¿Qué tal? Se que he jugado mucho con la fecha límite, pero así son las cosas, lo prometí antes de navidad, y se los daré antes de navidad.

Como siempre digo, espero les haya gustado el capítulo anterior, si es así, me gustaría saber que opinan de la historia, pienso que sería divertido establecer una dinámica con ustedes y leer sus teorías, opiniones o lo que esperan de ella.

Antes de pasar al capítulo, no me queda nada más que desearles una Feliz Navidad, y que lo pasen muy bien con todos sus seres queridos, espero disfruten el momento y la celebración, ya que el 25 es posible tengan el especial que les prometí, incluso puede que lo tengan para Año Nuevo y hago dos en uno.

Ahora, pasemos al capítulo, finalizando así la historia del anterior.


Capítulo Tres

Zoe se despertó en cuanto la primera sacudida le restregó el barro por el rostro.

—Qué asco —masculló la adolescente de cabello rosa con la mitad de la cara tapada por tierra.

Apoyó las manos en el suelo y notó como sus uñas se hundían, manchándole por completo los dedos y brindando una horrorosa sensación húmeda que le recorrió el cuerpo como un calambre.

Se incorporó con lentitud, viendo como algunas piedrecillas caían del techo, su tamaño era mínimo si las comparaba con una de sus embarradas uñas, por lo que no era un peligro inminente.

El peligro inminente ya estaba cerca.

Un sonido gutural avanzó por los estrechos y laberínticos caminos de las catacumbas, erizándole los pequeños vellos de la nuca.

—En que lío te has metido, Zoe —se dijo a sí misma la adolescente, recordando la situación que la había llevado a adentrarse en aquel lugar tan místico de la ciudad de París.

La humedad comenzaba a brotar de las diminutas conjunciones de las rocas que sostenían la estructura, los sedimentos se teñían de un tono marrón para volverse más pegajosos y densos. Convirtiéndose así en una marea de tierra que bañaba sus zapatos y entraba hasta mojarle los calcetines.

Los túneles de las catacumbas parecían tener vida propia, intercambiándose y moviéndose al ritmo de las constantes sacudidas provenientes de la superficie.

Zoe tomó la decisión de avanzar por el primer pasadizo que sus ojos pudieron distinguir, la luz desaparecía con cada paso y sumían aquel camino en la completa oscuridad.

Rebuscó entre sus bolsillos y sacó su teléfono, encendió la linterna con rapidez, percatándose de que le quedaba un treinta por ciento de batería. Como mucho, tendría veinte minutos de luz antes de volver a la oscuridad de las catacumbas.

Un segundo sonido proveniente del Pyroraptor resonó por el pasillo contiguo, obligándola a desviarse de la ruta que había trazado con anterioridad.

—¿Por qué sigo caminando hacia el dinosaurio?

La pregunta de Zoe se vio opacada por un poderoso y bullicioso estruendo que revolvió nuevamente el lugar, provocando que las paredes temblaran y se resquebrajaran ligeramente.

El valor que había acumulado en el momento que cruzó el portal, comenzaba a evaporarse con cada pequeña sacudida que sufría la ciudad. No era raro que aquello ocurriera, pues los pensamientos de Zoe la llevaban a una dura conclusión.

¿Qué oportunidades tenía ella contra el Pyroraptor?

A diferencia de Max y Rex, no tenía un dinosaurio para intentar combatirlo y obtener su carta, no tenía ni siquiera un dispositivo hecho por Reese para ayudarla en su cometido.

Se podría decir, que por el único hecho que se estaba guiando, era el primer encuentro de sus amigos con el Tiranosaurio de la ancianita, la hipótesis formada por su hermana sostenía que los dinosaurios revividos por cartas no parecían mostrar sus instintos más primitivos.

Y eso tampoco la tranquilizaba.

Un tercer estruendo hizo temblar el subsuelo como si fuera un castillo de naipes, el camino de Zoe se agrietó y el suelo comenzó a derrumbarse sobre una montaña de huesos. La adolescente terminó cayendo entre las bien conservadas tibias y fémures de los difuntos.

Los gritos de Zoe se detuvieron en cuanto sus pies se arrastraron nuevamente en el suelo de arena.

El teléfono se le resbaló de las manos, desplazándose a unos cuantos metros frente a ella, la linterna alumbraba de forma leve la estancia, igual que lo hiciera hace años una vieja antorcha.

Y lo que había frente a ella, le heló la sangre.

Los cráneos de cientos de personas incrustados en las paredes, formando un adorno grotesco y perturbador. Los restos se acomodaban con un patrón singular, encajando de forma perfecta y relegando de sus funciones a los materiales de construcción actuales.

Zoe sintió que le temblaban las piernas y le costaba respirar. El aire se hacía cada vez más pesado y disminuía en calidad, dándole pequeños mareos. Sus ojos claros enfocaban los cráneos con dos sentimientos muy claros, el temor y la curiosidad.

No podían culparla por ello, había pasado tanto tiempo junto a los idiotas de sus mejores amigos, que ya le habían pegado ciertas costumbres.

Es entonces, que en la enésima sacudida que azotó el lugar, algo se sintió diferente.

Un tono verdoso iluminó las paredes, pasando a través de los cráneos e iluminándolos como si fueran guirnaldas. La luz salía de las cuencas oculares y viajaba entre las conjunciones de los huesos hasta desaparecer.

Los destellos comenzaron a abrirse paso entre la oscuridad, creando un camino para la joven de hebras rosas. Empezó caminando con lentitud, acercándose a recoger su teléfono para evitar que la tierra húmeda pudiera dañarlo.

La luz verde respondió ante el movimiento de Zoe, deslizándose por los huesos del techo y volviendo a su cauce original, emulando el movimiento ondulatorio de las aguas del océano en plena calma.

Los sonidos emitidos por el Pyroraptor se oían cada vez más lejanos, perdiéndose entre los muros repletos de difuntos y sus rincones ocultos. Zoe no dejó de avanzar, y se adentró cada vez más en la oscuridad, la linterna de su teléfono se apagó súbitamente, y la luz verde comenzó a guiarla entre las tinieblas.


—¿Cree que los chicos estén bien?

La pregunta de Reese hizo que el Doctor Taylor se reclinara en la silla y observase con mayor atención las noticias parisinas. Lo único que las cámaras podían grabar era el humo que sobresalía de los edificios, el perímetro acordonado por la policía les impedía el paso con el fin de evitar cualquier incidente.

—No creo que lo estén, es más, puedo asegurarlo —declaró Spike con confianza, mostrando una amplia sonrisa dirigida a la pantalla del televisor.

—Si que les tiene confianza —mencionó Reese con ninguna pizca de sorpresa, pues sabía que los chicos llegaban a funcionar muy bien al estar juntos. En su propia mente, la rubia los imaginaba como engranajes de diferentes tamaños que giraban a su propio ritmo.

—Claro que les tengo confianza, si hay alguien capaz de hacer esto, son ellos.

La imagen de la televisión parpadeó nuevamente, dando saltos entre la estática y la imagen nítida de las noticias del día. El sonido de la transmisión se desactivó y los pixeles de la pantalla se fueron moviendo en direcciones erráticas y aleatorias.

—Reese, está volviendo —dijo Spike con un rostro serio y cruzándose de brazos. El anuncio hizo que Reese dejara de prestar atención al ordenador principal del laboratorio, donde monitoreaba con atención los signos vitales de Max, Rex y Zoe. Había logrado hacerlo gracias a una grabación de la firma de la señal energética que emitían los Dino Guantes, eso y que uno de los módulos presentes en el dispositivo era capaz de almacenar información biométrica, por seguridad.

La pantalla finalmente perdió la señal, dejando una molesta pero insonora estática al aire. Los pixeles distorsionados se agruparon poco a poco, formando un dibujo ya conocido por las dos personas presentes en aquel laboratorio.

Imagino que los planos del transportador sirvieron perfectamente

La voz de mujer distorsionada tomó un tono cálido y familiar, similar al de una abuela de sesenta años que les habla a sus nietos de momentos históricos que vivió y donde todo era mucho mejor.

—Y así fue, sin embargo, eso no quita las dudas que todavía tengo sobre su identidad —respondió Reese levantándose de la silla y caminando hacia la pantalla—. Y por qué razón sabía de todo lo que estaba ocurriendo.

A esas dos incógnitas que se planteó Reese, se le sumaba la más importante de todas. ¿Cómo tenía esa mujer acceso a una tecnología tan avanzada? Esa simple cuestión la descolocaba, la rubia era muy conocida en su círculo profesional por siempre estar a la vanguardia de los nuevos avances. La teletransportación era algo posible, pero no probado.

Pero por supuesto, la pregunta más importante era: ¿Quién es esa mujer?

Sé que no confías del todo en mí, pero todas tus dudas se verán resueltas con el tiempo —dijo la voz distorsionada—. Estoy más cerca de ti de lo que crees.

Con aquella última oración, la pantalla se apagó, emitió el logo de la marca del televisor y se encendió nuevamente, mostrando las noticias actualizadas de París. En el fondo de la imagen, una gran ola reventó contra dos edificios, derrumbándolos con facilidad y haciéndolos parecer de papel maché.

—¿Eso fue una ola gigante?

—A no ser que hayamos consumido alguna sustancia alucinógena, esa ola fue real —concluyó Reese, llevándose la mano a la frente y suspirando con cansancio.

—¡Me estoy perdiendo toda la diversión! —exclamó con angustia el Doctor Taylor, dejando caer su icónico sombrero sobre la mesa.

Reese bajó la mirada y decidió volver a su escritorio, abrió el primero de los dos cajones y sacó un pequeño paquete de pastillas para la migraña. Sí el Doctor Taylor iba a seguir quejándose, las iba a necesitar.


Zoe llegó a pensar que estaba en el limbo, el mítico lugar entre la vida y la muerte que había visto apenas dos veces en sus pesadillas. La primera fue luego de salir al cine con Max cuando tenían quince, y la última ocurrió hace tres meses por influencia bíblica.

No hay necesidad de destacar que se declaró agnóstica a los diez minutos.

En su sueño, el lugar no era nada más que un páramo oscuro y desolado, con la arena en diferentes tonos de gris y ardiendo por las esquinas. Las rocas negras solían acompañar al río de lava que descendía entre la tierra, calentando el ambiente de un modo sofocante.

Las catacumbas no se parecían en nada aquel lugar, el frío y la humedad la habían acompañado por toda su caminata, igual que los restos de todas las personas que descansaban en aquel lugar. Cada vez que Zoe miraba fijamente los cráneos, tibias, y costillas, sentía que todos los restos contaban una historia diferente.

El halo de luz verde volvió a aparecer frente a ella, expandiéndose y avanzando hacia una misma dirección, quizá fue de forma inconsciente, pero Zoe comenzó a seguir las luces desde el primer momento que aparecieron. El largo trecho que había quedado tras ella se había visto inundado de vegetación, pequeñas plantas y árboles que se colaron entre las paredes y huesos en busca de libertad.

El Pyroraptor seguía merodeando a su alrededor, aunque sus característicos sonidos ya habían dejado de escucharse desde hace un buen rato. Lo más probable era que sus caminos se hubieran separado hace varios metros, aunque en un laberinto gigantesco y vivo como lo eran las catacumbas, nada estaba garantizado.

—No puede ser… —susurró la menor de las Drake al observar el final del camino. Las luces se arremolinaban alrededor de una pila de huesos, en cuya cima reposaba un cadáver con los brazos cruzados y sujetando con fuerza un maletín.

Zoe tragó saliva con fuerza y sintió una fuerza invisible tirar de su cabello, se giró de inmediato para ver como una sombra la rodeaba y volvía a sumergirse en las paredes.

—¡¿Qué diablos?! ¡Esto ya se volvió una película de terror! —exclamó Zoe adelantándose unos cuantos pasos, volviendo su vista al maletín para ver como lo que había en su interior parecía brillar, pues la luz se filtraba entre las pequeñas uniones—. ¡Está bien, está bien! ¡Voy a tomarlo!

Los gritos de Zoe no iban dirigidos a algún ente en especial, sin embargo, las luces se calmaron y comenzaron a parpadear lentamente a medida que la adolescente se acercaba.

—Son muy exigentes para estar muertos —habló la adolescente mientras subía por la pila de articulaciones óseas, sus palabras provocaron un rápido parpadeo de parte de las luces—. Ya estoy llegando.

Al llegar la cima, Zoe sintió que se le paralizaron las manos y las piernas, este debía ser el cuerpo mejor conservado de aquella cripta. Era una mujer joven, su largo cabello grisáceo caía con gracia por los restos, formando un cuadro atractivo a la par de horrendo.

—Tú puedes, Zoe, tú puedes —se animó a sí misma, estirando los brazos y tomando el maletín al que se aferraban con fuerza los brazos desechos de aquella mujer.

El cuerpo muerto no opuso resistencia, por lo que, al tener el maletín en sus manos, Zoe bajó del tumulto de huesos y observó con cuidado el objeto. Al lado del asa, había un botón que no dudó en presionar, desbloqueando los seguros para poder observar lo que había en su interior.

Sus ojos se abrieron como platos al observar que, dentro de aquel maletín, había una carta de dinosaurio, limpia, reluciente, sin manchas de polvo sobre ella. El dinosaurio en cuestión fue reconocido al instante por la chica.

Un Parasaurolophus.

Las luces volvieron a brillar tras ella, saliendo de las paredes y envolviéndola con calidez, brindándole una sensación de calma. En el fondo de la pila y cubierta por todos los cuerpos, una roca brillaba e impulsaba el crecimiento de las raíces en aquel túnel oscuro.

Todo se apagó de golpe, y en medio de la oscuridad, los ojos verdes y brillantes de Zoe, eran la única fuente de luz.


—Rex, hay algo que tengo que decirte.

—¡No, Max, detente! —exclamó el rubio con hastío, mirando a su mejor amigo con desconcierto.

—¡Pero si todo acaba aquí, no puedo guardarme estas cosas! —replicó el castaño, cubriéndose el rostro con los brazos, uno de ellos estaba vendado con su propio jersey y parecía que sangraba,

—¡Vas a decir otra estupidez como la de ayer! —exclamó Rex con obviedad—. Además, ¡no es el momento! ¡¿No ves que Ace se lo está jugando todo?!

Un estruendo levantó un viento huracanado en su dirección, los dos se cubrieron detrás de los restos de lo que antes era un carísimo restaurante. El ataque final de Zander había traído una ola mucho más grande que la anterior, logrando destruir buena parte del barrio de la ciudad.

Ace logró salir con energía de aquel ataque, aunque para su desgracia, Rex descubrió que el pobre Carnotauro le tenía miedo al agua. En el momento en el que Ace usó su velocidad para saltar entre los escombros y subir, supo que tenía toda la desventaja.

Max y Rex se quedaron sin aliento, tuvieron que entrar a un edificio y subir las escaleras lo más rápido que sus piernas les permitieron ir. No lo lograron a tiempo, cuando la ola reventó y se llevó parte del edificio, aún estaban en las escaleras.

La sacudida fue muy poderosa, Rex salió ileso, pero Max se golpeó el brazo izquierdo en la barandilla de la escalera y se fue para atrás.

—¡Lo siento, si Gabu estuviera bien podría ayudar!

—¡Pero no lo está!

Una risa estrambótica y un brillo de gafas separó a los dos amigos de su discusión. Zander miraba la escena frente a sus ojos con una sonrisa, con su última carta de habilidades había logrado mermar la confianza de sus dos contendientes.

Ace estaba muy cansado, y se dedicaba a esquivar los intentos de Spiny de golpearlo con la cola, sus movimientos eran erráticos, y estaba claro que en algún momento iba a caer.

—Esto no va a acabar así —mencionó el castaño con el ceño fruncido, apretando los dientes y gruñendo por lo bajo.

—Me temo, amigo mío, que esto ya acabó, así que, ¿serías tan amable de darme tu carta? —Zander estiró la mano y se ganó una mirada de furia de parte del castaño.

Max se acercó con rapidez y la mente inundada de ira, con su brazo sano y sin pensárselo dos veces, lanzó un manotazo directo al brazo de Zander. Sus ojos centellearon y una descarga eléctrica mandó a volar hacia atrás al delgado pelinegro.

—¿Cómo? —musitó el rubio con una cara de estúpido al presenciar lo que había hecho su mejor amigo.

—¡Ah, ¿eso lo hice yo?! ¡¿Cómo?! ¡¿Cuándo?! —Max se miró la mano con atención, pequeñas descargas se hicieron presentes y pasaron por sus dedos antes de desaparecer.

Zander había caído sobre Ed, por lo que ambos salieron rodando y quedaron estampados contra una pared, el más alto de los dos echaba humo por la cabeza y tenía todos los pelos de punta.

Úrsula logró hacerse a un lado a tiempo, así que solo se dedicó a observar la escena con los ojos entrecerrados.

—Por eso le dije al jefe que trabajaba mejor sola.

Los chicos se miraron el uno al otro y se emocionaron, no podían culparlos, Max había descubierto que podía usar electricidad, o algo así.

—Max, que fue lo que…

Rex se vio interrumpido por un Ace que salió volando hacia el edificio contrario, el Spinosaurio había logrado asestar un golpe de su larga cola y el compañero del rubio ya no pudo resistir más, por lo que se terminó convirtiendo en carta.

—¡Ace!

Rex se lanzó de inmediato hacia la carta del Carnotauro, que había caído sobre la acera húmeda y unos de los tantos escombros que su combate había dejado.

Max siguió a su amigo de cerca, el Spinosaurio había rugido y se acercaba lentamente hacia el lugar del impacto de Ace. El castaño volvió a percatarse de que pequeñas plantas brotaron de los cráteres en la tierra y de las paredes, por lo que se extrañó.

Aunque por alguna razón, tenía una buena corazonada.

De lo profundo de la tierra, algo se abría paso, haciendo temblar la ciudad de París, el suelo bajo los pies de todos se agrietó y se abrió en su totalidad, formando una fisura inmensa de la que emergieron un sinfín de raíces que se encaramaron en las fachadas de los edificios.

Max y Rex se quedaron boquiabiertos, Spiny miró la escena con confusión, como Zander se encontraba frito luego de pasar por una lámpara mata insectos, no estaba recibiendo órdenes de nadie.

En el centro de todo aquel desastre vegetal y nutritivo, estaba Zoe, que caminaba hacia sus amigos con el cansancio atacándole y diciéndole que duerma al menos por tres días.

—Chicos, lo encontré —balbuceó la pelirrosa con la voz rasposa y jadeante, inclinándose hacia adelante sin tener un apoyo fijo y dejándose caer.

Para su sorpresa, el golpe nunca llegó, al alzar la mirada, se vio apoyada en el pecho de Max, y con la mano de su amigo acariciándole el cabello. El castaño había aparecido en un parpadeo para evitar que Zoe se pegara el golpe de su vida contra el suelo, y lo había logrado.

En el lugar donde había señalado su amiga, Rex observó al Pyroraptor, pequeño y ágil, moviéndose alrededor de una figura más grande y fornida. Afianzó el agarre en la carta de Ace y se apoyó en la pared contigua.

Un Parasaurolophus hizo presencia en la calle, caminando lentamente con el pequeño emplumado a su alrededor, el herbívoro observó a ambos chicos antes de ladear la cabeza y usar su cresta para emitir un sonido.

Aquel canto fue tan tranquilo, que Rex acabó por cerrar los ojos y desmayarse en la pared.

—Úrsula, ¿qué es ese sonido? —preguntó Ed al despertar y quitarse a Zander de encima.

—No lo sé, pero suena muy…tranquilo —dijo Úrsula antes de arrodillarse en la calle y caer dormida.

El efecto se fue contagiando como una enfermedad peligrosa, Spiny no aguantó mucho más, al escuchar el sonido se convirtió en carta y regresó a las manos de Zander.

—Yo creo que también me voy a mimir… —Ed se dejó caer sobre cualquier lado y terminó aplastando a un dormido Zander, dejando sin aliento y completamente plano al pelinegro.

El único que quedó despierto fue Max que se talló los ojos y soltó un siseo de dolor al haberlo hecho con el otro brazo.

—¿Por qué soy el único despierto? —preguntó el castaño mirando al frente, el Parasaurolophus ladeó nuevamente la cabeza y dejó de emitir el extraño sonido, se agachó con cuidado y tomó con su boca las dos cartas del Pyroraptor, que había sufrido el mismo destino que Spiny.

—¿Eh, me las vas a dar? —inquirió Max, mirando al dinosaurio a los ojos.

El herbívoro se acercó al castaño y se inclinó, Max sostuvo a Zoe con su brazo vendado y mucho cuidado para evitar hacerse más daño. Estiró la otra mano y dejó que el dinosaurio pusiera las cartas.

Las inspeccionó y soltó una pequeña risa, las dos tenían el símbolo de viento detrás, por lo que Rex había conseguido un nuevo amigo.

El castaño se giró con cuidado y por el rabillo del ojo, vio como su amigo babeaba sobre la pared.

—Solo necesitábamos un milagro, Rex —susurró con una sonrisa, bajó la mirada y acunó un poco más a Zoe—. Y que milagro ha sido.

Ahora, todo había acabado, y las autoridades no tardarían en entrar, tendría que llevarse a sus amigos de allí. Y ni hablar de esconder a un Parasaurolophus, ese no entraba por las puertas, por lo que tendría que buscar un almacén.

Aunque, si nos ponemos a hablar de prioridades, una sería intentar curar su brazo.

Porque le estaba doliendo como el mismísimo infierno.


Habían pasado veinte minutos desde que el nuevo dinosaurio, ahora llamado Paris, le entregase las dos cartas del Pyroraptor.

Lo que ocurrió en ese lapso, es algo que Max podría resumir como un cuento de niños. A los dos minutos de guardar las cartas en su bolsillo, el Parasaurolophus también se volvió una, por lo que ganó el tener un problema menos.

Cuando intentó despertar a Zoe, se dio cuenta de que la pobre estaba agotada, le dedicó unos cuantos minutos para observarla mejor, y notó que el estado de su amiga no era el mejor.

Tenía la ropa y las manos manchadas con barro, su rostro presentaba unos pequeños arañazos y parecía cubierto por una fina capa de polvo. ¿En dónde había estado metida?

Hizo algún que otro esfuerzo para poder llevar a Zoe junto a Rex, si no hubiera sido por el sonido que emitió el Parasaurolophus, juraría que su mejor amigo se durmió debido al cansancio de la primera batalla. Puso a descansar a sus amigos uno al lado del otro y se alejó por un momento, levantando su brazo envuelto y herido.

—Hazlo rápido, Max, hazlo rápido —susurraba el castaño entrecerrando los ojos y mordiéndose los labios, en el momento que quitó la prenda de ropa de su brazo, apretó los dientes debido al dolor y soltó un gruñido—. ¡Ay, mamá!

El corte del brazo de Max había dejado de sangrar y estaba en proceso de cicatrización, pero aquello no evitaba que la herida ardiera al contacto con el aire. La prenda de ropa del castaño ahora estaba en el suelo y manchada de su reconocido líquido vital.

—Ah mamá no le va a gustar ver eso —declaró el castaño al ver como su jersey había quedado inutilizable—. ¿Pero la jalea no era más espesa que la sangre?

El razonamiento de Max se vio interrumpido por dos cosas, una de ellas era el ardor de su herida, que, por cierto, había soltado pequeñas gotas de sangre. La segunda razón fue que las sirenas policiales se acercaban, tenía que salir de allí cuanto antes.

Después de todo, como le explicas a las autoridades que eres un "cazador de dinosaurios" siendo apenas un adolescente.

Hablar con la ley no era una opción.

Sin embargo, antes de siquiera pensar en ayudar a sus amigos, debía vendarse el brazo nuevamente, con material médico si era posible. Por lo que comenzó a investigar el lugar; los trozos de los edificios cayeron sobre los escaparates de las tiendas y restaurantes, volándolos en pedazos y llenando el suelo de vidrios.

El castaño no lo pensó demasiado, las sirenas policiales se hacían cada vez más fuertes y sonoras con el pasar de los segundos. Entró en la tienda por el inmenso agujero del cristal y se dispuso a ojearlo todo, esperando encontrar aquello que necesitaba.

—Me siento como en un videojuego —concluyó Max al recordar que tenía el brazo herido, estaba en una zona de desastre y buscaba provisiones como un loco, igual que cierto protagonista de su saga favorita.

Las estanterías de la tienda estaban rotas, destruidas, la mercancía que solían llevar encima también había sido alcanzada por el impacto y todo estaba desparramado en el suelo del local. Ahora se entendían las manchas de harina en el establecimiento.

Max inspeccionó detrás del mostrador, si lo que había aprendido en clase se aplicaba globalmente, esa tienda debía tener al menos un botiquín de primeros auxilios.

En los cajones inferiores del mostrador, solo había unos rollos de papel higiénico, no valía la pena usarlos, pues ya estarían cubiertos por todo el polvo del material de construcción que destruyó media tienda. El castaño siguió buscando, en los cajones superiores no encontró absolutamente nada, y finalmente cuando metió la mano en el último de la primera fila, encontró un pequeño estuche.

—Al fin.

Max lo sacó de allí y utilizó la superficie del mostrador para abrirlo, en el interior del botiquín, quedaban los elementos suficientes para tratarse la herida de una forma más profesional, agua oxigenada, gasas y unos cuantos vendajes.

En lo que Max se trataba la herida, las autoridades habían traspasado la primera zona de su perímetro y enviaban dos patrullas por lado para cubrir todo el terreno, no tardarían en llegar a la posición en donde todos se encontraban.

La primera patrulla se topó con un muro de raíces que atravesaba un edificio de lado a lado, el hombre se quitó las gafas con sorpresa y soltó una extraña maldición en francés por el comunicador.

Su mensaje fue respondido al instante por tres patrullas más, todas se habían topado con el mismo muro que les separaba del interior de la zona de batalla.

Max salió de la tienda con el brazo vendado y en condiciones, por lo que se dirigió con rapidez hacia donde estaban sus amigos, que, para su mala suerte, seguían en un estado extraño entre la inconsciencia y el sueño. Por lo que arrastrarlos a un lugar seguro era la mejor opción.

El universo tenía ganas de hacerle sufrir, y mucho.


—Entonces, ¿nos arrastraste hasta aquí tu solo? —preguntó un Rex somnoliento y frotándose los ojos con cuidado.

—Sí y no, tuve ayuda de parte de Gabu —respondió Max señalando al pequeño Triceratops que daba vueltas en círculos—. Pude llamarlo en su forma pequeña, y te arrastró todo el camino.

—¿Debo darte las gracias por no haberme arrastrado? —comentó Zoe con una pequeña sonrisa.

Los tres estaban sentados en un parque no muy lejano de la zona de desastre, el descanso les había sentado de maravilla para reponer fuerzas y despertar con tranquilidad, excepto para Rex, él pensó que había salido de un coma de diez años.

—Nosotros deberíamos darte las gracias a ti, aún no sabemos cómo lo has hecho, pero encontraste al Pyroraptor y te hiciste amiga de un dinosaurio —dijeron los dos chicos al unísono, ruborizando a Zoe por los halagos y la atención recibida.

—No fue nada, chicos. —Zoe se miró las manos y suspiró al verlas limpias, recordando el horrendo recorrido bajo tierra—. Solo, ya no quiero volver a entrar en ningún cementerio.

—Sí, sobre eso, ¿estuviste en las catacumbas? —preguntó el rubio con una expresión pensativa.

—Ese lugar no fue muy bonito de visitar —respondió Zoe sintiendo una mirada lejana clavada en su nuca—. Pero allí encontré a Paris y al Pyroraptor, por lo que tampoco es que no haya servido para nada.

Max siguió preguntándole a Zoe sobre su recorrido en la fosa común más grande del mundo, por lo que ella no tuvo más remedio que contarle al castaño todo lo que vio y vivió en su camino al infierno. Rex por otro lado, se quedó pensativo con lo último que le había dicho su amiga.

¿Por qué habría una carta de dinosaurio oculta en las catacumbas de París?

Justo cuando Zoe terminó de contar el cadáver en buen estado que se encontró al final de su camino, un pitido melódico comenzó a sonar, los tres se miraron fijamente antes de reconocer al Dino Guante de Max como el emisor.

—¿Acaso te están llamando?

—¿Eso funciona como teléfono?

—¿Chicos, que hago ahora?

—Responde, idiota.

Max levantó el brazo y comenzó a mover los dedos como un loco, en algún momento iba a hacer el gesto correcto y respondería la llamada, al menos esa era la conclusión del castaño.

A los cinco segundos de empezar a mover los dedos con una rapidez envidiable para un pianista, Max contestó la llamada. En la pantalla del Dino Guante aparecieron Reese y el Doctor Taylor, los dos con una expresión de alivio.

—¿Papá? ¿Reese?

Zoe y Rex se asomaron a la pantalla para poder ver a los remitentes de la llamada.

¡Chicos, que bueno que están bien! —exclamó el Doctor Taylor con una brillante sonrisa—. Max, tienes que venir y enseñarme ese Pyroraptor.

Doctor Taylor, para eso no fue que los llamamos —recordó Reese enarcando una ceja en la dirección del adulto.

Lo siento, es que me emocioné —respondió avergonzado Spike.

—¿Qué es lo que querían decirnos, Reese? —preguntó Zoe a su hermana mayor, recibiendo una mirada que ya conocía, era muy común verla cuando Reese no daba precisamente buenas noticias.

El teletransportador necesita una hora más para terminar de recargarse y abrir el portal para traerlos de vuelta —comunicó la rubia con prudencia—. Por lo que tendrán que quedarse en París al menos una hora más.

—Eso quiere decir… —La frase de Max se vio interrumpida por la risa desternillante de su propio padre.

¡Visiten todos los lugares que puedan! ¡Tu regalo de cumpleaños adelantado ya está en tu cuenta, Max! ¡Diviértanse! —exclamó el Doctor Taylor con una amplia sonrisa para proceder a cortar la llamada de inmediato.

Eso dejó a los tres con una expresión neutra en el rostro, al menos hasta que Zoe procesó las palabras y dio un grito de alegría que espantó a un par de palomas y ratas que veían la escena de lejos.

—¡Eso es increible! ¡Chicos, vamos a pasear por París!

—Oh por… —Max se dejó caer al suelo y fue tironeado de las orejas por Gabu.

—Esto no va a ser bonito —sentenció el rubio al ver que Zoe daba saltos por todo el parque.

La última vez que se vieron arrastrados a un centro comercial por su amiga, terminaron gastando la friolera de casi cuatrocientos euros al cambio europeo.

—Rex, activemos operación compras —sugirió Max.

—Estoy contigo, amigo, vamos a dar la vuelta lento, ¿sí? —Rex comenzó a susurrar y a caminar de espaldas con lentitud, debían aprovechar el momento en el que Zoe estaba distraída para desaparecer de su campo de visión.

Max se fue levantando con mucha calma, esperando que Gabu pudiera entender lo suficiente para no intentar morderle la nariz. Cosa que finalmente ocurrió, pues el pequeño Triceratops se lanzó hacia el rostro del castaño.

—¡Ah, suelta, suelta! —gritó Max.

Rex se congeló en su lugar, el grito de Max había sido tan fuerte que era imposible que ella no lo escuchase, y por una vez, se maldijo por tener la razón.

Zoe se acercó a sus amigos, tomó a Rex del cuello, a Max de uno de sus pies, y comenzó a arrastrarlos hacia una calle contigua repleta de tiendas.

—¡Mi dinero! —aulló Max en cuanto pudo quitarse a Gabu del rostro.


Si se preguntan qué ocurrió con los tres chiflados, la respuesta en realidad era muy sencilla, Seth se llevó las manos al rostro en cuanto los androides le trajeron a los derrotados del día de hoy.

—No sé por qué sigo intentando con ustedes —masculló el peliazul, apretando los puños y pateando una lata del suelo con frustración.

—Jefecito, no se ponga así —dijo Ed.

—Estuve a punto de conseguir a ese dinosaurio —añadió Zander—. Estoy seguro de que para la próxima podré ganarles…

Úrsula golpeó sin miramientos a los dos y los dejó fuera de combate, se arrodilló frente a Seth y bajó la cabeza hasta tocar el suelo.

—Ignórelos, no saben lo que están diciendo —pronunció la peliverde con un ligero temblor en su voz—. Todo ha sido culpa mía, dejé que vencieran a Terry y perdimos al más poderoso de nuestros dinosaurios.

—Úrsula, ¿sabes por qué sigues siendo enviada a las misiones? —pronunció el peliazul con el ceño fruncido y mirándola fijamente—. Por una simple razón, eres la única a la que Terry le obedece, si no fuera por él, ya estarías fuera de aquí.

Aquellas palabras estrujaron el corazón de Úrsula y provocaron que se agazapara como un animal herido. Su mirada estaba totalmente fija en el suelo y los ojos se le nublaron.

—No toleraré un solo fallo más, así que en cuanto aparezca el siguiente dinosaurio, saldrán de inmediato —sentenció el líder de toda la operación, caminando de regreso a su trono—. Y, por cierto, no me hagan volver a utilizar el teletransporte de emergencia, se las arreglarán para venir, a no ser que prefieran ser encarcelados por las autoridades.

Úrsula asintió sin levantarse, en cuanto los pasos de Seth desaparecieron, se encogió sobre si misma en el suelo y lanzó un puñetazo.

No podían volver a fallar.


Para la siguiente misión, debían conseguir un dinosaurio, cueste lo que cueste.

Una pequeña niña veía el cielo con curiosidad, las nubes formaban una corta pero divertida serie de imágenes que le hicieron reír.

A diferencia de otros días Bondi Beach estaba mucho más calmada que de costumbre, apenas unas cuantas familias habían salido a pasar la tarde repleta de sol.

Los niños pequeños se habían juntado en un grupo y excavaban en la arena sin descanso, formando sus pequeños castillos que luego pondrían a competir con sus padres como jueces. Un juego que todos sabemos que terminará con una victoria global.

El mar se había agitado un poco, por lo que las olas habían incrementado ligeramente su tamaño. Cuando un grupo de ellas reventó con fuerza, arrastró buena parte de la arena de la playa. Los agujeros excavados por los niños habían arrojado a la superficie una capsula de forma peculiar y que parecía irse abriendo con el oleaje.

La pequeña que hace unos minutos veía el cielo, ahora caminaba por la orilla, sintiendo la arena mojada bajo sus pies y empezando a correr.

Una ola más grande azotó la orilla y arrastró la capsula hacia el interior, por lo que el objeto quedó flotando mientras se alejaba cada vez más de la playa.

Mom, what is that? —preguntó uno de los niños, señalando con su dedo el objeto flotante en el agua.

I don't know sweetie.

El oleaje se volvió cada vez más violento, la corriente se agitó y arrastró el objeto hacia unas piedras sobresalientes, partiéndolo en dos.

Oh my god!

—What the hell is that thing?

Las reacciones de los adultos no se hicieron esperar, pues cuando la cápsula se abrió, la carta en su interior cayó al mar.

Y todo ocurrió.

El agua se levantó como si tuviera vida propia, adoptando una forma grande y robusta, agitándose como una corriente que comenzó a arrastrar todo lo que tocaba.

Con un rugido y un fuerte chapuzón, el Liopleurodon volvió a nadar en agua salada, listo para competir por su reinado.

Las familias que quedaban allí salieron corriendo de inmediato, y el Liopleurodon, se sumergió en el mar, comenzando a nadar en un retorno glorioso a la tierra. Ahora tenía todo un océano por descubrir.

Su boca se iluminó y la luz bajó hacia la aleta de su cola, una corriente de agua se pegó a su cuerpo y avanzó propulsado como un jet.


Max y Rex estaban muertos, sofocados y enterrados bajo una montaña de bolsas caras y de buena calidad. Zoe salía de la última tienda con dos pequeños paquetes más y los agregó a la montaña.

—Muchas gracias por ofrecerse a cargar mis bolsas —dijo Zoe con una sonrisa, al mismo tiempo que los dos chicos se revolvían como gusanos intentando salir a la superficie.

Gabu miraba la escena con diversión, debido a su pequeña apariencia, lo habían logrado hacer pasar por un perro disfrazado, lo cual sabían que no funcionaría dos veces. Era demasiado obvio que el pequeño animal era un Triceratops en miniatura, la comunidad científica se pelearía por algo así.

—No disfrute nada mi turismo por París —se lamentó Max, cuya cabeza le daba vueltas, en su mano tenía una billetera agonizante y que rogaba por tener billetes en su interior.

—Yo tampoco, Max, podemos pedir un intercambio en la universidad, ¿cierto?

—Sí, creo que pediré plaza en París —respondió el castaño a su mejor amigo.

El Dino Guante de Max volvió a sonar, haciéndole saber a los tres que su portal se abriría en diez segundos. Debido al módulo de rastreo que tenía el dispositivo, Reese podía mandar con exactitud el lugar en el que quería abrirlo.

El portal se abrió con un sonido de rotura, los rayos aparecieron flotando en el aire y abrieron el espacio en dos regiones. Al otro lado del portal, el Doctor Taylor y Reese recibieron una avalancha de ropa parisina que cubrió buena parte de la zona principal del laboratorio.

—Pero ¿qué es esto? —pronunció Reese al salir de la marea de ropa, sobre su cabeza descansaban dos pantalones y una bufanda.

—Chicos, sé que les dije que aprovecharan el turismo, pero esto es demasiado —añadió Spike Taylor, tomando las dos prendas que habían quedado sobre sus ojos, encontrando dos chaquetas de cuero y un sombrero—. ¡Pero miren este sombrero! ¡¿Puedo quedármelo?!

—Es para usted, Doctor Taylor —dijo Zoe, que ya había cruzado el portal junto a sus amigos, los cuales salieron corriendo hacia la zona de descanso del lugar—. Vaya, sí que tienen energía.

—Zoe, creo que ya hablamos sobre tu actitud compulsiva cuando se trata de comprar —regañó Reese a su hermana menor.

—Pero también compré para todos —se defendió la pelirrosa, ganándose una ceja enarcada de Reese.

—¿Compraste o Max compró?

La menor hizo un puchero ante aquella pregunta y dio por perdida esa batalla verbal, su hermana claramente le había ganado, y con tres goles de ventaja.

—Por cierto, ¿qué hay del nuevo dinosaurio? —preguntó Spike Taylor.

Zoe sonrió ampliamente, y sacó de su bolsillo una roca como la de Max y Rex, pero esta tenía un grabado similar al césped. La lanzó hacia arriba y la atrapó con maestría, sus ojos brillaron en una luz verde y sonrió.

—Paris, se ha unido al equipo —anunció con alegría.

—Genial, ahora tengo que hacer otro Dino Guante. —Reese se alejó nadando entre el mar de prendas para llegar a la mesa de ensamblaje—. Pásame tu roca y comenzaré de inmediato.

—¿Y qué especie es Paris? —inquirió nuevamente el padre de Max.

—Un Parasaurolophus.

—¡Sí! ¡Al fin podré probar mi investigación sobre su caja de resonancia! —exclamó con alegría el Doctor Taylor, pegando un salto y empezando a bucear para salir de todo el enmarañado de ropa.

—Pues parece que todo salió bien —concluyó Zoe, acercándose a su hermana para entregarle la roca.

Mientras nuestro grupo se tomaba un descanso, en otra parte del mundo, algo estaba ocurriendo.


—Capitán, el sonar no ha dejado de captar algo durante cinco minutos —avisó el primer oficial, reportando la situación que se había captado en el puente de mando.

—¿Es una ballena? —preguntó el veterano capitán, observando de reojo su tesoro más preciado, el viejo arpón que le había dado tanta fama en las costas y diarios.

—Creemos que sí, pero no tenemos información suficiente para confirmarlo.

—Ponla en objetivo, vamos a cazar a ese infeliz —ordenó el capitán con una sonrisa, tomando un habano de su escritorio y encendiéndolo—. Hoy será el glorioso día de mi regreso.

—¡Sí, capitán! —El primer oficial salió por la puerta en dirección al puente de mando, dando las primeras órdenes para que todo saliera perfecto, en la cubierta, las redes se prepararon y los arpones adoptaron su posición.

El barco viró a estribor y fijó en la ruta del sonar al objetivo, en el agua se veía solo una estela avanzando con velocidad, el capitán sonrió y salió caminando hacia la parte norte de la cubierta, donde reposaba un arpón especial y único. El hombre tomó su lugar y apagó su habano.

—¡A tiro en cinco segundos!

El capitán tomó los mandos y afianzó el agarre.

—¡Tres!

—¡Dos!

Cerró un ojo y miró la imponente estela ocultándose lentamente, el animal parecía demasiado inteligente ante una persecución humana, por lo que no esperó dos veces y disparó.

El arpón salió despedido a centímetros de hacer impacto, un chorro de agua lo devolvió hacia la embarcación y golpeó buena parte del cascarón de proa haciendo que todos los que se ubicaban en la cubierta sintieran el golpe y cayeran hacia atrás.

—¡¿Qué es esa cosa?! —gritó uno de los oficiales.

—¡Un monstruo! ¡Leviatán! ¡Leviatán!

El denominado monstruo, dio la vuelta y pegó un salto, cayendo de inmediato sobre el barco y hundiéndolo parcialmente, arrastrando a varios de los hombres directamente al mar.

—¡Capitán! —gritó uno de los tripulantes antes de caer al agua.

El capitán se quedó observando como los hombres iban cayendo uno tras otro, el monstruo golpeó la embarcación nuevamente y sus fauces partieron con facilidad la popa del barco.

—¡Maldito infeliz!

Es entonces que su forma completa se presenció, un reptil inmenso y con aletas se trepó en el barco, abriendo las fauces de par en par y tragándose todo lo que caía en su boca.

El Liopleurodon siguió avanzando mientras el barco se hundía, el capitán, siguiendo fielmente el código, tomó su gorra y sostuvo uno de los repuestos del arponero, lo sujetó con fuerza, y dio un salto.

La última escena que se pudo presenciar fue la de un valiente hombre, lanzándose a las fauces de una criatura extinta, en un vano intento de defender su honor.


Y bueno gente, ese fue el tercer capítulo, aunque podríamos decir que es más el final del segundo.

Sé que es más corto que los dos anteriores, pero debía darle un cierre al capítulo anterior, por lo que el siguiente se centrará en el nuevo problema que tendrán que enfrentar nuestros tres queridos amigos.

Si quieren decirme algo, pueden ir dejándolo en las reviews

Con eso dicho, me despido gentecita, nos vemos en el siguiente capítulo.