Tercer acto: Reunión secreta.

El amanecer llegó junto con el gran día. Por fortuna para Sakura, ninguno de los horribles hombres que componían la corte de Adalius intentó siquiera mirarla a los ojos mientras hacían la audiencia de la joven, y fueron doncellas las que se encargaron de su atavío y otras faenas menos decorosas para "dejarla lista" para la hora en la que el emperador reclamara lo que era suyo.

En ese tiempo también había sido aislada, y había tenido que pasar un largo tiempo de meditación en una de las tantas habitaciones del castillo Chiyoda, esperando a que llegara el mediodía, y la ceremonia se llevara a cabo.

Afortunadamente, no tendría que convivir con las demás concubinas hasta que la unión fuera oficial, así que aprovechó el tiempo para acomodar su equipaje. Le había sido permitido conservar muchas de sus cosas, entre las cuales estaban rollos y libros, la mayoría de historia y herbolaria... pero ocultos entre ellos, textos mágicos y ofudas que su padre había insistido que llevara con ella.

—Señorita Sakura —dijo una voz conocida desde la puerta, Sakura concedió el paso. Una mucama estaba de rodillas en el suelo, custodiada por un samurái vestido con la indumentaria propia del palacio, pero con los sellos de Adalius—. He venido a traer su desayuno.

Sakura dio el visto bueno.

—Pasa y sirve té para las dos, la soledad me está volviendo loca.
—¿Está bien? No quisiera que Su Santidad pensara que la servidumbre importuna a su futura consorte.
—Descuida, sabrá entender, necesito con urgencia charlar con alguien.

Dicho eso, despachó al guardia mientras la sirvienta entraba a la habitación con la charola. Sakura se acercó a la mesa y se sentó con indiferencia, haciendo una seña con la mano para que la otra chica se sentara frente a ella. La mucama sirvió el té para las dos en silencio.

—Debe ser un gran honor ser elegida por el nuevo emperador, ¿no? —preguntó la recién llegada a una Sakura que no levantaba la vista de su propia taza.
—La verdad es que estoy un poco nerviosa. Si tan sólo hubiera algo que pudiera relajarme. Soy Sakura, por cierto.
—Encantada de conocerla, princesa Sakura. Yo soy Ku-Chi. —El avellana y el esmeralda coincidieron sólo por un momento, mientras ambas hacían una fugaz sonrisa de complicidad—. Siempre que necesite hablar, no dude en llamarme.

Luego de decir eso, Amaya sacó un pequeño rollo de papel de entre sus senos, mientras se llevaba la taza a la boca, y al dejarla sobre la mesa, el papel rodó hasta las manos de su prima. Ella lo tomó con igual discreción y leyó en voz alta su contenido:

—¿Qué tal hoy por la noche luego de la cena...? Aunque no quisiera interrumpir tus actividades.
—Estaría encantada... pero por ahora, será mejor que me vaya... cuente conmigo para cualquier cosa, princesa.
—Gracias, Ku-Chi.

Sakura dejó pasar algunos minutos luego de que Amaya se fuera para leer la segunda parte del mensaje:

He encontrado algo que venía con Adalius.

Esto puede ayudarnos a cumplir nuestro objetivo, y te hará muy feliz saber lo que es.

Luego de la cena pide a un guardia que te lleve a dar una vuelta por las cocinas, ahí estaré esperándote.

Quema este papel al terminar de leerlo.


—¿Qué tal tu noche, galán? —preguntó el emperador mientras él y Einn, eternamente uniformado y encapuchado, caminaban por el largo corredor.
—Liberadora —respondió él, secamente mientras miraba en todas direcciones con recelo, como era su hábito.
—La chica era linda, ¿se movía bien?
—Mucho mejor de lo que esperaba.
—¿Querrás presentármela alguna vez?
—Fornicas con al menos una mujer diferente por noche. No te ofendas, pero no dejaría ni que la saludaras, no me gusta que otros coman de mi plato.
—Está bien, está bien... quizás sea hora de un cambio. Y sólo para aclarar, a diferencia de lo que crees, no "fornico" cada noche con una mujer diferente, tal vez me llegó el momento de buscar a la mujer ideal y dejar de buscar placer por todos lados, ¿no?
—Claro... porque el mismo hombre que ha probado casi todas las razas del mundo conocido puede volverse monógamo.

La charla mantuvo esa tónica por unos instantes más hasta que entraron al salón de culto de la planta baja del castillo, donde un centenar de hombres y mujeres, entre cortesanos y dignatarios, esperaban sólo la presencia del dictador.

Todos se pusieron de pie cuando los dos hombres entraron, y el rubio caminó sin detenerse hasta el trono en el centro del salón. Ante él, una persona permanecía en posición seiza, sin lugar a dudas una mujer joven, cubierta sólo por un velo.

El silencio fue casi absoluto mientras el gobernante tomaba su lugar en la gran silla de oro dispuesta para él, con su guardián apostado de pie a su lado, impertérrito.

La ceremonia se llevó a cabo según el protocolo que Li ya conocía. Presentarían a la jovencita, ensalzando sus virtudes y exagerando su belleza, diciendo que estaban entregando a la más digna de ser la consorte del emperador del mundo. El proceso lo aburría un poco, aunque siendo franco consigo mismo, en la mayor parte de las ocasiones, las mujeres resultaban ser ciertamente excepcionales en belleza, inteligencia, poder mágico, o lo que sea que tuvieran que ofrecer. En Nihon, durante los años en que lo habitó antes de ser reclutado por Adalius, conoció a un trío particularmente llamativo: Las Amamiya. Tomoyo era un delicado lirio acuático, repleto de una sabiduría y un humor para nada propios de su edad. Amaya era una violeta silvestre, fuerte e independiente, capaz de iluminar un prado solitario con su color único.

Por supuesto, ambas eran increíbles: bellas, listas y poderosas cada una en su nicho... pero para él, sólo el cerezo existía. Una flor de color delicado como sus labios, capaz de prosperar en cualquier situación, firme, pero delicada.

Y por ese pensamiento estuvo a punto de atragantarse con su propia saliva cuando el velo de la doncella ofrendada fue retirado.

Sakura se veía como un ángel, vestida en un kimono de blanco inmaculado, se habían esmerado dándole un maquillaje sutil que sólo potenció sus de por sí hermosas facciones... iba a seguir con el análisis cuando cayó en cuenta de la brutal realidad de la situación: ella sería la concubina de Adalius.

Ella, su cerezo. Su Sakura.

Con pavor notó que no era el único hipnotizado con la imagen ante ellos. En un arranque nunca visto antes por él, Adalius se puso de pie y caminó hasta ella, tocando con delicadeza su mentón para que sus ojos coincidieran. Él nunca hacía eso. Normalmente daba el visto bueno y pedía que prepararan a su víctima para cenar con él el día siguiente, y consumar la unión la noche posterior... algo en ella lo había atrapado por primera vez, y las palabras dichas unos minutos antes resonaron en su mente: "tal vez me llegó el momento de buscar a la mujer ideal y dejar de buscar placer por todos lados".

La mujer ideal, sin lugar a dudas, era Sakura.

Pero no para Adalius.

Poco faltó para que Li empuñara su espada y terminara con todo en ese momento, o que al menos lo intentara... pero se dio la oportunidad de pensar con la cabeza fría: no lo lograría. El poder del emperador era enorme, una traición de ese tipo sería detectada de inmediato, y seguramente le costaría la vida a todos lo que estaban en ese salón, Sakura incluida... tenía un día completo para pensar en algo.

Los siguientes minutos los pasó completamente ausente, pero logrando quedar en papel el resto de la velada. La armadura y el yelmo lo ayudaron a disimular durante el banquete, y sólo furtivamente miraba a Sakura, que apenas si hacía algo más que comer un poco.

Su estómago se sentía pesado como una bala de cañón, cada que el rubio miraba a la jovencita de esa forma tan incómoda, y a lo que ella no podía responder con algo más que bajar la mirada.

—Descuida, pequeña... mañana por la noche me encargaré de que me mires a los ojos sin pena —susurró para sí mismo el gobernante, lo que hizo que su guardia apretara los puños, tentado nuevamente a buscar su muerte.


—La mucama vendrá nuevamente hoy —dijo Li, lo más casual posible, cuando la noche cayó.
—Ah, veo que realmente te ha dado un buen servicio. ¿Cuál es su nombre? —preguntó curioso el emperador.
—No tengo idea. Le pedí que viniera por sus caderas, no por su corazón —respondió más agresivo de lo que le hubiera gustado.
—Bien, no te molestaré esta noche, sólo ten presente que tu primera responsabilidad es conmigo. No te desveles mucho, mañana será un día importante y no quiero que te separes de mí... y bueno, si el día será importante, la noche será increíble... ¿viste a la joven que será mi nueva concubina?
—Sí —dijo entre dientes, apenas conteniendo su ira.
—Ya quiero verla desnuda, debe ser preciosa.

Y el mango de la espada de Li fue presionado con tal fuerza que sintió que en cualquier momento se rompería.

Luego de dejar al hombre en sus aposentos, caminó furioso hacia su propia habitación. Al abrir se encontró con que Amaya ya lo esperaba, sentada en el futón, con una expresión culpable en el rostro.

Li se quitó el yelmo, abandonando con él la falsa identidad de Ein, y arrojándolo al suelo con ira, junto con su espada.

—¿Por qué demonios no me lo dijiste? —susurró, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no delatarse.
—Porque temía que lo tomaras tal como lo estás tomando ahora mismo —respondió ella en el mismo tono de voz—, pero no hablemos aquí... ¿qué tal eres para andar por los tejados?

Hecha esa pregunta, obtuvo de entre su ropa un pequeño pergamino rosa. Li se acercó y lo miró con incredulidad, al reconocer la figura de una estrella en uno de sus lados.

—¿Un ofuda de Sakura?
—Sí. Su magia se ha vuelto muy poderosa y sofisticada. Ahora verás: Kagami.

En un silente destello, una muchachita que sostenía un espejo se materializó ante ellos. Unos segundos después, se dividió convirtiéndose en réplicas exactas de ella y Li.

—Gracias, Kagami. Ya sabes lo que tienes que hacer... —susurró, y la Amaya falsa asintió en silencio.

Y para la sorpresa de Xiao-Lang, la pareja de dobles comenzó a besarse con pasión, tanto que él se llevó las manos a la boca mientras se le subían los colores al rostro. Y se puso peor cuando se vio a sí mismo abrir con ansias la yukata de la réplica de Amaya. Bastante avergonzado volvió a buscar su yelmo.

—¿Por... por qué no nos vamos? —preguntó Amaya, en su usual nerviosismo ante escenas como esa—. Cada minuto aquí es tiempo valiosísimo perdido.
—Sí... —respondió él, ausente, viéndose en medio de un escenario que jamás ocurriría en la realidad, pero que por algún extraño motivo no podía dejar de observar. No fue sino hasta que la chica deshizo el nudo de los pantalones que, un poco asustado, comenzó a caminar hacia la ventana donde la kunoichi ya lo esperaba, el espectáculo siguiente habría de quedar completamente a su imaginación.
—Lamento eso —se disculpó la ninja, mientras corrían sobre los tejados.
—¿Era necesario todo ese alboroto?
—Sí, debe ser creíble, si tu loco jefe llega en medio de... bueno, la faena, Kagami conoce mi comportamiento y es capaz de imitarme por un largo rato, a ti te vio hablar y puede fingir tu tono de voz, puede incluso establecer una conversación. Pero no podrá hacerlo por mucho tiempo, en algún punto su poder mágico los delataría ante él. Aún así, tenemos unas tres horas.


El guardia había custodiado a la doncella y su nueva amiga la mucama hasta uno de los jardines del palacio, uno muy solitario, y se encargó de que nadie se acercara. Ahí, sólo tuvo que aplicar una técnica de hipnosis en el guardia, que perdería las siguientes horas como si nunca las hubiera vivido, dándole a las primas libertad de movimiento.

Sakura y Amaya se escabulleron con premura en el edificio que hacía las veces de un granero. Sólo había sacos de arroz y otras conservas ahí. La joven de ojos avellana guió a su prima hasta la parte más alta de la construcción, donde sólo una pequeña lámpara de aceite iluminaba pobremente el reducido, pero acogedor y cálido espacio, cuyo suelo de madera era insonorizado por la paja seca en él.

Se tomaron un minuto para recuperar el aliento.

—Gracias, Amaya... me estaba volviendo loca allá adentro, sólo hablando con mi soledad. ¿Utilizaste el ofuda que me pediste?
—Ya lo creo. Lo hizo estupendo... debe estarse divirtiendo mucho ahora mismo.

Dicho eso, los ojos de Sakura se cristalizaron, presa de un repentino pesar.

—Y mañana por la noche... —su voz se quebró finalmente—, no... no quiero hacerlo, Amaya…
—Lo sé, Sakura... y créeme, si pudiera tomar tu lugar, lo haría sin dudarlo. Lamento muchísimo la difícil situación en la que te hemos puesto.
—Está bien... Lo haré por mi país, por todos los que deben tener de vuelta su libertad. —Sonrió mientras secaba las lágrimas que amenazaban con rodar por sus mejillas, y recuperó el aplomo de inmediato—. ¿Y bien? ¿Qué era aquello tan genial que querías mostrarme?

Amaya sonrió satisfecha.

—Como te decía, es algo que puede ayudarnos con nuestra misión de acabar con Schmidt. ¿Qué pensarías si te dijera que tenemos un infiltrado muy cerca de él?
—Que es grandioso... ¿Y cómo sabemos que no es un ardid del mismo Schmidt?
—Porque lo conocemos, de hecho, es alguien de mucha confianza.
—¿Y quién podría ser?

Amaya retrocedió un paso, señalando hacia una parte más profunda y menos iluminada del pequeño habitáculo.

Sakura respingó al notar que había una persona más ahí. De inmediato reconoció el yelmo escarlata sobre la cabeza del invitado, sintiendo un poco de temor.

—Usted es... el guardia personal de Schmidt... —afirmó—. ¿Usted va a ayudarnos? —Él dio un asentimiento—. ¿Por qué?
—Porque hice un juramento —respondió, mientras se acercaba y se retiraba el casco—. Un juramento de amor eterno, en tanto mi contraparte estuviera dispuesta a esperarme.
—Que concluirá... —dijo ella con la voz cortada, y dejó que sus lágrimas cayeran con libertad—. hasta estar juntos o que la muerte llegue por nosotros...

Sin mayores ceremonias, corrieron al encuentro mutuo, se estrecharon como si su vida dependiera de ese abrazo, mientras ella tocaba cada milímetro de su rostro, en busca del engaño, para confirmar que todo era real. Que él era real. Se preguntaron atropelladamente cómo era posible, intentaron adivinar cómo había actuado el destino para reunirlos ahí, en ese momento, en realidad no era una conversación, era más una jerigonza ininteligible cargada de sentimientos.

Y cansados de esa caricatura de conversación, se besaron como nunca lo habían hecho. Un beso demoledor, necesitado, desesperado.

—Bien, me alegra ver que pude hacerlos felices —dijo Amaya en voz muy baja, mientras retrocedía lentamente hacia el acceso—, estaré custodiando el edificio mientras ustedes se ponen al día... recuerden que tienen el tiempo limitado, así que aprovéchenlo para charlar y... ¡ay, por mis ancestros!

Su exclamación fue en respuesta a un Li demasiado impetuoso, que tomando por las caderas a la chica la cargó a horcajadas y la comprimía contra un muro, mientras ella mordía su labio inferior.

La kunoichi tomó asiento en el marco de una ventana, vigilando los alrededores.

—Bien, supongo que ese es el trabajo de una guardiana de los Amamiya... hasta los ofuda de Sakura la pasan bien mientras yo vigilo las puertas.

Por algunos minutos, los recién reencontrados se dedicaron a demostrarse todo el afecto que tenían guardado. Se separaron un poco más tranquilos, con el cabello muy alborotado y la ropa desacomodada.

Y nuevamente el dolor apareció en el gesto de ella. Él, solícito, la tomó en brazos para darle confort.

—Amaya ya me contó de qué trata toda esta locura... es un buen plan, pero…
—El concubinato…
—Sí... me está matando por dentro... cuando te reconocí, casi ataco a Adalius.
—Eso no habría sido bueno.
—Lo sé.
—Yo... yo no quiero estar con él…
—Ni yo quiero que estés con él, sobre mi cadáver…
—Pero no depende de nosotros... si queremos que el mundo vuelva a ver la luz de la libertad, tal vez debamos renunciar a nuestros propios sueños.

Se aferraron aún más en ese abrazo. Él, muy en sus adentros maldecía su propio linaje, y por supuesto, el de Sakura: tanto bien al mundo, tanto bien a las personas... y todo a costa del sacrificio. ¿Por qué ellos? ¿Por qué no sólo escapar esa noche y dejar todo atrás?

—Porque Adalius nos buscaría, cobraría venganza contra Nihon y todos los que amamos... —explicó Sakura cuando esas ideas escaparon de la boca de Li.
—Lo sé... —el muchacho, derrotado ante las circunstancias, se arrodilló ante ella—. He protegido a ese bastardo por mucho tiempo ya. Te hago hoy un nuevo juramento: te protegeré con el mismo ahínco que lo hacía con él, y en el momento mismo que tú me ordenes que tome su vida, lo haré, aún a costa de la mía. Tú eres mi señora desde hoy, la única emperatriz a la que rendiré pleitesía, en esta vida o en cualquier otra.

Ella escuchó toda la declaración con serenidad. Sabía a lo que Li se estaba enfrentando: dejaría en manos del demonio a la mujer que amaba. Era la prueba más dura que una persona debiera superar, sin lugar a dudas, y ella correspondería con el mismo aplomo y responsabilidad. Sakura sería, junto con él, el artífice para lograr la ansiada libertad de Nihon y del mundo.

—Si ese es el caso... ¿podría este soldado hacer algo por su señora?
—Cualquier cosa —dijo él sin levantar la mirada.
—Tomaste mi corazón cuando nos conocimos siendo niños. Te lo llevaste a China y hoy finalmente me lo devolviste, hiciste un trabajo increíble cuidándolo. Te agradezco por eso.
—Gracias, mi señora.
—Que estés aquí es una señal que no podemos darnos el lujo de confundir. La muestra máxima de amor que podría entregar no debe caer en las manos de una persona que no es aquella a quien realmente amo —declaró, mientras deshacía el obi de su kimono—. Ese regalo debe ser para el amor de mi vida… al menos una vez, la primera y la más especial, debe ser para ti.

Cuando él se atrevió a levantar la mirada, ella ya estaba a unos milímetros de él, había abierto el kimono y había capturado su cabeza entre los pliegues de la prenda. Él se dejó llevar, e involuntariamente hundió el rostro contra su abdomen. Con ansiedad dejó que el aroma de su piel lo embriagara, besando con dulzura su estómago, su ombligo, y dejó que sus manos exploraran sus caderas, su cintura, y luego subió a sus senos.

Ese bastardo tal vez la tendría en el futuro... pero esa noche, la primera de ambos, sería sólo de ellos dos, y ni con toda la magia del mundo podría arrebatarles eso.

En una nueva convicción, tomó a la chica para tenderla en el lecho de paja sobre la ropa de la que recién se despojó, y la miró a los ojos, para preguntarle sin palabras si realmente podía hacerlo.

—No te contengas... —dijo ella, menesterosa, incapaz de ocultar cuánto deseaba que la tomara. Al verlo dudar, se recostó, y con delicadeza tomó los pétalos de su flor, abriéndolos para él—. Házmelo con fuerza, con la misma furia con la que enfrentarías a tu enemigo. Muéstrame todo tu poder con tu amor.

La orden no tenía ambages. Era directa y clara. Y él, por supuesto que la obedecería.

La embistió con pasión, haciéndola lanzar un grito ahogado al cielo, y más allá de la sensación gratificante de finalmente estar unidos como uno, nacía en su corazón la emoción del ilícito, de saber que a pesar de cuán correcto era demostrar su amor, el acto era un secreto, un crimen, un pecado. Ella sería la mujer de otro en una horas, quizás con un polígamo, tirano y conquistador, pero suya al fin y al cabo.

Ese pensamiento desapareció un poco después, en tanto que ambos quedaban inmersos en sus propias sensaciones y en la efímera, pero increíble satisfacción del acto mismo, de saber que su primer juramento se había cumplido y que ese pequeño momento de placer y amor era un pago justo por lo que ya habían y tendrían que soportar.


Amaya, afuera, hacía lo propio por no reír. Por desgracia para ella, estaba a suficiente distancia para no ver, pero no a tanta para no oír. Y con ese peso se decía un legítimo "¿por qué a mí?", y se preguntaba si le alcanzaría la vida para encontrar su propia historia de amor.

Tercer acto.

Fin.


¡Gracias por su lectura, voto y comentario!

Nota importante: Doy un agradecimiento especial a CherryLeeUp por su ayuda como editora de este capítulo, la forma en que agregó sal y pimienta al final fueron oro puro. ¡gracias, princesa!