspectiva del encierro no le habría resultado tan terrible de no ser por el distanciamiento con Katya después de la última conversación en el bosque. Richard se había sentido estúpidamente vulnerable, abriendo su corazón por primera vez a alguien, exponiéndose como un tonto enamorado y sin remedio. Katya había aplastado cualquier esperanza de un futuro juntos. Una grieta inmensa se había abierto entre ambos desde entonces, el orgullo y el miedo a resultar heridos dominándolos por igual.
No habían vuelto a hablar hasta que Harry irrumpió en la Enfermería con una moribunda Zaira Levington. Y contra toda expectativa, Katya Danilova había mostrado un momento de humana debilidad, compadeciéndose de la situación. Se había involucrado en un asunto de magos que nada tenía que ver con ella. Había intercedido sin que nadie se lo pidiera. Y había hecho una muestra de magia soberbia que había dejado a Rick encandilado una vez más.
Le había tomado semanas reunir el coraje para ir a su encuentro y hablarle de nuevo. No se reconocía a sí mismo, deambulando nerviosamente por la mansión, practicando en voz alta qué decir, sudando como un adolescente inexperto. Incluso en ese momento, mientras marchaba decidido a buscarla, su corazón se sacudía alborotado en su pecho con la simple ilusión de volver a estar a solas con ella.
La puerta de la oficina de Dominique estaba entreabierta. Rick se asomó con cautela. No había señales de la caótica rastreadora. Katya era la única persona en el lugar.
Se encontraba reclinada sobre el borde una mesa contemplando una pared cubierta casi completamente por recortes de periódicos, mapas y fotos. Un alfiler marcaba la ubicación exacta del Torreón del Norte y unas líneas rojas resaltaban las conexiones ferroviarias que partían desde Edimburgo y brotaban como ramificaciones de un árbol, extendiéndose por toda la isla. Tenía el ceño levemente fruncido y sus dedos tatuados tamborileaban con aire ausente sobre sus labios purpúreos.
Se quedó contemplándola desde la puerta, las palabras que había practicado tantas veces evaporándose de su mente al verla. Sus latidos se descontrolaron, golpeando con tanta fuerza que Rick estuvo convencido de que Kat podía escucharlo.
—Si buscas a Dominique, no está aquí —Kat señaló lo obvio, sin despegar los ojos de la pared. Fox se aclaró la garganta para poder hablar.
—De hecho, te estaba buscando a ti —la corrigió el moreno. Danilova torció la mirada apenas en su dirección, la primera señal de sorpresa asomando en ella.
—Oh… —fue toda la respuesta que obtuvo antes de retornar su atención hacia el mapa.
Rick lo interpretó como una aceptación hacia su presencia y se acercó a la mesa. Se colocó junto a ella para observar también la pared.
El descubrimiento del Torreón del Norte y su vinculación con la Rebelión había sido un punto de inflexión en la investigación de Dominique. Era el primer sitio de operaciones que identificaban de manera exitosa. Desmantelarlo habría supuesto un avance descomunal en la guerra estratégica que estaban llevando adelante contra el Mago de Oz.
Pero la Rebelión se les había adelantado, asestando el golpe contra el Ministerio de Magia y contra la Orden del Fénix antes de que éstos tuviesen la información necesaria para poder llevar adelante un operativo sobre el Torreón.
Sin recursos y sin comunicaciones, con el gobierno detrás de sus talones y la Rebelión ganando popularidad entre los magos, las posibilidades de acción se habían reducido drásticamente, por no decir que se habían vuelto nulas.
—¿Han averiguado algo más? —le preguntó Rick tras unos segundos de contemplativo silencio.
—Creemos que trasladan a los prisioneros por vía marítima… Posiblemente desde algún puerto francés. La familia Wence tiene una red comercial muy amplia, por lo que es difícil reducir las opciones. Dominique se había puesto en contacto con Adrien Rosier para pedirle ayuda pero… —el final de la frase quedó sobrevolando el aire sin necesidad de mayores explicaciones. Con las comunicaciones bloqueadas, la joven rastreadora no tenía forma de continuar su investigación. Si Adrien Rosier estaba dispuesto a ayudarlos, eso era algo que no podían verificar en tanto Dominique siguiese allí encerrada.
—Sabes que esto no va a quedar así, ¿verdad? No van a salirse con la suya —le aseguró Rick.
Kat tragó saliva, su mentón elevándose orgullosamente de manera inconsciente. Había recuperado su estado físico, pero en sus ojos todavía podía vislumbrarse la sombra que había dejado su tiempo en el Torreón del Norte. Su piel había cicatrizado sin dejar marcas, pero por dentro seguía quebrada. Rick sabía que debajo de su aspecto duro se escondía una criatura frágil, a la que Duncan Ford había roto en formas que no podían repararse. La había visto removerse en la cama, envuelta en pesadillas, luchando entre la cordura y la locura, perdiéndose por momento en recuerdos oscuros. Día a día, Katya peleaba su propia guerra dentro de los límites de su mente, donde los recuerdos reales se mezclaban con fantasías implantadas para torturarla.
Cuando los ojos de Danilova volvieron a posarse sobre él, Rick notó un brillo intenso en ellos.
—Quiero ver ese lugar arder hasta sus cimientos, Rick. Hasta que no quede un ladrillo en pie —confesó Katya, su voz vibrando con rencor.
—Creo que puedo ayudarte con eso —le dijo él, sonriéndole de manera piadosa. Para su sorpresa, una suave risa escapó de la boca de Kat.
Rick habría montado a Pira hasta Edimburgo para provocar el incendio del siglo con tal de escucharla reír todos los días.
—No he tenido oportunidad de agradecerte lo que hiciste ese día en la Enfermería —blanqueó Fox sin rodeos. Katya chasqueó la lengua, restándole importancia—. Sé que no te gusta usar magia —puntualizó Rick. Kat hizo una mueca de desagrado.
—La uso cuando es necesario —dijo en un tono tenso.
—Salvaste la vida de Zaira —insistió Fox. Kat se removió en el lugar, cambiando el peso de un pie al otro.
—Zaira y Jasper fueron quienes me encontraron cuando escapé del Torreón —le recordó—. Lo mínimo que podía hacer era devolverles el favor.
—Pues… Fue impresionante —reconoció Rick, señalando los tatuajes que estaban expuestos en sus brazos. Inconscientemente, Katya estiró las mangas de su camisa para cubrirlos y ocultarlos.
—¿Para eso me buscabas? —lo presionó Kat. Ahora toda su atención estaba puesta en Rick, expectante.
—No —confesó él. No tenías dudas de que a tan corta distancia la híbrida podía sentir lo rápido que palpitaba su pecho. Podía oler el sudor que empezaba a humedecerle el cuerpo. Podía sentir su nerviosismo—. Kat, lo siento, no debí presionarte como lo hice en el bosque —soltó todo junto, las palabras apelmazándose debido a lo rápido que estaba hablando. Se revolvió el cabello con un movimiento inquieto de su mano, intentando disipar la ansiedad que lo abrumaba.
—Tenías razón —lo interrumpió ella—. Sobre mí… Sobre todo —ahora era Katya quien encontraba difícil dar con las palabras correctas—. Que forma cobarde de vivir la mía —se rió con amargura de sí mismo.
Él no podía estar más en desacuerdo. Katya era una de las personas más valientes que hubiese conocido en su vida, y él había asistido a Gryffindor. Sintió el impulso de contradecirla, de decirle que su vida era un ejemplo de resiliencia. Se contuvo: no eran halagos y cumplidos lo que ella necesitaba.
Fox estiró la mano por sobre la mesa hasta dar con la de ella. Sus dedos de piel oscura se entremezclaron con los de Kat. Ella lo sujetó con fuerza, como si temiera perderlo si lo soltaba. Como si él pudiese escurrírsele entre los dedos y desaparecer.
Pero Rick no pensaba dejarla ir.
Los cambios en el Ministerio de Magia se dieron con gran velocidad. Tras el asesinato de Godwin Bradshaw, el Consejo de Jefes se había apresurado por nombrar a alguien en su reemplazo. Prometeus Reech, quien hasta entonces se había encargado de coordinar el ERIC, fue promovido a jefe del Departamento de Accidentes y Catástrofes Mágicas. La balanza se inclinaba así un poco más a favor de la Rebelión.
Pero el verdadero triunfo llegó a principios de Julio, con las elecciones para ministro de Magia. Con Harry Potter todavía en la fuga y la guerra en el continente aún vigente y amenazante, Linus Cavenger, candidato del Partido por Cambio, arrasó en las urnas, posicionándose como ganador indiscutido.
Una vez que la Rebelión tomó el control del ministerio, la actividad en el Torreón del Norte se incrementó notoriamente. Sin poder salir, y sin respuestas por parte de Draco Malfoy, Molly hizo lo único que podía hacer: esperar. Y observar al enemigo.
Se paseaba día y noche por los pasillos en silenciosa observación, atenta a los rostros que circulaban la edificación con más frecuencia, intentando identificar a todos los que le era posible, tratando de descubrir qué rol cumplían dentro de aquella organización.
A los pocos días de que Harry se escapara del ministerio, una muchacha había llegado al Torreón escoltada por el propio Linus Cavenger. Su rostro le resultaba tremendamente conocido, pero no fue hasta que escuchó su nombre pronunciado al pasar por otro de los Rebeldes que Molly logró hacer la conexión.
Se trataba de Betanie Doval, la secretaria del difunto Bradshaw, y testigo clave en el juicio contra Harry Potter. Su testimonio había sido una de las piezas fundamentales en la acusación de la fiscalía contra el jefe de los aurores: Betanie había declarado que el señor Bradshaw se encontraba con vida antes de que Potter ingresara en su oficina, y que no había visto entrar o salir a ninguna otra persona en el período de tiempo entre la llegada de Potter y la activación de la Alarma de Maldiciones Imperdonables. Molly estaba segura de que Betanie estaba mintiendo.
Pero hasta la fecha no había encontrado la oportunidad para acercarse a la muchacha sin levantar sospechas. Betanie no residía tiempo completo en el Torreón, y Cavenger había dado la orden de que siempre estuviese escoltada cuando abandonaba el lugar. Heros Morgan o Jolie Cartier eran las personas que con más frecuencia la acompañaban, y ambos eran demasiado astutos y el doble de peligrosos como para que Molly se arriesgara a contactar a Betanie en su presencia.
Si algún curioso preguntaba, los escoltas eran una medida de seguridad para proteger a Betanie de cualquier atentado contra su vida debido a su condición como testigo clave en un juicio de elevada trascendencia. Molly sospechaba que en realidad estaban vigilándola, asegurándose de que la pobre muchacha no cometiera una estupidez. Podía ver el terror en los ojos de la chica cada vez que miraba a Heros Morgan, o la forma en que se tensaba cuando Linus Cavenger visitaba el Torreón. Escondía algo lo suficientemente importante como para que la Rebelión decidiera tenerla siempre cerca, donde pudieran controlarla.
Así que Molly había aguardado pacientemente, memorizándose los horarios en que la joven se marchaba para cumplir su horario de trabajo, y aprendiéndose la rutina que acostumbraba a llevar cuando volvía al Torreón. Sabía que en algún momento, la oportunidad se le presentaría.
Como era de imaginarse, con el paso de las semanas, la falta de noticias sobre el paradero de Harry Potter comenzó a generar nerviosismo entre los Rebeldes. El temor de que el Elegido estuviese preparando un contraataque en algún lugar secreto los inquietaba. La actividad en el Torreón del Norte se incrementó, con nuevos cargamentos de prisioneros llegando por la noche y más bolsas negras de cadáveres acumulándose por la madrugada. Heros Morgan y Jolie Cartier pasaban cada vez más tiempo en los calabozos, presionados por los niveles más altos dentro de la Rebelión por obtener lo que fuese que estaban buscando.
Indefectiblemente, Betanie Doval empezó a quedar relegada a un segundo plano. Las semanas de constante vigilancia la habían dejado dócil y retraída, tanto que incluso en ausencia de sus custodios, la muchacha se mantuvo apegada a su rutina, incapaz de salirse de lo que se esperaba de ella.
Molly la encontró, como todas las tardes, sentada en el jardín de los sauces, donde acostumbraba a leer. Ese día, llevaba con ella una copia de Romeo y Julieta, sus desgastadas hojas delatando que no era la primera vez que lo leía.
—En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que esperamos ser —citó Molly, mientras se acercaba a Betanie.
La muchacha se sobresaltó, el libro que sostenía entre sus manos casi cayéndosele al suelo. Sus ojos se dispararon hacia ambos costados, buscando la presencia silenciosa y acechante de alguno de sus vigilantes. Pero estaban solas, Molly se había asegurado de eso antes de acercarse.
—¿Conoces el libro? —se atrevió a hablar Betanie después de unos segundos de expectante silencio al ver que verdaderamente no había nadie monitoreándola.
—Mi madre me leía Shakespeare por las noches cuando era pequeña —le respondió Molly, encogiéndose de hombros. Betanie esbozó una tímida sonrisa.
—Es el libro favorito de mi hermano —confesó, sus mirada suavizándole al nombrarlo, delatándola sin que fuese consciente.
—Tu hermano tiene buen gusto —elogió Weasley, dando otro paso, introduciéndose un poco más entre los sauces—. No sé si me recuerdas, pero nos cruzamos en varias ocasiones cuando trabajaba en el ministerio… —tanteó a continuación.
—Eras la discípula de Harry Potter —la interrumpió Betanie—. Te recuerdo —cerró el libro y lo apoyó en el banco junto a ella.
—Me llamo Molly —se presentó de todas formas, extendiendo la mano hacia ella.
—Betanie —respondió, vacilando unos segundos antes de animarse a estrecharla—. ¿Vives aquí? —le preguntó, sus ojos recorriendo con desconfianza las paredes que cercaban el jardín.
—Desde el rescate en San Mungo —respondió con completa sinceridad Molly, cuidándose de llamar "rescate" y no "masacre" al golpe que había asestado meses atrás junto a los jóvenes rebeldes contra un indefenso hospital.
—¿Tiempo completo? —alzó las cejas con sorpresa Betanie. Molly torció una sonrisa melancólica.
—Sí. Mi nuevo hogar, podría decirse.
—Entonces tu familia… —se aventuró Betanie, la curiosidad chispeando en sus ojos. Había algo en la muchacha, en la forma suave en que hablaba y en la expresión ingenua con que contemplaba el mundo que le recordaba a su hermana menor Lucy. Hizo un esfuerzo por hacer a un lado el recuerdo. Pensar en su familia seguía siendo difícil, y necesitaba mantenerse enfocada.
—No recibieron muy bien la noticia de que me uniera a la Rebelión —blanqueó Molly—. Mi padre quiso convencerme de que volviera a los Aurores… Tuvimos una discusión bastante fuerte. No he vuelto a hablar con él desde entonces —era, en cierta forma, verdad.
—¿Qué hay de tu madre? ¿Acaso ella no quiere que vuelvas? —siguió indagando Betanie, sus cejas alzándose con intriga.
Molly había sido entrenada para detectar cuando la gente estaba jugando con ella, manipulándola para conseguir algo. Lo había notado de inmediato con Gwen Rosier, y volvía a sentirlo en cada uno de sus encuentros con la sanadora. Era como jugar al gato y al ratón, solo que los roles se intercambiaban de forma constante, mientras tanto Gwen como Molly intentaban sacar provecho de la relación. Pero Betanie era diferente; preguntaba desde un genuino e inocente interés, casi como si no supusiera que ese tipo de información podía ser utilizada como un arma mortífera en ese lugar. Como si no comprendiese que los afectos podían ser la mayor debilidad de una persona.
—Ella… —le costaba hablar de Audrey. Le dolía en el pecho cada vez que pensaba en su madre, sufriendo silenciosamente su ausencia, intentando mostrarse fuerte para su padre y su hermana—. Es una buena mujer, pero me temo que cuando se trata de magia, no estamos en la misma página —fue todo lo que se atrevió a decir, sin revelar demasiado pero insinuando lo suficiente. Las palabras se sintieron como veneno en sus labios, una traición hacia sus raíces, hacia todo lo que le habían inculcado de pequeña, hacia su familia y sus valores.
Betanie torció la cabeza, observándola con renovada curiosidad.
—Tu madre es de familia muggle, ¿verdad? —leyó el mensaje oculto entre líneas.
—Sí así es —un instinto protector se activó inmediatamente dentro de Molly, la costumbre a recibir burlas o críticas por ser una mestiza volviendo rápidamente a su memoria. Pero Betanie no se burló de ella, sino que se quedó observando con aire ausente la portada del libro que minutos atrás había estado leyendo.
—¿Crees que tu madre tiene el lugar que merece en esta sociedad? —le preguntó de forma inesperada, tomándola desprevenida.
—Pues… Ha sido muy importante para la carrera política de mi padre. Él no habría llegado hasta donde llegó de no contar con su apoyo —fue lo primero que se le vino a la mente. Otra dolorosa verdad.
—Pero podría haber sido mucho más… Si tan solo la magia se hubiese expresado en ella como lo hizo en otros. Como lo hizo en ti, su propia hija —la conversación había tomado un giro brusco, adquiriendo un tinte mucho más serio y filosófico para el que Molly no había llegado preparada. Se sentó en el banco junto a ella mientras meditaba la respuesta más adecuada.
—La magia es una ciencia errática. No podemos predecir quiénes recibirán magia y quienes no, ni tampoco el nivel con el que contaremos —justificó Molly de forma diplomática, pero mientras hablaba notó cómo la expresión de Betanie se torcía en una mueca mezcla de incomodidad y dolor.
—Mi hermano es un squib —confesó sin que Molly le preguntara. La confesión le resultó tan salida de la nada que por unos momentos Weasley no supo qué decir o hacer. —Mis padre lo intentaron todo… Cursos, rituales antiguos, espiritistas que aseguran ser capaces de traer la magia perdida de nuestros antepasados. Todos fracasaron. Finalmente, mis padres se dieron por vencidos. Enviaron a mi hermano a un colegio muggle, y se resignaron a que esa sería su vida a partir de ahora.
—Pero tú no podías resignarte, ¿verdad? —comprendió Molly, y se sorprendió sintiendo empatía por la pobre Betanie, una chica que no podía tener muchas más años que ella misma. Una chica que amaba a su hermano, y seguramente lo único que deseaba era ayudarlo a ser como el resto de su familia.
—Empecé a buscar respuestas por mi cuenta —reconoció Betanie, sus mejillas sonrojándose sutilmente—. Así fue como conocí a Jolie Cartier. Ella me habló de un nuevo movimiento de magos y brujas que estaban luchando por recuperar la magia que les había sido robada como consecuencia de siglos de encierro y prohibiciones. Me dijo que ellos podían ayudar a mi hermano a recuperar la magia que por sangre le correspondía…—se quebró, las palabras quedando atrapadas a mitad de camino en su garganta.
—A cambio, tu sólo tenías que ayudarlos a tomar el control del Ministerio de Magia —completó la frase Molly, haciendo un gran esfuerzo porque sus palabras no sonaran enjuiciadoras. Betanie bajó la mirada, avergonzada.
—Me prometieron que sería una tarea fácil. Simplemente tenía que asegurarme que el señor Potter entrase solo en la oficina, y que nadie más se acercara hasta que sonara una alarma. Yo no… —tragó saliva, mientras las sombras del recuerdo se agitaban en sus pupilas, oscureciendo sus ojos con turbios—. No fue mi intención que alguien muriera.
—No podías saberlo —intentó consolarla Weasley. Betanie soltó una risilla estrangulada.
—No quise saberlo, tampoco —reconoció con voz derrotada—. Estas pasiones violentas tienen finales violentos —citó, sus dedos golpeteando contra la portada del libro.
Una vez más, Molly no supo qué responder. Sentía que si presionaba un poco más a Betanie, podía conseguir una confesión de ella. Podía terminar quebrándola. Casi podía escuchar la voz ácida de Draco en el fondo de su cabeza, incitándola a continuar hasta conseguir lo que estaba buscando.
Pero Molly no podía hacerlo. No podía ignorar el sufrimiento que atormentaba el rostro de Betanie. Deseaba obtener la verdad, pero no iba a hacerlo a costa de esa pobre muchacha, una víctima más en un juego macabro por el poder. No estaba dispuesta a rebajarse a eso.
—Se ha hecho tarde —reaccionó repentinamente Betanie, incorporándose de un salto, tal vez cayendo en cuenta de que había hablado más de la cuenta.
Molly la tomó de la mano, reteniéndola con un gesto suave. Los ojos de Betanie se abrieron enormes, su mirada quedándose momentáneamente congelada en el punto donde la mano de Molly tocaba la suya, como si nunca antes alguien hubiese tenido una actitud de consuelo hacia ella.
—No es fácil estar aquí —susurró Weasley sonriéndole con empatía—. Puedes hablar conmigo cuando lo necesites —le ofreció.
Betanie pestañó, entre confundida y conmovida. Abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla a los pocos segundos cuando su garganta no fue capaz de articular ninguna respuesta. En cuanto Molly le soltó la mano, la chica se escabulló entre los árboles, perdiéndose de regreso hacia sus custodios.
Había escapado tan apresurada que olvidó su libro en el jardín. Molly lo tomó y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta, tomando la precaución de no doblar sus hojas.
Las botas de Gwen Rosier repiqueteaban a un ritmo veloz mientras la sanadora avanzaba por el pasillo de los calabozos para llegar a la habitación ubicada al final, donde habitualmente se llevaban adelante los "interrogatorios".
Como siempre, había alguien montando guardia frente a la misma. Era joven, demasiado joven. Gwen estimaba que debía de haber terminado el colegio recientemente. Pero en cuanto Rosier intentó abrir la puerta, el muchacho amagó a detenerla.
—¿Wence está ahí? —Rosier lo interrogó sin preámbulos.
—S-sí… —vaciló en responder el guardia, intimidado por la forma en que Rosier lo había encarado.
—Bien —Gwen estiró la mano con la intención de abrir la puerta, y el chico volvió a interponerse en su camino.
—Están ocupado —aclaró, como si eso fuese explicación suficiente para detenerla.
Pero la expresión fría que le dedicó Rosier lo hizo encogerse levemente en su lugar, y ella aprovechó el instante de vacilación para abrir la puerta de la sala sin permiso, ni invitación.
Los gritos fueron lo primero que llegó hasta ellos. El guardia se estremeció y desvió la mirada intencionalmente para no ver lo que sucedía en el interior. Gwen, sin embargo, se introdujo en la sala para tener una mejor perspectiva, decidida a encontrar a Lancelot.
Efectivamente, Lancelot Wence se encontraba allí. Ese día no estaba trabajando solo. Lo acompañaba Patrick Smith, otro egresado de Hogwarts con quien Rosier ya se había cruzado en varias interrogatorios previos, y que cumplía un rol de asistente para Wence. Se encontraban tan ensimismados en su labor que ninguno de los dos se percató de que alguien más había entrado en la sala.
—Dime lo que sabes y nos detendremos —le decía Lancelot a una mujer encadenada a la pared.
La mujer sollozaba y gritaba, envuelta en un nivel de histeria descontrolada. No parecía estar escuchando lo que Wence le decía. Se debatía con las cadenas, tirando como un animal rabioso, desgarrándose su propia piel en el proceso. Jalaba intentando acercarse al extremo opuesto de la habitación, donde Patrick Smith hacía levitar boca abajo a un hombre por encima de una cubeta repleta de agua sucia y putrefacta.
Lancelot resopló con resignación al no obtener respuesta por parte de la mujer. Hizo un gesto hacia Patrick, indicándole que continuara. Obediente, Smith hizo descender la cabeza del hombre una última vez hacia la cubeta, sumergiéndolo bajo el agua oscura y desagradable. El hombre se sacudió, luchando inútilmente contra la magia que lo sostenía en el aire y le imposibilitaba escapar. Los segundos se sucedieron de manera agónica mientras el hombre convulsionaba por la falta de aire y la mujer gritaba con angustiosa desesperación.
Pero no obtuvo confesión alguna de ella. Finalmente, el hombre dejó de moverse. La mujer dejó escapar un llanto agudo y lastimero, sus piernas cediendo, su cuerpo colgando penosamente de las cadenas.
—Avada Kedavra —susurró Wence, en un tono desapasionado al que Gwen ya se había habituado. Una luz verde iluminó la sala, seguida por un silencio absoluto cuando los llantos de la mujer se apagaron.
Gwen carraspeó, atrayendo la atención de ambos.
—¿Qué haces aquí? —la recibió con hosquedad Lancelot, mientras sacudía una vez más la varita para liberar las cadenas que sujetaban a la mujer. El cuerpo sin vida cayó contra el suelo con un ruido seco.
—¿Dónde está el prisionero 53? —lo increpó de inmediato Gwen. Lancelot suspiró.
—¿Dónde crees? —le respondió sarcásticamente, aunque su voz seguía igual de impasible que cuando había interrogado a los prisioneros, distante y vacía.
—No estaba listo para otro interrogatorio. Te lo dije explícitamente ayer cuando lo revisé —se enfureció Rosier. Lancelot clavó sus ojos verdes oscuros e indiferentes sobre ella.
—Smith… Encárgate de desechar los cuerpos —le ordenó Lancelot a su compañero sin siquiera mirarlo, mientras guardaba su varita mágica en la funda y hacía un gesto con la mano a Gwen para que lo siguiera—. No fui yo quien llevó adelante el interrogatorio del prisionero 53, Rosier —le explicó mientras abandonaban la sala y atravesaban el pasillo de los calabozos, de regreso a la superficie.
—Tú estabas a cargo de él —insistió la sanadora. Una sonrisa sin humor curvó los labios de Lancelot.
—Heros Morgan cree que nos tomamos demasiado tiempo para interrogar a los prisioneros y ha solicitado que seamos más… eficientes en nuestro trabajo —reveló finalmente Wence. Gwen sintió un frío desagradable descenderle por la espalda al escuchar el nombre de Heros. —Él se encargó personalmente de tu prisionero 53.
—Ese maldito —masculló por lo bajo Gwen mientras giraba sobre sus talones dispuesta a subir a buscarlo, pero Lancelot se interpuso, bloqueándole el paso momentáneamente.
—Te recomiendo que lo dejes ir, Rosier —sugirió Wence con una mirada significativa. De no haber estado tan enojada, Gwen habría notado que Lancelot no intentaba amedrentarla, sino que estaba protegiéndola.
En cambio, la sanadora se enderezó alcanzando toda su altura, orgullosa e imponente. Se necesitaba mucho más que un montón de músculos y fuerza bruta para intimidarla. Lancelot exhaló con pesadez y se hizo a un lado, sin ninguna intención de oponerle resistencia. Y Gwen se lanzó en una nueva búsqueda de responsables por la pérdida de su valioso prisionero.
Entró en el despacho de Heros Morgan sin golpear ni esperar invitación. No estaba solo: un puñado de Rebeldes lo acompañaban, todos ellos reunidos en torno a su escritorio. Su conversación se apagó tan pronto como la puerta se abrió.
—¿Puedo ayudarte con algo, Gwen? —preguntó Morgan de forma excesivamente educada al ver que la sanadora no daba señales de irse. Notó cómo el resto de los rebeldes cruzaban miradas nerviosas entre ellos, ninguno atreviéndose a emitir siquiera un sonido.
—Puedes empezar por explicarme por qué mierda mataste a mi paciente —escupió ella con ácidez. Sintió cómo sus palabras comprimían el aire dentro de la sala, volviéndose opresivo sobre ellos.
Heros no respondió de inmediato, sino que se tomó largos segundos para mirarla profundamente con sus ojos oscuros capaces de atravesarla como navajas. No le importó. Estaba demasiado enojada como para que le importara.
—Déjennos solos —ordenó Morgan al resto de la sala, y con un movimiento despectivo de su muñeca, les señaló la puerta de salida.
No era necesario que Heros repitiera una orden. Se escabulleron veloces como ratas, desapareciendo en un pestañeo. Si el ambiente se había sentido cargado de tensión antes, en cuanto quedaron a solas se volvió prácticamente imposible de respirar. Aun así, Gwen se mantuvo firme en el sitio donde se encontraba, sosteniéndole la mirada.
—Lamento el inconveniente que puede haberte generado —Heros rompió finalmente el silencio, pero su voz no mostraba ninguna señal de lamentarlo verdaderamente—. Pero puedes usar a cualquier otro prisionero si lo deseas —agregó chasqueando la lengua como si fuese algo sin importancia.
—No, no puedo. Llevo semanas trabajando con ese paciente. No puedes simplemente matarlo, Morgan —le retrucó Gwen con la misma fría templanza. Heros arqueó las cejas, una expresión de maliciosa diversión dibujándose en sus labios. No había nada que le produjera mayor placer que un buen desafío.
—Oh, pero sí puedo, cariño —siseó de manera desagradable, haciendo que el vello de la nuca se le erizara. Avanzó varios pasos hacia ella, deslizándose lentamente sobre el suelo, como un depredador que acecha una presa—. He notado que es la segunda vez que lo llamas "paciente"… Déjame recordarte que son prisioneros. Y por si no te has dado cuenta, esto no es un hospital, preciosa.
—Teníamos un acuerdo —objetó ella, y contra todo instinto de supervivencia, avanzó hacia su depredador. Los ojos de Heros chispearon, excitados con su actitud desafiante.
—¿Acaso no te hemos dejado jugar con los prisioneros todo lo que has querido, Gwen? Te hemos dado la libertad de hacer con ellos todos los experimentos que se te dé la gana —fingió inocencia en su pregunta, las palabras bailando juguetonamente en sus labios, el significado implícito de ellas haciendo que la sangre de Gwen burbujeara.
—¿De qué sirve eso si cada vez que consigo un progreso con uno de ellos tú lo matas? —le recriminó, sin importarle si al decirlo estaba reconociendo como cierta la sugerencia de Morgan de que estaba experimentando con humanos.
—El prisionero 53 ya no tenía más información para brindar a la causa —dijo Morgan como si eso fuese suficiente justificativo.
—¡Era útil para mí! —se enfureció aún más Gwen.
—¡Esto no es tu puto laboratorio, Rosier! —estalló finalmente Heros, acortando la poca distancia que lo separaba de ella. Esta vez, Gwen no pudo contener el estremecimiento que sacudió su cuerpo ante el violento avance—. Esta es una prisión, y el único motivo por el cual tu puedes divertirte con los prisioneros es porque nosotros los capturamos en primer lugar. Son útiles en tanto puedan brindarnos información para ganar esta guerra, ¿lo entiendes? —escupió las palabras a pocos centímetros de su rostro. Gwen cerró los ojos, intentando resistir el impulso de retroceder. —Te he preguntado si lo entiendes —repitió Heros en un tono peligroso.
—Sí —respondió ella, tragándose su orgullo.
—Me alegra saber que estamos en la misma página —remarcó Morgan, regocijándose en su humillación—. Cierra la puerta cuando salgas —la despidió, dándole la espalda para volver a la mesa donde había estado trabajando antes de que lo interrumpiera.
Por un breve instante, Gwen contempló la posibilidad de maldecirlo por la espalda. Era una idea estúpida ya que no había forma de que ella pudiese derrotar a Morgan en un combate mano a mano. Además, ella no era del tipo de persona impulsiva que actuaba sin pensar las consecuencias.
Se tragó su orgullo y cerró la puerta al salir tal como Morgan le había dicho, sintiéndose pequeña e impotente, y deseando poder romper algo con sus propias manos.
No era estúpida. Sabía muy bien que el Torreón del Norte no existía únicamente para solventar su investigación sobre núcleos mágicos. Era el centro de detención clandestino principal de la Rebelión, a donde llevaban a sus prisioneros más importantes, a esos que podían significar una diferencia en la guerra que estaban peleando. Y en el último tiempo, el flujo de prisioneros se había acrecentado, lo que suponía una ventaja para ella porque le brindaba más candidatos para su investigación.
Pero también venía de la mano con un aumento en el trabajo por parte del equipo que se encargaba de interrogarlos, comandado por Heros Morgan. Los interrogatorios se habían vuelto más intensos y violentos, mientras que la impaciencia escalaba dentro de la Rebelión. Los estaban presionando desde los niveles más altos dentro de la organización para que obtuvieran determinada información, y claramente, ellos estaban fracasando.
Su participación en las actividades clandestinas del Torreón era limitada, o al menos eso le gustaba pensar a ella. Preparaba las pociones que le eran solicitadas para llevar adelante los interrogatorios, revisaba a algunos de los prisioneros y curaba sus heridas cuando era necesario mantenerlos vivos, y muy esporádicamente asistía a las torturas en vivo. A cambio, le permitían tener acceso a todos los prisioneros, seleccionar aquellos que considerara aptos para su investigación, y realizar las pruebas que le pareciera pertinente siempre y cuando no afectaran los interrogatorios.
En su momento, le había parecido un acuerdo justo. Su trabajo, si resultaba exitoso, podía significar la respuesta ante la extinción de los magos. Todo progreso siempre había implicado cierto sacrificio. Rosier estaba dispuesta a cruzar algunos límites éticos si eso significaba que podía ayudar a cientos de personas en el futuro. Los prisioneros estaban condenados a morir, pero ella podía darle un significado a esas muertes.
Pero comenzaba a renegar de la ignorancia que suponía su rol. Gwen no sabía qué era exactamente lo que buscaban, pero fuese lo que fuese, era importante, una pieza fundamental para tomar el control definitivo del país. Lo suficientemente importante como para que su investigación quedase relegada a un segundo plano.
Todavía estaba rumiando aquel pensamiento cuando giró en la esquina que llevaba a su habitación y se encontró con Molly Weasley aguardando en el pasillo. Incluso a la distancia, Gwen era capaz de distinguirla. La habría reconocido en cualquier sitio, entre cientos de personas. La marca que había colocado sobre ella durante aquel primer encuentro en San Mungo, cuando todavía se encontraba inconsciente, resaltaba en su mejilla como un tatuaje que solo Rosier era capaz de ver.
Le era imposible sentirse indiferente ante Molly. Inevitablemente, cada vez que la veía, la embargaba una emoción indescriptible, una mezcla de fascinación y desconcierto. Y después de su encuentro con Heros, Gwen se sentía particularmente susceptible.
Así que hizo un esfuerzo por ocultarlo, asegurándose de que su rostro recuperara su habitual compostura y enderezándose para caminar con dignidad. Siguió de largo hacia su habitación sin dirigirle la palabra, pero se aseguró de dejar la puerta abierta, como una invitación silenciosa a que Molly la siguiera. No se sorprendió de que, efectivamente, Weasley entrara detrás de ella. Era evidente que había ido hasta allí en busca de algo, pero a Gwen no le importó. Agradecía la compañía, incluso si no era desinteresada.
—¿Quieres hablar? —propuso Molly tras aguardar en vano durante varios segundos a que Gwen dijera algo.
—¿Sobre qué? —reaccionó defensivamente ella, las paredes que la protegían alzándose a su alrededor de forma refleja.
—Sobre lo que sea que te ha pasado —insistió Weasley, manteniendo un tono tranquilo a pesar de que Gwen prácticamente le estaba gruñendo.
Rosier torció la cabeza para mirarla de perfil. Admiraba la capacidad de Molly para mantener ese espíritu caritativo en un lugar donde todos velaban por sus propios intereses. Ella todavía se podía permitir sentir, un lujo al que personas como Gwen, Heros y Lancelot habían renunciado hacía tiempo.
Sí, quería hablar. Quería gritar e insultar. Quería maldecir a alguien. Quería llorar de impotencia.
—He sufrido un importante retroceso con mi investigación —fue lo que dijo en cambio, recuperando gradualmente el control sobre sus ánimos, regulando el timbre de su voz para llevarlo de regreso hacia su habitual imperturbabilidad.
Pero no podía engañar a Molly. Por alguna razón, la ex aurora siempre encontraba una rendija en su escudo por donde colarse para llegar hasta ella. Lograba ver más allá de su máscara de hielo y detectaba pequeños destellos de las emociones que Gwen guardaba con mayor recelo. Era irritante y al mismo tiempo deslumbrante.
Hubo otra pausa, durante la cual Gwen prácticamente podía oír la cabeza de Molly barajando las múltiples preguntas que de seguro quería formularle.
—Cuando dices retroceso… ¿a qué te refieres exactamente? —se atrevió finalmente a formular la pregunta. No era lo que realmente quería preguntar. Era demasiado correcta como para hacer la cruda y verdadera pregunta, pero Gwen supo leer entre líneas.
Dio un paso hacia ella, quedando cara a cara, tan cerca que si levantaba su mano sería capaz de acariciar la mejilla donde llevaba la marca que Gwen le había hecho. Su marca.
—¿Estás segura que quieres saber lo que hago ahí abajo, Molly? —le preguntó en un tono bajo, casi privado, a pesar de que no había nadie más que pudiese oírlas. Si Molly se empecinaba en saber, entonces ella le daría lo que buscaba. Pero quería ver la reacción en su rostro cuando lo escuchara.
Tal vez fuese la forma intensa con que Rosier la miraba, o ese sexto sentido de alerta que tenían los aurores, pero algo hizo que Molly sopesara con cautela el siguiente paso.
—Estás experimentando con los prisioneros —dedujo de forma inteligente, y aunque Gwen percibió cierto reproche en su voz, tuvo que reconocer que el rostro de la aurora se mantuvo inmutable.
—Sí —confirmó Gwen monosilábicamente, sosteniéndole cada vez con más intensidad la mirada.
Molly asintió con un movimiento lento de su cabeza, procesando la respuesta con prudencia.
—Y has perdido al prisionero con el que estabas trabajando —siguió deduciendo de forma pausada. Gwen chasqueó la lengua, irritada.
—No lo perdí. Morgan lo mató —aclaró, un dato que era innecesario a la historia en sí, pero que ella todavía no había perdonado ni olvidado.
—¿Él no sabía que estabas trabajando con ese prisionero? —dijo Molly, arqueando las cejas sorprendida. Los labios de Gwen se torcieron en una sonrisa suave, casi imperceptible. Algunas veces, los comentarios de Molly le resultaba adorablemente ingenuos. Qué maravilloso debía ser el mundo desde su perspectiva.
—Ya te lo dije: no soy tan importante como crees —chistó con voz amarga Rosier—. Me dijo que busque un nuevo sujeto para estudiar —soltó una risa sarcástica mientras meneaba la cabeza—. Como si fuese fácil de conseguir alguien así.
—¿Qué era lo que lo hacía tan especial? —inquirió Molly, sin poder contener su intriga, aunque la desaprobación seguía iluminando de forma sentenciosa sus ojos.
—Se parecía a ti —confesó Gwen, lanzándole las palabras como flechas certeras que golpearon directo a Molly en el pecho, dejándola estancada en su lugar, sin poder moverse o respirar, aturdida como un venado frente a los faros de un coche. —La mayoría de los prisioneros que pasan por aquí no sobreviven mucho tiempo… Son pocos los que llegan a las dos semanas. No es solo el daño físico lo que termina matándolos. Van sufriendo un daño gradual de su núcleo mágico, quebrándose bajo la magia negra hasta que ya no puede enmendarse. Pero el paciente 53 llevaba cuatro semanas con nosotros, sin señales de deterioro irreversible en su núcleo… Su magia prácticamente intacta —inevitablemente, la voz de Rosier se encendió a hablar de su mayor pasión, del trabajo de toda una vida de investigación.
Molly se removió incómoda, rompiendo finalmente el contacto visual para desviar la mirada hacia un lado, escondiendo el rubor que había coloreado sus mejillas.
Gwen retrocedió, dándole espacio. Se sirvió una copa de vino de la mesa que había en la habitación y sirvió otra para Molly. Bebió en silenciosa contemplación, mientras Molly decidía qué hacer con la verdad que le acaban de brindar. La ex aurora tardó varios minutos en acercarse nuevamente a ella para tomar la copa que la aguardaba sobre la mesa. Bebió un trago antes de hablar.
—Úsame a mi —soltó de la nada. Ante la mirada escéptica y confundida de Gwen, agregó: —Si es mi núcleo lo que estás buscando, estúdiame a mí —volvió a ofrecer.
No podía decir que la idea no le resultaba descomunalmente tentadora. Tenía frente a ella a una de las brujas más especiales que jamás hubiese visto, y se estaba ofreciendo voluntariamente, como un cordero para el sacrificio. Un año atrás, cuando había colocado esa marca en su mejilla por primera vez, habría dado cualquier cosa por poder experimentar con el núcleo de Molly. Ahora, sin embargo, sentía dudas. Y se odiaba por sentirlas, porque eso significaba que le importaba.
Su investigación tenía que estar por encima de las trivialidades de la vida, de los vínculos humanos frágiles e impredecibles. No podía confiar en Molly. No podía confiar en Heros Morgan. Pero podía confiar en la ciencia. Y eso tenía que prevalecer por sobre todo.
—Imagino que quieres algo a cambio — aceptó tácitamente Rosier. Molly asintió, mostrando finalmente la carta que se había guardado durante todo ese tiempo.
—Quiero poder salir del Torreón del Norte —impuso su condición.
Esta vez, los labios de Gwen se curvaron en una sonrisa felina y astuta. Había estado en lo cierto desde el principio: la joven aurora había acudido a ella por interés.
Todo tenía un precio en este mundo. Incluso Molly Weasley.
Dudley apenas había cruzado el umbral de la entrada de su casa cuando una de las lámparas de la sala se encendió sola.
—Joder —jadeó al ver que había un hombre esperándolo en medio de la sala.
Desenfundó el arma en cuestión de segundos, sus manos habituadas con el gesto, y apuntó directamente a la cabeza rubia del hombre. Éste, sin embargo, no pareció intimidarse por el repentino peligro, sino que por el contrario, continuó examinando las fotos familiares que yacían sobre la repisa de su chimenea.
—Debo decir que no se parecen en nada a Potter —comentó el hombre de manera casual, arrastrando las palabras mientras hablaba.
—¿Quién mierda eres? —lo apuró Dudley.
Ya había superado la etapa en la que preguntaba cómo era que un absoluto extraño había logrado superar el sofisticado sistema de seguridad que protegía su hogar. Solo existía una explicación posible, y el hecho de que conociera el apellido Potter terminaba de confirmarlo. Era un mago.
El hombre atinó a dar un paso hacia él, pero Dudley respondió retirando el seguro del arma y encuadrando los hombros, listo para disparar en cuanto hiciera otro movimiento.
—Mi nombre es Draco Malfoy —respondió el mago, alzando las manos frente a él para demostrar que no se encontraba armado—. Vengo de parte de tu primo —agregó de manera significativa.
—Pues mucha gente acostumbra a buscar a mi primo, y en general, no son buenas noticias —señaló Dudley, sin despegar la mirada de las manos de Draco. Sabía que si el mago desenfundaba su varita, sus balas tendrían poca probabilidad de ganar. Draco resopló con impaciencia.
—Gran D —dijo a regañadientes—. Así es como te solían llamar cuando eras niño, y Potter sigue haciéndolo sólo para fastidiarte. ¿Conforme? —la exasperación de Draco se volvió evidente.
—Eso no demuestra nada —se mantuvo firme Dudley. Su trabajo le había enseñado a ser desconfiado. Y su último encuentro con la magia, durante el ataque al ministro muggle, le había enseñado que nunca se era excesivamente cauteloso.
—Las escaleras —intentó nuevamente Draco.
—¿Qué? —Dudley creyó que había escuchado mal.
—La puerta debajo de las escaleras —repitió el mago, hablando más pausado—. No tengo idea lo que significa, pero Potter dijo que tú lo entenderías.
Lo entendía. Demasiado bien.
—Harry te ha enviado —aceptó Dudley, un tanto aturdido. No recordaba haber escuchado el nombre de Draco Malfoy antes. Conocía a Ronald y a Hermione, pero nunca antes había visto al mago arrogante que le devolvía una mirada altiva a pesar de que era Dudley quien sostenía el arma.
—Ahora que hemos establecido eso, ¿podrías dejar de apuntarme con esa basura muggle? —siseó Malfoy, haciendo un gesto despectivo con su mano en dirección a la pistola.
—Lo siento —masculló Dudley, bajando por fin su arma, un tanto avergonzado—. ¿Dónde está Harry?—reaccionó a continuación.
—Potter está… complicado en este momento —Draco evadió la pregunta con habilidad.
—¿Y te ha enviado a ti porque…? —dejó la frase a medio camino para que el hombre frente a él la completara. Su perplejidad debió de verse reflejada en la pregunta, porque Draco arqueó las cejas en una expresión de evidente ofensa.
No se trataba solo por el hecho de que Draco era un completo desconocido para Dudley, sino que todo en él anunciaba que no pertenecía al mundo muggle. Ni siquiera se había tomado la molestia de ponerse ropa adecuada para mimetizarse con la gente.
—Es que Potter sabe lo mucho que me gusta visitar Londres muggle —respondió con evidente sarcasmo. Dudley frunció el ceño.
—¿Traes algún mensaje o qué? —lo apremió Dursley, su paciencia empezando a agotarse.
—El Ministerio de Magia ha roto todo tipo de lazo con tu gobierno —le informó con brusquedad el mago.
—¿Qué? ¡Pensé que habían llegado a un acuerdo pacífico después del ataque! —se sorprendió Dudley. Al menos, eso había sido lo último que Harry le había informado.
—Eso fue antes de que tuviéramos un nuevo Ministro de Magia —le respondió escuetamente, y a pesar de que estaban solos, Dudley notó que Malfoy lanzaba una mirada furtiva hacia las esquinas de la habitación, como si temiera que alguien estuviese oculto allí, escuchándolos. —Este gobierno no tiene ningún interés en mantener un acuerdo pacífico con vosotros —amplió.
—Son los mismos que atacaron al ministro, ¿verdad? —Dudley tenía un recuerdo muy vívido de esa noche. Todavía se despertaba en medio de la noche, agitado y sudoroso, tras revivir en sus pesadillas la matanza que había presenciado.
—Sí —confirmó Draco—. Y creemos muy posible que vuelvan a intentarlo.
—¿No hay nada que puedan hacer para evitarlo? —se enfadó Dudley. Los labios de Draco se torcieron de forma casi imperceptible en una sonrisa filosa.
—Estamos haciendo lo que podemos, Dursley —dijo desdeñosamente, manteniendo su expresión burlona—. Pero es difícil proteger a un Ministro que se niega a ser protegido por magos —le recordó Draco, como si estuviese señalando algo obvio—. Ahí es donde entran en juego tus... como sea que se llamen esas cosas —explicó haciendo un gesto en dirección a la pistola que colgaba de la cintura de Dudley.
—Ustedes tienen malditas varitas mágicas. ¿Qué se supone que haga con una pistola frente a eso? —retrucó Dudley, su molestia creciendo velozmente para convertirse en indignación.
—Los magos también sangran —le recordó Malfoy, encogiéndose de hombros—. Y tengo entendido que tienes buena puntería. Solo… intenta no fallar.
—Gracias por el consejo —fue el turno de Dudley de devolverle el sarcasmo.
—Mantén vivo a tu ministro, Dursley. O de lo contrario, las cosas se pondrán feas —le ordenó el mago, mientras se alisaba su ya impoluta vestimenta, como quien está a punto de partir.
—Pensé que ya estaban feas —masculló Dudley por lo bajo. Malfoy sonrió al escucharlo, pero su expresión carecía de alegría.
—Esto recién empieza —fue la advertencia final, mientras se subía el cuello de la túnica para ocultar parcialmente su rostro.
Se marchó de la casa por la misma puerta por la que minutos antes Dudley había ingresado como si se tratara de su propio hogar. Dursley la trabó con llave inmediatamente después. Para cuando se asomó por la ventana para examinar el exterior, Draco ya había desaparecido.
—Odio la magia —gruñó.
Me he permitido usar de inspiración para el título de este libro una cita de la Romeo y Julieta, en una clara referencia a la escena de Molly, y por supuesto, un guiño hacia el mundo muggle.
El capítulo en general es un puente, que nos conecta desde el punto en donde quedamos con la fuga de Harry hasta la situación política actual. He elegido retratarlo desde varios personajes para tener varias perspectivas, y para que no fuese algo tan tedioso pero al mismo tiempo les diera una idea de lo que está sucediendo en el mundo mágico.
Se habían planteado también muchas preguntas en los reviews y en el chat sobre Gweneth Rosier y su investigación, a lo que yo intenté aclarar lo que se podía sin caer en spoilers graves, jeje. Pero bueno, creo que este capítulo sirve un poco para aclarar las aguas en el tema. Les da un vistazo muy superficial de lo que sucede en el Torreón y del rol que cumple la sanadora en todo esto... Y también explica un poco qué es lo que ella investiga. Pero seguramente persistirán algunas dudas, lo cual es normal porque no he explicado todo lo relacionado con el tema.
Como siempre, pueden escribirme sus dudas o preguntas en los reviews, e intentaré responderlos en los próximos capítulos.
Una vez más, gracias por acompañarme y por aguantar conmigo este largo camino.
G.
