Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Nota de la autora: Otra pequeña lección de historia antes de meternos en este capítulo:
Dengaku: una forma rústica de danza que se practicaba en las aldeas durante la cosecha en el Japón antiguo. Normalmente se hacía delante del templo de la aldea, ya que la danza era considerada como una comunicación directa entre el hombre y los dioses.
Por lo que sé, la danza consistía en cualquier cosa en cuanto a contenido y no estaba restringida a una única forma. Además, debemos recordar que no es una «danza» en el estilo moderno e informal en el que podríamos pensar. Eran movimientos lentos y controlados, gestos elegantes que se hacían principalmente con las manos.
Esta forma de danza más tarde influiría en las obras Noh en la época de Oda Nobunaga. Las danzas también eran de estilo narrativo, en el sentido de que cada una contaba una historia determinada a través del movimiento.
Lenguaje del abanico: el abanico de papel plegado en realidad se inventó en Japón en el siglo VI y habitualmente lo llevaban los nobles de Heian en ocasiones formales. Hasta ahora he estado descuidando el mencionar este elemento, a excepción de un fragmento en la primera escena en la corte.
Quiero profundizar en ello ahora mientras Kagome se ve obligada a tener encuentros con más y más nobles de la corte. El abanico era algo muy intrincado, así que tened paciencia con esta pequeña explicación para que podáis entender adecuadamente lo que ocurre.
El número de pliegues de un abanico era indicativo del estatus social dentro de la corte en el período Heian. Creo que uno podía tener hasta veinticinco pliegues y, cuanto mayor el número, mayor la posición social de la persona.
Pero los abanicos también se usaban como forma sutil de comunicación. La inclinación de la muñeca de una forma u otra, apuntar el abanico hacia uno o en dirección contraria a uno mismo, el número de veces que se agitaba el abanico y la posición del abanico en relación con el cuerpo. Todo eso era relevante para expresar significados y mensajes sutiles. Se usaba principalmente entre las mujeres de la corte, como habréis adivinado.
Creo que podéis ver bastante bien a dónde iré con esto y explicaré lo que significa cada movimiento cuando toque. Estoy deseando escribir escenas con abanicos y espero que tengáis ganas de leerlas.
Capítulo 9: De un acuerdo mutuo y mujeres de la corte
Kagome estaba quieta.
Kagome estaba muy, muy quieta.
Inuyasha se quedó mirando con vacío horror al rostro pálido y flácido de la chica que tenía en sus brazos. Parecía como si hubiera pasado una eternidad desde la última vez que se había movido. El tiempo avanzó con agonizante letargo.
Volvió a zarandearla, diciéndose que esta vez iba a despertarse. Se despertaría y le gritaría por lo que fuera que acabase de ocurrir, y ella le contestaría con otro grito. Se despertaría.
Pero Kagome no se despertaba. Sus flácidas extremidades se sacudieron patéticamente con el zarandeo y volvieron a quedarse quietas. Yacía como una muñeca rota en su agarre, pálida, frágil y sin vida.
El hanyou sintió un muy fuerte tirón en las entrañas y levantó una de sus manos con garras para apretarse esa zona. Parecía como si le estuvieran apuñalando. Dolía.
—Kagome.
Y entonces se abrieron sus ojos. Estaban muy abiertos y fijos en algo muy lejano a él. Inuyasha se sobresaltó ligeramente por la sorpresa, sintiéndose casi enfermo debido a una repentina ola de ligereza y al sentir cómo se le aflojaba el nudo de sus tripas.
—¡Kagome! ¡Estás…!
Se interrumpió. Su concentración no estaba sobre él en absoluto y sus labios se movían apenas, formando un torrente de palabras silenciosas. Inuyasha se acercó más, esperando captar lo que fuera que estuviera murmurando.
Sus ojos se movieron para encontrarse con los de él, enfocándose abruptamente. Inuyasha era incapaz de apartarse. Sus ojos eran de un gris intenso y mercúrico que nunca antes había visto, estaban tan abiertos que podía ver el blanco rodeándolos por completo. No sabía que existiera un color como ese.
De repente, hubo un brillo azul bloqueando el gris, esparciéndose por la superficie de sus ojos como una fina película. Era el brillo de los poderes espirituales de Kagome, recordó Inuyasha, echándose hacia atrás para sostenerla a la distancia de un brazo mientras su energía chisporroteaba ligeramente contra su youki.
—Los kami han otorgado su bendición al hanyou Inuyasha para que pueda gobernar como Tennō bajo su aprobación —entonó Kagome, sus palabras crepitaban con la fuerza de su energía espiritual—. Seguidle y todo el gran Japón florecerá. Desacatad sus órdenes y atraeréis vuestra propia destrucción.
Inuyasha se quedó mirando a la chica con los ojos como platos mientras los de ella se cerraban, el brillo se desvaneció abruptamente. La sensación apremiante de su aura se desvaneció también, volviendo al ligero murmullo de poder que siempre la rodeaba.
Kagome se incorporó. Simplemente se incorporó por sí sola, liberándose de su agarre. Se volvió hacia él con una sonrisa idiota complacida y extendida por sus facciones, e Inuyasha sintió que su ceja izquierda se movía espasmódicamente.
—Convincente, ¿verdad? Probablemente no diré exactamente eso, sino algo por el estilo —dijo Kagome con entusiasmo, la expresión de sorpresa del rostro de él le decía que le había salido bien el número—. Estuvo bien, ¿verdad, Inuyasha-sama?
Inuyasha estaba callado, con los ojos clavados en ella. Se le estaba comenzando a desarrollar un ligero tic en el lado derecho del rostro, notó Kagome. No parecía tan complacido como se había esperado.
—Eso… —gruñó y Kagome se estremeció ante la aspereza de su voz—. ¿Fue una actuación?
—… ¿Sí? —dijo Kagome con incertidumbre, preguntándose en qué se había equivocado exactamente. Prácticamente podía sentir las vibraciones de la inminente explosión.
—¿¡Por los siete infiernos, mujer!?
Un cojín voló para estamparse sólidamente contra su rostro antes de que pudiera siquiera pensar en esquivarlo. Su fuerza la echó hacia atrás y se quedó mirando con los ojos abiertos como platos al enfurecido hanyou que se cernía sobre ella.
—¡Maldición! ¡Pensaba que estabas muerta, idiota! ¡No tuvo ninguna gracia!
Había estado tomándole el pelo en todo momento. Y pensar que él había… había… ¡Maldición!
—La intención no era que fuera gracioso, Inuyasha-sama —dijo Kagome débilmente, ligeramente descorazonada por lo mal que le había parecido su idea—. Y pensé que usted sería capaz de sentir que no estaba herida y que entendería lo que estaba haciendo a partir de ahí.
Inuyasha se quedó paralizado, al borde de comenzar otra diatriba, con la boca abierta y un dedo afilado señalándola acusadoramente. No había sentido sus constantes vitales. ¿Por qué no había sentido sus constantes vitales?
Ahora podía oírlo todo perfectamente. El silencio, incluso el tamborileo de su pulso. El casi imperceptible silbido del aire mientras sus pulmones se expandían y se contraían. Entonces ¿por qué no lo había percibido antes si simplemente lo había fingido todo?
Bajó la mirada hacia la chica que lo estaba observando con taciturna incertidumbre mientras esperaba a que él continuase con su bronca, su mente vagó casi voluntariamente lejos de la pregunta. Tenía un aspecto patético. Así de encorvada y con el ceño fruncido.
Inuyasha apartó la mirada con un resoplido, negándose a sentirse mal por haberle gritado. Se merecía retorcerse un poco por hacer una treta tan estúpida.
La imagen de su pálido y tranquilo rostro se alzó sin invitación en su imaginación. El ardor de su irritación se enfrió abruptamente. Sus ojos se mantuvieron alejados de su figura mohína, observando la suave elevación y descenso de su pecho con cada respiración. De alguna forma no conseguía obligarse a terminar con su diatriba.
—¿Entonces? —resopló Inuyasha finalmente, encorvándose hacia atrás para observarla mientras metía las manos entre las largas mangas de su karaginu.
Arqueó una pesada ceja oscura con expectación, diciéndose que simplemente estaba de humor caritativo o algo así. Era por eso por lo que le estaba ahorrando su ira por el momento. Claro que era por eso.
Kagome se lo quedó mirando inexpresivamente.
—Entonces… ¿qué, Inuyasha-sama?
—Entonces asumo que hay alguna suerte de retorcida explicación para esa estúpida demostración —gruñó Inuyasha con una terrible paciencia—. Y si no la hay, te sugiero que empieces a correr ya.
Los ojos de Kagome volaron hasta su rostro por un momento, sorprendida porque no pretendiera continuar riñéndole. El hanyou apartó la mirada intencionadamente de ella, cruzado de brazos y piernas, que estaban ocultos entre los pliegues de su karaginu y sashinuki. Parecía… inquieto, de algún modo.
Kagome sintió una rápida y afilada punzada de culpa. Se había preocupado por ella. Por eso era por lo que estaba así. Había sido una desconsiderada y él se había preocupado.
Consideró disculparse, pero otra mirada hacia él le dijo que lo único que iba a oír de ella en ese momento sería una explicación. Cualquier otra cosa solo volvería a encolerizarlo.
—Bueno, como bien sabe, hoy estuve con Midoriko-sama —empezó Kagome—. Me contó la historia de Pimiko-sama. ¿La conoce?
Inuyasha gruñó su asentimiento, inclinándose hacia ella ligeramente para escucharla. Kagome asintió en respuesta, silenciosamente satisfecha por verle soltándose.
—Midoriko-sama me contó esa historia —dijo—. Y de repente se me ocurrió… una idea. En mi aldea, cuando las cosechas todavía eran buenas, se me permitía participar en el Dengaku. Me dejaban hacerlo incluso cuando era muy pequeña porque siempre pensaron que los kami estarían más dispuestos a acatar mis plegarias como miko.
»No creo que yo fuera nada especial en ese sentido, pero en cualquier caso, me encantaba poder unirme a las danzas. Y mi personaje favorito era el de un hombre que se decía que era el fundador de nuestra aldea, Kiyomichi-sama.
»La historia que se transmitió en mi aldea hablaba de él viajando por todo Japón, un hombre solo y sagrado buscando las verdades innatas del mundo. Pero llegó hasta el lugar en el que ahora se encuentra nuestra aldea y recibió inspiración de los kami, que introdujeron en su mente la idea de que, con el tiempo, la gente que habitara esa tierra se percataría de un gran destino.
»Kiyomichi-sama se lo tomó a pecho y construyó nuestra aldea. Después de suplicar un poco, convencí a los aldeanos de que me dejaran hacer de Kiyomichi-sama durante el Dengaku.
»Estaba muy emocionada y aprendí a temblar, estremecerme y colapsar para imitar la divina inspiración que los kami le dieron a Kiyomichi-sama. Todos los aldeanos pensaron que era convincente por la forma en la que manipulaba mis poderes durante la interpretación y me dejaron interpretar el papel todos los años al inicio de la cosecha, a pesar de lo raro que es que una mujer interprete un papel masculino.
»¿Lo entiende, Inuyasha-sama?
Inuyasha se la quedó mirando inexpresivamente durante un largo momento.
—Ni una jodida cosa.
Kagome se desinfló. Frunció el ceño, ordenando mentalmente sus propias palabras en busca de alguna suerte de claridad. Se tiró distraídamente de un mechón suelto de su pelo que se cernía cerca de su cara mientras contemplaba cómo continuar.
—Bueno, Pimiko-sama era una mujer soltera y aun así la gente estaba dispuesta a seguirla, ¿no? —dijo Kagome—. Pero ¿por qué la gente la seguía tan voluntariamente?
—Por sus visiones —aportó Inuyasha lentamente, frunciendo la frente mientras intentaba seguir su línea de pensamiento—. Los kami le mostraban el futuro o algo así, ¿no?
—Exacto —afirmó Kagome—. Los kami le daban visiones y la gente la seguía. Los kami le dieron una especie de visión a Kiyomichi-sama y él se asentó para construir nuestra aldea. La gente está dispuesta a seguir a los kami y a aquellos a quienes creen bendecidos por los kami, ¿correcto?
Inuyasha no respondió, sus ojos se abrieron un poco más mientras empezaba a comprender. Kagome, que estaba sonriendo ampliamente con entusiasmo, no parecía requerir una respuesta. Insistió ansiosamente.
—Entonces ya lo ve, Inuyasha-sama, si usted tuviera a los kami de su lado, o al menos la apariencia de que así es, ¿los cortesanos no estarían mucho más dispuestos a seguirle a pesar de sus reservas y de sus intereses personales?
»¡Y yo sé cómo interpretar una visión! Tanto si lo admite como si no, ¡ahora estaba convencido! Y si puedo convencer a la corte de que, como su sierva, he sido bendecida por los kami con las mismas visiones que Pimiko-sama, entonces ¿no será menos probable que se le opongan?
»Haré de su intermediaria con lo divino, Inuyasha-sama, y con la autoridad que eso le presta, ¡podemos comenzar a cambiar cosas!
Inuyasha se la quedó mirando durante un largo momento, con las facciones contorsionadas con incredulidad.
—Estás loca —declaró concisamente, negando con la cabeza.
—¡¿Qué?! —se quejó Kagome, enfureciéndose mientras la burbuja de su emoción era explotada con tan poco tacto.
—¿De verdad crees, por las siete capas del infierno, que hay una oportunidad de que saques esto adelante en la corte? —interrumpió Inuyasha, perforándola con una mirada tan dura como una piedra—. Sí, son un montón de idiotas y cabrones, pero no son tan crédulos.
—A usted le engañé, ¿no? —apuntó Kagome, irritada por su condescendencia.
Claro que sabía que había lagunas en su plan, pero nunca iba a ser capaz de ayudarle a hacer nada si iba a rechazarla con indiferencia.
—Eso no cuenta —bramó Inuyasha en respuesta, todavía más irritado ante el recordatorio—. Solo me confundí por un momento porque hiciste eso tan raro.
—¡Pero esa es la clave! —dijo Kagome—. Es tan inesperado que difícilmente pensarán en cuestionarlo.
—Tú no lo entiendes, Kagome. No son un montón de aldeanos de un lugar remoto y diminuto que están dispuestos a ver el trabajo de los kami en cada estúpida tempestad. Van a cuestionar cualquier cosa que sea diferente. Y tú puedes soltar por ahí los nombres de los kami hasta que te sangre la boca, pero ellos no se van a creer una maldita cosa si no la respaldas. Y algunos de ellos no se lo creerán ni siquiera si lo haces.
Kagome estaba callada, incapaz de reunir más palabras en su defensa.
Se removió incómodamente, sintiéndose estafada y estúpida. Y aquí ella que se había sentido tan esperanzada y tan inteligente por pensar en algo tan extravagante. Algo que había estado tan segura de que ayudaría a Inuyasha.
Y aun así, él solo la veía como una pequeña plebeya supersticiosa, incapaz de salir lo suficiente de su mentalidad para comprender el mundo en el que se encontraba. Dolía, quizás más de lo que debería. ¿De verdad aún era tan ignorante?
Se arriesgó a levantar la mirada hacia el hanyou por entre sus pestañas. Estaba frunciendo el ceño mientras miraba un punto más allá de ella, con la irritación escrita en el profundo frunce de sus oscuras cejas. ¿Tanto lo había afligido?
Era ridículo. Ahora que al fin volvía a caerle en gracia. Tal vez ahora se arrepentía de su relación. Tal vez incluso se arrepentía de su incipiente amistad.
—¡Se lo demostraré! —soltó Kagome sin pensar.
Inuyasha volvió a centrarse en ella mientras Kagome abría los ojos como platos. No había pretendido decir nada. Simplemente odiaba el solo pensar que lo había decepcionado. Tenía que demostrar su valía.
—Yo… sigo creyendo que mi idea es válida —se obligó a insistir—. Así que se lo demostraré a usted también, Inuyasha-sama. Lo haré y encontraré una forma de hacer que todos los cortesanos me crean. No sé cómo, pero lo haré sí o sí. Así que…
Así que, por favor, no se rinda conmigo todavía, terminó Kagome en silencio. Encontró su mirada y se la sostuvo, deseando que la creyera. Él suspiró, presionando una mano con garras contra su sien.
—Escucha, mujer…
—Por favor, Inuyasha-sama —le interrumpió Kagome, presintiendo una negativa.
Inuyasha le dio la espalda con un gruñido bajo. Kagome esperó con inquietud, con las manos aferrando la tela de su hakama donde reposaban en su regazo.
—Se está haciendo tarde —dijo él finalmente—. Tú… vuelve y duerme, ¿vale?
—¿Significa eso que está dispuesto a dejarme intentar esto? —dijo Kagome, negándose a dejar el tema.
—Significa que he terminado de hablar contigo, niña —soltó Inuyasha, pero la expresión inflexible de su rostro le dijo que ella no se iba a desalentar—. ¡Maldita sea, mujer! Vale. Ve y piensa en ello un poco. Volveré a llamarte dentro de dos días y, si encuentras una buena forma de hacer que se traguen tu interpretación, te dejaré seguir adelante con ella. Si no, vas a parar con el estúpido tema y no vas a volver a mencionarlo.
Kagome solo necesitó el más breve de los instantes para considerarlo.
—De acuerdo.
—Feh. Qué más da —soltó de repente el hanyou—. Tú… vete ya.
Kagome asintió, intentando ocultar con fuerza el dolor ante su afán por librarse de ella. Tendría que probar su valía si eso era lo que necesitaba para confiar completamente en ella. Demostraría su valía tantas veces como fuera necesario para hacer que la aceptara a su lado.
Se levantó y se dio la vuelta para irse, diciendo en voz baja por encima del hombro mientras se marchaba:
—Buenas noches, Inuyasha-sama. Que duerma usted bien.
No hubo respuesta, pero no se había esperado una en particular. Se armó de valor, decidida a que cuando volviera allí a los dos días, arreglaría las cosas.
Inuyasha observó su partida por el rabillo del ojo, satisfecho cuando su silueta al fin desapareció a través del tapiz de la entrada. Se reclinó sobre el montón de cojines, aliviado por estar a solas para considerar las cosas.
No era la peor de las ideas, a pesar de lo que había dicho. Tenía varios puntos a favor en los que podía pensar, pero eso todavía dejaba los enormes defectos que había señalado.
Así que, si no era por la estupidez de la idea, entonces, por los siete infiernos, ¿qué lo estaba irritando tanto de esto, maldición? El momento en el que había dejado claro su pequeño plan, lo había odiado. Había estado decidido a apuñalarlo directamente en el corazón, pasara lo que pasase, incluso si eso significaba desalentarla.
Nunca hubiera creído que a Kagome fuera capaz de ocurrírsele algo así. Todavía recordaba claramente lo nerviosa que había estado por mentir sobre los detalles de su primera misión. Y ahora pensaba engañar a toda la corte y puede que blasfemar a los kami en el proceso.
Era demasiado. Inuyasha no sentía gran reverencia por lo divino, ya que nunca había hecho gran cosa por él, pero conocía bastante de Kagome como para saber que ella vivía su vida en honor a ello. Que propusiera tal cosa… era difícil evitar pensar que la vida aquí en la corte podría estar cambiándola de alguna manera.
Inuyasha gruñó silenciosamente, decidiendo que no quería seguir pensando en ello. Cerró los ojos, anticipando la tranquila oscuridad detrás de sus párpados.
Solo para incorporarse bruscamente cuando, en lugar de un tranquilo vacío, se encontró de nuevo con la imagen de la figura flácida de Kagome, sin vida entre sus brazos. Gruñó, arrojando un cojín contra un jarrón cercano. La fina obra de barro se hizo añicos y sintió una especie salvaje de satisfacción.
No quería seguir pensando en esto. No quería recordar el completo vacío que lo había asolado, robándole incluso sus sentidos superiores de youkai. Y por supuesto que no quería seguir pensando en aquella chica tonta.
Iría a ver a Kikyou, decidió de repente. Últimamente había estado preocupado y la había desatendido. Iría y se sentaría a hablar con ella. Kikyou siempre estaba tranquila, serena, sin importar cuáles fueran las circunstancias. Podía entenderla.
Inuyasha asintió, afirmándolo para sí. Se puso en pie y salió rápidamente de la habitación para ir a ver a su futura Emperatriz.
Kagome no durmió bien esa noche. Su mente zumbó con consideraciones relativas a su plan y a la discusión que había tenido con Inuyasha. Sus pensamientos no se acallaron lo suficiente para que durmiera tranquilamente hasta temprano por la mañana.
Se despertó con la triste comprensión de que no tenía más respuestas que cuando se había ido a dormir. Una extensión de vaga contemplación en la quietud de la luz de la mañana la llevó a la conclusión de que quería ir a ver a Midoriko. La mayor tenía un aire de sabiduría en ella que Kagome estaba segura de que resultaría útil en este dilema suyo.
Se volvió a vestir con su traje de miko y peinó su pelo antes de salir a asearse en el pozo de detrás de su residencia. Fue solo cuando empezó a caminar hacia la puerta principal del complejo Fujiwara que se dio cuenta de que en realidad no tenía libertad para pasarse el día haciendo lo que deseaba.
Kagome era, después de todo, la dama de compañía de Kikyou. Tenía que estar cerca en caso de que Kikyou la requiriera. Para el caso, era un poco extraño que la futura Emperatriz no la hubiera hecho despertar para poder hacer su mañana rutinaria de limpieza de los pasillos.
Irritándose un poco por la restricción, Kagome volvió a la residencia para averiguar sus instrucciones para ese día. En cuanto entró en el salón principal, se encontró directamente con un grupo grande de sirvientas charlando. Se dieron la vuelta casi como si fueran una para mirarla y Kagome se quedó paralizada.
Le llevó un largo momento superar su mortificación y encontrar las palabras.
—Ah… perdón, ¿Kikyou-sama le ha informado a alguna de mis instrucciones para hoy? —se atrevió a preguntar, medio esperando que salieran huyendo por patas.
Era estúpido por su parte el haberse olvidado de que la corte todavía la odiaba solo porque había conseguido hacer… algo similar a las paces con Inuyasha.
—Kikyou-sama sigue dormida —llegó una respuesta tan inesperada que Kagome casi dio un respingo.
Era una de las chicas más jóvenes del grupo y algunas de las otras mujeres le dirigieron también miradas un poco escandalizadas. Ella las ignoró y continuó:
—Estuvo con un invitado hasta tarde anoche y probablemente no se levante hasta mediodía, más o menos. Es usted libre de hacer lo que quiera hasta entonces.
Kagome se la quedó mirando con expresión vacía por un rato, demasiado sorprendida como para asimilar las palabras. Hizo una reverencia apresurada cuando al fin pudo comprenderlas, sonrojándose por su propia grosería y olvidando que era inapropiado hacerle una reverencia a alguien que estaba técnicamente por debajo de ella.
—¡Gracias! —soltó, antes de darse la vuelta y casi huir de la residencia.
Cuando al fin estuvo a una distancia segura del complejo de Kikyou, Kagome redujo el paso. Su corazón, sin embargo, siguió latiendo sonoramente en sus oídos. Era ridículo lo emocionada que estaba porque simplemente se hubiera dirigido a ella una joven sirvienta.
Pero ninguna de las mujeres la habían despreciado como se había acostumbrado, aunque algunas le habían dirigido miradas bastante recelosas. Kagome no podía parar de sonreír como una tonta, incluso mientras se preguntaba qué podría haber provocado tal giro en los acontecimientos.
Recordó vagamente que Inuyasha había mencionado que Miroku y Sango habían estado ocupados esparciendo contra rumores. Tal vez al fin habían llegado incluso al más lejano rincón de los sirvientes de la residencia Fujiwara. Kagome tuvo que contener un chillido de alegría, agradeciendo a cada deidad que conocía por los buenos amigos que estaban trabajando tan duro por ella.
Antes incluso de que se diera cuenta, había pasado bajo el primer torii del templo de la corte. Parpadeó, sorprendida, antes de intentar serenar el tono de sus pensamientos hasta convertirlo en algo más apropiado para un terreno sagrado. Subió lentamente las escaleras, cerrando los ojos y respirando a la fresca sombra de los altos árboles que ensombrecían el camino.
En un estado más compuesto, pasó bajo el segundo torii y giró hacia la izquierda, mirando con reverencia a los dos komainu mientras pasaba. Llegó al estanque artificial y se limpió rápidamente las manos y la boca con el agua, estremeciéndose con su frescor. No estaba nevando, pero el día aun así estaba frío.
Frotándose las manos para alejar el frío de ellas, avanzó hacia el salón principal del templo. Sus pasos se ralentizaron abruptamente al darse cuenta de que Midoriko podría no estar ni siquiera en el templo. No tenía cita con la miko mayor y era probable que, como espiritista de la corte, tuviera muchos otros deberes que atender.
Frunció el ceño, pasando ritualmente a través del proceso de dar dos palmadas para alertar a los kami de su presencia y haciendo una reverencia para mostrar su respeto por su presencia. Se preguntó lo que debería hacer si la miko mayor no estaba ese día.
Sus preocupaciones, sin embargo, demostraron ser inútiles al instante siguiente. Kagome sintió una ola de déjà vu mientras se incorporaba de su reverencia para encontrar de nuevo a Midoriko de pie serenamente en la entrada del salón principal, como si simplemente hubiera estado allí todo el tiempo.
—Tenía el presentimiento de que querrías hablar hoy conmigo —dijo, respondiendo a la pregunta antes de que Kagome hubiera pensado siquiera en hacerla.
—¿Tiene poderes premonitorios, Midoriko-sama? —dijo, perpleja, con los ojos abiertos como platos.
—No, nada tan grandioso como eso. Simplemente presentimientos de vez en cuando —dijo Midoriko, haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia—. Estoy segura de que tú también empezarás a tenerlos cuando aprendas más. A medida que empieces a entender el flujo del mundo.
Dicho eso, se dio la vuelta y desapareció dentro del salón principal, indicándole vagamente a Kagome que la siguiera. Ella se quedó quieta por un largo momento, sorprendida. Sería maravilloso si fuese cierto, reflexionó, pero de algún modo era difícil imaginar que alguna vez fuera a ser tan sabia como esta inefable mujer.
La siguió lentamente. Midoriko estaba de pie pacientemente ante un tapiz que hacía de puerta en el lado derecho de la habitación, esperándola. Hizo a un lado el tapiz, indicándole a Kagome que lo atravesara.
Kagome obedeció y se encontró dentro de los muchos caminos de piedra estampada que atravesaban las distintas partes del templo. Midoriko se unió a ella en el camino, conduciéndola en silencio durante un trecho hasta que llegaron a un pequeño pabellón abierto.
Estaba justo al borde de los árboles que rodeaban el templo y un suave goteo alertó a Kagome de un pequeño arroyo que fluía a los lados. Obviamente se había cavado una zanja para hacer que el agua fluyera de una forma tan inusual, pero de algún modo parecía bastante natural.
Midoriko atravesó descuidadamente el arroyo, sin molestarse siquiera en levantar el dobladillo de sus ropas para evitar que se mojara. Kagome siguió su ejemplo, resistiendo un estremecimiento por el frío mordaz del agua. Midoriko casi ni había parpadeado.
El círculo del pabellón tenía un suelo de tierra, muy parecido a los edificios de la aldea de Kagome. Los muros bajos que definían los bordes eran de un color marrón apagado, recubiertos de finos pilares rasos que sostenían el tejado de cuatro esquinas. Una estatua de piedra grande de la kami del sol, Amaterasu, descansaba en el centro del espacio, dominándolo.
Kagome se detuvo para estudiar lo intrincado de la artesanía de la estatua. Cada detalle, hasta las púas de las peinetas del largo pelo liso de Amaterasu, había sido tallado laboriosamente. Era impresionante.
La regia kami de inhumana belleza se mostraba de pie, con capas de finas telas cubriendo elegantemente su delgada figura. Su pelo estaba suelto hasta los tobillos, decorado con varias peinetas ornamentadas. Vestía pocas joyas y los rayos del sol radiaban hacia delante desde su sonriente ceño.
—Es hermosa, ¿no? —llegó la voz reverente de Midoriko, con la frente fruncida por el peso de alguna emoción que Kagome no podía comprender bien—. Se me concedió el gran placer de conocer al artista que la creó. Le llevó varios años terminarla y trabajaba todos los días en ella como si fuera el propósito mismo de su existencia. Es algo inspirador de contemplar.
—Ah —respondió Kagome en voz baja, sopesándolo. Ciertamente parecía sostener el peso de una vida humana tras ella, de algún modo.
—Ahora, ¿por qué has venido hoy en mi busca? —preguntó Midoriko, sentándose grácilmente sobre el suelo de tierra.
Kagome se la quedó mirando por un momento, encontrando extraño que una mujer de tan obvia buena cuna pudiera sentarse tan despreocupadamente en la tierra. Aun así, a Midoriko parecía no importarle mucho, o es que ni siquiera lo tomó en consideración, mientras la miraba uniformemente.
—Esperaba que pudiera contarme más sobre Pimiko-sama —respondió Kagome, descendiendo para arrodillarse al lado de la mujer.
—Mmmmm —canturreó Midoriko pensativamente, ladeando ligeramente la cabeza para sopesar a la chica—. ¿Deseas seguir los venerables pasos de Pimiko-sama, entonces?
—Ah… sí, en cierto modo —contestó Kagome tentativamente, un poco incómoda por la nítida atención de sus ojos.
—Sabía que esa sería la clase de camino que escogerías —dijo Midoriko en voz baja, más para sí que para Kagome—. Te pones las cosas muy difíciles, Kagome.
—Nunca asumí que ninguno de mis objetivos sería fácil de alcanzar, Midoriko-sama —ofreció Kagome mientras la mayor parecía de algún modo melancólica.
—Sí, por supuesto. Eres una chica lista, después de todo —asintió Midoriko con algo similar a la resignación—. Así es simplemente cómo deben ser las cosas.
Se quedó callada durante un rato, estudiando a Amaterasu con ojos que abarcaban toda una vida. Kagome se quedó observándola en silencio, preguntándose por el arrepentimiento que profundizaba las arrugas alrededor de sus ojos y de su boca. Finalmente, pareció conquistar la sensación, haciéndola a un lado y recobrando su habitual serenidad.
—Ya sabes, por supuesto, que puedes acudir a mí cuando lo necesites, Kagome —dijo Midoriko, rompiendo el silencio—. Deseo tomar completa responsabilidad por ti en todos los aspectos. Me gustaría ayudarte todo lo posible.
—Ah… eh, sí. Gracias, Midoriko-sama —contestó Kagome, momentáneamente sin palabras.
Difícilmente podía ver por qué esta mujer sentiría tal necesidad de encargarse de ella. No era como si se conocieran particularmente bien, aunque Kagome estaba verdaderamente sorprendida de las habilidades de la mujer.
—Volvamos a Pimiko-sama, entonces —dijo Midoriko, interrumpiendo sus pensamientos—. ¿Había algo en particular que desearas saber sobre ella?
—¿Qué clase de cosas predecía? —preguntó Kagome, obligando a su mente a volver a su propósito original—. ¿Qué predicciones hacía?
—Bueno, por todas las explicaciones que he oído, predecía muchas cosas —dijo Midoriko—. Guerras, invasiones, hambrunas, tormentas, nacimientos, fallecimientos, buenas cosechas, malas cosechas. Los kami le concedieron el conocimiento de muchas cosas para poder guiar a su gente.
—Y nadie nunca… ¿cuestionó sus visiones?
—Supongo que debe de haber habido quien la cuestionara —respondió Midoriko pensativamente—. Después de todo, a la mayoría le resulta difícil creer en algo que no puede experimentar directamente. Sin embargo, hacía predicciones sobre cosas que nadie sin una percepción divina podría haber sabido. Al hacer predicciones sobre cuestiones que eran indiscutibles en naturaleza, se volvió infalible a ojos de su gente.
—Indiscutibles… —repitió Kagome, meditativa, sopesándolo.
—¿Te encuentras en alguna suerte de disyuntiva? Tienes el aura de un alma con un problema. Esa clase de sensación de búsqueda —comentó Midoriko, observando su rostro atentamente.
—Sí —concordó Kagome, asintiendo.
—Entonces, tal vez simplemente debas hacerme directamente la pregunta, en lugar de danzar de esta forma —sugirió Midoriko—. Estoy segura de que sería una forma mucho más efectiva de encontrar una solución.
—Probablemente. Pero… no es algo que quiera contarle, Midoriko-sama, si me disculpa mi insolencia por decirlo —admitió Kagome, suspirando avergonzada—. Y, además, en la medida de lo posible, me gustaría ser yo la que encuentre una solución. No… de algún modo, no creo que deba depender de otra persona para ello.
—Eso que dices es extremadamente sospechoso, Kagome —dijo Midoriko, con una débil advertencia ligada a su tono—. Lo haces parecer como si tus pensamientos marcharan por un camino cuestionable.
—Puede que lo hagan —dijo Kagome en voz baja, dirigiendo la mirada hacia el suelo—. No, «puede» no. Sé que lo que estoy considerando no es solo falaz en extremo, sino que puede que también blasfemo. Aun así, no puedo evitar sentir que tengo que hacerlo. Que se supone que debo hacerlo por un propósito que sobrepasa de lejos mi propio sentido de la ligera moralidad.
Midoriko observó a la chica con escepticismo, negando ligeramente con la cabeza. Parecía que las cosas ya estaban empezando, y era problemático. No había pensado que el destino empezaría a tejer su red alrededor de esta chica tan de repente.
—No puedo juzgar tus decisiones más que ningún otro. Tus únicos jueces sois los kami y tú. Así que si crees que tu causa es justa… bueno, no discutiré —dijo la miko mayor en voz baja—. Sin embargo, te pediría que meditaras aquí conmigo por un tiempo. Calma tu mente y afirma de verdad en tu interior que tu decisión vale las cosas que sacrificarás en pos de ella.
—Me gustaría —concordó Kagome, asintiendo.
—De acuerdo, entonces —dijo Midoriko—. Me has contado que ya comprendes bastante bien las técnicas de meditación y no puede haber mejor lugar para ello que este. Pero te pediría que intentes llenar tu mente esta vez con todo y nada al mismo tiempo, y que veas lo que llega a ti desde ese vacío.
Kagome asintió, sopesando esto mientras cerraba los ojos. Comenzó con sus técnicas de respiración, sintiendo el lento flujo del aire a través de su cuerpo. Era extraordinariamente fácil deslizarse de su ser y adentrarse en la atmósfera del pequeño pabellón. Pronto se vio llena con el goteo del arroyo, el canto de los pájaros y el susurro del viento a través de los arcos de los árboles.
Extendió suavemente la pregunta de su plan hacia el mundo, como si empujara un pequeño bote en un riachuelo. Escuchó atentamente en busca de un cambio en el pulso de la naturaleza que la rodeaba que pudiera ser su respuesta, pero no hubo alteración. Los suaves ritmos del mundo avanzaron como siempre.
Kagome volvió a hacer la pregunta, esta vez volviéndose hacia su interior para ver si encontraba algún conflicto. Por supuesto, estaba esa pequeña mancha roja, la indignación de su conciencia porque pudiera siquiera considerar hacer tal cosa. Pero más que eso, mucho más grande que eso, estaba el gran sentido negro de la calma y lo correcto.
Ciertamente estaba dispuesta a pagar por las transgresiones que iba a cometer y esperaba que su castigo personal fuera rápido y severo. Aun así estaba la sensación de que lo que estaba haciendo era más grande que ella misma y que tenía que hacerlo sin importar el daño que pudiera hacerse a la larga.
Sólida en su resolución, Kagome se rindió conscientemente una vez más y volvió a vagar hacia la naturaleza. Era una sensación liberadora el ser capaz de mezclarse durante un tiempo con los elementos. Incluso en la furia de la tormenta o del desastre, siempre eran firmes, reales e innegables.
Podría haber pasado una eternidad o ser tan solo unos momentos más tarde que una mano en su hombro obligó a Kagome a volver en sí. Parpadeó varias veces antes de poder concentrarse en la figura de Midoriko, de pie junto a ella. Había una débil sonrisa en los labios de la mayor.
—Menudo aura tienes cuando meditas —señaló con aprobación—. Como el océano, creo yo. Deberíamos meditar juntas de ahora en adelante. Me ayuda.
Kagome se sonrojó, tanto avergonzada como halagada por su felicitación. Y pensar que podía ayudar a esta sabia mujer en modo alguno. Asintió, aceptando la sugerencia de Midoriko.
—¿Supongo que has decidido, entonces? —preguntó Midoriko y la sonrisa de Kagome se atenuó al recordar la pregunta en cuestión.
—Sí —contestó—. Todavía tengo intención de seguir con ello.
—Eso había creído. —Midoriko suspiró y, con un sorprendente gesto de su mano, la bajó para apartar el pelo de la frente de Kagome.
—Lo siento —consiguió decir Kagome, conmovida casi hasta las lágrimas por la nostalgia que le provocó ese gesto.
—No hay necesidad de disculparse. Simplemente estás siguiendo tu propio camino, tal y como debemos hacer todos si esperamos vivir plenamente —dijo Midoriko con dulzura—. Además, comprendo bastante bien que las cosas difícilmente son tan simples aquí. No siempre es una cuestión de qué está bien y qué está mal. Hay tanto del mundo que no es ninguna de las dos y que es ambas al mismo tiempo.
Le ofreció una mano a la miko más joven. Kagome la aceptó, agradecida, y se puso de pie. Mirando hacia el sol, se dio cuenta de que probablemente había pasado un tiempo desde que había llegado al templo. Sintió una apagada punzada de preocupación, preguntándose si Kikyou estaría enfadada con ella por haberse ido por su cuenta durante tanto tiempo.
—¡Ah! Lo lamento muchísimo, Midoriko-sama, pero voy a tener que pedirle disculpas de nuevo. Tengo que ir a atender otro deber dentro de la corte —dijo Kagome, haciendo una reverencia arrepentida.
—No te preocupes por eso —dijo Midoriko—. A la luz del tiempo que acabamos de pasar juntas, creo que será necesario que altere mis lecciones un poco para acomodarme a ti. Supones más con lo que lidiar de lo que podría haber previsto, incluso tras mi lectura inicial de tu aura. Además, en tu actual estado de agitación, difícilmente eres apta para intentar aprender algo de mí. Ve, entonces. Te deseo tanta serenidad como sea posible hasta nuestro siguiente encuentro.
—Gracias, Midoriko-sama, por su tiempo y por sus buenos deseos.
Kagome hizo una profunda reverencia desde su cintura, sintiendo que los kami de verdad debían de estar favoreciéndola para permitirle relacionarse con una mujer como ella. Se incorporó y se giró para irse, atravesando las frías aguas del arroyo sin retraerse ni un poco.
—Kagome.
Se giró ante el sonido de su nombre. Midoriko todavía estaba dentro del círculo del pabellón y se le ocurrió, mientras miraba atrás, que la mujer más mayor portaba un parecido extraordinario con la estatua de Amaterasu que tenía detrás.
—Sé que harás lo que sientas que es mejor, diga lo que diga yo. Sin embargo, ten cuidado si es posible. Yo… tengo el presentimiento de que llegaré a encariñarme bastante contigo, así que hazme este favor.
Kagome asintió lentamente. De algún modo, sonaba como una disculpa a sus oídos. Con una última mirada a la figura solemne de la miko mayor, tan quieta como la estatua de piedra que tenía al lado, Kagome se dio la vuelta y se apresuró a volver a la residencia Fujiwara.
Su mente zumbó con preguntas a medio formular. Que Midoriko era una noble buena era incuestionable. Pero, de algún modo, su comportamiento hacia Kagome no parecía cuadrar. Había algo que Kagome no podía precisar debajo de todas sus palabras.
Sacudió fuertemente la cabeza, haciendo a un lado sus caprichosos pensamientos. Midoriko no había sido más que amable al ofrecer su ayuda en esta y en todas las cuestiones futuras. Que ella, como suma espiritista de la corte, le extendiera tan amablemente la mano a alguien en la posición de Kagome era casi demasiado pedir.
Midoriko ciertamente no se merecía ser cuestionada. Y Kagome no iba a cuestionarla, sin importar las tontas ideas que produjeran sus caprichosos sentimientos.
En cambio, volvió sus pensamientos una vez más al problema en cuestión. No había obtenido ninguna respuesta real durante su tiempo con Midoriko, pero al menos había asegurado en su propia mente sus sentimientos e intenciones. Sería más fácil avanzar ahora que estaba segura de sí misma.
También había varias nociones vagas que se acumulaban al fondo de su mente, despertadas por sus meditaciones. Eran imágenes borrosas de árboles, nieve, agua, luz del sol y hielo. Nada definitivo y ciertamente nada sensato, pero era algo.
Con el tiempo, Kagome estaba segura de que sería capaz de encajarlo todo. Simplemente esperaba que dos días fueran tiempo suficiente.
A Kagome le dijeron que fuera a esperar en los aposentos de Kikyou hasta su regreso a la residencia. La sirvienta, una mujer que la miko solo podía asumir que había oído los contra rumores a juzgar por su comportamiento vagamente de disculpa, le informó de que Kikyou se había despertado hacía más o menos una hora y que la había estado llamando desde entonces.
Arrodillándose con rigidez sobre los tatami de la habitación principal de Kikyou, Kagome se inquietó silenciosamente por su metedura de pata. Se preguntó cuán enfadada estaría Kikyou-sama con ella y qué castigo le ganaría este pequeño paso en falso. Ya estaba asignada a la limpieza de los pasillos todas las mañanas…
La pantalla shoji hacia la que Kagome estaba mirando se abrió lentamente. Kikyou se levantó, entró en la habitación y se arrodilló para cerrar la shoji una vez más antes de continuar. Miró silenciosamente a la miko de arriba abajo, con la expresión tan impasible como siempre.
La aldeana se dio cuenta abruptamente de que todavía tenía puesto su fino traje de miko. No le habían dejado tiempo para ponerse su yukata de servicio antes de que la acompañaran a la habitación de la noble. Hizo una profunda reverencia apresuradamente.
—Perdón por mi aspecto, Kikyou-sama. No tuve tiempo de cambiarme antes de venir a verla —ofreció humildemente.
—No tiene importancia —dijo Kikyou, descartando la disculpa con un ademán informal de su mano—. Tal vez sea incluso apropiado en este momento.
Se arrodilló delicadamente ante Kagome, las finas capas plateadas de su juni-hito se acumularon sin esfuerzo a su alrededor. Kagome frunció el ceño, incorporándose lentamente de su reverencia. Era la primera vez en la que recordase estar al mismo nivel de la futura Emperatriz.
—No está… ¿enfadada conmigo por marcharme por mi cuenta? —se atrevió a decir la aldeana.
—No particularmente. Sería problemático malgastar el tiempo con una emoción así sobre una cuestión tan trivial —replicó Kikyou—. Además, ya era hora de que dejase de tratarte como a una sirvienta común.
—Y yo que pensaba que era su dama de compañía —no pudo evitar contestar Kagome, ligeramente irritada de algún modo por la indirecta admisión.
—No eres una estúpida. Hazme el favor de no pretender que lo eres —dijo Kikyou con los ojos llenos de intensidad, aunque su voz era tranquila—. Las dos sabemos totalmente bien que te he estado usando como a una doncella, si no peor.
—Sí —admitió Kagome—, pero, entonces, ¿por qué cambiar ahora? No puedo decir que lo entienda, Kikyou-sama.
La aparición de una ligera arruga entre las oscuras y elegantes cejas fue la única indicación del descontento de Kikyou. Su mirada se volvió aún más firme de lo que lo había sido, centrada en la de Kagome. Podía sentir el peso de una gran frustración detrás de la fuerza de sus decididos ojos castaños.
—Tal y como eres en la actualidad, te has convertido en una carga para mi señor —dijo finalmente, su boca se tensó en las comisuras ante la admisión—. Tu actitud torpe en la corte de una forma tan ignorante lo perturba. Por tanto, si te acojo y te educo en los modales de la corte, si te asciendo hasta el nivel de una cortesana, ya no se verá obligado a preocupar su mente contigo. Te convertirás en alguien común y ya no ocuparás sus pensamientos excesivamente. Ya tiene bastante a qué atender, después de todo, sin que se añada tu peso.
Kagome se quedó mirando a la mujer durante un largo momento, con los ojos bien abiertos. Apretó las manos donde descansaban en su regazo, con los hombros tensos.
—Inuyasha-sama… ¿le dijo que yo era una carga?
—Mi señor vino a verme anoche —dijo Kikyou, con sus ojos resplandeciendo brevemente ante la referencia informal de Kagome—. Mencionó que acababa de encontrarse contigo y su actitud estuvo agitada y distraída todo el tiempo que estuvimos juntos. No hizo falta mucha lógica para determinar que tú eras la raíz del problema.
Kagome bajó los ojos, con la culpa mordisqueando su interior. De alguna forma siempre conseguía convertirse en un problema para el hanyou, a pesar de sus mejores intenciones.
—Lo siento —dijo en voz baja.
—Si tienes tiempo que perder lamentándote, entonces úsalo en cambio para arreglar el problema —dijo Kikyou—. Empezaremos mañana.
—¿Mañana? —repitió Kagome, levantando la mirada.
—Un gran grupo de nobles ha decidido hacer un viaje en carruaje a las afueras de la capital. Desean cenar entre las filas de árboles de sakura que están plantados justo al norte de aquí, aunque no pretendo entender por qué cuando los árboles ni siquiera están en flor todavía —dijo Kikyou, con una fina capa de desdén en sus palabras—. En cualquier caso, será mañana. Tú, mi auténtica dama de compañía, me acompañarás a la excursión.
Kagome abrió los ojos como platos hasta que sintió que debían ocupar al menos la mitad de su rostro.
—¿Mañana? —dijo, su voz se quebró alrededor de la palabra—. Pero ¿no es demasiado pronto? Es decir, ¡apenas sé nada…!
—Qué mejor forma de enseñarle a un niño a nadar que lanzándolo al océano —dijo Kikyou tranquilamente y Kagome hizo una mueca ante la cruel imagen—. Además, al menos conoces las lecciones rudimentarias, ¿no? No puedo imaginar que se te hubiera permitido entrar en la capital si hubieras tenido unos modales tan toscos como la mayoría de plebeyos.
—Pero apenas es lo mismo —protestó Kagome, conteniendo una réplica por el desprecio a su aldea—. Se me enseñó lo más básico, pero sé que hay mucho protocolo en juego en este tipo de situaciones. Hay personas de diferentes rangos que tienen que ser tratadas de diferentes formas. Hay tantos errores que podría cometer que me duele la cabeza con solo pensarlo.
—Entonces simplemente tendrás que tener mucho cuidado —contestó Kikyou, implacable.
—También será malo para usted, Fujiwara-sama, si cometo un error mientras actúo como su dama de compañía —señaló Kagome.
—No te preocupes por mis asuntos —dijo Kikyou con firmeza—. Entiendo bastante bien mi propia situación y no requiero instrucción alguna por tu parte. Ahora, puedes irte. Enviaré a una sirvienta por la mañana para que te despierte y para que podamos prepararnos adecuadamente.
Kagome dudó, mirando fijamente a la impasible mujer. Quería seguir discutiendo, convencer a la futura Emperatriz de que era imposible que esto fuera a terminar bien.
Pero ahí seguía la sensación de que podía discrepar con Kikyou hasta que se le pusiera el rostro azul sin ganar ningún terreno. También estaba la sensación de que la mujer tenía razón.
Si no empezaba ahora, ¿cuándo iba a empezar? Tenía que aprender a estar entre esta gente y las dudas no iban a ayudar. Tal vez los métodos de Kikyou eran severos, pero sin duda demostrarían ser los más efectivos. La necesidad era la mejor maestra, después de todo.
Mientras observaba el perfil estoico de la mujer, Kagome no pudo evitar preguntarse si había sido distinta antes de la trágica caída de su familia. De algún modo no era difícil imaginar que esos ojos castaños mordaces una vez habían sido más dulces. Más abiertos.
Y Kagome se dio cuenta de repente de que ya no sentía aversión hacia esta mujer que había estado allí desde su primer encuentro. Tal vez incluso… ahora la respetaba. Por lo menos, ya no estaba exasperada por el servilismo que la necesidad le había obligado a mostrarle a Kikyou.
Era simplemente imposible pensar mal de ella ahora que sabía qué había detrás de todo. Había sufrido. Había sufrido más en solo su juventud de lo que la mayoría se vería obligado a sufrir en toda su vida. Y aun así no había permitido que ese sufrimiento la retorciera y la hiciera cruel, como indudablemente le habría pasado a muchos.
Ciertamente se había vuelto inflexible y era difícil llevarse bien con ella. Ciertamente se había apegado demasiado al orden de las cosas, intentando controlar lo que podía en el mundo.
Pero al final no tenía mala intención. No había fijado el objetivo en Kagome por odio, sino porque creía que tenía el derecho de hacerlo.
Ahora que Kagome lo pensaba, Kikyou era técnicamente la razón por la que Inuyasha le seguía hablando. Ella había sido la primera en señalarle al hanyou que los rumores no tenían sentido. No había aceptado ciegamente toda la cháchara como un hecho, sino que le había sido tan indefectiblemente fiel a Kagome como para concederle el beneficio de la duda.
Y aquí estaba ella, ofreciéndose a entrenarla en el protocolo de la corte para que Kagome pudiese dejar de ser un problema para Inuyasha y lo único que Kagome había podido hacer había sido discutir y quejarse. Bueno, tal vez no era tanto un ofrecimiento como una orden, pero seguía siendo una ayuda que la mujer no estaba obligada a ofrecer.
—Te das cuenta, por supuesto, de que dije que podías irte hace varios minutos —dijo Kikyou, sacando a Kagome de sus pensamientos—. Si deseas continuar discutiendo el tema conmigo, adelante, hazlo, aunque no vas a llegar a ninguna parte con todos tus esfuerzos. Sin embargo, no sigas ahí sentada mirando como una lela a solo kami sabe el qué.
—¡Ah! —empezó Kagome, dándose cuenta de que se había quedado con la mirada fija—. Discúlpeme. Me retiraré.
Hizo una reverencia apresuradamente antes de levantarse para marcharse. Aun así, dudó ante la puerta shoji, sintiéndose culpable por haber sido tan difícil con la mujer que estaba intentando ayudarla.
—Gracias, Kikyou-sama —dijo finalmente, solo lo suficientemente alto como para saber que la mujer podría escucharla.
Tras eso, salió sin demora del cuarto, ignorando incluso el protocolo de abrir y cerrar la shoji adecuadamente en su apuro.
En su prisa, sin embargo, se perdió la ampliación de los ojos de la futura Emperatriz ante sus palabras, que habían sido pronunciadas con tan dulce sinceridad. Se perdió la forma en la que la mujer se la quedó mirando durante un largo tramo de tiempo, con su expresión tan completamente perpleja que cualquiera habría pensado que nunca había oído tanto sentimiento en toda su vida.
A la mañana siguiente, a Kagome la despertaron temprano. Más temprano incluso que cuando se levantaba para limpiar los pasillos. Cuando inquirió de forma adormilada por qué la despertaban a esas horas, la respuesta fue que tenían que prepararla para la reunión de las nobles. La reunión del mediodía.
Mirando vagamente por la ventana hacia el cielo todavía no iluminado de esa mañana, Kagome se imaginó que al fin entendía por qué todas las mujeres de buena cuna parecían tan irritadas. Esto era ridículo.
La condujeron a una habitación grande hacia la parte de atrás de la residencia, el suelo era de madera, en lugar de estar compuesto de tatami como lo estaban la mayoría. Solo había un par de ventanas diminutas en lo alto de dos de las paredes y una bañera grande de madera, llena de agua humeante, dominaba el centro. Alguna suerte de aroma placentero subía desde las aguas de la bañera, suave y elegante.
Varias sirvientas que la atendieron, desnudaron rápidamente a Kagome y la metieron dentro de la bañera. Sus protestas sobre que podía lavarse ella sola bastante bien cayeron en oídos sordos mientras las mujeres llegaban hacia ella de todos los ángulos con paños, aceites para el pelo, perfumes y similar.
Murmuraron con admiración sobre la finura de su piel a pesar de sus años de duro trabajo mientras la metían y la sacaban de las cálidas aguas. Parecía que los contra rumores habían hecho pleno efecto para ese punto, ya que nadie hizo ni la más vaga referencia a su relación con el Señor de los lobos. Kagome estaba extrañamente complacida con sus amables atenciones.
Cuando su piel estuvo completamente limpia y brillante tras sus vigorosas frotaciones, la sacaron de la bañera y la secaron desde los dedos de los pies hasta las puntas de sus cabellos. Envolviendo un ligero albornoz sobre su pequeña figura, la condujeron a otra habitación a través de los pasillos traseros de la residencia.
Esta habitación estaba mucho más abarrotada y la luz del amanecer se asomaba por varias ventanas cuando llegaron. Había varios espejos, biombos y baúles esparcidos por allí. Las mujeres hicieron que Kagome se sentara delante de un espejo antes de revolver en los baúles, rebuscando rápidamente entre su diferente contenido.
Pronto habían dispuesto ante ella varias peinetas doradas, las capas de un juni-hito rojo intenso y un abanico de mano a juego. Kagome se quedó mirando los objetos durante un largo momento, frunciendo el ceño.
—Yo… ¿no me voy a poner mi traje de miko? —preguntó finalmente, mirando a las mujeres.
—Eso difícilmente sería apropiado para esta reunión, Kagome-sama —resopló una de las mujeres más mayores que la estaban atendiendo.
—Pero… no sé hacer nada en uno de estos —protestó Kagome, contando el número de capas extendidas ante ella.
Había quince capas. ¡Quince capas de seda y bordados en las que intentar moverse!
—Nuestra señora se ha asegurado de que las dos tengan tiempo suficiente para practicar esas cosas antes de que empiece la reunión —le aseguró otra mujer.
Y entonces volvieron a rodearla, quitándole el albornoz y reemplazándolo con las capas del juni-hito. Se encargaron de colocarle cada capa para que cayera correctamente sobre ella, atando, anudando, envolviendo y tirando.
Después, pasaron a trabajar con su pelo, peinando toda su longitud hasta que brilló como la seda tejida a la luz. Las capas más cercanas a su flequillo las retiraron con ayuda de las peinetas, dejando que el resto colgara libremente por su espalda.
Finalmente, cubrieron su rostro con una fina capa del polvo pálido que Sango había usado una vez en ella. Con una fina brocha, empolvaron sus párpados de un rojo a juego con el de su juni-hito. Por último, sacaron la brocha más fina para pintar sus labios de un carmesí intenso con una sustancia levemente pegajosa.
Para terminar, le ataron el delicado abanico de mano a su muñeca izquierda. Kagome lo abrió y lo cerró varias veces, jugueteando absorta con él. Con un suspiro, se dio cuenta de que esa era otra cosa más que no tenía ni idea de cómo utilizar adecuadamente. Sintió que su ánimo se hundía un poco, preguntándose si de verdad esto estaba bien.
—¿Por qué no se echa un vistazo y nos dice qué le parece, Kagome-sama? —sugirió una sirvienta, observando su comportamiento ansioso.
—Ah, sí —respondió Kagome distraídamente, no muy entusiasmada por verse. Estaba segura de que estaba ridícula, como una niña intentando ponerse ropa de adulta mucho antes de que fuera su momento.
Casi se cayó al observar la visión que la saludó, retrocediendo un paso tambaleante del espejo. Se arrastró lentamente hacia delante, cuidadosamente, para tocar el cristal, como si temiera que la imagen que contenía pudiera desvanecerse en cualquier momento.
La mujer que contenía el espejo no podía ser Kagome. La mujer de allí era elegante, serena y hermosa, tranquila y envuelta en las capas de un juni-hito bordado con la imagen de una grácil grulla en un día de primavera. Pero los ojos grises que le devolvían la mirada desde detrás de unos párpados rojizos eran definitivamente los suyos.
—Esto… es increíble —exhaló, sus dedos trazaron la silueta de su reflejo—. Parezco una persona distinta. Como…
—¿Como si de verdad pudiera estar entre todo ese grupo sin tener que preocuparse? —completó por ella una sirvienta, adelantándose para ajustar ligeramente una de las peinetas de su pelo.
—Gracias —dijo Kagome, sonriéndole ampliamente al reflejo de la mujer en el espejo. Tal vez esto no sería tan malo, después de todo. Al menos ahora parecía estar a la altura.
—No hay de qué —replicó la mujer, quitándole importancia y dando un paso atrás para admirar su trabajo—. Después de todo, este es el trabajo de una sirvienta. Además, que se le permita a usted hacer esto significa algo para todos nosotros.
Kagome ladeó la cabeza inquisitivamente, mirando el reflejo de la sirvienta en el espejo.
—¿Algo para todos ustedes?
—Bueno, usted solo es la residente de una pequeña aldea sin relevancia en particular en el gran plan de las cosas, si me disculpa que se lo diga, pero se le está permitiendo unirse a los superiores, en esencia —respondió la mujer—. ¿No cree que eso significa algo, Kagome-sama?
—Yo… no lo sé —dijo Kagome pensativamente, con el ceño fruncido mientras sopesaba esto. No se había tomado el tiempo para considerar la situación en tales términos.
—Bueno, no es por poner más presión sobre usted, Kagome-sama, pero su presencia aquí significa mucho para los sirvientes de la corte —dijo la mujer con entusiasmo—. Está aquí sirviendo al Tennō-sama por sus propios méritos, no solo porque haya nacido para ello. Ofrece la esperanza de que, si una persona puede hacerlo, tal vez otras de baja cuna también puedan. Es decir, ¿por qué cree que fuimos tan duros con usted por los rumores sobre el Señor de los lobos? Difícilmente sería el caso de que usted fuera la primera sirvienta en acostarse con un noble. Pero, verá, estábamos decepcionados. Pensamos que había metido la pata y que lo había estropeado todo para nosotros, pero ahora sabemos que no es así.
—Ya veo —dijo Kagome débilmente, con el ceño fruncido.
Siempre había asumido simplemente que los sirvientes de la corte la veían como si estuviera a su mismo nivel. Nunca se había planteado que lo que estaba intentando hacer aquí fuera tan grande como para significar tanto para ellos.
Pero tenía sentido. Si conseguía salir adelante, dejaría un agujero a través del que ellos también podrían pasar. De repente, sintió los hombros pesados con el peso de esta revelación.
Se abrió la puerta shoji de la habitación, cortando la ligera tensión que había generado el que la sirvienta mencionase los rumores. Otra sirvienta hizo una reverencia en el umbral, dirigiéndose a Kagome.
—Fujiwara-sama desea verla ahora, Kagome-sama.
—De acuerdo —respondió Kagome, levantándose para ir con la mujer.
Se detuvo, pensando. Se dio la vuelta y les hizo una reverencia a todas las sirvientas de la habitación.
—Gracias a todas. Me esforzaré al máximo, de verdad.
Pudo oír las exclamaciones complacidas y de afecto, y las palmadas que llenaron el cuarto mientras se marchaba, pero apenas se atrevió a sentirse alegre por ello.
Podía notar el comienzo de la pulsación de un dolor de cabeza en sus sienes y Kagome no pudo evitar preguntarse si esta era demasiada presión con la que pudiera lidiar una sola persona.
A Kagome la condujeron a los aposentos de Kikyou, donde la futura Emperatriz estaba regiamente arrodillada sobre un cojín, esperando su llegada. La noble la miró cuando entró, finalmente dirigiéndole un ligero asentimiento de aprobación.
—Al menos parecerá que estás a la altura —dijo Kikyou, repitiendo sin saberlo los propios pensamientos de Kagome.
La propia futura Emperatriz estaba vestida con un juni-hito del más intenso tono de azul, estampado con campanillas plateadas. Un abanico de mano a juego estaba atado a su muñeca y un ornamento para la cabeza de oro coronaba sus oscuros mechones, unas tiras colgaban de él para entrelazarse con su pelo.
Su piel era naturalmente pálida y, por tanto, no necesitaba polvo, pero sus párpados estaban empolvados de azul y sus labios pintados de rojo. Parecía tan encantadoramente intocable como siempre y Kagome no pudo evitar pensar que una belleza tan regia era perfectamente adecuada para ser la futura Emperatriz.
Kikyou le hizo un gesto a la sirvienta que había acompañado a Kagome y la mujer depositó un par de sandalias geta ante ella. Luego les hizo una reverencia a las dos mujeres antes de irse, cerrando la shoji para darles privacidad.
—Póntelas y enséñame cómo caminas —ordenó Kikyou, gesticulando hacia las sandalias.
Kagome obedeció, agachándose para ponerse las geta sobre sus calcetines tabi. Se enderezó y casi tropezó, dándose cuenta de que de verdad podía sentir el peso de las quince capas al tratar de equilibrarse sobre la plataforma de madera de las sandalias. Sonrojándose ligeramente por su error, tensó los hombros en lo que esperaba que fuera una actitud regia y avanzó un paso.
Solo para volver a tropezar cuando su pie atrapó el dobladillo de una de sus capas más largas. A Kagome le ardía la cara, pero continuó caminando insistentemente por la habitación. Tropezó varias veces más y apenas pudo soportar mirar a Kikyou cuando terminó.
—Bueno, eso ha sido horrendo —declaró Kikyou francamente mientras se ponía ante ella—, pero no puedo decir que esperase nada mejor.
Se levantó para colocarse al lado de Kagome, poniéndose sus propias sandalias. Empezó a caminar sin prisa por toda la habitación, hablando mientras lo hacía.
—Mide bien tus pasos, concentrándote en cada pie a medida que toca el suelo. Entiendo que unos pasos tan cortos puedan volverse frustrantes, pero el juni-hito no deja mucha libertad de movimiento. Tu postura es demasiado tensa y puedo ver que luchas contra el peso de la seda.
»No te resistas tanto. Asegúrate de que puedes sentir la alineación de tu columna por toda tu espalda hasta las plantas de tus pies. Así, las capas colgarán naturalmente y tú parecerás grácil.
»Nunca inclines la cabeza mientras caminas. Te hará parecer insegura y no puedes permitirte esa apariencia en este momento. Tampoco recojas nunca, como te he visto intentar hacer, las capas de tu juni-hito. Se considera ordinario y se burlarán de ti por ello si lo haces.
»Por último, tus pasos son demasiado pesados. Las geta hacen naturalmente mucho ruido, pero, de nuevo, debes luchar contra el peso de las capas y medir tus pasos. Ahora ven, camina conmigo.
Kagome así lo hizo, uniéndose a ella para circular por la habitación e intentando imitar sus movimientos. Era terriblemente frustrante mantener sus pasos tan cortos cuando no estaba acostumbrada a ellos, pero poco a poco lo fue consiguiendo.
Al nivelar su espalda, sí encontró que las capas colgaban de una forma mucho más natural y que el movimiento se hacía más fácil. Aun así, le costaba mantener la espalda tan rígidamente recta durante tanto tiempo.
—Eso bastará, supongo —concedió Kikyou tras dar varias vueltas, apartándose de sus observaciones para arrodillarse una vez más sobre su cojín—. Siéntate. Hay otras cosas de las que debemos ocuparnos antes de irnos.
Kagome fue a arrodillarse ante ella, retorciéndose para colocar las capas de su juni-hito cómodamente a su alrededor. Kikyou frunció el ceño en señal de desaprobación, pero no se dignó a hacer comentarios.
—Bien, las mujeres de este evento serán todas de un estatus relativamente alto, provenientes principalmente de ramas de los clanes Minamoto, Taira y Tachibana…
—¿Sango-sama estará allí? —interrumpió Kagome, la emoción surgió de ella al pensar en poder ver a su amiga de nuevo después de tanto tiempo.
Kikyou arqueó ligeramente una delicada ceja ante el arrebato y Kagome se sonrojó. No podía permitirse olvidar sus modales en un momento como este.
—Mis disculpas —dijo, inclinando la cabeza.
—Sí. Intenta mantener tus arrebatos infantiles al mínimo, si es que es posible —contestó Kikyou—. Y, sí, creo que la mujer de los Tachibana también estará presente, junto con varias primas suyas del clan. Pero como iba diciendo, como las mujeres son todas del mismo alto rango, en general, con algunas excepciones aquí y allá, la norma general será ser lo más formal posible con ellas. Si puedes, por favor, intenta ser distante incluso con la mujer de los Tachibana. La única forma en la que estas mujeres van a aceptarte es si demuestras ser irreprochable en tus modales. No les dejes ver emoción alguna y no tendrán nada de lo que alimentarse.
Kagome frunció el ceño. Hacía que las mujeres sonaran terriblemente aterradoras. Como monstruos sedientos de sangre, o similar.
—Otro tema importante: no puedes hablar sobre la política de la corte bajo ninguna circunstancia —dijo Kikyou con firmeza—. Si sientes la tentación, muérdete la lengua. Si te preguntan, encuentra una forma de cambiar de tema. La situación en la corte es demasiado… incierta para poder decir nada sobre el tema sin ofender o incitar a alguien. Así que esconde bien tus lealtades, a menos que quieras que las usen contra ti en el futuro.
Kagome oyó claramente la advertencia detrás de este aviso. No debía ir alardeando de su conexión con Inuyasha o probablemente se ganaría enemigos que no necesitaba. También sería bueno que permaneciera en una posición relativamente neutral desde la que pudiera observar las posiciones de las demás mujeres.
—Por último, y tal vez lo más importante, ¿sabes algo sobre el lenguaje del abanico? —dijo Kikyou, abriendo el abanico que estaba atado a su propia muñeca.
—Nada —respondió Kagome, ligeramente avergonzada. Kaede nunca había tenido un abanico con el que enseñarle en la aldea y ella nunca había creído que fuera particularmente necesario.
Kikyou tensó su expresión minuciosamente y Kagome se imaginó que, si fuera una mujer de más baja cuna, habría gruñido de exasperación. En cambio, simplemente agitó su abanico en un pequeño movimiento rápido e inquieto.
—Bien, entonces. No debería haber esperado nada más. Escucha con atención, ya que esto será crítico —dijo Kikyou—. Los abanicos, entre grupos grandes de mujeres como lo será este, dicen más que las palabras. El más pequeño gesto realizado con uno es significativo para comunicar ideas y sentimientos, así que siempre debes estar atenta tanto a los movimientos de las demás como a los que hagas tú.
Levantó el abanico, agitándolo un par de veces delante de su cara. Luego lo bajó una vez más a la altura del pecho, volviendo a agitarlo. Kagome siguió cada movimiento con sus ojos, intentando captarlo.
—Un abanico por encima de la barbilla indica más certeza o tal vez un tono más enérgico. Un abanico por debajo de la barbilla es recatado y más apropiado para una conversación educada.
Kagome asintió. Kikyou inclinó su abanico hacia Kagome y luego volvió a inclinarlo hacia ella.
—El ángulo del abanico, tanto si es hacia una misma como hacia fuera, indica en referencia a quién se hace un comentario. Hacia dentro es a una misma. Hacia fuera es a una de tus acompañantes.
Con un rápido movimiento de su muñeca, Kikyou cerró el abanico de golpe. Luego volvió a abrirlo lentamente.
—Un abanico abierto significa que la conversación es bienvenida. Un abanico cerrado, sin embargo, indica que la persona ya no desea conversar contigo. A menudo también significa que la persona en cuestión siente que la has despreciado de algún modo.
Ahora, la futura Emperatriz ondeó el abanico en un amplio arco de izquierda a derecha. Luego repitió el movimiento hacia ella y hacia fuera.
—El primer gesto es de rechazo. Significa que la persona ya no tiene interés en lo que sea que estés diciendo o haciendo. El último gesto indica interés y que le gustaría algo más de ti.
El abanico subió para cubrir la mitad inferior de su rostro. Kagome continuó asintiendo y observando casi tontamente, rezando para poder ser capaz de recordarlo todo. El abanico bajó de su rostro para reposar plano sobre la palma de la noble entre las dos.
—Estos son gestos de intimidad. Un abanico que cubre el rostro significa que la persona no desea ser informal contigo, o que siente que estás siendo demasiado informal y que deberías ser más distante. Un abanico que yace plano entre dos personas es una invitación a la intimidad. Significa que a esa persona le gustaría tratar contigo a un nivel más informal.
Movió el abanico para que colgara del revés de su mano. Luego lo movió varias veces con movimientos rápidos e intensos.
—Como podrás suponer, este no es un gesto amistoso. En cambio, es un gesto diseñado específicamente para despreciar a quien quiera que esté dirigido. La naturaleza de su insulto depende de la conversación actual. Hay más, por supuesto, pero eso es todo lo que creo que necesitarás saber por el momento. Cualquier cosa que no hayamos cubierto, tendrás que suponerla. Si consigues recordarlo todo, debería irte bien.
Kagome la miró, sintiendo que, de alguna forma oscura, la futura Emperatriz estaba intentando animarla. Kagome le ofreció una débil sonrisa a la que ella no correspondió. Aun así, Kagome sabía que Kikyou tenía todo el derecho a poner presión sobre ella, ya que su propia reputación también estaba en riesgo, pero que se contenía de hacerlo por su propia especie de consideración.
Kikyou se levantó abruptamente, alisando su ropa con un pequeño gesto que traicionaba su inquietud. Kagome se puso en pie para seguirla mientras abría la puerta shoji y salía de la habitación. Varios asistentes las esperaban justo a la salida, uniéndose a ellas mientras atravesaban los pasillos hasta la entrada de la residencia.
Al salir de la finca, Kikyou levantó y abrió su abanico para ocultar la mitad inferior de su rostro. Le lanzó a Kagome una mirada significativa y Kagome imitó rápidamente el gesto. Anduvieron juntas por los caminos que conducían fuera del Palacio Interior, acompañadas por los asistentes en dirección a la puerta occidental.
Kagome se sintió un poco incómoda por las miradas que se ganaban a medida que avanzaban. Kikyou y ella ya habrían sido bastante llamativas con tales galas en mitad del día, pero el círculo de asistentes que las seguía ciertamente no ayudaba.
Lo bueno era que, mientras que reconocían a Kikyou con solo mirarla, parecían no tener ni la más mínima idea de quién era ella. Aunque, reflexionó Kagome, se acercaba rápidamente el momento en el que tendría que ponerle remedio a eso.
Alcanzaron a ver las puertas occidentales en la distancia, grandes e imponentes. Alineados frente a ellas había varios carruajes ornamentados tirados por bueyes, alrededor de los cuales revoloteaban numerosas mujeres con todo tipo de colores y estilos de juni-hito. Incluso desde la distancia, Kagome podía ver los frenéticos movimientos y agitaciones de coloridos abanicos de mano, y podía sentir que su espalda se le ponía rígida con los nervios.
—Todo irá bien.
Kagome dirigió rápidamente los ojos hacia el sonido de la voz. Kikyou había disminuido un poco el paso para caminar a su lado, su firme mirada castaña todavía estaba enfocada hacia delante. La miró por el rabillo del ojo.
—No entres en pánico. Todo irá bien.
Kagome se la quedó mirando, casi incapaz de comprender que esta mujer fuera a animarla tan abiertamente. Cuando asimiló las palabras, empezó a relajarse, recordándose que debía respirar. Le dirigió un asentimiento de gratitud a Kikyou antes de llevar la mirada hacia el frente, decidida a hacerlo bien.
Las puertas se aproximaron y las mujeres que se arremolinaban junto a ellas parecieron girarse como un solo ente para ver cómo se acercaban. El movimiento de los abanicos se detuvo lentamente, varios subieron para cubrir las expresiones de sus dueñas. Toda actividad pareció ralentizarse hasta detenerse mientras Kikyou y Kagome al fin llegaban a las puertas.
Todo el grupo se inclinó para hacer una reverencia casi como si fueran uno solo. Kagome respiró hondo para acallar la agitación de su estómago, levantando la barbilla. Había comenzado la lección.
—Buenas tardes, primas —dijo Kikyou en una voz lo suficientemente alta como para que les llegara, reconociendo su saludo.
Kagome recordó de una de sus primeras charlas con Sango que «primo» o «prima» era cómo se dirigía habitualmente un noble a otro, tanto si eran del mismo clan como si no. Provenía de la idea de que aquellos de noble cuna podían trazar sus linajes hasta Amaterasu.
—Buenas tardes, Fujiwara-sama —llegó un coro de respuestas, seguido de la pronta reanudación de los movimientos y charlas de las mujeres.
Pero ahora Kagome notó la forma en la que empezaron a agruparse en numerosos grupos pequeños, los abanicos se movían lánguidamente mientras susurraban y charlaban entre ellas. Entre varios grupos captó breves vistazos de gestos severos con los abanicos y miradas mordaces dirigidas en la dirección general de Kikyou. Varias de las mujeres se separaron del grupo y se acercaron a ellas.
Kagome tuvo que contener una sonrisa tonta que amenazaba con dividir su rostro cuando vio que Sango estaba entre ellas, vestida con un juni-hito verde pálido y con su largo pelo colgando libremente por su espalda. Una mujer muy menuda, con los ojos castaños más grandes y brillantes que Kagome hubiera visto nunca caminaba al lado de la taiji-ya y Sango le señaló alegremente a Kagome a la mujer con un movimiento de su abanico.
La mujer también sonrió, dirigiéndole una mirada amable. Sango captó entonces la mirada de Kagome, sus ojos se iluminaron mientras movía su abanico con dos vagos aleteos. Kagome solo pudo suponer que era un gesto de saludo y abrió con entusiasmo su propio abanico para devolvérselo.
La detuvo un firme golpecito en la parte interna de su muñeca. Era el abanico cerrado de Kikyou y la noble le lanzó una mirada de advertencia por debajo de sus oscuras pestañas. Kagome respiró hondo silenciosamente, recordando que se suponía que debía actuar con formal cortesía incluso con Sango.
Inclinando la cabeza por un instante, compuso sus rasgos en una expresión de neutralidad. Cuando levantó una vez más el rostro, fue capaz de devolver el gesto con tranquila compostura. Sango frunció ligeramente el ceño, pero no mencionó esto mientras la mujer y ella se ponían frente a ellas.
—Buenas tardes, Fujiwara-sama, Kagome-sama —saludó—. Sé que usted, Fujiwara-sama, conoce a mi prima, Tachibana Hisana, pero no creo que Kagome-sama y ella se hayan conocido todavía.
Kikyou asintió y Kagome le hizo una educada reverencia a la mujer. La mujer sonrió ampliamente en respuesta, girando su abanico en un gesto de reconocimiento.
—Es un placer conocerla, Tachibana-sama —dijo Kagome.
—Lo mismo digo, Kagome-sama —respondió Tachibana Hisana—. Mi prima me ha hablado mucho de usted desde que regresé de mi misión. Y qué cosa tan encantadora es usted. Fujiwara-sama y usted de verdad nos ponen en evidencia.
—En absoluto —objetó Kagome, ya había oído esta clase de charla entre mujeres incluso en su pequeña aldea—. Difícilmente puedo esperar estar a la altura de una reunión como esta.
—Qué modesta —admiró Hisana, pareciendo complacida.
Sango también parecía complacida. La taiji-ya parecía entender el propósito de la cortés distancia y Kagome podía sentir claramente el apoyo que irradiaba de ella. Kagome sonrió internamente. Incluso ahora, Sango seguía apoyándola.
—Kikyou-sama —llamó una voz, abriéndose paso a través de la relativamente placentera atmósfera alrededor de las cuatro mujeres.
Se giraron para mirar y Kagome sintió que se le tensaban los hombros al ver a la mujer youkai de los Taira que había visto antes. Su nombre era Kagura, recordó. Al mirar a Kikyou por el rabillo del ojo, Kagome pudo ver en el refuerzo de su agarre sobre su abanico que ella también estaba menos que complacida por la nueva llegada.
Con su abanico ondeando bien por encima de la altura de la barbilla, la mujer youkai caminó sin prisa hasta ellas, vestida con un juni-hito del negro más intenso con bordados dorados. El rubí de sus labios brillaba húmedamente a la luz del día y, por un breve destello, Kagome tuvo la horrible idea de que lo que los coloreaba era sangre.
A su lado arrastraba los pies una niña pequeña y extraordinariamente pálida con un juni-hito plateado de bordados azules. En lugar de un abanico, de su muñeca colgaba un pequeño espejo de mano.
El youki rodeaba el objeto en la segunda visión de Kagome y estaba claro que ella también era una youkai. Las miró a todas con expresión vacía con sus grandes ojos oscuros, pareciendo ver tanto nada como todo al mismo tiempo.
Una tercera mujer caminaba ligeramente por detrás de estas dos poco atractivas féminas, pareciendo un poco incómoda por su cercanía. Era tanto claramente humana como apocada, con una melena castaña lodosa y ojos castaños apagados. Su juni-hito, sin embargo, atestiguaba una gran cantidad de riqueza.
Era de un brillante tono dorado con bordados rojo rubí que representaba una escena en la que Amaterasu emergía de la cueva para llevar la luz al mundo. Varias ristras de colgantes de jade y perlas colgaban de su cuello y sobre su cabeza en una ornamentada corona de oro similar a la de Kikyou. Kagome difícilmente podía llamarse experta en la moda de la corte, pero incluso para ella la mujer parecía haberse excedido.
—Kagura-sama —saludó Kikyou, su formalidad era más tensa que antes—. Kanna-sama. Buenas tardes.
—Buenas tardes —respondió Kagura, moviendo su abanico en lo que casi parecía un gesto de desafío en lugar de un saludo.
La niña, Kanna, no dijo nada. Simplemente giró su mirada vacía hacia el rostro de Kikyou y le dirigió el más débil de los asentimientos.
—Y también a Minamoto-sama —enmendó la futura Emperatriz cuando se les unió la mujer.
—Buenas tardes, Fujiwara-sama —contestó la mujer, su voz era tan pomposamente fanfarrona como su vestido—. Como siempre, es un placer. También para Tachibana-tachi-sama.
Kagome se dio cuenta de su señalada falta de reconocimiento hacia las Taira. Kagura no pareció molestarse en lo más mínimo por este desprecio, su sonrisa de satisfacción todavía descansaba relajadamente en sus labios. Kanna seguía pareciendo como si no estuviera conectada del todo a nada de lo que ocurría a su alrededor.
—Creo que no se les ha presentado personalmente a mi dama de compañía, Kagome —dijo Kikyou, gesticulando con ligereza con su abanico a la miko.
Kagome volvió a hacer una reverencia.
—Es un placer conocerlas.
—Tú eres la miko de las aldeas del exterior, ¿cierto? —preguntó la mujer del clan Minamoto—. Un placer, querida, estoy segura.
Kagura y Kanna estaban calladas aunque, en la más simple muestra de cortesía, Kagura agitó su abanico en reconocimiento. Sango frunció el ceño y pareció como si fuera a llamarle la atención a la mujer por su falta de modales, pero Kagome agitó su abanico informalmente en su dirección en el gesto de rechazo que Kikyou le había mostrado.
Sango se apaciguó, levantando su abanico para cubrir una sonrisilla. Kagura alzó ligeramente una de sus cejas, como si no hubiera pensado que Kagome fuera capaz de entender el concepto del lenguaje de los abanicos.
—Creo que es hora de que partamos —anunció Kikyou—. Pueden unirse a Kagome-sama y a mí en nuestro carruaje, si lo desean.
Así, empezó a caminar con paso majestuoso hacia el más ornamentado con diferencia de los carruajes tirados por bueyes, situado prontamente a la cabeza de los demás. El grupo de mujeres se calló ligeramente, observando su avance. Todas parecieron tomar esto como la señal de que era hora de partir y empezaron a congregarse alrededor de los demás carruajes disponibles.
Las Tachibana, las youkai Taira y la dama del clan Minamoto aceptaron la oferta de Kikyou de viajar juntas. Las ayudaron a subir al carruaje con la futura Emperatriz y Kagome. Kagome se arrodilló dentro de la estructura de madera, estudiando los detalles con entusiasta interés.
Ciertamente no era nada comparado con los carros de los mercaderes que había visto pasar por su aldea. En lugar de cuatro ruedas, solo tenía dos grandes y un techo lo cerraba del mundo exterior. Dentro era bastante espacioso, acomodándolas fácilmente a las siete sobre la madera cubierta por una alfombra.
También había ventanas cubiertas por esteras y una cortina cerraba el único punto de entrada en la parte de atrás del carro. Al hacer a un lado una de las esteras, Kagome pudo ver largas tiras de campanillas colgando de los aleros del tejado y coloridas representaciones del sol en las paredes de madera. Había un buey atado al frente del carruaje y varios asistentes caminaban a los lados para guiarlo y mantenerlo firme.
Kikyou hizo a un lado la cortina de la entrada, mirando hacia fuera para asegurarse de que todas las mujeres estuvieran situadas en sus carruajes. Al ver que lo estaban, le hizo un asentimiento a uno de los asistentes y luego dejó que la cortina cayera una vez más para cerrarla. Las siete mujeres se quedaron en la fresca sombra del interior del carruaje mientras espoleaban a los bueyes hacia las puertas.
—Me ha dicho mi marido, Fujiwara-sama, que recibiremos un gran cargamento de madera y de otros bienes de construcción pronto de la frontera septentrional —comenzó la mujer Minamoto, agitando su abanico pausadamente al nivel del hombro—. Aunque no tenía conocimiento de que necesitara mantenimiento ninguno de los edificios de la corte. ¿Acaso vamos a añadir un ala?
—No —respondió Kikyou inmediatamente—. Añadir, no. Se va a dirigir a una residencia de fuera de la corte, una que fue destruida en un reciente ataque youkai.
—¡Ah! ¿De verdad? ¡Qué horrible! —exclamó la mujer de los Minamoto con empatía, aunque sus ojos se iluminaron con este pequeño cotilleo—. ¿La de quién? ¡Pobrecillos!
—La de uno de mis primos —aportó Kagura—. La rama del clan Taira de Taira Akiyoshi. Tiene una residencia separada de la casa principal.
—Oh —suspiró la mujer Minamoto, pareciendo como si deseara poder retirar su simpatía—. La casa de un clan youkai. Pobrecillos.
—Sí —dijo Kagura con sequedad, su abanico se giró en un gran gesto de rechazo hacia la mujer.
—Hisana-sama —tomó Kikyou una vez más la palabra, cortando suavemente la incipiente animosidad—. Usted acaba de regresar de una misión junto a la frontera meridional, ¿cierto? ¿Cómo está la situación por allí en estos momentos?
Kagome se espabiló ante la mención de la zona en la que se situaba su aldea. La prima de Sango se toqueteó la barbilla pensativamente, con el abanico cerrado, obviamente estaba escogiendo sus palabras con cuidado.
—Bueno, las cosas están un poco… frenéticas —dijo finalmente, abriendo su abanico para escudar la mitad inferior de su rostro—. Nuestras fuerzas todavía están buscando un nido desde el que puedan estarse originando las hordas, pero al momento de mi partida habían sido incapaces de encontrar uno. Lo estamos haciendo lo mejor que podemos, pero… bueno, estamos ligeramente sobrepasados.
—¿Sobrepasados, dice? —dijo Kagura, con su abanico girándose con entusiasmo en su mano—. Es verdaderamente trágico cómo está todo actualmente. No puedo evitar pensar que, con un poco más de organización detrás de la forma en la que se ordenan las cosas, estos pequeños disturbios habrían quedado como eso… como simples disturbios pequeños.
—¿Y a quién le atribuye esta falta de organización, Kagura-sama? —desafió Kikyou ligeramente, con su abanico ondeando casi en gesto agresivo entre ella y la youkai, aunque su voz permaneció tan falta de pasión como siempre.
—¿Atribuir? —resopló la noble Taira, cerrando su abanico con un marcado aire de satisfacción—. Vaya, mi querida prima, solo estaba pensando en voz alta. ¡Difícilmente puede tomar eso en serio! Solo estaba reflexionando sobre el valor que nosotros, los youkai completos, depositamos sobre una organización firme. Verá, somos casi inflexibles… líderes natos, si lo desea.
Incluso Kagome pudo ver a través de la finamente velada insinuación. Los Taira, entonces, apoyaban al hermano mayor.
Tenía sentido que un clan que al parecer estaba compuesto en su mayoría por youkai fuera a apoyar a un Tennō youkai completo. Kagome miró sutilmente a Kikyou para ver su reacción, notando sus nudillos blancos en su agarre sobre el abanico.
Sus ojos encontraron los de Sango a través del carruaje, la taiji-ya también parecía estar buscando una forma de llevar la conversación en una dirección diferente. Los ojos de Kagome siguieron revoloteando por el pequeño espacio, esperando que se le ocurriera algo antes de que Kikyou llegase al final de incluso su extensa paciencia. Finalmente, su mirada cayó sobre la silenciosa Kanna, que giraba distraídamente su espejo de plata entre sus dos pálidas manos.
—Es interesante ese espejo que tiene, Taira-sama —dijo Kagome, justo cuando el abanico de Kikyou se movía para comenzar un gesto de insulto—. Nunca había visto un diseño como ese. ¿Qué es?
Todos los ojos del carruaje se giraron hacia el espejo de Kanna. La pequeña apenas pareció reconocer el comentario, pero levantó un poco más el espejo en cuestión. Tallado en la parte trasera de plata estaba lo que vagamente se asemejaba a un dragón, aunque la falta de piernas y la prominente piel lo hacía mucho más serpentino en apariencia.
El estilo del grabado también era diferente de la mayoría de los que había visto Kagome. Al detalle de la obra le faltaba la habitual fluidez japonesa. Parecía un poco agitado, más duramente hermoso.
—Simplemente una baratija que recibió hace poco del Señor del clan Taira —dijo Kagura, quitándole importancia y bajando el espejo para que descansara sobre el regazo de Kanna—. El artista es nuevo y relativamente desconocido, así que, por supuesto, la artesanía podría parecer extraña.
—Ah, ya veo —dijo Kagome, aunque había algo sospechoso en la prisa de la mujer por ocultar el diseño—. Qué regalo tan excelente.
—Como he dicho, solo es una baratija —reiteró Kagura desdeñosamente, girando la cabeza para hacer a un lado una de las colgaduras de las ventanas para dejar entrar el aire fresco.
Los abanicos tanto de la prima de Sango como el de la mujer de los Minamoto colgaron bocabajo en gestos severos de insulto a espaldas de la youkai. Se miraron, perplejas, pero luego parecieron encogerse ambas de hombros mentalmente mientras se daban la vuelta. Kagome le dirigió a Sango una mirada interrogante ante esto, pero la taiji-ya simplemente cerró el abanico y negó con la cabeza.
Tras eso, reinó el silencio en el carruaje. Kagome se alegró por ello, ya que evitó mayores conflictos y le dejó tiempo para pensar. Nada, por supuesto, se volvió claro de inmediato.
Kagome sintió que necesitaría tomarse un tiempo para escribirlo todo más tarde si quería comprender totalmente todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Aun así, le dio un momento para solidificar todos los pensamientos que zumbaban en su cabeza.
El carruaje se detuvo y un asistente se asomó por la cortina trasera para informarle a Kikyou de que habían llegado. La futura Emperatriz asintió y dejó que el hombre la ayudara a salir del carruaje, las otras seis mujeres siguieron su ejemplo. De nuevo fuera, en la fresca y nítida luz del día, Kagome respiró profundamente y contempló los alrededores.
Estaban en medio de una larga fila de árboles de sakura cuidadosamente organizados y cuidados, sus desnudas ramas cubiertas de escarcha se retorcían y se entrelazaban hacia el nuboso cielo. Estaban alineados con grupos de diminutos capullos rosados cerrados. Kagome también podía oír la salpicadura de un arroyo cercano, sintiendo su flujo con su sentido espiritual.
A pesar del aire fresco, la falta de sol y los árboles desnudos, el lugar de alguna forma tenía una sensación de ligereza. Esperanza, tal vez, reflexionó la miko. La esperanza de que, un buen día de primavera, los árboles estallarían con vibrante vida en una lluvia de pétalos rosados y que el arroyo rugiría con un torrente de agua que desbordara sus orillas mientras el hielo de su afluente se derretía con los rayos del sol. La aldeana ciertamente podía ver por qué las mujeres habían deseado ir allí.
La charla estalló a su alrededor a medida que las demás mujeres empezaron a salir de sus carruajes. Comenzaron a formar grupos pequeños una vez más, paseando por debajo de las desnudas ramas de los árboles y llevando el bienvenido color a la pálida escena.
Los abanicos se movieron alegremente en la libertad de la fresca tarde y la miko oyó numerosas exclamaciones sobre lo encantadora que sería en primavera la pequeña arboleda. Personalmente, la aldeana pensaba que tenía su propio encanto en ese mismo instante.
—Bueno, voy a unirme al resto de mis primas —anunció la dama de la casa Minamoto, pareciendo ansiosa por librarse de la compañía de las Taira y la Tachibana—. He de socializar lo que es preceptivo, aunque me encantaría quedarme y hablar con usted, Fujiwara-sama. Con un poco de suerte, podremos volver a encontrarnos antes de volver, pero si no, recuerde permanecer tan firme como siempre, ¿de acuerdo?
—Adiós, Minamoto-sama —dijo Kikyou, ignorando completamente el extraño consejo—. Diviértase.
La mujer pareció ligeramente desalentada por el rechazo de sus palabras, pero asintió y se movió afanosamente con un gesto significativo de intimidad hacia la futura Emperatriz. Kikyou agitó tranquilamente su abanico de izquierda a derecha en señal de rechazo cuando la mujer ya no estaba mirando, la vaga mueca de su boca le indicó a Kagome que habría puesto los ojos en blanco si hubiera tenido menos control.
—Nosotras también debemos irnos, Fujiwara-sama —intervino Sango, con su abanico ondeando en señal de disculpa en dirección a Kagome—. Ha sido un placer. Las veremos a las dos cuando usted haga sus rondas, ¿cierto?
—Por supuesto —consintió Kikyou—. Les agradezco el placer de su compañía.
Las dos Tachibana hicieron una reverencia y se giraron para unirse a las muchas mujeres que empezaban a asentarse en las diversas mantas de fina tela dispuestas por los asistentes. Tachibana Hisana le lanzó a Kagome un gesto de interés y de prolongación a medida que se marchaba, dejando a la miko para que pensase en ello.
Así, la futura Emperatriz, su dama de compañía y las dos mujeres del clan Taira se quedaron de pie a la cabeza del grupo de asistentes que empezaban a traer numerosas bandejas de diversos alimentos.
Kagome le dirigió una mirada interrogante a la noble Fujiwara, preguntándose por qué ellas no se estaban moviendo también para unirse a uno de los grupos. Sin embargo, la atención de Kikyou estaba solamente centrada en Kagura.
Observó expectante a la mujer youkai, obviamente esperando a que ella anunciara su propia partida. La Taira simplemente se quedó allí, observando a las demás mujeres desde su posición al lado de Kikyou.
—¿Usted no tiene que unirse también a sus primas, Kagura-sama? —le recordó Kikyou finalmente, cerrando su abanico con un sonoro chasquido—. No desearía monopolizar su tiempo.
—¡Ah! ¡Una despedida! Y yo que esperaba permanecer a su lado todo el día para poder hablar entre nosotras —proclamó Kagura pícaramente—, pero supongo que tiene razón, como siempre, Fujiwara-sama. Tendremos mucho tiempo de hablar de muchas… cuestiones soberanas en el viaje de vuelta, ¿mmm? Ven, Kanna, nos vamos ya.
Así, las dos youkai fueron a unirse a un grupo de cortesanas que también parecían claramente inhumanas. Kagome captó un vistazo de un gesto de insulto muy obvio dirigido a Kikyou por parte de Kagura cuando llegaron hasta las mujeres que estaban sentadas. Del grupo salió una nítida carcajada y Kagome frunció el ceño.
—A usted la provoca bastante, ¿no? —no pudo evitar comentar, extremadamente tentada a hacer un gesto grosero en respuesta.
—No hay que prestarle atención —dijo Kikyou, aunque su mandíbula seguía tensa—. Simplemente así es cómo es Kagura-sama. Ven, debemos empezar a hacer rondas si queremos acabar antes de que sea hora de irnos.
—¿Rondas?
—Es mi deber como futura Emperatriz que se me vea con todo cortesano presente en eventos como estos. Tanto como señal de cortesía como para que tengan en cuenta a sus soberanos. Deben tenernos siempre en cuenta a mi señor y a mí. Como mi dama de compañía, tu deber es que se te vea a mi lado. Por tanto, debes acompañarme para hacer esto —explicó Kikyou distraídamente, sus ojos inspeccionaban el grupo de mujeres.
—Ya veo —dijo Kagome, pensando secretamente que sonaba terriblemente problemático.
Aun así era otra oportunidad de observar a estas mujeres. En el transcurso del viaje en carruaje, Kagome solo había empezado a encajar las piezas del puzle. Necesitaba mucha más información si quería verlo al completo.
—Ven conmigo, Kagome —dijo Kikyou en voz alta, levantando el abanico para cubrir la mitad inferior de su rostro cuando terminó de inspeccionar la multitud.
Kagome imitó el gesto de la futura Emperatriz y la siguió mientras se deslizaba sin esfuerzo hacia el primer grupo de mujeres arrodilladas. Fue el comienzo de una larga tarde para Kagome.
Las reacciones a la aparición de la futura Emperatriz fueron variadas, pero todas estaban veladas al menos con una fina capa de cortés formalidad. Por la mayor parte, parecía que las mujeres de los Minamoto le daban la bienvenida, aunque de una forma tan extraña y excesivamente preocupada que Kagome apenas podía comprenderlo. Parecían estar muy comprometidas con Kikyou, en algún sentido, como lo había estado la Señora de la casa Minamoto que había viajado con ellas en el carruaje.
El clan Taira, por otro lado, irradiaba un claro desdén cada vez que Kikyou resultaba estar cerca. Por supuesto que no eran nada más que sonrisas demasiado anchas que enseñaban todos los dientes, pero muchas veces, cuando Kagome y Kikyou se encontraban con un grupo de ellas, lanzaban varios insultos vagos.
El clan Tachibana pareció recibir bien la presencia de Kikyou, aunque algunos grupos de ellas parecieron bastante indiferentes. Al menos con ellas no hubo encuentros desagradables. A Kagome le complació descubrir que la mayoría de las familiares de Sango parecían ser tan justas como ella.
Las reacciones hacia Kagome eran recelosas, en general, con la excepción de varias de las familiares más cercanas de Sango. Todas parecían estar evaluándola y Kagome prácticamente podía verlas sopesando los rumores y contra rumores, y cada trozo de información que habían oído sobre ella, contraponiéndola a su auténtica persona.
Muchas, por desgracia, parecían estar ahora simplemente esperando a que metiera la pata para poder condenarla una vez más. Aun así, ninguna la condenó abiertamente y ella consiguió no cometer errores graves que pudieran invitar a la censura.
A medida que pasaba la tarde, Kagome también empezó a notar cierto patrón en la forma en la que las mujeres se habían agrupado. Estaban principalmente agrupadas por clan, pero en ocasiones se mezclaban.
Sin embargo, las Tachibana estaban completamente aisladas de las demás. Las Tachibana y las Minamoto parecían no sentir un gran amor las unas por las otras, pero en su oposición hacia las Tachibana, parecían unidas en algunos casos. Era algo curioso que Kagome almacenó en su mente para examinarlo más tarde.
Mientras llegaban al último grupo de mujeres, Kagome sintió que el cansancio mental de verdad empezaba a apoderarse de ella. Era difícil lidiar con las complejidades de los abanicos, las palabras y las expresiones durante un período tan largo de tiempo. Tropezó un poco con el dobladillo de su juni-hito en su letargo mental, sonrojándose y enderezándose rápidamente.
Sin embargo, Kikyou captó su lapsus. Con su abanico, le hizo un sutil gesto de despedida. Luego gesticuló vagamente hacia el borde de los árboles, más allá del cual Kagome podía sentir el flujo del arroyo. Asintió ligeramente y, con profunda gratitud, atravesó silenciosamente la fila de árboles.
Se relajó en cuanto pudo ver el flujo del agua, exhalando un suspiro de alivio por haber escapado finalmente la casi sofocante presencia de tantas mujeres de alta cuna. Había tantos malos sentimientos rodeándolas, tanto engaño y sutileza, que le daba vueltas la cabeza.
Kagome fue a arrodillarse ante el arroyo, colocando con cuidado sus finas ropas para no ensuciarlas. Era apenas un chorrito de agua en ese momento, aunque el ancho de las orillas y la profundidad del lecho le decían que, en los meses más cálidos, era prácticamente un río en toda regla.
Aun así, podía sacar su paz de su incuestionable constancia. Se permitió cerrar los ojos para poder hacerlo.
Pero había algo raro. Hubo un crujido en la periferia de su sentido espiritual. Era distante, pero se aproximaba rápidamente. Con extrema rapidez. Y le era familiar. Kagome abrió los ojos como platos al darse cuenta.
Justo a tiempo para sentir la cálida ráfaga de aire del pequeño huracán que parecía siempre preceder a su llegada. Kouga estaba ante ella, y parecía tanto orgulloso como ligeramente tímido.
Por un largo momento, Kagome simplemente se lo quedó mirando, segura de que, si seguía haciéndolo durante el tiempo suficiente, desaparecería. Después de todo, era demasiado ridículo que apareciera justo aquí y ahora. Sin embargo, el Señor de los lobos no desapareció.
—¿Estás bien, Kagome? Pareces pálida —dijo Kouga finalmente, decepcionado porque no hubiese saltado inmediatamente a sus brazos.
Kagome negó con la cabeza, intentando desesperadamente obligar a su mente a volver a la acción para poder formar una frase coherente. Kouga se arrodilló a su lado, frunciendo el ceño.
—¿No estás bien? ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? —preguntó, tomando sus manos entre las de él.
—No… Yo… Qué-Qué… ¿qué está haciendo aquí, Kouga-sama? —consiguió decir Kagome finalmente, tratando en vano de sacar sus manos de su agarre.
—Hice lo que me pidió el estúpido chucho —replicó Kouga a la defensiva—. Permanecí alejado por un tiempo, pero me cansé y me aburrí. Quería ver a mi mujer. Tenía que hacerlo.
—¡Usted no lo entiende! —soltó Kagome, alterada, un millón de finales desastrosos a esta situación giraban caóticamente por su cabeza—. ¡Hay setenta y pico nobles de alto rango más allá de esos árboles! ¡Si lo encuentran aquí conmigo, será el fin de todo! ¡De todo, Kouga-sama!
—Panda de niñas charlatanas que son estas cortesanas —soltó Kouga, mirando la línea de los árboles con asco—. Maldita sea si no tienen a sus hombres cogidos por los huevos. Hablas con una de ellas y de repente toda la corte lo sabe. ¡Pero no te preocupes, Kagome! Simplemente les diré que eres mi mujer y…
—¡No! —dijo Kagome, intentando mantener un tono de voz bajo a pesar de la punzada de pánico que la atravesó—. No, Kouga-sama. Tiene que escucharme, ¿de acuerdo? Escuche muy atentamente. He estado trabajando muy duro solo para llegar hasta aquí en la corte y tengo que hacer mucho más, pero no puedo hacer nada si se asocia mi nombre al suyo de una forma demasiado familiar. ¿Lo entiende?
Kouga se la quedó mirando inexpresivamente durante un largo momento. Ladeó la cabeza pensativamente y levantó una mano para tocar el costado del rostro de Kagome.
—Estás guapa así, Kagome —dijo finalmente, como si no hubiera comprendido ni una sola palabra de lo que le había dicho—, pero me gustas más sin el polvo. Las lobas no se ponen de eso, sabes…
—¡Kouga-sama! —gritó Kagome, suplicante.
—Ellas…
—¡Kouga-sama, por favor!
—No te preocupes, Kagome —dijo Kouga, haciéndole caso finalmente—. Tú eres mi mujer. Voy a protegerte. Y si esas perras entrometidas vienen a husmear, no dejaré que me atrapen, ¿de acuerdo?
Se puso en pie para demostrárselo, corriendo en un vago círculo alrededor de la zona tan rápidamente que los ojos de Kagome no pudieron seguirlo. Cayeron salpicaduras de agua de los árboles sobre Kagome mientras él pasaba y se dio cuenta de que la calidez del viento que había levantado había derretido un poco de la escarcha que colgaba de las ramas.
La ráfaga de molestia y pánico en su mente se ralentizó abruptamente, su concentración se centró por completo en las gotas de agua que se deslizaban a través de su pelo y le bajaban por el rostro. Su mirada viajó hacia el chorro del arroyo y recordó su imagen inicial del buen río que podía ser.
Los elementos eran incuestionables. Esto había estado en su mente desde su meditación con Midoriko. Nadie se planteaba hacer preguntas sobre los rayos del sol o el frío del viento. Y, como había dicho Kouga, estas mujeres tenían cierto poder en la corte.
El youkai se detuvo en seco delante de ella, orgulloso y expectante. Kagome lo miró con los ojos bien abiertos, reflexionando vagamente que tal vez esto era lo que se llamaba intervención divina. Nada más parecía responder a la improbable perfección de ello.
Se puso en pie ante él y Kouga se sorprendió un poco por la amplia sonrisa que se extendía por su rostro.
Pero todos sus pensamientos cesaron por completo cuando ella avanzó para depositar sus pequeñas manos contra su pecho, echando la cabeza hacia atrás para que sus ojos grises capturasen los de él y dijo, con el tono más cautivador que había:
—Kouga-sama, le necesito.
Nota de la traductora: ¡Hola a todos! Han pasado dos semanas, pero aquí estoy de nuevo. Creo que, por lo largo del capítulo, habréis entendido por qué me ha llevado tanto.
El siguiente se publicará también dentro de dos semanas, el 26 de junio, puesto que es aún más largo que este. Espero que la cantidad de páginas que os dejo para leer compense la espera.
¡Muchas gracias por vuestros comentarios! ¡Me encanta leerlos!
