Fireworks

Para él, el verano había llegado mucho más rápido de lo esperado. Apenas si había notado como habían pasado los días durante los últimos tres meses. No había tenido tiempo. No se dio cuenta de que los días se habían ido alargando, de cómo cada día había subido la temperatura, ni supo cuando fue que el cielo se tiñó de un precioso azul plagado de nubes esponjosas, ignoró cuando los cerezos en flor se hicieron presentes y olvidó por completo el cumpleaños de su novia. Cómo si hubiera cerrado los ojos en primavera solo para abrirlos en el calor de verano de agosto.

Y hubiera continuado así, viendo los días pasar sin mucha trascendencia, de no ser porque el mes de agosto había traído cosas que no podía ignorar. Cómo la infestación de shamanes que celebraban una alegre reunión, o el ruido de conversaciones animadas en cada una de las comidas que se servían en el onsen, o las terriblemente atestadas habitaciones que lo habían obligado a compartir si espacio con cierto shaman ainu que le pedía dinero de vez en cuando. Había tratado de ignorarlo todo aquello pero los samanes habían probado ser más persistentes que su paciencia (aunque, él no era conocido por tener la paciencia del Dalai lama). Todas estas incomodidades que pasaba se irían dentro de pocos días, igual que siempre. Igual que cada año.

Entre todas esas cosas triviales, estaba ella: la rubia a la que él se parecía. La mujer de la cual, según el testimonio de todos los que lo habían conocido, había heredado el mismo temperamento y facciones bonitas.

Esa tarde, ella estaba sentada en el corredor, bajo la sombre. Era la encarnación del verano mismo: usaba un yukata con lirios pintados su cabello atado en una coleta alta con un moño rojo adorando la rubia cabellera; junto a ella estaba un platón de cerámica con rebanadas de sandias y té helado en un vaso alto con hielos y una rodajita de limón en el borde; en algún lado, unas campanas de viento proporcionaban una suave melodía.

Se quedo ahí, en pie, petrificado al habérsela encontrado en ese lugar. No esperaba verla esa tarde, había pensado que todos se habían ido a ese lugar junto al rio Tama para disfrutar de los fuegos artificiales que se iban a encender durante la noche. Su padre lo había invitado, pero él lo había rechazado con una pobre excusa. Quería estar solo y disfrutar del silencio que ese lugar al que llamaba hogar le ofrecía. Luego de que todos los huéspedes habían salido de la pensión, esta había quedado tan silenciosa que no tenia duda de que estaba solo, así que, el encontrar a Asakura Anna, disfrutando del atardecer lo tomo desprevenido.

Ella noto su presencia, y le dirigió una mirada elocuente con la cual le ordenó sin palabra alguna que se sentara junto a ella. Hana así lo hizo, tomó su lugar junto al plato de sandia y se quedo tensó y estirado en un segundo. Siendo honesto, aun no sabia bien como actuar cuando estaba alrededor de ella.

- ¿Quieres un poco? – le preguntó su madre en voz baja al mismo tiempo que tomaba una de las rebanadas en su manos.

Hana observo como ella le daba una mordida, sin quitar la vista del atardecer. Hana asintió con la cabeza y tomo una rebanada que se veía particularmente jugosa, mordió la pulpa el delicioso sabor inundo su boca, estaba dulce y fresca. Sin decir nada, miró hacia el horizonte, del mismo modo en que Anna hacía. Ella no dijo nada más.

Sin poder evitarlo, su mente comenzó a divagar, buscando algún tipo de recuerdo por más antiguo que pudiera ser, algún tipo de memoria empolvada sobre la última vez que había compartido un momento tan apacible solamente ellos dos. No lo pudo encontrar. Así como tampoco pudo encontrar ningún recuerdo donde Anna, su madre, hubiera estado solamente con él. Pero llego a la conclusión de que no los había. Simplemente no existían.

La repentina revelación de este echo lo sacudió. Volvió a buscar, pensando de manera consciente y meticulosa sobre esos momentos importantes de su vida Recordaba su primer día de escuela y la ceremonia de entrada a las que había asistido, de la mano de Tamao y Ryu; recordaba a Mamá Tamao recogiendo la papeleta de calificaciones y sermoneándolo por las pésimas notas que tenía; podía acordarse de como Ryu se había tomado el tiempo necesario para enseñarle algunas lecciones sobre como coquetear con chicas, que dicho sea de paso, no funcionaron muy bien; incluso guardaba memorias de Amidamaru, siendo su único acompañante, constante y confiable, en momentos grises o brillantes; incluso sabía que las Hanagumi habían estado pendientes de sus travesuras y los momentos a hurtadillas cada vez que se saltaba la escuela. Pero nada sobre ninguno de sus padres. No podía recordar alguna lección aprendida o que lo hubieran consolado nunca.

Y no lo había,

no había rastro de ellos por ningún lado; nada de Yoh o Anna Asakura en sus cumpleaños, ni en las fotos, no estuvieron presentes en las fechas importantes. Mucho menos recordaba haber recibido alguna llamada de ellos; ni cartas o tarjetas postales, mucho menos regalos. Un gran espacio en blanco cuando trataba de pensar en su vida con sus padres, sus verdaderos padres. No habían tenido tiempo para él.

La sandia en su boca se torno amarga, y se le quedo en la boca; y no porque no quisiera comerla, pero simplemente no podía tragarla debido al nudo que se le había formado en la garganta sin que se diera cuenta de cuando ocurrió.

Hana levanto su mirada y miro hacia Ana, directamente a los ojos. Ella permaneció estoica, esperando a que hijo le dijera algo, al ver que no hablaba alzo una ceja, comenzando a perder un poco la paciencia. Él quería decir algo, pero simplemente, no podía hacerlo, no sabía por dónde comenzar o cuales eran las palabras que estaba buscando. Los ojos de miel sospechaban que había algo extraño en el muchacho con quien compartía la comida.

- ¿Por qué esa cara? – finalmente le dijo Anna, con un tono de voz acido y frunciendo ligeramente el ceño.

Al escucharla, el nudo se afloja y las palabras salieron como una flecha.

- ¿Por qué nunca estuviste aquí?

La voz de Hana enunciaba todo lo que estaba pensando pero incluso para el fue una sorpresa que la pregunta finalmente había salido. Anna no se intimido por ella, mantuvo la vista sobre su hijo de catorce años con el cabello rubio que estaba sentado junto a ella.

-a que te refieres? – fue su única respuesta.

- ¿Por qué no estuviste aquí?¿Porque te perdiste todos mis cumpleaños? ¿ Porque no tengo fotografías tuyas en el álbum? ¿Por qué nunca me llamaste? Todos estos años y ¿ni una sola palabra? – la voz del joven comenzaba a temblar – porque tu dejaste que otra muer me criara? ¿Por qué me dejaste con extraños en lugar de llevarme contigo? ¿Para que tuviste un bebe si no quería quedártelo? ¿Si no ibas a cuidarlo, criarlo y amarlo? ¿Por qué siquiera te molestaste en dar a luz? – Hana había comenzado a alzar la voz más de lo que había pretendido y una vez que había salido la primera pregunta, el resto habían volado fuera de sus labios más rápido de lo que había pensado que ocurriría. Sus manos temblaban con una vieja rabia que se había vuelto insensible (NUMB) con el pasar de los años y que había encontrado reposo/sosiego/alivio en los las numerosas e ¿peleas callejeras que había tenido en años anteriores. Su corazón se había alterado y podía escucharlo en sus propios oídos. Aprieto los puños fuertemente mientras que de su boca brotaba la pregunta que lo había atormentado durante tantos años - ¿Por qué me abandonaste?

El silencio se hizo patente.

Seguía mirando a su mamá a los ojos, pero no podía leer en esas mirada nada más allá del ámbar de sus ojos. Todo lo que Anna hizo fue morderse el labio interior y mantenerse muy quieta, derecha, impasible. Su cara no reflejaba ninguna expresión. Por un momento, Hana creyó que no recibiría ninguna respuesta. Suspiró audiblemente y miro hacia el cielo teñido de naranja.

- Tienes razón – la suave voz femenina junto a él hablo con dulzura – supongo que puedes decirlo así. Yo te abandone cuando eras un bebé. Dejé que otra persona te criara mientras yo viajaba… Uno podría decir eso.

Hana la miro, buscando en sus ojos ambarinos alguna pista, pero ella no le devolvió la mirada. Se mantenía fija en el cielo y las nubes. Ninguna palabra salió de sus labios durante un rato. De alguna manera, Hana se sintió hueco por dentro, algo comenzó a doler dentro de él…

- Y no me arrepiento – declaro Anna.

Bueno. Esa era la confirmación a sus pensamientos e ideas, no era así? No era necesario escuchar una palabra más. Su pecho estaba estrujándose cada vez más.

Dejo la rebanada de sandia a medio comer en el plato. Había sido suficiente tiempo "madre e hijo" para el día. Quizás para una vida. Des pues de todo, ella había dejado que no se arrepentía de nada y esas palabras estaban empezando a permear en su mente, adentrándose, afectándolo. Enojo, indignación, soledad, e incluso un poco de tristeza comenzaban a formarse dentro de su pecho. Emociones que se iban atascando en su garganta, y que por alguna razón sentía que le escocían los ojos. Se puso en pie y sin mediar más palabra, le dio la espalda a Anna, dispuesto a volver a su habitación y no salir hasta que los samanes se fueran de la pensión…

- Yo hice lo que tenía que hacer – declaró Anna, a sus espaldas, con una voz fuerte y determinada.

Desprevenido por esta afirmación, Hana miro sobre su hombro, solo para ver que ella seguía ahí, sentada e inmóvil, muy derecha y mirando hacia el cielo que ahora estaba tornándose de un color azul añil con algunas estrellas salpicadas.

- ¿Qué dijiste? - cuestionó Hana. El tono de voz brusco se quedaba corto para expresar su incredulidad.

- Lo que oíste – respondió su madre, quien lo miro directamente a los ojos por primera vez desde que él le había formulado aquella gran interrogante – No me arrepiento. Para nada. Ni una pizca. Hice lo que había que hacer.

- Oh! Claro! Suena genial! – Le reprocho mordazmente, rabioso de escuchar el descaro con que Anna Asakura aceptaba el hecho de que lo había abandonado – Simplemente hiciste lo que había que hacer; Solo tenias que aban…

- Yo TENIA que darle un lugar seguro a mi bebé – le interrumpió; calmada y con firmeza. La voz imperiosa que le caracterizaba. La frialdad con que había pronunciado esas palabras dejo a Hana en completo silencio. De verdad su madre era aterradora – Me negué a ver seguir viendo a mi hijo, mi amado y único hijo, en peligro. No estaba dispuesta a verlo morir en mis manos otra vez; no me iba a quedar de brazos cruzados en ese lugar y verlo dar sus primeros pasos en medio de un terreno minado, gateando entre el fuego cruzado a esperar a que una bala perdida le diera en la cabeza. Rechacé la idea de verlo sufrir enfermedades en una tierra donde no hay medicinas o doctores, o a ver a mi pequeño e indefenso bebe sufrir de hambre, o tiritar de frio por la falta de un techo donde resguardarse. Por supuesto que no. Eso era algo que no iba a dejar el hijo de uno de los cinco guerreros elementales, MI hijo, viviera. ¿Era eso lo único que podía darle a mi hijo?– La mirada intensa, parecía echar chispas de rabia y odio, la mano, cerrada en un puño, tenia los nudillos blancos de la fuerza con que sostenía el rosario entre los dedos. - Suficiente tuve con sentir como te desangrabas en mis brazos sin poder hacer nada para impedirlo. Eso es algo que ninguna madre debería experimentar.

Su palabras lo dejaron helado, incapaz de encontrar su propia voz, extinguiendo toda llama de ira y rencor que hacia unos momentos se habían avivado. Sintió como, un poco del resentimiento iba retrocediendo, al mismo tiempo que la amargura permanecía en su boca, dejándole un terrible sabor de boca; un veneno que no podría expulsar o curar si no lo escupía.

- Si ese es el caso – comenzó a decir Hana, sintiendo la boca algodonosa invadida por la horrible amargura, mientras los ojos le comenzaron a escocer. Apretó los dientes – Si es de verdad así, ¿Por qué nunca llamaste? Si de verdad me amas como dices, ¿por qué nunca escuche tu voz?

- Porque tome una decisión egoísta cuando te deje… – Se pusó en pie y caminó hasta donde estaba, quedándose junto a él. Para tener solamente 14 años, Hana estaba casi de su altura. Era solo un chico. El niño que nunca podría volver a acunar en sus brazos o arrullar para que durmiera. Se aclaró la garganta, tratando de mantener el tono impasible –… Decidí que yo nunca te volvería ver sufrir. Te deje aquí, en un lugar donde estarías rodeado de amor, de personas que te amaran, con alguien que te cuidaría como si fuera una madre. Y si yo te hubiera visitado, o llamado siquiera… yo… - Hizo una pausa, tratando de evitar que el nudo en la garganta le cortara la voz por completo, procurando que la represa que guardaba sus lagrimas no se desbordará, haciendo acopio de fuerza y coraje para mantenerse entera al recordar las veces en que tuvo la oportunidad de llamar pero se negó rotundamente – Yo temía que nunca podría volver a dejarte.

Hana escucho a su mamá. Por una vez, cerró la boca y escucho, sin interrumpir, gritar o maldecir ningún de las palabras que ella pronunció. Dejó que todo lo que había escuchado se adentra en su cabeza. Él podía recordar, vagamente, aquel incidente en el medio oriente, cuando conoció a su tío y adquirió esos Onís.

Él nunca había pensado en que, quizás, la separación también había sido difícil para sus padres así como había sido para él. Quizás para ellos fue duró escuchar como llamaba "Mamá" a Tamao, del mismo modo en que había sido difícil para el enterarse que no era su verdadera madre. Sin darse cuenta, la visión se le hizo borrosa cuando se comenzaron a llenar sus ojos con agua, solo para desbordarse en un silencioso llanto. Anna Asakura, alzo la mano y la apoyo en la mejilla de su hijo, borrando con el pulgar aquella lágrima.

Un sonido fuerte, como de estallido, rugió a través de la silenciosa noche. El hanabi a la orilla del rio Tama había comenzado. Un estallido de chispas rozadas iluminó el cielo, destilando una luz dulce y tenue a través del jardín, que alumbró el lugar solo el tiempo justo para que Hana notara que el rostro de Anna estaba húmedo.

- Hice lo que tenía que hacer – Declaró terminante – y no me arrepiento, ni un poco.

Ella bajo la mano y se quedo junto a su hijo, observando el cielo oscuro. Hana no dijo nada, sabiendo muy bien que a nadie le gusta que lo descubran en una mentira. Decidió observar el cielo, admirando las estrellas y los fuegos artificiales que llenaban de destellos el jardín.

Y por primera vez, el silenció entre los dos fue confortable.