Capítulo 02 Educación

El tercer día de mi nombre coincidió con el inicio de mi noble aprendizaje. Supuse que padres entusiastas existían siempre, independientemente del mundo que sea.

Estaba recostado en una silla escueta y apoyado en un duro escritorio, con las manos infantiles manchadas de tinta. Hojas con garabatos plasmaron la falla de mis creencias. ¿Cree que no se escribe maestre Uthor? Recordó preguntar . El avejentado maestre sonreía socarronamente, los pensamientos y la condescendencia del anciano eran transparentes como el agua.

Debió pensar que era una ilusión infantil. Es así que cuando escribías arte abstracto tan confiadamente, la imagen de un perro ladrando a la luna llegaba a la mente de cualquiera. "Venditas Inútiles Manos"

Pasaría el tiempo ejercitando los dedos, memorizando títulos, escudos, fechas y respondiendo preguntas remotamente desafiantes. En cuanto a los números, los privilegios de una mente adelantada funcionaron en ese aspecto al menos.

El anciano maestre puso un rostro incrédulo ya que empezó a preguntar por conceptos insospecchados; el infinito, el tiempo, el sexo o el origen de la vida. No era su culpa, su orgullo herido festejaba con poner en aprietos al anciano.

Los días de fórmulas complejas y experimentos para dominar el mundo eran extraños, y así debería ser. Su ambición está ahí, aunque su embriagador efector nunca debería gobernar sus acciones nuevamente.

El sosiego de los días solo podía ser interrumpido por la guerra. Al parecer los siete reinos tenían una razón convincente para masacrarse, pues una mujer fue raptada. ¿No había una excusa más plausible? Se preguntó sin dudar, sin plantearse que a veces la respuesta más simple era la correcta.

- ¿Qué razón cree que encierre esta guerra? Dije inesperadamente, pensando en los pocos motivos reales que existían para la guerra.

- No debes preocuparte por esos temas Domeric, sea cual sea el resultado, el norte no se verá afectado.

- Tiene razón maestre, son los Stark los que tienen más razones para estar preocupados.

Dije pensando en la dura realidad de los hombres del norte. Solo para variar, ahora vivimos en la tierra más grande, inhóspita y atrasada de los siete reinos. El comercio era escaso, la gente se dedica a una agricultura de subsistencia, venta de pieles, madera, etc. Solo una persona aburrida con su existencia gastaría esfuerzos en conquistar esta tierra congelada del mundo, aunque White Harbor no esta tan mal.

- Domeric estas divagando de nuevo... Casa Manderly, escudo y señor.

- Escudo, el Tritón de cola verde. Señor, Wyman Manderly.

- ¿Y su lema?

- ¿Juntos vencedores? Mencione al azar…

Si uno era noble, tenía que educarse. Si uno no era noble y quería educarse, entonces tendría que emprender un, para nada corto, viaje hasta Oldtown, donde se encontraba la orden de los maestres.

- Desearía tener un mapa... Dije con desgana. – Ubicar de memoria será complicado.

- Lord Bolton se llevó los mapas que disponíamos. Aunque podemos improvisar uno, tengo hasta el último río grabado en mi memoria. Dijo Uthor apuntando su cabeza y con poca humildad.

- Que así sea. Estoy seguro que se me dará mejor que escribir algunos garabatos.

- No te martirices Domeric. A tu edad apenas sabía hablar correctamente.

Después de horas y con ayuda del maestre, tuve en mis manos el mapa improvisado de Poniente. Fue tranquilizador, mis dedos aún servían. El rostro del maestre nuevamente mostró consternación por el desempeño insospecchado.

- Bueno, eso será todo por hoy "joven Lord". La voz de Uthor se llenó de condescendencia.

- Gracias. Dije cuando una inquietud entró en mi mente. – Ahora que recuerdo, me gustaría su instrucción en un tema en particular, maestre Uthor.

El rostro arrugado mostro sorpresa y, algo de jactancia, se estaba cansando de ser un infante subestimado . ¿Deberías robarle y regalarle sus monedas? Se preguntó.

- ¿Ehmm? Si esta en mi poder, con gusto lo ayudare, joven Señor.

- Me preguntaba, ¿Cómo cuida su dentadura? Pregunte sin reservas.

En la repetitiva sonrisa condescendiente del viejo arrugado, una brillante y limpia dentadura no paso desapercibida. Tomando en cuenta las deficiencias de la época, que un vejestorio tuviese dientes ya era un milagro.

El viejo maestre no tardo en contarme su secreto, su entusiasmo seria anecdótico, ya que probablemente sería la última pregunta genuina que le haría.

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Con los días pasando rápidamente los pasillos de Dreadfort se volvieron fáciles de recordar, hasta que un día inevitablemente me fije en el patio, donde entrenaban los hombres. El lugar estaba lleno de mierda de caballo. Me imagino que ese panorama solo podía empeorar en los afueras del fuerte, donde la gente hacia su vida entre la mierda, la enfermedad y el frío típico del norte.

La gente común lo tuvo difícil, sin embargo, los nobles también tenían deberes. Como tal, el padre llamó a sus espadas juradas, algunos cientos de levas y marcharon a la guerra contra ese rey dragón sin dragones. La casa obviamente quedó a cargo de mi madre y el maestre ayudaba en el asunto. Muchas veces pasaban toda la tarde escuchando peticiones o resolviendo disputas, era un sistema aburrido.

Otros pocos meses pasaron con una rutina monótona; romper el ayuno, unas horas con el maestre "aprendiendo" letras, idiomas, números, etc. Después, el resto de la tarde me dedicaba a "jugar", aunque no fue de propia voluntad. Mi señora madre solía insistir en el asunto. "Los niños juegan, no leen libros todo el día". dijo

La realidad, es que estos niños, eran los hijos de los sirvientes. Por lo tanto, había un ambiente de servidumbre en nuestras reuniones. No tarde en aprovechar la situación y terminar haciendo preguntas y ellos respondiendo sin reparar, nada difícil. Solía preguntar por su día, que habían hecho y que aprendieron. Se formó entonces una pequeña fuente de información; donde los niños espiaron a sus padres a cambio de algún dulce, etc.

En el gran esquema de las cosas, aún me preocupaba por mi gente. Que los niños tuviesen la boca suelta no era mi problema. Sin saberlo conseguí mucha información que no quería, como algunos sobornos poco secretos, acercamientos prohibidos y esas cosas.

La preocupación por su gente derivó en pensamientos revolucionarios ya probados en el tiempo. Grandes avances como altos hornos, imprentas o armas de fuego quedaron descartados. Cambiar las reglas del juego fácilmente se regresará en contra de uno. Lo sabía por experiencia propia, el suero del súper soldado era un ejemplo. Sin embargo, una mejora progresiva tenía que empezar pronto, no esperaría a que su ahora padre de su último respiro.

Con esto en mente me puse a pensar en la forma más inadvertida de progreso. Las opciones eran escasas. Como muchas veces, fueron las casualidades lo que al final determinaron el rumbo.

Fueron esos días, cuando "jugaba" con los niños, que uno de ellos se ofreció a presumir su nuevo juguete, un arco. Era el hijo del carpintero por supuesto, el niño más grande del grupo, aunque valgan verdades, era él el menor del grupo de mocosos.

Lo seguimos a una de las casas que se encontraban en las afueras de Dreadfort. Las calles aún apestaban, pero ya era una costumbre respirar y no desfallecer. Al final resultó ser una típica casa de barro y madera, a un lado varios troncos de madera descansaban unos encima de otros, en forma de pirámide. Algunas personas los arrastraban para cortarlos con sierras toscas que operaban dos personas. Todo el trabajo supuso esfuerzo y tiempo, por tanto, una idea empezó a bailar en mi mente.

Las existencias de madera eran uno de los pocos recursos explotables de nuestra casa. Siempre existió una alta demanda de este recurso, ya sea para construir casas, barcos, leña, etc. En algún lugar cerca del río había un molino, supuse que se podrían hacer más de ellos. La fuerza del molino entró en mis pensamientos. ¿Sería suficiente para cortar troncos? ¿Se generaría ganancias rápidas si se hacía a gran escala? Cortar madera no sería lo único, la fuerza del agua se aprovechaba sustancialmente para varios propósitos.

De regreso a Dreadfort, pude poner en práctica las habilidades que tenía. Los esquemas tenían que ser simples y comprensibles.

Fue así que, después de unas semanas y varias docenas de velas gastadas, tenía un proyecto integro planteado en varios pergaminos. Un aserradero propio de estos tiempos preindustriales.

El mecanismo lo compondría una rueda de tres metros de diámetro. Lo suficiente para generar la fuerza necesaria. En los bordes de la rueda las palas estarían inclinadas, para almacenar el mayor volumen de agua posible. En consecuencia, la fuerza del río movería la rueda. El centro de la rueda, se conectaría un eje central para trasmitir la fuerza a una rueda de mucho menor diámetro.

El mecanismo interior convertiría el movimiento circular, de la rueda de menor diámetro, en movimiento vertical, atreves de una biela. El movimiento vertical serviría para impulsar cuatro sierras que partirán el tronco en tablas o tabiques. Sonaba simple, si no tomabas en cuenta el sistema de alimentación, que movería los troncos a las sierras.

Camine lentamente al lugar donde estaría mi madre. Casi agradeció al rey dragón por arrastrar a su padre a la guerra, tratar con su madre siempre fue más sencillo.

Después de tocar la puerta, una voz alegre me pidió entrar.

-Buenos días, madre.

Tenía que explicar el alcance de mi proyecto y ver si estaba dispuesta a poyarme. Si no resultaba tendría que recurrir al plan "b", hacerlo a cualquier costo. Es mejor ahora, cuanto antes mejor . Pensó resueltamente.

Salude como de costumbre. La dama de Dreadfort, Bethany Ryswell, se veía elegante. Vestía un traje rojo, con tonalidades oscuras y bordados exquisitos. Una capa guinda cubría su cuerpo y unos pendientes adornaban su rostro. Algunas arrugas se asomaban en su rostro, era el estrés, supuso.

- Domeric, creía que estabas con el maestre Uthor, aprendiendo tus letras.

- Si, pero un asunto requeriría su aprobación.

- ¡Ay! Suspiro mi señora madre. – Siempre tan serio, que asunto es ese… Leves ánimos se muestran en su rostro.

Mis manos desdoblaron los papeles que traje. Además de los dibujos que traje también hice algunas estimaciones, como comparar la producción, los gastos y las jugosas ganancias. Por supuesto había datos "levemente" inflados, producto de malos cálculos que los niños suelen cometer. Tomando en cuenta que un niño de mi edad apenas sabía escribir, uno pensaría: ¿Porque culpar al niño, cuando había decenas de adultos?

- Sorprendente… ¿Es esto realmente posible? Escuche la pregunta de mi madre algo dudoso.

- ¿Ehmm? ...¿si?

- ¿El maestre Uthor te ayudó?

- ¿Si?… Respondí pensando en los días de clases interminables, técnicamente si, así fue...

¿El viejo Uthor aceptaría? Me pregunté. No importaba, para cuando se sepa la verdad ya tendré el dinero . Es correcto afirma que no era una estafa porque… Un estafador huiría en el acto. Por otro lado, gracias a los mocosos supo que Uthor tenía algunos secretos. Quien diría, jugar con esos mocosos resulta ser útil.

- Me gustaría sacar adelante este esfuerzo… Respondí con entereza.

La contemplación de mi señora madre duro apenas unos segundos, cuando de repente una sonrisa tímida resonó en la habitación.

- Ja ja ja… Domeric, eres un niño demasiado muy correcto, por supuesto que tendrás mi apoyo.

- Gracias… madre. Dije cuando compartí un suspiro con mi madre, ella se resignó a mi forma de hablar y yo obtuve lo que quería sin mucho revuelo.

- Pero necesitas una espada que te proteja, tu seguridad siempre debe ser una prioridad.

¿Seguridad? Sin pensar imagine a alguien que no defraude, pero que tampoco pregunte; que pueda hablar, pero también ignorar… Necesitaba un matón leal.

- Agradezco su preocupación y cuidado. Dije .

- Eres el futuro de la casa Bolton. Si no se puede disponer de alguna espada jurada entonces nada tiene sentido.

- Si ese es el caso, bastara con alguno de los guardias.

- ¿Un guardia? ¿Tal vez Locke?

De entre los guardias, apenas había algunos que sabían leer, eso le traía paz, ya que no quería ojos interesados en sus asuntos. Por otro lado, tener un matón como ayudante tampoco está de más.

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A mediados del 283 AC, la guerra aún seguía su curso. Las señales parecían indicar que los señores rebeldes se erigirían sobre los dragones.

En ese mismo instante estaba de mal humor, el tiempo que estime en construir el aserradero se duplico. Los problemas siempre llegan en la forma que menos te lo esperas, en mi caso fueron los lobos. Los benditos animales estaban merodeando, así que tuvimos que notificar y parar todo para que se formara un grupo para espantarlos.

El aserradero necesitaba un terreno idóneo, donde la pendiente del agua sea propicia. Lugar que solo se encontró a varios kilómetros de Dreadfort, donde el agua reducía su cauce y aumentaba su profundidad.

Era tarde cuando la última rueda se instaló, y si, al final fueron varias ruedas. En algún momento los planos cambiaron a favor de hacer varios aserraderos propulsados por una sola fuente y así aprovechar la gran pendiente del lugar y también la generosidad de la dama de Dreadfort.

Los resultaros… la ruina de mi incipiente reputación. Porque para muchos, esto no pasaba de ser el derroche de un niño mimado con una clara ausencia paternal.

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Un hombre corrió empeñosamente por la ladera de la montaña con una única misión, desviar parte del cauce del río Weeping Water.

El sonido de la corriente se empezó a escuchar en la distancia, tiempo después el canal que desviamos río arriba se llenó abruptamente. El agua empezó a fluir y, una por una, cada rueda asentada en la montaña empezó a girar. Al terminar el recorrido el mismo canal guiaba la corriente de agua devuelta al rio.

- ¡Jaa! ¡Ese anciano si tenía razón! Grito Locke.

A mi lado la espada jurada de su padre se quedó contemplando la vista, una sonrisa antinatural se formó en su rostro. Los maestres no eran populares en el norte.

De alguna manera, todos creían que el maestre era el artífice del proyecto, Locke el supervisor y que yo tenía la tarea de poner el nombre "Bolton" en su realización. Debido a malas conclusiones se pensaba que era parte de mi forma de llamar la atención. Aunque no tenía ni idea de en que me había metido. ¿Deberías escapar ahora?