Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Nota de la autora: Apuntes de historia:

Gagaku: literalmente «música refinada». Tomada de las formas populares chinas y coreanas de la época, esta música tenía muchas formas distintas y estaba diseñada para mostrar un tipo de refinamiento en la corte. Podía ganarse o perderse prestigio en la corte basándose en el nivel de interpretación.

La primera canción que canta Kagome: llamada literalmente Hana o Sakura. Saqué esta canción de un libro de canciones infantiles japonesas con el que conseguí hacerme. El libro me ponía que era una canción infantil tradicional, pero no cuánta antigüedad tenía. La cogí porque se adecuaba a mis propósitos, así que mis disculpas si alguien descubre que es una falacia histórica por mi parte.

Koto: instrumento tradicional japonés traído desde China alrededor del siglo VII o VIII. También hay una versión coreana del instrumento. Tenía unas trece cuerdas en la época Heian y era una parte central del gagaku en la corte. Es difícil describir exactamente la clase de sonido que produce, pero hay muchos vídeos en YouTube de actuaciones, si a alguien le interesa buscarlo.

Kimi wa yo/Kimigayo (la canción de Kikyou): como muchos sabéis, es el himno nacional de Japón, pero en su origen era un poema anónimo escrito durante la época Heian y no fue seleccionado como himno nacional hasta 1869.

Es, por supuesto, una celebración del Emperador de la nación, así que pensé que sería adecuado hacer uso de él. También utilicé una versión más antigua de la letra que se habría usado durante la época Heian, ya que se cambió la letra durante la era Kamakura para adecuarse a los propósitos del Bakufu.

Kagome canta tanto la letra en japonés como en español, aunque es la misma. Técnicamente canta el mismo verso tres veces. Es así porque la canción es muy corta y quería extenderla, y porque quería darle a los lectores la idea de cómo sonaría tanto en japonés como en español.

La lista de clanes/kami: todos los kami listados son algunos de los más prominentes en la religión Shintō. Sé al menos un poco del trasfondo de cada uno, pero haría falta una eternidad para escribirlo todo. Probablemente exploraré cada uno un poco más a medida que avance la historia, pero por ahora se quedará como una lista.

Además, los kami que asigné a los Minamoto y a los Fujiwara no son al azar, sino que estaban históricamente conectados a esos dos clanes durante la época Heian. El resto de asignaciones, sin embargo, son más o menos aleatorias.

Ane-ue: una forma arcaica de decir «hermana». Así es también cómo se dirige Kohaku a Sango en la serie.


Capítulo 12: De celebraciones y sentimientos en conflicto

Unas cuantas noches después del encuentro de la aldeana con el Señor de los lobos, llegó la luna nueva. Kagome se encontró levantándose esa noche, sacada de la cama como si tirase de ella una fuerza invisible. Con poco pensamiento consciente, se puso un traje grueso sobre su ligera yukata de dormir y caminó a través del frío aire nocturno y los caminos vacíos hasta el En no Matsubara.

A primera vista, solo estaba el sereno brillo del árbol, sus ramas eran tan vastas que parecían enroscarse para entrelazarse con las estrellas. Hermoso, pero de algún modo decepcionante. Se encontró frunciendo el ceño ante el vacío patio.

Y entonces él emergió de entre las profundas sombras al pie del árbol, sonriendo con satisfacción como si hubiera sabido que ella estaría allí. Kagome sintió que su propia expresión se iluminaba en respuesta mientras avanzaba para encontrarse con él.

—Así que al final has venido, niña. Y yo que pensaba que estarías demasiado ocupada cabreando a los cortesanos.

—No tan ocupada como para no poder tomarme el tiempo de molestarle a usted, en cambio. Después de todo, teníamos una promesa —respondió Kagome pícaramente—. Y yo pensaba que ya habíamos establecido que tengo nombre.

—Ka-go-me, ¿verdad? —dijo con más que un tinte de burla—. Niña te queda mejor, si me preguntas.

—No recuerdo haberle preguntado. Aunque sí le preguntaré cómo puedo llamarle, ya que no se dignó a decírmelo antes de salir corriendo la última vez —dijo.

Ante esto él dudó, sus ojos se apartaron de los suyos por primera vez.

—… Toga —murmuró finalmente, de manera reflexiva—. Toga está bien.

Kagome frunció las cejas ante el curioso modo de expresarse y la falta del nombre de un clan, pero decidió no insistir sobre el tema. Esta solo era la segunda vez que se encontraba con él, después de todo, y no tenía ninguna obligación de compartir detalles íntimos con ella.

—Toga-sama, entonces —dijo—. Encantada de conocerle… otra vez.

Él pareció un poco incómodo cuando usó su nombre, sus ojos se movieron para mirar hacia las enredadas ramas del Goshinboku. Fue y tomó asiento sobre una de las enmarañadas raíces.

—¿Cómo te ha ido por aquí? —dijo finalmente con ojos serios mientras la miraba a través de la oscuridad. A Kagome le sorprendió un poco el repentino cambio.

—Bastante bien —respondió con un poco de cautela.

—Sandeces —declaró. Ella levantó los ojos rápidamente para encontrarse con los de él.

—Qué…

—Para con esa mierda, Kagome —la interrumpió Toga—. Sé lo que has estado haciendo por aquí. Diablos, toda la corte sabes lo que has estado haciendo. Te habrían tratado como a una mierda incluso si no hubieras hecho más que intentar encajar, así que deben de estarte tratando como el séptimo nivel del infierno después de todo lo que has hecho desde que llegaste aquí.

La atravesó con una mirada escrutadora, con expresión expectante. Ella dudó, sin saber si era sabio hablar de tales cosas. Finalmente, se movió lentamente para tomar asiento enfrente de él, con los ojos fijos en su regazo.

—No ha sido ni de cerca tan malo como podría haber sido —confesó, más para el suelo que para él—. Sango-sama y Miroku-sama han sido muy amables conmigo, con todo. Midoriko-sama me ha acogido como su pupila. Y el Tennō-sama… el Tennō-sama me ha apoyado mucho más de lo que me habría atrevido nunca a pedirle.

Se detuvo. Él esperó en silencio y Kagome pudo sentir sus ojos sobre ella.

—A menudo echo de menos a mi familia —consiguió decir finalmente y sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas como había temido que pasara una vez expresase el sentimiento—. Y a menudo me pregunto si estoy haciendo todo esto de la forma correcta. Me estoy esforzando al máximo, haciendo las cosas que puedo, pero me siento insegura. Pero no quiero decir insegura, porque esto es muy importante. Hay tantas cosas que dependen de esto que no quiero decir que tenga miedo de fracasar, pero… tengo miedo de fracasar. Tengo mucho miedo de fracasar. Y no dejo de desear que ojalá supiera la forma correcta de hacerlo en lugar de ir tanteando a ciegas en cada dirección y esperando poder hacer algo con todo ello…

Las últimas palabras se vieron amortiguadas por las mangas de sus ropajes mientras Kagome inclinaba la cabeza, esforzándose por ocultar lo mejor posible las lágrimas que sentía que empezaban a fluir libremente. Nunca se había atrevido a confiarle estos sentimientos a nadie desde su llegada, temiendo revelar una debilidad que no podía permitirse en su incerteza.

Temiendo aún más que admitir su incerteza en voz alta la paralizaría, que evitaría que fuera capaz de seguir adelante a la luz de tan abrumadora responsabilidad.

Había soltado todo sin control delante de Toga, brotando a la superficie en una repentina oleada. Le temblaban las manos donde las tenía apretadas en su regazo. Se sentía pequeña y asustada.

Una mano fue a descansar cautelosamente en la parte de atrás de su cabeza inclinada, dándole palmaditas en el pelo en un gesto extrañamente familiar.

—Lo sabía. Sabía que estabas intentando contenerlo. Después de todo, eres terca.

Kagome resopló con indignación, el sonido salió ahogado y húmedo por las lágrimas.

—¿Quién es terca? —murmuró débilmente.

—Tú. Intentas hacerlo todo tú sola. Intentas asumir toda la responsabilidad por los demás —la acusó.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Kagome, levantando la cabeza para mirarlo con incredulidad.

La oscuridad le hacía difícil saberlo, pero la miko habría jurado que él se había sonrojado por eso. Toga retiró la mano para rascarse la parte de atrás de la cabeza con incomodidad.

—Yo… eres fácil de leer, eso es todo. Toda noble y responsable en todo momento —dijo poniendo los ojos en blanco.

Kagome frunció el ceño, secándose los ojos.

—Bueno, discúlpeme por ser noble y responsable.

Él resopló, mirándola con ecuanimidad.

—No es un insulto, Kagome.

—Entonces poner los ojos en blanco es un gesto de cumplido aquí en la corte. Tendré que tenerlo en mente.

—¡Maldita sea, mujer, no estoy intentando discutir contigo! —soltó.

—¡Bueno, entonces lo está haciendo fatal!

Se fulminaron con la mirada durante un largo momento antes de que a Kagome le diera el hipo. Toga suavizó su expresión.

—Mira, solo me refiero a que no puedes responsabilizarte de todo. Tú misma dijiste que estás haciendo lo que puedes, ¿verdad? Entonces sigue haciéndolo. Es más de lo que la mayoría de los demás bastardos de por aquí intentan hacer. Y… si alguna vez te sientes… ya sabes, preocupada o algo… bueno, tienes una noche al mes donde escucharé lo que sea que tengas que decir. Cualquier cosa.

Kagome sintió que se suavizaba su propia expresión mientras lo miraba. Él parecía brillar a la luz del aura del Goshinboku y su corazón se encogió ante la visión.

—¿Por qué está siendo tan amable conmigo?

Él lo sopesó por un momento y luego negó con la cabeza.

—Porque quiero serlo —respondió humildemente.

Kagome se levantó lentamente, con los ojos alzados hacia su rostro. Avanzó un paso y lo rodeó con los brazos sin pararse a pensarlo, pero solo con tal sentimiento de gratitud que no pudo contenerse.

Sabía que no tenía ninguna razón auténtica para confiar en este hombre que no le había dado de sí mismo más que su nombre de pila, pero se encontró con que así era. Y tal vez con el tiempo pensaría que era una tonta por ello, pero por el momento simplemente creía en él.

—¡O-Oye…!

—Gracias, Toga-sama —murmuró con la frente contra su pecho—. Gracias por ser amable conmigo, sean cuales sean sus razones. De ahora en adelante vendré a usted. Solo se lo contaré a usted cuando dude y usted tendrá que prometer que me guardará el secreto para que pueda seguir haciéndolo lo mejor posible a la luz del día. Me guardará mis secretos, ¿no?

—… Lo haré —dijo con una de sus manos apoyadas en su hombro.

—Entonces yo también prometo guardarle los suyos, si es que alguna vez siente la necesidad de contármelos. Quiero ayudarle a cambio, si puedo —ofreció.

—Ya lo haces —dijo en voz tan baja que casi no lo oyó.

Inclinó la cabeza para mirarlo, con una pregunta en su mirada. Su rostro era ilegible mientras le devolvía la mirada. Su agarre sobre su hombro se tensó por un momento, como si fuera a apretarla contra él. Apartó abruptamente los ojos y alejó el brazo de ella.

Kagome se sonrojó, retrocediendo cohibida. Tal vez eso había sido inapropiado por su parte…

—Me tengo que ir, por ahora —dijo y el corazón de ella se encogió un poco. Por primera vez sintió el frescor del aire nocturno alrededor de ellos.

—Ya veo.

—Volveré, Kagome. Dentro de un mes. Y cada mes después de eso —dijo con firmeza—. Tenemos una promesa.

Ella levantó lentamente las comisuras de sus labios. Asintió, con ojos ardientes mientras los alzaba para mirarlo.

—Sí, la tenemos.

Él asintió, con una comisura de su boca elevándose en una sonrisa. Se dio la vuelta y cruzó el En no Matsubara, haciendo un ademán de despedida en su dirección mientras avanzaba. Ella lo observó hasta que desapareció de su vista.

De algún modo se sentía más fuerte tras haber sido capaz de admitir en voz alta lo que temía. Y Toga-sama tampoco había dicho ni una palabra para condenarla por sus confesiones. Era un consuelo ser capaz de compartir algunas de sus cargas sin tener que preocuparse por revelar que era débil.

Rara vez se había permitido expresar tales sentimientos, incluso a su familia cuando estaba en la aldea. La miko siempre había temido que sería una traición en algún sentido a las expectativas que tenían de ella. Y en la corte estaba bajo demasiado escrutinio como para contemplar el hecho de confesárselo a sí misma.

A pesar de ello, Toga había conseguido sacárselo con apenas algunas palabras ariscas. Se sentía extrañamente en calma cerca de él, a pesar de la muy breve cantidad de tiempo que habían pasado juntos.

Sonrió para sus adentros. Los kami la habían bendecido con otra alma amable en su camino. Era verdaderamente afortunada.

Esa noche durmió profundamente.


Solo había dos semanas entre el tiempo en el que el Tennō había enviado la orden de que debía planearse una celebración y el tiempo en el que se suponía que el padre y el hermano de Sango-sama iban a regresar a la corte. Este, le informó Sango a Kagome una noche en un particular ataque de cólera, era difícilmente tiempo suficiente para organizar una pequeña cena para un grupo de amigos íntimos, mucho menos para planear una celebración adecuada para toda la corte.

Ante esto, Kagome solo pudo negar con la cabeza y sonreír débilmente en respuesta, dándole palmaditas en el hombro a su amiga de manera conciliadora. Tenía poca idea de cómo funcionaban estas cosas, ya que nunca antes había tenido que intervenir en la planificación de cualquier clase de fiesta.

En cualquier caso, no se había planeado ninguna en su aldea. Las celebraciones que habían tenido lugar tendían a ser espontáneas, basadas en el exceso de trigo cosechado en esa estación o en el nacimiento de un bebé sano.

La miko tampoco se podía imaginar que Inuyasha-sama hubiera tenido idea de cuánto esfuerzo suponían tales empeños. Había tenido poco que celebrar en su corto reinado y difícilmente parecía del tipo que se preocupaba con tales asuntos, en cualquier caso.

Así que, en el corto espacio de dos semanas que siguió al anuncio, Kagome encontró que casi cada momento despierta lo pasó al lado de la taiji-ya y del houshi mientras ellos se esforzaban valientemente por organizar lo que Sango estaba perversamente decidida a que fuera el evento del siglo.

Kagome ayudó a limpiar y a cerrar temporalmente la zona del En no Matsubara, donde iba a tener lugar la celebración. Ayudó a Sango con el arreglo de varias sedas, flores y faroles radiantes, todos de varios tonos dorados y rojos. Kagome había sido la que había sugerido tímidamente el esquema de colores, ya que esperaba básicamente poner énfasis en el rol de Inuyasha en todo ello de una forma sutil.

Sango manejó hábilmente la contratación de entretenimiento, desde una troupe nómada de kitsune ilusionistas hasta un grupo dentro de la corte conocido por su refinamiento en la interpretación de música gagaku. Miroku estaba a cargo de pedir comida y bebida para la celebración, escogiendo raras exquisiteces chinas importadas de algunos mercaderes viajeros que conocía.

En resumen, no se escatimó nada en la planificación. Kagome se encogió un poco ante la cantidad de dinero que cambiaba de manos, todo por el bien de una única celebración, incapaz de evitar llevar la cuenta mentalmente del número de fanegas de arroz que podría haber comprado en su aldea con tal cantidad.

Sango le recordó, sin embargo, que la riqueza era una de las pocas cosas que entendían los cortesanos. Cuanta más riqueza se mostrase, más respeto se ganaría. En definitiva, era todo para honrar el nombre del Tennō-sama, ya que se había puesto al frente en el apoyo al evento. Kagome concedió este hecho, aunque un poco a regañadientes.

Cualquier momento de esas breves dos semanas que no pasaba ayudando con los preparativos de la celebración, lo pasó al lado del Tennō u ocupándose de sus lecciones con Midoriko-sama. La restricción de las visitas a las residencias no tuvo ningún impedimento cuando Inuyasha la presentó ante el Consejo. Los cortesanos ahora no tenían permitido más de un mes fuera al año para pasarlo en sus residencias, salvo por cualquier imprevisto.

A la miko este le pareció un buen paso y sugirió que también insistiera en una prohibición temporal de la construcción de nuevas residencias. Eso también se había aprobado y la construcción de cualquier nueva residencia se había prohibido durante todo un año. Solo se permitían reparaciones sobre anteriores residencias, previa revisión del daño.

Ante esto, el hanyou le informó que los hombres del Consejo habían empezado a irritarse («viejos bastardos malhumorados» habían sido sus palabras exactas) y ambos habían acordado que sería inteligente parar por un tiempo y observar lo que pudiera pasar. No tenían uso ni beneficio en forzar todo a la vez, después de todo, y no había certeza en cuanto a la cantidad de ventaja que los esfuerzos de Kagome les habían ganado.

Así que Inuyasha-sama le anunció al Consejo la celebración que iba a tener lugar en honor del regreso de la familia de Sango de sus deberes y les informó de que la asistencia era obligatoria para todos los clanes. Informó a la miko con una sonrisa de satisfacción nada pequeña que eso «había tomado por sorpresa a sus culos viejos y arrugados» por un momento. No había habido auténticas celebraciones dentro del palacio desde la muerte de su padre y esta repentina muestra de su autoridad no debía de ser menos que impresionante para ellos.

Pero el hanyou no tenía dudas de que asistirían todos, aunque solo fuera con la esperanza de que él se pusiera en ridículo. Kagome le aseguró que ese no sería el caso, no con Sango liderando el asunto, y empezó a utilizar el resto de sus reuniones matutinas para darle a Inuyasha las lecciones de protocolo que Kaede-sama le había dado a ella cuando era pequeña.

El hanyou se había quejado mucho de esto, pero finalmente se sometió a las lecciones con hosquedad. Como era el hijo bastardo, solo su madre había intentado darle lecciones con anterioridad, le informó, y su tiempo con ella había sido breve. A Kagome le dolió el corazón por su pérdida, evidente tantos años más tarde cuando hablaba de su madre y se decidió a no dejar que los esfuerzos de la otra mujer se desperdiciaran.

Trabajaron para refinar su habla hasta un nivel digno de su posición. Esto consistió en su mayor parte en Kagome haciendo de una hipotética cortesana y pidiéndole a Inuyasha que respondiera a lo que fuera que ella dijera, aunque a menudo terminaba con ella alterándose tanto que casi lo abofeteaba cuando parecía que, sin importar cuánto lo intentara, no podía detener el flujo de sus blasfemias.

Su progreso fue lento durante esas dos semanas (lo bastante lento como para que a veces Kagome se viera tentada a tirarse del pelo y a tirarle a él del suyo), pero finalmente llegaron a un punto en el que el Tennō-sama era capaz de responder educadamente, si no elegantemente, a la mayoría de sus intervenciones. Aunque todavía era incapaz de contenerse si ella intentaba nada incluso remotamente provocador.

Aun así, suponía que era lo mejor que podía hacer por el momento. Además, se dio cuenta de que sería mucho mejor que encontrase un profesor mucho más capacitado para la continuación de la educación del Tennō. Sus lecciones con Kaede-sama habían sido rudimentarias como mucho, en realidad, y ciertamente no estaban diseñadas para alguien de la posición de Inuyasha-sama. Tomó nota mental de pedirle a Sango-sama que la ayudase a encontrar a alguien de confianza y capacitado para cubrir el puesto.

—Entonces ¿están completos los preparativos para la celebración? —le preguntó Inuyasha cuando terminaron su lección la víspera del día en que iba a regresar la familia de Sango.

Kagome frunció el ceño, parpadeando en su dirección. Inuyasha frunció el ceño en respuesta.

—¿Qué pasa? ¿Ocurre algo? —preguntó.

—De algún modo, no me gusta cuando hace eso —respondió ella, negando con la cabeza.

Inuyasha frunció aún más el ceño.

—¿Te has pasado dos repugnantes semanas gritándome que «hablase adecuadamente» solo para poder decirme que no te gusta? —dijo prácticamente gruñendo.

—No, no —respondió Kagome rápidamente, moviendo una mano en gesto de negación antes de que pudiera darle un ataque de ira—. Quiero decir que, cuando solo estemos nosotros dos… bueno, me siento incómoda cuando me habla con tanta formalidad solo a mí. Y estoy segura de que le supone esfuerzo por su parte también. Cuando solo estemos los dos, me gustaría que fuera capaz de hablar con libertad, Inuyasha-sama. Solo compórtese como más cómodo se encuentre. Después de todo, no soy una cortesana.

El hanyou frunció el ceño, sopesándolo.

—… Entonces, cuando estés solo tú, ¿puedo hacer lo que quiera?

—Sí. Me gustaría que pudiera ser usted mismo conmigo sin que tenga que preocuparse, ya que me ha permitido actuar tan informalmente con usted, Inuyasha-sama —respondió Kagome con una sonrisa—. Además, me gusta más cuando no se está conteniendo en forma alguna, Inuyasha-sama.

Se sonrojó un poco ante su propia confesión, con los ojos fijos tímidamente sobre el tatami que tenía debajo de ella. El hanyou pudo sentir que se sonrojaba ligeramente en respuesta.

—De acuerdo, entonces —concordó, su voz fue tan áspera como pudo ponerla. Kagome sonrió tímidamente, lanzando una rápida mirada hacia él por debajo de sus pestañas.

—Se está haciendo tarde. Ahora que ha terminado nuestra lección, será mejor que vaya a descansar un poco. La celebración es mañana y todos vamos a estar muy ocupados —dijo.

—Feh. Como si yo necesitase dormir tanto como un humano. Vete tú a descansar. Eres tú la que lo va a necesitar —se mofó ligeramente, moviendo una mano en gesto de despedida.

—De acuerdo, entonces —dijo Kagome con una sonrisa irónica, poniéndose de pie para abandonar sus aposentos—. Buenas noches, Inuyasha-sama. Que duerma usted bien.

—Buenas noches, Kagome. Tú… que tú también duermas bien.


El día de la celebración empezó antes del alba para Kagome. Varios de los sirvientes de Kikyou la levantaron de la cama y la arrastraron a la sala de baños privada que había utilizado la mañana de la excursión de las mujeres de la corte a la arboleda de sakura.

La frotaron y la aclararon concienzudamente en un baño perfumado, lubricaron su pelo con aceite y lo peinaron hasta que colgó en una brillante cascada por su espalda. A pesar de sus protestas, la vistieron con un fino juni-hito rojo y dorado, estampado por todas partes con imágenes de grullas. Era pesado, pero la sirvienta le informó de que Kikyou-sama había insistido en que tuviera el mejor aspecto posible para la ocasión.

Aplicaron polvo blanquecino en todas las zonas visibles de su piel y le pintaron los labios de un intenso carmesí. La línea de sus pestañas se vio exagerada con kohl y le pintaron sus párpados con un fino polvo azul pálido.

Cuando estuvieron listos los preparativos, la condujeron, trastabillando con torpeza en las pesadas capas, hasta el cuarto de Kikyou. La noble la esperaba en la habitación, con la cabeza inclinada mientras punteaba unas notas en el koto que descansaba delante de ella. El sonido era claro y firme, sus delgados dedos se movían hábilmente sobre las trece cuerdas.

Kagome cerró la puerta shoji detrás de ella y Kikyou levantó la mirada para encontrarse con la suya. La mirada de la futura Emperatriz se deslizó sobre su figura con una mirada de rápida evaluación. Al encontrar su apariencia aceptable, asintió y le indicó que se sentase.

Kagome así lo hizo, lentamente y con cuidado, asegurándose de ajustar las capas del juni-hito a su alrededor para que no se arrugasen cuando se volviera a levantar.

—¿Sabes cantar, Kagome? —preguntó la futura Emperatriz sin preámbulos. La aldeana parpadeó, juntando las cejas.

—Supongo que sí, Fujiwara-sama. Solía cantar en algunas celebraciones en mi aldea, pero difícilmente puedo declarar que tenga una gran habilidad para ello —replicó.

—Yo seré la que juzgue tu habilidad —respondió Kikyou serenamente—. Cántame algo que te sepas. Yo te acompañaré.

Levantó las manos para que se cernieran expectantes sobre el koto. Kagome frunció el ceño, confundida en cuanto a por qué la futura Emperatriz estaba escogiendo hacer esto ahora de entre todos los momentos que había. A pesar de ello, se le vino a la mente una de las canciones de la aldea que había sido popular durante su infancia y cantó:

Mirad, ved los sakura que permanecen en pie en la niebla matutina,

Los oigo hablarme con tono amable,

Por la tarde amo ver los sauces ondulantes,

Me extienden sus manos para acercarse

A solas.

Kikyou consiguió captar y seguir la simple melodía de la canción infantil hermosamente con el koto, la música era de algún modo tan nostálgica y dulce como Kagome la sintió al cantar la canción. Observó con silenciosa admiración mientras la noble punteaba las últimas notas vacilantes, que parecieron pender pesarosas en el aire durante unos momentos más.

—Toca excelentemente, Fujiwara-sama —dijo Kagome en voz baja. Kikyou levantó la mirada hacia ella, la habitual solemnidad de sus rasgos se suavizó por un instante en lo que podría haber sido sorpresa. Kagome se preguntó si tal vez no estaba acostumbrada a oír tales halagos.

—He tenido muchos años de práctica —replicó la noble de manera casual—. Y tu forma de cantar es más que adecuada a mis propósitos. Ten, memorizarás esto para la celebración de hoy.

—¿Q-Qué? ¿Para la celebración…?

Bajó la mirada al papel que Kikyou había deslizado hacia ella, tenía unas cuantas líneas pulcras de kanji perfectamente formados. Era corta al menos, pero ¿la noble de verdad esperaba que ella…?

—¿Quiere que cante esto en la celebración de hoy? —dijo, sintiendo ligeras náuseas.

—Sí. Lo compuse específicamente con ese objetivo —respondió la futura Emperatriz sin arrepentimiento.

La aldeana era consciente del hecho de que prácticamente estaba mirando boquiabierta a la mujer, pero difícilmente podía componerse.

—¿N-No puede cantar la canción usted misma, Fujiwara-sama? Es decir, es suya y yo estoy tan mal preparada…

—Aunque soy altamente habilidosa en muchas de las artes nobles, los kami no creyeron conveniente bendecirme con el don del canto —replicó Kikyou, bajando los ojos hacia el koto. Kagome podría haber jurado que había visto un débil sonrojo en sus mejillas ante la confesión, aunque lo postulase tan directamente.

—Además —continuó la noble, levantando los ojos para encontrar los de Kagome—, tu posición en la tarima no vino dada solo para aparentar. Las dos somos las manos derecha e izquierda del Tennō. Le traemos gloria o vergüenza a Su Majestad a través de nuestros actos. Traeremos gloria y justificaremos las decisiones de mi señor a través de nuestra muestra de sofisticación hoy en la corte. Mostraremos que estamos entre los elegidos de los kami y que nuestra posición y la de mi señor, al representarlo, están aprobadas por lo divino.

Kagome no había considerado esto. Sango-sama le había mencionado durante la planificación de la celebración que las muestras de sofisticación eran muy importantes dentro de la corte. El respeto y el prestigio podían ganarse o perderse fácilmente a través de tales demostraciones, le había explicado.

Y aquí, aunque Kikyou había trabajado duro por su cuenta para componer una canción y la música por la gloria del Tennō, se había rebajado a compartirla con la aldeana. Kagome solo podía imaginar lo difícil que debía de haber sido acudir a ella en busca de ayuda para alguien con el orgullo de Kikyou.

Para el caso, también debía de haber sido un golpe encontrar a una plebeya de repente sentada al mismo nivel que ella en la tarima. Kagome se mordió el labio. No podía imaginarse que a Kikyou le hubieran consultado esa cuestión antes de ejecutarla. Sintió una punzada de culpa por no haberse dado cuenta antes.

Aun así, la futura Emperatriz no actuaba con rencor hacia ella. En cambio, continuaba esforzándose por encontrar formas de mejorar la posición de Inuyasha-sama dentro de la corte. Al igual que estaba haciendo la propia Kagome. Era extraño pensar que tenían algo en común.

La aldeana hizo una profunda reverencia, con las palmas contra el suelo ante ella en una muestra tanto de disculpa como de deferencia.

—Como desee, Fujiwara-sama. Aspiro, al igual que usted, a servir al Tennō-sama de cualquier forma que pueda —dijo—. También… también espero convertirme en un apoyo para usted, si lo permite.

Hubo silencio durante un largo momento. Kagome se sonrojó, aunque no levantó la cabeza, pensando que tal vez su oferta era completamente indeseada para la futura Emperatriz.

—… Me gustaría, Kagome —llegó finalmente su voz, más suave de lo que Kagome la había oído antes—. Gracias.

Kagome levantó la cabeza, estupefacta ante la visión que la recibió. Kikyou estaba… sonriendo. No era más que una débil curva hacia arriba de las comisuras de sus labios, pero sus oscuros ojos parecían brillar de una forma que le iluminaba todo el rostro.

Sí que era una belleza, en una miríada de formas. Kagome podía ver por qué Inuyasha debía de haber escogido quedarse con ella incluso después de que su clan hubiera caído. Esa idea, que había llegado a ella sin invitación, oscureció su expresión por un breve instante.

—Has demostrado una y otra vez que eres leal y trabajadora, aunque en ocasiones te falta sofisticación —pronunció la noble—. Deseo poder contar con tus esfuerzos en el futuro.

Una tímida sonrisa se extendió por el rostro de la aldeana, no habituada a cualquier clase de elogios por parte de la noble. Era agradable pensar que una mujer como Kikyou-sama podía estar dispuesta a confiar en ella.

—Me esforzaré al máximo, Fujiwara-sama —dijo.

—Vamos, entonces. La ceremonia va a empezar pronto.


La celebración comenzó con una bienvenida en la entrada norte de la puerta de Suzakumon exterior, cuando los familiares de Sango entraron a caballo en procesión. La troupe de músicos contratados para la ocasión tocó mientras cabalgaban por un pasillo de cortesanos desplegados animadamente, todos ellos saludaban o simplemente observaban, dependiendo de su inclinación.

Esta parte la observó Kagome desde la distancia, ya que no se le permitía que la vieran hasta que pasaran al recinto decorado del En no Matsubara. Ahí era donde Kikyou, Inuyasha-sama y ella iban a ser formalmente anunciados antes de que empezase la verdadera celebración.

Observó los actos desde un camino oculto lateral hasta que se movieron para ir a guardar los caballos en los establos y los cortesanos empezaron a dirigirse hacia el En no Matsubara. Kagome se apresuró por delante de ellos por los caminos traseros, feliz de haber podido obtener un vistazo de la alegría que irradiaba de Sango al recibir a su padre y a su hermano en la corte.

Dentro del En no Matsubara volvió a sentarse sobre la tarima improvisada de incrustaciones de marfil y oro que habían montado cerca del Goshinboku. La futura Emperatriz le dirigió una mirada de ligera desaprobación cuando se apresuró, su abanico se movió en un gesto de ira.

Kagome, tras conseguir colocar con éxito las capas de sus galas a su alrededor para no desordenarlas mientras se arrodillaba sobre su cojín, abrió el abanico que colgaba de su muñeca y luego lo cerró lentamente una vez más en un gesto de súplica que Sango-sama le había enseñado. Kikyou ladeó la cabeza ante esto, pareciendo ligeramente complacida porque se hubiera encargado de su propia educación en el lenguaje de los abanicos.

Kagome sonrió para sus adentros, mirando hacia la gran pantalla dorada y roja que oscurecía al Tennō-sama de la vista en lo alto de la tarima.

Había sabido que necesitaría un mayor dominio del lenguaje de los abanicos y del protocolo de la corte para poder aprovechar esta oportunidad que le había proporcionado Inuyasha-sama y les había pedido a Sango-sama y a Midoriko-sama que le dieran clases mientras trabajaban juntas. Estaba bastante orgullosa de lo mucho que había podido aprender.

Hubo un gran susurro de abanicos y sedas cuando los cortesanos empezaron a entrar en la zona del En no Matsubara. Kagome observó en silencio el cegador despliegue de colores, joyas, abanicos y sedas, y todas las medidas de galas que uno podía imaginar. Era como una gran migración de aves exóticas, su plumaje era ornamentado y de alguna forma desconcertante.

Podía ver la confusión en muchos de los rostros pintados a medida que se sentaban sobre las hermosas sedas que se le habían asignado a cada clan en concreto. Los comienzos de una maligna clase de satisfacción se agitaron a través de los abanicos de algunas mujeres, indicándose unas a otras que sus expectativas habían sido justificadas mientras tomaban asiento bajo el cálido sol sin la sombra de un parasol para ofrecer dignidad a sus posiciones.

La miko sonrió internamente ante esto, contenta con esperar al momento que estaba por llegar. La familia de Sango, con su padre y su hermano pequeño a la cabeza, tomaron su lugar de últimos sobre una seda extendida en el centro de la celebración. Sango se separó del grupo y fue hacia la tarima, haciendo una profunda reverencia y agitando reverentemente su abanico.

—Le doy las gracias por permitir esta celebración en honor del regreso a salvo de mi clan de su deber, Tennō-sama —dijo, proyectando para que lo oyera toda la corte—. Su Majestad nos honra con Su cuidado y, a cambio, nosotros solo buscamos honrar al Tennō-sama.

—Agradecemos los esfuerzos de tu clan en Nuestro nombre y seguiremos honrándoos mientras sigáis honrándonos a Nosotros —respondió el Tennō-sama y Kagome pudo sentirse casi henchida de orgullo ante la autoridad de su tono—. A todos Nuestros primos, Nos complace compartir hoy con vosotros la profusión de riqueza con la que nos han bendecido los kami. Que comience la celebración.

Sango hizo una nueva reverencia antes de enderezarse y volverse hacia la expectante y obviamente no impresionada multitud con una expresión tan engreída que era casi de felicidad. Levantó el abanico por encima de su cabeza y lo agitó en un intrincado movimiento que pareció abarcar todo el cielo visible desde el En no Matsubara.

En la distancia, el cielo se oscureció, algo parecido a una ola de tinta lo llenó, corriendo un tupido velo sobre el sol. Los cortesanos se quedaron boquiabiertos cuando el En no Matsubara se sumió en la oscuridad. Kagome pudo oír a Kikyou moviéndose inquieta a su lado en la tarima. Pudo sentir que Inuyasha se levantaba desde su posición detrás de la pantalla.

Durante un largo momento no hubo más que oscuridad. Kagome podía sentir que se le aceleraba el pulso con anticipación.

Un estallido de luz emergió de la oscuridad y pequeños fragmentos de la luz se separaron para convertirse en estrellas centelleantes en el recién formado cielo nocturno. Un trozo más grande colgó bajo, como una pesada luna llena. Los faroles de papel colgados por el En no Matsubara cobraron vida fila por fila, iluminando los pasmados rostros de los cortesanos con el brillo de mil colores diferentes.

Los clanes estallaron en movimiento, girándose para mirar entre ellos al espectáculo que Sango-sama había diseñado tan ingeniosamente. Admiraron con los ojos bien abiertos la completa transformación, incluso los fuertes movimientos de los abanicos pararon por un momento. Kagome bajó la mirada hacia Sango y encontró a la noble sonriéndole triunfante.

—Primos míos, por voluntad del Tennō-sama, incluso el día puede convertirse en noche —anunció Sango en voz alta, su abanico trazó un círculo completo de éxito—. En este día, Su Majestad honra los esfuerzos de mi padre y de mi hermano con este despliegue. Por favor, únanse a nosotros para honrarles.

La música pareció salir del mismísimo aire ante esto y las ramas del En no Matsubara ondearon suavemente con el impulso de un viento extraño. Las estrellas sobre ellos se movieron, centelleando al ritmo de la melodía. La troupe de bailarines que habían contratado entró en la zona, ondeando sedas y abanicos en un ritmo ondulante tan hermoso y atemporal como el flujo de un río.

Entraron los sirvientes, en silencio y tranquilamente, mientras los cortesanos estaban distraídos con los sonidos y las vistas, para colocar bandejas ingeniosamente dispuestas de exquisiteces chinas en el centro de cada grupo que estaba sentado. Sango se movió para volver a unirse a su clan en el centro de las celebraciones, su padre y su hermano se levantaron para darle la bienvenida con expresiones de orgullo y gratitud.

Kagome levantó el abanico para cubrir el ancho de su sonrisa, su alegría era tan grande que tuvo que esforzarse por evitar moverse con inquietud. Todo había transcurrido sin incidentes y los resultados eran más hermosos de lo que podría haberse imaginado. Incluso Kikyou estaba sentada en silencio a su lado en los peldaños de la tarima, con ojos atentos mientras asimilaba todo.

—Oye, Kagome —llegó el bajo murmullo desde detrás de la pantalla.

La aldeana se dio la vuelta, acercándose a la pantalla.

—¿Sí, Tennō-sama? —respondió en el mismo tono bajo, pero perfectamente consciente de su posición en ese momento.

—¿Eso que huelo son kitsune?

—Sí, Tennō-sama —contestó, cubriendo su sonrisa una vez más con su abanico—. La idea se le ocurrió a Sango-sama, ya que se ha encontrado con muchos clanes de kitsune en sus viajes. Pensó que sería verdaderamente sorprendente hacerles usar ilusiones para sumir al En no Matsubara en la noche durante el día. También son responsables de la música que está oyendo. Contrató a toda una troupe de ellos, treinta o así en total. Debería haber más demostraciones en cualquier momento…

Un débil «pum» y un puñado de exclamaciones terminaron su frase por ella mientras una lluvia de pétalos de sakura bajaba volando en mitad del aire para caer sobre el clan Minamoto. Algunas de las mujeres murmuraron de admiración y deleite, los hombres se rieron con ganas mientras la lluvia caía sobre sus ropas y su pelo. Varios «pum» más dejaron a otros clanes igualmente entretenidos, una variedad de finas flores cayeron a su alrededor.

Varias grullas grandes y brillantes aparecieron también de repente, caminando por el En no Matsubara entre los cortesanos para mezclarse con los bailarines mientras se mecían. Kagome oyó un sonido bajo de aprobación por parte de Kikyou al verlo.

—Los kitsune son muy habilidosos, ¿no, Tennō-sama? —le murmuró alegremente.

—Mmm. La Tachibana es bastante inteligente. Sabe exactamente cómo llegar a estos esnobs. No van a poder destrozar este despliegue en un futuro próximo.

Kagome asintió, concordando, rebosando orgullo ante el logro de su amiga. El asombro de la corte era obvio ante la habilidad y la sofisticación del gusto usado en la planificación, incrementado por el hecho de que muchos de ellos habían llegado esperando casi nada de su actual Tennō.

Esto llegaría lejos en cuestión de combatir la imagen que debían de haber creado a través de una combinación de rumores y tropiezos por parte de Inuyasha-sama sobre que era un rufián basto e inadecuado para mantener su posición.

Indudablemente, no iba a influir en los corazones de los grandes clanes que estaban tan decididamente en contra de él, pero había esperanza de que los clanes menores al menos pudieran ver esta primera demostración de poder y esperar ganar influencia en la corte al comprometer sus lealtades.

Lo que le recordó a la miko su misión original en todo esto. Sacó de su larga manga un fajo de papel de arroz y un trozo de carbón natural que le habían dado los sirvientes. Le ensuciaba un poco las manos, pero difícilmente podía traer algo tan llamativo como pincel y piedra de entintar consigo a la tarima.

Los cortesanos habían empezado a moverse libremente por el En no Matsubara ahora que las emociones iniciales habían terminado, visitando y mezclándose los unos con los otros entre el pum ocasional de un estallido de flores aquí y allá. El brillo del kitsune-bi, que antes había servido como las estrellas en el cielo, había bajado gradualmente para proporcionarles más luz.

Los Minamoto estaban mezclándose con un buen número de clanes menores humanos y Kagome apuntó rápidamente esto en su pergamino.

Sango le había hecho el gran favor de solicitarles a todos los clanes que iban a estar presentes que portaran un símbolo del kami fundador de su clan en algún lugar de su persona mientras asistían. Esta no era una práctica extraña, le había informado la noble, así que no era raro pedirlo.

Los Minamoto, que portaban el símbolo de Hachiman, estaban rodeados de clanes que portaban el emblema de Ame-no-Uzume e Inari, respectivamente. Akitoki-sama estaba entre ellos, charlando cordialmente con una cortesana y portando el símbolo de Ame-no-Uzume. Entonces ese era el clan Hojo. Parecían llevarse bien con los Minamoto.

El clan Taira, que portaba el símbolo de Susano-no-Mikoto, estaba rodeado por completo de clanes de youkai, como era de esperar. En los bordes del grupo, no obstante, algunos de los youkai se relacionaban con poco entusiasmo con los Minamoto. La relación obviamente no era amable, pero sí lo suficientemente peligrosa para Inuyasha-sama.

Kagome apuntó con cuidado los clanes humanos menores que se relacionaban con los Taira. Sukuna-Biko-Na, Raijin y Fūjin eran sus respectivas deidades. Sus lealtades debían contarse como sospechosas.

También anotó los clanes youkai que se relacionaron con los Taira. Tsukiyomi-no-Mikoto, Ninigi-no-Mikoto, Ryūjin y Toyotama-hime.

Finalmente, Kagome se volvió hacia los Tachibana. Muchos clanes pasaron brevemente junto a ellos, ofreciendo la obligada bienvenida a Heian-kyō, pero hubo algunos clanes menores que se quedaron a charlar más íntimamente con ellos.

En su mayoría eran humanos, pero también hubo un par de clanes youkai menores. Los humanos portaban los símbolos de Tenjin, Omoikane, Sarutahiko y Uke Mochi. Los youkai portaban las marcas de Ōhoyamatsumi y Konohanasakuya-hime.

Kagome copió todo esto rápidamente, anotando también los clanes menores que se mantenían alejados. Sango-sama tal vez había sobreestimado un poco al decir que había cientos de clanes menores, aunque era probable que hubiera al menos cien. Pero, en su mayoría, el número de miembros de cualquier clan menor no parecía ser grande.

Aun así, ganarse a un número de clanes menores sería un buen paso. Serviría tanto para tomar poder y recursos de los grandes clanes como para prestarle ese poder a Inuyasha-sama. Los clanes que se mantenían alejados parecían ser los mejores objetivos para tal maniobra.

Al clan Fujiwara, que habría portado el emblema de Ame-no-Koyami como hacía Kikyou-sama en su abanico, no se lo veía por ninguna parte. La miko frunció el ceño ante esto. Lo más probable era que estuvieran refugiados en su residencia fuera de la corte.

Pero, incluso si quedaban muy pocos de ellos, al menos sería una buena muestra de lealtad y apoyo al Tennō que regresasen. Kagome tomó nota mental de sacarle el tema a Kikyou más adelante para ver si la noble podría convencer a sus parientes para que regresasen.

Kagome vio varias veces a Kouga, mezclado entre los muchos youkai que rodeaban al clan Taira. Parecían aceptarlo sin mayor problema y una loba youkai pelirroja entre ellos lo seguía desde hacía un buen rato. Parecía claramente incómodo por esto y Kagome se rio para sus adentros.

También captó unas cuantas breves miradas del hombre que se adecuaba a la descripción que le había dado Sango del líder del clan Taira. Era difícil distinguir desde esa distancia qué clase de youkai era, pero su pelo era de un blanco puro y su piel muy pálida. Extrañamente, su youki parecía muy apagado entre los demás, mientras que ella había esperado algo grandioso y poderoso.

Miró brevemente una vez en dirección a ella, sus ojos violetas inspeccionaron la tarima. Había algo vacío en sus ojos, una clase de presencia que parecía faltar. Kagome archivó este pensamiento para reflexionar más adelante sobre él.

Kikyou cumplió elegantemente con su deber como futura Emperatriz yendo a saludar a todos y a intercambiar unas palabras. Le dio la bienvenida a los miembros del clan de Sango amablemente, obviamente consciente de dónde estaban sus lealtades y pareció darle especialmente las gracias a Sango.

Estuvo tensa al saludar a los Taira, pero consiguió ignorar los movimientos maliciosos de sus abanicos y dirigirles lo que parecían ser al menos algunas palabras corteses. Los Minamoto le dieron la bienvenida, sonriendo con afectación como antes.

Al ver que la miko estaba inmersa en su trabajo, la futura Emperatriz le permitió que se quedara y siguiera observando esta vez. Kagome se alegró de no tener que acompañar a la noble en sus deberes. No tenía ni de cerca la cantidad de tacto y diplomacia que se requerían para tratar con ese tipo de gente.

Admiró la habilidad de Kikyou para permanecer tan resuelta a través de todo. Tal vez su rostro era estoico, pero no era antipático en su mayoría. Trataba justamente con todos y no permitía que nadie la rebajara a su nivel.

Kagome se preguntó cuánto habría que soportar en la vida para ganar tanto aplomo. Se imaginaba que se ganaba con dificultad y su corazón se compadeció de la mujer. De verdad que quería poder ayudarla, aunque solo fuera un poco.

—Oye, Kagome, ¿no vas a comer? —llegó la baja voz una vez más desde detrás de la pantalla. A juzgar por el sonido amortiguado, él ya estaba comiendo.

—Por favor, no hable la boca llena, Tennō-sama —riñó ligeramente, girando la cabeza hacia la pantalla—. Y, a decir verdad, no tengo mucha hambre. Solo quiero concentrarme en observar por el momento.

—Tienes que comer en algún momento, mujer —gruñó. Kagome frunció el ceño en dirección a la pantalla, abriendo la boca para contestar.

Se vio interrumpida por otro pequeño pum en la tarima junto a ella, pero, en lugar de una lluvia de pétalos de flores, había un pequeño kitsune sosteniendo una bandeja con comida. Parpadeó mientras la miraba con sus amplios ojos verdes antes de esbozar una sonrisa de oreja a oreja.

—¿He oído algo sobre comida? —preguntó, ofreciéndole la bandeja.

—Ah, sí. Gracias. Pero… cómo… —dijo Kagome, completamente perpleja ante la repentina aparición.

—Me gusta tu olor —dijo el pequeño kitsune—. Lo olí cuando llegamos, así que te estaba observando. Estuviste ahí escribiendo todo el rato, así que pensé que podrías tener hambre. Estoy seguro de que a mamá y a papá no les importará que descanse un momento. Soy Shippou.

—Kagome. Encantada de conocerte —respondió Kagome, sonriendo ante su charla infantil. Estiró la mano hacia la bandeja, cogiendo un pequeño trozo de algo para no ofender al niño.

—Oh, claro, cuando él te dice que comas… —gruñó el hanyou amargamente desde detrás de la pantalla.

—Oh, silencio —cloqueó Kagome antes de dar un mordisco. Estaba delicioso, aunque había sido sincera cuando había dicho que no tenía hambre. La idea de su próxima actuación dejaba poco espacio en su estómago para nada aparte de sus nervios.

—Gracias de nuevo, Shippou-chan. Es muy amable por tu parte —dijo cuando hubo tragado—. ¿Estás aquí trabajando con tu familia?

—Mmmm —asintió el niño con entusiasmo—. Mi familia son kitsune de alto nivel. Los mejores en ilusiones. Algún día yo también seré el mejor.

—Estoy segura de que lo serás —concordó Kagome, no quería más que estirarse y pellizcarle las mejillas. ¡Cómo había echado de menos la inocencia y la simplicidad de los niños!

—Vendré a actuar para ti cuando lo sea, Kagome —prometió Shippou, inflándose con orgullo—. ¡Quedarás impresionada, te lo prometo!

Un bufido emanó desde detrás de la cortina y ella frunció el ceño por ello. Shippou parpadeó, acercándose furtivamente para apoyar una pequeña mano sobre su pierna.

—¿Qué es eso? —inquirió.

—Alguien que todavía tiene que trabajar mucho en sus modales —contestó Kagome de modo cortante.

—Huele a perro —comentó el niño zorro, tapándose la nariz con una pequeña mano—. ¿Por qué no nos vamos a otro lado, Kagome, para que no se te pegue el olor a perro?

—¡Eh!

Kagome se rio suavemente. El kitsune le sonrió ampliamente, estirando la mano para apretar la tela de su juni-hito.

—Tengo que quedarme aquí por ahora, Shippou-chan, pero me encantaría jugar contigo más tarde, si quieres —ofreció. El kitsune asintió con entusiasmo—. Bien. Entonces iré a buscarte después de la celebración, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Te veré luego, Kagome. Intenta que no se te pegue la peste de perro, ¿vale?

El niño desapareció con otro pum, la bandeja que había dejado se desvaneció con él. Hubo un murmullo bajo desde detrás de la pantalla.

—No huelo. Jodido Kitsune.

—Venga, venga, Inuyasha-sama. Solo es un niño.

—Para niño mi c…

Se interrumpió cuando Kikyou se acercó a la tarima tras haber terminado de hacer sus rondas. Volvió a ocupar su lugar y un asistente se apresuró unos momentos más tarde para depositar el koto delante de ella.

A Kagome se le apretaron las entrañas al verlo. Parecía que había llegado el momento de la actuación.

Sango avanzó una vez más hacia la tarima, su padre y su hermano la acompañaban esta vez. Levantó en alto el abanico, gesticulando para que hubiera silencio entre los cortesanos.

—Primos míos, un momento de su tiempo, por favor —dijo en voz alta.

La corte de asentó gradualmente, dirigiendo su atención hacia la tarima. Miraron expectantes a Sango y a su familia, preguntándose qué más podía haber en la celebración.

—El Tennō-sama me ha ofrecido un gran honor al dar esta celebración —intervino el padre de Sango, su voz era profunda y amable—. Y ahora la futura Emperatriz y la miko bendita del Tennō-sama desean honrar a la corte con una demostración de su habilidad en honor a Su Majestad.

—Les damos las gracias por este gran privilegio —continuó el hermano de Sango—, y les pedimos que se unan a nosotros para escucharlas.

Era un chico joven, de no más de trece años. Su voz todavía era aguda con los retazos de la infancia y tenía un rostro amable que todavía no había madurado para convertirse en masculino. Aun así, había algo extraño en su aura mientras la miko lo observaba. Casi como si faltase algo.

Kikyou punteó las primeras notas delicadas en el koto y Kagome parpadeó, apartada de su observación. Con tanta elegancia como pudo reunir, se levantó y abrió lentamente su abanico.

Todos los ojos de la corte parecieron centrarse en ella en ese momento. Casi se ahogó al verlo, su rostro se quedó frío. Pero podía sentir a Inuyasha justo detrás de ella, su fuerte aura, y a Sango mirándola de modo alentador al pie de la tarima.

Respirando hondo, Kagome cerró los ojos y bajó el abanico en un grácil arco. Invocando su aura, llevó su energía espiritual a sus pulmones y rodeó su abanico con un ligero brillo. Pudo oír las ligeras exclamaciones que ondearon a través de la corte, el movimiento de los abanicos, pero lo ignoró y se centró en la melodía que Kikyou tejía tan ingeniosamente a su alrededor.

Llevando la energía espiritual a sus pulmones y ondeando su abanico con lentos y astutos movimientos, cantó:

Wa ga kimi wa

Chiyo ni yachiyo ni

Sazare-ishi no

Iwao to narite

Koke no musu made

Usted, mi señor

Continúe durante mil, ocho mil generaciones

Hasta que los guijarros

Se conviertan en peñascos

Llenos de musgo

Wa ga kimi wa

Chiyo ni yachiyo ni

Sazare-ishi no

Iwao to narite

Koke no musu made.

Las últimas notas del koto sonaron orgullosas y claras a través del En no Matsubara cuando terminó, su abanico se movió hacia arriba para brillar contra el oscuro cielo. El silencio reinó durante un largo rato.

Finalmente hubo un estallido de asombrados aplausos, empezando entre los Tachibana y los Minamoto. Los clanes humanos menores se unieron rápidamente y con entusiasmo, seguidos con vacilación por los clanes youkai menores.

Los Taira ofrecieron unos aplausos envidiosos y superficiales, aunque muchos de sus abanicos se retorcieron como serpientes en gestos de rechazo. Kagome localizó a Kagura entre ellos, sus ojos ardían claramente con su desagrado.

Sintió que Inuyasha se ponía en pie detrás de la pantalla cuando los aplausos empezaron a decaer lentamente. Kikyou también se puso en pie, con expresión complacida. Movió el abanico en un gesto de aprobación hacia la miko, con ojos llenos de cariño.

—Primos —entonó el Tennō, interrumpiendo lo que quedaba de charla—, veis los regalos que los kami Nos han otorgado, Nuestra mano derecha y la izquierda, la futura Emperatriz y la miko Kagome. Esta es su bendición. Nuestro reinado no fracasará con ellas a Nuestro lado. Os dejamos ahora tras daros el regalo de que se os permita ser testigos de aquello que está tan cerca de los mismísimos kami. Os dejamos con el recordatorio de que Nosotros somos vuestro Señor soberano.

Con estas palabras, la ilusión desapareció del cielo y el sol brilló con fuerza una vez más sobre el patio. Los cortesanos parpadearon, levantando la mirada como si hubieran salido de un sueño. Todos se quedaron sentados en silencio durante un largo momento, cada uno asimilando lo que habían visto y oído.

Los Taira fueron los primeros en ponerse de pie, muchos parecían claramente disgustados mientras se marchaban. Los abanicos de las mujeres se movieron en variados gestos de desdén e insulto.

Kagome sonrió irónicamente para sus adentros. Fuera lo que fuera que pudieran decir entre ellos, era obvio que tenían poco terreno sobre el que apoyarse para quejarse sobre la celebración.

Los demás cortesanos los siguieron lentamente a continuación, marchándose en pequeños grupos y conversando en voz baja entre ellos. Los Tachibana fueron los últimos en ponerse en pie, girándose casi al unísono para ofrecer una reverencia hacia la tarima antes de empezar su partida.

—Diría que ha sido un éxito —murmuró Kagome, observando mientras el último de los cortesanos salía del En no Matsubara.

—Más que un éxito —se mofó Inuyasha desde detrás de la pantalla—. Algunos de ellos estaban prácticamente arrastrándose para cuando terminaste de cantar.

Kagome se sonrojó ante el halago, confortada por el orgullo en la voz de Inuyasha. Por el rabillo del ojo vio a Kikyou, que fruncía el ceño ligeramente en dirección a la pantalla.

—Fue todo idea de Fujiwara-sama, Tennō-sama —dijo, perfectamente consciente de que era la noble la que se merecía el mérito de la actuación—. Ella escribió la canción y me preguntó si podía cantarla. También tocó el koto tan maravillosamente que creo que cualquier cosa habría sonado bien junto a él.

—Pensé que era adecuado, mi señor —objetó Kikyou.

—Lo hiciste bien, Kikyou —dijo Inuyasha con una suavidad que sorprendió a Kagome. Vio que su mano se estiraba para agarrar la de Kikyou desde detrás de la pantalla. La de ella era pequeña y delicada en comparación, y sus mejillas se sonrojaron cálidamente ante el contacto.

Kagome encontró su mirada fija en sus manos con una especie de sorpresa… parecían encajar tan perfectamente el uno con la otra. Se sintió repentinamente sola, vacía, cuando la emoción del éxito de la celebración se drenó de ella. Bajó tambaleante un peldaño de la tarima, obligándose a apartar la mirada.

—Yo… yo me iré ahora, Fujiwara-sama, Tennō-sama —consiguió decir, encontrando una repentina necesidad de huir. Hizo una reverencia y se giró para salir corriendo del En no Matsubara.

Pensó haberlos oído llamándola, pero no tuvo corazón para darse la vuelta y volver. Debería haber estado feliz. Encantada, incluso. Todo había salido perfectamente. Había conseguido todo lo que había esperado con la celebración.

Pero en lo único en lo que podía pensar era en sus manos, tan perfectas en contraste. Tan perfectas que le dolía mirarlas. Se sintió perdida en el repentino batiburrillo de sus propios pensamientos.

Regresó a su lugar en la residencia Fujiwara y solicitó que las sirvientas deshicieran el trabajo de aquella mañana, quitándole el juni-hito junto con su maquillaje.

Limpia de nuevo, se sentó en silencio en su habitación durante un largo rato. Miró sin energía los fajos de papel de arroz que había llenado con notas durante la celebración, sabiendo que debería repasarlas.

Sin embargo, no parecía poder encontrar las fuerzas para hacer algo productivo. Finalmente, simplemente se quedó acostada en su futón mientras se ponía el sol fuera de su ventana.

Solo estaba cansada de la emoción de todo el día, pensó para sí mientras se quedaba dormida. Cansada y, de algún modo, profundamente triste.


Algo pesaba en su estómago. Kagome se movió, solo medio despierta mientras intentaba librarse del peso. La cosa chilló, moviéndose para ponerse sobre su espalda.

Parpadeó, levantando la cabeza de la almohada mientras se preguntaba exactamente qué clase de peso chillaría. Parpadeó somnolienta mirando hacia sus piernas, sus ojos se enfocaron lentamente en un mechón de pelo rojo y unos vivaces ojos verdes.

—Buenos días, Kagome —canturreó Shippou desde su posición en su espalda.

—¿Shippou-chan? —murmuró, incorporándose lentamente para no tirar al niño—. ¿Qué haces aquí? ¿Y tan temprano?

—Ayer no me viniste a buscar —dijo el kitsune con un mohín acusador—. Así que hoy decidí venir a buscarte. Tu aroma no fue muy difícil de rastrear y mi familia se va a quedar aquí para entretener al clan Tachibana unos días más antes de que tengamos que marcharnos.

—Lo siento, Shippou-chan. Me olvidé de lo de ayer —confesó Kagome, sintiéndose culpable por haber roto la promesa que le había hecho al niño. No había pensado en nada más que en marcharse después de ver…—. ¿Qué te parece si te lo compenso pasando todo el día juntos? —propuso, obligándose a apartar sus pensamientos de ese camino en concreto—. Podemos jugar a lo que tú quieras, ¿vale?

El kitsune asintió con entusiasmo, tirando de su mano para ayudarla a salir de la cama. Kagome se rio entre dientes, levantándose y abriendo su puerta shoji para llamar a una de las sirvientas. Le pidió a la mujer que le trajera a su habitación desayuno suficiente para los dos, mostrándole al pequeño kitsune, que era su invitado espontáneo. La mujer se rio entre dientes y fue a buscar la comida.

Kagome sacó un conjunto limpio de ropas de miko del arcón de su habitación y se cambió rápidamente, sin cohibirse, ya que Shippou todavía era solo un niño. Acababa de terminar de peinarse la melena cuando la sirvienta volvió con la comida.

Charló alegremente con el pequeño mientras comían, preguntándole por su familia y por sus viajes a través del país. Tenía un buen número de historias entretenidas sobre las muchas personas que habían conocido viajando por Japón con la troupe y le hizo reír sin parar con sus imitaciones y las caras que ponía.

Cuando terminaron de comer, Shippou expresó su deseo de ir a jugar al onigokko en el En no Matsubara. Kagome aceptó inmediatamente, infantilmente entusiasmada por la idea de que se le permitiera jugar tan libremente.

Llegaron hasta la puerta exterior de la residencia Fujiwara antes de que los detuviera una noble de aspecto tímido que aguardaba allí. Era pequeña de estatura, sus ojos de un castaño claro y le había crecido el pelo hasta más abajo de las rodillas. Su rostro era redondeado en un estilo adorablemente infantil, tenía las cejas juntas en un frunce que parecía llevar allí bastante tiempo.

—¿M-Miko-sama? —llamó cuando Shippou y Kagome estaban a punto de pasar por su lado.

Se detuvieron, dándose la vuelta para mirarla. Ella avanzó un paso con vacilación.

—Lamento molestarla, Miko-sama —se disculpó la mujer, haciendo una profunda reverencia—. Sé que debe de estar muy ocupada, pero tengo una petición urgente que espero que me permita. Verá, mi pequeño ha estado enfermo desde hace bastante tiempo. Mi familia ha traído a varios espiritistas curanderos distintos, pero ninguno ha sido capaz de sanarlo. Me… me temo que se puede estar quedando sin tiempo y he visto y oído relatos de los muchos milagros que usted ha obrado. Después de verla ayer en la celebración y de oírla cantar, estoy segura en mi corazón de que los kami la han elegido. Por favor, Miko-sama, le ruego que intente curar a mi hijo.

Volvió a hacer una profunda reverencia, con la cabeza inclinada con cansancio. No era difícil ver que había estado soportando la carga de la enfermedad de su hijo durante bastante tiempo. Kagome la tocó ligeramente en el hombro.

—Haré lo que pueda por su hijo. Por favor, lléveme hasta él —dijo con suavidad. Le dirigió a Shippou una mirada de disculpa por el retraso en sus planes, pero él pareció entender la seriedad de la situación y se limitó a subirse de un salto sobre su hombro.

—Gracias, Miko-sama, muchas gracias —dijo la mujer, su voz estaba ronca de sentimiento. Parecía tan aliviada que podría ponerse a llorar mientras tomaba la mano de Kagome, llevándola rápidamente tras ella a través de varios caminos de la corte.

Su residencia era relativamente pequeña, situada en el muro occidental de la puerta de Suzakumon exterior. El emblema de Omoikane estaba tallado en la entrada y Kagome recordó vagamente que había visto al clan de la mujer relacionándose con el Tachibana en la celebración.

Pero lo que era más sorprendente era la multitud reunida fuera de la residencia de la mujer. La mayoría eran humanos, aunque también había algunos youkai esparcidos aquí y allá. El hermano de Sango estaba entre ellos, observando mientras la traía la mujer.

—Me disculpo por la multitud, Miko-sama —murmuró la mujer, sonrojándose de la vergüenza—. Había informado a algunos de mis familiares de que pretendía buscar su ayuda para mi hijo y antes de darme cuenta esto estaba así. Todos están ansiosos por verla obrar un milagro.

O por ver si fracasaba, pensó Kagome para sus adentros. Aun así, no la preocupaban en ese momento.

—Mientras no intenten entrar en la habitación mientras lo sano, no hay problema —contestó tranquilizadoramente. La mujer se relajó una fracción, sonriendo débilmente mientras la guiaba a través de la muchedumbre de cortesanos mirones.

Fue conducida a través de varios pasillos dentro de la residencia antes de que llegaran a la habitación donde yacía el joven niño. No tendría más de diez años, como mucho, aunque su rostro estaba demacrado para su edad. Tenía la piel pálida como la misma muerte y parecía estar respirando solo muy superficialmente bajo la cubierta del futón.

Toda la habitación, aunque era espaciosa y la luz entraba por las pocas ventanas, portaba una pesada sensación. Era casi ominosa.

Kagome pudo sentir la figura de Shippou tensándose en su lugar en su hombro.

—No me gusta esto —le dijo al oído—. No huele bien, Kagome.

La miko asintió, aunque era incapaz de distinguir qué era exactamente lo que estaba mal. Fue a arrodillarse al lado de niño, examinándolo rápidamente de la cabeza a los pies. No había nada en su aura que se leyera como abiertamente erróneo. Solo estaba extrañamente apagado.

—Mi Yuutaro nació con un cuerpo débil y siempre ha sufrido de episodios de enfermedad. Sin embargo, recientemente pensábamos que estaba mejor, pero tras la celebración de ayer ha ido a peor y no ha abierto los ojos desde entonces. Cuando hablé con nuestro espiritista esta mañana dijo que… que Yuutaro era probable que no viviera para ver el amanecer de mañana. No deja de ponerse más y más débil —explicó la mujer, su voz se quebró con un sollozo.

Kagome frunció el ceño, sintiendo la verdad de esto a través de sus sentidos. Su pulso era muy débil y su aura parecía debilitarse a cada instante.

—¿Puedo traerle algo, Miko-sama? —preguntó ansiosamente la madre del niño desde la entrada.

—Silencio y tiempo son las únicas cosas que requiero —contestó Kagome, levantando las palmas para cernirlas sobre la longitud del cuerpo del niño. Seguía sin captar exactamente cuál era la perturbación.

Forzando su energía espiritual hacia sus palmas, las presionó sobre el corazón del niño y cerró los ojos.

Estaba… oscuro. Muy oscuro. Parecía no haber vida en ninguna parte del interior del niño, aunque seguía respirando.

Extendió sus sentidos en el interior de él, buscando desesperadamente una señal de que todavía pudiera ser salvado.

Había una luz muy, muy débil. Intentó tocarla con su propia aura, pero por alguna razón no podía hacer contacto. Parecía estar contenida dentro de algo más.

Forzó su aura contra ella una vez más, esta vez con más fuerza. Hubo un resplandor que notó como el rastrillar del carbón caliente a través de sus sentidos y casi gritó.

Cuando pudo ver otra vez, quedó claro lo que estaba atrapando la pequeña luz. Había una gran sombra en la forma de una araña rodeándola por completo, mordisqueándola poco a poco. Parecía no tener fuerza espiritual propia, sino que simplemente vivía de la del niño. Por eso su aura parecía estar apagada.

Dudó por un momento, insegura de cómo proceder con esa cosa. Nunca había lidiado con nada así antes. Sabía que tenía que destruirla antes de que consumiera lo que quedaba de la fuerza vital del niño, pero se preguntó si él saldría herido si lo hacía.

Finalmente decidió que sería mejor espantarla. Si necesitaba energía de la que alimentarse, seguramente la de ella sería un mejor alimento. Echó hacia delante un gran orbe de su propia energía, metiéndola en el niño a través de sus palmas.

La sombra de araña se retorció, sus cientos de ojos se vieron atraídos hacia el brillo de su energía. Desenredó lentamente sus muchas patas de su agarre alrededor de la fuerza vital del niño, escabulléndose hacia la de ella.

La miko retiró la bola centímetro a centímetro, esperando apartarla del cuerpo de Yuutaro sin permitir que la tocara, pero dio un repentino salto y se aferró a su energía con fuerza.

Kagome soltó una exclamación, le dio un vuelco el estómago. La cosa era como un vacío, infinito y vacante mientras intentaba consumirla. Podía sentir la vida siendo rápidamente drenada de ella como había ocurrido con el niño, los colmillos de la araña se hundían profundamente en su alma.

Intentó respirar, obligarse a calmarse y a no perder el control. La araña estaba devorándola con voracidad y estaba perdiendo rápidamente la energía para defenderse. Podía sentir que su cuerpo físico se volvía más frío y más distante. Pudo oír vagamente que Shippou la llamaba.

Obligándose a concentrarse, reunió con desesperación todo lo que quedaba de su energía espiritual como pudo. Si la araña quería alimentarse, vería cuánto podía soportar exactamente.

Con un gran empujón, metió a la fuerza todo lo que quedaba de su energía en la bola de la que se estaba alimentando la araña. La bola brilló con una luz cegadora, expandiéndose rápidamente dentro del agarre de la araña. La cosa chilló, incapaz de contener la repentina ola de poder.

Intentó aflojar su agarre y escabullirse en el último momento, pero la luz la siguió y la consumió concienzudamente. Se disolvió ante la arremetida de la energía espiritual de Kagome.

Jadeó con una exhalación cuando al fin pudo abrir los ojos de su cuerpo físico. Todo su cuerpo había empezado a temblar con violencia y tuvo que apoyar una mano temblorosa para estabilizarse mientras se inclinaba sobre el niño.

Bajó la mirada hacia él y Yuutaro le devolvió la mirada con ojos tan oscuros como la noche. Una sonrisa se abrió paso en su rostro, un rostro que ya no portaba las demacradas marcas de la enfermedad.

—Gracias —dijo en voz baja. Kagome sonrió, sintiéndose completamente drenada.

—De nada.

Casi se desplomó, pero Shippou se apresuró para sujetarla. La madre entró corriendo en la habitación, los sollozos atravesaron su figura al darse cuenta de que su hijo estaba despierto.

—¡Yuutaro, Yuutaro! —lloró, aferrando al niño contra ella—. ¡Mi bebé! ¡Mi niño! ¡Oh, Yuutaro, estás bien! ¡Estás bien!

—Estoy bien, madre —murmuró el niño, rodeándola fuertemente con los brazos en respuesta.

—¿Estás bien, Kagome? —preguntó Shippou ansiosamente, ayudándola a enderezarse. Ella intentó dirigirle una sonrisa tranquilizadora, estirándose para darle una palmadita al zorrito en la cabeza con manos que estaban entumeciéndose rápida y preocupantemente.

—Estoy bien, Shippou-chan. Solo un poco cansada —contestó, aunque se sentía débil hasta su mismísimo centro.

—Gracias, Miko-sama —dijo la mujer, girándose para mirarla con tanta gratitud brillando en sus ojos humedecidos que la aldeana pensaba que podría explotar—. Me ha devuelto a mi hijo. Estaré eternamente en deuda con usted.

—No he hecho nada más que lo que los kami me llamaron para que hiciera. No me debe nada. Aunque le agradecería que me permitiera volver de vez en cuando para ver cómo está.

—Lo que sea. Lo que sea que alguna vez le pida a mi clan será suyo, Miko-sama, sin duda —prometió la mujer solemnemente.

—Su lealtad hacia el Tennō-sama, a quien sirvo, es lo único que le pediré a usted o a su clan —contestó la miko, consiguiendo ponerse de pie por pura fuerza de voluntad—. Por favor, infórmeme si la condición de Yuutaro cambia en algo.

La madre se levantó para acompañarla a la salida y abrió los ojos como platos cuando su hijo también se levantó con facilidad del futón.

—A mí también me gustaría acompañar a la Miko-sama a la salida, madre —dijo y la mujer casi estalló en lágrimas de nuevo. Kagome sonrió débilmente, el brillo de un acto bien hecho calentaba su interior.

—Por supuesto, Yuutaro. Ven —dijo la madre, cogiendo la mano del niño con la suya.

La condujeron lentamente fuera de la residencia, el asombro en el rostro de la mujer crecía a cada paso. Su hijo casi brillaba con buena salud, caminando con ligereza por los pasillos.

Shippou mantenía una mano firme en la pierna de Kagome, lo que ella le agradecía. El encuentro con la araña había exigido más de ella que cualquier curación que hubiera hecho antes.

Llegaron a las puertas de entrada, donde todavía estaban los cortesanos esperando ansiosamente a que emergiera. La madre, incapaz de contenerse, corrió hacia el gentío con su hijo pisándole los talones.

—¡Ha curado a mi niño! ¡Ha traído de vuelta a Yuutaro del borde de la muerte! —anunció, sosteniendo la mano del niño para que todos pudieran verle. Parecía más que un poco avergonzado, pero eso se vio ignorado en el completo éxtasis de la madre ante la renovación de la vida de su hijo.

Kagome se quedó atrás con el kitsune, incapaz de reunir la energía para enfrentarse a la multitud. Se quedaron boquiabiertos ante el niño cuyo rostro brillaba bajo el sol matutino, más sano de lo que muchos de ellos lo habían visto en su vida. Murmuraron entre ellos, aunque Kagome había empezado a sentirse tan mareada que apenas podía distinguir una palabra de lo que se estaba diciendo.

Una mano en su codo la salvó justo cuando estaba a punto de colapsar y se encontró mirando al rostro al hermano pequeño de Sango.

—La ayudaré a salir de aquí, Miko-sama. Parece cansada —dijo suavemente, deslizando uno de sus brazos encima de sus hombros para ayudarla a caminar. La coló en silencio por detrás de la muchedumbre, ocupados como estaban mirando embobados al niño mientras su madre continuaba contando la historia de lo que había ocurrido.

—Usted es el hermano pequeño de Sango-sama, ¿verdad? —murmuró mientras él la ayudaba. Intentó mirarlo, pero sus ojos se negaban a enfocarse en una cosa por mucho tiempo.

—Tachibana Kohaku —contestó—. Aunque solo Kohaku está bien, Miko-sama. Encantado de conocerla después de oír hablar tanto de usted a mi ane-ue. ¿Le gustaría que la llevase con ella? De verdad que no tiene buen aspecto, si me disculpa por decirlo.

—Solo estoy un poco cansada, Kohaku-sama. Si pudiera ayudarme a volver a la residencia Fujiwara, se lo agradecería mucho —contestó Kagome débilmente. Apenas podía seguir escuchando lo que él le decía. El sonido de su voz parecía ir y volver.

Él asintió, girando sus pasos en dirección a su residencia. Shippou los siguió.

—Ane-ue me ha contado que es de fuera de la corte. Vino mientras yo estaba fuera. ¿De dónde es exactamente, Miko-sama?

—Kagome está bien, Kohaku-sama —murmuró la aldeana—. Vine de una pequeña aldea al noroeste de aquí, en el río Sendai. ¿Ha estado allí antes?

—Sí. La última parte de nuestra misión fue cerca de ahí —respondió—. Debe de echar de menos a su familia. ¿Es duro estar separada de ellos?

—Mmm —contestó Kagome, esforzándose por permanecer despierta—. Es duro, pero me estoy esforzando todo lo que puedo. Y el Tennō-sama me cuida dentro de la corte.

—Eso está bien, entonces. Por favor, siéntase libre de acudir a mí también si alguna vez lo necesita. Ane-ue dice que la atesora mucho como amiga —dijo Kohaku—. Hemos llegado, Kagome-sama. ¿Cree que puede llegar a su habitación?

—Yo la ayudaré —dijo Shippou con voz aguda, cogiéndole una de sus manos.

—Gracias por tu ayuda, Kohaku-kun. Ha sido… un placer conocerte —consiguió decir la miko.

—El placer ha sido todo mío, Kagome-sama. Estoy deseando verla a menudo por la corte.

Kagome sonrió y se despidió de él débilmente con una mano, pero pudo recordar poco después de eso, aparte de la exclamación de una sirvienta cuando tropezó en el pasillo de la residencia Fujiwara. Shippou la llamó desde algún lugar que sonaba muy lejano, pero ya no pudo contestar.


Kagome se despertó lentamente, sintiendo algo cálido en la frente. Gimió suavemente, luchando por abrir los ojos. Notaba los párpados pesados, como si estuvieran pegados.

—¿Kagome?

Abrió finalmente los ojos ante el sonido de la voz, un borrón blanco y oro nadó ante ellos. Extendió una mano lentamente hacia arriba, sintiéndose como si se moviera a través del barro.

Una mano, cálida y callosa, agarró la suya con fuerza.

—¿Inuyasha-sama? —masculló con incertidumbre—. ¿Dónde estoy?

—En mis aposentos, idiota. Ya llevas tres días inconsciente —contestó con voz tensa.

—¿Tres días? ¿Llevo tres días dormida? —repitió aturdida. Por todo Japón, ¿qué le había pasado?

—Midoriko te examinó después de que te desmayaras en casa de Kikyou. Dijo que te habías extenuado al tratar de salvar a ese niño. ¿En qué diablos estabas pensando?

—Estaba pensando en que había un niño que necesitaba que lo salvaran y una mujer que necesitaba mi ayuda —respondió Kagome, frunciendo el ceño en su dirección.

—¡Deberías haber llamado a Midoriko, entonces, niña! ¡No tenías ni idea de a lo que te enfrentabas y actuaste sin pensar! —gritó, sus ojos dorados ardían mientras la recorrían con la mirada.

—Me pidió ayuda, Inuyasha-sama, y al chico no le quedaba mucho tiempo para cuando llegué yo. Habría muerto si hubiera dudado —argumentó, esforzándose por incorporarse y defenderse.

—¡Podrías haber muerto, Kagome! —gruñó el hanyou, obligándola a recostarse de nuevo.

Abrió los ojos como platos. El rostro de él estaba tan cerca del suyo que podía ver las motas ambarinas en los irises de sus ojos.

—Prometí que te protegería y casi te mueres —dijo en voz baja, con voz tensa—. ¿Puedes… pensar antes de hacer algo tan estúpido? Si murieses, Kagome…

Se interrumpió, apartándose abruptamente de ella. Kagome parpadeó, su corazón se estaba acelerando extrañamente en su pecho.

—Lo siento, Inuyasha-sama —se descubrió diciendo, aunque sabía perfectamente bien que solo había cumplido con su deber como miko.

—Feh —resopló el hanyou, apartó la vista como si ya no pudiera soportar mirarla.

Se mordió el labio, intentando contener las repentinas lágrimas que amenazaban con salir. Solo había hecho aquello para lo que la habían traído a la corte. Solo había hecho lo que pensaba que era mejor. Se sintió mareada y desorientada. Le dio el hipo, las lágrimas rodaron lentamente por sus mejillas.

El hanyou se puso en pie de golpe, como si lo hubieran golpeado, con una expresión de pánico en el rostro.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Para! Kami… no llores, ¿vale? —soltó, aunque la última parte sonó más como un ruego que como una orden—. Mira, solo estoy cabreado, ¿de acuerdo? Debería haber sabido dónde estabas… debería haberme asegurado de que había alguien cerca para ayudarte.

Kagome lo miró, parpadeando, con algunas lágrimas todavía bajando por su rostro. Él resopló, negando con la cabeza y arrodillándose de nuevo a su lado para secarle torpemente el rostro con una de sus mangas. Frunció el ceño, tentada a apartarse, pero decidida después de un momento a permitir a regañadientes la patosa asistencia.

—No es su deber cuidarme todo el tiempo, Inuyasha-sama. No tiene que echarse la culpa si me hago daño cumpliendo con mi deber —dijo.

—Lo es —insistió con rostro solemne—. Te hice una promesa, Kagome. Nada de la demás mierda de la corte… No me importa nada más que eso.

Se quedó en silencio, mirándolo a la cara. La expresión que vio ahí, solemne y sincera, hizo que le doliera el pecho. Quiso estirarse, tocarle el rostro, pero consiguió contener la necesidad.

—Lo siento, Inuyasha-sama —repitió, su voz era apenas un susurro.

—Sí —dijo, su voz igualmente queda. Sus ojos viajaron por su rostro una vez más durante un largo y silencioso momento antes de apartarse.

—Han estado dejando regalos desde ese día —dijo, su voz recuperó su habitual tono brusco.

—¿Dejando regalos? ¿Quién? —preguntó, frunciendo el ceño de manera inquisitiva.

—La familia del clan menor a cuyo niño salvaste. Y unos siete clanes humanos menores más. También un par de clanes youkai. Han estado dejándote ofrendas en la residencia Fujiwara. Kikyou se está ocupando de ellos por ti, diciéndoles que sigues demasiado débil para aceptar visitantes o para obrar más «milagros» durante un tiempo. Algunos incluso me han traído ofrendas directamente a mí. Resulta que el niño al que sanaste era el único heredero del clan Takahashi. Los clanes no olvidan ese tipo de cosas.

—Eso es bueno, ¿no? —dijo Kagome con una sonrisa extendiéndose por su rostro—. Puede contar con el apoyo de algunos clanes más.

—No me interesa intercambiar tu vida por mis apoyos —contestó con amargura.

Kagome atenuó su sonrisa. Se esforzó por incorporarse, con las manos cerradas en puño sobre la manta del futón.

—Prometo que seré más cauta la próxima vez, Inuyasha-sama, pero ¿no puede felicitarme por una vez? ¿No puede decirme que lo hice bien? —preguntó, recordando lo fácil que le había resultado decírselo a Kikyou en la celebración.

La miró durante un largo momento con expresión ilegible. Finalmente negó con la cabeza. A Kagome se le encogió el corazón.

—No puedo. No lo haré —dijo, apartando los ojos de ella a propósito—. Después de tres días esperando y pensando que… no puedo. Ahora mismo no, Kagome.

Kagome se mordió el labio, sintiendo que las lágrimas picaban una vez más en las esquinas de sus ojos. Volvió a fijar la mirada en su regazo.

—Ya veo. Bueno, no se preocupe por mí, Inuyasha-sama —dijo con dureza.

—Kagome…

—¡Tennō-sama! —Una voz al otro lado de la entrada interrumpió lo que fuera que iba a decir.

—¿Qué? —ladró el hanyou, molesto por la intrusión.

—Perdóneme, Tennō-sama. Tachibana Hidehiko-sama está aquí solicitando una audiencia. Dice que es muy urgente.

Inuyasha miró a la miko. Ella asintió, haciendo a un lado sus propios sentimientos heridos por el momento. Su futón ya estaba dispuesto detrás de la pantalla, así que él se acomodó antes de decirle al guardia en voz alta que dejara entrar al hombre.

Hubo un sonido de pisadas mientras entraba. Se arrodilló sobre el cojín ante la pantalla y su silueta hizo respetuosamente una profunda reverencia.

—Por favor, disculpe mi grosería por venir aquí tan de repente, Tennō-sama, pero he recibido noticias que, sinceramente, no pueden retrasarse —dijo y Kagome se dio cuenta de que la voz pertenecía al padre de Sango.

—Habla —respondió el Tennō, dándole permiso para continuar.

—Gracias, Tennō-sama. Dejamos atrás exploradores, por supuesto, cuando regresamos de nuestra última misión al noroeste, junto al río Sendai. Uno de los exploradores llegó esta mañana a la corte después de tres días cabalgando sin parar. Estaba gravemente herido y me informó de que muchos de sus compañeros exploradores habían muerto. Parece que, poco después de que nos marchásemos, apareció una horda de youkai salvajes, al parecer de ninguna parte. El explorador me informó de que han empezado a atacar las aldeas junto al Sendai. Solicito humildemente permiso para partir inmediatamente con algunos de los miembros de mi clan para proteger a los aldeanos y asistir a los miembros que quedan de mi clan —explicó, haciendo una vez más una profunda reverencia ante la pantalla.

Kagome sintió que se le drenaba la sangre del rostro cuando habló. Todo su cuerpo pareció quedarse frío y se estiró instintivamente para agarrar el brazo de Inuyasha. El hanyou la miró.

—Mi aldea —exhaló, apenas lo suficientemente alto para que sus finos oídos lo captaran—. Están cerca de mi aldea.

El hanyou abrió sus ojos dorados como platos.

—Tienes Nuestro permiso para partir inmediatamente, Tachibana Hidehiko —dijo, sus ojos nunca abandonaron los de ella—. Llévate a cualquiera que necesites entre tus clanes y Nuestra guardia. Ve ahora. Infórmanos cuando puedas.

—Gracias, Tennō-sama —contestó el taiji-ya, haciendo nuevamente una reverencia antes de salir corriendo de la habitación.

—Tengo que ir —dijo Kagome con voz ronca, esforzándose por salir de debajo del futón. Notaba las extremidades un poco pesadas y su mente parecía ir en cien direcciones diferentes a la vez. No podía pensar… no podía respirar…

—Cálmate, niña —ordenó Inuyasha, agarrándola por los hombros para sujetarla mientras se ponía de pie—. Estás demasiado débil para ir a ninguna parte ahora mismo, mucho menos para ir corriendo a luchar contra una horda de youkai desmadrados. Los taiji-ya se encargarán de ello. Tú solo…

—¡No! —gritó, sus ojos estaban alocados mientras los giraba para encontrarse con los de él—. ¡Son mi familia! ¡Es mi deber protegerlos! ¡Usted no entiende el daño que estos youkai pueden hacerle a mi aldea! Nunca lo ha visto… la ruina absoluta… ¡N-No quedará nada de ellos!

—Tienes que quedarte en la corte, Kagome. No puedes irte —dijo el hanyou con ecuanimidad, intentando aliviar su pánico.

Ella se mordió el labio, negando con la cabeza. No podía echarse atrás, ahora no.

—Mi lugar está tanto allí como aquí. Mi deber es tanto para con ellos como para con usted. Por favor, Inuyasha-sama, si le importo algo dejará que me vaya. Preferiría morir a permitirme dar la espalda cuando mi familia me necesita —rogó, sus ojos penetraron en los suyos mientras lo miraba.

Él dudó. Dejar que fuera sola en el estado en el que estaba no sería nada menos que una sentencia de muerte. Pero conocía la profundidad de la lealtad de Kagome. No tenía dudas de que la mataría que su aldea se viera dañada.

Gruñó levemente para sus adentros, indeciso. Ya se había visto obligado a observar con impotencia durante tres largos días mientras luchaba a las puertas de la muerte. La idea de que de verdad se viera obligado a separarse de ella le revolvía el estómago.

Y había prometido que la protegería, pero ¿cómo podría protegerla si le permitía ir? Tenía que estar a su lado para cuidarla y asegurarse de que no volvía a hacer nada estúpido…

Se le ocurrió una idea de repente.

—Te dejaré ir, niña —dijo con decisión.


Nota de la traductora: Sé que dije que actualizaría el sábado, pero por alguna razón esta semana he ido más rápido y el capítulo ya estaba, así que aquí os lo dejo.

Mañana responderé a los reviews que me habéis dejado en el capítulo anterior, porque ahora no me da tiempo, ¡pero muchísimas gracias por haberlos dejado! Soy consciente de que lo digo siempre, pero me animan muchísimo.

El capítulo 13 lo subiré el sábado de la semana que viene, así que no tendréis que esperar mucho. Y si lo tengo antes, lo subiré antes. Cruzad los dedos para que mi productividad siga así de bien.

¡Hasta la próxima!