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EL BESO DE FEBRERO

Sus pasos apresurados se vuelven más pausados al llegar al inicio de aquella escalera. Con el bajo a la espalda, posa las manos en sus rodillas y se inclina para recuperar el aliento. Sabe que si Sora lo ve en ese estado —mejillas al borde del colapso y resollando como un caballo violentado—, se preocupará. Alza la cabeza y respira hondo. Hace un rato largo que anocheció. Su cita de hoy no pasará de compartir unos minutos sentados en las escaleras antes de regresar a sus casas para la cena.

Cuando cree que será capaz de subir sin desfallecer, se pone en marcha a paso ligero. Ella está sentada en el primer escalón, en la plaza que separa sus edificios. Él sonríe, pues enfrascada en esa consola como está, ni se ha percatado de su llegada.

—¿A cuantos has cazado hoy?

Ella eleva la cabeza. Le devuelve la sonrisa a modo saludo. Hace amago de levantarse, pero Yamato, apartando el bajo de su espalda, se sienta junto a ella.

—Conseguí una medalla mientras esperaba —dice, apagando la consola. La guarda en su bolsa de la escuela.

Yamato retiene la risa. Es una de esas cosas que ha descubierto de Sora en estos dos últimos meses. Algo inesperado, la verdad. No la imaginaba jugando a videojuegos, y en realidad, eso es cierto. No juega videojuegos, salvo pokemon. Culpa de Takeru seguramente, fue él quién la introdujo en el mundo. Y como siempre salen de dos en dos, cada cual se compra un cartucho y los intercambian. Ahora están con el recién salido rubí y zafiro, pero ya no sabría decir quién esta con cada cual.

—Siento no haber podido cambiar el ensayo.

Sora estira los brazos hacia adelante, al igual que las piernas.

—No pasa nada, podemos tener una cita cualquier otro día.

—Ya... —Yamato titubea nervioso, lo que llama la atención de Sora, que lo mira. De su bolsillo saca una pequeña bolsa de regalo. La entrega sin hacer contacto visual—, feliz segundo cumple mes.

Sora la recoge por inercia, pues ha quedado desconcertada.

—Esto no es necesario.

—Así no podrás decirle a Piyomon que soy frío —musita, mirándola de reojo.

Sin llegar a abrir la bolsita, Sora detiene el movimiento de sus dedos. Enrojece.

—Ya te lo expliqué, no era así exactamente. Era frío en plan distante y tenía razón. Y si hubiese sabido que era porque estabas preocupado por aquella chica a la que iban a operar no hubiese habido malentendido. Y Piyomon no hubiese tenido nada que vociferar.

Su defensa es contundente, tanto que Yamato, que simplemente había querido encubrir su timidez por hacerle un regalo, se siente abrumado. Suspira.

—¿Estás molesta porque no te hablé de ella?

—¡No! —Sora se gira alarmada. No lo está y no creyó que estuviera dando esa impresión—, tan solo quiero que sepas que si algo te preocupa puedes contar conmigo, solo eso.

Sus palabras suenan sinceras. Cálidas. Le mira a los ojos sin pestañear cuando le habla. Eso reconforta a Yamato, cuya sonrisa regresa a su rostro. Señala el regalo que ha quedado momentáneamente en el olvido.

—Venga, ábrelo.

Vuelve la mirada a la bolsa, la abre y sonríe mientras mete la arandela en su dedo para elevar el llavero a la altura de sus ojos.

—Es Jigglypuff, que lindo.

—¿Te gusta?

—Claro, está dentro de mis doce pokemon favoritos —contesta Sora, mirando la bolita al detalle. Lleva un micrófono, lo que le hace pensar en Yamato. Seguidamente lo engancha a la cremallera de su bolsa y se vuelve a él. Le sorprende su rostro mohíno.

—El doce, ¿dices?

Tampoco es como que puede contarle que ha elegido ese pokemon porque es el que ella capturó, la primera vez que jugó con él a su lado.

—En realidad, supongo que estará en la posición nueve o así, es que no me gusta que nada sea lo último de la lista así que…

Aprieta los labios Yamato tratando de aguantar la risa. Acaba de descubrir otra cosa de Sora que no sabía. Algo, además, que resulta muy propio de Sora.

Ella no entiende la reacción de Yamato, pero le alegra volver a ver su sonrisa.

—¿Y cual es el primero?

—¿No es un poco pronto para eso?

Aguanta la risa ella, Yamato ha quedado estupefacto por la respuesta. Entorna los ojos despectivo.

—Si no me lo quieres decir es porque es Charizard, ¿cierto? Por un momento pensé que serías más original.

—No es Charizard —replica ella.

La expresión de Yamato se vuelve divertida.

—Lo es.

—¡No!

—Sora, estás mintiendo.

—¡No!

Yamato ríe al son del ceño fruncido de Sora, y de su enfado cada vez más notorio.

—Miras hacia arriba cuando mientes, ¿no lo sabías?

—¿Qué dices?

—Son microsegundos, pero lo haces —sigue Yamato entre risas—. Nunca vas a poder mentirme, he descubierto tu secreto.

Ella aprieta los dientes. Se siente molesta, muy molesta. Todo es mentira. No eleva la mirada. Charizard no es su favorito (o puede que sí), pero Yamato no ha podido descubrirlo de aquella manera. Ella no es consciente de nada de eso. Es imposible que lo haga.

—Está bien, lo que digas —dice, ya serena—, pregúntame cualquier cosa, verás como puedo mentirte sin pestañear.

—¿Por qué quieres mentirme?, ¿solo para que yo no tenga razón?

—Eso mismo —sentencia ella, girando el cuerpo para quedar frente a él. Mira sus ojos detenidamente, tanto que se siente cohibido.

Necesario de fuerza, cierra los ojos unos instantes y la encara.

—Bien, allá va, ¿te gusta mi música?

—Sí —dice Sora sin titubear.

Imposible que mienta a esa distancia. Difícil no besarla también a esa distancia. Tiene esa tentación, ese impulso que se disipa cuando Sora eleva la mirada descaradamente, mientras sus labios dibujan la sonrisa que precede a la risa.

Yamato aparta el rostro rápidamente, cubriéndolo con la mano para disimular. Siente demasiado calor.

—Al diablo, no lo tomas en serio.

Se levanta, pero Sora tira de su manga para que regrese a su lado

—¿Te has enfadado? —pregunta incrédula.

—No —musita, todavía sin sentarse. La cara girada, la eleva al cielo. Respira, al igual que hizo antes de subir las escaleras. Sora le ha dejado sin aliento.

Sora suelta su ropa y se levanta. Busca su rostro pero solo llega a ver su mentón girado. Se da por vencida y mira también las estrellas del invierno. Vaho sale de entre sus labios.

—¿Puedo hacerte otra pregunta?

—Claro.

Ella consigue ver su rostro. Sonrojado. A su lado.

—¿Puedo… puedo —y su rostro más cerca y traga nervioso. Y vaho sale también de entre sus labios—, ¿puedo besarte?

Y la mirada de ella no se eleva ni un ápice, queda fija en él, y en sus labios tímidos, y en él, y en sus labios cálidos. Y en él, y en sus labios, sobre sus labios.

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