Undécimo acto: La antesala del fin del mundo.
El sol, único regente ajeno al poder de Adalius, se levantó por el oriente con total indiferencia a los eventos del país que debía su nombre a su reinado. En la casa Kinomoto, Fujitaka asistía a una Nadeshiko enferma a tomar un poco de sopa. En la finca de las Amamiya, Tomoyo hacía ayuno ritual en el tatami de su salón de culto. En los bosques a las afueras del castillo Chiyoda, Amaya, perfectamente oculta entre las ramas de los árboles, desayunaba algunas ciruelas silvestres.
Dentro de la fortaleza, los generales y cortesanos tomaban sus alimentos en sus aposentos, variados en calidad y porción de acuerdo a su rango, importancia política o capacidad económica.
Xiao-Lang probaba una pequeña porción de todo aquello que Adalius comería sólo un momento después, anticipando venenos. Era tan eficiente que podía detectarlos por un mínimo de sabor u olor, y su sangre había desarrollado resistencia a la gran mayoría de ellos.
Así, unos minutos después, los emperadores tomaban un pacífico desayuno con una panorámica inigualable del monte Fuji, acompañados sólo de su guardaespaldas.
—Apenas si has dado un par de bocados, querida, te comportas igual que el día en que nos conocimos —increpó con juguetona galantería Adalius, y ofreció un pedazo de fruta directo a la boca de su consorte.
—Discúlpame… —respondió ella, luego de tomar el bocado—, es sólo qué…
—Estás emocionada por el viaje, ¿verdad?
—Claro que sí… pero extrañaré mucho a mi nación y a mi familia, para ser sincera.
—Querida mía, el mundo entero es tu nación ahora, y yo soy la única familia que necesitas.
Xiao-Lang había desarrollado una resistencia más en esas últimas semanas: la capacidad de soportar las arcadas ante las palabras enamoradas de Adalius, y la correspondencia de Sakura. Debía admitir que el involucramiento de la segunda era más que ejemplar, un histrionismo que nunca se imaginó ver ejecutado de forma tan perfecta.
Hubo un par de toques en la puerta, y el guardián respondió al llamado. Al abrir, Cerbero hizo una reverencia y se adelantó unos pasos, con más confianza de la usual. Había aprendido a medir el humor de su señor a través de Sakura, y sonreía con desenfado a ambos, luego de poner un puño en el pecho como señal de saludo, que también era el indicativo de que solicitaba audiencia. Adalius asintió, mientras daba un sorbo a su té.
—Mi señor, las naves destinadas a su incursión a las Américas fueron preparadas y trabajadas con ahínco y sin descanso, pero los sacrificios han valido la pena. Podremos botar a la flotilla completa esta misma tarde, según lo teníamos previsto.
—Excelente —Adalius se puso de pie, y se acercó al soldado—. Quiero verlo por mí mismo.
El militar, complacido, comenzó a andar, y justo cuando Einn iba a unírseles, Adalius le hizo una seña para que se quedara con Sakura. Incluso daba la impresión de que le importaba más la seguridad de ella, que la propia.
Aquella vez, sin embargo, no fue esa extraña incomodidad de compartir habitación que se había dado en el pasado. Había una barrera entre ellos, que les evitaba incluso hacer contacto visual. Eran muchas cosas las que abrumaban al par, entre otras, que ese sería el día del asalto final, que no habían arreglado nada entre ellos, y que muy probablemente uno o los dos morirían antes del crepúsculo.
Y siendo tan buen lector de las actitudes de las personas, Xiao-Lang pudo notar aquella misma aura que emanaba de Sakura y que Amaya ya había detectado, aquel gesto compungido y culpable de quien debe hacer algo que realmente no desea hacer. La mascarada, para ese punto, había ido ya demasiado lejos, al fingir por tanto tiempo y con semejante entrega que sería la próxima emperatriz, y que viviría al lado del hombre más poderoso del mundo.
Pudiera ser que, luego de todo el dolor, la renuncia y el potencial peligro de muerte, la única protección para su mente, fue asumir que obtendría todo aquel poder y protección de Adalius, y que eventualmente tendría que corresponder con lealtad, fidelidad y entrega a él.
La otra hipótesis, tanto más aterradora, era que esa preocupación por el emperador, fuera genuina… que por algún retorcido mecanismo, los sentimientos y afectos de Sakura hicieran a Adaluis su depositario, y estuviera dispuesta a echar por la borda todo lo planeado y logrado, con el único afán de salvaguardarlo.
Esas reflecciones sonaban como disparos de cañón en la mente del guardián, con tal potencia, que comenzaba a sentirse mareado, pero un silencio abrumador lo golpeó, apenas Sakura se volvió para mirarlo.
—Esto no está bien —susurró.
—¿Mi señora?
—Sé que no he hecho nada para merecer su lealtad, Einn… pero me gusta creer que si le pido alguna cosa, la hará.
—Usted es mi señora, no tiene que pedirme nada. Basta una indicación suya para que su voluntad se vuelva la mía.
—Si es así… Proteja al emperador hasta el final, sin importar nada, aún a pesar de mí. No me cuestione por aquello que le solicito, por favor, y si va en contra de lo que usted mismo cree… tiene la libertad de usar su espada ahora mismo contra mí.
Xiao-Lang no lo dijo, pero era un hecho que pasaría por la hoja de su espada primero a Adalius, y luego a sí mismo, antes que a Sakura.
—La seguridad del emperador está garantizada, mi señora.
Aquella extraña charla iba a seguir adelante, pero el rubió entró al recinto. Parecía bastante feliz, y como si de un adolescente se tratara, tomó por el cuello a ambos presentes, en un abrazo.
—¡Está hecho! ¡Las naves son espectaculares! La vamos a pasar muy bien de camino a América, y cuando estemos allá, veremos el tamaño de sus riquezas…
—Que, como bien dices, cariño, son de ellos.
La oración de Sakura, cargada como siempre de una infinita inocencia, creó un momentáneo gesto de desconcierto en el emperador. Era una costumbre en los últimos años que nadie lo contradijera de ninguna manera posible, y si bien aquella declaración no era específicamente una negación o una reprimenda, sí dejaba en claro el tipo de conducta que Sakura esperaba de aquel hombre.
Era como iniciar el camino a una redención.
—Pues antes de que se me limite aún más, debes preparar lo que sea que quieras llevarte —se dirigió a Einn—. Será un viaje largo, y no sé cuánto tiempo nos quedaremos allá, he escuchado que América es un lugar inmenso, es como un nuevo mundo. Sakura y yo seleccionaremos lo que habremos de llevar también, te avisaré cuando sea la hora de partir. ¿Quieres llevarte a la mucama? No vas a ver a una mujer en un largo rato, muchacho.
—Le preguntaré.
Sin más, el guardia se marchó.
—¿Y? ¿No vas a preguntarme si quiero ir a América? —se burló Amaya, mientras aseguraba un par de correas a sus muslos, donde media docena de kunais eran resguardados.
—Necia. Espero que lo tengas todo preparado, Adalius está de verdad emocionado, en cualquier momento podría llamarme para abordar, no le gusta esperar cuando puede acceder a algo que desea.
—Y ahí es donde Sakura entra al juego. ¿Has visto como es que lo tiene domado? ¡No puedo ni imaginar el tipo de artes de manipulación que utilizará con él parAAAH! ¡Qué tema tan incómodo de discutir contigo! —Se detuvo al ver como se ensombrecía el rostro de su contertulio, y como pudo, aguantó el ataque de risa que crecía en su estómago.
—De hecho… eso es algo que me preocupa.
La hilaridad murió en cuanto se hizo esa declaración.
—¿De qué estás hablando?
—Estoy seguro de que hay algo que no está bien en la mente de Sakura. Es como si ella realmente estuviera… preocupada por él.
—Yo también lo he notado —reflexionó la espía—. Pero no dudo de que el corazón de Sakura está en el lugar correcto.
Esa afirmación era más un alivio para sí misma… si el corazón de Sakura se había ido a un sitio diferente… Tomoyo se encargaría de regresarlo a su lugar de la forma más eficiente posible. Nunca pensó que llegaría a sentir miedo de ella.
—Es hora —afirmó Tomoyo, cuando el sol estaba cerca del cénit.
En el paso pausado y tranquilo que la caracterizaba, caminó hasta el patio del templo, en soledad. Ahí, buscó en el cielo matutino la fuente de su poder, que a pesar de la potencia de la luz del sol, se asomaba sutilmente, en rebeldía, en ocupación de una hora del día que no le correspondía. La luna, en su fase creciente.
La joven tomó de su bolsillo una docena de papiros rectangulares. Con infantil entusiasmo, comenzó a hacer origami con ellos, y pasados unos minutos, tenía un pequeño destacamento de grullas de papel. Uno a uno, fue susurrando algo a la cabeza de los pajarillos, que luego de recibir su orden, volaban en distintas direcciones, mientras se confundían con las aves de verdad.
—Deberías estar ayudando a Sakura a prepararse para el viaje, va a ser un tanto anormal que su dama de compañía no esté ahí con ella en un día tan importante.
—Lo sé, Tomoyo, sólo venía a reportarme antes de que todo comience… y a despedirme.
—¿Irás a algún lado?
—No juegues conmigo. Sabes perfectamente a qué me refiero. Es posible que esta sea la última vez que charlemos.
—Pero no es lo único, ¿verdad? —el violáceo en los ojos de la monja se intensificó, casi al nivel de volverse luminoso—. Estás inquieta, Amaya, muy intranquila, por algo que viste, y aunque no lo reconocerás jamás, quieres consejo.
Amaya tragó pesado. Tomoyo era una bruja poderosa, y sus facultades empáticas la hacían temible, en especial para alguien que tenía secretos. Pero aquella dote mágica no era necesaria cuando la observación e intelecto de la Sohei era la que salía a flote. Toda aquella declaración había resultado de un estudio fugaz de las expresiones y lenguaje corporal de la kunoichi, y las afirmaciones atómicas que lanzaba, las usaba para desestabilizar a su interlocutor, y lograr que lanzara más información de la que desearía compartir.
Por fortuna, Amaya la conocía de toda la vida, y sabía contrarrestar ese tipo de ataques.
—¿Quién no querría algo de consejo, estando en la antesala del fin del mundo?
—En especial cuando cargas con culpas.
—Lo que nos pone a las dos en la necesidad de hablar antes de lanzarnos al vacío, ¿verdad?
—Y justo eso me lleva a la interpretación de esa inquietud que no te deja pensar con claridad. —Decidida, Tomoyo caminó hacia Amaya, que retrocedió recelosa, vigilante de que no hubiera contacto entre ellas, al menos, no directo—. El desasosiego viene de que un corazón que no es el tuyo flaquea, y podría echar por la borda todo aquello por lo que hemos trabajado, pero temes a tener que aplicar la sanción correspondiente a ese potencial traidor.
—Tomoyo… Sakura es mi hermana.
—Tanto como lo es para mí, y a su vez, yo de ti. Y en afán de honrar ese vínculo tan puro, no podemos permitir que su alma se corrompa.
En un movimiento que resultó rápido, aún para los estándares de Amaya, Tomoyo le quitó uno de sus kunais, y lo miró con aprehensión por unos segundos. De una de sus mangas extrajo un diminuto tubo de porcelana. Con excesivo cuidado, introdujo la punta del kunai, comprobó que se hubiera humedecido con el contenido del recipiente, y esperó a que el metal absorbiera por completo el fluido.
—¿Qué es eso, Tomoyo?
—El castigo no tiene porque ser violento o doloroso. Deja que el veneno griego se haga cargo. Antes de que el receptor se dé cuenta siquiera de lo que está pasando, estará con los ancestros (1).
La mujer hizo camino al interior del templo nuevamente, dejó el kunai en una de las esculturas de león a la entrada, e indicó a Amaya que tuviera cuidado con la manipulación del mismo, apenas un roce que perforara aunque fuera un poco su piel, sería fatal.
Amaya comenzó su camino al palacio, y en ese inter, se encontró a un grupo de campesinos. No tardó en notar que estaban reunidos en torno a un invitado muy poco común. El más alto de ellos, que se resguardaba del sol con un sombrero de paja, y cubría la parte baja de su rostro con un paño, sostenía una pequeña grulla de papel en la palma de su mano.
—Señorita Amaya —saludó con entusiasmo, luego de hacer una reverencia.
—Señor Huang —respondió ella, repentinamente emocionada. Le atraían sobremanera los hombres tan altos y robustos, y las conversaciones del hombre aquel le resultaban entretenidas por aquel humor involuntario que ponía en ellas—. Veo que ya sabe lo que hay que hacer, ¿cierto?
—Sí. Nos estamos preparando ahora mismo, estaremos en el palacio, aunque a la distancia.
—¿Será uno de los ballesteros?
—Sí, de hecho, los estaré liderando.
—Su japonés es muy bueno. Si no fuera porque sé de dónde viene, me habría creído por completo que es nativo.
—Me halaga. Su país me gusta mucho, y me han tratado muy bien.
—Pues es mutuo.
—¿Qué?
—¿Qué? ¡En fin! Debo irme ahora.
—Claro. ¡Buena suerte!
Amaya apretó el paso. Ante ella, el conocimiento de que esa sería una tarde horrible, sombría y eventualmente la última de su vida, le causaba una terrible aflicción, misma que era momentáneamente sanada por la esperanza y la fantasía del retorno, y de las ilusiones que una mujer joven y hermosa como ella albergaba en su corazón, y que por los últimos eventos, no pudo seguir alimentando.
Estaba resignada. El destino era cómo era, no había más que hacer que su parte en el gran plan universal, en aquella intrincada búsqueda de la libertad.
—¡Amaya! —escuchó a la distancia, se detuvo y miró al joven chino agitar la mano a la distancia—. ¡Cuando vuelva, tomemos el té!
—¡Por supuesto!
A partir de la tercera hora, el ritmo en el palacio se volvió frenético. Aquí y allá, dignatarios, soldados y montones de sirvientes cargaban con baúles repletos de equipaje, que a su vez, eran llevados en carretas a los barcos en el astillero, una flotilla de doce naves, diseñadas para viajes intercontinentales, y abastecidos para soportar semanas y hasta meses en altamar.
La bahía de Edo parecía destellar, en la completa ignorancia de lo que significaba para la historia misma, era la meta a alcanzar, era, abierta al océano, la ruta de escape hacia el nuevo mundo, y la concreción de la conquista completa del globo, en manos de un tirano aún mayor que cualquier César, que Carlo Magno, y que el mismo Gengis Kan.
Y por otro lado, su cierre significaba el final del reinado del terror de Schmidt, la retribución para los pueblos aplastados por su paso, la salvación y la libertad para Nihon, y el desconocimiento del dolor para los nativos americanos del otro lado del mar.
Los ejércitos del emperador seguían una rutina regular.
Los rebeldes trabajaban en secreto, listos para el asalto final.
Adalius observaba satisfecho como se vaciaba su habitación, e imaginaba una nueva vida en tierras desconocidas con la mujer que el destino había convertido en su nueva musa.
Sakura, ansiosa casi hasta la parálisis, reflexionaba sobre su actuar y las consecuencias de sus decisiones, y si realmente aquello que consideraba correcto, sería relevante en la gran pintura del destino.
Xiao-Lang daba órdenes a la servidumbre, autoritario, completamente inmerso en su rol de mano derecha del demonio, a la expectativa de las órdenes de la única persona a la que seguiría hasta el fin del mundo, y que no era Adalius.
Amaya anudaba el obi de su prima, en la misma incertidumbre que la carcomía a ella, conocedora de que la flaqueza en la voluntad de Sakura la convertiría instantáneamente en su ejecutora, idea que provocaba que las piernas le temblaran.
Tomoyo terminó de embellecer el kimono blanquísimo que la identificaba como la guía espiritual de Tomoeda, debajo de su falda eran cubiertas espinilleras de samurái, al igual que los guardabrazos debajo de sus mangas, y un peto que cubría su torso. La princesa guerrera estaba lista para guiar a su pueblo a la batalla final.
Con habitaciones vacías, la guardia imperial había hecho un camino que llevaba desde los límites del castillo Chiyoda hasta el astillero. Las dársenas habían sido reforzadas para evitar cualquier tipo de accidente, y ahí, entre una lluvia de flores, desde luego, hecha artificialmente por los pobladores de la ciudad, el emperador y su consorte serían despedidos.
Desde una de las partes más altas de la construcción, Adalius suspiró satisfecho. A sus espaldas, sólo su doncella y su guardián lo acompañaban. Podían ver perfectamente el camino creado por al menos dos millares de soldados, que separarían al emperador del pueblo raso en su camino a los barcos que lo sacarían del archipiélago y del continente.
—Entonces, es así cómo luce un pueblo agradecido.
La reflexión de Adalius se quedó en el aire, era difícil saber si hablaba para sí mismo o si realmente era una pregunta para cualquiera de los presentes.
—Tal vez podríamos volver aquí pronto —sugirió Sakura, nuevamente dueña de su papel de consorte enamorada—. Podrías dejar a alguien comisionado para la exploración de América.
—Oh, no querida, es parte de las cosas que un gobernante debe hacer, y tú debes estar a mi lado mientras aquello ocurre. Debes viajar con la mente abierta, he escuchado que en aquel continente, en especial en la región llamada "Caribe", hay cosas de belleza no antes vista por los hombres civilizados.
Sin dar alguna otra explicación, tendió la mano a la joven, y comenzó el descenso. A cada piso o pabellón al que llegaba, era recibido con reverencias de los presentes.
Aquel descenso se le antojó tortuoso, por decir lo menos, a Sakura, que con cada paso que daba, sabía que era uno a la condena del hombre a su lado. Que el fracaso de aquella campaña, podría acarrear algo más aterrador que su propia muerte, que podría traducirse en la desaparición misma de Nihon bajo el brazo vengador del emperador.
Y en esa abrumadora conciencia, cada uno de los cinco niveles en descenso hasta la base del castillo, se le antojaba más difícil de concluir que el anterior, al punto incluso de temer que en algún momento se desvanecería. Para su mente, la muerte era la muerte, el evento contranatura por excelencia, y participar de él demandaba más de lo que su alma podía soportar, y sabía que justo era su alma lo que perdería en esa campaña.
Al paso por el segundo nivel, una Amaya disfrazada con un kimono más bien elegante, hizo una marcada reverencia ante sus señores, y apenas pasaron de largo por ella, comenzó a caminar como parte de su comitiva, pues era la dama de compañía de Sakura, y la amante de Einn, tenía un lugar en el viaje al nuevo mundo.
Finalmente, en la planta baja, ante el séquito de soldados de Adalius y los samuráis que juraron servirlo, la puerta principal del palacio se abrió. La luz del exterior encegueció momentáneamente a Sakura, y cuando sus ojos se ajustaron al cambio, pudo ver el camino marcado por todos aquellos hombres, formados equidistantemente para ser el sendero que aquella comitiva debía seguir, entre los vítores de un pueblo que gracias a ella misma había tenido una conquista pacífica, y la oportunidad de la libertad, adornada con una lluvia de flores.
Era un hermoso sueño, que, por supuesto, tenía algunos tintes pesadillescos: todo era mentira, esa no era una celebración real.
Ese sueño debía terminar.
—A… Adalius… —balbuceó Sakura.
Se había quedado clavada al piso, a unos metros del umbral, y pudo ver muy a la distancia una larga hilera de pequeños bultos entre los edificios, apenas perceptible, y que para un hechicero en plenitud hubiera sido perfectamente detectable, medio centenar de arqueros, en el peor escenario, ballesteros. Un grupo de guardias a caballo entre la multitud, que sin lugar a dudas tenían la tarea de disuadir a los civiles en caso de una revuelta, pero de los cuales uno destacaba: demasiado menudo para ser un hombre, en un kimono negro, con el rostro parcialmente cubierto con media máscara tengu, y un sombrero de paja que difícilmente ocultaba el fulgor de unos ojos violáceos que la doncella conocía muy bien.
—¿Qué pasa, querida? —se detuvo el interpelado, intrigado.
—Tengo un terrible presentimiento sobre esto… por favor… no…
La idea se interrumpió abruptamente, fue cortada por el espeluznante sonido de silbidos en el aire. El cielo antes luminoso se ennegreció momentáneamente bajo la sombra de cientos de flechas.
El grito de "¡cierren las puertas!" dado por Einn se interrumpió con el impacto de los primeros proyectiles que se incrustaron en la fachada del castillo y en algunos soldados desafortunados, el mismo guardian pudo interceptar un par de flechas, mientras ordenaba a voz en grito al emperador y su séquito volver al interior.
Y mientras ese escape se daba, Sakura y Xiao-Lang compartieron una mirada fugaz, en la cual él refrendó la promesa de seguirla sin cuestionar su actuar.
Amaya, completamente tomada por sorpresa, presionó el kunai envenenado, aterrada ante la idea de utilizarlo. Pensó por un momento en hacer un lanzamiento rápido a Adalius y terminar con el problema al momento, pero lo vio desintegrar varias flechas con una única gesticulación, a pesar de que su poder mágico estaba disminuido, no tendría oportunidad, lo único que le quedaba, era seguir a Sakura hasta el final.
—¡Rápido! ¡Vayan todos a sus casas y no salgan de ahí! —gritó Tomoyo a una población aterrorizada que no entendía lo que estaba pasando.
"¿Qué demonios están haciendo?" exclamó la monja encolerizada en su mente, al pensar que Sakura, Li, e incluso Amaya se habían convertido en traidores, y luego de ordenar a los samuráis detractores de Adalius que despacharan al ejercito invasor, forzó el galope tendido de su montura para rodear el complejo.
No podía dejar que escaparan del castillo, apenas Adalius saliera del terreno, recuperaría su poder y todo habría terminado.
A pesar de Sakura, a pesar de los que tuvieran que morir… no lo iba a permitir.
Undécimo acto.
Fin.
NdeA: Una manufactura refinada de la cicuta.
