Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Nota de la autora: Algunos términos que voy a usar:

Torii: el arco que conduce a un templo Shintō. En realidad no es un arco, ya que no hay una auténtica curva entre los dos tablones de madera que están en lo alto. En realidad es más bien un tipo de forma trapezoidal. Habitualmente roja, aunque he oído que también es bastante común el color naranja.

Marca el punto donde uno comienza el ascenso a un estado mental más elevado. Si alguna vez habéis visto un anime en el que esté remotamente involucrado un templo, probablemente habréis visto un torii.

Shimenawa: una cuerda con trozos de papel zigzagueantes y borlas unidas a ella. Se usa para «acordonar» o marcar un lugar sagrado. Normalmente adorna la entrada de un templo, aunque también puede estar atado alrededor de un árbol o de una roca, o algo así.

Mitsu tomoe: un símbolo de las religiones Shintō o budista. Tres (aunque a menudo también cuatro) «llamas» parecidas al símbolo del yin y el yang que representan el juego de las fuerzas cósmicas. Un tatuaje común entre los fieles de ambas religiones.


Capítulo 8: De Fujiwara y amigos

Una larga y gris semana pasó para Kagome tras el incidente con la miembro del clan Taira. Fiel a su palabra, Kikyou hizo que la despertaran temprano todas las mañanas y la dispuso rápidamente a que fregara los pasillos y se ocupara de los jardines.

Cuando terminaba con esas tareas, a Kagome se le permitía asearse un poco en el pozo de detrás de su residencia. Después de eso, comía y se pasaba el resto del día atendiendo a Kikyou.

Seguía a la futura Emperatriz como si fuera un perro amaestrado, con la cabeza gacha y los ojos clavados en el suelo. Cualquier pequeña tarea que Kikyou pudiera requerirle se realizaba en absoluto silencio, sin quejas. Aparte de para dar órdenes, la noble rara vez se dirigía a ella.

Tampoco dijo nada de los rumores que rodeaban a Kagome o de la visita de la noble a sus aposentos. Pero de vez en cuando Kagome sentía la firme mirada de Kikyou sobre ella, como si la mayor estuviera a punto de hablar del tema.

Kagome agradecía que no lo hubiera hecho. No pensaba que pudiera resistir ser condenada por esa voz calmada y desinteresada.

Pero el silencio que rodeaba a Kagome se estaba volviendo rápidamente ensordecedor. Los sirvientes de la residencia de Kikyou no habían tardado mucho en enterarse de que ella era la chica de los rumores y habían empezado a evitarla como si estuviera enferma siempre que podían.

Se quedaban mordazmente callados cada vez que se cruzaba con ellos por los pasillos, apartándose rápidamente de su camino como si el más mínimo contacto fuera a corromperlos. Kagome sabía que debían de hablar de ella bastante, pero se sentía extrañamente aliviada porque escogieran ocultárselo.

Su silencio, sin embargo, no la preocupaba tanto como su repentina desconexión de otras ciertas personas. Miroku y Sango no habían ido a verla ni una sola vez desde que la asignaron para servir a Kikyou. No le había llegado ni una nota de ellos en toda una semana.

Sin embargo, por mucho que su corazón maldijera la idea, Kagome solo podía interpretar esta señalada ausencia como un intento por romper todos sus lazos con ella. Los nobles y los plebeyos no podían ser nunca amigos de verdad, después de todo, y tenían que haber oído los cotilleos sobre ella y Kouga. Probablemente ahora estaban sufriendo por su anterior relación con ella.

Kagome se estremecía cada vez que pensaba en cuánta vergüenza les deberían haber provocado los rumores a las dos personas que habían sido tan amables con ella, fueran o no sus amigos. Cuán mal debían de pensar de ella y cuánto debían de arrepentirse por haber sido lo suficientemente estúpidos para relacionarse con ella.

Incluso el propio Kouga parecía ya no querer tener nada que ver con ella. No había intentado ponerse en contacto con ella. Kagome no sabía interpretar esto sino como que había descubierto que era demasiado fastidioso perseguirla si este era el resultado. Tal vez se había aburrido y simplemente se había ido de la capital.

En cualquier caso, Kagome estaba mínimamente agradecida por su ausencia, a pesar de lo que pudiera significar. No es que pareciera que la situación pudiera ir a peor, pero el que la rondara ciertamente no iba a mejorar las cosas.

Lo que todavía era más preocupante era la total ausencia de mensajes del Tennō. No la había llamado a sus aposentos desde que había hablado con él por última vez. Sabía con terrible certeza que se había enterado del rumor y solo podía imaginar que su pétreo silencio era simplemente la calma antes de la tormenta.

Pronto seguramente pasaría de su ira inicial. Cuando al fin pudiera soportar verla de nuevo, la llamaría y dictaría sentencia, echándola de su corte, caída en desgracia.

La idea de tal desdén por su parte era algo en lo que Kagome intentaba no pensar durante mucho tiempo, ya que punzaba con más fuerza que casi cualquier otra cosa. Acababa de empezar a ganarse un poco de su confianza y ahora debía de sentirse asqueado por haber hecho tantos esfuerzos por ella. Tal vez ahora se rendiría de verdad con todo, y ella sería la causante.

Kagome consideró varias veces intentar acudir a él, intentar dirigirse a toda la corte, a fin de aclarar todo el atroz malentendido. La dura realidad, sin embargo, era que su palabra aquí no valía nada.

No tenía clan que la apoyara. No tenía amigos que pudieran hablar en su favor. Ni siquiera tenía un testigo que atestiguara lo que había ocurrido, además de la sirvienta que había empezado todo el rumor en un principio.

Además de eso, estaba la verdad de que había hecho algo estúpido. Como joven no casada, no pintaba nada en los aposentos de un hombre a solas a esas horas. Incluso en su pequeña aldea tal cosa se consideraría como una conducta pobre.

Pero Kagome había estado tan centrada en su objetivo de ganar el apoyo de Kouga que no se había parado a pensar en las cosas adecuadamente. Tampoco se había imaginado que tales noticias se pudieran esparcir por la corte como un fuego incontrolado, retorciéndose y creciendo hasta ganarle el desprecio de todos los que la rodeaban.

En sus sueños, Kagome tenía la horrible sensación de hundirse más y más en un hoyo oscuro y sofocantemente vacío. Y cada mañana, cuando se levantaba, el hoyo seguía merodeándola, pesando a cada movimiento suyo y proyectando sombras en el mundo que la rodeaba.

Luchaba débilmente, pero lo único que podía ver Kagome era la sobrecogedora desaprobación y decepción de los que la rodeaban. No había escapatoria.


Durante su octavo día sirviendo a Kikyou, sin embargo, hubo un cambio. Kagome se despertó antes de que una sirvienta fuera a levantarla. Mirando adormilada a su alrededor, podía ver, por la luz que se filtraba en la habitación, que era más tarde de lo que le hacían levantarse habitualmente.

Sintió una breve y apagada punzada de preocupación, preguntándose si la sirvienta se había olvidado de despertarla. Kikyou podría estar enfadada con ella. No obstante, no era como si Kikyou estuviera alguna vez complacida con ella, en realidad…

Kagome salió lentamente de su futón con la intención de ir a descubrir lo que ocurría. Eso sería un hito en sí mismo, teniendo en cuenta que ninguno de los sirvientes hablaba con ella. Al mirar alrededor de la habitación, se dio cuenta de que tampoco tenía ropa con la que cambiarse.

Bajando la mirada a su áspera y desgastada yukata para dormir, Kagome suspiró. Contempló brevemente salir con ella puesta, especulando si iban a pensar o no que era más indecente de lo que ya creían. Parecía poco probable.

Con otro suspiro, se volvió a hundir en el futón, faltándole motivación para hacer otra cosa. Si Kikyou quería castigarla, podía castigarla. A Kagome simplemente ni siquiera le importaba.

Justo cuando estaba volviendo a caer en el acogedor abrazo del sueño y el olvido, se abrió la puerta shoji. Kagome se levantó, observando mientras un chico sirviente entraba vacilante en la habitación. Depositó un fardo que traía con él a varios pasos de ella.

Kagome lo observó con el corazón encogiéndosele un poquito. Ni se molestó en intentar hablar con él, ya que había descubierto una y otra vez que sus esfuerzos con los sirvientes nunca la llevaban a ninguna parte.

Él se giró como para marcharse, pero titubeó y se giró una vez más. Le dirigió una larga y abierta mirada de la cabeza a los pies. Había algo en su rostro, una retorcida mezcla de asco y de curioso deseo.

Kagome sintió que la piel se le erizaba con asco. El miedo resplandeció brevemente en sus entrañas al ocurrírsele que estaban solos y que no había mucho que evitara que él fuera a intentar algo.

El asco, sin embargo, pareció ganar. La boca del chico se torció por haber siquiera contemplado tales ideas con una mujer así y salió apresuradamente de la habitación. Kagome soltó un suspiro que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo.

El asco entró en ella mientras el aire se apresuraba a salir. No era idiota. Sabía bastante bien cómo miraban los hombres a las mujeres cuando pensaban que eran fáciles.

Se le retorció el estómago ligeramente al pensarlo, gateó hasta el fardo que el chico había dejado y lo abrió lentamente. Abrió más los ojos al ver el conjunto de finos y limpios ropajes de miko, de un nítido blanco y un rojo intenso. Una pequeña nota descansaba en lo alto de las ropas y Kagome la tomó. Decía:

Se me ha informado por parte de la Suma Sacerdotisa de la corte, Midoriko-sama, que mi señor concertó una fecha de entrenamiento hace varios días para ti. En vista de esto, te dispenso de tus deberes como asistente mía por hoy.

Debes encontrarte con Midoriko-sama a mediodía en el Chūwain, cercado por la puerta Kenreimon exterior del Palacio Interior, en la zona norte. Sé puntual y adecuadamente respetuosa. Además, prepárate para volver a tus deberes para conmigo mañana por la mañana temprano.

Trabaja duro,

Fujiwara Kikyou

Kagome parpadeó varias veces, frunciendo el ceño. Leyó la nota una vez más. Las palabras seguían siendo las mismas.

Una pequeña y temblorosa esperanza se alzó en el pecho de Kagome por primera vez en días. Si Inuyasha le había concertado una sesión de entrenamiento, entonces ¡no podía tener la intención de echarla de la corte!

Aun así, la duda se cernió en su mente, girando ominosamente como un pájaro negro. Si Inuyasha conocía el rumor, como estaba segura de que así era, entonces no tenía ningún sentido. Inspeccionó la nota una vez más.

Ah. Ahí estaba la clave.

Los arreglos se habían hecho hacía varios días, lo que significaba que el Tennō probablemente los había hecho antes desde ella hubiera ido estúpidamente a ver a Kouga. Simplemente estaba demasiado furioso con ella o demasiado ocupado como para anular el encuentro. Kagome suspiró, desplomándose mientras la diminuta ascua de esperanza en su pecho se apagaba.

Bueno, tanto si el Tennō quería que tuviera lugar como si no, la cita seguía estando fijada. Bien podía asistir y obtener de ella lo que pudiera.

Kagome se puso en pie y se quitó la yukata de dormir, poniéndose la ropa que le habían proporcionado. El material se sentía como seda contra su piel después de días de nada más que burdas ropas de sirvienta. Se soltó el pelo de la trenza en la que se lo había recogido durante la última semana, pasando los dedos a través de él a falta de peine.

Fue hacia la parte de atrás de la residencia y sacó agua del pozo. Se la echó contra su rostro, jadeando por el frío.

Aun así, se frotó hasta que sus mejillas estuvieron rosadas y sus dedos entumecidos, deseando tener una apariencia ligeramente más presentable. Se lavó las manos en el balde también, antes de tirar su contenido sobre una de las plantas cercanas.

A juzgar por el ángulo del sol sobre su cabeza, Kagome estimó que tenía más o menos media hora antes del mediodía. Decidió partir sin desayunar, sabiendo que probablemente necesitaría todo el tiempo para encontrar el edificio del Chūwain.

Caminó hacia la entrada oriental, atravesando el muro interior, encontrándolo fácilmente tras dejar los confines de la residencia de Kikyou. Afortunadamente, no se encontró a nadie en su camino, excepto al guardia que custodiaba la puerta. De todos modos, no estaba segura de si alguien la reconocería por su aspecto.

Fue en dirección norte, como le había indicado la nota, observando las numerosas zonas de almacenaje y las estructuras oficiales privadas que se alineaban en el muro Kenreimon exterior del Palacio Interior. No sabía que también había edificios contenidos por el muro exterior.

Kagome atravesó varias zonas ligeramente pobladas en su camino, tensándose ansiosamente en cada ocasión, pero en su mayor parte, la gente apenas le dirigía una segunda mirada. Solo había estado una vez ante toda la corte, después de todo, y difícilmente podría esperarse que recordaran su rostro. Una pequeña indulgencia.

Finalmente, Kagome llegó al torii rojo que enmarcaba un tramo de escaleras ascendentes empinadas. Pasó bajo el torii y comenzó a subir por los numerosos peldaños de piedra, que delimitados a cada lado por árboles imponentes y de tronco grueso.

Se relajó un poco en la fría sombra del denso follaje. Había un aura de mucha tranquilidad en este lugar. La primera aura que Kagome había sentido de verdad en varios días. Incluso la naturaleza había parecido callada y apartada de ella después de que se esparciera el rumor.

Respiró hondo, disculpándose silenciosamente ante los kami por su negligencia. Llegó a lo alto de las escaleras y atravesó un segundo torii, que señalaba que había terminado su ascenso a un plano más elevado.

Una serie de varios edificios pequeños, rojos y blancos, se disponían alrededor de uno central más grande. Cada uno tenía el tejado triangular descendente que se había acostumbrado a ver en la corte y cada uno estaba conectado a los demás por conjuntos de pasarelas cubiertas.

Dos altos komainu de piedra de aspecto severo, los guardianes del templo, se asentaban sobre pilares elevados a cada lado del edificio principal para repeler a los espíritus malignos. Kagome los rodeó y se dirigió hacia la izquierda, donde pudo ver un pequeño estanque artificial. Un tablón de madera yacía atravesándolo, con varios cucharones colocados sobre el tablón.

Kagome tomó uno de los cucharones, recogiendo agua y vertiéndola lentamente sobre ambas manos. Tomó una última cucharada de agua y le dio un sorbo, enjuagándola en su boca antes de volver a escupirla al lado del estanque. Volvió a colocar el cucharón y se giró hacia el templo principal, el agua la había purificado lo suficiente para que pudiera entrar.

Se detuvo ante la entrada del templo, sobre la que colgaba una shimenawa para marcar la tierra como terreno sagrado. Dio dos palmadas para obtener la atención de cualquier kami que habitase el lugar antes de hacer una reverencia para mostrar su deferencia hacia ellos.

La miko respiró hondo, llenándose con una serenidad que la ayudó a distanciarse temporalmente de sus circunstancias. Era bueno sentir finalmente como si se hubiera escapado de sí misma.

Kagome se enderezó una vez más y chilló, casi cayendo hacia atrás por la sorpresa. En la anteriormente vacía entrada estaba ahora una mujer más mayor de aspecto sólido con un traje de miko rojo y blanco.

El largo pelo volaba libremente, suelto, bajando por su espalda. Otrora oscuro como la noche, unas hebras blancas como la nieve salpicaban ahora a través de la melena de mechones del color de la medianoche.

Miró a Kagome con firmes y profundos ojos castaños. Su rostro estaba solo ligeramente arrugado en su anciana edad y lo que obviamente había sido la gran belleza en su juventud ahora era una especie de regia serenidad.

El símbolo del mitsu tomoe estaba tatuado en su frente, notó Kagome con no poca cantidad de asombro. Recordaba que Kaede le había bocetado el símbolo en la tierra para enseñárselo cuando era pequeña, diciéndole que solo los espiritistas más distinguidos tenían permitido portar la marca.

Lo tradicional eran tres llamas, recordó Kagome. Había, sin embargo, cuatro llamas en la frente de esta mujer, representando un gran conocimiento de la interacción de todas las fuerzas del cosmos. Ciertamente esta mujer debía de ser una espiritista formidable, ninguna otra que la O-Miko Midoriko.

—¿Tú eres Kagome? —preguntó la mujer, liberando a Kagome de sus pensamientos.

—S-Sí. Encantada de conocerla, O-Miko-sama —dijo, haciendo una profunda reverencia.

Pero frunció el ceño, con el rostro hacia el suelo. No había duda en su mente de si esta mujer era o no la O-Miko Midoriko. Sin embargo, no había sentido en absoluto el acercamiento de la mujer.

Incluso ahora, inclinada ante ella y concentrada, no podía sentir ni la más vaga nota de energía espiritual alrededor de la mujer. En el sexto sentido espiritual de Kagome, era prácticamente invisible.

—No hay necesidad de eso —dijo la mujer, indicándole a Kagome que se irguiera—, preferiría que nos saltemos las formalidades sin sentido y que empecemos con nuestras lecciones.

Kagome se incorporó, una disculpa saltó instintivamente a sus labios, pero ahora la mujer estaba justo a su lado, con un frunce interrogante en su rostro. Kagome trastabilló un paso hacia atrás. Esta mujer era de pies extrañamente ligeros.

Y, de repente, la O-Miko extendió la mano, rozando su cadera. Kagome se sobresaltó, una extraña sacudida la atravesó de la cabeza a los pies. La mujer profundizó su frunce, la palma de su mano fue a presionarse contra la protuberancia del hueso de su cadera.

Hubo un resplandor de luz y Kagome cayó hacia atrás con un pequeño grito.

Se quedó sentada por un momento, aturdida. Parpadeó con fuerza, intentando recuperar la visión y averiguar qué le acababa de hacer la mujer. No le dolía nada, aunque notaba la cadera un poco entumecida.

Tampoco notaba nada diferente en su aura. Al fin, sus ojos se aclararon y encontró a Midoriko mirándola fijamente con un vago desasosiego en su rostro.

—¿Conoces a una mujer con el nombre de Kaede?

Era más una afirmación que una pregunta.

—Era mi maestra en nuestra aldea —respondió Kagome sin pensar, desorientada.

Aunque su expresión no cambió mucho en el exterior, algo detrás de los ojos de la mujer mayor pareció hundirse. Se agachó, ofreciéndole una mano a Kagome para ayudarla a levantarse. Ella la aceptó instintivamente, sorprendida por la fuerza con la que tiró de ella para ponerla de pie.

—Lo lamento muchísimo —dijo la mujer en voz baja, dándole la espalda para entrar en el templo principal.

Kagome la siguió apresuradamente, recomponiéndose mientras lo hacía.

—¡Espere! ¿Qué acaba de…?

—No me parece que seas la ramera que muchos te han hecho parecer —la interrumpió Midoriko en voz baja, dirigiéndole una conocedora mirada de soslayo.

Kagome se quedó fría, deteniéndose en seco, tambaleándose. Se había olvidado por un momento, pero la maldición no la dejaba en paz durante mucho tiempo. Incluso Midoriko había oído los rumores. ¿Ya no quería enseñarle?

—No soy una… ¡una libertina! —soltó Kagome con vehemencia, incapaz de contener las palabras tras haberlas retenido durante tanto tiempo—. ¡Esos rumores son completamente inciertos! Es decir, ¡sí, cometí un error de juicio, pero yo…!

—Cálmate, Kagome —dijo Midoriko, sacándose silenciosamente las sandalias zori antes de pisar sobre el suelo de tatami—. Te creo.

Kagome cerró la boca, observando a la mujer mientras iba hasta el santuario que había en el otro extremo de la habitación. Frunció el ceño, sintiéndose desequilibrada. Era triste darse cuenta de que la confianza le resultaba desconocida.

—¿Cómo lo sabe? —dijo Kagome con incredulidad, sabiendo que no debería insistir sobre el tema, pero incapaz de contenerse.

—Tu aura dice mucho más que las palabras —contestó Midoriko con sencillez—. Y no le hago mucho caso a los rumores que vuelan como cuervos por esta corte. Son todos despiadados y van dirigidos a hacer daño.

Se arrodilló, haciendo una profunda reverencia ante el santuario de Amaterasu. Kagome se sacó sus zapatos distraídamente, con los pensamientos agitados, y fue a unirse a ella.

—Todos los demás parecen creerlo —dijo Kagome en voz baja, con un poco de mordacidad en sus palabras. Se arrodilló junto a la mujer, haciendo también una reverencia.

—Todos los demás quieren creerlo —respondió Midoriko—. Ya no te querían aquí desde un principio. Tu presencia aquí perturba sus sensibilidades, desordena cosas que se han enseñado desde que iban en pañales. Por supuesto que querrían pensar mal de ti. Te sugeriría que aprendieras a ignorar esas habladurías si planeas quedarte aquí.

—… Entonces, ¿no le preocupa mi origen, O-Miko-sama? —preguntó Kagome, ignorando por el momento cuánto de ese consejo sonaba como el que le había dado Kikyou.

—Aunque hay muchas tradiciones que aprecio, no creo que la longevidad de una cosa necesariamente le aporte veracidad. Todos nosotros somos gente que está por debajo de los kami, tanto plebeyos como cortesanos. Esa es la única distinción que he sentido que de verdad necesite hacerse en este mundo, por mucho que las enseñanzas puedan decir lo contrario. Los demás son simplemente intentos humanos por poner orden —dijo Midoriko.

Kagome miró a la mujer con curiosidad, frunciendo el ceño mientras intentaba procesar esto. A ella también la habían criado en su aldea con las lecciones tradicionales y nunca había pensado en cuestionar su veracidad.

Pues claro que la gente era gente, había que tratarla como tal, pero los kami habían colocado a determinadas personas en diferentes lugares por alguna razón, ¿no? ¿Acaso los que nacían de baja cuna no estaban destinados a servir y aquellos nacidos de alta cuna no estaban destinados a mandar? Tenía que haber un orden de cosas… ¿no?

No podía acabar de comprenderlo. La idea era demasiado nueva, demasiado extraña para ella.

—¿Comenzamos, entonces? —preguntó Midoriko, recuperando su atención.

—Ah… sí —concordó Kagome, guardándose sus pensamientos enredados para desenmarañarlos en otro momento.

Puede que Midoriko fuera ligeramente incomprensible para ella, pero se encontró ansiosa por escuchar lo que fuera que tuviera que enseñarle. Parecía… casi trascendente, de algún modo, como si ya estuviera más allá del mundo.

—Entonces puedes empezar diciéndome qué te han enseñado ya.

—Ah, bueno… —Kagome pensó por un momento, recordando todas las lecciones que había tenido con Kaede en su aldea—. Soy bastante decente con la sanación. Puedo usar el arco y las flechas sin mucho problema. Las meditaciones me resultan sencillas. Creo que eso es todo…

Kagome se interrumpió con timidez, dándose plenamente cuenta por primera vez de las carencias de sus habilidades. Midoriko la miró contemplativamente, con un bajo «mmmm» en los labios. Finalmente, negó con la cabeza.

—Kaede siempre tuvo espíritu, eso se lo concedo, pero nunca tuvo gran talento en lo referente a las artes espirituales. —Suspiró—. Creo que puede haberte causado un perjuicio al entrenarte de una forma tan poco entusiasta. Aunque probablemente pensó que nunca le sacarías partido a ninguna clase de gran poder en los confines de tu aldea.

—¿Usted conocía a Kaede-sama, O-Miko-sama? —preguntó Kagome, recordando de repente que había mencionado antes a su mentora.

—Yo enseñé a Kaede —corrigió Midoriko—. No era mucho más joven que yo, pero estaba lejos en habilidad. Verás, el ser la hija de la una vez próspera familia Fujiwara la hizo un poco blanda.

»Solo puedo suponer por tu expresión de sorpresa que la vida en la aldea la ha avejentado con más dureza que a mí. Sugeriría que aprendieras a controlar eso un poco. Mostrarle al mundo demasiado de lo que piensas no siempre es prudente.

Kagome solo pudo asimilar vagamente el consejo, pues estaba distraída por el repentino zumbido de sus pensamientos.

Claro que estaba sorprendida por enterarse de que Kaede era tanto la discípula de Midoriko como más joven que ella, pero más que eso le sorprendía enterarse de que Kaede era de los Fujiwara.

Su mentora y la mujer que le había causado tantos problemas aquí en la corte estaban emparentadas. Tal vez incluso directamente emparentadas. ¡Tal vez eran incluso tan cercanas en parentesco como hermanas, o algo así! Kagome tenía la inquietante sensación de estar enredada en una estrecha red.

Pero la revelación del linaje de Kaede traía una idea completamente más desconcertante a la superficie. ¿Por qué una mujer cuyo clan estaba en la cima de su poder, prácticamente reinando junto al Tennō, abandonaría la corte en pos de una vida de pobreza y dificultades en una diminuta aldea endeble?

—¿Midoriko-sama? —se atrevió a preguntar Kagome.

Midoriko alzó las cejas como indicación para que continuara.

—¿Qué le ocurrió al clan Fujiwara?

Una sombra cayó abruptamente sobre el rostro de Midoriko, todas sus finas arrugas se hundieron por un instante. Sus ojos castaños, profundos por el paso de los años, apartaron la vista para mirar una vez más hacia el altar de Amaterasu.

—¿Por qué te preocupa el destino del clan Fujiwara, Kagome? —inquirió, algo similar a la reticencia asomaba justo por debajo de sus palabras.

—Solo… quiero comprender —dijo Kagome con un poco de timidez—. Necesito comprender lo que está pasando aquí. En dónde estoy metida.

Midoriko estuvo en silencio durante un largo rato, fijando la mirada contemplativamente en la única flor de un ornamentado jarrón situado sobre el santuario. Suspiró suavemente, pareciéndole anciana de verdad a Kagome por vez primera.

—Supongo que la búsqueda de la comprensión es honorable, aunque nos estamos alejando de nuestro objetivo original —dijo—. Ah, bueno. Extender tu comprensión sobre la corte tiene su propia importancia. Aunque es una historia que preferiría no tener que contar.

—Todo el mundo dice eso —dijo Kagome pensativamente, recordando las numerosas ocasiones en las que la tragedia de la familia Fujiwara había sido ligeramente aludida—. ¿Tan horrible es lo que ocurrió?

—Uno de los puntos más bajos en la historia de la corte y eso ya es decir —dijo Midoriko humildemente—. ¿Alguien te ha hablado ya de la guerra por el trono que ocurrió antes del ascenso de nuestro actual Tennō-sama?

—Sí —respondió Kagome—. Me hablaron del decreto del anterior Tennō-sama y de que los demás clanes lucharon para bloquear el ascenso del actual Tennō-sama.

Kagome intentó con fuerza mantener la palabra como solo una palabra en su mente. Intentó con ganas no imaginarse su rostro airado y decepcionado mientras lo decía.

En cambio, se concentró en la respuesta de Midoriko, decidiéndose a no volver a hundirse en esos sentimientos al menos por un rato más.

—Entonces ya sabes lo esencial —dijo Midoriko—. El cuento de la familia Fujiwara es un capítulo de esa historia, uno que todos olvidarían gustosamente si se pudiera.

»El clan Fujiwara ha servido al Tennō-sama fielmente durante generaciones y generaciones. Nunca cuestionaron la voluntad de Su Majestad y nunca dudaron en poner todos sus recursos a su disposición. Así fue cómo ganaron tan alta posición originalmente dentro de la corte, como recompensa por su inquebrantable devoción.

»Sabiendo esto, no debería sorprenderte el enterarte de que los Fujiwara intervinieron incondicionalmente para apoyar a nuestro actual Tennō-sama cuando se decretó que Su Majestad sería el siguiente sucesor.

»Apoyaron cualquier palabra ratificada por el Tennō-sama y quisieron ver cumplida la voluntad de su anterior Majestad a pesar de las opiniones personales que pudieran tener.

»Como probablemente sepas, esta no era una opinión popular. Al intervenir y respaldar abiertamente a nuestro actual Tennō-sama, se ganaron muchos enemigos. Aun así, el clan Fujiwara tenía suficiente poder detrás para desalentar ataques directos.

»Y así empezó todo con la Señora del clan Fujiwara. La encontraron muerta en la casa de baños. Nadie pensó en comprobar el agua por si tenía veneno, pero en efecto la habían contaminado.

»Fue un movimiento astuto, imposible de rastrear por la forma en la que el agua se bombea a la casa de baños desde una fuente sin vigilancia. Aun así, el Señor del clan Fujiwara hizo que sentenciaran a muerte a varios sirvientes por el crimen, aunque probablemente eran inocentes.

»El Señor se volvió un poco loco tras la muerte de su Señora, una mujer amable y de voz suave de la que había estado profundamente enamorado. Se convirtió en un disparate por su aflicción y el clan Fujiwara se sumió en el caos.

»Una noche, en medio de su locura, fue él solo a visitar la tumba de su mujer. Ahí fue donde se encontró su cuerpo a la mañana siguiente, le habían cortado la cabeza.

»De nuevo, no se pudo encontrar a un criminal. Todas sus responsabilidades recayeron sobre su único hijo, que solo tenía trece años en aquel momento. Demostró ser incompetente, en el mejor de los casos.

»No sabía cómo organizar las tropas de la familia y las envió a vigilar a los demás clanes en sus residencias fuera de la corte. Un error horrible por su parte.

»Juntas, eran una fuerza excelente, pero las esparció en números muy pequeños y las asesinaron de grupo en grupo. La mayoría de los supervivientes desertaron o se convirtieron en traidores, no estaban dispuestos a morir por lo que se estaba convirtiendo rápidamente en una causa perdida.

»El hijo tampoco tenía gran habilidad para organizar el clan. Con los pocos soldados que les quedaban para aguantar su posición, muchos de los miembros del clan se asustaron. Un grupo grande, la mayoría de ellos, decidió retirarse a la seguridad de su residencia en el este.

»Ellos… nunca volvieron. En el camino se encontraron algo, nadie está seguro de qué a día de hoy, y fueron masacrados hasta la última mujer y niño.

»No hubo un solo superviviente para contar lo que les ocurrió allí. Llegaron informes de ello a la capital de varios mercaderes, todos ellos afirmando que era la masacre más terrible que hubieran presenciado en su vida.

»Y así, el clan Fujiwara descendió del poder, apenas sobrevivió un puñado del clan. El hijo estaba tan enfermo por el dolor de sus fracasos que cometió el seppuku ritual poco después, dejando a su hermana, nuestra futura Emperatriz, como el último miembro prominente de la que una vez fue una gran estirpe.

»Nunca antes en la historia de la corte un clan había sido un objetivo tan malintencionado ni había sido derribado tan despiadadamente. La intencionalidad de todo era inconfundible y escalofriante.

»Matar primero a la Señora, que estaba relativamente indefensa, fue demasiado calculado como para haber sido otra cosa. Fuera quien fuera el responsable, conocía lo suficientemente bien a los miembros del clan Fujiwara como para saber los puntos débiles a los que apuntar y estaba más que un poco versado en el arte de la manipulación.

Kagome se quedó sentada en silencio, su mente en blanco debido al horror. Lejanamente se dio cuenta de que todo tenía sentido. La falta de miembros del clan en ambas residencias de los Fujiwara. La mujer Taira, Kagura, aludiendo a que Kikyou no tenía el respaldo de un clan.

¿Pero todo un clan, con miembros que se contaban muy probablemente por centenas, masacrado por apoyar la voluntad del divino Tennō de Japón? Y asesinados de una forma tan mordazmente calculada, sin perdonar ni siquiera a las mujeres y niños indefensos.

—Kaede-sama… —exhaló Kagome, se le estaba ocurriendo una idea horrible.

—Muchos de los familiares más cercanos de Kaede fueron asesinados —completó Midoriko, con ojos abatidos—. La propia Kaede perdió su ojo al volver tarde una noche de visitar la tumba de su madre, aunque los guardias con los que estaba consiguieron evitar la pérdida de su vida entregando la de ellos.

»Finalmente, el dolor se volvió una carga demasiado pesada para que ella pudiera seguir soportándola. Yo… le aconsejé que probablemente estaría mejor lejos, si dejaba la corte y toda la tragedia atrás. Ella aceptó de inmediato y yo la ayudé a escapar de la corte en secreto.

Kagome se dejó caer ligeramente, doblándose sobre sí misma. Sentía que tenía ganas de llorar, pero no le salían las lágrimas. Era demasiado terrible.

Nunca había pensado en preguntarle a Kaede. No había visto ni una vez que la amable mujer pareciera sufrir en lo más mínimo. Y aun así, todo el tiempo Kaede había estado viviendo con este horrible secreto y Kagome no se había dado cuenta.

Se le vino Kikyou a la cabeza sin invitación. Los kami sabían que no tenía ningún interés en simpatizar con la fría mujer, pero ahora difícilmente podía evitarlo.

Tener que presenciar cómo mataban a tus familiares uno por uno, temer cada día que ella pudiera ser la siguiente en irse, y luego tener que recoger todos los trozos cuando terminó todo. Si Kikyou no se hubiera endurecido contra todo ello, era imposible que pudiera haber sobrevivido.

—Comprendo que estés inquieta por enterarte tan de repente de todo esto —dijo Midoriko, con una profunda simpatía en su voz—, pero ahora no se puede hacer nada al respecto. Lo único que podemos hacer ahora es fortalecernos y caminar hacia delante, asegurándonos de que nada parecido vuelva a ocurrir.

Kagome levantó los ojos hacia la mujer mayor, observando la expresión de cuidadosa compostura en sus elegantes rasgos. Ella también había pasado por la masacre de los Fujiwara y por la guerra por el trono. Y aun así no estaba rota. No la habían derrotado.

De repente, los propios problemas de Kagome no parecieron tan insuperables. Todavía tenía a su familia, aunque no estuvieran cerca de ella en ese momento, y su vida no estaba bajo ninguna suerte de peligro.

¿Y qué si la gente la despreciaba y pensaba que era una rastrera? ¿Y qué si no llegaba a ser más que una sirvienta en la corte, separada siempre de aquellos a los que servía? Seguro que podía soportar eso.

Se dio cuenta de que había estado dejando que la corte tuviera demasiada influencia sobre ella. Necesitaba reforzarse si iba a llegar a donde necesitaba ir. Y, por todos los kami, ¡definitivamente encontraría una forma de convencer a Inuyasha de que la dejara quedarse en la corte!

—Midoriko-sama —dijo Kagome, dirigiendo sus ojos brillantes con nueva resolución para encontrar los de la mayor—. Por favor, hágame el gran honor de enseñarme todo lo que sabe. Definitivamente me aseguraré de que tales males no vuelvan a ocurrir.

Hizo una profunda reverencia, con la frente llegando a tocar los tatami debajo de ella. Midoriko observó a la chica que se postraba tan humildemente, con la resolución muy firme en sus delgados hombros. Se permitió sonreír ligeramente.

Tal vez sus temores iniciales habían sido infundados. Tal vez la chica tenía suficiente espíritu para soportar todo lo que Midoriko sabía que se avecinaba pronto…

—Si tienes la voluntad de cumplir tus palabras, entonces seguro que puedo convertirte en alguien tan grandioso como la mismísima antigua Emperatriz Pimiko-sama —dijo Midoriko, con el cariño creciendo tranquilamente detrás de sus palabras.

—¿Pimiko-sama? —repitió Kagome con tono interrogante, incorporándose de su reverencia. El nombre le resultaba desconocido.

—¿Kaede no te habló de Pimiko-sama? —preguntó Midoriko—. Bueno, nunca fue muy erudita, tampoco. Se podría esperar que los años pudieran haber alterado su abúlica naturaleza, pero…

Exhaló un sereno y pequeño suspiro, negando con la cabeza ante algún recuerdo. Kagome sonrió ligeramente a pesar de la persistente pesadez en su corazón. Había un afecto muy obvio hacia Kaede en las palabras de Midoriko, como una hermana mayor preocupada por el futuro de la pequeña.

—¿Quién era Pimiko-sama, Midoriko-sama? ¿Una miko? —inquirió Kagome.

—No una miko cualquiera —corrigió Midoriko, con la barbilla alzada con un atisbo de orgullo—. Fue una de las fundadoras de nuestro largo linaje. También fue una de las primeras en gobernar Japón, presidiendo sobre un clan grande de súbditos en las antiguas provincias de Honshu y Kyushu.

—Ella… ¿no gobernaba junto a un Emperador? —preguntó Kagome con incredulidad.

Las mujeres no gobernaban solas. Simplemente eso no pasaba, por lo que Kagome sabía. El trono siempre pasaba de heredero varón a heredero varón, o a los maridos de las hijas, o a los parientes varones más próximos en ausencia de un heredero varón.

—La Emperatriz Pimiko-sama no necesitaba un Emperador —dijo Midoriko, con una sonrisa jugueteando en las comisuras de sus labios—. Ella se ganó su nobleza. Gobernó por su propia habilidad y nada más.

—¿A qué se refiere? —preguntó Kagome, intrigada. Cómo se gana alguien exactamente la posición de noble, se preguntó.

—Era una miko, como he dicho, pero era mucho más de lo que la mayoría de las miko pueden afirmar ser. Los kami le dieron el don definitivo —dijo Midoriko—. Se le dio el don de la adivinación. La habilidad de ver ciertas cosas antes de que ocurran. Por esto y por sus otros dones espirituales, la gente la respetaba profundamente. La seguían voluntariamente.

Kagome parpadeó una vez. Dos veces. Una tercera. Tenía una idea.

Era absurda. Era atroz y tan completamente ridícula que difícilmente podía creer que se le hubiera pasado por la cabeza. Era absolutamente perfecta.

Kagome se puso de pie abruptamente. Le hizo una apresurada y descuidada reverencia a Midoriko. Animada con repentina energía, le hizo falta todo lo que tenía para no empezar a correr.

—Lo lamento muchísimo, Midoriko-sama, pero ¿puedo pedirle que acortemos esta lección? Acabo de pensar en algo y creo que será mejor que me encargue de ello inmediatamente —dijo Kagome, juntando las manos ante ella, mirándola de reojo.

—¿Qué ha pasado con eso de querer aprender todo lo que tengo que enseñar? —replicó Midoriko, perpleja, incapaz de seguir el repentino cambio en la chica.

—Le pido disculpas, Midoriko-sama. Le prometo que le dedicaré toda mi atención y esfuerzo durante nuestra próxima sesión de entrenamiento, pero de verdad creo que debo actuar inmediatamente —dijo Kagome, sin querer faltarle al respeto a la mujer, pero tampoco queriendo echarse atrás.

Midoriko estudió a la chica, observando la brillante expresión de sus ojos. Parecía mucho más vivaz ahora que cuando había entrado en el templo. Y era bastante admirable la forma en la que conseguía atraer tanta resolución de la tragedia. La miko mayor no pudo evitar pensar que le gustaría mucho ver a los sitios a los que esta chica estaba destinada a ir.

—De acuerdo, entonces —concedió Midoriko—. Adelante, pero prepárate para trabajar para compensar esto la próxima vez.

—Sí, por supuesto. Gracias, Midoriko-sama —dijo Kagome, casi sin aliento por el alivio y la agitación.

Hizo una reverencia una vez más antes de apresurarse lo más rápido que permitía el decoro a salir de la sala, deteniéndose únicamente para ponerse las sandalias antes de salir corriendo. Midoriko la observó partir, con su expresión desvaneciéndose mientras la silueta briosa de la chica desaparecía de la vista. Se volvió hacia el altar de Amaterasu, inclinando la cabeza una vez más para rezar.

—Escuche mis humildes plegarias si puede, Amaterasu-sama, solo una vez más. Por favor, no la castigue por mi débil y estúpido corazón…


Kagome prácticamente atravesó volando la distancia entre el templo y el Palacio Interior, ignorando las miradas de extrañeza por su carrera. Antes de que hubiera puesto en orden siquiera todos sus pensamientos caóticos y sus planes a medio formar, estaba delante de la entrada de los aposentos de Inuyasha.

Se quedó quieta por un momento, intentando recuperar el aliento e intentando averiguar cómo iba a conseguir entrar. Seguro que Inuyasha no se alegraría de verla y ella había venido sin invitación. Un guardia apostado junto a la entrada la miró con ojo crítico.

Kagome exhaló, decidiendo que bien podría intentar un acercamiento directo. De todos modos, no podía causar mucho daño. Se acercó al guardia, estirándose en toda su completa y poco impresionante altura.

—Necesito hablar con Su Majestad —dijo Kagome, encontrando los ojos del hombre con firmeza.

—Desconocía que Su Majestad hubiera convocado a nadie —respondió el guardia, notando su alterada apariencia por haber hecho todo el camino corriendo.

—Su Majestad no me ha convocado. No obstante, necesito hablar con él —insistió Kagome tercamente, apretando los puños y disponiéndose a avanzar.

—No creo…

—Por favor, vaya a decirle a Su Majestad que la miko Kagome está aquí para verle —interrumpió Kagome, gesticulando insistentemente hacia la estera colgante.

No estaba en su naturaleza el ser tan contundente con la gente habitualmente, pero en ese momento estaba decidida. El dolor persistente por la historia, todavía fresca en su mente, la impulsaba. Tenía que hablar con Inuyasha pasara lo que pasase.

—Veré si Su Majestad está interesada en verla —dijo mecánicamente, obviamente irritado.

Con un resoplido, se dio la vuelta y entró en los aposentos. Kagome suspiró, paseándose agitadamente mientras esperaba una respuesta. Rezaba porque una semana fuera tiempo suficiente para que él al menos se hubiera calmado lo bastante para considerar verla.

Después de lo que a ella le pareció una eternidad, el guardia volvió a salir. Parecía todavía más contrariado. Kagome sonrió involuntariamente.

—Su Majestad dice que puede entrar —murmuró el guardia, tal como había anticipado Kagome.

—Gracias —dijo Kagome con no poca cantidad de satisfacción, pasando rozando por su lado.

Entró en la habitación tenuemente iluminada, un poco de su satisfacción se desvaneció a medida que se asentaba su nerviosismo. Había pensado muy poco en cómo iba a ocuparse de todo esto.

Se arrodilló silenciosamente ante la pantalla, inclinando la cabeza y esperando a que se dirigieran a ella antes de empezar a hablar. Sabía que Inuyasha necesitaría expresar su opinión antes de que estuviera preparado para oír lo que fuera que tenía que decir ella.

Hubo un tenso silencio durante un largo, largo momento. Kagome se preparó para la explosión que podía sentir que se estaba acumulando.

—¿Por qué diablos has venido aquí?

Kagome hizo una mueca ante el sonido de la voz que provenía de detrás de la pantalla. No le estaba gritando como se había esperado, pero de alguna manera el estruendoso gruñido bajo de su voz era peor. Ella se movió, estabilizándose.

—Sé que debe haber oído ciertas cosas, Inuyasha-sama, y sé que es probable que esté muy molesto conmigo, sin embargo… —intentó Kagome apresuradamente.

—¿Molesto? ¿Molesto? ¡Molesto no es ni la jodida mitad de lo que estoy contigo!

Ahí estaban los gritos. Kagome se sobresaltó ligeramente mientras la sombra de detrás de la pantalla se ponía en pie y parecía cernirse amenazadoramente sobre ella. Tal vez esta no había sido tan buena idea…

—Sabía que eras idiota, pero cómo pudiste hacer algo tan jodidamente… ¡¿idiota?! ¡Después de todo ese cotorreo sobre querer hacer toda esa mierda honrada vas y haces algo como esto! ¿En qué diablos estabas pensando? —vociferó Inuyasha, paseándose incontroladamente por detrás de la pantalla.

—No estaba pensando, pero no es lo que usted cree que… —volvió a intentarlo Kagome, inclinándose hacia delante con desesperación. A este paso, la echaría de la corte antes de que pudiera soltar siquiera una frase entera.

—¡Está claro como el agua qué diablos pasó! —estalló Inuyasha, interrumpiéndola—. ¡Te pusiste en una posición jodidamente estúpida con ese lobo sarnoso y pulgoso y empezaron los rumores! ¡Maldita sea, mujer!

Kagome se quedó paralizada, con los ojos abiertos como platos. Todos sus argumentos se enfriaron en la punta de su lengua. Seguro que no le había oído correctamente…

—¿Y sabes cuántos de los malditos cortesanos empezaron a pedir que se te echara de la corte por ello? —continuó Inuyasha con su exabrupto—. ¡Hizo falta una eternidad para que esos gilipollas se callasen! ¡Tuve que pedirle (¡pedirle, niña!) a ese lobo sarnoso que no se te acercara para que los rumores disminuyeran! ¡Tuve que pedirles a ese houshi pervertido y a la mujer de los Tachibana que esparcieran contra rumores! ¡Y todo eso porque sentiste la necesidad de ir corriendo como una pequeña imbécil por toda la maldita corte haciendo de emisaria! ¡Y más vale que reciba una buena jodida disculpa por toda esa mierda!

Con su diatriba terminada, Inuyasha se cruzó de brazos y esperó con cansada paciencia a que ella se denigrase y ofreciera su gratitud. Silencio. Completo silencio. ¿Acaso se había quedado jodidamente dormida o algo así?

Inuyasha gruñó, rodeando con fuertes pisadas la pantalla hasta el lado de Kagome para ver lo que ocurría. Estaba allí sentada, con la mirada fija y perpleja en la pantalla.

Inuyasha gimió. Por todos los kami, estaba rota.

—Oye, niña…

—Quiere decir —dijo Kagome en voz baja, sorprendida—, que todo este tiempo, ¿usted sabía que yo no había hecho nada inapropiado con Kouga-sama?

—No todo el tiempo —respondió Inuyasha lentamente, preguntándose exactamente qué se le estaba pasando por la cabeza—. Cuando lo oí estaba tan jodidamente enfadado que no podía ver con claridad, pero Kikyou estaba conmigo y dijo que no tenía sentido que tú… «te pusieras en una posición como esa»… o algo así. Y yo seguía endiabladamente enfadado, pero no podía dejar de pensar en ello y no tenía sentido. Y no dejaba de pensar en ello, maldita sea, y lo único que tenía sentido era que habías sido jodidamente ingenua como siempre y que a partir de ahí había pasado toda la mierda.

Kagome parpadeó, bajando la mirada mientras intentaba procesarlo todo. Se giró lentamente para mirar a Inuyasha. El hanyou casi palideció ante la expresión de su rostro, contraído como el de una niña pequeña y dolida.

—Entonces ¿por qué no me llamó? Toda esta semana… —Kagome se interrumpió, se le quebró la voz mientras las lágrimas empezaban a salir de sus ojos.

El pánico estalló en el pecho de Inuyasha. ¡¿Qué diablos?! No había dicho nada malo, ¿verdad? Maldiciendo por lo bajo, Inuyasha se sentó a su lado.

—Oye, escucha, yo…

—¡Usted…! —dijo Kagome, conmovida, girándose de repente y colapsando contra su pecho.

Inuyasha se retrajo, se le puso rígido todo el cuerpo ante el repentino contacto.

—¡No me lo puedo creer! ¡Es usted terrible! ¡Horrible! —entonó Kagome, dando ligeros puñetazos contra uno de sus hombros mientras continuaba sollozando.

Qué alivio. Por los kami, qué alivio. Todos la habían creído. Habían estado trabajando para ayudarla. Ninguno había intentado abandonarla. Ninguno había pensado que era una rastrera. Kagome era casi incoherente en su felicidad.

—¡Durante toda la semana pensé que Miroku-sama, Sango-sama y usted me odiaban! —chilló, apenas consciente mientras las palabras salían de su boca—. ¡Pensaba que usted se había creído los rumores! ¡Pensaba que iba a echarme de la corte! ¡Pensaba que me estaba evitando! ¡Estúpido, estúpido, estúpido!

—¿A quién llamas estúpido, estúpida? Fuiste tú la que te metiste en todo esto por no pensar —se defendió Inuyasha, aunque con mucho menos veneno que antes.

Se movió con incomodidad, mirando a la chica que sollozaba y se aferraba a él. Pero, por muy incómodo que estuviera, no se atrevía a apartarla como habría hecho con otros. Una de sus manos se cernió con incertidumbre sobre su cabeza mientras contenía la urgencia de ofrecer alguna suerte de gesto de consuelo.

—Oye, mira, Kagome —intentó con incomodidad—. Estaba enfadado por todas esas sandeces. Estaba demasiado enfadado como para querer verte siquiera. Es que… ¡arg! Por los siete infiernos, ¿¡qué hará que dejes de llorar, mujer!?

Kagome se sorbió la nariz sonoramente, echándose ligeramente hacia atrás. Lo fulminó con la mirada con sus ojos humedecidos.

—Bueno, disculpe —resopló, secándose furiosamente sus húmedas mejillas—. ¡Solo he pasado una semana sola, pensando que todos ustedes me odiaban y que me iban a enviar a casa deshonrada para contarle a mi aldea que había fracasado!

Inuyasha suspiró muy sufridamente. Frunció el ceño con poco entusiasmo en dirección a la chica a la que le había dado el hipo.

—Da igual. Ahora ya está —dijo Inuyasha quitándole importancia—. Solo ten cuidado con los cortesanos de ahora en adelante. Si te relacionas demasiado con alguno de ellos, va a salir mierda.

Kagome abrió los ojos como platos, sus palabras tañeron una repentina cuerda en su mente. Su mirada bajó lentamente a sus manos, plantadas firmemente contra el pecho de Inuyasha en busca de apoyo, como si fueran entidades extrañas a ella.

Bajó aún más los ojos y casi se le detuvo el corazón. Estaba prácticamente sentada en el regazo del soberano de su país.

Con un chillido, Kagome se echó hacia atrás, con las disculpas saliendo de su boca. Estaba mortificada, apenas se podía creer que acabase de ser tan increíblemente irrespetuosa. Pero Inuyasha había observado el progreso de emociones que cruzaba su rostro, notando cuándo se le tensaron los músculos para echar a correr.

Por instinto, estiró la mano rápidamente, agarrando una de sus muñecas mientras ella intentaba escapar. Con la guardia baja y sin equilibrio, Kagome volvió a caer, tambaleándose, sobre el regazo del hanyou.

—¡¿Qué diablos te pasa, niña?! —ladró Inuyasha sobre las revueltas disculpas que todavía fluían rápidamente de su boca.

—¡Decoro! ¡Y orden! —intentó Kagome, forcejeando contra el inflexible agarre del hanyou—. ¡Una plebeya no debe relacionarse íntimamente con nobles! ¡Una plebeya no…!

—¿Qué estás balbuceando, mujer? —preguntó, consiguiendo agarrar los hombros de la chica que se retorcía para mantenerla quieta. Kagome alzó sus amplios y petrificados ojos para encontrarse con los suyos antes de apartarse rápidamente, con su rostro palideciendo.

—P-Por favor, suélteme, Tennō-sama. No puedo disculparme suficiente por tal falta de respeto. M-Me dejé llevar por… bueno, le prometo que nunca actuaré de una forma tan vergonzosamente impresentable… pero, por favor…

Inuyasha frunció aún más el ceño, confundido. Agarró el hombro de Kagome con más fuerza, dándole una pequeña sacudida. Ella se sobresaltó, parpadeando hacia él con sorpresa.

—¿De. Qué. Diablos. Estás. Hablando? —repitió, hablando con el lento énfasis que alguien usaría con un niño particularmente lento.

—La futura Emperatriz… me hizo el favor de recordarme lo que había olvidado —dijo Kagome en voz baja—. No puedo cambiar mi procedencia, Tennō-sama y usted… usted no puede rebajarse a ser informal conmigo. Ningún noble puede hacerlo. Lamento que haya sido tan presuntuosa con usted hasta ahora… pero le prometo… le prometo que no volverá a ocurrir. Ahora conozco mi lugar, así que por favor no…

—¿Kikyou te dijo todo esto? —la interrumpió Inuyasha.

—No me dijo nada de lo que no fuera ya consciente, aunque fui lo suficientemente estúpida para olvidarlo —replicó Kagome, con mirada abatida.

Inuyasha se la quedó mirando durante un largo instante, confundido por el repentino cambio. Nunca antes había dudado en discutir con él, en hablar por los codos y en imponerle cualesquiera ideas que salieran de esa tonta cabeza suya.

Y ahora que al fin se callaba… descubría que no le gustaba. No quería eso.

—Olvídalo otra vez, entonces —ordenó.

Kagome le dirigió un frunce de desconcierto.

—¿Que olvide…?

—Todo. Todo lo que te dijo Kikyou. Todo lo que te haya dicho alguien sobre esa sandez de que «los plebeyos deberían ser así» y «los nobles deberían ser asá».

—Pero, Tennō-sama…

—¡No! ¡Maldita sea, mujer, ya hemos hablado de esto! Soy Inuyasha. Y tú eres Kagome, por si tu cabeza está tan llena de mierda que también te has olvidado de eso —estalló, satisfecho cuando sus ojos subieron para encontrarse brevemente con los de él con irritación—. Y estoy endiabladamente seguro de que no necesito otro gusano servil y entrenado en la corte haciendo reverencias y sonriendo con afectación en todo momento. Ya tengo bastantes de esos bastardos y servirían fácilmente a cualquier otro tanto como a mí. Pero tú… Mira, a la mierda el rebajarte para arrastrarte a los pies de todos esos idiotas. Yo te apoyaré, a la mierda el decoro.

Kagome abrió los ojos como platos con asombro, mirando sus ojos intensamente dorados. Su boca se movió sin decir una palabra, intentando seguir lo que decía, formar alguna suerte de respuesta coherente a sus atroces palabras. No podía estar hablando en serio…

—¡Pero no puedo! —expulsó con desesperación—. Al relacionarme íntimamente con Miroku-sama, o con Sango-sama, o… o con usted, Inuyasha-sama, lo único que haría sería causarle vergüenza. La gente nace en determinadas posiciones por una razón y…

—¿De verdad crees eso? —interrumpió el hanyou, con un tono mordaz en su voz—. ¿De verdad crees que el lugar en el que naces decide cuánto vales? ¿Cuánto puedes hacer?

—Yo solo… siempre se me enseñó…

—¡Tal vez te enseñaron mal! ¡Tal vez le enseñaron mal a todo el mundo! ¡Solo porque algo se repita una y otra vez no significa que sea jodidamente cierto, Kagome! Quieres cambios, ¿no? Quieres algo mejor para esos aldeanos y para todos, ¿no?

Ella estaba callada, su mente zumbaba mientras intentaba seguir lo que decía. ¿Esto no era…? ¿Esto no era lo que había intentado decirle también Midoriko?

—¡¿Y bien, no es así?! —ladró Inuyasha con insistencia.

—¡Sí! ¡Así es! ¡Sí que quiero! —explotó Kagome, casi sin pensar.

—¡Pues no va a cambiar una mierda para ellos o para ti si sigues actuando como si fueras inferior! ¡Así que haz lo que quieras! ¡Actúa como quieras! ¡Sé amiga de quien jodidamente quieras serlo! ¡Demuéstrales a esos bastardos estirados que eres tan buena como ellos!

El hanyou la miró a la cara con fiereza, con ojos encendidos. Kagome le devolvió la mirada con impotencia, envuelta en el torrente de su intensidad. Pero había algo allí, un fuego que parecía ir más allá incluso de su ira hacia ella o por ella…

De repente se dio cuenta y casi soltó una exclamación. Inuyasha no solo estaba hablando de su situación, aunque tal vez eso era de lo único de lo que quería hablar.

También hablaba de él. Nacido en una supuesta posición inferior como un hijo bastardo y un hanyou, pero luchando para hacer que la corte creyese que valía tanto como cualquier otro.

Esa era la diferencia entre ellos. Él estaba luchando mientras ella seguía aferrándose a las nociones de un orden y un decoro entre las que se sentía segura. Los cortesanos no eran los únicos a los que se les había enseñado el orden de las cosas desde que iban en pañales. Pero…

—De acuerdo —consiguió decir, asintiendo—. De acuerdo. Lo intentaré.

Una sonrisa partió el rostro del hanyou, tan amplia que sus caninos resplandecieron a la luz de las lámparas. Una especie de orgullo surgió en el interior de él.

—Es la primera cosa inteligente que has dicho desde que llegaste —aprobó de forma engreída. Kagome frunció el ceño.

—Bueno, creo que tengo una más —replicó, inclinando la barbilla hacia arriba con petulancia.

—¿Qué? —respondió el hanyou, complacido al ver que volvía a parecerse a su antiguo yo antipático.

—Quiero… Quiero ser su amiga, Inuyasha-sama —declaró, encontrando sus ojos taimadamente con los de ella.

A Inuyasha se le desvaneció la sonrisa, quedándose boquiabierto. Un sonrojo subió a calentar su rostro.

—¿Q-Qué?

—Usted dijo que podía ser amiga de quien quisiera, ¿verdad? —insistió Kagome, silenciosamente complacida por haber tomado la delantera—. Quiero ser amiga suya, Inuyasha-sama. Quiero ayudar a apoyarle. Y… puede que juntos podamos demostrarles que de verdad valemos lo mismo.

El hanyou parpadeó mientras la miraba, su bochorno desvaneciéndose lentamente. Su rostro era… sincero. Abierto. De verdad… quería ser amiga suya. Algo cálido se retorció en su pecho, aunque luchó por hacerlo a un lado.

—Yo… Feh —resopló Inuyasha, incapaz de decir nada más. El rostro de Kagome esbozó una tímida sonrisa.

—Me lo tomaré como un sí —dijo—. Gracias, Inuyasha-sama.

El hanyou resopló, dándose la vuelta para ocultar el sonrojo que subía por su cuello. De verdad, esa chica era más difícil de entender que esos estúpidos tomos antiguos del archivo…

—¡Ah! —exclamó Kagome tras unos momentos de silencio, recordando abruptamente lo que había ido a decir en primer lugar—. ¡Inuyasha-sama! Estaba con Midoriko-sama y me estaba contando una historia y tuve una… bueno, tal vez es un poco arriesgado, pero creo que podría funcionar si…

—Para de balbucear, mujer, escúpelo de una vez —interrumpió Inuyasha.

—De acuerdo, entonces —resopló Kagome, desvaneciéndose un poco de su emoción—. Veamos…

Lo consideró durante unos minutos, intentando encontrar una forma de explicar su plan sin sonar completamente loca o inverosímil. Era más que un poco extravagante, tenía que admitirlo. Aun así, si funcionaba bien, podía ser la respuesta a varias de sus plegarias…

Tuvo una idea y una amplia sonrisa surgió en su rostro. Inuyasha observó esa sonrisa con no poca cautela. Era la sonrisa de alguien que tramaba algo. Y solo los kami sabían de qué clase de locura era capaz esta chica…

Kagome se puso de pie, apartando varios cojines de su camino con los pies. Se volvió hacia Inuyasha, sonriendo ampliamente. El hanyou hizo una mueca, observando con creciente agitación mientras la chica extendía ampliamente los brazos para lo que él imaginaba que serían muchas gesticulaciones alocadas acompañadas de una explicación aún más alocada.

De repente, Kagome empezó a convulsionar. Los temblores exprimieron su delgada silueta de la cabeza a los pies y su rostro se quedó pálido como la nieve. Sus ojos se quedaron en blanco. Hizo pequeños sonidos de ahogamiento, temblando con violencia.

—¡Kagome! —gritó Inuyasha, saltando y yendo hacia la chica.

El pánico brotó en el hanyou, notó el pecho apretado. ¿Qué diablos le estaba pasando a la chica? La agarró por ambos hombros, atrayéndola a sus brazos con la esperanza de detener sus convulsiones.

Kagome se derrumbó sin fuerzas en su agarre, con los ojos en blanco. De repente estaba completamente quieta.

Inuyasha se quedó mirando su rostro quieto, su aliento se le quedó atrapado en la garganta. Kagome… Kagome…

—Oye, Kagome. ¡Kagome! ¡Kagome!


Nota de la autora: Pequeña nota de historia:

La Pimiko que menciona Midoriko es un personaje histórico real en Japón, aunque puede que haya adornado sus relatos para mis propios propósitos.

Pero la esencia de su historia es que fue una de las primeras en gobernar Japón en el período Yayoi. Gobernó en las provincias de Kyushu y Honshu en la mayoría de los informes que he leído, aunque este punto es objeto de debate.

Era una mujer que al parecer incursionó en la magia y en la hechicería, y así fue cómo se ganó su posición como gobernante. Obviamente tomé esto y lo interpreté como «miko», que puede ser o no acertado.

Nunca se dice en concreto en ningún informe de los que he leído que fuera vidente, pero, de nuevo, lo he adornado. También es un hecho el que gobernaba sola, una mujer soltera.

Su papel en la historia de Japón está sujeto a mucho debate. La mayoría de los registros que tenemos de ella vienen de China y algunos entran en conflicto con los pocos informes japoneses disponibles.

También se la puede encontrar nombrada como Himiko. Así que supongo que incluso hay debate sobre su auténtico nombre, o tal vez solo sea la pronunciación. Pero, bueno, esa es la confusa historia de la Emperatriz Pimiko.

Nota de la traductora:

¡Hola a todos!

Aquí os traigo un nuevo capítulo, como os prometí. Debo avisaros de que el siguiente no lo voy a poder publicar hasta el 12 de junio (sábado), me disculpo enormemente, pero me espera una semana muy complicada.

Muchísimas gracias por todo el apoyo que me seguís dando con la traducción de esta historia. ¡Espero con impaciencia vuestros comentarios sobre este capítulo!