Capítulo 39: En medio de la tormenta
I've been havin' dreams
Jumpin' on a trampoline
Flippin' in the air
I never land, just float there.
As I'm looking up (as I'm looking up)
Suddenly the sky erupts (the sky erupts)
Flames alight the trees
Spread to fallin' leaves
Now they're right upon me.
Wait if I'm on fire
How am I so deep in love?
When I dream of dying
I never feel so loved.
(Estuve soñando,
Saltando en un trampolín
Girando en el aire
Nunca caigo, solo floto allí.
Mientras miro hacia arriba (mientras miro hacia arriba)
De repente, el cielo estalla (el cielo estalla)
Las llamas incendian los árboles
Se propagan hacia las hojas que caen
Ahora están justo sobre mi.
Espera, si estoy en llamas
¿Cómo estoy tan enamorado?
Cuando sueño con morir
Nunca me sentí tan amado.)
El Expreso de Hogwarts estaba rebosante de actividad. El murmullo de los estudiantes inundaba los vagones, y conforme Lily avanzaba por ellos, el eco de las conversaciones llegaba a ella entrecortado por las puertas que se abrían y cerraban dejando entrar y salir gente de los compartimientos.
Se había separado de su hermano Albus tan pronto llegaron a la plataforma. Prácticamente no habían vuelto a hablar desde aquel incidente el día en que Lily logró meterse sin aviso en su mente. No se había tratado tanto de los recuerdos que había logrado ver, sino más bien de los sentimientos que habían acompañado a los recuerdos.
Había sentido el sabor agridulce de la venganza y el cosquilleo electrizante de poder que revoloteaba dentro de Albus. Había percibido esa sed ambiciosa de superarse que habitaba dentro de él, detrás de la oscuridad que la sombra de su padre proyectaba. Había divisado los deseos más profundos que ensombrecían el juicio de su hermano, esos que muchas veces torcían su ya ondulante línea moral. Y lo que era aún más importante: Lily conocía lo que Albus podía llegar a convertirse. Lo había visto en sus visiones. La imagen de Albus empapado en sangre con la magia chispeando en su varita y la muerte centelleando en su mirada verde.
La había asustado, no iba a negarlo. Pero Albus también había sentido miedo ese día. Había conocido por primera vez la derrota, en un terreno de magia que él no dominaba, por la hermana que subestimaba. Había perdido el control sobre la situación, y Lily había hecho lo que él no se había esperado: se había aprovechado del momento de vulnerabilidad entre ambos y había roto aún más la confianza ya quebrada entre ellos. Se había excedido, y por eso, Albus ya no confiaba en ella.
No era como si Lily pudiese confiar en él, tampoco. No después del engaño con la poción. Más importante, conocía a Albus. Sabía que su distanciamiento y su silencio no podían significar nada bueno. Si Albus estaba tranquilo, era porque tramaba algo. Lily solo podía confiar en que su amenaza lo contuviera el tiempo suficiente para llevar adelante su plan.
Sus conspirativos pensamientos se vieron interrumpidos por la voz familiar de Hugo Weasley, proveniente del compartimiento frente a ella. Lily se pegó contra la pared del vagón para que no pudiesen verla por las ventanas. Su primo era otra de las personas a las que venía evitando sistemáticamente.
—En un mundo que día a día se sumerge más y más en la oscuridad, hacer lo correcto se vuelve un acto de heroísmo silencioso, muchas veces sin reconocimiento, donde la corrosiva marea del mal parece roer las buenas intenciones, y los actos de bien parecen volverse obsoletos. Sepan que no están solos. Su lucha no es en vano. Los estamos viendo. Los estamos escuchando. Esta guerra ya no será un grito sofocado. Será un clamor de justicia. —leía de forma solemne Hugo.
Un silencio palpitante se prolongó dentro del compartimiento cuando terminó de leer, y Lily se asomó sigilosamente para espiar por la esquina de la ventana. Hugo se encontraba sentado con sus largas piernas cruzadas una sobre la otra y la última publicación de El Quisquilloso reposando sobre las mismas, con sus dedos todavía sosteniendo las hojas que había estado leyendo. Se trataba de una edición especial: un volumen completamente dedicado a la relatar lo que estaba sucediendo en Europa continental con la guerra de la Frontera. En la portada, debajo del nombre de la revista, podía leerse el titular "Crónicas de guerra".
—Quién hubiese dicho que Lorcan podía escribir así —comentó Lucy, sin esconder su asombro. Estaba sentada junto a Hugo y se había inclinado levemente sobre su hombro para espiar la revista.
—Lysan me ha dicho que prevén que será una de las ediciones más vendidas de los últimos años… La primera partida se agotó en tan solo una semana —agregó Hugo, su pecho inflándose con orgullo de manera inconsciente. Fue Tessa quien lo percibió antes que el resto, una sonrisa traviesa curvándole los labios.
—¿Así que has estado hablando mucho con Lysan? —comentó Nott, alzando las cejas de forma insinuante. Hugo se sonrojó violentamente.
—Lo normal… Ya saben, ha pasado el verano en nuestra casa… —balbuceó el pelirrojo, nervioso.
—¿Le has hecho un lugar en tu cama para que se sienta a gusto? —ronroneó Circe, que estaba recostada en la butaca frente a él, con la cabeza apoyada sobre las piernas de Tessa.
—¿Por qué siempre tienes que ser tan… explícita? —la retó Hugo, arrojándole la revista, aunque el asomo de una risa se podía percibir en su voz.
Circe se enderezó para observar mejor la revista que Hugo acababa de lanzarle. La sonrisa trastabilló en su boca carnosa.
—¿Creen que pueden ganarle? ¿A Las Sombras? —la voz le salió inusualmente grave, sin rastro de su tinte vibrante y juguetón característico.
—Eso espero —suspiró Lucy, plegando sus piernas contra su pecho y envolviéndolas con sus brazos, como si la sola mención de las Sombras le provocara escalofríos.
—Van a ganar. Tienen que ganar —aseguró Tessa, su mirada negra repleta de ciega convicción. Circe chasqueó la lengua.
—Solo digo… Si esas Sombras llegan aquí… No creo que nuestro país esté listo para enfrentarse a algo así —insistió Circe, puntualizando sus palabras mientras golpeaba con el dedo índice sobre una de las hojas de la revista. En ella podía verse una fotografía de la ciudad de Poznan. O de lo que había quedado de ella después de que las Sombras fuesen dispersadas.
—No estoy seguro de que este gobierno quiera pelear contra las Sombras —susurró Hugo, bajando el tono de la conversación como si temieran que alguien pudiese escucharlos. Lily tuvo que pegarse más al vidrio para oír el resto de la conversación.
—La Rebelión no durará en el gobierno —aseveró Tessa, frunciendo el ceño—. La gente no apoyará algo así…
—La gente se ha tragado sin problemas todo lo que Zafira Avery les ha estado escupiendo todo este tiempo —Circe vaciló, sus ojos desviándose solo un instante hacia Tessa para volver a posarse en un punto en blanco frente a ella—. Lograron sacar a Shacklebolt del poder, y han convencido al pueblo mágico que Harry Potter es un asesino…
—Mi tío no es un asesino —interrumpió Lucy, afectada.
—Ya, pero se ha fugado, ¿no? Eso no ayuda mucho a que la gente crea en su inocencia —comentó Circe encogiéndose de hombros—. Solo digo… La Rebelión podría tenerlo atrapado en algún sitio sin que nadie sepa, o incluso podría estar muerto…
—No está muerto —aseguró Hugo, con una fe tan rígida que hizo que Circe se sonrojara levemente.
—¿Cómo… —Zabini carraspeó para aclararse la garganta. Si Lily no la conociese mejor, habría creído que estaba incómoda. Pero Circe no era de las mujeres que se incomodaban con facilidad—. ¿Cómo lo sabes?
—Si estuviese muerto la Rebelión ya lo habría anunciado a todas voces —respondió Tessa al ver que ni Lucy ni Hugo lograban dar con una respuesta certera.
Lo cierto era que ninguno de ellos lo sabía con certeza. Nadie sabía si estaba muerto, o simplemente escondido. Nadie sabía dónde estaba Harry Potter, ni siquiera sus hijos. Aunque Lily lo sospechaba, y estaba segura de que sus hermanos compartían esas sospechas, ninguno de ellos las había expresado en voz alta, ni siquiera en la intimidad de su casa en el Valle. James había sido tajante al respecto después de que la gente del Ministerio intentara interrogarlos en Hogwarts, antes del receso escolar. No debían hablar nunca, con nadie, sobre su padre. Y menos debían nombrar a la Orden del Fénix.
Aún así, Lily sintió esa opresión sofocante en el pecho que la invadía últimamente cada vez que escuchaba hablar de su padre de esa manera, o siquiera pensaba en su posible final. Apoyó ambas manos sobre la pared del vagón a su espalda, buscando un punto firme sobre el cual asentarse, y cerró los ojos para tranquilizarse. Respiró hondo una, dos, tres…
Llovía. Estaba empapada. Estaba sola. Y la sensación en su pecho, lejos de amainar, se había incrementado, volviéndose insoportable.
—Lily —la llamó una voz vacilante, trayéndola de regreso.
Abrió los ojos. Frente a ella, Amadeus Relish la observaba atentamente desde detrás del marco de sus gruesas gafas. Tenía una mano todavía extendida por encima de su hombro, donde le había dado veloces y rítmicos golpecitos para despertarla.
Lily se abalanzó hacia delante y lo abrazó. Sintió cómo el cuerpo de Amadeus se ponía rígido entre sus brazos, desconcertado y sin saber cómo reaccionar, pero a pesar de ello se demoró unos segundos más en soltarlo. No se había dado cuenta de cuánto necesitaba a alguien a quien abrazar hasta ese momento.
—Te estaba buscando —confesó Lily, su voz temblando a causa de la liberación repentina que había sentido al verlo. Como si Amadeus le hubiese quitado de encima una mochila cargada con piedras sólidas.
—Yo también —respondió Amadeus, bajando la mirada. A través de la palpable incomodidad Lily pudo ver que esbozaba una sonrisa. Él también se alegraba de encontrarla.
Buscaron un vagón vacío, alejado de la multitud, donde poder conversar sin ser interrumpidos o escuchados. No fue hasta que la puerta estuvo cerrada y las cortinas bajas que Relish se animó a abrir su morral y mostrarle a Lily lo que había en el interior.
—Los conseguiste —exclamó sin ocultar su asombro y felicidad, mientras sacaba delicadamente la bolsa hermética dentro de la cual yacían un puñado de hongos en perfecta conservación—. ¿Puedes completarla? —preguntó Lily, desviando su intensa mirada hacia él.
—Eso creo —dijo Amadeus, tragando saliva pesadamente.
Volver a Hogwarts no hizo más que reafirmar la decisión de Lily de avanzar con la poción para potenciar sus visiones de una vez por todas. Había sido paciente, y había intentado acceder a su tercer ojo a través de la Oclumencia, pero se había quedado sin tiempo.
El precio que colgaba sobre la cabeza de su padre crecía día a día. Incluso dentro del castillo, entre los estudiantes, era un tema de conversación recurrente. Héroe o criminal, lo cierto era que tanto los que lo odiaban como los que lo adoraban se preguntaban dónde estaba Harry Potter, y por qué no estaba luchando por limpiar su nombre. Con cada día que pasaba, el renombre del Elegido sufría la corrosión de los rumores y la incertidumbre. Quienes apoyaban a la Rebelión lo llamaban cobarde y asesino, y aseguraban que se ocultaba porque sabía que no tenía forma de escapar de su condena. El silencio y la ausencia empezaban a generar dudas entre los que alguna vez lo habían defendido sin titubear: ¿y si era verdad? ¿Y si, finalmente, Harry Potter había perdido la cabeza? ¿Y si era peligroso y debía ser detenido a toda costa?
Nunca antes se había sentido tan sola en el castillo. Se pasaba las clases ignorando a Nina y a Hugo, y evitaba asistir al Gran Salón durante las comidas. En cambio, se reunía con Amadeus en el segundo piso de la zona vieja del castillo, donde acostumbraban a entrenar. Allí, mientras él llevaba adelante los últimos detalles en la fabricación de la extraña poción, Lily practicaba Oclumencia. Había aprendido que si dibujaba las runas sobre la piel de sus muñecas conseguía canalizar la magia con mayor facilidad que cuando las garabateaba en el suelo.
Pero incluso así, no lograba tener una visión completa de su futuro. Las imágenes llegaban a ella de a fragmentos, una mezcla de colores y sentimientos difíciles de interpretar. Había intentado desbloquear nuevas visiones del futuro, intentando descifrar el destino que le aguardaba a su padre. Pero le era imposible.
Necesitaba descifrar la visión de la lluvia. Lily presentía que si conseguía hacerlo, entonces podría acceder a su poder con mayor libertad.
A Amadeus le habría gustado contar con más tiempo antes de probar la poción. Las instrucciones sobre su fabricación estaban escritas en un idioma difícil de traducir, y el muchacho de Ravenclaw había tardado meses en descifrarlo. Pero ahora que finalmente había completado su trabajo, se mostraba dubitativo.
—¿Y si me he equivocado en alguna dosis? —expresó en voz alta su temor. Lily chasqueó la lengua, mientras devoraba con la mirada el recipiente que Amadeus sostenía entre sus manos.
—Tú nunca te equivocas —confió ciegamente la pelirroja, mientras se arremangaba la túnica y comenzaba a dibujar con su propia varita las runas mágicas sobre la piel blanca.
—Es una receta extraída de un libro que tiene cientos de años —insistió Amadeus con gravedad. Lily pausó su dibujo para volver su atención hacia él.
—Nada puede ser peor que como siento en este momento, Amadeus —le dijo ella, su mirada cargada con desgarradora angustia.
—Aún así, existen riesgos —balbuceó el muchacho.
—Estoy dispuesta a asumirlos —zanjó el tema ella, volviendo a centrarse en los dibujos sobre sus muñecas y antebrazos. Amadeus tragó saliva y asintió.
Cuando Lily terminó de dibujar, estiró sus manos hacia él para que le entregara el cuenco. Pero Amadeus no se lo entregó inmediatamente. Lily podía percibir que su compañero empezaba a dudar, así que se aclaró la garganta con fuerza, instándolo a reaccionar. Con manos temblorosas, Amadeus estiró la poción hacia ella.
El recipiente estaba todavía tibio. Una sustancia de color perlado, espesa y oleosa bailaba en el interior. Despedía un suave vapor desde su superficie, pero cuando Lily inspiró profundo ningún aroma llegó hasta ella.
—Recuerda que debes beberlo de un solo trago. Tardará unos segundos en hacer efecto —le dio las últimas instrucciones Amadeus, a pesar de que habían repasado el proceso meticulosamente durante los días previos.
—A tu salud, Relish —bromeó Lily, guiñándole un ojo mientras levantaba el cuenco en su dirección, en un intento por disimular el miedo que atenazaba sus músculos.
Bebió todo el contenido sin pensarlo, tragando sin siquiera saborearlo. Era difícil de pasar, pues la poción se sentía como cera caliente que iba enfriándose y adhiriéndose a su garganta a medida que descendía. Aún así, Lily no se detuvo. Cruzó una mirada con Amadeus sin hablar, dándole a entender que se encontraba bien. Él ya tenía su cuaderno en una mano y la pluma en la otra, y escribía frenéticamente.
Se sentó en el suelo, cruzándose de piernas como solía hacerlo siempre que se disponía a abrir su Tercer Ojo, y aguardó. Los segundos se sucedían con penosa lentitud, tanto que por un momento, Lily estuvo a punto de quejarse, convencida de que la poción no había funcionado.
Pero cuando abrió la boca para hablar, cayó en cuenta de que la lengua no le respondía. Sus ojos se nublaron, la imagen de Amadeus difuminándose frente a ella. Pestañeó para aclarar su vista, pero cuando volvió a abrir los ojos, la habitación había desaparecido para ser reemplazada por la más profunda y silenciosa oscuridad.
Su corazón se agitó en su pecho y el pánico empezó a trepar por sus extremidades. Se obligó a sí misma a exhalar el aire que había retenido en los pulmones y a volver a inspirar. Volvió a cerrar los ojos, intentando apaciguarse. Cuando volvió a abrirlos, las imágenes se volcaron sobre ella como una catarata de colores, arremolinándose a su alrededor de forma confusa y vertiginosa. Cientos de miles de fragmentos, de rostros, de momentos. Caras familiares y desconocidos. Voces y gritos y llantos. El más absoluto caos abriéndose frente a ella como un abanico, mostrándole destellos del futuro.
Era abrumador, y Lily comenzó a desesperarse. Cada vez que intentaba aferrarse a una de las imágenes, se le escurría como aire entre los dedos, para ser reemplazada por otra visión, y otra, en una secuencia interminable e incomprensible.
Cerró los ojos y se llevó las manos a la cabeza, un grito desgarrador escapando de su garganta en un intento desesperado por detener lo que fuese que estaba sucediéndole.
El frío del agua de lluvia la golpeó en el rostro, y al abrir nuevamente los ojos, durante varios segundos, eso fue todo lo que vio. Una cortina de agua que caía desde las nubes grises que opacaban el cielo y ocultaban el paisaje a su alrededor.
Estaba de nuevo en esa torre. De nuevo en medio de la tormenta. Y una vez más, estaba sola.
Bajó la mirada hacia sus manos. Las runas habían desaparecido de su piel.
Sentía la ropa empapada y pesada contra su cuerpo, traccionándola hacia el suelo. No, no era el agua. Era algo más. Era algo oscuro y sombrío, arraigado dentro de ella, que la estaba carcomiendo en vida.
Era la culpa, comprimiéndola y aprisionándola.
Lily se tambaleó, el dolor tomándola por sorpresa. En los últimos meses, había conocido el daño de la traición, de la soledad y del miedo. Pero lo que sentía en ese momento escalaba a niveles que ella nunca habría imaginado posibles.
Y entonces lo supo. Lo supo con una certeza que no podía explicar, pero de la que no existían dudas.
Ese era el final. Su final.
Allí, en esa torre, completamente sola, era donde todo terminaba.
Y era su culpa.
No había sido lo suficientemente buena. No había sido lo suficientemente fuerte. Había fallado. Le había fallado a todos.
Dio un paso hacia el frente, las rodillas temblándole. Abrió la boca intentando tomar otra bocanada de aire, pero le costaba respirar. A pesar de ello, continuó avanzando sobre la superficie resbaladiza de piedra hasta que sus pies golpearon contra cornisa que bordeaba la cúpula de la torre. Ignorando las lágrimas que rodaban desde sus ojos y se camuflaban con las gotas de lluvia, Lily trepó sobre la misma, y se asomó hacia el abismo. Abajo se encontró solo con la devoradora oscuridad de la noche, mientras el viento soplaba a su espalda, como invitándola a tomar coraje.
Creyó escuchar que alguien gritaba su nombre en algún rincón de su mente, y recordó la existencia de Amadeus y una poción experimental. Pero era un recuerdo lejano, algo que había sucedido demasiado tiempo atrás, en otra vida. Los ecos de su nombre llegaban amortiguados por el rugir del viento y el tronar de la tormenta. Él no estaba allí. Ya no quedaba nadie allí. Ella se había asegurado de que así fuera. Estaba sola.
Lily inspiró profundo, cerró los ojos y dio un paso al frente, sus pies pisando el aterrador vacío, su cuerpo cayendo vertiginosamente hacia la oscuridad.
James observaba desde los pies de la cama con atención, mordiéndose de forma inconsciente las cutículas de sus dedos, caminando inquieto en círculos, a la espera del veredicto de Cho Chang.
La sanadora movió su varita de forma rítmica por encima de Lily, revisando sus signos vitales, controlando que, efectivamente, se encontraba a salvo.
—¿Visión borrosa? —le preguntó Cho, mientras le revisaba las pupilas.
—No… —balbuceó Lily, parpadeando incómoda bajo la luz que la varita de la sanadora destelló contra su rostro.
—¿Náuseas? —siguió el interrogatorio Chang, el entrecejo apenas fruncido.
—Estoy bien —aseguró la pelirroja, su mirada desviándose de forma veloz hacia James, para apartarla tan pronto como sus ojos se encontraron con los de su hermano.
—¿Dolor de cabeza? —ignoró su comentario Chang y continuó la inspección.
—Solo un poco —confesó Lily—. Pero es solo una molestia, nada grave —agregó al ver que la sanadora fruncía un poco más la frente.
—Convulsionaste y perdiste el conocimiento tras beber una poción ilegal, Lily —le advirtió Cho con una expresión grave—. Yo decidiré si es grave —chasqueó de manera severa. Lily se sonrojó avergonzada y bajó la cabeza. No volvió a interrumpir a Cho Chang durante lo que restaba del examen físico.
Había sido Kreacher quien había atendido la llamada de Neville Longbottom. James se encontraba fuera de la casa, entrenando con sus compañeros del Puddlemere para el partido que se disputaría el domingo siguiente, como apertura de la temporada. El elfo se había aparecido en medio del predio para darle a conocer la horrorosa noticia: su hermana menor, de la cual él era el tutor legal, se encontraba en la Enfermería de Hogwarts. Había sufrido una severa convulsión y, si bien su vida estaba fuera de peligro, aún se hallaba inconsciente.
James se había Aparecido en Hogsmeade minutos más tarde, pálido y asustado. Había estado a punto de derribar a uno de los oficiales del ERIC que custodiaba el ingreso al castillo cuando éste le dijo que no figuraba en la lista de personas autorizadas a ingresar al edificio. El profesor Spike, jefe de la casa de Gryffindor, había intervenido justo a tiempo para evitar que James cometiera una imprudencia. Había presentado la autorización firmada por el director Longbottom que le permitía ingresar, y el oficial del ERIC lo había dejado pasar a regañadientes.
Lily yacía en la cama de la Enfermería con los ojos cerrados y una expresión suave en el rostro. En cualquier otra circunstancia, James podría haber pensado que estaba durmiendo pacíficamente. Pero la realidad distaba mucho de ello. Si se observaba con más detalle, podía percibirse que su ropa estaba húmeda a causa del sudor que empapaba su cuerpo, su respiración era demasiado profunda y pausada, y sobre sus muñecas aún podían distinguirse los trazos desdibujados de una runas mágicas.
Un muchacho escuálido y reservado se removía las manos nerviosamente en una esquina de la habitación, mordiéndose el labio inferior con preocupación y acomodándose constantemente las grandes gafas que se le deslizaban por el puente de la nariz.
El relato sobre lo que había sucedido era confuso. El chico había llegado a la enfermería arrastrando con él a una Lily inconsciente, con la mirada en blanco y el cuerpo temblando de forma espasmódica. Cho Chang había logrado controlar las convulsiones, pero había considerado prudente no apresurar el despertar de la muchacha hasta asegurarse de que no había daños internos.
Mientras que la sanadora inspeccionaba detalladamente a Lily y se cercioraba de que no había sufrido una lesión cerebral permanente, James había arrastrado al muchacho nervioso llamado Amadeus hacía una esquina y lo había presionado para que hablara.
Amadeus había confesado que sabía que Lily era una Vidente y había balbuceado sobre una poción para ayudarla a comprender y controlar su poder. La había extraído un libro viejo y descosido de su mochila, escrito en un idioma que James no sabía leer. Pero no necesitaba hacerlo. Sabía suficiente de pociones como para comprender que se trataba de una preparación compleja y peligrosa.
James habría continuado su interrogatorio de no ser porque Neville intervino, advirtiéndole que Amadeus todavía era un alumno menor de edad, y que era mejor que él se ocupara del asunto como director del colegio. A él le importaba una mierda el protocolo escolar. Su hermana se encontraba tendida en una cama con posible daño cerebral consecuencia de la porquería que ese chico le había dado para tomar. En ese momento, James no respondía a la razón.
Neville se llevó a Amadeus a otra habitación para hacerle las preguntas pertinentes, posiblemente porque no confiaba en que James pudiese mantener el control mucho más tiempo.
Albus había llegado al poco tiempo. James había mandado a llamarlo tan pronto como había visto el estado en que se encontraba Lily. Pero el Albus que ingresó en la Enfermería estaba lejos de ser la persona tranquila y en control de la situación que James habría deseado. Lucía desencajado y enfermo, como si él mismo fuese quien se estaba recuperando de una fea enfermedad.
Neville había obtenido una lista completa de los ingredientes utilizados en la poción por Amadeus. Cho Chang creía que Lily posiblemente había sufrido una sobredosis de hongos mágicos. No parecía presentar signos de secuelas, pero no podían estar seguros hasta que despertara.
Pero había más. Lily presentaba rastros de poción para dormir en su sangre. En niveles lo suficientemente altos como para inquietar a la sanadora. Amadeus Relish había confesado también que llevaba tiempo proporcionándole dicha poción a su hermana. James había perdido completamente los estribos en este punto y había intentado entrar a la fuerza en la habitación donde mantenían al chico aislado. El profesor Spike había amenazado con aturdirlo si no se tranquilizaba. Albus se había mantenido aterradoramente silencioso, con la mirada fija en Lily y los puños cerrados con tanta firmeza que los nudillos se habían puesto blancos.
Las horas se habían sucedido de forma agónica y lenta a partir de allí, mientras aguardaban a que Lily se recuperara del efecto de las drogas que todavía circulaban por su cuerpo. Entrada la noche, James había enviado a Albus a dormir a su habitación con la promesa de que mandaría a buscarlo si Lily despertaba. No tenía sentido que ambos se quedaran allí montando guardia. Cho Chang dudaba de que Lily recuperara la conciencia hasta el día siguiente. Albus, extrañamente, no había ofrecido resistencia.
Pero en medio de la madrugada, mientras James dormitaba en la silla junto a la cama, Lily se había removido entre las sábanas, un gemido escapando de sus labios y haciendo que su hermano se enderezara expectante en su asiento. Había abierto los ojos con pereza, y su mirada había vagado con aturdimiento por la habitación mientras intentaba encontrarle sentido a su entorno. James se había sentido tan aliviado en ese momento que podría haber llorado junto a su cama. Pero conforme pasaban los minutos y el examen de Cho Chang demostraba que Lily se encontraba fuera de peligro, la felicidad inicial que había sentido empezó a ser reemplazada por enfado y frustración. Una parte de él quería abrazarla y nunca soltarla, mientras que la otra quería gritarle lo estúpida e irresponsable que había sido al hacer algo así.
—Te haré unos análisis más para quedarnos tranquilos… Pero todo parece en orden. No detecto ningún daño permanente, aunque ese dolor de cabeza durará varios días —explicó la sanadora, mientras extraía una muestra de sangre de su brazo.
—Gracias, sanadora Chang —habló James por primera vez desde que la había mandado a alertar de que Lily había recuperado el conocimiento.
—Los dejo a solas para que conversen —se despidió, pero al pasar junto a él, se inclinó contra su oído para susurrarle—: No seas demasiado duro con ella.
La puerta se cerró detrás de Chang dejando a los hermanos a solas. Lily mantenía su vista intencionalmente en la dirección contraria a donde James aguardaba de pie, como si repentinamente el empapelado de flores de la pared fuese desmesuradamente interesante. James se aclaró la garganta y dio un paso hacia ella.
—¿Y bien? —preguntó con sorprendente calma, los resabios de su preocupación todavía pigmentando sus palabras.
—¿Bien qué? —bufó Lily, abrazándose las piernas en un gesto de preservación, tomando distancia de él. James se pasó una mano por los cabellos y respiró hondo, intentando mantener la poca calma que le quedaba.
—¿Vas a explicarme por qué hiciste algo tan… tan…? —James se encontró con dificultades para dar con la palabra correcta para no herir los sentimientos de una Lily de por sí frágil. Pero él nunca había sido delicado con ella, y Lily lo sabía. Esa no era la forma en que ellos hablaban. James siempre había sido crudo, hasta incluso cruel por momentos, porque siempre había sabido Lily era lo suficientemente fuerte como para tolerarlo. Pero ahora, la brecha entre ellos se sentía tan grande que James temía que incluso una palabra mal pronunciada pudiera terminar de fragmentarla.
—¿Audaz? —le ayudó Lily, pronunciado la palabra con cierta petulancia, pues sabía perfectamente que ese no era el adjetivo que buscaba su hermano.
—Este jueguito tuyo con ese chico Amadeus… podrías haberte matado, Lily —la conversación adquirió rápidamente un tinte sombrío. Pero Lily no se dejó amedrentar por las tétricas declaraciones de James.
—Pues sigo viva —retrucó con desdén, manteniendo la frente en alto, casi desafiante.
—Si era tan importante, ¿Por qué no acudiste a mí? —la decepción se reflejó de lleno en su pregunta, y la postura defensiva que había adoptado Lily cedió bajo la inesperada pregunta.
—Tú no lo habrías entendido. Nadie de ustedes lo entiende realmente… No saben cómo se siente… —se lamentó Lily, su voz exprimiéndose mientras pasaba por su ajustada garganta.
—Explícame entonces. Hazme entender —le rogó James, sentándose sobre el borde de la cama y estirando con cautela una mano hasta envolver la de Lily entre sus dedos. Sintió la tensión de los músculos debajo de su tacto, cómo su hermana se debatía entre aceptar la oferta de paz de James y alejarse de allí lo más pronto posible.
—No puedo controlar las visiones, James. Ellas llegan cuando quieren y… Son confusas. Pero siempre están relacionadas a personas cercanas a mí… A sus futuros —hizo una pausa y aprovechó para mirar de reojo hacia su James.
Su hermano le dedicaba en ese momento su completa atención. No había señales de su mordaz sonrisa o de sus chispeantes ojos burlones. Por primera vez desde que eran adultos, James la estaba escuchando como a una igual, y no simplemente como a su hermana pequeña quejosa.
—Al principio acudían a mi durante el sueño… Pero luego empezaron a invadir mi mente también durante el día. Me tomaban desprevenida: imágenes, sonidos, voces, lugares que no conozco… Un torbellino de información que no podía descifrar pero sí podía sentir… —suspiró, llevándose una mano al pecho—. Podía sentirlo todo James. El dolor cuando te ahogaste en el lago, el miedo de papá a los dementores… —hizo una pausa en la que buscó hacer contacto visual con él—. Sentí el poder de Albus saliéndose de control en Hogsmeade… Es… demasiado. No puedo controlarlo, no puedo predecirlo.
—Pensé que Draco estaba ayudándote con eso —intervino James, confundido. Lily soltó una risa sin humor entre dientes apretados.
—Hace lo que puede para entrenarme en la Oclumencia, y eso me ha servido para compartimentalizar la información, discernir entre el mundo real y el mundo de las visiones.
—¿Y no es eso lo que quieres? ¿Poder contener las visiones? —James lucía cada vez más aturdido, incapaz de seguir la lógica que había guiado a Lily hasta este punto.
—Quiero entenderlas, James. Quiero saber cuál es su significado, y porque yo puedo acceder a ellas. Creo… No, no lo creo. Estoy segura de que si logro controlar este poder, podré ayudar a nuestro padre y a la Orden del Fénix a derrotar a la Rebelión —le explicó enérgicamente Lily, y en su excitación se incorporó en la cama para acercarse más a él. Tenía los ojos encendidos y la mirada cargada de intención, pero eso solo generó en James mayor preocupación, y también un poco de recelo.
—Todos queremos ayudar en esta guerra, pero esta no es la forma. No a costa de nuestra propia salud —le aconsejó James con una sonrisa paternal que por un instante lo hizo parecerse terriblemente a Harry. Lily tuvo que sacudir la cabeza para borrarse la imagen y recordar que no era su padre quien estaba allí con ella, sino su hermano.
—Sé que crees que he sido una imprudente tomando una poción como esa, pero conocía los riesgos que implicaba… Y sabía que no iba a matarme. Todo estaba cuidadosamente calculado. Contrario a tu creencia de que esto fue algo impulsivo, llevo meses planificándolo —reveló Lily, inflándose con orgullo mientras lo decía.
—¿Y cuánto tiempo llevas consumiendo drogas no recetadas? —James aprovechó ese momento para disparar lo que venía guardándose estratégicamente. Lily empalideció ante la pregunta. Le tomó tan solo una fracción de segundo recuperar la compostura, pero no lo suficientemente rápido como para engañar a James.
—No soy una adicta —se apresuró a responder.
—Eso es lo que dicen todas las personas que son adictas —contraatracó James.
—Te dije que no lo entenderías —gruñó por lo bajo la pelirroja—. ¿Crees que las tomo porque quiero hacerlo? ¡Las necesito para poder funcionar normalmente, James! Si no fuese por esas pociones, las visiones inundarían mi mente tiempo completo, y me sería imposible distinguir el mundo real del mundo del futuro. Me volvería completamente loca.
—Ese era precisamente el motivo por el cual nuestro padre insistió en que aprendieras Oclumencia, Lily. ¡Para evitar esas invasiones en tu cabeza! —la retó James,
—¡Pero yo no quiero cerrar el Tercer Ojo, James! ¡Quiero controlarlo! ¡Quiero poder ver lo que sucederá! ¡Por Merlín, podría acceder al pasado incluso! —ahora los ojos avellanas de Lily brillaban con una luz fanática que asustó a James.
—Lo que estás diciendo es imposible… —susurró James, preocupado por ella. Pero Lily sacudió la cabeza de manera frenética a modo de negativa.
—Es posible… La profesora Woodgate me lo mencionó…
—Esa mujer intentó secuestrarte y entregarte a la Rebelión —le recordó James frunciendo el ceño y empezando a molestarse con el discurso de su hermana.
—Ella no es la única que cree que yo tengo el poder que se necesita para romper las barreras del tiempo y ver más allá del simple futuro. Tengo gente que cree en mi capacidad para cambiar el curso de la historia —nuevamente, hablaba con ese tono altanero y seguro que invitaba a que la desafiaran.
—¿Te refieres al chico Relish? ¿El que fabricó una poción prohibida y te la dio de tomar sin testearla correctamente previamente, sabiendo que un mínimo error en los cálculos podría haber significado una dosis fatal? ¿El mismo chico que ha confesado ser tu principal proveedor de pociones ilegales para dormir en los últimos años? ¿El mismo que ha visto cómo te has ido deteriorando lentamente a lo largo de estos meses, alejándote de tu familia y de tus afectos, y no hizo nada para detenerlo? —esta vez fue el turno de James de reaccionar, enojado con la arrogante petulancia con que Lily se había plantado frente a él. —¿Ese es el chico en quien eliges confiar? —exclamó con una carcajada despectiva, como si no pudiese creer lo que escuchaba.
—Amadeus solo quiere ayudarme —aseguró Lily, aunque esta vez las palabras no se escucharon tan firmes en su boca.
—Si verdaderamente quisiera ayudarte, te habría detenido tiempo atrás. Te habría llevado a buscar asistencia médica en vez de conseguirte más frascos de dormir. Y definitivamente no se hubiese arriesgado a darte de tomar una poción milenaria y desconocida. Ese chico está jugando contigo como lo haría con un conejillo de indias. Y ahora que lo han descubierto está cagado de miedo porque sabe que esto tendrá graves consecuencias.
—¿Qué… qué van a hacerle? —tartamudeó Lily, el miedo apareciendo por primera vez en su voz. James se encogió de hombros, desinteresado.
—Expulsarlo de Hogwarts, para empezar. Solo esa poción que fabricó para ti implica romper al menos una decena de reglas… robar ingredientes, destrucción de propiedad del colegio, circular por el castillo fuera de los horarios permitidos, hacer uno indebido de instalaciones, exponer a otro alumno a riesgo de muerte… —empezó a enumerar james.
—Es ridículo. ¡Él no trataba matarme! ¡Me estaba ayudando! —se enfureció Lily, sus mejillas arrebatándose con el calor de la charla.
—Traficaba y comercializaba drogas dentro del castillo, Lily —insistió James.
—¡Solo lo hizo porque yo se lo pedí! —bramó ella indignada. James se frotó el rostro con ambas manos, mientras respiraba para controlarse y no decir algo de lo que luego se arrepentiría.
—Da lo mismo… El Comité de Hogwarts decidirá sobre su permanencia o expulsión de Hogwarts en los próximos días —anunció James, dando el tema por zanjado. Lily volvió a incorporarse, esta vez con más fuerza que la anterior, intentando bajar de la cama.
—Necesito hablar con él —suplicó ella. Pero James negó con la cabeza.
—Es mejor que te mantengas lejos de él, Lily. No es una buena influencia para ti —dictaminó finalmente el mayor de los Potter y tutor de Lily.
—Entonces tú deberías mantenerte alejado de Hedda, también —escupió su último armamento la pelirroja, las palabras saliendo como espinas de su boca para clavarse contra James y dejarlo estupefacto.
—¿Qué tiene que ver Hedda en todo esto? —pero incluso mientras formulaba la pregunta, James tuvo un mal presentimiento al respecto. Una sonrisa afilada se perfiló en la boca de Lily, vengativa y satisfecha.
—Ella fue quien mi abasteció de poción para dormir en un principio, antes incluso de que lo hiciera Amadeus.
James retrocedió como su las palabras de Lily lo hubiesen golpeado en el pecho, se tambaleó sobre los pies hasta encontrar un punto de apoyo en una de las paredes. Lily lo miraba con un gesto victorioso de pie junto a la cama, con los brazos cruzados de manera desafiante. Sabía que había asestado un golpe bajo contra su hermano, tergiversando su impoluta moralidad y volviéndola contra la mujer que más amaba.
—Así que supongo que eso la hace tan peligrosa como Amadeus. Tal vez sea mejor que tú también guardes distancia de Hedda, ¿no? —siseó las palabras con cierta malicia, como si hubiese estado esperando el momento perfecto para soltar esa preciada información y por fin lo hubiese encontrado.
James no pudo más que lanzarle una mirada de completo espanto, incapaz de reconocer a la dulce hermana que él recordaba en esa adolescente manipuladora y cruel que jugaba con sus sentimientos. Retrocedió hasta la puerta sin despegar los ojos de ella. Por primera vez, se dio cuenta de que sentía miedo de lo que Lily era capaz de hacer.
Cerró la puerta de la habitación con un potente encantamiento y le pidió a Cho Chang que se asegurara de que Lily no saliera de allí hasta que él pudiese resolver los pasos a continuar. Nadie debía entrar o salir.
Cuando Albus intentó entrar a la habitación de Lily la mañana siguiente, se encontró con que la puerta esta bloqueada. No importó que insistiera con que Lily era su hermana, los guardias apostados en la puerta y la propia Cho Chang se negaron a dejarlo pasar. Era órdenes del tutor de Lily.
Así que tras perder largos minutos de la mañana discutiendo en la enfermería, Albus se redireccionó en búsqueda de James, deseando que éste tuviera una buena explicación para mantenerlo aislado de su hermana.
Lo encontró en la oficina del profesor Spike, quien gentilmente le había prestado el espacio para estudiar el libro que Amadeus había usado para fabricar la poción que había llevado a Lily hasta las convulsiones y una desconexión absoluta con el mundo real.
A pesar de que Albus cerró la puerta de la sala detrás de él con intencional fuerza para causar el mayor alboroto posible, no consiguió que James despegara su atención del libro. Sus ojos estaban fijos en una de las páginas, revisando una y otra vez los mismos reglones.
—¿Por qué no puedo entrar a visitar a Lily? —preguntó Albus sin dar vueltas.
—Sabes… cuando primero interrogué a este chico Amadeus creí que el muchacho estaba aturdido por todo lo que había sucedido con Lily, todavía impactado por lo mal que podrían haber terminado las cosas para ambos… —James hablaba con la mirada todavía fija en el libro, sus dedos acariciando con parsimonia las runas dibujadas en sus hojas—. Me llamó la atención que un chico como él, tan retraído y antisocial, se saliera de su zona de confort y se arriesgara de esa forma para ayudar a una completa desconocida… Y luego, Lily despertó.
—¿Está despierta? —interrumpió Albus, el enfado inicial quedando momentáneamente opacado por un evidente alivio. James apenas consiguió curvar sus labios en una sonrisa.
—Sí… Se encuentra fuera de peligro. Por el momento —agregó.
—¿Entonces por qué no puedo entrar a verla? —volvió a insistir Albus.
James levantó finalmente la mirada hacia él. La dureza en sus ojos hizo que Albus se amedrentara, encajando los hombros y retrocediendo de forma casi imperceptible, como si dedujera que se acercaba un ataque.
—Verás, Amadeus confesó haber traficado pociones para dormir para Lily durante estos últimos meses. Pero antes de él, parece ser que era Hedda quien le entregaba la droga a nuestra hermana —continuó explicándole, mientras se ponía de pie y daba la vuelta con imperturbable tranquilidad a la mesa, acercándose más a su hermano.
—James… —intentó atajarse Albus, pero su hermano levantó una mano en el aire, pidiéndole silencio. Y había algo peligroso centelleando detrás de sus ojos oscuros que hizo que Albus obedeciera de inmediato.
—He estado pensando, rebanándome los sesos, intentando comprender porqué Hedda ayudaría a Lily con algo así. Ella, que siempre ha sido prudente y cuidadosa con el uso de pociones, y que conoce a la perfección las terribles consecuencias que el abuso de esta droga puede provocar en un persona… ¿por qué Hedda accedería a hacer algo así? —suspiró, frotándose la frente. Debajo de sus ojos se podían ver las profundas ojeras que delataban que se había pasado la noche entera en vilo, intentado descifrar aquel rompecabezas—. Y entonces todas las fichas empezaron a encajar. Porque solo existe una persona capaz de convencer a Hedda de hacer semejante estupidez, una sola persona a la que ella es capaz de seguir ciegamente, incluso cuando cree que puede estar equivocado. Solo hay una persona por quien Hedda haría algo así: y esa persona eres tú, Albus.
—Puedo explicarlo —afirmó Albus. James alzó una ceja en un gesto incrédulo.
—No es que Amadeus estuviese impactado o preocupado por lo que había sucedido con Lily. Amadeus tenía miedo... de ti. Porque tú eres la mente maestra detrás de este estúpido plan para controlar el poder de Lily —dedujo correctamente su hermano.
Albus sintió un frío paralizante treparle por la espalda, mientras que las consecuencias de sus secretos y mentiras finalmente lo alcanzaban. No tenía dónde esconderse, y no tenía sentido mentir. Sólo le quedaba intentar razonar con James, y rogar porque éste entendiera cómo se habían sucedido los hechos.
—Solo quería ayudarla —fue su primera frase, y esas tres palabras bastaron para desencajar a James, quien se llevó ambas manos a la cara para ahogar un grito desesperado.
—¡Me cago en Merlín, Albus! —insultó entre dientes apretados, mientras le daba la espalda.
—Las clases de Oclumancia no estaban funcionando, y Lily se estaba volviendo loca. La poción para dormir pareció una buena opción en un principio, pues le permitía descansar sin que las visiones la aturdieran, e incluso consiguió mejorar su dominio no solo en oclumancia, sino también en Legeremancia —siguió justificándose Albus.
—¡Eres un pendejo arrogante! —le escupió James, furioso—. Tendrías que haber acudido a algún adulto en busca de ayuda en cuanto notaste que Lily no estaba bien. Pero no, en cambio preferiste tomar tú mismo cartas en el asunto, como el maldito engreído que eres.
—¡Al menos yo hice algo para ayudarla! ¡Tu ni siquiera te diste cuenta que nuestra hermana estaba sufriendo! ¡Demasiado ocupado buscando tu gloria personal como para mirar más allá de tu ombligo! —fue el turno de atacar de Albus, y lo hizo sin piedad. James enrojeció de furia.
—No pretendas que hiciste esto desde un lugar de desinterés, Albus. No lo hiciste por Lily, los hiciste por ti. Porque eres un capullo egoísta y querías ser tú quien encontrara la forma de convertir a nuestra hermana en un arma de guerra —gruñó entre dientes apretados el mayor de los Potter.
—¿Es algo tan malo querer ayudarla a entender y a controlar su magia, en lugar de tener que reprimirla? —Albus se mantenía firme en ese punto.
—En cambio, la has convertido en una adicta y la has arrastrado hacia una sobredosis que casi la mata —siseó James, como si las palabras fueran verdadero veneno.
—¿Crees que no intenté detenerla?—la culpa se filtró por primera vez en la voz de Albus—. Le dije que estaba fuera de control. Le corté todas las provisiones de pociones para dormir que tenía. Hablé con ella y hice prometer que se detendría.
—Tendrías que haberlo hablado con mamá y papá —le criticó James.
—Oh, perdona. Dime, ¿en qué momento habría sido más adecuado tener la charla? ¿Mientras mamá estaba en coma, como una maldita planta, en San Mungo? ¿O mientras que papá estaba en plena fuga, desaparecido de nuestras vidas durante meses? —Albus chasqueó las palabras con excesivo sarcasmo, y aquello fue la gota que rebalsó el vaso.
James se abalanzó sobre él, empujándolo contra la biblioteca a su espalda, tumbando la mitad de los tomos que descansaban en sus estanterías, y sujetándolo con fuerza con una mano alrededor de la pechera de su túnica mientras que la otra se mantenía alzada en el aire, cerrada en un puño, esperando para golpearlo.
—No te atrevas a culparlos a ellos por tus errores —gruñó James, su voz grave y profunda, naciendo desde el fondo de su garganta.
—¿Y qué hay de los tuyos, James? ¿Dónde estabas tú cuando todo esto pasaba? ¿Por qué Lily no acudió a ti por ayuda en lugar de venir a mí? Ahora que eres su tutor te has tragado el papel de figura ejemplar, pero eso no quita que la has ignorado sistemáticamente durante años —siguió provocándolo Albus, mientras le sostenía la mirada con el ceño fruncido y un brillo desafiante en sus ojos verdes.
—Eres incapaz de reconocer cuando te has equivocado —susurró James, observándolo con cierta perplejidad que desconcertó por completo a Albus. Estaba listo para sentir la ira de James, pero no su decepción.
—Vamos, golpéame. Sé que quieres hacerlo —volvió a incitarlo, una parte de él ansiando el golpe. Algo que justificara el enojo que sentía contra James. Algo que le permitiera sentirse menos culpable.
Pero la mirada de James se había ablandado, y el puño comenzó a bajar lentamente al tiempo que su otra mano lo liberaba de la presión con la que lo había sostenido fijo contra la biblioteca. Albus se quedó en ese sitio sin saber cómo reaccionar al cambio abrupto en su hermano.
—Me he comunicado con Victoire hace unas horas. Tramitará un traslado de Lily hacia un centro de rehabilitación… En Versalles —le explicó James, mientras regresaba a su asiento detrás del escritorio y retomaba la lectura.
—La estás enviando con Draco Malfoy —comprendió el mensaje oculto entre líneas.
—Tienes razón en algo, Albus. No conozco a Lily, al menos no a esta nueva versión de ella. Y definitivamente no entiendo su poder, ni puedo controlarlo —reconoció James con pesar.
—Pero… —se quiso quejar Albus.
—No te lo estoy consultando, Albus. Yo soy el tutor de Lily, así que yo tomo las decisiones sobre su futuro. Te lo estoy informando porque creo que, como hermano, debes saberlo —lo interrumpió James de manera seca.
—Te estás equivocando. Lily necesita gente de confianza junto a ella…
—¿Cómo Amadeus Relish? —arqueó una ceja significativa.
—Amadeus fue un error del que yo mismo me ocuparé —prometió Albus—. Si te la llevas, la alejarás del resto de su grupo de amigos…
—Lily prácticamente se ha quedado sin amigos, gracias a la adicción que tú mismo iniciaste —James fue intencionalmente cruel.
—Aún está a tiempo de recuperarlos. Nina, Hugo, Circe, Tess, Lucy… Todos la recibirían de vuelta sin dudarlo.
—Y podrán hacerlo cuando Lily se recupere —James se mostró inquebrantable.
—Había logrado controlar su adicción antes de que sucediera lo del asesinato de Bradshaw y la fuga de papá… Eso la desestabilizó, pero si me das la oportunidad creo que puedo lograr que vuelva a recuperarse.
—El problema es que ella ya no confía en ti, Albus. Y yo tampoco —lo interrumpió James, suspirando—. Tú mismo dijiste que no le habíamos dado la suficiente importancia al poder de Lily. Esto es lo mejor para ella, Albus.
—Déjame al menos verla una vez antes de llevártela —suplicó el chico de Slytherin. James lo miró por encima del libro, sus ojos cargados de escalofriante compasión.
—Es ella quien no quiere verte, Albus —le reveló.
Ser prefecta tenía sus privilegios. Uno de ellos era que Hedda podía escabullirse por los pasillos del castillo pasado el toque de queda pretendiendo que estaba colaborado con la vigilancia o bien cumpliendo algún mandado para el jefe de su casa. La brillante insignia en su pechera le daba cierta inmunidad para transitar por el castillo sin ser detenida o sancionada, y ser además del último año implicaba que los prefectos más jóvenes no se atrevían tampoco a cuestionarla. Eso, y también el hecho de que Hedda inspiraba bastante miedo en aquellos que no la conocían.
Su aspecto había ido mutando gradualmente a lo largo de los años y de manera más marcada desde su despertar híbrido. Si su piel se había caracterizado siempre por ser más pálida de lo habitual, ahora era llamativamente blanca, casi traslúcida. El fino trazado de sus venas podía distinguirse con facilidad en la cara interna de sus brazos, cerca de las muñecas y en el contorno de sus ojos, allí donde la piel era más delgada. Las sombras purpureas de sus ojos acentuaban aún más el color azul cristalino de sus ojos, y combinaba con sus labios delgados. Elektra le había obsequiado maquillaje muggle para su último cumpleaños y le había enseñado cómo matizar las sombras oscuras de sus ojos y colorear con rosado sus mejillas. Pero disimular su linaje vampírico se volvía cada vez más difícil.
Para suavizar su aspecto frío e intimidante, Hedda se había acostumbrado a llevar el cabello recogido, y la larga coleta ondulaba detrás de ella como una crin negra, el único sonido que delataba su presencia, pues sus pisadas parecían amortiguadas. Muchas veces se forzaba a marchas con más vehemencia de la necesitaria, en un intento por disimular la fluidez de su caminar, la liviandad con que su cuerpo se movía, como aire deslizándose por sobre la superficie.
Pero los rumores empezaban a surgir a su alrededor, y la gente comenzaba a percatarse de su secreto. Si nadie se atrevía a pronunciarlo en voz alta, a lanzar un dedo acusador en su dirección, era por miedo. Si por sí sola no era lo suficientemente aterradora, tenía a Albus junto a ella. Y nadie en su sano juicio se atrevía a cruzarse con él.
Aquella noche, sin embargo, Hedda había salido sin ningún maquillaje sobre su piel, con el cabello suelto como una cortina de oscuridad que avanzaba detrás de ella, demasiado preocupada por James como para ocuparse de esas trivialidades. Avanzaba a paso rápido, apenas una sombra que se movía por el castillo sin dejar huellas a su paso. Si alguno de sus compañeros prefectos la vio pasar, no se atrevió a detenerla.
No había encontrado a James en la Enfermería, y por un instante, temió que éste se hubiese marchado sin darle siquiera la posibilidad de explicarle. Un pánico gélido había trepado por su espalda y la había paralizado transitoriamente, sin saber a dónde ir.
Fue su instinto, más animal que humano, el que la guió hacia él. Dejó que sus sentidos la guiaran. Si se concentraba, podía sentir la sutil pero inconfundible fragancia de su novio, todavía flotando en el aire de la Enfermería y a través del castillo, abriéndose paso hacia el exterior.
Lo encontró frente al Lago. Esta quieto junto a la orilla, ambas manos enfundadas en los bolsillos de sus vaqueros. Estaba de espaldas, pero Hedda habría reconocido ese cabello negro y alborotado en cualquier lugar. Lo contempló durante varios minutos desde la distancia antes de animarse a acercarse. James se mantenía anormalmente estático, mas parecido una estatua que a un humano. Hedda avanzó asegurándose de que el césped crujiera bajo sus pies, delatando su presencia. Notó cómo James cuadraba los hombros, la rigidez en su cuerpo acentuándose. Pero no giró a recibirla. En cambio, mantuvo la vista firme en la superficie espejada del lago, su propio reflejo devolviéndole la mirada vacía.
Hedda abrió la boca, deseando poder romper ese horrible silencio entre ellos, buscando frenéticamente en su mente las palabras correctas para decir. Pero ninguna palabra salió de sus labios. Fue James quien, finalmente, habló primero.
—¿Por qué lo hiciste? —masculló en un tono suave, casi un susurro. Hedda podía sentir el dolor en su voz, y la pregunta la hirió más que si le hubiese gritado.
—Solo quise ayudarla —respondió escuetamente ella.
—¿Dándole drogas para anestesiar su mente? —espetó James, frunciendo el entrecejo.
—Lily estaba hecha un desastre. No comía, no dormía, estaba al borde de un colapso —se justificó Hedda.
—Era una niña, Hedda —la voz de James estaba tensa y se escurría por entre sus labios como si no pudiese creer que tenía que aclarar aquello—. Le diste drogas a una niña.
—Una niña con un poder que no podía controlar y que estaba carcomiéndola por dentro —saltó defensivamente Le Blanc. Si de algo entendía ella, era de luchas con demonios internos. —Se suponía que sería algo transitorio, hasta que lograra recomponerse. Dejé de hacerlo en cuanto noté los primeros signos de alarma.
—Pero Lily no se detuvo —suspiró James, meneando levemente la cabeza—. Y tú lo sabías, ¿no es así? —torció la cabeza hacia ella, mirándolo a través de ojos húmedos.
—Intenté detenerla, James. Juro que lo intenté —le juró Hedda—. Pero ella amenazó con contarle a todos sobre mi condición de híbrida si yo decía algo —Hedda se había repetido aquella excusa cientos de veces en su mente, pero en ese momento, mientras la pronunciaba en voz alta frente a James, se le antojó terriblemente vacía.
—¿Por qué no me dijiste nada? —la frustración era palpable en su voz, en la manera en que se había inclinado hacia ella, casi implorante, deseando verdaderamente entender. Deseando obtener una respuesta que justificara todo aquello—. Yo te habría ayudado. A ambas.
—Porque no quería que mi miraras como lo estás haciendo ahora mismo —respondió ella, su fortaleza también trastabillando.
Hedda se sintió tentada de desviar el rostro. Sostenerle la mirada a James en ese momento le resultaba extenuante y doloroso. Pero como si pudiese leer su intención, él sacó una de sus manos de los bolsillos y la llevó contra la mejilla de ella, sosteniéndola.
—No puedo confiar en ti si tú no confías en mí, Hedda —susurró James, su aliento una brisa tibia contra su rostro.
Sintió el anhelo de inclinarse hacia delante y pegar sus labios a los de él. Ansiaba el calor de su boca, y la reconfortante caricia de sus besos. Quería apoyar su cuerpo contra el de él y fundirse contra su pecho. Lo deseaba más que ninguna otra cosa.
Pero la mano de James se despegó de su mejilla demasiado pronto, y la distancia entre ellos se volvió demasiado grande, inabarcable. Sin su contacto, la noche se le apetecía inusualmente fría. Era como si se hubiese llevado con él todo el calor de su cuerpo.
—Lo siento —tartamudeó Hedda, sin saber que más decir.
—Sí… Lo sé —exhaló James con pesadez, y su mirada volvió hacia el lago, perdiéndose una vez en sus profundidades.
Amadeus Relish se había sentido atraído a Albus Potter desde la primera vez que sus caminos se cruzaron en el Torneo de Merlín. El joven Potter siempre había resaltado entre la multitud como un faro. No se trataba simplemente de su talento para el duelo. Albus tenía ese algo especial que iba más allá de su magia. Todo aquel que cruzaba su camino con Albus podía percibirlo: un aura especial que atraía a la gente como una fuerza gravitacional, haciéndolos orbitar a su alrededor. Amadeus lo reconoció de inmediato: Albus era un líder nato. Más importante aún, compartía con Amadeus su sed de conocimiento, su interés por comprender la profundidad que encerraba la magia, su constante búsqueda de respuestas.
Nadie podía permanecer indiferente a Albus. O bien estabas con él, o estabas contra él. Pero no había puntos medios. Esto se había hecho evidente en el último año, con los bandos dentro del castillo volviéndose más marcados conforme el contexto sociopolítico del país escalaba en gravedad. Pero Amadeus lo había sabido desde el inicio: Albus Potter no era alguien a quien querías tener como enemigo.
Pero si Albus era un faro encandilándote desde la proximidad, Lily Luna era una estrella quemándose en la distancia. Su luz podía pasar desapercibida por la mayoría, incluso podía ser menospreciada. Pero si se la contemplaba más de cerca y con atención, podía percibirse el fuego que ardía en su núcleo, el poder que palpitaba en su interior, esperando a liberarse y causar una explosión de energía capaz de crear algo maravilloso… O de destruirlo todo.
Era un poder crudo, hermoso y terrorífico, algo que Amadeus no había visto nunca antes, y si Albus lo había atraído con su talento, Lily lo había cautivado con su potencial.
Ella no era capaz de verlo. Ni siquiera Albus terminaba de comprender las dimensiones del poder de Lily. Pero Amadeus sabía. Él sabía que ella era especial. Y había estado dispuesto a hacer lo necesario por demostrarlo al mundo. Incluso si eso implicaba traicionar a Albus Potter. Incluso si eso significaba romper algunas reglas, cruzar algunas límites.
No se sorprendió cuando Neville Longbottom lo citó en su oficina para informarle que lo expulsarían de Hogwarts. En cierta forma, se lo había visto venir. Había traficado ingredientes mágicos dentro del castillo, había fabricado una poción experimental y había expuesto a otra alumna a un riesgo mortal. La expulsión era la mínima consecuencia que había imaginado. Y no era la que verdaderamente le preocupaba.
Eran las represalias de Albus lo que verdaderamente temía. Le había desobedecido, había continuado los entrenamientos con Lily a su espalda y le había mentido al respecto.
Pero no se arrepentía. De hecho, volvería a hacerlo una y mil veces. Porque ese día, cuando Lily había tomado la poción, Amadeus había sido testigo de un breve destello de su poder. Y había sido hermosamente abrumador.
Minutos antes de convulsionar frente a él, Lily había entrado en trance, sus ojos volviéndose de un blanco nacarado, las runas de sus manos iluminándose como si estuviesen grabadas con fuego. Con el cabello rojo refulgiendo como una corona en llamas alrededor de su rostro, Lily se había parecido más a una diosa que a una simple mortal.
No fue hasta que el suelo a sus pies empezó a temblar y la piedra de las paredes a quebrarse que Amadeus logró reaccionar. Intentó llamarla para que volviera del trance, pero Lily estaba ahora en un lugar demasiado alejado. En un intento desesperado por evitar que el poder de la muchacha la consumiera y destruyera todo a su alrededor en el proceso, Relish le había tomado una de las muñecas y había borroneado las inscripciones.
La conexión se cortó de forma brusca. La luz en sus manos se apagó, dejándolo momentáneamente ciego ante la repentina oscuridad. Lily se desplomó contra el suelo, su cuerpo convulsionando espasmódicamente, sacudiéndose como una muñeca de trapo, con la mirada perdida y espuma escapando por su boca.
Sin saber qué hacer, Amadeus la había arrastrado hasta la Enfermería.
No había tenido oportunidad de hablar o siquiera de verla después de eso. La familia Potter, especialmente su hermano mayor James, se había asegurado de mantenerlo lejos.
Amadeus estaba terminando de armar su equipaje cuando la puerta de la habitación se abrió sigilosamente. No necesitó mirar por sobre su hombro para saber quién había entrado.
—Albus —saludó Relish, resignado. Se había imaginado que, tarde o temprano, Potter vendría por él. No importaba que estuviera en las habitaciones de la casa de Ravenclaw, sabía que Potter encontraría la forma de llegar hasta él.
—Amadeus —respondió Albus en un tono demasiado tranquilo. Amadeus cerró su maleta y se giró para mirarlo de frente.
Potter estaba reclinado contra la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada verde fija en él. Su postura relajada no engañaba a Amadeus: lo había visto pelear demasiadas veces durante los entrenamientos de la Hermandad como para saber que tenía la varita oculta en la manga de su túnica, lista para deslizarse hacia su mano con el más sutil de los movimientos de su muñeca. Estaba acorralado.
—¿Creíste que podrías irte, así sin más? —comentó Albus, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a su equipaje.
—No… Sabía que vendrías en algún momento —confesó Amadeus, removiéndose inquieto en su lugar. Albus meneó la cabeza, una sonrisa suave escurriéndose por sus labios mientras reía por lo bajo.
—Tengo que reconocértelo, Amadeus. Hiciste un buen trabajo manteniéndome engañado todo este tiempo —habló Potter, despegándose de la puerta y dando un paso hacia él.
Amadeus retrocedió todo lo que pudo, el dorso de sus piernas golpeando contra el canto de la maleta. Los ojos de Albus relampaguearon, anticipatoriamente. De seguro podía percibir el miedo que exudaba de Relish, podía leer el terror en su rostro.
—Tendría que haberme imaginado que Lily no podía estar trabajando sola… Las pociones para dormir, los hongos robados de los Invernaderos…—chasqueó la lengua, irritado consigo mismo por no haber visto algo que ahora le parecía evidente—. Pero no imaginé que tú, entre todas las personas, serías tan estúpido como para hacer algo así a mis espaldas —continuó hablando, su voz prácticamente su siseo suave que le erizaba los vellos de la nuca.
Amadeus tragó saliva y se reclinó aún más hacia atrás, su cuerpo curvándose sobre el equipaje, incapaz de tomar más distancia. Albus alzó una ceja, observándolo casi con divertida anticipación, esperando una respuesta.
—No podía simplemente abandonarla. No después de todo lo que habíamos progresado —reconoció Amadeus. La sonrisa en los labios de Albus se acentuó al escuchar su confesión. Era una sonrisa extraña, que lejos de resultar reconfortante inspiraba alarma.
—¿Abandonarla? —repitió Albus, con sorna—. El único motivo por el cual llegaste a conocerla siquiera fue porque yo quise que así fuera —le recordó en un tono tajante.
—Eres un gran mago, Albus. Siempre te he admirado por eso —reconoció Amadeus, enroscando y estrujándose las manos en movimientos compulsivos que delataban su nerviosismo—. Pero Lily… Ella tiene un don excepcional.
—¿Crees que no lo sé? —le reconoció Potter, pero lejos de ser un consuelo, las palabras se escucharon con navajas, cargadas de cortante rencor.
—Tendrías que haberla visto cuando entró en Trance, Albus… Fue glorioso —susurró Relish con veneración. Albus entornó los ojos peligrosamente.
—Casi la matas —las palabras escaparon entre sus dientes apretados, mientras acortaba la última distancia que quedaba entre él y Amadeus.
—Nos excedimos con la dosis de hongos somníferos que adicionamos a la poción, pero he estado repasando los cálculos y creo que he encontrado la forma… —se apresuró a explicar Relish.
La punta de la varita de Albus estaba presionada contra su cuello antes de que terminara de articular la frase.
—Cometí el error de introducirte en la vida de Lily, y ahora me aseguraré de que desaparezcas de ella. No volverás a acercarte a mi hermana. No volverás a verla o a hablarle o a escribirle —le advirtió Potter en un tono grave, la punta de su varita quemando contra la piel frágil de su cuello—. ¿Me entiendes?
—Pero... tú mismo dijiste que esto era importante, que era más grande que nosotros, ¿lo recuerdas? Por eso me elegiste: Porque sabías que yo no me detendría hasta conseguirlo —a pesar de que tenía una varita apuntándole de forma amenazadora y a uno de los magos más peligrosos del colegio frente a él, Amadeus no fue capaz de callarse.
El hechizo golpeó a Relish como una onda expansiva, lanzándolo hacia atrás, rodando por encima del equipaje para impactar contra la pared contraria. Le tomó unos segundos reorientarse, mareado y dolorido, y cuando logró incorporarse, descubrió que sus anteojos se habían roto con el golpe y el armazón se había clavado contra el puente de su nariz, haciéndolo sangrar.
—Estoy dándote la oportunidad de que te hagas a un lado sin mayores consecuencias porque te aprecio y porque me has ayudado en muchas ocasiones, Amadeus. De verdad que no quiero lastimarte —suspiró Albus, frotándose la frente, conflictuado con la situación—. Pero si te conviertes en una amenaza para la seguridad de mi hermana, no dudaré ni un segundo en hacerlo. ¿Lo entiendes? —volvió a preguntarle, con mayor vehemencia. No había vacilación en su voz, y su mirada exigía una respuesta.
—Lo entiendo —gimoteó Relish, limpiándose la sangre con la manga de la túnica.
Eligió cuidadosamente su respuesta. Porque entender algo no significaba que uno estuviese de acuerdo. Ni que fuese a cumplirlo.
Este ha sido un capítulo que lleva anidando en mi mente demasiado tiempo... Me atrevería a decir que años.
Llevo (llevamos) mucho tiempo esperando a que finalmente el secreto de Lily salga a la luz... Y no era posible que eso sucediera de una forma agradable. Inevitablemente, iba a traer consigo una tragedia.
Espero que este al nivel de vuestras expectativas, y aguardo sus comentarios ansiosa.
Saludos,
G.
