Nota: NO PREGUNTEN, porque yo tampoco sé por qué escribí esto. Estoy extasiada (probablemente porque consumí mucha azúcar, como Coca-Cola y una imitación de ICEE). En fin, si ya leíste mi otro fic Omegaverse de nombre "Vainilla", puedes tomar esto como una continuación. Y para que no se me pongan delicados o se me alarmen, en este fic YA ESTÁN CASADOS Y SON ADULTOS.
Y bueno, los nombres de los niños no son los más originales pero no me importa, sólo quería escribir esto y ya. Gracias por leer, perdón si tiene fuera de personaje.
PD: Amo este manga, en serio, es precioso.
En una apacible tarde, con el clima acondicionado refrescando la habitación para el durmiente y exhausto inquilino; y la cortina filtrando ligeramente la luz del sol con el silencio cubriendo como una manta el lugar, salvo por los tenues ronquidos provenientes de la única persona en el cuarto en ese momento. La puerta se abrió levemente y con cuidado, dando paso a la persona que recientemente había regresado y anunciado su llegada; quien tras no tener una respuesta a su saludo, presintiendo lo que ocurría, fue directamente a la habitación compartida donde su nariz le indicó que ahí se encontraba.
Sonriendo tan pronto lo encontró, tranquilo y dormido en medio del nido que construyeron la semana pasada, antes de que se ocupase con las sesiones de fotos. Mismas que procuraba no durasen demasiado, ya que no quería dejarlo solo por tanto tiempo.
Y aunque Kyoutarou le aseguraba que estaría bien… era inherente que ella quería estar a su lado, siempre.
Sobre todo, en esta nueva etapa a la que sus vidas habían llegado.
Sin quitar su sonrisa y con una emoción burbujeando en su pecho (traducido en pequeños ronroneos), se acercó a su dormido esposo y con mucho cuidado de no despertarlo, apoyó su mejilla y la punta de sus dedos contra el hinchado y notorio vientre redondo de Kyoutarou.
– Estoy en casa, Tarou, Kyouka – susurró, recibiendo por respuesta unas pequeñas patadas a su saludo. Haciéndola sonreír un poco más pero alertándola al escuchar un ligero suspiro de parte de su pareja.
Anna despegó su rostro y alejó sus dedos del abultado vientre, levantándose y cerciorándose de que Kyoutarou no se hubiese despertado por su imprudencia. Aliviándose en cuanto vio que seguía profundamente dormido, mirando entonces a sus cachorros nonatos y acariciar con ternura en donde yacían.
¿Qué habría pasado para que su marido, quien era una persona de sueño ligero, estuviese tan agotado e inmutable?
– Espero no le hayan causado problemas a papá – señaló la barriga sobresaliente, con un pequeño pero inofensivo ceño fruncido –. Sean gentiles con él, ¿sí? – unas patadas fueron la respuesta a su pedido, haciéndola sonreír con afecto.
Acarició una última vez el vientre de Kyoutarou antes de levantarse para cambiar su ropa –y buscarle algo cómodo a Kyoutarou– e ir por otra sábana para cubrirlo del frío y hacerle compañía.
(Y cuando Kyoutarou despertó, fue entre los brazos de Anna, cubiertos por una suave y cálida sábana de peluche con la que los había envuelto).
