Los personajes principales le pertenecen a Stephanie Meyer la historia es mía queda totalmente prohibida la reproducción total o parcial de la historia sin mi autorización.


Capítulo 57.

El hombre que regresó dispuesto a morir por un amor.

Punto de quiebre. Primera parte.

No, no hay nada que no haría

para hacerte sentir mi amor. Tormentas furiosas sobre el mar ondulante,

y en la autopista del arrepentimiento,

los vientos de cambio soplan salvaje y libremente. Todavía no has visto nada como yo. Adele. Make you feel my love.

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Cuando Rosalie cerró la puerta y se giró Isabella estaba a espaldas suya viendo al jardín.

—¿Estás bien? —le preguntó aunque se escuchó tonto hacer esa pregunta. Isabella no respondió; ella se giró y se sentó en su silla cruzando sus piernas mientras abría un cajón y sacaba unos documentos de allí.

—Quiero que firmes esto —Rosalie tomó los papeles en sus manos y empezó a leer mientras Isabella hablaba —. Es mi sesión de derechos de la historia. Mi historia.

El jadeo audible que escapó de su boca fue algo que Rosalie hubiese querido evitar, quizás también su mirada de asombro ya que Isabella parecía aburrida de todo.

—Solo falta tu firma. Quiero pedirte que no cambies nada de la historia, no hay un final bonito. Quizás te pediría que me dejes leerla cuando estés por publicarla. Por supuesto. Y Emmett puede ayudarte con los contratos que hagas con la editorial.

— ¿Pensé que aún faltaba para el final? Quiero decir, sé que Edward aún está en coma pero ¿Qué pasó con Félix?

Isabella miró la grabadora y la señaló, Rosalie la encendió y ella le narró lo que había pasado en México, el final desastroso de Félix. Lo que fue para ella verlo morir.

Rosalie apagó la grabadora y cuando Isabella se detuvo por demasiado tiempo se animó a hablar.

—¿Aún vas a desconectar a Edward?

—Edward cumple ocho años de estar en coma en unas horas Rosalie. El reloj de arena está solo dejando caer sus últimos gramos, no puedo hacer esto más tiempo. No puedo lastimarlo más. ¿Podrías dejarme a solas por favor?

Rosalie asintió sintiéndose repentinamente asustada por la mirada perdida de Isabella, pero no pudo negarse y se fue con la grabadora en la mano.

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Isabella miró los papeles y sin respirar los firmó. El verdadero dolor viene con la melancolía y el anhelo y es muy difícil explicar lo que es en medio de la noche encontrarte cara a cara con la soledad.

Ella podría ser tu mejor amiga por un tiempo, pero el vacío y el dolor silencioso son cosas que te aprietan como un nudo en la garganta que está allí y no puede liberarse.

La soledad, dolor pequeño que todos callamos pero que sentimos de algún modo y la conocemos muy bien. Ella se burla delante de nuestros rostros y silenciosamente nos mata, haciéndonos sentir añoranza, porque todos añoramos ser amados. Sentir aunque sea una vez una emoción tan grande como esa.

Isabella miró a través de la puerta entreabierta como siempre. En su mano derecha llevaba un vaso con coñac, ese que Hyõ amaba beber. En su mano izquierda estaban los papeles que autorizaban a Jasper a desconectar a su marido. Los papeles estaban firmados.

Tomar la decisión le había llevado ocho años. Y es que dejar ir al amor de su vida era algo que le estaba arrancando el alma. Un dolor lento, tan lento como quemarse vivo a pedazos. Y la hacía sentirse cada vez más cansada. Era difícil decir adiós cuando se había prometido luchar por miles y miles de años y es que muy pocos podrían entender que ella daría su fortuna por verlo abrir sus ojos de nuevo. Por verlo mirar en su dirección una vez. Una o quizás mil veces más. Millones, billones, perder la cuenta de algo que era imposible. Por poder perderse en ese lago hermoso que le demostraba amor.

El dolor le apretó fuerte, pero no lloró. Se llevó el vaso a la boca y no pudo ni siquiera dar un trago. Tenía un nudo en la garganta que la estaba asfixiando lenta y dolorosamente. Este le estaba apretando el corazón. Maldito órgano vacío que conducía vida por todo su cuerpo. Dolía tanto que la dejaba hasta sin aire.

Hay cosas que duelen y no importan los años que pasen. Eso lo supo en cuanto su mente fue lo suficientemente fuerte para recordar. Y cuando fue lo suficientemente grande para odiar. Habían cosas que no iba a olvidar nunca y es que todo pasaba sobre ella como flashbacks recordándole quien era, de dónde venía, que no era merecedora de todo el tiempo que había tenido a Edward para ella.

Cuando conoces al odio este te congela el corazón. Te hace olvidar que el amor existe y que aún hay cosas buenas, que puedes disfrutar del mundo. Pero ¿cómo se puede vivir una vida así? Sin odiar cuando la vida te lo ha quitado todo. Cuando has perdido el miedo, cuando se han perdido los sentidos, cuando los propósitos se acabaron hace ya mucho tiempo. Y cuando algo que tanto amas está allí a punto de irse.

Miró los papeles y esta vez sí bebió.

Felix estaba muerto. Ella se había encargado de eso. Había amado como la muerte le había llegado al maldito bastardo. Había amado cada segundo de dolor que la vida le hizo pasar. Cada una de las deudas que la vida le había hecho saldar. Cada maldito día en el que él le había hecho daño el maldito los había pagado con una cuarta de más. Ocho años. Ocho. Y cuando él había exhalado su último aliento ella había brindado mirando al suelo. Allí donde decían estaba el infierno. Allí a donde el maldito había mandado a todas las personas a las que ella había amado.

Menos a una.

Ahora no le quedaba nada. Nada por lo que estar allí de pie fuera de una habitación esperando a que la muerte o la vida le devolvieran algo que nunca había sido suyo. Lo había sabido siempre. Pero había sido egoísta fingiendo que en el fondo ella lo merecía. Que la vida le debía su felicidad cuando eso era mentira. La peor de todas las malditas mentiras que había escuchado en su vida, incluso cuando Edward se lo había dicho.

Felicidad. Palabra absurda y tan malditamente prohibida para ella.

Felicidad. Algo que se le había negado desde siempre.

Felicidad. Palabra que para ella solo significaba muerte. Ella conocía a la muerte, porque todas las personas que una vez se habían atrevido a amarla habían muerto. Ella la había mirado de frente y la muerte le había susurrado al oído miles de veces que un día ella no iba a escaparse. Que un día la muerte la reclamará como suya y que el infierno esperaría a su reina.

Ella conocía el odio. Ese que le habían obligado a sentir y que ella había vuelto venganza. Había sido mala, la villana, y no dudó un momento en tomar ese papel en cuándo pudo.

Jamás había dudado de poner el pie sobre el cuello de la persona que le había dado la espalda cuando ella necesitaba una mano. No había dudado nunca en bailar sobre la tumba de aquel que se compinchó con Felix para hacerle daño.

Y oh como lo había gozado.

Las lágrimas saladas y agrias de dolor que la habían hecho derramar, las habían pagado con miles más. Y no se arrepentiría jamás. Ella nunca se arrepentía. El arrepentimiento no existía en su vocabulario.

Conocía muy de cerca al sarcasmo, ese que la defendía y la ocultaba del dolor; la ira era muy buena amiga suya, siempre sabía cuándo atacar. Sabía cómo sentirla, pero también conocía la frustración y sabía lo que era sentirse incapaz, lo que era tenerlo todo y no poder hacer nada con eso. Los mejores médicos, los mejores especialistas, investigadores, gente trabajando para un solo fin que solo y siempre era el mismo. Maldita sea la muerte. Maldita sea la vida. Que la llevó a verse envuelta en ese espiral de mala suerte.

Conocía la añoranza, la esperanza y maldito fuera el amor ese que la tenía allí sintiendo algo que no merecía. Lo único importante en su vida nunca volvería. Jamás.

—Solo volveré a tocarte de dos maneras. Y en ambas o estás vivo y mirándome a los ojos o estás muerto y yo estaré muriendo contigo. Dime Edward ¿Qué sería de mí en un mundo donde no estuvieras tú?

Lágrimas que no reconoció le inundaron los ojos y miró a esa puerta y escucho su corazón diciendo en voz alta.

—¿Cómo puedes ser tan cruel? Estar allí vivo y muerto a la vez. Sé que me merezco esto pero podrías despertar y decírmelo maldición. ¿Por qué no solo despiertas y me reprochas?

Parpadeó y sus ojos ardieron, quizás porque llevaba años sin derramar una sola lágrima. Y estas malditas se desprendieron de sus ojos sin pedir permiso. Golpeó la pared continua a la puerta con fuerza mientras peleaba contra todos sus sentimientos incluida la derrota.

—¿Cuánto tiempo creíste que iba a estar aquí? Sólo como estúpida escuchando los latidos de tu corazón mientras te veo sin poder tocarte? ¿Por qué estás tan cerca y tan lejos? Tú, maldito egoísta despreciable.

Cerró los ojos alejando la voz o al menos intentando hacerlo sin dejar de golpear la pared, los papeles se deslizaron de sus manos. Ella los miró en el piso sin ganas de recogerlos.

Siente, ven.

Su fantasma la asustó y ella negó, se negó a creer que estaba viéndolo ser todo menos un ser vivo. Lo vió tomar su mano y ponerla en su pecho, sintió esa caricia añorada por años sobre sus dedos. Vio su anillo de boda brillar sobre su pecho y se imaginó que él también llevaba el suyo así que le susurró un reclamo:

—¿Por qué me haces esto?

Porque no cabe nadie más allí ¿ves? ¿Escuchas? —lo escuchó responder. Lo sintió atraerla a su pecho y ella lo escuchó. Fuerte y claro. Su corazón latiendo fuerte golpeando, latiendo solo por ella —. Mi corazón reconoce a su dueña. ¿No es suficiente eso?

Lanzó el vaso al suelo y se acercó a la puerta con todo el valor que pudo reunir, pero no fue suficiente para abrirla. No podía, ella no quería verlo allí conectado a miles de cables que decían que estaban vivos. Esos infames mentirosos. Esos que decían que su corazón aún latía por ella.

—¿En qué momento me volví una cobarde? —susurró pero eso no hizo que la puerta se abriera. Esta seguía allí burlándose de ella, de sus miedos, de su vida y su muerte; y lo poco que quedaba de su estúpido e inocente corazón lleno de espinas.

—¿Cómo voy a vivir sin ti? —dijo y se pegó a la pared deslizándose hasta el suelo. Sintiendo unas enormes ganas de llorar —¿Qué propósito tendrá mi vida sin ti? — un sollozo le rompió la voz.

—Dime ¿Cómo puedes estar allí vivo y muerto a la vez? Matando lo poco que queda de mí y de ti tan lenta y dolorosamente.

El mundo es solo como una puta en una esquina esperando a cobrar mientras el maldito frío le congela las piernas y le hace mierda el corazón ¿Crees que el mundo va a ponerse de rodillas por ti y tu dolor? ¿Crees que la lastima y el dolor te dejarán descansar? Levanta tu maldito trasero del suelo y limpia tu rostro. Aún hay trabajo por hacer.

El fantasma de Hyõ le llamó la atención. Él la observó de cuclillas de forma decepcionada y ella le gruñó cómo lo haría si él estuviera con vida

—Tú, maldito viejo cascarrabias —dijo Isabella levantándose mientras daba un paso al frente y lo señalaba. Él bufó abiertamente antes de mover su bigote

¿Crees que te dejaré podrirte en el infierno? Preferiría verte poniéndole mi nombre a tus hijos antes de verte aquí. La mierda apesta a azufre y el fuego hace cosquillas en los huesos. No te crie para ser una estúpida debilucha.

—Al menos lo sientes. Al menos sientes algo —susurró a la nada, quizás estaba loca, quizás borracha, siempre en sus peores momentos ella podía ver al maldito viejo hablándole. Hyõ le sonrió y luego dio una calada a su cigarrillo mientras se ahogaba con el humo.

Ni siquiera en el infierno te liberas del humo. Maldito bastardo. Ese que te quema los pulmones. Entra allí chiquilla tonta y despídete. Luego tómate un coñac y rompe el vaso. Si quieres morir después de eso, prepararé tu trono en el infierno.

No pudo hacerlo, ella se quedó allí al lado de la puerta en el piso, no supo por cuánto tiempo. Cuando levantó su rostro y Jasper la miró recostado al otro lado del pasillo se sorprendió un poco. Se había quedado dormida en el pasillo de nuevo. Pero esta vez todo se sentía diferente. Jasper la había visto por horas allí, dormida en el suelo y no había podido decir nada para despertarla. La había dejado allí porque tenía ocho años sin verla débil. Y ver los papeles para desconectar a su mejor amigo en sus manos lo hacía sentir inseguro.

—Te veías como hace ocho años —señaló con una tristeza que hasta Isabella sintió.

—¿Cómo una estúpida ingenua? —le preguntó ella evadiéndolo, pero Jasper le sonrió suavemente con melancolía.

—Como la esposa de Edward Cullen —respondió dando un paso al frente y extendiendo una mano la ayudó a levantarse —. Señora —dijo y ella sonrió antes de tomar su mano y levantarse.

—Necesito un momento a solas, luego puedes proceder —dijo y le extendió los papeles.

Jasper asintió y se dio la vuelta y nunca jamás en toda su vida como médico dar un paso adelante se había sentido como dar mil atrás. Isabella cerró los ojos y dio, sin pensar, pasos al frente. Ella enfrentó a lo único que no había podido enfrentar por años, con el corazón en la mano y los oídos protestando caminó dentro de la habitación y se acercó a la cobija que estaba bajo los hombros de su esposo. Y ella sintió frío. Tomó la cobija y la acercó a su barbilla, se dio el gusto de tocarlo como no lo había hecho en ocho largos años, no desde que él la había encontrado en el piso de la bodega en la que había estado secuestrada.

Se dio el último gusto, y cumplió su promesa.

Solo volveré a tocarte de dos maneras. Y en ambas o estás vivo y mirándome a los ojos o estás muerto y yo estaré muriendo contigo. Dime Edward ¿Qué sería de mí en un mundo donde no estuvieras tú?

—Te sentirás cálido de este modo —susurró y luego le tocó el cabello —. Quisiera que… quisiera poder… ver tus ojos una vez más. Verte sonreírme y…

Se sentó porque las fuerzas se le fueron y le tomó la mano chocando con su anillo. En un arrebato de locura se lo quitó de las manos antes de susurrar:

—El mundo es un infierno sin ti y un día me dijiste que me merecía el cielo. Pero no quiero nada de eso si tu no estás allí para vivir esa vida que no pudimos vivir juntos ¿Es patético? Que una mujer como yo te desee tanto y no pueda tenerte. Me disculpo —susurró y luego puso la mano fría en su mejilla —. Discúlpame por tener esperanzas y mantenerte vivo. Discúlpame por ser egoísta y creer que volverías a mí como lo hiciste tantas veces —se levantó y luego se acercó a su boca dejando un corto beso en sus labios mientras su corazón danzaba en su pecho.

—No te vayas muy lejos, porque voy a seguir tus pasos. Encuéntrame en tu otra vida Edward. Encuéntrame y ámame. Por favor cumple esas promesas que me hiciste. Dame toda la felicidad que me prometiste en mis sueños.

Luego se giró hacia la salida. Jasper asintió hacia ella en la puerta y una enfermera entró con él.

—Deberías quedarte —sugirió y Isabella suspiro antes de mirarlo a los ojos.

—Lo siento pero soy una maldita cobarde.

Caminó hacia afuera de la habitación hasta la suya, se cambió y subió a su auto. Mientras el auto arrancaba su corazón quedaba en esa mansión a punto de ser desconectado. Y morir.

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Jasper asintió hacia la enfermera y dijo mientras miraba a su mejor amigo en la camilla.

—Adiós viejo amigo.

La enfermera retiró los cables, uno por uno, y cuando Jasper miró su reloj y levantó el rostro para declararlo muerto. El hombre en la camilla abrió los ojos y lo miro obligándolo a maldecir y retroceder.

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¿Y si había despertado? ¿Y si el infierno hubiera abierto sus puertas y escuchado la oración de una condenada que merecía ser feliz por una vez en su maldita vida? ¿Y si había un hombre, un hombre que había escuchado el llamado de su alma y corazón siendo arrastrado de las fauces de las nubes de regreso a la tierra? ¿Y si él hubiera vuelto aunque hubiera estado dispuesto a morir por un amor?


AAAHHHH Ha abierto los ojos! ¿Pero a dónde va a hora Isabella? TIENE QUE VOLVER!

Eso no lo sabremos hasta el próximo capítulo, hay que esperar (que cabronas que somos, lo sé).

Muchísimas gracias a todas las personas que nos siguen semana tras semana. Y más aún a las personas que dejan un comentario que nos dais ánimo.

Nos leemos en el siguiente capítulo (y solo quedan 3 capítulos para el final!)

Un saludo