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EL BESO DE ABRIL
Él la ve al llegar a las pistas. Es la primera vez que la ve con aquel uniforme en este curso escolar. El último de la secundaria inferior. Queda cerca de la reja, observándola. Raqueta en mano, cada movimiento seguido de una explicación. Las chicas de primer y segundo curso no pierden detalle de sus palabras. Es una veterana. Es la capitana.
Sora calla extrañada. Retoma la palabra y vuelve a callar. La expectación ha disminuido, como si algo turbara a las chicas. Risas, manos en la boca, suspiros; intenta retomar la charla, regresar su confianza y acaparar la atención hasta que lo escucha: «Es Ishida-senpai»
Gira lo justo la cabeza para verlo al otro lado de la reja. Enrojece. Se voltea. Vuelve a mirar, pero Yamato no solo no ha desaparecido sino que hace un leve movimiento con la mano a modo de saludo. Ella intenta comunicarse con un mínimo gesto, pero resulta más descarado que si hablara con él directamente. El cuchicheo aumenta.
—¿Qué pasa?, ¿es que nunca han visto a un par de novios? —Sora palidece. Mira a su compañera de curso, la subcapitana que permanecía a su lado. Ha tomado el mando del entrenamiento—, ¡en parejas!, ¡ya!
Las chicas se activan, regresan a la practica. Olvidan al guapo senpai, novio de su capitana, asomado a la reja. La salvadora, por llamarla de alguna manera, mira a Sora.
—Me debes una —sonríe. Disfruta de su vergüenza. Y Sora suspira, entregándole la raqueta contra su vientre. Va hacia Yamato.
—¿Qué haces?
Por su expresión, es consciente de que no ha escuchado las palabras de su compañera. Trata de calmarse, saliendo de la pista. Conduce a Yamato a una zona alejada de miradas, tras el edificio de material deportivo. En todo momento, él no pierde su expresión divertida.
—Te olvidaste.
—¿Cómo?
Él ríe, mientras ella frunce el ceño. No está para adivinanzas. Ni tampoco para desparecer de su practica de tenis con un chico.
Con las manos en los bolsillos, inclina su rostro hacia ella.
—Nuestro cumple mes —susurra.
Sora traga. Se aparta. Mira a su alrededor. Desconoce cual era la intención de él con ese acercamiento, aunque no parece nervioso, ni incómodo. Todo lo contrario de ella. Además, está en lo cierto.
—Lo lamento —Él niega restándole importancia. En realidad, solo es una excusa para contemplar su adorable rostro de apuro. Sora pasa la muñequera por su frente. Durante la practica tan solo ha hablado, pero está sudando más que si hubiese jugado tres sets—. Creo que este año mis prácticas se van a alargar demasiado. Ya te dije que soy la capitana y eso conlleva un montón de cosas, así que… será mejor que no me esperes.
Le cuesta decir esto último, implica no esperarla en todo el año escolar. Cree que ha sonado convincente, aunque ella no esté convencida de ello. Detesta que sea así. Yamato hace una mueca pensativa.
—En ese caso, hablaré con los chicos para que los ensayos coincidan con los días de tu entrenamiento.
—¡No es necesario que les molestes!
—Seguro que no les importa —contesta Yamato, enternecido por la preocupación de Sora.
Eso supondría librar las mismas tardes. No haría falta esperarse el uno al otro. Suena bien, tan bien como las pelotas rebotando, que traen a Sora a la realidad.
—Tengo que regresar Yamato, siento no poder pasar este día contigo.
Lo que no espera Sora es el despreocupado encogimiento de hombros de Yamato.
—No tengo nada que hacer, así que te espero igualmente y regresamos juntos.
—¿Y vas a esperar aquí?
De primeras, Yamato no entiende el apuro de Sora. Las pelotas siguen sonando, también algún grito, alguna risa. Jaleo en las pistas y Sora enrojecida, y entonces Yamato se siente estúpido.
—Perdona —dice, rascándose la nuca—, por un momento pensé que era como el año pasado cuando pasaba a saludarte a las pistas, o cuando voy a ver a Taichi al campo de futbol, no caí en que nuestra situación ahora es diferente —sonríe nervioso, a modo disculpa—. Siento haberte puesto en una situación incómoda.
—No es nada —niega Sora, tratando de apaciguar su sentimiento de culpa—, en realidad, creo que las de primer año me admiran por ello y las de mi curso… bueno, me ayudan, a su modo.
Sonríe y él de vuelta. Con las manos en los bolsillos para no acariciar su brazos desnudos. No había visto la piel de sus brazos desde finales de otoño. Sigue bronceada como la recordaba. Desvía la mirada al edificio. Hay un ligero rubor en sus mejillas.
—Te esperaré en el aula, así yo te veo, pero tú a mí no, ni tampoco tus compañeras y no te pongo en situación incómoda.
Sora busca la ventana con la mirada.
—Ahora que lo sé, va a ser un poco incómodo también —ríe inquieta.
—¿Te molesta que te mire?
Y Sora lo enfoca. Su tono sonó apagado, triste, al igual que esa mirada que enseguida trata de disimular. Su corazón golpea, la mirada de Yamato sobre ella. Desea que esa mirada siempre esté en ella. Haga lo que haga, diga lo que diga, sienta lo que sienta, siempre en ella. Solo en ella. Su corazón golpea, impulsa sus pies para acortar la distancia. Las manos sobre sus mejillas para acercarlo a ella. Como aquella pelota que golpea contra la reja. En sus labios; rápido, fugaz.
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