HETALIA PERTENECE A HIDEKAZ HIMARUYA
ADELE BLOCH-BAUER (1881-1925), MARIA ALTMANN (1916-2011), GUSTAV KLIMT (1862-1918) Y LOS DEMÁS SON PERSONAS REALES.
1907
Austria nunca había creído en el amor a primera vista hasta que la vio a ella.
Se llamaba Adele Bloch-Bauer.
Oh, pero no es que se hubiera enamorado de la esposa de Ferdinand Bloch-Bauer, el rico propietario de la fábrica de azúcar y mecenas. No, no. De lo que se había enamorado en realidad era de la imagen de ella que tenía Gustav en la cabeza.
Austria estaba allí el día que fue pintado. Bloch-Bauer era uno de los benefactores de Gustav, apreciaba su trabajo, aunque no tanto como Austria. Cada vez que Gustav recibía un encargo, Austria necesitaba estar allí para mirar cómo lo hacía. A los Bloch-Bauer no les importó, incluso todo contrario. Después de todo, era un gran honor para un austríaco tener a la nación en casa. Respondió con cortesía a todas sus gentilezas, aunque todo su afán estaba en ver cómo Gustav capturaba los rascos de la señora Bloch-Bauer, cómo llenaba el lienzo de formas y oro.
El resultado hizo vibrar su corazón. Lo contempló durante tanto rato que la modelo le sonrió:
— ¿Le gusta, señor Austria?
¿Cómo podrían haber expresado las palabras lo que Austria sentía? 'Sí' ni siquiera se le acercaba.
— Usted estará en este mundo mucho más tiempo que nosotros. No nos lo podremos llevar al lugar adonde iremos. Me aseguraré de que se lo quede usted.
Eso dijo...
Adele no viviría mucho más. Murió en 1925 a causa de una meningitis, aún joven, aún hermosa.
Austria, que tenía contacto estrecho con gente cercana a la familia, averiguó que ella mantuvo su palabra. En su testamento dejó una amable recomendación a su viudo de que donara los retratos que había pintado Gustav para ellos a Austria, para que él pudiera compartirlos con todo el mundo.
Austria era un hombre de fuertes principios: si un ser querido, su esposa, ni más ni menos, le decía a un hombre que sería todo un detalle regalarle algo a alguien, él debía hacerlo lo antes posible. Pero el señor Bloch-Bauer hizo esperar a Austria.
Después de todo, tal y como unos amigos dijeron a Austria, era una simple recomendación, no un imperativo legal.
Pero Austria llevaba dieciocho años soñando con aquel cuadro...
Quizás...con un poco de paciencia, se dijo...
Y, en efecto, el tiempo resultó ser el mejor aliado. Porque con el tiempo la semilla del odio plantada en el pecho de Alemania creció, le hizo más fuerte, más duro, más sabio, imparable. Se hizo grande, y muchas cosas cambiaron...
1938
Parecía que el señor Bloch-Bauer no estaba muy convencido de las ventajas que conllevaban la anexión de Austria al imperio alemán emergente, o quizás se limitó a hacer lo que los judíos tan bien sabían hacer, que era huir al menor atisbo de problemas; en cuando Alemania puso un pie en casa de Austria, se largó. Se decía que había ido a Suiza, pero quién podía saberlo a ciencia cierta. La cosa es que el bueno de Ferdinand no pudo llevarse muchas cosas en la maleta. Su fábrica. Sus propiedades. Toda su fortuna...
Los retratos...
Klimt tenía un encanto especial, Alemania debía admitirlo. Podía comprender por qué ocupaba un lugar privilegiado en el corazón de Austria.
Contempló durante largo rato el retrato dorado de la mujer, admirando su composición, la belleza de la mujer, el oro que lo recubría...
— ¿Que de qué se le acusa?—Alemania ni tan siquiera pestañeó cuando le preguntó su camarada. Dijo lo primero que le vino a la mente—. Evasión de impuestos. El señor Bloch-Bauer se ha esfumado, así que supongo que eso lo convierte en sospechoso. Los inocentes no salen huyendo así como así.
De acuerdo con la ley, las propiedades de los criminales quedaban confiscadas. Todo lo que contenía la casa era ahora propiedad del Reich. Alemania vendería aquellos retratos a Austria por un módico precio. Precio de amigo. Sabía cuánto le gustaban y lo que era capaz de hacer para tenerlos en su colección...
Y así Austria pudo colgar, con enorme satisfacción, el retrato de Adele Bloch-Bauer en una pared de la Galería Nacional...
1946
Las cosas no salieron según lo esperado. Por muchas razones, Alemania y el Eje perdieron la guerra, tuvieron que enfrentarse al castigo. Austria fue liberado por los Aliados, declarando la ocupación de Alemania legalmente nula y sin efecto, aunque ciertamente no había opuesto demasiada resistencia e incluso se había mostrado de acuerdo con ciertas políticas. Ahora tocaba ser controlado por los vencedores y reconstruir lo perdido durante la guerra, que era mucho. De hecho, poco más le había dado la guerra aparte de destrucción y pobreza.
Sería mejor ganarse el favor de los victoriosos, así que Austria mostró su buena voluntad firmando la Anulación, por la cual derogaba toda ley nazi aprobada durante la ocupación alemana.
Eran momentos de mirar al futuro con nerviosismo pero esperanza, aunque Austria se encontró volviendo una y otra vez al pasado. Sentado frente al retrato, el pasado parecía dorado, plácido, hermoso...
1998
Nadie tuvo la gentileza de decírselo a la cara, tuvo que enterarse por la prensa. Estaba echando un vistazo a los periódicos y revistas de un kiosco cuando un titular captó su atención:
«EL RETRATO DE WALLY DE SCHIELE SE QUEDA EN NUEVA YORK. AUSTRIA ES ACUSADO DE POSEER OBRAS ROBADAS EN SU GALERÍA»
Compró el periódico y lo leyó en su café de siempre, leyendo una línea y reflexionando sobre ella durante varios minutos antes de ir a por la siguiente, quedarse meditándola, y así hasta terminar. Cuando lo hizo, se fue a casa, tocó el piano durante una hora aproximadamente para deshacerse de los sentimientos incómodos que le había provocado la lectura, para despejar la mente.
Había prestado varios cuadros a América para una exposición en Nueva York, y parecía ser que no pensaba devolverlos. Alguien había reconocido el de Schiele. Alguien había hecho demasiadas preguntas acerca del origen de esas obras de arte. Ahora parecía haber surgido un debate acerca de su persona, de su decencia.
Inadmisible. No era ningún vulgar ladrón. Y tenía documentos para demostrarlo. Eso fue precisamente lo que hizo. Abrió sus archivos a todo aquel que quisiera echarles un vistazo para probar su inocencia. Todo el mundo sabía cómo era América, un chiquillo ansioso por convertirse en el héroe de la historia, hambriento de reconocimiento y justicia...
Por desgracia para él, un periodista hizo precisamente eso y publicó palabras muy duras, porque resultó que el recorrido de algunas obras...no estaba muy claro...Austria recortó el artículo cuando lo encontró en un periódico. Ese hombre aseguraba que Bloch-Bauer nunca le había donado los retratos de Klimt y que él lo sabía de sobra.
Su gobierno le presionaba, las otras naciones le miraban de una forma que no le gustaba. Quizás tuvieran razón y era hora de hacer lo doloroso pero correcto. Meses más tarde, Austria firmó la Ley de Restitución por la cual se comprometió a devolver los bienes robados a sus legítimos dueños. Le fue penoso tener que desprenderse de algunas de esas maravillas, pero uno tenía que hacer cosas desagradables porque eran lo que debía hacerse, supuso.
Oh, pero cuando esa mujer, la señora Altmann, apareció asegurando ser la legítima dueña del retrato de Adele Bloch-Bauer...Sus firmes convicciones se tambalearon.
El comité rechazó su petición, y Austria, honesta, y también muy ingenuamente, pensó que con eso se acababa todo.
— Tendrá que desembolsar casi dos millones de dólares en las tasas para demandarme—se dijo—. No puede hacerlo. No se lo puede permitir.
Pero ella tuvo que buscarse a ese abogado, Schoenberg, e ir a llorarle a su nación, América...Y, de nuevo, América, a quien le gustaba verse en el papel de David contra cualquier Goliat que se le cruzara...Y, por tanto, Austria se encontró con una carta en su buzón que le avisaba de que había sido demandado.
Él, una nación, acababa de ser denunciado por una mortal.
2006
Lo había intentado todo. No había más que hacer...
— Tío, deberías tirar la toalla de una vez.
Austria frunció el ceño al oír ese 'tío', pero supuso que no podía esperar corrección de América. Después de todo, lo había notado, llevaba deportivas vestido de traje. Como si esto no fueran más que unas vacaciones en Europa...Un paseo por el parque...Estaba tan seguro de su victoria que no tenía necesidad de andarse con formalidades...
— Lo has intentado y has fracasado. Si no aceptas el arbitraje, acabarás en juicio, y allí las cosas se te pondrán muy feas.
Austria volvió los ojos hacia la mujer, Maria Altmann. Debía de tener unos ochenta años, pero se la veía muy firme, con mucho poderío. Estaba tan segura de su rectitud como América. Austria no encontró ningún rasgo que le recordara a su tío. Quizás no fuera más que una farsa. Un montaje...Quizás estuviera a tiempo de encontrar algo que tirara sus pretensiones por la borda...
— Se lo vuelvo a pedir, señor Austria, porque quiero que esto se resuelva de la forma menos cara, agotadora y humillante para ambos—le dijo ella.
Quería quitarle su tesoro...
Su mano derecha le hizo un gesto para que saliera del cuarto y hablaran en el pasillo, lejos de todas las miradas. Austria confiaba en él porque se conocía la ley como el Padrenuestro. Hasta él estaba muy serio y le miraba de aquella manera...
— Señor Austria, tienen razón. Ya ha oído lo que dijo el juez: América puede demandarlo aunque hubiera ocurrido antes de que se promulgara la Ley de Inmunidad de los Estados Extranjeros. La expropiación de la propiedad se contempla como una excepción a la regla, y se aplica de forma retroactiva...Usted prometió devolverlo todo, lo prometió...
— Pero Manfred, esa mujer...
— Esa mujer lo tiene todo a su favor. El testamento de Bloch-Bauer la nombra a ella y a sus difuntos hermanos como herederos. Usted mismo dijo que lo devolvería todo a sus legítimos dueños, todo lo que les quitó, todo el arte que pidió a cambio de...
— ¡Ella no puede mantener una obra de arte tan valiosa! ¡Es una ciudadana cualquiera, sin la menor idea sobre arte o dinero! No puede apreciar...
— Quizás sea cierto, pero sigue siendo el retrato de su tía. Es su herencia.
— La misma Adele dejó escrito en su testamento...
— No era vinculante. Su viudo no tenía ninguna intención de dárselo.
No podía...No quería...
— Por favor. ¿Sabe lo que pasará si vamos a juicio? Será terriblemente caro y largo batallar contra América. Convertirá su vida en un infierno. Y si su vida es un infierno, la nuestra también. Por favor. Acepte el arbitraje. Podemos pedir que la mitad de los miembros sean austríacos o que se lleve a cabo aquí mismo, si eso le hace sentir más cómodo. Vamos, señor Austria. Es sólo un cuadro...
Nadie lo comprendía...Nadie había vivido aquellos días, nadie sabía la tranquilidad de esos días, no vieron trabajar a Klimt, no conocieron la belleza real de Adele...
Pero terminó por imponerse su sentido práctico y aceptó la mediación. Tres de los miembros fueron austríacos, y se llevó a cabo en su casa.
Tras una larga negociación, Austria aceptó que la señora Altmann se llevara el cuadro con ella, y pagar los costes del litigio. América estaba encantado de haber derrotado a los nazis una vez más.
Austria tan sólo pidió una cosa: que le dejaran solo con Adele una última vez.
Para decirle adiós, a los viejos tiempos, a los destellos dorados, a los labios rosados de Adele, a la mano de Gustav sobre el lienzo...
Ya que estaba solo, se permitió una pequeña incorrección: se acercó a él y pasó con delicadeza un dedo por uno de sus círculos, como si estuviera acariciando la piel de una amada.
Al verlo irse se sintió igual que si le hubieran arrancado un brazo.
Saber que la señora Altmann lo subastó a Christie's casi de inmediato por 88 millones de dólares, para ayudarla a financiar el coste de su aventura, lo hizo mucho más doloroso. Aquella vieja idiota ni siquiera lo conservó como una reliquia familiar, nunca lo apreció como el tesoro que era...Seguramente acabaría en el yate de algún ricachón, o colgando de la pared del apartamento de lujo de algún yuppie...
Dinero...Siempre el dinero...Nadie pensaba nunca en Adele...La forma idealizada de Adele, inmortalizada por la mano de Gustav...No podían ver más allá del valor de su firma...
Había hecho lo imposible por tenerlo donde su gente, los turistas, los amantes del arte como él pudieran apreciarlo durante años, décadas, centurias...
Nadie lo sabía salvo él, y se lo habían quitado, dejando una marca en la pared y en su corazón...
FIN
La llamada "Dama de oro" puede verse actualmente, junto con otras obras de Klimt, en la Neue Galerie de Nueva York.
