Na: Hola a todos, estoy emocionada por actualizar, primero ¡Feliz San Valentín! Segundo, hace un tiempo estoy pensando en subir mis Fanfics por acá y a la vez por Wattpad, quiero saber ¿cuánto de ustedes les gustaría también seguir la historia en Wattpad? Si algún día Fanfic se acaba. Espero su respuesta. Ojalá les guste el capítulo.


La médica del harem examinaba minuciosamente los pies de Mimi, mientras Yamato observaba desde un lado de la habitación. La expresión de la médica era seria mientras palpaba cuidadosamente los tobillos y los dedos de Mimi, evaluando cualquier posible lesión.

Después de unos momentos de silencio tenso, la médica finalmente se enderezó y dirigió su atención a Yamato, quien esperaba ansiosamente noticias sobre el estado de Mimi.

—Afortunadamente, no parece haber ninguna fractura ni lesión grave —informó la médica con un tono tranquilizador— Sin embargo, el tobillo derecho está un poco inflamado y hay algunas contusiones menores en los pies.

Mimi soltó un suspiro de alivio al escuchar las palabras de la médica, agradecido de que no hubiera sufrido ningún daño grave.

—¿Qué podemos hacer para ayudarla a recuperarse más rápido? —preguntó Gennai.

La médica le ofreció una sonrisa tranquilizadora.

—Lo mejor sería mantener los pies elevados y aplicar compresas frías para reducir la inflamación —aconsejó—. Además, le recetaré algunos medicamentos para aliviar el dolor y acelerar la recuperación.

Yamato asintió, agradecido por los consejos de la médica.

—Gracias por tu ayuda.—Musitó Mimi.

—No me agradezcas.— Respondió la mujer.

El rubio se acercó a la castaña y la observó.

—Que suerte tienes ¿e?— Comentó— Primero el rostro y luego ahora.

La oji-miel bajó la mirada.

—No tengo buena suerte, mi sultán.—Declaró— Lamento mucho darle tantos problemas.

Yamato tomó asiento a su lado.

—No te preocupes.— Contestó— Lo bueno es que estás bien.

Mimi asintió.

—Kiriha estaba preocupado por ti.

La castaña hizo una mueca— Lamento haberlo preocupado.

—Estas cosas pasan.

—Sí, pero no fue en el mejor momento.—Respondió la castaña—Lamento haberlo hecho salir de la fiesta. Sé que se estaba divirtiendo, al estar con su hermana.

—Deja de disculparte ¿sí?— Musitó Yamato— Ya dije que no hay problema.—Comentó antes de depositar su mano sobre la suya—Ahora, quiero que te recuperes ¿sí?

Mimi dirigió su mirada hacia el contacto de sus manos, verdaderamente era extraño, todas las mujeres de ese harem decían que acercarse al sultán era difícil, ya que era una persona distante, pero con ella era diferente. Muy diferente.

—Mi sultán, muchas gracias por preocuparse por mí.

—No me agradezcas.— Respondió el rubio— O, bueno, tienes muchas formas de hacerlo.— Musitó antes de acercarse a ella— Y tú sabes como.

Mimi observó de frente a Yamato, y todo en ella se tensó. Otra vez, uno de esos acercamientos.

—Tú sabes que mi oferta sigue en pie.

Mimi hizo una mueca— Mi sultán, usted sabe que no estoy interesada.

—¿Por qué?—Cuestionó— Acaso ¿no soy lo suficientemente atento?

La castaña negó—N-no es eso.

—Entonces ¿qué?

Yamato se preguntaba.

¿Cuánto duraría Mimi negándose a estar con él? Eso jamás le sucedió, pero de alguna manera le atraía, sin esperarlo se involucró en una guerra casi imposible, ya que ella no estaba cayendo en sus garras, eso le atraía.

—Usted está con la sultana Sora y y-yo no quiero...

—Deja de pensar en Sora ¿sí?— Preguntó Yamato— Yo tengo la facultad de tener cuantas mujeres quiera.

—Sí, lo sé.— Respondió— Y es exactamente por eso que no quiero estar con usted. Ya conoce mis creencias y yo no creo que...

—Sea correcto estar conmigo.—Completó.

Mimi asintió.

Ella creía en el matrimonio, en la monogamia y en la fidelidad dentro de una relación.

Yamato suspiró, muchas veces se preguntaba.

¿Cuánto duraría Mimi negándose a estar con él? Eso jamás le sucedió, pero de alguna manera le atraía, sin esperarlo se involucró en una guerra casi imposible, ya que ella no estaba cayendo en sus garras, eso le atraía.

—Bueno, tú debes saber que me da lo mismo del lugar donde hayas venido y cual son tus costumbres.—Declaró Yamato— Al sultán del imperio Otomano nadie le dice que no, y tú, no serás la excepción.

—Yo creo que sí.

El rubio rio con ironía.

Era divertido escuchar aquello

—Ya te gustaría.— Musitó antes de levantarse— Bien, por hoy, te salvaste, ahora debo regresar a la fiesta.

Pero esto no quedaría así.


~Al día siguiente~


—No puedo creer que ayer, Yamato prefiera ocuparse por esa concubina, antes que estar en la fiesta.— Musitó Sora totalmente enojada.

—El sultán regresó a la fiesta, después de todo, no estuvo mucho tiempo con Mimi Hatun.

—No, pero la cargó frente de todos.— Declaró la pelirroja— Eso jamás lo hizo con ninguna concubina que se lastimó antes, además, le dio esa diadema que era mía en un inicio. Sin mencionar todo lo demás que ha ocurrido.

—Mi sultana, no se enoje.— Habló Miyako— De seguro el sultán busca una diversión, o tal vez, quiere agradecerle todo lo que ha hecho por Kiriha.

Sora apretó su puño— ¡Como sea!— Exclamó— No me gusta que trate de aquella manera tan "especial" a esa mujer.

¡Ella era la consorte principal, no esa tal Mimi!

Ella merecía todos esos tratos.

¡Toc, toc!

Unos golpes se escucharon en su puerta.

—Adelante.

Fue así como la puerta se abrió y en el lugar ingresó nadie más, y nadie menos, que...

Ella

Mimi Hatun

—Buenos días mi sultana.— Hizo una reverencia.

Sora hizo una mueca— ¿Qué haces aquí?

—Vine a jugar con el príncipe.—Respondió la castaña.

¿A jugar?

—¡Que hipócrita eres al venir a jugar con mi hijo!— Exclamó la pelirroja.

Este comentario sorprendió a Mimi, quién alzó la mirada sorprendida.

—Mi hijo hoy no jugará contigo.—declaró Sora con firmeza, su tono cargado de determinación.

La sorpresa se reflejó en el rostro de Mimi ante la contundencia de la afirmación.

—¿Por qué no? —inquirió, buscando comprender las razones detrás de la negativa de Sora.

Sora respiró profundamente antes de responder, tratando de contener su frustración.

—Porque no quiero que esté contigo —afirmó con sinceridad, aunque su tono denotaba cierta angustia.

La respuesta desconcertó a Mimi, quien no esperaba una negativa tan directa.

—¿Por qué, mi sultana? —preguntó, buscando una explicación que pudiera entender.

Sora se sintió irritada por la persistencia de Mimi.

—¿No es obvio? —exclamó con frustración— ¿De verdad eres tan atrevida como para preguntarlo?

La palabra "atrevida" golpeó a Mimi, quien se sintió herida por la acusación.

—Disculpe, pero realmente no entiendo la razón —dijo en un tono apagado, tratando de mantener la compostura a pesar de sentirse afectada.

Sora rodó los ojos, molesta por tener que explicarse.

—La razón es que ya no confío en ti —respondió con honestidad, su voz revelando la decepción que sentía.

Mimi se quedó en silencio por un momento, asimilando las palabras de Sora.

—¿Por qué no confía en mí? —preguntó finalmente, buscando entender qué había causado la ruptura de la confianza entre ellas.

—Porque insistes en llamar la atención de Yamato.— Respondió la pelirroja.

¿Qué?

Mimi observó sorprendida a la pelirroja.

—¿Insistir en llamar la atención de su majestad?

Sora asintió— Sí.

—Mi sultana, yo no buscó hacer eso.

—Evidentemente sí.— Respondió la pelirroja—Siempre haces algo para que Yamato te coloque atención. O ¿acaso no fue la prueba? Cuando te caiste para llamar su atención.

—Fue un accidente, yo no buscaba que llamar su atención.

—Entonces ¿por qué aceptaste su ayuda?— Cuestionó Sora— O ¿por qué aceptas en ir a sus aposentos a cenar con él?

—Mi sultana, yo solo voy a cenar, nada más.— Contestó Mimi— El sultán me ha invitado y yo acepto, sin otra intención más que agradecerle.

—Yo veo que sí.— Habló la sultana.

La conversación entre Mimi y Sora se intensificaba, cada una defendiendo su postura con firmeza mientras el aire se cargaba de tensión. Mimi se sentía sorprendida y un poco herida por las acusaciones de Sora, mientras que esta última parecía determinada a hacer que su punto de vista fuera comprendido.

—Por favor, mi sultana, créeme.— insistió Mimi, tratando de mantener la calma a pesar de la creciente frustración— Nunca he buscado llamar la atención de Yamato de esa manera. Mi única preocupación es servirle a usted, y en especial al príncipe, Kiriha.

Sora la miró con escepticismo, sus ojos verdes destellando con intensidad— Entiendo tu preocupación por mi hijo, Mimi, pero no puedo ignorar lo que veo. Siempre buscas estar cerca de Yamato, siempre tratas de ganarte su atención de alguna manera.

Mimi se sintió golpeada por las palabras de Sora. Sabía que su relación con el sultán Yamato era diferente con otras concubinas, y conocía el interés de él por ella, no obstante, ella siempre intentó marcar límites, nunca había considerado que sus acciones pudieran interpretarse de esa manera. Se preguntó si había sido demasiado obvia en su admiración por él, si había dado pie a malentendidos sin siquiera darse cuenta.

—Lo siento si he dado esa impresión, pero te aseguro que mis intenciones son puras.—dijo Mimi, tratando de transmitir sinceridad en cada palabra— No busco más que servir de la mejor manera posible, y ser responsable con mis labores con el príncipe.

Sora la observó por un momento, como evaluando sus palabras, antes de suspirar y relajar ligeramente su postura.

—Dígame ¿qué debo hacer para que me crea?

Esta pregunta sorprendió a la pelirroja.

—¿Qué debes hacer?

Mimi asintió— Estoy dispuesta a demostrar mi lealtad.

Sora se detuvo a analizar estas palabras.

Acaso ¿era un truco?

Pasó su mirada por la joven, no parecía estar mintiendo. O, al menos, eso aparentaba. Pero ¿sería real? Sí lo era, entonces debía aprovechar.

—Bien...—Musitó Sora—si es verdad lo que dices, entonces quiero que cuanto antes renuncies a los aposentos que el sultán te ha dado, a las joyas, en especial a esa diadema dorada que ayer de te dio.

¿Qué?

Esta declaración sorprendió a Mimi.

—y aceptes ser mi sirvienta.—Agregó Sora— Solo así sabré que tus palabras son ciertas y demostrarás tu lealtad hacia mí.

—Pe-pero...— Intentó hablar.

—Si te niegas, entonces, verificaré que tengo razón.— La interrumpió—Dime ¿quieres eso?

No, eso no quería, al contrario, solo quería llevar la fiesta en paz con la sultana.

Mimi asintió lentamente, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Sabía que no tenía otra opción más que aceptar el desafío de Sora si quería mantener la paz en la corte y demostrar su verdadera lealtad. Con determinación en sus ojos, se puso de pie y se inclinó ante Sora—Lo haré, mi sultana. Acepto tu oferta y renunciaré a todo lo que el sultán me ha dado. Seré tu sirvienta y haré todo lo que esté en mi poder para servirte fielmente.

Sora asintió con aprobación, aunque su expresión seguía siendo severa— Espero que cumplas tu palabra, Mimi. No toleraré ninguna traición o deslealtad.

Mimi asintió nuevamente, sabiendo que había tomado una decisión que cambiaría su vida para siempre. Aunque el camino por delante sería difícil, estaba decidida a demostrar su verdadera lealtad y ganarse la confianza de Sora, sin importar el costo.


Mientras tanto en los aposentos de Hikari.

La hermana de Taichi, se encontraba acomodando su ropa para asistir, recién acababa de desayunar, ahora era momentos de prepararse para su clase con el pequeño príncipe, la verdad era que no tenía ánimos de salir de sus aposentos, ya que no quería encontrarse con Takeru, ayer luego de su charla con su hermano, prácticamente lo ignoró toda la fiesta y fue bastante incómodo, no quería repetir aquello, sin embargo debía cumplir con sus labores.

¡Toc, toc!

—Adelante.

Al lugar ingresó una kalfa, que Natsuko Sultan colocó a su servicio.

—Señorita Hikari, la sultana madre viene para acá.

¿Qué?

Hikari se sorprendió ante esto.

—¡Atención, la sultana madre está aquí!—La voz de un aga anunció la llegada de la Valide.

La castaña se sorprendió ante esto y rápidamente se colocó en posición he hizo una reverencia.

La mujer apareció en el lugar— Permiso, Hikari.— caminó al centro de la sala— Buenos días.

—Buenos días, madre sultana.

—¿Cómo estás?— Preguntó Natsuko— ¿Cómo amaneciste?

—Bien ¿y usted?

—Bien también.— Respondió la Valide— Me sorprendió no verte desayunar en el harem ¿ocurrió algo?

—No mi sultana.— Contestó la castaña— Es simplemente que mi hermano quiso desayunar conmigo y me quedé aquí.

Natsuko asintió— Comprendo.— Musitó— Pensé que te había ocurrido algo.

—No mi sultana, simplemente me di tiempo para estar con mi hermano.

—Qué bueno.— La Valide sonrió— Querida, quiero informarte que hoy no será necesario que le realices la clase a mi nieto.

Hikari alzó una ceja— ¿No?

Natsuko negó— Él tendrá entrenamiento con el jefe los jenízaros, así que no tendrá clase de ética.

—Comprendo.— Musitó Hikari— Entonces, no iré a realizarle la clase.

—No, pero te quiero proponer otra actividad para esta tarde.

Hikari alzó la mirada sorprendida: —¿Otra actividad?

La oji-azul asintió.

—Hoy llevaremos a cabo un acto de beneficencia para nuestro pueblo —murmuró la madre sultana con solemnidad, su voz resonando en la lujosa sala del palacio— Takeru y yo iremos, y espero que nos acompañes.

—¿Quiere mi compañía? —preguntó.

La mirada de la mayor asintió con delicadeza.

—Sí, nos serviría tu experiencia y tu afinidad con las personas para esto.

Hikari se sintió alagada ante estas palabras.

—¿Quieres ir? —inquirió su hermano en un susurro a su lado, su rostro serio reflejando la preocupación que le embargaba. Había advertido a Hikari que mantuviera cierta distancia del príncipe Takeru, pero la invitación de la sultana madre era demasiado tentadora para ser rechazada.

La Yagami se mordió el labio inferior, indecisa por un momento. Sabía que su hermano tenía razón, pero tampoco podía ignorar la oportunidad de estar al lado de la poderosa sultana madre en un acto tan significativo.

—Claro.—respondió finalmente, dejando entrever una sonrisa forzada que intentaba ocultar las dudas que la asaltaban.


Yamato se encontraba en la imponente sala del trono, rodeado por la opulencia de la decoración real. Sin embargo, en lugar de sentirse poderoso y en control, se hallaba abrumado por un dolor punzante en su cabeza y una sensación de náuseas que amenazaba con hacerlo desfallecer en cualquier momento.

Cada sonido parecía resonar con una intensidad abrumadora en sus oídos sensibles, haciendo que el dolor de cabeza se intensificara con cada eco en la vasta sala. Las luces brillantes que iluminaban el espacio parecían demasiado intensas, como si quemaran sus ojos cansados.

Yamato se aferraba al trono con una mano temblorosa, tratando de mantenerse erguido y mantener una apariencia regia a pesar del malestar que lo invadía. Su mente estaba nublada y su pensamiento disperso, como si estuviera luchando contra una fuerza invisible que lo arrastraba hacia la oscuridad.

La sensación de náuseas se intensificaba con cada segundo que pasaba, haciendo que tuviera que hacer un esfuerzo consciente para contener el impulso de vomitar frente a sus cortesanos y consejeros reunidos en la sala del trono. Cada movimiento brusco solo servía para aumentar su malestar, como si su cuerpo estuviera conspirando en su contra.

A pesar de su dolor y malestar, Yamato sabía que no podía mostrar debilidad, con una fuerza de voluntad sobrenatural, reprimió el impulso de desplomarse. Parpadeo un par de veces intentando enfocar con su mirada el pergamino que tenía en sus manos mientras leía el último informe del líder de los jenízaros.

¡Toc, toc!

La puerta se escuchó.

—Adelante.—Gritó.

Fue así como Taichi apareció al lugar y caminó hacia él.

—Sultán Yamato...—Taichi le habló— Su favorita, Mimi Hatun, se encuentra a fuera, y pidió hablar con usted.

Esto sorprendió a Yamato.

—¿De qué quiere hablar?

—No estoy seguro.— El castaño respondió— No obstante, me pidió hablar en persona con usted.

Yamato consideró la información de Taichi por un momento, sintiendo curiosidad por la repentina solicitud de Mimi para hablar con él en persona. Era inusual que ella tomara la iniciativa de esa manera, lo que lo dejaba intrigado sobre el motivo detrás de su visita.

—Está bien, Taichi, déjala entrar.—respondió Yamato con calma, fue así como Taichi se dirigió al lugar donde estaba Mimi.

—Adelante, señorita.

Fue así como la castaña apareció en el lugar.

Yamato intentó enderezar su cuerpo en la silla del trono, intentando mantener la compostura y no demostrar la debilidad que sentía.

Al acercarse, Yamato notó la tensión en los hombros de Mimi y la ansiedad en su mirada. A pesar de su posición privilegiada como su favorita en la corte, era evidente que algo la preocupaba profundamente.

—Sultán.— Mimi hizo una reverencia al estar al frente del rubio.

—Mimi.— Pronunció su nombre— Me han informado que deseas hablar conmigo.

—Sí.

—¿De qué?— Preguntó el oji-azul.

Mimi inhaló profundamente, tratando de controlar sus emociones antes de hablar con el sultán. Sabía que lo que tenía que decir sería difícil, pero era necesario para proteger su integridad y la de su país.

—Necesito hablar con usted sobre mis aposentos.— Respondió— Y las joyas que usted me dio.

Yamato se sorprendió ante esta declaración—¿Qué ocurre con eso?

La castaña bajó su mirada, no sabía si la recepción de la noticia sería apropiada para el sultán.

—Necesito renunciar a ellos.

¿Qué?

Esta declaración sorprendió al rubio.

—¿Por qué?

—Porque no creo que sea apropiado que yo tenga aquellos aposentos y aquellas joyas.— Respondió la castaña.

—¿Por qué dices eso?— Cuestionó—Mimi, las cosas que tienes te las has ganado.— Musitó Yamato— No te las puedo quitar sin más.

—No es quitármela, yo estoy renunciando a ella.— Respondió la castaña.

—No es necesario que renuncies.— Contestó el oji-azul.

—Claro que sí.— Musitó la joven— Yo soy una simple esclava, no soy mejor que sus verdaderas concubinas o su consorte, creo que ellas deberían tener todo esto.

—Mimi, tú te has ganado todo por ser la mejor con mi hijo.— Declaró Yamato.

—Sí, pero no quiero tener todo esto.

—Mimi, no creo que...—El sultán intentó levantarse de su lugar y caminar hacia ella, no obstante, apenas hizo esto todo el mundo le dio vueltas, perdió el equilibrio, su vista se nubló y el dolor de su cabeza incrementó a un nivel que...

Perdió la consciencia.

Mimi solo vio como el sultán caía frente a ella.

Rápidamente se acercó a él, preocupada y horrorizada ante esto.

—Sultán.— Lo llamó— Sultán.— Lo movió— ¡Sultán!

Mimi dirigió su mirada a la puerta.

—¡Ayuda!


En el carruaje, Natsuko junto a su hijo e Hikari iban en dirección al lugar donde se realizaría el acto de beneficencia.

Takeru pasó su mirada por la joven, quien desde el día anterior actuaba diferente con él, luego de hablar con su hermano, todo cambió en ella, no le dirigía la palabra o la mirada. La distancia que ella había puesto entre ambos era palpable, y le pesaba en el corazón.

Hikari, por su lado, intentaba a toda costa no intercambiar miradas, ni palabras con el rubio, le dolía mucho esta situación, pero no podía dar su brazo a torcer.

—Hikari.—Natsuko llamó a la castaña.

—¿Sí?

—Dime ¿te has sentido bien estos días? —preguntó Natsuko, desviando su atención hacia la joven princesa— Sé que estos compromisos con mi nieto, un príncipe, pueden resultar abrumadores.

Hikari levantó la vista, sorprendida por la preocupación genuina en la voz de la sultana madre. Asintió con un ligero movimiento de cabeza.

—Sí, mi sultana. Estoy bien, gracias por preguntar —respondió con cortesía, aunque su tono revelaba una leve incomodidad.

Natsuko asintió con una sonrisa comprensiva, antes de volver su mirada hacia su hijo.

—Takeru, ¿cómo va tu entrenamiento con los caballeros? —preguntó, cambiando de tema—. Recuerda que tu deber como príncipe también implica prepararte para proteger a tu pueblo.

Takeru asintió, agradecido por el cambio de conversación.

—Sí, madre. Está yendo bien. Los caballeros han estado impartiendo lecciones más intensas últimamente, pero creo que estoy progresando adecuadamente —respondió con seriedad.

—Me alegra escuchar eso.—Declaró— Como príncipe es tu deber ser bueno tanto en el campo de batalla, como frente al consejo y frente al pueblo.

"Frente al pueblo"

—Por eso estamos aquí para realizar este acto de beneficencia.—Habló— Será un momento para entablar conversación con la gente y te puedan conocer.

Natsuko asintió con satisfacción, antes de dirigir su atención de nuevo a Hikari.

—Con esto, haremos que el pueblo te quiera.—Musitó la mujer.

Takeru asintió— Entiendo madre, pero creo que es buena idea, pero ayudar a nuestro pueblo no debería ser por alguna intención en específico, sino porque ellos nos necesitan.

—Claro hijo.—Declaró Natsuko— Pero también debes ser consciente que si hacemos esto, es para mejorar tu imagen.— Dirigió su mirada hacia la hermana de Taichi— ¿Cierto, Hikari?

La castaña asintió— Sí, mi sultana.— Respondió sin siquiera dirigirle una mirada al rubio.

—Lo bueno es que, Hikari sabe mucho de esto.

Los actos de beneficencia era algo poco común en mujeres del palacio, porque todas eran esclavas y no tenían la libertad para hacer este tipo, no obstante, en el caso de Hikari no era extraño, ya que su madre, Yuuko, al ser una princesa de Crimea, siempre hizo estas actividades de ayuda.

—Ella te podrá ayudar a saber llegar con la gente del pueblo.

El carruaje avanzaba por las calles empedradas, el rumor de las ruedas resonando en la quietud del ambiente. Takeru observaba a Hikari de reojo, preguntándose qué había cambiado en ella desde su última conversación. Sabía que algo había perturbado la armonía entre ellos, pero no lograba comprender qué era.

Hikari, por su parte, se sentía atrapada en un torbellino de emociones contradictorias. Por un lado, se sentía halagada por la confianza que la sultana madre depositaba en ella al incluirla en este importante acto de beneficencia. Pero por otro lado, la tensión entre ella y Takeru le pesaba en el alma, recordándole la advertencia de su hermano y las complicaciones que podrían surgir al acercarse demasiado al príncipe.


Luego del grito de Mimi, rápidamente Taichi ingresó a la habitación. Se alarmó al ver al sultán de esa manera, así que rápida y sigilosamente mandó a llamar al médico.

Mientras este llegaba, Taichi le pidió a Mimi que le ayudase a acomodar a Yamato sobre su cama, la joven obedeció. Fue así como lo acomodaron y en cuestión de minutos cuando el médico, un hombre rubio de ojos azules, de edad avanzada llegó al lugar.

Con manos expertas, examinó a Yamato, tomando su pulso, revisando su temperatura y realizando diversas pruebas para determinar la causa de su desmayo. Mimi observaba con ansiedad, sintiendo un nudo en el estómago mientras esperaba noticias sobre la condición del sultán.

Después de unos momentos de tensa espera, uno de los médicos se levantó y se dirigió hacia Mimi con una expresión grave en el rostro.

—¿Qué sucede? ¿Cómo está el sultán?—preguntó Taichi.

El médico suspiró antes de responder: —Lamento informarle que el sultán Yamato está enfermo. Parece estar sufriendo de una fiebre muy alta y una fuerte migraña, lo que probablemente causó su desmayo.

El corazón de Mimi se hundió ante la noticia, preocupada por la salud del sultán— ¿Qué podemos hacer para ayudarlo? ¿Cuál es el tratamiento?"

El médico frunció el ceño, indicando la gravedad de la situación—En este momento, lo más importante es que el sultán descanse y reciba tratamiento médico adecuado.—Declaró— Apliquen paños mojados sobre su frente para intentar bajar la temperatura.—Sacó de su maletín unos pañuelos y se los extendió a Mimi.

La castaña los recibió, Taichi le señaló el escritorio del sultán, donde había una vasija con agua y un vaso en su escritorio, rápidamente se acercó para mojar los pañuelos.

—Necesitará tomar medicamentos, no obstante, tendré que ir a mi laboratorio a buscarlos.

Taichi asintió— Si, vaya a buscarlo.

Fue así como el médico se colocó en pie, tomó su maletín y se dispuso a salir, no obstante, antes de salir Taichi decidió hablar.

Mimi, mientras tanto, se encargó de acercar la vasija con agua hacia la cama del sultán.

—Thomas Aga, queda claro que esto nadie debe saberlo.— Taichi le habló al médico, antes de salir— ¡Nadie!

El hombre asintió.

—Sí, nadie se enterará de esto.

El castaño asintió y fue así, como el médico salió del lugar.

Taichi dirigió su mirada hacia Mimi, quien presionaba aquel pañuelo que sumergió en la vasija con agua y lo depositó sobre la cabeza del sultán.

—Pobre sultán.— Musitó— Está ardiendo en fiebre.

El castaño asintió.

—Tiene muchas preocupaciones, era obvio que en algún minuto le pasaría la cuenta.— Comentó.

La oji-miel dirigió su mirada hacia el hermano de Hikari.

—Taichi Pashá ¿sabías que él estaba así?

El nombrado asintió.

—Lamentablemente sí, desde que despertó tenía mal estar.—admitió, revelando que la enfermedad de Yamato no había pasado desapercibida para quienes estaban cerca de él.

Mimi sintió un nudo en el estómago al enterarse de que la condición del sultán no era desconocida para aquellos que lo rodeaban, "¡Qué mal!", pensó, lamentando no haber sido informada antes sobre el malestar de Yamato.

Sin embargo, antes de que pudiera expresar más preocupación, Taichi la llamó por su nombre con seriedad—Mimi Hatun.— la llamó, captando su atención de inmediato.

—¿Sí?

—Nadie puede saber de esto.—declaró Taichi con firmeza, su tono dejando en claro la seriedad de sus palabras.

—¿Por qué?— Preguntó la castaña, buscando entender la razón detrás de la necesidad de mantener en secreto la enfermedad del sultán.

—Porque el sultán es el soberano de este imperio, saber que está débil puede significar peligro, ya que muchos se pueden aprovechar de su debilidad.— Respondió el hermano de Hikari.

Las palabras de Taichi resonaron en la mente de Mimi, haciéndola reflexionar sobre las implicaciones de revelar la enfermedad del sultán. Aunque le preocupaba la salud de Yamato, entendía la importancia de mantener la estabilidad y seguridad del imperio.

—Entiendo.— Respondió Mimi— Pe-pero ¿quién cuidará de él?

—El médico nos traerá las medicinas y estará atento a él, no obstante...— Contestó Taichi— Y necesitaré que tú lo ayudes.

—¿Yo?

El castaño asintió— Eres la única que sabe de esto, con eso basta, no quiero alarmar al harem. Sí mando a buscar a otras kalfas llamaré la atención de la sultana madre y no quiero que eso ocurra.

Yamato fue muy claro con él cuando hablaron previamente de una posible enfermedad, nadie debía enterarse, menos su madre, ya que no quería preocuparla y a su vez, sabía que por intentar mantener el "orden" intentaría colocar a Takeru en sus labores, lo cual significaba otro problema.

—¿Y, tú?

—Yo tengo que encargarme de los asuntos del imperio, mientras Yamato despierta.— Respondió—Por favor, ayúdanos.

Mimi observó al sultán desmayado, tal vez, no sería bien visto que ella estuviese junto a él, pero Yamato había sido tan bueno con ella. No merecía que no le compensase de la misma manera.

—Está bien Taichi, te ayudaré.

El Aga sonrió— Muy bien.


Miyako Kalfa, la leal consejera de la sultana Sora, entró con paso decidido en los aposentos de la soberana. Su rostro estaba impasible, pero sus ojos reflejaban una urgencia que no pasaba desapercibida. Sora levantó la mirada de los documentos que estaba revisando y frunció el ceño al ver la expresión de Miyako.

—Sultana Sora.—anunció Miyako con voz firme, haciendo una reverencia respetuosa— Disculpe, pero esta noche no podrá ir con el sultán.

—¿Qué?—Sora dejó los documentos a un lado y se enderezó en su asiento, su atención completamente centrada en Miyako—¿Por qué?

La kalfa hizo una mueca.

—¿Qué sucede, Miyako? ¿Hay algún problema?

Miyako inhaló profundamente, preparándose para dar la noticia que sabía que sería difícil de recibir— Lamentablemente, Taichi Pashá, me acabó de informar que Mimi Hatun, pasará la noche en los aposentos del sultán Yamato.

La noticia cayó como un golpe para Sora, cuyos ojos se abrieron con sorpresa y consternación. Sus labios se apretaron en una fina línea mientras procesaba la información, su mente corriendo para comprender el significado detrás de la decisión de Mimi.

—¿Mimi pasará la noche con Yamato?—repitió Sora, su voz teñida de incredulidad y preocupación— Pe-pero, ella me dijo que renunciaría a sus aposentos y joyas, para demostrar su lealtad hacia mi.

—Lo sé, pero Taichi me informó esto.

¡Rayos!

Sora apretó el puño.

¡Traidora!


Yamato se encontraba sumido en una oscuridad profunda y silenciosa, donde los límites del tiempo y el espacio parecían difuminarse. El suave susurro de la conciencia lo llamaba desde lo más profundo de su ser, instándolo a regresar a la realidad.

Con un esfuerzo titánico, Yamato luchó contra la neblina de inconsciencia que lo envolvía, empujando hacia arriba desde las profundidades de su mente. Las sombras se disiparon lentamente mientras su conciencia luchaba por abrirse paso hacia la superficie de la vigilia.

Finalmente, como emergiendo de las profundidades del océano, Yamato sintió el peso de la realidad aplastándolo mientras la oscuridad se desvanecía ante sus ojos. Con un suspiro entrecortado, parpadeó lentamente, tratando de enfocar su visión borrosa y recuperar el control de sus sentidos.

Cuando sus ojos se enfocaron finalmente, se encontró con una figura familiar a su lado. Mimi estaba inclinada sobre él, su rostro lleno de preocupación mientras lo observaba con atención. Sus ojos castaños brillaban con una mezcla de alivio y ansiedad, reflejando la angustia que había experimentado durante su desmayo.

El corazón de Yamato se llenó de gratitud al ver a Mimi a su lado, cuidándolo en su momento de necesidad. Aunque su mente aún estaba nublada por los efectos de la enfermedad, la presencia reconfortante de Mimi le dio fuerzas para enfrentar la situación con determinación.

—Mimi...— susurró Yamato, su voz apenas un murmullo mientras luchaba por hablar.

Mimi levantó la vista, sus ojos encontrando los de Yamato con sorpresa y alivio— ¡Mi sultán! Despertó, al fin.—dijo con voz suave.

—¿Q-qué?— Preguntó— ¿Qué me ocurrió?

—Se desmayó.—Respondió la castaña.

¿Qué?

—Rayos...—Intentó incorporarse sobre su cama.

—Mi sultán, no se esfuerce.—Mimi rápidamente lo sostuvo por los hombros— Por favor, no haga esfuerzos, el médico le dijo que debía descansar.

Yamato hizo una mueca y depositó su cabeza sobre su almohada.

—¿Dónde está Taichi?

—Él está en la sala del trono hablando con unos consejeros imperiales que vinieron a hablar con usted.— Declaró— Como usted estaba desmayado, él me dijo que se encargaría de todo.

¿De todo?

—¿Alguien sabe de mi desmayo?—Preguntó alarmado— Mi madre o alguien...

—No.—Respondió la castaña—Solo el médico, Taichi Pashá y yo sabemos.

Menos mal

Suspiró.

Mimi extendió su mano hacia la mesa de noche del sultán, tomó un frasco con un líquido verde, lo depositó en un vaso y con una cuchara suavemente lo revolvió.

—Tomé, mi sultán, el médico me dijo que cuando despertase le diera esta medicina.

Yamato observó esto y asintió, recibió el vaso.

—Con cuidado.

Yamato asintió y acercó el vaso a su boca. La fragancia del líquido verde se filtraba en el aire, una mezcla de hierbas y medicamentos que prometían alivio para su malestar.

Con cuidado, llevó el vaso a sus labios y tomó un sorbo del remedio, sintiendo el líquido frío y reconfortante deslizándose por su garganta. Un suspiro de alivio escapó de sus labios mientras sentía los efectos calmantes del medicamento comenzando a surtir efecto en su cuerpo fatigado.

Suspiró.

—¿Cuánto tiempo estuve desmayado?

—Bastante.— Respondió Mimi— El reloj de arena que usted tiene aquí en su habitación tuve que voltearlo dos veces.

¡Oh no!

Eso era bastante.

—¡Rayos!— Exclamó el rubio— ¡Esto no es posible!

—Sultán Yamato, tranquilo.— La castaña le habló con suavidad— Esto es algo que a cualquier le puede pasar.

—Sí, pero no a mi.— Contestó el oji-azul— Soy el sultán.

—Eso no quita que sea de carne y hueso.— Musitó Mimi firmemente.

Yamato hizo una mueca y suspiró, verdaderamente odiaba que esto le ocurriera, no le gustaba sentirse débil. Quizás, ahora su vida no corría tanto riesgo, como antes, cuando sus hermanos vivían, pero de igual forma debía mantenerse firme.

—Nadie debe saber de esto.

—Lo sé, sultán debe estar tranquilo.—Declaró la castaña—Yo me encargaré de cuidarlo.— Habló— Estaré con usted y nadie más que, Taichi, sabrá esto.

—¿De verdad vas a cuidarme?— Preguntó Yamato.

La oji-miel asintió—¡Pues claro!

—¿Estás segura de hacerlo?

—¿Por qué no lo haría?

—Porque no te caigo bien.

Esto sorprendió a la castaña.

—¿Por qué dice eso?

—Porque eso me diste a entender.— Respondió el rubio— Al renunciar a todos los presentes que te di.

¿Qué?

—Y estás en todo tu derecho, después de todo, no te he dado tu ansiada libertad.

La castaña se quedó en silencio por un momento, procesando las palabras de Yamato. Se dio cuenta de que había malinterpretado sus acciones, que sus intentos de alejarse no eran un rechazo hacia él, sino una lucha interna consigo misma. Suspiró profundamente antes de responder.

—Mi sultán, yo no renuncié porque me sintiera enojada contra usted.—Habló— Al contrario, a pesar de que, no me ha dado mi libertad, se ha comportado de muy buena manera conmigo.

—Entonces ¿por qué quisiste renunciar?

—Porque...—Bajó la mirada— No creí que fuera apropiado tener esos aposentos y esa joyas, considerando que simplemente soy una esclava más.

—Mimi, todas esas cosas te las has ganado.

—Ayudé a su hijo, pero eso no fue porque quisiera una recompensa a cambio.

—Quizás no, pero yo quise dartela.— Respondió Yamato.

Mimi suspiró.

—Mi sultán, agradezco, pero de verdad, no creo que sea lo mejor.— Musitó— Yo puedo estar aquí sin necesidad de aquellas cosas.

No iba a negar que le agradaban todos esos lujos, pero no quería tener problemas con la sultana Sora.

—Bueno, yo no acepto que renuncies.— Contestó el rubio.

—Mi sultán, por favor, no hablemos de eso ¿si?—Habló Mimi— Usted en estos minutos necesita descansar.

Yamato se mordió el labio inferior, estaba cansado, pero no quería ignorar esta situación.

Mimi tomó un pañuelo, lo sumergió en el agua y suavemente lo depositó en la frente del sultán.

Yamato cerró los ojos brevemente, sintiendo el frescor del pañuelo mojado sobre su frente. La suavidad del gesto de Mimi lo reconfortó de una manera que no sabía cómo expresar con palabras. A pesar de la fatiga que pesaba sobre sus hombros, se sentía reconfortado por la presencia de Mimi a su lado.

—Al menos, si no aceptas esto como recompensa por Kiriha, tómalo como pago por cuidarme.— Musitó.

—Mi sultán, yo cuidaré de usted.—Declaró— Pero no necesito algo a cambio. Al contrario, quiero que usted esté bien.

—Nadie debe saber que estoy enfermo.

—No se preocupe.— Respondió Mimi— Nadie lo sabrá.— Musitó— Le prometo que de mi boca nada saldrá.

—¿Y, si te molestan por estar aquí en mis aposentos?

—Es probable que lo hagan, pero prometo no decir ninguna palabra.— La castaña alzó su mano.

Yamato observó sorprendido a aquella joven, a pesar de todo, le estaba ofreciendo lealtad. Eso hablaba bien de ella, ya que necesitaba personas así en su vida.

Y hablando de personas leales, necesitaba colocar las cosas en orden y si, Taichi siguió sus órdenes, pronto necesitarían a una persona que llevase las cosas con tranquilidad dentro del harem.

—Llama a Taichi, por favor. Necesito hablar con él.

La castaña asintió y se levantó del lugar para caminar en dirección hacia la puerta.


Furiosa y determinada, la sultana Sora se encaminó hacia los aposentos del sultán Yamato, con el propósito claro de abordar la situación que la llenaba de preocupación y desagrado. Su paso era rápido y decidido, su rostro reflejando una mezcla de enfado y determinación mientras avanzaba por los corredores del palacio.

Al llegar a la puerta de los aposentos de Yamato, Sora se preparó para entrar sin más preámbulos, pero se encontró con un obstáculo inesperado en forma de Taichi, el hermano de Hikari, quien se interpuso en su camino con expresión seria y decidida.

—Sultana Sora— dijo Taichi con firmeza, haciendo una reverencia respetuosa pero firme.

—Necesito pasar Taichi Pashá.

—No puede entrar, sultana.— Respondió.

La sorpresa parpadeó en los ojos de Sora ante la audacia de Taichi al detenerla, pero su determinación no vaciló—¿Cómo te atreves a impedirme el paso, Taichi? Necesito hablar con Yamato.— respondió con voz tensa, intentando superar al obstáculo que se interponía en su camino.

Taichi mantuvo su posición con calma, sin ceder ante la presión de la sultana— El sultán no está disponible en estos momentos, Sora, tengo instrucciones claras de asegurarme de que nadie perturbe la paz de los aposentos del sultán Yamato esta noche.— explicó, su tono dejando en claro que no iba a retroceder fácilmente.

La ira creció dentro de Sora mientras luchaba por mantener su compostura ante la audacia de Taichi— No tiene tiempo para mí, pero sí para esa estúpida ¿e?— preguntó con voz helada, buscando una explicación que justificara su intervención.

—¿Te refieres a Mimi?

La pelirroja asintió.

Taichi rodó los ojos, al parecer fue un error decirle a Miyako que Yamato no pasaría la noche con Sora porque la pasaría con Mimi. Creyó que sería una explicación lógica, luego de la atención que le prestaba a esa concubina, no obstante, ahora le traería problemas.

—Yamato, tiene derecho a estar con quien quiera.— Respondió Taichi— Es el sultán y si, él quiere estar con ella, está bien.

—¡Claro que no!— Exclamó Sora— Hoy es Jueves, es mi día, no el de ella.

"De mí", intervino una voz autoritaria desde el interior de la habitación. Era Yamato, quien se había percatado del intercambio desde su lecho. Aunque su voz era débil por la enfermedad, su determinación era innegable.

Sora apretó su puño, su expresión endureciéndose aún más al enfrentar su desafío— Mimi debe ser recordada de su posición y su deber como sirvienta del imperio.— respondió con frialdad, sin ceder en su determinación de abordar la situación.

Taichi mantuvo su mirada seria— Es una esclava que puede servir a sultán, como él lo estime conveniente.

El enfrentamiento de voluntades se intensificó en el silencio tenso que siguió, con Sora y Taichi enfrentándose el uno al otro en una batalla de determinación y poder.

—Déjame entrar, Taichi, es una orden.— Exclamó la pelirroja.

—No lo haré.— Respondió firmemente— El sultán no quiere interrupciones.

—¡No me importa lo que digas, entraré, te guste o no!— Habló Sora dispuesta a ingresar al lugar.

—Pero ¡Que gritos son estos!— Una voz femenina se escuchó en el lugar, provocando que ambos discutientes voltearan, al hacer esto se encontraron con la hermana de Yamato, Rika, quien no los observaba con buenos ojos.

Rápidamente Taichi y Sora hicieron una reverencia.

—Sultana Rika.

La sultana de sangre se acercó a ellos y los observó con seriedad.

Gennai Aga le informó que Taichi Pashá necesitaba hablar con ella, no sabía de qué, pero debía ir. Fue así como vino hasta aquí, donde la esperaba, no obstante, jamás se imaginó encontrarse a estos dos discutiendo.

—¿Qué está ocurriendo aquí?— Preguntó— ¿Por qué están gritando y discutiendo?

Ambos se quedaron callados.

—¿Me responderán?— Cuestionó la hermana de Yamato— ¡Díganme!

—Mi sultana...—Sora decidió hablar— Taichi me hizo enojar.

—¿Yo?— Taichi musitó— ¡Claro que no! La sultana Sora fue quien vino a generar un problema.

¿A generar un problema?

¡Wow! ¿Por qué no le sorprendía?

—¿Por qué dices eso, Taichi?— Rika le preguntó al pashá.

—El sultán Yamato no pasará la noche con la sultana y me pidió que le informara.—Relató Taichi— No obstante, la sultana aquí presente no le gustó la información y quiere ingresar, contra toda orden, a sus aposentos.

La sultana de sangre dirigió su mirada hacia Sora.

—Sora, si Yamato lo ordenó es tu obligación obedecer.—Musitó Rika.

—Hoy es Jueves, por lo general él y yo estamos juntos.

—Sí, pero ya escuchaste que Taichi dijo que el sultán se negó.

—Eso es lo que dice Taichi.— Musitó la madre de Kiriha— Pero, él no me lo dijo en persona...

—Pero ¡Que estupidez estás hablando!— Exclamó Rika— Taichi es el encargado de informar las decisiones de su majestad, merece respeto.— Declaró— No creo que él inventaría algo como eso.

Sora hizo una mueca.

—Además, si él te ordena que no entres, no puedes entrar.— Regañó la sultana de sangre— ¡Recuerda tu posición! Una simple concubina nunca puede desafiar las órdenes del hombre de confianza del sultán.— Recordó— Aunque trate de la madre de un príncipe, Taichi está por sobre ti ¡Debes obedecerlo!

La consorte de Yamato cerró los ojos ante el regaño de Rika.

Lamentablemente sí, por jerarquía, costumbres y creencias del imperio, los hombres siempre estaban por sobre las mujeres de este imperio, aun cuando trataba de uno de los cuatro hombres más importantes de palacio.

Las únicas mujeres que tenían "más poder" que los hombres de confianza del sultán eran; la Valide Sultan, las hermanas del sultán o en su minuto, la Valide Hatun, no obstante, ella aun siendo una sultana no era más poderosa.

—Y-yo...—Sora bajó la mirada— Lo siento, de verdad.

—Claro que debes sentirlo.— Habló Rika— Ahora, regresa a tus aposentos.— Ordenó— Y, encárgate de tu hijo.

La madre de Kiriha se mordió el labio inferior y asintió, hizo una reverencia para luego retirarse del lugar.

Rika pasó su mirada por Taichi.

—¿Por qué mi hermano no pasará la noche con su consorte principal?— Preguntó Rika.

—Porque estará acompañado de su favorita, Mimi Hatun.

Esto sorprendió a la pelirroja.

¿Junto a Mimi Hatun, antes que estar con la madre de su hijo?

¿Qué ocurría? ¿Por qué tanto protagonismo para esa joven?

—Dime, Taichi Pashá ¿qué clase de relación tiene mi hermano con esa mujer?—Cuestionó la pelirroja— Parece que le coloca bastante atención, o al menos, eso es lo que me han dicho.

—No es alguna relación especial.— Declaró el castaño.

—¿A no?— Preguntó Rika— ¿No me acabas de decir que pasará la noche con ella, antes que con Sora?

Taichi hizo una mueca.

—Eso tiene una explicación.

—¿A sí?

El castaño asintió— Es la razón por la cual te mandé a llamar.— Contestó— El sultán me dijo que necesita hablar contigo.

La pelirroja lo observó sin entender, Taichi ingresó al pequeño pasillo que custodiaba antes de ingresar a la habitación y Rika lo siguió.


El sol brillaba alto en el cielo, pintando el paisaje con tonos dorados mientras Takeru y Natsuko, madre e hijo, caminaban por las calles del pueblo. Sus ropas nobles contrastaban con la humildad de los alrededores, pero sus corazones estaban llenos de determinación y compasión mientras se dirigían hacia una pequeña plaza donde los lugareños se congregaban.

La plaza estaba llena de actividad, con personas de todas las edades reunidas para recibir ayuda y apoyo. Takeru y Natsuko se unieron a los voluntarios que distribuían alimentos, agua y medicinas a quienes más lo necesitaban. Los lugareños los recibieron con gratitud, expresando su aprecio por el cuidado y la atención que estaban recibiendo.

Takeru se acercó a un anciano que estaba sentada en un banco, ofreciéndole una sonrisa cálida.

—¿Cómo está hoy, señor? —preguntó con gentileza.

El anciano le devolvió la sonrisa, sus arrugados ojos brillando con gratitud.

—Gracias a ustedes, hoy tengo comida en la mesa y medicinas para aliviar mi dolor —respondió con voz suave— Muchas gracias príncipe por su generosidad.

Un sirviente se unió a ellos, ofreciendo su ayuda para llevar suministros a quienes no podían acercarse por sí mismos. Se sintió conmovido por la conexión que compartían con el pueblo, y por la oportunidad de marcar una diferencia real en sus vidas.

A medida que el día avanzaba, Takeru continuó trabajando incansablemente, brindando apoyo y consuelo a quienes lo necesitaban. Aunque sabía que no podían resolver todos los problemas del pueblo de una vez, estaba comprometido a hacer todo lo posible para mejorar las condiciones de vida de quienes estaban a su alrededor. Natsuko estaba orgullosa de su hijo.

—Es maravilloso recibir de su ayuda.—Un pequeño niño le expresó con gratitud al príncipe, admirando el espíritu de colaboración que inundaba el ambiente.

Takeru sonrió, su mirada estaba llena de determinación mientras distribuía los suministros entre los necesitados.

—Muchas gracias príncipe por su ayuda.

—No me agradezca.—Respondió—Es nuestro deber como miembros de la familia real —respondió con solemnidad— Debemos velar por el bienestar de nuestro pueblo en todo momento.

—Pocos príncipes han hecho esto.—Declaró otro anciano.

A medida que avanzaban por el pueblo, se encontraron con personas de todas las edades y condiciones, cada una con su propia historia y necesidades. Desde ancianos que necesitaban ayuda para llevar sus compras hasta niños que correteaban por las calles con risas y alegría, Takeru y Natsuko se esforzaban por brindar apoyo a cada uno de ellos.

—Gracias por su ayuda, príncipe Takeru, reina madre Natsuko. —expresó un anciano con gratitud mientras recibía una bolsa de alimentos—Vuestra generosidad no tiene límites.

Natsuko sonrió con dulzura, su corazón lleno de gratitud al ver el impacto positivo que estaban teniendo en la vida de las personas del pueblo.

—Como príncipe, estoy aquí para serviles en todo lo que necesiten —respondió con humildad— No duden en acudir a mi si requieren ayuda en el futuro.

—Muchas gracias príncipe.— Exclamó un anciano.

—¡Es el mejor!—Musitó otro sujeto.

Era evidente que el pueblo de a poco se sentía más a gusto con el príncipe, eso era un avance.


Hikari vertió el aceite sobre las vasijas, el pueblo necesitaba prepararse para el invierno, ya que este pronto vendría y con ello, la oscuridad más temprano que de costumbre. Estaba sola, porque prefirió estar sola en esa tarea, así podía ignorar la presencia del príncipe Takeru, mientras este interactuaba con el pueblo.

Estaba tan concentrada en su labor que no se percató que alguien entró al lugar, caminó hacia ella y posó una mano en su hombro.

—¡Rayos!— Exclamó ante esto y al voltear la mirada, verdaderamente sintió terror, al ver que trataba del príncipe.

—Perdón ¿te asuste?— Preguntó Takeru.

—¿E?— Balbuceo Hikari— S-sí, mi príncipe.—Hizo una reverencia.

—Lo siento.— Murmuró el rubio.

—No se preocupe.— Contestó la castaña volviendo su mirada hacia las vasijas y continuar con su tarea.

Takeru tomó una vasija entre sus manos—¿Quieres que te ayude con esto?

—No gracias.— Respondió la hermana de Taichi.

—¿Segura?— Preguntó el rubio— Son varias vasijas.

—No se preocupe, puedo hacer esto sola.—Musitó Hikari—Incluso, ya terminé.— Musitó antes de tomar, con dificultad, unas vasijas y disponerse a salir.

Takeru hizo una mueca ante y suavemente tomó a la castaña del brazo— ¿Por qué me evades?

—¿Perdón?

—¿Por qué estás intentando evitarme?— Preguntó el rubio.

—Mi príncipe, no estoy intentando evadirlo, solo debo cumplir con mi labor.

—No me refiero solo a esto.— Contestó Takeru—Llevas ignorándome desde ayer...

Hikari suspiró— Príncipe, no puedo hablar, enserio, tengo que cumplir con esto.

—¿Lo ves?— Preguntó el oji-azul— Ahora también intentas ignorarme.

Hikari hizo una mueca.

—Dime ¿qué ocurre?— Preguntó el oji-azul.

La castaña suspiró.

—Dime ¿te dijo algo Taichi por qué llegamos juntos? ¿no?

Hikari observó sorprendida al rubio— ¿Q-qué?...¿Cómo supiste eso?...

—Así que...—Musitó Takeru— ¿Eso es?

La hermana de Taichi se mordió el labio inferior.

—¿Cómo lo supiste?

—¿No es obvio?— Preguntó el rubio— Luego de hablar con él comenzaste a actuar extraña. Dime ¿qué te dijo?

Hikari suspiró.

—No le gustó que llegaramos juntos a la fiesta.

—¿Por qué no?

—Usted sabe cual es la razón, mi príncipe.— Contestó la castaña— Tu eres un príncipe y yo una mujer otomana, eso no estuvo bien.

—Somos amigos.

—Sí, lo somos.—Respondió Hikari— Pero eso no quita que no estuviera bien.

El rubio apretó su puño ante esto.

—Otra vez este tema ¿e?— Comentó— ¿Cuándo podremos ser felices sin recordar que soy un príncipe y tú, una mujer libre?

—Jamás.— Respondió—Takeru ¿acaso no entiendes?— Preguntó Hikari— Es por tu bien que me alejo, tú eres un príncipe que todavía no tiene su destino claro por todo lo que conlleva la ley Otomana.

—Puede que no tenga un destino claro, pero no creo que sea justo para mi descartar vivir mi vida por miedo a la muerte.

—No digo que no, pero puedes vivir tu vida disfrutando de otras cosas.

—Lo que quiero es estar contigo.

La castaña hizo una mueca— Pero lo nuestro no debe ser. Esto no es correcto.

—Correcto es no seguir mis sentimientos.— Respondió—Si llego a morir no quiero irme con remordimiento o con dolor de no haber aprovechado mi vida para estar contigo.— Musitó el rubio— Y créeme, cuando fue la lucha con mis otros hermanos, solo en volverte a ver a ti, era en que pensaba. Me aterraba pensar en que no nos volveríamos a ver.

Esas palabras llegaban a su corazón, eso hacía esta situación más dolorosa.

—Takeru, lo del pasado fue un amor de niños, el cual no puede ser ahora.

El rubio negó con la cabeza: —No puede ser, pero...—Se acercó a ella y tomó su rostro entre sus manos— Quieres que ocurra.

Hikari bajó la mirada— N-no, yo no quiero.

—¿Segura?— Takeru le alzó la mirada y se acercó a su rostro.

La castaña sintió como todo su cuerpo de tensaba, miles de mariposas revolotearon en su estómago, sintiendo como todo en su ser reaccionaba al acercamiento del rubio.

Takeru, con determinación en sus ojos azules, se acercó lentamente a Hikari, quien sintió su corazón latir con fuerza en su pecho. Cada centímetro que se acercaba Takeru parecía aumentar la intensidad de las mariposas revoloteando en su estómago.

Hikari estaba paralizada, su mente luchando entre la confusión y la atracción que sentía hacia Takeru. Su respiración se volvió irregular cuando sintió el aliento cálido del rubio rozar su piel.

Takeru sostuvo suavemente el rostro de Hikari entre sus manos, sus pulgares acariciando sus mejillas con ternura. Con un gesto delicado, inclinó su cabeza hacia la de ella, cerrando la distancia entre sus labios.

No obstante, Hikari ante el toque de sus labios dio un paso atrás y empujó suavemente a Takeru.

—Príncipe, por favor, no. Esto no debe ser, por favor.— Rápidamente tomó sus cosas, hizo una reverencia y caminó hacia la puerta— Permiso.


Rika observó a su hermano sultán, que descansaba en su cama, Taichi la mandó a llamar por orden de Yamato y luego de llegar a aquel lugar le explicaron la situación del rubio.

Estaba enfermo.

Lógicamente, se preocupó ante esto.

—Lamento mucho que esté en ese estado.—Musitó la pelirroja— Es una lastima que justo cuando me hago presente, mi hermano cae enfermo.

—No te preocupes, me recuperaré pronto.— Declaró el rubio.

—Eso espero.—Murmuró Rika.

Yamato estaba recién en el trono, una posible enfermedad conmocionaría a todo el reino.

—Mientras estoy así necesitaré de tu apoyo.

—Claro mi sultán, puede contar conmigo.— Respondió Rika— Dígame ¿qué quiere que haga?

—Hoy se supone que yo recibiría el informe del aporte monetario que me diste para la campaña.— Declaró Yamato— Y, ya que no podré, quiero que tú misma en persona lo recibas para que luego puedas darle cuenta a tu esposo.

—Entiendo, mi sultán. Haré lo que me pide.—respondió Rika con una expresión de determinación en su rostro.

Yamato asintió, agradecido por su lealtad y disposición. Sabía que podía confiar en Rika para llevar a cabo esa tarea crucial en su ausencia.

—El informe te lo dará Ryo Bey. Asegúrate de revisarlo detenidamente y tomar nota de cada detalle. Es importante que todo esté en orden.—instruyó Yamato.

Rika asintió con respeto, internalizando las instrucciones. Ella entendía la importancia de esta responsabilidad y estaba determinada a cumplirla con la mayor diligencia posible.

—No se preocupe, mi sultán. Me aseguraré de que todo esté en orden y de informar a mi esposo de manera adecuada —aseguró Rika con una reverencia.

Yamato le sonrió con gratitud.

—Rika, confío en ti. Ahora ve y haz lo necesario. Si necesitas algo más, no dudes en pedírmelo


Sora, con el rostro impasible pero el corazón lleno de indignación se dirigió hacia los aposentos de Natsuko, la venerable madre de Yamato. Sabía que debía abordar el asunto de la presencia de Mimi en los aposentos del sultán con la máxima urgencia, y no había mejor persona que Natsuko para entender la gravedad de la situación.

Al llegar a la puerta de los aposentos de Natsuko, Sora golpeó con fuerza, su impaciencia apenas disimulada. La puerta se abrió lentamente, revelando a un sirviente que se inclinó respetuosamente ante la sultana.

—Sultana Sora, bienvenida— dijo el sirviente, invitándola a entrar.

Sora asintió con un gesto de agradecimiento y entró en la habitación, donde Natsuko estaba sentada en un elegante diván, rodeada de cortinas de seda y almohadas ornamentadas. La mirada sabia de Natsuko la recibió, su rostro tranquilo pero perceptivo.

—Sultana madre— dijo Sora con voz firme pero controlada, haciendo una reverencia respetuosa.

—Sora ¿Qué haces aquí?

—Siento molestarla, sé que debe estar cansada por la actividad que realizó a las afueras del palacio.

Natsuko asintió, estaba ¡Muy agotada! Estuvo prácticamente todo el día afuera, la noche estaba apunto de caer y ella moría de ganas de darse una ducha, cenar y luego dormir.

—Sí, la verdad es que estoy muy cansada.— Respondió— Pero, ya que estás aquí, dime ¿qué ocurrió?

—Vengo a informarle de un asunto de urgente.

Natsuko inclinó la cabeza en reconocimiento y gesto de atención— ¿Qué asunto te preocupa tanto como para venir a interrumpir mi descanso?

Sora inhaló profundamente, reuniendo su coraje antes de abordar el tema delicado que la había llevado hasta allí— Es sobre Mimi Hatun.—comenzó, su voz tensa pero controlada— Me enteré de que pasará la noche en los aposentos de Yamato, y debo expresar mi profunda preocupación por esta situación.

Los ojos de Natsuko se estrecharon ligeramente mientras escuchaba las palabras de Sora, su expresión sin revelar nada de sus pensamientos internos. "Entiendo tu preocupación, Sora", respondió con calma, su voz serena y medida. "¿Puedes explicar con más detalle por qué consideras que esta situación es tan preocupante? No es la primera vez que Yamato la llama un Jueves.

—¡Por eso mismo! No es la primera vez.— Respondió— Es la segunda y eso no me agrada.

Sora apretó los puños, sintiendo la frustración creciendo dentro de ella mientras explicaba la gravedad del asunto.

—Querida, entiendo que para ti es una situación difícil, pero ya te he comentado que mi hijo tiene derecho a estar con otras mujeres.— Declaró Natsuko.

—S-sí, pero usted sabe lo difícil que es para mí.— Bajó la mirada— Sobre todo, luego de haberle dado la diadema dorada y esos aposentos.

—Ni lo menciones.— La madre sultana hizo una mueca al recordar aquellos sucesos— A mí tampoco me agradó.

—Y ahora esto...—Musitó Sora— No sé qué pensar.

Era evidente que no estaba bien.

—Por favor, ayúdeme.— Rogó.

Sora se sentía abrumada por la situación, sus emociones revueltas y su mente luchando por encontrar una solución. Intentaba mantener la compostura ante Natsuko, pero la presión era demasiada. La preocupación y la ansiedad la consumían lentamente.

Natsuko notó la angustia en los ojos de Sora y su voz temblorosa. Se acercó con suavidad y colocó una mano reconfortante sobre el hombro de Sora.

—Tranquila, querida. Estaré aquí para ti —dijo con un tono reconfortante— Todo estará bien.

—Eso espero, ma...— Sora intentó hablar pero antes de que pudiera terminar su frase, Sora se tambaleó y su visión comenzó a nublarse. Un mareo la envolvió repentinamente, y antes de que pudiera pedir ayuda, todo se volvió negro y perdió el equilibrio.

—Sora ¿estás bien?

—N-no.— La pelirroja intentó hablar, pero perdió el conocimiento y se desplomó en los brazos de Natsuko.

La madre sultana la sostuvo con cuidado, preocupada la llamó— Sora...—Tomó su rostro— ¡Sora!

No obstante, no respondió.

—¡Agas!— Llamó a los sirvientes para que trajeran agua y buscaran ayuda médica de inmediato.

Mientras tanto, Sora yacía inconsciente, su mente sumida en un torbellino de preocupaciones y miedos. La situación con Yamato y sus sentimientos encontrados habían sido demasiado para ella. Ahora, solo el tiempo diría qué depararía el futuro para ella y para su relación con Yamato.


Mientras tanto en la oficina del tesorero imperial, Ryo estaba sumido en la concentración de su trabajo en su oficina cuando de repente fue interrumpido por un grito que resonó por los pasillos del palacio.

—¡Atención, la sultana Rika está aquí! —se escuchó la voz de uno de los guardias, anunciando la llegada de la sultana.

¿Qué?

Los ojos de Ryo se abrieron de par en par, sorprendido por la inesperada visita.

¿La sultana Rika venía hacia la oficina del tesorero imperial?

Se levantó de su asiento de un salto, sintiendo la urgencia de prepararse para recibir a la sultana con la debida deferencia y respeto.

Fue así como la sultana ingresó al lugar y Ryo quedó prácticamente embobado.

¡Wow!

Pensó.

La sultana Rika estaba completamente cambiada a la última vez que la vio, evidentemente creció, los años jugaron a su favor. La última vez que se vieron tenía quince años, ahora debía tener apróximamente dieciocho.

—Ryo Bey.— La pelirroja pasó su mirada por él.

—Mi sultana.— Musitó el oji-azul y alzó la mirada provocando que el contacto de sus ojos fuera inevitable, literal una ola de emociones se hicieron presente tanto en el Bey, como en la sultana.

—¡Vaya! Cuanto tiempo ha pasado.

Ryo asintió— Me sorprende verla.— Declaró—No la esperaba aquí.

—¿Te molesta verme?

—N-no.—Respondió rápidamente— Es simplemente que no esperaba su visita.— Declaro— Jamás me molestaría su visita, al contrario, me alegra verla luego de tanto tiempo.

Sí, había transcurrido mucho tiempo

Rika observó de pies a cabeza a Ryo, seguía siendo un chico guapo, se mantenía joven.

—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.—Musitó— Volverla a ver, mi sultana, es como una brisa refrescante.— Musitó Ryo— Que conmueve mi corazón.

Rika simplemente se mantuvo en su posición, verdaderamente dolía escuchar esas palabras— No me endulces el oído, Ryo Bey.— Volteo hacia él— Tú muy bien conoces mi posición y la tuya. Soy una sultana, respetame.

Ryo se mantuvo en silencio por un momento, sus ojos reflejando una mezcla de admiración y resignación ante las palabras de Rika. Sabía que debía respetar su posición como sultana, pero también era difícil ocultar los sentimientos que albergaba en su corazón.

—Lo siento, mi sultana —respondió con sinceridad, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto— No pretendía faltarle el respeto. Solo quería expresar lo que siento.

Rika suspiró, sintiendo la tensión entre ellos mientras luchaba por mantener su compostura.

—Entiendo, Ryo Bey —dijo con suavidad— Pero debemos recordar nuestros roles y responsabilidades dentro del reino.

Ryo asintió con seriedad, aceptando las palabras de la pelirroja.

—Es por eso que estoy aquí.—Rika observó a Ryo con seriedad, sintiendo la responsabilidad pesar sobre sus hombros mientras se preparaba para abordar un asunto delicado.

—Dígame ¿qué necesita?

—Mi hermano me envió, porque dijo que tenías el informe del registro del dinero que mi esposo y yo enviamos. Necesito el registro detallado del dinero que se ha destinado para la guerra —dijo con firmeza, su voz resonando en la habitación.

—¿El sultán no vendrá?

Rika negó— Tiene cosas que hacer, y ya que el tesorero imperial está en una reunión con el jefe de jenízaros, necesito que tú me lo des.

Ryo asintió, comprendiendo la importancia de la solicitud de Rika. Sin vacilar, se acercó a un escritorio cercano y sacó un documento meticulosamente elaborado. Con cuidado, lo extendió hacia Rika, quien lo tomó con manos firmes y comenzó a revisarlo con atención.

Mientras examinaba los detalles, Rika frunció el ceño ligeramente, notando algunas discrepancias que necesitaban ser aclaradas.

—Ryo Bey, aquí dice que una parte considerable del fondo se destinó a la adquisición de armas y provisiones, pero no veo ningún informe detallado sobre cómo se ha utilizado exactamente ese dinero —señaló con calma, sin apartar la mirada del documento.

Ryo se mantuvo en silencio por un momento, tomando nota de la preocupación de Rika. Sabía que debía explicarle la situación con total transparencia.

—Mi sultana, comprendo su inquietud —respondió con sinceridad—. Permítame explicarle. Parte de los fondos se utilizaron para adquirir armas y provisiones, como se indica en el registro. Sin embargo, algunos de esos recursos también se destinaron a pagos discretos a informantes y aliados estratégicos para obtener información valiosa sobre los movimientos del enemigo.

Rika asintió, procesando la explicación de Ryo. Si bien entendía la necesidad de mantener ciertas operaciones en secreto, también era importante asegurarse de que los recursos se utilizaran de manera efectiva y transparente.

—Entiendo la importancia de mantener la confidencialidad en ciertas operaciones —respondió con seriedad—. Pero necesito que en el futuro, se documenten de manera más detallada todos los gastos, para garantizar la transparencia y la rendición de cuentas.

Ryo asintió, reconociendo la validez de la solicitud de Rika.

—Por supuesto, mi sultana —aseguró con determinación— Tomaré las medidas necesarias para asegurar que se mantenga una adecuada rendición de cuentas en el manejo de los fondos para la guerra.

Con un gesto de agradecimiento, Rika devolvió el documento a Ryo, sintiendo un peso levantarse de sus hombros al saber que su solicitud había sido comprendida y aceptada.


Mientras tanto, en la enfermería.

La habitación estaba impregnada de un silencio pesado mientras Sora y Natsuko descansaban. De repente, Sora empezó a moverse inquieta en su cama y luego de luchar con la pesadez de sus ojos, finalmente los abrió, al hacer esto se encontró con la preocupada mirada de Natsuko, quien estaba a su lado.

—¿Sora? ¿Estás bien? —preguntó Natsuko, con voz llena de preocupación.

Sora parpadeó un par de veces, tratando de recuperar la conciencia por completo.

—Sí... sí, creo que sí. ¿Qué... qué pasó? —preguntó, confundida.

Natsuko suspiró aliviada y le acarició suavemente la mano.

—Te desmayaste de repente. Estaba muy preocupada. Pero parece que estás volviendo en ti —explicó con un tono tranquilizador.

En ese momento, la puerta se abrió y entró la médica de la corte, con una expresión seria en su rostro.

—Oh, veo que Sora ha despertado, sultana, ¿Cómo te sientes? —preguntó la médica, dirigiéndose a Sora.

Sora se sentó lentamente, apoyándose en el respaldo de la cama.

—Me siento un poco aturdida, pero creo que estoy bien —respondió, aún algo confundida.

La médica asintió.

—¿Por qué me desmayé?— Preguntó Sora.

—Acaso ¿no lo recuerdas? Estabas enojada porque Yamato no iba a estar contigo esta noche.— Respondió la oji-azul.

La pelirroja se mordió el labio inferior al recordar aquel suceso.

¡Rayos!

—¿Tuve un colapso de estrés?— Cuestionó la madre de Kiriha.

—Sí, mi sultana.— Respondió la médica— Tuvo un colapso de estrés.— Musitó—No obstante, el desmayo se debió a otra razón.

Esto sorprendió a ambas sultanas.

—¿Perdón?— Preguntó la madre de Yamato— ¿Qué quieres decir con eso?

—Mientras revisaba a Sora, descubrí algo importante...—Declaró la médica.

—¿Q-qué?— Cuestionó la pelirroja—¿Qué es?

—Sultana Sora, está embarazada.


+¡Lo sé! Matenme, Sora está embarazada. Pero esto debe ocurrir, para que retomemos la historia "original" de "El sultán" con Hurrem y su enfrentamimento con Maihdevran.

+Aclaro: El imperio Otomano era un lugar MUY machista, pocas mujeres (antes del sultanato de mujeres) lograron ser mayor que los hombres. En este caso, Sora aunque sea una sultana, por el hecho de ser mujer no es muy relevante como Natsuko por ser la madre del sultán o Rika, por ser hermana del sultán.

+Momento histórico, hice dos actualizaciones, en mis dos historias jaja

Respuesta a comentarios:

mimato bombon kou: De cierto modo, la obedeció, sin embargo, castigó a las dos que delataron a Sora, decidió dejar a las demás, porque no encontró que fuera apropiado, considerando que son concubinas que lleva a los aposentos de Yamato. Lamentablemente, Natsuko es madre de Yamato y de por sí, le costará mucho castigarla, no obstante, ya veremos qué pasa, Mimi de a poco irá adquiriendo poder jsjsjsj Sí, Sora está completamente ardida en celos, ya veremos como continuará todo. Con respecto, a los hijos, tengo todo un plan armado, no obstante, ya veremos qué ocurre, sí sería interesante que tuviera un niño, no obstante, debo mencionar que, tener una niña en esos tiempos era mal visto (Lamentablemente) sin embargo, ya veremos qué ocurre. Sobre Rika, ella actúa como una sultana, por eso es un tanto soberbia, no sé si será aliada de Mimi, porque de por sí ella ve por el bien de la dinastía, existe la opción que sea aliada de Mimi, como a su vez, puede ser que no sea ni de Mimi, ni de Sora, ya que de por sí Rika vale mucho por sí sola, ya veremos qué ocurre. Ojalá te esté gustando esta historia y ojalá, sigas leyendo y comentando. Te mando un abrazo a la distancia.

TheBigParadox: ¡Muchas gracias por tus palabras! Me alegra mucho que disfrutes de la dinámica entre Yamato y Mimi en la historia, me gusta darle contexto a las parejas, para que tenga sentido, aunque eso implique ir a paso tortuga (como dice mi nombre jsjs) En cuanto al número de capítulos planificados, estoy trabajando en una trama bien estructurada y emocionante para desarrollar la relación entre ellos, así que aún no tengo un número exacto (Aunque, debo mencionar que me caracterizo por ser larguera) Pero puedo asegurarte de que habrá mucho más por venir, ¡así que espero que disfrutes de la historia tanto como yo disfruto escribirla! ¡Gracias por ser una lectora fiel y espero poder seguir brindándote contenido que te emocione! Ojalá te esté gustando esta historia y ojalá, sigas leyendo y comentando. Te mando un abrazo a la distancia.

+Como siempre, los invito a seguirme en Instagram a.a_girl.

Valide Hatun era el título que la encargada del harem o la madre del sultán recibía. Este título existió cuando las mujeres no llevaban el título "Sultan" ya que hubo un tiempo donde no importaba que fueras madre de un príncipe o del sultán, fueras lo que fueras se utilizaba el "Hatun" esto cambio con el paso del tiempo.