Parte 2
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El lunes siguiente, Shiori se puso su armadura mental y fue a la oficina con la cabeza en alto. Absolutamente preparada para cualquier tipo de reprimenda.
Se sorprendió cuando él no trató de contactarla en todo el fin de semana y eso, para una personalidad tan chispita como la de su jefe, era de temer. Si él quería una venganza en frío, definitivamente debería estar preparada para una guerra sin cuartel.
Así que cuando Bakugo llegó ese día y no le hizo ningún tipo de mención en lo absoluto y sólo le pidió las mismas tonterías molestas de siempre antes de irse a patrullar, se sintió aún más inquieta.
Se preguntaba seriamente si no debería hacerse de una armadura de verdad.
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La semana transcurrió de manera normal, dentro de su habitualidad, claro está.
Lo único nuevo había sido que varios de los amigos de Bakugo habían pasado por la oficina mostrando un evidente interés en conocerla. Era obvio que habían estado en la fiesta 'llena de mujeres y diversión' que organizó. Eso la divirtió y consternó a partes iguales, pero siempre mantuvo una expresión amable y neutra en su rostro cuando ellos se presentaron. Los primeros en ir habían sido Eijiro Kirishina, un pelirrojo totalmente amigable —pelo de mierda, si recordaba sus apodos—, y nuevamente no entendía cómo estas agradables personas se juntaban con su jefe. Y Denki Kaminari —imitación de Pikachu—, un chico bromista y carismático que le cayó bien al instante.
Deku que, ahora sabía se llamaba Izuku, también había pasado esos días y le había llevado unos dulces. ¡Era tan tierno! Habían hablado largo y tendido aprovechando la ausencia de Bakugo y supo que el pecoso podría llegar a ser un gran amigo. Eran tan sencillo hablar con él.
También conoció a Sero, quién en principio parecía serio, pero resultó de lo más divertido porque contribuía a hacer comentarios que molestaban a su jefe, un gran aliado a considerar. Y por último conoció a Shoto Todoroki. A simple vista, parecía callado y retraído, sin embargo, en pocos minutos notó que era alguien sumamente cálido que, al no saber expresarse correctamente, prefería guardar silencio. Exactamente el opuesto a Bakugo, quien no se regía precisamente por la ley de 'Si no tienes nada bueno que decir, mejor no digas nada'.
Fue entonces que Shiori se replanteó el tipo de persona que era Bakugo en realidad. Es decir, el tipo era un héroe, se supone que salvaba gente, aunque eso podría atribuirlo a sed de fama o algo por el estilo y no sería raro ni tampoco algo malo. Pero el hecho de que estuviera rodeado de tantas personas buenas que encima lo querían —con el genio que se cargaba—, era algo bastante sólido a analizar.
El teléfono sonó, sacándola de sus pensamientos y atendió.
—Oficina de Bakugo, Shiori al habla.
—Hola —dijo la voz de una mujer del otro lado—. ¿Está Katsuki?
—No, lo siento. No se encuentra en este momento. ¿Quién le habla?
—Soy Mitsuki Bakugo, su madre.
—Oh.
—¿Podrías decirle por favor que me llame o me responda los mensajes? Hace días que no me habla. Sé de casualidad que está vivo porque no ha salido ninguna noticia que diga lo contrario.
La voz de la mujer se oía enojada, pero Shiori pudo percibir un minúsculo atisbo de angustia al final.
—Claro… le diré. Quédese tranquila, Bakugo-san.
—Shiori, no me digas así. Llámame Mitsuki. Izuku me habló de ti, dice que eres una buena persona. Seguramente un día de estos me pase para que tomemos un café.
Se quedó en silencio un momento, procesando todo. Era bastante avasallante.
—Por supuesto. Me encantaría… Mitsuki.
—¡Perfecto! Muchas gracias por escucharme, Shiori.
—No es nada… —la mujer ya había colgado.
De tal hijo, tal madre, supuso. Aunque el orden de los factores no fuera ese.
Y de nuevo, volvió a replantearse las cosas sobre Katsuki Bakugo. ¿Qué tipo de persona no le responde a su madre?
Si tan sólo supiera…
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Maldijo nuevamente su puta suerte. Había perdido el rastro del villano que estaba persiguiendo. Había estado trabajando con Izuku y Mirio para atrapar a ese tipo, pero era demasiado escurridizo. Cuando creía que estaban yendo por el camino correcto, llegaban a un callejón sin salida.
Eran casi las ocho de la noche del viernes y volvía a la agencia donde había dejado sus cosas para irse a su casa y seguir dándole vueltas al asunto. Probablemente, pasaría todo el fin de semana tratando de encontrarle alguna solución lógica. Ya no quedaba ni un alma en el lugar, pero se sorprendió de encontrar a su molestia cuando llegó a su oficina.
—¿Qué haces aquí?
—Te estaba esperando —replicó ella con una expresión seria que nunca le había visto.
Se le cruzó por la cabeza fugazmente si presentaría su renuncia. Aunque no era necesario que lo hiciera con él, su empleador, en definitiva, era el idiota de mezclilla. La idea ya no le resultó tan atractiva ni divertida como creyó en un principio.
—Podías haberme enviado un mensaje, no era necesario que te quedaras.
Resultaba un poco hipócrita de su parte siendo que solía llamarla a cualquier hora para cumplir sus malditos caprichos.
Detalles.
La vio ponerse de pie y rodear su escritorio para enfrentarlo.
—Llamó tu madre por la tarde. Dijo que hace días que no le respondes. Quería saber si estabas bien y que le contestaras. Sólo eso.
Dudaba que la vieja bruja hubiera utilizado esas palabras.
—¿Sólo eso? —cuestionó extrañado, frunciendo el ceño.
—Es importante.
Él se encogió de hombros y fue hacia su escritorio para guardar sus pertenencias. Ella seguía inmóvil en mitad de la oficina y él la pasó de largo para dirigirse a la puerta. Iba a voltearse para informarle que iba a llevarla a su casa, cuando sintió el firme agarre de unos dedos cálidos en su muñeca derecha.
—Llámala… por favor.
Los ojos rojos de Katsuki buscaron los violetas de ella. Por primera vez vio vulnerabilidad en ellos y una expresión que no le gustaba en su bonito rostro. Antes de que pudiera decirle algo, una terrible angustia invadió su estómago dejándolo sin aire. Una angustia nacida de la desesperación absoluta y del dolor de la perdida.
Ella debió darse cuenta de algo porque lo miró horrorizada y lo soltó como si quemara, alejándose varios pasos de él. Cuando perdieron el contacto, Katsuki pudo respirar nuevamente y las sensaciones angustiantes se fueron de su cuerpo como si no hubieran existido en primer lugar.
—Lo siento —musitó la chica con una voz entrecortada y salió rápidamente sin mirar atrás.
Con los ojos fijos en su muñeca, Katsuki tomó una respiración profunda pensando en qué mierda había sucedido hace tan sólo unos momentos.
Sintió la imperiosa necesidad de salir corriendo detrás de ella, pero algo le decía que era una muy mala idea. Estaba vulnerable en ese momento, incluso alguien tan obtuso como él pudo notarlo. Para una persona tan orgullosa como lo era Shiori Taisho, era la peor de las afrentas que la vieran de esa manera.
Con las manos hechas puño en los bolsillos de su abrigo y los dientes apretados, aguantó las ganas de mandar todo al carajo y salir corriendo de todos modos.
Ella se merecía ese respeto de su parte. Se lo había ganado.
Sonrió, burlándose de sí mismo, preguntándose cuándo mierda se había convertido en un puto pusilánime de ese calibre.
Realmente no quería saberlo.
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Esa noche llamó a su madre, olvidándose por completo de sus planes de seguir persiguiendo al villano.
Escuchó sus gritos, él gritó también. Su padre medió entre ambos. Finalmente quedó en visitarlos ese fin de semana y su madre prometió cocinar ramen picante.
Ese sábado antes del mediodía, estaba en su casa de la infancia, compartiendo la cocina con su madre. Si algo podían hacer juntos sin matarse, era cocinar porque se coordinaban a la perfección. Mientras él cortaba las verduras para el ramen, su madre doraba el cerdo con el picante en la sartén y resolvía la sopa de miso.
—Me alegra que Shiori siga trabajando para ti —le dijo su madre después de varios minutos de silencio.
Él no levantó la mirada de la tabla, pero respondió burlón:
—No sabía que eran tan íntimas como para que la llames por su nombre.
—Ayer hablé con ella por primera vez, fue muy amable. Pero sabía de su existencia porque Izuku vino hace poco y me contó algunas cosas.
'Ya que mi propio hijo ni siquiera me llama', Katsuki casi pudo escucharla en su mente. Pero por algún motivo, su madre no lo había dicho. Se estaba conteniendo y él debería esforzarse al mismo nivel para no quedarse atrás.
—Ese nerd no para de hablar nunca. Ni de meter su nariz en culos ajenos.
—¡Katsuki, la boca!
La miró elevando las cejas. Si había alguien que le había enseñado vocabulario de camionero, esa era su madre.
Mitsuki carraspeó.
—Debe haber sido difícil para Shiori quedarse sin padres tan joven y hacerse cargo de sus dos hermanos.
—¿Quién te dijo eso?
—¿No hablas con la gente que trabaja contigo, Katsuki? ¡Bah, qué pregunta la mía! —su madre suspiró—. Izuku habló con ella en la semana y salió el tema. Al parecer, los padres de Shiori murieron en un accidente cuando ella tenía apenas 18 años. Tiene dos hermanos menores. Así que no tuvo que ser nada fácil si lees entre líneas y piensas en la situación.
Katsuki miró el perfil pensativo de Mitsuki mientras removía la sopa. Ahora apenas podía comenzar a entender algunas cosas que habían pasado.
La verdad es que nunca se metía en los temas de nadie ni le interesaba saber demasiado de nadie, pero ahora con esta nueva información cayendo en su cabeza como una pesada losa, cae en la realidad de que sí le interesa y sí quiere saber más. Odia profundamente que su interés se haya despertado. No ahora, debe admitir, sino hace tiempo, pero lo venía conteniendo a pura fuerza de voluntad.
Poco a poco, esa fuerza de voluntad está cediendo ante la presión con la fuerza de un tsunami que representa a esa molestia que tiene por asistente. Lo detesta.
Katsuki siempre detestó todo aquello que no puede controlar.
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No sólo se quedó el sábado, sino que también se quedó todo el domingo en la casa de sus padres. No recordaba hace cuántos años que no hacía eso y un pequeñísimo aguijonazo de culpa le picó en el pecho.
Cuando va ese lunes a la agencia, lo primero que sus ojos buscan es a esa molesta mujer de naricilla pequeña y rostro de hada traviesa. Aborrece que su mente comience a darle otros apodos tan ñoños.
La encuentra como siempre en su oficina, sentada con una expresión estoica que le hace sonreír internamente. Entra impetuoso como de costumbre y le arroja un paquete en el escritorio.
—Te lo envía mi madre —es lo único que indica antes de sentarse en su escritorio y fingir meterse en sus asuntos.
Pero no se pierde ni un solo detalle de cuando una bonita y cálida sonrisa auténtica adorna los labios rosados de la molestia.
Odia que esa sonrisa haya hecho estragos en su bajo vientre y le hiciera doler el pecho de manera tan significativa.
Gruñe con molestia y se enfurece más cuando la escucha reír.
Si el tsunami sigue azotando así, sus paredes de voluntad se caerán por completo.
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Gruñe molesta al salir de un programa informativo que duró 5 malditas horas al que su jefe la obligó a ir. Había que aclarar que comenzó a las 7 de la mañana y estaba a casi hora y media de su casa. Más que un evento, era casi una secta donde adoraban a Dynamight y contaron su vida y obra hasta la actualidad, incluyendo casi el primer pañal que cagó.
Incluso le habían dado un pequeño diploma de honor por haber asistido a esa conferencia.
Ahora al fin sabía el maldito nombre de héroe de su jefe, y le pegaba perfectamente, aunque ella prefería seguir llamándolo Chispita en su mente.
Suponía que fue una venganza de Bakugo porque hace unos días cuando alguien comentó algo sobre Dynamight en la oficina y ella, inocente e incauta, preguntó frente a todos '¿Y ese quién es?', el aluvión de burlas y risas no se hizo esperar. Con la absoluta mala suerte de que su jefe había presenciado todo el asunto. Así que ahí estaba el que era su castigo, como si fuera una niña que había reprobado un examen.
Observó con hastío su bolso lleno de panfletos, fanarts y merchandising de la escultural figura de su jefe. ¿Por qué tenían que sexualizarlo todo? Casi no era necesario hacerlo. Si el rubio no fuera una bolsa de mal humor y gruñidos, podría apreciarse aún más lo ridículamente caliente que era. Obvio que abría la boca para decir pestes y ahí se iba todo el encanto. O no. Pensó que quizás él sería alguien bastante sucio en la cama.
Amonestándose a sí misma por tales pensamientos, se encaminó rápidamente de vuelta a la oficina. Estaba de mal humor, porque las veces que quiso cabecear y dormirse en el documental, las personas a su lado no la dejaban, indicándole que no podía perderse ni un segundo de la genialidad de ese Dios hecho hombre. Sus palabras, no las de Shiori.
Casi podía imaginar a Bakugo levantándose tranquilamente esa mañana y riéndose de ella al estar soportando ese suplicio. Claro que no se lo haría saber, así que una vez llegó a las puertas de la agencia, puso su mejor sonrisa y fue directo a la oficina de su jefe antes de que la fachada cayera.
Realmente no se esperaba encontrar con la escena que presenciaban sus ojos.
Su jefe estaba sentado encima de su enorme escritorio, mientras era —prácticamente arrinconado— por una rubia absolutamente despampanante, según los parámetros de atractivo de Shiori. La chica tenía unos pechos más que generosos que estaban apoyados sobre los pectorales de su jefe y le hablaba muy cerca de su rostro. Sus labios eran tan llenos y pomposos que parecían esponjosos. Hasta Shiori querría besarlos, pensó.
Ambos dirigieron sus miradas a ella, los ojos rojos y otro par de color del caramelo líquido. Con una expresión inescrutable, entró y les dijo:
—Sigan en lo suyo, hagan como que no estoy.
Se acomodó en su escritorio como si no pasara nada y prendió su computadora mientras revisaba los mensajes en su móvil.
Aparentemente, la chica siguió su consejo porque acercó más su cuerpo al del rubio, al que tenía arrinconado con un brazo a cada lado del borde del escritorio.
Shiori se pregunta por qué no la ha apartado cuando la mueca de su rostro es de desagrado. No le parece un hombre que tenga consideración por alguien sólo porque sea del sexo femenino.
—He dicho que no, labios de pez.
—Por favor, Katsu, sé mi pareja en la gala. Ambos nos veríamos glamorosos juntos.
—Me importa una mierda. No.
—Qué malo eres. ¿Y si luego te prometo una noche increíbl-…?
—Oh, jefe —interrumpió Shiori viendo una oportunidad de oro de una pequeña venganza frente a sus ojos. Señaló algo en su computadora—. Ha llegado el informe del médico por tu problema de disfunción eréctil.
Si no fuera por los sonidos normales de una oficina funcional que venían del exterior, el lugar habría quedado en el silencio más absoluto.
Dos pares de ojos se clavaron en ella que mantuvo su rostro inexpresivo como si hubiera hablado del clima y no de algo, supuestamente, confidencial.
Supuso que la incomodidad fue suficiente como para que la preciosa joven dijera una pobre excusa y saliera de la oficina despavorida.
Una vez solos, y con el brío que la caracterizaba, enfrentó la mirada de su jefe aún clavada en su persona. Esperaba furia y gritos, pero no había nada de eso, sino cruda diversión iluminándolos. Sus orbes escarlata brillaban tanto que necesitaría lentes de sol.
Estaba con su traje de héroe, con los brazos desnudos y las manos en los bolsillos en una pose más que relajada. Sus traicioneros ojos se clavaron en esos bíceps de ensueño.
Y la risa ronca de él le hizo saber que la había atrapado infraganti. Se estaba volviendo descuidada.
Maldito y sexy infeliz.
Bakugo caminó lentamente hacia la salida.
—Tengo unos asuntos con Izuku. Cuando regrese iremos a patrullar —la descolocó que le dijera lo que pensaba hacer, siempre se iba sin decir nada y luego la arrastraba con él de la misma forma. Aunque ella estaba lista porque había a comenzado a llevar siempre consigo, ropa deportiva para seguirle el ritmo—. Para cuando vuelva, quiero un informe detallado de todo lo que aprendiste hoy sobre el increíble Dynamight. Será como un examen, también te haré preguntas.
Shiori esperaba que él no hubiera escuchado el rechinar de sus dientes. Pero la risa burbujeante con la que se fue por el pasillo le hizo saber absolutamente lo contrario.
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Era viernes y a las seis de la tarde en punto, Shiori huyó despavorida. Había sido una semana demasiado pesada como para darle la oportunidad a Bakugo de seguir siendo un maldito.
Escuchó a su jefe llamarla. Si es que Molestia fuera su nombre, así que simplemente fingió demencia y corrió. Literalmente.
Afuera tronaba, sabía que en cualquier momento se largaría una tormenta. Pronosticaban todo un fin de semana de lluvia. Así que se apresuró en pasar por el supermercado para comprar todo lo necesario y no poner un pie fuera de su casa por dos días completos. Pensaba hibernar completamente. Tanto así que había dejado su teléfono estratégicamente olvidado en la oficina.
La lluvia la agarró a medio camino del súper a su casa. Había olvidado su paraguas, así que iba a mojarse de todos modos. Hacía frío, pero corrió las pocas cuadras que le faltaban para entrar en calor, estaba completamente empapada.
Se tiró de cabeza a la puerta de su hogar y casi lloró al sentir el aroma de la comida de su hermana. Ese día estuvo corriendo de un lado a otro por la ciudad con su jefe y ni siquiera había almorzado.
—Shion, llegué —le dijo a su hermana desde la entrada, comenzando a sacarse las prendas mojadas.
Estaban solas, su hermano volvería más tarde del trabajo, así que, para no mojar el suelo, iría en ropa interior hasta su habitación.
—Shiori, bienvenida. Sabes, te quería decir…
—Oh, si me mandaste algo por mensaje, dejé el móvil en la oficina antes de que el cretino de mi jefe me pidiera algo a última hora como que alimente a su pez globo imaginario o algo así. De paso, evito sus llamadas de madrugada.
—Shiori, escucha… no te desvistas.
—¿Qué? Pero no quiero mojar el p… —cuando al fin levantó la mirada, detuvo las manos que estaban desabrochando los botones de su camisa blanca. Su hermana la miraba entre alarmada y divertida, mientras que un par de ojos más que ella conocía perfectamente, y de los cuáles había huido, se clavaban en ella con desafiante interés. Sobre todo, en la porción de su pecho que había dejado desnuda y donde podía verse su brasier blanco de encaje.
Fue entonces que notó el par de zapatos adicionales en la entrada. Maldita sea.
Sin querer ser dramática sobre el asunto, se encogió de hombros y volvió a abotonar su camina con paciencia.
—Bakugo-san llegó hace unos minutos —informó su hermana—. Fue tan amable de traerte tu teléfono que dejaste olvidado. Lo invité a cenar, pero…
—Me quedo —interrumpió su jefe y cuando Shion lo observó confusa, añadió simplemente—. Recordé que lo que tenía que hacer, puedo aplazarlo.
Shiori miró a su hermana como si ésta le hubiera dicho que pensaba ahogar cachorritos en su bañera.
Traidora, pensó. Aunque sabía que lo de su hermana era simple educación. Los habían criado bien, sólo que sus padres no habían conocido a Katsuki Bakugo.
Y su maldita sonrisa maliciosa que le hacía doler el estómago.
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Mientras su molestia particular iba a tomar una ducha, Katsuki se quedó en la sala de los Taisho viendo una pared llena de portarretratos con fotos de muchos recuerdos. Vio uno donde un hombre de ojos violetas que debería ser el padre de la molestia, levantaba a una niña de cabello negro —que debía ser ella— junto con un trofeo. Los rostros de ambos son de felicidad absoluta. Mientras la niña miraba el brillante trofeo con una enorme sonrisa, el hombre miraba a su hija con una sonrisa de total adoración. Hasta él podía notarlo.
Había otras muchas fotografías iguales, con más miembros de la familia. Una de su tormento abrazando a un niño más pequeño que era una réplica suya, con el mismo color de cabello y los mismos ojos. Y luego otra donde ambos sostenían un pequeño bebé. Las más visible y grande de todas era una donde estaba toda la familia en un lugar lleno de verde, y veían muy sonrientes a la cámara. Suponía que sería una de las últimas fotografías con sus padres, ya que dos eran adolescentes, mientras que Shion Taisho era una niña.
Todos eran muy parecidos. Los dos primeros eran réplicas exactas con distinto sexo. Mientras que Shion también tenía cabello oscuro pero sus ojos eran mieles, como los de su madre.
—Adoro esa foto —señaló Shion, entregándole un refresco—. Es de la última vez que nos habíamos ido de vacaciones con nuestros padres. La elegimos los tres juntos y Shiori la enmarcó. Por un tiempo no habíamos colgado ninguna foto más, pero ella dijo que teníamos que seguir la tradición y estaba en lo cierto.
Katsuki observó las fotos más actuales. La mayoría eran de los hermanos de su molestia. Muchas en situaciones cotidianas, como cocinando, estudiando o tirados en el sofá de la sala. Sin embargo, sus ojos se posaron en una donde aparecía una Shiori con apenas un top y un pequeño short totalmente dormida como estrella de mar en medio de la sala. Deseó no haberse detenido tanto a recorrer con sus ojos las tornedas piernas y ese vientre suavemente marcado.
Cuando Shion notó la foto que estaba viendo, rió con ganas y le explicó:
—Esa fue del verano pasado. A Shoo, unos amigos de la universidad, le habían regalado unos pasteles. Ni él ni yo somos muy adictos a los dulces, así que prácticamente la única que comió fue Shiori. —volvió a reír—. Resulta que eran unos 'pasteles locos', así que fue muy divertido y agotador tener a una Shiori drogada por la casa. Corría de un lado a otro. Es muy ágil y rápida —él lo sabía perfectamente—, y quiso desnudarse para irse corriendo por la calle porque tenía mucho calor, decía. A duras penas Shoo logró frenarla. Así que después de gastar toda su energía bailando por toda la casa, cayó absolutamente rendida en medio de la sala. Esa foto es como un trofeo para mi hermano y para mí, a pesar de las quejas de Shiori.
Sonrió de medio lado. Casi podía imaginarla. Ya en estado natural era una chica dinamita, así que con sustancias en su cuerpo habría sido un espectáculo que ver.
—Shion, no estés contando mis vergüenzas.
Katsuki se dio la vuelta con una mano en los bolsillos de su pantalón y casi suelta el refresco que tenía en la otra mano al verla. Llevaba puesto un pullover peludo de color rosa chillón con un pantalón de peluche verde manzana, mientras que en sus pies calzaba unas pantuflas de garrita de color azules.
Carraspeó tratando de ocultar la risa.
—Hermana, es bastante irónico que me hables de vergüenza con esas pintas. Me sangran los ojos y, además, tu jefe esta en nuestra casa, por Dios.
—Estamos fuera del horario laboral —indicó la morena, encogiéndose de hombros—. Mi fin de semana de hibernación ha comenzado.
—He querido quemar esas ropas que usa de entre casa más de una vez —dice Shion dirigiéndose a Katsuki—. Pero sería capaz de retirarme el habla de por vida. Realmente no le importa que su nulo sentido de la moda atente contra mi salud.
Shiori bufó con una sonrisa, reclamándole que estaba siendo dramática, mientras la despeinaba juguetonamente.
Había algo atrayente en el hecho de que a su molestia particular le importara un rábano mostrarse ante él con sus peores pintas. Estaba acostumbrado a que, cada vez que iba a la casa de una mujer, éstas quisieran mostrar su mejor costado, el más provocador y atractivo. Era casi encantador que ella se mostrara ante él tan… auténtica y desastrosa.
Se preguntó si haría lo mismo si, en lugar de él, estuviera alguien que realmente le gustara.
Gruñó ante el pensamiento. Lo que hizo sobresaltar a la adolescente.
—Tranquila Shion, es algo normal en él. Ya se estaba tardando.
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Shoo Taisho llegó con una enorme sonrisa, a pesar del temporal, cuando estaban a mitad de la cena. Luego de cambiarse de ropa —un pijama más discreto que lo que llevaba su hermana mayor—, se presentó con él y se sentó con ellos para acompañarlos porque él ya había comido.
No le pasó desapercibida la mirada cómplice que compartieron las hermanas cuando vio que el chico mantenía esa sonrisa deslumbrante. Porque, a juzgar por la marca roja en su cuello, volvía más que feliz de una cita. El joven se centró a hablar con él sin desanimarse por sus escuetas respuestas. Casi le hizo acordar a Izuku por su entusiasmo al hablarle sobre héroes. El chico estaba estudiando Ingeniería Química, no quería ser un héroe como él, pero sí ayudar a su manera.
Cuando terminaron de cenar, Shoo se ofreció a lavar los platos y Shiori lo acompañó a la cocina, podía verla desde la sala, a través de la isla de la cocina, como abrazaba a su hermano por la espalda y daba unos alegres chillidos. Era un aspecto de ella que no conocía.
—Siento el alboroto —le dijo la adolescente con una suave sonrisa—. Shoo debe estar tan feliz porque ha salido con la chica de la que está enamorado, que Shiori sólo lo está exteriorizando. La particularidad de mi hermana es la empatía a través del tacto.
Katsuki recién caía en la cuenta de que nunca le había preguntado si ella tenía algún tipo de particularidad. Había asumido que no.
—¿Empatía? ¿En qué consiste?
Iba a aprovechar que la hermana menor de su molestia era una gran fuente de información.
—Ella puede compartir sus sentimientos a través del tacto y, sólo si la otra persona está abierta a ello, también puede recibir sentimientos del otro lado. Una especie de comunicación sin palabras. Yo tengo algo similar, sólo que en mi caso, es unilateral, ya que puedo hacer sentir bien a las personas si las toco. Es como una especie de efecto tranquilizador. Y Shoo puede saber los sentimientos de los demás tocándolos. Es un poco invasivo, si me lo preguntas. Pero él es bastante respetuoso y no suele usarlo arbitrariamente.
¿Por eso el chico le había tocado el hombro, casualmente, durante la cena?
Se tragó el gruñido de disgusto.
Ahora entendía un poco mejor algunas cosas sobre su asistente. Y eso explicaba el suceso aislado en su oficina cuando habló con su madre.
Poco después de eso, tomaron té y él decidió que era el momento para irse.
Una vez en la puerta, mientras se ponía su chaqueta, Shiori lo observaba con una ceja levantada.
—Está lloviendo mucho —indicó.
—Creo que soy consciente de eso —contestó burlón.
—Es peligroso que te vayas en moto.
—¿Qué pasa, molestia? Eso no es normal en ti. ¿Tanto te preocupo? Te recuerdo que hoy me llamaste cretino.
Shiori bufó.
—Me han enseñado a decir siempre la verdad. Además, si te pasa algo, me quedo sin trabajo, debo velar por tu seguridad —replicó jocosa y agregó—: Pero hablo en serio, lo mejor sería que te tomes un Uber.
Katsuki tomó su celular y llamó a un número. Al instante, comenzó a sonar el teléfono de su secretaria en los bolsillos de su pantalón verde. Cuando lo sacó, en la pantalla iluminada se podía leer 'Gruu'. Él levantó una ceja y preguntó:
—Sí sabes cómo me llamo, ¿no? Lo vi hoy luego de llamarte cuando saliste corriendo como alma que lleva el diablo.
—Qué fisgón —se quejó ella—. No tienes nada que reclamar. Me bautizaste 'Molestia'.
—Porque lo eres.
—No voy a comenzar un ping pong diciéndote que tú eres una molestia para que tú lo digas de nuevo y así. Estás advertido. Pero tú eres una molestia.
Katsuki rió entre dientes, guardando las manos en los bolsillos de su pantalón.
—Si cambias mi nombre en tu teléfono y lo dices para estar seguro de que te lo sabes demostrando que no eres tan tonta, puedo llegar a considerar tu molesta sugerencia de que me tome un uber.
—¿Estás chantajeándome usando como moneda de cambio tu propia seguridad? —preguntó entre divertida e incrédula—. Inaudito.
—Tú lo dijiste, me necesitas.
—Definitivamente no utilicé esas palabras.
—Estoy esperando.
—Esto es una tontería. ¿Es acaso este un juego de testosterona bizarro? ¿Qué, digo tu nombre y comenzarás a golpearte los pectorales como King Kong?
—Puedo dejar mi torso desnudo mientras lo hago. Si quieres —se mofó, sabiendo que la estaba molestando.
Era terca, obstinada y no quería dar el brazo a torcer. Realmente Katsuki suponía que le faltaban varios tornillos en la cabeza al considerar esas características como intrigantes y atrayentes. Aunque en este caso, no se trataba de una competencia de ningún tipo.
—Shiori, sólo tienes que decir mi nombre. No es nada del otro mundo.
—¿Qué clase de juego…? Oh. Oh… —el rubio pudo ver el momento exacto en que ella cayó en el detalle que él había pronunciado su nombre. Por primera vez desde que la conocía, un leve sonrojo cubrió sus mejillas. La escuchó maldecir. Se mordió la lengua para no reírse—. ¿Quieres dejar de ser un idiota y pedir un maldito Uber para largarte de mi casa de una vez por todas… Katsuki?
Odió el hecho de que sonara tan perfecto su jodido nombre saliendo de esos labios rosados.
Y más detestó la puta necesidad y el violento deseo que comenzó a arder en sus entrañas.
Realmente no quiso detenerse tanto en observar sus labios rosados. Porque cuando una sonrisa maliciosa los adornó y vio sus ojos divertidos, atrapándolo infraganti, quiso lanzarse a ella y explotarle el rostro como desde su adolescencia no le sucedía. Nadie que se atreviera a burlarse de él debería salir campante e ileso. Mucho menos con ese rostro al que conocía cada vez más y veía con gran detalle y nitidez. ¿Qué estaba pensando el maldito de mezclilla al contratar a una mujer tan atractiva?
Y era preocupante que pensara eso de ella mientras notaba que se cruzaba de brazos en ese enorme y espantoso sweater rosa y golpeaba impacientemente su pie enfundado en esas horribles pantuflas azules.
Sus padres tenían una empresa de moda, sabía perfectamente que toda ella era la bomba de Hiroshima para el glamour.
¿Qué diablos estaba mal con él?
Lo único que pudo hacer fue darle el gusto para irse cuanto antes a su casa y se maldijo a sí mismo cuando tuvo que hacer uso de uno de los muchos tarros de lubricante que tenía, cortesía de la misma molestia que ahora se presentaba en sus malditas fantasías.
Lo último que pensó al eyacular de manera patética e intensa sobre su vientre, emitiendo un ronco gemido, fue en un rostro sonrojado, adornado por unos ojos violetas hechiceros.
Al final, su necesidad de escuchar su nombre, sí tenía que ver con su masculinidad.
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Por supuesto que ese suceso donde su jefe que, evidentemente había sufrido una especie de embolia, había dicho su verdadero nombre, fue un hecho totalmente aislado y no se volvió a repetir.
Claramente el primer pedido extravagante para joderla que le hizo fue conseguir un pez globo para tenerlo de mascota en la oficina. Todo por lo que ella le había dicho a su hermana cuando creía haber llegado a salvo a su casa.
Conseguir un pez globo fue realmente una odisea. Obvio no son mascotas y para tenerlos, tuvo que investigar demasiado hasta que dio con un sujeto de dudosa reputación que se lo vendió. En realidad, Shiori compró los tres que estaban en una de las enormes peceras del lugar. Pagó un precio exorbitante por los peces y el acuario, afortunadamente, no era su dinero. Si alguien en la agencia hacía un control de gastos, Katsuki tendría mucho que explicar. Aunque ella dudaba de que le pidieran algún tipo de explicación a sus desvaríos.
Cuando recibió todo en la oficina, nadie se sorprendió porque más de una vez fueron testigos de las tareas extrañas que Katsuki le asignaba, así que era un día absolutamente normal y todos siguieron en sus asuntos.
Claro que cuando llegó con tres peces en vez de uno y su jefe la vio con una ceja levantada, ella se justificó, encogiéndose de hombros:
—Uno se iba a sentir demasiado solitario.
Por lo que, a partir de ese momento, All Might Jr. —sugerencia de Izuku—, Gruu —un capricho suyo ya que cambió el nombre de su jefe en su teléfono— y Panzón —porque Katsuki no quiso aportar un nombre adecuado y no se le ocurría otro—, ocuparon un rincón de la oficina con ellos.
Últimamente Katsuki estaba cada vez más irritable, enojado y gruñón que de costumbre. Lo que no era algo nuevo, pero se notaba la tensión en sus hombros y lo frustrado que parecía cuando lo miraba de reojo pasarse las manos por la nuca y despeinar aún más sus alborotados cabellos cenizos. Gruñía por lo bajo constantemente y se golpeaba la cabeza contra el escritorio como si se castigara a sí mismo. En principio, pensó que era por ese sujeto al que no podía atrapar, el villano que se les escurría de las manos, pero se dio cuenta de que no era eso.
Su irritación era especialmente con ella. Porque se había ensañado con sus pedidos cada vez más demandantes y constantes. La estaba castigando, concluyó.
No tenía idea de qué era lo que le había hecho… además de lo normal en su relación laboral de tira y afloje que llevaban. Así que tampoco se afligió cavilando demasiado. Como siempre pensaba, era problema de su jefe y que él resolviera su enojo de la mejor manera que le pareciera.
Varios de sus amigos se habían pasado por la oficina en esas semanas desde que los conocía y él los ahuyentaba con gritos y explosiones. Lo que era nuevo, porque no usaba su particularidad dentro de la oficina.
En su última visita, escuchó a Kirishima decirle: 'Estás más desquiciado de lo normal. Definitivamente necesitas una buena dosis de sexo, bro' y Katsuki lo había echado a patadas para luego acribillarla con sus furiosos ojos rojos como si la culpara a ella de las palabras de su amigo o de su celibato. Si es que lo tenía claro.
Había notado, con gran sorpresa, que a su jefe no le faltaría compañía femenina si se lo propusiera. A pesar de su actitud, las mujeres le llovían. Podía verlo cuando salían a patrullar, terminaba con mil papeles y tarjetas con números de teléfono que él desechaba en el primer cesto de basura que encontraba. Y era espectadora de primera fila cuando varias coquetas heroínas pasaban casualmente a saludar.
Cabezas de chorlito, pensaba con molestia. Aunque no era su asunto para nada. Él podría hacer con su bragueta y con su pene lo que quisiera.
Ni siquiera ella notó que había estado apretando sus puños con fuerza.
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Eran las 4:30 de la mañana cuando cruzó la puerta del ático de Katsuki. Hacía bastante que no le hacía pedidos en medio de la madrugada. La llamó y sólo le dijo 'Ven', con una voz monótona.
Bostezó mientras se dirigía a la habitación que era donde suponía que estaría.
No se esperó encontrarlo tirado en el suelo, casi por completo ensangrentado. Quedándose sin aire en los pulmones y con un nudo que se instaló en su estómago, lo primero que atinó fue a agarrar su teléfono para llamar a una ambulancia, cuando una mano agarró su tobillo.
—No… llames a n-nadie —lo escuchó mascullar.
Dejó su teléfono tirado y se precipitó sobre él, pensando en qué hacer. Temía levantarlo y empeorar alguna herida.
—¿Qué te pasó? ¿Cómo terminaste así? ¿Qué… qué hago?
Katsuki se incorporó lentamente y ella se aproximó para servirle de soporte hasta llegar a la cama. Él le gruñó, pero no estaba en posición de negarse.
Lo vio sacarse la parte de arriba de su traje de héroe hecha jirones, descubriendo en todo su dorso y espalda muchísimas heridas pequeñas que parecían haber sido hechas con navajas.
—Seguí al maldito villano pero se me escapó de nuevo como a un inútil. ¡Maldición! ¡Mierda! ¡Carajo!
—Tenemos que ir al hospital —señaló Shiori, no queriendo comentar nada sobre el villano, aunque solo mencionar ir al hospital le causó un escalofrío desagradable—. Tienes muchas heridas. Estás perdiendo sangre.
—Son muy molestas, pero superficiales. Nada preocupante. Tú podrás con ellas.
—Te recuerdo que te encontré inconsciente. Claramente es algo preocupante, Katsuki.
Él la miró intensamente por un momento, luego sonrió burlón.
—Pensé que dijiste que no te preocupabas por mí.
—Estoy hablando en serio. ¿Puedes centrarte al menos por dos segundos?
—En el baño hay un botiquín, ya sabes dónde está —indicó, zanjando el asunto.
Sin reprimir un suspiro de hastío y sabiendo que no lo convencería, Shiori fue en busca del maldito botiquín.
Cuando volvió, Katsuki se había desvestido y estaba ataviado sólo con unos bóxer negros, sentado sobre la cama. Pudo ver mejor que no sólo su parte superior estaba herida, sino todo él. Maldito testarudo. No pudo sentir ni siquiera vergüenza al verlo semidesnudo porque estaba más preocupada que otra cosa. Tragando saliva y sin mediar palabra, empapó un algodón en alcohol y comenzó a desinfectar las heridas lo más suavemente posible. Ya estaba lo suficientemente herido como para que ella le hiciera doler más, por muy tentador que fuera desquitarse con él. El aroma alimonado de él era más intenso que el olor de la sangre y ella lo agradeció.
Katsuki no se quejó, tampoco gruñó. Apenas se sobresaltaba un poco cuando limpiaba alguna herida que quizás era más profunda que las demás, pero no dijo nada y eso la sorprendía, porque era un momento ideal para incordiarla. Deslizó sus dedos suavemente por los abdominales bajos y él siseó entre dientes.
Levantó la mirada, notando que sus penetrantes ojos rojos ya estaban clavados en su rostro.
—Perdón, ¿te lastimé?
—No —fue su escueta respuesta.
Siguió limpiando su espalda, no queriendo dejar ningún corte sin desinfectar y vendar. Él volvió a estremecerse cuando sus dedos repasaron una herida en sus omóplatos y ella sopló suavemente para que no le ardiera tanto, lo que pareció ser infructuoso porque él se sobresaltó aún más.
Cuando volvió al frente para continuar por sus piernas, Katsuki tomó su muñeca en un agarre suave que la asombró al saber que él podía ser así de delicado.
—Creo que es mejor que tomemos un descanso —le dijo.
Shiori iba a protestar, dirigiendo su mirada a las heridas sangrantes de sus musculosas piernas cuando lo notó. Un enorme bulto en sus bóxer y un pequeño círculo de humedad que volvía la tela un poco más oscura.
Se quedó muda y sus ojos se encontraron con los de su jefe. El calor en su rostro le indicó que se había sonrojado completamente.
Los labios de él temblaron levemente antes de mostrarle una sonrisa arrogante.
—Soy un hombre saludable —se encogió de hombros—. Es normal que pase cuando te tocan.
Ella carraspeó. No era una mojigata, al contrario, se consideraba de mente totalmente abierta en lo que a sexo se trataba, sin embargo, la situación la había tomado totalmente por sorpresa porque su mente estaba solamente en las heridas. Más al ser Katsuki, su jefe, el protagonista. Si la situación fuera otra ella quizás…
Nada. Ella nada.
—Es sorprendente que aún quede sangre en tu cuerpo para eso —replicó para quitarle hierro a la situación—. ¿Necesitas solucionarlo? —cuando él se atragantó con su saliva y la miró con interrogación, ella sonrió—. ¿Qué? Tengo un hermano hombre, sabes.
—¿Te estás ofreciendo?
—¿Qué…? —se horrorizó—. ¡No! ¡No es lo que quise decir! Te decía por si querías solucionarlo tú. Sólo.
Katsuki lucía serio, aunque el brillo de sus ojos era divertido.
—¿Aquí?
—¡No! En el baño… o donde sea que yo no esté.
Aunque dudaba poder mantener la compostura para seguir curándolo, más si ella debía arrodillarse entre sus piernas, si él tomaba ese 'interludio', sabiendo lo que haría.
Con una especie de risa-gruñido, él agarró uno de los almohadones de su cama y lo puso entre sus piernas.
—Sólo necesito un momento para respirar. Aunque quisiera jalármela, creo que sería algo… complicado.
Era un bruto, pero a ella no la espantaban las palabras soeces. Que llevara meses como su secretaria era plena muestra de ello.
Con su torso limpio de sangre, podía ver que él había recuperado el color en el rostro. Ya no se veía tan mal. De hecho, que haya tenido una erección estando herido, era muestra de salud. Aunque Shiori siguiera un poco preocupada.
—Iré a preparar café. Respira en lo que vuelvo. Y trata de no morir mientras tanto, por favor.
Esa vez, pudo tomar su café dulce como le gustaba.
Milagrosamente había un paquete de azúcar sin abrir en la alacena.
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Shiori obligó a Katsuki a guardar, al menos, dos días de reposo luego de eso.
—¿En serio estás chantajeándome con decirle al idiota de mezclilla lo que pasó si no me quedo en mi casa?
—Afortunadamente tus dotes de deducción siguen intactos. Lo bueno de esto es que hará que tengas más cuidado con tu seguridad en el futuro.
—¡No me jodas, eso no fue ni una puta mierda! ¡No necesito hacer ningún puto reposo!
—Redactaré el informe para Recursos Humanos sobre que tienes un resfriado.
—¿¡Un maldito resfriado!? ¡No me jodas!
—¿Prefieres que ponga que te metiste en una orgía y no puedes sentarte?
—¡Fuera de aquí!
Ciertamente no se tomó bien su sugerencia de descansar. Sobre todo, porque cuando iba a llevarle el almuerzo lo único que hacía era gruñirle enajenado como un perro rabioso. El único momento en el que permanecía en silencio era cuando ella limpiaba sus heridas —que cicatrizaban a una velocidad increíble—, y lo sentía casi ronronear como un gato. Se parecía a uno, por lo arisco que era a veces.
Una incomodidad nació en ella durante esos días. Sin la preocupación ocupando su mente como una bruma, tocar el cuerpo de Katsuki era… inquietante. Tenía varias cicatrices que le daban un toque rudo y atrayente, pero su piel era tan suave y tersa que le provocaba un vacío en la boca del estómago al pensar cómo se sentiría esa carne en contacto con sus labios y su lengua. No le avergonzaba admitir que sí había fantaseado con esos pectorales y abdominales que deberían ser ilegales. Pero lo atribuía a que llevaba demasiado tiempo sin sexo y era —como le había dicho antes su jefe— una mujer saludable.
Además, percatarse de que él tenía el suficiente brío masculino por el pote de lubricante —sabor frutilla— que siempre estaba en su mesita de noche, no ayudaba a calmar su inquieta imaginación.
Por supuesto que en esos días no se salvó de sus pedidos. Pero, de todos modos, sintió que fue una batalla ganada.
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—¡Maldita sea! ¡Ten más cuidado!
Shiori miró a su jefe con reproche mientras vendaba su mano. Tuvo lesiones mucho más graves que esa y no había emitido ni un sonido de dolor.
—Ya te pedí disculpas.
—Lo único que haces es darme más y más problemas. Eres una gran, gran, gigantesca molestia.
Ese día, cuando había llegado a la oficina, vio que los peces globo estaban en una especie de trifulca. Le gritó a su jefe para que los separara porque sino iban a lastimarse y cuando él lo hizo, lo consideraron una amenaza, inflándose y clavándole espinas en la mano.
—¿Quién mierda en su sano juicio deja a una hembra entre dos machos? ¡Era obvio que habría problemas! ¡Las mujeres, sean de la especie que sean, siempre dan problemas!
—¿Cómo iba a saber que Panzón era en realidad Panzona? ¡Ni tú lo notaste! ¡Además son tus mascotas, tú los pediste!
—¡Todo es tu culpa!
—¡Pudiste haberte negado!
—¡Estabas gritando como si se acabara el mundo!
—¡Estaba asustada, no quería que se lastimaran!
Ambos se miraron con enojo. Demasiado cerca para su propio bien. Katsuki chistó y apartó el rostro.
—Molestia.
—Cretino.
—Grano en el culo.
—Gruñón.
—Bruja hechicera.
—Ogro.
—Hola chicos, ¿interrumpo? —Izuku apenas asomó la cabeza por la puerta, rascándose la nuca apenado—. Golpeé, pero creo que no escucharon.
Estaban demasiado ocupados gritándose.
Katsuki gruñó.
—Lo siento. Pasa, Izuku. Bienvenido —le dijo Shiori con una sonrisa.
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Las carcajadas de Izuku eran un poco contagiosas y ella no pudo evitar reír también al analizar lo ridículo de la situación ahora en frío.
Aprovecharon a charlar un poco mientras Katsuki iba a una reunión con Best Jeanist, así que Shiori le contó el motivo por el que estaban peleando cuando llegó.
—Así que —rió nuevamente agarrando su estómago—, All Might Jr y Gruu se estaban peleando por Panzón que en realidad ahora es Panzona.
—Al parecer querían aparearse y se retaron a duelo. O eso supongo. El asunto es que Katsuki me culpa. Yo se lo pedí, sí, pero él estaba bajo sus propias facultades mentales cuando metió la mano.
—Kacchan es así. Puede enojarse y gritar mucho, pero si le pides ayuda es el primero que te extenderá una mano, literalmente en este caso, aunque diga que no —dijo el pecoso con una cálida sonrisa—. Lo suyo no son las palabras, así que suele compensarlo con acciones. A pesar de que, muchas veces, ni él mismo es completamente consciente ello.
Shiori pensó en varios detalles de los que venía percatándose. El azúcar en la casa de su jefe, a pesar de que él no lo consumía; las veces que pedía almuerzos que no se comía, sabiendo que a ella no le gustaba desperdiciar comida y terminaba comiéndoselos. Cuando, casualmente, olvidó su café en su escritorio. No era el americano que siempre pedía, sino un Latte de vainilla, su favorito. Vio esos detalles, aunque hasta ese entonces, no le había dado demasiada importancia porque los consideraba casualidades.
—Sé que él no es tan malo. Pude notarlo en este tiempo —replicó—. Pero sigue siendo desesperante la mayoría de las veces. Sin embargo, entiendo… por qué la gente lo admira tanto.
Decirlo en voz alta la hizo sonrojar.
Izuku puso una mano en su hombro y le dio un leve apretón. A ella llegaron sensaciones de calidez y comprensión. Así que le transmitió su agradecimiento a través de su tacto. Pecas estaba al tanto de su don y solía hacer que lo utilizara con él de ese modo.
—Me alegra que te tenga a ti. Eres un gran complemento para Kacchan.
—Sólo hace falta que él lo sepa.
Ambos sonrieron.
—¿¡Por qué mierda sigues aquí, Izuku!? ¿No tienes trabajo que hacer? —su jefe dirigió sus furiosos ojos a ella—. ¿Y tú? ¡No te pagan para que estés aquí haciéndole sonrisitas a este idiota!
Izuku no tardó en encaminarse a la puerta luego de despedirse.
—¡Adiós, Pecas! —saludó alegremente Shiori.
El ceño fruncido de Katsuki y sus gruñidos fueron una constante durante todo el día.
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Con gran pesar, All Might Jr., Gruu y Panzona tuvieron que irse. Sus padres adoptivos —ella y Katsuki—, coincidieron en que estarían mejor cuidados en un buen acuario. Así que Shiori se dio a la tarea de buscar uno que los albergara con cariño.
La verdad es que su jefe no se veía muy afectado por el asunto, pero todos sus amigos asistieron ese día a la oficina para despedir al trío que los acompañó en esas semanas. Se dio cuenta de que no hacía falta un motivo de peso para que todos se pasaran con comida e hicieran esas celebraciones express.
Cuando Izuku contó lo sucedido a la mano vendada del rubio y todos estallaron en carcajadas, fue el momento en el que la situación se descontroló un poco.
Shiori rió a carcajadas viendo a su jefe casi echando fuego como un dragón y queriendo echarlos a todos. Hasta que se dio cuenta de que todo había quedado en silencio porque él la miraba con sus intensos y brillantes ojos rojos con una expresión indescifrable, muy quieto y con la mano en el rostro de Kirishima.
Cuando Kaminari, que estaba al lado de Katsuki, le hizo un comentario cerca de su oído con una sonrisa maliciosa, su rostro se tornó absolutamente rojo —de furia, supuso ella—. Fue entonces que todo se volvió un caos absoluto.
Por supuesto que las apuestas seguían siendo moneda corriente en el día a día en esa Agencia que tenía ojos en todos lados. Ahora más que nunca.
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El teléfono sonó y Shiori atendió como siempre.
—Oficina de Bakugo. ¿En qué puedo ayudarle? —escuchó lo que le decían del otro lado—. Oh, Mitsuki, hola, Sí, todo muy bien, gracias por preguntar. ¿Y tú? ¡Qué bueno, me alegro tanto!
Katsuki siguió mirando su celular, pero estaba atento a la conversación. No entendía por qué su madre llamaba a la oficina si últimamente siempre contestaba sus mensajes y le atendía.
—Sí, por supuesto que puedes llamarme al móvil, no tengo ningún problema —seguía hablando su asistente y luego rió—. Realmente voy a hacer lo posible. Lo veo difícil. Sí, por supuesto. La esperanza es lo último que se pierde. ¡Oh, claro! Que te vaya bien, Mitsuki. Saluda a Masaru de mi parte por favor. Adiós.
Shiori cortó la llamada y siguió en lo suyo. Katsuki carraspeó para llamar su atención.
—¿Y bien? —preguntó con una ceja alzada.
—¿Qué cosa? —cuestionó ella.
—¿Qué quería la bruja? ¿Por qué no me la pasaste?
—No sabía que querías hablar con ella. Llamó para hablar conmigo.
—¿Qué? ¿Contigo? ¿Desde cuándo hablas con mi madre?
—Hablamos todas las semanas, siempre me llama. ¿Te molesta? Aunque igual tu madre dijo que si te molestaba, le importaba un rábano —comentó, encogiéndose de hombros.
Seguro que su madre habría dicho una mierda como esa.
—Da igual. ¿Te dio un mensaje para mí?
—Mmm, sí, algo así, pero no creo que te guste mucho.
—Supongo que sobreviviré.
—Que conste que tú lo pediste —advirtió Shiori mirándolo con diversión—. Dijo que dejaras de ser un idiota, que ella no se hace más joven y que quiere unos nietos con mis ojos.
Oh.
Oh.
Oh.
Definitivamente la que no sobreviviría sería esa vieja bruja.
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—¿Te sumas, Shiori? Una salida sólo de chicas —le dijo Minato, apoyando las manos en su escritorio.
—Sí, me encantaría. ¿A dónde iremos?
—Pues... —una sonrisa depredadora se dibujó en sus labios pintados de rojo—, a un exclusivo club nocturno. Un sólo para mujeres.
—Oh, ¿en serio? ¿Un club de strippers? —cuestionó Shiori recargando su rostro en una mano con el codo en su escritorio.
—¿Ah? ¡Shiori, no lo digas como si no fuera la gran cosa! Se supone que tendrías que sentirte un poco escandalizada y emocionada.
—Me siento emocionada de ir con ustedes, pero lo otro no me interesa demasiado. Sólo son hombres desnudos.
—Lárgate, extra —ordenó con un gruñido Katsuki, entrando en la oficina.
Shiori suspiró ante sus tediosas formas.
Minato dió un respingo y salió por la puerta, volvió a asomar la cabeza.
—Te veo a eso de las 9 allá, te mando la dirección por mensaje.
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Por supuesto que nada podía ser fácil para ella.
—Quédate quieta, Shiori, estoy tratando de terminar de maquillarte —regañó su hermana.
—Es mi teléfono —cuando lo alcanzó, maldijo por lo bajo—. Es Katsuki. ¿Sí?
—En 10 minutos paso a buscarte.
Y colgó.
El maldito colgó.
—¿Qué te dijo?
—Que en unos minutos pasa a buscarme. Pude haber estado en pijama. ¡Es viernes a las 8:30 de la noche!
Pero claro, él había entrado cuando ella estaba hablando con Minato. El muy cretino sabía que tenía planes.
—¿Qué vas a hacer? ¿Vas con tus compañeras de trabajo o a la cita con tu jefe?
—No lo digas así, no es una cita. Y no es como si tuviera alguna opción. Voy a enviarle un mensaje a Minato.
—¿Vas a ir con Bakugo-san así, entonces?
Tenía puesta una ajustada pollera de cuero negro con un pequeño tajo en el muslo y un top turquesa que resaltaba sus ojos, según su hermana.
—Sí, sólo que me pondré unos tenis en vez de zapatos. Quién sabe lo que tenga en mente.
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Cuando pusieron un plato de curry extra picante delante de ella, es cuando Shiori cayó en lo que sucedía.
—¿Sólo vamos a comer?
—Hace tiempo que quiero venir a conocer este lugar —fue la escueta respuesta de su jefe, mientras comenzaba a comer.
Shiori quiso decirle que pudo haber ido con alguno de sus amigos o cualquiera de sus fanáticas que estarían más que halagadas de ir con él. Pero se mordió la lengua y se dispuso a comer también.
—No sé si lo tuyo es abuso de autoridad o simplemente nadie te soporta como para acompañarte. Lo que, de todos modos, se reduce en abuso de autoridad al tenerme secuestrada.
—No te veo demasiado afligida —señaló Katsuki, elevando una ceja.
—Solamente porque hay comida de por medio y es un gran anesteciante para mi molestia.
Él sonrió de medio lado, socarrón.
—Tienes tolerancia al picante. Si trajera aquí a cualquiera de los extras, ya estarían lloriqueando como niñas.
Llevando una mano a su pecho, Shiori lo miró fingiendo ojos llorosos.
—¿Eso que has dicho fue un cumplido? Dios mío, vamos corriendo a que te vea un médico.
—Ya cállate, molestia.
Sin embargo, a pesar de su tono hosco, no dejó de sonreír.
—Me gusta la comida picante —dijo ella.
—Es mi especialidad.
—Vaya, con ese tipo de declaración me dan ganas de probar tu comida. Cuando vi tu cocina jamás pensé que le darías uso.
—Sería estúpido tener una cocina así y no utilizarla. La mandé a construir especialmente a mi gusto —él tomó una copa y la señaló—. Haré que pruebes mi comida para que veas que soy el mejor… en todo.
Ella se estremeció por dentro ante el tono ronco con el que dijo esas últimas palabras. Se concentró en la comida, pensando en qué decir a continuación.
—¿El baño también lo pediste según tus gustos? Se ve increíble, aunque no entiendo la función de todos los comandos que tiene.
—Es estimulante.
—Ohhh. Ya entiendo. Por eso es tan grande, para que entren dos o más personas en la parte de la ducha.
Katsuki, que estaba bebiendo un sorbo de líquido, comenzó a toser.
—¿En qué diablos estás pensando, molestia? Tienes una mente un poco perversa.
—Tú dijiste que era estimulante…
—¡Porque es un baño para masajes!
—Oh.
—Sí. Oh.
—Igualmente entran varias personas. Eso tienes que admitirlo.
—¿Crees que me la paso invitando gente a mi departamento para eso, idiota? Muy pocas personas saben dónde vivo. Los idiotas, mis padres y tú.
Shiori lo miró incrédula, recordando la vez dónde él le pidió organizarle una fiesta de hombres llena de mujeres. Supuso que él pensó lo mismo porque un leve sonrojo coloreó sus mejillas y apartó la mirada.
—Eso lo hice para fastidiarte —confesó.
Ella ya lo suponía, pero confirmarlo era un gran alivio. Y no supo por qué.
—¿Qué hiciste con las muñecas? —preguntó, en cambio, divertida.
Los ojos rojos brillaron en el recuerdo y sonrió mientras comía.
—Los idiotas se llevaron una cada uno de souvenir. Menos Izuku y el cuatro ojos. Me sorprendió del bastardo Mitad y Mitad, pero igualmente se llevó una. Y al resto las quemé y tiré.
—Ufff, habría querido una para regalarle a mi hermano en su próximo cumpleaños. Hubiera sido divertido.
—Puedo ocuparme de eso.
Compartieron una mirada cómplice nacida de la maldad. En eso se complementaban bastante bien.
—Quiero postre después de esto.
Katsuki levantó una ceja.
—Aún no has terminado de comer. ¿Cómo puedes saber si te quedará espacio para algo más? La comida aquí siempre es abundante.
¿No que era la primera vez que iba? Se preguntó ella.
—Siempre hay lugar para el postre. Si tengo que soportarte, necesito una dosis extra de azúcar.
—Molestia glotona.
—Y diversión. Vamos a ir a la feria que vimos de camino. Había juegos.
—¿No te parece que estas exigiendo demasiado?
Ella lo recorrió con la mirada lentamente, pasando de su pecho, enfundado en una ajustada camisa borgoña con los primeros tres botones desabrochados que dejaba a la vista su clavícula y el inicio de sus pectorales, a sus anchos hombros; el cuello grueso, donde era visible su sexy nuez de Adán, la boca llena y con una mueca arrogante, su nariz pequeña y recta, hasta llegar a sus ojos rojos encendidos.
Shiori tomó su copa y escondió una sonrisa en ella, mientras tomaba un sorbo.
—Puedo darte ventaja en algunos juegos si temes a que te gane, jefe.
Él la miró tan ofendido que llevó gran parte de su fuerza de voluntad no reírse allí mismo. Shiori tenía una expresión solemne.
—Te patearé el culo, molestia. Tanto, tan duro y fuerte que no podrás sentarte en una semana.
Shiori debió recordarse que estaban hablando simplemente de unos juegos porque su mente se estaba desviando por otros lados que eran, como mínimo, peligrosos.
Que Katsuki se viera tan malditamente comestible en camisa y pantalones negros no ayudaba en lo más mínimo a su calenturienta imaginación.
Ella ganó la mayoría de los juegos que tenían que ver de puntería y su jefe los de estrategia, lógica y fuerza. Lo dejaron, a regañadientes, como una especie de empate.
Sin embargo, en esa ocasión, a Shiori no le pasó desapercibido que Katsuki le comprara todos los dulces que eran sus favoritos. Decía que se le antojaban cuando ella sabía perfectamente que prefería lamer una pared a comer dulces.
Cuando esa madrugada, más tarde de lo que imaginó, él la dejó en su casa, no sabía que estaba sonriendo como una tonta hasta que vio su reflejo en el espejo de su habitación.
Definitivamente ella no podría caer en el cliché de enamorarse de su jefe.
Odiaba los malditos cliché.
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Estaba de mal humor, algo inusual en ella, pero que solía suceder durante aproximadamente cuatro días cada mes desde que tenía el período. El segundo día era el peor y era ese el que estaba transitando.
Esos días, para sorpresa de todos, los gruñidos en vez de venir de parte de su jefe, salían de ella, así que solían dejarla sola en su miseria.
Afortunadamente —luego del que probablemente había sido su tercer gruñido—, Katsuki decidió que se reuniría con Izuku en la oficina de Lemillion; por lo que estaba sola, tecleando furiosamente, mientras se atiborraba de comida basura, como la llamaba su jefe.
A su mal humor, se le sumaban esos confusos sentimientos que, en esos días por demás hormonales, eran todavía más ambiguos y enmarañados. Así que la combinación resultaba algo letal para su entorno.
Después de unas horas, Katsuki apareció por la oficina. Entró sólo para dirigirse a su mochila, agarrar algo y volver a irse. Dejando —casualmente— olvidadas sobre el escritorio de Shiori, unas galletas rellenas de chocolate. Sus favoritas.
Era el tercer mes consecutivo que su jefe era un descuidado olvidadizo.
A pesar de su fastidio general con la vida misma, no pudo evitar sonreír.
Maldito bastardo, se lo ponía cada vez más difícil.
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Izuku estaba esperándolo en la puerta de la agencia cuando Katsuki salió. Iban a patrullar juntos como en sus inicios, hasta que Kacchan le dijo que tenía algo que hacer primero en su oficina, así que decidió acompañarlo. Había querido saludar a Shio-chan, pero el rubio le dijo que no era para nada un buen momento y que debería agradecérselo. Todavía estaba tratando de entender lo que le quiso decir su amigo.
—¿Qué tenías hacer, Kacchan? No tardaste nada —observó, caminando a su lado.
—Nada especial, sólo alimentar a la molesta bestia.
—¿Eh?
—Tú deberías entenderlo más que yo, nerd. Tienes novia.
—¿Qué quieres de-…? Oh. ¡Oh! Vaya…
—Eres lento… ¡Pero qué mierda! ¿Por qué diablos lloras ahora, nerd?
—Arriesgaste tu vida dejándome afuera. ¡Realmente eres increíble, Kacchan! Gracias por preocuparte por mí.
—¡No te pongas pegajoso conmigo, estúpido nerd! ¡Que me llenas de mocos, carajo! —lo empujó para seguir de largo, despotricando que estaba rodeado de inútiles, llorosos y molestias.
Izuku se secó las lágrimas con una sonrisa, pensando en que Shio-chan estaba ablandando un poco a su amigo de la infancia. En otro momento, Kacchan le habría explotado la cara por manchar su traje.
Como mínimo.
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Ese día estaba despejado y soleado. Había salido a patrullar con Katsuki cuando estalló el escándalo.
En los últimos patrullajes a los que lo había acompañado, su jefe ya no la dejaba tirada y se iba por arriba de los edificios, sino que caminaba tranquilamente a su lado. Por eso, en ese momento, se volteó a ella y le gritó que volviera a la agencia de manera urgente.
Ella iba a obedecerlo hasta que vio que, en el medio del alboroto con la gente corriendo por todos lados, un niño de unos seis años quedaba atrás en el piso. Se arrojó con rapidez para evitar que lo pisaran y lo tomó en brazos para salir corriendo. Los desagües de las esquinas comenzaron a saltar, lanzando agua por todos lados.
Un estruendo a su lado hizo llorar al niño en sus brazos y vio que Katsuki era lanzado violentamente contra el edificio de su derecha.
—¡Katsuki!
—¡Te dije que te fueras! —bramó él, saliendo de entre los escombros como si nada—. Maldita sea, vete rápido.
Le dedicó una última mirada y corrió rápidamente, lejos de la pelea. Algo le decía que sería un problema, así que a unas cuadras de distancia dejó al pequeño con unas personas que se refugiaban en una tienda de antigüedades, prometiéndole que regresaría y volvió hacia donde había estado Katsuki. Envió rápidamente su ubicación a Izuku y a los amigos de su jefe que tenía agendados, que es algo que siempre le dijeron que hiciera ante una emergencia y se ocultó detrás de unos escombros cuando llegó al lugar de la pelea.
Vio a Katsuki inmóvil delante del villano, mientras este le lanzaba ataques de cuchillas de agua que perforaban su piel. ¿Sería ese el villano que había estado enfrentando las últimas veces?
—¿Acaso no sabías que el cuerpo está compuesto 70% por agua? Mal, muy mal, mi querido héroe —escuchó que el villano le decía a su jefe y abrió los ojos con sorpresa. ¿Por eso su jefe no podía moverse? Estaba manipulando el agua de su cuerpo…
Apretó los puños y razonando con rapidez, decidió que debería distraerlo para crearle una brecha a su jefe. Ella no era una heroína, pero era fuerte y ágil así que, en una maniobra arriesgada, tomó un escombro que arrojó con fuerza a la cabeza del sujeto.
—¡Ahora, Katsuki!
El villano se distrajo más por la sorpresa de verla que por el golpe que recibió, lo que le dio al chico explosivo el tiempo suficiente para reducirlo con una potente explosión. Dagas de agua volaron para todos lados, pero fue un ataque inútil porque el sujeto estaba contra el suelo sin poder moverse.
Shiori vio a lo lejos que Izuku se acercaba a gran velocidad, pero, por algún motivo, su visión se estaba volviendo borrosa. Sintió humedad en su cadera y supuso que debería cambiarse la ropa luego porque estaría completamente empapada. Nunca esperó que, al levantar la mano, estuviera cubierta de sangre. Su sangre.
Mientras su mirada se tornaba oscura, escuchó a Katsuki gritar su nombre una y otra vez.
Hasta que ya no lo oyó más.
