Capítulo 36: Reconstruir

"Oh, but that's the irony,
broken people are not fragile."

(Oh, pero esa es la ironía,
Las personas rotas no son frágiles).

Clinton Sammy Jr.


Albus dejó a un lado el periódico con un bufido, cansado de leer todos los días noticias de cómo la Rebelión ganaba lentamente terreno tanto dentro del Ministerio de Magia como fuera de él.

El vínculo entre el mundo mágico y el mundo muggle comenzaba a resentirse desde que Linus Cavenger había asumido como Ministro. Entre sus primeras medidas había estado la abolición del acuerdo que Kingsley Shacklebolt había firmado tras el atentado contra el Ministerio muggle, negándose así a reportar sobre las actividades y la cantidad de brujas y brujos que habitaban el Reino Unido. Y el ministro muggle había respondido amenazando con un registro forzado si no entregaban el reporte en un plazo de noventa días.

Por supuesto que la noticia no tardó en llegar a los medios de prensa. El Oráculo se había hecho un festín, publicando numerosas notas sobre violación de los derechos de los magos y el peligro inminente de un ataque por parte de las fuerzas armadas muggles. El miedo y la desconfianza habían escalado velozmente entre la comunidad mágica, resintiendo así todavía más el frágil vínculo con los muggles.

Las primeras señales de alarma no tardaron aparecer. Un acto de vandalismo contra una tienda de ropa en Diagon Alley cuya dueña era mestiza. Una pelea callejera que terminó con un adolescente hijo de muggles internado en San Mungo... Eran sólo el comienzo.

Las manifestaciones reclamando contra las decisiones del nuevo gobierno habían sido rápidamente acalladas por el ERIC, cuyo poder e importancia crecía día a día, mientras que la autoridad del cuartel de Aurores se reducía en igual proporción. El Auror Tennesse, nuevo jefe del cuartel, había reestructurado el departamento. Aquellos que se habían mostrado abiertamente partidarios del gobierno de Kingsley, como Kevin Smith, habían sido degradados a puestos administrativos. Las calles eran ahora vigiladas y controladas por el departamento de Accidentes y Catástrofes Mágicas, y los pocos aurores que todavía continuaban en el campo, lo hacían bajo estricto control del ERIC.

Era cuestión de tiempo hasta que todo aquello explotara con consecuencias más radicales. Por lo que Albus no se sorprendió cuando, al recibir el periódico esa mañana, leyó que habían encontrado a un muggle muerto en uno de los callejones laterales cercanos al Caldero Chorreante sin que los médicos pudiesen dar con una explicación lógica para su fallecimiento. La única señal de que algo raro había sucedido allí era la franja de pintura roja con que habían marcado al cadáver sobre la frente.

Ahora más que nunca Albus deseaba que su padre volviera a casa. Pero todavía pendía sobre la cabeza de Harry Potter una recompensa que crecía conforme pasaban los días sin que dieran con su paradero. Y aunque su tío Ron intentaba tranquilizarlos a él y a sus hermanos, afirmándoles que estaban haciendo todo lo posible para conseguir que su padre volviese cuánto antes, Albus no podía ver la salida al final del túnel.

Nadie en su familia había visto a Harry Potter desde el asesinato de Godwin Bradshaw. La única certeza de que tanto él como el resto de las personas que se habían fugado se encontraban a salvo había llegado casi una semana después de su escape. Draco Malfoy se había contactado con Gabrielle Delacour, quien tras aguardar varios días para no levantar sospechas, había viajado a Londres con la excusa de tareas diplomáticas, y había comunicado de la noticia a su hermana Fleur.

Pero aquello era lo más cerca que podían estar de hablar con Harry. Había demasiados ojos puestos en su familia y en los miembros de la Orden del Fénix como para arriesgarse a cualquier tipo de contacto. E incluso si hubiesen querido contactarlo, la Mansión Malfoy se encontraba bloqueada a cualquier tipo de comunicación.

Sin Harry como capitán, la Orden del Fénix era un barco a la deriva, intentando sobrevivir una tempestad.

Albus se había consagrado a lo único que podía hacer en un momento como aquel: entrenar. Había entrado en el despacho de su padre y había revisado su biblioteca, extrayendo de ella todos los libros de defensa y ataque que había encontrado. Le había pedido prestada una buena dosis de tomos a Ron de la biblioteca de su tía Hermione. Había leído todo lo que había para leer sobre combate, y se había pasado el resto de las horas entrenando. La mayoría de las veces, Rose, Hugo y Lysander entrenaban con él. Pasaban tardes enteras en el jardín de sus casas, turnándose para practicar distintos hechizos y maldiciones. Por las noches, cuando estaba a solas en su habitación, Albus practicaba la magia que no se atrevía a realizar frente a sus amigos. Magia que seguramente Rose habría cuestionado y Lysander habría rechazado. Magia que Scarlet Raven era capaz de hacer sin pestañar, pero que su padre no le había permitido enseñar. Magia peligrosa y potencialmente mortal. Era la única forma en que Albus lograba calmar la inquietud que lo atormentaba y acallar la impaciencia que lo impulsaba a actuar, incluso si no sabía qué debía hacer.

Había poca supervisión en la casa de los Potter este verano. Sin Harry, y con Ginny todavía recuperándose en San Mungo, su hermano James hacía su mayor esfuerzo por mantener la familia a flote. Pero no era una tarea fácil, ni siquiera para alguien como James, cuyo optimismo no había decaído aún ante la oscura perspectiva del futuro.

El mayor de los Potter intentaba balancear su nuevo rol como tutor de dos adolescentes al tiempo que iniciaba su carrera profesional como jugador de quidditch. Había conseguido un contrato prometedor como cazador suplente para el Puddlemere, un sueño que pocos jugadores de quidditch lograban cumplir a tan temprana edad. Pero la liga profesional no se parecía en nada al torneo entre las casas de Hogwarts. El nivel de exigencia era absurdo, con prolongadas jornadas de entrenamiento que comenzaban con el alba y algunos días terminaban después de que el sol se había puesto. James se veía forzado a pasar largos períodos fuera del hogar, quedando Albus y Lily sin supervisión alguna.

Había que reconocerle que se estaba esforzando más de la cuenta por ser una figura presente en las vidas de sus hermanos. Todas las noches, cuando llegaba del entrenamiento a tiempo para cenar, intentaba entablar una conversación con ellos. La mayor parte de las veces buscaba distraerlos y distender el clima tenso e incómodo que reinaba en la casa, pero las últimas semanas se había vuelto muy difícil ignorar las preocupantes noticias y la creciente violencia en el mundo mágico.

Era James quien más información traía a la casa, gracias a que su activa vida social le permitía conversar con mucha gente. Así, se había enterado en el club que una de las cazadoras titulares estaba dudando sobre seguir jugando después de que alguien se infiltrara en el vestuario y le pintara casillero con una letra R escarlata. Quienquiera que hubiese sido, le había dejado también una nota en el interior del casillero, acusándola de defender los derechos de los muggles y amenazándola con tomar medidas más "drásticas" si no se detenía. James le había sugerido llevar la amenaza escrita al Departamento de Seguridad para que la analizaran, pero la chica había desechado la idea de inmediato. Era difícil saber que atemorizaba más a la muchacha: sus agresores anónimos, o enfrentarse a las fuerzas oficiales del Ministerio.

Lily participaba poco y nada de las conversaciones. Se limitaba a juguetear con su comida, apenas tragando unos trozos para decir que había comido algo antes de disculparse por estar cansada y abandonar la mesa para encerrarse en su cuarto. Se había pasado todo el verano así, aislada en su habitación. En varias ocasiones, James le había comentado a Albus que estaba preocupado por Lily: volvía a lucir desmejorada, como durante los primeros meses después de que llegaran las visiones. Su hermano mayor lo atribuía al estrés que estaba atravesando la familia. Albus, por su parte, empezaba a sospechar que su hermana estaba consumiendo nuevamente pociones para dormir. En varias ocasiones, se había sentido tentado de compartir la información con James, pero no había tenido el coraje suficiente para hacerlo. Revelar esa información suponía contar otros secretos que le había estado guardando y que sabía que él no aprobaría. No era el momento para generar discordia entre los pocos miembros de la familia que todavía quedaban.

Si la casa seguía en pie y todos ellos seguían vivos, era en gran parte gracias al viejo y siempre fiel Kreacher. El elfo doméstico ni siquiera había preguntado por Harry cuando llegaron a la casa al fin del ciclo escolar. Como si ya supiera lo que había sucedido, se dirigió directamente a James como amo de la casa. Y por primera vez en dieciocho años, hubo paz entre el hijo mayor de los Potter y el elfo doméstico. Algo había cambiado también, las bromas pesadas y las peleas incesantes quedando a un lado mientras ambos se ponían de acuerdo sobre la mejor estrategia para mantener la casa segura de cualquier peligro externo y proteger a Lily y Albus. Trabajaron en conjunto durante días, reforzando barreras, optimizando sensores de proximidad y fabricando rutas rápidas de escape en caso de urgencia. James tenía experiencia en transformaciones, y Kreacher poseía una magia especial cuando se trataba del cuidado de hogares mágicos.

A pesar de los esfuerzos un tanto torpes de James por conversar con Lily, la hermana menor de los Potter se había mantenido mayoritariamente aislada desde su regreso. Su habitación se había convertido en su refugio, a donde nadie era capaz de entrar a excepción de Kreacher, quien tenía una debilidad especial por Lily. Tenían prohibido usar sus lechuzas para comunicarse con sus amigos, así que Albus sospechaba que el elfo doméstico estaba llevándole correspondencia de forma personal a alguien de parte de su hermana. En cualquier otra circunstancia, Albus le habría preguntado al respecto. Él y Lily siempre habían tenido la confianza suficiente como para confesarse esos secretos. Pero en el último tiempo Lily había levantado una pared de hielo no solo contra James, sino también contra él. Prácticamente no habían conversado desde que habían regresado de Hogwarts, y Lily había rechazado todas las invitaciones de Albus para entrenar con ellos.

Las primeras semanas, Albus había sido paciente con ella. Lily siempre había sido la más sensible y emocional de los tres, y era lógico que la persecución contra su padre, sumado a la enfermedad de su madre, le estuviesen afectando más que a él o a James. Pero los días seguían sucediéndose y lejos de mostrar mejoras, Lily parecía transitar un camino de retroceso. Había vuelto a perder peso y sus pómulos resaltaban afilados contra sus mejillas hundidas. Sus ojos castaños tenían siempre una expresión vacía, como si no estuviese verdaderamente allí, sino perdida en algún otro sitio de su mente. Y las pocas veces que se enfocaban en Albus, lo hacían para observarlo con un brillo intimidante que le hacía sospechar que Lily estaba enojada con él.

Comprobó en el reloj de su muñeca que se aproximaba la hora en que había acordado encontrarse para entrenar. Inhaló profundamente y se armó de paciencia para intentarlo una vez más. Golpeteó de forma rítmica contra la puerta de la habitación de Lily y aguardó. Se sucedieron varios minutos antes de que Lily se dignara a abrirle. Albus podía escuchar el ruido de tintineo de vidrios desde el otro lado de la puerta, y el movimiento apresurado de hojas y libros al apilarse o hacerse a un lado.

—¿Qué quieres? —le preguntó la pelirroja, apenas abriendo la puerta lo suficiente como para asomar su cabeza. Albus había convivido bastante tiempo con James Potter como para reconocer cuando alguien estaba ocultado algo.

—Estoy yendo a lo de Rose y Hugo a practicar un poco de magia… —empezó a explicar Albus.

—Que se diviertan —lo cortó bruscamente ella, haciendo un ademán por cerrar nuevamente la puerta. Albus detuvo la puerta con una de sus manos. Pudo percibir la exasperación de Lily en su rostro, pero la pelirroja no dijo nada, limitándose tan solo a cruzarse de brazos y mirarlo.

—Esperábamos que te unieras a nosotros —continuó hablando Albus, ignorando la actitud distante de su hermana.

—¿Por qué me querrían ahí? Soy una pésima duelista —chasqueó Lily, intentado sonar como si aquello verdaderamente no le importara.

—No vas a aprender si no practicas —sugirió Al. Fue una mala respuesta. Los ojos de Lily relampaguearon con renovada indignación.

—Tú aprende a pelear. Yo tengo otras cosas que aprender —fue la respuesta seca que recibió.

—Solo queremos pasar un rato contigo, Lil —resopló Albus, pasándose una mano por la frente. Una risa burlona escapó de la boca de su hermana.

—No soy la mejor compañía en este momento, hermano —le dijo, encogiéndose de hombros como dando el tema por saldado.

—Somos tus amigos —le recordó Albus. El rostro de Lily se endureció aún más.

—No. Son tus amigos, Albus. Tuyos, no míos. Tú mismo te aseguraste de que fuera así cuando volviste a Hugo y a Nina en mi contra —siseó finalmente el veneno que llevaba tragando por semanas.

—Hugo y Nina quieren lo mejor para ti —los defendió Albus, su cuota de paciencia comenzando a agotarse.

—Igual que tú, ¿no? —no se le escapó el sarcasmo que emanó de la boca torcida de Lily—. "Sigo confiando en ti, Lily" —repitió imitando de forma burlona su voz.

Con una puntada de dolor en el pecho, Albus comprendió la razón de que Lily estuviese tan enojada con él.

—Bebiste el frasco de poción que te devolví —no era una pregunta. Albus no tenía dudas al respecto. Una expresión de profundo desprecio apareció en el rostro de Lily.

—¿Qué clase de manipulador tienes que ser para tenderle una trampa a tu propia hermana? —escupió Lily, y las primeras lágrimas asomaron en sus ojos. No era tristeza lo que las provocaba, sino pura ira contenida.

—No puedes controlar tu adicción, Lily. Necesitas ayuda —desvió la pregunta Albus.

—¡Era una puta limonada lo que había en ese frasco! —se enfureció todavía más.

—Pero te las has arreglado para conseguir poción de verdad desde entonces —recalcó Albus, y sus ojos recorrieron a Lily de pies a cabeza, examinándola en detalle mientras lo decía, reafirmando sus sospechas.

—No pretendas que te importa ahora —masculló por lo bajo, visiblemente incómoda bajo la mirada escrutiñadora de su hermano.

—Siempre me has importado, Lily —le dijo Albus, intolerante ante la acusación.

—¡No soy yo quien te importa! ¡Son mis putas visiones! ¡Es mi mierda de poder lo que quieres! —le gritó sin contemplaciones y golpeó la puerta con suficiente violencia como para hacerla vibrar en sus bisagras.

—Voy a hablar con James para que te interne en un centro de detoxificación —habían llegado demasiado lejos. Albus podía verlo ahora. Lily estaba fuera de control.

Pero antes de que pudiese abandonar la habitación y alejarse, Lily lo tomó por la muñeca y lo obligó a girarse para quedar cara a cara con ella. Colocó su otra mano sobre la mejilla de Albus, de manera que pudo guiar sus miradas hasta encontrarse.

Lo tomó completamente desprevenido. Una corriente eléctrica que lo recorrió desde el sitio donde las manos de Lily contactaban con él hasta el resto del cuerpo, estacándolo en su sitio. Sin permiso y sin delicadeza, Lily se introdujo en su mente, escabulléndose por todos los rincones, antes de que Albus fue capaz de reaccionar.

Estaba de nuevo en el Templo de Hades, junto al portal que Icarus Primus había abierto. El lugar temblaba sobre sus cimientos, amenazando con derrumbarse, y en su centro un remolino de fuerza envolvente que absorbía al profesor Primus frente a sus ojos.
Potter… —había suspirado con cruda desesperación, mientras extendía una mano en su dirección para pedirle ayuda.
Podría haberlo ayudado. Incluso podría haberlo salvado. Pero no lo hizo. No quiso hacerlo.

Estaba en una mazmorra de Hogwarts. Cardigan estaba maniatado e inmóvil frente a él.
No tienes idea de lo que soy capaz de hacer por mi familia, Cardigan—fue la respuesta fría de Albus antes de lanzarle un Crucio.
Los gritos de Cardigan se escuchaban aún más agudos y desgarradores en el interior de su mente. Había sido su primera vez usando la maldición, y sabía que no había sido todo lo potente que podría ser. Pero a pesar de ello, cuando se detuvo, Portus Cardigan estaba jadeando y llorando en el suelo. Albus recordaba bien la extraña sensación de poder que había experimentado al verlo allí tendido, indefenso y herido. De fondo, podía escuchar la voz de Scorpius Malfoy intentando disuadirlo, pero Albus quería seguir…

Otra habitación, sólo que esta vez era Dimitri quien acompañaba a Albus.
Te lo dije, Albus —suspiró Dimitri, derrotado y aterrado—. Te dije que no quería seguir haciendo esto…
Albus no lo dejó terminar la frase. Su varita atravesó el aire con una furia segadora y el hechizo golpeó con fuerza a Dimitri, impactándolo contra la pared.
Y yo te dije que si no estabas conmigo, estabas en mi contra —la amenaza era palpable en su voz.
Dimitri intentó incorporarse y sacar la varita, pero Albus se la arrebató con un movimiento desdeñoso, como si le estuviese sacando un dulce a un niño. Las pupilas de Kurdan se abrieron reflejando el más puro terror.
No vas a hacerme daño —dijo con voz temblorosa. Albus sonrió de una forma desagradable.
¿Estás seguro de eso?
Te expulsarán de Hogwarts si lo haces!
Albus movió la varita, haciendo flotar el cuerpo de Dimitri a escasos centímetros sobre el suelo, con los brazos extendidos en forma de cruz.
Tienes razón —susurró en un tono despreocupado y caminó hasta quedar frente a frente—. Pero algún día, los dos saldremos de Hogwarts. Y entonces, voy a encontrarte y voy a hacerte pagar por tu traición. No habrá ningún lugar seguro donde esconderte de mí. Tienes mi palabra —le susurró al oído.
Le arremangó cuidadosamente la camisa. Podía oír los gritos frenéticos de Dimitri, sacudiéndose inultamente contra su magia. Y de nuevo, esa inexplicable sensación de satisfacción, como una corriente de poder, lo envolvió.
Un pequeño recordatorio para sellar nuestra promesa —dijo Albus, mientras grababa a fuego sobre la piel del antebrazo la letra A.

—¡Basta! —gritó Albus, consiguiendo finalmente empujar a su hermana fuera de su mente, rompiendo el contacto visual.

La intensidad de su propia magia lo propulsó hacia atrás e impulsó a Lily lejos de él, haciéndola tambalearse y caer al suelo, el cabello pelirrojo desparramándose sobre su rostro.

Pero era demasiado tarde. Habían sido tan solo unos segundos, el breve tiempo que le había tomado reaccionar a la inesperada intromisión, pero había sido suficiente para que Lily espiase en sus más oscuros recuerdos. En un abrir y cerrar de ojos, la balanza se había inclinado en su contra. Y su hermana lo sabía, pues cuando levantó la cabeza para volver a mirarlo desde el suelo, estaba sonriendo.

—¿Qué carajo haces? —siseó Albus, la ira crepitando debajo de su piel.

—Ya ves, Al… No soy la única que ha estado escondiéndole cosas a James —respondió ella triunfante, mientras se incorporaba con lentitud, todavía inestable por el golpe.

—Esta no eres tú —murmuró, sin poder creer la amenaza que estaba oyendo de los labios de su hermana. Lily entornó los ojos, una expresión fiera curvando su rostro.

—¿Preferías la otra versión de mí? ¿La Lily insegura? ¿La débil? ¿La que podías manipular sin dificultades? —se jactó su hermana, la voz quebrándosele cuando la garganta se le contrajo en un esfuerzo por no llorar.

Nina había intentado advertírselo. Le había dicho que Lily no había vuelto a ser la misma persona después de la Navidad, cuando hicieron aquella primera intervención. Raven la había descripto más segura de sí misma… Más poderosa. Nina era posiblemente la mejor duelista de todo Hogwarts, y sin embargo, ese día, Albus había visto miedo en los ojos violetas de la joven. Había estado asustada de Lily.

Ahora Albus entendía por qué.

—Soy tu hermano, no tu enemigo —intentó recordarle él, bajando cautelosamente la guardia. La mirada avellana de Lily se suavizó por un momento. Cerró los ojos con pesadez, como si de repente se sintiera muy cansada, y soltó una larga exhalación.

—Déjame sola, Albus. No necesito tu ayuda —fue todo lo que le dijo, retrocediendo hacia el interior de su habitación y sellando la puerta en su cara sin darle tiempo a contestar.


Los rayos del sol se filtraron entre las hojas del árbol debajo del cual Hugo se había recostado, impactando contra sus párpados cerrados. Hugo frunció la nariz, molesto por el inesperado resplandor.

Se había quedado dormido y había estado soñando. No recordaba exactamente el sueño, pero todavía persistía en él una inusual sensación placentera. No era habitual que conciliase un sueño apacible. Últimamente su vida parecía una constante pesadilla. Se permitió flotar unos segundos más en ese plano intermedio entre el mundo de los sueños y el mundo real, reticente a abrir los ojos.

La brisa cálida del verano volvió a sacudir las ramas y nuevos rayos de luz incidieron sobre su rostro. Hugo suspiró y abrió los ojos con resignación.

Por un instante, creyó que estaba solo. Una puntada de pánico lo atravesó, reincorporándolo del suelo como impulsado por un resorte.

Lysander rió detrás de él, un sonido suave que le erizó los pelos de los brazos, apaciguando el susto inicial y despertando otro tipo de nerviosismo en él. Todavía sentado sobre el césped, Hugo giró el cuerpo para quedar de frente a Lysander.

La risa todavía bailaba en sus labios mientras lo observaba por encima del borde de su cuaderno de dibujo, sus ojos azules intensos e inmensos, el cabello cayéndole libremente sobre los hombros. Su mano diestra se movía como con vida propia, trazando líneas sobre el papel que Hugo no era capaz de ver desde allí.

Se quedó mirándolo como un tonto, y Lysander acentuó su sonrisa, divertido con lo que fuese que estaba viendo en Hugo. Sintió cómo las mejillas comenzaban a quemarle y maldijo internamente su incapacidad para ocultar el efecto que Scamander tenía sobre él.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Hugo, desviando la mirada avergonzado, buscando desesperadamente otra cosa en que enfocar su atención y evitar la situación.

—Te has quedado dormido —respondió con simpleza Lysander. Por el rabillo del ojo, Hugo percibió que pausaba su dibujo. Seguía sonriendo.

—Ya sé que me he dormido —masculló Hugo, su rostro ardiendo aún más si es que eso era siquiera posible. ¡Qué pregunta más obvia y estúpida la suya! —Quise decir… —intentó corregirse, pero volvió a balbucear sin sentido. ¿Qué había querido decir realmente? —¿No íbamos a juntarnos a entrenar? —logró rescatar la situación, recordando el motivo por el cual estaban allí.

—Sí, pero Albus no ha aparecido aún —explicó Lysander y la sonrisa en sus labios tembló. Sus ojos se desviaron en la dirección en la cual se encontraba la casa de los Potter—. Rose ha ido a buscarlo —agregó. Sus ojos azules observaban expectantes el sitio por donde la hermana de Hugo se había marchado algunos minutos atrás.

—¿Y tú te quedaste? —las palabras de sorpresa escaparon de su boca antes de que pudiese contenerlas.

—No quise dejarte solo —respondió Scamander, encogiéndose de hombros. Esta vez, fue Hugo quien se encontró sonriendo sin sentido.

—Gracias —susurró.

—No me tienes que agradecer. Me agrada pasar tiempo contigo. Incluso si te la pasas durmiendo —Lysan pronunció las palabras con ese aire casual y fresco que lo caracterizaba, mientras retomaba su lápiz de dibujo.

—Oh —jadeó Hugo, sintiendo que las palabras se le atragantaban a mitad de camino, su corazón dando un vuelco en el pecho, extasiado de escucharlo.

Aguardó en silencio, esperanzado de que Lysander dijese algo más. Pero el joven dibujante volvía a estar ensimismado en su trabajo, inadvertido del efecto que aquella frase tan simple había tenido sobre él.

—¿Qué dibujas? —preguntó Weasley, mientras jugueteaba nervioso con el césped, arrancando los brotes más largos y despedazándolos entre sus dedos. Lysander torció una sonrisa de lado. De nuevo, era como si estuviese riéndose de un chiste interno, algo que Hugo ignoraba.

—Aprecio el paisaje —respondió Scamander de forma misteriosa.

—Ah… —Hugo ya no sabía qué más decir. Talvez Lysander captó la decepción en su voz, porque volvió a levantar la mirada del papel para dirigirla hacia él.

—¿Quieres verlo? —sugirió, señalando con una inclinación de su cabeza hacia el cuaderno entre sus manos.

—Claro —accedió el pelirrojo de inmediato, arrastrándose sobre sus manos y rodillas hasta llegar junto a Lysander. Se inclinó por encima del cuaderno para mirar el dibujo.

No era exactamente un paisaje lo que Lysander había dibujado.

—Soy… ¿yo? —dudó Hugo.

—Sí —confirmó con simpleza Lysander.

Una vez más, Hugo se quedó sin palabras mientras sus ojos intentaban absorber cada detalle de aquel dibujo. Lo había retratado mientras estaba recostado sobre su espalda, con los ojos cerrados y una sonrisa plácida en los labios. Había utilizado únicamente una carbonilla, y sin embargo, Hugo podía notar las distintas tonalidades en sutiles tonos de grises. Las sombras que las hojas desplegaban sobre su cuerpo. Las pecas que titilaban en su nariz y su mejilla. La manera en que su cabello se enroscaba rebelde en su coronilla y detrás de sus orejas. Sus dedos largos y flacos reposando relajados entre la hierba crecida.

—¿Te gusta? —le preguntó Lysan. Hugo tragó saliva.

—Es… —quería encontrar la palabra correcta para describirlo—. Eres increíble.

—Si piensas que esto es bueno tendrías que ver los dibujos que hace mi padre —comentó Lysan. Una sombra opacó el brillo de emoción en sus ojos—. Los que hacía —se corrigió de inmediato.

—¿Él te enseñó a dibujar así? —Hugo se arrepintió de la pregunta tan pronto como terminó de formularla al ver que Lysander abría la boca para responder pero no lograba formular palabras—. Lo siento, no tenemos que hablar de eso si no quieres —se apresuró a aclarar, las palabras tropezándose unas con otras en sus labios. Pero Lysander meneó con suavidad la cabeza, su cabello castaño claro rozándole apenas los hombros.

—Solía llevar un cuaderno y un lápiz siempre con él. Decía que había que estar preparado porque nunca sabías cuando algo asombroso podía cruzarse en tu camino —le contó Scamander y nostalgia en su voz hizo que Hugo se estremeciera. Hizo una pausa, perdiéndose momentáneamente en algún recoveco de esa mente suya que Hugo encontraba fascinante—. A veces me olvido de que ya no están…

—Debes de extrañarlos mucho —suspiró como respuesta Weasley e inevitablemente se encontró pensando en su madre. La sola idea de nunca volver a verla le resultaba paralizadora.

—Todo el tiempo —confesó Lysander, entrecerrando los ojos e inspirando profundamente, como si pudiese absorber la fuerza que necesitaba del aire que lo rodeaba.

Hugo sintió el impulso de abrazarlo, pero no contaba con el coraje necesario para hacerlo. En cambio, estiró la mano y estrechó la de Lysander entre la suya, dándole un suave apretón para reconfortarlo. La comisura de los labios de Scamander se curvaron sutilmente hacia arriba, un silencioso gesto de agradecimiento.

El sonido de pasos y voces rompió aquel imprevisto momento de conexión entre ellos. Hugo retiró la mano como si se hubiese quemado con la piel de Lysander, el rubor trepando nuevamente hacia sus mejillas.

—Tenemos que hablar —dictaminó un críptico Albus Potter, mientras se abría paso hacia ellos con Rose acompañándolo.


Alexander se detuvo frente a la Tienda de Varitas Mágicas de Ollivander para examinar la fachada con mayor detenimiento antes de entrar. Había pasado muchas veces frente al local desde aquella primera visita al Callejón Diagon ocho años atrás, pero nunca se había detenido a analizarlo con suficiente atención. Era un local pequeño, poco más ancho que un pasillo, con una vidriera sobria donde se exhibía una única varita sobre una manta de terciopelo azul oscuro, prácticamente negra. Producía escaso contraste contra la madera de la varita, y por lo tanto obligaba a que el cliente se aproximara más a la puerta para poder examinarla mejor. Un truco astuto para atraer a los clientes que, combinado con el antecedente de ser una de las familias más antiguas dedicadas a la industria de fabricar varitas, solía garantizar una abundante clientela, sobre todo en esta época del año, cuando el callejón se llenaba de jóvenes estudiantes, ansiosos y llenos de ilusiones. Torció una sonrisa nostálgica al caer en cuenta que él había sido uno de esos niños, obnubilado por las maravillas de la magia. Tan fascinado con aquel mundo irreal que ni siquiera se había cuestionado las incongruencias en su historia familiar, las mentiras tejidas durante toda su vida para mantenerle oculto su verdadero origen.

Le había tomado otros siete años, una guerra civil, y una pariente lejana con un cuervo por mascota y una moral ambivalente, para que Alex comenzara a cuestionarse las historias que le habían contado desde pequeño.

Había días que se arrepentía de todo. Días en los habría dado todo el oro de su caja fuerte a cambio de volver el tiempo atrás y olvidar. Todo por volver a ser Alenxander Domich, el muchacho de origen humilde y muggle, uno alumno más de los cientos que pasaban por los pasillos de Hogwarts. Pero no podía escapar de la verdad, y no podía deshacer lo que estaba hecho, ni desaprender lo aprendido.

Nunca volvería a ser Alexander Domich. Ahora, era un Lestrange, con todo lo que ello implicaba.

Suspiró y abrió la puerta de la tienda, introduciéndose en el interior con pocas expectativas. Aquella sería la quinta entrevista de trabajo en una semana. En todas las anteriores, lo habían tratado con cortesía pero nadie había vuelto a llamarlo. Alex podía leer en sus ojos la razón: nadie quería vincularse con un Lestrange. El mundo mágico había dado por terminado el linaje con la muerte de Rabastán, y la mayoría se había sentido aliviado de que así fuera. La familia Lestrange había sido un dolor de cabeza para la comunidad a lo largo de los siglos, su fanatismo por la pureza de la sangre mutando en franca locura conforme pasaban las generaciones.

Alex había resurgido de entre las cenizas, y nadie parecía feliz al respecto. Guardaba pocas esperanzas de que el señor Ollivander fuese la excepción. Pero Louis Weasley lo había obligado a presentarse a todas y cada una de las entrevistas, con la frente en alto y su curriculum vitae en la mano. Y Alex no tenía ganas de escuchar el discurso que sin dudas le daría su amigo si volvía a la casa sin completar aquella última entrevista.

Un hombre con gafas cuadradas y expresión gentil se encontraba atendiendo a una mujer que había acudido con su hijo pequeño para comprarle su primera varita reglamentaria. El niño probaba una detrás de otra las varitas que el hombre le mostraba, sin éxito. Alex aguardó pacientemente junto a la puerta, acomodándose inconscientemente los puños de su túnica y alisándose el frente.

Una exclamación de júbilo y una lluvia de chispas de colores anunciaron el éxito por parte del vendedor para encontrar la varita adecuada. Minutos más tarde, el niño salía de la tienda con una sonrisa radiante y un valioso paquete bajo el brazo.

—Buenas tardes, caballero. ¿En qué puedo ayudarle? —le concedió su atención finalmente el señor de gafas, mientras terminaba de acomodar las varitas que había desplegado sobre el mostrador para que el niño probase.

—Buenas tardes. Vengo por el puesto de trabajo que publicaron en El Profeta —se presentó Alex, obligándose a sonreír educadamente.

—¡Oh! —exclamó ilusionado el hombre. Se limpió la mano de forma rápida contra el frente de su túnica y la extendió en dirección a Alex—. Gervaise Ollivander, encantado —se presentó.

—Alexander Lestrange, un placer —estrechó la mano.

El efecto fue instantáneo. El color desapareció del rostro de Gervaise, y la sonrisa amable tembló en sus labios. Lo que había comenzado como un apretón firme de manos se aflojó hasta convertirse en un movimiento tenso y reticente.

—Verás, muchacho, es un momento complicado para la industria de las varitas, y no creo que te interese trabajar por el sueldo que puedo ofrecerte… —empezó a balbucear el hombre. Al menos tenía la decencia de inventarle una excusa. Era más de lo que habían hecho en el resto de los empleos.

—Le aseguro que me interesa incluso si el sueldo es inferior a lo esperado, señor —fue la respuesta de Alex, intentando no sonar desesperado. No creía que su autoestima pudiese soportar otra negativa sin desmoralizarse por completo. Ollivander se rascó la nuca, incómodo.

—Ya… Me has agarrado en un día muy ocupado, pero te diré que haremos: puedes dejarme tus datos y yo me comunicaré contigo en los próximos días —sugirió Ollivander, una forma respetuosa de deshacerse del aprieto.

Alex exhaló, vaciando el pecho de aire con resignación. Ollivander no iba a llamarlo. Aún así, le entregó la copia de su curriculum.

—Si me disculpas, tengo mucho trabajo que hacer… —volvió a repetirle.

—Gracias —susurró Alex decepcionado, pero Ollivander ya se había escapado hacia la parte trasera de la tienda. Alex se desinfló tan pronto como el hombre estuvo fuera de su alcance, sus hombros sintiéndose pesados y la sonrisa cordial desvaneciéndose.

—¿Por qué te empeñas en usar ese apellido? —le preguntó repentinamente una voz femenina.

Sobresaltado, Alex giró sobre sus talones. Una muchacha lo observaba con expresión intrigada desde el umbral por donde segundos atrás había desaparecido el señor Ollivander. Sus ojos pálidos miraban detenidamente a Alexander desde detrás del cristal de unos gruesos anteojos mientras aguardaba su respuesta.

—Porque es mi apellido —respondió él, entre confundido y un poco ofendido por la pregunta.

—Pues creo que te iba mejor cuando usabas tu otro apellido. Esto no es Hogwarts, aquí afuera no te será tan fácil cargar con ese peso —puntualizó, arqueando significativamente una ceja.

—Nos conocemos, ¿verdad? —el rostro de la chica le sonaba familiar, pero Alex no terminaba de descifrarlo. Nunca había sido bueno para recordar rostros, menos aún nombres. —¿Hufflepuff? —recordó por fin. Ella torció una sonrisa extraña.

—Mi nombre es Aurora —aclaró dando un paso más hacia él, acercándose a la luz que penetraba por la vidriera. El parentesco con Gervaise Ollivander se hizo evidente. Ahora que la veía de cerca, Alex empezaba a recordarla. La había cruzado en varias ocasiones en el vagón de prefectos y por los pasillos del castillo durante los turnos de vigilancia. Nunca antes habían hablado.

—Gracias por el consejo, Aurora. Pero prefiero ser yo mismo, incluso si eso implica más trabajo —sentenció Alex, su voz oyéndose más orgullosa de lo que habría deseado. Pero contrario a lo que cabría esperar, una expresión satisfecha surcó el rostro de Aurora.

—¿Sabes algo siquiera de varitas? —le preguntó sin preámbulos.

—Soy bueno en encantamientos —aseguró Alex. Ella chasqueó la lengua.

—Hacer bombas de colores no es equiparable a la fabricación de una varita —le espetó con cruda sinceridad.

—Aprendo rápido —no sabía bien por qué pero sentía la necesidad de justificarse, a pesar de que él era un mago adulto que había terminado su formación educativa y Aurora todavía era una adolescente que no tenía permitido hacer magia sin supervisión.

—Mi padre no mentía cuando te dijo que el sueldo no sería mucho —volvió a advertirle ella. Alex sintió una pisca de esperanza burbujear en su pecho.

—No es dinero lo que busco —aseguró él. Tenía de sobra en su bóveda de Gringotts.

—Hablaré con él —le prometió Aurora, asintiendo con un gesto de cabeza. Alex no pudo contener la sonrisa de alivio que curvó su boca.

—¿Por qué me ayudas? —le preguntó antes de que Aurora se desvaneciese con la misma velocidad con la que había llegado. Ella se encogió de hombros, restándole importancia.

—No deberíamos tener que pagar por los errores que cometieron nuestros antecesores —respondió con simpleza, dejándolo aún más intrigado.

Alex abandonó la tienda de Ollivanders envuelto en un éxtasis de felicidad. Se sentía liberado de la presión que lo había sofocado el último tiempo y que se había intensificado con cada entrevista infructuosa y cada puerta cerrada. Y si bien no tenía idea de cuánta influencia tenía Aurora sobre su padre, al menos le había abierto una posibilidad. Era más de lo que Alex había esperado al salir de su casa esa mañana.

Decidió aprovechar y caminar de regreso hacia su nuevo hogar. Todavía le costaba pensar en la tétrica mansión de esa manera. En su corazón, su casa seguía siendo la humilde vivienda muggle ubicada en las afueras de Londres, donde había crecido con su madre, o con quien él había creído que era su madre hasta tan solo un año atrás.

Pero después de terminar Hogwarts, Alexander no había regresado allí. El enojo inicial que había sentido hacia su madre Arlene se había disipado con el paso de los meses, pero en su lugar, había quedado un resentimiento sordo, consecuencia de sentirse profundamente herido y engañado. Toda su vida había sido una mentira. Su verdadera madre había muerto antes de que él pudiese recordar su rostro, y su padre… Bueno, prefería no pensar en él como su padre. No, Alex no tenía la fortaleza necesaria para enfrentarse a Arlene. Al menos no todavía.

Entre las múltiples riquezas y propiedades que había heredado al tomar el apellido Lestrange, se encontraba una vieja mansión ubicada a pocas cuadras del Callejón Diagon, oculta en pleno Londres, visible únicamente para personas mágicas. Llevaba décadas sin ser habitada. Las puertas se habían sellado después de que los hermanos Lestrange fuesen arrestados durante la Primera Guerra Mágica, y nunca se habían vuelto a abrir.

Hasta ahora.

La primera vez que Alexander visitó la mansión fue en compañía de Scarlet Raven, durante las vacaciones de invierno, tras descubrir sus verdaderos orígenes. Habían ido ellos dos solos, sin ninguna compañía. Scarlet lo había preferido así: la madre de Nina no se fiaba de la casa.

Por supuesto que Raven había tenido razón. La casa estaba llena de peligros mortales. Tan solo colocar una mano sobre el picaporte había sido suficiente para que ésta respondiera mordiéndole los dedos.

No habían regresado hasta después de terminar el año escolar, y esta vez, Louis Weasley y su padre Bill los habían acompañado. Scarlet insistió una vez más en que lo mejor era derrumbar el lugar y empezar de cero. Y extrañamente aquella sugerencia era la solución más lógica. Una rápida inspección había hecho evidente que el lugar no se encontraba habitable. Incluso si solucionaban la suciedad acumulada y las plagas que infestaban todos los ambientes, seguía persistiendo en el ambiente una fuerza invisible y ominosa, como una presencia que palpitaba en cada rincón oscuro y detrás de cada puerta cerrada.

Pero por algún motivo indescifrable, Alex no podía destruir la casa. Lo había sentido tan pronto había cruzado el umbral, a través de la oscuridad y la decadencia. Una conexión con aquel desagradable lugar que le erizaba los vellos de la nuca, que habría preferido no sentir, pero que no podía escapar. Como si él y la casa estuviesen vinculados.

—Te reconoce como su dueño —le había explicado Louis luego de que Alex se animara a contárselo.

—No me sentí muy bienvenido, ¿sabes? —resopló Alex, conteniendo el estremecimiento que amenazó con sacudirlo al recordar la desagradable sensación que lo había envuelto dentro de la casa.

Durante aquella segunda visita con Louis y su padre, Alex había experimentado al menos tres situaciones de grave peligro mientras recorría la casa. Una de las lámparas le había escupido fuego al pasar caminando frente a la puerta de lo que asumía debía de ser una habitación importante pero que se negó a abrirse para ellos. Los escalones de la escalera principal se habían desvanecido sin aviso, haciéndolo tropezar en su descenso. Scarlet lo había atajado a tiempo para evitar que rodase hasta la planta inferior. Y por último, una colonia de doxys que habitaba uno de los almacenes lo había atacado furiosamente, obligándolo a retroceder y cerrar nuevamente la puerta.

—Es normal. No te conoce —respondió Weasley, encogiéndose de hombros.

—Hablas como si fuese algo vivo. Es una casa, Louis —le recordó Alex, innecesariamente.

—Es mucho más que una casa, Alex —insistió su amigo lanzándole una mirada seria que desentonaba con su habitual jocosidad—. Ha albergado siglos de generaciones de magos. Parte de esa magia persiste en ella.

—Pues lo que sea que controla esa casa, no me quiere ahí —se había enojado Alex, cruzándose de brazos como un niño terco. Pero Louis había chasqueado la lengua, descartando su teoría.

—No va a quererte si te muestras tan reticente hacia ella —lo criticó el pelirrojo. Alex arqueó las cejas, incrédulo.

—Oh, lo siento. ¿Crees que si le llevo flores la próxima vez no intentará matarme? —exclamó con excesivo sarcasmo. Louis torció una sonrisa socarrona.

—Pues…

—¡No voy a llevarle flores a una casa, Louis! —estalló, alzando los brazos hacia arriba con indignación.

Pero la siguiente vez, Alex llevó un ramo de flores blancas. Las depositó en una vasija en el vestíbulo de entrada. Unas horas más tarde, cuando volvió a pasar junto a ellas se encontró con que se habían chamuscado. Sus pétalos se encontraban ennegrecidos y desparramados por el suelo. Pero al menos ese día, la casa no intentó matarlo.

Lentamente, Alex empezó a comprender a lo que Louis se refería. Al principio había sido una fuerza hostil, pero lentamente, la casa comenzaba a aceptar su presencia allí. Persistía aún la magia negra que la familia Lestrange había impregnado en las paredes y los cimientos, y Louis trabajaba día y noche para revertirla. Pero al mismo tiempo, Alex empezaba a tener la sensación de que su propia magia empezaba a entremezclarse con la vivienda. Su resistencia y desconfianza hacia la mansión iba reemplazándose gradualmente por una de cotidiana costumbre. Y a modo de respuesta, tal como Louis había predicho, la casa también había dejado de mostrarse hostil hacia él.

Sin ir más lejos, esa misma mañana la puerta bloqueada del corredor principal se había abierto por sí sola cuando Alex había pasado frente a ella. Era una de las pocas habitaciones que Louis aún no había logrado desbloquear, la casa resistiéndose a que accedieran a lo que fuese que escondía en su interior.

Una inmensa sala de estar se había desplegado frente a él. Gigantescas estanterías repletas de antiguos libros estaban empotradas en sus paredes, los lomos cubiertos de una gruesa capa de polvo. Las ventanas se alzaban desde el suelo hasta el techo, bordeadas por gruesas cortinas oscuras que opacaban la iluminación del lugar. La chimenea estaba vacía y los sillones que la rodeaban enmohecidos. Una segunda puerta en el interior de la sala comunicaba con una habitación más pequeña que por su aspecto parecía haber servido alguna vez como sala de trabajo para fabricación de algún tipo de instrumento mágico o pociones especiales.

Incluso en su mayor decadencia, Alex podía vislumbrar la sombra de una época dorada esplendorosa, de una grandeza y gloria perteneciente a otro siglo, a otro mundo.

Por supuesto que cuando regresó a la casa esa tarde tras la entrevista, se encontró con que Louis ya estaba trabajando en la habitación. Las voces llegaron hasta él mientras subía las escaleras, estridentes y joviales. Sonrió sin darse cuenta, un calor agradable extendiéndose en su pecho.

James estaba tumbado en uno de los sillones, su cuerpo hundido de forma desigual a causa de los resortes rotos. Todavía llevaba puesta la ropa de entrenamiento del Puddlemere y jugaba con una quaffle, lanzándola al aire por encima de su cabeza para volver a atajarla en su descenso.

—El señor de la casa ha llegado, Louis —bramó James, guiñando un ojo cómplice hacia Alex.

Louis asomó la cabeza desde la habitación de trabajo. Su cabello pelirrojo estaba revuelto y algo pegajoso que parecía ser una tela araña se había enredado entre los mechones de su coronilla. Sus pecas habían quedado ocultas debajo de la mugre que manchaba su rostro, y sus ojos azules resaltaban con un brillo exultante, complacido con el nuevo desafío que suponía la habitación que Alex había descubierto.

—Te ha ido bien, ¿verdad? —aseguró Weasley, mientras se sacudía las manos para librarse de parte del polvo. Parecía extrañamente convencido de ello.

—Eso creo… —balbuceó Alex, rascándose la nuca. Louis cruzó una mirada cargada de complicidad con James y sonrió.

—Te dije —comentó satisfecho. James se había enderezado en el sillón, meneando la cabeza sorprendido.

—¿Tan poca fe me tenías? —frunció el ceño Alex, malinterpretando su reacción.

—Todo lo contrario —aseguró James, incorporándose y palmeando a Alex en la espalda.

—Hay algo que tienes que ver —le informó Louis e hizo un gesto con la mano incentivándolo a introducirse en la habitación donde minutos atrás había estado trabajando—. Verás, Alex, esta no es simplemente una sala de trabajo… Este lugar ha visto magia poderosa y antigua.

—¿Qué tipo de magia? —ya nada sorprendía a Alexander.

—Del tipo de magia necesaria para hacer objetos mágicos únicos —respondió enigmáticamente Weasley.

—Como varitas mágicas, por ejemplo —agregó James a su lado.

Alex quedó boquiabierto. Efectivamente, Louis había revisado el salón, abriendo los compartimientos y desplegando varios de los instrumentos sobre las mesas. Escamas de sirenas, pelos de unicornio, piedras preciosas, pepitas de plata y oro, balanzas, cuencos para moler ingredientes, calderos de cocción…

Un lugar ideal para practicar y aprender si conseguía el empleo en Ollivanders.

—Parece que la casa se está encariñando contigo —bromeó Louis.

Pero él no sabía qué decir. No tenía palabras para expresar su asombro. Era el primer buen gesto que la casa tenía con él. Esa mañana se había despertado desalentado por los fracasos de sus entrevistas previas. La casa había respondido mostrándole una habitación que hasta entonces había resguardado recelosamente.

Alex quería investigar cada rincón de ese lugar. Abrir cada cajón, revisar cada alacena, leer todos los libros. Era uno de los mejores regalos que podrían haberle hecho. Y había llegado desde el sitio más inesperado.

—Gracias —masculló por lo bajo, mientras sus dedos rosaban con suavidad la superficie polvorienta de la mesa más cercana, casi con reverencia.


Lorcan se había preparado mentalmente para encontrarse con escenas repletas de violencia y destrucción. Había imaginado cientos de escenarios distintos, todos ellos plagados de batallas, maleficios, dragones y muerte.

No se había preparado para lidiar con lo que venía después. Cuando el combate termina, los incendios se apagan y los maleficios se agotan. Nunca habría podido imaginar que había un escenario aún más desolador que la batalla en sí.

La realidad lo golpeó de lleno tan pronto como descendió de la camioneta que lo llevó hasta lo que alguna vez había sido la ciudad de Poznan. No fue hasta que caminó sus calles destrozadas y sus edificios abandonados que comprendió la magnitud de la guerra. No se trataba simplemente de lo que sucedía durante la batalla, sino del daño que dejaba atrás cuando se iba. Cuando lo único que quedaba eran ruinas y cadáveres. Y las lágrimas silenciosas de los que debían reconstruir sobre los escombros y enterrar a los muertos.

Estuvo en Poznan una semana, escuchando las historias que los lugareños tenían para contar, tomando notas de sus nombres, de sus vivencias, de sus recuerdos. Ellos necesitaban hablar, y él necesitaba entender.

Fue a través de ellos que supo que la Resistencia Rusa se había trasladado hacia el este. La victoria en Poznan (si es que eso podía llamarse victoria) los había incentivado a continuar, intentando liberar toda Polonia de las Sombras. Era una tarea titánica, y por lo poco que Lorcan había escuchado, se trataba de un ejército reducido. Habían perdido un importante número de soldados en la batalla de Poznan.

Pero tenían un arma secreta. O eso se rumoreaba. Un poder capaz de iluminar la noche más oscura y disipar las sombras más espesas. Había llevado esperanzas al pueblo de Poznan, devolviéndole la calidez a sus almas entumecidas. La perspectiva de un futuro.

Lorcan consiguió que uno de los lugareños lo alcanzara hasta el siguiente pueblo, a unos cincuenta kilómetros de allí, introduciéndose más en el territorio polaco, y acercándose poco a poco al foco de conflicto. A partir de allí, tuvo que caminar durante varios días. No había muchas personas dispuestas a introducirse en el territorio bélico.

Transcurrió otra semana, larga y solitaria, hasta que finalmente Lorcan encontró el campamento de la Resistencia. O mejor dicho, la Resistencia lo encontró a él.

—¡No te muevas! —le gritó un soldado con un marcado acento ruso, mientras asomaba de detrás de uno de los árboles que bordeaba el camino por donde Lorcan había estado avanzando. Sostenía su varita con determinación en dirección a Scamander, y sus ojos estaban entornados y enfocados en cualquier movimiento que éste pudiera llegar a hacer.

Lorcan alzó las manos a los costados de su cabeza en señal de rendición. Una mujer surgió de detrás de otro árbol, con lo que parecía ser una ballesta cargada.

—¿Quién eres y qué haces aquí? —lo interrogó, sus ojos inspeccionándolo de pies a cabeza, con visible desconfianza. A diferencia del hombre, su pronunciación era más nasal y pegajosa. Francesa, comprendió Lorcan.

—Mi nombre es Lorcan Scamander. Soy periodista. Trabajo para una revista inglesa… —empezó a responder él. El hombre ruso resopló, interrumpiéndolo.

—Estás muy lejos de casa, periodista —comentó la mujer.

—Soy cronista de guerra —explicó Lorcan, e hizo una seña con el dedo índice hacia el bolsillo delantero de su chaleco, donde guardaba la credencial que certificaba su identidad. La mujer introdujo la mano en el bolsillo sin dejar de apuntarle con la ballesta y extrajo la credencial. Una sonrisa amenazó con curvar los labios de la francesa.

—¿Y cuántas guerras has cubierto? —se burló de él.

—Esta es mi primera —confesó Scamander, intentando sonreír para apaciguar los ánimos.

—Te han mandado a morir, periodista —sentenció la mujer.

Una descarga de pánico lo atravesó al escucharla, y por un instante, pensó que iba a dispararle allí mismo. Pero la mujer bajó su ballesta y el soldado ruso la imitó, aunque sus ojos no se despegaron de Scamander. Lorcan volvió a respirar, el instante de pánico cediendo lentamente.

—Date la vuelta y vuelve a casa —le aconsejó ella. Hizo un gesto a su compañero para que la siguiera, disponiéndose ambos a introducirse nuevamente entre los árboles para continuar con la vigilancia.

—Vengo de Poznan —soltó bruscamente Lorcan, en un desesperado intento por retenerlos. Funcionó. Ambos soldados se detuvieron en seco al escuchar el nombre del pueblo—. Nadie está hablando de eso en Inglaterra. Nadie está hablando de nada de esto allá. Es como si la guerra fuese algo externo y lejano que no nos compete… Pero si vieran lo que yo vi, si escucharan las historias que yo escuché… —las palabras se le atragantaron. Era difícil hablar sobre Poznan.

El hombre ruso fue el primero en reaccionar. Cuando giró su rostro hacia él, un fuego salvaje crepitaba en su mirada. Cientos de demonios danzaban en ellos, su propio y cruel infierno.

—¿Crees que porque has estado un par de días en Poznan y has oído un puñado de historias tristes entiendes la magnitud de esta guerra? —escupió las palabras con ira mal contenida. Lorcan prácticamente podía palpar el dolor que emanaba de él. Avergonzado, no pudo más que bajar la mirada. —No sabes nada de la guerra. ¡NADA! —le gritó.

La mujer francesa se colocó entre ambos y empujó a su compañero con una mano en el pecho, obligándolo a retroceder y tomar distancia de Lorcan.

—Zizec, cálmate —le ordenó en un tono de voz imperativo que denotaba autoridad. El hombre llamado Zizec refunfuñó y les dio la espalda, alejándose unos pasos para tranquilizarse. Ella aguardó unos segundos hasta comprobar que su compañero no iba a lanzarse nuevamente sobre Lorcan, y luego giró nuevamente su atención hacia él. —Tú estás buscando tu gran historia, lo entiendo. Has pasado unos días en Poznan y crees que has visto la verdadera cara de la guerra. Pero nosotros llevamos meses aquí. Hemos visto cómo las sombras devoraban la ciudad, cómo los dragones incendiaban barrios enteros. La mayoría de nuestros compañeros murieron ahí. No te das una idea de lo que hemos sacrificado para ganar —hablaba con una mesura que contrastaba con la fiereza descontrolada de su compañero, pero el fuego que ardía en su mirada era el mismo.

—Enséñenme —se atrevió a hablar Lorcan—. Muéstrenme la verdadera cara de esta guerra —le pidió.

Ahora incluso Zizec lo observaba con incredulidad, como si pensara que Lorcan tenía algún tipo de dificultad mental que le impedía comprender lo peligroso de todo aquello. Pero Lorcan sabía perfectamente lo que estaba pidiendo.

—Zizec, tápale los ojos —ordenó la mujer tras largos segundos de absoluto silencio—. No me corresponde a mí decidir qué hacer contigo, periodista —dictaminó.

Lorcan no opuso resistencia mientras Zizec colocaba un vendaje sobre rostro cubriéndole los ojos, y lo despojaba de toda arma que llevase con él. Enterró las voces de su mente que le advertían cautela e ignoró el temor sordo que crepitaba en su pecho. Había ido hasta allí con un objetivo, y no se rendiría hasta conseguirlo. Iba a exponer la guerra ante los ojos de todos de forma que ya nadie pudiese ignorarla.

Iba a conseguir su gran historia.


Me he tomado mi tiempo para completar este capítulo, pero espero que lo disfruten.

Gracias a los que me acompañan incondicionalmente, a pesar de las demoras y las complicaciones de la vida :)

Saludos,

G.