Quinto acto: Los planes de todos.

Para Sakura, la noche fue larga como pocas. A pesar del agotamiento propio del estrés, del dolor físico y del trauma emocional, el sueño no llegó a corregir sus penas. Por horas se repitieron en su mente una y otra vez todas las sórdidas escenas de una noche tan funesta como esa.

En momentos aciagos, buscaba consuelo en sus memorias más agradables, y la mayoría de las veces eso la llevaba a pensar en Xiao-Lang, no obstante, esa noche, incluso ese recuerdo era como caminar entre cardos. Y era por la naturaleza misma de los actos que incluían a ambos hombres.

Había entregado su cuerpo y su corazón al que amaba en una acto repleto de pureza, afecto y deseo, que la hizo sentir la fuerza protectora de sus brazos y el dulce sabor de sus besos, y que la había hecho dueña de una felicidad que jamás creyó le pudiera ser arrebatada.

Pero no pudo estar más equivocada.

Lo que quedaba de su inocencia le había sido robada, se había corrompido su cuerpo y quebrado su corazón, en manos de un hombre que despreciaba, en un forcejeo que ni siquiera tuvo la pretensión de ser delicado, que la privó de la capacidad de sentir alegría, o siquiera sosiego.

Ambas situaciones en menos de tres días.

Pensando en esa dicotomía, el trino de las primera aves que antecedía al alba, la regresó del pesado estupor que la tenía cautiva, pero no fue sino hasta que los primeros destellos del amanecer hicieron innecesario el uso de velas, que se animó a sentarse dificultosamente en la cama. Vestía únicamente una yukata ligera, y con amargura vio las marcas amoratadas en la cara interior de sus muslos, prefirió no tocarlas, en el conocimiento del ardor que le provocarían.

Sakura, en sus dieciocho años, había tenido una vida feliz. Aún cuando no había vivido en la pobreza, el camino de una hechicera debía medirse en términos de la modestia y el servicio, y aunque era inherente a su carácter natural, sabía que debía ser generosa y servicial con todo el mundo. Nunca sintió la necesidad o el impulso de odiar a alguien.

Sin embargo, pensar en el rostro de Schmidt, que reflejaba una sutil combinación entre indiferencia y arrogancia mientras la rompía, hacía que su estómago se comprimiera y su respiración se exaltara, y que obscuros y desconocidos deseos inundaran su mente.

—Él debe morir —susurró impulsivamente.

Aún en el conocimiento de que estaba completamente sola, se cubrió la boca como si el peor de los insultos se le hubiera escapado frente a sus padres. Se sentía culpable por albergar en su corazón sentimientos tan impíos, pero pensar en lo que le había hecho a ella, siendo probablemente uno de sus crímenes más pequeños, la hacía reflexionar sobre qué tipo de mundo sería uno sin Adalius Schmidt.

Ese hombre había tomado lo mejor de ella en términos intelectuales, y sin que ella misma lo supiera, comenzaba convertirse en aquello que más contravenía a su corazón.


Castigado por el cansancio de una noche sin sueño y sin reposo, Li terminaba su conversión en Einn. Gracias a la armadura, su peso alcanzaba el doble a lo natural, y para una persona común, o para otro guerrero incluso, moverse con semejante cantidad de metal sobre el cuerpo podía antojarse como una campaña difícil y agotadora. Pero no era así para él, de hecho, el peso adicional de la coraza complementaba perfectamente su fuerza, y se las había arreglado para que esa condición no afectara su velocidad.

Terminado el proceso, tomó la espada. Al igual que el resto de su indumentaria, el acero de su arma era escarlata, pues se había prometido a sí mismo no profanar el color de los ojos de su amada mientras tuviera que recorrer el mundo para hallarla, y aunque esa reunión ya se había dado, sabía que su misión realmente terminaría en otro momento: el mismo en el que pudiera separar la cabeza de Schmidt del resto de su cuerpo.

La Claymore, sin embargo, pronto fue depositada en su vaina. Adalius pudo tomar su corazón y destruirlo la noche anterior, pero no podía perder los estribos. Las pruebas más duras estaban apenas por venir, y si quería que su campaña tocara el éxito, debía mantenerse en papel, debía seguir siendo el siervo incondicional, aquel que por la deuda de su vida perdonada, cubriera la espalda del emperador.

Cayó en cuenta de que el primer enemigo del que debía proteger a Adalius, era de sí mismo, y que era particularmente peligroso por todo lo ocurrido en los últimos días.

Sin dar oportunidad a que su cerebro lo castigara aún más, salió de sus aposentos, caminó con suficiencia entre los samuráis que ya eran parte del cuerpo de soldados del emperador, los cuales hacían una reverencia al reconocerlo, hasta que llegó a la alcoba de Adalius.

Ahí, un equipo de cuatro doncellas daba las atenciones propias de la higiene del emperador en una enorme pileta.

—Hoy por la tarde daremos un enorme banquete —dijo con liviandad Adalius, mientras una muchachita le cubría el torso con un paño, y otra secaba los hilos de oro de su cabeza.
—¿Qué diferencia habría con lo que haces todos los días? —preguntó Einn con su común tono retador.
—Que esta vez será sólo para Sakura. —Sin que el mago pudiera notarlo, Xiao-Lang apretó con fuerza los puños, al igual que los dientes—. Amigo… es increíble. Es bellísima como imagine, más incluso, su piel es suave y aromática, sus gemidos eran adorables… y demonios, es tan estrecha…
—¿Desde cuándo me importan los detalles de tus encuentros? —preguntó, apenas dueño de la modulación de su voz. El esfuerzo puesto en mantener la postura y no buscar partir por la mitad al hombre frente a él, era titánico.
—Es cierto. Bastante en la mente debes tener con la criada que te da atenciones cada noche desde que llegamos, ¿no es así? Tiene una mirada muy traviesa, apuesto a que hace cada perversión que le ordenas.

Xiao-Lang sonrió para sus adentros. La apariencia de Amaya era engañosa justo por esa condición, tenía cara de ser aventurera y no muy lista, pero cualquiera a quien le mostrara sus verdaderos colores podría encontrar en ella un intelecto equiparable al de Tomoyo, al igual que una inocencia aún mayor que la de Sakura, y una disciplina inquebrantable.

—Es eficiente —zanjó Li.
—Mi pequeño cerezo, sin embargo, necesita habituarse más a mí. Créeme que me muero de ganas de que se quede en mi lecho cada noche después de lo de ayer, pero no quisiera forzarla. Voy a educarla lentamente, para que en un tiempo sea justamente el tipo de amante que necesito. ¿Qué pensarías si tuvieras que llamarla con mayor formalidad? ¿"Mi señora", quizás?
—Supongo que estaría bien —dijo indiferente.

En especial, porque no pudo evitar sonreír sardónicamente ante esa pregunta. Ella ya era su señora, y él ya le había rendido cuentas con esas palabras.

—He escuchado que justamente la mucama con la que liberas estrés está atendiendo a Sakura, ¿crees que sería conveniente hacerla su doncella?
—No me importa en realidad. Mientras no la distraiga de sus labores conmigo, puedes hacer lo que quieras —respondió Li, casi incapaz de contener la emoción en sus palabras. Eso era inesperado, pero sumamente ventajoso.
—Bien, la nombraré hoy mismo entonces, para que se mude al castillo. Necesito que la casamentera comience a instruir a Sakura en otras disciplinas a partir de mañana, hablaba muy en serio cuando te dije que probablemente había encontrado a mi emperatriz.
—Pensé que eso no te importaba en realidad.
—Mis investigaciones para detener a la muerte aún no están completas. Así que si fallo en esa misión, aún tengo un plan de respaldo.
—Un heredero —reflexionó Li.
—Al menos mientras encuentro lo que busco.
—¿Y qué pasará si encuentras el secreto de la inmortalidad después de que tu heredero haya nacido?
—Personalmente me encargaré de asfixiarlo —concluyó con ligereza, haciendo al guardia contener la respiración—. A la sexta hora dará inicio el banquete. Ve que nadie se quiera pasar de listo (1).

Li sabía a qué se refería con esa afirmación. Los cada vez menos constantes intentos de homicidio por envenenamiento habían vuelto a Adalius un tanto paranoico, y aún cuando era perfectamente capaz de detectar un veneno antes de ingerir un alimento o bebida que lo contuviera, la acción lo enardecía y terminaba ejecutando cuadrillas enteras de cocineros utilizando su poder.

Para evitar eso, hacía que Einn filtrara a los cocineros y alimentos, y si encontraba algo fuera de lo común, personalmente se encargaba de ajusticiar al responsable.

Faltaban tres horas para el banquete desde ese momento.


—Luce bastante sosegada, señorita Sakura. Me alegro por usted —dijo la casamentera, al entrar a la habitación de Sakura. Le llevaba un hermoso vestido color oro de corte completamente europeo. Su comportamiento hacia ella había cambiado, se dirigía con mayor respeto y propiedad—. En un par de horas, su santidad quiere que comparta con él un banquete en su honor.
—Ya veo —dijo Sakura, en un enorme esfuerzo por sonar ecuánime—. Le agradezco mucho.
—Me pidió también que la dejara en compañía de una doncella para que la asista en todo lo que desee, y con ello no tendrá necesidad de hablar con nadie más dentro o fuera del castillo, salvo previo permiso de su santidad. ¿No es generoso el emperador?
—Vaya que sí. —Sakura tragó pesado al escuchar eso. Schmidt había puesto a alguien a espiarla entonces. No iba a arriesgarse a delatarse frente a una desconocida y arruinar el plan, buscaría la forma de echarla cuanto antes.
—Me alegra que la noticia sea de su agrado. —La mujer se asomó un momento por la puerta, haciendo una seña para indicar a quien esperaba afuera a que entrara—. Tengo la impresión de que ya se conocían.

Los labios de Sakura se curvaron irremediablemente hacia arriba.

—Ku-Chi —dijo, ocultando apenas la alegría.
—Mi señora —respondió Amaya, de rodillas e inclinando la frente hasta el suelo.
—Su santidad encontró pertinente que su doncella fuera alguien que ya hubiera tratado dentro del castillo —dijo a Sakura, y luego se volvió a Amaya, con un tono menos amistoso—. Esperamos que sepas corresponder a la oportunidad y confianza que depositamos en ti. Deberás estar a disposición de la nuestra señora Sakura en todo momento, ¿queda claro?
—Así será —dijo la kunoichi, firme, pero con estudiada pleitesía.
—Bien. Hay poco menos de dos horas para el agasajo que su santidad ha preparado, así que lo mejor sería que empezaran a colocar el atavío. —La mujer suavizó un poco el gesto, y con delicadeza levantó el mentón de Sakura—. Hace tiempo que mi señor no asigna una doncella a una de sus concubinas. Me alegro por usted, y espero pueda ayudar al emperador a encontrar el equilibrio y la virtud tan necesarias en su vida.

La casamentera se marchó.

—Bien, ayudémosla a ponerse este maravilloso vestido —dijo Amaya, en papel.

Luego de desanudar el obi del kimono de la chica, lentamente comenzó a retirar las piezas que lo componían, y menos de un minuto después tenía a Sakura desnuda ante ella. Sus labios se arrugaron y sus ojos se enrojecieron al instante, las marcas del demonio eran evidentes en el cuerpo de su prima… de su hermana. Tratando de contener la pena, comenzó a perfumar su piel antes de iniciar con el tortuoso proceso de poner un vestido tan elaborado.

—Lamento haber llegado tarde —dijo Amaya en tono plano.
—No debes disculparte, no era tu responsabilidad —respondió Sakura en la misma tónica.

La concubina estaba haciendo una más que admirable interpretación, su voz se mantenía sin cambios, su respiración estaba perfectamente modulada… sin embargo, gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas, lágrimas ante las cuales el temple de Amaya se rompió.

—Lo lamento tanto —susurró para que sólo Sakura la escuchara, mientras la abrazaba—. Pero te prometo que cada lágrima que yo seque aquí, será una gota de sangre que derramaré de ese maldito.
—Sé que lo harías, pero tiempo al tiempo.
—Cielos, qué complicado —dijo sonriendo mientras secaba su rostro y sonreía tontamente.
—¿Qué cosa?
—Un miserable vestido… creo que esto es un problema más del estilo de Tomoyo.


Adalius se puso de pie al instante de que Sakura apareció en la puerta del salón de banquetes. Era una visión en todo sentido de la palabra. Su cuerpo pequeño y esbelto veía maravillosamente beneficiadas sus curvas, su cintura estaba perfectamente detallada, y resaltaba el inicio de sus caderas, que se perdía en la amplia caída de los olanes de la falda, y la ausencia de mangas con pequeñas pulseras de brillantes conplementaba perfectamente con el pronunciado escote, y se enfatizaba su delicado cuello y exhibía sin reservas el nacimiento de sus senos.

Xiao-Lang también tuvo su momento de estupor ante aquella gloriosa vista, sin embargo, seguía metido en su rol, al ser el único, además de los sirvientes, invitado en ese salón.

El emperador caminó hasta su nueva adquisición, y con entusiasmo tomó su mano, depositó un beso en su dorso, y luego la guió al lugar que le correspondía en la mesa, a su derecha.

—Querida, luces exquisita.
—Muchas gracias, mi señor.

Por el siguiente par de horas, ambos estuvieron comiendo y conversando. Aún cuando Sakura, por su parte, ingirió apenas un par de bocados, además de la indisposición propia de las circunstancias, estaba el hecho de que poco o nada conocía de aquellos manjares que no eran oriundos de Nihon. En lugar de eso, haciendo gala de enormes dotes histriónicas, deleito al emperador con una charla no tan recelosa ya sobre los usos y costumbres de su nación, con una falsa simpatía muy convincentemente.

Sin embargo, no todo mundo la estaba pasando igual de bien. Dentro de su armadura, Xiao-Lang estaba viviendo el infierno en la tierra. Ahí estaba nuevamente el autoproclamado rey dios, convencido de que su comportamiento era el correcto, mientras departía alegremente con una mujer que de forma arbitraria y unilateral había reclamado como propia, y robaba su alma lentamente a cada palabra dicha con doble intención.

Sakura sonreía ante cada ataque del emperador, cuando tomaba una de sus manos para besarla o cuando se acercaba para aspirar el aroma de la parte trasera de su cuello, y casi sale de personaje cuando, por un momento, reparó en la armadura carmín del guardián de Schmidt. Ella sabía quién se ocultaba bajo el yelmo, y su estómago se comprimió hasta enfermarla, a sabiendas que el tener que fingir el interés y el arrobo con el emperador cobraba una cuota de dolor en su amado, que tenía que presenciar toda la pantomima a sólo unos pasos de distancia.

—Debo hacer un viaje muy breve, pequeña Sakura —informó Adalius cerca de la conclusión del evento—. Es necesario que visite las partes de Nihon que aún no conozco. Tal vez tome un receso aquí por unos meses antes de aventurarme al mar para llegar al nuevo mundo. Me encantaría que me acompañaras, pero creo que sería más importante si…
—¿Qué podría ser más importante?
—Que se te eduque sobre cosas que la concubina principal debe saber. Hay disciplinas que debes dominar, aunque hay una en particular que quisiera que enfatizaras.
—¿Y cuál podría ser, mi señor?
—La de amante. —Sakura no se molestó siquiera en ocultar su sorpresa al escucharlo—. Sé que pudo ser un poco difícil para ti ese primer encuentro, pero querida… —el hombre tomó su rostro, en una caricia sádica debidamente contenida—, no tienes idea de lo que despiertas en mí… en cuanto vuelva, pasaremos encerrados varios días, en los cuales te mostraré el verdadero rostro del placer en el amor de un hombre… de un dios como soy yo. No podrás conocer mayor felicidad.
—No puedo esperar… —respondió ella, en una voz menesterosa muy convincente.

Terminado el banquete, Sakura fue llevada a sus habitaciones.


Para Amaya representó un desafío calmar a su prima. El escenario dibujado por Adalius para ella resultaba alarmante y aterrador en muchos sentidos, y sus planes, más que un proyecto a futuro, sonaban como una sentencia de muerte.

Y aunque muchos pudieran pensar en aquello como una gran oportunidad de tener al hombre más importante del mundo como amante… o mejor dicho, como esposo, no era cualquier cosa. No sólo era su indiscutible poder mágico, sino también el económico y político, eso sin considerar que era un sueño de hombre hablando de su apariencia…

Pero estaba la contrapartida a todo eso.

La oportunidad llevaba implícita una inmoralidad manifiesta. Schmidt era un genocida que había construido su imperio con los cadáveres de sus enemigos, cualquiera involucrado con él en un compromiso de lealtad tendría la sangre de miles de inocentes en sus manos, sabía que el poder sobre otras naciones no nacía de la lealtad, sino del terror, y Sakura no quería ser parte de eso.

Utilizando algunas técnicas shinobi, Amaya pudo hacer dormir a su prima un par de horas antes del ocaso, se quedó a resguardo de su futón hasta bien entrada la noche, momento que ella tenía permitido para cumplir su segunda obligación en el palacio: satisfacer las apetencias de Einn.

Al presentarse donde el hombre ya la esperaba, él recorría la habitación como un lobo acorralado por las llamas de un incendio forestal.

—Xiao-Lang… —susurró, como en una súplica o una disculpa.
—Voy a matarlo, Amaya —respondió en el mismo tono de voz.
—No, no lo harás…
—Estoy furioso, claro que lo haré…
—No, de verdad no lo harás, porque no puedes. En el momento que levantes tu espada con ira contra él, acabará contigo sin que sepas qué te golpeó. Sé que es difícil, pero deberás confiar en mí… o si no te es suficiente, confía en Sakura.
—Ese maldito… yo… A mí no me importa si quiere matar a cada persona en su marcha por el mundo, me importa muy poco si cada nación de este planeta cae bajo su yugo…
—Hablas así, porque ya te lo ha quitado todo, y lo único que te mantiene atado a esta vida…
—Está unido a él… —la miró suplicante e indefenso, como un niño pequeño—, si él vuelve a ponerle una mano encima… yo… yo preferiría morir.

La ninja dio un suspiro muy profundo, tensó los puños y los labios, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas que contuvo lo mejor que pudo. Con paso atronador, libró la distancia que lo separaba de él.

La bofetada que le propinó, además de tomarlo completamente desprevenido, lo aturdió casi hasta noquearlo.

—Nunca… nunca te atrevas a decir semejante cosa de nuevo… sabes el inmenso sacrificio que Sakura está haciendo por todos nosotros, no voy a tolerar una cobardía como la que acabas de manifestar. Es el enojo y el dolor hablando a través de ti, porque sé que no eres un cobarde.

Avergonzado, Li bajó la mirada mientras masajeaba su adolorida mejilla.

—Tienes razón… perdóname. No sé qué me pasó.
—Está bien. —La chica regularizó su respiración—. En fin, mientras hacemos toda la pantomima amatoria de la noche, te informo: lo que estamos haciendo es algo mucho más grande y hay muchas personas involucradas. Y esas personas hemos llegado a la conclusión que tú y Sakura son la clave para resolver esto de la mejor manera, necesitamos que sigas al pie de la letra nuestras indicaciones para que lo antes posible, Sakura, tú, y básicamente todo el mundo conocido, recuperen la libertad. Por cierto, discutiendo esto con los insurgentes, uno dijo conocerte.
—Nadie en Nihon me conoce… podría ser una trampa.
—El punto es que este hombre no es de Nihon. La resistencia la integran refugiados de muchos países, él viene de China.
—¿De verdad? ¿Te dijo su nombre?
—Huang…
—¿Huang Chen? ¿Un hombre alto, robusto y bromista que parece estar feliz todo el tiempo.
—El mismo —dijo la chica, al recordar su apariencia y comportamiento.
—Es hijo de un socio de mi padre… pensé que Adalius también había acabado con todos los Chen.
—Y así fue, al igual que tú, es el único que sobrevivió. Qué gusto que pude darte un poco de alegría con eso.
—Bien, los ayudaré. Sacaremos a Sakura de esto.
—Por supuesto que sí.

Esperanzada, Amaya le indicó que de momento, lo único que debería preocuparle, sería concentrarse en su viaje y actuar con naturalidad. El viaje de Adalius sería a Kyoto y tomaría unos días. Amaya se encargaría de enseñarle algunas técnicas a Sakura para librarla lo más posible de volver a ser víctima carnal del emperador, y finalmente pondrían en marcha un plan final para buscar la ansiada libertad.

—Gracias por todo, Amaya —dijo agotado el muchacho al final, luego de enterarse de cuál sería su rol en todo aquél elaborado complot—. Espero no sientas que estoy abusando, pero… ¿crees que podría pedirte un último favor?
—Desde luego, cualquier cosa.
—Sé que no es necesario que te lo pida, pero cuida de Sakura en mi ausencia… y si por algún motivo no soy capaz de cumplir con mi misión… acábala tú por mí. Encárgate de dar la muerte más dolorosa, ruin y humillante a Schmidt.
—Claro que sí —contestó, solemne.
—Y… ¿Crees que podría hablar un poco con ella antes de partir?
—Estaba esperando que lo pidieras.

Mientras guiaba al chico por los tejados, pensaba en lo acordado. Era un compromiso auténtico, y aunque esperaba que no fuera necesario, lo honraría.

Quinto acto.

Fin.


NdeA: Desde la edad media, determinar una hora se hacía a través del avance del sol, y de las liturgias que los cristianos debían realizar a lo largo del día, costumbre utilizada por Adalius al venir de Europa cristiana. La hora prima era apenas el sol salía por el horizonte, la hora sexta era alrededor del mediodía.