Capítulo 42: El destino de los traidores

Oh, Father tell me, do we get what we deserve?
Oh, we get what we deserve.

And way down we go
Way down we go
Say way down we go
Way down we go.

You let your feet run wild
Time has come as we all, oh, go down
Yeah but for the fall, ooh, my
Do you dare to look him right in the eyes?

Oh, 'cause they will run you down, down 'til the dark
Yes and they will run you down, down 'til you fall
And they will run you down, down 'til you go
Yeah, so you can't crawl no more.

(Oh, Padre, dime. ¿Tenemos lo que nos merecemos?
Tenemos lo que nos merecemos.

Y nos estamos hundiendo,
Descendemos cada vez más, y más.
Digo que nos estamos hundiendo.
Descendemos cada vez más.

Oh, dejas que tus pies corran libres,
El momento ha llegado mientras todo caemos.
Si, pero para la caída, oh, Dios mío,
¿Te atreves a mirarlo directamente a los ojos?

Oh, porque ellos te atropellarán, hasta llevarte a la oscuridad.
Si y te pasarán por encima hasta que te caigas.
Y te perseguirán hasta que te vayas.
Si, hasta que ya no puedas arrastrarte más.)

Way down we go – Kaleo


A Neville siempre le habían gustado los invernaderos de Hogwarts. Incluso como estudiante, había sido en ese sitio en el único lugar donde se había sentido útil. No poseía la inteligencia de Hermione, ni la habilidad de duelo de Harry, ni la capacidad estratégica de Ron… No era rudo, ni atractivo, ni carismático. No sabía jugar quidditch, y su timidez y miedo al ridículo le dificultaban mucho interaccionar con las mujeres a las que encontraba atractivas.

Pero había una cosa que Neville conocía. Una cosa en la que era verdaderamente bueno. Neville sabía de plantas. Entendía la forma en que funcionaba la botánica. Era capaz de reconocer sutiles diferencias en la tierra capaces de determinar si algo proliferaba o se marchitaba. Luna Lovegood una vez lo había descripto a la perfección: Neville simplemente sabía leer el idioma que hablaba la naturaleza. Un idioma que estaba allí para que lo escuchara quien lo deseara… Aunque cada día eran menos.

Por eso se había alegrado (y también sorprendido) cuando Ainhoa Cruz escribió solicitando el puesto libre de profesora de Herbología que Neville había dejado vacante al asumir como Director.

La fama precedía a Ainhoa Cruz. Hija de una prestigiosa familia de magos españoles, expulsada de la conservadora escuela de Beauxbatons para terminar sus estudios en Botánica nada menos que en Brasil, especializándose en plantas medicinales exóticas. Había sido el libro que escribió Ainhoa durante su tiempo en el Amazonas el que terminó por convencer a Neville de que sería una buena candidata como profesora.

Existía solo un problema. Otras personas lo habrían visto como un evento fortuito, una inocente coincidencia. Pero La Orden del Fénix llevaba demasiado tiempo en el juego como para seguir creyendo en las casualidades.

La hermana de Ainhoa había sido asesinada dos años atrás en el pueblo de Hogsmeade por un hombre lobo que vivía por fuera de la ley y sin respeto por las normas de convivencias establecidas. Su muerte había caído pesadamente sobre los hombros de Ted Lupin, el ahijado de Harry, en un intento por desacreditar a ambos e iniciar un conflicto entre los grupos marginales de la sociedad y el gobierno. Se percibía sin dificultad la mano del Mago de Oz detrás de todo aquello, como un fantasmagórico director de orquesta.

La Rebelión habían obtenido un éxito parcial en aquella ocasión: el Wizengamot había encontrado a Ted inocente de los cargos, pero el lazo con la comunidad de licántropos se había roto de una formar irreparable. El Ministerio había retrocedido arcaicamente, retirando derechos y aumentando restricciones. Las consecuencias seguían pagándose hasta la fecha.

Ainhoa no había solicitado ese puesto por una mera casualidad. Neville no sabía bien qué era lo que la mujer buscaba, pero estaba seguro de que guardaba relación con la muerte de su hermana.

Había aceptado su solicitud, pero se había mantenido atento a cualquier señal que pudiese arrojar un poco de luz en el asunto.

Así, los meses habían transcurrido, y con ellos el primer año escolar, sin que la profesora Cruz diera señales de mayores intenciones que dedicarse a enseñar Herbología, y cada tanto traficar algunos ingredientes en el mercado negro de Hogsmeade. Ainhoa Cruz era un enigma, una cerradura que nadie parecía poder abrir.

Por lo que cuando aquella tarde Neville recibió una nota de la profesora invitándolo a tomar el té en los Invernaderos para discutir sobre los cultivos a priorizar durante el invierno, él la aceptó intrigado.

Encontró a Ainhoa junto a la improvisada cocina que tenían dentro del Invernadero 5, donde acostumbraban a preparar pociones fertilizantes y otros sustratos para las plantas. Era de las pocas recetas que Neville lograba llevar adelante sin hacer explotar algo. En esta ocasión, sin embargo, la profesora Cruz había colocado una tetera sobre el fuego, y el silbido que anunciaba el hervor resonaba entre las paredes de cristal del lugar cuando Neville entró.

—Director, justo a tiempo —lo recibió Ainhoa, mientras inclinaba la tetera con cuidado para que el agua hirviendo cayera dentro de un par de tazas de té.

El Invernadero 5 era el favorito de Neville. Era el más alejado del castillo, silencioso y amplio, y allí cultivaban algunas de las plantas más fascinantes y peligrosas del mundo mágico. El ingreso estaba restringido únicamente a personal docente y a los estudiantes que preparaban sus E.X.T.A.S.I.S. en Herbología. E incluso así, los accidentes sucedían con demasiada frecuencia.

Mientras tomaba asiento en una de las sillas que la profesora Cruz había dispuesto junto a la cocinita, sus ojos recorrieron con curiosidad algunos de los especímenes más cercanos.

Solo unos metros los separaban de una fila de arbustos puntiagudos, cuyas largas espinas habían alcanzado el tamaño de navajas cortas.

Una nueva tanda de hongos explosivos crecía en el cantero a su derecha. Neville estimaba que en siete u ochos días estarían listos para ser extraídos y utilizados para la elaboración de poción protectora contra llamas. Mientras tanto, un hechizo escudo reverberaba en torno al cultivo, pues la más mínima amenaza cercana podía provocar su violento estallido.

Por detrás, el Lazo del Diablo que los estudiantes de sexto año habían plantado el año previo ya alcanzaban su altura máxima. Sus ramas se enroscaban hasta llegar al techo de cristal sobre sus cabezas. Neville tomó una nota mental de podarlas cuanto antes.

—Aquí tiene, director Longbottom —le ofreció Ainhoa, atrayendo su atención de regreso hacia ella. Sostenía una de las tazas de té en su dirección.

—Por favor, llámame Neville —le pidió una vez más él. Los labios de la joven profesora se torcieron en una tenue sonrisa.

—Claro —aceptó con una sutil inclinación de cabeza, mientras tomaba su propia taza y ocupaba el asiento frente a Longbottom. Neville se quedó aguardando a que dijera algo más, pero la muchacha se limitó a observarlo con ojos intensos desde detrás de sus delgados anteojos.

—Querías conversar sobre los cultivos de invierno —llenó el incómodo silencio Neville. Ella asintió.

—Me gustaría aprovechar que el frío se está adelantando para intentar una nueva tanda de lirios cobra —sugirió Ainhoa, haciendo girar la taza entre sus dedos, como si quisiera entibiárselos con el calor de la cerámica. Hacía frío en el Invernadero.

—Estoy de acuerdo —aceptó Neville—. ¿Eso es todo? —agregó arqueando las cejas. Agradecía que Ainhoa lo consultara respecto a las decisiones que tomaba en los invernaderos, pero bien podría haberlo preguntando al pasar en cualquier momento sin necesidad de concretar una reunión.

—No —reconoció ella, sus ojos entornándose aún más sobre él—. Lo cierto es que deseaba tener un tiempo a solas con usted… Neville —se aseguró de acentuar el nombre del director. Longbottom sintió que sus mejillas se coloreaban innecesariamente.

—Oh… —balbuceó sin saber bien qué responder. Su reacción provocó que la sonrisa de Ainhoa se ensanchara un poco más. La chica se reclinó sobre su asiento y su atención se redirigió hacia la taza que todavía descansaba entre los dedos de Neville, sin tocar.

—No has probado el té —señaló ella—. Puedo servirte algo más fuerte, si lo prefieres —agregó en un tono casi cómplice que hizo que Neville se sonrojara todavía un poco más.

—No… el té está bien —se apresuró a responder el director.

Acercó la taza humeante hasta sus labios. El aroma a hierbas inundó sus fosas nasales. Lo cierto era que le encantaba el té. Siendo un experto herbolario, disfrutaba de intentar descifrar los ingredientes que se usaban en las infusiones. Su entrenado sentido del olfato detectó el intenso aroma a vainilla, con un toque sutil de flores blancas y… algo más difícil de descifrar.

—¿Seguro que no quiere otra cosa, Neville? —insistió Ainhoa arqueando una ceja, al ver que el director se demoraba largos segundos olfateando su taza.

—No, no. Estoy bien —volvió a afirmar Neville, y bebió un sorbo de la infusión para complacer a su anfitriona. La tensión en la frente de la profesora Cruz se alivianó de inmediato.

Tal como Neville había previsto, el té tenía un intenso sabor a vainilla, dulce y un tanto empalagoso para su gusto. Seguía sin poder definir ese tercer ingrediente, el resto de los sabores demasiado abrumadores.

—Quería expresarle mi admiración por el trabajo que ha hecho aquí, Neville —empezó a hablar Ainhoa, visiblemente más relajada después de que el director accediera a beber su té. El halago tomó a Longbottom complemente por sorpresa. —Estos invernaderos son… exquisitos. La variedad de plantas que cultivan aquí y la calidad de los ingredientes con los que trabajan… Es realmente soberbio.

—Me alegro que sea de tu agrado, Ainhoa —le concedió Neville con humildad—. Es un verdadero honor viniendo de una herbologista tan experimentada como tú.

—Este último año ha sido un placer trabajar aquí con usted —dijo Cruz de forma un tanto enigmática. Neville frunció levemente el entrecejo. ¿Le parecía a él, o Ainhoa estaba despidiéndose? Neville sintió un cosquilleo extraño recorrerle el cuerpo.

—Debo decir que fue una sorpresa que accedieras a venir… No te imaginaba como el tipo de persona que elige quedarse tanto tiempo en un mismo lugar —confesó Neville, aprovechando aquel momento de intimidad para profundizar en las razones que habían llevado a un espíritu tan aventurero a convertirse en profesora. Ainhoa asintió con la cabeza, dándole la razón.

—No, no lo soy —reconoció, encogiéndose de hombros y tamborileando los dedos contra su taza de té, despreocupada. Neville se percató de que aún no había bebido de la misma. Volvió a sentir ese hormigueo recorrerle la columna, extendiéndose hacia sus manos. —Supongo que se lo debo todo a mi hermana pequeña —agregó chasqueando la lengua, entre melancólica y molesta.

—Lamento mucho lo que sucedió con Dalia —suspiró Neville, empáticamente.

—Sí… Una verdadera tragedia —dijo Ainhoa con fría indiferencia, mientras dejaba su taza a un lado, sin beberla—. Aunque eso es lo que obtienes cuando traicionas tus ideales —agregó, levantando su mirada heterocrómica hacia él.

—¿Qué…? —intentó hablar Neville. Pero mientras lo decía, sus manos se aflojaron y la taza de té se cayó de entre sus dedos, derramándose en el suelo. El cosquilleo se había convertido en una marcada debilidad, afectando no solo sus manos sino también sus labios, dificultándole el habla.

—Dalia siempre fue un alma sensible, ¿sabes? No era una chica hecha para la batalla… Pero creí que al menos sus convicciones eran fuertes —resopló Ainhoa.

Mientras la profesora Cruz decía cosas que carecían completamente de sentido, Neville intentó incorporarse de la butaca. Solo consiguió dar un par de pasos antes de desplomarse sobre el suelo boca abajo.

—Mientras que algunos de nosotros teníamos que cumplir misiones en medio del Amazonas, a ella le asignaron una tarea absurdamente simple: tenía que seducir a un estúpido híbrido e infiltrarse entre vosotros. ¿Puedes creerlo? —ahora se oía francamente frustrada.

Una puntada de pánico atravesó a Neville al escucharla. Le parecía completamente absurdo, y sin embargo…

Se arrastró por el suelo usando sus brazos y sus piernas como pudo. El cuerpo se sentía pesado y sus músculos no respondían adecuadamente. Aún así, se esforzó por poner la mayor distancia posible entre él y Ainhoa. Detrás de él, escuchó cómo la profesora se ponía de pie y caminaba parsimoniosamente hacia él.

Sintió el peso del pie de Ainhoa sobre su espalda, presionando entre sus omoplatos, comprimiéndolo contra el suelo.

—Pero no pudo hacerlo. Algo tan fácil y no pudo hacerlo —suspiró decepcionada. Empujó el cuerpo de Neville con la punta de su bota, haciéndolo girar para quedar boca arriba. Longbottom aprovechó el impulso para arrastrarse un poco más hacia atrás, retrocediendo en un esfuerzo inútil por mantener la distancia entre ambos.

—Eres de la Rebelión —graznó como pudo Neville, mientras su mente giraba a mil revoluciones, intentando encastrar todas las piezas. Una sonrisa desagradable se perfiló en la boca de Ainhoa.

—Se enamoró de Lupin como una estúpida adolescente. Mi hermana, una Cruz pura sangre, enamorada de un híbrido —el odio se hizo evidente no solo en sus palabras, sino también en la crueldad de su expresión.

—¿Y por eso la mataron? —cada palabra que Neville pronunciaba le resultaba un esfuerzo sobrehumano. Pero Ainhoa llevaba mucho tiempo guardando aquel secreto, oculta en las sombras, aguardando el momento. Y Neville supo leer y utilizar esa frustración acumulada a su favor. Demasiado inmersa en su ira como para notar cómo el director se estaba acercando poco a poco a los arbustos puntiagudos a su espalda.

—Iba a confesarle todo a Lupin. Iba a arruinar todo. No podía permitirlo —rumió Ainhoa, frotándose la cara con excesiva fuerza, convenciéndose a sí misma de que había hecho lo correcto. —Tuve que hacerlo —se justificó.

Neville se detuvo, aquella confesión distrayéndolo por un instante. Sus ojos se encontraron con la tortuosa mirada de Ainhoa, y lo supo.

—Tú la mataste —jadeó, sin poder esconder su horror. Ella dejó escapar una risilla histérica. Estaba perdiendo el control.

—Un alma sensible, ¿recuerdas? Demasiado para su propio bien. Le dije que necesitaba hablar con ella y me dejó entrar a su casa sin la menor sospecha. Desactivó todas las barreras para mí —meneó la cabeza, como si no pudiese creer la ingenuidad de su hermana—. En mi defensa, intenté convencerla de que no lo hiciera, de que no traicionara a la Rebelión… Le dije que estaba firmando su propia sentencia de muerte. No quiso escucharme. Así que dejé entrar al hombre lobo —confesó finalmente.

Un silencio horripilante se extendió en el Invernadero, mientras Ainhoa rumiaba sus propias palabras con una mirada ausente. Neville aprovechó ese nuevo instante de distracción para arrastrarse unos centímetros más. Sus músculos respondían cada vez menos a la órdenes que enviaba su atontado cerebro.

—¿Lo has deducido ya? —le preguntó Cruz, inclinando la cabeza hacia un costado con un gesto curioso.

—Hongos paralizantes —respondió Neville, sintiendo la lengua entumecida. Ella asintió, complacida. El tercer ingrediente que Neville no había logrado descifrar dentro de su té. La vainilla había sido el detalle perfecto para ocultar el sabor amargo que podía dejar el veneno paralizante en la boca. Tenía que reconocer que había sido muy astuto de su parte.

—Dime dónde se esconde Potter, y te daré una muerte rápida —le propuso Ainhoa, su expresión suavizándose, como si verdaderamente se estuviese apiadando de él.

Aquel veneno implicaba una muerte lenta y desagradable. Neville lo sabía. Iría perdiendo la capacidad de mover el cuerpo de manera gradual pero conservaría la consciencia en todo momento. Al menos hasta que sus músculos respiratorios dejaran de funcionar. Entonces, moriría asfixiado.

—¿Y luego qué, Ainhoa? ¿A quién inculparas esta vez? —la voz de Neville era ahora un susurro sofocado y rasposo, mientras su garganta encontraba cada vez más dificultosa la articulación de las palabras. Pero tenía que mantener a Cruz distraída solo un poco más…

—¿Inculpar? Los accidentes suceden todo el tiempo en lugares como éste. Es un sitio peligroso, donde muchas cosas pueden salir mal… No será difícil convencer al resto de que el torpe director, un reconocido fanático de la Herbología, vino aquí a distraerse y tuvo un accidente mortal —le restó importancia Cruz.

—Investigarán mi muerte y descubrirán el veneno paralizante —la contradijo Longbottom.

—¿Quién? ¿El cuartel de Aurores? —se burló con arrogancia. Neville se movía ahora milimétricamente. Por el rabillo de su ojo, detectó que los arbustos puntiagudos estaban ahora peligrosamente cerca de su cabeza.

—Espero que lo entiendas… Es por el Bien Mayor —se despidió Ainhoa, dando un paso hacia él.

Neville inspiró profundo, preparándose para un último esfuerzo. Apoyó ambas manos sobre el suelo y se empujó hacia arriba, enderezando se torso. Ainhoa lo observaba con desdén, como quien mira a una mosca sacudirse contra la tela de una araña sabiendo que no conseguirá escapar de la trampa letal.

Pero Neville no planeaba escapar. Sabía que eso era imposible. Lo que planeaba era mucho más ridículo. Cerró los ojos para tomar coraje, y luego se dejó caer hacia atrás, su cuerpo impactando contra los arbustos puntiagudos a su espalda.

Sintió como el filo de varias de sus enormes espinas se incrustaban contra su cuerpo. Una de ellas atravesó su hombro derecho de lado a lado, la punta asomando por el frente. Otra se clavó entre dos costillas, perforando el pulmón izquierdo. Una tercera quedó atrapada entre los músculos de su espalda, impactando contra su columna.

El dolor le nubló la vista, y un grito sordo y húmedo escapó de su boca, mientras sentía cómo la sangre trepaba por su garganta y le mojaba los labios.

Antes de perder el conocimiento, sin embargo, escuchó el chasquido emitido por los arbustos en respuesta a su repentina embestida. El resto de las espinas que no habían quedado atrapadas dentro de su cuerpo salieron despedidas en todas las direcciones.

La confusión a partir de allí fue absoluta. Varias espinas se clavaron contra Ainhoa como flechas, arrancando un grito agudo de sorpresa de sus labios. La mujer se tambaleó mientras sus manos atinaban a cubrir los sitios cercanos en su pecho y abdomen donde podía palpar los extremos de las espinas. Por una fracción de segundo, la confusión y el miedo invadieron sus ojos de diferentes colores. Y entonces, un segundo crujido, como un cristal rompiéndose, llenó el silencio.

Detrás de ella, las espinas habían perforado el escudo protector que rodeaba los hongos explosivos.

Neville cerró los ojos con fuerza mientras el Invernadero 5 estallaba en mil pedazos a su alrededor.


Betanie apenas se había acomodado detrás del escritorio cuando Linus Cavenger apareció por el pasillo. Pestañó varias veces, sorprendida, porque no se esperaba la visita del jefe del departamento de Seguridad Mágica a horas tan tempranas de la mañana. La primera cita que figuraba en la agenda del señor Bradshaw era con Harry Potter, y aún restaba un cuarto de hora para la misma.

Buenos días, señorita Doval. ¿Se encuentra Godwin en su oficina? —preguntó Linus, pero no se detuvo frente a su escritorio a esperar la respuesta. Instintivamente, Betanie se incorporó de la silla y lo siguió para acompañarlo hasta la puerta.

El señor Bradshaw acaba de llegar y todavía está acomodándose. ¿Tal vez prefiera esperar en la sala de reuniones, señor Cavenger? Puedo alcanzarle un té si gusta —habló apresuradamente, mientras intentaba seguirle el paso y llegar a la puerta primera.

Linus no detuvo su marcha, pero torció el rostro hacia ella. Le dedicó una sonrisa formal, aunque gélida. Betanie tuvo que hacer un esfuerzo para no estremecerse y hacerse un ovillo en una esquina, completamente intimidada.

Me temo que necesito ver a Godwin cuanto antes —insistió educadamente Linus, y la esquivó con altivez mientras colocaba una mano enguantada sobre el picaporte de la oficina de Bradshaw y se introducía en la misma.

Lo siento, señor… Pero el señor Cavenger insistió en entrar… —quiso disculparse de inmediato ella, cerrando la puerta detrás de ellos. Conocía el carácter efervescente que podía tener Gowdin y no quería que se desquitara con ella. El hombre ya se encontraba lo suficientemente nervioso por tener que recibir a Potter esa misma mañana.

Linus, colega, ven, ven. Siéntate. ¿Quieres algo de beber? —ofreció Godwin, en un inusual estado de buen humor.

Estoy bien, Godwin —negó la oferta Linus, pero ocupó uno de los asientos frente al escritorio.

Gowdin se encogió de hombros e hizo un gesto con la mano hacia Betanie, señalándole el mueble donde guardaba la bebida. Demasiado familiarizada con el gesto, la secretaria le preparó la medida habitual de whiskey que el oficial consumía todas sus mañanas antes de comenzar el día.

¿Has venido a controlarme por la reunión que tendré más tarde con Potter? —se jactó Bradshaw, su pecho inflándose como un pavo real satisfecho consigo mismo.

Algo así —respondió Linus de manera evasiva.

Una mirada furtiva fue todo lo que Betanie necesitó para percibir la notoria diferencia entre ambos hombres: mientras Godwin Bradshaw se encontraba despatarrado en una postura relajada sobre su silla, completamente a gusto y confiado de su situación, Linus Cavenger se mantenía erecto sobre su butaca, sin apoyar la espalda contra la misma, las manos prolijamente cruzadas sobre su regazo, el extremo de su varita apenas evidente desde el dobladillo del puño derecho.

No te preocupes, Linus. Me aseguraré de humillarlo como corresponde. Lo obligaré de repetir sus disculpas públicamente todas las veces que sean necesarias hasta que los medios de comunicación se cansen de escucharlo. Lo haré quedar como un verdadero imbécil —se rió Godwin mientras tomaba con brusquedad la copa de las manos de Betanie y le hacía un gesto para que retrocediera hacia una esquina.

Verás, Godwin… Hemos estado pensando mucho este plan. Y creemos que existe una mejor alternativa. Una que podría dejar a Potter fuera de juego de forma… taxativa —deslizó con su astuta sutileza Cavenger. Godwin bebió el whisky de un tirón y sacudió el vaso vacío en el aire para que Betanie lo rellenara de inmediato.

¿Quieres matarlo? —preguntó, arqueando las cejas con sorpresa, aunque no con disgusto. Una sonrisa torcida cruzó los labios de Linus.

Esa fue la primera señal de que algo muy malo estaba a punto de suceder.

No, no podemos matar a Potter… solo conseguiríamos hacer de él un mártir —contradijo Linus, meneando suavemente la cabeza.

Cierto, cierto —balbuceó Godwin, dándole un sorbo más medido a su segundo trago.

Necesitamos que se hunda solo —siguió explicando.

Tiene que ser algo muy grande para poder hundir a jodido del Elegido, Linus —puntualizó Godwin, liquidando lo que quedaba en su bebida. Cuando intentó apoyarlo sobre el escritorio, sus sentidos le fallaron, calculando mal y provocando que el recipiente resbalara en el borde y estuviese a punto de estrellarse en el suelo de no ser por los brillantes reflejos de Betanie.

Efectivamente, algo que nadie pueda pasar por alto… Como asesinar a uno de sus mayores rivales políticos dentro del propio Ministerio —Linus hablaba con voz imperturbable, pero sus palabras congelaron la habitación.

Betanie se quedó frizada en el sitio junto al escritorio de Bradshaw, todavía sosteniendo el vaso que había estado a punto de estallar, sus ojos saltando alternativamente entre los dos hombres, aguardando la reacción.

Godwin Bradshaw se demoró varios segundos en reaccionar. Quizás por lo inesperado de lo que estaba diciendo alguien a quien segundos atrás había considerado su colega y socio… O quizás porque la bebida que Betanie le había estado sirviendo provenía de una botella nueva que le había entregado personalmente Jolie Cartier esa misma mañana. Betanie había intercambiado las botellas obedeciendo órdenes, sin contemplar las consecuencias ni preguntar lo que verdaderamente contenían.

Bradshaw intentó sacar la varita de dentro de su túnica, pero sus reflejos estaban enlentecidos y sus movimientos eran demasiado torpes. A Linus le tomó una simple floritura de su varita desarmarlo.

Esto es una puta mierda, Linus —empezó a insultar Godwin, incorporándose de su enorme sillón y apuntando con un dedo rechoncho y acusador hacia el jefe del departamento de Seguridad Mágica. —Esto no es lo que acordamos —el pánico empezaba a filtrarse en su voz.

Acordamos que te ayudaríamos a promover tu ley y a prosperar dentro del Ministerio… Y hemos cumplido —le recordó Cavenger.

Dijiste que podría ser uno de ustedes —chilló Godwin, preso de histeria, mientras su rostro rubicundo se empapaba de sudor.

Lo eres, Godwin. Y tenemos una última misión muy importante para ti —sentenció Linus en un suspiro, como quien debe cumplir una simple formalidad a la que le están poniendo demasiados obstáculos. Se inclinó en el suelo para tomar la varita del propio Godwin y la comenzó a examinar con ojos curiosos.

¿Qué es lo que quieres? ¿Dinero? ¿Poder? Dame tu precio, Linus. Te daré lo que quieras… —suplicó, y dio un paso hacia el frente, desesperado por recuperar su varita.

AVADA KEDAVRA —el maleficio brotó del extremo de la varita de Bradshaw mientras Linus Cavenger apuntaba con ella hacia el pecho de su antiguo dueño.

La luz verde del maleficio invadió la habitación durante una fracción de segundo y Betanie se cubrió los ojos instintivamente con las manos, no deseando ver lo que pasaría a continuación.

Cuando la luz cedió, el silencio más profundo que jamás hubiese escuchado envolvió la habitación. Al cabo de un instante demasiado breve, escuchó que Linus suspiraba y se movía.

Espió por entre los dedos de sus manos, demasiado aterrada como para moverse o decir algo.

El cuerpo sin vida de Godwin Bradshaw, su antiguo y desagradable jefe, se había desplomado hacia atrás, cayendo nuevamente sobre la butaca de su escritorio. La sorpresa y la desesperación todavía podían percibirse en su rostro, en ese último intento de suplicar por su vida. Con delicadeza y manteniendo sus manos siempre enguantadas, Linus Cavenger acomodó el cadáver de manera correcta en la silla y lo posicionó de espaldas a la entrada, como si Godwin estuviese simplemente apreciando la vista de su ventana. Luego, tiró la varita con que lo había asesinado al suelo y giró su atención por fin hacia la única criatura viva que quedaba en el lugar a excepción de él mismo.

Betanie retrocedió instintivamente. Él inclinó la cabeza hacia un lado y se peinó los cabellos hacia atrás, un gesto de cansancio.

Señorita Doval, no tenemos tiempo para esto —le advirtió, señalando su reloj de pulsera. Restaban pocos minutos para que Potter llegara. No podía encontrarlos en esa situación.

Lo has matado —logró balbucear.

Sí —confirmó él sin ningún tipo de arrepentimiento.

¿Por qué? —Betanie empezaba a sentir que sus ojos se humedecían.

Porque a veces hay que hacer algunos sacrificios para alcanzar la grandeza —fue la respuesta fría de Cavenger.

Esto está mal… No… Los aurores vendrán…—siguió gimoteando Betanie. Pero Linus chasqueó la lengua, una pequeña risa escapándose de sus labios.

Presta atención, niña. ¿qué escuchas? —le dijo Linus, mientras él mismo hacía el gesto de colocarse una mano detrás de la oreja para oír mejor.

Pero lo único que recibieron como respuesta fue más silencio. No se escuchaban alarmas sonando, ni soldados corriendo, ni gritos de peligro en los pasillos. Todo era quietud. Una aterradora y malévola quietud.

Linus le tomó el rostro con ambas manos, obligándola a levantar la cabeza y mirarlo a los ojos.

Nadie sabe que tú y yo estamos aquí, niña. Y nadie debe saberlo nunca —las palabras fueron pronunciadas con marcada fuerza, y las manos con las que sostenía su cabeza se aferraron con excesiva intensidad en torno a su cara y su cuello—. Cuando Potter llegue en unos minutos, actuarás normal, le dirás que Bradshaw lo está esperando en su oficina, lo harás pasar y cerrarás la puerta detrás de él… Y me avisarás a través del comunicador que te ha entregado la señorita Cartier hoy junto a esa botella de whisky adulterada que tan amablemente le has servido a tu jefe para atontarlo y facilitarme el trabajo de asesinarlo —le ordenó en un tono que deslizaba la extorsión implícita en todo aquello.

Yo… no puedo… el señor Bradshaw… —siguió titubeando Betanie. Linus le dio una bofetada que la hizo callar de inmediato.

Tú acudiste a nosotros para que ayudáramos a tu hermano. Este es el precio de su magia —le recordó Linus de manera cruel.

Betanie se acarició la mejilla dolorida, demasiado asustada como para responder. Linus inspiró profundo, recuperando cierto autocontrol. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un tono práctico.

Ahora mismo eres cómplice de un asesinato. Haz lo que te digo si no deseas terminar en Azkaban y que tu hermano acabe pidiendo limosnas entre los muggles.

Sí, señor Cavenger —aceptó sin alternativa, saliendo de la oficina sin mirar hacia el sitio donde se encontraba Godwin Bradshaw.

—Mierda —masculló Draco, cuando tanto él como Potter extrajeron sus cabezas del Pensadero donde el recuerdo de Betanie Doval seguía flotando.

—Sí —respondió monosilábicamente Harry, mientras le daba la espalda. Draco frunció el ceño.

—Estas son buenas noticias, Potter —le recordó, molesto por el escaso entusiasmo que Harry mostraba ante la valiosa información que Molly y él habían logrado recolectar.

—¿Dices que Betanie Doval te entregó esto… voluntariamente? —le preguntó Potter, dubitativo.

—Por centésima vez, te he dicho que sí —repitió Malfoy, poniendo los ojos en blanco, exasperado.

—Es demasiado bueno para ser real, Draco —puntualizó Harry, chasqueando la lengua.

—Es posible que le prometiera inmunidad a cambio —masculló Draco por lo bajo, pero aún así audible. Harry giró para dedicarle una mirada significativa—. ¡Oh, vamos, Potter! ¿Me vas a decir que no puedes tramitar un salvoconducto para ella y su hermano a cambio de recuperar tu condenada vida?

—¿Has contemplado la posibilidad de que sea una trampa de la Rebelión para hacerme salir a la luz de nuevo? —sopesó Harry arqueando una ceja en una expresión de desconfianza poco común en él.

—Sí —aceptó Draco.

—¿Y?

—No tienes muchas alternativas —se encogió de hombros el rubio. Harry suspiró. No, no las tenía. Los eventos recientes lo confirmaban.

—¿Qué novedades tienes de Neville? —le preguntó, cambiando de tema radicalmente.

—Los sanadores están optimistas de que sobrevivirá —le informó Draco de manera evasiva.

—¿Pero…? —insistió en el asunto Harry.

Draco vaciló. Conocía a Potter demasiado bien como para saber que lo estaba volviendo loco estar allí encerrado sin poder hacer nada mientras uno de sus mejores amigos se debatía entre la vida y la muerte en San Mungo. También sabía que su antiguo némesis era propenso a tomar decisiones atolondradas en esas situaciones.

—Aún es muy pronto para saber cómo evolucionará —le previno Malfoy, pero la mirada centelleante de Potter lo hizo confesar:— Pero una de las espinas le destrozó la columna vertebral.

—¿Eso qué significa? —preguntó en un hilo de voz, posiblemente deduciendo lo que Draco estaba a punto de decirle.

—Significa que no volverá a caminar.

Una pausa, demasiado larga para que Draco no empezara a sentirse incómodo. Como un extraño espiando un momento de intimidad, alguien externo a ese grupo selecto e incondicional que rodeaba a Potter que no tenía nada que ver con Malfoy. El Draco de once años se habría burlado del estúpido de Longbottom por intentar ese plan suicida. El Draco de ahora lo admiraba en secreto.

—Si nos equivocamos… Descubrirán que Molly es una espía —retomó la conversación original Harry. Draco agradeció internamente el cambio, e inspiró profundo antes de responder para asegurarse de que sus palabras no salieran demasiado bruscas.

—Ese es el riesgo de ser un espía, Potter —le recordó con mente fría.

Harry regresó junto al Pensandero. El brillo blanquecino del cáliz reflejaba contra los cristales de sus gafas mientras volvía a contemplar el recuerdo de Betanie en silencio.

—Irán por ella y por su hermano —puntualizó Harry.

—Los reubicaré en una de mis casas seguras. Que, sin ofender, son mucho menos predecibles que las tuyas —aprovechó para provocarlo. Harry le dedicó una breve sonrisa.

—Solo tú puedes saber esto, Draco —le advirtió, señalando el Pensaderi. Levantó la mirada para clavarla con excesiva intensidad sobre él—. Si ese recuerdo es real, estos hermanos se están jugando la vida ayudándonos. Lo mínimo que podemos hacer por ellos es mantenerlos a salvo.

—Los cuidaré, Potter —aceptó Malfoy, revoleando los ojos a pesar de que se había tomado aquello de forma muy personal.

Harry sacudió su varita sobre el pensadero y volvió a recolectar el recuerdo de Betanie dentro del vial original en el que había llegado. Lo selló y se lo entregó de regreso a Malfoy.

—Llévaselo a Dean Thomas. Él sabrá qué hacer con esa información —le ordenó mientras volvía a sentarse detrás del escritorio. Lucía cansado. No, mucho peor aún. Lucía consumido y agobiado.

—Vas a volver al mundo de los vivos, Potter —se jactó Draco, siseando las palabras en un modo alegre y burlón.


La mañana del 27 de noviembre del 2023 Harry Potter se entregó voluntariamente a las autoridades del Ministerio de Magia. Ingresó por las chimeneas principales, vestido con una túnica negra simple, sin varita y con la cicatriz completamente visible en la frente. Su foto colgaba de cada una de las columnas del Atrio principal debajo del cartel de "BUSCADO".

Aún así, demoraron varios minutos en reparar en su presencia. No fue hasta que uno de los oficiales que custodiaba los ascensores se percató de su identidad y en acto de impulsiva valentía presionó el botón de alarma colocado debajo de su puesto de control. Las ensordecedoras sirenas inundaron el atrio, sobresaltando a todos los presentes.

A partir de allí, reinó un caos moderadamente controlado. Los oficiales del ERIC aparecieron desde todas las direcciones y todos los pisos para rodearlo. Harry notó la escasez de Aurores entre las filas que lo cercaban, apuntándole con sus varitas, listos para dispararle ante la menor amenaza.

Por encima de la sirena, sin embargo, se lograban distinguir las órdenes de los oficiales encargados de evacuar el atrio… Y de ser posible, todo el edificio. Nunca se sabía lo que podía suceder cuando Harry Potter se presentaba sorpresivamente en el Ministerio de Magia.

Harry se mantuvo estático en el centro de la escena, el mismo lugar donde tiempo atrás había logrado sacar adelante una impresionante fuga, Esta vez, sin embargo, iba desarmado, y más importante aún: No quería salir del Ministerio, sino todo lo contrario.

—No estoy armado —se aseguró de aclarar Potter. A pesar de ello, ninguno de los oficiales que lo rodeaban bajó sus varitas. —Solicito una audiencia con el Wizengamot —agregó.

Athos Goodwich suspiró con resignación, dando un paso al frente para hacerse visible entre la multitud. El retumbar de su bastón hizo eco entre las paredes del Atrio en medio del silencio expectante que había seguido a la solicitud de Harry. Lo miró directo a los ojos, una extraña combinación entre una advertencia y una solicitud de permiso antes de sacudir su varita con presteza para invocar unas esposas en torno a las muñecas de Harry.

—Harry Potter, queda usted bajo custodia del Cuartel de Aurores hasta que el Wizengamot decida su sentencia. Tienes derecho a un abogado… —empezó a explicar de forma protocolar Athos, pero Harry lo interrumpió.

—Dean Thomas —dio el nombre de su amigo, tal como éste le había dicho que debía hacer. Detrás de Goodwich, la aprendiz Natalie Adler hizo un esfuerzo por contener la sonrisa que presionaba contra la comisura de sus labios.

Athos asintió e hizo un gesto para que los aurores que lo acompañaban apresaran a Harry. Sin ejercer ningún tipo de resistencia, se dejó arrastrar una vez más hasta las prisiones del Ministerio.

La puerta no volvió a abrirse durante las siguientes horas. Harry calculaba que era cerca de la media noche cuando finalmente vinieron a buscarlo una vez más.

Lo escoltaron hasta la sala del Wizengamot para concluir su postergado juicio. Efectivamente, todo el jurado estaba presente. Habitualmente, el Ministro de Magia habría presidido la sesión, ocupando el lugar de Jefe de Magos. Pero en esta ocasión en particular, Linus Cavenger continuaba ejerciendo su labor como fiscal del caso. A la cabeza del jurado, se encontraba nada menos que el jefe del departamento de Misterios, Vittorio De Fazio.

Sentaron a Harry en el banquillo del centro de la sala donde las potentes cadenas no tardaron en aferrarlo de muñecas y tobillos, inmovilizándolo completamente. Una puntada de pánico le atravesó el pecho al caer en cuenta de que todo se reducía a ese momento. Torció la cabeza hacia la derecha para encontrarse con la mirada reconfortante de Dean Thomas. Respiró hondo para calmarse.

—Bien, terminemos con esto —masculló De Fazio, irguiéndose en su asiento y cruzando las manos sobre el estrado en una postura regia—. Harry James Potter, se lo acusa del asesinato de Godwin Samuel Bradshaw el 21 de mayo del corriente año, mediante la utilización de una Maldición Imperdonable. Al delito original se le adiciona su posterior fuga, con los daños que ellos implicó —terminó de leer los delitos de Harry el voz alta para que todo el precinto pudiese oírlo, y su mirada se elevó por sobre el reborde de sus anteojos para contemplar a Harry. —¿Cómo te declaras?

—Inocente —afirmó Harry.

Su declaración, como era de imaginarse, despertó murmullos entre el resto del jurado que rápidamente se convirtieron en gritos y exclamaciones de sorpresa, indignación, admiración y furia, entretejidas en un barullo incomprensible y ensordecedor.

Vittorio alzó la mano para llamar al salón al silencio. A su derecha, Linus Cavenger se aclaró al garganta para pedir la palabra, y con una inclinación de cabeza, el Jefe del Wizengamot se la concedió.

—Estimado jurado, creo que las pruebas presentadas son más que suficientes para demostrar la culpabilidad del señor Potter. Este hombre tiene el atrevimiento de sentarse frente a ustedes y declararse inocente cuando todos fuimos testigos de la brutal fuga que llevó adelante en este mismo edificio meses atrás, y que dejó a su paso un regadero de destrucción y muerte… —empezó a hablar con gran elocuencia Linus, capturando rápidamente la atención de los presentes.

—Yo no maté a nadie —reafirmó Harry, los puños cerrándose en torno a los apoyabrazos de la silla para contenerse. Linus torció una sonrisa sobradora.

—La evidencia dice lo contrario —le refutó Cavenger.

—La evidencia es incompleta —intervino en ese momento Dean Thomas—. Señor Jefe, pido permiso para aproximarme al jurado y presentar nueva evidencia que ha llegado a mis manos recientemente.

Linus Cavenger se quedó paralizado a mitad de alguna frase ingeniosa que tenía planeada, su desconcierto demasiado evidente como para lograr disimularlo. Incluso Vittorio De Fazio tardó unos segundos en responder al pedido, aunque su rostro logró disfrazar con mucho más aplomo la sorpresa.

—Aproxímese, abogado —le concedió.

Dean se incorporó de su asiento con calma, se acomodó la túnica para alisar los pliegues y caminó con paso firme y con la frente en alto, seguro de sí mismo, hacia el jurado. Linus Cavenger reaccionó a tiempo, levantándose de forma apresurada para alcanzarlo.

—¿Qué tipo de jugarreta es esta, Thomas? —siseó, colérico. Dean se limitó a sonreírle de forma educada.

—Mi cliente tiene derecho a presentar una defensa, abogado Cavenger —le recordó Dean.

—Hay un protocolo para esto, abogado —señaló De Fazio con una mirada significativa. Dean asintió, dándole la razón.

—Lo sé, su señoría. Pero si me permite presentar esta evidencia en concreto, creo que comprenderá porqué la testigo se guardó esta información durante tanto tiempo —insistió Thomas. Los ojos de todos los jurados estaban ahora puestos en ellos tres, mientras aguardaban la decisión de De Fazio.

El anciano jefe del departamento de Misterios se pasó una mano por la frente, en un gesto pensativo, sus dedos deslizándose con delicadeza por entre las fibras de cabello blanco de manera ausente. Finalmente, su rostro se giró una vez más hacia Harry, sentado en el centro del salón, atado de pies y manos con violentas cadenas, silencioso y a la espera.

Harry sintió la pesada mirada del hombre sobre él como si estuviese evaluándolo. Midiéndolo. Como si quisiese adivinar solo con mirarlo qué era lo que estaba a punto de suceder. Sorpresivamente, la comisura de los labios de Vittorio se elevaron en una suave sonrisa, una mezcla de derrota y admiración. Como si todo ese tiempo hubiese estado esperando a que Harry hiciera algo inesperado.

—¿Cuál es esta nueva evidencia, abogado Thomas? —aceptó finalmente Vittorio, volviendo su atención hacia los abogados.

Dean extrajo el pequeño vial con el recuerdo de Betanie Doval del bolsillo de su túnica y lo extendió hacia él. De Fazio lo hizo girar entre sus dedos unos segundos, como sopesando lo que debía hacer a continuación.

—Su señoría… —quiso intervenir Linus, pero Vittorio le hizo un gesto con su mano libre ordenándole que guardara silencio. El curioso interés atravesó los rasgos de Vittorio.

Abrió el frasco y con la punta de su varita extrajo el recuerdo de Betanie y lo arrojó hacia el techo abovedado del Tribunal. Como si se tratase de una pantalla proyectando una película, el recuerdo empezó a reproducirse sobre la cabeza de los presentes.

Y la verdad quedó expuesta en su forma más cruda y oscura.

La sala quedó en pausa cuando el recuerdo llegó a su fin. Como si ninguno de los presentes supiese exactamente cómo reaccionar a continuación.

—Por Merlín, Linus —suspiró Vittorio. La irritación en su voz era palpable, y cuando sus ojos se encontraron con Cavenger, el hombre se estremeció, sobrecogido por la frialdad con la que lo miraba en ese momento.

—Esto es ultrajante —jadeó Linus, intentando mantener la compostura, a pesar de que finas gotas de sudor comenzaban a perlarle la frente, traicionando su inmutable frialdad—. Su señoría, honorable jurado, esto es claramente un recuerdo falsificado —afirmó el abogado con excesiva indignación.

—No, no lo es. Pero estoy seguro de que el señor De Fazio puede disponer de alguno de sus Inefables para que lo compruebe... Si es que usted duda de la capacidad del jefe de Misterios para discernir entre un recuerdo falso y uno real —ofreció diplomáticamente Dean, dedicándole un gesto provocador al jefe del departamento.

—¡Esto es ridículo! La señorita Doval declaró ante este mismo jurado meses atrás y señaló al señor Potter como el asesino —insistió Cavenger mientras su voz iba adquiriendo gradualmente un tono más y más agudo—. ¿Dónde está ahora ella? —exigió saber.

—En un lugar seguro, donde tu Rebelión no puede encontrarla, Linus —intervino Harry, fulminándolo con la mirada. La acusación reverberó entre los muros de la sala, arrancando jadeos y murmullos entre el jurado.

—¡Todo mentiras! —chilló el abogado, poniéndose de pie.

La sala reaccionó ante el abrupto movimiento. En un abrir y cerrar de ojos, los mismos Aurores que habían escoltado a Harry hasta su silla ahora apuntaban sus varitas directo al pecho de Linus.

—¡Idiotas! ¿Qué creen que hacen? ¡Soy el Ministro de Magia! —les gritó Cavenger furioso, perdiendo finalmente la actitud indiferente que lo caracterizaba. Sus ojos miraban frenéticamente de un lado al otro, buscando una salida.

—No hagas esto más difícil de lo necesario, Linus —le pidió De Fazio. A pesar de que sus palabras eran amables, había cierta implacabilidad en la forma en que las pronunciaba.

No había clemencia en su rostro, y Harry percibió cómo el hombre hacía girar sutilmente los dedos de su mano derecha, como si estuviese agitando algo. Con un chasquido seco casi inaudible, las puertas del tribunal se bloquearon, encerrándolos a todos en el interior.

El terror inundó a Linus haciéndolo empalidecer, consciente de lo que estaba sucediendo.

—Van a matarme —masculló Cavenger.

—Entregue su varita, señor Cavenger —intervino Athos, dando un paso hacia el centro del auditorio. No pasó desapercibido ante Harry que al hacerlo, el Auror se estaba interponiendo en la línea de fuego entre Linus y él, que todavía permanecía amarrado al banquillo.

—Sé demasiado —siguió farfullando Linus.

—Muéstrame tus manos, Cavenger —volvió a pedirle Athos, avanzando un poco más. A su derecha, su discípula Natalie Adler empezó a moverse, siguiéndolo. Por el rabillo del ojo, Harry vio cómo los dos aurores que vigilaban la puerta principal también se ponían en movimiento.

El abogado estaba absorto en su propio debate interno. Su cuerpo se sacudía nerviosamente y sus manos se mantenían ocultas detrás del estrado, haciendo imposible saber si se encontraban libres o sostenían una varita. El jurado de civiles se encontraba a escasos metros de él, y a una distancia aún más peligrosamente cerca, estaba nada menos que el jefe del departamento de Misterios. Los ojos de Cavenger saltaban de forma nerviosa de un rostro al siguiente, como si estuviese esperando que en cualquier momento alguno de ellos fuese a atacarlo. Buscando potenciales enemigos entre ellos.

—Linus, mírame —lo llamó De Fazio—. Mírame —volvió a exigirle con voz firme. Linus reaccionó ante la autoridad en su voz, torciendo su cabeza hacia él. Las miradas de ambos se conectaron—. Se terminó, muchacho —le dijo, sin despegar su atención de él.

Linus dejó de temblar, como si las palabras hubiesen aplacado algo dentro de él. Por un par de segundos, no se movió. Harry creyó ver que Vittorio volvía a mover de manera discreta su mano hábil, y por un momento pensó que intentaría desarmar a Linus.

Pero en ese instante el abogado levantó su varita y apuntó hacia el pecho de Vittorio De Fazio.

Si planeaba atacarlo, eso es algo que nunca llegaron a enterarse. Porque antes de que Linus pudiese siquiera pensar en un hechizo, las varitas de los cuatro aurores que lo rodeaban se dispararon prácticamente al unísono. Los diferentes encantamientos lo golpearon en un estallido de luz, y Cavenger cayó muerto entre la fila de asientos.


La puerta de la habitación de Molly se abrió de sopetón, sacudiéndose sobre sus bisagras. Weasley saltó de su cama sobresaltada.

—Salimos en cinco, muñeca —se burló de ella Jolie desde el marco. No aguardó a que Molly confirmara para marcharse.

Molly se vistió con la túnica roja y bajó las escaleras de forma autómata. La última vez que la habían despertado en medio de la noche para participar de una misión, había sido durante el ataque a San Mungo para rescatar a los rebeldes capturados por las fuerzas del ministerio. A partir de entonces, Molly había pasado a formar parte de las fuerzas clandestinas de la Rebelión.

Se sorprendió, sin embargo, cuando contó a solo cinco personas, además de ella misma, en el vestíbulo de entrada del Torreón para aquella misión. Heros Morgan se encontraba al frente. Consultó su reloj y no se movió hasta cumplir la hora exacta que habían pactado. Entonces, abrió la puerta y salió al exterior sin decir palabra. El resto del equipo lo siguió en silencio.

—¿A dónde estamos yendo? —susurró Molly por lo bajo a Jolie, mientras enroscaba su mano en torno al antebrazo de la bruja para una Aparición Conjunta. Cartier le dedicó una de esas sonrisas felinas suyas.

—De cacería —respondió jocosamente.

El mundo giró en un remolino de colores, y una milésima de segundo más tarde, se encontró en una callejuela oscura, en medio de un pueblo que Molly desconocía.

El sol apenas empezaba a asomar en el horizonte y el cielo estaba teñido de un color rojizo que vaticinaba lo que estaba por suceder. Heros hizo un gesto con la mano, dándoles una orden silenciosa para que se colocaran sus capuchas. El grupo obedeció con presteza. Amparados por el anonimato, comenzaron a avanzar calle abajo. Molly empezó a tener un mal presentimiento.

—¿Qué estamos cazando exactamente, Jolie? —le preguntó, mientras se aproximaban más y más a la casa de dos plantas ubicada al final de la calle.

—Traidores —respondió Cartier, siseando la palabra entre dientes apretados. Había una sed en su voz difícil de disimular.

—En nuestra solidaridad, muchas veces le extendemos ayuda a personas que después demuestran no ser de nuestra confianza. Nuestro error, claramente, por confiar en las personas equivocadas —intervino Heros, quien a pesar de estar caminando unos pasos por delante de ellas, había escuchado la conversación. Torció levemente la cabeza en su dirección. Molly no podía verle el rostro, oculto debajo de la capucha roja, pero podía sentir la intensidad de sus ojos sobre ella, estudiándola incluso en ese momento. —Me temo que hoy venimos a corregir un… error —hizo una pausa, esperando la reacción de Molly. Weasley se aseguró de mantener la calma, incluso la expresión de su rostro, aunque se encontrara escondido. Presentía otra prueba frente a ella, y no se equivocaba.

La forma en que Heros había hablado le dió mala espina. Una voz en el fondo de su cabeza le gritó que saliera de allí urgente. Pero Molly se obligó a seguir caminando y a respirar con normalidad. Sus ojos se desviaron inconscientemente hacia la casa en dirección a la cual caminaban, intentando divisar quién se encontraba en su interior. La estaban poniendo a prueba, estaba segura. Solo que aún no terminaba de comprender cuánto.

—Lamentablemente, no podemos permitirnos que las personas de carácter débil y frágiles convicciones se salgan con la suya. Es un pésimo ejemplo para nuestros nuevos reclutas —chasqueó la lengua Morgan, meneando suavemente la cabeza, como si verdaderamente lo apenara la situación.

—Muy bien, muchachos —llamó la atención del grupo Jolie, restregándose las manos anticipatoriamente—. Entraremos de a grupos: dos por la puerta trasera y dos por el frente. El resto se queda en la retaguardia vigilando por si han dejado a alguien de seguridad en el perímetro. Entramos, capturamos al objetivo, y nos vamos, ¿entendido? —dio las órdenes de forma práctica. Recibió una serie de asentimientos y monosílabos afirmativos. Molly podía oler en el aire la emoción contenida del resto de sus compañeros, excitados por perspectiva de una cacería. Apuntando con sus varitas hacia el pabellón de sus orejas, todos encendieron sus Lombrices para comunicarse durante la operación.

—Tú te quedas conmigo, Weasley —la llamó Heros, mientras su mano la tomaba con fuerza por la muñeca, reteniéndola.

Jolie les lanzó una última mirada antes de separarse para encarar la parte trasera de la casa junto a otro de los rebeldes. Los dos restantes se dispersaron hacia los extremos de la calle, rastreando una posible emboscada.

—Muéstrame lo que puedes hacer —le ordenó Morgan, apuntando con una mano en dirección a la casa.

Molly dio un paso al frente y se arremangó la túnica. La primera prueba yacía ante ella. Alzó su varita en dirección a la entrada y comenzó a hacer un escaneo inicial de la misma. No le costó detectar las principales barreras de seguridad que la protegían. Ni tampoco reconocer los trazos de la magia de Draco Malfoy en ellas. La voz de su instinto volvió a advertirle el peligro.

—¿Y bien? ¿Puedes derribarlas? —la apremió, impaciente. Claro que podía. Molly había lidiado con barreras diez veces más potentes y más complicadas. Podía derribarlas incluso con los ojos cerrados.

—Necesito cinco minutos —indicó ella. Necesitaba pensar.

—Tienes dos —la presionó Heros. Molly asintió y puso sus manos a la obra.

Las primeras barreras cayeron en cuestiones de segundos. Bastaba con saber exactamente dónde presionar con la fuerza exacta para que funcionara. Pero debajo de la primera capa de seguridad, Weasley se encontró con algunos trucos un poco más complicados y una pizca de magia negra que tenía el sello Malfoy por todos lados.

—Tiene un sistema gatillo —diagnosticó en voz alta.

—¿Puedes desactivarlo? —inquirió Morgan.

—No sin hacerlo sonar —explicó ella.

—¿Puedes demorarlo? —barajó otra opción el brujo. Molly se mordió el labio. Claro que podía. —Weasley —la presionó Heros.

—Puedo conseguirnos veinte minutos como mucho —mintió. Podía más. Mucho más. Rezó para que Heros no la descubriera.

—Hazlo —le ordenó él, y a continuación se puso a hablar a través de la Lombriz con Jolie, para informarla.

Molly se puso a trabajar una vez más. Heros estaba distraído conversando con Jolie, y por un segundo, barajó la posibilidad de gatillar intencionalmente la señal y alertar a Draco de que estaban por irrumpir en una de sus casas seguras. Pero si Heros Morgan la descubría, la mataría allí mismo.

Era demasiado riesgoso.

Decidió no gatillar la alarma. En cambio, la desactivó por veinte minutos, tal como le había prometido a Heros Morgan que haría.

—¡Entramos, ya, ya, ya! —dio la orden Morgan, mientras avanzaba hacia la puerta luego de que Molly le indicara que tenía el camino libre.

Irrumpieron por la puerta principal, la madera explotando en cientos de pedazos y las bisagras saltando del sitio donde se encontraban atornilladas a la pared. Desde el extremo opuesto de la casa, les llegó el sonido de una explosión similar, señal de que Jolie y su compañero también estaban adentro.

Avanzaron por el vestíbulo y comenzaron a subir por las escaleras mientras el otro grupo se ocupaba de rastrillar la planta baja. Pero no fue hasta que Morgan pisó el último escalón que la primera trampa se activó.

Molly sintió la corriente de magia antes de verla. Su primer instinto fue salvar a Heros Morgan. Saltó los últimos tres escalones que le restaban para llegar al descanso y lo empujó a un costado, apartándolo de la línea de fuego. Eso significó también que su varita se moviera demasiado tarde. El escudo que Molly invocó logró amortiguar gran parte del impacto, pero la onda expansiva le atravesó el cuerpo como una descarga eléctrica, dejándola momentáneamente entumecida y descolocada. El resto de la bomba fue absorbida por las escaleras. Los escalones se desmoronaron uno sobre otro como una fila de piezas de dominó. De no haber sido porque los cimientos de aquella vivienda estaban embebidos en magia, toda la edificación se habría desplomado en ese preciso momento.

¡Heros! ¡Heros ¿Me escuchas? —la voz de Jolie alcanzó a Molly como si estuviese atravesando una nube de algodones dentro de su cerebro. Un zumbido molesto y agudo resonaba de fondo en sus oídos y al abrir los ojos, se encontró con que los escombros habían levantado tanto polvo que apenas podía verse sus propias manos.

¡Weasley! —gritaba Morgan a través de la Lombriz. O quizás su voz en realidad provenía del otro lado de los escombros que ahora ocupaban el espacio donde antes había estado la boca de las escaleras—. ¡Weasley, responde, mierda! —volvió a bramar el líder del grupo al no escuchar ninguna respuesta.

"Tienes que reaccionar" le dijo esa voz dentro de su cabeza que sonaba ahora extrañamente parecida a su tío Harry. Era una regla elemental, casi básica para la supervivencia de cualquier Auror. Sin importar lo que sucediera, tenían que mantenerse siempre en movimiento. Un blanco quieto era un blanco muerto. Y Molly no estaba lista para morir.

Estaba tendida en el suelo boca abajo. Giró lentamente, evaluando en el proceso cualquier daño potencial que su cuerpo pudiese haber recibido durante la explosión. Le dolía el tobillo izquierdo y estaba segura de que se había golpeado la cabeza al caer, pero fuera de eso, estaba indemne. Se incorporó con cuidado… Y recién entonces cayó en cuenta de que había alguien en la esquina opuesta del pasillo, apuntándole.

—Betanie —susurró, sintiendo la garganta prendida fuego a causa del humo.

Desmaius —pronunció Betanie, incapaz de reconocerla debajo de la túnica que llevaba puesta.

Esta vez, Molly reaccionó a tiempo. Desvió el hechizo con presteza, y el destello escarlata impactó contra la pila de escombros a su espalda. Doval no se quedó a esperar el contra ataque. Giró veloz sobre sus talones y se introdujo por la primera puerta que encontró abierta.

—¡Alguien ha disparado! —anunció la voz de uno de los Rebeldes desde el otro lado del derrumbe.

Molly salió corriendo detrás de Betanie, su cuerpo todavía inestable, tambaleándose por el corredor. Adelantándose, invocó otro escudo antes de cruzar la puerta, evitando así el ataque que Doval le tenía preparado desde el interior.

—¡Betanie, detente! —le gritó, luego de desviar el tercer ataque consecutivo. Algo en su voz debió de resultarle familiar, porque Betanie vaciló. Se demoró el tiempo suficiente en volver a disparar como para que Molly pudiese bajarse la capucha de su túnica. —Detente, soy yo —jadeó—. Soy yo —repitió una vez más por las dudas.

Betanie bajó la varita, una pizca de alivio asomando en su rostro por un momento.

—¿Has venido a recatarme? —se ilusionó la chica.

Pero Molly no supo qué responder. Y la realidad se volvió evidente cuando la casa vibró bajo sus pies mientras Heros Morgan y el resto del equipo intentaba abrirse paso a través de la planta alta hacia ellas.

De alguna forma, la Rebelión había encontrado el escondite de Betanie. Sabían que los había traicionado y venían por ella. ¿Sabían también la verdad sobre Molly? ¿Era todo una trampa destinada a exponerlas a ambas?

—Tienes que matarme —le ordenó en un arrebato de coraje Betanie, tragando con dificultad.

—No —masculló, y sacudió la cabeza con tanta vehemencia que el zumbido en sus oídos se reagudizó. Pero incluso mientras lo decía, incluso mientras negaba con la cabeza y retrocedía para poner un poco más de distancia con Betanie, una sensación de inevitable fatalidad empezó a asentarse dentro de ella, resonando con cada golpe que los Rebeldes daban, con cada centímetro que se aproximaban a la habitación.

—Tienes que hacerlo antes de que ellos lleguen, Molly —insistió la joven secretaria. Estaba tan pálida que se podían ver las venas que corrían bajo su piel. Sus pupilas estaban dilatadas de puro pavor y respiraba acelerada. Si se concentraba, Molly creía que podía escuchar el corazón de Betanie golpeando frenéticamente contra su pecho. O talvez era su propia sangre, bombeando dentro de su cabeza como un tambor. Marcando el tiempo.

Bum, bum bum. Cada vez más cerca.

—Tiene que haber otra forma —rogó Weasley, mientras sus ojos recorrían la habitación buscando esa solución. Pero ya conocía la respuesta.

—No puedo volver al Torreón… No quiero morir en esas mazmorras, Molly —le suplicó Betanie.

Molly quería negarlo. Quería decirle que no. Pero habían dado la orden de capturarla con vida. Y ella sabía lo que eso significaba: Betanie se convertiría en una prisionera más para el entretenimiento de Heros Morgan y de sus sádicos seguidores.

—No voy a aguantar allí abajo. Voy a quebrarme y voy a hablar. Y voy a arrastrarte conmigo si hablo —confesó de forma penosa Doval.

Bum. Bum. Bum.

Molly también había deducido eso. Si Heros Morgan no sabía aún que ella era una espía, entonces lo sabría una vez que capturaran a Betanie. La chica no era un soldado. No había sido entrenada en Camelot para resistir interrogatorios. Iban a torturarla e iban a hacerla hablar hasta confesar el último detalle que conocía. Expondría no solo a Molly, sino también a Draco. Todo el esfuerzo habría sido en vano…

Betanie introdujo su mano izquierda en el bolsillo de su túnica y cuando volvió a asomarla, Molly se percató de que sostenía una pequeña esfera, de un tamaño no mayor al de una pelota de golf. En su interior, sin embargo, resplandecía un fuego con un color anormal. Molly tardó unos segundos en reconocerlo, pero en cuanto lo hizo, sus ojos se abrieron enormes y atónitos.

—¿De dónde sacaste eso? — musitó.

Las bombas de Fuego Maligno eran armas ilegales, prohibidas por el Ministerio de Magia. Habían salido de circulación después de la Primera Guerra Mágica. Sus explosiones era impredecibles y prácticamente imposibles de controlar. Una del tamaño de la que sostenía Betanie en ese momento en su mano era capaz de borrar del mapa no solo la casa donde se encontraban, sino todo el bloque de viviendas a la redonda.

—Es mi plan de contingencia —rió con tristeza Doval, mientras hacía girar la espera entre sus dedos para mostrarle la diminuta arandela capaz de abrir la carcasa y liberar el fuego.

—Por favor… No me obligues a hacer esto —suplicó una vez más Molly. Betanie le sonrió, apiadándose seguramente de ella.

—Cuida a mi hermano —le pidió a continuación.

—Por favor. No —volvió a decir en vano.

El pulgar de Betanie se encastró en la arandela mientras la chica cerraba los ojos, preparándose para tirar del sistema y activar la bomba. Molly disparó.

Bum.

Jolie Cartier apareció en el marco de la puerta minutos más tarde para encontrarse con el cadáver de Betanie Doval tendido en el suelo y una bomba de Fuego Maligno todavía indemne en su mano. La Maldición Asesina de Molly Weasley le había atravesado el pecho sin dejar marcas. La alarma de la casa se había activado en algún punto de todo aquello y ahora retumbaba entre las resquebrajadas paredes, anunciando la llegada inevitable de sus enemigos.

Cartier se inclinó junto al cuerpo para comprobar que efectivamente estaba muerta y le extrajo la bomba de entre los dedos rígidos.

—Debemos irnos —dijo reincorporándose y torciendo su atención hacia ella. Su imperturbabilidad ante la muerte hizo que Molly se estremeciera.

Sintió el contacto de los dedos de Jolie cerrándose en torno a su muñeca y tirando de ella. Sus pies comenzaron a moverse por inercia, obedeciendo. Se dejó arrastrar a través del pasillo y por el orificio que habían tallado entre los escombros para alcanzarlas. El brazo derecho de Heros Morgan estaba roto y colgaba en un ángulo horripilante, pero fuera de eso, se encontraba bien. Todos estaban bien.

El grupo se escabulló fuera de la casa tal como habían ingresado. Antes de Desaparecerse, sin embargo, Jolie se giró hacia la casa, y arrancando el pestillo de seguridad de la bomba, la arrojó por una de las ventanas hacia el interior.


Fue un capítulo difícil de escribir por significaba revelar mucha información, toda junta... Y llevar adelante una serie de muertes que cambiaran las reglas de juego a partir de aquí. De seguro muchos especularán sobre el futuro a partir de ahora, pero aclarando algunas dudas que seguramente surgirán:

*Profesora Cruz: sí, la hermana de Dalia, la chica que asesinó un hombre lobo y cuyo caso era extraño porque parecía como si nadie hubiese forzado la entrada... Hoy conocemos la verdad de la historia. Ainhoa no estaba ahí para investigar qué había sucedido con su hermana, sino para terminar el trabajo que ella había dejado incompleto e infiltrarse entre los enemigos, puntualmente dentro de Hogwarts para obtener información valiosa.

*El recuerdo de Betanie: el punto de inflexión en el futuro Harry, y vemos como aquí hay dudas sobre si usar el recuerdo y de que forma hacerlo para evitar un daño colateral hacia los testigos... El cual, parece ser inevitable.

*Linus Cavenger queda expuesto como el verdadero asesino, y sobrepasado por la situación... Comete un acto sorpresivamente estúpido para un hombre tan inteligente y frío a la hora de pensar... Y termina muerto también.

*Y como si esto fuese poco, después de que escuchamos a Molly rogarle a Draco que cuide de Betanie, y a Draco prometerle a Harry que cuidará de ella y su hermana, la siguiente escena nos lleva a la casa donde Betanie se encuentra oculta... Esperando a su hermano para poder huir. Y de alguna forma, la Rebelión ha dado con ellos. Y Molly se ve forzada a cometer el primer gran acto de horror para el que la quiso preparar Draco todo este tiempo: tendrás que cometer crímenes atroces allí adentro para mantener su coartada. Así, vemos a Molly abrazar su destino dentro de la Rebelión y tomar una decision de la que no tendrá retorno: mata a Betanie.

Hay muchos pequeños y sutiles mensajes que he deslizado por todo este capítulo y los invito a que los busquen y se diviertan un rato. Los podemos charlas en los proximos reviews (los cuales responderé! es una promesa de honor).

Gracias por el apoyo incondicional de muchos de ustedes. Sus reviews desafiantes, cómicos, delirantes, astutos, rebuscados ... son simplemente perfectos. Y como ya dije: en mas de una ocasion han acertado. Asi que no se detengan.

Saludos,

G.