Segundo acto: Los encuentros y las extrañas formas que toma el destino.
Con dieciocho cumplidos, Kinomoto Amamiya No Hoshinomegami Sakura y su prima Daidoji Amamiya No Tsukuyomi Tomoyo fueron las candidatas de Nihon. Ambas jóvenes y hermosas, además de hechiceras poderosas. Las familias de ambas lloraron la decisión de que Sakura se volviera la consorte del Emperador Usurpador que llegaría a Edo en los próximos días. De acuerdo al protocolo de Schmidt, la candidata debía presentarse a él y luego pasar unos días de preparación antes de convertirse en su concubina, debía ser bella, inteligente y graciosa, y para no perder la costumbre, virgen.
Sakura vio a sus padres y a todo su linaje postrarse hasta poner el rostro en el piso ante ella, disculpándose por el destino y la misión que tenía enfrente. Una misión alimentada en secreto por hombres y mujeres venidos desde cada nación conquistada, refugiados y personas que lo habían perdido todo, aquellos que ansiaban terminar con el demoniaco gobernante. Un complot que debería terminar de una buena vez con el reinado del autoproclamado emperador del mundo.
Sakura se preparaba esa noche para tomar las cosas que llevaría al Castillo Chiyoda, lugar donde, según se decía, el emperador Schmidt pretendía instaurar la sede definitiva del gobierno.
—¿Qué pasará si fracasas? —preguntó Tomoyo, mientras ayudaba a su prima a empacar.
—Tengo un shoto conmigo. Acabaré con mi vida y eso librará a los Amamiya de mi vergüenza, de todos modos, hay caballos siempre listos y barcos preparados para ustedes si es que tienen que escapar.
—No pienses así, tienes tu magia y…
—Schmidt es un hechicero también, y tomando en cuenta que ya conquistó tres continentes, no creo que sea un rumor que es muy poderoso.
Tomoyo, incapaz de suprimir su dolor, se abrazó de ella.
—No debes tener miedo, Tomoyo. Esa es la fuerza de Schmidt —susurró una tercera voz desde las sombras.
Las dos se giraron hacia aquella natural obscuridad. Una joven, la tercera en crecer con ellas, se había colado a la habitación por métodos que las dos hechiceras no comprendían. A diferencia de ellas, educadas en el camino de la magia, Amaya se convirtió en kunoichi, y servía a la familia desde la obscuridad y en secreto. La invitaron al abrazo, y ella aceptó, conmovida. Por algunos minutos, las tres lloraron en aquella extraña melancolía.
—Yo te estaré protegiendo todo el tiempo, Sakura. He escuchado rumores desde el exterior de que los terratenientes de Schmidt... "auditan" a las concubinas antes de presentárselas. Y eso me lleva a una pregunta importante.
—¿Y cuál es? —Preguntó Sakura con inocencia.
—Ay... ¿cómo lo digo sin que suene mal?
—Sólo pregúntalo, Amaya.
—De acuerdo... ¿eres virgen?
—¿QUÉ? ¡P-POR SUPUESTO QUE LO SOY...!
—Discúlpame, tenía que preguntarte... es importante para la misión.
—¿Y qué te hace pensar que no lo sería?
—Bueno... tantos años con Xiao-Lang y todo eso…
—¡Él nunca...! ¡Él es un caballero!
—Se la pasaban horas perdidos en los tejados y los prados, ¿qué querías que pensara?, ¿me vas a decir que nunca se besaron?
—Bueno... eso sí... pero…
—¿Y nunca se tocaron?
—Ta... tal vez en alguna ocasión, pero... ¿POR QUÉ DEMONIOS TE ESTOY CONTANDO ESTO? —Exclamó la jovencita cubriéndose el torso con los brazos, tapando una imaginaria desnudez y haciendo reír a las otras dos.
—De acuerdo... entonces está decidido. Siempre estaré a una distancia prudente de ti, ya he sido contratada como mucama en el palacio, seré tu contacto con el exterior... y no dudes en avisarme si uno de estos terratenientes intenta pasarse de la raya contigo.
—No creo que sea buena idea que te ensucies las manos matando a alguien, Amaya. —Previno Sakura, un poco asustada.
—Oh, descuida, no mataré a nadie.
—Gracias.
—Sólo le cortaré el pe... —Amaya infló las mejillas, poniéndose colorada, se aclaró la voz e intentó por segunda vez—, sólo le cortaré el pe... —un sonido semejante a un ronquido abandonó su garganta mientras las otras dos chicas la miraban en confusión.
—¿El pene? —Cuestionó Tomoyo, a sabiendas del resultado.
Amaya explotó de risa, una carcajada escandalosa que la llevó cerca de las lágrimas en poco tiempo. Tomoyo, maliciosa, echó más leña al fuego ante la cara cada vez más roja de Sakura y la risa incontrolable de la kunoichi.
—Podrías aprovechar para cortar sus testículos también.
—¡Basta, Tomoyo! ¡Te lo suplico! —Decía unos minutos después Amaya, a gatas en el suelo, sujetándose la barriga.
Esa sería quizás la última vez que ellas reirían juntas.
El movimiento de las embarcaciones nunca fue un problema para Adalius. De hecho, disfrutaba viajar a través del océano, y desde la cubierta observaba sus aguas, sentado en la suave seda del trono que su nave tenía para su deleite. En su mente, el dominio de las naciones tenía un síntoma que denotaba que su proceder era correcto: la tentativa de regicidio.
Muchos lo habían intentado. En un principio, un cuerpo entero de guardias lo protegía en su círculo más interno, pero ahora no lo necesitaba más. Su único guardián, a pesar de las cálidas temperaturas conservaba la armadura escarlata completa, hecha casi totalmente de cotas de malla, hasta la máscara que cubría la totalidad de su rostro, donde sólo una minúscula rendija le permitía ver. Su rara vez escuchada voz y complexión denotaban que era muy joven.
Llegó a la memoria de Adalius el día en que reclutó a aquél peculiar soldado unos meses atrás. El temido y respetado Einn Úlfur.
Había sido el único sobreviviente de su familia, cuya prueba para convertirse en el guardián del emperador, fue asesinar solo y sin ayuda a todos sus guardianes anteriores. Estuvo en el camino de Adalius en su paso a través de China. Su orgullosa estirpe se formaba de guerreros y hechiceros reconocidos y temidos a lo largo y ancho del continente. Lucharon con bravura y defendieron el honor de su casa como dragones. De entre las cenizas de sus tierras, sólo ese jovencito desafiaba a las tropas del conquistador. Adalius pidió ver al responsable de que su ejército de esclavos chinos disminuyera de forma tan alarmante, encontrando a un muchacho no mayor de veinte, harapiento y exhausto, en la cima de una pila de cadáveres de aquellos que amenazaron con profanar sus tierras. Dueño de nada, único sobreviviente de la invasión. Único digno a los ojos de Adalius de servirle.
—¿Doy la orden, señor? —preguntó a su oído uno de los generales de Adalius, mientras señalaba con los ojos a los arqueros, algo de lo que el chico no podría evadirse.
—No... manda un solo destacamento más de infantería... y déjalo fluir.
A través de sus ojos dorados, el emperador vio al guerrero, más que en una pelea, en una masacre. Podía sentir su poder mágico, sin embargo, el muchacho no lo utilizaba, estaba reduciendo a aquellos soldados con su sola voluntad y espada, de usar sus habilidades mágicas, sería un adversario digno de temer, aún para él. Apuntó con el mentón al chico, haciendo que sus escoltas fueran por él.
—Sólo una flecha en la pierna, lo quiero vivo para hablar —ordenó a su general.
La orden se ejecutó con precisión. Una única flecha atravesó de lado a lado el muslo izquierdo del muchacho, obligándolo a caer sobre esa rodilla, al tiempo que sus guardias lo desarmaban y diezmaban. Cuando fue seguro, Adalius se acercó al sitio.
—Ya no tienes nada —dijo con admiración al chico, ahora sometido por su guardia personal—. Sin embargo, las cosas no deben terminar así. Eres dueño de un enorme poder, sírveme y cuando el continente entero caiga, serás el regente de toda China, te daré tanto poder como nunca imaginaste tener, y buscaré que, junto conmigo, tengas la inmortalidad.
—Puedes dármelo todo, ¿no? Ahora mismo no tengo nada por qué luchar. Te llevaste a mi familia.
—Y obtuviste en esa pérdida al guerrero más temible que mis ejércitos han visto en toda Asia. Admítelo, gracias a mí, encontraste lo mejor de ti mismo. Al igual que yo, has perdido, pero la parte más poderosa de ti nació gracias a eso. Sígueme, y este será sólo el primer paso hacia tu grandeza. "Caudillo de toda China" te dirán en todo el globo. Y si tu nación no te basta, iremos hasta el nuevo mundo, allá donde los españoles y los ingleses creen que pueden huir al ver sus reinos caer. ¿Ese podría convertirse en tu deseo?
—Sólo tengo un deseo, emperador... te lo contaré cuando sepa si es que puedes dármelo o no.
—¿Vendrás conmigo entonces?
El chico relajó la postura y dejó de luchar. Adalius pidió a sus hombres que lo soltaran. Se incorporó a medias mientras el hombre se acercaba sin precaución, para posar una mano sobre su hombro. De un tirón, el emperador retiró la flecha, él hizo una mueca, más no emitió lamento, y con el contacto de su mano comenzó a sanarlo. El proceso fue breve, y cuando terminó, le dio la espalda, y se retiró con un elegante frufrú con su melena dorada.
—Tú serás desde hoy mis ojos y oídos. Estarás conmigo todo el tiempo y cuidarás mi espalda. Si me sirves bien, la recompensa no tendrá comparación. Si me traicionas, el infierno será un paraíso comparado con lo que te haré. ¿Queda claro? —El interpelado, aunque renuente, terminó por asentir. Schmidt seguía dándole la espalda, tomando discretamente el dije con forma de espada de su cuello. Susurró un "libérate" que convirtió la medalla en un estoque de verdad—. Muéstrame entonces sólo un poco más de lo que puedes hacer.
A esas palabras, Adalius lanzó su espada al chico. Él la tomó al vuelo, sorprendido notó que el sable cambiaba de forma, dejando de ser un florete para convertirse en una espada jian, y viendo que la docena de hombres y mujeres que custodiaban al emperador iban a su encuentro.
Esos eran los mejores soldados de todo el vasto imperio. Los más fuertes, hábiles y sanguinarios, armados con espadas, lanzas, kukris y hasta katares. Bastaron sólo unos minutos para que la degollina terminara con un nuevo baño de sangre y un único hombre en pie. Era un momento perfecto. El emperador estaba desarmado ante él, tenía la ventaja y podría vengar la muerte de los suyos. Estuvo a fracciones de segundo de blandir la espada contra aquel inescrupuloso hechicero...
—No es el momento. —Sonó directo en su mente. Una voz que conocía y añoraba desde hacía años—. Espera a que nos reunamos, de otra manera, nunca podremos estar juntos de nuevo.
No había nada que pensar. Ese vínculo lo unía con lo único que ya tenía por delante, la promesa de que sus pérdidas no habían sido vanas, era lo único que importaba. La única oportunidad que tenía de volver a verla, estaba en las manos de aquél hombre.
Arrojó la espada a los pies del emperador. Luego, se dejó caer de rodillas.
—Has elegido bien. —dijo Adalius, levantando una mano para llamar a una segunda escolta que los alcanzó en un momento, mientras él levantaba el sable y lo volvía a convertir en llave—. Te alimentarán, bañarán y vestirán. Podrás elegir las armas que te parezcan mejores, y puedo darte la mejor compañía que puedas desear... una chica... o tal vez dos... a menos que prefieras a los chicos.
—Por el momento, me conformo con un baño y algunas espadas, y algo de comer.
Sin que el emperador lo supiera, a miles de kilómetros, de ahí, Sakura despertaba de un trance. Tomoyo y Amaya trataban de regresarla por completo a la vigilia.
—¿Has tenido una visión? —preguntó Tomoyo, preocupada.
—No estoy segura... pero parece que por el momento, sólo necesita una buena ducha. Me pregunto dónde estará... ojalá lejos de toda esta locura.
Los recuerdos del gobernante fueron interrumpidos súbitamente, su embarcación había zarpado en Hong Kong y había rodeado por el sur al archipiélago de Nihon para llegar a Edo por mar... así, el Monte Fuji se alzó orgulloso ante el conquistador.
—Ahí lo tienes, Adalius. —siseó con su usual parquedad Einn.
—Este es el último paraje del mundo conocido, desde aquí podríamos ir al nuevo mundo. Creo que no es justo que se llame "América", había pensado en algo más glorioso.
—¿Adalia? Eres un ridículo.
Adalius rió con ganas. Por algún motivo, Einn lo llamaba por su nombre, no le mostraba ningún tipo de respeto o se comportaba con formalidad ante él, y lo cierto es que no sentía deseos de reprenderlo por ello. Y se lo permitía por el servicio que le daba: era un guardaespaldas inigualable, lo había salvado ya de un par de envenenamientos, y en sus manos había visto perecer ya a varios asesinos.
—¿Te gustaría que nos estableciéramos aquí? —el rubio preguntó con curiosidad.
—Para nada. No conozco este lugar. Los habitantes deben ser aborígenes considerando que viven en una isla tan lejos del continente.
—No seas prejuicioso, tengo la impresión de que vamos a encontrar algo increíble aquí.
El exceso de caravana había hecho que el humor de Amaya se deteriorara cada vez más. Estaba aburrida de las formalidades del cobarde del emperador depuesto, mientras atendía el gran banquete de recibimiento para el emperador recién llegado y sus hombres. Sin embargo, era una profesional, hacía su rol de mucama con pericia, era incluso mejor que las reales.
Mientras hacía sus faenas de espionaje entre el servicio, no perdió oportunidad de estudiar a Adalius. Reconoció muy a su pesar que el sujeto era un sueño, exótico en el raro color dorado de su cabello y como combinaba con sus ojos, sus modales eran exquisitos y hablaba como si siempre tuviera la razón, era hipnotizante.
Consideró que buena parte de su éxito como conquistador pudo deberse a eso, cabello y ojos de oro y una lengua de plata. Sus terratenientes no tenían nada de especial, evidentemente eran hipócritas o miedosos que por ambición o temor lo seguían y rendían pleitesía a él, nada rescatable obtendría de ellos... y finalmente una figura había llamado poderosamente su atención.
Además de la servidumbre, sólo uno de los recién llegados no había ocupado un lugar, ni se había sentado para comer o beber. Ella escuchó que Adalius se refería a él como Einn, y más que un hombre, parecía una estatua escarlata, que apenas movía su cabeza evidenciado por el lento girar de su yelmo, siempre vigilante. Ese debía ser su boleto a acercarse al monarca: su primer hombre de confianza.
—¿Por qué ese fulano no se mueve? —preguntó unos minutos después en un muy convincente ánimo de chisme entre las otras mucamas del palacio.
—¿Da miedo, no? —escuchó de una angustiada jovencita que respondía al nombre de Rika—. Creo que su nombre es Ain Úlfuru, o algo así, no soy muy buena con el idioma de esta gente... y tengo que llevarle la cena...
Amaya se quedó pensativa unos segundos, sin quererlo, estaba de cara a una oportunidad.
—¿De verdad te da mucho miedo, Rika?
—Sí... es espeluznante.
—¿Qué te parece si cambiamos lugares? Yo le llevaré la cena.
—¿De verdad harías eso por mí?
—¡Claro!
—¡Eres la mejor, Ku-Chi!
Amaya sonrió un poco avergonzada ante la mención del nombre de su álter ego, y se reprendió a sí misma al pensar que no debió dejar que Tomoyo le eligiera la identidad falsa.
—Llegó la hora —se dijo a sí misma mientras caminaba con premura entre los pasillos del palacio, bandeja en mano.
La noche había caído, el gran salón del banquete estaba lleno de dignatarios ebrios, que dormían al vapor de su propio vómito. El emperador y su guardián habían abandonado el lugar anticipadamente, completamente sobrios. Escuchó en ese tiempo que la presentación de Sakura a él se llevaría a cabo en un par de días, a pesar de que la mencionada ya habitaba el castillo para ese momento, y agradeció que el emperador no fuera un promiscuo. Por un momento, maliciosa, pensó en que quizás Sakura no la pasaría tan mal como consorte de un hombre tan apuesto y poderoso, y de inmediato se dio una sonora bofetada, al darse cuenta de lo inapropiado de su reflexión.
Volvió a concentrarse en su objetivo: Einn.
Llegaría a la habitación de la forma más sigilosa posible para sorprenderlo, y ahí haría uso de una de las facultades más valoradas de una Kunoichi: la seducción.
Amaya se sabía hermosa, y era por lo poco común que resultaba viéndola con detenimiento: no era menuda como la mayoría de las mujeres que conocía, era un poco más alta que el promedio, y su configuración física podría describirse como "curvilínea", de tal suerte que incluso con los discretos trajes tradicionales japoneses, era una mujer que llamaba la atención.
A unos pasos de la habitación del guardián, dio un último vistazo a su imagen, se pintó un poco los labios, ajustó el escote de su yukata para dejar a la vista más de lo que normalmente debería, e hizo algunos ejercicios de cintura, para que los movimientos sugerentes de su cuerpo salieran con mayor naturalidad.
Con sigilo deslizó la puerta y se introdujo al lugar.
Caminó dubitativa a través de la amplia habitación buscando al invitado. Encontró al lado del futón que le habían acondicionado un hombre de madera de entrenamiento, que ahora llevaba encima buena parte de la armadura del guardián. Miró en todas direcciones con recelo.
Finalmente encontró al hombre parcialmente desnudo ante ella, llevaba los pantalones de campaña, estaba descalzo y con el sutilmente musculoso torso descubierto, pero el yelmo se mantenía en su cabeza, ocultando su rostro. A pesar de que eso la hizo pensar que era raro, decidió seguir el juego, después de todo, era un guerrero, probablemente en sus múltiples batallas había sido desfigurado, y le daría vergüenza mostrar sus cicatrices.
—Buenas noches, señor —saludó en tono suave, casi musical, mientras hacía una reverencia, con buen cuidado que su escote ofreciera una vista generosa.
—¿Qué quieres? —respondió escueto, sin mirarla en realidad.
—Traje su cena, señor, y algo de compañía si es que la requiere.
—Déjala ahí y vete —ordenó él, sin darle importancia.
Amaya no supo qué hacer. Era la primera vez que un hombre la ignoraba de forma tan tajante. Sin embargo, su inquietud duró poco. Por la inclinación del yelmo, supo que estaba viéndola hacia la entrepierna. En realidad no a ese punto específicamente, pero sí a uno muy cercano... la cara interior de su muslo izquierdo. El mismo donde una pequeña correa aseguraba un par de kunais. No era posible que él supiera…
Antes de poder continuar con sus reflexiones, el hombre había alcanzado su espada y lanzado una estocada directo a su pecho, ella logró evadirla, pero la hoja alcanzó su yukata y luego el muro, donde se sepultó algunos centímetros, atrapándola.
—Eres rápida para ser una mucama —dijo él en tono plano, con su brazo libre en el cuello de la espía, cortándole parcialmente la respiración.
—P-por favor... es un malentendido...
Todo se había arruinado. Sin embargo, no permitiría que la misión completa se perdiera. Ella podía morir esa noche, pero no dejaría que su error afectara a Sakura o a su nación... algo debía hacer. Comenzaba a faltarle el aliento y a marearse. Repentinamente, la presión cedió, dejándola recuperar el resuello.
—¿Amaya? —dijo el hombre de pronto, con un tono menos hostil, pero aparentemente muy sorprendido.
—¿Qué...? ¿Cómo sabes mi nombre...?
Einn retrocedió un paso, sacó su espada del muro y la tiró a un lado, y de inmediato se retiró el yelmo. Una melena castaña y alborotada apareció, junto con unos ojos con forma de almendra color miel.
La estupefacta fue ella entonces.
—¡Xiao...!
Él le puso la mano en la boca para callarla, y con la otra le pidió silencio cruzando sus propios labios con el índice. Cuando la soltó, incapaz de contener la emoción, se abrazó de él.
—¿Cómo es posible? —preguntó en un susurro apenas contenido—. Nos enteramos de lo que Schmidt le hizo a los Li, todos te dábamos por muerto... bueno, casi todos…
—Ella sabía, ¿verdad? —preguntó él, conmovido, mientras correspondía al abrazo.
—Ignoro si lo sabía... pero tenía confianza de que volverías.
Por algunos segundos más se mantuvieron así, pero de un momento a otro, Li se puso rígido, y soltó a la chica.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, contrariada.
—Eh... la espada... tu yukata...
Hasta ese momento notó que por el conato de contienda de unos momentos atrás, su yukata había caído de sus hombros. El abrazo había puesto en contacto el pecho desnudo de ambos. Amaya se dio la vuelta dando un gritito y se acomodó lo mejor que pudo la prenda, mientras que trataba por todos los medios de contener un ataque de risa; tanto como él trataba de prevenir una hemorragia nasal.
La incomodidad de la escena terminó cuando alguien tocó a la puerta.
Con seriedad renovada, indicó con gestos a la chica recostarse en el futón y guardar silencio, mientras que él tomaba su espada y se acercaba a la puerta.
—¿Quién osa molestarme? —preguntó con voz ronca, y su sable listo para atacar.
—Tu señor, idiota.
Li bajó la espada y suspiró con cierto alivio. Sin pensárselo mucho, deslizó sólo una parte de la puerta corrediza.
—Escuché algo de escándalo, ¿todo en orden? —preguntó Adalius con naturalidad.
—Sí... no es un buen momento, ¿sabes? —respondió él y miró con recelo hacia el futón.
Desde ese lugar, Adalius sólo pudo ver parcialmente la silueta femenina de la invitada.
—Ah, es eso entonces... me alegra ver esto, llegué a pensar que tú... —hizo un gesto burlón con las manos que podría interpretarse como "impotencia".
—Pues ya ves que no. ¿Crees que podría...?
—Claro. Sólo no la mates... o como quieras.
Esperaron en silencio unos segundos a que el hechicero se fuera. Una vez convencidos, reanudaron la charla:
—Esto lo cambia todo... —susurró ella—, pregunta seria, Xiao-Lang... ¿eres leal a Adalius?
—Lo soy —respondió en voz baja, pero negó con la cabeza.
—Entonces tenemos que hablar y...
El chico volvió a pedir silencio con un gesto de manos, y Amaya pudo leer de sus labios la oración: "no es seguro, él podría escucharnos". La chica trató de agudizar el oído, y en acopio de sus propias habilidades shinobi, trató percibir si había algún oído intruso. Debía borrar toda evidencia de que existió esa conversación, y dejar claro que su estancia en esa habitación era justificada. "Mañana por la noche" pronunció sólo moviendo los labios, y luego señaló hacia el oeste, hacia las cocinas y otros edificios menores del palacio.
Y un segundo después, Li abrió los ojos desmesuradamente, confundido y asustado. La ninja, en el más admirable profesionalismo, comenzó a hacer muy convincentes sonidos propios de un coito salvaje y escandaloso, golpeaba el futón, y agregaba frases como "me va a partir en dos", "es tan grande", "su espada es formidable, señor" y otras cosas tanto o más atrevidas.
El acuerdo silencioso terminó unos minutos después, cuando Amaya se levantó, alborotó su cabello y desacomodó su yukata para dar mayor realismo por si alguien afuera la veía irse. Se despidió del atolondrado muchacho, que a pesar de todo, seguía mostrando esa cara de infantil inocencia.
Ella se marchó incrédula ante las extrañas formas del destino en esa noche, y feliz de saber que las esperanzas de su prima eran justificadas.
Segundo acto.
Fin.
Nota: El personaje "Amaya" está inspirado y conceptualizado en el carácter de CherryLeeUp.
