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EL BESO DE MARZO

La brisa primaveral se torna algo más fría al anochecer; está a punto de hacer volar su gorro, pero se lo sujeta con un par de dedos mientras la otra mano se aprieta más a su brazo, más a su cuerpo. Con las manos en los bolsillos de su pantalón y el bajo colgado al hombro, Yamato se deja hacer. El mayor tiempo de la cita Sora ha estado enganchada a su brazo. Le gusta que así sea. Le gusta que ella le busque sin apuro, sin titubeos.

Suben las escaleras despacio. Ha refrescado, pero no tienen prisa por llegar a casa. Yamato se detiene cuando siente a Sora retirar su brazo. Saca de su bolso el D-terminal. Con una sonrisa enigmática, como si hubiera algo de vital importancia en ese instante, teclea.

—Le voy a pedir a Taichi la foto que nos hizo después de tu recital. —Él asiente. Le había pillado de improvisto aquella foto—. ¿Le digo que te la mande también a ti? —No contesta. Evita la mirada algo incómodo. Sora niega divertida al creer reconocer sus gestos—. Ya te la pasaré yo.

Yamato asiente. La mira. Es su primera foto juntos después de todo. Le da algo de rabia que haya sido medio robada por Taichi haciendo el bobo, pero, en realidad, de otra forma habría resultado difícil que se produjera. Yamato no es bueno posando en fotos. Le resulta demasiado vergonzoso.

Le alivia saber, también, que esa foto quedará por siempre y para siempre en la intimidad de ellos dos (y de Taichi).

Llegan a la plaza. Las manos de Sora todavía siguen ocupadas en el aparato de mensajería. Yamato alza la cabeza y saca la mano de su bolsillo. Si Sora ya no está enganchada a él no tiene sentido llevarla resguardada. La apoya ligeramente en la cintura de ella, queriendo captar su atención.

—¿Y ya tienes todo preparado para el viaje?

Sora cierra el D-terminal y lo guarda en su bolso. Asiente, volviéndose a Yamato. Una mueca algo apenada aparece en su cara.

—Me lo estoy pasando tan bien estas vacaciones de primavera que me da un poco de pena irme —dice, mientras sus dedos juguetean con la cazadora de Yamato.

Él la mira embelesado. La luna de primavera hace acto de presencia. Llena o casi llena, no lo sabe con certeza ni le interesa en ese momento, porque solo le importa su luz que la ilumina a ella.

Retira el rostro a un lado, haciendo una mueca burlona.

—Claro, me echarás mucho de menos en las termas de Tokamachi.

Sora aparta los dedos de su cazadora, dándole un toque en el brazo en un fingido tono de indignación. Yamato tan solo se limitar a mirar de reojo su reacción.

—¡Voy a practicar tenis!

—Sí, ya…

—¡Sí!

—Claro…

—Evidentemente, no descarto que aprovechemos para visitar la zona…

—Sora —corta Yamato, acercando el rostro a ella—, cuando me hablaste de tu viaje, lo primero que comentaste fueron las termas.

Sora enrojece. Era cierto. Le había comentado a Yamato sobre su viaje con el club de tenis, pero no recordaba que hubiera hecho hincapié en las termas. Obviamente, con sus compañeras, sí que había comentado esos planes ilusionada. Aparta el rostro ante la sonrisa triunfal de Yamato.

—Vale, tú ganas, voy a pasármelo genial mientras tú te quedas aquí solo. Abandonado durante las largas vacaciones de primavera. ¿Contento?

El suspiro apesadumbrado de Yamato no resulta convincente por la risa que se le escapa. Ella frunce el ceño un instante, desaparece cuando él toma su mano.

—¿Sabes?, me acabo de dar cuenta que este año tendremos viaje de fin de curso.

Sus dedos se acarician, se entrelazan. Sora los observa. Lo observa a él.

—Eso suena muy bien.

La mano libre de Yamato acaricia el mechón que sobresale del gorrito de Sora. Su dedo acaricia también su nariz en un ligero toque.

—Te queda bien el gorro.

Sora hace un mohín mientras balancea la mano de Yamato.

—Por fin me lo dices.

Él sonríe avergonzado. Sí, hacía tiempo que Sora no llevaba gorro y recalcarlo junto a un cumplido hubiera sido un detalle por su parte. No es bueno con estas cosas, pero está aprendiendo. Le gusta aprender con Sora.

Sus manos siguen entrelazadas, resistiéndose a soltarse a pesar de que ya hace rato que deben hacerlo. No pueden alargar esta cita más. No pueden alargar esta breve despedida más.

—Te escribiré en el tren —dice Sora al fin.

Yamato, que miraba su mano; sus dedos acariciándose, sabe que por fin ha llegado la despedida.

—Y yo a ti.

Y sonríen. En sus ojos reflejándose el brillo de la luna, Yamato tira con suavidad de su mano para invitarla a acercarse. A esa distancia, Sora alza la mirada y Yamato observa el rostro que tanto le gusta. El que puede mirar abiertamente desde invierno. Al que se puede acercar sin miedo a ser rechazado, al que puede acariciar sin miedo a molestar. Sus labios temblorosos, pero entreabiertos; dispuestos. Sus ojos, en donde se refleja el brillo del otro, se cierran. En un leve roce, se encuentran.

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