Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Nota de la autora: Nuestra pequeña lección de historia de hoy:
Sode: también se puede traducir como «manga», pero en la ocasión en la que la uso se refiere a las hombreras de una armadura japonesa. Tened en cuenta también que la armadura japonesa consistía en su mayoría en cuero pesado en lugar de metal, como ocurre con la armadura de un caballero.
Esto permitía más amplitud y rapidez de movimiento, con enchapados metálicos ligeros en hombros, pecho y muslos. Una armadura completa de batalla consistía en más metal y un casco, pero por lo que respecta a la armadura de un guardia de la corte, era relativamente ligera.
Edad casadera: aunque la idea pueda ofender nuestras sensibilidades modernas, las mujeres de la época Heian podían casarse tan pronto como a los 13 años. Lo más común era que se casasen alrededor de la edad de 16 años, aunque hay siempre excepciones aquí y allá. Los hombres, por otro lado, normalmente se casaban en la veintena o en la treintena, sino más tarde.
Wakizashi: una espada japonesa. Más ligera y corta que una katana tradicional. Sango lleva una (aunque rara vez la usa) en la serie.
Capítulo 11: De confianza y los Taira
Después de su reunión con el hanyou, Kagome decidió que era hora de hacerles una visita a Miroku y a Sango. Extrañamente eufórica, consiguió apenas mantener su paso adecuadamente sosegado mientras abandonaba los confines del Dairi y se encaminaba hacia la residencia de Sango.
Empezó a nevar ligeramente mientras iba de camino, los copos dispersos caían lentamente del oscurecido cielo para espolvorear los caminos y los tejados de los edificios. Kagome se deleitó con ello, amando la sensación nítida y limpia que el aire siempre parecía adoptar cuando nevaba.
Por desgracia, también había atraído a varios grupos de mujeres de la corte, que admiraban el suave flotar de los copos mientras se paseaban por debajo de sus ligeros parasoles de papel. Kagome se esforzó al máximo por evitar esos grupos, aunque con poco éxito.
Cada vez que resultaba interponerse en el camino de las mujeres, ellas se quedaban paralizadas, como si estuvieran viendo un espíritu errante emergiendo de la ligera caída de la nieve. La observaban con ojos pintados que estaban a la vez escépticos y casi asombrados.
Lentamente, muy lentamente y con incertidumbre, le hacían la más ligera de las reverencias. Kagome correspondía al gesto sin decir una palabra, aunque estaba bastante desconcertada en cuanto a si era o no apropiado que ella les hiciera una reverencia.
Volvía a ponerse en marcha apresuradamente, los susurros conspiradores rechinaban en el aire tras ella. Aun así estaba complacida, a pesar de la desconcertante naturaleza del nuevo comportamiento de las mujeres. Que se inclinaran, que la sopesaran con ojos tan atentos, significaba que al menos estaban pensando seriamente en todo lo que había hecho. Sin duda una buena señal.
Aun así, se decidió a ser precavida durante un tiempo. Los sentimientos que expresaban ante ella podían muy bien no ser los mismos que sentían en la privacidad de sus propios círculos. La corriente de opinión era, como había aprendido por el escándalo del rumor, voluble y fácilmente reversible.
Finalmente llegó a la residencia Tachibana. Se le permitió inmediatamente la entrada, a pesar de la falta de invitación. Un sirviente la condujo a los aposentos traseros de la residencia, donde Sango estaba sentada con la prima que Kagome había conocido en la excursión con las mujeres de la corte.
Ambas, para sorpresa de Kagome al entrar, estaban puliendo armas. Era una escena un poco absurda: dos mujeres vestidas con atuendos tan finos y ornamentos elegantes con armas descomunales en sus regazos.
A pesar de su alegría por poder volver a ver a Sango, Kagome estaba ligeramente decepcionada. Con la prima presente, era imposible que pudiera hablar libremente. Aun así, les dirigió una sonrisa y le dio un abrazo a Sango amigablemente cuando la mujer se levantó para saludarla.
Durante un tiempo, las tres se sentaron y charlaron ociosamente de esto y lo otro mientras las dos taiji-ya continuaban con su trabajo. Bordearon el tema de la reunión de la corte y de la visión de Kagome con tacto por todas las partes, ninguna de ellas sabía muy bien cómo abordar el tema en los confines de tal compañía. Aun así, Sango se las arregló para dirigirle a Kagome unas miradas que le dijeron claramente a la miko que encontrarían tiempo más tarde para discutirlo.
Finalmente, Sango se levantó, colocando el pesado y reluciente Hiraikotsu en la pared junto con el resto de las armas del clan con una facilidad que era sorprendente de contemplar en una figura tan delgada. Se marchó por un instante para indicarle a un sirviente que trajera té y que convocara al houshi de su residencia, ya que asumía que a él también le gustaría ver otra vez a Kagome.
Llegó justo después de que sirvieran el té y los cuatro perdieron el tiempo el resto de la mañana y toda la tarde con buena comida y relajada conversación. Kagome disfrutó del tiempo, a pesar de no ser capaz de agradecerles a Miroku y a Sango su parte en la resolución del rumor o de hablarles de la visión. La prima de Sango demostró ser una mujer bastante sensata y honesta, y a la miko le resultó agradable dejar que su mente se relajase por un tiempo.
Cuando la tarde empezó a tornarse en la noche, tuvo que pedir que la disculparan. Tenía que organizar unas cosas antes de su reunión con el Tennō a la mañana siguiente. Permitieron que se fuera a regañadientes, con palabras amables y la promesa de volverse a encontrar. Miroku y Sango la llevaron aparte momentáneamente para prometer que encontrarían el momento para hablar más íntimamente más adelante.
Regresó al Dairi después de algunos encuentros incómodos más con cortesanos que paseaban por la nieve. Durante un tiempo se detuvo en los confines de los muros del Dairi para admirar la ligera capa de nieve que ahora yacía en un fino manto sobre la tierra.
El mundo siempre parecía extenderse eternamente cuando estaba cubierto con ese blanco y más que nunca sintió que podía entender la unidad de las cosas durante esos momentos. Arrastró los pies ligeramente para dejar un rastro mientras avanzaba, marcando su pequeño lugar en el gran plan de las cosas.
Finalmente, con los dedos de las manos y de los pies entumecidos en las puntas, llegó a la residencia de Kikyou y regresó a su nuevo cuarto en ella. Se preguntó de pasada si tal vez debería ir a ver a la futura Emperatriz para que pudiera aclarar su nueva situación con ella, pero dudó, insegura de si de verdad estaba lista para enfrentarse a la imponente mujer.
Ciertamente, la futura Emperatriz había parecido aceptar su visión sin objeciones durante la excursión de las mujeres e incluso había sido una de las principales razones por las que la visión había sido un éxito. Aun así, Kagome entendía bastante bien lo aguda que era una mujer como Kikyou y todavía no tenía la seguridad de poder enfrentarse a esos inflexibles ojos castaños sin vacilar.
Al final, simplemente regresó a su nueva habitación en la residencia, decidiendo que era mejor que esa reunión pasara cuando tuviera que pasar. Con suerte, para entonces su posición sería más firme en lo que respectaba a las reacciones en la corte.
En la seguridad y privacidad de su nueva y lujosa habitación, sacó las listas que había compilado mientras estaba en aislamiento. Salió fuera por un momento para pedirle a un sirviente que le trajera pincel y tinta antes de volver a organizar los papeles y a revisar lo que había escrito.
Cuando el sirviente trajo los materiales solicitados, empezó a hacer unas notas aquí y allá, solo pequeñas cosas que había percibido o recordado desde que había escrito la lista. Finalmente hizo a un lado su trabajo para que la tinta se secase un rato, interceptando a otro sirviente para solicitar que le trajeran la cena.
Sonrió para sus adentros mientras tomaba la comida en silencio. Seguro que Inuyasha le reconocería tales esfuerzos, incluso si todavía estaba un poco molesto por la visión. Apenas podía esperar para mostrarle todo el duro trabajo que había hecho.
Cuando terminó la comida, devolvió la bandeja y los platos al sirviente antes de volver para reorganizar sus papeles secos. Los dobló y los guardó con cuidado debajo de su almohada.
Una sirvienta vino para prepararla para irse a dormir cuando terminó y Kagome se dio cuenta de repente de que había conseguido consumir todo el día. También le sorprendió la sirvienta y le preguntó quién la había enviado.
La mujer pareció desconcertada por un momento antes de responder que no la había enviado nadie. Era apropiado, dijo, que alguien de su posición debiera ser preparada siempre por asistentes. La única razón por la que no la habían vestido aquella misma mañana se debía a que se había levantado y se había marchado temprano por su cuenta.
Tras eso, se sometió en silencio a las atenciones de la mujer mientras la vestía, le peinaba su melena y le lavaba la cara y las manos. La perspectiva de que las sirvientas la prepararan cada mañana y cada noche no era particularmente atrayente, aunque suponía que debería alegrarse de que la trataran con tal honor.
Aun así, parecía un poco problemático. Tomó nota mental de preguntarle a Inuyasha si había una forma de librarse de ello.
Le dio las gracias a la mujer y le dio las buenas noches cuando terminó su tarea y se marchó. Tras apagar varios farolillos esparcidos por la habitación, Kagome se metió en su futón. Se puso de lado para observar la nieve bailando justo fuera de una de las altas ventanas de su habitación, sonriendo distraídamente mientras reflexionaba sobre lo que estaba por venir a la mañana siguiente.
Al fin las cosas parecían estar yendo en la dirección que había esperado. No pudo evitar pensar que pronto Inuyasha y ella serían capaces de empezar a arreglar las cosas de verdad.
Lo último que hizo fue preguntarse dónde decidiría Inuyasha encontrarse con ella exactamente antes de deslizarse en un pacífico sueño ligero.
Una sirvienta la despertó a la mañana siguiente cuando el sol estaba empezando a ascender en el cielo. La informó de que un sirviente del Tennō estaba esperando a que se preparara para poder llevarla a encontrarse con Su Majestad.
Kagome se levantó y se sometió una vez más a las atenciones de una sirvienta, solicitando únicamente que se le permitiera ponerse la ropa de miko en lugar de un juni-hito. La sirvienta no cuestionó esto y a Kagome le alegró darse cuenta de que su nueva posición como espiritista de la corte le permitiría salirse con la suya y portar ropa de miko mucho más a menudo. Era un alivio saber que podría evitar la maldita restricción de un juni-hito por un tiempo.
Rechazó el desayuno cuando se lo ofrecieron, no tenía mucha hambre y no quería que Inuyasha la esperase demasiado tiempo. Guardó los papeles en la parte delantera de su traje y salió hacia la puerta de la residencia, donde le dijeron que la esperaba un sirviente de él.
Para su sorpresa, se encontró allí a Hojo Akitoki jugueteando ansiosamente con la sode de su armadura ligera de guardia. Levantó la mirada cuando ella llegó, su rostro se sonrojó alegremente antes de inclinarse en una torpe reverencia.
—Buenos días, Kagome-sama.
—Buenos días, Akitoki-sama —dijo Kagome, inclinándose en respuesta—. Me disculpo por hacerle esperar. ¿Usted es al que ha enviado el Tennō-sama para venir a buscarme?
El rosa tiñó las puntas de las orejas del joven guardia, su expresión se tornó aún más tímida. Le dirigió una pequeña sonrisa tímida.
—En realidad, no —respondió tímidamente—. Su Majestad había asignado a un guardia diferente, la verdad, pero ese guardia estaba hablando de ello durante nuestro turno de anoche y le pedí si podía hacerlo yo en su lugar. Yo… bueno, quería verla.
Consiguió levantar la cabeza para mirarla a los ojos, su expresión agudamente avergonzada pero curiosamente sincera. Kagome vaciló, segura de que estaba ocurriendo algo importante, pero sin estar segura de qué era exactamente. Optó por la explicación más sensata tras un instante.
—Quería ver cómo estaba tras el incidente de la corte, ¿verdad? —dijo, ofreciéndole una sonrisa—. Gracias, Akitoki-sama. Es usted muy amable.
La expresión de Akitoki se desvaneció ligeramente, aunque consiguió aun así sonreír débilmente. El joven guardia no era alguien al que pudieran apartar fácilmente del camino que había elegido.
—No hay de qué, Kagome-sama —dijo—. Después de todo, me gustaría que pudiera confiar más en mí. ¿Vamos, entonces? Su Majestad desea reunirse con usted en uno de sus jardines personales junto al borde de la puerta Kenreimon.
—Ah, sí. No debería hacer esperar mucho al Tennō-sama. Guíeme, por favor.
Akitoki hizo una ligera reverencia y se encaminó en la dirección general del Jijūden, con Kagome a su lado. Le lanzaba miradas tímidas mientras avanzaban, admirando la fineza de sus rasgos a la luz de la temprana mañana.
—¿No está cansado, Akitoki-sama? —preguntó Kagome mientras caminaban—. Dijo que tuvo guardia anoche y luego se ha levantado muy temprano solo para venir a buscarme esta mañana. Lamento de verdad ser tal carga.
—Levantarse temprano y permanecer despierto hasta tarde por la noche son cosas a las que estoy acostumbrado como guardia, Kagome-sama. Y no es como si usted me hubiera pedido que me tomase estas molestias —dijo Akitoki afablemente—. Quería hacer algo por usted. Incluso si estuviera cansado, me levantaría temprano de buen grado para verla.
Kagome se rio ligeramente, cubriendo su incertidumbre. Ahí volvía a estar la irritante sensación de que no estaba captando bien algo importante. Y la expresión de sus ojos, esa suerte de concentración devota, le resultaba de alguna forma familiar. Se esforzó por recordar dónde la había visto antes.
—De verdad, es muy amable conmigo, Akitoki-sama —dijo finalmente—. Una pregunta, ¿cuánto tiempo lleva trabajando al servicio de Su Majestad?
—Oh, he estado trabajando como guardia imperial desde que tenía quince años, aunque he estado entrenando desde que tenía unos trece —respondió Akitoki—. Como soy un segundo hijo y, además, el hijo de un clan menor, tengo que trabajar para tener mi lugar en esta corte.
—No es poca cosa —dijo Kagome con admiración—. Todo ese trabajo duro, me refiero. ¿Y dice que desde que tenía quince años? ¿Cuántos años tiene ahora, Akitoki-sama? De algún modo pensaba que estábamos más cerca en edad.
—Cumpliré veintiuno la próxima estación, Kagome-sama. Mis padres… están empezando a animarme a buscar esposa —se atrevió a decir el guardia, con bastante atrevimiento en opinión de él.
—¿Ah, sí? —preguntó Kagome, silenciosamente sorprendida por la diferencia de edad entre ellos—. Kaede-sama siempre me dijo que los hombres de la corte normalmente no consideraban casarse hasta que llegaban a la treintena. ¿Supongo que es diferente para un segundo hijo, entonces?
—… Sí, Kagome-sama —contestó Akitoki, decepcionado porque no hubiera ni parpadeado para reconocer la insinuación.
Estaban ahora a una cierta distancia del Jijūden, habían rodeado el edificio para ir hacia la parte de atrás. Parecía casi como si estuvieran entrando en un bosque velado de nieve, si no fuera por la naturaleza ordenada del follaje. De hecho, era una serie de amplios jardines hechos y cuidados especialmente para el uso del Tennō y de sus consortes.
Akitoki se estrujó las neuronas para ver cómo podía recuperarse mientras caminaban bajo las ramas de los árboles en la zona exterior del jardín. Se había decidido en el tiempo que habían estado separados y se negaba a rendirse hasta haber dejado claras sus intenciones.
—¿Sabe, Kagome-sama? —volvió a intentarlo, tragándose su vergüenza a la fuerza—. Tengo a una chica en mente.
—¿Para que sea su esposa, se refiere? —preguntó Kagome, aunque su concentración había vagado hasta la belleza de los árboles que los rodeaban.
—Sí —contestó Akitoki, sintiendo que su rostro se calentaba aún más a pesar del aire frío.
—Debe de ser una dama de la corte encantadora, entonces —comentó Kagome, dirigiéndole una sonrisa al guardia.
—E-Es ciertamente encantadora —balbuceó Akitoki—, aunque en cuanto a lo de que sea una dama de la corte…
Se interrumpió, dejándole espacio para que ella rellenase el resto. Se lo quedó mirando por un largo momento mientras caminaban, con un ligero frunce arrugando su frente. Akitoki contuvo el aliento ansiosamente, esperando a que llegase a la conclusión lógica.
—Akitoki-sama… por casualidad, usted… —dijo Kagome lentamente, uniéndolo todo—. ¿Quiere decir que se ha enamorado de una de las sirvientas?
El guardia casi se cayó de espaldas. Pero ella lo estaba mirando con mucha seriedad. Sintió una afilada y rápida punzada de desesperación. ¿Tan lejos estaba del rango de sus intereses románticos?
Pero tal vez solo era muy modesta. Eso era, se dijo. Simplemente tendría que decírselo directamente. Se detuvo en seco, dirigiéndole una ardiente y resuelta mirada. Ella también se detuvo, con la cabeza ladeada en gesto interrogante.
—K-Kagome-sama —dijo con la máxima seriedad posible y la mirada de ella se tornó en una de preocupación—, sé que es terriblemente atrevido y presuntuoso por mi parte decirlo, sin embargo, mis sentimientos…
—¡Oye, Kagome! ¡Sé que estás ahí! ¡Para de retrasarte y apura de una vez!
Los dos dieron un respingo ante la voz que resonaba desde más allá de la cercana fila de árboles. Akitoki le dirigió una mirada anonadada y Kagome casi se retrajo. Maldijo en silencio al hanyou por su completa falta de sensatez.
—Kagome-sama, ¿ese no es… el Ten…?
—¡Mis disculpas, Akitoki-sama! —le interrumpió Kagome apresuradamente—. De verdad, debería irme. Iré a visitarlo más tarde, ¿de acuerdo? ¡Muchas gracias por la escolta!
Le ofreció una rápida reverencia antes de salir corriendo, dejando al boquiabierto guardia para cavilar las cosas por su cuenta.
Al correr más allá de la fila de árboles, Kagome se encontró con algo sólido y se cayó bruscamente sobre su trasero. Se quedó sentada, parpadeando por un momento, aturdida ante el repentino impacto. Mientras sus ojos se volvían a enfocar, vio el muro rojo contra el que había chocado cerniéndose ante ella.
Aunque no era tanto un muro como un soberano bastante encolerizado que la miraba con furia. Por un momento, Kagome se vio tentada a retirarse ante la descarada cólera que estaba escrita por sus facciones, pero reaccionó rápidamente y le devolvió la mirada furiosa. Era él el que había gritado como un rufián delante de uno de los guardias que se suponía que debía reverenciarlo y respetarlo.
—¿Quién diablos era ese? —gruñó el hanyou amenazadoramente.
—Obviamente, era uno de sus guardias, Inuyasha-sama —contestó Kagome astutamente.
—¡No fue a él al que envié a buscarte!
—Akitoki-sama cambió sus tareas con otro guardia porque quería ver cómo estaba yo.
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera pararse a pensar bien en ellas. Hizo una pequeña mueca cuando la expresión de Inuyasha se oscureció aún más, dándose cuenta de que esa información bien podía meter al joven guardia en problemas.
—Ha ido en contra mis órdenes directas, ¿eh?
—En contra, no, en realidad, Inuyasha-sama, solo…
—Haré que lo degraden —declaró el hanyou amenazadoramente.
—¿Qué? ¡No, Inuyasha-sama! ¡No puede hacer eso! ¡Akitoki-sama me trajo aquí, tal como usted quería! ¡En realidad no hay ninguna razón para enfadarse! —rogó Kagome, frustrada.
—¡Me ha desobedecido! ¿Quieres que me quede aquí sentado y que aguante como un idiota que mis súbditos me desobedezcan?
Ella se mordió la lengua, desconcertada. Tenía razón. A pesar de la pureza de sus intenciones, Akitoki-sama había desobedecido en cierto sentido al Tennō. Bajó los ojos, rindiéndose por el momento.
—Me disculpo, Inuyasha-sama, pero por favor, no castigue a Akitoki-sama. Solo estaba preocupado por mí.
—… No debería sorprenderme que defiendas a tu nuevo amante, ¿eh? —dijo Inuyasha amenazadoramente, de alguna forma estaba más irritado que nunca a pesar de su sumisión.
Por supuesto que iba a estar irritado, razonó. Era asqueroso verse obligado a escuchar a los dos idiotas admirarse el uno al otro.
Bueno, tal vez no se había visto obligado, pero con sus oídos difícilmente podía evitarlo. ¡Y cualquiera habría estado cabreado por tener que oír al idiota balbuceante y vergonzoso del guardia babeando por ella!
—¿Amante? —repitió Kagome, dirigiéndole una mirada de desconcierto.
—No te hagas la tonta, mujer —soltó—. ¡Pude oíros adulándoos el uno al otro como un par de auténticos idiotas!
—Nadie estaba adulando a nadie, Inuyasha-sama —replicó Kagome, ignorando por el momento la obvia pregunta de exactamente cuánto tiempo les había estado escuchando—. Akitoki-sama y yo solamente estábamos hablando. Nos hicimos amigos durante el tiempo que estuve en aislamiento.
—¡De ahí es de donde conozco al bastardo! —exclamó Inuyasha, recordando de repente—. ¡Él fue el que vino y me pidió ser tu guardia! ¿Así que estuvisteis muy juntitos todo el tiempo, entonces? Se suponía que estabas en aislamiento, ¡no intimando con mis jodidos guardias!
—Bueno, ¡teniendo en cuenta que no es que pueda meditar todo el día, a todas horas, durante toda una semana, no veo qué más debía hacer! —replicó Kagome acaloradamente—. ¡Fue usted, Inuyasha-sama, el que me tiró en aquella habitación durante una semana casi sin explicación! ¡Es natural que fuera a hablar con las pocas personas que había disponibles! ¡Y Akitoki-sama y yo no estábamos «juntitos»! ¡No es eso en absoluto! ¡Está malinterpretando completamente las cosas!
—¡Vaya si es así! —ladró el hanyou en respuesta—. ¡No soy estúpido, Kagome! ¡El jodido idiota estaba a punto de declararse!
—… ¿Declararse? —dijo Kagome, su confusión amortiguó su cólera por un momento.
—¡Declararse, estúpida! Decirte que pretende… rondarte —soltó Inuyasha como si la palabra dejara un sabor desagradable en su boca.
Kagome frunció el ceño, repitiendo su conversación con el guardia de nuevo en su cabeza. De repente algo pareció encajar. La extrema timidez de Akitoki, su sonrojo constante, su extraña atención, su repentina mención de encontrar esposa…
—Akitoki-sama no está… interesado en mí, ¿no? —dijo Kagome perpleja, aunque más para sí misma que para el Tennō.
—¿¡Qué diablos piensas que he estado diciendo, tú…!? —explotó Inuyasha.
El hanyou se interrumpió, deteniéndose por un momento. Kagome estaba ahora con la mirada fija en el suelo, su expresión de repente era de desconcierto. El entrecejo fruncido de Inuyasha se tornó en incredulidad.
—… Tú… ¿de verdad no lo sabías? —dijo después de un momento, extinguiéndose una pequeña porción de su ira.
—Pero… Akitoki-sama no podría… —dijo Kagome, todavía luchando contra la idea a pesar del sentido que tenía.
—¡Idiota! Por los siete infiernos, ¡¿cómo pudiste no darte cuenta?! ¡Estaba babeando por ti casi tanto como lo hace ese lobo sarnoso! —la reprendió Inuyasha, aunque sin mucha de su anterior cólera.
—Bueno, discúlpeme, Inuyasha-sama, por no estar acostumbrada a que los hombres me… ronden —murmuró Kagome, profundamente avergonzada por no haberse dado cuenta antes—. Los chicos de mi aldea tendían a evitarme para no acercarse demasiado a mí, después de todo.
Clavó la mirada en el suelo, con las mejillas ardiendo. Ahí era donde había visto antes esa expresión. Kouga la portaba casi todo el tiempo que estaba cerca de ella, o al menos una variante de la misma. Sí que había sido tonta por no darse cuenta.
Y ahora que sí lo hacía, no sabía qué hacer. Akitoki y Kouga eran personas muy diferentes, así que por supuesto que no podía ocuparse de la situación de la misma manera. Akitoki era tan amable que era difícil imaginarse intentando decirle que no estaba interesada. Ah, esto sí que hacía todo incómodo. Y ahí se iba su nuevo amigo…
—Feh. Da igual. Ahora lo sabes —resopló Inuyasha, apisonando una punzada de curiosidad ante la mención de su vida en la aldea mientras su ira prácticamente se desvanecía—. Venga. Tenemos mucho de lo que hablar.
Con una mano, se estiró y la levantó por la parte de atrás de su traje. Kagome frunció el ceño ante el brusco trato, pero se contuvo de hacer comentarios. Se detuvo cuando Inuyasha finalmente salió de su rango de visión, observando finalmente la zona que había escogido para su encuentro.
Era sorprendentemente hermosa. Difícilmente era un lugar que se hubiera esperado que escogiera. Era una plataforma diminuta cubierta de nieve, una ligera pendiente de terreno, y miraba desde arriba a un estanque vasto y oscuro. Los nenúfares y los copos de nieve punteaban la superficie del agua aquí y allá, meciéndose suavemente. Los árboles cubiertos de nieve rodeaban el pequeño claro y el estanque hasta donde le llegaba la vista.
Habían extendido un par de capas de manteles de seda encima de la plataforma para que se sentasen. Un parasol de papel ornamentado y enorme estaba colocado en el suelo junto a los manteles, impidiendo que se cubrieran de nieve.
Kagome volvió a dirigir los ojos hacia el hanyou que estaba a su lado con curiosidad. De alguna forma no podía evitar la sensación de que había escogido el lugar especialmente para beneficio de ella. Él vio su mirada y le contestó con un ceño fruncido.
—¿Qué? ¿Tienes algún problema? Fuiste tú la que insistió en hacer esto en otro sitio que no fuera en mis aposentos —dijo a la defensiva, con un tenue sonrojo cubriendo sus pómulos.
—No hay ningún problema, Inuyasha-sama. Es un lugar encantador —respondió Kagome, una leve sonrisa bailaba en las comisuras de sus labios.
Su obvia cautela cuando ella había hecho tan poco para merecerla no hacía más que confirmar sus sospechas. Sintió un pequeño aleteo de deleite atravesándole el vientre al pensarlo.
—Feh —resopló Inuyasha, pasando por su lado y subiendo la cuesta para tirarse con bastante poca elegancia sobre los manteles.
Kagome contuvo una risita y siguió su ejemplo. Se arrodilló sobre el mantel, estremeciéndose ligeramente al sentir el suelo helado bajo las finas capas. La miko se tomó un momento para disfrutar de la vista de los alrededores que le permitía su posición sobre la plataforma antes de girarse hacia el Tennō.
—¿Qué tal fue la reunión del Consejo? —preguntó, empezando con lo más importante que tenía en mente.
El hanyou resopló, su mirada estaba sobre las aguas que se ondulaban suavemente en el estanque. Negó con la cabeza, la curva de sus labios adoptó un matiz de incredulidad.
—La reunión más jodidamente extraña en la que he estado —contestó—. Estuvieron callados. Todos ellos, todo el jodido tiempo. Simplemente… escucharon.
—… ¿No se supone que eso es lo que tienen que hacer, Inuyasha-sama? —se atrevió a preguntar Kagome.
—¿Esa panda de viejos bastardos arrugados? Por los siete infiernos, ni de broma —se burló Inuyasha—. Siempre están intentando algo. Usando su poder para presionarme para que delegue fondos para incrementar sus ejércitos personales, para expandir sus propiedades, para darles más control sobre las importaciones y las exportaciones, para darles más autoridad sobre los plebeyos. ¡Nunca se termina con ellos, joder!
—¿Pero esta vez no? —aportó Kagome.
—Sí, esta vez no. Todos estaban allí sentados con una expresiones idiotas en las caras, como si los kami los fueran a fulminar en cuanto abriesen sus bocazas.
—Ah… Bueno, ¿qué les dijo mientras tenía su atención, entonces?
—Les dije que iba a transferirte a ti todo el poder de una espiritista oficial de la corte y que ibas a trabajar directamente para mí a partir de ahora. Incluso entonces los bastardos apenas se inmutaron.
Kagome se quedó quieta, con los ojos abriéndose como platos. No era como si no hubiera sabido esto hasta cierto punto, pero lo había dicho muy informalmente. Era desconcertante.
—¿No cree que es demasiado que darme, Inuyasha-sama? Es decir, esto y colocarme en la tarima junto a Kikyou-sama… —se interrumpió con incomodidad.
—Fuiste tú la que luchó por ello, Kagome. ¿Vas a echarte atrás ahora que lo has conseguido? —respondió el hanyou, desafiante.
—No, Inuyasha-sama, claro que no. Estoy contenta, de verdad. Es solo que… ¿no es mucho de golpe? No es un salto pequeño el pasar de ser una plebeya entre nobles a ser una espiritista de la corte al servicio directo del Tennō-sama —dijo Kagome en voz baja.
—Como he dicho, luchaste por ello. Eso es algo que tengo que respetar. Así que, ¿qué te parece si te callas y das las gracias por una vez? —resopló Inuyasha.
Kagome se quedó callada, desconcertada y sin saber cómo responder. Esto era lo que había esperado. Estaba dispuesto a confiarle esto. Tampoco era una confianza pequeña. Y con la vaga idea que tenía ella de su historia con la gente, todavía lo hacía más significativo. A Kagome se le calentó el corazón al pensarlo e inclinó la cabeza para ocultar una sumisa expresión que sabía que probablemente le ganaría el escarnio de Inuyasha.
—Gracias, Inuyasha-sama. Lo haré lo mejor que pueda —fue todo lo que consiguió decir, sumisa y sincera.
—Feh. Ya lo sé —respondió el hanyou, su tono era ligeramente menos áspero de lo habitual—. ¿Y bien?
—… Y bien, ¿qué, Inuyasha-sama?
—No me has hecho venir aquí para preguntar sobre la reunión del Consejo y nada más, ¿no? —dijo Inuyasha—. Asumo que tienes algo que decir al respecto. Así que escúpelo.
—Ah, cierto —dijo Kagome, obligando a su mente a volver al asunto que tenía entre manos—. Bueno, después de lo que acaba de contarme… Mmm. No puedo afirmar saber mucho sobre el funcionamiento del Consejo, además de lo poco que me contó Kaede-sama, pero me parece que ahora sería un buen momento para tantear el terreno.
—¿Tantear el terreno? —repitió Inuyasha, arqueando una ceja.
—Es decir… ¿cómo explicarlo? —masculló Kagome, mordiéndose el labio inferior pensativamente—. Ver cuánto terreno hemos ganado, supongo. Ver lo lejos que están dispuestos a doblegarse ante usted ahora. Antes dijo que son poco cooperativos. Supongo que quiero poder juzgar lo bien que ha resultado todo y parece que el Consejo puede ser la mejor muestra.
—… Sí —contestó Inuyasha tras considerarlo un momento.
—Entonces ¿tiene alguna idea de lo que podemos hacer exactamente para ponerlos a prueba? Aunque supongo que el que hayan aceptado mi nombramiento oficial para la posición de espiritista es un punto sólido por el que empezar —reflexionó Kagome pensativamente.
—Ya sé qué hacer —dijo el hanyou amenazadoramente, con una oscura satisfacción burbujeando justo debajo de las palabras mientras su frunce se curvaba con malicia en los extremos—. Coaccionaré a los malditos bastardos de la misma forma en la que me han estado coaccionando desde mi jodido ascenso.
—¿Coaccionar? —preguntó Kagome.
—Sí, coaccionar. Obligar a hacer algo a la fuerza —dijo, aunque el brillo diabólico de sus ojos dorados decía claramente que su mente seguía ocupada con la idea de al fin vencer al Consejo.
—¿A qué clase de cosas «obligan»? —preguntó Kagome.
Inuyasha le lanzó una mirada mordaz ante la nueva interrupción de sus cavilaciones vengativas. Kagome frunció el ceño en respuesta y le dirigió una mirada severa, negándose a disculparse por su falta de conocimiento.
—Obligan a aprobar financiaciones que se acomoden a sus propósitos, a que se les conceda el incremento de tamaño de sus ejércitos personales, a tener más control sobre las rutas comerciales, sobre la publicación de leyes y decretos. —El hanyou contaba cada cosa con un dedo filoso—. Toda esa mierda. Así es cómo socavan el poder del Tennō. Sacan toda la autoridad de la posición y yo solo me convierto en un mero testaferro, fácil de quitar de en medio.
—¿Y llevan trabajando en esto desde su ascenso de hace un año? —reflexionó Kagome—. ¿Cuánto han podido arrebatarle?
—Un jodido trozo —admitió el hanyou amargamente—. La amenaza de un ejército que pueda hacerme caso o no y unos clanes a medias respaldándome difícilmente ralentiza a esos gilipollas en lo más mínimo.
—Entonces solo están esperando el momento —dijo Kagome en voz baja, hablando en alto principalmente para sí mientras ataba cabos—. Robándole poder poco a poco mientras sus clanes se recuperan de la guerra por el trono. Así será fácil destituirle una vez que uno de los clanes recupere la fuerza suficiente para oponerse a sus simpatizantes con alguna certeza. Entonces tomarán el trono sin mucho que se lo impida, ya en posesión de la autoridad del Tennō. Solo están esperando por eso…
Se interrumpió, la recorrió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del aire. De alguna forma, su posición siempre parecía ser un poco peor de lo que había pensado. Se preguntó si incluso su visión no sería más que una ligera disuasión contra una fuerza tan decidida.
Inuyasha observó la progresión de sus pensamientos en su rostro por el rabillo del ojo. Era verdaderamente fácil de leer, un ligero horror se asentó sobre sus facciones cuando llegó a la conclusión lógica. Era algo desagradable de ver en su rostro.
—Obligaré a que acepten un decreto para recortar a la mitad sus ejércitos personales, entonces —dijo el hanyou, satisfecho al ver que la expresión desaparecía mientras sus ojos se movían hacia él.
—¿Qué?
—Para la prueba, niña —continuó Inuyasha—. Les obligaré a que recorten el número de soldados personales que se les permite tener.
Kagome frunció el ceño, sopesando esto por un largo momento. Ciertamente sería una prueba de su influencia, pero…
—Tal vez debería empezar con algo más pequeño, Inuyasha-sama —sugirió finalmente.
—¿Un recorte más pequeño de sus efectivos?
—No, es que… me parece que el arrebatarles poder militar es contra lo que más se resistirían —explicó—. Incluso si se vieran inclinados a obedecerle en este momento, no creo que pudieran aceptar algo tan drástico inmediatamente.
—Feh. No es más de lo que se merecen esos bastardos —resopló Inuyasha, reacio a renunciar a la idea de las caras de los viejos mientras les decía que les iba a quitar soldados.
Eso sí que sería algo por lo que valdría la pena asistir a una reunión del Consejo. Inuyasha se rio entre dientes y amenazadoramente para sus adentros.
—Sé que ansía vengarse de ellos —suspiró Kagome, captando de nuevo el brillo vengativo en sus ojos—, pero a usted le quitaron el poder poco a poco, ¿verdad? Creo que deberíamos hacer lo mismo, evitando causar cualquier problema, a ser posible.
—Te refieres a la forma en la que «evitaste problemas» con tu treta de la visión —apuntó Inuyasha, con un poco de amargura por ver su plan arruinado—. ¿Qué deberíamos hacer, entonces?
Kagome frunció el ceño ante el pequeño desaire, pero escogió ignorarlo. Se tomó un momento para revisar varias ideas, aunque ya medio sabía lo que quería hacer.
—Bueno —dudó, dándose cuenta de que no había una auténtica forma de decirlo sin resultar interesada—, sí tengo una idea que creo que sería adecuada. Ciertamente es lo suficientemente menor, aunque aun así demostraría ser útil como pequeña prueba de poder…
—Escúpelo de una vez, Kagome.
—Yo… quiero enviar fondos a las aldeas de mi zona que fueron destruidas por los ataques de los youkai —dijo Kagome apresuradamente—. ¡No tiene por qué ser a mi aldea! Pero muchas de las demás aldeas recibieron un duro golpe y…
—¿Por qué te pones nerviosa, niña? —preguntó el hanyou, observándola mientras ella se movía con inquietud.
—Yo… no quiero que piense que tengo intenciones ocultas —dijo Kagome en voz baja, mirándolo—. Como los miembros del Consejo, me refiero. De verdad que no es así. Solo quiero…
—Quieres ayudar a esas aldeas tuyas —la interrumpió Inuyasha, terminando por ella—. Eso ya lo sé. Has estado parloteando sobre eso desde el primer día.
—Es que no quiero que piense otra vez que estoy actuando como ellos —admitió Kagome, frunciendo el ceño.
Sí que parecía que se había ganado su confianza, pero era tan nueva que era bastante precaria. Si volvía a sospechar que estaba actuando como una cortesana deshonesta, indudablemente perdería la confianza por la que había trabajado tanto para ganarse.
—Idiota. Te di un lugar en la tarima, ¿no? —dijo el hanyou bruscamente—. Quiero decir que ya lo he entendido. Ellos y tú sois como dos razas diferentes.
—Pero…
—El plan de la visión me tomó por sorpresa —interrumpió Inuyasha—. No me esperaba esa clase de cosa de ti. Pero ahora lo entiendo. No querías el poder para ti. No le hiciste daño a nadie. Eres… diferente, Kagome. No cometeré el error de juntarte con ellos otra vez. Así que para de lloriquear.
Era cierto. La reunión del día anterior le había hecho darse cuenta con bastante claridad de que no podía tenerla como a una humana, o cortesana, o incluso una mujer cualquiera. Había sentido desde muy al principio que Kagome era una especie de rareza, pero la reunión del día anterior lo había solidificado para él.
—Ah… De acuerdo, entonces —dijo Kagome, con el corazón aleteando de forma extraña en su pecho.
Apoyó una mano contra él, esperando calmarlo un poco. De verdad, no podía permitirse ponerse nerviosa cada vez que ganaba el más mínimo terreno con el Tennō. Era impropio del papel que se suponía que tenía que interpretar.
—Ahora que hemos sacado esa mierda de en medio —dijo Inuyasha, recuperando su atención y parando eficazmente el aleteo—. ¿Tenías alguna aldea en concreto en mente?
—Las que fueron atacadas por la plaga de youkai —respondió Kagome—. Había al menos cuatro en la zona de mi aldea que fueron demolidas casi por completo.
—¿Y tienes alguna idea de cuánto necesitarán?
—En lugar de enviar fondos, Inuyasha-sama, pensaba que sería más apropiado enviar suministros —dijo Kagome—. Ya sabe, comida, agua, materiales para reconstruir las casas, tal vez semillas para plantar nuevos cultivos cuando llegue la primavera. Verá, no compramos y vendemos mucho en las aldeas. Los mercaderes rara vez pasan por donde estamos. Saben que no tenemos mucho en términos monetarios, mucho menos excedente de algo con lo que comerciar.
El hanyou la miró por un largo momento, sopesándolo. El bronceado todavía no se había desvanecido por completo de su piel a pesar de la cantidad de tiempo que había pasado en la corte y sus ojos parecieron vagar lejos por un momento. No era difícil ver que estaba pensando en su pequeña aldea y en la vida que había llevado allí.
Volvió a picarle irritantemente la curiosidad. ¿Cómo había sido su vida allí? ¿Cómo había sido ella entonces?
Pero Inuyasha no se atrevía a preguntarle ninguna de esas cosas. Así que simplemente la miró en silencio por un tiempo, como si fuera a descifrar las respuestas por la línea de su perfil.
Tras un rato, Kagome consiguió salir de sus contemplaciones sobre la condición de su aldea y de sus habitantes, no se había dado cuenta siquiera de que se había quedado así. Le dirigió una sonrisa tímida al Tennō, que estaba a su lado, solo para encontrar su mirada fijada atentamente en ella.
Él apartó la mirada rápidamente, frunciendo el ceño ante las aguas que tenían ante ellos. Kagome frunció el ceño inquisitivamente.
—Le diré al Consejo que les vamos a enviar suministros y veré cómo va —declaró bruscamente, el rojo teñía sus pómulos—. ¿Algo más?
—Bueno, había algo —dijo Kagome, presionando una mano contra el pergamino doblado dentro de su traje—, pero creo que necesito un poco más de tiempo para hablar con algunas personas antes de presentárselo a usted. ¿Le importa que nos reunamos mañana otra vez?
—Tendríamos que hacerlo de todas formas —contestó Inuyasha—, para que pueda decirte cómo reacciona el Consejo. Voy a probar con ellos la proposición en la reunión de hoy.
—De acuerdo. ¿Mañana a la misma hora, entonces? —preguntó Kagome, silenciosamente halagada porque su primer instinto fuera ahora hablar de los eventos de la corte con ella.
—Mmm —gruñó el hanyou un asentimiento.
—¿Va a ir ahora a prepararse para la reunión del Consejo? —preguntó Kagome, poniéndose en pie.
—Ahora voy a ir a desayunar —resopló el hanyou—. Tengo un hambre atroz y esos viejos no se merecen que me «prepare».
Kagome arqueó las cejas irónicamente en su dirección, tomando nota mental de empezar al día siguiente también con él las lecciones de protocolo. Ya era hora de que aprendiese a comportarse como un dirigente. O al menos como un ser civilizado e inteligente.
—Me retiraré por hoy, entonces, Inuyasha-sama —dijo Kagome, haciendo una reverencia—. Tengo muchos asuntos que tratar antes de que nos volvamos a reunir.
Inuyasha gruñó su acuerdo, observándola mientras ella se daba la vuelta y empezaba a bajar la pequeña pendiente. De repente se le ocurrió algo y estuvo de pie antes siquiera de que se diera cuenta.
—¡Oye, niña!
Kagome se detuvo, dándose la vuelta para mirar al hanyou.
—¿Sí?
—¿A dónde vas?
Kagome frunció el ceño, confundida.
—Ya se lo he dicho, Inuyasha-sama, voy a prepararme para la reunión de mañana…
—¡Eso no! —la interrumpió—. ¿A dónde vas? ¿A qué lugar?
—A la residencia Tachibana —resopló Kagome, dudando sobre el propósito de la pregunta.
—Ah. Bien, entonces. Vete —dijo Inuyasha despectivamente, dejándose caer y agitando una mano en gesto de despedida en su dirección.
—Inuyasha-sama… —dijo Kagome, frunciendo el ceño amenazadoramente.
—Dijiste que tenías que hacer un montón de mierdas antes de mañana, así que ponte a ello —volvió a interrumpirla Inuyasha, reticente a responder a la pregunta que sabía que seguiría.
Kagome cerró la mandíbula con fuerza sobre una réplica airada, rechinando los dientes de una forma decididamente poco femenina. ¿Tenía que ser siempre tan arbitrario con ella? Con un resoplido, se dio la vuelta y se marchó con fuertes pisadas, preguntándose por qué había estado complacida con algo que pudiera salir de un hombre tan grosero.
Inuyasha la observó marcharse, impenitente. Tenía derecho a saber dónde iba a estar. Y ciertamente tenía derecho a saber si iba a estar deambulando alrededor de aquel estúpido guardia enamorado. Era su derecho como soberano, maldita sea, y ella no tenía ninguna razón para resoplar por ello.
Inuyasha asintió para sí, convencido de su propio razonamiento.
Con un poco de resentimiento, Kagome se abrió rápidamente paso entre los nevados caminos hacia la residencia Tachibana. Se le permitió la entrada sin que le hicieran preguntas y la llevaron a una sala de estar a esperar el regreso de Sango.
La noble no tardó en llegar, aunque estaba bastante despeinada y llevaba puesto su uniforme de taiji-ya cuando llegó. Protestó por atender a una invitada en tal estado y se habría ido a dar un baño si Kagome no le hubiera asegurado firmemente que no le importaba en lo más mínimo.
Sango hizo que les trajeran el té y el desayuno para las dos en la sala de estar, informándole a Kagome de que había estado fuera con su prima, entrenando un poco con las armas. Temía estarse oxidando, dijo, ya que había pasado mucho tiempo desde su última y auténtica misión de campo.
Charlaron distraídamente mientras comían. Cuando hubieron terminado y los sirvientes se llevaron los platos, Sango al fin pudo preguntarle por la razón detrás de la visita de Kagome. La miko sacó inmediatamente de su traje las notas que había tomado, extendiéndolas ante la taiji-ya sobre la mesa.
—Sé que hay un montón de otras cosas de las que todavía tengo que hablar con usted y con Miroku-sama, Sango-sama, pero por ahora me temo que esto tiene que tener prioridad —dijo Kagome, aludiendo ligeramente tanto al escándalo del rumor como a su propio plan de la visión.
Sango estuvo callada por un instante, inspeccionando la lista que Kagome le había tendido. Kagome se sonrojó ligeramente cuando la mayor tuvo que entrecerrar los ojos y acercarse el pergamino más al rostro, deseando haberse esforzado más con las lecciones de escritura que le había impartido Kaede-sama. Finalmente, la noble dejó la lista, devolviendo su atención a la chica.
—¿Estás intentando hacerte una idea de las posturas de los clanes que hay en la corte? —concluyó.
Kagome asintió.
—Quiero saber con quién se puede contar para apoyar al Tennō-sama y con quién… —se interrumpió, incapaz de pensar en una forma discreta de terminar la frase.
—Te refieres a quién tiene que vigilar el Tennō-sama —aportó Sango.
Kagome asintió una vez más, esperando a que continuase.
—Bueno, en cuanto al otro asunto del que tenemos que hablar, supongo que sería mejor esperar a que vuelva el houshi —dijo Sango pensativamente—. Ahora mismo está fuera de la corte haciendo un poco de trabajo de campo. Y yo ciertamente te prestaré toda la ayuda que pueda, Kagome-chan, pero no puedo afirmar estar al tanto de todo lo que pasa en la corte. Después de todo, los árboles no dejan ver el bosque.
—Cualquier ayuda que pueda prestarme es más que suficiente, Sango-sama —le aseguró Kagome con gratitud—. Creo que tengo el concepto más básico de lo que ocurre, pero no tengo el lujo del tiempo para formar una imagen más completa. Pensé que podría ayudarme ahí, ya que se ha criado aquí y sé que puedo confiar en usted para darme la verdad más directa.
Sango sonrió, complacida ante la muestra de fe de su amiga. Kagome al fin parecía estar encontrando su equilibrio allí en la corte y ganando un poco de confianza. Volvió a bajar los ojos a los pergaminos extendidos por la mesa, inspeccionándolos de forma crítica. La mayoría de los grandes clanes parecían estar representados, junto con las observaciones sobre ellos que había hecho Kagome…
—Los Minamoto —contribuyó Sango, tocando los kanji ligeramente con un dedo—. Sé un poco sobre ellos. Tienen una fuerte opinión antiyoukai. La han tenido desde hace generaciones.
—¿Antiyoukai? —repitió Kagome inquisitivamente, alzando las cejas.
—Sí. Aspiran a mantener cualquier sangre que no sea estrictamente humana lejos del trono —contestó la taiji-ya—. Piensan que la sangre youkai es… impura, por así decirlo.
Kagome frunció el ceño, el concepto le resultaba extraño.
—¿Piensan que la sangre youkai es impura? Pero eso no tiene ningún sentido. Los youkai fueron creados por los kami al mismo tiempo que los humanos, de los mismos elementos de la naturaleza. Sirven como contrapeso de los humanos. ¿Cómo podría ser eso impuro?
—Ellos leen la historia de la creación de una forma un poco diferente a la de la mayoría —explicó Sango, negando con la cabeza—. Si alguna vez has leído una transcripción de la propia historia, lo escrito en relación a la creación de los humanos y los youkai es… ligeramente ambiguo, supongo. Puede leerse como la lee la mayoría, como que los humanos y los youkai fueron creados como contrapeso y como complemento los unos de los otros. Sin embargo, también se puede retorcer un poco para leerlo de forma que diga que los youkai fueron creados como la oscuridad para balancear la luz de la humanidad.
—Eso… ¿cómo podría ser así? —dijo Kagome lentamente, frunciendo la frente con consternación—. Puede que tenga sentido si todos los youkai son puramente malvados o todos los humanos puramente buenos. Pero…
Sango negó con la cabeza desdeñosamente, una mano se movió en un gesto de decidida incomprensión.
—La gente creerá lo que deseen creer, Kagome-chan, a pesar de la lógica o el sentido común. Los Minamoto han decidido que los youkai son impuros. Haría falta mucho para disuadirlos de esa idea a estas alturas.
—Pero algunas de las mujeres de los Minamoto estaban relacionándose con mujeres de los Taira en la excursión —señaló Kagome.
—«El enemigo de mi enemigo»… —reflexionó Sango pensativamente y entonces, ante la expresión vacía de la miko—: Quiero decir que ni el clan Taira ni el Minamoto están a favor del actual Tennō-sama. Teniendo esto en cuenta, puede que dejen por un tiempo su animosidad a un lado para trabajar en contra de Su Majestad.
—¿Usted cree? —preguntó Kagome. Empezó a morderse distraídamente el labio inferior con los dientes, sopesándolo.
Si los Minamoto y los Taira de verdad estaban dispuestos a dejar a un lado sus diferencias para ir en contra de Inuyasha, eso significaba que dos de los grandes clanes de la corte ya estaban decididamente en contra de él. Eso dejaba a los clanes Tachibana y Fujiwara para apoyarle.
Sin embargo, los Tachibana ya parecían tener las manos llenas lidiando con los youkai que causaban problemas fuera de la corte y los Fujiwara estaban tan absolutamente diezmados que probablemente les quedaba poco que ofrecer.
Eso dejaba a Inuyasha en bastante desventaja, reflexionó Kagome con pesimismo. Aun así, tenía que haber un lugar en el que buscar apoyo…
—¿Qué hay de los clanes menores, Sango-sama? —expresó Kagome finalmente, levantando los ojos para encontrarse con la mirada expectante de su amiga—. ¿Qué puede contarme de ellos?
Sango frunció el ceño pensativamente por un momento antes de ponerse en pie. Abrió la pantalla shoji que conectaba la sala con el pasillo, llamando a una sirvienta. Apareció una rápidamente y Sango le pidió que fuera a buscar pincel y piedra de entintar. La sirvienta asintió y desapareció por el pasillo para obedecer.
Regresó rápidamente, tendiéndole los instrumentos a la noble con una reverencia antes de volver a marcharse. La taiji-ya volvió a su asiento en la mesa baja, indicándole a Kagome que fuera a sentarse a su lado.
La miko obedeció, observando a la noble mientras empezaba a bocetar fila tras fila de Kanji elegantes al lado de sus desprolijos garabatos. Admiró distraídamente la habilidad de la mujer mientras observaba las palabras que se extendían por la página.
—Hay literalmente cientos de clanes menores dentro de la corte —dijo Sango mientras trabajaba, deteniéndose de vez en cuando para hundir el pincel en el tintero—. No puedo afirmar que los conozca a todos o que incluso tenga un profundo conocimiento de la mayoría. Sin embargo, los clanes menores tienden a agruparse bastante convenientemente para nuestros propósitos bajo los grandes clanes. Verás, confían en nosotros en cuanto a apoyo y poder, y nosotros, a cambio, confiamos en ellos para lo mismo. Los clanes menores también pueden aspirar a ganar más influencia en la corte aliándose con los grandes clanes en sí, los que están en posición de ganarse el favor del Tennō-sama. Debajo del clan Minamoto, como te puedes imaginar, hay clanes menores compuestos principalmente de humanos. Por lo que puedo recordar, los clanes Mononobe, Nakatomi, Soga, Kusakabe y Hojo están íntimamente relacionados con ellos.
Kagome asintió ante esto, aunque le sorprendió enterarse de que el clan de Akitoki estuviera relacionado con los Minamoto. Siempre había sonado muy ansioso por servir al Tennō como uno de sus soldados. Aunque tal vez no compartía la opinión del resto de su clan. La miko tomó nota mental de preguntarle al respecto la próxima vez que se vieran.
—Luego está el clan Taira —continuó Sango, su pincel se movía rítmicamente sobre la página—. Como hemos establecido, su clan se compone en su mayoría de youkai completos. Tienen poca tolerancia por las razas mixtas o por los humanos. Por tanto, los clanes menores que permiten que se relacionen con ellos están compuestos principalmente también de youkai. Los más importantes entre los clanes menores que apoyan a los Taira son los clanes Ki, Abe, Hashiji y Ō. Hasta donde yo sé, eso es todo. Mientras que los Taira son ciertamente el clan más franco de entre los clanes que se oponen a Su Majestad, son extraordinariamente buenos manteniendo en secreto aquellos con quienes se relacionan. Muy pocos fuera del clan están al tanto de cualquier información sobre sus movimientos en cualquier momento.
—Entonces ¿el clan Taira podría tener un número de otros clanes a su disposición del que nadie más tiene conocimiento? —preguntó Kagome. Sango asintió.
—Ellos serían a los que habría que vigilar más de cerca —dijo la taiji-ya, su expresión se oscureció ligeramente—. Es difícil estar segura, pero creo que ellos son los que han sido capaces de recuperarse más rápidamente de la guerra por el trono.
Kagome suspiró, habiendo ya supuesto esto vagamente. Tendría que trabajar para encontrar información sobre los Taira, una forma de conseguir acceso a sus asuntos internos. El único problema con eso, se lamentó en silencio, era que no tenía ni la más remota idea de cómo proceder para hacerlo.
Sango, al leer el triste giro de sus pensamientos en su rostro, le ofreció una sonrisa tentativa a su amiga.
—¿Qué te parece si descansamos un poco? —sugirió, dejando el pincel encima de la piedra de entintar—. Es mucho que asimilar a la vez y los únicos clanes que quedan por analizar son los que sé que apoyan a Su Majestad.
Kagome imitó la sonrisa de su amiga con una pequeña por su parte, agradecida por la oferta. Empezaba a notar la cabeza un poco pesada con nombres, asociaciones y planes.
—Solo un poco —accedió—. Podemos volver en un rato para terminar.
—Bien —dijo Sango, juntando las manos decididamente—, y sé justo a dónde podemos ir para relajarnos. ¡A la casa de baños!
Kagome se rio entre dientes, aligerándosele el humor instantáneamente ante el entusiasmo de la noble.
—Eso lo ha tenido en mente todo este tiempo, ¿no, Sango-sama? —acusó Kagome sin seriedad.
Sango hizo un pequeño encogimiento de hombros, con los labios curvados hacia arriba con un poco de culpabilidad.
—Estuve fuera practicando durante horas antes de venir aquí. Ya debo de oler bastante mal como para ofender a los kami.
Esto hizo que Kagome se riese abiertamente, levantando la mano para cubrirse la boca mientras se estremecía de júbilo. Sango ensanchó la sonrisa, habiendo cumplido su objetivo. Kagome seguía intentando ponerse mucho trabajo sobre los hombros y la noble se alegraba de poder calmar sus preocupaciones, aunque solo fuera temporalmente. Quería ser capaz de apoyar a su amiga.
—Si has terminado de reírte de mí, entonces vámonos —sugirió Sango. Kagome paró de reír, dirigiéndole unos ojos brillantes de júbilo.
—Sí, por supuesto… Gracias, Sango-sama.
A pesar de las mejores intenciones de Kagome, las dos no volvieron al trabajo esa noche. Pasaron una cantidad exorbitante de tiempo en los baños, pasando el rato riendo y charlando mientras se aseaban.
Después, Sango insistió en que fueran a dar un paseo, ya que había empezado a nevar de nuevo y deseaba usar su nuevo parasol. Kagome aceptó bastante fácilmente, tanto feliz por estar en compañía de la taiji-ya como reacia a volver a su anterior tarea.
También se dio cuenta de que la mayor estaba esforzándose por ayudar a calmar un poco su mente. Estaba conmovida por el esfuerzo.
Por tanto, mataron el tiempo el resto del día y una porción de la noche paseando por los caminos de la corte. Para cuando hubieron terminado, la nieve se apilaba casi hasta la altura de los tobillos y no mostraba señales de detenerse esa noche. Kagome se despidió de Sango amablemente en la residencia Tachibana, volviendo al Dairi y a su propio cuarto en la residencia de Kikyou.
Mientras se tumbaba para dormir, una fugaz mirada a través de la ventana le recordó que la luna nueva estaba a solo unas noches de distancia. Kagome se quedó dormida sonriendo.
Un rayo del sol de la mañana inclinándose sobre sus párpados cerrados despertó a Kagome a la mañana siguiente. Se movió de forma adormilada, recordando vagamente en su confusión matutina que tenía que reunirse con Inuyasha.
Se obligó a levantarse de la cama y llamó a una sirvienta para que la ayudara a vestirse. Tomando rápidamente el desayuno mientras la mujer trabajaba con ella, Kagome hizo una lista mental de todas las cosas que tenía que revisar con el hanyou. También se metió las notas en la parte delantera de su traje para mostrárselas.
Tras darle las gracias a la sirvienta, partió hacia el Jijūden, caminando arduamente a través del espeso manto de nieve que cubría el camino. Apretó el grueso karaginu que tenía sobre su traje de miko contra ella, agradecida con la sirvienta por haberle insistido en que se lo pusiera. Había copos esparcidos todavía flotando aleatoriamente desde el cielo gris de la mañana y hacía un frío horrible.
Atravesó rápidamente los jardines, el Shishinden y la pasarela sobre el agua. Un guardia la detuvo antes de que pudiera entrar en los aposentos de Inuyasha en el Jijūden.
—Su Majestad ha solicitado que la envíe a sus jardines privados —explicó con una reverencia—. El Tennō-sama me ha informado de que podrá encontrar a Su Majestad en el mismo lugar que ayer por la mañana.
—Oh —dijo Kagome, una sonrisa complacida se abrió paso en sus labios—. Gracias. Iré a buscar allí a Su Majestad.
Le devolvió la reverencia y emprendió el camino alrededor del borde del edificio, con pasos ligeros a medida que avanzaba. Hacía bastante frío para encontrarse fuera, pero le había gustado mucho el lugar que había escogido para ellos el día anterior.
Entró en los jardines y atravesó entre los árboles. Recordaba vagamente el camino que había tomado el día anterior, encontrándolo de nuevo tras unos instantes de búsqueda. La condujo directamente a la misma pequeña inclinación, una figura familiar vestida de rojo miraba las aguas cubiertas de hielo del gran estanque desde arriba.
—¡Inuyasha-sama! —llamó, con una sonrisa estirando su rostro cuando se giró para mirarla—. ¡Buenos días!
Él se limitó a alzar una espesa ceja oscura en respuesta a su saludo mientras ella subía por la cuesta, tomando asiento al lado de él bajo la gran sombrilla. La manta que había hecho que extendieran para que se sentaran esta vez era mucho más gruesa, notó ella con agradecimiento.
—Espero no haberle hecho esperar mucho —dijo, metiendo la mano en su traje para sacar el pergamino doblado—. No envió a un guardia esta vez para que fuera a buscarme.
—No necesitaba darle al bastardo más oportunidades —masculló el hanyou, en voz tan baja que apenas lo oyó.
—¿Qué? —preguntó, levantando la mirada.
—Nada —respondió rápidamente y luego señaló los papeles que tenía en la mano—. ¿Qué es eso?
—Mis notas —dijo Kagome, sosteniéndolas en alto con un poco de timidez—. Las he estado recopilando a partir de lo que he podido ver hasta ahora. Sango-sama también me ha ayudado. Aunque no son muy completas…
Inuyasha cogió el pergamino de sus manos, desdoblándolo para inspeccionarlo rápidamente. Kagome observó que sus ojos iban a toda velocidad sobre las páginas, se mordió el labio distraídamente. Esperaba que aprobase sus esfuerzos.
—Esto… ¿has conseguido todo esto en el tiempo que has estado aquí? —expresó Inuyasha finalmente, sus ojos volaron de nuevo sobre la combinación de lo que eran obviamente los Kanji descuidados de Kagome entremezclados con la pulcra caligrafía de otra persona.
Parecía casi impresionado, la habitual hosquedad de sus facciones se suavizó en las comisuras. Kagome se acicaló internamente, con los ojos iluminados mientras lo observaba.
—Como he dicho, Sango-sama me ayudó. No sabía casi nada sobre el funcionamiento de los clanes menores —ofreció con modestia, sintiéndose un poco emocionada.
—Esto es bueno, Kagome —ofreció él finalmente, levantando los ojos para encontrarse con los de ella.
Se echó ligeramente hacia atrás al ver su expresión, lo había cogido con la guardia baja. Parecía tan… feliz, tenía las mejillas sonrosadas y los ojos grises cariñosos mientras se posaban sobre él. Sintió que sus propias mejillas se calentaban para igualarla y se giró apresuradamente, tosiendo.
—¿Q-Qué hay de los Tachibana y los Fujiwara? —tartamudeó, agitando las páginas hacia ella en su nerviosismo.
—Tengo que volver a reunirme con Sango-sama antes de que pueda decir algo con seguridad —respondió Kagome—, pero creo que no me equivoco al decir que usted tiene el apoyo de esos clanes.
El desconcierto del hanyou se disipó mientras sopesaba esto, asintiendo lentamente.
—Sí. Los viejos del Consejo de esos clanes no intentan hacer muchas mierdas. Aun así son odiosos.
Kagome alzó las cejas en su dirección, con los labios fruncidos con ligera desaprobación.
—Difícilmente creo que usted se encuentre en posición de quejarse sobre sus simpatizantes, Inuyasha-sama —le reprendió ligeramente.
Él resopló, impenitente, pero algo en su expresión se serenó. Kagome se mordió el labio, riñéndose por haber matado el ambiente plácido tan rápidamente.
—Seguimos perdiendo —dijo el hanyou finalmente, su expresión se volvió amenazadoramente contemplativa—. A los Fujiwara casi no les queda nada que ofrecer. Y los Tachibana ya no se encuentran precisamente en la cumbre de su poder tampoco.
—… No, no lo están —asintió Kagome en voz baja, bajando los ojos a la manta de debajo de ellos—. Pero… es decir, es algo, ¿no? Estamos averiguando la posición en la que nos encontramos, al menos…
Se interrumpió débilmente, arriesgándose a mirarlo por entre sus pestañas, pero su expresión era distante y ella suspiró. Jugueteó distraídamente con las mangas de su karaginu, buscando en su mente algo para traerlo de vuelta a la conversación.
—Sango-sama piensa que el clan Taira es nuestra mayor amenaza —fue por lo que se decidió finalmente, recordando las cosas que antes se había recordado decirle—. Yo estoy de acuerdo. Esa Taira Kagura ha intentado causar problemas cada vez que la he visto. Y Sango-sama dice que cree que son los que más rápido se están recuperando.
—¿El clan Taira…? —repitió el hanyou, arrastrando su atención a la fuerza de vuelta al presente—… Sí. Tiene sentido. Los muy bastardos dejaron jodidamente claro lo que pensaban sobre mi «sangre sucia» desde el momento en que se me anunció como sucesor, pero no presionan mucho en el Consejo. Principalmente trabajan para bloquear cualquier cosa que intente hacer yo.
Kagome levantó la mirada hacia él, frunciendo el ceño mientras reflexionaba sobre esta nueva información. Siempre había algo que parecía no encajar sobre el clan Taira, como si le faltase una pieza clave…
—Trabajaré para conseguir un infiltrado en el clan Taira, de algún modo —murmuró Kagome, tanto para sí como para Inuyasha—. Necesitamos un enlace directo con ellos. Tenemos que saber lo que traman.
Se interrumpió pensativamente y el hanyou observó mientras fruncía la frente en concentración y su mirada iba hacia su interior. Parecía atribulada, frustrada, mientras intentaba resolver el problema por sí sola.
De repente tuvo la necesidad de ofrecerle algo. Cualquier cosa. Con la posible excepción de su madre, nadie había trabajado nunca tanto por él. Ni había dado tanto para ayudarle. Y todo lo que recibía Kagome por sus esfuerzos eran problemas. Tenía todas las probabilidades en contra y aun así ella permanecía con él.
Kagome se merecía algo mejor, qué tonta. Quería darle algo.
—Obligué al Consejo a que aceptara lo de los suministros —soltó y los ojos de ella volaron a encontrarse con los suyos mientras se apartaba de sus pensamientos.
—¿Eh? —respondió torpemente.
—Los suministros para esas pequeñas aldeas tuyas —respondió—. Ayer le dije al Consejo que iba a enviarles suministros desde la capital para que pudieran empezar con la reconstrucción. Los viejos no se opusieron mucho.
Kagome se quedó ligeramente boquiabierta.
—¿En serio?
Inuyasha asintió, algo se levantó en su pecho ante la incipiente expresión de esperanza de su rostro.
—Sí. Ya hay algunos trabajadores fuera reparando la casa de la rama del clan Taira que quedó destruida, así que les comuniqué que fueran hacia las aldeas para que inspeccionaran la zona. Deberíamos recibir noticias de ellos sobre qué les hará falta para hacer las reparaciones dentro de unas semanas y entonces enviaré lo que necesiten.
Kagome estuvo en silencio durante un largo rato, meramente mirándolo fijamente. Y entonces su rostro se tensó un poco, un brillo sospechoso se acumuló en la periferia de sus oscuras pestañas. Inuyasha se encogió, el pánico lo atravesó.
—¡O-Oye…!
—Gracias —interrumpió Kagome sus protestas con voz quebrada—. Gracias, Inuyasha-sama. Sé que Miroku-sama me dijo que no era culpa mía, pero me he sentido tan culpable. Gracias.
—¿C-Culpable? —repitió el hanyou, desconcertado por su reacción.
Ella asintió, se le escapó una pequeña risa jadeante.
—L-Las aldeas… fue mi aura la que atrajo la horda de youkai a la zona. Fue culpa mía que las destruyeran en primer lugar.
—Kagome… —dijo, su expresión se tornó en un frunce. ¿También había estado arrastrando eso con ella todo este tiempo?
—Pero ahora todo va bien. Usted lo ha arreglado —insistió Kagome, se le escaparon unas cuantas lágrimas a pesar de cuánto las estaba conteniendo. La totalidad de su culpa, vergüenza, alivio y gratitud parecían estar pasando a la vanguardia de un torrente confuso.
Algo dentro del hanyou se constriñó al verla así, pequeña y vulnerable, como una niña, y se acercó tentativamente a ella a través de la manta. Lenta, muy lentamente, apoyó una mano con garras sobre su cabeza, dándole una palmadita incómoda. Podía recordar vagamente que su madre hacía lo mismo para consolarlo cuando era pequeño.
Ella le echó un vistazo, sorbiéndose la nariz. Una sonrisa temblorosa se abrió paso entre sus rasgos. Su corazón se sacudió incómodamente.
—Gracias —dijo en voz baja.
—Feh. Ya has dicho eso —murmuró Inuyasha, sonrojándose.
Kagome se rio entre dientes, secándose los ojos.
—Así es, pero lo dije de corazón.
—Todo lo que dices, lo dices de corazón —resopló Inuyasha, poniendo los ojos en blanco—. Eso es lo que te hace tan rara.
Ella se volvió a reír, esta vez el sonido fue más ligero.
—Siento que debería ofenderme por eso.
Inuyasha se encogió de hombros, una sonrisa de satisfacción curvó una de las comisuras de su boca. Ya estaba, se había encargado de eso.
—Pero esto es bueno, ¿no? —dijo con esperanza tras un instante, recomponiéndose lentamente—. Que el Consejo se pliegue ante usted tan fácilmente tiene que ser una buena señal, ¿verdad?
Inuyasha asintió.
—Eso parece.
—Debería seguir así, entonces —sugirió Kagome con entusiasmo—. Intente algo más en la siguiente reunión del Consejo. Algo más grande.
Él lo sopesó durante un minuto, entrecerrando los ojos pensativamente.
—Podría restringir las visitas a las residencias. Limitar la cantidad de tiempo que se les permite pasar fuera en las residencias exteriores —aportó, mirándola.
—¡Eso es perfecto! —se entusiasmó Kagome, sonriéndole ampliamente—. Sigue siendo relativamente pequeño y discreto, pero sirve como forma de mantenerlos cerca y monitorearles cuando sí se marchen.
Él se hinchó un poco ante el halago de Kagome, sentándose más erguido.
—Sí. Exactamente.
—Bien —dijo ella con aprobación, asintiendo conforme—. Haga eso en la siguiente reunión del Consejo y luego puede contarme cómo va. Aunque sí que desearía que hubiera una manera de tener una idea más completa de cómo van las cosas desde mi visión. Supongo que el Consejo es un número de personas bastante pequeño como para poder estimar la opinión de toda la corte.
—Sí —concordó Inuyasha—. No hay tantos viejos en el Consejo, por mucho ruido que sean capaces de hacer. Y principalmente está compuesto por los miembros de los grandes clanes.
—Entonces tal vez deba volver a visitar a Sango-sama —reflexionó Kagome—. Puede que sea capaz de ayudarme a pensar en algo.
Giró la mirada para encontrarse con la de él, con la intención de pedirle que le dejara marcharse para poder volver al trabajo. Pero las palabras se le quedaron en la punta de la lengua cuando encontró los ojos dorados mucho más cerca de los suyos de lo que había anticipado. También había un ligero peso sobre su cabeza. Su mano, se dio cuenta, aturdida.
Estaban lo bastante cerca para que su aliento congelado se entremezclara en el frío aire. Kagome sintió un cálido sonrojo atravesándola de la cabeza a los pies, pero no parecía poder moverse. Su mente consciente pareció apagarse por completo. Estaba atrapada, como una mosca con una llama.
Inuyasha, por su parte, simplemente se había inclinado para apartar una libélula que había estado planeando irritantemente cerca de la cabeza de ella. Lo había cogido con la guardia baja, levantando el rostro hacia el de él tan de repente.
Se quedó sin palabras ante los mercúricos ojos grises que estaban tan cerca de los suyos, sus rasgos eran más imposiblemente delicados de cerca de lo que podría haberse imaginado. De repente notó la suavidad de su pelo debajo de la mano que se había olvidado de mover. Olía… bien…
Un sonoro graznido rasgó repentinamente el callado ambiente y las dos figuras se apartaron rápidamente. Kagome parpadeó con consternación, mirando al hanyou por un largo momento, sintiendo como si estuviera emergiendo de una especie de extraño abotargamiento. Su corazón latió con un agitado tamborileo en su pecho y su rostro ardió contra el frío aire de la mañana.
Se puso de pie apresuradamente, haciéndole una rápida reverencia al Tennō.
—S-Si me disculpa, Inuyasha-sama, t-tengo unas cosas que atender —consiguió decir.
—S-Sí, ve —respondió Inuyasha, desconcertado. ¿Qué diablos acababa de ocurrir?
Kagome hizo otra torpe reverencia y, sin dar otra palabra, se dio la vuelta y casi huyó hacia la residencia del clan Tachibana.
Para cuando llegó a la puerta de entrada a la residencia, Kagome había conseguido calmarse un poco. Se detuvo allí, respirando hondamente el aire polar. La espabiló y finalmente pudo sentir que su sonrojo empezaba a desvanecerse.
En sus quince años de vida nunca había experimentado nada como aquello. Como si estuviera atrapada inexorablemente en alguna fuerza que apenas podía comprender. Había pensado que su corazón estaba intentando salírsele por la garganta por la forma en la que estaba martilleando. Y todo por una simple mirada…
Negó fuertemente con la cabeza, conteniendo otro sonrojo que amenazaba con calentarle el rostro. Fuera lo que fuera, había sido una casualidad. Puro azar y una rareza. Y ciertamente no tenía tiempo para tener pensamientos como esos cuando había tanto que hacer.
Decidiendo firmemente no seguir pensando en ello, la miko atravesó las puertas de entrada y entró en la residencia. Anduvo por el camino de entrada, adentrándose en uno de los muchos pasillos. Un pequeño grupo de sirvientes estaba reunido un poco más lejos, en el pasillo, y se dirigió hacia ellos. Le hicieron una deferente reverencia cuando se les acercó.
—¿Saben dónde se encuentra Sango-sama? —preguntó—. Me gustaría hablar con ella, si es posible.
—Nuestra señora ha ido más allá del muro exterior para entrenar —contestó uno de los hombres—. Puedo llevarla allí si lo desea, Miko-sama.
—¿Está con alguien? No me gustaría interrumpir —dijo Kagome, aunque era una media verdad. No quería interrumpir, pero tampoco podía hablar con Sango sobre los asuntos que deseaba en presencia de un extraño.
—Creo que la acompaña el houshi Shingon Miroku-sama —intervino una sirvienta.
—Oh, ¿ha regresado? —dijo Kagome, con el rostro iluminado por las noticias—. Entonces, si a alguno de ustedes no le importa…
El hombre que había hablado en primer lugar asintió.
—Yo la acompañaré, Miko-sama.
Hizo una nueva reverencia antes de indicarle que lo siguiera. La condujo para salir de la residencia y rodeando el muro exterior de las instalaciones. Unos cuantos giros entre diferentes residencias los llevó al Muro Interior, por el que pasaron sin ningún comentario del guardia.
La zona entre el Muro Exterior y el Interior resultó estar más densamente poblada de lo que la miko había esperado. Cortesanos, mercaderes, sirvientes y guardias paseaban por todas partes entre la nieve, una oleada de vida y actividad.
Varios cortesanos se detuvieron en mitad de sus quehaceres al ver a la miko pasar, haciendo reverencias de varios grados distintos en reconocimiento a ella. Kagome correspondió a los gestos con un asentimiento por su parte, sintiéndose vagamente cohibida por la atención. A pesar de ello, enderezó los hombros y compuso sus facciones en una expresión de dignidad imperturbable, imitando inconscientemente la expresión que Kikyou portaba en todo momento.
Llegaron al Muro Exterior y los guardias de la puerta les permitieron el paso, se adentraron en el bosque que rodeaba la Entrada Norte de Heian-kyō. El sirviente la condujo un poco entre los árboles antes de detenerse en seco, indicándole que siguiera avanzando con una reverencia.
Había tres sirvientas de pie entre los árboles e hicieron rápidas inclinaciones ante ella cuando Kagome se aproximó. Carabinas, se dio cuenta, para asegurarse de que no había nada inapropiado en que la taiji-ya estuviera a solas en el bosque con el houshi. Torciendo los labios con ironía, Kagome se preguntó por qué eso no se le había pasado en ningún momento por la cabeza antes del escándalo con Kouga.
Hubo un repentino grito de entre los árboles que había delante de ella y se sobresaltó, su corazón dio un vuelco con la sorpresa. Apoyó una mano contra él, apresurándose a avanzar entre los árboles. Reprendiéndose por no haber pensado en traerse el arco, rezó porque sus amigos estuvieran bien…
Solo para detenerse en seco ante el panorama que la recibió. Solo estaban Miroku y Sango en el amplio claro, inmersos en un combate mientras la noble hacía un ataque con su wakizashi. Él rechazó su golpe con su shakujou, los aros hicieron un sonido metálico al interceptar el ataque con la robusta asta del báculo.
Sango apretó su ataque, sus facciones se tensaron mientras echaba su peso sobre la hoja en un intento por vencerle. Miroku pareció doblarse bajo el peso de su fuerza, un pie se deslizó hacia atrás cuando ella se impulsó hacia delante. Pero un momento más tarde, Sango se echó demasiado hacia delante y el houshi cambió su finta hacia atrás para ir hacia abajo, echando a la taiji-ya sin equilibrio hacia atrás.
Sango se tambaleó por un momento, pero luego pivotó sobre su talón y usó su impulso para saltar hacia atrás a una distancia segura. Volvió a encarar al houshi, con la wakizashi preparada mientras hacía círculos a su alrededor atentamente en busca de una apertura.
Kagome estaba paralizada donde se encontraba, sorprendida ante lo que se estaba desarrollando delante de ella. Extrañamente, no era la impresionante demostración de habilidad lo que más le llamaba la atención. Aunque eran algo digno de contemplar ante su evidente destreza con sus respectivas armas, eran las expresiones en ambos rostros lo que fascinaba a Kagome.
Los dos parecían tan… felices. Tal vez esa era una palabra demasiado suave para el brillo que iluminaba tanto el rostro de la noble como el del hombre, pero de alguna manera parecían encajar tanto en su simpleza como en su complejidad.
Estaban completamente centrados el uno en el otro mientras atacaban, bloqueaban, esquivaban y tejían una danza tan intrincada que podría haber procedido de los mismísimos kami. Parecía que solo existían ellos dos en todo el mundo y parecía que era más que suficiente para ambos.
Era hermoso. Y de alguna forma… íntimo, reflexionó. Se sintió culpable, como si se hubiera topado con algo muy privado. Retrocedió un paso, pensando en escapar antes de que notaran su presencia.
Miroku, sin embargo, la vio. Pareció consternado por un momento, pero lo encubrió rápidamente con una sonrisa de bienvenida demasiado amplia. Sango, al captar la dirección de su mirada, también se dio la vuelta. Una expresión de decepción atravesó rápidamente sus rasgos antes de que pudiera ocultarla y Kagome sintió otra punzada de culpa.
—L-Lamento interrumpir —dijo sumisamente en voz alta.
—En absoluto, Kagome-chan. Me alegro de verte después de tanto tiempo —la saludó Miroku amablemente, yendo a darle un abrazo.
Ella permitió el abrazo con cautela, contenta cuando él no intentó nada. Sango parecía haberse recompuesto para cuando se separaron, envainando su wakizashi suavemente y yendo a saludar a la más joven con una sonrisa.
—Kagome-chan, ¿qué haces aquí fuera? Houshi-sama y yo solo estábamos entrenando un poco. Volvió esta mañana de su encargo —explicó.
Y había venido directamente a verla en cuanto regresó, notó Kagome en silencio. Aquello que siempre había sospechado de los dos estaba floreciendo rápidamente para convertirse en certeza.
—Tenía que volver a hablar con usted, Sango-sama —fue todo lo que expresó—. También me alegro de ver que ha vuelto, Miroku-sama. ¿Ha ido bien su encargo?
—Se ha erradicado con éxito el nido problemático —respondió tranquilamente—. Aunque he extrañado sinceramente la compañía de las dos mujeres más excelentes de la corte mientras estaba fuera.
Sango y Kagome compartieron una mirada irónica, sonriéndose con una mueca entre ellas. Kagome se rio disimuladamente entre dientes, aflojándosele la culpa.
—Bueno, entonces, dejando los cumplidos despreocupados a un lado —dijo Sango con una mirada mordaz dirigida al houshi—, ¿qué era lo que necesitabas comentar, Kagome-chan?
—Ah, bueno…
—Discúlpeme, Tachibana-sama —dijo una sirvienta, emergiendo de entre los árboles detrás de ellos. Los tres se giraron para mirarla—. Lamento interrumpir, pero ha llegado un mensajero para usted —continuó la sirvienta, haciendo una reverencia—. Dice que viene del Tennō-sama y que el mensaje es importante.
Sango frunció el ceño, dirigiéndole una mirada interrogante a la miko. Kagome negó con la cabeza, su expresión imitó la de la mayor.
—Permítele que se acerque —le indicó Sango a la sirvienta. La mujer asintió, haciéndole un gesto al hombre que estaba detrás de ella.
El mensajero avanzó, haciéndole una reverencia a Sango y ofreciéndole un trozo de pergamino doblado. La noble lo cogió, dándole las gracias, y el mensajero hizo una reverencia una vez más antes de marcharse.
Miroku y Kagome se acercaron a la mujer mientras desdoblaba la nota, poniéndose justo detrás de ella mientras leía. Por encima de su hombro, Kagome pudo ver que la nota decía, en un tosco garabato:
Tenemos entendido que su padre y hermano regresarán pronto de su misión fuera de la corte. Es Nuestro deseo que se haga una celebración a su regreso. Le Dejamos a usted los preparativos, indicándole únicamente que asistirá toda la corte. Nuestros fondos están a su disposición por el momento.
La nota estaba estampada con un sello de cera que representaba a Amaterasu, señalándola como una auténtica misiva del Tennō. Kagome consiguió apenas no quedarse abiertamente boquiabierta. Sintió un pequeño aleteo de orgullo ante el obvio esfuerzo que había puesto el hanyou en la nota, incluso mientras se preguntaba por su propósito.
—Tú no le has pedido al Tennō-sama que haga una celebración en honor del retorno de mi padre, ¿verdad, Kagome-chan? —preguntó Sango, sonando moderadamente mortificada ante la idea mientras inspeccionaba la nota una vez más.
—No, no. Ni siquiera sabía que su padre y su hermano iban a regresar pronto —respondió, negando con la cabeza.
—¿De verdad? —preguntó la noble, levantando la mirada hacia ella—. Su Majestad debe de tener buena memoria, entonces, para hacer un seguimiento de tales cuestiones… pero ¿por qué una celebración?
—Su padre es el líder del clan Tachibana, Sango-sama —aportó Miroku—. Y ha estado fuera desde hace bastante tiempo. Aun así, una celebración para toda la corte parece un poco demasiado…
A Kagome se le ocurrió una idea ante sus palabras. Para toda la corte. Es decir, toda la corte en un lugar al mismo tiempo. Una oportunidad perfecta para observar…
Una sonrisa se extendió por su rostro ante la incipiente comprensión, casi de embeleso. Lo estaba haciendo por ella. Le estaba ofreciendo la oportunidad que quería. Había estado pensando en ella. No pudo contener la pequeña risa de felicidad que se le escapó, levantando la mano para taparse la boca.
—¿Kagome-chan? —dijo Miroku, al ver su cara—. ¿Sabes algo de esto?
Kagome asintió, intentando hacer que sus facciones parecieran un poco menos atolondradas.
—Hablé con el Tennō-sama esta mañana y le dije a Su Majestad que me gustaría tener la oportunidad de observar a toda la corte a la vez, si era posible —explicó—. Creo que esta es la forma que tiene Su Majestad de ofrecerme esa oportunidad.
—Es bastante inteligente —dijo Sango, con la frente fruncida pensativamente—. Invitar a todos los clanes para entremezclarse bajo la pretensa de una celebración. Puede que eso haga que bajen un poco la guardia.
—Y yo que tenía la vaga impresión de que Su Majestad no era la estrella más brillante del firmamento, por así decirlo —reflexionó el houshi.
—Supongo que Su Majestad tiene sus momentos —dijo Kagome, la sonrisa volvió a extenderse inexorablemente por su rostro. Estaba trabajando tan duro como ella y saberlo avivó más su deseo de seguir adelante.
Miroku y Sango intercambiaron miradas de curiosidad ante la expresión en el rostro de la miko. Parecía radiante, iluminada por algún calor secreto desde su interior.
—¿Tiene esto algo que ver lo con aquello para lo que venías a hablar conmigo, Kagome-chan? —preguntó Sango, agitando el papel para recuperar la atención de la chica.
—Sí —respondió, zarandeándose mentalmente—. Aunque tenía la intención de venir a preguntarle si podía ayudarme a pensar en una forma de reunir a todos los cortesanos. Supongo que eso ya está resuelto. Pero hay una cosa más.
—¿Qué es?
—El clan Taira —respondió Kagome, poniéndose un poco solemne al volver al asunto que tenían entre manos—. Necesito una conexión con ellos. Una forma de conseguir información de sus actividades. Esperaba que ustedes dos pudieran ayudarme a pensar en algo.
La expresión de Miroku se ensombreció ligeramente y miró hacia la línea de árboles que tenían detrás para asegurarse de que ninguna de las sirvientas estaba cerca para oírlos.
—Esa es una posición muy peligrosa en la que ponerte, Kagome-chan —dijo, sus ojos estaban serios cuando encontraron los de ella—. No se puede tratar al clan Taira a la ligera. Ya desprecian bastante a los humanos. No deseo pensar qué podrían hacer si te descubren conspirando contra ellos.
—No estoy conspirando contra ellos —dijo Kagome—. Me temo que estén conspirando ellos. Necesito saber lo que hacen para evitar que le causen problemas al Tennō-sama.
—Eso es demasiado de lo que hacerte cargo, Kagome-chan —intervino Sango con severidad—. Entiendo que quieras ayudar, pero es demasiado. Estarías poniendo tu vida en peligro.
—No es como si no lo hubiera hecho ya —respondió Kagome amablemente, sabiendo que era su preocupación por ella lo que les estaba haciendo oponerse—. Sé que los dos están pensando en mi seguridad y lamento preocuparles, pero yo no soy la prioridad aquí. Hay cosas mucho más importantes en juego.
Sango parecía como si fuera a discutir eso, pero pareció ver la verdad a regañadientes y se mordió el labio con un pequeño resoplido de consternación. Miroku suspiró.
—De verdad, Kagome-chan, pones las cosas bastante difíciles —opinó él.
—Espero sinceramente que el Tennō-sama aprecie tus esfuerzos, pero nosotros te apoyaremos pese a ello —aportó Sango firmemente—. Así que intenta no ocultarnos las cosas. Siempre estamos aquí para ti. No lo olvides.
—Gracias —dijo Kagome, inclinando la cabeza con gratitud—. Prometo que intentaré mantenerles informados de lo que hago.
—En cuanto al clan Taira, no estoy seguro de si podremos ser de ayuda —dijo Miroku, mirando a Sango.
La noble concordó con un asentimiento.
—Como ha dicho Houshi-sama, los Taira desprecian a los humanos. Sería casi imposible que alguien se acercara ni un poco a sus círculos internos. Especialmente para ti, con tu conexión con el Tennō-sama.
—Entonces no podría ser yo. Y no podría ser alguien humano —dijo Kagome pensativamente.
—Solo un youkai completo tendría suerte con esta tarea, creo —aportó Miroku—. No dejarían entrar a nadie con cualquier suerte de mezcla de sangre.
—Un youkai completo… —repitió, dándole vueltas en la cabeza.
Abrió los ojos como platos. Sabía qué hacer.
—¡Lo tengo! —exclamó, sorprendiendo a sus dos acompañantes.
—¿Una forma de entrar? —preguntó Sango. Kagome asintió con entusiasmo.
—¿Cómo? —preguntó Miroku.
Ella negó con la cabeza.
—Déjenme un poco de tiempo para ver si puedo hacer que funcione y luego les prometo que se lo contaré todo.
Sango frunció el ceño con desaprobación.
—Kagome-chan…
—Por favor. Simplemente confíen en mí —rogó, juntando las manos en gesto implorante ante ellos.
Temía que no fueran a aprobarlo si se lo contaba de antemano, pero si podía poner todo en marcha primero, no tendrían más elección que seguirle la corriente a pesar de sus reservas.
Miroku y Sango compartieron una mirada. Él negó con la cabeza y ella frunció el ceño con irritación.
—Como si pudiéramos esperar detenerte —suspiró el houshi finalmente—, pero tarde o temprano sería agradable que confiaras más en nosotros, Kagome-chan.
—Lo haré. Ciertamente confío en ustedes para organizar la celebración —dijo con solemnidad—. Solo necesito ir por mi cuenta un poco en esta ocasión.
—Ve, entonces —concedió Sango, agitando una mano—. Haz lo que desees, pero, por favor, ten cuidado. Houshi-sama y yo empezaremos con los preparativos para la celebración inmediatamente.
Kagome les sonrió ampliamente, asintiendo.
—Gracias a ambos. Cuento con ustedes —dijo—. Iré a buscarles de nuevo tan pronto resuelva todo.
Inclinándose en una rápida reverencia, giró sobre sus talones y partió con decisión.
Respirando hondo, Kagome intentó serenarse mientras estaba sentada entre las raíces del Goshinboku. Habían hecho falta un par de preguntas entre los sirvientes, pero finalmente había conseguido encontrar a su presa. Había enviado rápidamente a un mensajero con su encargo antes de ir a esperar al En no Matsubara.
En cualquier momento, meditó con nerviosismo. Se preguntó qué iba a decir para hacer que todo esto funcionase. Era mucho pedir, lo sabía, más de lo que en realidad tenía derecho a pedir. Aun así, era un plan que no podía abandonar sin intentarlo.
El youki hormigueó en su sexto sentido y Kagome levantó la mirada del suelo.
Aquí estaba.
Kouga caminó con entusiasmo hasta ponerse delante de ella y la miko se levantó para encontrarse con él, componiendo una sonrisa incierta por su parte. No estaba segura de exactamente cómo estaban después de lo que había pasado en la excursión de las mujeres.
El Señor de los lobos terminó esa incerteza por ella rápidamente. Avanzó un paso, rodeándola con sus brazos y apretándola contra él. Kagome chilló con sorpresa, habiendo anticipado al menos un poco de molestia por el pequeño truco que ella había ejecutado.
—Me alegro de que me llamaras, Kagome —dijo—. He echado de menos a mi mujer. Y esta corte es condenadamente aburrida sin ti cerca.
—Y-Yo también me alegro de volver a verle, Kouga-sama. Aunque apreciaría que me soltase —respondió, agradecida cuando la soltó.
Al menos había planeado un poco por adelantado esta vez. El En no Matsubara estaba vacío en ese momento, la mayoría de los cortesanos y de los sirvientes estaban en sus respectivas residencias, tomando la comida de la tarde, como había esperado. Aun así, estaban encontrándose en un espacio público a la luz del día. No había nada a lo que pudiera llamarse escandaloso sobre este encuentro, aunque tendría que ocuparse de que no los oyeran.
Le sonrió al Señor de los lobos, vacilando sobre cómo comenzar la conversación. Él le devolvió la mirada con su habitual sonrisa lobuna, sus ojos azul cielo asimilaban su rostro como si hubieran pasado años desde la última vez que la había visto.
Estaba muy cerca de ella, notó distraídamente. Aunque en realidad siempre se ponía muy cerca de ella. Parecía tener muy poco sentido de los límites. Aun así, su proximidad no la estremecía. No inspiraba a su corazón a latir con fuerza. No en la forma en la que lo había hecho aquella mañana con…
—N-Necesito hablar con usted de algo, Kouga-sama —dijo finalmente, bajando la mirada a sus manos entrelazadas mientras controlaba con fuerza sus pensamientos errantes.
—¿Qué?
Kagome se mordió el labio, sin saber cómo continuar. Sí que era mucho pedir.
—Es por lo del beso, ¿no? —aportó Kouga pícaramente y ella levantó rápidamente los ojos para encontrarse con los de él—. Esta vez quieres darme uno de verdad. Una recompensa de verdad.
—Le di una recompensa de verdad. Usted nunca especificó qué clase de beso tenía que darle —contestó Kagome astutamente, tentada a sonreír.
El Señor de los lobos siempre era constante, eso se lo concedía.
—Eres de las duras, Kagome —dijo Kouga, mirándola de una forma bastante complacida—. Pero no pasa nada. Me gusta una buena caza.
Kagome arqueó una ceja en su dirección, dividida entre la exasperación y la diversión. Se conformó con negar con la cabeza e intentar regresar a su objetivo original.
—Como iba diciendo, Kouga-sama, hay algo que necesito pedirle. Es algo bastante grande, en concreto —dijo, solemne—. Y esta vez no puedo ofrecer más recompensa que mi gratitud.
La sonrisa se desvaneció lentamente del rostro de él, sus ojos se pusieron serios mientras la sopesaban.
—¿Es importante para ti, Kagome? —preguntó, con una perspicacia que era bastante sorprendente viniendo de él. Ella asintió.
—Mucho. Es parte de la razón por la que estoy aquí en la corte en primer lugar. Tengo que hacerlo y no pude pensar en otra forma que no fuera pedírselo —dijo con seriedad, con una pizca de ruego en su tono—. Sé que será pedirle mucho, pero usted es el único en el que puedo confiar para que lo haga, Kouga-sama.
—¿Confiar? —repitió, sorprendido por la palabra.
—Sí, confiar —repitió, asintiendo con firmeza.
—Entonces lo haré —declaró.
Kagome parpadeó, estupefacta. Juntó las cejas con incredulidad.
—Yo… ni siquiera le he dicho todavía lo que le voy a pedir, Kouga-sama —señaló.
—No me importa —respondió desdeñosamente, ondeando una mano—. Si confías en que yo lo haga, lo haré, Kagome. Te deseo. Te deseo y haré lo que haga falta para conquistarte.
Abrió los ojos como platos, anonadada y conmovida por lo serio que se había puesto. Estaba dispuesto a hacer esto por ella, aunque no pudiera prometerle nada a cambio. Su devoción era verdaderamente digna de contemplación. Con una pequeña punzada, deseó poder reciprocar incluso una fracción de sus sentimientos. Pero…
—De acuerdo, entonces. Tenemos un trato —dijo ella en voz baja—… Gracias, Kouga-sama.
Tenía a su infiltrado en el clan Taira.
Nota de la traductora: Quise dejar este capítulo subido hace varias horas, pero se me complicó bastante el día y no lo he podido publicar hasta ahora. ¡Pero aquí está!
Si todo va bien, el capítulo 12 lo subiré el sábado que viene. Y si todo va aún mejor, es posible que tengamos varias actualizaciones semanales durante un tiempo.
Muchísimas gracias por todos los comentarios que me dejáis. De verdad que sin ellos iría muchísimo más lenta con esta traducción. Me dais muchas ganas de seguir traduciendo, en serio.
Espero que me contéis qué os ha parecido el capítulo.
¡Hasta la próxima!
