Décimo acto: Carrera contra el tiempo.
—Habremos de partir antes de que el frío del otoño dificulte la navegación. Si bien, las aguas en este lado del mar no suelen ser turbulentas, no sabemos cómo serán las cosas en tierras americanas.
—¿Qué dicen los expertos de Nihon al respecto? —preguntó Adalius, entre indiferente y aburrido a uno de sus generales leales, mientras establecían el plan de viaje.
—Con todo respeto, señor, estas personas son conocidas por estar aisladas del resto del mundo civilizado, apenas si han emprendido viajes a costas chinas o…
—¿Llama a mi pueblo incivilizado?
La apenas audible voz de Sakura detuvo por completo el discurso del general, que ostentaba el símbolo rúnico del sol en su coraza. Unas semanas habían pasado desde la propuesta matrimonial de Adalius, y la cohorte completa le rendía atenciones cargadas de temor, aun cuando ella, justo como pasaba en ese momento, cuestionaba con inocencia, y en esa muy particular intervención, con algo de tristeza ante la idea de que su cultura fuera subestimada.
El militar, consciente de su falta, plantó una rodilla en el suelo.
—¡Le suplico me perdone, mi señora, no quise…!
Las palabras de aquel enorme hombre, a todas luces nórdico, frenaron cuando ante sus ojos destelló la hoja escarlata de Einn, en franca búsqueda de su garganta.
—¡Pare, por favor, Einn! —exclamó Sakura.
El acorazado, como si de una extraña pieza mecánica se tratara, recobró una postura neutra lentamente, mientras que el general imprudente tragaba pesado, con la hoja del sable a milímetros de su cuello.
Si bien, la casi proclamada emperatriz tenía un carácter que la convertía en el equilibrio necesario ante la ferocidad de Adalius, en algunos casos había terminado creando un mayor estrés a los miembros del gabinete del dictador. Había que ser increíblemente cautelosos en su presencia, y los que se quedaban en su representación en Nihon, sentían el alivio de que la pareja se marchara más allá del mar.
Amaya, que desde una distancia prudente observaba la escena, rió con discreción. Adalius no habría perdonado a nadie semejante atrevimiento, pero Sakura terminaba intercediendo por los "rebeldes", apelando a que el perdón era una parte importante de gobernar.
La muchacha se levantó de su trono, a la izquierda del emperador, y alcanzó al guardián, y con el suave toque de su mano hizo que retrocediera.
—Estoy convencida de que el general sólo está preocupado por la seguridad de mi señor, y soy yo quien debería disculparse por generar un malentendido. Póngase de pie, por favor, general…
—Para mis señores, soy Cerbero. Estoy seguro que los expertos de este país tendrán grandes aportaciones que hacernos —se dirigió entonces a Adalius, que observaba la escena con curiosidad, sonriente—. Sólo faltaría esa parte de la preparación, y estaríamos listos en dos semanas para partir.
Durante el desarrollo de toda aquella escena, Amaya había dado una discreta vuelta en los alrededores de aquella sala de guerra, y entre sus diligencias, había puesto un nuevo juego de ofudas en los muros y estructuras que los dejaban muy bien ocultos.
El trabajo había sido hecho con tal precisión, que Adalius no notó los bloqueos puestos a su alrededor. Estaba demasiado ocupado en labores de cortejo como para notar que una densa telaraña se enredaba a su alrededor, y confiado se paseaba por el palacio y sus alrededores, sólo acompañado de su doncella y su guardián.
—Mi señor, hay un par de asuntos que nos gustaría tratar con usted —soltó uno de los capitanes navales de Edo unos días más tarde, afuera de los aposentos del emperador.
—¿Quieres que te acompañe? —musitó Sakura, solícita.
—Para nada, querida, cosas aburridas, terminaré con ellas en un momento y podremos seguir planeando nuestro viaje.
El rubio comenzó a seguir al capitán, y Einn se alistó para ser su sombra como siempre.
—Esto será en verdad breve, muchacho. Quédate aquí un momento y cuida a tu señora.
Xiao-Lang se quedó petrificado al escuchar esa orden, y sin dar crédito, vio la espalda de su amo alejarse para perderse entre los pasillos.
Al girar sutilmente el rostro, encontró a una Sakura igual de perpleja, a la que le bastó una mirada fugaz al casco de su forzado acompañante para ponerse pálida.
Ambos estaban bajo el marco de la puerta de la alcoba imperial, aposentos que de lo grandes, se antojaban como una casa entera, de menaje completamente occidental, y que se había convertido en la morada final de Sakura.
Nada peor que la ambigüedad de la coyuntura para dejarlos incapaces de reaccionar. ¿Qué debía hacer Sakura? ¿Invitarlo a tomar una taza de té? ¿Perderse en el interior de la habitación, y dejarlo a él afuera? ¿O aquella idea, repentina y avasallante de entrar y hacer de cuenta que nada importaba, y volver a ser el uno del otro como la primera vez?
Esa última idea, fue la primera en morir. Ambos entendieron al momento lo absurdo nada más de concebirla.
—Por favor, tome una taza de té conmigo, Einn.
—Mi señora.
El guardián siguió a la doncella hasta una pequeña mesa, a un lado de un balcón. La magia del emperador había convertido aquel antiguo salón de culto minimalista con apenas algo más que un tatami, en aquella exquisita pieza arquitectónica, que sin lugar a dudas sería idéntica a la de un palacio europeo, misma que Einn había recorrido cientos de veces en el pasado, pero que ese día, dada la compañía, parecía un lugar completamente desconocido y misterioso.
Sakura sirvió el té, y puso una taza delante del soldado. Por desconcertantes minutos, se limitó a observarla a través de la rendija del casco, hasta que finalmente se atrevió a retirarlo, y se mostró el alborotado castaño que habitaba en los sueños de la mujer ante él.
Por unos minutos más, no hubo otro sonido que el de los comensales, al sorber sus tazas.
—Mi dama de compañía me ha contado sobre usted —comenzó Sakura, casual.
—Espero que cosas buenas.
—No creo que haya algo más que cosas buenas que se puedan contar de usted, Einn. Es un hombre leal al imperio, y un guerrero formidable, por lo que he escuchado del mismísimo emperador. —La taza en su mano comenzó a vibrar, carencia que corrigió al instante, al dejarla sobre la mesa, cosa que no pudo hacer con su voz—. Y me ha dicho también que es un amante respetuoso y bueno… que seguramente será un gran esposo cuando obtenga la recompensa de su retiro.
—Estoy convencido, mi señora, que mi misión será la artífice de mi muerte.
—No hable así, por favor. Usted merece tener una larga vida, y la felicidad al lado de… —Su voz se quebró finalmente—. Al lado de una buena mujer… perdóneme, por favor, sólo soy una soñadora que no puede resistirse al encanto de una historia romántica.
Einn desapareció, y Xiao-Lang entró al relevo, incapaz de ver el sufrimiento en los ojos de su primer y único amor. Estuvo a nada de levantar una mano para ponerla en la mejilla de ella y darle así consuelo, pero unos pasos en el pasillo afuera del recinto lo hicieron desistir.
—Excusa a Sakura, Einn. Es una romántica empedernida, y su sensibilidad está más allá de lo que puedo comprender —pronunció Adalius, que se encaminaba a ellos mientras leía un papiro con desenfado—. Esa es una de las cosas que hace a esta mujer tan única y especial —concluyó, mientras acariciaba con delicadeza el mentón de la joven, gesto que ella correspondió al acariciar con la mejilla la palma de él, con la más dulce de las sonrisas—. Tenemos una travesía que planear, así que siéntete libre de hacer lo que te plazca el resto del día.
Einn apuró el té que quedaba en su taza, y luego de hacer una reverencia, salió de la habitación, que cerró sus puertas con sellos mágicos.
La interpretación de esa conducta era sólo una: el emperador no sólo pensaba en planear un viaje, sino en divertirse en actividades carnales con su acompañante el resto de la tarde.
¿Qué era exactamente lo que pasaba con Adalius? Nunca, en el tiempo que Einn lo había acompañado, lo vio tan encaprichado ni por tanto tiempo con una sola mujer.
Odiaba la idea, le dolía en el diafragma como una puñalada, pero al mismo tiempo, le alegraba que ese nivel de enamoramiento tuviera cautivo al mismo monstruo que todos buscaban destruir.
Pensó en la ironía: Adalius prometió paz, prosperidad y justicia, lo que trajo genocidio y dolor a la humanidad… y su muerte estaría coloreada por el amor.
—Hasta hoy, no había visto un poder como el de Adalius, sin embargo, su debilidad radica justo en su forma de ver el mundo —expresó Xiao-Lang, con voz muy baja, mientras comía algo de la fruta que la kunoichi le había llevado.
—Explícate.
—Antes de ser el mayor hechicero y tirano que este mundo hubiera conocido, fue un alquimista, y un mago de estilo más bien tradicional. Sus estudios, por otro lado, se vieron sesgados por las correrías de la inquisición en aquel lugar del que viene.
—¿Qué es una inquisición?
—Por órdenes del alto clero cristiano, la religión de los occidentales, los practicantes de magia eran perseguidos y asesinados por una sociedad organizada y sanguinaria, que no temía de torturar a sus presas, fueran estos hechiceros o no. Por estos y otros eventos que me contó de forma muy breve, no investigó de lleno el alcance de su poder… estoy seguro de que si se lo propusiera, podría reescribir las leyes de la naturaleza.
—Entonces su falla… es su falta de visión —reflexionó Amaya—. Tomoyo dice que ese tipo de conocimientos y manifestaciones son epifánicas, y pueden venir de elevados niveles de estrés.
—Justo así. Sakura está logrando que el estrés salga por completo de su vida, y eso aleja el potencial de un despertar… es por eso que debemos concluir con esto antes del viaje a América. Si fallamos, y él descubre el siguiente nivel de su poder… no quiero imaginar lo que podría hacer.
—Nihon mismo podría desaparecer.
El muchacho tiró por la ventana la mitad de la manzana que estaba degustando, y colocó su cabeza entre las rodillas, abatido. Aquel país, su oportunidad de llevar justicia a los caídos, y la integridad del mundo mismo estaban en juego… y él sentía una horrorosa culpa porque sólo había ira en su corazón, una ira egoísta, de saber que su mujer estaba en brazos su enemigo justo en ese momento.
—Sé fuerte. Es mucho lo que te pido, pero sólo así abrazaremos el éxito. Sólo así podrás aspirar a estar junto a ella.
—Aún si es en la fosa.
—No pienses eso, no te derrotes a ti mismo antes de dar la batalla… retoma el valor pensando que el escarlata de tu acero podría ser el que corte el cuello de ese monstruo.
—¿Nunca te preguntaste el porqué de que las cosas fueran como son? Soy un buen hombre, Ku-Chi, trabajé duro toda mi vida, me enamoré con todo mi corazón de alguien que me correspondía… ¿por qué este destino procuró dejarme vivo de entre todos en mi familia y me trajo de vuelta a este país, sólo para ver a la mujer que amo ser poseída por el mismo hombre que provocó mi miseria? ¿Qué clase de macabra coincidencia es esta?
—¿Coincidencia, dices? Creo que no te estás dando cuenta de que nada aquí es coincidente, Xiao-Lang… ¿me repites el linaje del responsable del despertar de Adalius?
—Reed y Li.
—De los Li a los que perteneces, ¿no?
—¿Cómo sabes eso?
—Tu amigo Huang me lo contó.
—Vaya… pequeño entrometido.
—No digas eso, es un buen amigo hasta donde se ve, y lamenta de verdad que hayas muerto, porque él no sabe que estás aquí, ayudándonos. Es un tipo muy gracioso, de verdad me cae bien. Pero no nos distraigamos: el destino, Xiao-Lang… Adalius te dejó vivir no sólo por tu gran poder, sino porque a cierto nivel de consciencia, estaría obligando a la casa que lo traicionó a vivir bajo su yugo, eres la venganza contra Clow encarnada. Y en cuanto a Sakura, tomó al máximo potencial mágico de este país, y sin saberlo, ambos serán los responsables de su destrucción… Estos eventos no albergan coincidencia alguna, porque semejante fenómeno no tiene lugar en la realidad. Las coincidencias no existen, sólo lo inevitable tiene lugar… así que déjalo fluir.
Xiao-Lang se quedó pensando por un muy largo rato en todo aquel discurso, y notó que le había ayudado no sólo a entender el curso que la historia tomaba, sino a sentir cierto alivio, e incluso un nuevo motivo para continuar.
—¿Llegaste tú sola a esa conclusión?
—Muy impresionante, ¿no?
—En absoluto, sólo confirmaba, siempre te he creído la más lista de las tres.
—Esa es Tomoyo, pero te acepto el cumplido. Paquete completo: hermosa, fuerte e inteligente.
—Huang es muy afortunado.
—¿Y eso a qué viene?
—No lo sé, tú dímelo, tú lo trajiste a esta conversación.
—Ahora el pequeño entrometido eres tú…
—El sellado mágico al que el emperador está siendo sometido limitará su poder, pero no por ello estará desprotegido —contó Tomoyo en la última reunión de guerra que tendrían—. Y de hecho, los hechiceros que estemos cerca a la hora del asalto, nos veremos debilitados también, al grado de que sería recomendable que no usáramos magia en absoluto, si a él, ese bloqueo le significará un desmedro de más de la mitad de su poder mágico, el nuestro podría verse completamente anulado. Adalius deberá caer por el acero, no por el encantamiento. Debemos finiquitarlo antes de que abandone el castillo Chiyoda, y si pone un pie en el astillero, habremos perdido.
—¿Cómo podremos distinguir a nuestros agentes de los hombres leales a Adalius? —preguntó uno de tantos extranjeros que acudían a esas reuniones.
—No podremos hacerlo. Todas las personas infiltradas saben que podrían ser confundidos con hombres de Adalius, y podrían ser tratados como tales. No habrá prisioneros para ningún bando, la misión es demasiado importante como para detenernos en ese tipo de detalles.
—¿Qué nos hará diferentes a él entonces, Sohei? —cuestionó Huang, al parecer, sorprendido de que en un cuerpo tan pequeño y menudo, cupiera semejante falta de escrúpulos.
—Que nosotros sólo mataremos una vez, señor mío. Empeñaré mi humanidad en el sacrificio de los que compartan mi búsqueda de la libertad.
—Me suena a que en su arrogancia, no le importa sacrificar a sus aliados.
—No tiene sentido discutir por esto —zanjó Amaya, desde las vigas del templo abandonado, su lugar favorito para presenciar las reuniones—. No estamos precisamente en una posición desde la cual podamos elegir entre un bien o un mal, sino entre el menor de dos males. La vida y la conciencia de todos nosotros está comprometida en esto, y por ahora, debemos concentrarnos en ganar. Ya expiaremos nuestras culpas cuando todo termine.
La concurrencia no pudo más que reconocer la verdad en las palabras de la kunoichi, discurso que restauró la obediencia del colectivo a Tomoyo.
—No me importa si consideran que mis métodos son crueles, entre mis pérdidas están personas a las que amo, pero sé que mi responsabilidad está más allá de esas personas. Es el futuro del mundo del que hablamos señores, y espero que eso pueda ser apreciado por los que sobrevivan, cuando recuperen su libertad. En un momento repartiré sus comisiones y posiciones.
Los asistentes salieron despachados, y un rato después, sólo las primas quedaron en la construcción abandonada.
—Debes informar a Sakura sobre esto, corremos contra el tiempo, Adalius debe ser su mascota para cuando llegue el día del asalto.
—¿Sigues pensando que es una buena idea simplemente debilitarlo y luego lanzarle a todos los hombres armados que tengamos? ¿Por qué crees que ganaremos en esta ocasión?
—Los hombres armados no son para matarlo, sino para debilitarlo lo máximo posible. Obviamente no puedo dejar en manos únicamente de la espada a un tipo tan poderoso y taimado como es el emperador, estoy segura que no dudará en usar a cualquiera como escudo humano cuando se vea acorralado. Además del asalto directo por parte de Sakura y Li, tendré a una cuadrilla de ballesteros en las murallas del castillo, y por último…
La mujer puso ante su rostro uno de los ofudas que había encargado a Amaya colocar por todo el palacio, y lo lanzó contra un muro, donde se adhirió, absorbió y quedó una apenas perceptible marca de pirograbado en forma de luna. Hizo una nueva seña con la mano, como simulando una garra, y el papel reapareció en el lugar, mismo que voló de vuelta a la mano de Tomoyo. Al recibirlo, una ligera rozadura apareció en el dorso de su mano.
El fenómeno se explicaba a sí mismo, los ofudas no eran permanente, podían retirarse.
—Pero… Tomoyo, he pegado casi cien de esos ofudas en el castillo, esto te hará mucho daño si lo retiras de un solo golpe…
—Ese será mi sacrificio. Cuando Adalius esté lo suficientemente lastimado, cuando esté agonizante, cada hechicero en el lugar podrá utilizar todo lo que tiene para destruirlo. Y espero que tú tengas participación en esa campaña. Si estoy muy mal, mi deseo será que acabes con mi dolor.
—Yo no podría…
—Pudiste esparcir tu culpa con Sakura, no veo porque no terminarías con mi sufrimiento.
—Eso es muy injusto, Tomoyo.
—La historia lo dirá. Tienes tus instrucciones.
—A la orden, Sohei. —La vio caminar con su paso ligero característico—. ¡Tomoyo! —La mujer se detuvo, pero apenas si giró un poco el rostro.
—Cuando esto termine, desearía que todo fuera como antes.
—Un deseo muy noble, pero muy ingenuo.
Amaya hizo la rutina del diario en las habitaciones de Sakura. Aseó un poco, sirvió el té, seleccionó la ropa de su señora, pero Sakura no aparecía. A últimas fechas, aquello era lo más común, Sakura terminaba pasando la noche con el emperador, y regresaba bastante desvelada, en ocasiones compartía algún refrigerio con su dama, pero terminaba fulminada sobre las sábanas y almohadones de plumas.
Cuando llegó esa mañana, lucía diferente.
—¿Todo en orden, mi señora?
—Sí, Ku-Chi, todo bien… Adalius puede ser… vigoroso.
No supo qué decir ante semejante declaración.
Y el punto era que el humor simple, casi infantil de Amaya en asuntos de cama, inequívocamente la llevaba a la risa… pero la expresión y actitud de Sakura no la dejaban ni con un poco de ganas de reír.
—Mi señora… su rollo de oraciones —trató de llamar su atención Amaya, al hablar en clave—. Hay cosas por hacer, Buda tiene designios que debemos cumplir…
Sakura se tendió en la cama, pero mantuvo la atención en la mucama.
—¿Y qué es lo que ordena?
—El día que emprenda el viaje, cuando deba marchar al mar… Ese será el día en que Buda alce su mano contra el falso dios.
Y si los comentarios previos de Sakura la habían descolocado, la forma en que la observó al escuchar eso la puso en alerta. Sakura lucía asustada, arrepentida incluso, y el cansancio que la reclamaba sólo un instante atrás parecía haberse esfumado.
—¿E… estás segura?
—Totalmente, mi señora. La preparación de los últimos días habrá rendido frutos, Nihon y el mundo alcanzarán la iluminación, aquella que sólo se puede obtener a través de la sangre. —No podía creer lo que sus ojos le mostraba… acaso ella estaba… ¿dudando?— Por favor, sea nuestra guía en esta plegaria… Si usted nos abandona, todo lo que ha amado o amará, desaparecerá.
—Tienes razón… yo… estaré lista. Por ahora, por favor, tómate la tarde, estoy agotada y quisiera dormir.
Antes de darse cuenta, Amaya estaba afuera de la habitación.
Sin pensárselo demasiado, comenzó a aproximarse a los aposentos del emperador, debía llamar la atención de Li, y charlar con él. Adalius era un gobernante cruel, un déspota en toda regla, la encarnación de la maldad, pero había demostrado ser un hombre encantador, y parecía sentir afecto legítimo por Sakura… quizás ese comportamiento, había creado un legítimo vínculo, si no de amor, al menos de un profundo y nocivo enamoramiento.
Eso no podía representar nada bueno.
Décimo acto.
Fin.
