HETALIA PERTENECE A HIDEKAZ HIMARUYA
1847
Inglaterra no era un amo amable: no le permitía tener sus propias tierras ni tomar partido en materias de su incumbencia; todo lo que podía hacer era trabajar. Trabajar, trabajar, trabajar, para pagar sus impuestos. Nada más. Apenas tenía medios de subsistencia y las patatas se habían convertido en su principal fuente de alimento.
Por eso, cuando aquel hongo atacó la producción, Irlanda se encontró en una situación realmente desesperada.
La llamada "irish lumper" era la única variedad que conocía, y todo cuanto tenía. Cuando las cosechas comenzaron a flojear, intentó buscar alternativas. Seguía produciendo otros alimentos, como mantequilla, carne, pescado, miel, alubias; pero el problema era que Inglaterra quería esos productos para sí, ¿y cómo podía decirle que no a su dueño? Tampoco podía renunciar al dinero de Inglaterra a cambio de quedárselos. Le había rogado que bajara el precio del maíz y del pan, pero él tuvo el corazón de piedra y no le importó el riesgo que corrían él y su gente, los mantuvo igual, prohibitivos para su bolsillo. ¿Era esta una decisión deliberada de Inglaterra, para doblegarlo, para someterlo por completo, castigarlo por todas las sublevaciones del pasado, para demostrarle que ahora su vida estaba en sus manos? Irlanda se lo preguntó durante mucho tiempo.
Y por todo esto su gente comenzó a morir de hambre y él, a mostrar los síntomas.
Su estómago estaba vacío, le dolía el cuerpo a cada rato. Al no ingerir vitaminas, al estar su cuerpo tan debilitado, fue un blanco fácil para toda clase de enfermedades. Pasadas unas semanas, apenas se podía mover d ela cama y ya casi no quedaba rastro del hombre alegre que antaño fue.
Su gente, cuando no moría, se iba a América, a Escocia, adonde fuera, debilitándolo aún más.
¿Así iba a acabar su vida? ¿De una forma tan tortuosa?
La ayuda vino de improviso, y de quien nunca se lo habría esperado.
América había oído hablar acerca de su situación. Sus periódicos contaban con todo lujo de detalles su desdicha y la crueldad de Inglaterra, y llegaron a remover muchas conciencias. Los feligreses de las parroquias visitaban a los irlandeses para darles su consuelo y ofrecerles ayuda económica. Un mensajero apareció en la puerta con una carta simpática de América y un cheque de tres cifras.
También se pasó por allí varios días más tardes con otra misiva.
Fue la señora McDougall, la empleada del hogar y ahora también enfermera de Irlanda, quien se la leyó, ya que él apenas podía leer ni tampoco sujetar una hoja de papel.
«Comprendo tu dolor. No hace mucho, mi pueblo y yo tuvimos que abandonar el hogar de nuestros ancestros desde Mississippi hasta Oklahoma, donde América dijo que estaríamos mejor. Perdí a muchos por el camino, me sentí tan miserable, tan débil, que me preguntaba cuándo acabaría todo este dolor y sufrimiento. El mayor William Armstrong convocó una reunión en la cual participé, nos contó lo que estás pasando. Todos hemos hecho lo que hemos podido para juntar algo de dinero. Puede que no sirva para mejorar tu situación, pero espero que estos 170 dólares alivien en algo tu sufrimiento. Ojalá pudiera hacer más. Atentamente, Choctaw.»
2020
Nadie sabía (tan sólo podía sospechar) de dónde había salido el virus. Al ser China tan popular, tan rico, estaba en contacto con naciones de todo el globo. Así fue cómo se extendió por todas partes.
Al principio se pensó que no sería más que una gripe, que se pasaría con medicamentos corrientes. Pero a medida que fue pasando el tiempo, los síntomas se mostraron más y más serios. Algunos gobiernos aseguraron que no habría más de tres o cuatro casos aislados, pero conforme fueron pasando las semanas, el número de infectados aumentó drásticamente, y con él, los muertos.
Nadie pudo mirar hacia otro lado cuando las propias naciones comenzaron a caer enfermas una tras otra.
Aunque se había creído lejos de los asuntos de las grandes naciones, Choctaw no pudo escapar a la infección. Su gente vivía en casas atestadas, a menudo en condiciones insalubres, y sufría enfermedades como la diabetes, de modo que el monstruo invisible conocido como coronavirus atacó a Choctaw y a sus compadres nativoamericanos con gran fuerza.
De modo que así estaba ella, postrada en la cama, pegada a una bombona de oxígeno que era lo único que la permitía respirar, sintiendo cómo le dolía tanto el cuerpo que lo único que podía hacer era estar ahí tumbada y tratar de entretenerse con la televisión.
Decían que estaban trabajando en una vacuna. América, Rusia, China, Inglaterra y muchos otros estaban inmersos en una carrera frenética para conseguirla, al ver la destrucción económica y social que un simple virus había causado en tan poco tiempo; mas Choctaw se preguntaba a veces si llegaría a verla. Se sentía...francamente horrible. No ser capaz de moverse. La fiebre que hacía que le ardieran las entrañas. Los pulmones, incapaces de respirar por sí mismos.
La puerta se abrió y Linda, la doctora que venía casi a diario para examinarla, entró.
— ¿Cómo te encuentras hoy?—le preguntó.
— ...Tirando...—respondió Choctaw. Quizás estuviera mintiendo un poquito.
Linda le tomó la temperatura, la anotó, hizo las preguntas de rigor acerca de su estado de ánimo y condición física.
— Bueno, puede que esto te ayude a sentirte mejor—le dijo—. ¿Sabías que Navajo y Hopi comenzaron una campaña de crowdfunding para ayudar a las tribus?
— ¿Crowdfunding?
— Ya sabes, pedir dinero por Internet.
— Ajá...
— Pues mira esto.
Tomó una hoja de su carpeta y se la dio después de asegurarse de que estaba en condiciones para leer.
Aun así, Choctaw le pidió que se lo leyera en voz alta, porque creía que estaba leyendo mal, o que la fiebre la hacía ver cosas.
Pero no, era completamente verídico.
Irlanda, el Irlanda que todos conocían, la nación, había contribuido con casi medio millón de dólares.
Choctaw releyó la cifra para asegurarse de que no estaba soñando. $500,000.
Y adjuntaba un mensaje en la plataforma que Linda había impreso para que Choctaw pudiera leerlo.
«Por aquellos 170 dólares enviados en un momento de desesperación. Ni lo he olvidado ni lo olvidaré nunca—Irlanda.»
FIN
