Capítulo 41: Limitaciones

If I could face them,
If I could make amends with all my shadows
I'd bow my head and welcome them.

But I feel it burning
Like when the winter wind
Stops my breathing
Are you really gonna love me when I'm gone?
I fear you won't,
I fear you don't.

(Si pudiera enfrentarlos,
Si pudiera hacer las paces con todas mis sombras,
Inclinaría la cabeza y les daría la bienvenida.

Pero lo siento arder
Como cuando el viento de invierno
Detiene mi respiración.
¿Realmente me amarás cuando me haya ido?
Me temo que no lo harás.
Me temo que no. )

I Of the Storm, Of Monsters and Men.


Había que reconocer que el paisaje desde la ventana de su habitación era hermoso. No llegaba a ver el mar, pues se encontraban a demasiada altura por encima del acantilado. Pero cuando abría los postigos podía escuchar su rugir. Le recordaba a Tessa Nott y sobre cómo ella hablaba del mar como si fuese un ser vivo, con sentimientos y carácter. Si eso era verdad, el mar que golpeaba los acantilados en las afueras de Calais estaba furioso. Rugía y tronaba contra la piedra, una ola detrás de la otra, sin descanso.

A Lily le gustaba escucharlo. Se sentía identificada con ese mar turbulento, deseoso de abrirse un camino prácticamente imposible por entre la piedra.

James había coordinado con Victoire Weasley para llevar a cabo su traslado al Centro de Rehabilitación y Reinserción de Adolescentes lo más rápido posible. Lily no había tenido tiempo siquiera de despedirse de sus amigos, aunque no era como si le quedaran demasiados. Pero le habría gustado hablar con Amadeus una última vez. Le habría gustado agradecerle todo lo que había hecho por ella. Y por la poción.

Sus hermanos y la mayoría de los adultos en Hogwarts habían encontrado la poción experimental como una jugada peligrosa y negligente por parte de ambos. Pero para Lily había sido reveladora.

Por primera vez desde que sus visiones habían comenzado, Lily se había sentido en control de lo que sucedía. Había logrado conectar con el entorno hasta el punto de sentirse físicamente allí… Y había logrado quedarse en la visión hasta el final.

Ahora sabía lo que le deparaba el futuro. Y se lo debía a Amadeus.

Tenía prohibido hablar con gente externa al centro, y toda su correspondencia era cuidadosamente examinada. La primera semana, creyó que iba a perder verdaderamente la cabeza allí. La mitad de las personas que trabajan en la institución le hablaban como si Lily fuese lenta de cabeza, o como si sintieran pena por ella. El resto de los pacientes recluidos ahí no colaboraban. Esos sí que eran verdaderos adictos, obsesionados con consumir las drogas a toda costa.

Lily no era como ellos. No usaba las pociones para dormir porque le generara placer, sino para evitar el sufrimiento. Era la única forma que había conseguido para frenar su mente cuando las visiones se arremolinaban como ráfagas de colores y sonidos indistinguibles. A diferencia del resto de los chicos allí, ella realmente necesitaba de sus drogas para funcionar. Las necesitaba para controlar sus visiones.

Ella no era como ellos. Se lo repetía todos los días. Y sobre todo, por las noches. Cuando el sol se ocultaba y la oscuridad tomaba control, era entonces cuando la fortaleza de Lily era puesta a prueba.

Las primeras noches, había perdido completamente el control de sí misma. Había gritado histérica, golpeando la puerta de la habitación hasta que los puños le sangraron. Había exigido que le dieran una dosis, tan solo una. Había intentado explicarles lo importante que eran. Ella no era como el resto de sus pacientes internados. Sin las pociones para dormir, las visiones irrumpían en su mente como violentos tornados.

Pero nadie la había escuchado. Había destruido todo lo que había encontrado en su camino. Había insultado y blasfemado. Había llorado. Y finalmente, un sanador había entrado en la habitación para intentar calmarla y había terminado por aturdirla cuando Lily lo mordió en el brazo para robarle la varita.

Había despertado horas más tarde empapada en sudor y aterrada, con las imágenes de su última visión todavía frescas en su mente. No había vuelto a dormir.

Conforme fueron pasando las noches, Lily comprendió que no recibiría ningún tipo de ayuda o comprensión por parte del personal de aquel lugar. Tras una semana plagada de pesadillas, decidió tomar sus propias cartas en el asunto.

No tenía tinta mágica para dibujarse las runas en las muñecas, ni una bola de cristal para canalizar las visiones. Pero sabía usar la Oclumancia. Y aunque no tenía permitido tener varita mágica con ella, Lily lo intentó de todas formas.

Esa noche, logró dormir sin pesadillas.

Y a partir de allí, todo cambió. Los escalofríos y los sudores nocturnos, consecuencia de la abstinencia, fueron cediendo. No era la primera vez que atravesaba eso. Sabía manejarlo. Podía manejarlo.

Dejó de intentar golpear a los sanadores cada vez que entraban a la habitación a revisarla. A cambio de su buena conducta, la autorizaron a salir de la habitación. Al principio, solo tenía permitido salir cuando debía asistir a alguna terapia o actividad grupal. Pero conforme fueron pasando los días y su buena conducta se sostuvo en el tiempo, empezaron a dejarle tiempo libre para pasear por los jardines o visitar la biblioteca.

Lily aprovechaba cada minuto que la dejaban a solas para practicar. Cerraba los ojos y cerraba su mente, aislándose del mundo. Compartimentalizaba sus recuerdos y sus vivencias dentro de su cabeza. Seleccionaba momentos puntuales y los reproducía con exhaustivo control en su mente. Al principio, practicaba con memorias intrascendentales. Pero gradualmente, fue buscando recuerdos de mayor relevancia. Revivió todas las clases particulares que había recibido con Draco Malfoy, extrayéndole todo el jugo que pudo. Repasó una y mil veces los entrenamientos con Albus y con Amadeus, buscando dónde se habían equivocado y dónde habían acertado. Y cuando ya no le quedó más material para practicar, se atrevió a abrir la puerta mental detrás de la cual había guardado las visiones.

Las revisó cuidadosamente una por una, desde aquella primera visión del Lago, hasta llegar a la última visión de la Torre. Las memorizó hasta sus más mínimos detalles. Y cuando ya no le quedó más nada que repasar, decidió animarse a ir un paso más allá.

Buscó a unos de los pacientes más introvertidos de la institución. Siempre estaba solo, aislado del resto. Lily nunca lo había escuchado hablar o interactuar. Pero había escuchado el rumor de que alguien había intentado borrarle la memoria cuando era niño pero algo había salido mal, y desde entonces nunca había vuelto a hablar. Llevaba años institucionalizado. Su familia ya prácticamente no lo visitaba.

Era el candidato perfecto.

Lily se sentó una tarde junto a él en el jardín. Una de las cuidadoras lo había colocado en aquel banco para que tomara aire, y lo había dejado allí solo, con la mirada perdida y una expresión ausente. Una parte de Lily sintió pena por él.

—Hola… —lo saludó Lily. El chico no mostró señales de haberla escuchado—. Mi nombre es Lily —insistió ella, sin éxito.

Tragó saliva nerviosa, y lanzó una rápida mirada a su alrededor para comprobar que nadie estaba vigilándolos. Una punzada de culpa la invadió cuando cayó en cuenta de que ese chico bien podría haber sido invisible, pues nadie recaía en su existencia.

Estiró una de sus manos hacia la mejilla del muchacho para rotarle con suavidad el rostro en su dirección. Él no opuso resistencia, moviendo su cuello con lastimosa docilidad, como un cordero a punto de ser sacrificado.

Sus ojos eran verdes. En cierta forma, le recordaron al color de los ojos de su padre. Pero no había nada más en aquella mirada que se pareciera a Harry Potter. Era una mirada ausente, carente de luz. Lily respiró hondo y se concentró. Sus ojos lograron conectar con los del muchacho.

Se deslizó dentro de su mente sin ninguna dificultad. No había ninguna barrera allí para detenerla. El chico soltó un jadeo, pero no se movió. Y Lily avanzó.

Se llamaba Joan. Alguna vez había tenido una madre que lo había leído cuentos antes de irse a dormir, y un padre que le había enseñado a patear la pelota. Había crecido con otros tres hermanos varones. Había sido un niño feliz. Eran recuerdos felices, y eran los que se encontraban más accesibles, señal de que Joan solía revivirlos con frecuencia en su mente.

Siguió recorriendo los pasillos de su mente, buscando esos recuerdos que Joan mantenía más escondidos, esos no acostumbraba a revisar. Esos que prefería olvidar.

Le costó más encontrarlos. Y cuando finalmente lo hizo, Joan se sacudió en el banco junto a ella, intentando mover la cabeza y romper la conexión. Lily tuvo que sujetarlo con ambas manos para evitarlo.

Alguien había intentado destruir esos recuerdos. Había manipulado esa parte de la mente de Joan, intentando borrarlos. Era un trabajo torpe y violento. Lily se encontró con fragmentos de imágenes confusas. Un hombre con una sonrisa encantadora aparecía en ellos. Se reía con los padres de Joan y cada tanto le guiñaba un ojo de manera cómplice. Le llevaba juguetes. Le revolvía el cabello con una mano.

Joan gritó y se sacudió con más fuerza, librándose finalmente de Lily. La conexión se rompió, y Lily sintió que la expulsaban de la mente. El chico se había acurrucado en la esquina contraria a ella. Su mirada ya no era vacía. Había lágrimas en sus ojos.

Lily se puso de pie rápidamente y salió corriendo de allí, escapando mientras las cuidadoras acudían hacia los gritos de Joan, intentando calmarlo. Mientras regresaba al interior del edificio, creyó sentir que una de las sanadoras la seguía con la mirada. Apresuró más el paso.

No se atrevió a intentar algo parecido durante los siguientes días. Tampoco volvió a ver a Joan en los jardines. Pero se sentía inquieta, atrapada como un animal rabioso al que deben mantener lejos del resto para evitar el contagio. Su conexión con el mundo exterior era escasa. No tenían acceso a los noticieros ni periódicos. No podían salir de la institución. Y las visitas desde el exterior era escasas. Lily comenzaba a preguntarse si la gente estaba allí porque había perdido la cabeza o si perdían la cabeza de tanto estar ahí.

—No has tocado la comida —escuchó que le hablaba una sanadora, haciendo referencia al almuerzo que yacía sobre su mesa sin que ella le hubiese dado siquiera un mordisco.

—No tengo hambre —respondió Lily, sin siquiera mirarla.

—No te culpo. Ese entrecot se ve terrible —comentó la sanadora, chasqueando la lengua.

Lily torció la cabeza para mirarla. Algo en la forma en que había pronunciado la última frase, como si arrastrara las palabras, le había resultado familiar. Entornó los ojos, intentando descifrar su rostro. No le resultaba conocido. Nunca antes había visto a esa mujer.

Y sin embargo, algo en la forma en que sus labios se curvaban formando una mueca, mitad sonrisa mitad arrogancia, le decía lo contrario.

—¿Señor Malfoy? —se atrevió a preguntar Lily, incorporándose de su asiento con la esperanza escociéndole en el pecho. La sonrisa se acentuó en el rostro de la sanadora.

—¿Cómo has estado, niña? —la saludó.

Antes de que hubiese terminado de formular la pregunta, Lily ya se había abalanzado sobre él, abrazándolo con tal impulso que lo hizo tambalearse sobre sus pies.

—Yo también me alegro de verte —masculló Draco Malfoy, mientras le devolvía un cálido abrazo que hizo que Lily tuviese que morderse el labio para contener las lágrimas. No había caído en cuenta hasta entonces de lo mucho que extrañaba el contacto con su mundo, con su gente.

—¿Cómo ha logrado entrar? —articuló con voz entrecortada de la emoción, ocultando el rostro para que Draco no pudiese distinguir sus ojos húmedos.

—Granger es condenadamente buena con la poción multijugos —chasqueó Malfoy, una mezcla de exasperación y admiración en su voz.

—¿Has visto a tía Hermione? —lo interceptó ella de inmediato.

—Sí —respondió sin rodeos, pero sin explayarse.

—¿Y… a mi padre? —se atrevió a presionar un poco más Lily.

—También —volvió a hablar escuetamente.

—Entonces él sabe que estoy aquí —dedujo Lily, las palabras dejándole un sabor amargo en la boca. Draco suspiró. Era extraño ver sus modismos y expresiones tan características en el cuerpo de otra persona.

—Sí —confirmó una vez más Malfoy.

—¿Y está de acuerdo? —una vez más, la voz se le quebró.

—Es lo mejor —coincidió también Draco. Fue como si una mano invisible le hubiese estrujado el pecho.

—Sé que fue precipitado de mi parte usar esa poción… —quiso justificarse una vez más. Draco arqueó una ceja, pero no la interrumpió—. Pero funcionó, señor Malfoy.

—¿A qué te refieres? —notó la curiosidad extendiéndose en él, sus ojos chispeando con inevitable interés.

—Me permitió acceder a nuevas visiones que hasta entonces no había comprendido —respondió ella vagamente.

—Lily…—suspiró Draco, peinándose el cabello hacia atrás en un movimiento reflejo, pues la sanadora cuyo cuerpo había adoptado a través de la poción multijugos llevaba el cabello trenzado.

—Si logramos perfeccionar la receta podría… —continuó ella, ignorando la advertencia.

—Detente —la interrumpió cortantemente Draco.

La curiosidad se había esfumado de su rostro, para ser reemplazada por una expresión que Lily odiaba ver. Era la misma forma en que la había mirado James en la Enfermería. Esa mirada condescendiente, cargada de decepción y lástima.

—Usted dijo que iba a ayudarme a controlar mi poder —le recordó ella con aspereza.

—Lo sé. Y lo siento. Te he fallado —bajó la mirada el señor Malfoy.

—Aún puede hacerlo, señor Malfoy —le rogó Lily.

—No, no puedo. Tienes una adicción —la contradijo Draco, meneando la cabeza.

—Es la única forma de dominar las Visiones —le aseguró ella.

—Tu salud es más importante que dominar las visiones, niña.

—No, no lo es —lo contradijo. Draco sonrió con tristeza.

—Lamento que no lo puedas ver. Pero le di mi palabra a tu padre que cuidaría de ti, Lily. Y eso es lo que haré —sentenció Draco. Se dio la vuelta como para salir de la habitación, y Lily cundió en pánico.

—He visto mi muerte —soltó de sopetón, provocando que Draco se detuviese a medio camino, paralizado en su lugar.

—¿Qué has dicho? —masculló él, girando el torso hacia ella. Tenía el rostro pálido y desencajado.

—Voy a fallarles… y voy a morir a causa de eso —insistió Lily.

No se atrevió a decirle toda la cruda verdad, en su más dolorosa versión. No se animó a confesarle que era ella misma quien se quitaba la vida. Durante un instante, el silencio reinó en la habitación. Lily podía oír las manecillas del reloj que colgaba sobre la pared, marcando los penosos segundos.

—Es solo una visión. No es real —intentó tranquilizarla Draco, aunque algo había cambiado en él. Lo podía notar en la tensión de sus hombros y en la oscuridad que invadía sus ojos. Lo había inquietado. Pero no había sido suficiente para convencerlo de que la saque de ese lugar.

—¡No se vaya! ¡No me deje aquí! ¡Por favor! —chilló sin poder contenerse cuando Draco enfiló hacia la puerta una vez más.

Él no se detuvo. La puerta se cerró, y cuando Lily intentó salir detrás de él descubrió que estaba trabada. Gritó y golpeó con los puños contra la madera, inútilmente. Y cuando esto no dio resultado, redirigió su furia hacia el resto de los escasos artículos que poseía en su habitación. Volcó la bandeja de alimento contra una de las paredes y tiró de las sábanas que cubrían la cama hasta desgarrarlas. Desparramó los libros que yacían sobre el escritorio y pateó con tanta fuerza la silla que finalmente consiguió partirle una de sus patas. No se detuvo hasta que todo el lugar estuvo destruido. Entonces, se acurrucó en un rincón y lloró.

Pasaron muchas horas hasta que alguien volvió a ingresar en la habitación. Lily tenía la cabeza enterrada entre las rodillas, sus manos envolviendo las piernas y formando un ovillo con su cuerpo. Estaba agotada, y los párpados hinchados de tanto llorar amenazaban con cerrarse.

Aun así, espió por entre sus cabellos cuando la puerta se abrió. Reconoció a su nueva visitante. Era la misma sanadora que la había observado de forma sospechosa aquel día en el parque con Joan. La mujer se puso a levantar los objetos que Lily había desparramado como si ella no estuviese ahí.

—No necesito que limpies por mi —gruñó Lily desde el suelo. Ella ignoró la orden y continuó su trabajo—. ¿Entiendes siquiera lo que dijo? —siguió quejándose la pelirroja, pensando que la mujer solo hablaba francés.

—Comprendo perfectamente tu idioma —respondió en un inglés pulcro, con marcado acento francés—. Debes de sentirte muy sola —suspiró mientras hacía girar uno de los libros entre sus manos, pensativamente.

—¿Y tú qué sabes? —dijo de forma defensiva Lily. La sanadora dejó el libro sobre el escritorio en su sitio original, y caminó para sentarse junto a ella, la espalda apoyada contra la pared, sus piernas cruzadas y sus manos apoyadas en un gesto pacífico sobre las mismas.

—Puedo ayudarte —le prometió la sanadora. Lily resopló, poniendo los ojos en blanco.

—¿Ah, sí? ¿Cómo? —preguntó de todas formas.

La sanadora sonrió.


La sala de reuniones de Aquilanest estaba particularmente opresiva esa tarde. Linus Cavenger hizo girar varias veces su anillo rojo en el dedo anular de la mano izquierda antes de finalmente hablar.

—Tenemos a todos los miembros de la Orden del Fénix vigilados, señor. Si alguno decide ponerse en contacto con Potter, lo sabremos —le aseguró Cavenger con templanza.

El Mago lo observó desde debajo de la oscuridad de su capucha. El abogado había ganado mucha confianza desde que había asumido como Ministro de Magia. Se sentaba con una postura más erguida en su silla y contemplaba al resto de los integrantes de la Guardia con cierta superioridad. El Mago consideraba que Cavenger era un brujo competente, particularmente hábil en el arte del engaño y un excelente estratega. Había logrado escalar dentro del Ministerio bajo las narices del propio Kingsley hasta hacerse con su puesto. Había demostrado tener la sangre lo suficientemente fría como para atraer a Godwin Bradshaw hacia su tela araña y asesinarlo cuando la oportunidad fue la adecuada. Había trazado un plan perfecto para inculpar a Potter por su muerte.

Pero el Elegido se le había escapado debajo de sus narices, y eso era algo que el Mago no podía olvidar. Y que Linus Cavenger comprendía que debía de compensar lo más pronto posible si deseaba seguir siendo una parte crucial en la Rebelión.

Potter no podía vivir. El plan jamás encontraría éxito si él seguía con vida.

—Que tú sepas —comentó con suavidad el Mago.

—¿Perdón, señor? —inquirió Linus, reclinándose levemente hacia delante para escucharlo mejor.

El Mago sonrió para sí mismo. Eran esos pequeños gestos los que delataban a Cavenger como su inferior. El Mago nunca se habría inclinado hacia su interlocutor. En cambio, habría esperado a que éste hablara más fuerte para que pudiese oírlo. Eran detalles sutiles. Pero el Mago creía que el arte de liderar estaba en esas sutilezas.

—Tienes vigilados a los miembros de la Orden que tú sabes que forman parte de la misma —se explicó mejor el Mago, haciendo un gesto con la mano con desdén—. Lo que quiere decir que si ellos no están contactándose con Potter… Entonces alguien más lo está haciendo.

—Quien quiera que sea, está haciendo un muy buen trabajo para mantenerse por fuera de las redes —intentó justificarse Linus.

—Busca mejor —le ordenó el Mago. Linus se limitó a asentir con un gesto obediente. No tenía sentido discutir.

El Mago estaba seguro de que Harry Potter no se encontraba simplemente escondido en un agujero en algún lugar de Inglaterra. Alguien como él no podía desconectarse del mundo así como así. No se desligaría de lo que estaba sucediendo. Más importante, no abandonaría a sus hijos.

—¿Qué hay de su hijo, el mayor? —preguntó.

—¿James Potter? —confirmó Linus, arqueando las cejas, y el asomo de una sonrisa despectiva elevó la comisura de sus labios—. He visto su informe médico de San Mungo… No es una amenaza —lo descartó de inmediato el abogado.

Alguien carraspeó desde un rincón de la habitación. Los ojos de todos se giraron hacia el muchacho alto y de cabellos oscuros que permanecía de pie con las manos entrelazadas en su espalda. No era la primera vez que Heros Morgan asistía a las reuniones en Aquilanest. Era el aprendiz predilecto de Duncan Ford, y uno de sus más habilidosos. Su inteligencia y crueldad eran de público conocimiento.

El Mago hizo un gesto con la cabeza en su dirección, concediéndole la palabra.

—Si se me permite comentar al respecto, señor… Creo que no deben subestimar a James Potter. Asistí con él a Hogwarts. Es un hombre de recursos —dijo Morgan con seriedad. No era habitual que le cedieran la palabra, y seleccionó cuidadosamente las frases.

—Es solo un jugador de Quidditch —resopló Linus.

—Es un estratega, es competitivo, y no le gusta perder —insistió Morgan, lanzándole una mirada a Cavenger que habría hecho temblar a muchos hombres en su lugar.

—Él se encargó de sacar a la más pequeña del castillo antes de que pudiésemos hacer algo para impedirlo, ¿no? —estuvo de acuerdo con su aprendiz Ford, una expresión taimada en sus labios que dejó entrever la fila de blancos dientes debajo.

—Pero conocemos su paradero —retrucó Linus.

—Y contamos con las fuerzas necesarias para extraerla de allí si lo deseamos —coincidió Octavius. El Mago levantó una mano, silenciando la sala.

—Nadie tocará a Lily Potter —no fue necesario que elevara su voz para que sus palabras se escucharan como una firme amenaza. —¿Qué me dices del otro hijo? —dirigió su pregunta directamente hacia Morgan. Para sorpresa de muchos, Heros sonrió.

—Ése es del cual deben cuidarse —aseguró Morgan. Por supuesto que el Mago ya lo sabía.

—El chico está en Hogwarts —puntualizó Linus.

—Entonces tomemos el maldito castillo de una vez —siseó Naomi sin ocultar su impaciencia, mientras se balanceaba sobre las patas traseras de su silla.

—Señor, no creo que sea una buena idea atacar un colegio en este momento… Eso perjudicaría enormemente nuestra imagen, sobre todo teniendo en cuenta lo que sucedió la última vez que la Rebelión lo intentó —recordó Cavenger, lanzando una mirada significativa hacia Ford.

—Esta vez será diferente: lo haremos desde dentro. Rápido y limpio —prometió Duncan Ford, casqueando los dedos como si fuese algo verdaderamente simple de cumplir.

—¿Y cómo exactamente piensas hacer eso? —se notaba que Linus comenzaba a perder la paciencia. No era el tipo de persona que se inclinara hacia la violencia desmedida. Era un hombre práctico. Creía en usar la fuerza solo cuando era necesario y con fines productivos. Duncan, por el contrario, era una máquina de destrucción. Tanto él como Naomi se deleitaban en la violencia, pero mientras que la guerrera japonesa tenía un estilo caótico y sangriento, Duncan hacía de la tortura un arte. Disfrutaba el proceso que conducía a la muerte. Disfrutaba de causar dolor.

—Matando a Neville Longbottom —dijo como si nada Ford, entrelazando las manos detrás de la cabeza con un gesto satisfecho. Naomi soltó una risita divertida, como si todo fuese un juego para ella. Pero Linus meneó la cabeza de forma desaprobatoria.

—Ford tiene razón —lo secundó Octavius—. Tenemos gente dentro que puede hacerlo. Solo hace falta la orden, señor.

—Bien —aceptó el Mago—. Saquemos a Potter de la madriguera donde se está escondiendo de una vez —les concedió. La sonrisa de Duncan se ensanchó, mostrando todos sus dientes.

El Mago torció la cabeza hacia el otro extremo de la mesa, donde el Camaleón se mantenía en silenciosa expectativa. No había emitido ninguna opinión durante toda la conversación.

—Stefano, has estado muy callado esta noche —le llamó la atención—. Dime que traes buenas noticias.

—Estamos progresando, señor —fue la escueta respuesta del reservado italiano.

—¿Está todo listo para mi visita a Francia, entonces? —lo presionó el Mago. El Camaleón era un hombre difícil de intimidar. Formado como Inefable, especialista en romper complicados y peligrosos maleficios, sabía trabajar bajo presión sin quebrarse. Era un verdadero diamante dentro de la colección que el Mago había reunido como su Guardia.

—Aún no, señor —le negó el pedido Stefano Rozzi—. Las barreras protectoras han demostrado ser más complejas de lo que había anticipado y debo trabajar con sumo cuidado si no deseo llamar la atención —explicó la demora.

—Francia es la principal abastecedora de armas y soldados a la Resistencia Rusa en la Guerra de la Frontera… Cada día que demoramos, es un día más que la Resistencia recupera terreno y gana confianza —explicó con inmutable paciencia el Mago. Había algo, sin embargo, en su voz que denotaba su irritación y que era capaz de helar la sangre—. Francia tiene que caer cuanto antes, Stefano.

—Necesito más tiempo —argumentó con sorprendente calma Stefano. El Mago chasqueó la lengua de forma negativa.

—No hay más tiempo —le advirtió el líder de la Rebelión. El Camaleón no respondió, aunque su expresión daba a entender que no estaba conforme con la respuesta. —Pueden marcharse —ordenó a continuación haciendo un gesto con la mano en dirección a la puerta.

Todos se pusieron de pie y salieron de la sala, a excepción de Octavius Genrich, quien permaneció sentado en su lugar junto al Mago.

—Estás preocupado —comentó el ruso una vez que estuvieron a solas.

—No me gusta nuestra situación —confesó el Mago, mientras se bajaba la capucha, revelando su cara. Octavius era el único que conocía su verdadera identidad.

—No es la ideal —reconoció Octavius—. Pero tenemos el control del gobierno, hemos reducido a los inútiles de los aurores a poco más que un decorado y Harry Potter y su famosa Orden del Fénix están prácticamente extintos. Yo diría que no es tan mala.

—Todo eso podría esfumarse en un segundo y lo sabes —espetó el Mago, molesto. Sus dedos se deslizaron de forma inconsciente hacia su frente, acariciando el delgado halo de plata que le coronaba el cabello canoso, mimetizándose—. Solo hace falta un error de nuestra parte y un acierto por parte de nuestros enemigos… Y el juego podría voltearse en nuestra contra.

—Estamos preparados para luchar, señor.

—No ganaremos si el pueblo no cree en nuestra pelea, Octavius —sentenció el Mago—. No tenemos la fuerza necesaria para vencer… No sin las otras joyas.

—El Camaleón encontrará la forma de romper las barreras de la mansión Le Blanc, señor. Conseguiremos el collar —aseguró Octavius con una fe ciega.

—¿Qué hay del anillo? ¿Algún avance? —presionó aún más. Genrich se removió en su silla, disimulando la incomodidad de la pregunta.

—Los interrogatorios en el Torreón del Norte no han arrojado mucha información… Ninguno de los prisioneros parece saber el paradero de la tercera Joya —confesó Genrich.

—¿Quién supervisa los interrogatorios?

—Ford está a cargo de lo que se hace en ese maldito Torreón… Pero ha delegado los interrogatorios y las torturas a sus aprendices.

—¿El chico Morgan? —preguntó el Mago, haciendo una inclinación con la cabeza hacia el sitio donde Heros había permanecido de pie toda la velada.

—Lo ha estado entrenando en formas de tortura más sofisticadas… juegos mentales, abusos psicológicos… Para hacer el trabajo verdaderamente sucio que implica mancharse las manos lo tienen al hijo de la familia Wence.

—Lancelot, lo recuerdo. Un muchacho prometedor —señaló el Mago.

—Hasta que una hibrida casi lo mata al intentar escapar. Desde entonces no ha vuelto a ser el mismo.

—¿Se ha vuelto demasiado blando para el trabajo? —exclamó con desdén el Mago. La mirada de Octavius se ensombreció.

—No, todo lo contrario, señor. Se ha vuelto casi… inhumano. En el Torreón le llaman el Fantasma Manosucia. Lo han visto deshacerse de decenas de cadáveres sin que se le mueva un pelo. Nadie sabe qué piensa o qué siente.

—Es un asesino, Octavius. Y uno bueno por lo que tengo entendido. Se requiere de cierto desapego para hacer lo que él hace —defendió el Mago—. Deja que el resto de la gente le tema. Cada tanto debes recordarle a tu gente porque les conviene estar de tu lado y no del otro.

—Si, señor —aceptó obedientemente Octavius.

—¿Y qué me dices del proyecto de Rosier? —siguió preguntando. Octavius hizo una mueca difícil de leer.

—Es complicado.

—¿Pero puede hacerlo? —lo interrumpió el Mago.

—Teóricamente… Dice que puede hacerse —respondió evasivamente Octavius. El Mago resopló, irritado.

—Claro que puede hacerse. Marguerite lo hizo hace siglos atrás —le habló de forma condescendiente.

—Pero nadie sabe cómo lo hizo —hizo una pausa, debatiéndose antes de continuar—. Gweneth Rosier parece estar cerca de descifrar cómo funcionan los núcleos mágicos —recalcó finalmente.

—No me interesa lo que dice la teoría, querido Octavius. Llevo años leyéndola. Mi pregunta es en realidad muy simple: ¿Puede transferir magia desde una persona a un objeto, si o no? —atravesó a Genrich con su intensa mirada, obligándolo a darle una respuesta concreta.

—No aún —reconoció Octavius.

—Entonces no puede fabricar una Joya —se lamentó Mago, decepcionado.

—Pero cree que puede mover la magia desde una persona a otra persona, señor —se atrevió a agregar Octavius. Y aquello atrajo la atención del Mago nuevamente.

—Continúa —lo instó a hablar con un gesto de mano.

—Hemos conseguido un… voluntario. Un muchacho squib proveniente de una familia de magos desesperada por curarlo. La sanadora Rosier cree que puede usar la magia almacenada en los núcleos de alguno de los prisioneros para transferir el poder hacia el muchacho —explicó brevemente el proceso.

—¿Qué prisionero? —preguntó el Mago. Octavius se encogió.

—Pensábamos ir por alguno de poca monta, de esos que ya no les queda mucho para exprimir…

—No —lo interrumpió—. Usen a alguno recién llegado, fresco y con el núcleo sano. Si vamos a hacer esto, tiene que ser con material de buena calidad —ahora sí comenzaba a entusiasmarse.

Esto sí era una luz al final del túnel. Era el primer paso para conseguir el poder que necesitaban para marcar una diferencia en esa guerra: crear una nueva Joya, igual o más poderosa que sus antecesoras, capaz de derrotar a sus enemigos incluso si ellos estaban también equipados con el collar o el anillo.

Octavius se aclaró la garganta, atrayendo su atención de regreso. El Mago se frotó la frente, cansado.

—¿Qué? —lo increpó a hablar.

—Señor, creo que deberíamos reconsiderar el asunto de Lily Potter —se atrevió a contradecirlo Octavius. Había que reconocerle que tenía agallas para traer de nuevo el tema a colación.

—Ya he dicho que no debes tocarla, Octavius —le advirtió. Genrich frunció el ceño.

—Si su Videncia es realmente todo lo que dijo Gemma Woodgate, entonces la chica podría ayudarnos a encontrar el anillo, señor —siguió insistiendo.

—Ya hemos intentado tomarla por la fuerza antes, con catastróficos resultados —le recordó pacientemente el Mago—. No… Ahora es ella quien debe venir a nosotros.

—¿Por qué habría de hacerlo? —chasqueó Genrich, la cicatriz de su mejilla marcándose aún más mientras dibujaba un gesto de recelo.

—Porque tarde o temprano, comprenderá que es dueña de un poder excepcional, y conforme crezca su comprensión también lo hará la sensación de soledad y marginalidad —vaticinó sabiamente el Mago—. Llegará el momento en que Lily empezará a hacerse preguntas… Y nosotros tendremos las respuestas que necesita.


Draco comprobó una vez más su reloj de bolsillo. Indefectiblemente, Molly estaba demorada. Intentó no precipitarse hacia conclusiones catastróficas. En cambio, volvió a guardar el reloj en el bolsillo y se asomó una vez más por la ventana para espiar hacia la calle frontal.

Dos figuras caminaban desde la esquina de la calle N° 4 hacia la casa. Llevaban gorras puestas, con la visera inclinada de forma que les cubría la mayor parte del rostro. Una sonrisa de alivio se dibujó en los delgados labios de Draco. Conocía ese andar.

Aún así, sacó su varita y apuntó hacia la entrada de la casa. Minutos más tarde, con un chirrido suave, la puerta se abrió dando paso a las dos mujeres. Una de ellas también había sacado la varita.

—¿Cuál es el color favorito de tu madre? —fueron las primeras palabras de bienvenida que Draco le dirigió.

—Ella dice que es el azul, pero Lucy y yo sabemos que es el negro —respondió Molly, quitándose la gorra con la mano libre y mostrándole su rostro pecoso y sonriente.

—Eres una fanfarrona —chasqueó Draco, poniendo los ojos en blanco.

—¿Tu golosina favorita? —comprobó de todas formas Molly antes de bajar su varita.

—Las ranas de chocolate, por supuesto —respondió Malfoy de manera pedante. Molly bajó su varita. —Llegan tarde —las regañó.

—Tú llegas siempre tarde —se quejó Weasley, frunciendo el entrecejo. Él se limitó a hacer un movimiento con la muñeca como descartando su argumento.

—Veo que estás acompañada —señaló Draco, sus ojos grises posándose por fin en la acompañante de Molly. La chica instintivamente retrocedió, colocándose detrás de la ex-aurora.

—Ella es la amiga de quien te hablé… Betanie —los presentó Molly, colocando una de sus manos sobre el hombro de su compañera, como si quisiera darle ánimos.

Betanie se removió la gorra con manos temblorosas, revelando un rostro demasiado joven y demasiado aterrado para gusto de Draco. La experiencia le había enseñado que las personas como Betanie podían tener las mejores intenciones pero los menores recursos para manejar situaciones de peligro como aquellas. Él había sido una vez como Betanie. No había manejado bien su situación. Las consecuencias de ello habían sido inmensurables.

—Mi nombre es Draco Malfoy. Es un placer conocerla, señorita Doval —se presentó, extendiendo una mano hacia ella a modo de saludo. Betanie contempló la mano durante varios segundos antes de finalmente juntar el coraje para estrecharla. Tenía la palma húmeda y Draco podía sentir las vibraciones de su cuerpo asustado. —Tengo entendido que tienes información para mí.

—S-sí… —carraspeó Betanie, aclarándose la garganta. La voz había escapado de entre sus labios de forma forzada y rasposa, como si se deslizara sobre arena gruesa—. Yo… —vaciló. Retorció la gorra entre sus manos varias veces. Desvió la mirada hacia Molly. Se mordió el labio inferior—. Esto es un error —jadeó completamente aterrada, y atinó a volver sobre sus pasos.

Draco lanzó una rápida y significativa mirada hacia Weasley. Y Molly reaccionó de inmediato. La mano que segundos antes se había apoyado sobre el hombre de Betanie para contenerla ahora se cerraba sobre su muñeca, reteniéndola.

—No, no lo es —le aseguró Weasley, obligándola a mirarla a los ojos mientras le hablaba. Betanie parecía a punto de descomponerse—. Por favor, escucha lo que Draco tiene para ofrecerte —le suplicó.

—Podemos ayudarla, señorita Doval. A usted… y a su hermano —intervino oportunamente Malfoy, percibiendo la duda en su interlocutora. Betanie giró de inmediato, seducida por la posibilidad que Draco le ofrecía de escapar de aquel desastre.

—¿Cómo? —preguntó la chica, recobrando parte de su entereza.

—Puedo ofrecerte un trato a cambio de información, Betanie. Uno muy bueno. Hablo de asilo y protección contra la Rebelión de los Magos. Identidades nuevas y un traslado seguro hacia América del Sur, para que puedan empezar una vida nueva allí, lejos de todo —ofreció Draco con una mueca confiada. Podía leer en los ojos de la muchacha sus ansias por aceptar la tentadora oferta. Pero fue lo suficientemente inteligente como para contenerse y no aceptar de inmediato. "Parece que ha aprendido la lección" pensó para sí mismo Draco.

—¿Qué me dice de las repercusiones legales? —inquirió la muchacha. Draco arqueó una ceja.

—¿Qué con eso?

—¿Puede garantizarme que esta información no se usará contra mí? —insistió ella.

—Creo que tienes cosas más importantes de las cuales preocuparte, niña —siseó Draco, quien no disfrutaba de ser extorsionado y menos por esa mocosa. Pero Betanie alzó el mentón en un gesto orgulloso, su confianza afianzándose conforme pasaban los minutos y caía en cuenta del valor de su información.

—No quisiera escapar de la Rebelión solo para terminar en Azkaban, señor Malfoy —justificó ella. Draco captó la mirada de advertencia de Molly, instándolo a controlar su reacción, y se pellizcó el entrecejo para contenerse.

—Si tu información demuestra ser lo suficientemente útil, entonces podré conseguirte inmunidad —aceptó Draco.

—¿Qué garantía tengo?

—¿No te basta con mi palabra? —Malfoy rechinó los dientes. Por primera vez, Betanie sonrió, dándole a entender que no era suficiente.

Irritado, Draco tomó una pila de papeles que yacía sobre la mesa del recibidor y la extendió hacia Betanie. Había previsto que algo así podía llegar a suceder, y se había encargado de que Dean Thomas redactara un contrato mágico. Los ojos de Betanie se dilataron con auténtica sorpresa al llegar al final del mismo, donde se leía con claridad la firma de Harry Potter sellando el acuerdo.

—Como verás, cuentas con la mejor garantía que la Orden del Fénix puede ofrecerte —se regodeó Draco, mientras tiraba de las hojas para arrancarlas de entre las manos de Betanie y las enrollaba para guardarlas en el bolsillo interno de su túnica—. Ahora, dime lo que sabes.

—Harry Potter no mató a Godwin Bradshaw —empezó a hablar Betanie.

—Eso ya lo sabemos —fue la cortante respuesta de Draco. Se había terminado la etapa de negociación. Ahora, debía de presionar para obtener la información que necesitaba.

—Pero no saben quién lo mató —retrucó la chica.

—Supongo que tú sí —razonó Draco, sonriendo con cierto descaro.

—Linus Cavenger —confirmó las sospechas que ya tenían. Malfoy se mantuvo inmutable al escuchar el nombre, a pesar de que su corazón dio un vuelco en su pecho, emocionado por la perspectiva de finalmente dar con el culpable y conseguir una exoneración para Potter.

—En tu declaración dijiste que Harry Potter fue la última persona en ver a Bradshaw con vida —dijo Draco, sugestivamente.

—Mentí —respondió ella escuetamente.

—¿Cómo sé que no estás mintiendo ahora? —retorció un poco más Draco. Ella frunció el ceño.

—¿No te basta con mi palabra? —hizo eco del propio Malfoy. Una risa divertida escapó de los labios de Molly antes de que lograra contenerla.

—Será tu palabra contra la de Cavenger —puntualizó con criterio Draco.

—Solo que yo tengo pruebas —aseguró ella.

Betanie hurgó por debajo del cuello de su camiseta hasta dar con una cadena de plata de la cual colgaba una pieza de cristal redonda, como si se tratase de algún tipo de vidrio esmerilado. A Draco le tomó unos segundos deducir lo que estaba mostrándole.

Dentro de dije de cristal, flotando como una bruma blanquecina, danzaba un recuerdo.


Cuando la mañana del 31 de octubre Circe se despertó y encontró el castillo decorado con motivos de Halloween, se sintió profundamente desconcertada. ¿Recién llevaban un par de meses en Hogwarts? Se había sentido como una eternidad.

La reclusión de Lily en un centro de rehabilitación había sido un golpe duro para toda la Hermandad, pero sobre todo para aquellos más cercanos a la joven Potter. Circe se consideraba a sí misma parte de ese grupo reducido. Nunca había tenido un vínculo particularmente íntimo con Lily, pero la había considerado su amiga en cierta forma. No como Tessa. Nadie como Tessa. Talvez Lucy y Scorpius podían acercarse al nivel de intimidad y cercanía que sentía con Tessa… Pero no llegaban a ser ni remotamente lo mismo.

A Circe le costaba imaginarse qué habría sido de ella durante esos seis años en Hogwarts de no haber sido por Tessa. Probablemente nunca habría entablado amistad con Lucy Weasley. Y definitivamente no habría interaccionado con el grupo de Gryffindor que incluía a Nina y Hugo, y que alguna vez había incluido también a Lily.

Le gustaba pensar que de todas formas habría intentado acercarse a Scorpius, aunque solo fuese para molestar a su hermano Taurus. O porque ambos eran, a su manera, ovejas negras. O talvez simplemente para no sentirse tan sola.

Si Circe no se sentía sola en el mundo, era por Tessa. Se habían conocido durante los Juegos del Panteón, un campamento para niños mágicos que funcionaba en Roma todos los veranos. El campamento nucleaba a prácticamente todos los hijos de magos entre siete y once años de la zona. Era una costumbre que se remontaba a siglos atrás, y todas las antiguas familias de Italia enviaban a sus hijos de forma casi religiosa al campamento. Era una forma de sociabilizar y de pertenecer. Era donde empezaban a tejerse los vínculos que sostendrían el futuro del país. Y la oportunidad para las familias más importantes del país de cruzarse.

Por supuesto que Blaise Zabini había inscripto a sus hijos en el campamento desde el primer año. Los primeros dos veranos habían sido una verdadera tortura para Circe. No había entablado ninguna amistad, y si los chicos más grandes no se burlaban de ella era porque su hermano Taurus se aseguraba de que nadie le faltara el respeto al apellido Zabini.

Pero entonces llegó Tessa. Con su sonrisa cálida y su cabello revuelto. Espontánea, alegre y desprovista de todo prejuicio. No le importó que Circe sonriera poco ni que cada vez que hablara lo hiciera con excesivo sarcasmo. Ella era capaz de compensar su acidez y su reticencia a sociabilizar. Y por primera vez en su vida, Circe supo lo que significaba tener una amiga.

No se separaron desde entonces. Aguardaban ansiosas al mes de junio, fecha en que comenzaba el campamento. Durante el resto de los meses, se escribían rutinariamente, actualizándose sobre los más insignificantes detalles.

Para cuando sus cartas de Hogwarts llegaron, Circe sentía que se conocían de toda la vida.

El Sombrero Seleccionador no quería enviarla a Ravenclaw. De hecho, Circe había estado cerca de terminar en Slytherin, la histórica casa de su familia. Pero Tessa ya había sido sorteada a Ravenclaw, por supuesto. Y Circe se negaba a ir a otro lugar que no fuese con ella. Finalmente, el Sombrero se había dado por vencido y le había concedido su deseo.

Habían pasado seis años desde entonces, y con ellos, la amistad entre ambas se había afianzado… Y para Circe, había mutado hacia algo todavía mucho más profundo.

No era un amor adolescente el que sentía por Tessa. Era algo profundo, arraigado en lo profundo de su ser. Era parte de ella. Tessa había hecho de Circe una mejor persona. Sacaba su mejor versión. La inspiraba a siempre ser mejor. Allí donde Circe habría sucumbido a la ira y la venganza, Tessa le había mostrado que había otro camino. Un mejor camino. Uno que no implicaba su autodestrucción, sino su superación.

Todo lo que Circe era, todo lo que Circe tenía, era gracias a Tessa. Y la amaba por eso. Amaba la frescura de su risa. El aroma que desprendía su piel cuando la brisa la rozaba. La manera en que se mordía el labio inferior cuando estaba pensando en algo. Cómo hablaba de forma atolondrada, como si las ideas se fugaran de su mente, cuando estaba nerviosa. Amaba verla enterrada en uno de sus libros, tumbada sobre la hierba. Amaba que roncara cuando dormía, aunque siempre lo negara cuando estaba despierta. Amaba su incondicionalidad y su fidelidad. Amaba que fuese capaz de ver lo mejor en las personas, incluso cuando no eran del todo buenas. Como con Albus. Como con ella.

Había sido ese amor que sentía por ella lo que la había hecho dudar tanto. Y era esa duda la que demostraba, en el fondo, cuán diferentes que eran. Circe podía repetirse una y mil veces que nunca le había contado la verdad a Tessa sobre la muerte de sus padres porque no quería herir sus sentimientos. Y había cierta verdad en ello, por supuesto. Pero su mayor motivación había sido el miedo irracional a perderla. A que Tessa no quisiera ser su amiga después de saberlo.

Al final, terminó haciendo lo que su familia le había enseñado: había apostado por el caballo que tenía más posibilidades de ganar la carrera. Y aunque a Circe no le terminaba de agradar como persona, tenía que reconocer que Albus era el mejor candidato.

No sabía exactamente qué había sucedido ese día en la Lechucería, solo sabía que su hermano Taurus y sus amigos habían regresado de allí con las cabezas gachas y humillados. Dimitri Kurdan estaba en estado de shock, sus pupilas todavía dilatadas a causa del miedo. Ninguno supo dar grandes explicaciones, y las versiones especulativas empezaron a circular en el Colegio. En todas las versiones, los Hijos de la Rebelión quedaban mal parados. Lentamente, Albus Potter se perfilaba como líder indiscutido dentro del castillo. Finalmente, estaba consiguiendo a través del miedo y la intimidación lo que no había sido capaz de conseguir con la palabra y el encanto.

Scorpius había estado convencido de que el susto y la brutal pérdida de su posición dentro de la pirámide social estudiantil obligaría a los Hijos de la Rebelión a retroceder y reagruparse. Y efectivamente, durante las semanas siguientes la Hermandad se volvió omnipresente en el castillo, y todo el progreso que Cardigan y Zabini habían logrado reclutando seguidores pareció estancarse.

Pero Circe había crecido con Taurus. Lo conocía lo suficiente como para saber que no había pasado página. Era un joven rencoroso, con una brújula moral peligrosamente torcida. Su padre les había hablado siempre sobre la importancia de la sangre y la familia y del pesado castigo contra la traición.

Tenía razón. Taurus no se había olvidado del tema. Había estado esperando el momento adecuado. Y éste llegó durante la cena de Halloween organizada por el colegio en el Gran Comedor.

Esa noche charlaron y bebieron con el resto de sus amigos. Era una fiesta más moderada en comparación a las que solían organizar los Caballeros de la Mesa Redonda, pero había comida y música, y los alumnos agradecieron la excusa para distenderse y olvidarse al menos por unas horas de todos sus problemas. Incluso Circe.

Y es que le resultaba imposible no sonreír cada vez que sonaba una canción que a Tessa le gustaba, pues su amiga la tomaba de la mano y la arrastraba hacia la pista para que bailaran juntas, y eso era algo que Circe no podía resistirse. La risa de Tessa mientras sacudía la cabeza y hacía girar su abundante cabello era contagiosa, al punto que hasta Circe empezó a reir.

Con cada nueva canción, con cada giro que daban, sus cuerpos se acercaban un poco más. Cada tanto, Tess se inclinaba para decirle algo al oído por encima del estruendo de la música, y Circe podía sentir el vapor de su aliento contra la piel de su cuello. La mayoría de las veces era incapaz de prestar atención a lo que le estaba diciendo, aturdida por la cercanía.

Cuando llegó la siguiente canción, Circe se armó de coraje y la tomó de la mano, obligándola a bailar más pegada a ella. Tessa no ofreció resistencia, y en cambio, guió la otra mano de Circe hacia sus hombros.

—¿Sabes bailar salsa? —le preguntó Nott en un tono burlón, conociendo la respuesta de antemano.

—¿Tú qué crees? —dijo con acidez, pero la sonrisa en sus labios contradijo la dureza de las palabras. Sus ojos verdes brillaban expectantes y cargados de deseo.

—Déjame guiarte. Es fácil —le ofreció Tessa, sonrojándose levemente bajo la mirada intensa de Circe.

Circe se dejó guiar. Tessa se movía con fluidez, sus caderas como olas en el agua. Lo hacía con la naturalidad con la que otras personas caminan. Era fácil seguirla. Lo difícil era controlar el deseo constante de besarla cada vez que sus cuerpos se pegaban y el espacio se reducía a tan solo unos centímetros.

La canción terminó demasiado pronto para gusto de Circe. Podría haber estado así toda la noche.

—Iré por unas bebidas, ¿quieres? —se ofreció, sintiendo que necesitaba alejarse antes de cometer una idiotez. Tessa le sonrió, agradecida. Y Circe se marchó hacia la barra pensando que nada podía arruinar esa noche perfecta.

Las bebidas se le cayeron de las manos cuando regresó hacia donde se encontraba Tessa y descubrió que su hermano Taurus estaba conversando con ella. Estaba vestido con una túnica negra impoluta, y hablaba con ligereza, como si estuviese conversando de algo irrelevante.

Solo que Taurus nunca hablaba con Tessa. Y Tessa no sabía ocultar sus emociones tan bien como el hermano de Circe. Su piel había empalidecido, y tenía el aspecto de estar a punto de vomitar allí mismo, en medio de la pista de baile.

Circe se abrió paso entre la gente lo más rápido que pudo. Su sexto sentido le decía que debía llegar junto a ellos cuanto antes y detener lo que fuese que Taurus estaba haciendo. Pero para cuando finalmente llegó al lugar, Tessa ya no estaba.

—¿Qué has hecho? —jadeó Circe, sin poder esconder su profundo terror.

Su hermano se encogió de hombros y se acomodó los puños de la camisa antes de responder.

—Le dije lo que tú tendrías que haberle dicho años atrás, hermanita —chasqueó con indiferencia.

—¡No tenías ningún derecho a hacer eso! ¡Ella es mi amiga, no tuya! —se quejó Circe, perdiendo el autocontrol habitual. Taurus levantó la mirada hacia ella. Sus ojos eran dos témpanos y Circe tuvo que resistir el impulso de retroceder.

—Ella es una vergüenza para esta sociedad. Es la hija de un traidor y una híbrida —le dijo con voz fría, susurrando las palabras en el espacio reducido entre ellos dos para que nadie más pudiese escuchar.

—No la conoces —Circe sentía que debía defenderla, incluso frente al estúpido e ignorante de su hermano. Pero Taurus arqueó las cejas.

—Oh, vamos, hermanita. ¿Realmente creíste que tu amistad o lo que sea que tienes con Nott tenía algún tipo de futuro? —se burló de ella de manera condescendiente. Era más alto que Circe, por lo que cuando se enderezó en toda su altura y se colocó cara a cara con ella, era como si la estuviese mirando desde arriba. La hizo sentir diminuta—. ¿Creíste que podías esconderle la verdad sobre la muerte de sus padres y entonces vivirían felices para siempre juntas?

—Yo… —se había quedado sin palabras. No era estúpida. Circe siempre había sabido que tarde o temprano iba a tener que blanquear la verdad… Pero hasta entonces, nunca había encontrado el momento adecuado.

—Vaya… No te imaginaba tan ingenua —siguió presionando Taurus—. Deberías agradecerme. Te he ahorrado el trabajo y muchisimo tiempo que ibas a desperdiciar en ella.

—Me das asco, Taurus —siseó Circe, mirándolo como si de repente se hubiese convertido en una cucaracha gigante—. No conoces lo que es una verdadera amistad… Y empiezo a pensar que tampoco sabes lo que es amor.

Taurus la tomó del brazo y tiró de ella para acercarla un poco más. Sus dedos se clavaron dolorosamente contra la piel de Circe, pero ella se aguantó las ganas de quejarse. No iba a darle esa satisfacción

—¿Tú vas a darme una lección sobre amor y amistad? Le has mentido a tu única amiga, y ahora ya no te aceptará a su lado porque sabe quién eres realmente. Y sin ella, no tienes verdaderos amigos. No tiene NADA. —remarcó con venenosa malicia Taurus—. Pero tienes a tu familia. La sangre siempre es más pesada, Circe.

Circe presionó la punta de su varita contra la boca del estómago de su hermano y disparó, tomándolo desprevenido. El rostro atractivo de Taurus se contrajo en una mueca de sorpresa y dolor. Soltó de inmediato a Circe para llevarse ambas manos al abdomen, donde le había disparado. Su elegante túnica negra se encontraba completamente chamuscada y la piel debajo de la misma se veía roja y cubierta de ampollas pustulosas.

Levantó la varita esta vez con más comodidad ya que Taurus no la estaba reteniendo. Sintió la ira que burbujeaba en sus venas y la instaba a disparar de nuevo, a cobrarse una venganza contra el mezquino de su hermano. Y habría disparado de no ser porque Scorpius Malfoy apareció en ese preciso instante para detenerla.

—No quieres hacer esto —le recomendó con una mirada significativa.

—Le ha contado todo a Tessa —masculló entre dientes apretados, prácticamente sellados de enojo. Scorpius inhaló, asimilando la noticia, y recuperó de inmediato la compostura.

—Un disparo puede ser un accidente. Dos disparos es un ataque. Si lo atacas en medio de una fiesta, iniciaras una batalla entre los estudiantes. Los Hijos saldrán a defenderlo —intentó razonar con ella.

—Pensé que la Hermandad me cubría la espalda, ¿no? —espetó ella, sin quitarle los ojos de encima a Taurus. Para entonces, Dimitri Kurdan y Leyla Warrington habían llegado junto a él y lo interrogaban sobre lo que estaba pasando.

—Sí, claro que sí. Pero esta no es una batalla que valga la pena pelear, Circe —esta vez, Scorpius habló con más firmeza—. Creo que deberías ir a buscar a Tess.

Tess.

Se había marchado sin decir nada.

Lanzó una última mirada de odio a su hermano, guardó nuevamente la varita, y salió disparada en la dirección en que la había visto escapar. Años de amistad funcionaron de brújula en ese momento, pues conocía los lugares favoritos a los que Tessa recurría cuando se sentía triste.

La encontró bajo el árbol donde le había mostrado por primera vez el hechizo para hacer florecer los pimpollos de un rosal. El mismo árbol bajo cuya sombra acostumbraban a tirarse a descansar en verano, y donde se refugiaban de la nieve en invierno. El árbol junto al que leían y hablaban. Para Circe, ese era su árbol.

La estaba esperando sentada junto al tronco, con las piernas cruzadas, mientras deshojaba una rosa entre sus dedos, desperdigando pétalos blancos por todos lados.

Circe se sentó frente a ella y espero.

—Me has visto entrenar durante los últimos años sin descanso. Me has visto llorar antes de dormirme prácticamente todos los días. Me he vuelto loca intentando darle sentido a todo esto… Entender lo que había pasado… Saber cómo habían muerto… Y todo este tiempo, tú tenías todas las respuestas y nunca dijiste nada —la voz de Tessa se escuchó extrañamente ronca, como si no le perteneciera.

—Pensé en decírtelo cientos de veces —confesó Circe.

—Pero no lo hiciste.

—No quería lastimarte —fue lo primero que le salió decir.

—¿A mi o a ti? —reconoció con astucia Nott.

—Temía que si te lo decía… Ya no me verías con los mismos ojos —confesó Zabini. Unas lágrimas rodaron lentamente por la mejilla de Tessa mientras levantaba la cabeza para mirarla a los ojos.

—Tenías razón —sus palabras se clavaron contra Circe como flechas. Por un momento, sintió que ni siquiera podía respirar.

—Tess… Yo no soy como mi padre —le recordó en un susurro muy suave, como si estuviese hablando con alguien aturdido y que recién despierta de un coma.

—Lo sé, lo sé —dijo asintiendo con la cabeza, y sonrió. Pero lejos de reconfortarla, el gesto solo la angustió más. Era una sonrisa triste. Era la sonrisa de alguien que se está despidiendo. —Pero ahora, cada vez que te miro, no puedo dejar de pensar que fue él quien mató a mis padres.

—¿Qué quieres decirme con eso? —Circe sabía lo que significaba, pero se negaba a aceptarlo. No hasta que ella no lo dijera en voz alta.

—Creo que lo mejor es que tomemos distancia… Al menos un tiempo —lo dijo.

—Eres mi mejor amiga —se apresuró a hablar Zabini, sintiendo que la desesperación empezaba a llevarse lo mejor de ella. Podía sentir la humedad que se acumulaba en sus ojos—. Por Merlín, eres mucho más que eso, Tess —estaba dispuesta a decirle todo. A exponer su corazón frente a ella para que lo terminara de destruir si así lo deseaba. Pero Nott la interrumpió antes de que llegara a hacerlo.

—Voy a iniciar una nueva causa contra tu padre, Circe. Voy a acusarlo del asesinato de mis padres y voy a asegurarme de que nunca más vuelva a poner un pie fuera de Azkaban. Voy a unirme a las fuerzas de los Aurores y voy a perseguir a cada uno de los integrantes de la Rebelión, entre los cuales muy posiblemente se encontrará tu hermano. Y tu madre —hizo una pausa, tragando saliva y tomando coraje para continuar—. Tu padre destruyó mi familia, y ahora yo inevitablemente terminaré destruyendo al tuya —profetizó Nott. No había maldad en sus palabras, sino una honestidad brutal y dolorosa—. Dime… ¿realmente crees que nuestra amistad puede sobrevivir algo así?

Circe inspiró profundamente, su pecho inflándose, y enderezó la espalda, tirando los hombros hacia atrás y recuperando el porte elegante y orgulloso típico. Le dolía cada fibra de su cuerpo.

—No, no lo creo —reconoció con derrota.

—¿Lo entiendes, ahora? —la voz de Tessa se quebró al decirlo, sus ojos negros llenándose una vez más de lágrimas.

—Sí —susurró Circe, poniéndose de pie y alisando su túnica con ambas manos, despegando las hojas secas que se habían adherido. Quería huir de allí cuanto antes. No quería que Tessa la viera llorar. No quería prolongar la ruptura más de lo necesario.

Tessa la imitó. Sintiendo que la situación era terriblemente incómoda, Circe hizo lo único que se le ocurrió: estiró una mano en dirección a su mejor amiga para despedirse. Nott soltó una risita quebrada por las lágrimas y empujó la mano hacia un lado para estrecharla en un abrazo.

Circe intentó absorber hasta el último detalle de ese momento. La fuerza de sus abrazos alrededor de ella, la humedad de su rostro contra su hombro, el tupido cabello negro que le hacía cosquillas en la nariz, y su perfume a brisa marina que la embriagaba.

Quería confesarle que estaba enamorada de ella. Que siempre lo había estado. Y que probablemente, siempre la amaría. ¿Cómo se dejaba de amar a alguien como ella?

Pero no dijo nada, y finalmente, Tessa aflojó sus manos y se distanció de ella.

Si hubiese sabido que esa sería la última vez que la abrazaría, Circe le habría dicho que la amaba.


Un capítulo que se demoró mucho más de lo habitual, pero que llega para terminar de cerrar algunas dudas... Y también algunas historias.

Quiero subirlo lo más pronto posible, así que no comentaré mucho al respecto aquí, ni responderé ahora los reivews. En los próximos días intentaré editarlo para llenar eso.

Gracias por seguir leyendo.

Saludos,

G.