Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Nota de la autora: Pequeña lección de historia para este capítulo:
Kanshi: forma de poesía china que llegó a Japón. Uno de los estilos de poesía más populares durante la época Heian, una época que tenía en alta estima todas las formas de expresión artística. Forma primitiva del Haiku. Shigin era la forma hablada o entonada de esta poesía y la shichigon-zekku (literalmente «cuartetos de siete palabras») era la forma más común de Shigin.
Kakei: fuentes de bambú que han servido de elementos esenciales en los jardines japoneses durante siglos. Si habéis visto un anime en donde aparezca un jardín, probablemente habéis visto una.
Tradicionalmente, el agua se bombea desde el suelo a través de una pieza que vierte agua en la boca del bambú, este se inclina cuando está lleno y derrama el agua con un repiqueteo sobre el estanque o sobre el suelo de donde la bombeaban.
Como puede que ya os hayáis dado cuenta, el agua juega un papel prominente en la mayoría de los jardines japoneses. Viene a ser un símbolo del flujo de la vida a través de la naturaleza.
O-miko: creo que ya sabemos todos lo que es una miko, pero añadirle el prefijo «o-» denota santidad o alto rango. En el sentido en el que se usará, se traduce aproximadamente como Suma Sacerdotisa.
Capítulo 10: De mentiras y el despertar del amor
Kouga bajó la mirada a la figura menuda que se presionaba ligeramente contra su pecho, con los ojos bien abiertos y el rostro enrojeciéndose rápidamente para rivalizar con el carmesí del juni-hito de la chica. Bajo la brillante mirada de los vibrantes ojos grises que lo contemplaban, vaciló. El Señor de la tribu de los lobos del este estaba, tal vez por primera vez en su vida, verdaderamente sin palabras.
En el completo vacío al que sus palabras habían reducido su mente, el youkai solo pudo mirar boquiabierto a la miko mientras pasaban los segundos y su expresión entusiasta se desvanecía. Finalmente, ella retrocedió una corta distancia con un frunce en su frente pálida por el polvo.
—¿Kouga-sama?
El trance en el que al parecer se había sumido se hizo añicos y los pensamientos de Kouga se arremolinaron en un torrente de borrones de colores y emociones. Antes incluso de que el lobo pudiera procesarlo, sus brazos rodearon casi abrumadoramente a la aldeana.
—¡Kouga-sama!
Pero Kouga no le prestó atención a su sorprendido chillido o a su resistencia hacia él, una ola de euforia bombeaba con fuerza a través de su sistema y lo cegaba a todo lo demás. Reforzó su abrazo alrededor de la chica, asimilando alegremente el aroma de su pelo y la sensación de su delgada y cálida silueta.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que decidirías ser mía, Kagome!
Kagome suprimió un grito que sabía que atraería atención indeseada. Empujando inútilmente contra su firme agarre, rezó con todo su corazón para que ninguna de las cortesanas de repente se sintiera inclinada a dar un paseo cerca del arroyo.
—¡Kouga-sama, no! No… ¿qué…? ¡Lo que sea que haya entendido, lo ha entendido mal! —dijo la aldeana entre dientes con consternación, aunque estaba bastante claro que todas sus protestas estaban cayendo en saco roto.
Con un resoplido de turbación, la miko se dejó flácida en su agarre. Forcejear solo parecía reforzar su sujeción y estaba segura de que pronto le rompería una costilla sin querer.
Se obligó a calmarse lo suficiente para considerar qué metedura de pata la había dejado de nuevo en esta posición con el Señor de los lobos. De alguna forma los dos nunca parecían ser capaces de conectar adecuadamente.
Pasando rápidamente por sus recuerdos de los últimos instantes, la miko ahogó una exclamación al comparar las palabras que había querido decir con las que habían salido en realidad de su boca por la emoción. Empujó con todas sus fuerzas contra el Señor de los lobos y, afortunadamente, este se sorprendió lo suficiente para liberarla.
Sosteniendo sus hombros cubiertos de armadura firmemente a la distancia de un brazo, Kagome miró con severidad a los emocionados ojos azul cielo de Kouga. Sintió una rápida punzada de culpa al darse cuenta de que de verdad lo había confundido esta vez. Se riñó en silencio por no ser más cohibida incluso después de lo que había aprendido, prometiendo trabajar más duro en controlarse a sí misma y a sus impulsivas reacciones.
—Quise decir que necesito que me ayude, Kouga-sama —enmendó Kagome con firmeza, sin dejar espacio para una mala comunicación—. Necesito su ayuda.
La sonrisa de oreja a oreja de Kouga se redujo un ápice y pareció procesar esto por un largo momento, sus ojos se movieron a un lado y a otro como si trazara el camino de sus propios pensamientos. Entonces frunció el ceño, levantando su mirada para encontrar la de ella con ojos acusadores. Kagome liberó el agarre de sus hombros y retrocedió un paso, ligeramente desconcertada al encontrar algo como la cólera por parte del Señor de los lobos dirigida a ella.
—Eso no es lo que dijiste —objetó Kouga, había algo casi petulante en la mueca de su boca.
—Pero es lo que quise decir —replicó Kagome, su tono era más de disculpa.
El youkai la miró con furia durante un largo rato antes de darle la espalda con un resoplido. Kagome frunció el ceño y se mordió el labio inferior, preocupada por si de verdad lo había enfadado en esta ocasión. A decir verdad, sus varios encuentros informales con el Señor de los lobos la habían hecho menos cauta de lo que debería haber estado a su alrededor y esa familiaridad le había hecho actuar de nuevo estúpidamente.
—Bueno, ¿y si no quiero ayudarte, eh? —resopló el youkai.
La miko palideció ligeramente. Sí que lo había enfadado esta vez.
—Lo siento de verdad, Kouga-sama —dijo Kagome con tono de súplica, haciendo una reverencia a pesar de que él no podía verla—. No era mi intención confundirle, pero de verdad que necesito su ayuda…
—No estoy de humor, la verdad —la interrumpió el youkai infantilmente.
—Kouga-sama, por favor, yo…
—Pero supongo que podrías persuadirme —volvió a interrumpirla, pareciendo ceder—, si me prometieras una compensación.
—¿Compensación? —repitió Kagome con perplejidad—. No es que tenga nada de mucho valor, Kouga-sama…
—Lo que quiero no es una mierda de baratija de la corte supuestamente valiosa —se burló el youkai.
—Entonces… ¿qué, Kouga-sama? —se atrevió a preguntar la aldeana, casi temerosa de hacer la pregunta.
El Señor youkai giró la cabeza para dirigirle una mirada claramente voraz por encima de su hombro, sus ojos pasearon desde el dobladillo de su juni-hito hasta su coronilla. La miko se sonrojó bajo la mirada indecente, resistiendo la urgencia de cubrirse a pesar de las quince capas que ya colgaban de su figura. Seguro que no estaba pensando en…
—Un beso —declaró Kouga finalmente—, esa será mi recompensa.
—¡Kouga-sama! —exclamó Kagome, apenas recordando mantener la voz baja—. ¡No puede…! ¡No puedo…! Eso no es decoroso…
—Entonces no lo haré —aseveró el lobo, girando de nuevo la cabeza.
La miko se quedó boquiabierta, abriendo y cerrando las manos mientras se movía inquieta en medio de su frustración. Por un lado, fueran cuales fueran los estándares de Kouga, un beso era difícilmente algo pequeño a su juicio. No era algo que se daba con tanta indiferencia y podía confundir aún más al Señor de los lobos en lo relativo a lo que sentía por él.
Por otro lado, puede que no volviera a presentarse una oportunidad tan perfecta como esta y el Señor youkai era absolutamente esencial para su plan. Una mirada hacia la línea de los árboles y un pensamiento pasajero sobre Inuyasha hicieron que la miko se decidiera.
—Bien —exhaló, sintiendo de verdad el peso de la palabra en su pecho—, si hace esto por mí, le… daré u-un… beso…
—De acuerdo, entonces —aceptó Kouga con entusiasmo, dándose la vuelta para agarrarle las manos—. Tú dime lo que quieres que haga. Terminaré en un santiamén y volveré a por mi recompensa.
Kagome se estremeció ligeramente, preguntándose qué acababa de hacer exactamente. Suspiró, negando con la cabeza y decidiendo no pensar en ello por el momento, no fuera a perder su valor. Liberó las manos de las de él para hacer un gesto hacia el arroyo.
—Necesito que encuentre el nacimiento de este arroyo. ¿Cómo de rápido cree que puede hacerlo?
El Señor de los lobos ladeó ligeramente la cabeza, olfateando el aire. Cribó a través de los diferentes olores con contemplación hasta que encontró el correcto.
—Huele como si solo estuviera a unos cientos de kilómetros de distancia —concluyó en voz alta—. Podría ir y volver en cuestión de minutos.
—De acuerdo, entonces —dijo Kagome, deteniéndose a pensar bien en todo por un momento—. Necesito que vaya hasta el nacimiento y que quite lo que sea que esté bloqueando el flujo —continuó—. Asumo que el agua está congelada, así que tendrá que derretirla. Corra a su alrededor hasta que caliente el aire de los alrededores lo suficiente para derretir el hielo de una sola vez. Necesito que salga con fuerza, ¿de acuerdo? No lo olvide. Después de eso necesito que siga su curso mientras el agua fluye hasta aquí. Cuando crea que está a unos diecisiete minutos o así de aquí, adelántela y venga a decírmelo. ¿Cree que puede hacer todo eso por mí, Kouga-sama?
—Lo que tú quieras, Kagome —respondió el youkai de inmediato, entusiasmado por partir para volver pronto y reclamar su premio.
—Bien —dijo Kagome, aunque todavía sentía más ansiedad que otra cosa—. Debería irse ya. Y asegúrese de que no lo vea o lo perciba ninguna de las mujeres, ¿de acuerdo? Todo carecerá de sentido si alguna lo ve.
Kouga asintió y se fue en una ráfaga de viento que hizo que la miko trastabillara hacia atrás. Suspiró, arrodillándose con cuidado en el suelo y dándose palmaditas en la cabeza para asegurarse de que no se le había estropeado el intrincado recogido de su pelo. Sintiendo que en su mayoría seguía intacto, se acomodó para esperar con tanta paciencia como pudo reunir.
Les rezó a los kami con todo su corazón para que este plan suyo funcionase. Nadie debería poner en duda los elementos o las estaciones, después de todo. Y mientras nadie se diera cuenta de la presencia de Kouga, todo debería ir bien. La aldeana se dio cuenta distraídamente de que el Señor de los lobos, en su entusiasmo, ni se había molestado en preguntar por qué le pedía que hiciera todo esto.
Suspiró, negando con la cabeza con perplejidad ante el total misterio que era el Señor de la tribu de los lobos del este. Nunca podía comprender del todo lo que se le pasaba por la cabeza. No obstante, tal vez era solo que era tan completamente simple que parecía complicado.
¡Y pedir un beso de entre todas las cosas que había! Menudo noble era para pedirle algo tan indecente. Pero, por otro lado, era muy probable que los modales y el decoro no importaran mucho en el ambiente íntimo y rural en el que vivían Kouga y su clan.
Kagome suspiró, intentando resignarse a la idea de darle su primer beso a un hombre del que no estaba enamorada. Una indignación de doncella se alzó de nuevo en su interior, pero la contuvo con severidad con la lógica de que todo esto era por una buena causa.
Si podía sacar esto adelante… no, cuando sacara esto adelante, Inuyasha al fin se vería obligado a confiar plenamente en ella. Además, la corte estaría justo en la posición necesaria para que ella empezase a trabajar como de verdad quería. Al fin podría empezar a poner las cosas en marcha.
Kagome asintió para sus adentros, afirmando en su mente que su misión valía la pena y que ella iba por el buen camino al hacer todo lo necesario para llevarla a cabo. Cerró los ojos, esparciendo su sexto sentido lentamente por el lecho del débil arroyo.
Sus sentidos no se extendían lo suficientemente lejos como para tocar el nacimiento del arroyo ni a Kouga-sama, pero aun así la miko esperó pacientemente. Mantuvo una porción de sus sentidos concentrados también en la línea de los árboles solo para asegurarse de que no llegaran sorpresas por allí.
Por lo que podía sentir, casi todas las mujeres parecían estar sentadas en las sábanas extendidas para que pudieran disfrutar de su comida. Eso era bueno. Sería mucho más fácil obtener su atención si todavía estaban dispuestas de una manera tan ordenada.
Su concentración volvió abruptamente hacia el arroyo cuando la miko sintió una estampida de agua explotando en su sentido espiritual, bramando, derramándose e inundando sus orillas con júbilo. Le siguió rápidamente el familiar cosquilleo del youki de Kouga, reduciendo su habitual velocidad para mantenerse a la par con el agua que fluía.
Kagome se mordió la lengua para contener un grito de alegría, siguiendo aún el curso del lobo y del agua con su segunda visión. Era mucha más agua de la que se hubiera atrevido a esperar y Kouga parecía haber hecho un trabajo perfecto al derretirla lo suficientemente rápido para provocar una ola enorme. Tendría exactamente el efecto dramático que esperaba.
Ahora venía la prueba de verdad. ¿Qué clase de anuncio sería apropiado? ¿Cómo darle a sus palabras un adecuado aire de deidad? ¿Qué sonidos resonarían con más fuerza en los corazones de las nobles?
La aldeana cribó rápidamente todas las lecciones que le había dado Kaede-sama sobre los kami y los cortesanos. Un enlace en común entre los dos…
¡Poesía! Unos esfuerzos tan rítmicos y elegantes eran, por supuesto, apreciados por los kami, ya que ponían el alma del individuo más en línea con el flujo del universo. Los cortesanos también la valoraban como forma de mostrar sofisticación. ¡Era perfecto!
Por desgracia, las lecciones de Kagome sobre poesía eran de todo menos extensas. La verdad era que Kaede-sama solo le había proporcionado el formato adecuado de algunos estilos de versos básicos y un puñado de escasos ejemplos. Ciertamente no quería sonar más tosca de lo que algunos ya pensaban que era al machacar el arte espiritual de un verso disciplinado.
Aun así, era un intermediario demasiado perfecto como para dejarlo pasar. Si soltaba un simple ejemplo de shichigon-zekku de la poesía Shigin, debería ser capaz de mantener sus meteduras de pata al mínimo. Asintiendo, Kagome empezó a encontrar las palabras y el ritmo en su mente.
Varios minutos más tarde, Kouga llegó derrapando al claro, trayéndola de vuelta al presente. El Señor de los lobos sonrió ampliamente, obviamente bastante satisfecho con sus esfuerzos.
—Lo hice como me dijiste, Kagome —anunció—. Diría que tienes unos diecinueve minutos o así antes de que el agua llegue hasta aquí.
Kagome asintió y se puso de pie, todavía no había terminado de pulir sus rimas y la métrica, pero sabía que era ahora o nunca. Respirando hondo y con una somera mirada a su juni-hito para asegurarse de que no estaba arrugado o manchado, la miko emprendió el camino hacia los árboles.
—¡Oye, Kagome!
La miko miró hacia atrás, sobresaltada. El Señor de los lobos la miró con jubilosa expectación.
—Mi compensación, ¿recuerdas?
Kagome se sonrojó furiosamente, recordando su promesa. Por un breve instante consideró pedirle posponer el pago, pero descartó rápidamente la idea. Era inútil retrasar lo inevitable y no podía permitirse perder el tiempo que Kouga sin duda se pasaría discutiendo con ella sobre ello.
Así, la aldeana, con un gesto altamente poco femenino, recogió el dobladillo de su juni-hito y caminó con decisión hacia el youkai, deteniéndose cuando estuvo a medio metro de distancia. Kouga abrió un poco más los ojos con sorpresa, como si se hubiera esperado que opusiera más resistencia.
Aun así, una promesa era una promesa y Kagome era una mujer de palabra. Esforzándose por no pensar en ello, se puso de puntillas hasta que estuvo lo más cerca posible y cara a cara con el lobo. Sus ojos apasionados se encontraron con los suyos y se sonrojó con un tono escarlata, bajando la mirada un poco hacia sus labios.
Se obligó a inclinarse hacia delante y dispuso a su femenino y agitado corazón a calmarse, lamiéndose distraídamente sus propios labios. Al mirar una vez más a sus entusiastas ojos azul claro, la miko entendió algo de repente.
Se inclinó rápidamente y besó al Señor youkai.
Directamente en la mejilla. Aunque se aseguró de que fuera lo suficientemente cerca de la comisura de su boca para que se sorprendiera momentáneamente.
Con eso, Kagome salió por patas y corrió tanto como le permitieron sus geta y su juni-hito. Sonrió ligeramente para sus adentros, dándose cuenta de que era un truco barato.
—¡Eh!
—¡Cuenta! —dijo Kagome en voz alta, sin molestarse en darse la vuelta o reducir el paso.
La miko sabía que no se molestaría en seguirla. Fuera como fuera, Kouga era un guerrero y vivía conforme a la ética de un guerrero. Había hecho el pago, a pesar de que no fuera exactamente en la forma anticipada, así que él no tenía razones para seguir rondándola por el momento.
Amplió su sonrisa al llegar a la línea de árboles y sintió el aura del Señor youkai desvaneciéndose detrás de ella. Justo como había anticipado.
Pero todas sus buenas sensaciones se enrollaron y se asomaron a través de los árboles ante los grupos de mujeres sentadas delicadamente sobre finas sedas a lo largo del claro que estaba ante ella. Los nervios aletearon como las alas de un colibrí en su vientre y una pizca de vergüenza incluso se atrevió a agitar su reticente cabeza.
Era un sentimiento muy juvenil para un momento tan serio y Kagome se riñó rotundamente. Aun así, la idea de tantos ojos críticos sobre ella mientras hacía algo tan atroz no era sino vergonzoso.
Respiró hondo por la nariz, se concentró en la sensación del aire entrando y luego saliendo de sus pulmones. Se deslizó lentamente en sus recuerdos del personaje que había interpretado tantas veces antes en el Dengaku, diciéndose que esto era solo otra de las muchas danzas que se hacían en celebración de la cosecha.
Era hora de ofrecerles un espectáculo que no olvidarían pronto.
La miko salió a la fuerza del resguardo de los árboles, tambaleándose y agarrándose la cabeza a propósito. No osó levantar los ojos para mirar, pero pudo sentir varias miradas girándose hacia ella.
Con toda la elegancia que los años haciendo los pasos del Dengaku le habían dado, Kagome hizo parecer como si fuera a caerse al suelo. En el último momento se torció, dándose la vuelta rápidamente para que las capas de su juni-hito girasen a su alrededor. Avanzó unos cuantos pasos más, tambaleándose antes de quedarse quieta por un largo momento, moviéndose hacia delante y hacia atrás mientras se felicitaba silenciosamente por haber conseguido hacer tal movimiento con tal atuendo.
Pudo ver por el rabillo del ojo que varias figuras que tenía enfrente se levantaban y se agarró nuevamente la cabeza mientras avanzaba, tropezando unos pasos. La miko soltó un pequeño gemido, solo lo suficientemente alto para asegurarse de que las mujeres la oyeran antes de poner los ojos en blanco. Depuso abruptamente todo control sobre sus músculos, desplomándose en el suelo como una marioneta a la que le habían cortado los hilos.
Mientras yacía perfectamente quieta, la miko pudo oír los gritos de horror y de sorpresa de varias mujeres resonando por el claro. Mantuvo los ojos cerrados y su expresión cuidadosamente laxa, escuchando mientras muchas de las mujeres se levantaban y algunas se atrevían a acercase a su figura prona.
—¿Qué ocurre?
—¿Está enferma?
—¿Se ha vuelto loca?
—¡Kagome! ¡Kagome!
De entre las numerosas voces charlatanas surgió una, sonora y asustada. Kagome contuvo una punzada de culpa, recordándose que esto era exactamente lo que había esperado.
Escuchó cuidadosamente los apagados pasos de un par de geta mientras la figura a quien pertenecía la voz se apresuraba hasta ella tan rápido como se lo permitía su juni-hito, cayéndose fuertemente sobre sus rodillas al lado de la aldeana caída.
—¡Kagome! Kagome, ¿puedes oírme? ¡Kagome!
La miko podía sentir el nervioso aleteo de las manos de su querida amiga, errando de arriba abajo por su silueta en busca de una herida. Aun así no se movió, esperando el momento adecuado. Se juró que se disculparía concienzudamente con Sango en cuanto tuviera la oportunidad.
La aldeana continuó yaciendo ansiosamente y escuchando, sin dejar que nada de su agitación interna se manifestase en su flácida figura o en su plácida expresión. El nervioso aleteo de abanicos y el sordo golpeteo de geta se volvió más sonoro a medida que más y más mujeres se amontonaban a su alrededor. Sintió profundamente el peso de cada una de sus miradas sobre ella.
Hubo un crujido suave mientras una segunda figura llegaba inesperadamente a arrodillarse a su lado.
—¿Qué le pasa, Tachibana-sama?
Era la voz de Kikyou.
—L-La verdad es que no lo sé, Fujiwara-sama. Simplemente colapsó… Tengo miedo de moverla. Puede que sea peor.
Ese era el momento, Kagome lo sabía. Las mujeres estaban reunidas tan cerca como era posible y no iba a haber otro mejor.
Soltando un gemido bajo y entusiasta, la miko empezó a apretar y a soltar cada músculo sobre el que tenía control con rapidez, imitando un ataque de temblores. Obligó a su cuerpo a temblar, a convulsionarse y a retorcerse, complacida con los jadeos y las exclamaciones que ondularon por la multitud que la rodeaba. Varias de las mujeres incluso gritaron.
—¡Kagome!
—Muévanse.
Kagome sintió vagamente que Sango estaba apoyada contra su costado. Entonces, un par de brazos delgados rodearon sus convulsos hombros, incorporándola contra un escaso pecho.
Kagome se dio cuenta de que era Kikyou. Estaba tan sorprendida que casi se salió del personaje, pero consiguió apenas convertir su encogimiento de sorpresa en otra contorsión de su cuerpo.
—¡Hay que acostarla sobre su costado y aflojarle el cuello de su juni-hito! —instruyó Sango, pareciendo recuperar su sensatez.
Kagome se quedó flácida entonces, sabiendo que no quería que ocurriera eso. Toda la multitud se quedó en silencio mientras la miko volvía a echarse hacia atrás, inmóvil, contra el agarre de la futura Emperatriz. Pasó un largo momento y luego la charla se reanudó por duplicado, el aire alrededor bailaba con los frufrús y las sacudidas de numerosos abanicos.
—¿Sabe si está bien, Tachibana-sama? —le llegó la voz de Kikyou desde encima de ella.
—No lo sé…
Sango se interrumpió cuando Kagome abrió los ojos de repente. La miko miró fijamente sin expresión al cielo gris, con los ojos tan abiertos como pudo. En su visión periférica apenas podía ver las caras de las mujeres que la rodeaban, sus balbuceos emocionados y las exclamaciones llenaron sus oídos.
—¿Kagome? —llamó Kikyou a la chica, sacudiéndole ligeramente los hombros—. ¿Kagome? ¿Me oyes?
Kagome movió su mirada que lo abarcaba todo para encontrarse con los tensos ojos castaños de la futura Emperatriz. Reuniendo un poco de su energía espiritual, la miko la extendió como una película por sus ojos. A través del brillo azul vio que los ojos de Kikyou se ampliaban una fracción.
Hubo varias exclamaciones y chillidos de sorpresa por parte de las demás mujeres que estaban más cerca de la miko. Sango se acercó para echar un vistazo a la aldeana por encima del hombro de la futura Emperatriz con lo que casi parecía asombro.
—¿Kagome?
Pero la miko no enfocó su mirada en ninguna de ellas, permaneciendo cuidadosamente desconectada. En cambio, invocó otro retazo de su poder, elevándolo como el aire en su garganta. Cada respiración restalló con su fuerza.
Ahora el toque final. Abriendo la boca, la miko entonó las palabras que había conjurado apresuradamente con toda la seriedad de estar entregando el segundo mensaje de Kiyomichi Shotarou-sama:
En la jaula del agarre invernal duerme
El sumo agua vital del hombre, aunque
En esta estación de hielo se inundarán
Alegremente, con manos divinas, todos los cauces.
Cada palabra restalló con el crudo poder que provino de invocar sus habilidades sin un intermediario, lamiendo y azotando estáticamente el aire alrededor de la miko. Las mujeres ahogaron exclamaciones, chillaron y retrocedieron ante el espectáculo místico. A juzgar por algunos golpes sordos, Kagome pensó que era posible que algunas se hubieran desmayado.
Kikyou, sorprendentemente, la sostuvo durante toda la dura experiencia, sus ojos castaños estaban concentrados intensamente en los brillantes orbes de Kagome. A decir verdad, la mujer parecía sólida, asimilando atentamente cada palabra que chisporroteaba en el aire a su alrededor con algo parecido al asombro en su estoico rostro.
Kagome le dirigió a la futura Emperatriz una última mirada con los ojos bien abiertos mientras terminaba de hablar, moviendo lentamente su mirada con intención entre los ojos de Kikyou y la línea de árboles, y viceversa. Esperando silenciosamente que la noble lo entendiera, la miko se permitió quedarse flácida una vez más.
Un pesado silencio había caído de nuevo sobre el grupo de mujeres. Kikyou recostó con cuidado a la miko sobre el frío suelo. Kagome resistió la urgencia de moverse o de abrir los ojos para echar un vistazo, obligándose a quedarse quieta y rezando porque Kikyou consiguiera que las mujeres se movieran rápidamente. No quedaba mucho tiempo.
—P-Por todo Japón, ¿qué ha sido eso?
Una voz temblorosa rompió finalmente el silencio. Sonaba como la mujer de los Minamoto que Kagome había conocido antes, aunque era difícil estar segura.
—¿Su chica se ha vuelto loca, Fujiwara-sama?
—¡Tal vez está poseída!
—¡Poseída! ¡Se refiere a un espíritu maligno! ¡No…!
A partir de ahí, la charla degeneró en una cacofonía de nerviosos graznidos de emoción, había tantas mujeres hablando con tanta rapidez que era difícil discernir una palabra de la siguiente. La pura fuerza de voluntad que hizo falta para evitar que Kagome gruñese fue casi dolorosa. Su mente corrió como un rayo como un nervioso pájaro por debajo de los párpados cerrados de sus ojos, intentando pensar frenéticamente en una forma de salvar la situación que se estaba deteriorando rápidamente.
—¡Silencio!
La voz de Kikyou resonó, alta y clara, como el tañido de una campana, sobre las demás. El caos murió lentamente y Kagome casi pudo sentir que todos los ojos ansiosos y expectantes se giraban hacia la futura Emperatriz.
—Ahora, primas mías, deben calmarse y considerar esto racionalmente. Ustedes son auténticas damas, después de todo, y las auténticas damas no sucumben a un comportamiento tan indecoroso.
Se detuvo, dejando tiempo para que las mujeres asimilasen esto y se recompusieran adecuadamente. La miko pudo sentir cuándo se obligaron todas a componer un semblante de ecuanimidad, al menos por el bien de las apariencias. Sus abanicos volvieron a ondear con calma, como era característico de las «auténticas damas».
—Bien, Tachibana-sama. Usted es taiji-ya y está familiarizada con cosas como la posesión, ¿no? —continuó Kikyou.
—Sí, es cierto, Fujiwara-sama —llegó la voz de Sango y a Kagome le sorprendió oír que seguía en el suelo, al lado de la figura prona de la miko.
—¿Y usted diría que lo que acaba de ocurrir tenía el aspecto de la posesión por parte de un espíritu maligno, Tachibana-sama?
—No —respondió Sango en voz baja, su mano fue a descansar sobre el hombro de Kagome—. Eso no ha sido en absoluto un espíritu maligno, Fujiwara-sama.
—Y Kagura-sama —insistió Kikyou—. El aura proveniente de Kagome-sama hace un momento, ¿chocó contra su youki?
—… Así es —admitió Kagura a regañadientes.
—Entonces era obviamente un aura espiritual —razonó Kikyou, y Kagome habría abrazado a la mujer si se hubiera podido mover—. Primas mías, creo que los kami nos acaban de conceder una pequeña visión de lo divino. Vengan, síganme.
Los pasos de Kikyou se dirigieron hacia la línea de árboles, un movimiento en el aire que indicó que había hecho un gesto con el abanico para que las nobles la siguieran.
Hubo un momento de duda entre las nobles que pareció extenderse una eternidad para la miko. En el borde de su sexto sentido podía sentir las aguas corriendo torrencialmente por el lecho del río y sabía que, si no se iban ahora, el impacto que había estado esperando se perdería por completo.
Aun así, Kagome no podía hacer nada más si no quería traicionar su propia estratagema, así que concentró toda su voluntad en no tensarse. Estaba en las manos de los kami juzgar ahora su farsa.
Finalmente, sintió movimiento mientras Sango le daba a su hombro un significativo apretón antes de levantarse de su lado. Fue rápidamente tras la futura Emperatriz.
—¡Prima, espéreme! —llamó una voz, seguida de pequeños pasos fuertes y apresurados.
Era Hisana-sama, la de antes, se dio cuenta Kagome. Con su grito, pareció romperse finalmente el dique. El suelo sobre el que reposaba la cabeza de Kagome resonó con los pasos de las nobles dirigiéndose hacia el arroyo.
La miko permaneció inmóvil incluso mientras el sonido desaparecía detrás de la línea de árboles. La necesidad de levantarse e ir a observar las reacciones de las mujeres corrió brevemente a través de sus extremidades, pero la hizo a un lado rápidamente. Parecería extraño que fuera a levantarse en ese momento. Era mejor que siguiera haciéndose la inconsciente hasta que la llevaran de vuelta a la corte, por muy frustrante que fuera.
Para satisfacer al menos un poco de su curiosidad, la miko extendió sus sentidos más allá de la línea de árboles, hacia donde podía sentir que se estaban reuniendo todas las mujeres. No era tan bueno como ver y oír de verdad sus respuestas, pero tendría que valer.
Kikyou-sama y Sango-sama iban a la cabeza del grupo, con Kagura, Kanna y Hisana-sama ligeramente detrás de ellas. Por lo que Kagome podía sentir, la mayoría de las mujeres parecían confundidas, sus miradas iban de un lado a otro en busca de lo que fuera que las había llevado allí. Kikyou, por otro lado, estaba concentrada con no poca cantidad de intensidad en el pequeño borboteo del arroyo.
Entonces la futura Emperatriz lo había entendido. Y si la intensidad de su concentración era un indicativo, Kikyou obviamente pensaba que su visión era auténtica. Eso sí que era un paso en la dirección correcta.
Extendiendo sus sentidos un poco más, la miko buscó nuevamente la riada. Le complació encontrar que estaba a tan solo instantes de las mujeres. Probablemente ya podían oír el rugido.
Kagome siguió su aura mientras llegaba agitada y desbordando con fiereza el lecho del río justo ante las mujeres, con ramas, piedras, rocas y barro capturados en su flujo. Tan intensa era su concentración por su entusiasmo que sintió incluso las olas que saltaron la orilla y bañaron los dobladillos de los ropajes de varias mujeres.
Cambiando su concentración de vuelta a las auras de las mujeres, la aldeana esperó tensamente una reacción. Su segunda visión era de un puro vacío blanco.
Y entonces hubo una explosión de color tan brillante que Kagome quiso cubrir sus ya cerrados ojos. Sorpresa, incredulidad, incluso un poco de miedo, eran los sentimientos que parecían dominar al grupo mientras empezaban a conectar todo lo que había ocurrido.
Todas reacciones positivas en la mente de la aldeana. Solo algo que se tomaran en serio podría hacerles evocar una reacción tan fuerte.
Pero había un hilo de algo más. Era una emoción tan fiera y retorcida de emoción que el color cambió en un momento en la segunda visión de Kagome, pero si se le insistía, la aldeana tendría que nombrarla como una especie de alivio desesperado. Era Kikyou.
Kagome no estaba muy segura de cómo interpretar esto. Resistiéndose a fruncir el ceño, la miko retiró sus sentidos de las mujeres. Había hecho todo lo que había podido y parecía que había obtenido la respuesta que había estado esperando. Ahora solo tenía que esperar y ver cómo se desarrollaba el resto.
Mentalmente agotada por todos sus frenéticos esfuerzos, Kagome dejó que su mente se drenase lentamente de todo pensamiento. Medio dormida, descansó allí, con una vaga sensación de alegría pasando sigilosamente sobre ella a pesar del fresco aire.
Lo había hecho lo mejor que había podido. Pasara lo que pasase ahora, lo había hecho lo mejor que había podido. Apenas podía esperar para contárselo a Inuyasha-sama.
Por lo que sabía la aldeana, podrían haber pasado horas o minutos antes de que el ligero golpe seco de los pasos penetrase en su abotargamiento. Se levantó ligeramente para escuchar, todavía evitando desvelar que estaba consciente.
Las mujeres se apostaron en un tosco círculo a su alrededor y pudo sentir la fuerza de casi cada ojo sobre su figura. Aun así, permanecieron a varios metros de ella, ninguna se atrevió a acercarse más. Un pesado silencio reinó por un tiempo.
—Creo, primas mías, que todas entienden bastante bien lo que ha ocurrido aquí.
Había algo extraño en la voz de la futura Emperatriz, pensó Kagome. Era sutil, muy sutil, pero estaba allí. De algún modo parecía más… firme. Más segura. La aldeana se quedó pensando en esto en silencio.
—Es imposible —replicó rápidamente otra voz con brusquedad—. Es imposible… no en una plebeya advenediza. Se derritió un poco de hielo. Eso es todo. No es más que eso.
Era Kagura. Sonaba inusitadamente afectada. Pero varias mujeres murmuraron su acuerdo, los abanicos se movieron con agitación en el aire. La mayoría eran familiares de Kagura, por lo que podía notar la aldeana.
—Sabe tan bien como yo que los kami son responsables de todas las cosas de la naturaleza, Kagura-sama, incluso de que «se derrita un poco de hielo» —reprochó Kikyou—. Además, ¿cómo explica tal torrente de agua? Tendría que haberse derretido casi todo el hielo del afluente casi en un instante, en esta estación y con este tiempo, además. E incluso si presumiéramos que esto solo es una broma caprichosa de los kami, ¿por qué tendría Kagome-sama el privilegio de conocer sus caprichos antes de que ocurriesen? ¿Cómo si no explica su ataque y su precognición, Kagura-sama?
—Yo…
Kagura solo pudo irse apagando hasta un silencio de frustración. En realidad no había forma de discutir la casi perfecta lógica de la futura Emperatriz. Kagome aplaudió internamente a Kikyou, apreciando de verdad su inflexible disposición tal vez por vez primera.
Aun así, Kikyou estuvo en silencio un extenso momento, esperando obviamente más objeciones a las que las mujeres tuvieran pensado darles voz. Pero no hicieron ni un sonido, la mayoría estaba sorprendida por la gravedad de lo que acababa de ocurrir ante ellas. Kagome pudo sentir la sensación de victoria de Kikyou envuelta firmemente alrededor de la figura de la futura Emperatriz como una nueva armadura.
—Primas mías, harían bien en recordar todas este día —continuó Kikyou grandiosamente—, pues en el día de hoy se les ha permitido presenciar lo divino. En el día de hoy, han visto ustedes el nacimiento de una Vidente. En el día de hoy, han visto la renovación de la antigua promesa de los kami de apoyar siempre al honrado Tennō en la forma de su bendición a la sierva de Su Majestad. En el día de hoy, primas mías, han presenciado una visión.
Pronto tras su noble declaración, Kikyou hizo saber que ya era hora de que el grupo regresase a Heian-Kyō. Ninguna lo discutió, se habían quedado todas en silencio y pensativas tras la actuación de Kagome.
La futura Emperatriz hizo que los sirvientes limpiaran los terrenos y que metieran a Kagome con cuidado en su carruaje. Ninguna invitada se unió a las dos en el carruaje a la vuelta y el viaje transcurrió en silencio. Kagome pudo sentir todo el tiempo los ojos de Kikyou sobre su rostro y la aldeana no pudo evitar preguntarse qué se le estaba pasando a la noble por la cabeza.
No fue hasta un tiempo más tarde, cuando se despertó en una habitación desconocida, que Kagome se dio cuenta de que de verdad se había quedado dormida en algún momento. La miko salió adormilada de debajo de las mantas del extenso futón sobre el que la habían depositado, incorporándose para bostezar y estirarse.
Inspeccionando la extensa habitación, solo ligeramente más pequeña que la de la futura Emperatriz, la aldeana se preguntó distraídamente a dónde la habían llevado. Había un par de biombos colocados aquí y allá, y las paredes estaban adornadas con tres de las más intrincadas pinturas de tinta que la miko hubiera visto nunca.
Había pantallas shoji tanto detrás como delante de la miko y, asomándose por la esquina de uno de los biombos, encontró una mesa baja de madera y un conjunto de cojines. Un arcón de oscura madera de cedro y un pequeño espejo descansaban en la esquina del fondo de la habitación.
Por lo general estaba bastante bien organizada. Demasiado bien amueblada como para que la hubieran puesto en una habitación cualquiera, en cualquier caso. Parecía que esta habitación había sido preparada específicamente para que alguien la usara.
También la habían cambiado de ropa, se dio cuenta Kagome. Era una encantadora yukata ligera del más suave algodón, estampada bastante apropiadamente con fluidos arroyos. Ciertamente, Kagome se había acostumbrado a ver tales galas allí en la corte, pero todo esto junto parecía demasiado grandioso para alguien como ella.
Con curiosidad, Kagome gateó hasta la pantalla shoji que estaba directamente detrás de ella y la entreabrió un mínimo. Al echar un vistazo, se sorprendió al encontrar un porche largo y bajo de madera, y un jardín justo a las afueras de su cuarto. Ambos parecían estar vacíos, sin gente, por lo que podía ver la aldeana, y un bajo muro circundante evitaba que nadie más entrase.
Abrió con cautela un poco más la shoji, mirando una vez más a su alrededor para asegurarse de que no viniera nadie. Al encontrar que el lugar estaba de verdad vacío, la miko salió a la pálida luz matutina. Se estremeció, apretándose la yukata a su alrededor contra la mordida del fresco aire del invierno.
El jardín no era excepcionalmente grande si lo comparaba con otros que Kagome había visto, pero tenía una sensación de paz e intimidad. En su centro descansaba un gran estanque koi, lleno de nenúfares flotantes y delineado de varias piedras. Una vegetación escasa pero bien cuidada punteaba el suelo aquí y allá.
Justo enfrente de la miko, descansando casi contra el muro circundante, había una especie de pequeño altar de madera. A cada lado de él descansaba una pequeña estatua de piedra, una de Buda y la otra de Amaterasu. Ambas figuras estaban en poses de profunda meditación.
El silencioso e intermitente choque de la kakei mientras se llenaba y luego vaciaba su agua en el estanque koi resonaba a través del pequeño espacio. Era agradable, pensó Kagome, cerrando los ojos para escuchar por un momento.
La miko se desconectó a regañadientes de la tranquila atmósfera, decidiendo que era hora de averiguar qué pasaba. Cerró la pantalla shoji detrás de ella, yendo hacia la pantalla opuesta y abriéndola una rendija. Al asomarse hacia el largo pasillo de fuera, la aldeana dio un respingo, echándose atrás con un chillido de sorpresa.
Había guardias apostados a cada lado de la pantalla, justo fuera de su habitación. Pero, por Japón, ¿por qué tenía ella guardias? Kagome levantó una mano para tocarse la frente, indagando en su mente en busca del más vago recuerdo de lo que había conducido a esta situación.
—¿Ocurre algo, Miko-sama? ¿Necesita que le traigamos algo? —llegó la voz a través de la pantalla.
Era un hombre, obviamente uno de los guardias. Probablemente se había visto alertado por su pequeño grito, se dio cuenta la miko. Se arrastró hacia delante para mirarlo a través de la abertura de la shoji.
—Sí… mmmm, lamento molestarle, pero ¿podría decirme dónde estoy y qué hago aquí? Verá, acabo de despertarme y estoy un poco perdida… —Kagome se interrumpió tímidamente, sintiéndose tonta.
—Sí, por supuesto, Miko-sama. Mis disculpas —dijo el guardia y lo vio hacer una profunda reverencia ante la pantalla—. Se encuentra en uno de los aposentos desconectados del Chūwain. El Tennō-sama pensó que sería mejor que tuviera un aislamiento asceta por un tiempo para que pudiera reflexionar sobre la visión que le habían proporcionado a usted los kami. Nosotros estamos aquí para servirle en caso de que necesite algo, pero no se permitirá que nadie más la vea. Ah. En realidad, la futura Emperatriz me dio esto para que se lo entregase cuando al fin despertase. Creo que es de Su Majestad.
Deslizó un trozo de papel doblado por debajo de la puerta. Kagome lo recogió, abriéndolo y leyó:
Parece que de verdad lo hiciste, niña loca. Tendrás que estar aislada hasta que se resuelva todo. Te haré llamar dentro de una semana, así que aguántate y quédate quieta hasta entonces. Si necesitas algo, díselo a los guardias. Me aseguraré de escoger un par leal esta vez.
Inuyasha
Kagome frunció el ceño ante la nota, resoplando suavemente. Eso difícilmente era darle las gracias por todo su esfuerzo. Ni siquiera parecía ligeramente complacido con ella. Pero tampoco parecía estar enfadado con ella y, con un suspiro, decidió que eso era probablemente todo lo que podía esperar de él por el momento.
Pero aún más decepcionante que su reacción era el hecho de que Kagome no había tenido la oportunidad de anunciarle en persona lo que había hecho. Había tenido muchas ganas de hacerlo. Al fin podría obligarle a depositar un poco de auténtica fe sobre ella.
La idea de una semana en aislamiento tampoco es que fuera muy atrayente. ¿Qué iba a hacer toda una semana completamente sola? Le recordó con incomodidad la semana que había pasado casi segregada tras la propagación del rumor sobre Kouga y ella. Como se había criado en la unida comunidad de su aldea, la chica no estaba acostumbrada a tener mucha privacidad y estaba claramente incómoda con la idea de que la dejaran sola tanto tiempo.
Eso y que la miko había estado anticipando poder ir a visitar a Miroku-sama y a Sango-sama de nuevo. No estaba segura de si les debería explicar o no a ellos lo que había hecho, pero al menos quería conocer sus reacciones sobre lo que había pasado. Además, extrañaba poder hablar con ellos y todavía tenía que darles las gracias adecuadamente por todo lo que habían hecho por ella durante el incidente del rumor.
También habría estado bien salir y mezclarse con los cortesanos para sopesar cómo estaban lidiando con su pequeño espectáculo. Así podría ser capaz de actuar si parecía que la ola de opinión general fluía en una dirección indeseada. Pero ahora estaba simplemente aislada de todo, aunque una pequeña parte de ella admitía de mala gana que podía entender el razonamiento detrás de ello.
Con todo, las sobras de buenos sentimientos de Kagome derivadas de su victoria estaban amargándose rápidamente. Volvió a suspirar distraídamente, preguntándose qué debía hacer exactamente ahora. Era desconcertante no tener un propósito inmediato con el que ocuparse.
—Ah, ¿Miko-sama? Perdone si la molesto o si importuno, pero ¿ocurre algo? —intervino el guardia desde el lado de fuera de la pantalla, preocupado por el segundo suspiro cargado en el espacio de unos minutos.
—Oh, no. No es nada, de verdad —mintió piadosamente Kagome, su voz contenía una pizca de alegría—. Solo estaba pensando en… varias cosas. Me disculpo.
—En absoluto, Miko-sama —respondió el guardia amablemente—. Yo… estoy más que dispuesto a servirle en cualquier forma que pueda. ¿Tal vez le gustaría que fuera a por un poco de comida para usted? Debe de haber pasado un tiempo desde la última vez que comió algo.
—Eso sería fantástico —dijo Kagome, recordando repentinamente cuánto tiempo había pasado desde su última comida—. Muchas gracias…
—Soy del clan Hojo, Miko-sama —completó el guardia cuando ella se interrumpió con expectación—. Hojo Akitoki, a su servicio. Iré a por su comida inmediatamente.
Pudo oír sus pasos entusiastas caminando por el pasillo antes de que pudiera abrir siquiera la boca para agradecérselo. Kagome parpadeó varias veces, perpleja ante el comportamiento de él. Ladeó la cabeza, intentando recordar una mención anterior que le hubieran hecho del clan Hojo. No pudo, lo que significaba que probablemente era una casa menor.
Se sobresaltó ligeramente ante una risa proveniente de la parte de fuera de la pantalla, recordando tras un momento que había un segundo guardia apostado junto a la puerta. Asomándose una vez más a través de la abertura de la pantalla shoji, miró al alegre hombre de pelo oscuro.
—¿Ocurre… algo? —se atrevió a preguntar.
—Oh, no, en absoluto, Miko-sama —se carcajeó el hombre, intentando recuperar la compostura—. Le pido disculpas. Es que… él es muy entusiasta.
—Supongo —respondió Kagome con cautela mientras el hombre degeneraba en risas sofocadas.
—Lo lamento de verdad, Miko-sama. Hace tiempo que le conozco y el niño rara vez deja de divertirme —explicó el hombre—. Él fue el que solicitó este trabajo, ¿sabe? Fue tan lejos como para pedirle al Tennō que se le permitiera guardarla.
—Ya… veo —dijo Kagome, no muy segura de cómo interpretar esto—. Ah, supongo que no sabrá dónde puedo conseguir un conjunto para cambiarme de ropa.
—Debería haber varios trajes y algunas cosas más en ese arcón, Miko-sama —dijo el guardia—. Por favor, siéntase libre de decirme si necesita cualquier otra cosa.
—Sí, por supuesto. Gracias.
Cerró una vez más del todo la pantalla y la aldeana se levantó y fue hasta el arcón. Sacó un traje de miko, deteniéndose al ver un montón de papeles y de utensilios de escritura justo debajo de él. Al ocurrírsele una idea, la miko se desvistió y volvió a vestirse rápidamente.
Se recogió el pelo en una larga coleta y Kagome sacó los papeles, la piedra de entintar y los pinceles para llevarlos hasta la mesa de comedor. Se arrodilló ante ellos por un momento, inspeccionándolos pensativamente. Por impulso, se levantó y abrió la shoji que conducía al jardín, asintiendo con satisfacción cuando el candente ritmo de la kakei llenó la habitación. Volvió a la mesa y se dispuso a escribir un poco.
Primero les escribió una carta a Miroku-sama y a Sango-sama, asegurándoles que se encontraba perfectamente bien y disculpándose por haber asustado a la noble. Solicitó que la mantuvieran al tanto de las idas y venidas de la corte mientras estaba aislada y prometió explicarlo todo más en profundidad cuando se le permitiera verlos en persona de nuevo. Todavía no estaba del todo lista para mentirles o revelarles todo a sus amigos.
Haciendo a un lado la carta, se le ocurrió la idea de escribirle a Inuyasha-sama. Finalmente descartó la idea por improductiva. Dudaba que fuera a obtener una respuesta más en profundidad que la que ya había obtenido con su carta.
Además, no estaba muy segura de qué era lo que quería decirle. Parecía que él ya sabía todo lo que pudiera contarle. La necesidad de tener algún contacto con él permaneció, pero la aldeana decidió que era mejor ignorar la sensación por el momento.
Hubo un suave golpeteo en la shoji donde estaban apostados los guardias y Kagome se levantó para abrirla. El joven guardia de antes hizo una reverencia en la entrada, con una bandeja de comida colocada ante él. El otro guardia, todavía de pie, observaba con la diversión elevando las comisuras de su boca.
—Muchas gracias… ah, Hojo-sama —dijo Kagome, recordando el nombre de su clan tras pensarlo un momento—. Me alegro de que haya sido tan rápido. Estoy hambrienta.
—No hay de qué, Miko-sama. Me alegro de poder serle de utilidad. Espero que toda la comida sea de su agrado —dijo el guardia con entusiasmo, empujando la bandeja ligeramente hacia ella.
Kagome sonrió y se estiró para atraer la bandeja el resto del camino hacia dentro de la habitación, rozando accidentalmente la mano del guardia en el proceso. El rostro de él se encendió con más intensidad que el rojo de su hakama. Kagome frunció el ceño, desconcertada, y el otro guardia ahogó una carcajada.
Con una leve inclinación, la aldeana levantó la bandeja y cerró la pantalla shoji. Fuera pudo oír a Hojo-sama balbuceando algún sinsentido mientras el otro guardia estallaba en resoplidos de completo gozo. Se mordió el labio inferior pensativamente, preguntándose si había habido algún chiste sutil que se le hubiera pasado.
Encogiéndose mentalmente de hombros, la miko decidió que su extraño comportamiento en realidad no era de su incumbencia. Tenía la garantía de Inuyasha-sama de que ambos eran leales, después de todo.
Regresó a la mesa y dejó allí la bandeja, hincándole el diente a la comida con energía, ya que no había nadie que pudiese criticar sus modales. A pesar de todos los aspectos negativos de este repentino aislamiento, era un poco agradable verse libre por un tiempo del escrutinio de los cortesanos.
Mientras comía, consideró lo que debería hacer a continuación, clasificando mentalmente todas las cosas que quería hacer y escogiendo aquellas que sabía que podría completar en los confines de la habitación. Cuando terminó, decidió que sería mejor hacer un análisis mental de su comida con las nobles. Así, podría empezar a revisar todo lo que había visto allí.
Haciendo la bandeja a un lado, cogió otra hoja. Kaede-sama siempre le había predicado sobre la importancia de escribir las cosas como forma de organizar las ideas enredadas. Ese parecía ser el modo más eficaz de lidiar con las complejas relaciones que las mujeres de la corte habían exhibido.
Se lo quedó mirando simplemente por un largo momento, intentando organizar sus pensamientos lo suficiente para encontrar un punto de partida. Finalmente cogió su pincel, lo hundió en el tintero y empezó a hacer una lista con el nombre de cada clan con el que se había encontrado.
Primero estaba el clan de Sango, los Tachibana. Sus lealtades parecían estar bastante claras. Ninguna de ellas había sido hostil hacia la futura Emperatriz o hacia ella y, por lo que había oído, parecía que muchos miembros estaban empleados al servicio del Tennō. Eso estaba bastante bien. Al menos tenía unos cuantos aliados, entonces.
Los siguientes eran los Minamoto. Esos eran un poco más difíciles de precisar. La mujer Minamoto con la que había viajado en el carruaje de Kikyou había parecido apoyar bastante a la futura Emperatriz, pero el clan en su conjunto parecía querer tener poco que ver con los Tachibana.
Si los Minamoto estaban a favor del Tennō, lógicamente no deberían tener problemas con un clan con el que compartían las mismas lealtades. ¿Tal vez era una rivalidad entre clanes por un estatus más alto, entonces? Eso, sin embargo, no explicaba por completo su disposición a asociarse con el clan Taira, aunque obviamente no parecían sentir un gran aprecio por sus miembros. ¿Qué era lo que conectaba a esos dos clanes?
Todavía no tenía suficiente información para juzgar su posición. Decidiendo mantenerlos vigilados por el momento, Kagome simplemente dejó espacio en el pergamino por si se enteraba de algo en el futuro.
Lo que la llevaba al clan Taira. Kagome frunció el ceño, el rostro de Kagura mientras sonreía con suficiencia afloró en su imaginación. Al menos la youkai había dejado completamente claro dónde yacían sus lealtades. Estaban a favor del hermano mayor.
Al hundir el pincel para escribir esto, la aldeana se detuvo. De repente se le ocurrió una idea como si un muro de piedra hubiera caído sin ceremonia en medio de su camino. ¡Los dos guardias que habían intentado matar a Inuyasha-sama! ¡Habían proclamado su conexión con el clan Taira!
Una combinación de reticencia a pensar siquiera en los sucesos que habían tenido lugar en aquel catastrófico viaje y el hecho de que los guardias habían sido humanos había evitado que hiciera la conexión. Pero, por lo que había visto, todo el clan Taira parecía estar compuesto por youkai. Entonces ¿cómo habían acabado dos humanos asociados con el clan?
Tal vez la proclama de los guardias había sido falsa. Poniéndose rápidamente en pie, la miko corrió hasta la pantalla shoji. Tras abrirla ligeramente, les echó un vistazo a los guardias.
—Eh, disculpen —comenzó Kagome.
—¿Necesita algo, Miko-sama? —preguntó Hojo cortésmente.
—Ah, puede llamarme Kagome, si no le importa. Miko-sama me resulta… un poco demasiado formal —corrigió Kagome, notando incómodamente el elevado honor de tal trato—. Solo tenía una cuestión y me preguntaba si alguno de ustedes dos podría ayudarme.
—Por supuesto. Estamos aquí para servirla, Miko-… K-Kagome-sama —vaciló Hojo, las puntas de las orejas se le pusieron de color rosa porque se le permitiera usar su nombre de pila.
—Bueno, entonces, ¿alguno de ustedes sabe cuál es el símbolo que utiliza el clan Taira?
—Es el Susano-o-no-Mikoto, la divinidad de la tormenta —contestó el joven guardia inmediatamente.
—Ah, ya veo —dijo Kagome pensativamente, sopesándolo—. Gracias, Hojo-sama. Eso era justo lo que necesitaba.
—No hay de qué —respondió Hojo, con expresión complacida—. Me alegro de serle de ayuda, Kagome-sama.
Con una ligera sonrisa, la miko hizo una reverencia antes de volver a cerrar la pantalla. Tomó asiento lentamente junto a la mesa, mordiéndose el labio mientras contemplaba aquello.
Entonces era seguro asumir que no habían estado mintiendo sobre sus lazos con los Taira. Eso, sin embargo, solo hacía las cosas mucho más desconcertantes. El clan Taira era un clan de youkai y era abiertamente proyoukai en sus opiniones. Parecían no querer la más mínima traza de sangre humana cerca del trono.
Pero entonces, ¿por qué empleaban a dos guardias humanos para una misión tan importante? ¿Por qué aceptarían los guardias siquiera tal misión, sabiendo que al final acabarían sin ganarse estatus alguno?
Tal vez les habían prometido alguna recompensa especial. O quizá habían sido engañados y lo habrían hecho parecer de tal modo que solo ellos caerían si los descubrían. Pero es que había demasiadas preguntas como para solo descansar firmemente sobre una suposición. Sí, el clan Taira era una red bastante enredada, los colmillos sonrientes y las brillantes garras asomaban desde cada ángulo.
Lo único que la miko podía decidir con certeza era que suponían una amenaza. Hizo una anotación para informarle a Inuyasha-sama de que había que ponerles vigilancia, si es que no se había hecho ya.
Como de pasada, la aldeana incluyó el clan de la futura Emperatriz en su lista. No había conocido a más integrantes del clan además de Kaede-sama y Kikyou-sama, pero según Midoriko-sama habían sido leales hasta decir basta cuando estaban en el poder.
Era razonable que lo que quedase del clan siguiese conservando tal lealtad, teniendo en cuenta el estatus de Kikyou-sama en la corte. Tanta lealtad, incluso en un número tan bajo, probablemente sería de utilidad en una emergencia. La miko hizo una cuidadosa anotación de esto.
Miró pensativamente la columna que había recopilado sobre los Fujiwara mientras la completaba. Se le ocurrió por primera vez cuán insensata era la decisión de Inuyasha-sama de conservar a Kikyou-sama como su futura Emperatriz.
Kaede-sama le había explicado que la mayoría de las uniones nobles se hacían sobre la base de asegurar alguna especie de poder o apoyo dentro de la corte. En aquel momento había sido muy joven y la idea de dos personas casándose por una razón que no fuera el amor le había parecido detestable, pero aquí en la corte podía ver por qué tal cosa podía ser necesaria.
Pero parecía improbable que Inuyasha-sama la estuviera manteniendo puramente por estupidez. Podía ser bastante idiota, pero no era estúpido. Era razonable que el arreglo se hubiera hecho antes de la caída del clan Fujiwara, pero solo había una auténtica razón por la que Inuyasha-sama hubiera seguido adelante con el compromiso después de la casi aniquilación del clan.
Estaba enamorado de ella, entonces. No era como si Kagome no hubiera sido consciente de esto antes, pero de alguna manera era sorprendente formar de verdad la idea por completo en su cabeza. La aldeana se preguntó por su propia reacción, quitándole importancia tras un largo momento de incómoda inquietud.
Extendiendo todas sus listas ante ella sobre la mesa, Kagome asintió con satisfacción. Era bueno conocer un poco sobre la posición en la que se encontraba en la corte. Difícilmente se le podría llamar concluyente, ya que no incluía ninguno de los clanes menores que trabajaban en la capital, pero aun así era un comienzo.
Kagome frunció el ceño abruptamente, dándose cuenta de que ya se había quedado sin cosas con las que ocupar su tiempo. Con un suspiro malhumorado y un pequeño gruñido dirigido al hanyou que la había aprisionado, la miko reunió los papeles y los dobló pulcramente. Los guardó cuidadosamente debajo de su futón para custodiarlos.
El pequeño santuario del jardín captó su atención y la miko decidió que bien podía meditar. Eso era lo que se suponía que debía hacer mientras se refugiaba en la habitación, en cualquier caso.
Además, tenía bastantes cosas que aclarar con los kami. No se arrepentía, pues estaba segura de que había procedido de la mejor manera que tenía disponible. Aun así, había proclamado una relación con lo divino que en realidad no tenía y por eso al menos tenía que ofrecer sus disculpas. Se sometería humildemente a cualquier castigo que las deidades vieran adecuado imponerle.
Kagome sintió la necesidad de volver a armonizar con el ritmo de la naturaleza. Se había estado sintiendo un poco extraña desde su entrada en la corte, su sentido del equilibrio innato estaba obstruido por los numerosos edificios que la separaban de la naturaleza y la abundancia de sentimientos negativos que llenaban cada uno de ellos.
Ahora ciertamente no era el momento de perder su agarre sobre los dones divinos que los kami le habían dado. No cuando al fin era el momento de usarlos al completo. Tampoco disfrutaba particularmente de la sensación de aislamiento que a veces la recorría debido a la pérdida.
El aislamiento de la semana difícilmente parecía ser algo tan malo, después de todo, ahora que estaba más en sus cabales para considerarlo. Le vendría bien tener un poco de tiempo a solas para reflexionar sobre todo lo que había pasado.
Sintiéndose más tranquila con su inesperada situación, la miko se sacó sus calcetines tabi y caminó descalza hasta el jardín. Con una amplia e íntegra sonrisa extendiéndose por todo su rostro, la miko se dejó caer ligeramente en la orilla del estanque koi y se subió las perneras de su hakama por encima de las rodillas. Deslizó lentamente los pies en las aguas verdosas, con un delicioso estremecimiento bajando por su espalda ante el punzante fresco.
Ah, cómo había echado de menos esta sensación de completa conexión. Por un breve instante, se permitió cerrar los ojos y fingir que estaba otra vez en su aldea, esperando en la orilla del río mientras Souta pescaba la cena.
El momento pasó y Kagome se rio silenciosamente entre dientes, los afectuosos recuerdos la abrigaron.
Recostándose sobre sus brazos con sus pies todavía balanceándose libremente en el agua, Kagome respiró hondo y dejó que su mente se deslizase suavemente desde su cuerpo hasta las aguas. El ligero y constante repiqueteo de la kakei la arrulló. Se quedó allí el resto del día, ondeando suavemente en una danza antigua alrededor de los peces y de los nenúfares.
Cuando la noche empezó a tender su suave y oscuro velo sobre el mundo, Hojo entró con timidez en su cuarto. Preocupado por la falta de sonidos provenientes del interior desde hacía tanto, había traído comida como excusa para entrar. Al verla, con el hakama remangado para revelar unas piernas blancas y delgadas, e inclinada en una pose de completa paz y vulnerabilidad, casi salió por patas.
Aun así, siguió adelante insistentemente, temiendo por su estado de salud, dado que estaba expuesta a tan bajas temperaturas. Extendiendo la mano, le zarandeó ligeramente el hombro para despertarla del aturdimiento en el que había caído.
Envuelta en una persistente sensación de completa paz, Kagome no fue capaz de reunir ninguna vergüenza porque la hubiera descubierto en tal estado. Simplemente le sonrió vagamente. También estuvo solo moderadamente preocupada cuando descubrió que ya no podía mover sus pies congelados.
Alarmado, el guardia, con muchos tartamudeos y muchas disculpas, la cogió en brazos y la llevó de vuelta al interior. Cogió una toalla y luchó por no desmayarse mientras le secaba las piernas y las frotaba hasta que recuperaron la circulación y desapareció el tono moderadamente azul de su piel.
Con una sonrisa somnolienta y ausente, Kagome le dio las gracias. Tras eso, se metió en su futón y se quedó profundamente dormida, perdiendo todo recuerdo del suceso entre sus sueños de peces koi parlantes y ríos que fluían hacia el océano.
Hojo Akitoki, por otro lado, portaría ese recuerdo como una gema preciosa con él hasta el final de su vida. En su memoria, esa sería para siempre la noche donde descubrió lo que era estar enamorado.
A la mañana siguiente, Kagome se despertó con un ligero golpeteo en la pantalla shoji. Salió somnolienta de la comodidad de su espacioso futón, dedicando solo un momento a preguntarse cómo había llegado allí. Decidió que debía de haberse ido del jardín en algún momento y que simplemente se había olvidado en su aturdimiento posmeditación.
Deteniéndose para volver a recogerse el pelo y para alisar su ropa arrugada después de haber dormido, la miko abrió la pantalla. Hojo-sama estaba allí, parecía más tímido de lo que nunca lo había visto antes con una bandeja de desayuno colocada ante él. Le hizo una reverencia a ella, con el rostro casi tocando los tatami.
—B-Buenos días, Kagome-sama —tartamudeó, sus palabras estaban amortiguadas por su proximidad con el suelo—. Espero no molestarla. P-Pensaba que podría tener hambre. Ayer no comió ni cenó.
—Gracias —dijo Kagome, ligeramente conmovida por su atención—. Ha sido muy considerado por su parte, Hojo-sama. ¡Oh! Espere un momento, ¿quiere?
Se levantó y deambuló rápidamente por su habitación, recogiendo su carta para Miroku y Sango de donde se encontraba sobre la mesa. Volvió y se la tendió al guardia con recelo.
—Si no es mucho problema, ¿podría entregar esto en la residencia Tachibana? Tiene que recibirlo Tachibana Sango-sama.
—Por supuesto, me…
—Yo lo haré, Kagome-sama —interrumpió el otro guardia, cogiendo la carta de su mano antes de que pudiera hacerlo Hojo—. Tú quédate aquí y protégela, Akitoki. Ya sabes, solos ella y tú.
El guardia se rio disimuladamente mientras el chico se sonrojaba. Le hizo una ligera reverencia a la miko antes de darse la vuelta para marcharse, lanzándole un guiño a Hojo antes de perderse completamente de vista.
Kagome frunció el ceño, confundida. Hojo mantuvo la mirada clavada en el suelo, rojo hasta el nacimiento del pelo. Pasó un largo momento de incómodo silencio.
—Debe… ser aburrido, estar ahí de pie todo el día —dijo Kagome finalmente, devanándose los sesos en busca de algo con lo que romper la tensión.
—En absoluto —respondió Hojo de buena gana—. Mientras sea para proteger a Kagome-sama…
Se interrumpió con timidez, agachando la cabeza de nuevo para ocultar su bochorno. Kagome se preguntó si tal vez era su nuevo estatus como Vidente el que le hacía estar tan vergonzoso a su alrededor. Era bastante desconcertante. Descartándolo como algo sin importancia, le sonrió al guardia.
—¿Le gustaría sentarse conmigo mientras como, Hojo-sama? —invitó, sintiendo descortés seguir hablando con él en la puerta—. El aislamiento asceta está bien y eso, pero la verdad es que disfrutaría de algo de compañía.
—Ah… Si le place, Kagome-sama —dijo humildemente, con expresión algo asombrada ante la oferta.
Se inclinó una vez más antes de entrar lentamente en la habitación. Kagome recogió la bandeja y fue hasta la mesa, arrodillándose sobre un cojín. Él hizo lo mismo, yendo a arrodillarse tímidamente sobre el cojín que estaba enfrente de la aldeana.
—Su amigo me contó que usted había solicitado una posición como guardia de mi persona —comentó Kagome, vagamente curiosa.
Cogió los palillos y empezó a comer, esperando que él mantuviera viva la conversación. Su rostro volvió a colorearse, inclinó la cabeza y asintió tímidamente.
—Eso es… cierto. Probablemente no lo recuerde, Kagome-sama, pero yo estaba entre los guardias de la puerta exterior cuando llegó aquí —reveló el chico—. Tuve el privilegio de ver su primer milagro aquí. Fue impresionante la forma en la que curó al jefe de los guardias como si no fuera nada. Yo… había esperado volver a verla desde aquella vez.
—¿De verdad? —dijo Kagome, con el rostro un poco acalorado por el halago—. Pero si solo fue una pequeña cura. No fue ninguna maravilla.
—Por supuesto que fue maravilloso —objetó Hojo, levantando al fin la cabeza para mirarla—. Sus poderes son verdaderamente increíbles, Kagome-sama. Debería darse más crédito. Es decir, incluso ha resultado ser una Vidente. Usted es un enlace con los mismísimos kami.
—Ah, sí… —dijo Kagome en voz baja, el ansioso asombro de su rostro le provocó una pequeña punzada de culpa.
El guardia frunció el ceño, viendo su repentino cambio de humor en decadencia. Se reprendió silenciosamente por cualquier falta de decoro que hubiera salido de su boca, registrando su mente en busca de algo que pudiera complacerla.
—Mucha gente ha pedido verla, Kagome-sama —decidió finalmente.
—¿En serio?
—Sí —contestó el guardia, complacido cuando sus ojos grises volvieron a mirarlo de nuevo—. Quieren que les lea sus futuros o que bendiga a sus hijos, pero el Tennō ha prohibido que nadie se le acerque hasta que se decida todo en la reunión de la corte de la semana que viene.
—¿Ah, sí…? —la miko se interrumpió distraídamente, sopesando esta nueva información.
Ciertamente era buena señal que la gente la estuviera tomando tan en serio. Aunque parecía que su visión había provocado un poco el caos en la corte, si requería que Inuyasha-sama la mantuviera aislada durante toda una semana. Un pequeño calor entró en su pecho al pensar que el hanyou estaba manteniendo su promesa de protegerla.
—Gracias por informarme, Hojo-sama —dijo en voz baja, levantando los ojos para encontrarse con los de él.
Su expresión era tan amable y sus ojos tan cálidos mientras lo miraba que, por un momento, Hojo no pudo respirar como era debido. Su corazón latía con un extraño tamborileo, recordándole aquello de lo que se había dado cuenta la noche anterior.
—Puede llamarme Akitoki si le place, Kagome-sama —murmuró finalmente.
—Me encantaría, Akitoki-sama —respondió Kagome, complacida ante la perspectiva de haber hecho otro amigo.
Le sonrió ampliamente al joven guardia, completamente ajena a los sentimientos que crecían a cada instante en su corazón por ella. Él le devolvió la sonrisa tímidamente y el resto de la comida transcurrió con una placentera charla sobre cosas sin gran importancia.
El resto de la semana de la miko en aislamiento no pasó rápidamente, pero Kagome apenas pudo atreverse a que le importase demasiado. Pasó la mayor parte del tiempo meditando y rezando. Sabía que era probable que no fuese a encontrar una paz como la que proporcionaban la habitación y el jardín una vez que la devolvieran al apresurado flujo de la vida de la corte.
Y así pasó el tiempo en silencio y armonía. Empezó a sentirse lentamente más como su yo anterior, conectada por innumerables hilos a todo su alrededor. Una vez más podía sentir la calmada y omnipresente canción de la naturaleza que se canturreaba a su alrededor. Era un gran consuelo.
Este retorno de la armonía al alma de la miko lo interpretó de modo optimista como una señal favorable de los kami. Por supuesto, todavía esperaba alguna forma de castigo de ellos en algún momento. No se podía blasfemar a lo divino así como así y no esperar un castigo, y ella había hecho lo que había hecho sabiéndolo perfectamente bien.
Pero que no la apartaran por completo de ellos significaba que probablemente no estaban totalmente disconformes con sus actos. Si era atrevida, podría incluso asumir que lo aprobaban hasta cierto punto. En cualquier caso, era un bálsamo para su ligeramente desaliñado corazón pensar que no la iban a ignorar.
En las brumosas y pensativas horas de temprano por las mañanas, Kagome también fue capaz de reflexionar sobre todos sus actos en la corte. Se había dado cuenta de que había estado apresurándose de manera frenética, atrapada en el ritmo de la vida de la corte. Decidió moverse más a su propia velocidad en adelante, o si no empezaría a dejar que la vida de la corte la convirtiera en algo que no era.
Cierto es que también había hecho cosas en la capital que nunca habría considerado hacer en el pequeño círculo de su aldea, pero eso podía atribuirlo a la experiencia. Nuevas experiencias y nuevas situaciones permitían que uno reaccionase de nuevas formas y ella no había hecho nada demasiado peculiar para su personalidad.
Tal vez con dos excepciones. Primero, la matanza de los guardias y luego su ardid profético. Pero incluso no se arrepentía de esas cosas. En su lugar, el pequeño grito de desprecio de la moral con la que había sido criada desde el nacimiento tiraba de ella, insistiendo en que no se aventurase por direcciones tan desconocidas.
La mayor parte de ella, sin embargo, estaba en paz. No había disfrutado matando a esos dos hombres. No había disfrutado engañando a tanta gente. Había sufrido por ambas acciones y muy probablemente seguiría sufriendo.
Aun así, una persona solo podía andar por el camino que pensaba que era correcto, comprendiendo que a veces sería doloroso y la mayoría de las veces entraría en conflicto con otros caminos igualmente válidos. El padre de la aldeana había intentado explicarle todo esto cuando era pequeña, pero solo ahora de verdad empezaba a entender lo que había querido decir.
Al final, Kagome sabía que todas las cosas que le habían enseñado eran buenas y sólidas, y no tenía ninguna intención en ir en contra de ellas sin motivo. Pero había más que llegado el momento en el que tenía que encontrar las cosas que eran correctas para ella, en lugar de solo las cosas que eran correctas. Ahora estaba escogiendo su propio camino y con ese conocimiento estaba segura. No vacilaría.
En el tiempo que tuvo, también pudo hablar más con Hojo-sama. Atendía sus necesidades hasta decir basta, le traía el té, las comidas e incluso más mantas cuando sentía que hacía demasiado frío para que pudiera pasar la noche durmiendo sin ellas. En varias ocasiones incluso le llevó hierbas y tónicos, balbuceando que temía por su salud ahora que la temperatura estaba empezando a bajar de verdad.
Hablaban a través de la pantalla en esos momentos, o Kagome lo invitaba a que entrara y se sentase en el porche con ella. En aras del decoro, siempre invitaba también al otro guardia, aunque él se negaba a sus ofertas de manera constante con un ladino asentimiento hacia su amigo.
A menudo, con tanto tiempo que tenía y con tan poco que hacer, los pensamientos de Kagome volvían a su familia. Había pasado un tiempo desde que había estado libre para pensar algo en ellos y, en el silencio de esa habitación, la nostalgia que su recuerdo evocaba era a menudo insoportable. Había cogido dos veces papel y pincel, con la idea a medio formar de escribirle a Inuyasha-sama sobre los problemas que la acicateaban.
Al final siempre rechazaba esta noción como estúpida y en esas ocasiones también se iba a hablar con Hojo-sama. Era paciente con ella mientras balbuceaba sobre el hogar y los seres queridos que había dejado atrás y, a cambio, ella le pedía que le contara su propia historia. Resultó que sí que era el hijo de un clan menor de dentro de la corte y, además, el segundo hijo. Aspiraba a servir algún día al Tennō como comandante entre sus guardias.
Era verdaderamente un buen hombre y, al final de la semana, Kagome sintió que se había ganado otro buen y sólido amigo, pero en ocasiones lo sorprendía observándola con tanta intensidad que era perturbador. No tenía ni idea de cómo interpretar esas ocasiones y terminaba quitándoles importancia con incomodidad como una peculiaridad personal del guardia.
Pero al final, la semana llegó a su fin y Kagome recibió otra breve nota del Tennō diciéndole que se preparase para una reunión de la corte al día siguiente. Varias sirvientas fueron a buscarla y se despidió de los guardias, prometiendo visitar a Hojo-sama pronto en la residencia de su clan.
La llevaron de regreso a la casa del clan de la futura Emperatriz y la lavaron antes de dejarla en unos nuevos aposentos más amplios. Como medio esperaba poder recibir finalmente visitantes, se sintió decepcionada cuando un sirviente la informó de que todavía no se permitía que nadie se le acercase hasta después de la reunión del día siguiente.
Kagome tuvo que acostarse para dormir entonces, imaginándose que necesitaría de todo su buen juicio para soportar lo que estaba por venir. Dormir, sin embargo, demostró ser un poco difícil. Durante toda la noche, la miko pudo sentir varias figuras pasando justo por la parte exterior de la pantalla shoji que cerraba su habitación.
Era bastante obvio que eran sirvientes ansiosos por ver a quien se había revelado como la nueva Vidente. Eso, sin embargo, no hacía que la sensación de sus intensas miradas que recorrían su supuesta figura durmiente fuera menos desconcertante. La miko pasó una noche casi completamente falta de sueño, ansiando irónicamente los confines de su pacífica habitación en el Chūwain.
A Kagome la despertaron tarde a la mañana siguiente, ya que la reunión no era hasta la tarde. La condujeron a otra habitación más, donde las sirvientas la lavaron, le cepillaron el pelo y la volvieron a vestir. La aldeana se alegró de descubrir que le permitirían ponerse su traje de miko para la ceremonia, dado que iba a presentarse en calidad de espiritista.
Cuando al fin se determinó que estaba presentable, los sirvientes le trajeron comida, pero Kagome apenas pudo probar bocado. Ya sentía lleno el estómago de anticipación por lo que estaba por venir. El recuerdo de su primera y desastrosa reunión de la corte se negaba a dejarla en paz, brillando en pequeños pedazos en su cabeza.
Deseó taciturnamente que Inuyasha-sama, Miroku-sama o Sango-sama aparecieran y la sacaran de la rutina en la que estaba cayendo rápidamente, o que al menos le hablaran un poco sobre qué esperar. Incluso Kikyou-sama y sus frías reprimendas de que era estúpido por su parte preocuparse por una cosa así serían bienvenidas.
Pero no vino nadie y Kagome se vio obligada a intentar eliminar la nube por sí sola cuando dos guardias fueron a buscarla. La condujeron en silencio al Daigokuden, indicándole que esperase en la puerta hasta que se abriera y el Tennō la llamara para entrar. Parecía que todos los cortesanos ya estaban situados dentro, con la reunión en progreso.
Entonces la dejaron sola. Durante lo que pareció una eternidad, se quedó allí de pie ante la gran entrada, tensa y desgraciada. Maldijo silenciosamente a Inuyasha-sama, deseando que se diese prisa y la dejase entrar de una vez. Se preguntó con petulancia si la estaba castigando por actuar tan libremente por su cuenta.
Y entonces se abrieron las puertas. Kagome pensó que su corazón podría estallar al oír la voz de Inuyasha resonando por la sala, llamándola. Dio un paso adelante mecánicamente antes de quedarse paralizada.
Cientos de pares de ojos curiosos, precavidos, hostiles, asombrados y expectantes estaban clavados intensamente en cada movimiento suyo. La cámara estaba en completo silencio, salvo por la agitación y el ondeo de los abanicos, que se movían en gestos tan variados que Kagome apenas pudo distinguir uno de ellos. En medio del mar de rostros anónimos y de colores violentamente intensos, la miko sintió como si fuera a ahogarse.
Obligó a sus piernas a volver a moverse, agachando la cabeza para mirar fijamente el suelo de madera de debajo de ella mientras avanzaba. Los murmullos ondearon a través de la multitud a su paso, pero Kagome no se atrevió a volver a levantar la mirada hasta que llegó al pie de la tarima sobre la que Inuyasha-sama y la futura Emperatriz estaban sentados.
Kikyou, por supuesto, portaba la máscara de completa apatía que parecía siempre deslizarse sobre sus facciones en presencia de grupos de nobles, arrodillada con rígida autoridad a la derecha del Tennō. Inuyasha estaba oculto detrás de su pantalla, pero Kagome podía sentir claramente su mirada sobre ella.
—Ocupa tu lugar —llegó la brusca orden desde detrás de la pantalla.
Kagome frunció el ceño, desconcertada por la orden. Notó un segundo cojín colocado sobre la tarima, al lado izquierdo del Tennō. Sus ojos se ampliaron ligeramente y vaciló, preguntándose si Inuyasha-sama de verdad iba a ir tan lejos.
—Su lugar, Miko-sama —intervino Kikyou, indicando vagamente con su abanico hacia el cojín.
Kagome se esforzó por no mirar boquiabierta a las dos figuras, haciendo una profunda reverencia para encubrir su consternación. ¡Un asiento al mismo nivel que la futura Emperatriz! ¡Inuyasha estaba llevando las cosas demasiado lejos!
Aun así, no deseaba montar una escena. Manteniendo el rostro cuidadosamente en dirección al suelo, Kagome subió los pocos peldaños de la tarima y se arrodilló solemnemente sobre el cojín. La charla de la multitud se incrementó en un décuplo en ruido y no fue difícil ver que había una cantidad de cortesanos que estaban mucho más indignados de lo que lo había estado Kagome ante ese movimiento.
—¡Silencio! —ladró Inuyasha, lo suficientemente alto para que reverberase por toda la sala.
Los cortesanos cesaron su parloteo y se quedaron en silencio a regañadientes, como niños pequeños a los que les ha reñido un padre.
—Habéis oído la explicación de lo que ocurrió durante la comida de las mujeres por parte de Nuestra futura Emperatriz —continuó el Tennō y Kagome solo pudo asumir que se estaba refiriendo a lo que había ocurrido antes de su entrada—. Ahora Permitiremos preguntas o inquietudes. Levantaos y hablad si tenéis algo que decir.
Se levantaron varios cortesanos por toda la sala.
—Minamoto Youji, habla —dijo Inuyasha, saludando al hombre.
—Su Majestad —respondió el hombre de los Minamoto, haciendo una reverencia—. A la Miko-sama le preguntaría si ha experimentado antes tal incidente.
—Si se refiere a si he tenido antes una visión, entonces la respuesta sería que no, Minamoto-sama —respondió Kagome, pretendiendo apegarse lo máximo posible a la verdad—. Solo puedo interpretar este nuevo don como una muestra de aprobación por parte de los kami por mi servicio al Tennō-sama.
—Ya veo —contestó él pensativamente. Volvió a hacer una reverencia antes de sentarse.
Por el rabillo del ojo, Kagome captó una mirada de la futura Emperatriz que era casi de naturaleza aprobadora. Un complacido orgullo se enroscó silenciosamente en su interior, prestándole un poco más de confianza.
—Michinaga Youhei, habla —ordenó el Tennō, saludando al siguiente hombre.
—Su Majestad —dijo Youhei, imitando la reverencia de Minamoto—. Yo también quiero dirigirme a la Miko-sama. ¿Cómo puede estar segura de que no fue una posesión, el intento de un espíritu maligno de confundirnos?
—He realizado exorcismos en mi aldea desde que era joven, Michinaga-sama —respondió Kagome con firmeza, un poco ofendida ante la sugerencia—. No he sido poseída ni una sola vez. Mi cuerpo es un recipiente sagrado y sería consciente si algo como un espíritu maligno intentase profanarlo.
—Taira Kagura-sama también puede atestiguar que no era un espíritu maligno —añadió Kikyou cuando el hombre no pareció suficientemente satisfecho—. Nos lo dijo después de que tuviera lugar la visión. No pudo sentir jyaki. Al contrario, el aura de Miko-sama chocaba con su propio youki. ¿No es cierto, Kagura-sama?
Kagura, que ya estaba de pie, le dirigió una mirada pétrea a la futura Emperatriz.
—Eso… es correcto, Fujiwara-sama —admitió a regañadientes y Kagome casi pudo oír sus dientes rechinando de frustración.
—Entonces es como usted dice, Fujiwara-sama —concedió Michinaga, haciéndole una reverencia—. Gracias. Y permítame darle la bienvenida de parte de mi clan, Miko-sama.
Volvió a sentarse. Varios siguieron su ejemplo. Parecía que el testimonio de Kagura había sido particularmente convincente para muchos. Aun así, la mujer youkai permaneció de pie, con sus ojos rojos encendidos.
—Taira Kagura, habla —llamó Inuyasha, saludándola.
—Su Majestad —dijo Kagura con rigidez, haciendo la más leve reverencia—. No tengo ninguna pregunta. En su lugar, tengo una afirmación. Y es que esta visión es falsa. Una mera casualidad. Un engaño o un ataque de locura del cerebro acalorado de la chica.
La corte estalló en una ola de ruido. Los abanicos se agitaron frenéticamente mientras los cortesanos se giraban a un lado y a otro para hablar con sus vecinos, todos estaban ansiosos por darle voz a sus opiniones. Kagura permaneció de pie sobre todos ellos, observando con orgullo el caos que había creado. Kagome miró boquiabierta a la mujer, deslumbrada por su audacia.
—¡Silencio, todo el mundo! —bramó Inuyasha, poniéndose en pie detrás de la pantalla—. Qué dia… ¿En qué basas esta opinión, Kagura?
—Únicamente en el conocimiento básico que se nos ha dado a todos los cortesanos desde el nacimiento —respondió Kagura con cómoda certeza—. Nació plebeya por una razón. Los kami no le mostraron su favor entonces. Ciertamente no iban a enseñarle a nadie de su posición su favor ahora. Fue una casualidad.
La aldeana contuvo un grito de indignación. No había ninguna lógica detrás de su declaración. ¡Ni el más mínimo atisbo! Era como decir que un hombre aquejado de mala fortuna nunca podría esperar tener buena fortuna por la simple virtud de que nunca antes la había tenido. Ni siquiera había intentado explicar que la inundación hubiera ocurrido exactamente cómo y cuándo la había predicho Kagome.
Aunque al menos eso significaba que la mujer youkai no conocía la verdad, como Kagome había temido que así fuera por un momento. Solo estaba intentando desacreditar a la miko en la forma en que pudiera, suscitando sospechas entre los cortesanos. Y, por la expresión en su rostro, Kagome pudo averiguar que sabía perfectamente que no había razón para respaldar su protesta.
También sabía que no hacía falta respaldo alguno. Al inspeccionar la sala, Kagome pudo ver muchos abanicos moviéndose en agitados gestos de acuerdo y aceptación. Los rostros de muchos de los cortesanos se habían tornado repentinamente suspicaces ante el recordatorio de su estatus en el mundo.
Que los plebeyos del mundo no eran los favorecidos por los kami sí que era algo que se les había inculcado desde su juventud. No pensarían en cuestionar tal declaración, como tampoco cuestionarían la salida y la puesta del sol de cada día.
A la miko se le hundió el corazón en el pecho. No había nada en lo que pudiera pensar que contrarrestara tal ataque, por ambiguo que fuera. Inuyasha y Kikyou estaban callados, también parecían desconcertados.
—¿Afirma, entonces, conocer los corazones y las mentes de los kami, Taira-sama?
Muchas cabezas se giraron casi como una sola hacia la figura que acababa de aparecer en la entrada abierta del Daigokuden. Por un momento, la persona se vio oscurecida por la ola de luz a su espalda, pero entonces la figura entró con majestuosa determinación en la sala.
Era Midoriko-sama.
Jadeos y susurros de asombro palpitaron frenéticamente a través del grupo de gente. Kagura puso repentinamente cara larga, un vago gruñido curvó las comisuras de sus labios. Midoriko no le prestó atención a la confusión que había provocado su aparición, caminando con serena autoridad hasta el pie de la tarima.
—Midoriko-sama —saludó Kikyou a la mujer, algo similar a la sorpresa arqueaba sus cejas un ápice—, es inusual que se digne a honrarnos con su presencia durante un acto de la corte. ¿Puedo preguntarle qué la ha traído aquí?
—Hablar de los kami y de sus visiones proféticas —replicó Midoriko—. Si esas cosas no me conciernen como espiritista de la corte, entonces no sé a quién le conciernen. Además, Kagome es discípula mía. Sus asuntos también son de mi incumbencia.
Hizo una ligera reverencia antes de darse la vuelta para encarar a Kagura, con los ojos clavados con imponente estabilidad en el rostro de la mujer youkai. Kagura se mantuvo firme, aunque sus labios rojos como la sangre se curvaron aún más hacia abajo con obvio desagrado.
—Volviendo a mi pregunta anterior, ¿asegura usted tener una especial comprensión de los kami, Taira Kagura-sama? —reiteró Midoriko, con tono completamente plácido.
La multitud se había quedado en silencio, incluso los abanicos se habían ralentizado a pequeñas agitaciones irregulares aquí y allá. Kagome descubrió que estaba conteniendo el aliento.
—Sobre eso, creo que todos conocemos la mente de los kami. Se nos ha enseñado desde nuestra juventud —contestó Kagura, inflexible.
—Ah, ya veo —dijo Midoriko—. Entonces ¿cree que los kami doblegan su voluntad divina a cualesquiera enseñanzas sobre las que los cortesanos resulten estar de acuerdo? ¿Usted sostendría que la sagrada verdad que crean únicamente sigue las enseñanzas de los eruditos de la corte? ¿Argumentaría que la voluntad de los kami es secundaria a la voluntad del hombre?
—Yo no he dicho nada de eso —discutió Kagura, alzando la voz ligeramente, aunque apenas había habido una señal de desafío en la voz de Midoriko—. En cambio, he dicho que en este tema todos entendemos cuáles son las opiniones de los kami, basándome en el conocimiento que les dieron a nuestros maestros en la antigüedad y que se nos ha legado.
—Aun así afirma conocer las mentes divinas, Taira-sama —señaló Midoriko amablemente—. Ahora se aventuraría a argumentar que solo porque los kami tal vez le dijeron algo una vez a un hombre, se ha convertido en una ley que los restringe. Dice, Taira-sama, aunque tal vez no tan claramente y no con tantas palabras, que lo divino es algo concreto. Que en cuanto lo pronuncia un hombre, nunca vuelve a alterarse. Que los kami en ninguna circunstancia y situación pueden ver adecuado trabajar a través de canales distintos o de diferentes maneras que los que pueden habérseles mencionado una vez a nuestros ancestros hace tanto tiempo. ¿De verdad cree esto, Taira-sama?
—… Por supuesto que no —dijo Kagura mecánicamente tras un largo y tenso silencio—. Me he expresado mal, Midoriko-sama.
Estaba bastante claro que solo estaba cediendo debido a que perdería toda credibilidad si continuaba intentando defender lo que Midoriko había revelado tan claramente como una aseveración blasfema. Kagome vitoreó en silencio, agradecida con la miko mayor por hacer pedazos la afirmación ilógica de Kagura cuando ella no había podido.
—Nos pasa a los mejores, Taira-sama —concedió Midoriko, con la más leve de las sonrisa adornando sus labios—. Aunque en el futuro le aconsejaría que no cuestionase el trabajo de los kami cuando la prueba de su voluntad ha sido extendida tan claramente ante usted. A menudo encontrará que no se toman a la ligera tales ofensas.
Sin molestarse siquiera en hacerle una reverencia a la espiritista de la corte, Kagura volvió a sentarse con rigidez con una agitada sacudida de su abanico. Midoriko se giró una vez más para estar de cara a la tarima. Volvió a hacer una reverencia ante el Tennō y la futura Emperatriz.
—Tenía otro motivo para venir aquí, Tennō-sama —dijo—. Como ya he declarado, Kagome-sama es mi discípula. Por tanto, deseaba venir y testificar ante toda la corte, ante cualquiera que pueda tener dudas como Taira-sama, que su visión era certera. Esta chica es amada y ha sido bendecida por los kami. Su aura me lo ha dicho ciertamente desde que nos conocimos. Por desgracia, no estuve presente para presenciar el milagro que ocurrió durante la excursión de las mujeres, pero he tenido muchos años para aprender a escuchar la voz de los kami cuando siento que intentan hablar conmigo. Estoy segura de que ahora me están hablando de varias formas, diciéndome que apoye a esta chica en todos sus esfuerzos. Así, ahora doy mi palabra de su autenticidad y me responsabilizaría de cualesquiera reclamaciones contra ella. Sus palabras y acciones ahora son tan buenas como las mías.
Silencio absoluto. No se movió nadie. Parecía que nadie estaba respirando.
—¿Alguien quiere llevar sus quejas o preguntas sobre esto ante la O-miko Midoriko? —La voz de Inuyasha resonó en el silencio.
Los abanicos volvieron a agitarse con incertidumbre, los cortesanos se giraron a un lado y a otro para ver si alguno de sus semejantes se atrevía a ponerse en pie y a desafiar a la formidable mujer. No lo hizo ninguno y pasó un largo momento en silencio.
—Entonces se ha acabado esta reunión —declaró el Tennō—, y todos entendéis en qué posición se encuentra ahora Kagome en esta corte. Como Nuestra sierva personal y la discípula de Midoriko, no se la importunará.
Hubo un momento de duda antes de que los cortesanos empezaran a levantarse y a salir lentamente del edificio. Por lo poco que pudo ver, Kagome no consiguió una firme comprensión de la reacción de los nobles. Se resignó distraídamente a tener que abordar el tema una vez que las cosas se hubiesen asentado para descubrirlo.
Pero estaba aún más preocupada con la O-miko que todavía estaba de pie al pie de la tarima. La mujer la estaba mirando bastante indiscretamente, sus firmes ojos castaños estaban clavados en su rostro. Por mucho que quisiera, Kagome parecía no poder apartar la mirada.
Esta mujer sagrada y reverenciada acababa de mentir por ella delante de toda la corte. El que fuera o no consciente de que había mentido era cuestionable, y sin embargo lo había hecho. Encima, le había dado a Kagome el voto de confianza definitivo al unir su propia reputación firmemente a la de la aldeana.
La joven miko se sintió enferma. Se preguntó si tal vez este era el castigo de los kami: mancillar el nombre de una mujer tan sagrada. Maldijo en silencio la injusticia de que Midoriko fuera degradada por sus elecciones.
—Kagome, ¿vienes a pasear conmigo? —pidió Midoriko cuando lo que quedaba de la multitud salió de la habitación.
—Sí, por supuesto —respondió Kagome débilmente, levantándose y bajando de su asiento con hosquedad.
Estaba vagamente agradecida por poder romper por fin el contacto visual con la mujer. Sentía que podía estallar en lágrimas como una tonta si se viera obligada a encontrarse con aquellos brillantes ojos claros un segundo más.
—Oye, Kagome.
Kagome se dio la vuelta para mirar a la pantalla. Pudo ver la silueta de Inuyasha de pie tras ella. Se preguntó distraídamente si estaba complacido con la forma en la que habían resultado las cosas.
—Mis aposentos, mañana por la mañana.
—Por supuesto, Tennō-sama —respondió la chica automáticamente, su corazón se hundió un poco más ante el hecho de que no sonara complacido en lo más mínimo.
Hizo una reverencia antes de salir del edificio con Midoriko, sin ser consciente de que el hanyou la observaba desde detrás de la pantalla.
Las dos mikos salieron al nítido fresco del aire del invierno en silencio, deambulando por un camino cualquiera. Kagome ni siquiera se atrevía a abrir la boca para darle las gracias a la mayor, a pesar de cuánto sabía que le debía a la miko más mayor. La culpa se asentó pensadamente sobre sus hombros, inclinando la cabeza hacia el suelo.
—No pareces feliz, Kagome, a pesar del buen giro del destino a tu favor —comentó finalmente Midoriko—. ¿Tal vez no estás complacida con mi interferencia?
—¡No! No, nada de eso, Midoriko-sama —insistió Kagome, apartada ligeramente de su abatido aturdimiento—. De verdad, estoy más agradecida de lo que puedo expresar por recibir tal apoyo por su parte. El que una figura tan reverenciada como usted haya unido su honor al mío es mucho más de lo que se le debería permitir pedir a alguien de mi posición. Pero…
—No quiero saberlo, Kagome —interrumpió Midoriko amablemente.
—¿Qué?
Kagome frunció el ceño, deteniéndose abruptamente. Inspeccionó el rostro de la miko mayor inquisitivamente.
—Lo de la visión —aclaró Midoriko, deteniéndose también para encontrar los escrutadores ojos de la miko más joven—. Una vez hablamos sobre algo posiblemente cuestionable que estabas considerando hacer por el bien de tu propósito aquí. No deseo saber si la visión era parte de eso. No deseo saber si era real. No deseo saber si era falsa. Creeré en ti, Kagome. Lo que sea que pase o haya pasado, escojo creerte.
Kagome se quedó mirando a la mujer con la boca abierta. Negó ligeramente con la cabeza, preguntándose si la había oído bien.
Midoriko había tomado la palabra por ella con el conocimiento de que podría estar convirtiéndose en una mentirosa. Era casi incomprensible.
—Pero, Midoriko-sama…
—¿Pensabas que eras la única que escogía su propio camino, Kagome? —la interrumpió la noble, suavizando su expresión en las comisuras—. Yo también estoy escogiendo el mío, incluso a esta avanzada edad. Esta es mi decisión, a pesar de todo lo demás. No hice una afirmación falsa cuando dije que los kami me están conduciendo a apoyarte. Además de eso, prometí que te cuidaría. Los kami ciertamente no pueden mirar favorablemente a quien no cumple sus promesas.
Por un momento, Kagome no pudo conseguir un sólido agarre sobre ninguna palabra. Se revolvió en la repentina surgencia de emoción en su pecho, agarrándose en busca de un sentimiento al que aferrarse.
Finalmente, su rostro se desmoronó, las lágrimas saltaron a sus ojos ante la amable devoción de esta mujer. Hizo una profunda reverencia, ocultando su patética expresión.
—Gracias, Midoriko-sama —dijo con voz ronca—. Me esforzaré por no decepcionarla.
—Mi felicidad no descansará sobre tus actos, Kagome. Simplemente estoy tomando la decisión que siento que es mejor —respondió Midoriko, no con poco cariño—. Ven, tomaremos el té juntas. Después de eso, podemos meditar un rato y tú podrás aclarar tu cabeza.
—Sí —sollozó Kagome, asintiendo—. Me gustaría, Midoriko-sama.
—Vamos, entonces —dijo Midoriko, una pizca de afecto se deslizó en su tono—. Sécate los ojos. Ahora eres la miko del Tennō. No podemos permitir que nadie te vea en este estado.
Kagome asintió, incorporándose de su reverencia para frotarse los húmedos ojos. Midoriko le cogió la mano amablemente, levantando su larga manga para secarle la cara a la chica. Kagome se sonrojó, riéndose ligeramente por lo bajo mientras más lágrimas caían de sus ojos. Le costaba creer su propia buena fortuna en momentos como estos.
Como había dicho Midoriko, debía de ser una de las favorecidas por los kami.
A la mañana siguiente, Kagome se despertó temprano. Comió, se vistió, se arregló el pelo, se lavó la cara y se dirigió rápidamente al Jijūden para encontrarse con Inuyasha. Tenía el presentimiento de que se lo iba a poner más difícil de lo que, estaba segura, tenía previsto si no hacía una pronta aparición.
Al menos el tiempo que había pasado con Midoriko el día anterior la había tranquilizado de nuevo, tras verse tan concienzudamente alterada durante la reunión de la corte. Juntas habían discutido sus objetivos en la corte y cómo planeaba ella alcanzarlos, la miko mayor había proporcionado los consejos que pudo aquí y allá. Midoriko había sostenido que apoyaría a la aldeana en todos sus objetivos y habían meditado con energía positiva sobre sus propósitos hasta el ocaso.
Ahora, confiada en sus objetivos y comenzando a sentirse entusiasmada por el casi perfecto éxito de su estratagema, Kagome paseó por los jardines, el Shishinden y por la pasarela sobre el agua hasta el Jijūden, donde se preparó para discutir con el soberano de su nación. El guardia hizo una reverencia y se apartó de su camino sin hacer comentarios a la entrada de los aposentos de Inuyasha y Kagome sintió una pequeña punzada de gratificación ante la obvia influencia de su nuevo estatus.
La miko se detuvo en seco en la entrada, sorprendida. No había una pantalla a la vista, simplemente estaba Inuyasha-sama apoltronado sobre una pila de cojines con un documento de aspecto oficial sostenido ante su rostro. Se dio cuenta de repente de que ya no tenían que molestarse con esas cosas y una sonrisa se extendió inexorablemente por su rostro. Era una sensación bastante maravillosa, esa repentina sensación radiante de su pecho.
—Buenos días, Inuyasha-sama —canturreó, decidiendo empezar el encuentro con un tono positivo.
El hanyou levantó la mirada del documento, su frunce se retorció con incredulidad en su dirección. Miró más allá de ella, a la entrada, al parecer estimando la cantidad de luz en el exterior.
—Llegas temprano —dijo finalmente.
La expresión animada de Kagome flaqueó ligeramente. Parecía que no habría forma de distraerle del mal humor en el que había caído. No obstante, hizo una reverencia antes de ir a arrodillarse delante de él.
—Ayer dijo que deseaba verme esta mañana, Inuyasha-sama.
—Sí —concordó Inuyasha, haciendo a un lado el documento—. Tenemos que hablar de toda la mierda que ha pasado.
—¿Se refiere a todo lo que hice que pasara? —se atrevió a decir Kagome.
—Sí, de eso. Yo… no me puedo creer que lo hayas hecho.
Había algo similar a la decepción en la forma en la que se negaba a mirarla a los ojos. Una dolor agudo atravesó el pecho de Kagome y se descubrió inclinándose hacia delante con una rápida defensa preparada en la punta de la lengua.
—Usted me dijo que, mientras pudiera sacarlo adelante, no pasaba nada —argumentó—. Me disculparé por, tal vez, actuar tan libremente, Inuyasha-sama, pero aun así actué. ¡Además, ha funcionado! Pensaba que le complacería que…
—¡No estoy hablando de eso! —explotó Inuyasha, con los ojos parpadeando brevemente en su dirección—. ¡Hablo del hecho de que lo hicieras en sí! ¡El hecho de que tu conciencia no interviniera en ningún momento para detenerte!
—¿Mi conciencia?
—Sí, ¡tu jodida conciencia! —ladró Inuyasha, alterándose más y más a medida que pensaba en ello—. ¡¿O es que ya lo has olvidado?! ¡Maldita sea, mujer! No eras… ¡así cuando llegaste aquí!
—Yo… no lo entiendo, Inuyasha-sama —dijo Kagome lentamente, buscando el rostro que él apartaba con sus ojos.
—Tú… ¡tú…! —gruñó Inuyasha, poniéndose de pie para caminar por la habitación con inquietud—. Lo que hiciste… ¡es lo mismo que cualquier cortesano baboso podría haber hecho para ganar poder, joder! ¡No quería…!
Incapaz de expresar la punzante sensación agitada de su pecho, Inuyasha volvió a dejarse caer a una buena distancia de la miko. Dirigió unos enérgicos ojos dorados sobre ella finalmente, deseando que se explicara.
—Usted… ¿teme que me esté convirtiendo en uno de ellos, entonces? —dijo Kagome finalmente, intentando encajar todas las cosas que había dicho y todas las cosas que no había dicho.
—… Sí —asintió Inuyasha amenazadoramente, bajó la mirada mientras su cólera se enfriaba unos grados ante el bajo tono de ella.
—Usted… ¿teme que me vuelva en su contra?
—Tal vez en algún momento. Pero ahora… simplemente estás cambiando. Este lugar te retorcerá. Si esto va a ser así… sería mejor que te mandara de regreso.
Así era. Si tenerla como su sierva iba a convertirla en otro rostro vacío entre las despiadadas aglomeraciones con garras de la corte, entonces no quería ser parte de eso.
Apenas podía decir que entendiera a Kagome la mayor parte del tiempo, pero conocía lo suficiente para entender que llegaría a odiarse a sí misma si acababa como los demás. No iba a ver cómo le pasaba eso a ella. No podía ver cómo le pasaba eso a ella.
Pero era… incómodo. Sí, la había aislado para que pudiera estar lejos de la ira de cualquiera de los cortesanos que pudiera estar molesto con su repentino cambio, pero de alguna manera también había querido que se… arrepintiera, tal vez. Que saliera sintiéndose mal por lo que había hecho. Que le mostrara que seguía siendo la misma chica con la que había discutido aquella noche debajo del Goshinboku.
Pero estaba orgullosa. No había remordimiento. Y eso le irritaba, le irritaba tanto que le ardía el pecho, pero no iba a tenerla allí más tiempo. No si era para convertirla en esto.
—Inuyasha-sama… —dijo Kagome amablemente, ubicando finalmente el improbable culpable debajo de todos los gruñidos. Estaba preocupado por ella—. Inuyasha-sama —repitió en voz baja, disponiendo al hanyou a que la mirase—, creo que me ha malinterpretado. No hice esto… con el corazón lleno de la idea de ganar poder.
—¿Oh? ¿Entonces por qué lo hiciste, Kagome? —preguntó el hanyou con mordaz escepticismo, observando con cautela a la aldeana. A sus oídos, tales palabras solo podían sonar similares a los comienzos de la defensa de cualquier otro cortesano en su pesca de poder.
—Yo… —empezó Kagome, sonrojándose, pero aun así levantando los ojos con determinación para encontrarse con los de él—. Lo hice por usted. Yo… quiero ayudarle, Inuyasha-sama, como su amiga. ¿Recuerda?
El hanyou se quedó paralizado, sin palabras ante la inesperada respuesta. Las mejillas de ella estaban teñidas de un intenso rosa, una bondad dolorosamente sincera en sus ojos mientras encontraba los de él. Era tan honesta que casi dolía mirarla y aun así Inuyasha no podía apartar la vista. Su corazón dio un torpe y fuerte salto en su pecho. Levantó una mano para frotarse allí distraídamente.
—Y sé que probablemente le resulte difícil entenderlo, Inuyasha-sama —continuó Kagome, turbada, sin darse cuenta del apuro del hanyou—, pero era algo que sentía que tenía que hacer. Era una decisión que tenía que tomar. Me siento horrible por haberle mentido a tanta gente, de verdad que sí, pero no me arrepiento de haber decidido hacerlo. Y cualquier castigo que termine recibiendo, lo aceptaré humildemente. Pero, bueno… ah, suena más complicado cuando intento explicarlo en voz alta.
—Lo… entiendo —dijo Inuyasha con voz ronca, consiguiendo finalmente apartar la mirada—. Ya lo entiendo. Solo… para.
Era demasiado. Era demasiado. No podía ver esa expresión de su rostro durante más tiempo o él… no estaba seguro de qué haría. Le daba vueltas la cabeza. Su pecho lo sentía apretado por… algo.
Lo bueno era que no podía haber la malicia de un cortesano o una conspiración tras un rostro así. Eso sí lo sabía.
Podría permanecer en la corte, entonces. Inuyasha se crispó ante la extraña sensación aleteante que empezaba de nuevo en su estómago. Se preguntó si la comida que había tomado para desayunar había estado en mal estado.
—¿Se encuentra bien, Inuyasha-sama? —preguntó Kagome, frunciendo el ceño—. No… tiene buen aspecto.
Era cierto. Estaba rojo hasta casi las puntas de las orejas y de repente había empezado a apretarse el estómago.
—Estoy bien, niña —soltó el hanyou con brusquedad.
Negó con la cabeza casi violentamente, obligándose a volver a la normalidad. Se giró para fruncir el ceño en dirección a la chica, tal vez con más energía de la necesaria. Ella palideció ligeramente.
—Supongo que te tomaré la palabra esta vez —concedió con susceptibilidad—. Ya puedes irte.
—Eso… ¿es todo? —preguntó Kagome, ligeramente alterada por la abrupta dureza de su expresión.
—Tengo una reunión del Consejo pronto —respondió Inuyasha, ansioso por terminar con este encuentro—. Gracias a toda la mierda que has levantado, probablemente durará hasta tarde.
—… De acuerdo, entonces —dijo Kagome, un poco perpleja ante el repentino giro de los acontecimientos—. Supongo que me iré. ¿Podríamos reunirnos mañana? Me gustaría hablar sobre la reacción del Consejo ante esto y estoy segura de que no hemos tratado todos los puntos hoy.
—Supongo —concordó Inuyasha, aunque se encontraba reacio.
—Bien. —Kagome sonrió—. Me voy, entonces.
Hizo una reverencia antes de girarse para marcharse, extrañamente complacida por haber conseguido asegurar tiempo con él al día siguiente. El confuso encuentro de hacía tan solo unos instantes había sido terriblemente breve tras una separación de poco más de una semana.
Kagome se detuvo en la entrada, ocurriéndosele una idea de repente. Se dio la vuelta para encontrar al hanyou mirándola con bastante intensidad. Él apartó los ojos rápidamente cuando lo sorprendió, el rojo teñía sus pómulos.
—¿Le importaría que nos encontrásemos mañana en otro lugar que no fueran sus aposentos, Inuyasha-sama? —se atrevió a preguntar la miko—. ¿Tal vez en algún lugar exterior? Ahora que no tenemos que molestarnos con tales pretensiones y eso…
—Como quieras —resopló el hanyou, mirando fijamente la pared.
—Bien —respondió Kagome—. Escoja un lugar que le guste y envíe a un sirviente para que me lo diga, ¿de acuerdo? Hasta entonces, Inuyasha-sama.
Inuyasha gruñó en respuesta, obligándose a mantener sus ojos en la pared mientras la oía salir trotando de la sala. Ciertamente sonaba complacida consigo misma. El hanyou frunció el ceño, preguntándose cómo podía estar tan animada.
Se sintió inexplicablemente desequilibrado, pero al menos su estómago había dejado de patalear. Tendría que ver de escoger otro cocinero que le preparase sus comidas.
Asintiendo para sí, Inuyasha se levantó para recoger el documento que había estado analizando antes de su interrupción. Mientras sus ojos inspeccionaban las páginas mirando sin ver, intentó recordar la última vez que alguien había hecho algo por él simplemente porque quisiera.
Apenas podía recordar una sola ocasión. Los ojos grises y honestos de Kagome parecieron atravesarlo una vez más y su corazón volvió a rebelarse extrañamente en su pecho.
El hanyou gruñó profundamente. Ahora también tenía acidez. Tomó nota mental de buscar sí o sí a un nuevo cocinero.
Nota de la traductora: ¡Por fin he terminado con este capítulo! Si no me equivoco, ha sido el más largo hasta la fecha y con la dificultad añadida de adaptar poesía.
Mientras os dejo el nuevo capítulo, me paso ahora a contestar todos los reviews que me habéis dejado, ¡de verdad que no podéis hacerme más feliz con ellos! ¡Muchísimas gracias!
El siguiente lo publicaré el 10 de julio.
¡Espero vuestros comentarios!
